Hay hombres que construyen una vida y hay otros que parecen dedicarse, durante su existencia, a desarmarla para volver a construirla. Ángel Beccassino pertenece a los segundos. Uno puede intentar definirlo como publicista, escritor, periodista, fotógrafo, músico, cineasta, entrevistador, estratega político o viajero, pero cada definición se queda corta, porque cada oficio parece haber sido…
Hay hombres que construyen una vida y hay otros que parecen dedicarse, durante su existencia, a desarmarla para volver a construirla. Ángel Beccassino pertenece a los segundos. Uno puede intentar definirlo como publicista, escritor, periodista, fotógrafo, músico, cineasta, entrevistador, estratega político o viajero, pero cada definición se queda corta, porque cada oficio parece haber sido una estación de un viaje más largo: el de alguien empeñado en entender qué hay detrás de las cosas. Ahora ha hecho una película sobre el fin. Se llama Fin y, paradójicamente, no parece una película sobre terminar sino sobre mirar: mirar mientras todavía estamos aquí, mirar el mundo antes de que desaparezca, mirar a los otros, los paisajes, las ciudades, los cuerpos, los rostros, las ruinas y esas pequeñas cosas que normalmente pasan frente a nosotros sin que tengamos tiempo de detenernos.
La película está construida con imágenes recogidas durante viajes por países y paisajes muy distintos, de Europa a América Latina, África y otras geografías que Beccassino ha atravesado durante décadas. Quien la ha visto encuentra en ella una mezcla difícil de clasificar de filosofía, poesía, música e imágenes. Pero quizá se entienda mejor si uno mira al hombre que la hizo. Beccassino nació en 1948 en San Antonio Oeste, en la Patagonia argentina. Estudió filosofía y economía sin terminar ninguna de las dos carreras. Después vino una sucesión de desplazamientos: India, Brasil, México, España, Ecuador. Colombia apareció primero como un lugar de paso y terminó convirtiéndose en casa. Llegó por primera vez en los años setenta y desde 1986 vive aquí. Hay una frase suya que ayuda a entenderlo: siempre lo tentó “la próxima curva del camino”. Tal vez ahí esté buena parte de Beccassino: no en la política, la publicidad, la fotografía o los libros, sino en lo que viene después.
Su trayectoria está marcada por esa necesidad de cambiar de lenguaje. Fue publicista y creó, entre otras cosas, aquella frase que convirtió la altura de Bogotá en una virtud: “2.600 metros más cerca de las estrellas”. Fue periodista y entrevistó a escritores como Jorge Luis Borges y Juan Rulfo. Fue fotógrafo y músico, tocó el piano y el acordeón y participó en proyectos de música experimental. Escribió sobre política, poder, comunicación, paz, crisis y personajes públicos. Hizo cine y durante décadas se convirtió también en uno de los estrategas políticos reconocibles de Colombia y América Latina. Todas esas actividades parecen distintas, pero tienen un punto de encuentro: la necesidad de interpretar lo que ocurre alrededor.
El publicista necesita entender cómo funciona la atención. El periodista quiere saber qué piensa el otro. El fotógrafo necesita detener el tiempo. El músico trabaja con ritmo. El escritor busca palabras. El político intenta leer el estado emocional de una sociedad. El cineasta junta imágenes para producir una experiencia. En el fondo, todos trabajan sobre una misma materia: la interpretación del mundo. Por eso resulta difícil hablar de Beccassino solamente como un hombre de publicidad o de política. Su relación con la política, además, ha tenido algo de laboratorio de ideas. Ha asesorado campañas y gobiernos de orientaciones diversas, ha trabajado con figuras de centro y de izquierda y, en años recientes, tuvo un papel visible en la campaña de Rodolfo Hernández. Incluso cuando habla de política, suele terminar hablando de emociones, lenguaje, atención, comportamiento y de la manera en que una sociedad se cuenta a sí misma.
Hace años definía la política como la capacidad de conciliar inteligentemente elementos en función de una idea de bien común, y distinguía esa tarea de la comunicación política, que entendía como una operación de seducción orientada a conseguir un propósito. La diferencia importa porque detrás del estratega hay una pregunta más antigua que el marketing político: ¿por qué las personas creen en lo que creen? ¿Qué hace que una palabra movilice a una multitud? ¿Por qué una imagen permanece? ¿Por qué una persona consigue nuestra atención y otra no? ¿Por qué una idea fracasa? Y, finalmente, ¿qué queda de nosotros cuando ya no estamos?
A Ángel lo conocí hace unos años y, desde entonces, nuestra relación fue convirtiéndose en una amistad de esas que no necesitan demasiadas explicaciones. Hemos dado batallas juntos, participado en proyectos, discutido ideas, compartido entusiasmos y desencantos, y hablado de política, Colombia, libros, personas, campañas, cine y de ese extraño oficio de intentar entender el mundo mientras cambia debajo de nuestros pies. A veces hemos estado de acuerdo y otras veces no, pero incluso el desacuerdo ha sido parte de la amistad, porque con Beccassino la conversación no termina cuando aparece una diferencia: muchas veces es ahí cuando empieza lo interesante. Hay amigos con los que uno comparte recuerdos y otros con los que comparte preguntas. Ángel pertenece para mí a esa segunda categoría.
