<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
    xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
    xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
    xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
    xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
    xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
    xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
    xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/"
    >

<channel>
    <title>Blogs El Espectador</title>
    <link></link>
    <atom:link href="https://blogs.elespectador.com/tag/veracruz/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Tue, 14 Apr 2026 23:46:05 +0000</lastBuildDate>
    <language>es-CO</language>
    <sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
    <sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
    <generator>https://wordpress.org/?v=6.9.4</generator>

<image>
	<url>https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/09/11163253/cropped-favicon-96-32x32.png</url>
	<title>Blogs de Veracruz | Blogs El Espectador</title>
	<link></link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
        <item>
        <title>Humo en los ojos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/humo-en-los-ojos/</link>
        <description><![CDATA[<p>Publicado originalmente en la revista Hojas Universitarias de la Universidad Central (2009) y finalista de un concurso convocado por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño y la desaparecida Revista Número, comparto este cuento de mi autoría alrededor de la figura de Agustín Lara, a propósito de los 55 años de fallecimiento del cantante, compositor<br />
y actor mexicano, un día como hoy:<br />
6 de noviembre de 1970.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center has-large-font-size">Publicado originalmente en la revista <br><em>Hojas Universitarias</em> de la Universidad Central (2009) y finalista de un concurso convocado <br>por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño <br>y la desaparecida <em>Revista Número</em>, comparto <br>este cuento de mi autoría alrededor de la figura <br>de Agustín Lara, a propósito de los 55 años <br>de fallecimiento del cantante, compositor <br>y actor mexicano, un día como hoy: <br>6 de noviembre de 1970.</h2>



<p>Permanezco de este lado de la realidad. Sin embargo, hay llamas que se alzan en las paredes de la habitación y por las cuales no puedo hacer a un lado la figura de ultratumba de aquel hombre ni sus largas falanges gravitando sobre las teclas del piano. Al fondo de esa visión, las cortinas de terciopelo y el halo de luz que se filtra por las vidrieras esmeriladas me llevan a reparar en ella. Es, sin duda, una escena conocida. Parece esperar a que me acerque y tase sus servicios o a que levante mi mano para llamar su atención. Me abstengo de hacer cualquiera de esas cosas mientras que un olor a madera consumida sube por las escaleras y se cuela entre el humo del tabaco y el hedor del mezcal y la champaña barata. Sin que hayan transcurrido siquiera unos minutos, veo que viene hacia mí moviéndose lo suficiente para no perder la simetría de su postura inicial, reclinada groseramente sobre el piano y fumando con una de esas pitilleras que solía reconocer con gran curiosidad en las viejas películas italianas. Lejos de percatarme de lo que ello significa, giro la mirada hacia el vestíbulo en donde el fuego consume la alfombra y las lozas, trepando hasta la cornisa de las habitaciones adyacentes y creando una humareda que de seguro no tardará en entrar al salón principal. </p>



<p>Nada parece cambiar. Ni siquiera el estrépito de las vigas y los candelabros logra perturbar el raro aire que envuelve el recinto. Casi en perfecta armonía, los hechos transcurren como en una tela de cinematógrafo. Consiente de ello, avanzo un poco para tratar de descubrir el hechizo, chocar con una pared en la que mi sombra impide una fracción de la imagen: quizá la figura del pianista de cara cortada que desfallece mientras canta, acaso la mujer que segundos antes caminaba decididamente hacia mí sosteniendo entre sus dedos la colilla de un cigarrillo apagado. Puede que sólo logre tapar con mi cuerpo una fracción de escenografía o una de esas ventanas enmarcadas por el desenfado de las damas que permanecen junto a las cortinas. Me acerco a la escena con la certeza del choque, pero nada ocurre. Avanzo un poco&nbsp; más y no descubro a mi paso más que restos de colillas y botellas vacías. Evito levantar la mirada, en tanto presiento la inminencia del encuentro con la mujer a quien segundos antes no creí más que un fotograma y que pronto se encontrará frente a mí en espera de que haga lo que corresponde.