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El aval ciudadano

Por: Camilo Arango (@camiloarangoo) y Laura Gallego (@LauraGallegoM)

A escasos meses de las elecciones regionales y en medio de una coyuntura politica local que ya evidencia las trafugas politicas entre avales y algun día funcionar sin sin partidos. Dicho de otro modo, ¿podrán existir otros instrumentos capaces de darle viabilidad al querer y el hacer ciudadano en lo político?

Claro es que no se debe confundir la politica con partidos ni la democracia con elecciones, pero paradogico si resulta que los principios democráticos como la representación, la legitimidad, la legalidad y la efectividad en el cumplimiento de las reglas del juego democrático en los procesos electorales, entre otros, sean regularmente controvertibles  y maleables. ¿Cuál es el papel de los partidos en la construcción democratica? ¿Qué responsabilidad tienen frente al sistema electoral y al ciudadano cuando avalan aspirantes historicamente cuestionados por pura mecanica politica? ¿Hasta qué punto una organización de representación politica toma decisiones a conveniencia de un solo lider y su agenda representativa? Y, mejor aún ¿qué se pierde si estos dejan de cumplir ese rol de intermediación ya en sí ineficaz entre los ciudadanos y los gobernantes? ¿Acaso no habrá otros mecanismos más eficientes, legítimos o por lo menos coherentes con el ejercicio democrático? Es decir, ¿existe democracia sin partidos?

Datearse vagamente sobre lo que se espera de las elecciones regionales basta para intuir, sin mayor olfato politico, que quienes conforman nuestros partidos más anclados o progresistas en el proceso democrático, están conformados en su mayoría un tipo de “vivo” político que se reproduce en medio de la debilidad política. No es un secreto que en Colombia los partidos políticos han sido incapaces de organizarse con largo alcance y afrontar los retos sustanciales de la democracia, más allá de los periodos electorales. Pero lo que no deja de despertar asombro es que, acostumbrados a las filiaciones partidistas de carácter temporal, personal y procedimental sin los “costos” que supone pensar en un proyecto partidista serio y colectivo, el ciudadano colombiano apenas se este cuestionando sobre cómo hacer y cómo enfrentar instituciones políticas frágiles, cómo lograr mitigar la brecha entre el voto consciente y un candidato coherente con un proyecto, más allá de sus méritos y capacidades personales.

Proyectos ciudadanos emergentes en una ciudad como Medellín son muestra de ese dinamismo. Si no se reflexiona y se redefine desde lo sustancial  los partidos en Colombia, propiciando tal vez otro tipo de mecanismos o plataformas más flexibles y coherentes que compitan por la participación y la movilización política, será difícil lograr alguna vez, en medio de la incredulidad y la desconfianza razonable,  un proyecto de sociedad  plural y democrática. Finalmente la politica la hacen las personas, los partidos lo lidera un grupo de personas, pero no por ello deja de ser un reto  sean  los ciudadanos y  no sus simples plataformas, los que estén llamados a ser los principales  actores de los debates por construir una democracia participativa más eficiente.

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