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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de The New York Times | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Katharine Hepburn (1907-2003)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Nació en Connecticut, en una familia prestante, acaudalada, de padres que abogaban por ciertos cambios de la estructura social, de pensamiento reformista. Su madre era una destacada activista feminista que llegó a dirigir la Asociación de Sufragio Femenino de Connecticut, y que lideraba campañas de advertencia respecto al deber de controlar la natalidad. En su infancia Katharine asistiría junto a ella a varias manifestaciones y mítines que despertarían desde niña su visión progresista y liberal. Esta crianza, que Hepburn agradece haber tenido, le inculcaría la libertad de pensamiento y la llevaría desde niña a empaparse de historia, arte y cultura, compartiendo con sus padres las obras de Ibsen o George Bernard Shaw y entablando debates sobre temas políticos y sociales. Le gustaba llevar el pelo corto como los hombres y que le llamaran “Jimmy”, como si fuera un niño; imitaba a los varones vistiendo pantalones de hombre, y sería su padre quien la pondría a la par del macho respecto a las destrezas físicas, enseñándole a nadar, bucear, cabalgar y luchar, y a practicar deportes como el tenis y el golf, este último en el que lograría algunas conquistas menores. Pero gustaba del cine y del teatro, quería ser actriz. Sus primeras tentativas vendrían por iniciativa propia, una vez convocara a algunos vecinos y montara ella misma pequeñas piezas teatrales, por las que cobraba una entrada a los padres por valor de 50 centavos, y cuyo recaudo estaba destinado a la comunidad del Pueblo Navajo. Un suceso marcaría la vida entera de la que un día se convertiría en la estrella más grande de Hollywood de todos los tiempos. Sucedería en abril de 1921, cuando Katharine encontró a Tom, su hermano más querido, colgado de una soga y sin vida, en un episodio que nunca se dilucidó si se trató de un juego fallido o de un ahorcamiento voluntario. La actriz asumiría la fecha del cumpleaños de su hermano como la fecha de su nacimiento, y tendrían que pasar setenta años para que develara el secreto que todos desconocían. La tragedia la llevó a abandonar sus estudios en la Kinswood-Oxford School para tomar clases privadas, y tres años más tarde volvería al claustro académico luego de haber ganado una beca en el Bryn Mawr College. Cuatro años más tarde se graduaría como Licenciada en Historia y Filosofía y, al día siguiente, sin espera, decidida, viajó a Baltimore para realizar su vocación más honesta de convertirse en actriz. De inmediato encontró un papel en la obra teatral, <em>The Czarina</em><em>, </em>y cuya actuación fue tildada por la crítica como “notable”, y a pesar de que su voz un tanto chillona generara descontento en los espectadores. Para solucionar este inconveniente, Hepburn se desplaza a New York y trabaja su fonética con un profesor particular, afianzándose en dicción y pronunciación y encarando cada vez más segura el camino hacia el estrellato. Su temperamento impulsivo y dominante le valdrían desde su debut el apócope de “La Zarina”. En su segunda obra de teatro su actuación no fue para nada convincente y no le permitieron seguir haciendo parte del proyecto. Interpreta a una colegiala en un obra de poco éxito, y un par de semanas después, a sus 21 años, abandonará los tablados para contraer matrimonio con un hombre ocho años mayor, Ludlow Ogden Smith, antiguo compañero universitario y empresario de Filadelfia, y con quien pronto comprendería que lo suyo no era el hogar, los planes de familia, la relación matrimonial, y no vacilaría para regresar a los escenarios, interpretando un personaje en la obra de teatro <em>Holiday,</em> y con la cual estaría comprometida durante los siguientes seis meses. Katharine le daría prioridad a su carrera, y a pesar de que las obras en las que participaría durante los siguientes tres años tuvieran críticas como: “Se ve un espanto, su actitud es inaceptable y no tiene talento”; y aquel director que se excusaría de no contratarla: “Para ser brutalmente sincero, usted no era muy buena”. Poco a poco la relación de pareja comenzó a enfriarse, y luego de cuatro años acabarían por divorciarse, pero esto no fue impedimento para que mantuvieran una estrecha relación de amistad hasta la muerte de Ludlow, en 1979. Hepburn confesaría sentirse siempre apoyada por su primer y único marido, y que incluso sería éste quien precipitaría su decisión de separarse, alentándole a continuar con su deseo más anhelado. “Fue él quien quizás preparó el camino para la ruptura al decirme que con mi talento podría conseguir lo que me propusiera.” En sus memorias, la actriz confiesa haberse aprovechado de alguna forma de este amor, comportándose con Ludlow como “un terrible cerdo.” Desde su divorcio, Katharine Hepburn asumió la tarea única de convertirse en actriz, renunciando a volver a casarse, y mucho menos a concebir hijos. En 1932 la obra <em>The warrior’s husband </em>significó el despegue de su carrera. El personaje requería estar en una condición física óptima, ya que desde el primer acto tendría que saltar de una escalera, llevando al hombro un ciervo y vistiendo una diminuta túnica color plata. La crítica del momento diría acerca de la prometedora actriz: “Han pasado muchas noches desde la última vez que una actuación tan brillante iluminó la escena de Broadway.” La obra se presentó durante tres meses en el Teatro Morosco, en Broadway; y sería en una de sus funciones donde un cazatalentos repararía en ella y la propondría a la famosa productora RKO para la película <em>A bill of divorcement</em><em>. </em>El director, George Cukor, creyó ver en Hepburn a “una extraña figura… no se parecía a nadie que hubiera oído jamás”, confesando que fue el movimiento fluido que hizo la actriz al tomar un vaso ése gesto natural que acabaría por convencerlo: “Pensé que era muy talentosa en ese movimiento.” El productor, el reconocido David O. Selznick diría que fue un “enorme riesgo” el jugársela con una actriz completamente desconocida. Pese a todo esto, y convencida de su talento, la actriz no tendría reparo en pedir en su contrato un salario de U$6.000 mensuales, y decir que venía ganando menos de U$500 mensuales con la compañía teatral. La productora consideró que finalmente su apuesta era por una actriz distinta, un poco salida de lo convencional, desafiante, y no perdería el juego, ya que la película sería un éxito en taquilla y la actriz protagonista, debutante, recibiría el aplauso del público y de la crítica, y por lo que RKO le propondría a Hepburn para que firmara con ellos un contrato a largo plazo. A partir de ese momento el director George Cukor se convertiría también en su amigo, y en su larga trayectoria alcanzarían a compartir el rodaje de una decena de películas. Ese mismo año, con su segunda película,<em> Christopher strong, </em>la actriz sería considerada por la crítica como “una personalidad distinta, firme y auténtica”, y a pesar de que la película no generara mayores ingresos de taquilla. A esta película le siguió <em>Morning glory</em>, de ese mismo año, y en donde la actriz le dio vida a la aspirante a actriz, Eva Lovelace, y cuyo guion vio de casualidad sobre el escritorio de un productor, y al echarle una ojeada pensó que el papel le sentaría como anillo al dedo, por lo que no dejó de insistir para que se lo dieran a ella. No se equivocó, siendo así que, con apenas 26 años, y tras filmar apenas tres cintas, Katharine se alzaba con la codiciada estatuilla del Oscar (ceremonia a la que asistiría solamente en una ocasión). Todo parecía indicar que su carrera, que apenas comenzaba pero en la que ya se había consagrado en lo más alto, prometería en adelante un sinfín de éxitos y por el resto de su vida. Y así parecía luego de encarnar ese mismo año a Jo en la adaptación cinematográfica de <em>Little women</em><em>, </em>que no sólo se convertiría en uno de los grandes éxitos de la industria del cine hasta el momento, sino que le valdría el reconocimiento a la Mejor Actriz en el Festival de Cine de Venecia. Se sintió alcanzar la cumbre con este papel, uno de sus preferidos de toda su carrera, y esto dijo de su interpretación: “Desafío a cualquiera a que sea tan buena ‘Jo’ como yo lo fui.” Y pese a que todo parecía ya un camino de rosas, los siguientes filmes constituyeron un verdadero fracaso en taquilla y la imagen de la gran actriz de Hollywood comenzó a decolorarse. En 1934 filmará con RKO la película <em>Spitfire, </em>en la que será una de sus peores interpretaciones<em>. </em>Respecto a esta película, Hepburn confiesa haber conservado el poster publicitario pegado a las paredes de su cuarto, como un recordatorio de “humildad”. Para ese momento se le ocurrió que podría ponerse a prueba como actriz si regresaba a demostrarlo en vivo y sobre las tablas de un escenario de teatro. Fue así como aceptó el ofrecimiento de un director teatral venido a menos, y por un sueldo irrisorio se comprometió con la obra <em>The lake, </em>que en un comienzo se presentó en Washington, DC, y unas semanas después en New York, y que no resultó para nadie atractiva, deslustrando aún más la carrera actoral de Katharine. No aceptó continuar con una gira de burlas, negándose a llevar la obra a Chicago y prefiriendo pagar al director U$ 14.000 por renunciar a su contrato. RKO le propone protagonizar dos películas que no lograron ningún tipo de trascendencia: <em>The little minister </em>de 1934, y al año siguiente el drama romántico <em>Break of hearts</em><em>. </em>Ese mismo año cobra nuevos bríos luego de interpretar a una mujer codiciosa que aspira escalar en su estatus social en la película <em>Alice Adams, </em>uno de sus roles favoritos, y que le valió su segunda nominación a los Premios de la Academia. A Hepburn se le dio la posibilidad de ser ella quien eligiera su próximo proyecto, y para 1935 comparte por primera vez el plató con Cary Grant en la película <em>Sylvia Scarlett, </em>de su amigo el director George Cukor, y que no gozaría del agrado del público pese a las tantas expectativas. Al año siguiente un par de películas que tampoco tendrían éxito: <em>Mary of Scotland</em><em>, </em>y en donde Hepburn encarnaría a la legendaria María Estuardo, y la película <em>A woman rebels</em><em>. </em>Ese mismo año audicionó para el papel de Scarlett O’Hara en lo que se convertiría en un clásico del Séptimo Arte: <em>Lo que el viento se llevó. </em>El productor David O. Selznick le confesaría más tarde que la descalificó porque le faltaba el poderío sexual de otras actrices, y “no puedo ver a Rhett Butler persiguiéndote durante doce años”. Parecía que en su carrera se avecinaba el debacle. Esto no sólo por la falta de espectadores que antaño colmaban los cines para ir a verla, sino porque su personalidad estaba chocando con el público y quizás esta fuera también la razón de su descontento. Su carácter imponente desafiaba continuamente a la prensa, mostrándose en ocasiones irrespetuosa en sus declaraciones, y negándose muchas veces al cariño de los fanáticos que se acercaban a ella para pedirle un autógrafo. No gustaba de dar entrevistas, y por estos motivos era conocida en el gremio como “Katharine de Arrogancia”. La caracterizó siempre el hacer las cosas a su manera, saltándose protocolos y riñendo con el sistema que regía en el Hollywood de aquel entonces, confrontando a periodistas y rechazándolos para que no estuvieran entrometiéndose en sus intimidades, y siguiendo unas costumbres que poco contrastaban con la clásica y superficial estrella de cine. No le gustaba asistir a galas y en pocas ocasiones visitaba un restaurante, y sin embargo confesaría que siempre disfrutó secretamente el que los medios no la hubieran olvidado nunca. Nadie podría negar que se trataba de toda una celebridad, pero no por ello gozaba del aprecio de todos. A muchos les parecía escandalosa sus maneras un poco masculinas, que reflejaba en un estilo de vida en donde conducía camionetas, solía prescindir de maquillaje y vestía ropa informal, poco glamurosa, descomplicada y de un estilo más bien varonil, y que siempre acababa imponiéndose como una moda entre las tantas mujeres que veían en Hepburn el vivo ejemplo de la mujer empoderada y reconocida en un mundo timoneado por hombres. De hecho, el Consejo de Diseñadores de Moda de Estados Unidos le otorgó un premio en reconocimiento a su destacada influencia dentro del ámbito de la moda femenina. Siempre dijo abiertamente lo que opinaba con respecto a cualquier asunto, y esto le valdría más de un contradictor y enemigo: “Soy una personalidad como así también soy una actriz. Muéstrame a una actriz que no sea una personalidad y me mostrarás a una mujer que no es una estrella.” Apoyaba las ideologías de políticos socialistas -aunque nunca se confesara partidaria de los ideales comunistas-, y desde inicios de la década de los cuarenta sería incluida en el listado del Comité de Actividades Antiestadounidenses por mostrar su oposición al brote fanático de anticomunismo. No se andaba con medias tintas, defendía abiertamente a las minorías y a todo tipo de pensamiento liberal. Se mostraba a favor del derecho al aborto, y se preocupaba, como su madre, por el control de la natalidad y por el sufragio femenino. “Yo soy atea y eso es todo. Creo que no hay nada que podamos saber excepto que debemos ser amables con los demás y hacer lo que podamos por otras personas”, dijo en una entrevista. Era practicante de los principios de <em>Reverencia por la vida</em> descritos por el Nobel de Paz Albert Schweitzer, pero no promulgaba ninguna doctrina ni creía en el “más allá”, y por su firmeza en estas declaraciones contestatarias, la Asociación Humanista Estadounidense la premiaría con el Humanist Arts Award. Una dama notablemente elegante, espigada, cuello fino y pómulos angulosos, un poco ajeno a la belleza impactante de otras actrices coetáneas, y sin embargo su plus estaría siempre en su espíritu imponente y en el poderío que desplegaba con su talento. Su voz sería uno de sus mayores distintivos, una voz como de emperatriz, afianzada en sus textos, convencida de lo que debía decir y a pesar de que hiciera de tímida, y siempre verosímil. Sus movimientos medidos, inteligentes y enérgicos, ya fueran pausados o ágiles. Te hacía reír. Era cómica, chistosa cuando tenía que serlo, dramática todo el tiempo. Diferente, femenina, muy mujer, a la que se le notaba eso que llamamos pasión. Se mezclaba al extremo en cada uno de los proyectos en los que participaba, y en ocasiones se pasaba de entrometida sugiriendo a los guionistas o proponiéndole al director cómo debía dirigir y al vestuarista cómo vestirla. Escenografía, iluminación, fotografía, tenía que ver con todo y en especial con lo suyo: actuar. Calculadora, ensayaba cada uno de sus gestos y desplazamientos; no olvidaba jamás sus textos, e incluso se le reconocía porque solía memorizar también las líneas de sus compañeros de reparto, de los cuales alguno diría: “Trabajo, trabajo, trabajo. Puede trabajar hasta que todos caigan rendidos.” Se hacía controladora y muchos de sus compañeros se quejaban de su talante de “mandona”, y una de sus amigas la comparaba con una “maestra”. “Choco con gente tan peculiar de alguna manera, aunque no termino de entender por qué. Por supuesto, tengo un rostro angular, un cuerpo angular y, supongo, una personalidad angular que golpea a la gente.” Para ese entonces la actriz se definía como una “persona yo, yo y yo.” Pese a todo esto, nadie dijo nunca que no mantuvo siempre un sentido de cordialidad y compostura, culta, irónica y controvertida, humana y humilde. Debido a su creciente impopularidad, Katharine abandona Hollywood y el cine para probarse nuevamente en las tablas, esta vez en la adaptación teatral de la novela <em>Jane Eyre</em>, con la que realizaría una exitosa gira por el país, pero la cual no se presentaría nunca en Broadway. Para ese momento Howard Hughes, el dueño de RKO -productora con la que la actriz había realizado la mayoría de sus filmes-, puso los ojos en la estrella más incandescente de la industria, y fue entonces cuando comenzaron un intenso amorío. El magnate llegaría incluso a proponerle matrimonio, pero la actriz había tomado la determinación de enfocarse únicamente en sus proyectos laborales y no ceder nunca más a la tentación de casarse, y así lo cumplió. Pese a su determinación, las siguientes cuatro películas serían nuevamente un fracaso en taquilla: en 1937 <em>Quality Street </em>y <em>Damas del teatro </em>(esta última coprotagonizada por Ginger Rogers), y para 1938 de nuevo junto a Cary Grant en la comedia <em>Bringing up baby (La fiera de mi niña), </em>y <em>Vivir para gozar, </em>de ese mismo año<em>.