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06
01
2012
elmagazin

Jimmy

Por: elmagazin

Charlie Parker

Miguel Castillo (*)

Jimmy quería ser un jazzman. Quería una vida corta y la habilidad necesaria para tomarse el mundo en ese plazo. Para ser justos, Jimmy quería ser Charlie Parker, pero sólo pudo reunir el dinero para una trompeta, así que a la fuerza intentó parecerse a Miles Davis. Jimmy era en realidad un caso especial: si las historias donde sólo es necesario el amor y el deseo para conseguir lo anhelado fueran ciertas, sin duda Jimmy habría sido el mejor músico del mundo.

Nunca antes había visto a nadie así. Jimmy cruzaba de arriba abajo con su estuche de trompeta bajo el brazo todos los días, alejado de casi todo contacto con los demás; eran sólo él y la música, y como yo también quería ser músico Jimmy se convirtió en el ídolo que debía seguir.

La primera vez que pasó con el estuche de trompeta, estaba con mis amigos en una esquina del barrio. Hablábamos de tetas y culos conocidos cuando alguien dijo que Jimmy venía en camino. Jimmy era el vecino del que todos se burlaban; no era nada más que un muchacho flaco y tonto del que se podía prever, ante cualquier burla, una retirada triste antes que los puños como respuesta. Tan pronto estuvo a unos pasos, empezamos a gritarle: “músico, afíneme el instrumento”, mientras nos tomábamos nuestra entrepiernas con las manos.

- ¿Qué es eso Jimmy? –le pregunté cuando pasó a mi lado.

- Pues una trompeta –respondió sin voltear el rostro-. Seré un gran músico, como Miles Davis pero blanco.

Todos nos reímos, incluso yo que entendí lo del Miles Davis blanco. Desde hacía unos meses, practicaba en mi cuarto con una guitarra que era de mi papá y un cuadernito con canciones fáciles de aprender. También buscaba en google los nombres de los mejores músicos del mundo, y Miles Davis apareció allí. La página que encontré decía que se trataba de una de las figuras más relevantes de la historia del Jazz, eso lo recordé cuando Jimmy siguió su camino sin despedirse. No sé por qué, pero estoy seguro de que, mientras caminaba hacia su casa, Jimmy deseaba ser sordo para dejar de oír nuestros gritos de “afíneme el instrumento” acompañados con la mano en la bragueta.

Una noche oí el rumor de que Jimmy no sabía tocar. Yo acababa de ganar una competencia de guitarristas invisibles. Estaba con mis amigos, bebiendo vino barato, oyendo música y haciendo el ridículo; el ganador se llevaba un vaso extra de vino que, por absurdo que parezca, me hizo sentir como una verdadera estrella de rock. “¿Sí saben que Jimmy no sabe tocar? sólo hace la mímica en uno de los semáforos de la calle de los árabes. Del estuche lo que saca es una trompeta de plástico y una grabadora. Finge que toca y luego pide dinero”. Todos se reían con la historia, menos yo que me imaginé en el lugar de Jimmy, con una guitarra de juguete, rodeado de cientos de personas chocando y carros pitando en completa disfonía.

Lo que me pareció raro en Jimmy no fue esa obsesión por ser músico, sino que a pesar de vivir a sólo tres casas de la mía jamás lo escuché ensayar; lo cual aumentaba mis sospechas. Para no permitir que mis esperanzas sobre Jimmy decayeran, solía decirme a mí mismo que sus papás odiaban la música, obligando a Jimmy a practicar con un trapo en la boca de la trompeta. Sin embargo, y por más que me repitiera lo mismo, empecé a tener la necesidad de comprobar la música de Jimmy. Por esa razón lo invité a la casa. Le dije que yo estaba aprendiendo a tocar guitarra y que podríamos ensayar, hasta podríamos armar un grupo si nos entendíamos. Jimmy aceptó y fue algunas veces, pero en ningún momento tocó una sola nota.

-Aún no soy bueno -dijo cuando pedí que siguiera lo que yo tocaba-. Aún me falta mucho por aprender.

