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21
09
2012
@pachevsko

Cómo titular un texto

Por: @pachevsko

Captura

Apartado 651. Colombia, Julio 15 de 19…

Mi buen amigo Alfonso: He recibido tu carta del 10 junto con el libro de Walter F. Otto “Los dioses de Grecia”. Ojeé las primeras páginas, y creo que será una grata lectura. Pero, antes de dar rienda suelta a mis palabras y alejarme de mi asunto, quiero comunicarte la verdadera razón de estas líneas: Confieso que me sorprendió el tono con el que escribiste tu última carta. No comprendo por qué  dices que las palaras que merecieron para mí el cuento que me enviaste son “inútiles” y “sin sentido”. ¿Debo recordarte que fuiste tú quien me instó a leerlo y a juzgarlo?

Llevamos, si no estoy mal, cuatro cartas en la misma discusión. Y ten presente que no me disgusta, ¡todo lo contrario! Quizá, creo, me extralimité en mi carta del 5 de Junio al juzgar tu texto directamente, al objetar sin dilaciones todos los aspectos del escrito, especialmente su título. Si ese fue el caso lo lamento, pero sólo quise dar una crítica apropiada a lo que me pedías. Sentí tal obligación al leer tu disertación, contenida en la misma carta, sobre la responsabilidad creativa en la obra de arte. La cual tomé al pie de la letra.

Pongamos los puntos sobre las íes. Creo pertinente evitar una discusión directa sobre tu obra, en este caso tu cuento; sé que la obra de un escritor es parte fundamental de su ser. Por esta razón quiero hablarte, si me permites el atrevimiento, de la titulación en general, tal como yo la concibo. A diferencia de lo que crees, me parece un tema de capital importancia, al cual no se le tiene en suficiente estima. Si te das cuenta (y creo que de ahí viene tu total indiferencia sobre el tema) hay pocos ensayos o tratados teóricos, al menos no conozco muchos, en los que se trate el problema de la titulación. Y no es de extrañar, porque hay muchos que piensan al igual que tú: “El título es mera añadidura”

Me dices, para probar esta afirmación, que si eliminaras los títulos de todas las obras, el propio lector los supliría. Puedes tener razón; pero, ten presente que la obra no es del lector sino del escritor. El escritor no podría dejar al lector la tarea de implantar un título a su texto. Primero por razones lógicas, imagina una obra tuya con múltiples títulos, cada uno impuesto por capricho de los lectores ¿Cómo podrías hablar de él en términos generales? Y no sólo tú, (pues el escritor no debe pronunciar una sola palabra para explicar su obra) sino tus lectores. Y segundo, por razones teóricas. ¿Recuerdas lo que dice Alfonso Reyes sobre el diálogo literario entre el autor y el lector? El autor es quien crea la obra y el lector es quien reacciona a ella, su actitud es pasiva porque depende del texto que el escritor crea, y esto va para toda clase de textos. Cuando se les dice a los estudiantes que la lectura es una actividad activa sólo se apela a un modelo didáctico que busca una respuesta a partir del texto, no sobre él.

A través del título se concretizan procesos de acentuación. Por medio del título se le da preeminencia a un asunto especial; no sólo en el texto literario, también en el discurso periodístico, y otros. Basten, como muestra, y sin ánimo de formular una preceptiva de la titulación, algunas de mis ideas sobre los criterios que llevan a darle título a una obra: a) Puede presentarse que el título se refiera a un personaje primordial en la acción: (Martín Fierro, de José Hernández; El Quijote, de Cervantes; Benito Cereno, de Herman Melville; Eugenia Grandet, de Balzac) b) Que, a partir del título, se designe un espacio donde se integran las acciones desarrolladas: (En este pueblo no hay ladrones, de García Márquez; La pista de hielo, de Roberto Bolaño; Luvina, de Juan Rulfo; Irse de la casa amarilla, de Saul Bellow) c) Que haga alusión a las acciones que formulen juicios de carácter valorativo (Guerra y Paz, de Tolstoi; La peste, de Camus, La insolación, de Quiroga) d) A veces hace alusión a metáforas que insinúan los contenidos de la obra (La vida es sueño, de Calderón de la Barca; Un alma de Dios, de Flaubert, Rojo y Negro, de Stendhal)

