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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Tue, 14 Apr 2026 16:59:17 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de sentido de la vida | Blogs El Espectador</title>
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        <title>La vejez que seremos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/filosofia-y-coyuntura/la-vejez-que-seremos/</link>
        <description><![CDATA[<p>Filosofía y coyuntura presenta un extracto del libro &#8220;La vida, la vejez y la muerte&#8221; (Bogotá, ediciones Desde abajo, 2024), un breve ensayo sobre el periplo vital: desde advenir al mundo hasta el tránsito definitivo que se da con la muerte.</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
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</blockquote>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>&#8220;<em>En la vejez, se extinguen las pasiones y los deseos, unos tras otros; a medida que se nos hace indiferentes los objetos de estas pasiones, se embota la sensibilidad, la imaginación creadora se forma cada vez más débil, las imágenes se hacen borrosas, no se fijan ya las impresiones, los días se suceden cada vez más rápidos, los acontecimientos pierden importancia y todo se difumina. El hombre abrumado por el paso de los años se pasea tambaleándose o descansa en un rincón, no siendo ya más que una sombra, un fantasma de su ser pasado. Viene la muerte. Un día la somnolencia se convierte en el último sueño</em>&#8220;. Arthur Schopenhauer.</p>
</blockquote>



<p>Entre la adolescencia y la muerte se encuentran la adultez y la vejez. Si elegimos nuestro proyecto de vida en la juventud, lo cual es lo normal, hay un periodo medio de la vida donde esas elecciones pasan a determinar la existencia. En la medida que elegimos, cerramos más la perspectiva de futuro que tenemos; es posible caminar por un determinado sendero, y centrar la atención y los esfuerzos en el modelo de vida, la profesión, la situación familiar por la que hemos optado. Esta etapa vital puede ser de seguridad, tranquilidad, normalización, pero también es una etapa supremamente rutinaria. Elegir un proyecto de vida lleva, la mayoría de las veces, a la rutinización de la existencia, a la mecanización de esta. La rutina parece un destino normal en cierta etapa de la vida adulta; es una mecanización de los ritmos vitales producto de la habituación y parametrización de la existencia.</p>



<p>La adultez implica también un mayor grado de responsabilidad, esto es, de la <em>necesidad de responder por</em>, <em>hacerse cargo de</em>, ya sea de los hijos, del nivel de vida que se ha logrado, de las obligaciones económicas adquiridas. En la actualidad, por ejemplo, las deudas -por lo general cuando se tiene vida crediticia y capacidad de endeudamiento, cuando somos productivos, cuando ya estamos insertados dentro del engranaje- <em>son biopolíticas</em>, son dispositivos de normalización que preforman la vida humana, la absorbe, la gobierna. Básicamente llega un momento donde la deuda, como política de la vida, es una condición normal de la existencia…la deuda garantiza la esclavitud vital moderna, esclaviza el cuerpo, el tiempo. El trabajo de los cuerpos, y los excedentes que quedan después de la satisfacción de las necesidades más básicas, terminan en el banco, en el círculo de rotación del capital y en su dinámica de absorción de los productos de la corporalidad viviente. <em>El endeudamiento perpetuo suele ser la imagen perpetua del vampirismo capitalista. &nbsp;</em></p>



<p>La adultez, también, implica un acrecentamiento de <em>responsabilidad</em> por el tiempo que viene&#8230;gran parte de ella está dedicada a garantizar una vejez digna. La conciencia de nuestra temporalidad, de nuestra finitud, fragilidad y vulnerabilidad, nos convierte en esclavos del futuro. En la adultez empezamos a vivir para la vejez, sobre todo si la queremos asegurar y librar de las penurias.</p>



<p>Pese al encasillamiento vital que se produce en la adultez, en esta etapa la vida también puede verse como la realización parcial de la libertad. Básicamente si se realiza el proyecto de vida, el horizonte vital que se ha escogido, podemos decir que hemos realizado parcialmente la libertad. La realización personal es libertad en acto, libertad encarnada y actuante, si bien no definitiva. Desde luego, lo descrito corresponde a una vida en condiciones normales, pero no hay que olvidar que vivimos en la <em>sociedad del riesgo</em> permanente, donde la <em>inseguridad </em>y el miedo constante a perder la estabilidad son realidades presentes. El azar y la incertidumbre gobiernan la vida, nos atraviesa siempre, como puede verse en el Excurso uno de este texto; la incertidumbre no es eliminable, el riesgo es siempre una posibilidad, ya sea la muerte de alguien, la enfermedad, la pérdida del empleo, la quiebra. Cuando alguno de estos eventos irrumpe en la existencia, la puede transfigurar de manera fundamental.&nbsp;</p>



