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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Ramón García Piment | Blogs El Espectador</title>
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        <title>El nacimiento del sistema financiero y económico colombiano</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-conspiracion-del-olvido/el-nacimiento-del-sistema-financiero-y-economico-colombiano/</link>
        <description><![CDATA[<p>El hallazgo y análisis del óleo de Juan Sordo Girardot en el año 2018, pintado a finales del siglo XIX, permite comprender cómo la historia económica y financiera de Colombia también se construyó desde trayectorias individuales que articularon empresa, política y nación. A través de su vida —marcada por la banca temprana, la explotación de recursos estratégicos, los conflictos ideológicos entre federalismo y centralismo y las guerras civiles— el retrato se convierte en una puerta de entrada a la memoria histórica, revelando el papel silencioso pero decisivo de quienes sentaron las bases del sistema financiero colombiano y contribuyeron a la consolidación institucional del país.</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p>Un óleo, una hacienda y el origen silencioso de la banca en Colombia</p><cite>La historia del surgimiento de los bancos colombianos a partir del análisis de un óleo que custodia los cerros tutelares de Tenjo</cite></blockquote></figure>



<p><strong>Por:</strong> <em>Ramón García Piment y Claudia Patricia Romero</em></p>



<p>¿Puede un cuadro narrar la historia de la fundación del sistema financiero colombiano?<br>La respuesta yace en un óleo pintado hacia 1893 por el afamado retratista republicano Epifanio Garay, una obra que no solo captura un rostro, sino que condensa una época, una visión económica y un carácter forjado en medio de guerras civiles, debates ideológicos y la construcción de nación.</p>



<p>El retrato presenta a un hombre de bigote bien definido, gesto afable y mirada firme: Juan Sordo Girardot. Su semblante transmite serenidad, pero también una persistencia silenciosa, propia de quienes saben que el progreso exige paciencia, riesgo y determinación. Enmarcado en madera dorada, el cuadro parece suspender el tiempo y devolvernos a la tarde del jueves 2 de abril de 1835, cuando nació en Bogotá, como hijo mayor del español Juan Sordo y Sobrino y de Josefa Joaquina Girardot Díaz, hermana del prócer Atanasio Girardot, héroe de la colina de Bárbula.</p>



<p>Durante décadas, el óleo ha permanecido inmóvil, ajeno al paso del tiempo, coronando un dintel sostenido por una viga bicentenaria en una antigua hacienda situada en la falda de la montaña que abraza al municipio de Tenjo (Cundinamarca). Desde allí, su mirada —penetrante pero serena— parece vigilar el ingreso a la casa de su bisnieta, Isabel Ancízar Duque, guardiana de un invaluable acervo documental: los archivos personales de Manuel Ancízar, primer rector de la Universidad Nacional de Colombia y cercano confidente del liberal radical Santos Acosta, presidente que sancionó, entre otras, la ley de creación del Archivo Nacional.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/28184741/en-la-finca-1024x1024.jpg" alt="" class="wp-image-124149" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/28184741/en-la-finca-1024x1024.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/28184741/en-la-finca-300x300.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/28184741/en-la-finca-150x150.jpg 150w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/28184741/en-la-finca-768x768.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/28184741/en-la-finca-1536x1536.jpg 1536w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/28184741/en-la-finca-2048x2048.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p>Ese lugar fue, en vida, y durante sus últimos años, el refugio definitivo de Juan Sordo Girardot. Un espacio de recogimiento tras años de persecuciones, presiones y constantes solicitudes de dádivas destinadas a financiar las interminables guerras civiles que desangraron a la joven República de Colombia, en una lucha fratricida impulsada por la ambición política y el afán hegemónico. A ello se sumó el dolor íntimo por la muerte de su esposa y prima, Bárbara Manuela Menéndez Girardot, con quien tuvo ocho hijos y con quien compartió la pérdida prematura de Luis María, fallecido en París.</p>



<p>La finca Altamira fue su último destino, luego de haber residido durante años en Bogotá, en la conocida <em>“esquina de las Esmeraldas”</em>, en una casa de su propiedad ubicada en la calle 12 con carrera 6ª. Aquella edificación, que más tarde albergó la Procuraduría General de la Nación, fue destruida durante el Bogotazo. Desde allí se recuerda una de sus empresas más notables: haber ganado en licitación el arrendamiento para la explotación de las minas de esmeraldas de Muzo, entre 1876 y 1886, a través de la <em>Compañía de Minas y Esmeraldas</em>.</p>