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–No puedo explicarlo muy bien. Tropezar con ella en cada nueva visión ha representado la causa de mis males. Abrir la caja de Pandora fue jamás dejar de ver ese rostro que el fuego no pudo consumir del todo. Fue mirarme cada día al espejo y ver su marca repetida en mi mejilla y escuchar ese estribillo incomprensible &#8211;<em>Me has dejado en la cara, marcada como un epitafio efímero y doloroso, la seña de tu eterno amor-,</em> fue no pasar un sólo día en el cual no percibiera su cercanía y el olor de su piel y su perfume a ratos trastornado por el vaho de la nicotina y el rancio olor de un vestido alquilado.</p>
</blockquote>



<p>La escena empieza a espantarme. El hombre ha dejado de tocar y como si me instase a marcharme de allí, retira sus manos de las teclas para llevárselas a los bolsillos del frac. Saca un cigarrillo y lo pone en su boca sin encenderlo. Me acerco y le ofrezco fuego. Asiente displicente y levanta la mirada justo cuando logro encender el mechero. Iluminado de súbito por la combustión, el primer plano de su rostro me ofrece una imagen de otro mundo. Noto que me observa con cautela mientras aspira la primera bocanada, luego revisa sus partituras y se pone en pie. Me aparto de su lado ofreciéndole una venia y vuelvo a mi lugar. Su delgada silueta me lleva a recordar aquellos espantajos de otro mundo que solían verse en los cinematógrafos veracruzanos, fantasmas sanguinolentos que al despuntar la noche arribaban al puerto y se instalaban en las pantallas y los carteles jarochos. Procuro buscar alguna seña en su rostro en tanto se desplaza por el salón hasta un tapete que se impone en mitad del lugar, bajo una lámpara cuya luz no permite siquiera descifrar. Los gestos se acomodan en su semblante con la candidez de un ebrio circunspecto, con ese raro aire que se dan los melancólicos cada vez que un pensamiento turbio sustrae conformismo. Sin moverme de mi sitio, persigo sus movimientos y el notorio temblor de sus dedos que parecen estar aún tocando aquel bolero o acariciando las mejillas burdamente pintadas de la mujer que le escucha mientras su cantinela la nombra.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–Un envenenamiento, eso precisamente, un trastorno etílico, un paisaje alucinado que me mantiene ante una película que se va convirtiendo en ceniza, quizá tendido en una camilla mientras una serie de bombillas se suceden sobre mí y alguien me espera tras un par de puertas de quirófano. <em>¿Por qué te hizo el destino pecadora&#8230; si no sabes vender el corazón?</em> Quizá sólo sea una resaca en un burdel y yo siga creyendo en su llamado mientras un acorde de piano martillea mi cabeza con dolorosa persistencia.</p>
</blockquote>



<p>Dubitando unos segundos bajo la luz, aquel espectro parece examinar los dibujos enrevesados que el tapete forma a sus pies. Sin permitir que la ceniza de su cigarrillo llegue a manchar la pulcritud del único objeto que permanece a salvo del desaseo, se retira hacia una mesa para arrojar la colilla y servir algo de licor. Me veo expuesto a sus miradas cada vez que gira su cuerpo en dirección a las mujeres que vacilan entre las columnas y mantienen su atención en mí sin que yo acceda siquiera a salir de mi turbación, estado que de seguro les atrae ya que no dejan de cuchichear entre ellas cada vez que alguna pone al descubierto algo de su comprometedora anatomía. El humo que se expande sobre mi cabeza me recuerda la realidad, o al menos aquella realidad que me lleva a pensar en esos gritos, voces y llamados en off y en ese fuego que resplandece agazapado en las columnas y los dinteles que rodean la sala de estar. Tras unos segundos de sofocante calor, una suerte de placidez narcótica se apodera de mi cuerpo alejándome de cualquier brote de razón que pudiese llevarme de vuelta a la realidad, incluso el traje que llevo y la manguera que permanece en el suelo dejando escapar unas pocas gotas de agua, han dejado de colmar mi interés para sentirme empujado, y sin remedio alguno, al rol dramático que se me ofrece.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–¿Pero, qué sucedió? Ah, sí. Las imágenes que van y vienen. El cuerpo sin forma de una mujer que añoré en las noches y un fuego consumiéndome sin prisa. Este fuego de años postreros, este estúpido spleen. La daga en el pecho, la marca en la piel como un blasón hecho de mujeres siniestras. La infame música, <em>Y aquel que de tus labios la miel quiera, que pague con brillantes tu pecado, que pague con brillantes tu pecado.</em></p>