Nos une una complicidad por la duda, por las ideas y por esa disposición a imaginar que todavía puede haber algo al otro lado. Hemos dado algunas batallas juntos, pero quizá lo que más recuerdo no sean las batallas sino las conversaciones antes y después: el análisis de lo que estaba ocurriendo, la sospecha de que las cosas podían ser distintas de como parecían, la búsqueda de una palabra mejor, de una estrategia diferente o de una manera más inteligente de contar una historia. Su capacidad quizás de mover una conversación cuando parece que ya está resuelta.
Por eso, cuando veo Fin, la veo también como una especie de autorretrato involuntario, como si décadas de viajes, libros, fotografías, campañas, conversaciones, ideas y músicas hubieran terminado encontrándose en una misma pregunta. Después de tantos años tratando de comprender cómo capturar la atención de los vivos, Beccassino se enfrenta al asunto definitivo: la desaparición. La película reúne imágenes de sus viajes y las convierte en una meditación sobre la muerte, el tiempo, la memoria y nuestra necesidad de trascender. La muerte tiene una particularidad democrática que probablemente resulte interesante para alguien como él: no necesita estrategia, publicidad, discurso ni campaña. Llega. Y frente a ella todos los lenguajes se vuelven insuficientes.
La película funciona como una metáfora de la vida: un viaje que emprendemos sin haber visto el mapa completo, convencidos de que sabemos hacia dónde vamos mientras el paisaje nos recuerda que todo es provisional. En Fin, la muerte no aparece solamente como una puerta que se cierra sino como una presencia que viaja con nosotros desde el principio. Cada paisaje puede ser el último, cada encuentro la última conversación, cada fotografía una manera de decirle al tiempo que estuvimos aquí. La vida se parece a una película que solo podemos ver mientras se está proyectando y cuya última escena conocemos de antemano, aunque ignoremos cuándo llegará. Quizá por eso seguimos haciendo libros, canciones, fotografías, películas y pequeñas revoluciones, como si crear fuera una manera humana de negociar con la muerte. Ahí está parte del interés de Fin: recordar que saber que todo termina no vuelve inútil el viaje, sino que puede darle sentido a lo que hacemos mientras estamos aquí.
Fin puede leerse también como una película sobre la necesidad de dejar algo atrás: una fotografía, una canción, un libro, una conversación, una idea, un recuerdo. Beccassino lleva décadas haciendo precisamente eso. Una frase publicitaria, una fotografía, un libro, una canción, una entrevista, una campaña, una película. Quizás esa sea una de las contradicciones de Fin: hacer una película sobre el final es también una manera de resistirse a él. Filmar es conservar. Es decirle al tiempo: esto ocurrió, este rostro estuvo aquí, este lugar existió, esta persona estuvo viva.
Y, sin embargo no parece interesado en quedarse quieto contemplando su propio archivo. Su biografía está marcada por el movimiento. Es un viajero persistente, alguien que entendió que viajar no consiste solamente en cambiar de paisaje sino también de preguntas. En una entrevista reciente recordaba que siempre quiso saber qué había más allá de la próxima curva. Esa frase explica mejor su trayectoria que la lista de oficios que ha ejercido. Porque quizá viajar sea aceptar que todavía no sabemos. También nuestra amistad tiene algo de ese movimiento: no se trata solamente de haber estado juntos en determinadas batallas, sino de seguir preguntándonos qué viene después, qué otra posibilidad existe y qué conversación falta.
Hay algo contemporáneo y, al mismo tiempo, antiguo en esa actitud. En una época que obliga a escoger una identidad, una profesión, una especialización, una marca personal y hasta una manera de hablar, Beccassino parece haber hecho lo contrario. Se ha negado a reducirse. En un perfil de la Universidad del Rosario decía que todos tenemos “un montón de posibilidades” y que especializarse podía ser una forma de mutilación. Es una idea poco cómoda en tiempos de hojas de vida perfectas, porque una hoja de vida quiere orden y una vida verdadera casi nunca lo tiene. La de Beccassino está hecha de desvíos: de libros que conducen a fotografías, de fotografías que conducen a cine, del cine a la música, de la música a la publicidad, de la publicidad a la política, de la política al periodismo y de los viajes, ahora, a una película sobre la muerte.
Como si después de haber pasado buena parte de su vida tratando de descifrar a los vivos hubiera llegado finalmente al misterio que nadie consigue descifrar. El fin. Pero tal vez Fin no sea realmente una película sobre la muerte. Tal vez sea una película sobre la necesidad de seguir mirando, de preguntarse qué hay detrás de la puerta, qué hay después de la frontera, qué hay detrás del discurso de un político, debajo de una palabra o después de la próxima curva. Ahí está quien puede pasar de una discusión política a una reflexión sobre una película, de una idea sobre Colombia a una historia de un viaje, sin que para él exista una frontera clara entre unas cosas y otras.
Beccasino, es antes que cualquier otra cosa, un viajero. No necesariamente porque haya recorrido tantos países, sino porque todavía no parece haber llegado a ninguna parte definitiva. Y mientras siga buscando, escribiendo, fotografiando, filmando, conversando, haciendo música, pensando sobre política o intentando entender por qué una sociedad se comporta como se comporta, seguirá ocurriendo algo que atraviesa toda su trayectoria: el hombre que hizo una película sobre el fin continuará buscando la próxima curva y eso finalmente ha sido buena parte de su vida.
Diego Aretz
Diego Aretz es un periodista, autor, investigador y documentalista colombiano, máster en reconciliación y estudios de paz de la Universidad de Winchester, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal y colaborador de El Espectador. Ha trabajado con el Centro Nacional de Memoria histórica de Colombia
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