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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Truman Capote | Blogs El Espectador</title>
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        <item>
        <title>Truman Capote: Lengua venenosa, pluma prodigiosa</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/truman-capote-lengua-venenosa-pluma-prodigiosa/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hace 100 años nació Truman Capote (30 de septiembre de 1924) y murió hace 40 años (25 de agosto de 1984). Homenaje a un grande de la literatura y el periodismo. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size">El actor Philip Seymour Hoffman dio vida a Truman Capote en el cine.</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-0d9adf010bb60f37c31128a7aacb9f68"><strong>¿Por qué la vida tiene que ser tan jodidamente podrida?”: Truman Capote.</strong></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-f93deec4b50422fd2c124229c0d2a361"><strong>“La fama es el gran afrodisiaco”: Truman Capote.</strong></p>



<p>Quisiera escribir como aquel tipo que encantó y desencantó a la sociedad de su tiempo, ese <em>niño terrible</em> del periodismo y la literatura que hizo y dijo lo que se le dio la gana.</p>



<p>No salí a la calle en toda una Semana Santa por leer <em>A sangre fría</em>. Quería para mí un talento semejante. Luego escarbé en su vida: un tipo buena vida norteamericano con una infancia difícil, de poca estatura y voz aflautada (¿o debiéramos decir afeminada para no cansar con los eufemismos?), cuyo nombre real era Truman Streckfus Persons, aunque él prefirió llevar el segundo apellido de su padrastro cubano, un tal Joseph García Capote. <em>“Te agradecería que en el futuro te dirigieras a mi como Truman Capote, porque todo el mundo me conoce por este nombre”,</em> le escribió a su padre en un papel.</p>



<h2 class="wp-block-heading">“Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”: Truman Capote.</h2>



<p>No hay manera de contradecirlo. Fue eso y más: llevó el periodismo a otro nivel. Afirmó que había inventado un nuevo género literario, <em>“la novela de no ficción”,</em> hecho que lo convirtió en una figura destacada del llamado <em>Nuevo Periodismo</em>.</p>



<p>En la biografía oficial habla de esa pasión. <em>“El secreto del arte de entrevistar (porque es un arte) es dejar que el otro crea que te está entrevistando a ti. Empiezas hablando de ti y lentamente vas tendiendo la tela de araña y acaba contándolo todo. Así cacé a Marlon (Brando)”</em>.</p>



<p>Hasta entonces no había leído nada suyo y en adelante quise leerlo todo, que es el efecto embriagador que causan los grandes escritores, esos genios que nacen de a uno cada siglo.</p>



<p>Así llegué a obras como <em>“Plegarias atendidas”, “Otras voces, otros ámbitos”, “Desayuno en Tiffany´s” </em>o<em> “Música para camaleones”</em> y a sus cuentos completos. Maravillado, busqué su biografía oficial, la de Gerald Clarke. Al cerrar el libro en la página 716 entendí que la vida del propio Capote (y así la de sus padres, pero en especial la de su madre), fue en sí misma una novela, con todo y los episodios sórdidos que la rodearon: una niñez con más soledad que amor, sus primeros escritos siendo niño, sus relaciones tormentosas y, víctima de la celebridad, su descenso a los infiernos: una mezcla letal de drogas, alcohol, soledad y depresión. Varias veces se presentó borracho a lecturas y entrevistas. &nbsp;</p>



<h2 class="wp-block-heading">“Me prometió el mundo y no me dio más que un plato de lentejas”, dijo de Truman Capote uno de sus amantes&#8221;.</h2>



<p>Truman se dedicó a consolar a sus cisnes, que así llamaba a las mujeres con belleza, riqueza y clase de la alta sociedad neoyorquina, a quienes les sirvió de almohada y pañuelo para que lloraran sus desdichas. No sabían que su amigo –su canalla amigo- escribiría todo cuanto vio y escuchó, tirando al traste amistades de años. Yo diría: De los escritores no te confíes, porque donde unos ven chismes, ellos ven literatura. Y ninguno viste de sotana que los obligue a guardar confesiones.</p>



<p>Aunque usó nombres ficticios, los aludidos sabían que aquella ficción los delataba. Tales&nbsp;infidencias forman parte del relato <em>La Cote Basque</em>, del libro “Plegarias atendidas”.&nbsp;Este 2024, el canal HBO Max estrenó la serie de ocho capítulos basada en dicho relato: <em>Feud: Capote vs. The Swans</em>.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe title="FEUD: Capote Vs. The Swans Trailer (2024) Naomi Watts, Demi Moore" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/WeE1pRfIt8k?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
</div></figure>



<p>Capote se defendió con el único argumento posible: <em>“Yo no he dicho eso. Lo dice un personaje. No se puede acusar a un escritor de lo que dicen los personajes”.</em> Sus declaraciones levantaban polvo, no exentas de veneno. <em>“Toda la literatura, desde las biografías a los ensayos, pasando por las novelas y los cuentos, no es más que chismorreo”.</em></p>



<p>Fue una persona de amores y odios. Acribillaba con sus palabras. De hecho, el periodista Lawrence Grobel le dedicó su libro <em>“Conversaciones íntimas con Truman Capote”</em> con esta frase: <em>“A Truman, que afiló la pluma sin miedo”.</em></p>



<p>Tan venenosas fueron su prosa y su lengua que para una nueva biografía el escritor George Plimpton juntó el testimonio de quienes lo amaron y lo odiaron. Cada cierto tiempo la prensa nos recuerda que fue el anfitrión de <em>&#8220;La fiesta del siglo&#8221;</em>. Con su “baile en blanco y negro&#8221; (1966, Hotel Plaza de Nueva York) <em>“hizo 540 amigos y 15.000 enemigos”</em>, así reseñado por <a href="https://elpais.com/icon-design/arte/2020-11-27/cuando-truman-capote-diseno-una-fiesta-en-blanco-y-negro-la-convirtio-en-el-baile-del-siglo-y-se-enemisto-con-medio-mundo.html"><em>El País</em>.</a> Lo planeó para dejar por fuera personas a las que detestaba.</p>



<h2 class="wp-block-heading">“Lo que no entiendo es porque todo el mundo decía que los Kennedy eran tan sexys. Sé mucho de pollas, he visto un montón y si hubiesen empalmado todas las de los Kennedy habría salido una buena”: Truman Capote.</h2>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size">(Cita tomada del libro<em> &#8220;Truman Capote: La biografía definitiva</em>).</p>



<p>Así era él: sin pelos en la lengua, un imprudente que hacía las delicias en cualquier reunión. Despreciaba a Ernest Hemingway como persona y como escritor; en cambio, consideraba muy buenos los relatos de John Cheever. (¡Y sí que lo son!). Admiraba a escritores como Faulkner y Nabokov. De los suramericanos confesó simpatía por Gabriel García Márquez; a Borges lo consideraba de segunda categoría” y de Albert Camus dijo que no se mereció el Premio Nobel de Literatura.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="643" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/09/30081741/Z-CAPOTE-A-SANGRE-FRIA-1-643x1024.jpg" alt="" class="wp-image-106050" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/09/30081741/Z-CAPOTE-A-SANGRE-FRIA-1-643x1024.jpg 643w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/09/30081741/Z-CAPOTE-A-SANGRE-FRIA-1-188x300.jpg 188w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/09/30081741/Z-CAPOTE-A-SANGRE-FRIA-1-768x1224.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/09/30081741/Z-CAPOTE-A-SANGRE-FRIA-1.jpg 866w" sizes="(max-width: 643px) 100vw, 643px" /></figure>



<p>“A sangre fría” (1965), su obra maestra, es lectura obligada para escritores y periodistas; le tomó seis años escribirla, principio y fin de su genialidad.</p>



<p>Corrió el rumor de que se enamoró de uno de los asesinos pero luego quedó claro que fingió su amistad, con cartas, libros y regalos mientras los visitaba en la cárcel para sacar información. Ellos pensaban que él escribiría un libro para salvarlos y él sólo quería publicarlo y olvidarse de todo.</p>



<p><em>“Me han dicho que el libro está a punto de imprimirse y que van a venderlo después de nuestras ejecuciones”,</em> le dijo ofuscado Perry, uno de los criminales.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><em>“Escribir el libro no me resultó tan difícil como tener que vivir con él. Todo ese maldito asunto, día a día y día a día. Fue mortificante, una verdadera fuente de ansiedad, tan desolador, tan anonadante, y… tan triste”.</em></h2>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size">(Cita tomada del libro <em>Truman Capote: La biografía definitiva</em>).</p>



<p>La película <em>Capote</em> (Prime Video), en la piel del actor Philip Seymour Hoffman, ya fallecido, muestra cómo se gestaron la investigación y escritura, y sus artimañas en ese proceso. Todo empezó cuando leyó en la primera plana de&nbsp;<em>The New York Times</em> sobre una familia que había sido masacrada en su casa de Kansas. Tenía el olfato del reportero audaz que se huele las buenas historias a distancia.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-4-3 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe title="Trailer Capote Oscar 2006" width="500" height="375" src="https://www.youtube.com/embed/BoRX7e5_nO0?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
</div></figure>



<p>Si el lector quiere leer una novela fascinante, lea <em>A sangre fría</em>. Cada página es como estar ahí, testigo del horror, sintiendo el terror que experimentó la joven Nancy al descubrir los cadáveres de la familia Clutter.</p>



<p><em>“Cada vez que cojo A sangre fría lo leo de cabo a rabo, como si no lo hubiera escrito yo. No le cambiaría ni una coma”,</em> le dijo a Lawrence.</p>



