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El legado de los narcos: una cultura mafiosa

Por: Isabel Gutiérrez (@IsaGutierrezR) y Santiago Tobón (@SantiagoTobon)

Quienes vivieron su adolescencia en Medellín y gran parte de Antioquia en los años 90, entenderán perfectamente de lo que estamos hablando  y de algún modo se sentirán identificados con esta realidad. Las dinámicas de narcotráfico en la ciudad han venido cambiando, hoy tenemos un negocio más atomizado y unos “narquitos” menos visibles. Como sociedad, nos enfrentamos a retos históricos que determinarán el futuro de la región.  

Hacia finales de los 90 la decadencia del Cartel de Medellín era inminente. Se desvanecía el bloque de búsqueda y la amenaza de muerte a policías cada vez era menor. La ciudad parecía sentir un respiro y un nuevo comenzar. El mito de Pablo Escobar había cegado la mente de todos, creímos que con acabar con el Capo desaparecerían todas nuestras preocupaciones, pero no fue así. Dos décadas de terror dejaron centenares de muertos, la institucionalidad debilitada y fragmentada,  un aprendizaje criminal y lo más importante: una cultura mafiosa.

Entre los 90 y principios del nuevo siglo se dio la mayor exaltación a esa cultura mafiosa. Las clases medias y altas de la ciudad se llenaron de los hijos de narcos. Ellos estudiaron en los mismos colegios  y universidades, frecuentaron los mismos espacios y compartieron los mismos amigos. Las calles se llenaron de carros de alta gama, y estos jovencitos que apenas comenzaban la vida, gozaban de enormes fortunas que exhibían sin reparos.

Mucho sufrieron los papás de la época viendo a sus hijos crecer en una sociedad como ésta. El empuje paisa se confundía con el deseo de enriquecerse fácilmente. Los esfuerzos del Grupo Empresarial Antioqueño y otros sectores industriales y comerciales de la ciudad para frenar la entrada de capitales ilícitos, se hacían más difícil en la mente de estos adolescentes. La forma de vestirse, de hablar, el cuerpo de las mujeres, el imaginario de éxito, el culto al dinero, las preferencias culturales y deportivas,  entre muchas otras cosas fueron cambiando. Y esto se le debe a esa cultura mafiosa, que permeó esta sociedad sin ser percibido, e implantó valores que ha sido difícil extraer.

En las clases sociales más bajas, la situación fue aún más difícil. Tener un arma y una moto denotaba poder, y este era el anhelo de estos jóvenes que crecieron sin visualizar otro futuro. La idea del mañana no existía, la vida se agotaba en cada noche en que no fueron alcanzados por un proyectil y cada despertar representaba el temor de no volverlo a hacer. Cuando la vida no tiene ningún valor, no hay nada que preservar.

En nuestro concepto, el más aterrador legado del narcotráfico en la ciudad después de las incontables muertes, fue la transformación de la cultura antioqueña. Además, como una suerte de agravamiento de esta situación,  la transformación más profunda se acentuó en los adolescentes de la época. Estos adolescentes hoy se hacen padres, y muchos de ellos transmitirán a sus hijos los antivalores que les dejó el boom del narcotráfico y la cultura mafiosa de sus épocas de colegio. ¿Qué le quedará a las nuevas generaciones?

Hoy Medellín y Antioquia viven una dicotomía. Por un lado, sigue siendo la región de las economías ilícitas, la presencia de las estructuras criminales y una marcada inequidad, pero por otro es referente en emprendimiento e innovación. Por un lado es un territorio con instituciones fuertes, con presencia en las regiones y con legitimidad, y por otro lado abre espacios a la corrupción y el clientelismo. Antioquia es un territorio que constantemente se reinventa, hoy somos referente internacional en muchas áreas. Desde afuera parecemos engreídos y superfluos, pero no, los antioqueños bien sabemos lo que nos ocurre. Conocemos de nuestras debilidades y falencias, pero el amor por nuestra tierra despierta liderazgos y proyectos que engrandecen el territorio.

El reto que tenemos como sociedad es hoy más grande. De manera silenciosa, la cultura mafiosa permeó hasta los más profundos fundamentos de familias y negocios legales. No es gratuito que muchos emprendedores hoy quieran hacerse millonarios mañana. Crecieron con anti-héroes que los invitaban a disfrutar las posibilidades de flujos inagotables de dinero. Antioquia se enfrenta hoy a la necesidad de crecer económica y socialmente, creando empresas y ampliando las oportunidades para las comunidades más pobres. Es imperativo que aquellas generaciones que tanto estuvieron expuestas al narcotráfico, recuperen la paciencia que muchas veces implica crear empresa, aquella que tuvieron los fundadores de las primeras grandes empresas antioqueñas. También es necesario que se dignifiquen aquellas actividades económicas y productivas que no necesariamente generan riqueza inmediata. Hoy pareciera que el fin último de cualquier ocupación es la acumulación de riqueza, y esta situación hace frágil el futuro económico de Antioquia en el largo plazo.

En nuestra generación hay múltiples ejemplos de personas que han decidido creer en que podemos transformar esta sociedad desde otros paradigmas. Hay emprendedores, funcionarios públicos, académicos,  artistas, entre otros, que han decidido permanecer en la región  y aportarle a su desarrollo. Los problemas son infinitos, pero concentrarnos en ellos bloquea nuestra posibilidad de superarlos.  Comprender los fenómenos que nos rodean y trabajar en la dirección correcta es la meta que debemos trazarnos todos. El desarrollo como sociedad se construye con la participación de todos.

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