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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Venecia | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Peggy Guggenheim (1898-1979)</title>
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        <description><![CDATA[<p>“Mi lema era: ‘compra un cuadro al día’, y lo seguí al pie de la letra.” Y sería de esta manera como Peggy Guggenheim se haría a la más soñada colección de arte que cualquiera hubiera podido imaginar jamás. Quiso competirle a su tío y a su ya renombrada galería, el coleccionista y dueño de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Mi lema era: ‘compra un cuadro al día’, y lo seguí al pie de la letra.” Y sería de esta manera como Peggy Guggenheim se haría a la más soñada colección de arte que cualquiera hubiera podido imaginar jamás. Quiso competirle a su tío y a su ya renombrada galería, el coleccionista y dueño de la Solomon R. Guggenheim Foundation, a la que despectivamente llamaba “el garaje de mi tío.”</p>
<p>Solomon comenzó su colección personal hacia 1890, más como una pasión propia, eligiendo por manía o instinto pinturas flamencas, paisajes americanos y franceses y manuscritos orientales, y dejándose llevar por el buen gusto de su amigo, el pintor Amadeo Modigliani. Pero sería a partir de 1930 cuando finalmente montaría una nimia colección en el Hotel Plaza, y para 1939 abriría las puertas del primer Museo de Arte No Objetivo, con sede en la Calle 54 Este, y que después se mudaría a la Quinta Avenida. Bautizado por Max Ernst como la Casa Bauer, Peggy se refería a la galería de su tío como a un espacio incómodo y con sus obras mal exhibidas: “Un desastre… el museo era un pequeño edificio muy bello aunque totalmente desaprovechado con aquella colección.”</p>
<p>Neoyorquina, bautizada con el nombre de Marguerite Guggenheim, fue hija de una dinastía de magnates judíos que habrían emigrado un par de generaciones atrás a los Estados Unidos y que llevaban décadas amasando una gran fortuna. Su padre, de origen suizo-alemán, era dueño de siderurgias y poseedor de minas en Colorado, con las que dominaba una de las producciones más grandes de plata, cobre y plomo en todo el mundo; y su madre una aristócrata alemana-holandesa heredera de banqueros.</p>
<p>Peggy recuerda a su familia como una casa de locos. Dice que su madre tenía la costumbre de repetir tres veces todo lo que decía, y que así también solía portar tres relojes al mismo tiempo. Cuando tenía 13 años su padre muere vestido de smoking en el naufragio del <em>Titanic, </em>dejando como herencia una enorme riqueza, la cual correspondió en una mayor parte a sus hermanos, y otro restante pero nada despreciable legado para sus hijos. “Yo siempre tenía ataques de nervios, estaba angustiada todo el tiempo… No creo que hubiera habido buenas madres en esos tiempos. Mi madre tenía muy poco control sobre mí, me volvía loca, siempre montaba escándalos y me aburría mucho, era horrible. Mi padre tenía una fortuna que mi madre perdió. Después de aquello, no me consideré como una auténtica Guggenheim. Era muy pobre comparada con mis tíos, ellos eran enormemente ricos, y yo sólo tenía 450.000 dólares.” Era así como se quejaba la caprichosa millonaria por no considerarse tan enormemente rica, y por no lograr identificarse con el <em>our crowd </em>(“nuestra gente”), aquella sociedad neoyorquina hipócrita, superficial y elitista que la había criado en el seno de la religión judaica. “Siempre me consideré la <em>enfant terrible</em> de la familia, supongo que pensaban que era la oveja negra y que nunca haría nada bien, creo que los sorprendí… En mi vida todo ha sido arte y amor, creo que pasamos por la vida como en una especie de sueño… A mí me interesó el arte moderno en el momento en el que lo conocí, me hice adicta y ya no lo pude evitar.” A la edad de los 21 años Peggy es poseedora de una fortuna estimada en dos millones y medio de dólares, lo que hoy día representaría unos 20 millones de dólares.</p>
<p>Peggy reclamaba una cierta independencia, y fue por esto que recién terminados sus estudios de secundaria se dedicaría a trabajar en una librería, donde por primera vez se empaparía del mundo artístico, conociendo a los protagonistas del arte, tanto en el ramo de la pintura como en el de la literatura, muchos de los cuales hacían parte del círculo intelectual y bohemio que solía congregarse en el barrio marginal de Montparnasse. Sería en este París de inicios de los años veinte donde Peggy se vería sobrecogida por el ambiente cultural que se respiraba, haciéndose una visitante frecuente de museos y exposiciones de vanguardia.</p>
<p>En 1921 conoce en la boda de su hermano a su primer marido, Laurence Vail, de quien quedaría prendada de sólo conocerlo, pero que al poco tiempo dejaría ver el lado más insensible y cruel de la criatura que escondía adentro. Esto dijo la novia del momento en el que conoció a su futuro marido: “Su hermoso, ondulado y dorado cabello se agitaba atrapado por el viento. Yo estaba escandalizada por su libertad y sin embargo también cautivada. Él había vivido en Francia toda su vida, tenía acento francés y arrastraba las erres. Era como una criatura salvaje. No parecía importarle lo que la gente pensaba acerca de él. Sentí, mientras caminaba calle abajo con él, que podía irse en cualquier momento, tenía tan poca conexión con el comportamiento ordinario.”</p>
<p>La pareja se casó a comienzos de marzo de 1922 y tuvo su luna de miel en Roma y en Capri. Durante los próximos dos años la pareja tendría dos hijos: Sindbad y Pegeen, y la madre estaría dedicada a pasearse por las calles del pueblo de Le Trayas en su coche de lujo, un Gaubron descapotable, en cuyos viajes solían acompañarla su séquito de perros de la raza Lhasa Apso. La pareja viajó a New York para después veranear en Suiza, Normandía, Amalfi, y luego de visitar Egipto volver a Europa para pasar por Venecia y Rapallo.</p>
<p>Pero no sólo serían viajes. A través de su marido conoció a quien fuera su examante, la escritora Mary Reynolds, quien a su vez le presentaría a Max Ernest. Peggy se dejó envolver por esta atmósfera, haciéndose a un respetado grupo de célebres amigos surrealistas, dadaístas y artistas de diferentes corrientes, entre los que se cuentan a Tristan Tzara, Mina Loy, James Joyce, Ernest Hemingway, Man Ray quien sería el que la fotografió con un peculiar vestido largo y holgado que quedaría para el recuerdo, o la bailarina Isadora Duncan quien esperaba de la mecenas un apoyo para su próximo espectáculo, pero que se encontraría solamente con una fiesta que Guggenheim dedicó en su honor. “Yo sólo pensaba que estaba guapísima… Se respiraba el surrealismo, el arte. También solía jugar tenis con Ezra Pound y cacareaba como un gallo cuando metía un punto.”</p>
<p>Peggy encontraría motivos más que suficientes para alejarse del maltrato y el abuso perpetrado por su pareja, quien solía golpearla en público, y cuyas rabietas llegaban a tal extremo, que en una oportunidad estuvo a punto ahogarla en una bañera. “Cuando nuestras peleas llegaban a su <em>grande finale</em> me untaba mermelada en el pelo. Pero lo que más odiaba era que me tirara al suelo por las calles, o que me lanzara cosas en los restaurantes.” Y para sumarle a sus agresiones, Peggy se lamentaba de que su marido no fuera más que un mantenido: “Él no tenía dinero, y yo controlaba nuestras finanzas… él quería hacerme sentir mal intelectualmente.” Cuenta que una vez la obligó a ingresar vestida al mar y que luego con la ropa mojada tuvo que acompañarlo al cine. La humillaba y violentaba de muchas formas. En alguna oportunidad el marido aprovechó para quemar sus pertenencias, otra vez la aventó por las escaleras, y otra en donde la arrojó al suelo y se le paró insistentemente sobre el estómago, pero la peor parte sería cuando siempre ayudó para respaldar su complejo de inferioridad, ya que Peggy se avergonzaba de su “nariz de patata”, y el trato de su esposo la hacía sentir aún más “fea”. “Me hacía estar plantada desnuda ante la ventana (en diciembre) y me arrojaba whisky a los ojos.”</p>
<p>Finalmente, en 1928, y luego de una tormentosa relación de siete años, Peggy no da más esperas y decide abandonar a Laurence, obteniendo la custodia de su hija, mientras que su padre se quedaría con la del niño. Por esos mismos días Peggy ya había comenzado una relación estrecha con su amigo, el escritor inglés John Holms, con quien acabaría mudándose a Devon, a una cómoda estancia que sus amigos bautizaron con el nombre de <em>Hangover Hall (Salón de la Resaca), </em>y en donde los acompañó durante un tiempo la escritora Djuna Barnes mientras escribía su novela <em>Noche en el bosque</em>. Luego seguirían juntos hasta Londres y allí convivieron hasta la muerte de Holms, debido a un infarto, en el año de 1934. Así se refirió a su relación con el escritor: “Él sabía que yo era mitad trivial y mitad extremadamente pasional, y esperaba poder eliminar mi lado trivial.”</p>
<p>Cercana a la edad de los 40 años, una vocación y un llamado a realizarse, cuestionándose respecto a sus últimos 15 años en donde “no había sido más que una esposa, una hija, una amiga, una madre y una mujer adinerada que sabía rodearse de amigos interesantes”, Peggy tomará una decisión de vida. Por aquellos tiempos su madre había muerto, elevando así la inmensa fortuna de Peggy, que de inmediato pensó en montar un negocio para apoyar fundamentalmente el arte: “Alguien sugirió que pusiera una galería o una casa editorial, y yo pensé que una galería sería menos cara. Por supuesto, nunca pensé en las grandes cantidades de dinero que podría llegar a gastar.”</p>
<p>Para llevar a cabo su tarea, Guggenheim se dejó asesorar por sus amigos artistas, y sería de esta manera como iría comprendiendo el tejemaneje del mundo de las pinturas. “Tomé consejos de los mejores… escuché y ¡cómo escuché! Así fue como finalmente me convertí en mi propia experta.” Sin embargo la pieza fundamental para cumplir su cometido fue la invaluable presencia de su amigo Marcel Duchamp, de quien decía “fue la persona más influyente en mi vida”, y quien le sirvió para ilustrarla en el mundo del arte y sus conexiones. “Duchamp me enseñó las diferencias entre surrealismo y arte abstracto, organizó todas las exposiciones, hizo todo por mí… Le debo mi introducción en el mundo del arte moderno.” Según Peggy, sus “conocimientos de arte llegaban hasta el impresionismo”, pero de la mano de Duchamp, para 1938, ubicada en el número 30 de Cork Street, adjunta a las galerías de Roland Penrose y de E.L.T. Mesens, en Londres, la emprendedora mecenas abriría la galería de arte conocida como Guggenheim Jeune, dedicando para su inauguración una exposición exclusiva del prometedor autor Jean Cocteau.</p>
<p>Sin embargo la acogida no cumplió con las expectativas, y muchos tildaban de insípido este “arte nuevo” al que pocos cuadros le comprarían, siendo Peggy la que en secreto mandó a comprar varias obras de Cocteau para alentarlo en su trabajo artístico e impulsar su carrera. <em>“Para no desilusionar a los artistas que no vendían nada, me acostumbré a comprar una pieza de cada una de las exposiciones que montaba. En aquella época, como yo no tenía la más remota idea de cómo vender y nunca había comprado cuadros, aquella me pareció la mejor solución porque así, por lo menos, los artistas estaban contentos.” L</em>a astuta coleccionista confesaría después que “así fue como comenzó la colección.”</p>
<p>En su búsqueda de nuevos artistas por los recovecos parisinos, Peggy conocería al futuro Premio Nobel de Literatura, el escritor irlandés Samuel Beckett, con quien mantendría un corto romance y que además le serviría para asesorar su trabajo como coleccionista de arte. Gracias a él Peggy descubrió, según sus palabras, que el arte en aquel momento era “un ser vivo.” De Beckett dijo: “Sus idas y venidas eran completamente impredecibles, cosa que yo encontraba muy excitante; se presentaba a media noche con cuatro botellas de champaña y no me dejaba levantarme de la cama por dos días.” Sin embargo, Beckett “sufría de horribles momentos de crisis cuando sentía que se estaba sofocando”; lo asaltaban al parecer “sus terribles recuerdos de su vida en el vientre de su madre.”</p>
<p>Su galería serviría para dar a conocer a nuevos artistas, como en el caso de Yves Tanguy y Wolfgan Paalen, además de incrementar la fama de los ya consagrados, como es el caso de</p>
<p>Wassily Kandinsky o de Pablo Picasso. Sin embargo, un año después de inaugurada la galería, la mala administración la llevaría a desistir de su proyecto, para mudarse a la capital francesa con la misma intención de montar su negocio de venta y promoción de arte en plena Plaza Vendôme. “Todos sabían que yo estaba en el mercado comprando lo que fuera.” Asesorada por quien dirigió siempre la Guggenheim Jeune, el filósofo Herbert Read, Peggy recorrería cada rincón en busca de las esculturas, fotografías y cuadros que su amigo experto le recomendaría para su colección. Pero ocurrió que en medio de esta búsqueda estallaría la Segunda Guerra Mundial, y ante la amenaza latente la ávida empresaria del arte no buscaría refugiarse en Norteamérica, y en cambio rentaría un apartamento en París, donde se dedicaría a comprar y a almacenar un mirífico arsenal artístico. “Me pareció imposible abrir un museo en Londres, podía ser bombardeado en cualquier momento. Me fui a París a recoger los cuadros que había confeccionado para mí Herbert. Durante el primer invierno de la guerra intenté comprar un cuadro al día. La gente me llamaba por teléfono a todas horas e incluso venía a mi casa por la mañana y me traían los cuadros a la recámara. El único que compré desde la cama fue un Dalí.” Se cuenta que a Constantin Brâncusi le ofrecería apenas mil dólares por <em>Pájaro en el espacio</em>, y a lo cual el artista tendría que acabar cediendo, y de esta forma vender su obra para terminar de conseguir recursos que lo llevaran lejos de la guerra.</p>
<p>Peggy aprovechó la escasa demanda e incluso la carencia de oferta para hacerse a una colección invaluable a precio de huevo. Las obras de creación artística parecían estar en rebaja. “No había que negociar porque todo era muy barato. Pagué por mi colección de arte la ridícula cantidad de 40.000 dólares. Con ese dinero no hubiera podido comprar hoy ni siquiera uno de mis cuadros, es una locura. Luego quise salvar mis obras, así que fui a hablar con la gente del Louvre con la idea de que salvaran mis obras en conjunto con las suyas, y me dijeron que no merecía la pena, eran ‘demasiado modernas’. Al final tuve suerte, el hombre que preparaba y enviaba los cuadros en los tiempos en que tuve la galería de arte en Londres trasladó todos sus cuadros a Norteamérica, escondidos entre sábanas y colchas.” Entre “lo que no consideraron digno de guardar” había obras de Paul Klee, Georges Braque, Juan Gris, René Magritte, Joan Miró.</p>
