Hay personajes que estudian un país y otros que, casi sin proponérselo, terminan formando parte de su historia. Malcolm Deas pertenece a una categoría más extraña. Llegó desde Oxford a Colombia cuando todavía era posible que un historiador extranjero se acercara a un país sin la ansiedad de explicarlo todo de inmediato y comenzó a estudiar sus guerras, sus partidos, sus presidentes, sus instituciones, sus élites y sus contradicciones. Lo que iba a ser, quizá, una estación intelectual terminó convirtiéndose en una relación de seis décadas con un país que nunca dejó de intentar comprender.

¿Qué vio Malcolm Deas en Colombia? ¿Qué encontró aquí para quedarse durante tanto tiempo? ¿Y qué puede revelar la vida de un historiador inglés sobre la historia de los colombianos?

Son preguntas que atraviesan Malcolm Deas: retrato del inglés que hizo de Colombia su historia, el libro que he escrito a partir de conversaciones con Deas, testimonios de familiares, amigos, colegas y discípulos, y una revisión de sus principales trabajos. El libro, publicado por Ediciones Uniandes, reconstruye una relación poco común entre un hombre y un país, pero también intenta hacer algo más ambicioso: utilizar la vida de un historiador como una forma de volver a recorrer la historia intelectual y política de Colombia.

La historia de Deas tiene algo difícil de clasificar. No es exactamente la historia de un extranjero fascinado por un país exótico, ni la de un académico que encontró en Colombia un objeto de estudio conveniente. Tampoco es simplemente la biografía de un historiador. A medida que uno sigue sus pasos aparecen las guerras civiles, los partidos políticos, los presidentes, las universidades, los archivos, los periódicos, las conversaciones privadas, los debates intelectuales y varias generaciones de colombianos que terminaron cruzándose con él.

Ahí está quizá la particularidad de su historia: para entender a Malcolm Deas hay que terminar hablando de Colombia, y para entender algunas cosas de Colombia resulta inevitable encontrarse con Malcolm Deas.

Cuatro expresidentes de Colombia hacen parte del libro, junto con intelectuales, investigadores, escritores, profesores y discípulos que permiten reconstruir no solamente la trayectoria de un hombre, sino también una parte de la vida intelectual del país durante las últimas seis décadas. Deas aparece entonces como una especie de hilo secreto que conecta momentos y generaciones que normalmente estudiamos por separado.

Su mirada sobre Colombia tuvo, además, una característica poco frecuente. Deas nunca pareció interesado en fabricar una teoría total sobre el país. Su trabajo se detuvo muchas veces en aquello que otros consideraban demasiado particular: una elección, un presidente, una guerra, una estadística, una institución, una disputa entre partidos, una frase pronunciada en el momento preciso. Había en esa manera de mirar una desconfianza saludable frente a las grandes explicaciones que pretenden resolver un país entero con una sola idea.

Tal vez por eso su lectura de Colombia sigue siendo tan fértil. En un país acostumbrado a explicarse mediante grandes palabras —violencia, desigualdad, polarización, narcotráfico, conflicto— Deas obligaba a volver a los documentos, a los nombres propios, a las fechas, a los hechos y a las particularidades. Antes de explicar Colombia había que leerla.

Hay también algo casi novelesco en el punto de partida. Un joven historiador formado en Oxford llega a un país que, en principio, podría haber sido apenas un capítulo de su carrera y termina permaneciendo en él, intelectual y afectivamente, durante décadas. Conoce a presidentes, historiadores, políticos, escritores y profesores; atraviesa cambios profundos de la sociedad colombiana; forma nuevas generaciones de investigadores y construye, con paciencia, una biblioteca mental sobre el país que difícilmente otro extranjero haya levantado de la misma manera.

