El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Un suicida muerto de viejo

Un viejo melindroso de ochenta y siete años con ganas de ser guerrillero.

San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Foto de CarlosVanVegas. “San Cristóbal de las Casas - Chamula” by CarlosVanVegas is licensed under CC BY 2.0
San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Foto de  CarlosVanVegas bajo la licencia de CC BY 2.0.

 

He encontrado en el oficio de narrar la vida de los escritores más anodinos una suerte de poética. Y en el de narrar sus muertes vergonzosas un pasatiempo inútil digno tal vez de un taxidermista. Sé que me fascina un quehacer sin finalidad, que he malgastado las pocas horas que me han dejado mis múltiples empleos: desde vender chicles, cuando era niño, en los antros nocturnos de Santa Rosa, pasando por el de librero ingenuo de la cuarta con veintiuna en Pereira hará ya ocho años, hasta el de profesor de lenguaje que hoy en día articulo con el de viajero. Es decir, intuyo que mi vida se parece tanto a la de quienes narro que creo haber encontrado en la realización de sus hagiografías un modo de alejarme de ellos. Usar, pues, su realidad como signo, ha sido mi filosofía.

En las obsesiones de este tipo, de las que más recuerdo, están los casos de Carlos Héctor Trejos Reyes, Orlando Sierra Hernández y Amílcar Osorio, poetas muertos a destiempo, y el de Jean Joseph Rabearivelo, traductor de la noche, perito suicida, así como el de la grandiosa Sylvia Plath. De estos últimos hice un registro sentimental de sus postrimerías en un texto llamado Maneras de despedirse donde, de modo ligero, conté la historia del suicidio frustrado del poeta colombiano Emigdio Alcázar (Santuario, Risaralda, 1907 – San Cristóbal, Chiapas, 1995) quien es, en esta ocasión, el motivo de mis palabras.

Es recordado, ante todo, por ser el autor de un libro tan entrañable como polémico: Región del odio (1939) ―que bien hubiera podido inscribirse en la obra de la Generación del 27 de no haber sido por la montañosa procedencia de su autor― y por haber aburrido, a más no poder, a sus seres queridos y a los periodistas con la idea de que se iba a matar en algún momento. Como contaba, en el texto anteriormente citado, escribió en 1986 un largo poema que envió a sus amigos a manera de testamento. Allí les decía que cuando estuvieran leyendo su carta, él ya estaría muerto; ellos lamentaron el suceso y escribieron los estatutos de una fundación cultural que llevaría su nombre, con el fin de reunir dinero para editar su obra completa y erigir un premio en su memoria.

Con el paso del tiempo, cada uno recibió una nueva carta desde Zaragoza, España, ciudad natal de la escultora Mayte Fernández, su esposa, donde les ofrecía disculpas por el mal momento que les había generado, y les explicaba que le habían asignado un cargo burocrático que lo había reconciliado con la vida. Todos quienes recibieron las cartas lo olvidaron a propósito, como su familia, que se dispersó por los pueblos del Viejo Caldas. Excepto Andrés Otálora (1961), el más joven del grupo, quien lo acompañó en sus últimos días.

―Cómo iba a hacernos pasar un susto como aquel, hacer que pasáramos días tan tristes por su supuesta muerte, y luego escribirnos diciendo: «Prometo que uno de mis dos próximos intentos de suicidio tendrá que salirme bien». No, hombre, eso no se le hace a nadie.

Andrés acaba de cumplir cincuenta y siete años. De estatura baja y poco cabello, no deja de sonreír. La tarde llega a Oaxaca con dos jícaras de mezcal. Sorbe, o mejor, besa el suyo a medida que va hablando. Dice que Colombia le causa mucha nostalgia pero que nunca regresará.

Por suerte no hay nostalgia que no se cure con mezcal, muchacho. Eso lo supimos muy bien Emigdio y yo cuando llegamos a Oaxaca: aquí nos curaríamos de ese mal que es Colombia, para siempre. A mediados de 1993 viajé a Zaragoza a ver a mis compas, pero no regresé. Viajé a su lado a Chiapas en 1994 por seguirle un capricho: quería enlistarse en el Zapatismo. Imagínate: un viejo melindroso de ochenta y siete años con ganas de ser guerrillero. Era el tipo más terco que conocí; logró que Marcos lo recibiera e incluso evaluara si le dejaba militar. «Que te llegó competencia desde Colombia», le dijeron. No le importó la insensatez del colombiano, sino que le preocupó cómo era aquello de que alguien le compitiera a él, justo a él, que no quería el Poder, que no quería nada personal. Miró profundamente. «Que hay otro poeta en San Cristóbal», le dijeron. Marcos se rió. Nosotros imaginamos su boca bajo el pasamontaña.

Andrés guarda silencio. Renunció a la escritura, dice, porque no le satisfizo nunca ser poeta. Porque ha vivido toda la vida del salario de Esther Espitia, su esposa, profesora de sociales con vocación de bacterióloga. Después del evidente fracaso en el sur mexicano llegaron a Oaxaca siguiendo un recorte de periódico firmado por Cortázar que hablaba de las tlayudas. Llegaron, pues, a esta hermosa ciudad mítica, engañados por un cronopio, experto en la magia antigua, que escribió sobre gastronomía.

―Y así llegamos a esta ciudad. No necesitamos dinero para vivir. Mi buen amigo murió al año siguiente. Otro escritor colombiano que moría en este país compasivo. Mayte estaba a su lado, lo lloró con mucha tristeza. Al tiempo regresó a su tierra. Esther y yo intentamos regresar, pero todo intento fue en vano. Le perdimos la pista a nuestro país. Dime, ¿cómo están por allá políticamente?

Le digo que aún gobierna la derecha, que nunca hemos tenido un gobierno de izquierda. Siguen matando a la gente que trabaja por los pobres. Los mismos que matan a la gente son elegidos por la gente. Acaban de cerrar unas elecciones presidenciales donde retomó el poder el peor asesino en serie que ha tenido Colombia. Don Andrés, eso le cuento.

Besa el mezcal y sonríe.

@amguiral

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