<p>Sin embargo no podríamos tildarla de simple oportunista, sabiendo su faceta de mecenas, y que se dice traspasaba el ámbito laboral, convirtiéndose en amiga, madre y enfermera de los artistas a los que representaba. Guggenheim comprendió que lo suyo no era sólo coleccionar cuadros sino también personas, y reconocía finalmente en lo que se había convertido: “No soy coleccionista, soy un museo.”</p>
<p>Pensó también en instaurar una colonia de refugio para artistas, pero no concretó el proyecto porque temió que el conjunto de egos pudiera acabar en una guerra peor que la que se peleaba afuera, y es así como en 1940 se muda al sur del país galo, a la región de Grenoble, dejando a la merced gran parte de su colección, y que sería custodiada en el granero de un amigo.</p>
<p>En 1941 se muda a Marsella y allí se reúne de nuevo con Max Ernst, quien recientemente había escapado de un campo de concentración, y con quien iniciará un amorío que los llevará al otro lado del océano. Peggy ayudó a gestionar los gastos y trámites para que Ernst pudiera viajar a New York, y en su travesía también los acompañaría André Breton, a quien Guggenheim le había extendido su auxilio.</p>
<p>Ya la Wehrmacht estaba por invadir la capital y Peggy todavía andaba de un lado a otro como la “adicta” confesa, tratando de hacerse a <em>Mujer degollada </em>de Alberto Giacometti, y así nutrir aún más su siguiente proyecto norteamericano. Sería así como con la colaboración de Ernst y Breton, la ya experimentada coleccionista inauguraría una nueva galería en la Calle 57 de Manhattan, conocida como Art of this Century. El espacio destinado para la exposición desafiaba lo innovador. Dividida por cuartos temáticos o por autor, las pinturas no estaban fijas a las paredes curvas sino que pendían sujetas por unos ganchos, permitiéndole al espectador la experiencia de intimar con la pintura al tomarla con sus propias manos. Las luces al interior de la galería iban y venían, intermitentes, y cada cinco minutos se proyectaba la grabación del sonido de un tren que parecía estarse paseando alrededor de los salones. La galería contaba con una sala especial de negociación y ventas, y así cada rincón había sido calculado por la mirada detallista de la consagrada coleccionista.</p>
<p>Además de promocionar las viejas corrientes expresionistas e impresionistas, Peggy representó el auge de exhibición para los artistas surrealistas, dadaístas, cubistas, y especialmente el naciente movimiento del expresionismo abstracto. Su nueva galería sería otra vez el trampolín para que muchos artistas emergentes pudieran presentar sus obras y conectar con el público.</p>
<p>Cazatalentos, en 1943 convocó a través de la revista <em>Art Digest </em>a nuevos artistas norteamericanos menores de 35 años, para que presentaran su obra en la exposición del Salón de Primavera que se exhibiría en su nueva galería. Un jurado conformado por ella, Marcel Duchamp, Piet Mondrian y otros renombrados artistas, decidieron que el más notable sería ese “genio” desconocido hasta entonces, llamado Jackson Pollock.</p>
<p>Al comienzo Guggenheim no estaba muy convencida de haber dado con el genial artista que otros vislumbraban, discutiendo en particular con Piet Mondrian sobre la obra presentada por Pollock, <em>Stenographic Figure. </em>“Bastante fea, ¿no es así? Eso no es una pintura, ¿o sí?”, fueron las primeras apreciaciones de Guggenheim, luego de que ambos estuvieran contemplando la pintura durante varios minutos. “Hay una absoluta falta de disciplina en esto”, remató Peggy con este comentario. “Tengo el sentimiento de que esta puede ser la pintura más emocionante que he visto desde hace mucho, mucho tiempo, aquí o en Europa… Yo no sé lo suficiente acerca de este autor como para calificarlo de ‘grande’, pero sé que me obligó a detenerme y observar. Dónde tú ves ‘falta de disciplina’ yo tengo la impresión de percibir una energía tremenda”, estas serían las apreciaciones de Mondrian, quien pese a ser cuestionado por Peggy (por no corresponder al estilo del pintor), no se equivocaría al valorar a un artista que en nada se pareciera a su tipo de arte, y en este caso no se equivocaría.</p>
<p><em>Stenographic Figure </em>sería incluida en la exhibición y de inmediato se robaría todas las miradas. La prensa sugirió que “por primera vez el futuro revela un brillo de esperanza”, y algún crítico comentó que “hay un gran Jackson Pollock que, me dijeron, hizo que el jurado entornara las pestañas.” Tiempo después Peggy tendría que reconocer que “el descubrimiento de Pollock fue, por mucho, mi más notable logro individual.” Sin embargo años más tarde tendría que volver en defensa de sus obras, considerándolo subestimado como artista: “Todo lo que hice por Pollock fue minimizado o completamente olvidado.” Y, no obstante, Pollock nunca cayó en el olvido, y las pinturas que en sus comienzos ofrecía por mil dólares hoy están avaluadas por más de cien millones. A la postre, Jackson Pollock se convertiría en una de las más destacadas figuras del movimiento fundador del Expresionismo Abstracto, conocido como la Escuela de Nueva York.</p>
<p>Agradecido con su mecenas, Pollock pintó en cuestión de una tarde la pared que adornaba el vestíbulo de la casa de Peggy, bautizando su obra como <em>Mural. </em>No obstante Peggy trató en lo personal de mantener las distancias con el artista, ya que “tomaba demasiado y, cuando lo hacía podía llegar a ser incómodo por no decir diabólico.” Se cuenta que en una ocasión, luego de haberse bebido todas las botellas del mini-bar, el autor de aquellos trazos infantiles que pasaría por ello a la historia, acabaría en esta ocasión impregnando su estilo toda vez que se orinara en la chimenea de su mecenas.</p>
<p>Tras dos años de relación, Peggy decide separarse de Max, luego de que este le hubiera sido infiel con una de las treinta y un artistas que integraron una muestra colectiva en su propia galería, y a lo que Peggy comentaría con ironía: “Habrían tenido que ser sólo treinta.”</p>
<p>En 1947 cerró la galería Art of this Century, pretextándose en lo agobiante de sus labores: “Estaba exhausta por mi trabajo en la galería, de la cual me había convertido en una especie de esclava.” Sería así como decide mudarse a Italia, donde permanecería por más de tres décadas y hasta el día de su muerte.</p>
<p>En Venecia Peggy retomaría su carrera hasta llegar a consolidarse como una de las más reconocidas en el gremio. Para 1948 participó de la XXIV Bienal de Venecia, y luego comenzaría una gira por Florencia, Roma y Milán, dando a conocer la cantidad de obras que la acompañaban y que deslumbraban a los espectadores por la riqueza de su contenido, resaltando siempre la mejor carta que tenía para compartir, y que se viera representada en los seis cuadros de Pollock, entre los que se destacan<em> Eyes in the heat, The moon woman </em>y<em> Two</em><em>. </em>Luego de la gira Guggenheim escribiría a una colega: “Aquí en la Bienal, Pollock fue considerado con mucho, el mejor de los pintores americanos.”</p>
<p>Por aquellos días Peggy consiguió encontrar ese lugar en el que planeaba exponer todas sus obras, para lo cual adquirió el Palazzo Venier dei Leoni, en el Gran Canal, recogiendo en su interior un cúmulo de afamadas obras que hasta ese momento no se habían conocido en Italia. Adecuó su palacio y lo convirtió en un genuino museo, destinando tres tardes a la semana en las que abriría sus puertas al público para que las personas pudieran disfrutar de las paredes abarrotadas de obras, que se extendían incluso por los baños, y en cuyo interior se veían desfilar los sirvientes de la matrona y dueña, así como sus once perros Lhasa Apso que no dejaban de perseguir a su ama. La bodega fue remodelada para servir como un estudio en el que los artistas pudieran trabajar, y entre las muchas excentricidades del lugar destacaría la obra del escultor Marino Marini, instalada en las afueras de la galería, y cuya figura representaba a un caballo y un jinete con su pene erecto, y cuyo falo enorme contaba con la peculiaridad de poder ser desmontado toda vez que así lo quisieran, y en especial lo “retiraba cuando sabía que podían pasar monjas por delante”, decía Guggenheim.</p>
<p>Los años cincuenta fue el auge de las subastas, tomándose a partir de ese momento el comerciar obras de arte como un negocio rentable, una inversión placentera, a donde cada vez más personas querían acceder, y por esa mirada utilitarista es que pasó de considerarse la belleza de una pintura para cuestionar simplemente su valor comercial. Las obras más complejas de falsificar serían también las más apetecidas y costosas de los mercados.</p>
<p>En los años sesenta la figura de Peggy Guggenheim es ya reconocida en todo el planeta, y para 1962 es nombrada como ciudadana honoraria de Venecia, además de haber viajado por el mundo exponiendo su colección en los lugares de mayor prestigio, como es el caso del Tate Modern de Londres, el Museo de Estocolmo y el Museo de L’Orangerie. Sin embargo para ese entonces ya Peggy había dejado de lado su adicción, interrumpiendo su costumbre de comprar compulsivamente cuadros, y en adelante únicamente prestaría su colección para que fuera exhibida.</p>
<p>En 1967 Peggy se encontraba en México cuando recibió un telegrama. La notificación la llevará a padecer el más duro golpe de su vida, cuando le comentan que su hija Pegeen -quien se había dedicado a la pintura así como al alcohol, y que dependía desde hacía años del Valium y del consumo de barbitúricos-, sería encontrada sin vida en su habitación, en lo que se cree habría sido un suicidio.</p>
<p>A finales de los años sesenta ya poco le importaba el mundo del arte, y tanto era así que cuando le presentaron al creador de la famosa <em>Lata de sopa Campbell</em><em>, </em>el ya afamado artista pop Andy Warhol, la que en otro momento fuera reconocida como la más conocedora en el rubro, tuvo que confesar su ignorancia y preguntar: “¿Quién es este hombre?”</p>
<p>Los últimos años, la que fuera bautizada como <em>L’ultima doghessa </em>(“la última duquesa”), dedicaría su tiempo a pasearse en su góndola privada, luciendo sus característicos lentes con forma de mariposa &#8211; diseño exclusivo que la identificaban de lejos como el personaje que era-, llevando consigo la infaltable compañía de una corte de perros, y encamándose de cuando en cuando con algún amante de turno que pasaría una noche de lujo en la cama de Peggy, adornada con un estrafalario candelabro de plata diseñado por Alexander Calder. “Adoro flotar hasta tal punto que no puedo pensar en nada más hermoso desde que dejé el sexo, o mejor dicho, desde que el sexo me dejó”, le escribiría por aquel entonces a algún amigo.</p>
<p>De Peggy podríamos decir muchas cosas, decir que era promiscua, que era una vividora. En alguna ocasión una periodista le pregunta: “¿Cuántos maridos ha tenido?” A lo que ella respondería: “¿Se refiere a los míos o a los de otras?”</p>
<p>Fiestera desde siempre, confiesa que durante más de cinco años no recuerda haber ido a dormir sin haberse puesto borracha. Los festines que brindaba llegaban a un descontrol del que ya no disfrutaba, y sus invitados no tendrían escrúpulos en tomarse la casona museo como un antro digno de las más orgiásticas juergas, y en más de una ocasión alguna que otra pareja tomó la fantasiosa habitación de la dueña de la casa para cumplir sobre su cama con las urgencias del amor. En los carnavales que ofrecía veíamos desfilar a toda suerte de celebridades dispares como Yoko Ono y Truman Capote; y aunque pudiera invertir miles de dólares en una pintura, en sus festejos solía comprar alcohol de garrafa para hacerlo rendir, y mantenía a sus sirvientes controlados respecto a la comida que ofrecían. No obstante también la veríamos regatear por unos dólares a algún artista que intentaba venderle su obra, y era común verla a ella misma atendiendo la taquilla a la entrada de su galería.</p>
<p>Para 1979 publica el que fuera su tercer libro de memorias, ya que en 1946 había publicado <em>Out of this century</em> y para 1960 <em>Confessions of an art addict</em>, y que para ese momento unió en un solo libro titulado <em>Una vida para el arte. </em>En sus palabras nos describe a la multimillonaria, bohemia, rebelde, lujuriosa, la mecenas y adoradora del arte en todas sus formas, la incansable viajera sobre la cual han llovido notas y libros y documentales, y en el año 2000 la película <em>Ed Harris Pollock </em>es también una historia sobre su vida.</p>
<p>Guggenheim valoró la obra de varios pintores cuando nadie más reparaba en ellos, apoyando sus carreras para que estos pudieran seguir dibujando, y así mismo dándolos a conocer al mundo para que todos pudiéramos disfrutar de su arte. Fue así como supo impulsar los principales movimientos y corrientes artísticas del siglo XX, y sus galerías hoy se extienden por New York, Bilbao, Berlín.</p>
<p><strong>Marguerite “Peggy” Guggenheim murió como una reina, en su palacio veneciano, cuando corría el año de 1979, y antes de morir pidió que sus obras más queridas se mantuvieran dentro de la colección de Italia: “</strong>Que se queden en Venecia. A no ser que se hunda Venecia.” Fue enterrada en el jardín de su casa, junto a los restos de catorce perros Lhasa Apso, entre los que se destaca uno de los primeros, <em>Twinkle</em>, al que vemos en 1919 acompañando a una joven Peggy, luego de haber salido victorioso en una gala de exposición canina.</p>
<p>Días antes de morir declararía a una amiga a través de una carta: “Veo hacia atrás en mi vida con gran alegría. Creo que fue una vida muy exitosa. Siempre hice lo que quise y nunca me importó lo que los demás pensaran. ‘¿Liberación de la mujer?’ Yo era una mujer liberada antes de que hubiera un nombre para eso.”</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 24 Nov 2023 08:49:04 +0000</pubDate>
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        <title>Katharine Hepburn (1907-2003)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/katharine-hepburn-1907-2003/</link>