<p>Pase lo que pase, hay algo que siempre está presente, que nunca nos abandona: el paulatino envejecimiento. Ya ser adulto es haber dejado atrás la juventud, y haber entrado en una etapa intermedia, una planicie de la cual solo queda empezar descender. La vejez es siempre una realidad en marcha. Ella trabaja soterradamente en nosotros, desde adentro labora corroyendo nuestra corporalidad y su vitalidad, su fuego. La vejez está escrita en el cuerpo, en la piel y en las entrañas; trabaja de manera silenciosa hasta llegar a un momento donde irrumpe en plenitud. Es cuando nos percatamos de que estamos viejos, es cuando tenemos que mirarla de frente o, mejor, es cuando nuestra propia frente, con las huellas que la vejez ha dejado en ella, nos notifica su presencia: <em>las arrugas son las huellas del tiempo en nuestro cuerpo, son un sedimento del pasado y un anuncio del viejo que seremos. Si la piel es la frontera del cuerpo, las manchas, las arrugas, las heridas, son marcas en ese borde, en ese límite que nos individualiza de otros. </em>&nbsp;</p>



<p>La filósofa francesa, la gran compañera de Sartre y una maravillosa escritora y feminista, la pensadora Simon de Beauvoir, escribió un libro notable titulado <em>La Vejez</em>. Es una investigación monumental atravesada por la siguiente pregunta: “¿Qué debería ser una sociedad para que en su vejez un hombre siga siendo un hombre?” La pregunta es fundamental porque, exige, en primer lugar, abordar el tema. Vivimos en sociedades alérgicas al tema de la vejez, pero también al de la muerte. Nos negamos a asumir un tema que es parte de la vida, un problema que no puede ser negado u ocultado, pues tarde o temprano se impone. Es uno de esos negacionismos más, tan de moda en los tiempos actuales tan carentes de realismo: “nos negamos a reconocernos en el viejo que seremos”. Por eso, sin pensar con hondura, solemos edulcorar al anciano en una imagen romántica, sublimada:</p>



<p>“<em>[L]a del sabio aureolado de pelo blanco, rico en experiencia y venerable, que domina desde muy arriba la condición humana; si se apartan de ella caen por debajo: la imagen que se opone a la primera es la del viejo loco que chochea, dice desatinos y es el hazmerreír de niños</em>”.</p>



<p>Esa dulcificación pasa por alto el lado oscuro de la vejez, justo aquello que no queremos pensar, eso que vemos ladinamente. Y lo hacemos porque antes de que nos caiga encima, la vejez se vive en tercera persona, es algo que le ocurre a los demás. En estos casos, el viejo es el Otro, una alteridad. Pero con eso nos hacemos los de la vista gorda ante la ineludible certeza de que “estamos habitados ya por nuestra futura vejez”. Ahora, ese «lado oscuro»  impide ver que el anciano no siempre es ese sabio, depositario de sabiduría, de experiencia, portador de la memoria colectiva, y, por tanto, baluarte fundamental de la comunidad, o de la sociedad, como solemos pensar. También es el ser débil, frágil, pobre, desamparado, heterónomo, enfermo, etc., que se apila en los ancianatos, o en los rincones ocultos, en las habitaciones aisladas de muchas casas donde no deben molestar o ser vistos; donde son fantasmas, espectros de lo que fueron, “casi muertos” como se los considera en algunas culturas. Desde luego, <em>todas estas percepciones y el sentido mismo de la vejez dependen de la especificidad de cada sociedad, de su estructura social y de sus valores: en unas son valiosos, en otras se los cuida, en otras se los abandona.</em></p>



<p>Es claro que en la sociedad capitalista la persona es útil mientras sea productiva, rentable. Cuando ya no lo es, la situación suele ser muy desfavorable para las clases pobres: &nbsp;&nbsp;</p>



<p>“<em>En la vejez los explotados están condenados, sino a la miseria, por lo menos a una gran pobreza, a alojamientos incómodos, a la soledad, lo que les produce un sentimiento de decadencia y una ansiedad generalizada. Se hunden en un embotamiento que repercute en el organismo; incluso las enfermedades mentales que los afectan son en gran parte producto del sistema</em>”.</p>



<p>En este sentido, los viejos son también los condenados de la tierra, los trastos viejos arrumados abandonados al tiempo implacable que todo lo devora, que devora la vida y que carcome los restos; que aniquila el porvenir y sus posibilidades. De tal manera que son muy pocos los ancianos que viven una vejez plácida, ciceroniana, acompañados por los familiares, por los nietos, tal como ocurre en mayor medida en algunas familias de Latinoamérica donde esa cercanía con los ancianos es mayor que en la vieja Europa.</p>



