Tareas no hechas

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¡A mí no me conteste porque le volteo ese mascadero!

Y sí, casi que literalmente al violinista del metro le voltearon el mascadero. Por desobediente, por contestón, por irrespetuoso. A la vieja usanza de los papás paisas. “Yo hablo una vez, hablo la segunda y a la tercera mando el golpe”.

No lo golpearon, eso está claro (por lo menos en el video) pero simbólicamente le voltearon el mascadero. Lo apercuellaron entre cuatro uniformados y lo sacaron a rastras. El asunto inicial no es que hayan sancionado a alguien que infringió una norma (la norma que infringió y la idea de sociedad que hay detrás de esa norma es otra discusión que hay que hacer), sino la manera en que se ejerce esa sanción, el uso desproporcionado de la fuerza en relación con la infracción realizada y las características del infractor. El sometimiento físico, la anulación, el tratamiento como delincuente para una persona que no está armada, que no ha agredido a nadie y cuya falta consiste en no obedecer una norma del código civil. Y lo que eso dice de nosotros y de nuestra manera de solucionar los problemas.

¿Y cómo más pueden reaccionar los policías si ya le habían dicho por las buenas y el tipo se les soltó y se quería burlar de ellos?, me dice una amiga que quiere crear la agrupación Indignados con los Indignados. Pues con altura, le contesto, con la altura que debe tener un representante de la ley y con una altura acorde a la infracción. Para mí la infracción era más un gesto simbólico de protesta que el desesperado acto de alguien que quisiera ganarse unos pesos pasándose la ley por la faja (como el pobrecito Andrés Felipe Arias, a quien, según mi amiga, sí castigaron desproporcionadamente). El arma que usaba era un violín y el daño que ocasionó a la comunidad no fue ostensible y tal vez no existió. De hecho en el video no se ve a nadie agredido por la interpretación del chico (habría que preguntarle a la gente, porque algunos en twitter truenan que se sentirían agredidos y que tienen derecho a no escuchar “ruido” en el metro). Y la falta que motivó el uso de la fuerza: la huída, fue una falta incluso ingenua. El tipo no estaba huyendo por las calles laberínticas de una inmensa ciudad donde burlaría definitivamente a los perseguidores, sino dentro de un sistema cerrado, pequeño y rodeado por policías, donde no tenía escapatoria. Y no podría ser tan bruto para no saberlo. Estaba jugando, estaba diciendo algo… Y esa huída, ese desacato a la autoridad, más chistoso que grave, más parecido a un gag de Chaplin, (creo que el pobre Charlot en Medellín no hubiera durado dos cortometrajes), que a la huída de algunos criminales de la cárcel de Pedregal (ayudados por algunos policías), ameritó un operativo y un uso de la fuerza desproporcionados que rebajó a esta persona a la categoría de delincuente. Había algo de venganza ahí.

¿Y entonces cómo podría reaccionar con altura un policía ante un tipo que se lo quiere pasar por la faja? Me pregunta mi amiga, cada vez más brava. Haciendo uso de la madurez ciudadana que debe tener la policía, le digo, y de la autoridad moral que les da el privilegio de usar la fuerza en caso de necesidad. Como aquí no había necesidad visible de usar la fuerza ¿Qué se podría hacer? ¿Detener el tren hasta que el tipo accediera a salir? ¿Hacer uso de sanciones simbólicas más convincentes y efectivas? ¿Involucrar a la comunidad apelando a la sanción social? No sé exactamente, pero en últimas se trata de buscar sanciones que legitimen la norma sin rebajar a las personas. No es una ocurrencia del momento ni un invento nuevo, ya Antanas Mockus puso a funcionar mecanismos simbólicos de ese tipo en una ciudad tan compleja como Bogotá y le dieron resultado.

Una vez que iba yo en un colectivo, en una ciudad de un país tan subdesarrollado como el nuestro, un tipo se subió, siguió derecho sin pagar y se sentó muy caripelado en una silla de atrás. El chofer le pidió que por favor pagara el pasaje pero el hombre ignoró con arrogancia la petición. El chofer volvió a repetirle y el tipo permaneció como si nada, con una sonrisa sardónica. El chofer apagó el motor y cuando yo pensé que iba a sacar un machete para bajar al hombre a planazos, se paró en mitad del pasillo y se dirigió a todo los pasajeros: “pues entonces, aquí nos quedamos y la ruta no sigue hasta que este señor pague el pasaje o se baje”. Para un paisa hecho y derecho eso es una perdedera de tiempo, una muestra de debilidad, puro miedo de bajarlo a trompadas como se merece y para que aprenda. Pero el chofer se quedó ahí, de pie, tranquilo, y lo que ocurrió fue que en ese momento la situación dejó de ser un problema de la autoridad burlada del chofer contra la retadora actitud antisocial del tipo, y pasó a ser un asunto de todos los pasajeros. La gente incómoda empezó a increpar al hombre porque los estaba retrasando para llegar a sus destinos, alguien le dijo que se volviera serio, otro le dijo que tenía un hijo enfermo y necesitaba llegar pronto y no faltó quien le ofreció pagarle el pasaje si era que no tenía plata. Una mujer adulta lo regaño como una mamá y un viejo le soltó una bandada de recriminaciones. El tipo finalmente, sobrepasado por la presión, se puso de pie y, mirando al frente y con paso arrogante, se bajó del bus. Todos los pasajeros aplaudimos su descenso y el hombre tendría que ser un enfermo mental demasiado grave para no sentir el repudio general a su actitud.

Creo más en esas maneras, así sean más largas y dispendiosas, porque todo lo que sea fuerza o violencia como solución eficaz e inmediata aviva este ambiente polarizado en que estamos viviendo los colombianos, hecho de ganas de matarnos unos a otros en todo momento. Mi amiga Indignada con los Indignados y yo nos hemos odiado por este tema. Entonces pienso en los muchachos que protagonizaron el hecho. Vuelvo a ver en el video al violinista con el cuello retorcido por el brazo férreo del otro chico, el auxiliar de policía, de su misma edad y tal vez hasta de su mismo barrio (clase media o media baja o baja, porque de lo contrario no estaría pagando servicio militar). Los dos con cachuchas imperturbablemente ajustadas a pesar del forcejeo; la del violinista con el logo de Fox, una marca de amortiguadores para bicicleta, que representa la malicia y ductilidad de un zorro; y el policía con una cachucha de letras ordenadas y firmes que dice “Auxiliar”. Los dos incómodos, abrazados a los trancazos; si no fuera por las cachuchas y el uniforme uno podría pensar que se trata de dos amigos jugando. Y podrían ser amigos si no los hubieran unido esas circunstancias que ninguno de los dos escogió.

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