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Candidatos al rebusque

Por: MARCO FIDEL AGUDELO CANO (@canocanomarco)

¡En Colombia es peligroso ser honesto!

Cartel de manifestante en la Plaza de Bolívar

Hubo un tiempo remoto en que vasallos del reino, tras bambalinas y sombras, exigían entre sus siervos un votico de confianza de apoyo al reino que en peligro estaba. Con triquiñuelas y engaños exigían de éstos tributo, además de confesiones sobre sus preferencias electorales al momento de elegir un nuevo rey, no bastando con tal amenaza, le era extendida esta exigencia al resto de sus familias. Todo lo anterior a riesgo de perder el amor de tales señores y en consecuencia las migajas diarias, pues esta práctica estaba prohibida en las leyes del reino.

Cercanas las elecciones de los nuevos amos, cada uno aseguraba a través de su grupito de familiares y amigos el apoyo necesario que le garantizara disfrutar de la supremacía del poder. Payasos, cirqueros, chozas, brujos, comerciantes del bajo mundo y desalmados hombres que vivían en la oscuridad conformaban las empresas electoreras responsables del triunfo del futuro rey.

Cual inocente fantasía, en Colombia no son pocas las empresas públicas y privadas, ministerios, gobernaciones, alcaldías, organismos descentralizados, entes de control y otros, que someten a sus empleados con el aseguramiento de votos para el candidato de su preferencia a expensas de violar la ley, de lo contrario podrían perder su empleo de no garantizar alguna cantidad de estos o cuotas de su salario, como en la alcaldía de Medellín según lo denunciado en veedurías locales.

Estrategias como supuestos respaldos de la Registraduría, el cumplimiento de metas de producción, la conservación de su empleo, posibles auxilios para sus hijos, aumento salarial o nuevos puestos de trabajo para familiares y amigos, son las que exhiben con descaro aprovechándose de la ignorancia normativa generalizada de muchos ciudadanos.

Elección tras elección, el procedimiento se repite, al punto de ser considerado una práctica normal: es que “el que gobierna lo hace con su gente” ¿Cuántas personas son revocadas de su cargo para darle cabida a funcionarios del gobernante que llega? –empleos prometidos en campaña- ¿Cuántos procesos alterados o abandonados en la administración? ¿Cuánto dinero público se pierde en el delirio por desaparecer imagen y procesos del gobernante saliente? No es transparente que una transición de gobierno le cueste tanto a la ciudadanía. Sobrecostos creados por los oportunistas de la política. “Los servidores de la nación deben prestar sus servicios sin recibir presentes…” dice Platón en Las leyes, libro 12.

En Colombia es legal el financiamiento privado de candidaturas. Ahora, en la cotidianidad, partidos y candidatos se arman de cualquier posibilidad legal e ilegal para sumar el poder necesario que garantice ganar las elecciones. En este escenario las grandes posibilidades son para lavadores de activos, candidatos oportunistas, empresarios lagartos y jefes abusadores de incautos empleados que diligencian con premura tales registros a riesgo de perder su empleo o el favoritismo de sus jefes.

Pero ¿A qué se dedica una empresa electoral?  a transar con funcionarios para alianzas y permisos, convocar empresarios que financien, crear la estrategia publicitaria diferenciada de acuerdo a la población a impactar, administrar las redes sociales, seleccionar el mejor territorio para conseguir los votos, negociar con ilegales para garantizar seguridad, cooptar votos o someter campañas débiles de opositores; además, tramitar permisos, inscribir candidatos y testigos electorales, logística y, si el asunto es en serio, organizar un discurso hilado que se llama programa de gobierno, en muchos casos imposible de cumplirse, son copiados o descontextualizados.

Renglón seguido, coordinan equipo operativo encargado de eventos de campaña y publicidad distribuida entre la ciudadanía, organiza transporte y regalitos para los votantes (desde empanadas hasta vehículos, pasando por becas y futuros puestos de trabajo, cesiones de contratos, desarrollo de proyectos de beneficio privado). Y naturalmente, direccionarle el discurso al candidato que repetirá hasta el cansancio y de acuerdo a los vaivenes de la opinión pública y el termómetro electoral, cambiarle el rostro, volverlo amable, darle un eslogan etéreo e incomprensible –asomos de una promesa que no cumplirá-, puntearlo en las encuestas y hacer que lo amen al punto de crear en la población el deseo de votar por él/ella, destacándole atributos de los que carece (el rostro juvenil de Juanmanuel, el perfil amable y sonriente de Zuluaga, la actitud recia de Martha Lucía, la inteligencia de Pacho y tantos otros), verdaderos payasos de la democracia inflada.

No menos dramático, y con suficientes casos documentados, la selección y asesinato de opositores que estorban, especialmente en elecciones locales, a través de alianzas con grupos de izquierda o derecha para cooptar el poder en un territorio, en una entidad o un cuerpo colegiado.

No digo que todas las campañas sean sucias, naturalmente hay gente que hace las cosas en el marco de la legalidad y la trasparencia, aunque esto genera desequilibrios en los resultados, pues cuando la ilegalidad es una alternativa, los que operan con transparencia siempre perderán y aunque el gobierno se desgaste en afirmarlo, bajo estas reglas de juego delinquir si paga, y quien tenga dudas que observe a los Nule, Interbolsa o los carteles de la contratación con pocos años de casa por cárcel y el dinero robado en sus bolsillos.

Entonces ¿Tenemos tan adentro de la piel el sabor de la corrupción? ¿Nos es tan cotidiana la trampa? ¿Pesa tanto en nuestra cultura la impunidad social y moral, que es fácil prescindir de lo preciso, de lo correcto, de lo legal?

 

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