Jimmy se vestía igual a esos niños que predican en los canales evangélicos. La única diferencia era que en lugar de la Biblia, Jimmy llevaba bajo el brazo la trompeta. Por eso le pregunté por la ropa una vez que vino por música.

-Es por las clases de trompeta. Si no me visto bien para ir a estudiar ¿Cómo voy a ser juicioso con lo que me enseñen? -me respondió. Luego agarró el CD que tenía en mi mano, y se fue dejándome con la sensación de haber hablado con mi mamá.

Como era de esperarse, los pequeños rumores crecieron en el barrio; incluso algunos llegaron a hablar de drogas: “igualito a Antonio Banderas, sólo que con un estuche de trompeta lleno de marihuana” dijo alguien en la tienda una tarde.  Sin que yo mismo pudiera percibirlo, la leyenda de Jimmy y su música silenciosa creció tanto que los niños más pequeños empezaron a molestarlo y a gritarle los mismos chistes que mis amigos y yo le dijimos la primera vez que llegó con la trompeta.

-Lo verdaderamente importante es la creación del sonido -me confesó una vez que vino a oír música.

Ahí comprendí que Jimmy estaba tan seguro de lo que afirmaba que yo no podía dudar de él.

-Mira, la relación es entre la trompeta y la soledad -dijo después de despedirse esa tarde.

Eso fue una iluminación para mí. Si Jesucristo quisiera mandar a Dios a la mierda y empezar desde cero, esa sería la frase de partida. Por eso quería ser el primer espectador de ese Miles Davis blanco que él mismo había profetizado, para poder decir en el futuro, cuando nuestra banda fuera la mejor del mundo, que yo sí creí en él cuando nadie más lo hizo.

A pesar de lo que dijera Jimmy, sin una música qué oír mi confianza empezó lentamente a dejar de existir. De ser el mejor músico del barrio, Jimmy pasó a convertirse en un vegetariano que comía carne a escondidas. El ídolo que había levantado en su nombre empezó a caer, y sólo yo podía hacer algo para evitarlo. Debía ser el primer espectador de la música de Jimmy, y por esa razón esperé el momento oportuno para seguirlo sin ser visto.

En vez de ir a la universidad, como debía hacer cada mañana, me senté por varios días en una tienda frente a la parada del bus, atento a Jimmy. Como no iba a ningún lado, el dinero del bus lo gastaba en cerveza y cigarrillos. Eso dejé de hacerlo una tarde que Jimmy escapó porque subió a un bus y yo no tenía el dinero suficiente para seguirlo. Sólo pude costear cigarrillos después de eso, y como lo que hacía (que era no hacer nada) se parecía a las películas de detectives que veía en televisión, solía acomodarme un sombrero imaginario cada vez que sentía que me aburría.

Al fin, pude alcanzar a Jimmy sin que él me viera. Subió a un bus y yo estaba tras él, parecido a una sombra. Jimmy jamás mira a las demás personas, tan sólo camina y mira al suelo. A duras penas solía mirarme cuando hablábamos, así que pasar a su lado en un pasillo de cincuenta centímetros atestado de gente fue lo más sencillo. Tomé un puesto junto a la venta que dejó una anciana, y Jimmy continuó atrapado entre la registradora y un grupo de niñas de colegio. El bus era un embutido con ventanas, y Jimmy parecía ahorcarse entre su estuche y los brazos en alto de los demás pasajeros.

Yo miraba por la ventanilla los edificios de cemento pasar en desorden, siempre feos, hasta que el reflejo de Jimmy cruzó por entre las torres que pasaban afuera. Oí el timbre del bus y luego vi a Jimmy bajar y empezar a caminar. Me levanté tan pronto las puertas de salida cerraron, toqué el timbre y lo seguí.