        <description><![CDATA[<p>Nació en Connecticut, en una familia prestante, acaudalada, de padres que abogaban por ciertos cambios de la estructura social, de pensamiento reformista. Su madre era una destacada activista feminista que llegó a dirigir la Asociación de Sufragio Femenino de Connecticut, y que lideraba campañas de advertencia respecto al deber de controlar la natalidad. En su [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Nació en Connecticut, en una familia prestante, acaudalada, de padres que abogaban por ciertos cambios de la estructura social, de pensamiento reformista. Su madre era una destacada activista feminista que llegó a dirigir la Asociación de Sufragio Femenino de Connecticut, y que lideraba campañas de advertencia respecto al deber de controlar la natalidad. En su infancia Katharine asistiría junto a ella a varias manifestaciones y mítines que despertarían desde niña su visión progresista y liberal. Esta crianza, que Hepburn agradece haber tenido, le inculcaría la libertad de pensamiento y la llevaría desde niña a empaparse de historia, arte y cultura, compartiendo con sus padres las obras de Ibsen o George Bernard Shaw y entablando debates sobre temas políticos y sociales. Le gustaba llevar el pelo corto como los hombres y que le llamaran “Jimmy”, como si fuera un niño; imitaba a los varones vistiendo pantalones de hombre, y sería su padre quien la pondría a la par del macho respecto a las destrezas físicas, enseñándole a nadar, bucear, cabalgar y luchar, y a practicar deportes como el tenis y el golf, este último en el que lograría algunas conquistas menores. Pero gustaba del cine y del teatro, quería ser actriz. Sus primeras tentativas vendrían por iniciativa propia, una vez convocara a algunos vecinos y montara ella misma pequeñas piezas teatrales, por las que cobraba una entrada a los padres por valor de 50 centavos, y cuyo recaudo estaba destinado a la comunidad del Pueblo Navajo. Un suceso marcaría la vida entera de la que un día se convertiría en la estrella más grande de Hollywood de todos los tiempos. Sucedería en abril de 1921, cuando Katharine encontró a Tom, su hermano más querido, colgado de una soga y sin vida, en un episodio que nunca se dilucidó si se trató de un juego fallido o de un ahorcamiento voluntario. La actriz asumiría la fecha del cumpleaños de su hermano como la fecha de su nacimiento, y tendrían que pasar setenta años para que develara el secreto que todos desconocían. La tragedia la llevó a abandonar sus estudios en la Kinswood-Oxford School para tomar clases privadas, y tres años más tarde volvería al claustro académico luego de haber ganado una beca en el Bryn Mawr College. Cuatro años más tarde se graduaría como Licenciada en Historia y Filosofía y, al día siguiente, sin espera, decidida, viajó a Baltimore para realizar su vocación más honesta de convertirse en actriz. De inmediato encontró un papel en la obra teatral, <em>The Czarina</em><em>, </em>y cuya actuación fue tildada por la crítica como “notable”, y a pesar de que su voz un tanto chillona generara descontento en los espectadores. Para solucionar este inconveniente, Hepburn se desplaza a New York y trabaja su fonética con un profesor particular, afianzándose en dicción y pronunciación y encarando cada vez más segura el camino hacia el estrellato. Su temperamento impulsivo y dominante le valdrían desde su debut el apócope de “La Zarina”. En su segunda obra de teatro su actuación no fue para nada convincente y no le permitieron seguir haciendo parte del proyecto. Interpreta a una colegiala en un obra de poco éxito, y un par de semanas después, a sus 21 años, abandonará los tablados para contraer matrimonio con un hombre ocho años mayor, Ludlow Ogden Smith, antiguo compañero universitario y empresario de Filadelfia, y con quien pronto comprendería que lo suyo no era el hogar, los planes de familia, la relación matrimonial, y no vacilaría para regresar a los escenarios, interpretando un personaje en la obra de teatro <em>Holiday,</em> y con la cual estaría comprometida durante los siguientes seis meses. Katharine le daría prioridad a su carrera, y a pesar de que las obras en las que participaría durante los siguientes tres años tuvieran críticas como: “Se ve un espanto, su actitud es inaceptable y no tiene talento”; y aquel director que se excusaría de no contratarla: “Para ser brutalmente sincero, usted no era muy buena”. Poco a poco la relación de pareja comenzó a enfriarse, y luego de cuatro años acabarían por divorciarse, pero esto no fue impedimento para que mantuvieran una estrecha relación de amistad hasta la muerte de Ludlow, en 1979. Hepburn confesaría sentirse siempre apoyada por su primer y único marido, y que incluso sería éste quien precipitaría su decisión de separarse, alentándole a continuar con su deseo más anhelado. “Fue él quien quizás preparó el camino para la ruptura al decirme que con mi talento podría conseguir lo que me propusiera.” En sus memorias, la actriz confiesa haberse aprovechado de alguna forma de este amor, comportándose con Ludlow como “un terrible cerdo.” Desde su divorcio, Katharine Hepburn asumió la tarea única de convertirse en actriz, renunciando a volver a casarse, y mucho menos a concebir hijos. En 1932 la obra <em>The warrior’s husband </em>significó el despegue de su carrera. El personaje requería estar en una condición física óptima, ya que desde el primer acto tendría que saltar de una escalera, llevando al hombro un ciervo y vistiendo una diminuta túnica color plata. La crítica del momento diría acerca de la prometedora actriz: “Han pasado muchas noches desde la última vez que una actuación tan brillante iluminó la escena de Broadway.” La obra se presentó durante tres meses en el Teatro Morosco, en Broadway; y sería en una de sus funciones donde un cazatalentos repararía en ella y la propondría a la famosa productora RKO para la película <em>A bill of divorcement</em><em>. </em>El director, George Cukor, creyó ver en Hepburn a “una extraña figura… no se parecía a nadie que hubiera oído jamás”, confesando que fue el movimiento fluido que hizo la actriz al tomar un vaso ése gesto natural que acabaría por convencerlo: “Pensé que era muy talentosa en ese movimiento.” El productor, el reconocido David O. Selznick diría que fue un “enorme riesgo” el jugársela con una actriz completamente desconocida. Pese a todo esto, y convencida de su talento, la actriz no tendría reparo en pedir en su contrato un salario de U$6.000 mensuales, y decir que venía ganando menos de U$500 mensuales con la compañía teatral. La productora consideró que finalmente su apuesta era por una actriz distinta, un poco salida de lo convencional, desafiante, y no perdería el juego, ya que la película sería un éxito en taquilla y la actriz protagonista, debutante, recibiría el aplauso del público y de la crítica, y por lo que RKO le propondría a Hepburn para que firmara con ellos un contrato a largo plazo. A partir de ese momento el director George Cukor se convertiría también en su amigo, y en su larga trayectoria alcanzarían a compartir el rodaje de una decena de películas. Ese mismo año, con su segunda película,<em> Christopher strong, </em>la actriz sería considerada por la crítica como “una personalidad distinta, firme y auténtica”, y a pesar de que la película no generara mayores ingresos de taquilla. A esta película le siguió <em>Morning glory</em>, de ese mismo año, y en donde la actriz le dio vida a la aspirante a actriz, Eva Lovelace, y cuyo guion vio de casualidad sobre el escritorio de un productor, y al echarle una ojeada pensó que el papel le sentaría como anillo al dedo, por lo que no dejó de insistir para que se lo dieran a ella. No se equivocó, siendo así que, con apenas 26 años, y tras filmar apenas tres cintas, Katharine se alzaba con la codiciada estatuilla del Oscar (ceremonia a la que asistiría solamente en una ocasión). Todo parecía indicar que su carrera, que apenas comenzaba pero en la que ya se había consagrado en lo más alto, prometería en adelante un sinfín de éxitos y por el resto de su vida. Y así parecía luego de encarnar ese mismo año a Jo en la adaptación cinematográfica de <em>Little women</em><em>, </em>que no sólo se convertiría en uno de los grandes éxitos de la industria del cine hasta el momento, sino que le valdría el reconocimiento a la Mejor Actriz en el Festival de Cine de Venecia. Se sintió alcanzar la cumbre con este papel, uno de sus preferidos de toda su carrera, y esto dijo de su interpretación: “Desafío a cualquiera a que sea tan buena ‘Jo’ como yo lo fui.” Y pese a que todo parecía ya un camino de rosas, los siguientes filmes constituyeron un verdadero fracaso en taquilla y la imagen de la gran actriz de Hollywood comenzó a decolorarse. En 1934 filmará con RKO la película <em>Spitfire, </em>en la que será una de sus peores interpretaciones<em>. </em>Respecto a esta película, Hepburn confiesa haber conservado el poster publicitario pegado a las paredes de su cuarto, como un recordatorio de “humildad”. Para ese momento se le ocurrió que podría ponerse a prueba como actriz si regresaba a demostrarlo en vivo y sobre las tablas de un escenario de teatro. Fue así como aceptó el ofrecimiento de un director teatral venido a menos, y por un sueldo irrisorio se comprometió con la obra <em>The lake, </em>que en un comienzo se presentó en Washington, DC, y unas semanas después en New York, y que no resultó para nadie atractiva, deslustrando aún más la carrera actoral de Katharine. No aceptó continuar con una gira de burlas, negándose a llevar la obra a Chicago y prefiriendo pagar al director U$ 14.000 por renunciar a su contrato. RKO le propone protagonizar dos películas que no lograron ningún tipo de trascendencia: <em>The little minister </em>de 1934, y al año siguiente el drama romántico <em>Break of hearts</em><em>. </em>Ese mismo año cobra nuevos bríos luego de interpretar a una mujer codiciosa que aspira escalar en su estatus social en la película <em>Alice Adams, </em>uno de sus roles favoritos, y que le valió su segunda nominación a los Premios de la Academia. A Hepburn se le dio la posibilidad de ser ella quien eligiera su próximo proyecto, y para 1935 comparte por primera vez el plató con Cary Grant en la película <em>Sylvia Scarlett, </em>de su amigo el director George Cukor, y que no gozaría del agrado del público pese a las tantas expectativas. Al año siguiente un par de películas que tampoco tendrían éxito: <em>Mary of Scotland</em><em>, </em>y en donde Hepburn encarnaría a la legendaria María Estuardo, y la película <em>A woman rebels</em><em>. </em>Ese mismo año audicionó para el papel de Scarlett O’Hara en lo que se convertiría en un clásico del Séptimo Arte: <em>Lo que el viento se llevó. </em>El productor David O. Selznick le confesaría más tarde que la descalificó porque le faltaba el poderío sexual de otras actrices, y “no puedo ver a Rhett Butler persiguiéndote durante doce años”. Parecía que en su carrera se avecinaba el debacle. Esto no sólo por la falta de espectadores que antaño colmaban los cines para ir a verla, sino porque su personalidad estaba chocando con el público y quizás esta fuera también la razón de su descontento. Su carácter imponente desafiaba continuamente a la prensa, mostrándose en ocasiones irrespetuosa en sus declaraciones, y negándose muchas veces al cariño de los fanáticos que se acercaban a ella para pedirle un autógrafo. No gustaba de dar entrevistas, y por estos motivos era conocida en el gremio como “Katharine de Arrogancia”. La caracterizó siempre el hacer las cosas a su manera, saltándose protocolos y riñendo con el sistema que regía en el Hollywood de aquel entonces, confrontando a periodistas y rechazándolos para que no estuvieran entrometiéndose en sus intimidades, y siguiendo unas costumbres que poco contrastaban con la clásica y superficial estrella de cine. No le gustaba asistir a galas y en pocas ocasiones visitaba un restaurante, y sin embargo confesaría que siempre disfrutó secretamente el que los medios no la hubieran olvidado nunca. Nadie podría negar que se trataba de toda una celebridad, pero no por ello gozaba del aprecio de todos. A muchos les parecía escandalosa sus maneras un poco masculinas, que reflejaba en un estilo de vida en donde conducía camionetas, solía prescindir de maquillaje y vestía ropa informal, poco glamurosa, descomplicada y de un estilo más bien varonil, y que siempre acababa imponiéndose como una moda entre las tantas mujeres que veían en Hepburn el vivo ejemplo de la mujer empoderada y reconocida en un mundo timoneado por hombres. De hecho, el Consejo de Diseñadores de Moda de Estados Unidos le otorgó un premio en reconocimiento a su destacada influencia dentro del ámbito de la moda femenina. Siempre dijo abiertamente lo que opinaba con respecto a cualquier asunto, y esto le valdría más de un contradictor y enemigo: “Soy una personalidad como así también soy una actriz. Muéstrame a una actriz que no sea una personalidad y me mostrarás a una mujer que no es una estrella.” Apoyaba las ideologías de políticos socialistas -aunque nunca se confesara partidaria de los ideales comunistas-, y desde inicios de la década de los cuarenta sería incluida en el listado del Comité de Actividades Antiestadounidenses por mostrar su oposición al brote fanático de anticomunismo. No se andaba con medias tintas, defendía abiertamente a las minorías y a todo tipo de pensamiento liberal. Se mostraba a favor del derecho al aborto, y se preocupaba, como su madre, por el control de la natalidad y por el sufragio femenino. “Yo soy atea y eso es todo. Creo que no hay nada que podamos saber excepto que debemos ser amables con los demás y hacer lo que podamos por otras personas”, dijo en una entrevista. Era practicante de los principios de <em>Reverencia por la vida</em> descritos por el Nobel de Paz Albert Schweitzer, pero no promulgaba ninguna doctrina ni creía en el “más allá”, y por su firmeza en estas declaraciones contestatarias, la Asociación Humanista Estadounidense la premiaría con el Humanist Arts Award. Una dama notablemente elegante, espigada, cuello fino y pómulos angulosos, un poco ajeno a la belleza impactante de otras actrices coetáneas, y sin embargo su plus estaría siempre en su espíritu imponente y en el poderío que desplegaba con su talento. Su voz sería uno de sus mayores distintivos, una voz como de emperatriz, afianzada en sus textos, convencida de lo que debía decir y a pesar de que hiciera de tímida, y siempre verosímil. Sus movimientos medidos, inteligentes y enérgicos, ya fueran pausados o ágiles. Te hacía reír. Era cómica, chistosa cuando tenía que serlo, dramática todo el tiempo. Diferente, femenina, muy mujer, a la que se le notaba eso que llamamos pasión. Se mezclaba al extremo en cada uno de los proyectos en los que participaba, y en ocasiones se pasaba de entrometida sugiriendo a los guionistas o proponiéndole al director cómo debía dirigir y al vestuarista cómo vestirla. Escenografía, iluminación, fotografía, tenía que ver con todo y en especial con lo suyo: actuar. Calculadora, ensayaba cada uno de sus gestos y desplazamientos; no olvidaba jamás sus textos, e incluso se le reconocía porque solía memorizar también las líneas de sus compañeros de reparto, de los cuales alguno diría: “Trabajo, trabajo, trabajo. Puede trabajar hasta que todos caigan rendidos.” Se hacía controladora y muchos de sus compañeros se quejaban de su talante de “mandona”, y una de sus amigas la comparaba con una “maestra”. “Choco con gente tan peculiar de alguna manera, aunque no termino de entender por qué. Por supuesto, tengo un rostro angular, un cuerpo angular y, supongo, una personalidad angular que golpea a la gente.” Para ese entonces la actriz se definía como una “persona yo, yo y yo.” Pese a todo esto, nadie dijo nunca que no mantuvo siempre un sentido de cordialidad y compostura, culta, irónica y controvertida, humana y humilde. Debido a su creciente impopularidad, Katharine abandona Hollywood y el cine para probarse nuevamente en las tablas, esta vez en la adaptación teatral de la novela <em>Jane Eyre</em>, con la que realizaría una exitosa gira por el país, pero la cual no se presentaría nunca en Broadway. Para ese momento Howard Hughes, el dueño de RKO -productora con la que la actriz había realizado la mayoría de sus filmes-, puso los ojos en la estrella más incandescente de la industria, y fue entonces cuando comenzaron un intenso amorío. El magnate llegaría incluso a proponerle matrimonio, pero la actriz había tomado la determinación de enfocarse únicamente en sus proyectos laborales y no ceder nunca más a la tentación de casarse, y así lo cumplió. Pese a su determinación, las siguientes cuatro películas serían nuevamente un fracaso en taquilla: en 1937 <em>Quality Street </em>y <em>Damas del teatro </em>(esta última coprotagonizada por Ginger Rogers), y para 1938 de nuevo junto a Cary Grant en la comedia <em>Bringing up baby (La fiera de mi niña), </em>y <em>Vivir para gozar, </em>de ese mismo año<em>.