</blockquote>



<p>De improviso, y pasando por alto el peso de los atavíos que me acompañan, abandono mi postura y voy hacía una de ellas. La tomo de las muñecas obligándola a trastabillar y sin mediar palabra le llevo a una de las habitaciones. La noto conforme y presta al destino que le he planeado y no hace siquiera el ademán de resistirse por mi repentina empresa. Al ver la cama cubierta por una sabana desteñida y un viejo cuadro impresionista sobre su cabecera, me figuro uno de aquellos hostales de paso que suelen encontrarse en las afueras de la ciudad. La empujo a la cama y ella, gobernada por un brusco ataque de risa, empieza a despojarse de lo poco que lleva encima.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–Una maquina de deseo, un hijo del tiempo recobrado, una llama. Al olvidarlo todo, las marcas se fueron acentuando en mi mejilla. <em>Un solo beso que tanto esperaba me hizo creer en ti. </em>Siempre voy y luego retrocedo, me desvanezco. Me pongo en píe, recaigo, <em>Y fue su lumbre como la del sol que hiere la dorada espina, y enciende un himno que canta a la sangre cuando se es feliz.</em> Veo mis manos y un río bermejo que corre a través de sus líneas me hace perder la compostura. Alzo la mirada, todo se detiene.</p>
</blockquote>



<p>Sentí que su cuerpo desaparecía. Manteniendo mis ojos en una pequeña ventana sometida por las llamas, advierto que alguien permanece en la puerta, observándome. Levanto con suavidad la cabeza, evito virar para verle, justo cuando un intenso resplandor se abalanza sobre mí. Poseído ya por la fuerza de aquella presencia, empiezo a padecer un dolor abdominal que me obliga a recobrar mi postura horizontal sin poder siquiera levantar los brazos para defenderme. El humo y el sopor me cubren por completo, trato de moverme hacia un lado para caer de la cama, pero algo junto a mí me impide cualquier salida. Parece el cuerpo desmembrado de un maniquí, uno de esos aparejos inservibles que el calor ha empezado a corroer emanando una extraña fetidez. Reparo un poco más en él intentando moverle, hasta que una sensación de horror, la certeza de hallarme ante otra macabra jugada de la muerte, me llega al cuello atragantándome.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–Pude ver su desfigurada mueca, el canotier rosa sobre su cuerpo y un par de billetes hechos trizas entre sus dedos. El mundo volvió de repente. Fuego replegado en las paredes y en los cuadros. Fuego revolviéndolo todo, fuego acezando, fuego corroyendo, fuego devorando la carne que minutos antes había tomado entre mis manos. Fuego, fuego y más fuego. <em>Si fue limosna nada me importa, sé que su fuego puede hacer que nunca te olvides de mí.</em></p>
</blockquote>



<p>Recobro de lleno la conciencia luego de que alguien me arrastra al salón principal, mientras percibo otras voces que recorren el lugar yendo de un lado para otro. Como si el azar me jugase una mala pasada, consigo reconocer el rostro de quien segundos antes me auxiliara y que ahora me examina con pasmosa tranquilidad. Su risa, rasposa y lentamente prolongada en un gesto de agonía, me altera de tal modo que logro incorporarme de un solo intento y me retiro de su lado algo atontado por el humo que empieza a colmar el recinto. Nadie en el lugar parece preocuparse, me dirijo con precaución hacia una de las salidas hasta que un grupo de mujeres sale al paso halándome cada una hacía una dirección distinta. Finalmente, y habiéndome librado de una veintena de manos que me apresaban, la mujer del pianista me toma con fuerza del brazo y murmura algo a las demás, mirándoles con desden mientras se apartan refunfuñando hacia las ventanas. Sin siquiera buscar mi afirmativa, me hala detrás de una columna y me aprieta contra la pared acercando sus labios a los míos sin besarme. De repente el fuego está en todas partes, un beso apaciguado me inunda y el humo que va borrando su rostro me hace caer al suelo con una breve escalera de mármol ante mis ojos.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–<em>Vende caro tu amor, aventurera. Dale el precio del dolor, a tu pasado. Tus labios al besarme, impregnados dejaron los míos de un suave olor a incienso&#8230;.</em></p>
</blockquote>