<p>Quería reencarnar en un buitre, odiaba ir a funerales y anhelaba ganarse el Nobel. Envidiables su memoria y su nivel de precisión para describir escenas, personajes y situaciones. Podía recordar el 90% de las charlas para luego transcribirlas.</p>



<h2 class="wp-block-heading">“Los libros que leí por mi cuenta tuvieron una importancia mucho mayor que mi educación oficial, que fue una pérdida de tiempo y concluyó cuando cumplí diecisiete años”: Truman Capote. </h2>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size">(Cita tomada del Libro <em>Conversaciones íntimas con Truman Capote</em>, Anagrama)</p>



<p>Parte de <em>A sangre fría</em> la escribió en una casa española, entre pinos sobre un risco, que ahora es refugio para escritores de todo el mundo: poetas, novelistas, ensayistas, cuentistas e historietistas. Una vez aprobada la solicitud, durante un mes, cuatro personas pueden convivir en la <a href="https://rlfinestres.com/"><em>Residència Literària Finestres</em>.</a></p>



<p>Se trata de <em>“un territorio de calma y recogimiento, alejado de los afanes urbanos, donde se cultiva la imaginación y el pensamiento a través de la escritura”.</em></p>



<p>Truman no encontró cómo regresar del averno. El forense dijo que su muerte fue resultado de hepatitis, flebitis e intoxicación por múltiples fármacos. Aunque el genio de hueso y carne está en el cielo de los escritores desde&nbsp;1984, su genialidad quedó atrapada en su obra.</p>



<p>Genio y figura hasta la sepultura, el mundo celebra hoy a un iconoclasta, a un irrepetible. ¡Gracias Truman Capote!</p>
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        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=106045</guid>
        <pubDate>Mon, 30 Sep 2024 13:23:08 +0000</pubDate>
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                            </item>
        <item>
        <title>Truman Capote: Lengua venenosa, pluma genial</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/truman-capote-lengua-venenosa-pluma-genial/</link>
        <description><![CDATA[<p>Este 2024 se conmemoran cien años del natalicio de Truman Capote y cuarenta de su muerte: 30 de septiembre de 1924 &#8211; 25 de agosto de 1984. Homenaje a un grande de la literatura y el periodismo.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size">El actor Philip Seymour Hoffman dio vida a Truman Capote en el cine. </p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-0d9adf010bb60f37c31128a7aacb9f68"><strong>¿Por qué la vida tiene que ser tan jodidamente podrida?”: Truman Capote.</strong></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-f93deec4b50422fd2c124229c0d2a361"><strong>“La fama es el gran afrodisiaco”: Truman Capote.</strong></p>



<p></p>



<p>Quisiera escribir como aquel tipo que encantó y desencantó a la sociedad de su tiempo, ese <em>niño terrible</em> del periodismo y la literatura que hizo y dijo lo que se le dio la gana.</p>



<p>No salí a la calle en toda la Semana Santa por leer <em>A sangre fría</em>. Quería para mí un talento semejante. Luego escarbé en su vida: un tipo buena vida norteamericano con una infancia difícil, de poca estatura y voz aflautada (¿o debiéramos decir afeminada para no cansar con los eufemismos?), cuyo nombre real era Truman Streckfus Persons, aunque él prefirió llevar el segundo apellido de su padrastro cubano, un tal Joseph García Capote. <em>“Te agradecería que en el futuro te dirigieras a mi como Truman Capote, porque todo el mundo me conoce por este nombre”,</em> le escribió a su padre en un papel.</p>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-right">“Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”: Truman Capote. </h2>



<p>No hay manera de contradecirlo. Fue eso y más: llevó el periodismo a otro nivel. Afirmó que había inventado un nuevo género literario, <em>“la novela de no ficción”,</em> hecho que lo convirtió en una figura destacada del llamado <em>Nuevo Periodismo</em>.</p>



<p>En la biografía oficial habla de esa pasión. <em>“El secreto del arte de entrevistar (porque es un arte) es dejar que el otro crea que te está entrevistando a ti. Empiezas hablando de ti y lentamente vas tendiendo la tela de araña y acaba contándolo todo. Así cacé a Marlon (Brando)”</em>.</p>



<p>Hasta entonces no había leído nada suyo y en adelante quise leerlo todo, que es el efecto embriagador que causan los grandes escritores, esos genios que nacen de a uno cada siglo.</p>



<p>Así llegué a obras como <em>“Plegarias atendidas”, “Otras voces, otros ámbitos”, “Desayuno en Tiffany´s” </em>o<em> “Música para camaleones”</em> y a sus cuentos completos. Maravillado, busqué su biografía oficial, la de Gerald Clarke. Al cerrar el libro en la página 716 entendí que la vida del propio Capote (y así la de sus padres, pero en especial la de su madre), fue en sí misma una novela, con todo y los episodios sórdidos que la rodearon: una niñez con más soledad que amor, sus primeros escritos siendo niño, sus relaciones tormentosas y, víctima de la celebridad, su descenso a los infiernos: una mezcla letal de drogas, alcohol, soledad y depresión. Varias veces se presentó borracho a lecturas y entrevistas. &nbsp;</p>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-right">“Me prometió el mundo y no me dio más que un plato de lentejas”, dijo de Truman Capote uno de sus amantes&#8221;.</h2>



<p>Truman se dedicó a consolar a sus cisnes, que así llamaba a las mujeres con belleza, riqueza y clase de la alta sociedad neoyorquina, a quienes les sirvió de almohada y pañuelo para que lloraran sus desdichas. No sabían que su amigo –su canalla amigo- escribiría todo cuanto vio y escuchó, tirando al traste amistades de años. Yo diría: De los escritores no te confíes, porque donde unos ven chismes, ellos ven literatura. Y ninguno viste de sotana que los obligue a guardar confesiones.</p>



<p>Aunque usó nombres &nbsp;ficticios, los aludidos sabían que aquella ficción los delataba. Tales&nbsp;infidencias forman parte del relato <em>La Cote Basque</em>, del libro “Plegarias atendidas”.&nbsp;Este 2024, el canal HBO Max estrenó la serie de ocho capítulos basada en dicho relato: <em>Feud: Capote vs. The Swans</em>,</p>



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<p>Capote se defendió con el único argumento posible: <em>“Yo no he dicho eso. Lo dice un personaje. No se puede acusar a un escritor de lo que dicen los personajes”.</em> Sus declaraciones levantaban polvo, no exentas de veneno. <em>“Toda la literatura, desde las biografías a los ensayos, pasando por las novelas y los cuentos, no es más que chismorreo”.</em></p>



<p>Fue una persona de amores y odios. Acribillaba con sus palabras. De hecho, el periodista Lawrence Grobel le dedicó su libro <em>“Conversaciones íntimas con Truman Capote”</em> con esta frase: <em>“A Truman, que afiló la pluma sin miedo”.</em> </p>



<p>Tan venenosas fueron su prosa y su lengua que para una nueva biografía el escritor George Plimpton juntó el testimonio de quienes lo amaron y lo odiaron. Cada cierto tiempo la prensa nos recuerda que fue el anfitrión de <em>&#8220;La fiesta del siglo&#8221;</em>. Con su “baile en blanco y negro&#8221; (1966, Hotel Plaza de Nueva York) <em>“hizo 540 amigos y 15.000 enemigos”</em>, así reseñado por <a href="https://elpais.com/icon-design/arte/2020-11-27/cuando-truman-capote-diseno-una-fiesta-en-blanco-y-negro-la-convirtio-en-el-baile-del-siglo-y-se-enemisto-con-medio-mundo.html"><em>El País</em>.</a> Lo planeó para dejar por fuera personas a las que detestaba. </p>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-right">“Lo que no entiendo es porque todo el mundo decía que los Kennedy eran tan sexys. Sé mucho de pollas, he visto un montón y si hubiesen empalmado todas las de los Kennedy habría salido una buena”: Truman Capote. </h2>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size">(Cita tomada del libro<em> &#8220;Truman Capote: La biografía definitiva</em>).</p>



<p>Así era él: sin pelos en la lengua, un imprudente que hacía las delicias en cualquier reunión. Despreciaba a Ernest Hemingway como persona y como escritor; en cambio, consideraba muy buenos los relatos de John Cheever. (¡Y sí que lo son!). Admiraba a escritores como Faulkner y Nabokov. De los suramericanos confesó simpatía por Gabriel García Márquez; a Borges lo consideraba de segunda categoría” y de Albert Camus dijo que no se mereció el Premio Nobel de Literatura.</p>



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<p>“A sangre fría” (1965), su obra maestra, es lectura obligada para escritores y periodistas; le tomó seis años escribirla, principio y fin de su genialidad.</p>



<p>Corrió el rumor de que se enamoró de uno de los asesinos pero luego quedó claro que fingió su amistad, con cartas, libros y regalos mientras los visitaba en la cárcel para sacar información. Ellos pensaban que él escribiría un libro para salvarlos y él sólo quería publicarlo y olvidarse de todo.</p>



<p><em>“Me han dicho que el libro está a punto de imprimirse y que van a venderlo después de nuestras ejecuciones”,</em> le dijo ofuscado Perry, uno de los criminales. </p>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-right"><em>“Escribir el libro no me resultó tan difícil como tener que vivir con él. Todo ese maldito asunto, día a día y día a día. Fue mortificante, una verdadera fuente de ansiedad, tan desolador, tan anonadante, y… tan triste”.</em> </h2>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size">(Cita tomada del libro <em>Truman Capote: La biografía definitiva</em>).</p>



