Veinticuatro años después de la denuncia

Por: Natalia Gónima

El primero de octubre de 1992, en nombre de todos los afectados por la contaminación del Embalse del Muña en Sibaté (Cundinamarca), el ciudadano Gustavo Moya Ángel presentó una demanda ante el juzgado Civil del Circuito de Bogotá contra la Empresa de Energía Eléctrica (EEB). Vivir cerca de las aguas del río Bogotá y su mugre los mantenía enfermos. Los zancudos y los malos olores los perseguía al trabajo y a las escuelas.

Pero las acciones del Estado, como de costumbre, llegaron tarde. El 28 de marzo de 2014, 1.232 semanas después de que Mora se quejara ante los juzgados, el Consejo de Estado le respondió y le ordenó al gobierno emprender el plan más ambicioso para recuperar el río Bogotá, el afluente más importante de la región y el más contaminado de Colombia. ¿Pero qué pasó con durante estos años con Sibaté? El Blog El Río visitó el municipio al que el país le debe esta histórica decisión.

Después de recorrer 30 kilómetros a las afueras de Bogotá, nos recibió una valla con la frase: Sibaté “El compromiso es calidad con experiencia al servicio de la comunidad”, ubicada a pocos kilómetros del Embalse de Muña, ese enorme espejo de agua.

SIBATE, EMBALSE DE MUÑA/BOGOTA/COLOMBIA/EL E
Municipio de Sibaté (Cundinamarca) Foto: Pamela Aristizabal / El Espectador


“Desde el año 50, hasta la década del 70, Sibaté fue el veranadero de Bogotá. La gente venía a hacer su paseo de olla y a pescar. Serían tan limpias esas aguas que había dos clubes náuticos”, recuerda el Gustavo Guerra, guía de este recorrido, oriundo de Sibaté, veedor de la problemática del Muña desde 1999, y ahora concejal.

Pero quien se pare en frente de ese paisaje y sea consciente de su degradación las palabras de este hombre le parecerán fantasía. Gustavo, administrador de empresas y experto en criminología, creció cerca de la represa y se convirtió en uno de los líderes más visibles de la lucha de una comunidad por recuperar la vida digna.

La represa que hoy se extiende por 400 hectáreas inundadas, fue construida por la Empresa de Energía Eléctrica de Bogotá a finales de los años cuarenta y estuvo en su poder hasta el año 1997, cuando Emgesa, filial colombiana del grupo español ENDESA (el mayor productor de energía de América Latina), compró sus pasivos y activos.
Tras su puesta en marcha, en 1948, el embalse de Muña, que era alimentado por la unión del río Muña y el río Aguas Claras, comenzó a albergar a cientos de turistas que llegaban los fines de semana desde la capital atraídos por los paisajes, la pesca y la tranquilidad.

Gustavo Guerra recuerda que el Embalse del Muña se construyó con el objetivo de generar energía eléctrica y todo iba bien hasta que a finales de los sesenta el desmedido crecimiento de la capital, ligado a su demanda de energía, hizo que fuera necesario subir el nivel del embalse.

SIBATE, EMBALSE DE MUÑA/BOGOTA/COLOMBIA/EL E
Gustavo Guerra, veedor de la problemática del Muña desde 1999 Foto: Pamela Aristizabal / El Espectador

En 1967 se tomó la decisión que para muchos ha sido históricamente desastrosa: la empresa de Energía Eléctrica decidió llenar lo que restaba del embalse con aguas del río Bogotá, que para ese momento ya estaban contaminadas.

“Y así fue, la CAR dio concesión de aguas sin ningún tipo de exigencia, hubieran podido pedirles que las limpiaran antes, pero no”, dice Gustavo con indignación.
Verter las aguas del Bogotá al Embalse del Muña provocó que Sibaté perdiera su encanto. Para la década de los 80, dice Guerra, el embalse ya era un desastre: cientos de hectáreas inundadas de agua putrefacta en cuyas orillas se formaba una nata que atraía ratas y nubes de zancudos. Fue este el panorama que llevó a los habitantes del Muña a demandar al estado por vulnerar su derecho a crecer en un ambiente sano.