</em> Luego de esta seguidilla de tropiezos el público no la perdonaría y sería incluida por la crítica como una de las actrices consideradas por la industria como “veneno de taquilla”. Para ese momento también se romperá la relación que venía manteniendo con Hughes, y así mismo no quiso involucrarse en una quinta decepción, rechazando la próxima película con RKO y pagando U$75.000 como sanción por incumplimiento de contrato. Esta jugada solamente podía permitírsela quien tuviera el poder y la fortuna de Katharine Hepburn, que para 1938 ya Columbia Pictures le habría ofrecido protagonizar por tercera vez junto a Cary Grant, esta vez en la película basada en la obra teatral <em>Holiday</em>, una comedia que la crítica calificaría de forma benévola, pero que alcanzó un buen número en taquilla. El siguiente proyecto que le ofrecían empezaba a mostrar una reducción considerable de su salario, por lo que prefirió ausentarse de momento de los estudios de cine para batirse otra vez de cara al público. En 1940, con la obra teatral <em>The Philadelphia story</em><em>, </em>Katharine regresará victoriosa para demostrar la gran actriz que parecía haberse perdido en los años anteriores. Junto a James Stewart, la obra se iría de gira por varios Estados logrando más de 400 funciones, y un tiempo después una segunda gira lograría presentarse cientos de veces más, convirtiéndose en una de las obras más exitosas de la década que recién comenzaba, y logrando batir récord de taquilla en el emblemático Radio City Music Hall. Tanto fue el éxito de la obra, que la RKO se animó a llevarla al cine al año siguiente, valiéndole a Hepburn una tercera nominación al Oscar, así como el New York Film Critics Circle Award en la categoría de Mejor Actriz. La crítica del momento consagraba así su redención: “Volvamos hacia atrás, Katie, todo está perdonado.” Esta apuesta representó para Hepburn un verdadero resurgimiento: “Le di vida y ella me dio de nuevo mi carrera”, diría respecto a su personaje, para luego seguir apostándole al mundo teatral con la exitosa obra <em>Sin amor</em>, un guion escrito para ella y que fue por dieciséis semanas consecutivas un contundente éxito taquillero. En 1942 Hepburn se da el lujo de elegir su siguiente proyecto, esta vez con la Metro Goldwyn-Mayer, sin sospechar que más allá del éxito que le valdría su cuarta nominación al Oscar, la gran conquista tras el filme <em>La mujer del año </em>sería la aparición de quien sería su coprotagonista en otras tantas películas, y así también como en la vida real, en una extraña relación amorosa que se prolongó por más de 25 años, hasta la muerte del actor. Spencer Tracy tenía 41 años cuando conoció en el plató a su compañera de reparto, una actriz siete años menor que ella, de talante lésbico y con sus uñas sucias, diría tiempo después. Por otro lado, a la coprotagonista le pareció enseguida un tipo “irresistible”. Sea como fuera, la pareja congenió, y en adelante la vida de ambos estaría estrechamente ligada. Hepburn parecía querer de un hombre en su vida, como alguien a quién cuidar, y quizás lo más conveniente sería un colega, un hombre casado, y con quien tuviera un compartir que, muchos cuestionan, no trascendió nunca a los asuntos carnales. La carrera actoral de Hepburn durante la década de los cuarenta declinó considerablemente, en gran parte por entregarse a los cuidados de su compañero sentimental, un tipo ansioso que no podía dormir y que tenía problemas con la bebida. La pareja evitaba ser vista en público, queriendo en lo posible preservar su intimidad. Y a pesar de que la relación era conocida por todos, y año tras año un motivo diferente de escándalo, Tracy permaneció casado, y por su parte Katharine jamás intervendría en su matrimonio, manteniéndose alejada de la esposa de Tracy y respetando siempre un distanciamiento, que incluso mantendría al no asistir al entierro de quien también fuera el amor de su vida. A pesar de que no convivieron juntos, la pareja parece haber llevado una historia de amor de la que igual quedará el registro fílmico que los unió en nueve películas. El amorío serviría como una excusa para que los hombres se mantuvieran al margen y no anduvieran codiciando a la actriz, y a ambos serviría para desmentir en parte lo que tanto se especuló siempre sobre sus inclinaciones sexuales: que ambos eran homosexuales. Lo cierto es que Katharine estaba “ciegamente enamorada” del actor, tal cual lo diría una de sus más íntimas amigas, y así también lo confesaría ella, luego de que se atreviera a tocar en público el tema de su amor con Tracy, y toda vez que la esposa de éste falleciera. Ella lo consentía como a un hijo depresivo, desdibujando esa actitud de mujer independiente y empoderada que todos conocían, y siguiendo los caprichos de un ser al que Katharine definió como a un hombre “torturado”, pero al que nunca dejó de amar. “Fue un sentimiento único el que tuve por Spencer. Habría hecho cualquier cosa por él”, confesó. Decía no saber por qué su tanto amor por este hombre, y que no supo ciertamente cuáles eran los sentimientos de Tracy hacia ella: “Sólo puedo decir que nunca podría haberlo dejado… pasamos 27 años juntos que fueron para mí la felicidad absoluta”. Por haber trascendido las pantallas, esta larga aventura es recordada como una de las más legendarias del cine. La evidente química desprendida entre Tracy y Hepburn parecía desbordarse a todas luces desde el telón de la pantalla. El público lo notó desde el primer encuentro y así mismo la industria, por lo que sería la Metro Goldwyn-Mayer la que tomó ventaja reuniéndolos en 1942 para la película <em>La llama sagrada. </em>Un año más tarde Hepburn figuró en un simple cameo en la película <em>Stage door canteen</em><em>. </em>Un año más tarde protagonizó el filme de alto presupuesto, <em>Dragon seed, </em>y para 1945 vuelve a reencontrarse con Tracy en la exitosa película basada en la obra teatral <em>Sin amor. </em>En 1946 grabó <em>Undercurrent</em><em>, </em>y un año después se desplaza al Viejo Oeste estadounidense para rodar su cuarta película con Tracy: <em>The sea of grass, </em>y que al igual que las otras películas donde aparecían juntos, ésta también sería un éxito en taquilla tanto a nivel nacional como internacional. Ese mismo año, luego de exigirse en el piano para interpretar a Clara Schuman en el filme <em>Song of love, </em>Hepburn empezaría a destacarse como una figura progresista, al declararse opositora del creciente movimiento anticomunista que estaba gestándose en Hollywood. Estas declaraciones la alejaron de las salas de cine por nueve meses, hasta que se le ofreció remplazar a Claudette Colbert en la película <em>State of the Union</em><em>, </em>de la cual ya estaba enterada dado que el coprotagonista sería su adorado Spencer Tracy. El éxito estaba garantizado, y para 1949 reaparecerían juntos y por tercer año consecutivo en una película que Katharine definió “perfecta para Tracy y para mí”: <em>La costilla de Adán. </em>Por ese entonces la actriz se mudaría a California, y allí daría inicio a una relación sentimental con el que fuera su representante, Leland Hayward, quien pese a estar casado le propondría a Hepburn que se divorciaría de su mujer si ella accedía a casarse con él. La relación duró cerca de cuatro años, tiempo en el cual la actriz, convencida de empeñar sus esfuerzos vitales para consagrarse en su carrera, no declinó en su promesa de permanecer alejada de los compromisos matrimoniales: “Me agradaba la idea de ser una personalidad autónoma”, manifestó años más tarde, consciente de que la maternidad implicaba dedicar un tiempo con el que ella, sencillamente, no contaba en esta vida que eligió: “Habría sido una madre terrible… básicamente porque soy un ser humano muy egoísta.” En enero de 1950 encarna al personaje de Rosalind en la obra de Shakespeare, <em>As you like it, </em>queriendo demostrarse a sí misma que podía batirse con lo más clásico de la dramaturgia: “Es mejor probar algo difícil y fracasar que actuar segura todo el tiempo”, decía luego de haber celebrado casi 150 funciones en el Teatro Cort de New York. Y pese a esto de probar nuevas cosas, a partir de entonces se dedicará a interpretar, casi con exclusividad, personajes que le sentarán perfectamente ya que parecieran retratarla a ella misma. En 1951 se desplazará al Congo y rodará junto a Humphrey Bogart su primera película en Technicolor, <em>The African Queen, </em>experiencia de la cual luego publicaría unas breves memorias, con anécdotas como aquella de que estuvo a punto de abandonar el rodaje por haber enfermado de disentería. Por esta interpretación Hepburn sería nominada por quinta vez a los Premios Oscar, y representó su primer éxito de taquilla desde la vez que se vio con su coprotagonista predilecto en <em>The Philadelphia story. </em>En 1952 volverá la fórmula ganadora Hepburn-Tracy con el filme <em>Pat and Mike</em>, que sería como todas las demás en las que estarían juntos un gran éxito de taquilla y una de las más recordadas del dúo ganador. Esta actuación le significaría a Katharine una nominación al Globo de Oro a la Mejor Actriz Comedia-Musical. Ese mismo año se trasladará a West End, Londres, y estará durante las próximas diez semanas participando de la obra escrita por George Bernard Shaw, <em>The millionairess. </em>Pese a confesarse nerviosa al comienzo de cada función, la obra sería un éxito en taquilla, e incluso la actriz intentó de forma infructuosa que la propuesta fuera llevada al cine. En ese momento se tomará dos años de descanso antes de retomar para 1955 con la película <em>Summertime, </em>un film grabado en Venecia y cuyo personaje ya parecía la apuesta reiterada de Hepburn, la de una mujer solterona y solitaria que encontrará su aventura de amor, y pese a lo cual recibiría una vez más la postulación para el Premio de la Academia, y para muchos la mejor interpretación de su carrera. Yendo y viniendo entre el teatro y el cine, al año siguiente se embarca en otro proyecto sobre las tablas, realizando una exitosa gira por Australia con la compañía teatral Old Vic, encarnando a Portia en <em>The merchant of Venice, </em>a Kate en <em>The taming of the shrew </em>y a Isabella en <em>Measure for measure. </em>Al año siguiente volverá a ser nominada al Oscar por la película que protagonizaría junto a Burt Lancaster, <em>The rainmaker</em>, y en donde nuevamente hacía de una “solterona necesitada de amor” y a la que ya el público reconocía con facilidad. Se estaba dejando encasillar en el mismo y repetido papel y ella lo sabía de sobra: “Me estaba interpretando a mí misma. No fue difícil para mí recrear a esas mujeres porque yo soy la tía soltera.” A Katharine se le criticó muchas veces su falta de versatilidad al momento de elegir sus papeles, por lo mucho que se parecían y contrastaban con su personalidad y hasta con su vida. Pocas veces se alejó de la mujer refinada, adinerada, a veces antipática, fuerte, segura de sí misma, inteligente, y sin embargo vulnerable en cierto grado y hasta el punto de ser humillada, en lo que algunos decían se trataba de “la fórmula para el éxito de Hepburn.” Ella misma admitiría que en su momento empezó a sentirse cómoda con cada uno de estos personajes y así lo reconoce en una entrevista: “Creo que soy siempre la misma. Tenía una personalidad muy definida y me gustaba el material que mostrara esa personalidad.” Ese mismo año de 1956 rodaría la que fuera considera por ella misma como la peor película de su vida, la inmemorable adaptación de la comedia <em>Ninotchka, </em>y que se titularía <em>The Iron Petticoat</em>, y un año después volvería al refugio seguro de Tracy protagonizando otra película juntos después de cinco años sin compartir el set: <em>Desk set. </em>Se distanciará dos años de las pantallas para reaparecer en la adaptación al cine de la novela de Tennessee Williams, <em>Suddenly, last summer, </em>y en donde compartiría el protagónico junto a la también legendaria Elizabeth Taylor, y que Hepburn describió como una “experiencia completamente amarga”. Filmada en Londres, la actriz no supo entenderse con el director Joseph L. Mankiewicz, y acabaría escupiéndole el rostro como una forma de manifestar su descontento en medio de una pelea. A pesar de la amarga experiencia, el filme sería aplaudido por el público y la crítica, y una vez más Katharine sorprendía al ser nominada al Premio Oscar por su interpretación de la siniestra Violet Venable. Este momento representó el momento de maduración de la actriz, que según su biógrafo describirá como “el período en el que realmente fue hacia sí misma”. “Se creo a sí misma para sobrevivir y prosperar en Hollywood. Y para ello tuvo que reinventarse no una, sino varias veces”, comentaría algún crítico, resaltando la capacidad de Hepburn para caer y ponerse de pie, soñar y frustrarse, sobreponerse, reinventarse y volver a triunfar una y otra vez, ser todas las mujeres en el cine y en la vida misma. “Ese terrible personaje que yo inventé”, sería como se describió. Vuelve al teatro presentándose con éxito en el American Shakespeare Theatre de Stratford, Connnecticut, encarnando a Beatrice en la obra teatral <em>Much ado about nothing, </em>a Viola en <em>Twelfth night </em>y a Cleopatra en <em>Antony and Cleopatra. </em>En 1961 Tennessee Williams escribió el guion de <em>The night of the iguana </em>pensando en que la actriz podría darle vida a su personaje, pero a pesar de sentirse alagada, Katharine fue honesta al rechazar la propuesta por no sentirse identificada con un papel que a la postre acabaría interpretando Bette Davis. Para 1962 Hepburn decidió aceptar un salario muy por debajo de lo que acostumbraba, queriendo desafiarse en la versión cinematográfica de <em>Long day’s journey into night, </em>basada en la obra teatral de Eugene O’Neil. Este papel sería uno de los que más le costaría interpretar, así como uno de sus preferidos y para varios el mejor de su carrera. El filme tuvo gran éxito y de nuevo sería nominada a la codiciada estatuilla de la Academia, y así mismo sería candidata en la categoría de Mejor Actriz en el Festival de Cine de Cannes. Hepburn dijo que esta película era “la más grande obra que este país haya producido jamás”. Katharine se confesaba orgullosa por haberle dado vida a Mary Tyrone, una adicta a la morfina y que ella describiría como “el papel femenino más desafiante en el drama estadounidense.” En la década de los sesenta Katharine ya no estaría tan activa como hasta entonces, y esto no porque le faltaran los alientos ni menos las ganas de continuar rodando películas y presentándose en los más destacados escenarios de todo el mundo, sino para cuidar la frágil salud de su inseparable amigo, quien debido a una enfermedad cardiaca se notaba cada vez más cercano a la muerte. Katharine se mudó a casa de Tracy ya que éste vivía solo desde hacía varios años, y a pesar de que nunca se divorciaría. Rodarían una última película juntos y la que fuera también la más exitosa de todas, <em>Guess who’s coming to dinner</em><em>, </em>y a cuya grabación Spencer Tracy sobreviviría apenas dos semanas. Hepburn tuvo que esperar 34 años para que esta vez se alzara con su segunda estatuilla del codiciado premio, dedicándolo por supuesto a la memoria de Tracy, cuyo nombre no dejó de figurar nunca arriba en la pantalla, por debajo del nombre de Katharine Hepburn y porque así mismo ella lo deseaba. Katharine confesaría después de sus ochenta años que aún no se había atrevido a ver la película. Luego de hacer una pausa durante meses, la actriz retoma su vida y elige uno de los tantos guiones que le ofrecieron durante su ausencia, y es así como la veremos en la Abadía de Montmajour, al sur de Francia, junto a Peter O’ Toole en la película <em>The lion of Winter, </em>encarnando a la legendaria Leonor de Aquitania y en un rol que consideró como “fascinante”, y que para muchos superaba todos sus trabajos anteriores. El filme estuvo opcionado a ganar el Oscar en casi todas las categorías, incluyendo a la Mejor Actriz, siendo ésta la tercera vez que Hepburn se alzaba con el premio, y esta vez por segunda vez consecutiva. Antes de terminada la década la veremos en <em>The madwoman of Chaillot</em><em>, </em>para luego retomar las tablas de Broadway en un musical sobre la vida de Coco Chanel, un reto en el que tendría que cantar, siendo que no era ése su fuerte. Sin embargo la obra tuvo una gran acogida y la crítica sería benévola con ella: “Lo que carecía en eufonía lo compensaba en agallas.” Katharine confiesa con su ironía particular que esta sería la primera vez que se sintió amada y apoyada por el público, y su actuación le valió una nominación al Premio Tony en la categoría a la Mejor Actriz de Musical. Reacia en un principio a participar en filmes para la televisión, la mayoría de sus proyectos en adelante se concentrarían en este género. En 1973 la veremos debutando en la pantalla chica con una producción de Tennessee Williams, <em>The glass Menagerie. </em>Todos querían verla desde sus casas, el rating registró lo más alto en audiencia y su papel de la trastornada Amanda Wingfield le valdría la nominación al Premio Emmy. Un año después, y ya más cordial y abierta con el mundo, Hepburn sorprende a todos presentándose a la gala de los Premios Oscar por vez primera en su vida. Lo haría para entregar a Lawrence Weingarten el premio en memoria de Irving Thalberg. El público se puso de pie tan solo verla, y ella aprovechó para bromear: “Estoy muy contenta de no