No pretendo, con estos pocos ejemplos, agotar el tema o instituir una preceptiva de elección del título para una obra (ni más ni menos), sólo quiero mostrarte, Alfonso, algunos procedimientos que a mi parecer, y según mis lecturas, los autores han podido seguir. Es innegable que muchos títulos quedan por fuera de este listado, aunque la finalidad no es que los contenga todos. Como puedes darte cuenta, cada ejemplo satisface una necesidad de realce, de relevancia, de una idea. Es esta la importancia del título. A partir de él se multiplican las vías que el lector debe recorrer. Cuando leíste “El libro de arena” recuerdo que me dijiste “no de otro modo podría llamarse este cuento”. ¿Por qué? Quizá porque Borges quiso revelarnos la posibilidad de un libro inabarcable; y desde allí, desde su título, nos revela esta paradoja. Él mismo lo dice en Acerca de mis cuentos:

El libro de arena porque consta de un número infinito de páginas. El libro tiene el número de la arena, o más que el presumible número de la arena. Un hombre adquiere ese libro y, como tiene un número infinito de páginas, no puede abrirse dos veces en la misma.

Ahora bien, no negarás que el cuento pudo llamarse de otro modo, ya que, “no es parte misma de la obra sino la forma de prostituirse”, como aseguras en tu carta, y puede que tengas la razón, sólo que yo no diría prostitución, sino atracción, seducción. Quizá el libro pudo haberse llamado Holy Writ, o el Libro de los Libros… Nombres que encontramos en el cuento. Pero fíjate que siempre lo esencial, lo atractivo, lo que se realza, es el libro. Me atrevo a asegurar que Borges no pensó jamás en un nombre o en una ciudad para su título; porque el simple título contiene, ya, una historia. Contiene los diferentes caminos de interpretación. Con que, he aquí una segunda conclusión: el título debe abarcar la obra. Dudo mucho que sea de otro modo, puesto que, cuando se escribe un texto uno lo mira desde el sitio más lejano y se pregunta ¿Cuáles palabras abarcarían toda esta historia? Platón casi nunca mencionó en los títulos de sus diálogos a Sócrates —de quien podríamos pensar que es el protagonista de ellos— porque lo importante era el cambio mayéutico de Glaucón, Trasímaco, Crátilo, Fedón, etc. Y en verdad el diálogo gira en derredor de ellos, en ellos se evidencia el cambio, el logos que Platón deseaba anunciar.

Sin embargo, ¡cómo te conozco!, estarás pensando (pues he hablado, con Platón, de los antiguos) en los viejos poemas medievales que no llevan título. Debo decirte que, según el mismo Kayser a quien citas: “Sólo a partir del humanismo se generalizó la costumbre de titular las producciones poéticas.” Por tanto, puedo hablar del siglo V de Atenas, siglo en el que brotó el humanismo. Con todo, recordarás que antiguamente se utilizaba como título o epígrafe la forma o género de la obra como: “Canción”, “Oda”, “Himno”, “Soneto”; y que a partir de fines del siglo XIX, según Kayser otra vez, se estableció la costumbre de utilizar como título las primeras palabras del poema. El poeta quiere alejar todo pensamiento temático, no quiere hablar a distancia ni reflexivamente, sino que su poesía debe ser recibida como una ola que casi imperceptiblemente se alza y vuelve a deshacerse. Pero, contrariamente a esta  sencillez que vemos en la elección del título, te ofrezco este ejemplo de Umberto Eco en El nombre de la rosa:

Encontraba títulos fantasmagóricos, como este de Jean Baptiste Biot, de 1821: Recueil d’observations géodesiques, astronomiques et physiques, exécutées par ordre du Bureau des Longitudes de France, en Espagne, en France, en Angleterre et en Ecosse, pour déterminer la variation de la pésanteur et des degres terrestres sur le prolongement du meridien de Paris.