<p>La película <em>Capote</em> (Prime Video), en la piel del actor Philip Seymour Hoffman, ya fallecido, muestra cómo se gestaron la investigación y escritura, y sus artimañas en ese proceso. Todo empezó cuando leyó en la primera plana de&nbsp;<em>The New York Times</em> sobre una familia que había sido masacrada en su casa de Kansas. Tenía el olfato del reportero audaz que se huele las buenas historias a distancia. </p>



<p>Si el lector quiere leer una novela fascinante, lea <em>A sangre fría</em>. Cada página es como estar ahí, testigo del horror, sintiendo el terror que experimentó la joven Nancy al descubrir los cadáveres de la familia Clutter.</p>



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<p><em>“Cada vez que cojo A sangre fría lo leo de cabo a rabo, como si no lo hubiera escrito yo. No le cambiaría ni una coma”,</em> le dijo a Lawrence.</p>



<p>Quería reencarnar en un buitre, odiaba ir a funerales y anhelaba ganarse el Nobel. Envidiables su memoria y su nivel de precisión para describir escenas, personajes y situaciones. Podía recordar el 90% de las charlas para luego transcribirlas.</p>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-right">“Los libros que leí por mi cuenta tuvieron una importancia mucho mayor que mi educación oficial, que fue una pérdida de tiempo y concluyó cuando cumplí diecisiete años”. </h2>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size">(Cita tomada del Libro <em>Conversaciones íntimas con Truman Capote</em>, Anagrama)</p>



<p>Parte de <em>A sangre fría</em> la escribió en una casa española, entre pinos sobre un risco, que ahora es refugio para escritores de todo el mundo: poetas, novelistas, ensayistas, cuentistas e historietistas. Una vez aprobada la solicitud, durante un mes, cuatro personas pueden convivir en la <a href="https://rlfinestres.com/"><em>Residència Literària Finestres</em>.</a></p>



<p>Se trata de <em>“un territorio de calma y recogimiento, alejado de los afanes urbanos, donde se cultiva la imaginación y el pensamiento a través de la escritura”.</em></p>



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<blockquote class="wp-embedded-content" data-secret="ocm5kxEpRR"><a href="https://rlfinestres.com/">Portada</a></blockquote><iframe loading="lazy" class="wp-embedded-content" sandbox="allow-scripts" security="restricted" style="position: absolute; visibility: hidden;" title="«Portada» — Residencia Literaria Finestres" src="https://rlfinestres.com/embed/#?secret=QfnDU9Sse8#?secret=ocm5kxEpRR" data-secret="ocm5kxEpRR" width="500" height="282" frameborder="0" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no"></iframe>
</div></figure>



<p>Truman no encontró cómo regresar del averno. El forense dijo que su muerte fue resultado de hepatitis, flebitis e intoxicación por múltiples fármacos. Aunque el genio de hueso y carne está en el cielo de los escritores desde&nbsp;1984, su genialidad quedó atrapada en su obra. </p>



<p>Genio y figura hasta la sepultura, el mundo celebra hoy a un iconoclasta, a un irrepetible. ¡Gracias Truman Capote!</p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=105944</guid>
        <pubDate>Sun, 29 Sep 2024 17:17:33 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Truman Capote: Lengua venenosa, pluma genial]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>La letra con sangre ya no entra</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-letra-con-sangre-ya-no-entra/</link>
        <description><![CDATA[<p>Los profes me odiarán por lo que voy a escribir. Suplico que el castigo no sea tan severo. Me encomiendo a Flaubert, Zweig, Capote y Gabo.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Tengo un sueño recurrente: estoy en clase de matemáticas, veo a la profesora Margoth y mi terror aumenta… &nbsp;Viene directo hacía mí. Me siento pegado al pupitre. Quiero escapar y no puedo. Quiero despertar y tampoco.</p>



<p>(…)</p>



<p>Siempre es lo mismo: una pesadilla sin final conocido. ¿Qué significa? &nbsp;</p>



<p>Nos referirnos con nostalgia a la escuela. La más maravillosa de todas las etapas, solemos decir, pero de seguro lo decimos por aquello del relajo, los compinches, las papas chorreadas a la hora del descanso y las vacaciones; no necesariamente por el quebradero de cabeza que nos causó el señor Aurelio Baldor y mucho menos por el inventario de castigos acumulados por nuestras faltas disciplinarias.</p>



<p>De las lágrimas en primaria, donde se nos amenazaba con la monja sin cabeza, pasamos al terror del bachillerato, donde el principal monstruo era la citación al acudiente o la matricula condicional. Nos defendíamos diciendo que ese profe mala leche <em>nos la tenía montada</em>. A veces sí, pero la mayoría de veces no era cierto. En mi curso angelitos&nbsp;propiamente no había. &nbsp;</p>



<p>Bueno, también se notaba cuando un maestro no preparaba la clase, pero, por lo general, nadie chistaba&#8230; y menos los vagos.&nbsp;</p>



<p>El primer castigo fue en tercero de primaria. Tenía deseos de orinar y la profesora no me dejó ir hasta cuando vio, en mis ojos casi llorosos y las piernas en junta extraordinaria, que la cosa era en serio. La <em>teacher</em> decía que uno debía aprender a aguantar. Que no había que malacostumbrar al cuerpo. ¡La odié con toda mi vejiga infantil!</p>



<p>De adulto sigo sin entender por qué tocaba pedir permiso para cumplir con las necesidades biológicas. ¿Acaso aquella maestra era un cuerpo glorioso? No fue divertido ver el suelo encharcado: Varios compañeros se hicieron en los pantalones.</p>



<p>Yo era entonces un inocente chiquillo (no he cambiado mucho, la verdad), de pelo lacio y arisco, al que había que domar con agua de panela. El pelo quedaba como el de un puercoespín. Que cuento de gomina ni que nada.</p>



<p>No fui un alumno problemático pero tampoco un modelo a seguir, ni el que mejores notas sacaba, porque sinceramente estudiar no me gustaba mucho que digamos. Salvo <em>Español </em>que era mi materia favorita. Eso sí, preguntaba de todo y opinaba de todo, hasta de lo que no sabía. Descubrí que los profesores aprecian más a los que participan en clase. Me hice querer. Procuraba ir dos pasos adelante. Esa sigue siendo una clave del éxito en la vida, reforzada por una frase que le repetía la abuela a las visitas los domingos por la tarde. —<em>Prefiero atajar a tener que arriar.</em> Y no hablaba de ganado.</p>



<p>Nunca fui <em>el sapo </em>y nunca me tuvieron sobrenombre. Odié los apodos y no los colocaba para que me llamaran por ni nombre que para eso tengo dos. Dos nombres. También.</p>



<p>Si no le llevé manzanas a la profe, fue porque en mi casa había calor de hogar pero no manzanas de sobra. </p>



<p>Para los tímidos como yo los libros fueron y siguen siendo un refugio seguro; en esos momentos de soledad dichosa nacieron mis ganas de escribir. Luego di mis primeros pasos como periodista en el periódico escolar, al igual que Gustave Flaubert, el autor de la celebrada novela <em>Madame Bovary</em>.</p>



<p>Azriel Bibliowicz hace la siguiente afirmación sobre el escritor francés en “Historia de una cama”, página 53: <em>“En el colegio trabaja en un periódico satírico y en él maltrata a todos los que le desagradan: alumnos, profesores y las personas de Rouen que lo incomodaban. Lo expulsan por pendenciero y desobediente”.</em></p>



<p>Recuerdo que al director del periódico estudiantil, donde yo colaboré, lo expulsaron del colegio por escribir un editorial dirigido a la rectora: <em>“Si no vives para servir, no sirves para vivir”. </em>Entendí muy temprano que a veces se usa la prensa para pequeñas venganzas, desquites. El periódico dejó de circular. ¿Les parece una amenaza a la libertad de expresión? También creo que al compañero se le fue la mano.</p>



<p>Otro que causó dolores de cabeza al profesorado fue Truman Capote, el autor de <em>A sangre fría</em>. Gerald Clarke dice lo siguiente en “La biografía definitiva” (página 66): <em>“Sus profesores solo veían una parte de sus berrinches. El profesor de biología casi perdía los estribos con Truman porque se pasaba toda la clase peinándose. (…) Truman no le hacía caso y seguía peinándose como si tal cosa. Sus notas reflejaban su descreída actitud (…) aprobó muy justo todas sus asignaturas. Ninguna de aquellas asignaturas, se decía él, le ayudaría a prepararse para su papel en la vida. Porque ya había decidido lo que quiera ser: sería escritor”.</em></p>



<p>Se cumplen 100 años del natalicio de Capote. Nació en 1924. Un día les hablaré sobre él. Su vida fue una novela.</p>



<p>En séptimo supe que quería ser periodista. Como Truman. Agradezco al colegio que ayudó a descubrir tempranamente mi vocación. </p>



<p>En quinto de primaria tuve una profesora con aspecto de bruja: Blanca era tan blanca como su nombre, coloradita, siempre vestía pantalón y blusa escotada; tenía pecas y un genio de los mil demonios. Creo que me lo contagió. No me acuerdo si tenía verrugas en la cara. El primer reglazo con regla de madera me lo gané por no saber el resultado de una multiplicación. Reprimenda que se combinaba con cien cuclillas delante de los otros.</p>



<p>—Para que escarmiente, vociferaba ella.</p>



<p>Pero uno no escarmentaba, porque ni siquiera conocía el significado de la palabra.</p>



<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p>&#8220;Desde niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela&#8221;: Bernard Shaw. (Citado por Gabriel García Márquez en <em>Vivir para contarla</em>).</p></blockquote></figure>