haber escuchado a nadie gritar: ‘ya era hora’”. Dos años más tarde probaría de nuevo en esta modalidad con la película <em>Love among the ruins, </em>y esta vez sí se alzaría con el Premio Emmy. Antes de regresar al tablado con la obra <em>A matter of gravity, </em>Hepburn rodará junto a John Wayne la película de vaqueros <em>Rooster Cogburn. </em>Durante su gira sufriría una fractura de cadera, pero siguió presentándose en vivo en una silla de ruedas, y para ese mismo año es condecorada con el People’s Choice Award. En 1978, luego de tres años de ausencia, regresa al cine para filmar el fracaso que representó la película <em>Olly olly oxen free, </em>y en la cual Hepburn confesó haber participado ya que en una de las escenas su personaje tendría que montar en globo. Porque uno podría imaginar que esto era lo único que le faltaba a Katharine Hepburn en la vida, pero no, porque todavía quedaría un sinnúmero de triunfos y homenajes. En 1979 regresa a la televisión con la última película que rodaría con el director George Cukor, <em>The corn is green</em>, esta vez en Gales, y por la que sería nominada por tercera ocasión en los Premios Emmy. Ese año, indiscutible para cualquiera, la gran estrella es incluida en el Salón de la Fama del American Theatre, además de haber sido laureada por el Sindicato de Actores con un premio por su Trayectoria. Por aquellos días Katharine comenzaría a mostrar indicios de Parkinson, pero esto no la detendría para seguir cosechando éxitos, y la enfermedad no logró afectarla más que si acaso al final de sus días con un ligero cabeceo continuo, más no así sus capacidades mentales y cognitivas. La actriz decide tomarse un tiempo, y por esos días presenciará una obra teatral presentada en Broadway y de la cual quedaría prendida. Se propuso llevar al cine la producción <em>On golden pond </em>por la intensidad de sus personajes, una pareja de ancianos haciendo hasta lo imposible por sobrellevar sus días, y cuyo personaje femenino parecía ideal para ella. La actriz Jane Fonda era quien tenía los derechos de la obra, y sería ella misma quien le ofrecería el papel a Hepburn para que compartiera el protagonismo con su padre, el ya veterano y aclamado Henry Fonda. A los 74 años vemos a Katharine sumergiéndose en Squam lake y cantando a todo pulmón, exigiéndose a todo nivel, y su actuación destacaría nuevamente como una de las mejores de su carrera, representando para ella su cuarto Premio Oscar, y hasta el día de hoy la única en conseguir tal hazaña. Recibió su segunda nominación al premio BAFTA y en taquilla la película sería también un éxito, convirtiéndose en la segunda película con más espectadores del año de 1981. Inagotable, ese mismo año interpreta sobre el escenario a una alentada anciana en la obra teatral <em>The west side waltz, </em>y por la que sería nominada por segunda vez al Premio Tony. El <em>The New York Times </em>comentaba por esos días: “Una cosa misteriosa que incuestionablemente ha aprendido a hacer es a respirar vida en líneas que no la tienen.” La estrella que era Katharine brillaba con más luz que todas las demás de esa constelación hollywoodense, y así lo demostró una encuesta llevada a cabo por la revista <em>People, </em>que una vez más y por elección del público la homenajeaba con el People’s Choice Award. En 1984, junto a Nick Nolte, protagonizará una comedia negra que parecía prometer pero que en realidad quedaría para el olvido, y un año después se propone producir un documental sobre la vida de su querido Spencer Tracy. “He tenido suerte, he amado y he sido amada. ¿Verdad, Spencer?”, decía delante de las cámaras a un busto de arcilla del actor. Los años siguientes estaría dedicada a películas para la televisión que tuvieron poca trascendencia pero que mantuvo siempre activa a la actriz, que luego de culminar un proyecto amenazaba una y otra vez con que esta vez sí que sería el último. Y sin embargo regresaba una y otra, y otra vez. Su papel en <em>Mrs. Delafield wants to marry </em>de 1986 le valdría otra postulación al Emmy, y para 1988, ya casi octogenaria, compartirá el plató con su sobrina nieta en la comedia <em>Laura Lansing slept here</em><em>. </em>Para 1991 el mundo se enterará de sus más secretas revelaciones luego de la publicación de sus memorias, y que durante ese año encabezaría el listado de los <em>best-seller</em>: <em>Me: stories of my life. </em>Allí nos contaría sobre una relación furtiva con el realizador John Ford, un hombre casado, alcohólico y depresivo por el que cambiaría toda vez conociera al tipo casado, alcohólico y depresivo que era Spencer Tracy. En 1992 regresa a la televisión compartiendo el set de grabación con Ryan O’Neal en <em>The man upstairs</em><em>, </em>actuación que le valdría la nominación al Globo de Oro. Ya pasados los ochenta años la leyenda viva continuaba todavía muy viva, y así lo muestra en el documental que realizaron sobre ella en 1993, <em>All about me</em>, y en donde aún se le notaba enérgica practicando el tenis y nadando, desenvolviéndose con encanto en una nueva pasión que la tenía obsesionada, la de pintar, y mostrando una faceta más reposada para darse finalmente a conocer sin las obsesiones del pasado. Para ese momento comenzarían los achaques de la vejez, y sin embargo en 1994 la veríamos en su última aparición televisiva en la película <em>One Christmas</em><em>, </em>por el que recibiría una nominación al Premio del Sindicato de Actores, para despedirse de las cámaras ese mismo año, a sus 87, con <em>This can’t be loved</em>, y en donde junto a la compañía de Anthony Quinn, Katharine interpretaría a un personaje poco exigente que para muchos volvería a tratarse de sí misma, y que incluso estaría inspirada en su propia vida. Ese mismo año, seis décadas después de haber ganado su primera estatuilla del Oscar, aparecerá por última vez en <em>Love affair</em><em>, </em>siendo esta la única vez que participará en una película con un rol secundario, aparte de aquel cameo de la película<em> Stage door canteen. </em>No descansó hasta el día de su retiro, luego del cual se trasladó a Old Saybrook, Connecticut, y durante sus últimos años estaría en compañía de su biógrafo de cabecera, Scott Berg, a quien le estaría contando durante casi dos décadas los pormenores de su vida con todas sus principales anécdotas, y que sería recogido en un libro publicado, según lo convenido por Hepburn, una vez ya estuviera ella muerta: <em>Kate remembered</em><em>. </em>En 1996 una neumonía la llevaría a ser hospitalizada, y para el año siguiente se vio en un estado que a muchos le pareció crítico, mostrando unos primeros indicios de demencia senil. Sin embargo viviría más de un lustro para gozar de los tantos honores que el mundo le tenía reservado por sus tantos méritos. En 1999 el American Film Institute reconoce en esta actriz a la “mayor estrella femenina de todos los tiempos en la historia de Hollywood.” Abrazaba un final glorioso: “No le temo a la muerte. Debe de ser maravillosa, como un largo sueño.” Y resulta difícil imaginar que algún día moriría, que, si no era ella, nadie más podría alcanzar la eternidad. Cuesta creer que así fue, que a mediados de 2003, a los 96 años, Katharine Hepburn muere en Fenwick, Connecticut, debido a un tumor maligno en su garganta. Conforme a lo que había manifestado, no se llevó a cabo ninguna clase de ceremonia religiosa, y según lo dispuesto por su voluntad sus restos serían inhumados en el Cedar Hill Cemetery, en Hatford, junto a los de su hermano Tom. También había dicho que sus pertenencias fueran subastadas y tras lo cual la familia recaudaría casi seis millones de dólares. Después de su muerte el presidente George W. Bush dijo que Hepburn “será recordada como uno de los tesoros artísticos de la nación”. Y de ella se dijo ya todo: que su estilo de vida “rompió el molde” de lo convencional en la industria de Hollywood, aportándole “una nueva visión de las mujeres”, representando de cualquier forma a la “mujer moderna” del siglo XX. “Hay mujeres, y además está Kate. Hay actrices, y además está Hepburn”, apuntaban los periódicos. “Una mujer asertiva de la que las mujeres puedan aprender y observar”, diría la prensa; y un director comentaba así sobre su legado principal: “Lo que nos trajo fue un nuevo tipo de heroína -moderna e independiente-. Era hermosa, pero no se fio de eso.” Finalmente destacar esta otra nota: “Más que una estrella de cine, Katharine Hepburn fue la santa patrona de las mujeres estadounidenses independientes.” La consagración la obtendría luego de 66 años de carrera, tras la cual aparecería en 52 películas (8 de ellas para la televisión) y en más de una treintena de obras teatrales. Se permitió explorar distintos géneros y representar las más exigentes piezas de los principales dramaturgos estadounidense de su época y de los clásicos de todos los tiempos. Doce veces candidata al Premio de la Academia, Katharine Hepburn con sus cuatro estatuillas es la más ganadora de todos los tiempos. Insuperable, la número uno, sobran los motivos para reconocer en Katharine Hepburn a la más grande estrella del cine. Ícono cultural, ejemplo de feminidad, Hepburn es sin dudarlo una de aquellas mujeres que cambiaron al mundo debido a su influencia ejemplar dentro de su género. Y así se lo hizo sentir el mundo cuando estaba viva y también después de muerta. Unos días después de su muerte, y durante toda una noche de julio, las calles y los teatros de Broadway apagarían sus luces como un tributo que le rendían a la reina de las actrices. Parques y avenidas que llevan su nombre, monumentos que la recuerdan, instituciones en pro del movimiento feminista, la Medalla Katharine Hepburn que es otorgada cada año a las “mujeres cuyas vidas, trabajo y contribuciones encarnen la inteligencia, el manejo y la independencia de la actriz ganadora de cuatro premios Oscar”. Libros, artículos, reseñas, películas, obras teatrales, documentales y biografías sobre ella. Su obra está expuesta en galerías y exhibiciones, como ocurre permanentemente en el Centro de Artes Culturales Katharine Hepburn, lugar de formación actoral y un museo que recuerda a la actriz, o en la Biblioteca de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Biblioteca Pública de New York en donde se mantiene la principal colección de pertenencias de la mítica actriz. Su imagen aparece en un sello postal que homenajeaba a las “Leyendas de Hollywood”, y en el 2015 el British Film Institute compiló el enorme material completo de todo su inmenso legado. ¿Premios? Los ganó todos, y en todas partes, y repitió muchas veces, dejándonos también las mejores películas de todos los tiempos. Colmada de todos los honores, decía satisfecha de una vida envidiable por cualquier mortal: “Me gusta la vida y he sido muy afortunada, ¿por qué no habría de ser feliz?”</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 22 Sep 2023 19:34:00 +0000</pubDate>
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        <title>Elizabeth &amp;#8220;Lee&amp;#8221; Miller (1907-1977)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Aventurera y desafiante, así podríamos definir a una mujer que no vaciló ante el peligro, y, antes bien, lo encaraba con la ferocidad de un soldado experto, no temiendo entrometerse en el lugar más prohibido. Su fascinación por rebelarse sería según parece una cuestión de temperamento. A los 7 años, embelesada con los trencitos de juguete de su hermano, decidió escapar de la custodia de sus padres para comprobar con sus propios ojos cómo operaban los trenes de verdad, luego de lo cual sus padres tuvieron que rescatar a su extraviada pequeña en la estación ferroviaria. Elizabeth, más conocida como “Lee”, nació a las laderas del río Hudson, a unos 140 kilómetros de New York, en una familia que había heredado el interés por las manualidades y las artesanías. A su abuelo se le recuerda por haber enladrillado el centro educativo de artes, el Antioch College, colocando cada día un promedio de unos siete mil ladrillos. Su tío oficiaba como editor de <em>American Machinist, </em>una revista dedicada a la mecánica, y así también su padre, Theodore, de ascendencia alemana, y quien ostentaba un título en ingeniería mecánica y era un aficionado a la fotografía, además de un experto apasionado en el diseño de curiosos artilugios. De pensamiento liberal, el padre inculcó a sus hijos una vida sin mayores principios, siendo su ejemplo el de un hombre infiel y poco creyente en las religiones. Les decía: “Pueden hacer lo que les apetezca, siempre que no hagan daño a nadie.” Elizabeth creció en un entorno campestre, disfrutando con sus dos hermanos de la casita del árbol que su padre les había diseñado, imitando las técnicas de fotografía e intentando ella misma inventar nuevos e ingeniosos adminículos. Y aunque se confesara poco hábil para las manualidades, lo cierto es que Lee desde muy pequeña desestimaría las muñecas y el bordado y se vería cautivada y familiarizada con las cámaras y la fotografía. “No soy muy hábil con las manos. Soy buena con un destornillador, puedo desmontar una cámara. Pero, ¿coser un botón? Podría ponerme a gritar”, comentaría años más tarde. Su madre, Florence, temía que su hija era un poco “masculina” y que pudiera convertirse en un “chicazo”, siendo que ella quería precisamente a una muñeca, a una niña ejemplar, e incluso sería por ello que cortó el pelo de uno de sus hijos con el estilo de peinado clásico de mujer. Por su parte el padre respondió cortándole el cabello a Lee con un corte varonil. Aproximadamente a los 8 años, Lee quedó una tarde bajo el cuidado de un tipo cercano a la familia y que acabaría abusando sexualmente de la pequeña, contagiándola de gonorrea, y generándole un trauma del que según parece no se pudo reponer nunca. Desde entonces no dejó de sentirse sucia y solía bañarse varias veces al día, se convirtió en una niña irritable, avergonzada, temerosa, solitaria. Padecía ataques de ira en los que destrozaba sus pertenencias, y debido a su conducta rebelde, sería varias veces expulsada de la escuela. Lee recibió tratamiento psicológico, pero sería tal vez la práctica inusual de su padre lo que logró mitigar un poco la vergüenza de su hija, y explorar con libertad su propio cuerpo. Tan liberal era su padre, que utilizó a Lee como modelo para fotografiarla desnuda empleando la técnica estereoscópica, conservándose una de tantas fotos en la que podemos apreciar a la pequeña Lee posando sobre la nieve y vistiendo apenas su par de botas, mientras recoge sus brazos en un intento por apaciguar el frío. Tal vez estas experiencias de exposición lograron destrabar en parte los complejos de Lee, ayudarla a superar sus traumas, desnudar sus temores, y de paso revelar en ella su vocación predestinada: la de fotógrafa. Pese a lo inquietante que pueda parecer esta práctica con su hija, Theodore sería siempre para ella “el hombre más querido y en el que más confiaba”, confesó muchos años después. En adelante comenzaría un proceso de recuperación. Empezó a interactuar con otras niñas, se interesó por la cocina, el piano, la danza, y en general por el mundo de las artes escénicas. La fotografía pudo haberla salvado. A sus 10 años visitó el teatro con su madre, y fue entonces cuando entendió que lo suyo era el protagonismo, destacarse, ser reconocida, consagrarse como el centro de atención. A los 17 años mostraba un cierto descontento por su vida y confiesa haber tenido algunos pensamientos suicidas, pero justo coincidió con un viaje que la familia decide realizar por Europa. Sería en París donde Lee podría respirar el ambiente bohemio que tanto la sedujo por sentirse identificada. Disfrutó ver la cotidianidad de las prostitutas y quedó impregnada del ambiente artístico de la capital francesa, por lo que sus padres decidieron matricularla en una escuela de teatro, ya que lo de ella no parecía ser la academia formal. Pero poco tiempo después de iniciado el curso teatral, la joven Lee se dejó conquistar por el consumado mujeriego que era el director de la escuela, y una vez enterado del amorío, el padre mandaría traer de regreso a la díscola de su hija. Para 1927, a sus 20 años, ya Lee se había convertido en un mujerón de esas que impactan por su belleza. Alta y alargada, de un pelo rubio y abundante, de ojos vibrantes, claros y saltones, nariz ancha, arquetipo del ideal de los años veinte, y con ese rostro expresivo que cautivaría cualquier día a un hombre que, según la leyenda, la salvaría de sufrir un accidente de tránsito. “¿Te interesaría trabajar como modelo?” Fue lo que atinó a preguntar aquel ángel guardián, Condé Nast, y quien también fuera editor de <em>Vanity Fair </em>y de <em>New Yorker, </em>además del fundador de la prestigiosa revista <em>Vogue. </em>Ese mismo año Elizabeth Lee Miller aparecería en la portada de la revista <em>Vogue, </em>y durante los siguientes dos años su imagen sería una de las más cotizadas y requeridas por fotógrafos, publicistas y por todo el entorno del modelaje, trabajando junto a los más prestantes y reconocidos del gremio. Pero su carrera como modelo llegaría a su fin luego de que se valieran de su imagen para publicitar unas compresas para la higiene menstrual, lo cual era inédito en los medios propagandísticos, y por lo cual la modelo sería condenada como una desvergonzada. De cualquier forma Lee supo reponerse y emprender un nuevo rumbo, y esos caminos la llevarían de nuevo a mudarse a territorios galos, con el firme interés de hacerse conocer entre los artistas de vanguardia y especialmente dentro del movimiento surrealista. “Prefiero tomar una foto que ser fotografiada”, decía Lee, convencida de su propósito de convertirse en fotógrafa profesional. Corría el año de 1929 cuando la intrépida Lee se le presentó al afamado Man Ray en el cafetín <em>Le bateau ivre. </em>Así lo recuerda su protagonista: “En aquel tiempo estaba en París, así que me acerqué a él y le dije: ‘Hola, soy tu nueva alumna y aprendiz.’ Él respondió: ‘Yo no tengo alumnos ni aprendices.’ Y yo le dije: ‘Ahora sí.’” Ella tenía 24 años y él 40, y a partir de ese saludo el pintor haría parte de su vida a esa joven mujer por la que entonces abandonaría a su esposa. “Me marcho de vacaciones a Biarritz”, le dijo Man Ray. “Yo también”, le respondió su amante. Fue entonces cuando comenzó una relación en la que Miller serviría como fuente de inspiración artística: musa y pupila, el cuerpo y la imagen toda de Lee quedaría retratada en pinturas y en fotografías que hicieron parte de una obra de tinte surrealista. Se recuerda la foto que captura el <em>derriere </em>desnudo de la modelo y que tituló <em>La prière </em>(La que reza). Debido a una casualidad, Miller descubrió la técnica conocida como “solarización”, donde las zonas oscuras se revelan como zonas iluminadas y viceversa, con un borde luminoso que define las zonas de contraste, y que el afamado artista ayudaría a desarrollar, y aunque poco crédito le haya dado a su compañera. Lo cierto es que parte de la producción fotográfica atribuida a Ray, fue realmente el trabajo clandestino de Miller, y quien estaba más interesada en aprender de su mentor y darle un espacio para que éste pudiera dedicarse más tiempo a la pintura. Una vez logrado cierto renombre, Miller abre su propio estudio, y es a partir de entonces cuando empezará a codearse con los más célebres del momento, como es el caso de Dora Maar, Salvador Dalí, Joan Miró, Max Ernst, Pablo Picasso (quien la retrataría por lo menos siete veces), y también Jean Cocteau, quien apenas la conoció le propuso interpretara a una estatua que cobra vida en su película de 1930 titulada <em>La sangre de un poeta</em>. Lee pasa a formar parte del movimiento surrealista, y su propuesta es la fotografía de imágenes simbólicas e hilarantes y en donde solía valerse de la técnica de la “solarización”. En 1932 pone un punto final a su relación con Man Ray y regresa a New York para establecer un estudio junto a su hermano Erik. Para ese año la veremos exponiendo en la Galería Julien Levy de New York, y un año después realizará otra exposición en la misma galería, pero esta vez con una presentación en solitario. En 1934 contrajo matrimonio con el ingeniero egipcio Aziz Eloui Bey, a quien conoció cuando éste realizaba un viaje de negocios a New York, y por quien acabó dejando todas sus empresas y proyectos personales para mudarse junto a él a la ciudad de El Cairo. La consumada fotógrafa no desaprovecharía su tiempo para tirar una que otra fotografía del contexto social cairota, o para captar la esencia de un paisaje, como es el caso de la fotografía que sacó desde lo alto de una pirámide, y que pareciera una composición cubista a base de sombras; u otra foto que tomó cerca al desierto de Siwa, a la que tituló <em>Portraits of space, </em>y que inspiraría a René Magritte para su pintura <em>Le baiser. </em>Y aunque tendría la oportunidad de escandalizar un poco a la sociedad musulmana, siendo la única mujer que se permitía pasearse en las playas vistiendo diminutos trajes de baño, la vida apaciguada y cómoda que le brindaba Egipto acabaría por aburrirla, y necesitada de aventura, desafío y adrenalina, volvería a París, y para 1937 comenzaría un idilio con el coleccionista de arte, Roland Penrose. “Siempre he buscado una combinación utópica de libertad y seguridad y emocionalmente necesito estar completamente absorta en algún trabajo o en el hombre que amo”, diría Lee en su momento. En 1939 Miller intentó trabajar como fotógrafa de <em>Vogue, </em>pero apenas logró conseguir un puesto como asistente; sin embargo con el inicio de la Segunda Guerra Mundial algunos fotógrafos dedicados al oficio de la moda serían reclutados para disparar sus lentes hacia el frente de batalla, y en cuestión de pocos meses Elizabeth quedaría ocupando el cargo al que en un principio aspiraba. “Me parece que las mujeres tienen más probabilidades de éxito en la fotografía que los hombres… Las mujeres son más rápidas y más adaptables. Y creo que tienen una intuición que les ayuda a comprender las personalidades más rápido que los hombres”, dijo en su momento; y sí que sabría demostrar su punto, consagrándose como uno de los ojos más especiales del mundo de la fotografía. Sin embargo para 1942, y pese a la insistente desaprobación de sus familiares y amigos, contrariando a quienes se le oponían y en un desafío mortal, Lee acepta formar parte del London War Correspondents Corps y alistarse como fotoperiodista y corresponsal de guerra de la revista <em>Vogue, </em>en un cubrimiento del escenario bélico que la llevaría a batallar en distintos frentes. Se hizo a un uniforme diseñado a su medida en Savile Row y navegó el océano hasta dar con el Canal de la Mancha, para luego internarse en Francia y testimoniar con su cámara todo el horror de la guerra. Así, pues, la modelo se vistió de soldado y ofició durante años los estragos de la guerra, siendo una de las cuatro fotógrafas acreditadas por las fuerzas armadas estadounidenses. Si es cierto que para captar buenas fotografías el fotógrafo debería acercarse a su objetivo lo máximo posible, Lee conseguiría las mejores imágenes, ya que ubicaría su lente justo al frente de los cañones. Así sucedió en un episodio en el que la intrépida fotorreportera quedaría a merced de una confrontación armada, siendo ella la única en el terreno que contaba con el armamento peculiar de una simple cámara fotográfica. Así recuerda dicho suceso: “Era la única fotógrafa en kilómetros a la redonda y tenía una guerra para mí sola. Fue un impacto letal… Luego todo se lo tragó el humo… Me refugié en un puesto alemán, en cuclillas bajo las murallas. Mi talón pisó una mano inerte y arrancada y maldije a los alemanes por la sórdida y terrible destrucción que habían provocado en esta hermosa ciudad.” Al comienzo se le encomendó la discreta misión de fotografiar la cotidianidad de las mujeres abocadas al servicio de la guerra, pero con el paso de los días su interés se vio volcado hacia el lado más excitante del conflicto, testimoniando con sus fotografías la devastación luego de la Batalla de Alsacia, así como los destrozos provocados por el ataque <em>Blitz </em>de los alemanes. “Ser una buena fotorreportera es cuestión de arriesgarse y cortarlo detrás de ti”, decía. No se resistía ante el peligro, e incluso iba tras él, persiguiéndolo con sevicia. Y fue así como un mes después de que los aliados consiguieran reconquistar las playas de Normandía, Miller llegaría con la intensión de cubrir el trabajo de las enfermeras en el hospital de campaña en Omaha. Entonces no desaprovecharía el momento, y aunque le estuviera prohibido, la atrevida fotorreportera sería la única en conseguir hacer presencia en la liberación de Saint Melo, para dejar un registro de los horrores perpetrados por el uso indiscriminado de napalm, y por lo que sería enviada a prisión durante un par de días, para luego ser expulsada del primer frente de batalla. A pesar de esto, la escurridiza reportera se escabulliría de todo impedimento y acompañaría a los soldados aliados que acabarían retomando sus territorios en la Liberación de París, y de la cual nos dejó un registro icónico, gracias a la foto que capturó de una Torre Eiffel cubierta por el manto de la niebla, otorgándole un aspecto de dramatismo que bien podría simbolizar el emblema de una ciudad fantasmal. Para darle mayor profundidad a su trabajo, las fotografías de Lee vendrían acompañadas de la palabra, redactando ella misma los textos que explicaban el contexto de la imagen, ganando prestigio y reputación por la agudeza de sus descripciones y la manera sensible como lograba interrogar a los espectadores. Uno de los momentos que más parece haberla signado sería cuando fotografió a un soldado que había sido casi incinerado, y que estaba cubierto de cuerpo entero por los vendajes. El malherido le pidió en un gesto cómico y esperanzador que le tomara un retrato para ver “qué pinta tan graciosa tengo”, imponiendo el humor al dolor, y muriendo unas horas después. Sin embargo, Lee también se dio a la tarea de retratar imágenes más ligeras y que también daban cuenta del contexto social, como aquella foto que tituló <em>The way things are in Paris, </em>y en la que vemos a una joven aparcada junto a los escombros de un cafetín destrozado por los bombardeos; o las fotos de los secadores de una peluquería y que acompañaría con el siguiente texto: “De muchos reportajes publicados en Reino Unido podrías pensar que las parisinas han tenido todo lo que las inglesas anhelan, excepto pequeños detalles como la libertad y la seguridad.” La mirada con ese toque de experta en asuntos de moda estuvo siempre presente en sus composiciones, y a pesar de lo escabrosas que pudieran ser. El ojo artístico de Miller no se ausentó nunca al momento de captar lo más terrible del ser humano. Se decantaba más por destacar lo simbólico de cada imagen para dejar de lado el sensacionalismo amarillista, y de allí que sus fotos no sean una composición vacía, evidentemente cruel, para en cambio aportar una estética más representativa, y así mismo cruda, real, sujeta a la interpretación de un ojo periodístico y documental, o a la de un incauto espectador que quedará seducido por tratarse de una inconfundible pieza de arte. Varias de sus fotografías fueron expuestas en 1940 en la exhibición <em>Surrealismo hoy,</em> en la Galería Zwemmer de Londres, y un año más tarde sus fotografías participarían de la exposición <em>Gran Bretaña en guerra</em> en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de New York. Se recuerdan fotografías como la del soldado caído que flota sobre las aguas marinas, o la que titularía <em>La capilla inconformista </em>y en la que se aprecia la imagen surrealista de una inverosímil iglesia consumida absolutamente por los impactos de las bombas. Una de sus fotos más celebradas sería la serie que tituló <em>Máscaras de fuego, </em>en la que se contemplan varios rostros cubiertos por máscaras antigás, y en ocasiones acompañadas por algunas muñecas que se vislumbran entre los escombros. Lee Miller también sería la primera en llegar a los campos de concentración de Buchenwald y Dasau en el momento en que fueran liberados por las tropas aliadas, dejando para la memoria histórica el registro del escenario siniestro que los nazis habían perpetrado al interior de estos macabros recintos. Miller asegura que el pueblo alemán no desconocía el horror que se vivía en los campos de concentración, y su denuncia tal cual lo temía fue también desconocida por la revista para la que trabajaba. “No suelo sacar fotografías de horrores. Pero no creo que aquí haya una ciudad o una zona que no estén repletas de ellos. Espero que en <em>Vogue </em>piensen que estas fotografías son publicables”, le confesaba la fotógrafa a uno de sus colegas por medio de un telegrama. Y en efecto <em>Vogue </em>no quiso comprometerse a publicar las fotos, pero no así sucedió con la revista <em>Vogue </em>americana, que no vaciló ante el escándalo que las fuertes imágenes pudieran ocasionar, y se limitó a publicarlas. “¡Créanselo!” Ese fue el texto que Miller redactó para acompañar las imágenes que aparecieron con el título de <em>Fotografías en los campos de concentración de Buchenwald y Dasau. </em>Pero por lo que sin duda será más recordada es por la mítica y retadora fotografía que <em>Vogue </em>publicaría con el siguiente texto:<em> El apartamento de Múnich de Hitler: Lee Miller, que recoge la historia, disfruta del baño de Hitler. </em>Como solía hacerlo, Miller consiguió salirse con la suya y disuadir a los soldados para que le permitieran acceder al interior de la vivienda donde moraba el líder máximo y protagonista de este lado de la guerra. “Durante años he llevado la dirección de Hitler en Múnich en el bolsillo y por fin he tenido la oportunidad de usarla. <em>Mein host was not home </em>(Pero mi anfitrión no estaba en casa). Tomé algunas fotos del lugar y dormí bastante bien en la cama de Hitler. Incluso me quité el polvo de Dachau en su bañera.” Estas fueron las confesiones de Miller luego de haber sido fotografiada tomando un baño en la bañera de Adolf Hitler, ubicada en el 16 de Prinzregentenplatz de Múnich. El encargado de fotografiarla fue su aliado y colega, el corresponsal de la revista <em>Life</em>, David E. Sherman, componiendo un cuadro sugestivo y de cualquier manera provocador. Ensuciando la alfombra, bajo la bañera, descansan un par de botas enlodadas, y que recogen el terruño de su paso reciente por Dachau. A un costado de la bañera, junto a la pasta de jabón, un retrato del <em>Führer </em>contempla el desafío de una mujer que nunca temió a nada y que gozó de ese baño como si se tratara de una venganza de limpieza. “Naturalmente, tomé fotos. ¿Qué se supone que debe hacer una chica cuando una batalla aterriza en su regazo?”, decía emocionada luego de su acto de rebeldía, y que curiosamente ocurrió ese mismo 30 de abril en el que Hitler se suicidaría en compañía de su esposa Eva Braun entre las cobardes paredes de un decadente búnker. En definitiva, tras sus experiencias de guerra, evidenciar que sus fotos permiten revelarnos lo que la autora tuvo que presenciar también con sus propios ojos. Miller sería testigo de los presos que rogaban cesaran las torturas, de las pilas de cadáveres que se amontonaban en los campos de concentración, niños famélicos, soldados con heridas de muerte, y todo tipo de ejecuciones que acabarían por hacer mella en su espíritu. Durante su estancia en Francia, Miller estuvo realizando una serie de autorretratos, y en los que paulatinamente podemos apreciar un deterioro en su rostro, en sus ojos cansinos, en su boca apagada y en sus labios resquebrajados, en su piel desgastada y en esa expresión atónita, desconcertada, ausente, sin brillo y melancólica, reflejo de un alma que pareciera desengañada del mundo. “Yo lucía como un ángel, pero por dentro era un demonio”, decía. Es así como después de la guerra la aventurera fotógrafa nunca más podría reponerse, y como si se tratara de un soldado a quien le costara retomar su condición de civil, Miller se refugió en el alcohol, y ya nunca más volvería a ser la misma. Una vez acabada la guerra viajaría a Viena para capturar las imágenes de huérfanos moribundos, y luego en Hungría retrató la vida campestre, y así también tomó fotografías de las ejecuciones de algunos integrantes del nazismo que habían sido castigados con la pena capital, siendo el más recordado el del líder del gobierno húngaro, el primer ministro Laszlo Bardossy. Pero es que lo que Lee parecía disfrutar y lo que la hacía sentir viva era creer que estaba siendo parte de una película de acción. Y es que ciertamente durante unos años así fue su cotidianidad, y era ella la protagonista de una trama acelerada y cargada de adrenalina y que no dejaría de extrañar. Nostálgica de guerra, Lee se recordaría a sí misma infundiendo respeto entre las tropas, hablando el mismo lenguaje soez del soldado, y experimentando un cambio en una voz que pasó de ser acaramelada para convertirse en el vozarrón autoritario de un general. La antigua modelo se había convertido en un soldado consumado. Convencida de su potencial e interesada en que todos se enteraran de sus capacidades artísticas, Miller continuó un tiempo más como fotógrafa, y a pesar de interesarse cada vez menos por el oficio y declinar de algunas propuestas de trabajo, la famosa fotorreportera no tenía reparos en reconocerse como un espécimen único en su especie: “No seré la única reportera en París, pero sí la única dama fotógrafa, a no ser que llegue otra en paracaídas.” En 1947 se divorcia de Aziz Eloui Bey y se casa con Roland Penrose, estableciéndose de nuevo en Inglaterra, y convirtiéndose a la edad de los 40 años en madre de un niño llamado Anthony, experimentando un estrés posparto que acabaría sumiéndola en episodios depresivos, así como ataques de ira provocados principalmente por las infidelidades de su marido. Lee confesaría que jamás pudo superar en definitiva el trastorno producido por la violación de la que fue víctima en su infancia, y esto sumado a su estrés de posguerra, a sus tendencias suicidas y al consumo excesivo de alcohol, y que sería lo que le impediría sobrellevar con tranquilidad sus restantes años de vida. “Perdida es una buena forma de describirla”, fue como lo expresó su nieta, Ami