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13
03
2012
Grafitis en la Universidad Nacional–sede Bogotá (II): el deterioro del campus y sus malinterpretaciones
Por: Juan Gabriel Gómez Albarello
“Una pared limpia es una mente vacía.” Esta es la consigna con la cual se justifica ensuciar las paredes. Suciedad es como uno debe llamar a cierto estilo hip-hop de un buen número de grafitis de la Universidad Nacional. Pareciera como si los tubos de desagüe se hubiesen roto y las paredes de la Universidad se hubiesen impregnado de la marginalidad que encontró otrora expresión en las cañerías.


Y una vez que en las paredes se ha puesto un poco de estulticia, allí mismo se pueden seguir descargando las heces y la furia. Se trata, desde luego, de una furia mazzuólica, una indignación que presume que toda forma de comercio y de mercado es corrompida.
Hay algunos lugares de la Universidad Nacional en los que el mazzuolismo, el hip-hopismo y el pretendido radicalismo político han formado ya un ecosistema de mugre visual. Para la muestra un botón: el edificio de aulas de Ciencias Humanas.


En parajes como éste o como en algunas de las paredes de la Facultad de Derecho, la expresión del odio y la frustración ha alcanzado su sima:


John Stuart Mill es el abogado de la doctrina según la cual toda expresión estridente no tendrá más remedio que moderarse si se la incluye en el espacio público. Dicho de otro modo, si los más radicales pueden encontrar expresión en el espacio público, entonces su radicalismo se moderará por el efecto de su propia participación en ese espacio. Uno podría apelar a esta doctrina para justificar la estridencia en texto y color de las paredes de la Universidad Nacional. Debería uno felicitarse de estar en medio de la expresión viva de las tensiones más profundas de la sociedad.
Mas no es ese el caso. Como lo atestiguan las anteriores imágenes, la estridencia de la frustración y del odio asume expresiones que en su inmensa mayoría son en forma y contenido mediocres.
Pero no sólo eso. Quienes invocaran a John Stuart Mill para justificar la mugre visual del campus de la Universidad Nacional estarían falsificando su doctrina. Mill creía en el efecto moderador de la participación como resultado del encuentro en el espacio público de varias expresiones. Tal encuentro lo concebía Mill como el choque de diferentes puntos de vista, el entrabarse en una discusión en la cual cada opinión tenía que probar su valor.
Si los participantes en una discusión no se esforzaren en dirimir sus malentendidos y desacuerdos con arreglo a principios comunes acerca de lo que cuenta como una buena teoría y de lo que es aceptable como evidencia, un choque de opiniones no se diferenciaría mucho de un choque de tránsito. Si se pudieran cancelar las discusiones con la máxima “cada quien tiene derecho a sus propias opiniones”, cada uno podría retirarse del choque de opiniones inflexible, aunque abollado.
Así son las paredes del campus de Bogotá de la Universidad Nacional: llenas de abolladuras causadas por inflexibles opiniones.
Entre estas paredes se socializan políticamente miles de jóvenes todos los años. Todos los años un buen número de estudiantes ingiere el veneno del odio y de la frustración, así como de la mediocridad con la cual se expresan esos dos sentimientos. ¿Cuántos de los que se alimentan de este veneno siguen la senda del filósofo, del científico, del político, del empresario, del activista social?
Algunos, en algún momento de su vida, algunos de los más radicales terminan por seguir la senda del nihilismo. Luego de haber renegado del sistema se incorporan a él mediante una práctica lucrativa mientras reniegan y abjuran de todos sus antiguos ideales.
En primera instancia, una transformación semejante despierta perplejidad: ¿cómo los más radicales han podido convertirse en los más oportunistas? ¿Cómo han podido no transformar sus convicciones sino abandonarlas por completo?
La verdad, no hay misterio. Estos nihilistas son los que nunca han tenido poder y por ello han podido corromperse. Es cierto el dicho, “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Pero también es cierto su contrario, “la falta de poder corrompe y la falta absolutad de poder corrompe absolutamente”. Lo más radicales de los estudiantes, los que se abalanzan con pintura contra las paredes, son impotentes. Lo único que pueden cambiar es sus consignas o el color de sus grafitis. Aparte del ruido que hacen, no creo que haya muchos que hayan podido hacer nada. Por eso no debería sorprendernos que ese nadaísmo, que ese nihilismo se les cuele en la sangre y terminen luego en los lugares del acomodo.
Nota bene: el nadaísmo de los oportunistas, otrora radicales, que denuncio aquí no tiene nada que ver con el nadaísmo de Gonzalo Arango. Gonzalo Arango escribió la página literaria más profunda sobre la realidad de exclusión política y social de este país: Elegía a Desquite. No hay que gastar pintura ni cerrar el puño para poner a pensar a este país y para promover el cambio.
Opiniones
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Opinión por:
manamuisca
13 marzo 2012 a las 21:21
hay dos tipos de grafittis callejeros, de un lado el imitador de la restauracion neoyorkina con verdaeras pinturas realizadaspor diseñadores y artistas que convocan un dialogo de saberes entre el establecimiento y la crítica; del otro lado esta el slogan clandestino de aerosol que busca dar significado a un momento que por fugaz infortunadamente se perpetúa en la historia congelada de la politica y realidad cololbiana, acordémonos el SI que “juzgó” a José raquel mercado, las palomas de belisario, los arriba o los abajos , los fuera la bota militar, arriba colombia y otras señales de puntos cardinales que revuerdan el nuevo catesismo del padre Astete para aquellas mentes infantiles que repetía somos cristianos si por la gracia de Dios
Opinión por:
johann-kaspar-schmidt
17 marzo 2012 a las 16:28
Manamuisca: esos son los comentarios que uno extraña en el autor de este blog!
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