<p>No recuerdo castigos severos en bachillerato. Tal vez en sexto grado, imberbe, debí permanecer de pie mirando hacia la pared por media hora, de espaldas a los demás, mientras el profesor dictaba la clase, y lo ponía a uno como el ejemplo del mal ejemplo. Ese día me confié. Por ser de apellido Velásquez por lo general era el último al que le revisaban las tareas o le tomaban la lección. Muchas veces empezaron de atrás hacia adelante.&nbsp;Ni por esas llegué a odiar el colegio con el odio visceral que debió experimentar Stefan Zweig, el escritor austriaco, para escribir lo que escribió:</p>



<p><em>“… si he de ser sincero</em> –afirma en <em>El mundo de ayer</em>, página 54- <em>todos mis años de colegio no fueron si no un constante fastidio, un aburrimiento que aumentaba año tras año la impaciencia por librarme de aquella tarea fatigosa (…) que nos amargó de una manera consciente la época más hermosa y libre de nuestras existencia”.</em></p>



<p>Cuenta que maestros y alumnos se sentían felices <em>“cuando al mediodía sonaba la campana del colegio, que les devolvía la libertad a ellos y a nosotros”.</em></p>



<p>Y, para que no quede duda de su aversión, añade una frase lapidaria. <em>“…el único momento dichoso, verdaderamente alado, que debo a la escuela, fue el día en que sus puertas se cerraron para siempre detrás de mí”.</em></p>



<p>¿Saben? <em>&#8220;El mundo de ayer&#8221; </em>es un libro que toda persona debería leer al menos una vez en su vida. </p>



<p>Lo más tenaz del cuento que les cuento es que los castigos del aula tenían su continuación en el<em> hogar dulce hogar.</em></p>



<p>¿Les suena esta frase?: —¡En la casa arreglamos! Pónganle tono dramático, labios apretados y un rostro que parecía trasfigurado. Puro suspenso en vivo y en directo. Para qué Netflix. Aquella frase, y la famosa <em>&#8220;a la salida nos vemos&#8221; </em>del buscapleitos del salón, parecía un adelanto del juicio final. Nunca fui de peleas. </p>



<p><em>En la casa arreglamos</em> significaba que tocaba enderezarlo a uno. En mi caso la de esos arreglos fue la abuela materna, alma bendita. Me salvé de muchas<em> pelas </em>por ser el nieto favorito, aunque algunas veces terminé debajo de alguna cama -hasta donde no llegaba la chancla pero sí el palo de la escoba- o agarrado de las enaguas de la tía Lucila.</p>



<p>El mismo trato benévolo debió experimentar Gabriel García Márquez, cuya madre fue bastante comprensiva por su mala ortografía, que <em>“…sigue asustando a los correctores de mis originales”,</em> como contó en <em>Vivir para contarla</em>. En la página 193 de la biografía confesó que doña Luisa Santiaga escondía de su papá Gabriel Eligio <em>“algunas de mis cartas para mantenerlo vivo, y otras me las devolvía corregidas y a veces con sus parabienes por mis progresos gramaticales y el buen uso de las palabras”.</em></p>



<p>Lo anterior demuestra que hasta las personas con faltas ortográficas pueden aspirar al Premio Nobel de Literatura. Pero primero póngase a escribir con el juicio que lo hizo Gabo. </p>



<p>Siempre he dicho que la buena ortografía es cuestión de sentido estético. Hay palabras que se ven feas, como una persona con los zapatos sucios, cuando están mal escritas. Comparto lo que se dice por ahí: nadie debería graduarse sin haber aprobado un examen de ortografía. ¿Están de acuerdo? </p>



<p>Como eslogan <em>&#8220;la letra con sangre entra&#8221;</em> quedó desterrado. Menos mal porque de violencia ya está bueno en este país. Sin embargo, hay quienes lamentan tanta permisividad ahora. Yo en cambio lamento que la pitonisa no haya dado con el chiste del sueño recurrente con mi profesora de matemáticas.</p>



