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Cambiar el mundo con un voto

¡Dejémonos de escepticismos! La democracia sí puede lograr transformaciones políticas y sociales importantes; en contra de las acusaciones de los cínicos encontramos la evidencia que nos dice que nuestra querida y a la vez vilipendiando democracia no es solo lo menos malo que tenemos, es un instrumento de cambio como pocos en la historia de la humanidad.

La democracia puede traer cambios radicales y los más simples de sus métodos pueden resultar muy poderosos; como cuando permitió que Nelson Mandela llegara a la presidencia de Sudáfrica en 1994, poco tiempo después de recuper su libertad y de que se terminara el Apartheid; o en 2008, cuando permitió que Barack Obama fuera electo como el primer presidente negro de la historia del país más poderoso del planeta.

Sin embargo, su poder para el cambio es neutral, pues no siempre las transformaciones que permite son positivas y en algunos casos su apertura a nuevas ideas puede ser su propio peor enemigo. Utilizando sus canales y sus vicios, la democracia puede ser el vehículo del autoritarismo, el extremismo y la corrupción. Fue en una democracia que el nacionalsocialismo se convirtió en el partido mayoritario de Alemania en 1933.

Por supuesto que la democracia no se puede reducir al momento electoral, tan coyuntural y tan pasajero, pero las elecciones si suelen ser el espacio en el que la mayoría de los ciudadanos se sienten parte del ejercicio democrático y cercanos al sistema político representativo. En efecto, votar continúa siendo la actividad y el medio más democrático con el que se relacionan directamente la mayoría de las personas.

El voto es un derecho poderoso, con profundas implicaciones para una sociedad, tanto cuando se ejerce como cuando no; cuando se hace con juicio y cuando se utiliza con irresponsabilidad. Votar nos puede condenar; votar nos puede salvar. Ambas alternativas son los mejores argumentos para que cualquier invitación a votar se haga acompañado de una insistencia en hacerlo con tanta conciencia como sea posible.

Porque todos tenemos ese poderoso derecho; esa prerrogativa de decidir lo que queremos y lo que no para nuestro futuro, el de nuestras familias y nuestros conciudadanos. Hay que apreciar ese poder colectivo para transformar realidades, por eso la insistencia en informarse tanto como puedan antes de votar y de no dejarse subestimar por algunos candidatos que creen que pueden manipular la opinión con una valla publicitaria bien puesta o una foto bien enmarcada (por no decir nada de una encuesta comprada).

Por eso tenemos que tener siempre presente que, y a pesar de lo que dicen todos los cínicos, sí se puede cambiar el mundo con un voto. Y subestimar ese poder es a partes iguales el desperdicio de una oportunidad de lograr cambios y un gran peligro.

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