Vi en Instagram un reel de una mujer muy elegante que se paraba con un micrófono en la mano a la salida de algún museo (Londres, supongo) para encuestar a los transeúntes con la pregunta: «Si usted pudiera escoger una obra de arte y llevársela para un lugar, ¿cuál escogería y para dónde se la…
Vi en Instagram un reel de una mujer muy elegante que se paraba con un micrófono en la mano a la salida de algún museo (Londres, supongo) para encuestar a los transeúntes con la pregunta: «Si usted pudiera escoger una obra de arte y llevársela para un lugar, ¿cuál escogería y para dónde se la llevaría?».
Pensé en mi respuesta: no escogería ninguna obra, porque las obras maestras deben estar en los espacios públicos y no en las casas de las personas; además, porque la mejor manera de dejar de ver algo es tenerlo siempre al frente.
No miramos los cuadros, ni los muebles ni los objetos de la casa que habitamos. Solo los notamos cuando están torcidos o rotos, o cuando llega una visita por primera vez; en ese instante nos ponemos en los ojos del otro para contemplar nuestro mundillo desde su perspectiva.
Dejamos de percibir el entorno porque nos habituamos a él. La habituación es lo que ocurre en el cerebro cuando deja de responder a un estímulo repetido. Este órgano está diseñado para detectar novedades y cambios; no se le justifica gastar energía en prestar atención a lo consabido si predice que no se presentará ni beneficio ni daño. No es que el organismo no perciba el estímulo, es que «aprende» a ignorarlo. Por eso dejamos de advertir el zumbido de la nevera o el roce de la ropa en la piel al cabo de unos minutos de habérnosla puesto. Un ejemplo muy estudiado en neurobiología es el de la retirada de las branquias del caracol ante el tacto, gracias a las investigaciones de Eric Kandel: si se toca el sifón del animal por primera vez, este retrae la branquia de forma defensiva; sin embargo, si el toque se repite una y otra vez de manera inocua, el molusco aprende que no hay peligro y deja de contraerla.
Al enfermarnos somos desesperadamente conscientes de que dábamos por sentado estar saludables. El problema del amor es que también nos habituamos a ser amados y a la persona amada; por eso resulta tan certera la frase: nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.
Existen mecanismos para contrarrestar los efectos de la habituación, aunque se requiere mucha voluntad para aplicarlos:
Hacer interrupciones temporales a un estímulo al que ya nos habíamos acostumbrado para restaurar la respuesta original. Nos salimos de las cálidas aguas termales para meternos bajo un chorro de agua fría, y así, al regresar a las termales, volvemos a sentir el placer.
Actuar de manera impredecible para romper la monotonía y la previsibilidad, intentando sorprender a los demás. Mi padre nunca pudo predecir a mi madre, y quizás por eso se mostró siempre muy interesado en todo lo que ella hacía. Con uno mismo, se puede alterar el orden de las rutinas —aunque me suena imposible—: cambiar el desayuno de huevos y pan por frutas con yogurt, o salir a caminar por la tarde en vez de hacerlo en temprano en la mañana.
Practicar el mindfulness, una alternativa muy extendida entre quienes meditan y aplican las ideas del budismo en sus vidas. Consiste en hacer un esfuerzo consciente para ver lo familiar como si fuera extraño o por primera vez, dejando a un lado los actos automáticos y volviendo consciente lo que solemos hacer de manera mecánica.
La abstinencia, que también sirve. Se trata de privarse voluntariamente de experiencias agradables que repetimos con frecuencia —ya sea una comida, la música, el sexo, o el esposo/a— para reajustar los umbrales de sensibilidad de nuestros receptores de placer y atención, sabiendo que al reintroducir dichos placeres se recuperará la intensidad de la experiencia original gracias al contraste.
Leer, por último, es una excelente alternativa para asomarse a otras realidades, vivir otros mundos y contemplar el propio con ojos nuevos.
Estudié diseño industrial y realicé una maestría en Historia del Arte. Investigo y escribo sobre arte y diseño. El arte plástico me apasiona, algunos temas de la ciencia me cautivan. Soy aficionada a las revistas científicas y a los libros sobre sicología evolucionista.
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