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¿Mataría a un delfín rosado para salvarlos a todos?

El documental “Río abajo” se pregunta sobre la ética de la conservación en el río Amazonas, y las presiones que podrían acabar con este ecosistema.

El norteamericano Marc Grieco es el director del documental. En él participa Fernando Trujillo, director de la Fundación Omacha. / Cortesía Sandarba
El norteamericano Mark Grieco es el director del documental. En él participa Fernando Trujillo, director de la Fundación Omacha. / Cortesía Sandarba

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Por: María Paula Rubiano
Periodista Blog El Río y El Espectador

La pantalla está en negro. Sólo se escucha el sonido de dos remos sumergiéndose en las aguas del río Amazonas. Cuando las primeras imágenes aparecen proyectadas en la pantalla, no es muy claro qué están haciendo ese grupo de hombres en la mitad de la noche amazónica, armados con un arpón. Un ruido –distinto al de los remos– se escucha a su derecha. Se detienen, se paran sobre las canoas inestables, sus cuerpos se tensionan. Unos minutos más tarde queda claro para qué estaban allí. El delfín rosado chilla antes de que su cuerpo rosado se hunda y muera ahogado. Es el primer sacrificio del documental Río abajo.

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Torus Tammer llegó en 2011 a Colombia, 17 años después de ver a Andrés Escobar hacer el autogol que le costó la vida en el Mundial de Futbol de 1994, en Los Ángeles. Cuando Escobar anotó, Tammer escuchó que alguien a su lado dijo: “Ese chico va a morir cuando llegue a su país”. Quince días más tarde el presagio se cumplía y el realizador, que jamás se había interesado por esta esquina del Trópico, quedó enganchado con Colombia.

“Empecé a leer sobre lo que estaba pasando, me mantenía al tanto de la situación política y Colombia siempre regresaba a mi vida”. En 2011 el Mincultura abrió una convocatoria para jóvenes realizadores que quisieran venir al país a contar historias. Tammer supo que era su llamado.

Le bastaron tres meses para entender que Colombia era mucho más que la narrativa sobre violencia, cocaína y asesinatos que llegaba hasta Los Ángeles, a donde se mudó desde Australia. Junto a un amigo norteamericano fundó la productora Sandarba, con la clara intención de contar historias colombianas que conecten con todas partes del mundo.

Así fue como llegó al sacrificio masivo de delfines rosados en la Amazonia. Cuando se sumergió en el tema, se dio cuenta de que todas las publicaciones mencionaban a un hombre: Fernando Trujillo, director de la Fundación Omacha. Se contactó con él y en 2013, el biólogo, que llevaba 30 años nadando con delfines, ya era parte del gran documental sobre la caza sistemática de esta especie en peligro de extinción.

"Omacha", el nombre de la fundación de Fernando Trujillo, significa en lenguas indígenas "delfín rosado". / Cortesía Sandarba“Omacha”, el nombre de la fundación de Fernando Trujillo, significa en lenguas indígenas “delfín rosado”. / Cortesía Sandarba

Viajaron a Brasil, en donde se mataban hasta 1.200 delfines al año para usar su carne como carnada de un pez llamado piracatinga o mota, que además, tiene concentraciones de mercurio entre 3 y 4 veces por encima de lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud. Mientras filmaban, en 2015 ese país vetó la comercialización del pescado. Entonces, todo el pescado alimentado con delfines muertos empezó a llevarse por el mercado negro hacia Colombia. (Lea también: Probablemente usted está comprando un pescado ilegal y todavía no lo sabe)

Torus cuenta que en sus viajes por la región los pescadores mencionaron una y otra vez una historia que fue el origen de la moratoria en Brasil. Vieron las imágenes: el sonido de dos remos en la oscuridad amazónica, el ruido a la derecha que les avisa la presencia del delfín, la lanzada del arpón, la muerte del delfín rosado ahogado en el fondo del río. “Cuando lo vi, me dije que el acceso que esta historia había tenido era inusual, sospeché que algo no estaba bien”, cuenta el documentalista.

Buscaron durante ocho meses a los pescadores que aparecieron en las pantallas de 20 millones de brasileños y obligaron al Gobierno a hacer algo. Vivían en una aldea sin nombre, que no aparece en ningún mapa. Aseguraron que quien tomó las imágenes les había pagado para sacrificar al delfín. “Es una gran estrella de televisión”, dijeron. Entonces Tamer y el director, Mark Grieco, supieron que Richard Rassmusen, el rockstar ambiental de la televisión brasileña, era la pieza que le faltaba al documental.

En una de las escenas con Richard Rassmusen, super estrella de la TV brasileña. / Cortesía Sandarba En una de las escenas con Richard Rassmusen, super estrella de la TV brasileña. / Cortesía Sandarba

En Río abajo las historias de Fernando y Richard se entrelazan todo el tiempo. El sacrificio es una idea que palpita a lo largo del filme. No sólo es la muerte de un delfín –que representa a miles de delfines–. Es Richard a punto de llorar diciendo que él, y nadie más, era el único capaz sacrificarse para que el mundo viera el horror de lo que ocurre río abajo. Es Fernando huyendo asustado del Amazonas colombiano, tras recibir amenazas por denunciar el oscuro pasado del mota y el peligro que representa para la salud de quienes lo consumen.

El trabajo recoge la ambigüedad del universo amazónico. “No se trata de buenos y malos, la complejidad es responder a la pregunta de cómo conservar y aprovechar un sitio tan frágil como el Amazonas, en el que viven 34 millones de personas”, dice Trujillo. Sin embargo, una ley que expidió el gobierno de Colombia el año pasado, que prohíbe la pesca y venta de la mota en el país, da visos de esperanza inesperados.

Tras hacer parte de los festivales de Tribeca, de Melbourne y Guanajuato; Río abajo estará en las salas de Cine Colombia, en Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga, Cartagena y Villavicencio del 15 al 18 de febrero.

Mark Grieco (centro) fue el director del documental que llegará mañana a las salas de Cine Colombia. / Cortesía Sandarba Mark Grieco (centro) fue el director del documental que llegará mañana a las salas de Cine Colombia. / Cortesía Sandarba

“Si Colombia hace verdadera vigilancia y control, se cierra el mayor mercado de este pescado en la región, haciendo económicamente inviable su captura”, dice Trujillo. Sabe que en este momento, la Amazonia por fin concentra los focos de todo el mundo. Lo importante, dice, es convencerlos de seguir mirando.

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