Bouhassane. Por su parte, su hijo la recuerda como a una ebria a la que poco veía, deslenguada, y desentendida en todo momento de su labor de madre, y a quien incluso miraba con cierta vergüenza. “Lee tenía problemas a la hora de querer a alguien”, comentó su hijo a <em>The New York Times. </em>En 1949 la familia se muda a Farley Farm House, en Sussex, y a partir de entonces la reconocida fotógrafa casi abandonará el oficio por el que será siempre recordada. Sus últimas fotografías profesionales datan de 1953, y para 1955 elige una selección de su trabajo que exhibe en el MOMA de New York con el título de <em>The family of man. </em>Con el pasar de los años sería su esposo quien iría cobrando prestancia y reconocimiento como artista de vanguardia, siendo incluso nombrado como caballero en 1966, lo que oficialmente convirtió a Elizabeth en Lady Penrose, y a lo cual ella se burlaba con su característica mordacidad, bautizándose a sí misma como “Lady Lee”. Sus últimos años los pasó en el mismo hogar, donde solía recibir a conocidos y amigos para celebrar tertulias en las que además participaba su esposo. En la cocina también encontraría un refugio. Tomó clases de gastronomía en el Cordon Bleu de París y compiló sus propias recetas en un libro que pretendió publicar, y que cien años después de su natalicio su nieta daría a conocer bajo el título de <em>Lee Miller: a life with food, friends, and recipes. </em>Finalmente, Elizabeth Lee Miller muere a la edad de los 70 años. Después de su muerte su hijo Anthony descubrió en el ático de su casa un material fotográfico que su madre quiso mantener siempre oculto, permitiéndole comprender mucho mejor quién fue esa madre de la que apenas si sabía un par de anécdotas, y hasta el punto de comenzar un estudio de su vida y obra, y que acabó siendo la más completa biografía sobre la fotorreportera: <em>Las vidas de Lee Miller</em><em>. </em>Un año antes de su muerte asiste como invitada de honor a los Encuentros Internacionales de Fotografía celebrados en Árles. <em>The New York Times </em>anunció su muerte y eligió nombrarla con el apodo que no merecía: “Lady Penrose”. Anthony, quien confiesa no haber llorado cuando murió su madre, dice haberse conmovido toda vez se enteraba de las andanzas de mamá, derivando en ese relato de vida que un diario neoyorquino reseñó como “una especie de canto de amor a la mujer que nunca llegó a conocer”, y entonces por fin lloró. “Me di cuenta de todo lo que me había perdido, tantas cosas que querría haber sabido de ella y haber entendido”, comenta Anthony, quien desde hace años transformó la antigua casa de sus padres (y en la cual él se crio) en un museo consagrado a la memoria de sus progenitores. Además de dictar toda clase de talleres, en la actualidad el museo mantiene una exposición permanente de algunas pinturas de Roland Penrose, un par de valijas que abandonaría Man Ray en algún descuido, azulejos pintados por la mano de Picasso, y algunas fotografías de nuestra protagonista. En 1989 se llevó a cabo una exposición ambulante que dio una gira por Estados Unidos y en la que se presentaba una colección de fotos de la aclamada Lee. En el 2012 varias de sus fotografías fueron incluidas en la décimo tercera edición de la Documenta de Kassel. La vida y obra de esta mujer de muchas vidas ha sido narrada a través de libros y relatos, y en los próximos meses se espera el estreno de la película <em>Lee, </em>protagonizada por Kate Winslet en el papel de Elizabeth, y acompañada por Jude Law y Marion Cottilard.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Mon, 24 Jul 2023 07:22:21 +0000</pubDate>
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        <title>Bette Davis (1908-1989)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Sus padres le llamaban “Betty”, pero a ella no le gustaba. A los 13 años vio a Rodolfo Valentino en la película <em>Los cuatro jinetes del Apocalipsis </em>y a Mary Pickford en <em>Little Lord Fauntleroy, </em>y tuvo muy claro que ella también quería participar de ese mundo del cine como princesa o heroína. Y un día Betty lograría su sueño infantil de hacer parte de la constelación de estrellas del cine, pero será más recordada por sus papeles de villana, antipática, malvada. Sus padres se divorciaron y es entonces cuando la madre se muda a New York con su hija, y vendiendo fotografías de paisajes conseguirá apenas lo suficiente para mantener a su pequeña aspirante a vedete. Cursa sus primeros estudios en el internado Cushing Academy, en Asburnham, Massachusetts, pero no hubo otra disciplina que le interesara tanto como las artes. Sintió un segundo despertar cuando presenció la obra de Henrik Ibsen, <em>El pato silvestre</em>, y entonces le quedó muy en claro cuál sería su empeño en esta vida: “Antes de esa actuación, quería ser actriz. Después de la misma, tenía que ser una actriz.” Cambió su apodo por el de “Bette”, esto por la novela de Honoré de Balzac, <em>La prima Bette, </em>y audicionó para integrar el Manhattan Civic Repertory de Eva Le Gallienne, siendo ésta misma quien rechazara a Bette por considerarle “poco sincera y frívola.” Quería fortalecerse en el baile, por lo que toma clases de danza con Martha Graham y se incorpora a la compañía teatral de John Murray Anderson. Por ese entonces tiene la suerte de interpretar a Hedwig, el personaje femenino de la obra de Ibsen que la había cautivado años atrás. Audiciona para la próxima obra del director George Cukor, obteniendo un papel que, aunque secundario, sería la primera vez que le pagaban por hacer lo que más amaba. En 1929 conoce el mundo de Broadway con las obras teatrales <em>Broken dishes </em>y <em>Solid south, </em>continuando una gira de presentaciones que la llevaría a los teatros de Filadelfia, Washington, DC. y Boston. Entre los tantos espectadores, un cazatalentos reparó en ella y la invitó para que presentara una prueba de cámara en los estudios de la prestigiosa productora Universal Studios. Había viajado en tren junto a su madre, esperanzada en que alguien estuviera esperándola en la estación, siendo esta una primera desilusión de la aspirante a estrella. Lo cierto es que la productora sí había enviado a uno de sus empleados, quien regresaría después de unas horas pretextándose no haber visto a una mujer que “pareciese una actriz”. Su primera prueba ante la cámara no fue destacable, y antes bien constituyó un tormento por el que tendrían que pasar muchas de las que aspiraban brillar en las pantallas. Así recuerda ese día: “Yo era la más yanqui del este, la virgen más modesta que haya pisado la tierra. Me pusieron en un sofá, y ensayé con quince hombres… Todos ellos tenían que echarse sobre mí y darme un beso apasionado. ¡Oh!, pensé que iba a morir. Sólo pensé que moriría.” Pese a no lucir desde el comienzo, la productora le permitiría figurar en algunas producciones de bajo presupuesto y que no tendrían mayor relevancia en el público. En 1931 se presenta para un papel en la película del director William Wylder, que considerando inapropiado el traje de la actriz, comentó al resto del equipo: “¿Qué piensan ustedes de estas damas que creen que pueden conseguir trabajo mostrando sus pechos?” Su carrera parecía haberse frustrado desde su primer paso, pero sería el director de fotografía quien le pediría una oportunidad a la Universal Studios, por considerar que sus “ojos encantadores” podrían funcionar muy bien en la película <em>Mala hermana. </em>En su debut, Davis incrementaría su desconfianza en sí misma cuando escuchó por desgracia el comentario de un ejecutivo, resaltando que su atractivo sexual era comparable al de un actor del reparto. A este filme le sobreviene una catarata de malas producciones como <em>Semilla, El puente de Waterloo, </em>y luego las dos que rodaría con Columbia Pictures y Capital Films: <em>La amenaza </em>y <em>La casa del infierno, </em>respectivamente. Después de esta cosecha infructuosa, uno de los principales ejecutivos había decidido no renovarle su contrato con la Universal Studios, y sin embargo le dieron una oportunidad más para que formara parte del reparto en la película de 1932, <em>La oculta providencia, </em>siendo éste el papel con el que lograría demostrar su talento y talante, y dar por vez primera unos ligeros visos de estrellita. La crítica la elogió comparándola con otras actrices ya consagradas por aquella época, y <em>The Saturday Evening Post </em>se refirió a ella diciendo que “no sólo es hermosa, sino que bulle de encanto.” Ante los tantos halagos, la Warner Bros. se adelantaría a las demás productoras y firmaría con Bette un contrato por siete años. En 1932 contrae matrimonio con Harmon O. Nelson, conocido en la industria como “Ham”, y que no soportaría el hecho de que su esposa recibiera un sueldo mensual diez veces superior al suyo. La misma suerte tendrían que gozar o padecer la mayoría de las parejas de las actrices, pero Ham consideraba humillante estas diferencias económicas, e incluso le prohibió a su mujer comprar una casa mientras él mismo no pudiera permitírselo con su propio dinero. La pareja no fue una pareja feliz, y durante años Bette sufriría varios abortos espontáneos, por lo que pensó que nunca podría convertirse en madre. Ante la negativa de cederla en contrato a la Warner Bros. para que filmara con ellos la película dirigida por Frank Capra, <em>Sucedió una noche, </em>Davis tuvo que respetar su contrato haciendo parte del melodrama titulado <em>Ama de casa. </em>Para 1934 llegará la película con la que Bette Davis lograría consagrarse como una estrella de la galaxia hollywoodense. Después de haber rodado una veintena de películas, su actuación en <em>Cautivo del deseo</em> de la productora RKO Radio Pictures consiguió deslumbrar a la industria, al público y a la crítica. El papel requería de una mujer que no temiera dejar de lado a un personaje carismático, noble, para en cambio mostrar la faceta de una mujer antipática, fastidiosa, y por lo que ya varias actrices habían rechazado el ofrecimiento. Sin embargo sería Davis la que vería en ese personaje la oportunidad perfecta para sacar a relucir toda su capacidad actoral, y sin importar que un público pudiera llegar a emparentarla con la actitud insoportable del personaje que encarnaba. Poco a poco fue ganándose el respeto de los integrantes del equipo. El director, captando desde un inicio el temperamento desafiante de la actriz, quiso que fuera ella misma quien con toda libertad le diera vida al personaje: “Dejé que Bette fuera su propia guía. Confié en sus instintos.” Davis quería desafiarse a sí misma y mostrar una impronta única, lucir finalmente: “Las últimas escenas de tuberculosis, pobreza y abandono no son bonitas e intenté ofrecer una imagen convincente”, comentó sobre su interpretación. La revista <em>Life </em>señalaba que su actuación “fue probablemente la mejor jamás registrada en la pantalla por una actriz de Estados Unidos.” No fue una sorpresa su nominación a los premios de la Academia, pero sí resultó una sorpresa el que Claudette Colbert se la hubiera quedado siendo que todos le apostaban a Davis. La premiación había tenido algunas irregularidades años atrás, y este episodio hizo que la Academia modificara su sistema de elección para que ya no estuviera en manos de un pequeño grupo de personas, y en adelante el proceso gozaría de la auditoría de la Price Waterhouse. En 1935 vuelve a deslumbrar en la película <em>Peligrosa, </em>que le valdría el Premio Oscar a la Mejor Actriz, y tras el cual no pudo ocultar un poco su decepción, considerando que se trataba de un “premio consuelo” por el que le fue negado un año antes. La prensa sin embargo la colmaría de elogios: “Me da la curiosa sensación de que está cargada de un poder que no puede encontrar una salida común.”. Y <em>The New York Times </em>afirmaba que Bette Davis estaba “convirtiéndose en una de nuestras actrices de cine más interesantes.” Por esos días surgió el mito de que sería ella la encargada de darle el nombre de “Oscar” a la estatuilla de los premios de la Academia, ya que el trasero de la figurita se le parecía a la de su marido. La Academia le da crédito a la versión de que sería una de sus bibliotecarias la que le habría dado el nombre al encontrarle su parecido con su tío Oscar. Antes de embarcarse en algunos problemas legales que casi acabarían con su carrera, con su prestigio y fortuna, Davis rodó junto a Humphrey Bogart la película <em>El bosque petrificado, </em>y cuya interpretación sería opacada por el debut del actor que a la postre se robaría todos los elogios. Parecía que su carrera estaba en declive y que tenía que hacer una nueva apuesta, tal vez tomar la decisión de alejarse de una productora que estaba explotándola, no dándole el protagonismo que la actriz andaba persiguiendo. “Supe que, si seguía apareciendo en filmes mediocres, no tendría nunca una carrera por la que valiera la pena luchar.” Cansada de grabar películas en las que no conseguía volver a lucirse, decide aceptar dos propuestas británicas y se traslada a Londres para sus rodajes, luego de lo cual se dirige a Canadá, y así eludir los compromisos contractuales que por ese entonces tenía con la Warner Bros. Fue entonces cuando la productora le entabló una demanda legal. El caso fue llevado a juicio en un tribunal del Reino Unido. Davis en su alegato empleó la palabra “esclavitud”, refiriéndose al trato que consideraba abusivo por parte de la productora. El abogado de la Warner Bros. no vaciló en chistar con que él se sometería a ese tipo de “esclavitud”, devengando un salario como el de la actriz. La prensa también se puso en contra suya, avivando esa imagen que había logrado pintar el abogado: la de una mujer “cuyo único propósito es el de conseguir más dinero”. Decían todos que la actriz estaba sobrevalorada y que su sueldo era excesivo, y por su parte Davis se defendía con un listado de obligaciones a las que era sometida por contrato y con las que se encontraba en desacuerdo: la actriz podía ser llamada para representar cualquier tipo de papel así estuviera en contra de su ideología, creencias o preferencias de cualquier tipo; tenía la obligación de asistir a campañas políticas que la productora decidiera apoyar e independientemente de que la actriz no conviniera con el partido; y así mismo la productor podía valerse de su imagen para explotarla en cuanta publicidad o evento lo considerara conveniente. Un periodista quiso confirmar las declaraciones de Davis, insistiéndole a los ejecutivos de la productora si el contrato de Bette la obligaba a actuar en un papel que ella considerara “desagradable o humillante”, a lo que el ejecutivo afirmó: “Sí, debe interpretarlo.” Bette había perdido el juicio, regresaba a Los Ángeles con su imagen deslustrada, obligada por un juez a cumplir con su contrato y un poco endeudada por el costoso proceso que no pudo ganar. Pese a esto, fue este el momento en el que su carrera tomaría un impulso meteórico, y los años siguientes fueron una cosecha prolífica de triunfos. Para 1937 rueda con la Warner Bros. la película <em>La mujer marcada, </em>donde interpreta a una prostituta, en un relato que tiene por protagonista la historia del afamado mafioso italoestadounidense, Lucky Luciano, y cuya actuación le valió el reconocimiento de la Copa Volpi en el Festival de Cine de Venecia. Un año más tarde se involucrará sentimentalmente con William Wyler, director de su siguiente filme, <em>Jezabel, </em>y a quien Bette recuerda como “el amor de mi vida”, y a estos días de rodaje como “el momento de mi vida de mayor felicidad”. Su memorable actuación representaría un segundo premio de la Academia, y sería elegida por el público como la actriz que preferían para protagonizar el gran proyecto de la década, la película <em>Lo que el viento se llevó. </em>Sin embargo, y pese al favoritismo de los espectadores, el productor David O. Selznick decidió no apostarle a Bette por no considerarla la adecuada para ese papel. A partir de entonces y por varios años Davis sería una de las estrellas de Hollywood que más ganancias generaba a la industria, dado que sus películas representaron éxitos contundentes en taquilla. Era conocida como “el quinto hermano Warner”, y la misma productora quiso mantenerla de su lado, cumpliéndole a sus caprichos y otorgándole un mayor protagonismo; por ejemplo a la hora de detenerse más tiempo en el detalle de su mirada expresiva empleando los primeros planos. Por otro lado, la carrera de Ham parecía haberse estancado, y así también la relación con Bette, quien también se dejaría seducir por los encantos del multimillonario y dueño de la productora RKO, el excéntrico Howard Hughes. Para su siguiente proyecto de 1939, <em>Amarga victoria, </em>la actriz emplearía el desánimo de aquellos días, para plasmarlo en el personaje de Judith Traherne, y por el cual nuevamente sería nominada a los premios Oscar. A este éxito se sumarían <em>La solterona </em>y <em>La vida privada de Elizabeth y Essex, </em>esta última filmada a color, y que actoralmente representaba un reto para cualquier actriz, ya que Davis tenía que interpretar a una Isabel I ya casi septuagenaria, y para lo cual se cortó gran parte de su