<p>Hay que decir que la vejez trae también una relación distinta con el tiempo. Si el tiempo puede considerarse: “la forma del sentido interno, o sea de nuestra propia observación de nosotros mismos y de nuestra condición” (Jean Amery), a medida que envejecemos, sentimos que aumenta el pasado y se acorta el futuro. Este es un dato objetivo. Envejecer es volverse, ante todo, tiempo sedimentado, experiencia encarnada, pero a la vez, es volverse <em>imposibilidad</em>. Al ser el futuro más corto, disminuyen las expectativas, los proyectos, los planes. El viejo vive más en el pasado. Su experiencia del presente decrece, aumenta la evocación; y los recuerdos, que deben verse como memoria en acto que actualiza los hechos, pierden intensidad. Los recuerdos aparecen lejanos, dejan de ser vívidos, intensos…se vuelven opacos. Su irrupción ya no estremece con la misma intensidad: las alegrías aparecen más derruidas para quien recuerda, y los dolores pasados suelen parecer más soportables.</p>



<p>El envejecer se ve como un acercarse lentamente a la muerte: ésta ya no se vive en tercera persona como cuando moría un amigo o un familiar, ahora es algo personal. Todos estamos haciendo fila y a cada uno le llegará su turno en esa procesión, pues <em>la muerte es lo más democrático que existe, ya que no respeta sexo, género, religión o riqueza</em>. Pero, mientras tanto, somos solo espectadores más o menos afectados. Por eso, “a medida que uno acumula años, se va formando una imagen cada vez más sombría del porvenir” (Cioran). De hecho, el porvenir aparece huero, vacío…no hay porvenir…el único porvenir es la supresión lenta del mundo, el regreso al cosmos silente, a la nada, o los distintos cielos que el humano se ha inventado para paliar el horror de la muerte.&nbsp; El porvenir, el futuro, entonces, frente a nuestro sentido interno, frente al manojo de tiempo que somos, pierde sustancia…ya no jalona la vida, la hunde. <em>El porvenir se va cerrando lentamente, dejando al anciano sin un espacio vital donde alojarse. </em>&nbsp;</p>