<p>¡Feliz Dia del Maestro a los buenos educadores por tanta paciencia! </p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=100852</guid>
        <pubDate>Thu, 16 May 2024 04:44:44 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La letra con sangre ya no entra]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>Peggy Guggenheim (1898-1979)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/peggy-guggenheim-1898-1979/</link>
        <description><![CDATA[<p>“Mi lema era: ‘compra un cuadro al día’, y lo seguí al pie de la letra.” Y sería de esta manera como Peggy Guggenheim se haría a la más soñada colección de arte que cualquiera hubiera podido imaginar jamás. Quiso competirle a su tío y a su ya renombrada galería, el coleccionista y dueño de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Mi lema era: ‘compra un cuadro al día’, y lo seguí al pie de la letra.” Y sería de esta manera como Peggy Guggenheim se haría a la más soñada colección de arte que cualquiera hubiera podido imaginar jamás. Quiso competirle a su tío y a su ya renombrada galería, el coleccionista y dueño de la Solomon R. Guggenheim Foundation, a la que despectivamente llamaba “el garaje de mi tío.”</p>
<p>Solomon comenzó su colección personal hacia 1890, más como una pasión propia, eligiendo por manía o instinto pinturas flamencas, paisajes americanos y franceses y manuscritos orientales, y dejándose llevar por el buen gusto de su amigo, el pintor Amadeo Modigliani. Pero sería a partir de 1930 cuando finalmente montaría una nimia colección en el Hotel Plaza, y para 1939 abriría las puertas del primer Museo de Arte No Objetivo, con sede en la Calle 54 Este, y que después se mudaría a la Quinta Avenida. Bautizado por Max Ernst como la Casa Bauer, Peggy se refería a la galería de su tío como a un espacio incómodo y con sus obras mal exhibidas: “Un desastre… el museo era un pequeño edificio muy bello aunque totalmente desaprovechado con aquella colección.”</p>
<p>Neoyorquina, bautizada con el nombre de Marguerite Guggenheim, fue hija de una dinastía de magnates judíos que habrían emigrado un par de generaciones atrás a los Estados Unidos y que llevaban décadas amasando una gran fortuna. Su padre, de origen suizo-alemán, era dueño de siderurgias y poseedor de minas en Colorado, con las que dominaba una de las producciones más grandes de plata, cobre y plomo en todo el mundo; y su madre una aristócrata alemana-holandesa heredera de banqueros.</p>
<p>Peggy recuerda a su familia como una casa de locos. Dice que su madre tenía la costumbre de repetir tres veces todo lo que decía, y que así también solía portar tres relojes al mismo tiempo. Cuando tenía 13 años su padre muere vestido de smoking en el naufragio del <em>Titanic, </em>dejando como herencia una enorme riqueza, la cual correspondió en una mayor parte a sus hermanos, y otro restante pero nada despreciable legado para sus hijos. “Yo siempre tenía ataques de nervios, estaba angustiada todo el tiempo… No creo que hubiera habido buenas madres en esos tiempos. Mi madre tenía muy poco control sobre mí, me volvía loca, siempre montaba escándalos y me aburría mucho, era horrible. Mi padre tenía una fortuna que mi madre perdió. Después de aquello, no me consideré como una auténtica Guggenheim. Era muy pobre comparada con mis tíos, ellos eran enormemente ricos, y yo sólo tenía 450.000 dólares.” Era así como se quejaba la caprichosa millonaria por no considerarse tan enormemente rica, y por no lograr identificarse con el <em>our crowd </em>(“nuestra gente”), aquella sociedad neoyorquina hipócrita, superficial y elitista que la había criado en el seno de la religión judaica. “Siempre me consideré la <em>enfant terrible</em> de la familia, supongo que pensaban que era la oveja negra y que nunca haría nada bien, creo que los sorprendí… En mi vida todo ha sido arte y amor, creo que pasamos por la vida como en una especie de sueño… A mí me interesó el arte moderno en el momento en el que lo conocí, me hice adicta y ya no lo pude evitar.” A la edad de los 21 años Peggy es poseedora de una fortuna estimada en dos millones y medio de dólares, lo que hoy día representaría unos 20 millones de dólares.</p>
<p>Peggy reclamaba una cierta independencia, y fue por esto que recién terminados sus estudios de secundaria se dedicaría a trabajar en una librería, donde por primera vez se empaparía del mundo artístico, conociendo a los protagonistas del arte, tanto en el ramo de la pintura como en el de la literatura, muchos de los cuales hacían parte del círculo intelectual y bohemio que solía congregarse en el barrio marginal de Montparnasse. Sería en este París de inicios de los años veinte donde Peggy se vería sobrecogida por el ambiente cultural que se respiraba, haciéndose una visitante frecuente de museos y exposiciones de vanguardia.</p>
<p>En 1921 conoce en la boda de su hermano a su primer marido, Laurence Vail, de quien quedaría prendada de sólo conocerlo, pero que al poco tiempo dejaría ver el lado más insensible y cruel de la criatura que escondía adentro. Esto dijo la novia del momento en el que conoció a su futuro marido: “Su hermoso, ondulado y dorado cabello se agitaba atrapado por el viento. Yo estaba escandalizada por su libertad y sin embargo también cautivada. Él había vivido en Francia toda su vida, tenía acento francés y arrastraba las erres. Era como una criatura salvaje. No parecía importarle lo que la gente pensaba acerca de él. Sentí, mientras caminaba calle abajo con él, que podía irse en cualquier momento, tenía tan poca conexión con el comportamiento ordinario.”</p>
<p>La pareja se casó a comienzos de marzo de 1922 y tuvo su luna de miel en Roma y en Capri. Durante los próximos dos años la pareja tendría dos hijos: Sindbad y Pegeen, y la madre estaría dedicada a pasearse por las calles del pueblo de Le Trayas en su coche de lujo, un Gaubron descapotable, en cuyos viajes solían acompañarla su séquito de perros de la raza Lhasa Apso. La pareja viajó a New York para después veranear en Suiza, Normandía, Amalfi, y luego de visitar Egipto volver a Europa para pasar por Venecia y Rapallo.</p>
<p>Pero no sólo serían viajes. A través de su marido conoció a quien fuera su examante, la escritora Mary Reynolds, quien a su vez le presentaría a Max Ernest. Peggy se dejó envolver por esta atmósfera, haciéndose a un respetado grupo de célebres amigos surrealistas, dadaístas y artistas de diferentes corrientes, entre los que se cuentan a Tristan Tzara, Mina Loy, James Joyce, Ernest Hemingway, Man Ray quien sería el que la fotografió con un peculiar vestido largo y holgado que quedaría para el recuerdo, o la bailarina Isadora Duncan quien esperaba de la mecenas un apoyo para su próximo espectáculo, pero que se encontraría solamente con una fiesta que Guggenheim dedicó en su honor. “Yo sólo pensaba que estaba guapísima… Se respiraba el surrealismo, el arte. También solía jugar tenis con Ezra Pound y cacareaba como un gallo cuando metía un punto.”</p>
<p>Peggy encontraría motivos más que suficientes para alejarse del maltrato y el abuso perpetrado por su pareja, quien solía golpearla en público, y cuyas rabietas llegaban a tal extremo, que en una oportunidad estuvo a punto ahogarla en una bañera. “Cuando nuestras peleas llegaban a su <em>grande finale</em> me untaba mermelada en el pelo. Pero lo que más odiaba era que me tirara al suelo por las calles, o que me lanzara cosas en los restaurantes.” Y para sumarle a sus agresiones, Peggy se lamentaba de que su marido no fuera más que un mantenido: “Él no tenía dinero, y yo controlaba nuestras finanzas… él quería hacerme sentir mal intelectualmente.” Cuenta que una vez la obligó a ingresar vestida al mar y que luego con la ropa mojada tuvo que acompañarlo al cine. La humillaba y violentaba de muchas formas. En alguna oportunidad el marido aprovechó para quemar sus pertenencias, otra vez la aventó por las escaleras, y otra en donde la arrojó al suelo y se le paró insistentemente sobre el estómago, pero la peor parte sería cuando siempre ayudó para respaldar su complejo de inferioridad, ya que Peggy se avergonzaba de su “nariz de patata”, y el trato de su esposo la hacía sentir aún más “fea”. “Me hacía estar plantada desnuda ante la ventana (en diciembre) y me arrojaba whisky a los ojos.”</p>
<p>Finalmente, en 1928, y luego de una tormentosa relación de siete años, Peggy no da más esperas y decide abandonar a Laurence, obteniendo la custodia de su hija, mientras que su padre se quedaría con la del niño. Por esos mismos días Peggy ya había comenzado una relación estrecha con su amigo, el escritor inglés John Holms, con quien acabaría mudándose a Devon, a una cómoda estancia que sus amigos bautizaron con el nombre de <em>Hangover Hall (Salón de la Resaca), </em>y en donde los acompañó durante un tiempo la escritora Djuna Barnes mientras escribía su novela <em>Noche en el bosque</em>. Luego seguirían juntos hasta Londres y allí convivieron hasta la muerte de Holms, debido a un infarto, en el año de 1934. Así se refirió a su relación con el escritor: “Él sabía que yo era mitad trivial y mitad extremadamente pasional, y esperaba poder eliminar mi lado trivial.”</p>
<p>Cercana a la edad de los 40 años, una vocación y un llamado a realizarse, cuestionándose respecto a sus últimos 15 años en donde “no había sido más que una esposa, una hija, una amiga, una madre y una mujer adinerada que sabía rodearse de amigos interesantes”, Peggy tomará una decisión de vida. Por aquellos tiempos su madre había muerto, elevando así la inmensa fortuna de Peggy, que de inmediato pensó en montar un negocio para apoyar fundamentalmente el arte: “Alguien sugirió que pusiera una galería o una casa editorial, y yo pensé que una galería sería menos cara. Por supuesto, nunca pensé en las grandes cantidades de dinero que podría llegar a gastar.”</p>
<p>Para llevar a cabo su tarea, Guggenheim se dejó asesorar por sus amigos artistas, y sería de esta manera como iría comprendiendo el tejemaneje del mundo de las pinturas. “Tomé consejos de los mejores… escuché y ¡cómo escuché! Así fue como finalmente me convertí en mi propia experta.” Sin embargo la pieza fundamental para cumplir su cometido fue la invaluable presencia de su amigo Marcel Duchamp, de quien decía “fue la persona más influyente en mi vida”, y quien le sirvió para ilustrarla en el mundo del arte y sus conexiones. “Duchamp me enseñó las diferencias entre surrealismo y arte abstracto, organizó todas las exposiciones, hizo todo por mí… Le debo mi introducción en el mundo del arte moderno.” Según Peggy, sus “conocimientos de arte llegaban hasta el impresionismo”, pero de la mano de Duchamp, para 1938, ubicada en el número 30 de Cork Street, adjunta a las galerías de Roland Penrose y de E.L.T. Mesens, en Londres, la emprendedora mecenas abriría la galería de arte conocida como Guggenheim Jeune, dedicando para su inauguración una exposición exclusiva del prometedor autor Jean Cocteau.</p>