Seguí su rastro por entre carros de comida y bultos de basura, hasta que apareció una casona antigua, de dos pisos. Leí “Academia de música”, y la confianza en Jimmy volvió a surgir. Cuando cruzó la puerta recordé el comentario sobre Jimmy haciendo la fonomímica de trompetista; lo vi esa vez como un chiste del cual nos reiríamos los dos en el futuro, cuando estuviéramos de gira e hicieran la pregunta de cómo empezó todo. Un pasillo largo seguía después de la puerta de la calle, mostrando un primer piso donde el sonido de guitarras y violines no paraban de circular por la casa, subiendo por las mismas escaleras por las que Jimmy subió. Subí, y con cada escalón sentí que pisaba las teclas de un piano en espiral que me llevaba a una canción mal interpretada. En el segundo piso lo único que vi fue otro pasillo que rodeaba la casa. Al final, justo al frente mío, una puerta se cerró ocultando a Jimmy. Casi al instante, el sonido de un saxofón surgió de esa habitación transformada en salón de música.

No era Jimmy, por supuesto. Un saxofón no cabría nunca en el estuche de una trompeta. Así que caminé hacia la puerta, buscando una ventanilla de vidrio que veía incrustada allí. Cada paso mío era cubierto por la música de la casa. Y justo mientras me acercaba, lo que debía ser la trompeta de Jimmy empezó a intercalarse con el saxofón. No podía creer lo que oía. A ratos era el saxofón y a ratos la trompeta la que cantaba; era un duelo de vaqueros armados con instrumentos de viento. De repente la música del primer piso calló. La trompeta y al saxofón quedaron solas, intercambiando cientos de golpes de música.

Jimmy siempre quiso ser Charlie Parker, pero no tuvo otra opción que ser Miles Davis. Eso es lo que solía decir cuando no había nada sonando en el aire. Cuando el duelo empezó, me sentí presenciando la discusión de dos gigantes.

-No debería estar aquí –me lo repetí hasta que la puerta estuvo frente a mí y pude mirar por la ventanilla lo que sucedía, repitiendo aún, pero ya sin convicción, que no debería estar allí.

El saxofonista era un muchacho, casi de la misma edad de nosotros. Parecía un niño prodigio, pero quien dominaba la pelea era sin duda la trompeta. “Jimmy es Miles Davis” alcancé a decir antes de reconocer a otro tipo en el lugar de Jimmy.

Resultó ser un viejo, sin duda el maestro de la clase. Jimmy estaba junto a una ventana que daba a la calle, completamente estático. El pobre no quitaba la mirada de los dedos del viejo, y los dos que tocaban no se fijaban en él. “La relación es entre la trompeta y la soledad”, había dicho Jimmy y desde esa ventana parecía cumplir sus propias reglas.

El duelo de práctica entre saxofón y trompeta paró casi al instante que empecé a mirar. El viejo llamó a Jimmy. Le pidió que agarrara la trompeta y Jimmy lo hizo; “está perfecta, inténtalo de nuevo”, fue lo último que le oí decir al viejo.

“Los músicos no hablan entre ellos, todo lo dicen con música” dijo Jimmy una vez, y por lo que veía parecía cierto. El del Saxofón tomó el lugar de Jimmy junto a la ventana y guardó también silencio. Hasta la casa parecía haberse callado, como si en los salones de los dos pisos esperaran a Jimmy. Pudo haber pasado un minuto o más antes de que Jimmy humedeciera los labios y subiera la trompeta a su boca. Sus ojos se inflaron, pero del bronce en embudo salía nada más que vacío seguido de un ruido indescriptible.

En una clase de la universidad un profesor dijo que los sinónimos no existen. “Una palabra y otra jamás dicen lo mismo”. Al principio creía que sólo exageraba para parecer más inteligente, pero con el tiempo comprendí que decía la verdad. Por ejemplo, sonido y ruido parecen decir una sola cosa, pero no es así; sonido quiere decir cualquier cosa que parezca armoniosa, por ejemplo el viento pasando cerca, o el mar golpeando la costa. Incluso el silencio, en ciertos momentos, puede considerarse como un sonido; en definitiva, un sonido es música en un nivel más simple. En cambio la palabra ruido es otra cosa, más cercana a una demolición lenta o un zancudo en la noche. Y eso fue precisamente lo que oí en el momento que Jimmy hizo sonar la trompeta.