El detalle importa porque la historia de Colombia también puede contarse desde quienes llegaron a ella sin pertenecer originalmente a sus disputas. Un extranjero puede tener una distancia que los colombianos perdemos precisamente porque vivimos dentro de nuestras propias explicaciones. Pero esa distancia, en el caso de Deas, nunca significó indiferencia. Con el paso de los años, el observador terminó convertido en una suerte de testigo íntimo.

Quizá esa sea una de las paradojas más interesantes de su trayectoria: cuanto más estudiaba Colombia, menos podía ser considerado simplemente un extranjero que estudiaba a Colombia.

El prefacio del libro está escrito por James A. Robinson, premio Nobel de Economía, cuya obra sobre las instituciones y el desarrollo de las sociedades ha dialogado, desde otra perspectiva, con algunas de las preguntas que Deas formuló durante décadas sobre Colombia. Hay en ese encuentro intelectual una coincidencia interesante: tanto desde la historia como desde la economía institucional aparece la necesidad de mirar más allá de las explicaciones inmediatas y preguntarse por las instituciones, las decisiones, las circunstancias históricas y las personas que terminan moldeando el destino de una sociedad.

Pero el libro no pretende convertir a Deas en una estatua académica. Me interesaba más el hombre detrás del historiador, sus conversaciones, sus obsesiones, sus amistades, sus recuerdos, sus silencios y también las personas que fueron construyendo con él esa relación particular con Colombia. Por eso el libro se mueve entre el perfil periodístico, la investigación histórica y el ensayo, entre la memoria y los documentos, entre lo que Deas recuerda y lo que otros recuerdan de él.

Al final, la pregunta cambia. Ya no se trata solamente de quién fue Malcolm Deas. Se trata de qué Colombia aparece cuando uno decide mirar el país a través de los ojos de un inglés que pasó seis décadas intentando entenderlo.

Aparece una Colombia menos cómoda que la de nuestras explicaciones habituales: una Colombia hecha de instituciones frágiles y persistentes, de guerras que dejaron marcas profundas, de élites, partidos y universidades, pero también de individuos concretos que intentaron, a veces con éxito y otras sin él, comprender el lugar en el que estaban viviendo. Una Colombia que no cabe del todo en las categorías con las que solemos describirla.

Tal vez por eso la vida de Malcolm Deas termina siendo una manera inesperada de contar nuestra propia historia. El extranjero llegó buscando entender Colombia y, con el paso del tiempo, Colombia terminó formando parte de su propia biografía. La pregunta que queda para nosotros es quizá la inversa: después de seis décadas en las que Deas intentó descifrarnos, ¿qué hemos aprendido nosotros al mirarnos a través de sus ojos?

El próximo 27 de octubre, a las 5:30 de la tarde, esa conversación llegará al Gimnasio Moderno, en Bogotá. El lanzamiento tendrá lugar en la Biblioteca del Gimnasio Moderno, en la carrera 9 #74-99, y contará con un panel que permite ampliar la conversación más allá de la figura de Deas. Participarán Paca Zuleta, profesional distinguida de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes; Gustavo Bell, historiador, periodista, abogado y exvicepresidente de Colombia; y yo, como autor del libro. La conversación será moderada por Alejandro Gaviria, exministro y exrector de la Universidad de los Andes.

Es una mesa particularmente apropiada para un libro que cruza historia, instituciones, política, academia y memoria. Paca Zuleta aporta una mirada desde la reflexión sobre el gobierno y las instituciones; Gustavo Bell, desde la historia y su propia experiencia en la vida pública; Alejandro Gaviria, desde una trayectoria que también ha unido la academia, las políticas públicas y el debate intelectual. Y en el centro de la conversación estará Malcolm Deas, un historiador que llegó desde Oxford y terminó haciendo de Colombia una parte fundamental de su propia historia.

Quizá no haya mejor manera de presentar este libro que volver a la pregunta que lo atraviesa: ¿qué hace un inglés durante seis décadas intentando entender a Colombia? La respuesta, después de todo, puede decir tanto sobre Malcolm Deas como sobre nosotros.

Diego Aretz Avatar

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