<p>Sin embargo la acogida no cumplió con las expectativas, y muchos tildaban de insípido este “arte nuevo” al que pocos cuadros le comprarían, siendo Peggy la que en secreto mandó a comprar varias obras de Cocteau para alentarlo en su trabajo artístico e impulsar su carrera. <em>“Para no desilusionar a los artistas que no vendían nada, me acostumbré a comprar una pieza de cada una de las exposiciones que montaba. En aquella época, como yo no tenía la más remota idea de cómo vender y nunca había comprado cuadros, aquella me pareció la mejor solución porque así, por lo menos, los artistas estaban contentos.” L</em>a astuta coleccionista confesaría después que “así fue como comenzó la colección.”</p>
<p>En su búsqueda de nuevos artistas por los recovecos parisinos, Peggy conocería al futuro Premio Nobel de Literatura, el escritor irlandés Samuel Beckett, con quien mantendría un corto romance y que además le serviría para asesorar su trabajo como coleccionista de arte. Gracias a él Peggy descubrió, según sus palabras, que el arte en aquel momento era “un ser vivo.” De Beckett dijo: “Sus idas y venidas eran completamente impredecibles, cosa que yo encontraba muy excitante; se presentaba a media noche con cuatro botellas de champaña y no me dejaba levantarme de la cama por dos días.” Sin embargo, Beckett “sufría de horribles momentos de crisis cuando sentía que se estaba sofocando”; lo asaltaban al parecer “sus terribles recuerdos de su vida en el vientre de su madre.”</p>
<p>Su galería serviría para dar a conocer a nuevos artistas, como en el caso de Yves Tanguy y Wolfgan Paalen, además de incrementar la fama de los ya consagrados, como es el caso de</p>
<p>Wassily Kandinsky o de Pablo Picasso. Sin embargo, un año después de inaugurada la galería, la mala administración la llevaría a desistir de su proyecto, para mudarse a la capital francesa con la misma intención de montar su negocio de venta y promoción de arte en plena Plaza Vendôme. “Todos sabían que yo estaba en el mercado comprando lo que fuera.” Asesorada por quien dirigió siempre la Guggenheim Jeune, el filósofo Herbert Read, Peggy recorrería cada rincón en busca de las esculturas, fotografías y cuadros que su amigo experto le recomendaría para su colección. Pero ocurrió que en medio de esta búsqueda estallaría la Segunda Guerra Mundial, y ante la amenaza latente la ávida empresaria del arte no buscaría refugiarse en Norteamérica, y en cambio rentaría un apartamento en París, donde se dedicaría a comprar y a almacenar un mirífico arsenal artístico. “Me pareció imposible abrir un museo en Londres, podía ser bombardeado en cualquier momento. Me fui a París a recoger los cuadros que había confeccionado para mí Herbert. Durante el primer invierno de la guerra intenté comprar un cuadro al día. La gente me llamaba por teléfono a todas horas e incluso venía a mi casa por la mañana y me traían los cuadros a la recámara. El único que compré desde la cama fue un Dalí.” Se cuenta que a Constantin Brâncusi le ofrecería apenas mil dólares por <em>Pájaro en el espacio</em>, y a lo cual el artista tendría que acabar cediendo, y de esta forma vender su obra para terminar de conseguir recursos que lo llevaran lejos de la guerra.</p>
<p>Peggy aprovechó la escasa demanda e incluso la carencia de oferta para hacerse a una colección invaluable a precio de huevo. Las obras de creación artística parecían estar en rebaja. “No había que negociar porque todo era muy barato. Pagué por mi colección de arte la ridícula cantidad de 40.000 dólares. Con ese dinero no hubiera podido comprar hoy ni siquiera uno de mis cuadros, es una locura. Luego quise salvar mis obras, así que fui a hablar con la gente del Louvre con la idea de que salvaran mis obras en conjunto con las suyas, y me dijeron que no merecía la pena, eran ‘demasiado modernas’. Al final tuve suerte, el hombre que preparaba y enviaba los cuadros en los tiempos en que tuve la galería de arte en Londres trasladó todos sus cuadros a Norteamérica, escondidos entre sábanas y colchas.” Entre “lo que no consideraron digno de guardar” había obras de Paul Klee, Georges Braque, Juan Gris, René Magritte, Joan Miró.</p>
<p>Sin embargo no podríamos tildarla de simple oportunista, sabiendo su faceta de mecenas, y que se dice traspasaba el ámbito laboral, convirtiéndose en amiga, madre y enfermera de los artistas a los que representaba. Guggenheim comprendió que lo suyo no era sólo coleccionar cuadros sino también personas, y reconocía finalmente en lo que se había convertido: “No soy coleccionista, soy un museo.”</p>
<p>Pensó también en instaurar una colonia de refugio para artistas, pero no concretó el proyecto porque temió que el conjunto de egos pudiera acabar en una guerra peor que la que se peleaba afuera, y es así como en 1940 se muda al sur del país galo, a la región de Grenoble, dejando a la merced gran parte de su colección, y que sería custodiada en el granero de un amigo.</p>
<p>En 1941 se muda a Marsella y allí se reúne de nuevo con Max Ernst, quien recientemente había escapado de un campo de concentración, y con quien iniciará un amorío que los llevará al otro lado del océano. Peggy ayudó a gestionar los gastos y trámites para que Ernst pudiera viajar a New York, y en su travesía también los acompañaría André Breton, a quien Guggenheim le había extendido su auxilio.</p>
<p>Ya la Wehrmacht estaba por invadir la capital y Peggy todavía andaba de un lado a otro como la “adicta” confesa, tratando de hacerse a <em>Mujer degollada </em>de Alberto Giacometti, y así nutrir aún más su siguiente proyecto norteamericano. Sería así como con la colaboración de Ernst y Breton, la ya experimentada coleccionista inauguraría una nueva galería en la Calle 57 de Manhattan, conocida como Art of this Century. El espacio destinado para la exposición desafiaba lo innovador. Dividida por cuartos temáticos o por autor, las pinturas no estaban fijas a las paredes curvas sino que pendían sujetas por unos ganchos, permitiéndole al espectador la experiencia de intimar con la pintura al tomarla con sus propias manos. Las luces al interior de la galería iban y venían, intermitentes, y cada cinco minutos se proyectaba la grabación del sonido de un tren que parecía estarse paseando alrededor de los salones. La galería contaba con una sala especial de negociación y ventas, y así cada rincón había sido calculado por la mirada detallista de la consagrada coleccionista.</p>
<p>Además de promocionar las viejas corrientes expresionistas e impresionistas, Peggy representó el auge de exhibición para los artistas surrealistas, dadaístas, cubistas, y especialmente el naciente movimiento del expresionismo abstracto. Su nueva galería sería otra vez el trampolín para que muchos artistas emergentes pudieran presentar sus obras y conectar con el público.</p>
<p>Cazatalentos, en 1943 convocó a través de la revista <em>Art Digest </em>a nuevos artistas norteamericanos menores de 35 años, para que presentaran su obra en la exposición del Salón de Primavera que se exhibiría en su nueva galería. Un jurado conformado por ella, Marcel Duchamp, Piet Mondrian y otros renombrados artistas, decidieron que el más notable sería ese “genio” desconocido hasta entonces, llamado Jackson Pollock.</p>
<p>Al comienzo Guggenheim no estaba muy convencida de haber dado con el genial artista que otros vislumbraban, discutiendo en particular con Piet Mondrian sobre la obra presentada por Pollock, <em>Stenographic Figure. </em>“Bastante fea, ¿no es así? Eso no es una pintura, ¿o sí?”, fueron las primeras apreciaciones de Guggenheim, luego de que ambos estuvieran contemplando la pintura durante varios minutos. “Hay una absoluta falta de disciplina en esto”, remató Peggy con este comentario. “Tengo el sentimiento de que esta puede ser la pintura más emocionante que he visto desde hace mucho, mucho tiempo, aquí o en Europa… Yo no sé lo suficiente acerca de este autor como para calificarlo de ‘grande’, pero sé que me obligó a detenerme y observar. Dónde tú ves ‘falta de disciplina’ yo tengo la impresión de percibir una energía tremenda”, estas serían las apreciaciones de Mondrian, quien pese a ser cuestionado por Peggy (por no corresponder al estilo del pintor), no se equivocaría al valorar a un artista que en nada se pareciera a su tipo de arte, y en este caso no se equivocaría.</p>
<p><em>Stenographic Figure </em>sería incluida en la exhibición y de inmediato se robaría todas las miradas. La prensa sugirió que “por primera vez el futuro revela un brillo de esperanza”, y algún crítico comentó que “hay un gran Jackson Pollock que, me dijeron, hizo que el jurado entornara las pestañas.” Tiempo después Peggy tendría que reconocer que “el descubrimiento de Pollock fue, por mucho, mi más notable logro individual.” Sin embargo años más tarde tendría que volver en defensa de sus obras, considerándolo subestimado como artista: “Todo lo que hice por Pollock fue minimizado o completamente olvidado.” Y, no obstante, Pollock nunca cayó en el olvido, y las pinturas que en sus comienzos ofrecía por mil dólares hoy están avaluadas por más de cien millones. A la postre, Jackson Pollock se convertiría en una de las más destacadas figuras del movimiento fundador del Expresionismo Abstracto, conocido como la Escuela de Nueva York.</p>
<p>Agradecido con su mecenas, Pollock pintó en cuestión de una tarde la pared que adornaba el vestíbulo de la casa de Peggy, bautizando su obra como <em>Mural. </em>No obstante Peggy trató en lo personal de mantener las distancias con el artista, ya que “tomaba demasiado y, cuando lo hacía podía llegar a ser incómodo por no decir diabólico.” Se cuenta que en una ocasión, luego de haberse bebido todas las botellas del mini-bar, el autor de aquellos trazos infantiles que pasaría por ello a la historia, acabaría en esta ocasión impregnando su estilo toda vez que se orinara en la chimenea de su mecenas.</p>
<p>Tras dos años de relación, Peggy decide separarse de Max, luego de que este le hubiera sido infiel con una de las treinta y un artistas que integraron una muestra colectiva en su propia galería, y a lo que Peggy comentaría con ironía: “Habrían tenido que ser sólo treinta.”</p>
<p>En 1947 cerró la galería Art of this Century, pretextándose en lo agobiante de sus labores: “Estaba exhausta por mi trabajo en la galería, de la cual me había convertido en una especie de esclava.” Sería así como decide mudarse a Italia, donde permanecería por más de tres décadas y hasta el día de su muerte.</p>
<p>En Venecia Peggy retomaría su carrera hasta llegar a consolidarse como una de las más reconocidas en el gremio. Para 1948 participó de la XXIV Bienal de Venecia, y luego comenzaría una gira por Florencia, Roma y Milán, dando a conocer la cantidad de obras que la acompañaban y que deslumbraban a los espectadores por la riqueza de su contenido, resaltando siempre la mejor carta que tenía para compartir, y que se viera representada en los seis cuadros de Pollock, entre los que se destacan<em> Eyes in the heat, The moon woman </em>y<em> Two</em><em>. </em>Luego de la gira Guggenheim escribiría a una colega: “Aquí en la Bienal, Pollock fue considerado con mucho, el mejor de los pintores americanos.”</p>