<p>Escucho muy de cerca la voz del pianista, y la sensación de verme sumergido en sus palabras, me lleva a implorar su ayuda. Siento, sin embargo, que he perdido ya todas mis fuerzas y sólo llego a escuchar su canturreo mientras el mundo a mí alrededor termina por derrumbarse. Una densa niebla me envuelve y los últimos acordes alcanzan a retumbar en mis oídos como un viejo gramófono que se extingue:</p>



<p class="has-text-align-center"><em>Humo en los ojos, cuando te fuiste,</em><br><em>cuando dijiste llena de angustia ya volveré.</em><br><em>Humo en los ojos cuando partiste,</em><br><em>cuando me viste antes que a nadie, no sé porqué.</em><br><em>Humo en los ojos, al encontrarnos,</em><br><em>al abrazarnos el mismo cielo se estremeció,</em><br><em>humo en los ojos, niebla de ausencia</em><br><em>que con la magia de tu presencia se disipó.</em></p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–Bien, eso es todo. La pequeña caja musical me mantiene de este lado de la realidad. Qué más puedo agregar. Sí, desde luego, recuerdo mi nombre, cómo decirlo… Sólo tome nota, Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón Lara y Aguirre del Pinto. El resto, si acaso importa, ya lo he olvidado.</p>
</blockquote>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=122117</guid>
        <pubDate>Fri, 07 Nov 2025 05:19:46 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/11/06235359/YGO7HHCYRFGUFA5OFGWWD53COE.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Humo en los ojos]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Andrés Almeyda Gómez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>La Malinche (1500-1551)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/la-malinche-1500-1551/</link>
        <description><![CDATA[<p>¿Qué camino tomar? Esto se preguntó Hernán Cortés ante la bifurcación que le ofrecían los caminos de su expedición a tierras mesoamericanas. Ante el desconcierto de no saber si quiera cómo manifestar su incógnita a los indígenas, y obligado a hacerse entender más allá de los monigotes y las gesticulaciones, sería primordial valerse de un [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>¿Qué camino tomar? Esto se preguntó Hernán Cortés ante la bifurcación que le ofrecían los caminos de su expedición a tierras mesoamericanas. Ante el desconcierto de no saber si quiera cómo manifestar su incógnita a los indígenas, y obligado a hacerse entender más allá de los monigotes y las gesticulaciones, sería primordial valerse de un traductor que pudiera interpretar ambas lenguas y facilitar su conquista.</p>
<p>Que la pluma vence a la espada, y es cierto. El conocimiento del lenguaje le serviría a Cortés para acometer sus propósitos, mucho más de lo que hubiera representado un arsenal de cañones. Sería por medio de un intérprete que el español pudo enterarse de todo lo concerniente respecto a los lugares que visitaba: políticas, ejércitos, cantidad de población, costumbres, y cada detalle que permitiera conocer mejor a un futuro enemigo o a un posible aliado.</p>
<p>Y este primer encuentro tendría entonces el arma más poderosa: la palabra. Para servirse de este don, Cortés se valió de una indígena nahua llamada Malinalli, que en su lengua náhuatl significa “hierba”, y que sería llamada así en honor a la diosa de los campos.</p>
<p>También conocida como Malintzin, y cuya mala pronunciación por parte de los españoles la llevaría a ser conocida como “Malinche”, esta indígena era oriunda del sureste del Imperio Azteca, una región llamada Oluta, cerca de Coatzacoalcos, antigua capital olmeca, y que hoy sería el estado mexicano de Veracruz.</p>
<p>Debido al sufijo de su nombre (“zin”), es posible que se tratara de una mujer de clase alta, ya que dicha terminación podría emparentarse con el “doña”; y es que según se cree Malintzin habría sido la hija del cacique del pueblo de Copainalá, y su madre llamada Cimatl sería una “joven y preciosa” noble de familia poderosa.</p>
<p>Sus orígenes son inciertos pero se calcula su nacimiento entre el año 1496 y 1501. Como sea, se sabe que su padre murió, y que al poco tiempo ya su madre estaba de nuevo casada, teniendo un hijo varón que acababa desplazando a Malintzin de la línea sucesoria al trono. Algunas versiones cuentan que la niña sería secuestrada, pero todo apunta a que fue su propia madre quien la entregó o la dio en venta como esclava a un grupo de comerciantes mexicas provenientes de Xicalango, al sureste de México.</p>