Panorámica del Embalse de Muña Foto: Pamela Aristizabal / El Espectador

Según cuenta, José Simbaqueva, un hombre humilde de edad avanzada, la época fuerte de los zancudos duró alrededor de ocho año y fue en la década del 90. Cuando amanecía, la pared naranja del garaje de su casa se veía negra del zancudero. El Raid, que aparecía en comerciales de televisión, se volvió parte de la canasta familiar y usaban toldillos para comer y dormir. Además los animales sufrían de picaduras constantes y todas las mañanas se levantaban sangrando. Los olores del embalse generaron en los habitantes infecciones agudas respiratorias y de la piel, poliparasitismo intestinal y conjuntivitis.

“Cuando uno iba ordeñar pasaba la mano por el espinazo del animal y le quedaba la mano llena de sangre”, dice el señor Simbaqueva. Lo que vino después fue la lucha de la comunidad por recuperar los terrenos podridos a punta de años de desacatos, tutelas y multas a varias autoridades, sanciones que tenían poco impacto en el mejoramiento de las condiciones de vida de la gente. Durante estos procesos, líderes como Gustavo Guerra y José Domingo Gutierrez fueron claves para desarrollar acciones de recuperación.

“Esto es un problema gordo donde hay mucho dinero y mucho tráfico de influencias por debajo de cuerda. Si no fuera quien soy me hubieran sacado a coscorronazos. Soy humilde pero tengo conocimientos”, dice Gustavo mientras recorremos parte de las zonas que la comunidad logró recuperar.

Desde el 2004 los habitantes de Sibaté trabajaron por desecar las colas del embalse y así reducir el espejo de agua que estaba enfermando a la gente. Las hectáreas inundadas pasaron de 900 a 400 y se inició la fumigación de aguas, lo que redujo las plagas de roedores y zancudos. Cuatro años después la cantidad de insectos disminuyó y se cercaron los alrededores de la represa para que el ganado no pastara en terrenos cuyos lodos y suelos están altamente contaminados. Zonas donde las autoridades sanitarias han identificado presencia de químicos que transporta el río Bogotá, como arsénico, plomo, cromo, cadmio, mercurio y plaguicidas.

Sin embargo, Gustavo sabe que los esfuerzos se han quedado cortos ante la problemática, “los planes de mitigación no han sido suficientes, no compensan lo perdido pero bueno . . . algo se ha hecho. Antes en Sibaté usted abría la boca a las seis de la tarde y se tragaba 50 zancudos. la gente tenía que dormír con toldillos. Ya no”, dice Gustavo.

Quizás hayan disminuido los zancudos, pero el olor del embalse sigue siendo nauseabundo. La represa continúa recibiendo aguas negras del río Bogotá mezcladas con los desechos industriales de Sibaté que llegan sin tratamiento. Son los residuos de compañías como Eternit, que afrontan demandas legales por no acatar las normas ambientales.

En el barrio Pablo Neruda, el más grande de Sibaté, la gente nos cuenta que sus casas deben ser fumigadas cada tanto para evitar que reaparezcan los insectos. “Los vecinos se mueren mucho, hay mucho enfermo por esos olores y esos gases”, dice Esther Perdomo, dueña de una fonda.

Barrio Pablo Neruda, Sibaté (Cundinamarca) Foto: Pamela Aristizabal / El Espectador

Es difícil imaginar cómo una comunidad se acostumbra a vivir en estas condiciones y cómo el Estado tarda tanto en atender una problemática que vulnera el derecho a vivir dignamente.Por eso llama la atención que después de tantos años de esperar respuestas los habitantes de Sibaté se enteren de que sólo una mínima parte del dinero que se destinará a la recuperación del río Bogotá se va invertir aquí, donde nació la demanda.

El fallo del 28 de marzo del 2014 del Consejo de Estado, indica que se deben realizar obras por un estimado de $5.54 billones (cálculos del 2010), para la recuperación del río Bogotá. De ese dinero se inveritá tan solo un 0,02% a la mitigación de la problemática del Embalse del Muña.

Además, la sentencia no entrega una ruta detallada para conocer cómo se mitigará el problema. Hasta ahora, lo único claro es que el embalse seguirá siendo bombeado con las aguas del río Bogotá bajo el pretexto de que de no ser así, sin los 34.5 m3 por segundo que recibe de este afluente, habrían racionamientos de energía en todo Cundinamarca.

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