</em> Luego de esta seguidilla de tropiezos el público no la perdonaría y sería incluida por la crítica como una de las actrices consideradas por la industria como “veneno de taquilla”. Para ese momento también se romperá la relación que venía manteniendo con Hughes, y así mismo no quiso involucrarse en una quinta decepción, rechazando la próxima película con RKO y pagando U$75.000 como sanción por incumplimiento de contrato. Esta jugada solamente podía permitírsela quien tuviera el poder y la fortuna de Katharine Hepburn, que para 1938 ya Columbia Pictures le habría ofrecido protagonizar por tercera vez junto a Cary Grant, esta vez en la película basada en la obra teatral <em>Holiday</em>, una comedia que la crítica calificaría de forma benévola, pero que alcanzó un buen número en taquilla. El siguiente proyecto que le ofrecían empezaba a mostrar una reducción considerable de su salario, por lo que prefirió ausentarse de momento de los estudios de cine para batirse otra vez de cara al público. En 1940, con la obra teatral <em>The Philadelphia story</em><em>, </em>Katharine regresará victoriosa para demostrar la gran actriz que parecía haberse perdido en los años anteriores. Junto a James Stewart, la obra se iría de gira por varios Estados logrando más de 400 funciones, y un tiempo después una segunda gira lograría presentarse cientos de veces más, convirtiéndose en una de las obras más exitosas de la década que recién comenzaba, y logrando batir récord de taquilla en el emblemático Radio City Music Hall. Tanto fue el éxito de la obra, que la RKO se animó a llevarla al cine al año siguiente, valiéndole a Hepburn una tercera nominación al Oscar, así como el New York Film Critics Circle Award en la categoría de Mejor Actriz. La crítica del momento consagraba así su redención: “Volvamos hacia atrás, Katie, todo está perdonado.” Esta apuesta representó para Hepburn un verdadero resurgimiento: “Le di vida y ella me dio de nuevo mi carrera”, diría respecto a su personaje, para luego seguir apostándole al mundo teatral con la exitosa obra <em>Sin amor</em>, un guion escrito para ella y que fue por dieciséis semanas consecutivas un contundente éxito taquillero. En 1942 Hepburn se da el lujo de elegir su siguiente proyecto, esta vez con la Metro Goldwyn-Mayer, sin sospechar que más allá del éxito que le valdría su cuarta nominación al Oscar, la gran conquista tras el filme <em>La mujer del año </em>sería la aparición de quien sería su coprotagonista en otras tantas películas, y así también como en la vida real, en una extraña relación amorosa que se prolongó por más de 25 años, hasta la muerte del actor. Spencer Tracy tenía 41 años cuando conoció en el plató a su compañera de reparto, una actriz siete años menor que ella, de talante lésbico y con sus uñas sucias, diría tiempo después. Por otro lado, a la coprotagonista le pareció enseguida un tipo “irresistible”. Sea como fuera, la pareja congenió, y en adelante la vida de ambos estaría estrechamente ligada. Hepburn parecía querer de un hombre en su vida, como alguien a quién cuidar, y quizás lo más conveniente sería un colega, un hombre casado, y con quien tuviera un compartir que, muchos cuestionan, no trascendió nunca a los asuntos carnales. La carrera actoral de Hepburn durante la década de los cuarenta declinó considerablemente, en gran parte por entregarse a los cuidados de su compañero sentimental, un tipo ansioso que no podía dormir y que tenía problemas con la bebida. La pareja evitaba ser vista en público, queriendo en lo posible preservar su intimidad. Y a pesar de que la relación era conocida por todos, y año tras año un motivo diferente de escándalo, Tracy permaneció casado, y por su parte Katharine jamás intervendría en su matrimonio, manteniéndose alejada de la esposa de Tracy y respetando siempre un distanciamiento, que incluso mantendría al no asistir al entierro de quien también fuera el amor de su vida. A pesar de que no convivieron juntos, la pareja parece haber llevado una historia de amor de la que igual quedará el registro fílmico que los unió en nueve películas. El amorío serviría como una excusa para que los hombres se mantuvieran al margen y no anduvieran codiciando a la actriz, y a ambos serviría para desmentir en parte lo que tanto se especuló siempre sobre sus inclinaciones sexuales: que ambos eran homosexuales. Lo cierto es que Katharine estaba “ciegamente enamorada” del actor, tal cual lo diría una de sus más íntimas amigas, y así también lo confesaría ella, luego de que se atreviera a tocar en público el tema de su amor con Tracy, y toda vez que la esposa de éste falleciera. Ella lo consentía como a un hijo depresivo, desdibujando esa actitud de mujer independiente y empoderada que todos conocían, y siguiendo los caprichos de un ser al que Katharine definió como a un hombre “torturado”, pero al que nunca dejó de amar. “Fue un sentimiento único el que tuve por Spencer. Habría hecho cualquier cosa por él”, confesó. Decía no saber por qué su tanto amor por este hombre, y que no supo ciertamente cuáles eran los sentimientos de Tracy hacia ella: “Sólo puedo decir que nunca podría haberlo dejado… pasamos 27 años juntos que fueron para mí la felicidad absoluta”. Por haber trascendido las pantallas, esta larga aventura es recordada como una de las más legendarias del cine. La evidente química desprendida entre Tracy y Hepburn parecía desbordarse a todas luces desde el telón de la pantalla. El público lo notó desde el primer encuentro y así mismo la industria, por lo que sería la Metro Goldwyn-Mayer la que tomó ventaja reuniéndolos en 1942 para la película <em>La llama sagrada. </em>Un año más tarde Hepburn figuró en un simple cameo en la película <em>Stage door canteen</em><em>. </em>Un año más tarde protagonizó el filme de alto presupuesto, <em>Dragon seed, </em>y para 1945 vuelve a reencontrarse con Tracy en la exitosa película basada en la obra teatral <em>Sin amor. </em>En 1946 grabó <em>Undercurrent</em><em>, </em>y un año después se desplaza al Viejo Oeste estadounidense para rodar su cuarta película con Tracy: <em>The sea of grass, </em>y que al igual que las otras películas donde aparecían juntos, ésta también sería un éxito en taquilla tanto a nivel nacional como internacional. Ese mismo año, luego de exigirse en el piano para interpretar a Clara Schuman en el filme <em>Song of love, </em>Hepburn empezaría a destacarse como una figura progresista, al declararse opositora del creciente movimiento anticomunista que estaba gestándose en Hollywood. Estas declaraciones la alejaron de las salas de cine por nueve meses, hasta que se le ofreció remplazar a Claudette Colbert en la película <em>State of the Union</em><em>, </em>de la cual ya estaba enterada dado que el coprotagonista sería su adorado Spencer Tracy. El éxito estaba garantizado, y para 1949 reaparecerían juntos y por tercer año consecutivo en una película que Katharine definió “perfecta para Tracy y para mí”: <em>La costilla de Adán. </em>Por ese entonces la actriz se mudaría a California, y allí daría inicio a una relación sentimental con el que fuera su representante, Leland Hayward, quien pese a estar casado le propondría a Hepburn que se divorciaría de su mujer si ella accedía a casarse con él. La relación duró cerca de cuatro años, tiempo en el cual la actriz, convencida de empeñar sus esfuerzos vitales para consagrarse en su carrera, no declinó en su promesa de permanecer alejada de los compromisos matrimoniales: “Me agradaba la idea de ser una personalidad autónoma”, manifestó años más tarde, consciente de que la maternidad implicaba dedicar un tiempo con el que ella, sencillamente, no contaba en esta vida que eligió: “Habría sido una madre terrible… básicamente porque soy un ser humano muy egoísta.” En enero de 1950 encarna al personaje de Rosalind en la obra de Shakespeare, <em>As you like it, </em>queriendo demostrarse a sí misma que podía batirse con lo más clásico de la dramaturgia: “Es mejor probar algo difícil y fracasar que actuar segura todo el tiempo”, decía luego de haber celebrado casi 150 funciones en el Teatro Cort de New York. Y pese a esto de probar nuevas cosas, a partir de entonces se dedicará a interpretar, casi con exclusividad, personajes que le sentarán perfectamente ya que parecieran retratarla a ella misma. En 1951 se desplazará al Congo y rodará junto a Humphrey Bogart su primera película en Technicolor, <em>The African Queen, </em>experiencia de la cual luego publicaría unas breves memorias, con anécdotas como aquella de que estuvo a punto de abandonar el rodaje por haber enfermado de disentería. Por esta interpretación Hepburn sería nominada por quinta vez a los Premios Oscar, y representó su primer éxito de taquilla desde la vez que se vio con su coprotagonista predilecto en <em>The Philadelphia story. </em>En 1952 volverá la fórmula ganadora Hepburn-Tracy con el filme <em>Pat and Mike</em>, que sería como todas las demás en las que estarían juntos un gran éxito de taquilla y una de las más recordadas del dúo ganador. Esta actuación le significaría a Katharine una nominación al Globo de Oro a la Mejor Actriz Comedia-Musical. Ese mismo año se trasladará a West End, Londres, y estará durante las próximas diez semanas participando de la obra escrita por George Bernard Shaw, <em>The millionairess. </em>Pese a confesarse nerviosa al comienzo de cada función, la obra sería un éxito en taquilla, e incluso la actriz intentó de forma infructuosa que la propuesta fuera llevada al cine. En ese momento se tomará dos años de descanso antes de retomar para 1955 con la película <em>Summertime, </em>un film grabado en Venecia y cuyo personaje ya parecía la apuesta reiterada de Hepburn, la de una mujer solterona y solitaria que encontrará su aventura de amor, y pese a lo cual recibiría una vez más la postulación para el Premio de la Academia, y para muchos la mejor interpretación de su carrera. Yendo y viniendo entre el teatro y el cine, al año siguiente se embarca en otro proyecto sobre las tablas, realizando una exitosa gira por Australia con la compañía teatral Old Vic, encarnando a Portia en <em>The merchant of Venice, </em>a Kate en <em>The taming of the shrew </em>y a Isabella en <em>Measure for measure. </em>Al año siguiente volverá a ser nominada al Oscar por la película que protagonizaría junto a Burt Lancaster, <em>The rainmaker</em>, y en donde nuevamente hacía de una “solterona necesitada de amor” y a la que ya el público reconocía con facilidad. Se estaba dejando encasillar en el mismo y repetido papel y ella lo sabía de sobra: “Me estaba interpretando a mí misma. No fue difícil para mí recrear a esas mujeres porque yo soy la tía soltera.” A Katharine se le criticó muchas veces su falta de versatilidad al momento de elegir sus papeles, por lo mucho que se parecían y contrastaban con su personalidad y hasta con su vida. Pocas veces se alejó de la mujer refinada, adinerada, a veces antipática, fuerte, segura de sí misma, inteligente, y sin embargo vulnerable en cierto grado y hasta el punto de ser humillada, en lo que algunos decían se trataba de “la fórmula para el éxito de Hepburn.” Ella misma admitiría que en su momento empezó a sentirse cómoda con cada uno de estos personajes y así lo reconoce en una entrevista: “Creo que soy siempre la misma. Tenía una personalidad muy definida y me gustaba el material que mostrara esa personalidad.” Ese mismo año de 1956 rodaría la que fuera considera por ella misma como la peor película de su vida, la inmemorable adaptación de la comedia <em>Ninotchka, </em>y que se titularía <em>The Iron Petticoat</em>, y un año después volvería al refugio seguro de Tracy protagonizando otra película juntos después de cinco años sin compartir el set: <em>Desk set. </em>Se distanciará dos años de las pantallas para reaparecer en la adaptación al cine de la novela de Tennessee Williams, <em>Suddenly, last summer, </em>y en donde compartiría el protagónico junto a la también legendaria Elizabeth Taylor, y que Hepburn describió como una “experiencia completamente amarga”. Filmada en Londres, la actriz no supo entenderse con el director Joseph L. Mankiewicz, y acabaría escupiéndole el rostro como una forma de manifestar su descontento en medio de una pelea. A pesar de la amarga experiencia, el filme sería aplaudido por el público y la crítica, y una vez más Katharine sorprendía al ser nominada al Premio Oscar por su interpretación de la siniestra Violet Venable. Este momento representó el momento de maduración de la actriz, que según su biógrafo describirá como “el período en el que realmente fue hacia sí misma”. “Se creo a sí misma para sobrevivir y prosperar en Hollywood. Y para ello tuvo que reinventarse no una, sino varias veces”, comentaría algún crítico, resaltando la capacidad de Hepburn para caer y ponerse de pie, soñar y frustrarse, sobreponerse, reinventarse y volver a triunfar una y otra vez, ser todas las mujeres en el cine y en la vida misma. “Ese terrible personaje que yo inventé”, sería como se describió. Vuelve al teatro presentándose con éxito en el American Shakespeare Theatre de Stratford, Connnecticut, encarnando a Beatrice en la obra teatral <em>Much