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Soy camaleón, escucho la música y cambio con ella ( viviendo en un cuento de Truman Capote)

 

 

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Por:  Juliana Afettouche Obando

En un momento de mi vida, en el que disfrutaba sumergirme en la obra de algún autor desquiciado que me llevara a otro lugar, lejos del mundo plano y agotador que trae consigo la ciudad, me dispuse a invadir, página por página, los cuentos de un autor al que fui fiel por muchos años de mi adolescencia.

Algunos cuantos fieles lectores de las obras de Truman Capote hemos querido en algún momento de nuestras vidas vivir al interior de alguna de sus obras; eso sí, sin correr el peligro de llegar a perturbar tan excéntrico y paradisíaco universo que conforma una a una sus anécdotas, que dan lugar a una melodía escrita, única y exclusivamente para pequeños camaleones que se balancean en espera del más grandioso soneto: Alors.

Música para camaleones, libro de cuentos del periodista y escritor estadounidense, está compuesto por un sinfín de cortas historias, tan completas como inconclusas. Historias, como la vida misma, momentos y situaciones descritos hermosamente por los ojos de un personaje que intenta encajar en lugares desconocidos, un extranjero en la Martinica de los años 80. Y de la misma manera en que un hombre irrumpe atrevidamente en la casa de una anciana que comparte la ausencia de un difunto esposo con su piano, unos cuantos pequeños camaleones tararean y danzan junto con la música que la anfitriona toca para ellos. Uno de ellos, más curioso y rebelde, se atreve a romper el embrujo de la música y a mirar con otros ojos la historia que lo ha creado:

Mi misión está anticipadamente sentenciada por el impulso que da mi pequeño y delicado cuerpecillo flotante. Camino en medio de las flores de un jardín ligeramente conservado; es de noche y mis pasos son consumidos y arrastrados por el lodo y las diminutas gotas que caen de las hojas del arreglo floral que pende de un matero, ya fracturado por la brisa, que se balancea en la puerta de entrada de una recóndita casa que en determinadas ocasiones parece juzgarme, reírse de mí, pero al mismo tiempo, temer mi llegada.

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Nada puede retrasar mis ansias de seguir rondando por tan elegante edén de manchas color asalmonado. No hay música, no hay camaleones. A lo lejos, en el amargado bulevar que parece hacer pestañear las bombillas de cada esquina vacía y sin vida, veo una pareja que sonríe bajo la luz de una gran lámpara inglesa que humilla a sus titilantes compañeras con su belleza y su capacidad de hacer ver a dos amantes, eternos, siendo aún simples seres enamorados de la vida. La mujer, de unos 25 años de edad, parece recrear a Madame en contorno, curvas y piernas saltonas de gran longitud, cuerpo celestial y cabellos de oro, con la única diferencia de tener 30 décadas de ventaja. El hombre, también como me lo había dicho repetidas veces la aristócrata dueña de la casa en donde reposo mis pequeñas patas, es feo como el final de las cenizas de un tabaco que se desprende de los deseos de caballeros poderosos que rodean este pueblo balbuceante y olvidado. Los veo pasar, y veo cada uno de sus sueños y aspiraciones, contados en anécdotas de guerra. Lo veo en sus ojos que a simple vista sólo inspiran miedo al futuro, como si quisieran detener el tiempo, justo allí en esa lámpara que los exhuma de toda culpa del pasado.

 La noche está hecha para bailar, esa es mi misión, la única misión de un ser que vive para trocarse, para transformar su piel en función de las notas una canción. Cierro mis ojos saltones color escarlata y mi cuerpecillo pegajoso, poco a poco empieza a dar pequeños saltos, mi cola se enrosca y comienza a escuchar la melodía de un piano que toca la más maravillosa melodía que haya podido escuchar en una noche tan aislada como esta, en la que un hombre, sin temor a ser descubierto por la lámpara vigilante de Madame, entra en su casa y reposa en el sillón en donde solía sentar a su adorado y ausente esposo.

 Oui. Allí están, mis colegas y más grandes compañeros de historias, embrujados por la melodiosa sonata que da como ofrenda la anciana mujer, que con sus manos arrugadas pero firmes, toca para el hombre que observa a través de un espejo de marco negro, como una profunda y agobiadora sombra rodea el cuerpo de Madame. La observa atónito y junto a ella, comienzan a aparecer uno a uno mis colegas de travesuras, cada uno disfrazado de un color deslumbrante.

 “Rojo, Amarrillo, Verde lima, Rosa, Lavanda. ¿Sabías que les gusta la música?” (Pg. 19)

Aquel hombre de rostro borroso e indescifrable me mira fijamente, no precisamente a mis ojos, que ahora intentan evadirlo con un  movimiento veloz, sino a mi cuerpo, que comienza a cambiar de colores; y claro, debo permanecer quieto y ser parte del espectáculo de la historia, como dije, no puedo perturbarla, debo dejarla ser, que cobre vida por sí sola. El hombre me mira y cómo puedo culparlo, soy un pequeño camaleón que fantasea con ser el bailarín estelar de la pieza musical que narra la historia de una anciana que vive de los recuerdos de cada visita que la acompaña en su desdicha. Comienzo a bailar, y el espejo de oscuro marco empieza a reflejar cada una de las historias que la mujer, casi bruja, ha revivido y a traído desde la muerte a ese pequeño y acogedor cuarto de paredes blancas y piso de madera. Trés cher.

 “Calma, pero también perturba. Cuanto más se mira uno, el negro ya no es más negro, sino que toma un extraño tono azul plata, convirtiéndose en el umbral de visiones extrañas. Igual que Alicia, me siento al borde de un viaje a través del espejo, de un viaje que vacilo en emprender” (Pg. 23)

 Soy camaleón, escucho la música y cambio con ella. Soy parte de una historia escrita por Truman Capote, anécdotas que no tienen un final definitivo, pero sí a uno que necesariamente me recuerda la vida de un ser solitario. Vivo para ser parte de pequeños momentos contados para ser rememoradas en el recuerdo del que quiera leer un libro y contar un cuento. Gloria, la simpleza de pequeños relatos de personas comunes, humanos que sienten, lloran, gritan, son parte de comunidades, mueren solos, esperan a sus hijos, asesinan, aman y huyen, participan de fiestas interminables, pecan, rezan y vuelven a pecar. Humanos, como yo, que soy un camaleón que tampoco tengo un final definido, sólo cambio en función de mi humor, de lo que va pasando en mi vida, según las notas que me va fijando el piano de Madame, quien ahora se despide del extraño hombre con tanto respeto, diplomacia y reverencia, algo similiar a como se despide a un rey.

 

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