<p>La vejez nos estremece profundamente. Ella cuestiona la percepción que tenemos de nosotros mismos. Evidentemente, somos pasado, somos tiempo. Ese pasado constituye nuestra <em>identidad personal</em>. Sin embargo, el cuerpo mismo, mi apariencia, la misma que he visto variar por años, también la constituye. La vejez es la prueba de que Heráclito tenía razón: con ella vemos el devenir, lo transparentamos en retrospectiva, lo asimos. Nos permite ver diáfanamente cómo ya no somos lo que éramos, como el no ser algo en la juventud nos llevó a ser algo en la adultez, y cómo en la vejez ya no somos el cuerpo, ni la persona que éramos en la juventud. Ser y no-ser realizados, de la mano, trabajando juntos. El anciano que se para en la cumbre de su existencia y voltea a ver el pasado, su devenir, realiza en ese momento de apercepción la síntesis dialéctica de su vida…pero al final, el no-ser triunfa, da la estocada final y gana la partida, la carrera de la vida. <em>La muerte está tan segura de vencernos, que nos da toda una vida de ventaja, </em>dice un famoso anónimo.&nbsp;</p>
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        <author>Damian Pachon Soto</author>
                    <category>Filosofía y coyuntura</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=103488</guid>
        <pubDate>Tue, 23 Jul 2024 17:17:34 +0000</pubDate>
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        <title>Preferiría no hacerlo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/reencuadres/preferiria-no-hacerlo/</link>
        <description><![CDATA[<p>&nbsp; Los líderes que triunfan son imperfectos. H. Mintzberg En cuestión de semanas dos de las más populares Jefes de Estado del mundo, y con mejores resultados, presentaron renuncia a sus altos cargos. Me refiero a Nicola Sturgeon, ministra principal de Escocia, y Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda. (También renunció no hace mucho [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right"><em>Los líderes que triunfan son imperfectos.</em></p>
<p style="text-align: right"><em>H. Mintzberg</em></p>
<p style="text-align: left">En cuestión de semanas dos de las más populares Jefes de Estado del mundo, y con mejores resultados, presentaron renuncia a sus altos cargos. Me refiero a Nicola Sturgeon, ministra principal de Escocia, y Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda. (También renunció no hace mucho Liz Truss, primera ministra británica, pero en su caso por una desastrosa gestión. Sí, porque buenos y malos líderes surgen en todos los géneros).<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: left">Aunque en regímenes parlamentarios es habitual una renuncia, estos casos tienen ingredientes adicionales bastante sugerentes. «Solo con una entrega absoluta es posible desempeñar este trabajo… », afirmó Sturgeon cuando anunció su renuncia. Ardern, por su parte, explicó que había decidido renunciar porque ya no tenía el tanque lleno y un poco en la reserva… los políticos son seres humanos… damos todo lo que podemos por el tiempo que podemos, hasta que llega el momento de partir…»</p>
<p style="text-align: left">Pero sobretodo enfatizaron en el momento del retiro su deseo de pasar más tiempo con sus familias. Sturgeon con sus sobrinos adolescentes; Ardern con sus hijos pequeños. Que sería injusto interpretarlas como justificaciones inventadas para salir del paso y quedar bien. Es sabido que las dos sobresalieron por su empatía con el dolor de los ciudadanos y su actitud protectora durante la pandemia.</p>
<p style="text-align: left">Simple y llanamente ya no querían continuar allí.</p>
<p style="text-align: left">Estos casos suscitan todo tipo de reflexiones. Unas muy deslucidas; otras, provocadoras. Y evocan de alguna manera la decisión de Bartleby, el personaje del cuento de Melville. Un competente e insatisfecho amanuense de un despacho judicial, que a partir de un día repitió hasta su muerte una respuesta «pura, explícita, invencible» a las solicitudes de su jefe, de sus colegas y del resto de la humanidad. <span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: left">—Preferiría no hacerlo.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: left">Pues bien, estas mujeres en la plenitud de sus vidas, en el cenit del reconocimiento de sus conciudadanos y el prestigio internacional, también declararon «preferiría no hacerlo».<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: left">No vale la pena gastar tiempo en los comentarios sexistas que han suscitado estas renuncias. Que las mujeres no están para asumir estas responsabilidades, más preocupadas por los niños que por su trabajo, … etc. Nada que valga la pena tomar en serio.</p>
<p style="text-align: left">Lo que en realidad han traído es aire fresco al claustro donde se acumulan los atributos que debe poseer un líder. Y no me refiero a las 52 habilidades para dirigir que enumeran algunas listas utópicas: comprometido, curioso, estable, ético, coherente, integrador, resolutivo, pragmático, y sigue. Sino sobretodo a las impregnadas de testosterona. Me refiero a los poco mencionados pero que a la hora de la verdad se esperan de un dirigente. Un líder no tira la toalla; no duerme bien si ha hecho su trabajo; nunca da un paso atrás, solo adelante; trabaja 24 horas y 7 días; el sentido de su vida está centrado en el logro de su misión profesional; considera que no hay nada imposible; el fracaso no es una opción. Este tipo de líderes son exponentes vivos de <em>la sociedad del cansancio</em> (Byung-Chul Han). Aquella caracterizada por el exceso de positivismo (todo es posible), hace que cada persona se autoimponga el máximo rendimiento hasta el agotamiento y el aburrimiento existencial, consumidos en el hiperactivismo heroico buscando sus metas.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: left">Por el contrario, Arden y Sturgeon han mostrado que son necesarias otras capacidades en un dirigente. Con su ejemplo prueban que el propósito de la vida no puede limitarse al rendimiento en el trabajo, y que la aceptación de sus flaquezas en vez de desprestigiarlas revelan su valentía y seguridad en sí mismas. Todo lo cual despierta un profundo respeto. Y constituye una refutación a los pensadores organizacionales, quienes ahora podrían incorporar a sus discursos estos nuevos cánones de lo que debe considerarse un buen jefe en el siglo XXI. El poder de la vulnerabilidad y la búsqueda de un sentido de la vida por fuera de la oficina.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: left">Le pasa a uno por la mente que las sociedades serían mejores sitios para vivir y las empresas para trabajar si algunos líderes siguieran el ejemplo de estas interesantes mujeres. Espero provocar en la memoria de cada lector la evocación de los nombres de los dirigentes colombianos que habrían podido hacer lo mismo y contribuido así a que el país fuera un mejor vividero.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: left"><strong>Para seguir la pista</strong></p>
<ul>
<li style="text-align: left">Han, Byung-Chul (2012). <em>La sociedad del cansancio</em>. Herder.</li>
<li style="text-align: left">Melville, Herman. (1969). <em>Bartleby</em>. Edicom.</li>
<li style="text-align: left">Owen, Jo. (2020). <em>Mitos de liderazgo</em>. 3R Editores.</li>
<li style="text-align: left"><em>Borgen</em>. Serie de televisión danesa. Netflix.</li>
</ul>
]]></content:encoded>
        <author>Manuel J Bolívar</author>
                    <category>Reencuadres</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=93933</guid>
        <pubDate>Sun, 19 Mar 2023 13:49:51 +0000</pubDate>
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