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Caudillismo

Por: ANDRÉS FELIPE CARRILLO (@ciertazcosas)

Mi nombre es Diego Uribe, y esta historia empezó exactamente hace doce años, seis meses y un día. Lo que todavía sé, es que yo no sé cantar, aunque no sé si sea capaz de seguir creyéndolo por mucho tiempo. La última vez que me escuché todavía tenía una voz artificial, como de tarro, oxidada, desafinada, seca. Mi ambición siempre había sido cantar, de verdad cantar, extraer una melodía de adentro de mis cuerdas vocales, debajo de mi estómago, de lo más profundo de mi esternón, y decir algo, lo que sea, hacer sentir algo, cualquier cosa. Pero, la verdad, me vine a enterar, cuando ya era tarde, que no tenía nada que decir, esto es, nada nuevo, nada bueno; me vine a enterar, muchos años después, cuando ya era demasiado tarde, que no tenía ni siquiera la capacidad para imitar, para repetir, y pues, me fui colmando de resentimiento, y terquedad, con mis melodías mediocres vueltas bilis empecé a cantar como gritando, y a mostrar mi rabia en varias partes: opiniones aisladas, redes sociales, fotos, y por último, videos.

El mundo está lleno de gente como yo: resentida, sola y sin momentos para el silencio. Esto es: el mundo está lleno de gente que no se escucha a sí misma, y que, para vivir, necesita obedecer la voz de alguien más. Esto lo sé ahora, sin quererlo, pero, en realidad, cuando subí mi último video no me imaginé nunca que esto fuese a tomar la trascendencia que desarrolló. Todo empezó con un comentario, de rabia, y a la vez, felicitación, algo así: a diferencia de las otras porquerías insulsas y pacifistas que uno escucha por ahí, esto sí expresa lo que yo siento de verdad. La canción se llamaba matar, y en realidad no era una canción, era mi voz, con auto-tune, que decía matar, una y otra vez, matar. Ese primer comentario, como si fuera él solo, un ejército de cucarachas, se empezó a reproducir: cartas físicas y electrónicas, comentarios y seguidores por millones en las redes sociales, entrevistas, conciertos, llamadas permanentes a mis nuevos cinco celulares, paparazis, acosadores, acosadoras, etc, todo se salió de control.

No sé quién fue el que los bautizó Uribelievers, pero ahora todos nos llamamos así, y somos uno y mi voz es la voz de todos, la verdad es que me dan miedo, por las noches, con frecuencia, tengo pesadillas en las descubro que en realidad son zombies, que mi voz de tarro y mi repetición de la palabra matar les ha carcomido el cerebro, entrando por la sien. Yo soy su líder, yo soy ellos, yo soy un montón de millones. No me gusta. Extraño mi soledad, pero esto no se puede curar, los Uribelievers son más fanáticos que yo, y cada vez más, me van reemplazando a mí mismo, son despiadados, groseros, ignorantes y crueles, y a veces inclusive me dicen a mí que yo no soy yo. Que un verdadero Uribeliever nunca dejaría de decir la palabra matar. Y entonces tengo que entonar, todo el tiempo, la misma canción.

Alguna vez, para quitármelos de encima, rodeé mi vida de los escándalos más burdos y chocantes. Primero comencé a ir borracho perdido a los conciertos, y con una alta frecuencia, a dejar de asistir, pero los Uribelievers, conmigo, son indulgentes, perdonan todo sin que yo me tenga que excusar; luego, comencé a insultar, a decirles lo que son, partida estúpida de preadolescentes sin identidad, que me siguen ciegamente porque no saben qué pensar, pero ellos me ignoran, dicen que estoy pasando por un mal momento, y que ahora más que nunca, me tienen que apoyar.

Nada de lo que intenté me sirvió, cuando canté canciones dulces que decían amor, ellos dijeron que lo que en realidad yo quería decir era matar; cuando abusé física y sexualmente de mis fanáticos, ellos dijeron que nada de eso era verdad, y que solo fue un montaje para destruir nuestra unión; cuando dije en televisión, que los odiaba y que me dejaran solo, ellos me siguieron diciendo que ellos me iban acompañar en la soledad. Ni siquiera, haber contratado decenas de músicos, para que gritaran la palabra matar, o hicieran otras canciones, me sirvió, los músicos, también Uribelievers, comenzaron a imitar mi voz, mis gestos, y la realidad se me convirtió en un boomerang que se me devolvía golpeándome una y otra vez, como si todo fuese yo.

Finalmente, escribo esto -que se que nadie me va a creer- porque siento que estoy perdiendo el control, a veces, inclusive, pienso que canto bien. Acá sentando, desde la casa Presidencial, sigo dando mis conciertos, pues los Uribelievers me han elegido sin haberme siquiera inscrito en el tarjetón. Sé, que por ser de apellido Uribe, puedo cometer delitos con impunidad, los Uribelievers siempre me van a defender. Tan seguro estoy de eso, que ahora incluso he empezado una nueva colección: disecados, y colgados en el sótano de la casa presidencial, cuelgan ahora, sonrientes, e indulgentes comingo, diez Uribelievers que maté por diversión, y por frustración. A veces, sin saber si estoy en una pesadilla, o es esta la realidad, bajo a verlos, y juro, que siguen repitiendo, como si fueran yo, la palabra matar, matar, matar.

 

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