ado about nothing, </em>a Viola en <em>Twelfth night </em>y a Cleopatra en <em>Antony and Cleopatra. </em>En 1961 Tennessee Williams escribió el guion de <em>The night of the iguana </em>pensando en que la actriz podría darle vida a su personaje, pero a pesar de sentirse alagada, Katharine fue honesta al rechazar la propuesta por no sentirse identificada con un papel que a la postre acabaría interpretando Bette Davis. Para 1962 Hepburn decidió aceptar un salario muy por debajo de lo que acostumbraba, queriendo desafiarse en la versión cinematográfica de <em>Long day’s journey into night, </em>basada en la obra teatral de Eugene O’Neil. Este papel sería uno de los que más le costaría interpretar, así como uno de sus preferidos y para varios el mejor de su carrera. El filme tuvo gran éxito y de nuevo sería nominada a la codiciada estatuilla de la Academia, y así mismo sería candidata en la categoría de Mejor Actriz en el Festival de Cine de Cannes. Hepburn dijo que esta película era “la más grande obra que este país haya producido jamás”. Katharine se confesaba orgullosa por haberle dado vida a Mary Tyrone, una adicta a la morfina y que ella describiría como “el papel femenino más desafiante en el drama estadounidense.” En la década de los sesenta Katharine ya no estaría tan activa como hasta entonces, y esto no porque le faltaran los alientos ni menos las ganas de continuar rodando películas y presentándose en los más destacados escenarios de todo el mundo, sino para cuidar la frágil salud de su inseparable amigo, quien debido a una enfermedad cardiaca se notaba cada vez más cercano a la muerte. Katharine se mudó a casa de Tracy ya que éste vivía solo desde hacía varios años, y a pesar de que nunca se divorciaría. Rodarían una última película juntos y la que fuera también la más exitosa de todas, <em>Guess who’s coming to dinner</em><em>, </em>y a cuya grabación Spencer Tracy sobreviviría apenas dos semanas. Hepburn tuvo que esperar 34 años para que esta vez se alzara con su segunda estatuilla del codiciado premio, dedicándolo por supuesto a la memoria de Tracy, cuyo nombre no dejó de figurar nunca arriba en la pantalla, por debajo del nombre de Katharine Hepburn y porque así mismo ella lo deseaba. Katharine confesaría después de sus ochenta años que aún no se había atrevido a ver la película. Luego de hacer una pausa durante meses, la actriz retoma su vida y elige uno de los tantos guiones que le ofrecieron durante su ausencia, y es así como la veremos en la Abadía de Montmajour, al sur de Francia, junto a Peter O’ Toole en la película <em>The lion of Winter, </em>encarnando a la legendaria Leonor de Aquitania y en un rol que consideró como “fascinante”, y que para muchos superaba todos sus trabajos anteriores. El filme estuvo opcionado a ganar el Oscar en casi todas las categorías, incluyendo a la Mejor Actriz, siendo ésta la tercera vez que Hepburn se alzaba con el premio, y esta vez por segunda vez consecutiva. Antes de terminada la década la veremos en <em>The madwoman of Chaillot</em><em>, </em>para luego retomar las tablas de Broadway en un musical sobre la vida de Coco Chanel, un reto en el que tendría que cantar, siendo que no era ése su fuerte. Sin embargo la obra tuvo una gran acogida y la crítica sería benévola con ella: “Lo que carecía en eufonía lo compensaba en agallas.” Katharine confiesa con su ironía particular que esta sería la primera vez que se sintió amada y apoyada por el público, y su actuación le valió una nominación al Premio Tony en la categoría a la Mejor Actriz de Musical. Reacia en un principio a participar en filmes para la televisión, la mayoría de sus proyectos en adelante se concentrarían en este género. En 1973 la veremos debutando en la pantalla chica con una producción de Tennessee Williams, <em>The glass Menagerie. </em>Todos querían verla desde sus casas, el rating registró lo más alto en audiencia y su papel de la trastornada Amanda Wingfield le valdría la nominación al Premio Emmy. Un año después, y ya más cordial y abierta con el mundo, Hepburn sorprende a todos presentándose a la gala de los Premios Oscar por vez primera en su vida. Lo haría para entregar a Lawrence Weingarten el premio en memoria de Irving Thalberg. El público se puso de pie tan solo verla, y ella aprovechó para bromear: “Estoy muy contenta de no haber escuchado a nadie gritar: ‘ya era hora’”. Dos años más tarde probaría de nuevo en esta modalidad con la película <em>Love among the ruins, </em>y esta vez sí se alzaría con el Premio Emmy. Antes de regresar al tablado con la obra <em>A matter of gravity, </em>Hepburn rodará junto a John Wayne la película de vaqueros <em>Rooster Cogburn. </em>Durante su gira sufriría una fractura de cadera, pero siguió presentándose en vivo en una silla de ruedas, y para ese mismo año es condecorada con el People’s Choice Award. En 1978, luego de tres años de ausencia, regresa al cine para filmar el fracaso que representó la película <em>Olly olly oxen free, </em>y en la cual Hepburn confesó haber participado ya que en una de las escenas su personaje tendría que montar en globo. Porque uno podría imaginar que esto era lo único que le faltaba a Katharine Hepburn en la vida, pero no, porque todavía quedaría un sinnúmero de triunfos y homenajes. En 1979 regresa a la televisión con la última película que rodaría con el director George Cukor, <em>The corn is green</em>, esta vez en Gales, y por la que sería nominada por tercera ocasión en los Premios Emmy. Ese año, indiscutible para cualquiera, la gran estrella es incluida en el Salón de la Fama del American Theatre, además de haber sido laureada por el Sindicato de Actores con un premio por su Trayectoria. Por aquellos días Katharine comenzaría a mostrar indicios de Parkinson, pero esto no la detendría para seguir cosechando éxitos, y la enfermedad no logró afectarla más que si acaso al final de sus días con un ligero cabeceo continuo, más no así sus capacidades mentales y cognitivas. La actriz decide tomarse un tiempo, y por esos días presenciará una obra teatral presentada en Broadway y de la cual quedaría prendida. Se propuso llevar al cine la producción <em>On golden pond </em>por la intensidad de sus personajes, una pareja de ancianos haciendo hasta lo imposible por sobrellevar sus días, y cuyo personaje femenino parecía ideal para ella. La actriz Jane Fonda era quien tenía los derechos de la obra, y sería ella misma quien le ofrecería el papel a Hepburn para que compartiera el protagonismo con su padre, el ya veterano y aclamado Henry Fonda. A los 74 años vemos a Katharine sumergiéndose en Squam lake y cantando a todo pulmón, exigiéndose a todo nivel, y su actuación destacaría nuevamente como una de las mejores de su carrera, representando para ella su cuarto Premio Oscar, y hasta el día de hoy la única en conseguir tal hazaña. Recibió su segunda nominación al premio BAFTA y en taquilla la película sería también un éxito, convirtiéndose en la segunda película con más espectadores del año de 1981. Inagotable, ese mismo año interpreta sobre el escenario a una alentada anciana en la obra teatral <em>The west side waltz, </em>y por la que sería nominada por segunda vez al Premio Tony. El <em>The New York Times </em>comentaba por esos días: “Una cosa misteriosa que incuestionablemente ha aprendido a hacer es a respirar vida en líneas que no la tienen.” La estrella que era Katharine brillaba con más luz que todas las demás de esa constelación hollywoodense, y así lo demostró una encuesta llevada a cabo por la revista <em>People, </em>que una vez más y por elección del público la homenajeaba con el People’s Choice Award. En 1984, junto a Nick Nolte, protagonizará una comedia negra que parecía prometer pero que en realidad quedaría para el olvido, y un año después se propone producir un documental sobre la vida de su querido Spencer Tracy. “He tenido suerte, he amado y he sido amada. ¿Verdad, Spencer?”, decía delante de las cámaras a un busto de arcilla del actor. Los años siguientes estaría dedicada a películas para la televisión que tuvieron poca trascendencia pero que mantuvo siempre activa a la actriz, que luego de culminar un proyecto amenazaba una y otra vez con que esta vez sí que sería el último. Y sin embargo regresaba una y otra, y otra vez. Su papel en <em>Mrs. Delafield wants to marry </em>de 1986 le valdría otra postulación al Emmy, y para 1988, ya casi octogenaria, compartirá el plató con su sobrina nieta en la comedia <em>Laura Lansing slept here</em><em>. </em>Para 1991 el mundo se enterará de sus más secretas revelaciones luego de la publicación de sus memorias, y que durante ese año encabezaría el listado de los <em>best-seller</em>: <em>Me: stories of my life. </em>Allí nos contaría sobre una relación furtiva con el realizador John Ford, un hombre casado, alcohólico y depresivo por el que cambiaría toda vez conociera al tipo casado, alcohólico y depresivo que era Spencer Tracy. En 1992 regresa a la televisión compartiendo el set de grabación con Ryan O’Neal en <em>The man upstairs</em><em>, </em>actuación que le valdría la nominación al Globo de Oro. Ya pasados los ochenta años la leyenda viva continuaba todavía muy viva, y así lo muestra en el documental que realizaron sobre ella en 1993, <em>All about me</em>, y en donde aún se le notaba enérgica practicando el tenis y nadando, desenvolviéndose con encanto en una nueva pasión que la tenía obsesionada, la de pintar, y mostrando una faceta más reposada para darse finalmente a conocer sin las obsesiones del pasado. Para ese momento comenzarían los achaques de la vejez, y sin embargo en 1994 la veríamos en su última aparición televisiva en la película <em>One Christmas</em><em>, </em>por el que recibiría una nominación al Premio del Sindicato de Actores, para despedirse de las cámaras ese mismo año, a sus 87, con <em>This can’t be loved</em>, y en donde junto a la compañía de Anthony Quinn, Katharine interpretaría a un personaje poco exigente que para muchos volvería a tratarse de sí misma, y que incluso estaría inspirada en su propia vida. Ese mismo año, seis décadas después de haber ganado su primera estatuilla del Oscar, aparecerá por última vez en <em>Love affair</em><em>, </em>siendo esta la única vez que participará en una película con un rol secundario, aparte de aquel cameo de la película<em> Stage door canteen. </em>No descansó hasta el día de su retiro, luego del cual se trasladó a Old Saybrook, Connecticut, y durante sus últimos años estaría en compañía de su biógrafo de cabecera, Scott Berg, a quien le estaría contando durante casi dos décadas los pormenores de su vida con todas sus principales anécdotas, y que sería recogido en un libro publicado, según lo convenido por Hepburn, una vez ya estuviera ella muerta: <em>Kate remembered</em><em>. </em>En 1996 una neumonía la llevaría a ser hospitalizada, y para el año siguiente se vio en un estado que a muchos le pareció crítico, mostrando unos primeros indicios de demencia senil. Sin embargo viviría más de un lustro para gozar de los tantos honores que el mundo le tenía reservado por sus tantos méritos. En 1999 el American Film Institute reconoce en esta actriz a la “mayor estrella femenina de todos los tiempos en la historia de Hollywood.” Abrazaba un final glorioso: “No le temo a la muerte. Debe de ser maravillosa, como un largo sueño.” Y resulta difícil imaginar que algún día moriría, que, si no era ella, nadie más podría alcanzar la eternidad. Cuesta creer que así fue, que a mediados de 2003, a los 96 años, Katharine Hepburn muere en Fenwick, Connecticut, debido a un tumor maligno en su garganta. Conforme a lo que había manifestado, no se llevó a cabo ninguna clase de ceremonia religiosa, y según lo dispuesto por su voluntad sus restos serían inhumados en el Cedar Hill Cemetery, en Hatford, junto a los de su hermano Tom. También había dicho que sus pertenencias fueran subastadas y tras lo cual la familia recaudaría casi seis millones de dólares. Después de su muerte el presidente George W. Bush dijo que Hepburn “será recordada como uno de los tesoros artísticos de la nación”. Y de ella se dijo ya todo: que su estilo de vida “rompió el molde” de lo convencional en la industria de Hollywood, aportándole “una nueva visión de las mujeres”, representando de cualquier forma a la “mujer moderna” del siglo XX. “Hay mujeres, y además está Kate. Hay actrices, y además está Hepburn”, apuntaban los periódicos. “Una mujer asertiva de la que las mujeres puedan aprender y observar”, diría la prensa; y un director comentaba así sobre su legado principal: “Lo que nos trajo fue un nuevo tipo de heroína -moderna e independiente-. Era hermosa, pero no se fio de eso.” Finalmente destacar esta otra nota: “Más que una estrella de cine, Katharine Hepburn fue la santa patrona de las mujeres estadounidenses independientes.” La consagración la obtendría luego de 66 años de carrera, tras la cual aparecería en 52 películas (8 de ellas para la televisión) y en más de una treintena de obras teatrales. Se permitió explorar distintos géneros y representar las más exigentes piezas de los principales dramaturgos estadounidense de su época y de los clásicos de todos los tiempos. Doce veces candidata al Premio de la Academia, Katharine Hepburn con sus cuatro estatuillas es la más ganadora de todos los tiempos. Insuperable, la número uno, sobran los motivos para reconocer en Katharine Hepburn a la más grande estrella del cine. Ícono cultural, ejemplo de feminidad, Hepburn es sin dudarlo una de aquellas mujeres que cambiaron al mundo debido a su influencia ejemplar dentro de su género. Y así se lo hizo sentir el mundo cuando estaba viva y también después de muerta. Unos días después de su muerte, y durante toda una noche de julio, las calles y los teatros de Broadway apagarían sus luces como un tributo que le rendían a la reina de las actrices. Parques y avenidas que llevan su nombre, monumentos que la recuerdan, instituciones en pro del movimiento feminista, la Medalla Katharine Hepburn que es otorgada cada año a las “mujeres cuyas vidas, trabajo y contribuciones encarnen la inteligencia, el manejo y la independencia de la actriz ganadora de cuatro premios Oscar”. Libros, artículos, reseñas, películas, obras teatrales, documentales y biografías sobre ella. Su obra está expuesta en galerías y exhibiciones, como ocurre permanentemente en el Centro de Artes Culturales Katharine Hepburn, lugar de formación actoral y un museo que recuerda a la actriz, o en la Biblioteca de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Biblioteca Pública de New York en donde se mantiene la principal colección de pertenencias de la mítica actriz. Su imagen aparece en un sello postal que homenajeaba a las “Leyendas de Hollywood”, y en el 2015 el British Film Institute compiló el enorme material completo de todo su inmenso legado. ¿Premios? Los ganó todos, y en todas partes, y repitió muchas veces, dejándonos también las mejores películas de todos los tiempos. Colmada de todos los honores, decía satisfecha de una vida envidiable por cualquier mortal: “Me gusta la vida y he sido muy afortunada, ¿por qué no habría de ser feliz?”</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 22 Sep 2023 19:34:00 +0000</pubDate>