<p>Por aquellos días Peggy consiguió encontrar ese lugar en el que planeaba exponer todas sus obras, para lo cual adquirió el Palazzo Venier dei Leoni, en el Gran Canal, recogiendo en su interior un cúmulo de afamadas obras que hasta ese momento no se habían conocido en Italia. Adecuó su palacio y lo convirtió en un genuino museo, destinando tres tardes a la semana en las que abriría sus puertas al público para que las personas pudieran disfrutar de las paredes abarrotadas de obras, que se extendían incluso por los baños, y en cuyo interior se veían desfilar los sirvientes de la matrona y dueña, así como sus once perros Lhasa Apso que no dejaban de perseguir a su ama. La bodega fue remodelada para servir como un estudio en el que los artistas pudieran trabajar, y entre las muchas excentricidades del lugar destacaría la obra del escultor Marino Marini, instalada en las afueras de la galería, y cuya figura representaba a un caballo y un jinete con su pene erecto, y cuyo falo enorme contaba con la peculiaridad de poder ser desmontado toda vez que así lo quisieran, y en especial lo “retiraba cuando sabía que podían pasar monjas por delante”, decía Guggenheim.</p>
<p>Los años cincuenta fue el auge de las subastas, tomándose a partir de ese momento el comerciar obras de arte como un negocio rentable, una inversión placentera, a donde cada vez más personas querían acceder, y por esa mirada utilitarista es que pasó de considerarse la belleza de una pintura para cuestionar simplemente su valor comercial. Las obras más complejas de falsificar serían también las más apetecidas y costosas de los mercados.</p>
<p>En los años sesenta la figura de Peggy Guggenheim es ya reconocida en todo el planeta, y para 1962 es nombrada como ciudadana honoraria de Venecia, además de haber viajado por el mundo exponiendo su colección en los lugares de mayor prestigio, como es el caso del Tate Modern de Londres, el Museo de Estocolmo y el Museo de L’Orangerie. Sin embargo para ese entonces ya Peggy había dejado de lado su adicción, interrumpiendo su costumbre de comprar compulsivamente cuadros, y en adelante únicamente prestaría su colección para que fuera exhibida.</p>
<p>En 1967 Peggy se encontraba en México cuando recibió un telegrama. La notificación la llevará a padecer el más duro golpe de su vida, cuando le comentan que su hija Pegeen -quien se había dedicado a la pintura así como al alcohol, y que dependía desde hacía años del Valium y del consumo de barbitúricos-, sería encontrada sin vida en su habitación, en lo que se cree habría sido un suicidio.</p>
<p>A finales de los años sesenta ya poco le importaba el mundo del arte, y tanto era así que cuando le presentaron al creador de la famosa <em>Lata de sopa Campbell</em><em>, </em>el ya afamado artista pop Andy Warhol, la que en otro momento fuera reconocida como la más conocedora en el rubro, tuvo que confesar su ignorancia y preguntar: “¿Quién es este hombre?”</p>
<p>Los últimos años, la que fuera bautizada como <em>L’ultima doghessa </em>(“la última duquesa”), dedicaría su tiempo a pasearse en su góndola privada, luciendo sus característicos lentes con forma de mariposa &#8211; diseño exclusivo que la identificaban de lejos como el personaje que era-, llevando consigo la infaltable compañía de una corte de perros, y encamándose de cuando en cuando con algún amante de turno que pasaría una noche de lujo en la cama de Peggy, adornada con un estrafalario candelabro de plata diseñado por Alexander Calder. “Adoro flotar hasta tal punto que no puedo pensar en nada más hermoso desde que dejé el sexo, o mejor dicho, desde que el sexo me dejó”, le escribiría por aquel entonces a algún amigo.</p>
<p>De Peggy podríamos decir muchas cosas, decir que era promiscua, que era una vividora. En alguna ocasión una periodista le pregunta: “¿Cuántos maridos ha tenido?” A lo que ella respondería: “¿Se refiere a los míos o a los de otras?”</p>
<p>Fiestera desde siempre, confiesa que durante más de cinco años no recuerda haber ido a dormir sin haberse puesto borracha. Los festines que brindaba llegaban a un descontrol del que ya no disfrutaba, y sus invitados no tendrían escrúpulos en tomarse la casona museo como un antro digno de las más orgiásticas juergas, y en más de una ocasión alguna que otra pareja tomó la fantasiosa habitación de la dueña de la casa para cumplir sobre su cama con las urgencias del amor. En los carnavales que ofrecía veíamos desfilar a toda suerte de celebridades dispares como Yoko Ono y Truman Capote; y aunque pudiera invertir miles de dólares en una pintura, en sus festejos solía comprar alcohol de garrafa para hacerlo rendir, y mantenía a sus sirvientes controlados respecto a la comida que ofrecían. No obstante también la veríamos regatear por unos dólares a algún artista que intentaba venderle su obra, y era común verla a ella misma atendiendo la taquilla a la entrada de su galería.</p>
<p>Para 1979 publica el que fuera su tercer libro de memorias, ya que en 1946 había publicado <em>Out of this century</em> y para 1960 <em>Confessions of an art addict</em>, y que para ese momento unió en un solo libro titulado <em>Una vida para el arte. </em>En sus palabras nos describe a la multimillonaria, bohemia, rebelde, lujuriosa, la mecenas y adoradora del arte en todas sus formas, la incansable viajera sobre la cual han llovido notas y libros y documentales, y en el año 2000 la película <em>Ed Harris Pollock </em>es también una historia sobre su vida.</p>
<p>Guggenheim valoró la obra de varios pintores cuando nadie más reparaba en ellos, apoyando sus carreras para que estos pudieran seguir dibujando, y así mismo dándolos a conocer al mundo para que todos pudiéramos disfrutar de su arte. Fue así como supo impulsar los principales movimientos y corrientes artísticas del siglo XX, y sus galerías hoy se extienden por New York, Bilbao, Berlín.</p>
<p><strong>Marguerite “Peggy” Guggenheim murió como una reina, en su palacio veneciano, cuando corría el año de 1979, y antes de morir pidió que sus obras más queridas se mantuvieran dentro de la colección de Italia: “</strong>Que se queden en Venecia. A no ser que se hunda Venecia.” Fue enterrada en el jardín de su casa, junto a los restos de catorce perros Lhasa Apso, entre los que se destaca uno de los primeros, <em>Twinkle</em>, al que vemos en 1919 acompañando a una joven Peggy, luego de haber salido victorioso en una gala de exposición canina.</p>
<p>Días antes de morir declararía a una amiga a través de una carta: “Veo hacia atrás en mi vida con gran alegría. Creo que fue una vida muy exitosa. Siempre hice lo que quise y nunca me importó lo que los demás pensaran. ‘¿Liberación de la mujer?’ Yo era una mujer liberada antes de que hubiera un nombre para eso.”</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-89134" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/04/251.-PEGGY-GUGGENHEIM.jpg" alt="PEGGY GUGGENHEIM" width="193" height="261" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 24 Nov 2023 08:49:04 +0000</pubDate>
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        <title>Audrey Kathleen Ruston-Hepburn (1929-1993)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Si en el cielo existen los ángeles, estoy convencido de que deben tener los ojos, las manos, el rostro y la voz de Audrey Hepburn”, es lo que diría alguno que tuvo la oportunidad de conocerla. Indiscutible, cualquiera puede notar que estamos ante una presencia angelical. Pulida como un cisne, con carita de inocentona, pero culpable sin duda alguna. La delatan sus ojitos. ¡Qué bonita! Parecía ingenua, asustadiza, vulnerable, como un ser tierno al que vale la pena cuidar. Así mismo su personalidad nos engatusó a todos, y su sonrisa quiso ser imitada por toda una generación de mujeres que querían parecérsele. Nació en Bruselas, en el seno de la aristocracia, descendiente del rey Eduardo III de Inglaterra, que también sería pariente de la actriz Katherine Hepburn. Hija única, mimada y consentida, privilegiada, viajó por Bélgica, Inglaterra y Holanda, y aprendió desde niña a hablar con soltura el francés, inglés, neerlandés, italiano, español y alemán. En 1935 su padre, adepto a las ideologías del nazismo, abandona a su esposa y a su hija, por lo que en adelante la madre tendrá que cuidar sola a su pequeña. Años más tarde Audrey, en colaboración con la Cruz Roja, consigue dar con el paradero de su padre, y a partir de su reencuentro mantuvieron la cercanía y la actriz lo asistió económicamente hasta el día de su muerte. Años más tarde Audrey confesaría que el abandono de su padre, y el que fuera un seguidor del Partido Nazi, representaría “el momento más traumático de mi vida.” De niña estudió en un instituto privado en Kent, Inglaterra, y para 1939, <em>ad portas</em> de la Segunda Guerra Mundial, se traslada con su madre a casa de su abuela, en Arnhem, Países Bajos, tratando de alejarse lo más posible de las zonas de conflicto. Durante los años de la guerra Audrey aprovechará para terminar su formación básica, para dedicarse a pintar cuadros que todavía hoy se conservan, además de recibir lecciones de piano y de ballet clásico. Su deseo era convertirse en bailarina, pero su constitución extremadamente delgada no seducía a directores y coreógrafos, y pese a ser una bailarina que destacaba por su técnica y su estilo. Las condiciones dentro del ámbito de guerra fueron casi de penuria, y es así como la historia de Ana Frank será un referente de vida para la historia personal de Audrey Hepburn: “Tenía exactamente la misma edad que Ana Frank. Ambas teníamos diez años cuando empezó la guerra y quince cuando acabó. Un amigo me dio el libro de Ana en neerlandés en 1947. Lo leí y me destruyó. El libro tiene ese efecto sobre muchos lectores, pero yo no lo veía así, no sólo como páginas impresas; era mi vida. No sabía lo que iba a leer. No he vuelto a ser la misma, me afectó profundamente.” Luego de que Arnhem sufriera continuos bombardeos, la escasez de alimentos hizo que Hepburn y su familia fabricaran harina a partir de tulipanes, lo que pronunciaría aún más la delgada figura de la aspirante a bailarina. “Nos manteníamos con una rebanada de pan hecho con cualquier cereal y un plato de sopa aguada elaborada con una sola patata.” Fue testigo de fusilamientos, y algunos parientes suyos serían encarcelados y otros ejecutados. “Me convertí en una criatura melancólica, reservada y callada. Me gustaba mucho estar sola… Tengo recuerdos. Recuerdo estar en la estación de tren viendo cómo se llevaban a los judíos, y recuerdo en particular un niño con sus padres, muy pálido, muy rubio, usando un abrigo que le quedaba muy grande, entrando en el tren. Yo era una niña observando a un niño.” Termina la guerra y Audrey se muda a Ámsterdam para continuar con su formación de bailarina, y tres años después se traslada a Londres para seguir con sus estudios de ballet clásico. Sin embargo su flacura casi anoréxica seguiría siendo el óbice principal para dedicarse al baile como una profesional. Hepburn siempre mantuvo una dieta rigurosa, cuyos almuerzos solían ser un ala de pollo y una lechuga, y sería su hijo quien revelaría que en ocasiones comía galletas de perro para sobreponerse a los estragos del hambre. Y en vista de que su carrera como bailarina no despegaba, Audrey le apostó a la actuación, haciendo una primera aparición frente a las cámaras en una cinta educativa, <em>Holandés en siete lecciones.