cabellera aparte de afeitarse las cejas. Uno de sus compañeros de rodaje, Charles Laughton, le daría un consejo que, según Davis, había influenciado toda su carrera: “Nunca tengas miedo de atreverte a salirte de ti misma. Es la única manera de crecer en tu profesión. Debes intentar cosas que estén más allá de ti o te estancarás en una rutina interminable.” Para finales de la década de los treinta Bette ya era una garantía de éxito en taquilla, y para inicios de los años cuarenta sería elogiada por sus siguientes dos películas: <em>El cielo y tú </em>y <em>La carta, </em>esta última considerada por <em>The Hollywood Reporter </em>como “una de las mejores películas del año”, y en donde la actriz interpretó el rol exigente de una asesina de vida licenciosa. En 1941 la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas le ofrece presidir la institución, convirtiéndose en la primera mujer en oficiar dicho cargo. A la cabeza de la Academia, Davis presentaría algunas propuestas que no tuvieron el aval del resto del comité, por lo que acabaría renunciando al poco tiempo, y a pesar de que quien la remplazara en el cargo directivo acabara por aprobar casi todas sus iniciativas. Ese mismo año protagonizó <em>La gran mentira</em>, en un papel que la alejó un poco de la mujer frívola que había venido interpretando y que era su impronta, y el público pudo ver una faceta más risueña y carismática de la actriz. Unos meses después vuelve a trabajar por tercera vez con el director William Wyler en la película de la productora RKO, <em>La loba</em>, en la cual mantendría una continua tensión con Wyler, luego de que cada uno tenía una manera muy personal y diferente de entender el papel de Davis. A pesar de las desavenencias, la película tuvo una buena acogida y Bette sería nuevamente postulada para alzarse con la estatuilla del Oscar. Para reunir fondos de guerra -y según lo acordaba su contrato-, la imagen de Davis sería explotada como medio propagandístico, además de obligarla a vender bonos de guerra, y de asistir a fábricas o regimientos de militares para arengar la lucha (en un par de días de campaña la afamada e influyente actriz lograría reunir más de dos millones de dólares para el ejército). En 1942, junto a Cary Grant y algunos colegas, convierte un discreto café nocturno en un club para militares, un espacio frecuentado también por estrellas de la época y que era conocido como <em>La cantina de Hollywood</em>, y que dos años después serviría como inspiración y locación de la película que lleva su nombre y en la que Davis figuraría haciendo de sí misma. Casi cuatro décadas después el Departamento de Defensa de Estados Unidos la homenajearía con la Medalla al Servicio Civil del Ejército, en gratitud por ese salón que en los años cuarenta se encargó de alegrar las noches de los militares. “Hay pocos logros en mi vida de los que estoy sinceramente orgullosa”, dijo Bette refiriéndose a esta experiencia. En 1942 es elogiada por la naturalidad de su actuación en la película romántica <em>La extraña pasajera, </em>coprotagonizada por Claude Rains, con quien rodaría un total de cuatro películas y a quien recordaba como su compañero favorito sobre el plató. Para 1943 grabará <em>Vieja amistad </em>y participará en dos filmes de contexto bélico: <em>Vigilancia en el Rhin </em>y <em>Adorables estrellas</em>. Ese mismo año su esposo sufre un desmayo y dos días después muere a causa de una complicación cerebral, que al parecer se derivó de un golpe en la cabeza que había sufrido unas semanas atrás. La actriz se alejaría unos meses de las pantallas y regresaría al año siguiente con <em>El señor Skeffington</em>, y una vez más sería nominada al Premio Oscar. En 1945 se casó con William Grant Sherry, un tipo que la sedujo porque no sabía quién era Bette Davis, y por lo que la actriz creyó conocer a un hombre que se acercaba a ella distanciado de cualquier interés o prejuicio. Ese mismo año acepta el papel en la película <em>El trigo está verde, </em>dejando de lado la propuesta de la película <em>Alma en suplicio</em>, que acabaría protagonizando su peor enemiga en la industria con la cual ganaría la codiciada estatuilla. Joan Crawford (nacida como Joan de Havilland y hermana de Olivia, también actriz de Hollywood) fue durante años la piedra en el zapato de Davis, y la enemistad entre ambas no era para nadie un secreto, ya que ellas mismas se encargaron de azuzarse mutuamente en cada oportunidad. Joan Crawford y Bette Davis encarnaron a un par de hermanas en un filme y de inmediato se notó la tensión entre ambas. El director diría después que “realmente se detestaban entre sí, pero se comportaron perfectamente.” En adelante, sería un ir y venir de improperios y burlas, y sin pelos en la lengua cada una diría lo que pensaba de la otra. “No la orinaría ni aunque estuviera ardiendo en llamas”, decía Davis respecto a su archienemiga. La rivalidad entre ambas fue a lo largo de sus vidas la mejor película que protagonizaron en la vida real. Es famoso el comentario de Davis respecto a la vida sexual de Joan Crawford: “Se ha acostado con todas las estrellas de la Metro, menos con la perra Lassie”. Joan, por su parte, agradecía el aporte que su enemiga había hecho en muchos de sus papeles: “Adoro interpretar a perras, y ella me ayudó en eso.” En una ocasión, cuando Davis fue nominada al Oscar, Crawford se prestó para recibir la estatuilla en caso de que la ganadora se encontrara ausente, y cuyo suceso se dio tal cual lo planeó, cuando tuvo que subir al escenario y reclamar un premio que tampoco era suyo pero que no se lo quedaría su detestada rival. La prensa gozaba de estos encontronazos que servirían cada tanto para llenar las revistas de artículos y reseñas que comentaran su más reciente desacuerdo. Cuando Crawford contrajo nupcias con el dueño de la compañía <em>Pepsi-Cola, </em>Davis mandó comprar un dispensador de <em>Coca-Cola </em>que instaló en los pasillos de los estudios de grabación. Ambas compartieron un romance con el productor Howard Hughes, suceso que avivó la enemistad. Ante las malas experiencias amorosas de Bette, Joan la humillaba diciéndole que ella había “nacido para estar sola”, e incluso le recomendó que se deshiciera de todo lo que rodeara su vida. Para 1977, a la muerte de Joan Crawford, su rival de toda la vida declaró triunfal: “Uno nunca debe decir cosas malas sobre los muertos, sólo se deben decir cosas buenas: Joan Crawford está muerta, ¡qué bien!” En 1946, con la película <em>Una vida robada, </em>producida por ella misma, Davis no recibiría muy buenas críticas, pese a lo cual el filme sería un éxito en taquilla, y siendo así que para 1947 la Tesorería de Estados Unidos declaraba que Bette Davis era la mujer con mayores ingresos del país. Sin embargo ese mismo año tendría un primer tropiezo después de una larga lista de triunfos. La película <em>El engaño </em>pasaría al olvido, y un año después tendría la oportunidad de protagonizar <em>Possessed</em>, pero al quedar embarazada tuvo que dejar vacante su papel, que sería ofrecido a su detestada enemiga, Joan Crawford, y quien a la postre acabaría alzándose de nuevo con la estatuilla del Oscar como Mejor Actriz. En 1948, durante el rodaje de <em>Reunión en invierno</em>, Bette se enteró que la producción acondicionaba la iluminación de las tomas de su rostro para ocultar las señales de una mujer que ya estaba entrando en los cuarenta. Davis sabía muy bien que esto representaba el comienzo del fin, y en efecto la película constituyó un fracaso en taquilla, y su próxima película, de 1948, la comedia <em>La novia de junio, </em>correría una suerte parecida generando pérdidas millonarias. En 1949 rodaría <em>Más allá del bosque, </em>para luego llegar a un acuerdo con la Warner Bros. y finiquitar por mutuo acuerdo su contrato, y muchos se atrevieron a vaticinar esta película como la última, y “un final desafortunado para su brillante carrera”, señalaba la prensa. Para ese entonces Bette Davis ya era un ícono cultural, su actitud de mujer empoderada era imitada por las demás, y sus gestos satirizados por comediantes, ya que resultaba un personaje peculiar, con una identidad única. En una de sus películas dirá “¡Qué basura!”, popularizando la expresión y convirtiéndose en un estribillo con el que a veces saludaba en sus presentaciones públicas. Sus actuaciones a veces histriónicas, teatrales y sobreactuadas hacían de ella un personaje muy propio, y que era sencillo de imitar precisamente por su peculiaridad. De allí que la cultura gay gozara de sus interpretaciones y que fuera frecuente que en los bares nocturnos se presentaran imitaciones realizadas por transformistas. Las personas la querían por su atrevimiento al momento de perfilarse como una personalidad distante de la diva clásica, la heroína bondadosa, la princesa inmaculada, y se le recuerda en cambio por su destreza y dominio con el cigarrillo, por sus risitas picaronas y sus miradas cargadas de lascivia y esa voz como entrecortada, mimosa pero firme a un mismo tiempo. De su carácter dominante, uno de sus compañeros de reparto comentó: “Demuestra los horrores del egocentrismo en una escala maratónica.” Por un tiempo tendría un idilio con el actor George Brent, quien le propondría matrimonio pero que sería rechazado luego de inclinarse por otro amor, Arthur Farnsworth, y con quien contraería nupcias a finales de 1949 en Lake Montezuma, Arizona. Rechazó un papel para una película coprotagonizada con Crawford, pero para 1950 la veríamos de nuevo en la película <em>Sin remisión, </em>luego de la cual propondría a las productoras un par de ideas para llevarlas a la pantalla y que finalmente nunca se concretaron. Ese mismo año remplazó a Claudette Colbert encarnando a Margo Channing, una actriz de teatro que ha comenzado a padecer los estragos de la vejez, en la película <em>Eva al desnudo. </em>Durante el rodaje conocería a Gary Merrill, que sería su coprotagonista y después de un tiempo se convertiría en su cuarto marido. Este filme la reivindicaba de sus últimos fiascos, ya que sus compañeros de equipo y en especial el director, hablaron muy bien de ella y de su trabajo, y de la misma forma el público y la crítica elogiaron su actuación, popularizándose una línea que le oímos decir en algún momento de la historia: “Abróchense los cinturones, va a ser una noche movida.” Para algunos esta sería la mejor interpretación de su carrera y una de las mejores de todos los tiempos, y por la cual sería nuevamente nominada al Oscar. “Hace que todo cobre vida”, comentaría uno de los críticos. Su papel destacó y fue premiada como Mejor Actriz en el Festival de Cine de Cannes, en el New York Film Critcs Circle y en el San Francisco Film Critics Circle, siendo este último reconocimiento peculiar, ya que un año antes había sido elegida como la Peor Actriz por su papel en <em>Más allá del bosque. </em>Pero con esta actuación Bette reparaba su mala interpretación, y para aquel entonces se le homenajeó grabando las huellas de sus manos a la entrada del Grauman’s Chinese Theatre. A mediados de 1950 se divorcia legalmente y en menos de un mes ya estará casada con Gary Merrill, quien decidió hacerse cargo de la custodia legal de su hija, y con quien adoptaría a una niña y tiempo después a un niño. Davis y su marido viajan a Inglaterra, donde la actriz actuó en una película que fracasó en todos los niveles, <em>Veneno para tus labios, </em>y ese mismo año de 1951 rechaza viajar al Congo para rodar <em>La reina de África </em>(que a la larga contaría con la destacada actuación de Katharine Hepburn y cuya actuación le valdría la nominación al Oscar), aceptando un papel en la película de la productora RKO, <em>La egoísta. </em>Esta película tampoco gozaría del agrado del público ni de la crítica, y a pesar de que su siguiente trabajo en <em>La estrella </em>le valiera nuevamente la candidatura al gran premio, parecía que su carrera actoral venía decayendo ya que sus películas no recaudaban las cifras millonarias de antaño. Queriendo recuperar su estatus de actriz consagrada, Davis le apuesta a los tablados, después de 20 años de no pisar los escenarios y en esta ocasión como parte de un musical presentado en Broadway. Durante la década de los cincuenta el declive en su carrera fue notorio. Se destacan películas como<em> The virgin queen </em>de 1955, y dos películas de 1956: <em>Storm center </em>y <em>Banquete de bodas. </em>La crítica ya no estaba siendo benévola con ella. Y en la prensa se leían reseñas tales como: “Sólo las películas malas son lo suficientemente buenas para ella.” <em>The Hollywood Reporter </em>comentaba que la actuación de Davis parecía una mala imitación de sí misma, que bien podría encontrarse en un espectáculo de varieté nocturno. En su intimidad las cosas no parecían ir mejor. El matrimonio acostumbraba violentarse y cada uno abusaba del alcohol, y esto sumado a un trastorno cerebral con el que fue diagnosticada su hija natural. La salud de Bette también se vio comprometida, y por esos días tendría que ser operada de osteomielitis de la mandíbula. Luego de cuatro matrimonios, Bette Davis se divorció tres veces y enviudó una vez. En 1960 se divorcia de su marido, y un año más tarde vivirá la muerte de su madre. Corría el año de 1961 y Davis le apuesta al género de la televisión, apareciendo en tres episodios de la famosa serie de NBC, <em>Caravana, </em>y ese mismo año volverá al teatro, encarnando un personaje que en principio había sido concebido para Katharine Hepburn en la obra teatral de Tennessee Williams, <em>La noche de la iguana, </em>y tras la cual no gozaría de muy buenas críticas. Luego de cuatro meses Davis tuvo que abandonar la obra justificando problemas de salud, para reaparecer ese mismo año en la película del director Frank Capra, <em>Un gánster para un milagro. </em>En 1962 Bette Davis le da un nuevo impulso a su carrera, luego de que su actuación se destacara en la exitosa película de terror, <em>¿Qué fue de Baby Jane?, </em>valiéndole una décima nominación al Premio Oscar, igualando en número a Laurence Olivier y apenas superada por Jack Nicholson y Katharine Hepburn (ambos con doce nominaciones) y Meryl Streep (con el insuperable registro de veintiún nominaciones). Por su papel en esta película, Davis sería nominada por primera vez a los premios BAFTA, y sería invitada al Festival de Cine de Cannes, a donde asistiría en compañía de su hija, conocida como B.D., quien había desempeñado un rol secundario en la película. Durante esta visita a Francia, B.D. se enamoraría de un productor y meses más tarde, con 16 años y el beneplácito de su madre, contraería matrimonio con él. Para 1962, sintiéndose desahuciada, y en un arrebato de sarcasmo, publicó en la revista <em>Variety </em>un anuncio controversial y que ella calificaría como irónico: “Madre de tres hijos. Divorciada. Norteamericana. Treinta años de experiencia como actriz de cine. Capaz aun de moverse; más amable de lo que dicen los chismes. Se ofrece para trabajo en Hollywood (ya estuvo en Broadway.)” En 1963 rodó <em>The case of Constant Doyle </em>y para 1964 se destacan tres películas: <em>Su propia víctima, ¿A dónde fue el amor?, </em>y la película en la que todos esperaban ver de nuevo reunidas a Davis y a Crawford, <em>Canción de cuna para un cadáver, </em>y que al final sería la hermana y también enemiga de Crawford, Olivia de Havilland, quien se quedara con el coprotagónico. La película fue un éxito y sirvió para levantar la carrera de un elenco que parecía venir decayendo. Al año siguiente participa de un proyecto piloto que no logra ser emitido, así como de la película <em>A merced del odio, y </em>para finalizar la década se destaca en dos películas: <em>El aniversario </em>de 1968 y <em>Connecting rooms </em>de 1970. En la década de los setenta la actriz estará activa en el cine y el teatro, participando de algunas series televisivas y apareciendo en programas de entrevistas, y para 1977 el American Film Institute (AFI) le reconoce su trayectoria concediéndole el premio a los logros de una vida, siendo la primera mujer en recibir dicha distinción. La hermana de su enemiga acérrima, Olivia de Havilland, diría para entonces que Davis “consiguió los papeles que yo siempre he querido.” Al año siguiente la veremos en películas para la televisión tales como <em>The dark secret of home harvest </em>y <em>Muerte en el Nilo, </em>y para 1979, bajo el mismo formato, Davis es premiada con el Emmy por su interpretación en la película <em>Extrañas: madre e hija. </em>Cerrará la década participando en papeles secundarios de dos producciones de Disney, <em>Los pequeños extraterrestres </em>y <em>Los ojos del bosque. </em>A comienzos de la década de los ochenta, y como si hubiera necesidad de explicar quién era la afamada Bette Davis, su nombre se haría mundialmente conocido, cuando el encanto de sus ojos hubiera servido como inspiración de la canción <em>Bette Davis eyes, </em>de Jackie DeShannon, y que luego de ser interpretada por Kim Carnes se convertiría en un éxito a nivel mundial. En adelante Bette se dedicó principalmente a trabajar para producciones cinematográficas en formato televisivo, destacándose en las