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        <title>Sophia Loren (1934)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Sofia Constanza Brigida Villani Scicolone es la romana del siglo XX. A los 5 años se enteró que ése al que llamaba “papá” era realmente el padre de su mamá, y que su abuela no era su madre, porque aquella a la que llamaba “mamita” era ciertamente su mamá. Y es que esta trama se tejió dado que Sofia era la hija ilegítima de un pianista y arquitecto que se negó a reconocerla, y por lo que su crianza estuvo a cargo de su madre y de sus abuelos. La futura estrella se crio cerca a Nápoles, y su infancia estuvo ambientada por la Segunda Guerra Mundial, donde la madre se las arreglaría para montar un bar al que asistían militares estadounidenses y en donde cada noche solía tocar el piano. Al parecer se trataba de una fémina despampanante, una mujer que hacía sentir vergüenza a cualquier otra, incluso a su hija, quien se confesaba intimidada por la presencia imponente de su mamá, y eso tan exótico e irresistible que despertaba en todos los demás padres que iban a recoger a sus niños a la escuela. “Me llamaban palillo”, dice Sofia refiriéndose a sus inseguridades infantiles. Y sería su misma madre quien alentara a la hija para que explotara los encantos de la juventud, postulándola en varios certámenes de belleza, muchos de los cuales ganaría: fue Princesa del Mar en 1949 y al año siguiente, con tan sólo 15 años, sería Sirena del Adriático y participaría en el gran evento de Miss Italia, siendo elegida como Señorita Elegancia. A los 16 años decide probar suerte, y en compañía de su madre viaja a la capital para tratar de conseguir ingresar a los estudios Cinecittà, y de esta experiencia Sofia recuerda la entrevista que le haría en inglés el productor de la película que estaba por filmarse, <em>Quo vadis</em> “¿Es su primera vez en Cinecittà?” “Yes!”, contestó Sofia. “¿Ha leído <em>Quo vadis</em>?” “Yes!” Y esto era todo lo que sabía decir y todo cuanto fue necesario. La joven aspirante a actriz había obtenido un papel pequeño, por el que le pagaron lo suficiente como para alimentar a su familia por dos semanas. Luego tendría la oportunidad de figurar en pequeñas producciones sin conseguir destacarse y en las que aparecía con el nombre de Sofia Villano o Sofia Lazzaro. Pero sería a comienzos de 1950 cuando se daría su despegue, luego de que se cruzara en su camino el productor Carlo Ponti, con quien ya se había conocido cuando Sofia concursó para convertirse en Miss Roma, y Carlo ofició como jurado del certamen en el que Sofía quedaría de virreina. “¿Por qué no viene a verme mañana a mi despacho?”, le propondría ese hombre que le doblaba la edad y quien a la postre acabaría convirtiéndose en su esposo, y a pesar de que en ese momento se encontraba casado y con dos hijos. La relación fue todo un escándalo y hasta la Santa Sede se pronunció en su diario tildando a Sofia de concubina, y la pareja sería incluso acusada de bigamia. Sin embargo la relación siguió su rumbo así como la carrera de la actriz, quien de la mano de Carlo conseguiría afianzarse en el mundo del cine y lanzarse finalmente hacia el estrellato. Americanizó su nombre y desde aquella época se le conocerá como Sophia Loren, pero no permitió que le operaran la nariz, cuando fue el mismo Carlo quien así se lo proponía. “Carlo, si estás sugiriendo que para hacer películas tendré que cortarme un pedazo de nariz, bueno, entonces volveré a Pozzuoli”, es lo que Sophia recuerda haber contestado. En la figura de Carlo Ponti, Sophia parecía encontrar una identidad paternal, un guía y un mentor, siendo así que para 1955, durante la filmación de la película <em>La mujer del río, </em>ambos comprendieron que querían estar juntos: “Fue durante ese rodaje que comprendimos que estábamos enamorados. Siendo mayor que yo, y más allá del amor, representaba el padre que nunca he tenido.” La pareja se casó en México en 1957, pero el matrimonio se anuló para evitar una demanda por bigamia, teniendo que alejarse de Italia, e incluso está aquella anécdota en la que Sophia viaja a Venecia para recoger la Copa Volpi de la Mostra a la Mejor Actriz por su interpretación en la película <em>La orquídea negra</em>, y donde la actriz decidiría permanecer solamente un par de horas encerrada en el teatro Lido antes de huir por temor de ser detenida. Finalmente, y tras una espera de casi diez años, y luego de que se les concediera la ciudadanía francesa, la pareja formaliza su unión y contrae nupcias en la ciudad parisina. La pareja tuvo dos hijos: Carlo y Edoardo. Sophia fue consciente de que sería su belleza física la que estaba seduciendo en las pantallas, pero que esta belleza no duraría para siempre, y de allí que buscó insistentemente madurar con sus personajes y evolucionar en sus interpretaciones, hasta el punto de ganarse un puesto como actriz destacada por su talento y ya no sólo por sus atributos. En 1954 trabaja por primera vez con Vittorio De Sica y actúa junto a Marcello Mastroianni, convirtiéndose junto a Claudia Cardinale y a un puñado de actrices como las mujeres más hermosas del neorrealismo italiano. A mediados de la década del cincuenta Sophia tendría la oportunidad de trabajar con lo más destacado del mundo hollywoodense. Se recuerdan algunas películas que rodó bajo un contrato con los Estudios Paramount: <em>Deseo bajo los olmos </em>con Anthony Perkins, <em>Orgullo y pasión </em>con Frank Sinatra, <em>Houseboat </em>junto a Cary Grant, y para fines de los cincuentas <em>Heller in Pink Tights </em>(El pistolero de Cheyenne), dirigida por George Cukor y coprotagonizada por Anthony Quinn. En la década de los sesenta Sophia cobraría aún más popularidad, participando principalmente en producciones italianas, y en donde podía hablar su lengua materna, permitiendo así una actuación mucho más natural. En 1960, con la película <em>La ciociara </em>(Dos mujeres), del director Vittorio de Sica, Sophia Loren se alzaba con la estatuilla del Óscar, siendo la primera persona en recibir tal distinción con una interpretación en una lengua distinta al inglés. El rol de la madre que lucha por sobrevivir junto a su hija en época de guerra, le valió además otros veintidós reconocimientos en varios festivales: Cannes, Berlín y Venecia, entre otros. Así relata Sophia ese momento de nerviosismo cuando se negó a asistir a los premios de la Academia para quedarse en casa y sufrir a solas la tanta incertidumbre: “Me vino la iluminación. La salsa de tomate, justo, la salsa de tomate. ¡Qué boba no haberlo pensado antes! En la cocina me sentía segura, podría distraerme de esas ansias que no conseguía aplacar. Me puse a picar cebolla, entre otras cosas para ocultar las lágrimas que me caían, e inmediatamente me sentí mejor.” Al día siguiente un amigo y colega la llamó para informarle, por si aún no lo sabía, que había sido ella la ganadora. En adelante se caracterizaría por representar personajes históricos en películas como <em>El Cid, La caída del Imperio Romano, La condesa de Hong Kong </em>dirigida por Charles Chaplin y coprotagonizada por Marlon Brando, el musical <em>El hombre de la mancha </em>junto a Peter O’Toole, <em>Arabesque </em>con Gregory Peck, <em>Lady L </em>junto a Paul Newman, <em>El puente de Cassandra </em>con Ava Gardner, y otras producciones en las que compartió el set con figuras como Peter Sellers y John Wayne. Sin embargo sus películas más memorables serán las que rodó en Italia, destacando en 1964 <em>Matrimonio a la italiana</em> dirigida por Vittorio de Sica, y en 1977 <em>Una giornata particolare </em>dirigida por Ettore Scola, ambas coprotagonizadas por la gran leyenda masculina del cine italiano, Marcello Mastroianni. Entrados los años ochenta Sophia se interpreta a sí misma en el telefilme <em>Sophia Loren: her own story, </em>y en adelante se dedicaría más a sus hijos, rechazando algunas propuestas para participar en producciones de cine y televisión. En 1982 vuelve a ser portada en los diarios de todo el mundo, pero esta vez por haber sido sentenciada a pagar un año y medio de cárcel por un asunto de evasión fiscal. En 1991, por su “contribución a la industria cinematográfica”, la Academia la reconoce otorgándole un Óscar Honorífico. Reaparecerá años después para reencontrarse con su viejo colega de plató, Marcello Mastroianni, en la película de Robert Altman, <em>Prêt-à-Porter</em>, con un reparto de lujo que incluía a Julia Roberts, Tim Robbins y Kim Bassinger, y que a la postre le valdría una quinta nominación al Globo de Oro. Para 1995 protagonizará junto a Jack Lemmon la exitosa comedia <em>Discordias a la carta, </em>y cuya interpretación le mereció un premio BAFTA y el David de Donatello a la Mejor Actriz. Ese mismo año recibirá también el Premio Cecil B. DeMille en reconocimiento a su trayectoria actoral. A comienzos del siglo XXI la veremos en <em>Nunziata </em>del 2001 y <em>Peperoni ripiene e pesci in faccia </em>de 2004, y para el 2007, ya octogenaria, un documental llamado <em>Sofia: leri, oggi, domani </em>nos contará sobre su vida y sus logros, a través de entrevistas a varios personajes destacados del cine que trabajaron junto a la mítica estrella, como el caso del director Woody Allen. Ese mismo año Sophia Loren hará parte del gran elenco de la película <em>Nine, </em>y que pese a no gozar de la simpatía del público, el filme sería nominado al Premio del Sindicato de Actores como Mejor Reparto, por contar con figuras como Daniel Day-Lewis, Penélope Cruz, Fergie, Kate Hudson, Marion Cotillard y Nicole Kidman. En el 2013 la veremos en la adaptación de la obra de teatro de Jean Cocteau, de 1930, <em>La voix humaine, </em>y que sería dirigida por su hijo Edoardo y su marido. Un año después el American Film Institute también le concedió un premio honorífico por su recorrido actoral, y en años más recientes la hemos visto activa en nuevas producciones, algunas de ellas dirigidas por su propio hijo, como la película <em>The life ahead, </em>de 2020. “La energía y la pasión con la que afronta cada escena es una maravilla digna de ver”, dice su hijo respecto al trabajo de su madre. <strong>Su vida ha gozado de una estabilidad que ha sabido mantener a pesar de ser una de las mujeres más codiciadas del mundo. Cary Grant no pudo nunca conquistarla y aunque estuvo insistiéndolo mucho, y cuando Marlon Brando se atrevió a sobrepasarse ella supo delimitar muy bien su territorio. “Le miré y con calma, mucha calma, le solté: ‘Ni se te ocurra. No tienes ni idea de cómo puedo reaccionar: debes tenerme miedo’”, así es como recuerda dicho episodio. </strong>Enérgica, vitalista, Sophia confiesa “sentir todavía el frenesí de vivir”. Como buena italiana, Sophia disfruta del ambiente familiar que desde siempre la ha venido acompañando. No le teme al paso de los años, sabe qué es lo que la hace ciertamente hermosa: “Nada hace que una mujer sea más bella que su propio convencimiento de que es bella.” Así, conocedora de lo que representa la belleza, es una mujer que ha sabido envejecer con estilo, y mantenerse siempre bella. A sus 81 años sirvió como figura publicitaria de una barra labial para la reconocida marca Dolce &amp; Gabbana y que además lleva su nombre. “Envejecer puede ser agradable, e incluso divertido, si sabes cómo emplear el tiempo, si estás satisfecho de lo que has logrado y si sigues conservando la ilusión”. Ha participado en publicidades de toda clase, desde la venta de jamones y recetarios de cocina, hasta la inauguración de cruceros y ventas de gafas o perfumes. Sophia Loren representa a la italiana por antonomasia, y así lo reconoció su país al nombrarla Miss Italia <em>ad honorem. </em>Aún conserva su mirada felina, sus seductoras curvas y sus labios voluptuosos y una feminidad que no se aparta de ella por más que le pasen los años. Sensual, divertida, sofisticada y glamurosa, hoy día sigue siendo solicitada y querida por productores, disputada por diseñadores y estilistas, y ella sigue intacta vistiendo los trajes más elegantes, perfectamente maquillada y peinada, una estrella que supera el tiempo y que ya no envejece más. Una afortunada en esta vida, así se describe, y es así como explica su gran destino: “Las dos ventajas que tuve al nacer son haber nacido sabia y haber nacido pobre.” Ella es una leyenda viva, y vivas permanecen todas las leyendas. Algo es seguro, y es que, Sophia Loren, nunca morirá, ella no.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 25 Aug 2023 21:40:49 +0000</pubDate>
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        <title>Mary Shelley (1757-1851)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Rodeada de celebridades, Mary asumió la tarea de ser grande no como un suplicio, y aceptó la responsabilidad de peso que significaba tener unos padres ilustres y famosos, y luego casarse con un poeta de renombre que también pasaría a la historia. No fue algo que la presionara por lograr el exitismo; para ella fue [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Rodeada de celebridades, Mary asumió la tarea de ser grande no como un suplicio, y aceptó la responsabilidad de peso que significaba tener unos padres ilustres y famosos, y luego casarse con un poeta de renombre que también pasaría a la historia. No fue algo que la presionara por lograr el exitismo; para ella fue un destino fijado que le correspondía cumplir: “No es extraño que siendo la hija de dos personas que han alcanzado la celebridad literaria, haya tenido desde muy pequeña deseos de escribir.”</p>
<p>En plena época victoriana, en medio de la revolucionada Londres, con su afán por explotar el desarrollo industrial, nacería la hija del novelista y filósofo político, William Godwin, y de Mary Wollstonecraft, reconocida filósofa y escritora de uno de los baluartes del feminismo, <em>La vindicación de los Derechos de la Mujer</em><em>, </em>y que moriría después de dar a luz a Mary luego de que no pudiera expulsar la placenta, y debido a los problemas de asepsia acabaría contrayendo una letal infección. La pareja gozaba de cierta estabilidad emocional, Wollstonecraft decía haber encontrado en Godwin “la verdadera felicidad… la amistad e intimidad que nace entre dos seres iguales.”</p>