Las mejillas de Jimmy estaban infladas, igual que los ojos. Sin embargó no logró nada, salvo un chirrido de globo muriendo. Agitaba los dedos sin orden y mantenía los ojos cerrados. El del saxofón no dejaba de cubrirse la boca con las manos. El profesor, al igual que toda la casa, seguía guardando silencio, esperando solamente a que Jimmy parara.

Salí sin saber lo que el viejo le habría dicho. Llevaba asistiendo casi un año y no había aprendido nada. Algo debió decirle el viejo después de eso, pero preferí no oírlo. En algún lugar de la casa el piano de antes volvió a sonar. Cada paso mío fue marcado por cada tecla, hasta que una vez afuera la música de los demás estudiantes volvió a retumbar por toda la casa. La música parecía expulsada por los pasillos hacia la acera de enfrente, donde en ese momento pasaba una pareja de ciegos que caminaba despacio.

Yo también caminé por el centro, sólo que sin rumbo. Después, cuando ya las clases a las que no fui debieron haber terminado, tomé el bus de regreso al barrio. En la tienda pedí una cajetilla de cigarrillos. Luego, me senté en la esquina a esperar a Jimmy. No tenía ganas de hablar porque los músicos no lo necesitamos; sólo quería ver a Jimmy pasar con su estuche de trompeta bajo el brazo, decidido más que nunca a practicar.

Compré los cigarrillos especialmente por Jimmy. No es que yo sea un gran fumador, la verdad sólo lo hago cuando bebo. Imaginaba a Jimmy cruzando la calle envuelto en humo porque así son las fotos de los Jazzman que tanto admiraba, pero como él no fumaba debía ser yo el que creara ese humo. Uno a uno los cigarrillos desaparecieron en figuras azules y basura arrojada sobre la calle. Sólo cuando boté al suelo la última colilla Jimmy apareció.

Jimmy pasó y no había nada con él, ni siquiera humo. Bajo su brazo, el espacio suficiente para un estuche de trompeta era ocupado ahora por el vacío. Eso, debo decirlo, me molestó. Jimmy no saludó y yo tampoco lo intenté. Por un momento pensé en mí mismo tocando una canción con una guitarra sin cuerdas, hasta que Jimmy desapareció como un sonido cualquiera en el aire.

Un Jimmy sin trompeta no es nada más que un hombre acompañado de una soledad doble. Después de que Jimmy desapareció pensé una vez más en jugar al detective; podría buscar y encontrar la trompeta de Jimmy. Podría incluso devolvérsela con una nota que dijera: para Miles Blanco. Pero por supuesto, no lo hice.

Cuando volví a casa ya era bastante tarde. Mamá me preguntó cómo me había ido en la universidad y si tenía hambre. Le dije que bien y que ya había comido, “una cajetilla completa” pensé. En el cuarto me quité los zapatos y agarré la guitarra que dormía sobre la cama; cientos de veces había imaginado que ese diminuto cuarto era realmente un estadio repleto de gente aplaudiendo, y ahora sólo veía una cama, zapatos en el suelo, un escritorio y ropa en el armario. Intenté tocar una canción que sabía de memoria, pero faltaba una cuerda, así que dejé la guitarra donde estaba. Después, cuando intentaba dormir, la noche tembló. Al principio cada cosa afuera parecía en su sitio, pero al poco pude sentir algo nuevo en el aire. Cerré los ojos para concentrarme y pude oír. Todas las vibraciones, los ruidos y sonidos del mundo se detuvieron. Sólo se oía una cosa, y era una canción compuesta de un silencio enorme y continúo que se repitió toda la noche.

(*) Colaborador de El Magazín

Categoria: General

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Opinión por:

novismo

12 junio 2013 a las 7:55 PM
  

Qué cuento tan malo, en serio. Lleno de lugares comúnes, de falso malditismo, de giros que dejan adivinarse. Siga enseñando las vocales más bien.

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