</em> Más tarde sería contratada para que actuara en dos obras musicales: <em>High button shoes </em>y <em>Sauce piquante</em>, y entonces llegaría su debut en una película, la producción inglesa <em>One wild Oat</em>, seguido de un papel más importante en la película <em>Secret people, </em>donde encarnó a una bailarina. En adelante aparecería interpretando papeles secundarios en producciones también de segunda, hasta que le ofrecieron el papel en el musical de Broadway, <em>Gigi, </em>luego de ver su discreta interpretación en la película <em>Monte Carlo Baby. </em>Tanto la obra como su actuación fue un éxito rotundo. Durante seis meses no pararon las funciones, y a la prometedora actriz le fue otorgado el Theatre World Award, por lo que Hollywood se interesaría en ella para que protagonizara junto a Gregory Peck la próxima producción del cineasta William Wyler, el film <em>Roman holiday (Vacaciones en Roma)</em>, y para la cual tenían como primera opción a la ya consagrada Elizabeth Taylor. Sin embargo el director quedaría prendado de la seductora Hepburn, y le bastaría con una sola entrevista: “Tiene todas las cosas que busco: encanto, inocencia y talento. Además es muy divertida. Es absolutamente encantadora. No dudamos en decir que es nuestra chica”, dijo Wyler respecto a la escogencia del personaje. Y no se equivocó al darle esta oportunidad, ya que la cinta gozaría del agrado de todos y la actriz destacaría por su personaje, convirtiéndose en la única en recibir los tres grandes premios del cine por un mismo papel y en la misma categoría: ganó el Oscar, el Globo de Oro y el BAFTA. El mismo Gregory Peck, vaticinando que ganaría el premio de la Academia, pidió que su nombre en el póster de la película no resaltara por encima del de la desconocida Audrey Hepburn, y que ambos nombres figuraran con el mismo tamaño de letra, tal cual correspondía a su destacada actuación. Para ese entonces Audrey se perfila como una fulgurante estrella del Séptimo Arte, y su cara angelical será portada de revistas de fama, entre las que se destaca la prestigiosa <em>Times. </em>El contrato que tenía con la productora Paramount le permitía tomar recesos para dedicarse al teatro, y fue así como durante el rodaje de <em>Vacaciones en Roma </em>se daría un espacio para continuar de nuevo en New York con el musical de <em>Gigi, </em>e incluso se iría de gira presentándose en Los Ángeles y en San Francisco. Imparable, actuará en la película <em>Sabrina, </em>que le valdría al año siguiente una nueva postulación al Oscar, pero que finalmente se lo quedaría Grace Kelly. Ese mismo año de 1954 encarnará otro personaje exitoso en la obra <em>Ondine</em>, y esta experiencia le valdría ganarse el Premio Tony, y así también como un esposo. Mel Ferrer fue el actor con el que compartió el protagónico de la obra, la cual tendría un éxito rotundo, y que siguieron presentando hasta finalizar el año, cuando entonces decidirían seguir juntos, pero esta vez en los tablados de la vida. Para finales de 1954 la pareja decide casarse. En 1956, y junto a su marido, Hepburn rodará <em>Guerra y paz, </em>y al año siguiente la veremos bailando junto a Fred Astaire en la película <em>Una cara con ángel, </em>en una de las interpretaciones que más disfrutaría, ya que compartió escenas de baile con el gran bailarín del cine hollywoodense. Pero sin duda la película que la consagró como una actriz virtuosa sería <em>The nun’s story</em>, de 1959, y cuya interpretación de la hermana Lucas le significó una nominación más al premio de la Academia. En 1960 tiene a su primer hijo, pero un año más tarde volverá al cine para representar a Holly Golightly en la película por la que tal vez más se la recuerda, <em>Breakfast at Tiffany’s. </em>Este personaje representó un reto actoral, además de haberla consagrado como un símbolo de la moda estadounidense: “Soy introvertida. Actuar para ser una persona extrovertida es la cosa más difícil que he hecho en mi vida.” Un papel que el mismo autor de la obra, Truman Capote, había pensado para la rubia del momento, la legendaria Marilyn Monroe, pero que ésta dejaría de lado por no querer insistir en el mismo papel de rubia tonta que le había valido su tanta fama. Audrey se tiñó el pelo de rubio y su personaje tuvo algunos cambios de fondo, camuflando a la prostituta de lujo y quitándole el componente lésbico que había sido pensado para Marilyn. Una vez más sería nominada al Premio Oscar, pero esta vez sería Sophia Loren quien se quedaría con la estatuilla. En 1961 la veremos en la polémica película de William Wyler, <em>La calumnia, </em>y cuya trama en torno al lesbianismo suscitaría varios escándalos. Para 1963 protagonizará junto a Cary Grant una parodia de las películas de suspenso de Alfred Hitchcock, <em>Charada</em>, y ese mismo año le cantaría el <em>Feliz cumpleaños </em>al presidente Kennedy, sin la melosería y el desparpajo que un año atrás había desplegado Marilyn en dicho evento. Un año más tarde volverá a actuar junto a su marido en <em>Encuentro en París, </em>y también participará del exitoso musical <em>My fair lady, </em>de George Cukor, y que se esperaba pudiera convertirse en una cinta legendaria. En versión teatral de Broadway, era la por ese entonces desconocida Julie Andrews quien interpretaba al personaje principal, pero en la adaptación cinematográfica se prefirió contar con la actuación de Audrey Hepburn. Ésta consideraba que el papel debía ser interpretado por Andrews, pero la segunda opción de la productora sería Elizabeth Taylor, por lo que Hepburn acabó aceptando lo que sería uno de los papeles más importantes de su vida. A la postre, y ese mismo año, Julie Andrews fue elegida para el papel que la inmortalizaría en el mundo del cine, <em>Mary Poppins, </em>y que incluso le valdría el reconocimiento de la Academia al concederle la codiciada estatuilla del Oscar. En los años siguiente Hepburn aparecerá en algunas cintas, entre las que se destacan <em>Cómo robar un millón, </em>de 1966, y tres películas del año siguiente: <em>Dos en la carretera, Hidrofobia </em>y <em>Wait until dark. </em>Para ese momento ya Audrey había comenzado a dejar relegada su carrera actoral, y se le vería más comprometida abanderando proyectos filantrópicos, así como a dedicar más parte del tiempo a su familia. Para 1968, luego de cinco embarazos infructuosos, Audrey se divorcia de su marido, y al año siguiente ya estará contrayendo nuevas nupcias con un psiquiatra italiano, con el cual tendría otro hijo, pero que tras una serie de infidelidades por parte de éste, acabaría finalmente divorciándose para el año de 1976. Ese mismo año protagoniza junto a Sean Connery la película <em>Robin y Marian. </em>Para 1979 la veremos junto a Omar Sharif en la película filmada en New York, <em>Lazos de sangre, </em>y por esos mismos días conocería a un actor holandés que se convertiría en su próximo amor, y con quien finalmente consolidaría una relación: “Él me hizo vivir de nuevo, darme cuenta de que no todo se había terminado para mí”, declaraba Hepburn respecto a su pareja. Finalmente, para 1988, actuará por última vez en la película <em>Always</em>, de Steven Spielberg, y en adelante consagrará sus esfuerzos en sacar adelante las iniciativas promovidas por la Unicef, la cual la nombró su embajadora de buena voluntad. Audrey viaja por Salvador, Guatemala, Honduras, Sudán, Somalia y Vietnam, participando en proyectos educativos respecto a la enfermedad del sida y otras problemáticas de salud, y asistiendo con ayudas alimentarias que pudieran combatir la desnutrición de los países más desfavorecidos. En 1991 es condecorada por la Sociedad Cinematográfica del Lincoln Center, y un año más tarde se le reconoce su trabajo como embajadora de buena voluntad, otorgándole la Medalla Presidencial de la Libertad. Y a pesar de que fumaba más de cincuenta cigarrillos al día, sería el cáncer de colon lo que acabaría con su vida, el día 20 de enero de 1993, en su casa en Tolochenaz, Suiza, a la edad de 63 años. Al morir, varios premios póstumos le serían otorgados, entre ellos el Premio Humanitario Jean Hersholt. En vida ganó también el Emmy y el Grammy, y es quien más veces ha otorgado el premio a Mejor Película en la gala de los Oscar, con cuatro en total. Actúo con Humphrey Bogart, Gary Cooper y Peter O’Tolle, aparte de los ya mencionados. No llevaba una vida ostentosa como muchas de las estrellas de Hollywood; cultivaba su propio huerto y jamás vivió en una mansión de lujo, manteniéndose alejada del derroche y la desfachatez, muy propio de una época y de su entorno. Y a pesar de que en su vida personal se decantara por ese estilo sencillo y descomplicado, los personajes glamurosos por los que se hizo célebre, conseguirían influenciar a toda una época y hasta el punto de convertirse en símbolo y referente de la moda. Las mujeres querían imitar sus trajes y sombreros marca <em>Givenchy. </em>No solía usar joyas y rechazó ser la imagen publicitaria de la joyería <em>Tiffany, </em>pese a lo cual la empresa destinó un escaparate para exhibir las preciosidades que había portado la afamada Audrey Hepburn. Así también se crearía un perfume que contenía su fragancia y que fue conocido como <em>L’Interdit. </em>El American Film Institute la ubicó en el puesto número tres dentro del ranking de las actrices más importantes del siglo XX, luego de Katherine Hepburn y Bette Davis. Su nombre hace parte de la International Best Dressed List Hall of Fame, y en el año 2000 la Unicef inauguró una estatua en su honor a las afueras de su sede en New York. En el 2007, mucho después de haber muerto, Audrey seguiría recaudando dinero para fondos humanitarios, luego de que se subastara uno de los trajes que la actriz había lucido en la película <em>Breakfast at Tiffany’s</em>, y el casi millón de dólares que pagaron por el traje se destinó para impulsar la creación de dos escuelas en Bengala. Su vida ha sido llevada al cine y al teatro y son muchas las biografías que pretenden narrar, como si de un relato bíblico se tratara, la vida de un ángel caído. Pese a una supuesta rivalidad que mantuvieron siempre, Elizabeth Taylor comentó luego de enterarse de que su frecuente competidora muriera: “Dios estará contento de tener un ángel como Audrey con Él”.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 27 Jan 2023 14:03:51 +0000</pubDate>
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