<p>La niña conoció de fondo el pensamiento de su madre, inspirando muchas de sus propias ideas respecto a ser una mujer independiente, intelectualmente preparada, además de una artista. “El recuerdo de mi madre ha sido el orgullo de mi vida”, diría, y al parecer nunca podría superar una rara culpa por sentir que su nacimiento fue precisamente lo que le ocasionó la muerte. Fue por esto que Mary sería criada por su padre, por quien siempre mostró un “cariño excesivo”; un hombre de letras que animó a su hija para que escribiera cartas, a lo que siguieron las primeras historias de una futura gran escritora.</p>
<p>La biblioteca de su padre sirvió como bastión de su conocimiento, que sería afianzado luego de que éste le contratara una institutriz y un tutor, y que él mismo dedicara parte de su tiempo para instruir personalmente a su hija. Su método de enseñanza, clásico, riguroso, incluía lecturas en griego y latín de las antiguas obras de Grecia y Roma. A todo este bagaje educativo se sumarían las amistades que solían frecuentar a su padre, y en cuyas tertulias participaba Mary, despertando de esta forma su interés político y filosófico y sus ideas liberales.</p>
<p>Tuvo una infancia feliz, pese a no sentir nunca un especial afecto por su madrastra, Mary Jane Clairmont, con quien su padre contraería nupcias cuando Mary contaba con tres años de edad. Se trataba de una vecina que tenía un par de hijos y que no contaba con muy buena reputación, a parte que no le agradaba mucho a los amigos de William. Sin embargo su presencia serviría para alentarlo a emprender una editorial, que al comienzo conseguiría despegar pero que finalmente acabaría llevándolo a la bancarrota. Desesperado por las deudas, el reconocido filósofo estuvo a punto de pagar cárcel por moroso.</p>
<p>En 1811 Mary pasó seis meses en un internado en Ramgsten, y para ese entonces su padre la describía como una joven “singularmente valiente, un tanto impetuosa y de mente abierta. Sus ansias de conocimiento son enormes, y su perseverancia en todo lo que hace es casi invencible.” Y un año después, cuando su padre la envió a vivir a casa de William Baxter, cerca a Dundee, en Escocia, escribió a su amigo respecto a las prometedoras expectativas que ya albergaba sobre la grandeza de su hija: “Estoy ansioso de que ella crezca, como filósofa, o incluso como escéptica.”</p>
<p>Dos años después regresó a la casa de Baxter para pasar una temporada de diez meses, y sería allí donde por primera vez tuvo la ocurrencia de una suerte de monstruo creado por el hombre, y que el mundo recordará un día como Frankestein. “Imaginé este libro allí. Fue bajo los árboles que rodean la casa, o en las desiertas laderas de las montañas cercanas, donde tuvieron lugar las primeras ideas genuinas y los primeros vuelos de mi imaginación”, es así como describe su epifanía en la introducción del libro editado en 1831.</p>
<p>Alrededor de 1814 Mary conoció al idealista Percy Bysshe Shelley, quien fuera ferviente admirador de Godwin y en especial de su obra <em>Justicia política</em><em>. </em>De condición burgués, Percy había renunciado a una vida cómoda y había donado parte de su herencia anticipada para iniciativas filantrópicas y causas benéficas. En su momento prometió a Godwin ayudarlo económicamente, pero jamás concretaría su asistencia, por lo que Godwin, decepcionado y sintiéndose traicionado, se opondría a que Percy cortejara a su hija. Percy se encontraba casado pero esto no fue impedimento para que comenzara una relación furtiva con Mary, con quien solía reunirse a hurtadillas en el cementerio de St. Pancras Churchyard, sobre la tumba de Mary Wollstonecraft, la madre de Mary. Él tenía 22 años y ella 17.</p>
<p>Ese mismo año de 1814 huirían juntos a Francia, convenciendo a la hermanastra de Mary, Claire Clairmont, para que los acompañara en su aventura que finalmente los llevaría hasta Suiza. Mary describe la situación de aquellos días con excitación: “Estaba actuando en una novela, encarnando un romance.” Durante el viaje la pareja aprovecharía para conocer más a fondo los escritos de Mary Wollstonecraft, y así también aprovecharían para relatar sus experiencias de viaje.</p>
<p>Finalmente se agotarían los recursos y estando en Lucerna decidieron navegar el Rin y viajar hasta el puerto neerlandés de Marsluys, cerca a Gravesend, Kent, y a finales de año se instalarán en la capital inglesa. En aquel entonces Mary se encontraba embarazada​, y por esa época también la esposa de Percy, de la cual no se había separado, estaría también esperando a una criatura. Percy solía coquetear con la hermanastra de Mary, fiel a sus ideales de llevar una relación libre, y sin embargo Mary no jugaba sus cartas y mantuvo su fidelidad hacia el hombre que ciertamente amaba, y apenas flirteó de soslayo con un amigo que la pareja tenía en común, un tipo apellidado Hogg. Era frecuente que Percy viajara fuera de Londres tratando de evadir a los acreedores, lo que sumía a Mary en un estado de depresión que afectaba su embarazo y su salud mental. Sin embargo Mary sabía cómo distraerse en sus tareas intelectuales y en su compromiso como escritora, por lo que su casa sirvió como lugar de encuentro para convocar a intelectuales que solían frecuentarla para celebrar de la tertulia. “Nada contribuye a tranquilizar la mente como un propósito firme, un punto en el que pueda el alma fijar sus ojos intelectuales”, esto decía<strong> la mujer ejemplar que vivía para escribir, y que vivió para escribir. </strong></p>
<p>En 1815 Mary dio a luz a una niña sietemesina que no gozó de muy buena salud y que moriría unos días después. La escritora redactó de inmediato una carta para su amigo Hogg en la cual le relataba del espantoso, lamentable y triste suceso: “Mi querido Hogg: Mi bebé está muerto. Ven a verme tan pronto como puedas, deseo verte. Estaba perfectamente bien cuando me fui a dormir; desperté en la noche para alimentarla y parecía estar ‘durmiendo’ tan profundamente que no quise despertarla. Entonces ya había muerto, pero no me di cuenta de ello hasta la mañana siguiente. Por su apariencia seguramente murió de convulsiones. Ven, eres una criatura tan buena, y Shelley tiene miedo de que el bebé haya sufrido fiebre por la leche. Por el momento ya he dejado de ser madre.”</p>
<p>En 1816 la pareja pasó un verano invernal en Ginebra acompañados de un grupo de amigos intelectuales, entre los que se esperaba a Lord Byron, quien por aquel entonces había comenzado un amorío con Claire, la cual los acompañó en su viaje a Suiza y quien se encontraba embarazada del poeta. A partir de ese entonces Mary adoptó el apellido de Percy y comenzó a hacerse llamar como la conocería el mundo: “Sra. Shelley”.</p>
<p>El verano resultó ser, en palabras de Shelley, “húmedo y poco amable en lo que respecta al clima, ya que la lluvia incesante nos obligó a encerrarnos durante días en la casa.” Cuando el clima se los permitía, el grupo de intelectuales navegaba en el lago, pero principalmente aprovecharían el encierro para compartir ideas y entregarse a la lectura grupal en torno a la chimenea. Discutían respecto a los experimentos del filósofo del siglo XVIII, Erasmus Darwin, quien estuvo obsesionado con la idea de animar la materia sin vida, con la posibilidad de crear un cuerpo y darle un ánima, y así también se interesaban por la lectura de novelas clásicas alemanas sobre apariciones y fantasmas, todo lo cual llevaría a que Shelley tuviera sus primeros destellos y fuera ella quien le diera vida a una nueva idea. Definió este primer destello como un “siniestro terror”. “Vi, con los ojos cerrados pero con una nítida imagen mental, al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al objeto que había armado. Vi al horrible fantasma de un hombre extendido y que luego, tras la obra de algún motor poderoso, éste cobraba vida, y se ponía de pie con un movimiento tenso y poco natural. Debía ser terrible; dado que sería inmensamente espantoso el efecto de cualquier esfuerzo humano para simular el extraordinario mecanismo del Creador del mundo.”​ Esta fue la idea que pondría en marcha toda vez que Byron propuso a sus amigos que escribiera cada uno un relato de tinte terrorífico, siendo Mary y John William Polidori los únicos que cumplieron con la tarea y le dieron “remate”, según palabras de la escritora. Polidori le daría vida a otro personaje de leyenda, el vampiro, mientras que Shelley concibió al también legendario Frankestein. “Me dediqué a pensar en una historia, una historia que rivalizara con las que nos habían entusiasmado con esta tarea. Una que hablara sobre los miedos misteriosos de nuestra naturaleza y despertara un horror emocionante, una que hiciera que el lector temiera mirar a su alrededor, que helara la sangre y acelerara los latidos del corazón. Si no lograba esto, mi historia de fantasmas sería indigna de su nombre.” Es así como describe la escritora el proceso creativo de su aclamada ficción y, lo que comenzó como un relato corto, acabaría en la aclamada novela de <em>Frankenstein o el moderno Prometeo. </em>Fue tanta la emoción que revelaba la artista, que lo definió como “el momento en que por primera vez salté de la infancia a la vida real.”</p>
<p>Percy no dejará de instarla para que mantenga en firme su deseo de consagrarse como una gran novelista. Todos esperaban mucho de ella: “Mi esposo estaba, al principio, muy ansioso de que yo pudiese mostrar orgullosamente mi origen, y escribir mi propia página en el libro de la fama. Siempre me incitó a obtener reputación en el ámbito literario.” Y así Mary pareció haber estado siempre dispuesta y comprometida a cumplir a tan alta demanda.</p>
<p>De regreso a Inglaterra, Mary busca mantener en secreto el embarazo de Claire, al tiempo que recibe un par de comunicados de su media hermana, Fanny Imlay, quien le relata su descontento con la vida y que por aquel entonces decidirá ponerle un fin a este desengaño bebiendo una botella de láudano y dejando apenas una desesperada nota. Así también sucedió con Harriet, la esposa de Percy, quien se arrojó al lago Serpentine de Hyde Park de Londres, siendo ambos suicidios encubiertos por la pareja y por sus familias. Los padres de Harriet se negaban a conceder la custodia de los hijos a Percy, por lo que se le recomendó formalizar su relación con Mary, quien se encontraba en embarazo, siendo así que ese mismo año de 1816 la pareja legalizaría su estado contrayendo matrimonio.</p>
<p>Un año antes de su publicación, Mary dio a conocer <em>Historia de una excursión en seis semanas, </em>un libro en el que recoge los escritos de viaje que escribió junto a su pareja durante su travesía por Francia y posteriormente en Suiza, y en donde incluyó el poema de Percy, <em>Mont Blanc. </em>A la manera como lo harían otros escritores, como era el caso de la misma madre de Shelley, la pareja combinó sus experiencias personales con su oficio de escribir, y en sus relatos se puede apreciar la relación de una pareja idealista y comprometida con su vocación política e intelectual.</p>
<p>A comienzos de 1817 nació la hija de Lord Byron y Claire Clairmont, a la que le dieron el nombre de Alba, pero quien sería luego reconocida como Allegra Byron. Ese mismo año, dando las últimas puntadas a su obra maestra, Mary daría a luz a su tercer hijo, una niña, pudiendo en parte superar la pérdida de su otra hija, a quien solía presenciar a través de tormentosas visiones que tal vez nunca superaría.</p>
<p>Finalmente para 1818 Mary Shelley dará a conocer, y aunque de manera anónima, la obra de terror que con el paso de los años acabaría por convertirse en uno de los grandes clásicos de la literatura universal. Su libro sería valorado por la crítica, y aunque en un comienzo no gozaría de un gran éxito entre el público. Así también el padre de Shelley valoraría enormemente el trabajo creativo de su hija: “<em>Frankestein </em>es el trabajo más maravilloso que se haya escrito en veinte años. Y, más afortunadamente para ti, has seguido un curso de lectura y cultivado tu mente en una manera tan admirable que te ha convertido en una gran exitosa autora. Si tú no puedes ser independiente, quién puede serlo.” Y es que ella misma se sentía orgullosa y sorprendida de su logro, y es así como lo expresaría años más tarde: “¿Cómo pude yo, entonces una muchacha joven, idear y explayarme en una idea tan horrible?”</p>
<p>Por aquellos días la pareja se vio asediada por la precaria situación económica, y asediado por las deudas el marido tendría que abandonar constantemente la ciudad, y esto sumado a sus deslices con otras mujeres, lo cual no resultaba conveniente para la salud de su esposa, quien tuvo siempre como prioridad el velar por sus hijos, sin desistir en ningún momento a su empresa como escritora.</p>
<p>Shelley se convenció de que su oficio como escritora podría brindarle no sólo el bienestar espiritual y su realización en la vida, sino además un modo de ganar el sustento para velar por sus hijos. Sus ambiciones como escritora las dejó claras en alguno de sus diarios: “Creo que puedo mantenerme a mí misma, y hay algo inspirador en la idea.” Finalmente la solución a sus percances financieros lograrían llegar a su fin cuando muere el abuelo de Percy, heredando este una pequeña fortuna que le permitiría a la familia un desahogo e incluso brindarse algunas comodidades.</p>
<p>La familia deja Londres con intenciones de no regresar, realizando un viaje vacacional en Torquay, antes de mudarse a Venecia. En su nueva travesía los acompaña Claire y Alba, esperanzadas de que la cercanía con Lord Byron sirva de pretexto para que este pueda por fin reconocer a su hija. Shelley describiría a Italia como un remanso del que conserva sus mejores memorias, “un país cuyo recuerdo está pintado como un paraíso.” Sin embargo no se entiende muy bien por qué Mary recordará con tanto agrado esta época en Italia, siendo que en los próximos dos años tendría que padecer nuevamente la pérdida de su hija, y unos meses más tarde también la de su hijo.</p>
<p>La pareja llevaría una vida un tanto nómada, yendo de un lado a otro, y estableciéndose durante cortas temporadas en ciertos lugares, entablando amistades y no desaprovechando ocasión para escribir, siendo significativa su estancia de tres meses en Nápoles, donde apenas si eran visitados por un médico. Las infidelidades de Percy, sumado a la depresión generada por la pérdida de sus hijos, sumirían a la escritora en un estado delicado de salud, del que lograría en parte recuperarse toda vez que en 1819 alumbrara nuevamente a un niño.</p>