<p>Los dueños de la pequeña librarían una batalla perdida contra los mayas de Potonchán, dueños de un territorio que colindaba con el Imperio Azteca, y luego Tabscoob, cacique de Tabasco, se quedaría a Malintzin como su esclava. Tan solo unos meses después los mayas habrían sido derrotados por las tropas de Cortés en la Batalla de Centla, y Tabscoob le ofrecería al español diecinueve jóvenes indias, además de otros obsequios de orfebrería, bordados, tejidos, plumas y demás agasajos.</p>
<p>Entre las jóvenes se encontraba Malintzin, quien igual que las demás tuvo que ser bautizada en la fe católica, y desde entonces su nombre sería “Marina”. Al comienzo Cortés no reparó en lo que podría ofrecerle aquella joven, entregándole a su aliado, el capitán expedicionario Alonso Hernández de Puertocarrero, aquella pequeña que ya para ese entonces contaba con un bagaje apreciable de diversas costumbres y dialectos al interior del Imperio Azteca, hablando con fluidez la lengua maya-yucateca de sus captores, y así también como el náhuatl, su idioma materno.</p>
<p>Pero es entonces cuando Cortés decide enviar un emisario a España para que rinda cuentas a Carlos V, considerando a Portocarrero como el más idóneo, y quedándose con esta indígena que en principio no prometía ser distinta de las demás.</p>
<p>Hasta ese momento Cortés se valía de la traducción que Jerónimo de Aguilar hacía del maya al español, ya que este había naufragado, encontrando refugio en una tribu maya con la que pasaría ocho años, y quien después sería encontrado por Cortés en la isla de Cozumel. Sin embargo el inconveniente se presentaría cuando llegaron a San Juan de Ulúa, y el idioma azteca de los emisarios enviados por Moctezuma II resultó incomprensible para el traductor. Fue entonces cuando Malintzin se prestó para hacer la traducción del azteca al maya, y de esta forma Aguilar podría traducirlo al español.</p>
<p>De inmediato Cortés comprendió el valor de su nueva intérprete de cabecera, quien durante un tiempo estaría traduciendo del maya al azteca, pero que pasado unos meses ya estaría hablando con fluidez el idioma castellano. Y aunque en algunas ocasiones -dado la multiplicidad de dialectos- hubieran tenido que valerse de un tercer intérprete, la presencia de Aguilar sería prescindible, y ya no tendría que improvisar gestos y actuaciones para hacerse comprender, ya que contaba con su leal intérprete a la que sus soldados comenzarían a llamar como “Doña”. Doña Marina sería pues el arma decisiva con la que el expedicionario pudo abrir trochas y ampliar la conquista de sus terrenos.</p>
<p>La Malinche era ya vista por todos como una pieza fundamental en los propósitos de Cortés y una aliada confiable del español. Su estatus la elevó de ser una simple esclava, a convertirse en la acompañante imprescindible del expedicionario, y así como su consejera. Portadora del conocimiento, Cortés le consultaba todo lo concerniente a la cultura de una región que estaba por visitar. Era de ella de quien dependía llevar con éxito las expediciones; era su lengua la que iluminaba un camino oscuro que sin su aporte hubieran tenido que trasegar a ciegas.</p>
<p>Es así como los códices aztecas como el <em>Lienzo de Tlaxcala </em>suelen representar a Cortés y al lado suyo a su infaltable traductora. La Malinche brindaba datos y la mayor cantidad de información que pudiera aportar al servicio de su señor, quien confiaba en esta carta de la diplomacia americana para que fuera ella quien portara su voz española a los territorios del Nuevo Mundo.</p>
<p>Doña Marina recogería información crucial para que los españoles lograran conquistar la capital del Imperio Azteca, Tenochtitlán, y sirvió para que Moctezuma no opusiera resistencia ante la presencia de los españoles, prometiéndole que se le respetaría su vida si sabía hacerse a un lado de manera pacífica. Otras historias contarán de una Malinche manipuladora que engatusó en Cholula a una anciana, convenciéndola de que se casaría con su hijo, y aprovechándose de que esta contaba con información relevante que sugería una sublevación indígena contra los españoles. Y es que al parecer fue la Malinche quien alertó a Cortés de que sus tropas debían ocuparse de una avanzada de cholultecas que pretendían sorprenderlo, y cuya información sería determinante para seguir abriéndose paso rumbo a la conquista de Tenochtitlán.</p>
