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Carta al «presidente – traidor»

Por: JUAN FELIPE SUESCÚN (@jfsuescun)

Señor presidente, si sus cálculos no fallan, y los pronósticos de las encuestas tampoco, usted será reelegido otros cuatro años por los colombianos. El panorama es muy distinto al de las elecciones anteriores en las cuales usted logró revertir la intención de voto por la Ola Verde y, con las banderas del uribismo, llegar la Presidencia.

Sin embargo, después de cuatro años de gestión es considerado por los uribistas “un traidor de su clase”, y no sólo de esa clase política, sino de una clase social que se ha convertido en su enemiga.

Recuerdo cómo hace cuatro años durante la campaña usted respondió con una frase muy inteligente a los críticos de su participación en el proceso de paz del Caguán: “sólo los imbéciles no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias” dijo usted en ese entonces y, si las cosas no han cambiado, me imagino que aún piensa lo mismo.

Esa frase la relacioné inmediatamente con la de Charles Darwin: “las especies que sobreviven no son las especies más fuertes, ni las más inteligentes, sino aquellas que se adaptan mejor a los cambios”.

Pues bien, en ese momento usted supo sortear esa crítica, entre otras que se le hicieron por cambiar su forma de actuar y de pensar a lo largo de su vida política, y logró llegar a la Presidencia. Ahora sus detractores, que se han multiplicado en los últimos cuatro años, vuelven a mirar hacia atrás para criticar los cambios que usted ha introducido, y que según ellos constituyen una traición al gobierno anterior. Para esto han usado el espejo retrovisor y han mostrado cómo usted después de pertenecer al gobierno anterior ha sabido buscar la paz al abrir una puerta al diálogo con las FARC, y dar ciertos giros importantes en temas como la reparación a las victimas, el desplazamiento forzado, la relación con los países vecinos, entre otros.

El domingo pasado en El Espectador, el investigador Alejandro Reyes Posada escribió Elogio de la traición, una interesante columna con el título del libro de Denis Jeambar y Yves Roucaute, en el que se sostiene que la democracia, como sistema político abierto donde gobiernan los ciudadanos, contempla la necesidad de adaptarse constantemente, al mejor estilo darwiniano, a los cambios del gran sistema social dentro del cual se desarrolla; mientras la democracia que no tiene esa capacidad de adaptación, refleja un sistema político cerrado en el que el gobernante impone unos cambios para que los ciudadanos sigan sus ideas como fanáticos, deformando de esta forma en una teocracia.

“El llamado traidor es un demócrata por naturaleza, está atento a las corrientes cambiantes de opinión y a nuevas circunstancias, y es capaz de llegar a compromisos que salven el consenso mínimo para preservar el Estado y los intereses de la sociedad a largo plazo” escribió Reyes.

En otras palabras, el gobernante que sabe afrontar la inestabilidad de una democracia adaptándose a los diferentes cambios sociales, sin calificarlos de buenos o malos, de progresos o retrocesos, sino como procesos de transformación al interior de su sociedad, es aquel que es capaz de sacrificar la inercia del pasado para abrir nuevos caminos, paralelos inclusive, hacia el futuro.

Pues bien, señor presidente, tengo que reconocer que ante estas evidencias, a usted además de llamarlo “presidente-candidato” hay que llamarlo “presidente-traidor”, en el mejor sentido de la palabra, como el que explica el escritor Amos Oz en su libro Contra el fanatismo en el que hace una interesante reflexión sobre este fenómeno a la luz del conflicto palestino-israelí.

“Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar” para congregarlos en torno a un líder y a unas ideas en común.

Al contrario del fanático, usted es un traidor, porque como dice Oz “traidor –creo- es quien cambia a ojos de aquellos que no pueden cambiar y no cambiarán, aquellos que odian cambiar y no pueden concebir el cambio, a pesar de que siempre quieran cambiarle a uno. En otras palabras, traidor, a ojos del fanático, es cualquiera que cambia. Y es dura la elección entre convertirse en un fanático o convertirse en un traidor. No convertirse en fanático significa ser, hasta cierto punto y de alguna forma, un traidor a ojos del fanático”.

La diferencia entre el fanático y el traidor, es que el primero cree que la ciudadanía debe cambiar para adaptarse al gobernante, mientras el segundo piensa que el gobernante debe adaptarse a los cambios de la ciudadanía.

Usted supo hacer esa dura elección y se convirtió en un traidor a ojos de los fanáticos del uribismo y del fanático mayor, su líder Álvaro Uribe.

Ahora bien, señor presidente, como dice la canción: “no es bueno hacerse de enemigos que no estén a la altura del conflicto”. Usted está en un nivel moral superior al de su antecesor. Como ciudadano, como candidato y como presidente de los colombianos, que seguramente lo seguirá siendo por otros cuatro años, lo invito a que “no se rebaje” a pelear con ese señor que unge como líder de esa secta de fanáticos que es el Centro Democrático que parece haber reemplazado al MIRA en el Senado.

Ese señor, sobra decirlo, “no está a la altura del conflicto”, porque mientras él es un “senador – fanático” usted es un “presidente – traidor”, no se le olvide.

 

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