actuaciones de películas como: <em>White Mama </em>de 1980, <em>Family reunion </em>de 1981, y en 1982 <em>La pequeña gloria, Derecho a elegir </em>y <em>A piano for Mrs. Cimino. </em>Actuó junto a su hija y también junto a su nieto, fue nominada a varios premios y en muchos de ellos se quedaría con la estatuilla, y para 1983 es homenajeada con el premio Women Film Crystal, momento en el que ya su salud comenzaba a flaquear. Ese año se le diagnosticó cáncer de mama y fue intervenida quirúrgicamente con una mastectomía, y unas semanas más tarde sufriría cuatro accidentes cerebrovasculares que acabarían por paralizar el lado izquierdo de su rostro. Con terapia y tiempo Davis logró reponerse y recuperarse al punto de viajar a Inglaterra para el rodaje de <em>Murder with mirrors, </em>para regresar y tener que afrontar uno de los más duros golpes de su vida. Desde hacía un par de años Bette se había alejado de su hija, ya que ésta se había convertido en una “cristiana renacida” e intentó de varias maneras hacer proselitismo con su madre. Al regresar de Inglaterra, Davis se enteró de que su hija había publicado un libro en el que enteraba a todos de su relación íntima, y que tituló <em>El guardián de mi madre. </em>En el libro B.D. se permite describir la situación conflictiva que mantuvo siempre con su mamá, y que para muchos allegados a la familia resultaba exagerada y sensacionalista, queriendo manchar la imagen de Davis confesando episodios que la retratarían como una alcohólica, y que contradicen algunas declaraciones que años atrás B.D. daría respecto a la madre ejemplar que era Bette Davis. Según parece Davis nunca descuidó financieramente a su hija y siempre la estuvo asistiendo, y a pesar de que B.D. estuviera casada y fuera una mujer adulta. En 1987 ella misma lo explicará en sus memorias, <em>This’ N that, </em>y refiriéndose al dinero, al título del libro de B.D. y a su tanto éxito, la actriz comenta<em>: </em>“Si se refiere al dinero, si mi memoria no falla, he sido tu guardián todos estos años. Sigo siéndolo, ya que mi nombre ha hecho de tu libro un éxito.” Allí mismo confiesa su dolor y decepción: “Todavía me estoy recuperando del hecho de que una hija mía escribe sobre mí a mis espaldas, no diré nada sobre el tipo de libro que es. Nunca me recuperaré completamente del libro de B.D. como lo hice con el accidente cerebrovascular. Ambas fueron experiencias demoledoras.” Su autobiografía termina con una carta a su hija, en la que señala “una notoria falta de lealtad y agradecimiento por la vida privilegiada que creo te he dado”. El hijo adoptivo de Bette le mostró su apoyo y nunca más volvió a contactarse con B.D., y en gran parte la actriz se sintió apoyada por un público que entendió este asunto como una oportunidad que su hija quiso aprovechar para explotar el nombre de su madre. B.D. sería vista como una codiciosa y jamás volvería a hablarse con Bette, quien finalmente acabaría desheredándola. De 1986 resaltar la película para televisión <em>As summers die </em>y un año más tarde <em>Las ballenas de agosto</em>, para finalmente despedirse con un último filme de 1989, <em>La bruja de mi madre, </em>proyecto que dejaría a medias luego de tener desacuerdos con el director, y de que su estado de salud se viera comprometido. Los meses que le quedarían de vida estuvo activa concediendo entrevistas para las cadenas más famosas y recibiendo invitaciones a programas conducidos por prestigiosos conductores como Johnny Carson, Larry King y David Letterman. Y como si el mundo intuyera su muerte, en el año de 1989 le llovieron toda clase de reconocimientos y condecoraciones: el premio por su trayectoria otorgado por el Centro John F. Kennedy, la Legión de Honor de Francia, el Campione d’Italia, el premio de la Sociedad Fílmica de Lincoln Center, y luego de tantos agasajos caería rendida en medio de la gala de los premios American Cinema. El cáncer regresaba, pero aun así tuvo fuerzas para viajar a Europa a seguir recibiendo premios. En el Festival Internacional de Cine de San Sebastián le conceden el Premio Donostia, pero ya las fuerzas no le dieron para acabar su recorrido, y ni siquiera para regresar a New York. Finalmente, y en un delicado estado de salud, Bette Davis viaja a Francia, y es allí donde morirá el 6 de octubre de 1989 en el Hospital Americano Neuilly-sur-Seine, a sus 81 años. Sus restos fueron sepultados junto a los de su madre y a los de su hermana en el Forest Lawn-Hollywood Hills Cemetery de los Ángeles. Pero antes de morir todavía le alcanzaría para ser la portada de la revista <em>Life, </em>y nada menos que para un especial en el que se elaboraba un recuento de los últimos cincuenta años del cine de Hollywood, considerándola como la actriz más representativa de su época. El AFI en su listado de las “50 mayores leyendas estadounidenses de la pantalla” la situó en el segundo lugar, después de que el número uno fuera para la mítica Katharine Hepburn. En 1997 sus herederos crearon la Fundación Bette Davis, y cuyo propósito es becar a futuras promesas actorales. En el año 2000 Steven Spielberg compró las dos estatuillas del Oscar que habían sido otorgadas a Davis, luego de que ganara la pugna en una subasta por valor de más de ochocientos mil dólares, y que finalmente donaría a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. En 2008 el Servicio Postal de los Estados Unidos diseñó una postal con su imagen conmemorando un siglo de su natalicio. Algunas de sus pertenencias y un detallado archivo que nos recuerda su nombre y obra se encuentra principalmente en la Universidad de Boston. Fueron más de cien películas en las que trabajó, decenas de obras teatrales y múltiples apariciones en series televisivas. Desafiaba el glamur y a la mujer obsecuente y sumisa, y este carácter podía imprimirlo en sus personajes, y cuyas personalidades solían ser desafiantes, combativas, deslenguadas. De igual forma sucedía en la vida real, y los directores y el resto del equipo tendrían que lidiar con una actriz que se comprometía a interpretar a una mujer difícil, precisamente porque era ella la primera. Dado su pasión y perfeccionismo, fueron varios los inconvenientes que tuvo a lo largo de su carrera con algunos de sus colegas, y sería quizás esta manera de hacer las cosas siempre a su manera lo que le valdría el cariño de un público que la admiraba. Una actriz del momento diría que la gente disfrutaba la forma “tan perra” como se comportaba. No temió interpretar emociones desagradables, gestos de amargura, asesinas y mujeres neuróticas, y siendo una de las primeras en atreverse a encarnar papeles de mujeres mayores, no tuvo los inconvenientes de otras estrellas a medida que envejecía. Medía escasamente un metro y medio y muchas veces no brilló tampoco por su talento, y sin embargo así nadie dudaba de que se trataba de una gran estrella. Ella misma se enorgullecía de que no hubiera resaltado precisamente por sus atributos físicos sino por la fuerza de sus interpretaciones. Declaró la necesidad de forjarse como toda una personalidad antes que intentar destacar por su sensualidad. “En mi profesión hasta que no tienes fama de monstruo, no eres una estrella”. Lo que remarcaba el distintivo de Bette Davis, dentro y fuera del cine, era, sin duda, su personalidad. Un crítico lo expresaría de esta manera: “La cualidad mágica que transformaba a esta muchachita a veces sosa y poco hermosa en una gran actriz.” Su epitafio resume su desafío a la vida misma: “Lo hizo a la manera difícil.”</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Sat, 10 Jun 2023 04:23:31 +0000</pubDate>
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        <title>Teresa de Lisieux “Santa Teresita del Niño Jesús” (1873-1897)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>María Francisca Teresa puede considerarse como una megalómana, una niña de gran fervor religioso que a través de sus escritos y oraciones nos convenció de que había nacido para ser santa. Que no importaba que su obra no fuera destacada, que en poco o nada se comparara a los actos heroicos de los más reconocidos santos, ella, a base de sencillez, de pasión y de un deseo sincero y febril, podría aspirar a la santidad. Esta actitud, que podría ser considerada de narcisismo o de egolatría, estaba combinada con una destacada humildad, y que podría confundirse también con un complejo de inferioridad, producto de esa simpleza anónima a la que quiso consagrarse. Sea como sea, lo cierto es que, Teresa de Lisieux, es una de las santas más reconocidas y veneradas, y su imagen ha sido idealizada y romantizada como una figura candorosa, virginal, absolutamente entregada a sus creencias religiosas. La familia tuvo nueve hijos, de los cuales apenas cinco mujeres superaron la edad adulta, y todas ellas se consagrarían a la vida religiosa. Siendo Teresita la menor de ellas, fue normal que desde muy temprana edad comenzara una tremenda ansiedad por iniciar su vida religiosa, sintiendo desde niña que su vocación definitivamente estaba en seguir la de sus hermanas, y contemplando este destino como el que Jesús mismo le había prefijado. Se dice que a los dos meses de haber nacido, Teresita estuvo a punto de morir, pero que logró sobreponerse para convertirse en una niña a la que se le describe como inquieta, curiosa, además de muy sensible y propensa al llanto. En sus memorias Teresa nos confiesa que tuvo una infancia feliz, y que creció bajo el influjo y ejemplo de sus hermanas, así como el par de “modelos de santidad” que representaban sus padres. A los cinco años Teresa perdió a su madre, y años después relatará así sus sentimientos: “Desde que mamá murió, mi alegría característica cambió completamente; yo que era tan viva, tan expansiva, me convertí en tímida y dulce, sensible al exceso.” En 1877 el padre se muda con sus hijas a la ciudad de Lisieux. En 1880 Teresita se confiesa por primera vez, y unos años más tarde recibirá el anhelado sacramento de la comunión en el colegio de las Benedictinas. “Fue un beso de amor, me sentí amada, y le dije también: ‘Te amo, me entrego a ti para siempre’.” A partir de este momento comenzará lo que Teresa define como la “segunda etapa” de su vida, marcada por una tendencia a la congoja, la desolación y la pesadumbre, y consolada por la “querida Celina”, la menor de sus hermanas, cuatro años mayor que ella. Teresa se aficiona por la lectura, novelas caballerescas, y especialmente genera una admiración por Juana de Arco, quien para entonces ya estaba en proceso de ser canonizada por la iglesia católica. Se convence que, al igual que su heroína, a ella también le corresponderían grandes batallas y la misma gloria de Juana; anhelaba también su sufrimiento, el ardor de la hoguera. Cuando tenía nueve años, su hermana mayor, María, había abandonado la casa para mudarse al convento de El Carmelo Descalzo, y unos años después la siguió Paulina, y un tiempo después seguirá Leonia, quien se inclinó por la Orden de la Visitación de Caen. Estas deserciones no sólo llenaban de ansiedad a Teresa por querer seguir a sus hermanas, sino que la sumían en una tremenda tristeza al experimentar la ausencia de cada una de ellas. A sus catorce años, un domingo cualquiera, Teresita no se aguantó más las ganas y se presentó ante la Madre Superiora de El Carmelo Descalzo para pedirle que la dejara ingresar, y a pesar de que aún le faltaban dos años para alcanzar la edad mínima de ingreso. La Madre María de Gonzaga le dejó en claro que no sería posible, pero le dijo unas palabras que Teresa recordará como “una delicadeza de mi amado Niño Jesús.” La Superiora le dijo: “Cuando vengas a vivir con nosotras, mi querida hija, os llamaréis Teresa del Niño Jesús.” Debido a esta negativa, y a su capricho obsesivo, la devota adolescente desarrolló algunos trastornos que la llevaban a experimentar fuertes jaquecas, dolores en el pecho, falta de apetito e insomnio. Padece algunos ataques neuróticos y nerviosos, su humor se torna agresivo, experimenta alucinaciones y temblores. Su padre y sus hermanas se preocupan al extremo, incluso la dan por moribunda, pero un día repentinamente la niña se despierta con los ánimos renovados, y con esos nuevos bríos declara que todo se trató de un milagro divino. “La Santísima Virgen me ha sonreído. ¡Qué feliz soy!”, declaró. Pero pasado un tiempo volverá a recaer en esta “terrible enfermedad de los escrúpulos”, achacándoselo a sus culpas, sus tormentos, su sensación de pecado, sus pensamientos “extravagantes.” Teresa se refugia en su hermana y omite a sus confesores su “fea enfermedad”, y también se aferra a rezarle a sus cuatro hermanos muertos. “Me di cuenta de que si era amada en la tierra, también lo era en el cielo”, escribió respecto a estas plegarias celestiales. En 1886 comenzará lo que sería su “tercera etapa”, la que destacaría como “la más bella”, y empezaría el día de Nochebuena, a la que llamaría la “Noche de mi conversión”, cuando recibió el regalo de Navidad y sintió repentinamente que recibía la gracia del Niño Jesús, recuperando “la fortaleza que había perdido” luego de que muriera su madre. “Desde esa noche bendita, ya no fui derrotada en ningún combate, en lugar de eso fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, una carrera de gigantes.” Pasado poco tiempo de haber recibido lo que también llamó en sus diarios como la “gran gracia de la Navidad”, Teresita se interesó por un asesino que había sido condenado a muerte, y se acercó a él, queriendo iniciar su apostolado con la conversión de un hombre al que le quedaban los días contados. Ofreció en su nombre varias misas e hizo sacrificios, esperando que el asesino se arrepintiera de sus crímenes antes de ser ejecutado. El condenado se negó a confesarse antes de su cita con el verdugo, pero según le contaron a Teresa, el desdichado besó un crucifijo que llevaba en su mano antes de perder la cabeza. Esto sería suficiente para que Teresa sintiera que su labor había sido cumplida, y es entonces cuando decide compartir con su padre su vocación religiosa, quien se mostró agradecido con el destino de su descendencia, ya que Dios le había hecho “el honor de llamar a todas sus hijas.” Sin embargo Teresa todavía no contaba con la edad requerida, y ante el afán de esta monja precoz el padre tuvo que solicitar una cita con el obispo. La petición no pudo ser aprobada por este, ya que semejante concesión solamente podría otorgarla el mismísimo Papa. Y fue así como el padre se enteró de una peregrinación con destino a Roma, con ocasión del Jubileo sacerdotal del Papa León XIII, y que estaba a punto de partir, y sin vacilar se unió a la caravana llevándose a sus dos hijas menores. Teresa sería la más pequeña entre una cantidad de peregrinos que antes de llegar a la capital italiana darían un recorrido por varias ciudades del país. Durante el trayecto, Teresa tendrá contacto por vez primera con varios sacerdotes, experimentando cierta decepción al encontrarlos tan imperfectos como cualquiera, y en adelante los clérigos harán parte de sus oraciones: “En esta peregrinación comprendí que mi vocación era orar y sacrificarme por la santificación de los sacerdotes.” Celina y su hermana desobedecen las restricciones de ingreso al Coliseo, ya que la devota niña ansiaba besar la arena en donde tantos mártires derramaron su sangre, pidiéndole a Jesús padecer ese hermoso y sufrido destino del martirio. “Sentí profundamente en el alma que mi oración fue contestada”, confesaba en sus memorias. Finalmente tienen la oportunidad de estar frente a frente con el Sumo Pontífice de la iglesia, quien celebró una misa para luego permitir que los fieles le contemplaran de lejos, ya que debido a su avanzada edad el viejo monarca podría sufrir un letal agotamiento. Sin embargo Teresita fue impelida por su hermana para que se acercara a León XIII, y en un acto de rebeldía o heroicidad le confesara el motivo de su peregrinación. Teresita se animó y rompiendo el protocolo llegó hasta su Santidad para expresarle: “Santísimo Padre, tengo que pedirle una gracia muy grande.” La futura santa de la iglesia explicó en dos minutos sus motivos, a lo que el Papa respondió con una frase lacónica y que no convencería a Teresita: “Vamos a ver… ¡Entrarás si Dios lo quiere!” Esa noche le escribió la anécdota a su hermana Paulina, confesándole: “Tengo el corazón pesado.” El evento no pasó desapercibido por los demás, e incluso llegó a convertirse en noticia, publicándose un artículo en el diario <em>El Universo </em>que detallaba el particular episodio de la osada adolescente. La nota contaba que Teresita alcanzó a posar sus manos sobre las rodillas del Papa antes de que dos guardias la levantaran con delicadeza y la sacaran del recinto. Antes de regresar tendrán la oportunidad de explorar nuevas rutas y conocer distintas ciudades, y sin embargo en Teresa quedaría la sensación de que la aventura había sido un verdadero “fiasco.” A los 15 años, luego de tanto insistir, aprueban su entrada a la Orden religiosa, pero una de sus hermanas le recomienda esperar hasta la Cuaresma, tiempo que la futura monja se tomará para acabar su preparación, y a pesar de su tanta ansiedad se llegaría el día de la Anunciación, y