<p>Bernal Días del Castillo, un soldado de Cortés, escribiría en la <em>Historia verdadera de la conquista de la Nueva España </em>sobre la “gran mujer” que era Doña Marina, destacando que sin su ayuda “no hubiéramos entendido los idiomas de la Nueva España y de México.” Así también Rodríguez de Ocaña, expedicionario de aquella época, testimonia que después de Dios, el éxito de la conquista es debido en primer término a la asistencia de la Malinche.</p>
<p>Sería determinante cuando anunció a su señor que los tlaxcaltecas estaban divididos en cuatro señoríos que no acordaban una manera de enfrentarse a los españoles, sirviendo como intermediaria para concordar un encuentro pacífico, literalmente dialogado, y en donde los indígenas acabarían por ofrecer a sus nuevos amigos unas 300 mujeres, y a lo cual Cortés quiso negarse y rechazar, pero que acabó aceptándolo cuando su asesora intercultural le recomendaría no ofender el tributo que le ofrecían.</p>
<p>En varias representaciones la Malinche aparece a solas, en una aparente dirección de un grupo, lo que sugiere su potestad como autoridad independiente, y su prestancia y poderío dentro del círculo personal del conquistador. Es así como una crónica la describe “dura” y “mandona”, refiriéndose al momento en que instó a Cuauhtémoc -último de los emperadores aztecas-, para que finalmente revelara el escondite donde mantenía oculto el codiciado oro, luego de que los españoles lo vencieran en la Noche Triste. De igual forma la vieron imponer su valentía animando a las tropas españolas a que no se rindieran durante las batallas, testimoniándose las palabras que le diría a un noble de Cempoala llamado Teuch, y que al parecer estaba por abandonar la lucha, recomendándole no desistir, ya que “el Dios destos cristianos es muy poderoso.”</p>
<p>A Malinche se le reconocerá forzosamente por haber sido, sin proponérselo, una de las primeras catequistas mexicanas. Su labor como intérprete incluía el encuentro de dos religiones, y asistida por fray Bartolomé Olmedo, la indígena tendría que compartir a los suyos con pelos y señales los aventuras y los mandamientos de un dios que había sido clavado en una cruz. Para los cristianos se trataba en definitiva de una conversión que garantizaría la salvación de estas almas irredentas desconocedoras de Jesús.</p>
<p>La conquista de Cortés sería llevada más allá, y en la batalla del corazón el español y la azteca librarían una contienda que acabaría con el nacimiento de uno de los primeros mestizos de América, el criollo llamado Martín, en honor a su abuelo paterno. Una vez establecido su dominio en Tenochtitlán, Cortés mandó a construir una casona cercana al sur de la capital, en la región de Coyoacán, donde instaló a su mujer y a su hijo, y por los que velaría con cariño, consintiendo a la madre con joyas y collares, y obsequiándole ese raro artilugio en el que por primera vez la indígena vería su propio rostro reflejado.</p>
<p>Martín Cortés, primer hijo ilegítimo del conquistador español, sería legitimado en 1527, cuando el Papa Clemente VII así lo declaró mediante una de sus bulas. El niño sería criado en las costumbres españolas y en medio de un mundo de privilegios, querido por su padre por tratarse de su único hijo varón, y al mismo tiempo alejado de su madre y de la cultura y tradiciones de su pueblo. Y pese a sus afectos por el hijo, el encanto por su madre y por esas tierras que ya había conquistado, para Cortés no sería suficiente, motivos por los que regresaría a su país a reunirse con su esposa Catalina de Juárez, de quien luego enviudaría para volver a casarse con una mujer llamada Juana Ramírez, y con quien tendría un hijo al que bautizó también Martín, quien finalmente heredaría el título de marquesado de su padre además de la fortuna de sus conquistas.</p>
<p>Por su parte Malinche volvería a casarse en Huiloapan, esta vez con un hombre llamado Juan de Jaramillo, con quien tendría una hija llamada María, y con quien se establecería en la capital del Imperio Azteca, dejando a Martín al cuidado de Juan Altamirano, primo de Hernán Cortés, y a quien este había legado su protección y cuidados.</p>
<p>Así describe esta situación el Premio Nobel de Literatura Octavio Paz en su libro <em>El laberinto de la soledad: </em>“El símbolo de la entrega es doña Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al conquistador, pero éste, apenas deja de serle útil, la olvida… Y esa es la suerte que corrió la Malinche, a quien en sus textos y memorias Cortés la deja en el olvido.”</p>
<p>Se sabe que hacia 1524 Cortés emprendió una nueva expedición hacia América Central, específicamente en la actual Honduras, y que una vez más contaría con el servicio de su infaltable traductora, quien ayudaría aplacando los ánimos convulsos de los habitantes de la zona.</p>