Grosso modo, eso es lo que ha pasado con la titulación antes y después. Y llegamos, ahora, a la actualidad, donde se piensa que el título debe ponerlo el editor: tu caso.

Para mí el título es una de las huellas que el escritor deja en su obra. No puede decirse que es el narrador, ente ficticio, quien lo elige. El título no es una marca ficticia. Es tan real como el escritor. No puede ser coincidencia que H.P. Lovecraft en Algunas notas sobre algo que no existe, asegure, hablando de los títulos de sus obras, que dan fe de sus gustos:

…perpetrado a la edad de siete años y titulado «The Noble Eavesdropper» (El noble fisgón). Este no ha sobrevivido, aunque todavía poseo dos hilarantes esfuerzos infantiles que datan del año siguiente: «The Mysterious Ship» (La nave misteriosa) y «The Secret of the Grave» (El secreto de la tumba), cuyos títulos exhiben suficientemente la orientación de mi gusto.

¿Por qué, me dirás, tanta importancia, si a veces un buen título puede escogerse al azar? Sin duda, pero el título por ser una clave interpretativa debe respetar al lector; además no soy el único que reflexiona sobre este problema. Eco lo menciona en “Apostillas a El nombre de la rosa”: “Por desgracia, un título ya es una clave interpretativa. Es imposible sustraerse a las sugerencias que generan Rojo y negro o Guerra y paz”. Y más adelante dice: “Los títulos que más respetan al lector son aquellos que se reducen al nombre del héroe epónimo, como David Copperfield o Robinson Crusoe, pero incluso esa mención puede constituir una injerencia indebida por parte del autor”.

¿Entonces, dirás, qué hacer? Lo que se debe hacer, Alfonso, es tener conciencia de la importancia de la titulación. Eco plantea que sería mejor no poner títulos, pero ante esta imposibilidad explica que para poner un buen título, como él lo hizo en su libro, se debe saber que: “El título debe confundir las ideas, no regimentarlas”. Ya que el título debe preparar al lector ante la obra.

Con todo lo dicho hasta este punto, caigo en el peligro de que pienses que soy de esos que sólo por los títulos juzgan los libros. Nada más lejos de la verdad. Aunque, te confieso que eso me sucedió en mi juventud cuando me topé con Papillon, de Henri Charrière. ¿Qué crees que pensé?. Un libro que, además de estar disfrazado de best-seller, se titulaba Mariposa. Lo dejé. No lo leí la primera vez. Pero luego, por curiosidad lo abrí y vi, con sorpresa un mapa de Latinoamérica con señales de movimiento entre la Guyana francesa y Venezuela. ¿Cómo iba yo a saber que Papillon era el seudónimo del mismo Charrière que había sido llevado al presidio, se había escapado y narraba sus aventuras? Lo he releído muchas veces.

Para concluir, sólo me queda decirte que espero que aceptes mis palabras de la mejor manera. No creo que te haya atacado a ti directamente. Y que no creas que el título, al ser poco importante (hemos visto que sí lo es) puede dejarse a disposición del editor, o simplemente remplazarlo por cualquier palabra. ¡Responsabilidad creativa! Así pues, te dejo en compañía del lamento de Ricardo en Ricardo III, de William Shakespeare, grito que bien podrían dar algunas obras de arte:

No tengo título ni nombre,

no, ni el nombre que me fue dado en el bautismo,

pues está usurpado. ¡Ah, que infortunio

haber pasado por tantos inviernos

y no saber qué nombre puedo darme!

No tengo título ni nombre,
no, ni el nombre que me fue dado en el bautismo,
pues está usurpado. ¡Ah, que infortunio
haber pasado por tantos inviernos
y no saber qué nombre puedo darme!

Categoria: Lecturas

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