ese 9 de abril de 1888 Teresa ingresará al monasterio de las carmelitas descalzas de Lisieux, donde ya se encontraban sus dos hermanas mayores, María y Paulina. La Madre Superiora quiso forjar el carácter de la jovencita sometiéndola a trabajos complicados, a veces humillándola y manteniendo al comienzo un distanciamiento y cierta frialdad en la relación; quería poner a prueba su vocación y, en caso de ser sincera, labrar un espíritu combativo, recio, digno de las aspiraciones que ya expresaba la joven novicia. La Madre Superiora no tuvo queja alguna, y se refería a ella como el modelo ejemplar de la religiosa más devota y entregada. Para 1889 tomó formalmente los hábitos en la capilla del monasterio y en presencia de su familia, y durante la ceremonia anunció que en adelante se rebautizaría con el nombre de “Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz (sagrado rostro).” Para 1890 se interesa por las escrituras de San Juan de la Cruz, a quien considerará como un maestro de la espiritualidad, y reafirma la intención de sus oraciones: “Yo he venido para salvar almas y, especialmente, para orar por los sacerdotes.” En 1892 verá por última vez a su padre, ya que este moriría dos años más tarde. Ese mismo año de 1892 una epidemia de gripe asola al país, y al interior del convento se desataría la enfermedad infectando a todas sus habitantes, a excepción de Teresa y otras dos novicias que no se contagiaron del virus. Teresa cuidó de las enfermas, ganándose el cariño y el respeto de sus compañeras, y pese a lo cual cuatro novicias no lograron superar la enfermedad y acabarían muriendo. En 1894 Celina también ingresará a El Carmelo Descalzo, y Leonia se cambiará a la Orden de las carmelitas, siendo así que todas las hermanas estaban llevando su vida de religiosas bajo el mismo convento. Durante los años siguientes Teresita se consagra a la caridad y a la oración, a las actuaciones filantrópicas y a las ayudas desinteresadas en favor de los más necesitados. Se dedica a la lectura intensa de La Biblia, y en especial de los Evangelios, siendo esta una práctica poco común, ya que la mayoría de las religiosas preferían lecturas comentadas de los textos bíblicos, pero Teresa prefería consultar directamente con “la palabra de Jesús.” Su hermana Paulina, conocida en adelante como “Inés de Jesús”, es nombrada priora del convento y elige a Teresa como vicemaestra de novicias, para que sea esta quien esté a cargo de instruir a las recién ingresadas. En un intento por entretener a las nuevas novicias, Teresita redactará una pieza teatral dedicada a su idolatrada Juana de Arco, su “querida hermana”, como solía llamarla cuando se refería a ella, y que será interpretada por las novicias durante alguna festividad. Ante el tanto éxito de la función, a la “poeta de la comunidad”, como le llamaban algunas, se le encomendaría la tarea de continuar su producción dramatúrgica, y al final serían ocho las obras de teatro escritas por Teresa, y que tiempo después serían compendiadas bajo el título de <em>Recreaciones piadosas. </em>La segunda obra con seis personajes y que también estaría dedicada a Juana de Arco, titulada <em>Juana de Arco cumpliendo su misión</em>, y en la cual la misma Teresita se permitiría encarnar el rol de la heroína, y cuyo pequeño espectáculo sería inmortalizado con una foto de Teresita disfrazada de guerrera y posando junto a su hermana Celina, siendo quizás la foto más hilarante de las cuarenta y siete fotos que se conservan de la santa de Lisieux (cuatro antes de ingresar al monasterio y un par de ellas recién fallecida). Como dato curioso, a Teresita se le permitió conservar su cámara fotográfica, lo que constituía un particular privilegio. A pedido de otras religiosas, Teresita compone algunos “poemas espirituales”, además de dar inicio a sus memorias, inspirándose en El Cantar de los Cantares y dejándose llevar por su amor a Jesús, manifestando sus temores y sueños y sin “preocuparse por el estilo.” Pasados seis años en el convento Teresa sentía que estaba muy lejos de alcanzar los logros obtenidos por Teresa de Ávila o Pablo de Tarso, que sus desafíos habían sido mínimos y que tal vez no merecieran ni fueran suficientes para alcanzar la santidad. “Cuando me he parangonado a los santos, que entre ellos y yo hay la misma diferencia que hay entre una montaña, cuya cima se pierde en el cielo, y el grano de arena pisoteado por los pies de los que pasan.” Sin embargo sospechaba que la humildad y la sencillez podrían bastar para ocupar un puesto privilegiado dentro del reino celestial: “Siempre siento la misma confianza audaz para convertirme en una gran santa, porque no dependo de mis méritos, ya que no tengo ninguno…” Se considera imperfecta, pequeña, y sin embargo es en esa pequeñez, y luego de leer algunos pasajes bíblicos, en donde fundamentará su doctrina y tras la cual alcanzará el propósito de la santidad. “El ascensor que me debe elevar al cielo son tus brazos, ¡Oh Jesús! Por esto yo necesito creer, por el contrario, tengo que seguir siendo pequeña, cada vez más y más.” Esta nueva búsqueda de la espiritualidad enfocada en el trabajo anónimo, discreto y sencillo, sería descrito en sus memorias como el “caminito”, siendo las carmelitas descalzas quienes luego incorporaron y difundieron estas lecciones espirituales. “Mi caminito es el camino de la infancia espiritual, el camino de la confianza y de la entrega absoluta”, relata Teresita, y agrega: “¡El Buen Dios me hizo comprender que si mi gloria no aparece a los ojos mortales, podría llegar a ser una gran Santa!” A partir de ese momento firmará con el apelativo de “pequeña” para no olvidar su propósito de humildad. “Deseo ser santa, pero conozco mi impotencia y mi debilidad, y te pido Dios mío, que tú mismo seas mi santidad.” En 1895, durante la fiesta de la Santísima Trinidad, Teresa se ofrecerá en sacrificio a Jesús como un acto de “amor misericordioso”, y días después experimentará una suerte de epifanía que describe de la siguiente forma: “Yo estaba quemándome de amor y sentí en un minuto, ni un segundo más, que no podría aguantar más esto sin morir.” Y sin embargo a partir de ese momento Teresita comenzará a sentir una especie de vacío espiritual, y durante la Semana Santa de 1896 entrará en una época de oscuridad interior y que llamará en sus memorias como la “noche de la fe.” “Mi cielo es sonreír al Dios que adoro cuando él trata de ocultarse a mi fe.” Siente no una decepción de sus creencias, que nunca pondrá en duda, pero sí se siente como burlada por el destino, decepcionada quizás de sí misma, anhelando la muerte tempranera, y todo porque deseaba más que nada “morir por Jesús.” Pero leyendo las cartas de San Pablo, concretamente en la Primera Epístola a los Corintios, Teresa se convence de cuál es finalmente su misión en este mundo: “Por fin he encontrado mi vocación, mi vocación es el amor… Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que el amor abarca todos los tiempos y todos los lugares, en una palabra, que el amor es eterno.” En 1897, a sus 24 años, Teresa siente la proximidad de la “noche de la nada”, y escribe en su diario: “Yo creo que mi carrera no durará mucho tiempo.” Teresita empieza a padecer una enfermedad que intenta ocultar en su comunidad. Tose sangre, vomita repentinamente, le duele el pecho. La Madre Superiora y su hermana Paulina le insisten en que acabe de redactar las memorias que había comenzado en un cuadernito hacia el año de 1894, y que en sus últimos días no parará de redactar desde una silla de ruedas que perteneció a su padre. Sus memorias, conocidas como <em>L’histoire d’une âme</em> (Historia de un alma), está compuesto por una serie de manuscritos divididos en tres pequeños tomos bautizados con las primeras letras del abecedario. Compuesto de seis cuadernos, el manuscrito A habla de sus recuerdos de infancia, pero más que proponerse narrar sus anécdotas de vida, Teresita pretende hacer una biografía de su alma, y en principio bautiza sus memorias como <em>Historia de primavera de una pequeña flor blanca. </em>El manuscrito B, compuesto de epístolas y misivas que se escribió con sus familiares, amigos y miembros del clérigo, son el corazón de esta obra, y es allí donde expondrá con claridad su “pequeña doctrina” espiritual. En el manuscrito C Teresa detalla las gracias divinas que experimentó y sus conclusiones respecto a los caminos de la espiritualidad, destacándose el ya mencionado “caminito”. Sus memorias nos permiten ver el enorme conocimiento que Teresa tenía respecto a La Biblia, citando unos cuatrocientos artículos del Antiguo Testamento y alrededor de seiscientos del Nuevo Testamento. Finalmente se verá afectada por una fiebre severa que le impedirá terminar de escribir el relato de su alma. Uno de sus pulmones está obstruido y una tuberculosis en su estado más avanzado la sumirá en una penosa agonía. “Nada me produce tantas ‘pequeñas’ alegrías como las ‘pequeñas’ penas”, declaró ya moribunda. Tanto su dolor, que según alcanza a escribir, “alcanza a perder la razón.” Las novicias que le acompañaron en sus últimos días quisieron tomar apuntes de sus charlas con Teresita, recogiendo estas pláticas en un librito que luego titularon <em>Últimas conversaciones. </em>Ya Teresita tenía calculado que desde el más allá también estaría intercediendo por la salvación de las almas: “Quiero pasar mi cielo haciendo el bien sobre la tierra.” Le preguntan cómo quisiera ser nombrada cuando la invoquen a través de la oración, a lo que ella responde que, sencillamente, se le conozca como “Teresita”. Le preguntan qué le dice a Jesús cuando conversa con él, y a lo que ella responde: “No le digo nada, ¡lo amo!” El dolor se intensifica y antes de claudicar pasará dos días de una infernal y dolorosa agonía: <em>“</em>Todo es pura agonía sin mezcla de consuelo.” La futura santa está preparada ya para abandonar este mundo y abrazar a su Dios: “Nunca he dado a Dios más que amor, y Él me pagará con amor. Después de mi muerte dejaré caer una lluvia de rosas.” Entrada la tarde del 30 de septiembre de 1897, Teresita dirá sus últimas palabras mientras sujeta un crucifijo entre sus manos: “Oh!, ¡le amo!&#8230; Dios mío… te amo.” Declina su cabeza sobre la almohada y cierra los ojos, pero unos instantes después recobra un último aliento, delira, entra en un éxtasis y unos minutos más tarde morirá con su mirada fija en una imagen de la Virgen María que la había acompañado siempre y que sus hermanas colgaron en la pared de la enfermería. En una de sus últimas misivas escribió: “Yo no muero, yo entro en la vida.” Fue sepultada con todos los honores en medio de un cortejo fúnebre multitudinario. Las religiosas frotaban sus pertenencias contra el ataúd, y se dice que después de cuatro días de velación su cuerpo todavía conservaba la lozanía, el color y la flexibilidad de los vivos. Fue la primera de su comunidad en ser enterrada en un cementerio que habían adquirido recientemente las carmelitas descalzas. Una vez murió, Teresita cobró una fama descomunal, y para el año siguiente <em>Historia de un alma </em>sería publicada, convirtiéndose en pocos años en uno de los clásicos espirituales más famosos, y llegando a ser traducido a más de cuarenta idiomas para inspirar la vida de miles de creyentes en todo el mundo. Cientos de peregrinos empiezan a acudir en masa para visitar el monasterio donde vivió la religiosa y orar sobre su tumba, convirtiéndose en el segundo lugar con mayor afluencia de turismo religioso en Francia, apenas superado por el Santuario de la Virgen de Lourdes, y seguido en un tercer lugar por la Basílica de Santa Teresa, edificada en su honor y que sería finalizada en 1954. Durante la Primera Guerra varios soldados franceses llevaban una versión reducida de la autobiografía de Teresita, llamada <em>Una rosa deshojada</em>, y en sus bolsillos la estampa de la religiosa como si de un escudo protector se tratara, y así la estampa con la imagen de Teresita se popularizaría por otorgarle poderes curativos y sanaciones imposibles. Durante los años que duró la Gran Guerra se reunieron casi seiscientas páginas que daban testimonios de enfermos incurables que habían recibido la sanación por medio de plegarias invocadas a Teresita. En 1914 llegaban alrededor de quinientas cartas diarias al convento, y es tanto el fanatismo que las carmelitas descalzas se vieron obligadas a instalar un rejado que protegiera la tumba de la religiosa. Para comenzar el proceso de beatificación no sólo era necesario que se patentaran dos milagros y que fueran comprobados por la iglesia, sino que además debía esperarse medio siglo; pero ante la tanta presión de los fieles el Papa San Pío X agilizó el proceso, y para 1914 ya se había introducido la causa de Sor Teresa del Niño Jesús, y en 1921 Benedicto XV promulgaría el decreto sobre sus “virtudes heroicas”. Dos casos milagrosos se presentan y son ratificados por los peritos dispuestos para la tarea de verificación. Por medio de oraciones y novenas consagradas a Teresita, un tuberculoso que estaba en las últimas y una monja que padecía una grave afección estomacal se habrían curado repentinamente, y de la noche a la mañana. Es así como Teresita será beatificada en 1923 por el Papa Pío XI, y dos años más tarde ya habrán sido corroborados otros dos milagros, y en tiempo récord Teresita de Lisieux será declarada como santa. Ante una multitud de más de medio millón de personas (suceso que no se vivía desde hacía 20 años con la coronación de Pío X), El Papa Pío XI, devoto declarado de Teresita, celebra la canonización en la Basílica de San Pedro, retomando una vieja costumbre que se había perdido hacía más de cincuenta años, al cubrir la fachada de la enorme catedral con un sinnúmero de velas de sebo. Pío X la llamaba “La Florecita”, señalando que Teresita era “la santa más grande de todos los tiempos modernos”, y también la llamó “un huracán de gloria.” Pío XI por su parte la bautizó “La estrella de mi pontificado.”<em> The New York Times </em>anuncia la esperada canonización: “Toda Roma admira la Basílica de San Pedro iluminada por una nueva santa.” En 1927 se levanta una estatua con su figura en los jardines vaticanos, y ese mismo año es proclamada patrona de los misioneros, junto a San Francisco Javier, y esto a pesar de que Teresita nunca abandonaría el convento para aventurarse a la labor del misionero. Sin embargo siempre dejó claras sus intenciones respecto al apostolado evangelizador: “Quisiera ser misionera ahora y siempre y en todas las misiones.” Para 1944 Teresita recibirá el gran honor de ser declarada como patrona de Francia junto a su “querida hermana”, Santa Juana de Arco. Y parecía que ya no podía llegar más lejos dentro del santoral católico, hasta que en 1997, y con motivo del centenario de su muerte, el Papa Juan Pablo II la declararía, junto a Santa Catalina de Siena y Santa Teresa de Ávila, como Doctora de la Iglesia Universal. El título que le concedió Juan Pablo II fue el de <em>“Doctor Amoris” </em>(“Doctora del Amor”). Años más tarde, para el 2012, se sumaría Hildegarda von Bingen como una cuarta doctora de la iglesia católica. Teresita escribió más de doscientas cincuenta cartas, más de veinte oraciones entre las que se destacan <em>La ofrenda como holocausto misericordioso, El billete de su profesión </em>y <em>La oración para alcanzar la humildad; </em>y también se probó en la poesía, dejándonos más de sesenta poemas, destacando <em>El rocío divino o la leche virginal, Vivir de amor, Mi canto de hoy, Arrojar flores, Mis armas </em>y <em>Mis deseos junto a Jesús escondido.</em> La doctrina expuesta por Santa Teresita ha servido para motivar a muchos. La humildad, el abandono o la entrega total a su Dios, tal cual lo sugiere Mateo cuando invita a negarse a sí mismo para ofrecerse a su Padre: “Me alegra ser pequeña porque sólo los niños, y los que son como ellos, serán admitidos al banquete celestial.” El modelo de Teresa fue un referente durante el Concilio Vaticano II, donde se aclaró que, al igual que Teresita, cualquier cristiano estaba llamado para aspirar a la santidad. “El amor en sí se demuestra con hechos, así que ¿cómo yo hago para mostrar mi amor?, las grandes obras me son imposibles. La única manera en que puedo demostrar mi amor es por la dispersión de flores y estas flores son cada pequeño sacrificio, cada mirada, cada palabra, y el hacer por amor hasta los actos más pequeños.” Santa Teresita del Niño Jesús, junto a San Francisco de Asís, es hoy día una de las figuras más notables y famosas dentro del santoral cristiano, y son varias las personas a través de los años que han profesado su devoción por esta santa, siendo conocido el caso de Teresa de Calcuta, quien precisamente adoptaría ese nombre en honor a la santa que tanto admiraba, o el caso de Édith Piaf, a quien nunca le faltaba la compañía de una estampita con la efigie de Teresa. La vida de Santa Teresita ha sido contada a través de libros, películas, obras teatrales y series de televisión. La iglesia celebra su fiesta el 1 de octubre.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 04 Nov 2022 17:53:31 +0000</pubDate>
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