<p>En adelante escribir será el único refugio y el sentido de vida de la escritora. Mary escribía además con el propósito de alivianar las deudas de su padre, ya que su marido siguió empeñado en no brindarle la ayuda prometida. En corto tiempo la prolífica novelista redactó la novela autobiográfica <em>Mathilda, </em>a la que le siguió una novela histórica titulada <em>Valperga, </em>y las obras teatrales <em>Prosperine </em>y<em> Midas</em>. En <em>Valperga </em>la aparición de mujeres dentro de un contexto político fue una aparición inédita. Shelley redime la figura femenina permitiéndose a través de sus personajes cuestionar las costumbres y los credos establecidos. Sus mujeres representan la ecuanimidad, la paciencia y la razón, el aspecto sensible, mientras que el hombre figura como una presencia irascible, básico, violento. “No deseo que las mujeres tengan más poder que los hombres, sino que tengan más poder sobre sí mismas.”</p>
<p>En la ciudad que Shelley describió como “un paraíso habitado por demonios”, Nápoles, la pareja tuvo que encarar acusaciones y sobornos de quienes querían achacar a Percy la paternidad de una niña, y cuyo caso jamás se esclarecería, sin saberse si se trataba de una hija extramatrimonial, una niña adoptiva u otra hija que Claire Clairmont pretendía ocultar.</p>
<p>En 1822 la pareja se muda a la apacible Villa Magni, junto a las costas de San Terezo, en la bahía de Lerici, y que tal vez por sus malas experiencias Mary recuerda como un “calabozo”, pues sería allí donde recibiría la noticia de que Allegra había muerto por causa de tifus, y donde sufriría un aborto espontáneo que por poco le ocasiona la muerte. Ante la incontrolable hemorragia, Percy sumergió a su mujer en una bañera con hielo, acto que según los médicos salvaría sin saberlo la vida de su esposa. Y sin embargo sería su vida la que no lograría salvar, y una vez más la fatídica muerte tocaba a las puertas de Mary Shelley, luego de que Percy saliera a navegar y una tormenta acabara hundiendo su navío. “Pero tenemos la obligación de esconder nuestro dolor para no aumentar el de los que nos rodean”, dice alguno de sus personajes.</p>
<p>Diez días después de haber zarpado, la marea arrojó hacia las costas de Viareggio el cuerpo sin vida de Percy Shelley. A partir de su muerte la viuda decide escribir la historia de su marido como una estrategia para la pena y el olvido: “Debo escribir sobre su vida; y así mantenerme ocupada en la única manera en que podré hallar consuelo.” Antes de que sus restos fueran incinerados, Mary pidió le extrajeran su corazón, el cual depositó en una reliquia y mantuvo envuelto en una página con un poema hasta el día de su muerte, un cuarto de siglo después.</p>
<p>Durante un año más permaneció en Italia, esta vez en Génova, en la casa de un amigo, donde aprovecharía para reunirse ocasionalmente con Lord Byron y ayudarle con la transcripción de sus poemas. Sin embargo la situación económica era apremiante, por lo que decide regresar a Inglaterra e instalarse con su hijo en la casa de su padre.</p>
<p>Durante la década de los años veinte Mary se ganó la vida redactando relatos breves para libros de regalo o anuarios. Su preocupación sería siempre la de velar por su hijo y por su padre. Una de las antologías más exitosas, <em>The keepsake </em>(El recuerdo), reúne dieciséis de los treinta y un relatos que escribió, en un volumen que tenía una envoltura de seda, y cuyas páginas de bordes dorados tenían como destinatarias a las mujeres de clase media.</p>
<p>Pese a sus tantos relatos escritos, Mary se concebía en principio como una novelista, y fue así como se lo manifestaba a un amigo por medio de correspondencia: “Escribo malos artículos que me ayudan a sentirme mal: pronto voy a escribir una novela buena y espero que su calidad limpie la mala prensa de las revistas.”</p>
<p>Después de mucho insistir, Mary consigue que su suegro le dé una pensión para su hijo, pese a lo cual no se verán nunca y tendrán que comunicarse siempre por medio de abogados. Sin embargo le impuso la condición de que no publicara ninguna biografía respecto a su hijo Percy, lo que no incluía propiamente su obra literaria. Fue por esto que durante años Mary se dedicó a editar los poemas de su marido, sobrellevando los gastos de su hijo y ayudando a su padre para cumplir a sus acreedores. Y pese a que las circunstancias económicas solían serle adversas, la escritora insistía en que “es justicia, no caridad, lo que está deseando el mundo.”</p>
<p>En 1824 Mary publica una selección de la poesía de Percy bajo el título, <em>Poemas póstumos,</em> en un intento por presentar a un artista más que a un político, ya que para ella “Percy identifica el espíritu de la poesía en sí misma”, y así mismo se reconocía como su “musa.” Quiso dar a conocer el trabajo de su marido de la forma “más popular posible”, y ya que le tenían vedado escribir acerca del autor, aprovechó muchos de los poemas para agregar algunos comentarios que contextualizan en parte sobre la vida del poeta.</p>
<p>Para 1826 Mary Shelley publica la novela de terror que muchos años después será llevada al cine y luego reencauchada, adaptación de <em>El último hombre</em> (en donde también aparecerá la ficción de una máquina voladora), y que protagonizaría Will Smith con el título de <em>Soy leyenda.</em> Un año más tarde publica su segunda novela histórica, <em>Perkin Warbeck</em>, y en la cual pretende valorar una vez más la presencia poderosa de la mujer como un agente determinante en la trama.</p>
<p>En 1828 contrae viruela mientras visitaba París, y pese a que pudo superar la enfermedad, su aspecto físico y su salud se verían severamente deteriorados. En 1830 vendió por 60 libras los derechos de autor de su <em>Frankestein, </em>y un año después vendría la segunda edición de su obra más grande.</p>
<p>De carácter gótico, considerada como la primera novela de ciencia ficción, <em>Frankestein </em>abre el camino para un género literario que a partir del momento cobrará un tremendo impulso. Shelley no expone argumentos propiamente científicos, y también sugiere que no esconde un sentido “filosófico”, que la novela surge como una simple “distracción” que acabó en un relato de terror con un tinte existencial.</p>
<p>Muchos críticos han querido ver en los relatos de Shelley y en sus personajes un reflejo de su propia vida y una transcripción de sus historias propias. El personaje fabricado por miembros humanos y que cobrará vida, es una criatura que carece de nombre, sugiriendo la orfandad que también padeció su creadora. Son múltiples las asociaciones que podríamos ingeniar, y especular una cantidad de interpretaciones respecto al carácter y la filosofía de sus personajes. Godwin defendió los personajes de su hija, argumentando que se trata de “estereotipos, no retratos.” Por su parte la autora señala que no daba crédito a que los artistas “se copiasen meramente de sus propios corazones.” Shelley dijo de su personaje monstruoso que “reconocía la división de la propiedad, las inmensas riquezas y la pobreza mísera.” Un ser sin embargo temible por no tener nada que perder: “Ten cuidado, porque no tengo miedo y eso me hace poderoso.”</p>
<p>Se trata así de un relato de terror que entremezcla el debate moral y político, encarnado en la figura protagónica del estudiante de medicina Victor Frankestein. “Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme la felicidad, y volveré a ser virtuoso”, dice el confundido creador del esperpento. “Una nueva especie que me bendecirá como su origen y creador”, augura Victor. Algún crítico percibe en Frankestein una especie de Satanás salido de <em>El paraíso perdido </em>de John Milton, así como del mito griego del Prometeo encadenado, un hombre que se ha revelado a los dioses para encarar su propio destino de dios creador. “Yo, como el archidemonio, llevaba un infierno en mis entrañas; y, no encontrando a nadie que me comprendiera, quería arrancar los árboles, sembrar el caos y la destrucción a mi alrededor, y sentarme después a disfrutar de los destrozos”, dirá alguno de sus personajes. Visto así, la novela se opone al sentido progresista de un individualismo egocéntrico, cuestionando el pensamiento antropocentrista que entiende al ser humano como el centro del universo, y desafiándolo a encontrar su lugar en la naturaleza para que por fin asuma el control de su propia historia.</p>
<p>En 1835 escribe <em>Lodore, </em>una novela basada en ideologías políticas, y que cuestiona el papel de la mujer en la sociedad, en medio de una cultura patriarcal y divisoria, y en donde a la mujer, sin acceso a la educación, no le queda más que ocupar el sumiso y obediente rol de un ser dependiente del hombre. La historia de la novela plantea un sistema educativo en igualdad de condiciones sin distinción de género, apoyando la idea de que esto significaría una mejora respecto a la justicia social, además del aporte intelectual y espiritual que la mujer tiene para ofrecer en el contexto histórico.</p>
<p>En 1837 publicó <em>Falkner, </em>novela singular dado que es la única en la que finalmente su heroína conquista su objetivo, sobreponiendo su coraje por encima de la agresión masculina, y cuestionando a los hombres por su falta de “compasión, comprensión y generosidad.” Por esos mismos días William Godwin morirá siendo ya un octogenario, y a partir de su muerte -y tal cual lo había pedido en su testamento- la incansable Mary, en su tarea editorial, empezó a reunir las cartas de su padre y todo tipo de documentos, para presentar una obra que diera razón de otros aspectos desconocidos del renombrado filósofo y político; pero unos años después renunciaría a este proyecto que nunca llegaría a concretarse. Sin embargo sí concretaría su tarea de reunir la biografía de algunos personajes notables de Italia, España, Portugal y Francia, contribuyendo con cinco tomos de lo que bautizó como <em>Dionysius Lardner: vidas de los científicos y escritores más eminentes</em><em>, </em>y que serían integrados a la exitosa obra de difusión enciclopédica para la clase media, <em>Cabinet Cyclopaedia</em>.</p>
<p>Mary no descansaría en su labor de dar a conocer a su admirado esposo, siendo así que para 1838 publica una nueva selección de sus poemas, cartas y ensayos en un libro titulado <em>Obras poéticas</em><em>, </em>y manteniendo en firme la promesa que hizo a su suegro de no publicar sobre la vida del autor, Mary se valdría nuevamente de la inclusión de disimuladas notas biográficas que juntaba a los poemas, dando cuenta de su personalidad y de algunas de sus experiencias. Para ese entonces la editora de Percy Shelley había cumplido su cometido y el nombre de su marido había cobrado importancia y admiración entre el público y la crítica, y más impulso cobraría luego de que durante años estuviera publicando varios de sus mejores poemas en el anuario <em>El recuerdo</em>.</p>
<p>En 1844 publica un trabajo que viene elaborando desde hace unos cuatro años, <em>Caminatas en Alemania e Italia</em>, un libro que recoge sus experiencias de viaje al lado de su hijo, y que saldría a la luz por la misma época en la que muere su suegro, ya casi nonagenario, “abandonando el mundo como una flor marchita”, en palabras de la misma Mary, y dejando para su nieto una pequeña fortuna con la cual finalmente la escritora y su hijo lograrían una cierta comodidad financiera.</p>
<p>A lo largo de su vida mantuvo romances e idilios breves con actores, políticos y escritores, y tuvo que enfrentar cartas de amenaza, sobornos en los que le reclamaban la paternidad de su exesposo por ciertos hijos ilegítimos, o demandas por la autoría en entredicho de algunos poemas publicados, pero a todo esto le haría frente la combativa escritora, perdiendo sin embargo su lucha en el terreno de la salud.</p>
<p>Sus últimos años tendría que lidiar con las dolencias y padecimientos que la llevaron a una parálisis de distintas extremidades, impidiéndole escribir e inclusive leer. Finalmente en 1851, a sus 53 años de edad, en Chester Square, la madre del monstruo sensible de la novela de <em>Frankestein </em>se despedía de este mundo debido a un tumor cerebral. “Amo la vida, pese a que no es más que un cúmulo de angustias, y la defenderé.”</p>
<p>Después de su muerte su hijo encontró entre los objetos de valor de su madre aquel corazón de Percy envuelto en un poema, además de un cuaderno escrito por ambos amantes y varios mechones de pelo de sus hijos difuntos. También estaba entre sus pertenencias una copia del poema escrito por Percy y que fuera titulado <em>Adonäis. </em>La mayor parte de la producción literaria que escribió en su juventud se ha perdido, y se habla de una obra que hubiera sido su primer poema y que se conoce como <em>Mounseer Nongtongpaw</em><em>, </em>y que contendría algunos versos cómicos que la prometedora escritora de 10 años redactó para el agrado de su padre.</p>
<p>Varias de sus obras ubican a la mujer como el centro de la trama y la solución al conflicto y el bastión de la familia, y así también se permite explorar sin tabúes el reprimido deseo sexual femenino, convirtiéndose sin que se lo hubiera propuesto en una pionera de la literatura feminista. Hacia 1970, con el auge de la revelación feminista, el mundo literario prestó mayor interés en la obra de Mary Shelley, y especialmente por la obra que le dio un lugar notable entre los grandes clásicos de la literatura universal, <em>Frankestein. </em>Hasta entonces solamente había sido apreciada como editora de las obras de su marido, aparte de ser la hija de aquellas figuras notables, pero una vez se redescubre su novela, el nombre de Mary Shelley cobrará un distintivo único.</p>
<p>Los últimos años sus otros relatos y novelas han ido siendo también desempolvadas y han ido despertando el interés de un público cada vez mayor. Pasados más de doscientos años de su primera publicación, el monstruo que se convirtió en un mito ha sido traducido a decenas de distintos idiomas. De su afamada historia se han hecho más de ciento cincuenta versiones distintas y su personaje ha sido producto de un sinfín de adaptaciones.</p>
<p>Escritora, dramaturga, ensayista, biógrafa, de esta prolífica autora y figura primordial del romanticismo se han hecho documentales, pinturas, obras teatrales, cómics y más recientemente su historia fue llevada al cine en la película <em>Mary Shelley. </em>En 1989 salió a luz la más esmerada biografía de Shelley, escrita por Emily Sunstein y titulada <em>Mary Shelley: romance y realidad.</em></p>
<p>La historia que escribió no sólo ha inspirado a otros escritores que le sucedieron como Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne y Herman Melville, sino que su propia historia ha servido para inspirar a otras mujeres que, como ella, reclaman independencia y se han forjado una carrera como destacadas escritoras. Su esfuerzo y dedicación a la disciplina que amaba, su esmero por engrandecer sus conocimientos y el empeño que sostuvo para mantener su propósito de convertirse en una gran escritora han tenido su recompensa.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 30 Jun 2023 08:51:17 +0000</pubDate>
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