<p>Poco se sabe de sus últimos años y de su fallecimiento. Unos sugieren que el mismo Cortés pudo haberla asesinado para así evitar su testimonio ante la historia que juzgaría sus abusos y desmanes, pero la teoría más plausible es que moriría alrededor de 1528, debido a la epidemia de viruela que azotó a gran parte de una población indígena vulnerable y para nada preparada a combatir estas luchas.</p>
<p>Su figura ha sido controversial, polémica, y ha venido modificándose a través de los años, pareciendo contradictoria, y suscitando en unos la imagen de una prócer fundadora del país mexicano, mientras que para otros constituye la personificación misma de la traición.</p>
<p>Algunos se atreven a endilgarle la muerte de miles de indígenas que serían derrotados gracias a la información que Malinche le habría proporcionado a Cortés, pero bien es cierto que sin su asistencia a la causa española la conquista expansionista podría haber sido más violenta. Evitando complicaciones e inexactitudes y facilitando el diálogo real, contar con la herramienta de “Tenepal” (como también sería conocida, y cuyo significado es “quien habla con vivacidad”), constituyó para Cortés uno de sus más fuertes bastiones y así lograr sus cometidos.</p>
<p>Algunos la defenderán considerándola una víctima entre dos culturas, alguien que se vio forzada a prestar sus servicios de políglota, permitiéndose así una mejor condición de vida para ella, y que acabaría transformada como en un agente doble o en una maestra del contraespionaje, alguien que prestaba sus labores de inteligencia para favorecer a ambas partes, o finalmente una pacifista que pretendía poner orden a través del diálogo.</p>
<p>Unos dirán que la Malinche inclinó la balanza a favor de los españoles, y que fue debido a ella que la derrota de los pueblos indígenas se habría precipitado, permitiendo a los españoles conocer estrategias, métodos y tecnologías que les darían ventaja sobre sus rivales. Otros saldrán en defensa suya advirtiendo de una intérprete que supo aconsejar a su señor para entablar tratos cordiales y pacíficos en cada región a la que lograba acceder.</p>
<p>En su defensa también podría decirse que el llamado “malinchismo” podría ser otra forma de misoginia, un término machista, fruto de una sociedad patriarcal. La palabra “malinchismo” se emplea vulgarmente en México para referirse de forma peyorativa a los mexicanos que padecen de un exotismo cultural y pretenden imitar un estilo de vida distinto de su cultura, y a los traidores suele llamárseles como “malinches”. El Diccionario de Mexicanismo de la Academia Mexicana de la Lengua ofrece el siguiente significado: “que tiene complejo de apego a lo extranjero”. Y la RAE tiene una acepción parecida para definir este término: “apego a lo extranjero con menosprecio a lo propio”.</p>
<p>Hacia 1960 el feminismo empezó a cuestionar la figura de la Malinche como mujer, abocando en su mayoría por una mujer entre la encrucijada de un choque cultural, madre de la nueva raza y víctima de los propósitos de los colonizadores.</p>
<p>Se le ha comparado con la Virgen María, se le emparenta con la leyenda de La Llorona, y las soldaderas de la Revolución mexicana que destacaban por su valentía serían conocidas como “malinches”. Son varios los poemas, novelas, libros, canciones, pinturas, documentales y películas que han contado la vida y las hazañas de la Malinche, siendo sin duda una imagen representativa del folklor y la cultura nacional mexicanas, que pasados cinco siglos todavía se presenta como contradictoria y polémica.</p>
<p>Una reflexión más de Octavio Paz nos cuestiona respecto al rol que por destino debió vivir la Malinche: “Si la chingada es una representación de la madre violada, no me parece forzado asociarla a la conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias.”</p>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-89831" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/05/256.-LA-MALINCHE-236x300.jpg" alt="" width="236" height="300" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=89830</guid>
        <pubDate>Fri, 29 Dec 2023 05:43:51 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-3.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[La Malinche (1500-1551)]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Milanas Baena</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
    </channel>
</rss>