<p>La explotación de Muzo se convirtió en un símbolo de la disputa política entre federalismo y centralismo, debate que ocupó buena parte de la agenda legislativa del siglo XIX. Los representantes boyacenses reclamaban la propiedad absoluta de las minas para su territorio, pleito que derivó en la expedición de una ley en 1878, mediante la cual la Nación cedía 10.000 pesos y entregaba la riqueza esmeraldera al denominado <em>Estado Soberano del Norte</em>. Sin embargo, con la llegada de Rafael Núñez al poder y la instauración del régimen centralista, muchos de estos bienes retornaron al control del Estado nacional.</p>



<p>Juan Sordo Girardot comprendía que sin riesgo no hay recompensa. Esa convicción la aplicó también en el ámbito financiero. Fue fundador y segundo gerente del Banco de Colombia en 1875, tras la breve administración de Ramón del Corral. El banco surgió por iniciativa suya y de figuras clave como José Obregón, Manuel Antonio Ángel, José Camacho Roldán y Elías Casseres, con la idea de crear una institución de giro y descuento, sustentada en acciones de 1.000 pesos y un capital nominal inicial de 1.500.000 pesos.</p>



<p>En aquel entonces, la noción de banca distaba mucho de la actual relación entre Estado y sistema financiero. Prueba de ello ocurrió en 1898, cuando el Banco de Colombia desempeñó un papel decisivo en la diplomacia internacional al aportar 20.000 libras esterlinas al Gobierno de Italia, evitando un conflicto bélico derivado de la confiscación de bienes del ciudadano italiano Ernesto Cerruti. La controversia había culminado en un laudo arbitral desfavorable para Colombia y ya se encontraban en aguas nacionales buques armados italianos, bajo el mando del almirante Candiani, apuntando sus cañones.</p>



<p>La experiencia bancaria de Sordo Girardot se remontaba aún más atrás, a 1870, año en el que se constituyó la sociedad anónima que dio origen al Banco de Bogotá, el primer banco privado del país, fundado el 15 de noviembre, coincidiendo simbólicamente con el bautizo de su tercera hija, María, de quien fue accionista fundador.</p>



<p>Desde joven, Juan Sordo mostró una notable aptitud para los negocios y la política. Inició con la producción y comercialización de quinas, lo que lo llevó a estructurar un sistema de transporte fluvial mediante champanes por el río Magdalena hasta Neiva. Desde allí exportaba productos y abastecía a la región, experiencia que lo condujo a ocupar cargos públicos como procurador y gobernador, a la temprana edad de 22 años.</p>



<p>Hoy, el óleo del sobrino de Atanasio Girardot, junto al retrato de Juan Sordo y Sobrino pintado por el maestro Rubiano, trascienden el ámbito privado para inscribirse de manera definitiva en la memoria pública del país. Desde 2019, estas obras hacen parte de la colección de la Pinacoteca del Archivo General de la Nación, gracias a la generosa donación realizada por Isabel Ancízar, y bajo la protección institucional garantizada durante la administración del entonces director del AGN, Armando Martínez Garnica. Su incorporación al acervo nacional los consagra como fuentes de alto interés patrimonial para el estudio de los inicios de la República, tal como se evidencia en la reciente publicación de Rubén Hernández, <em>Una de las Quintas de San Cristóbal – La Eneida</em>. Estos cuadros se erigen, así, en testimonio inmutable que nos permite conspirar contra el olvido y reafirmar el valor de la memoria histórica como fundamento de nuestra identidad nacional. </p>
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        <author>Ramón García Piment</author>
                    <category>La conspiración del olvido</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=124142</guid>
        <pubDate>Mon, 29 Dec 2025 00:09:34 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El nacimiento del sistema financiero y económico colombiano]]></media:description>
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        <title>Entre lo apacible y lo indomable</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-conspiracion-del-olvido/entre-lo-apacible-y-lo-indomable/</link>
        <description><![CDATA[<p>Revolución, es uno de los pensamientos que se me viene a la cabeza cuando traigo al presente mi pasado de estudiante en los corredores del edificio 303 de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia. Revolución de ideales, revolución de pensamiento, revolución de moda, y sin embargo la mayor revolución de una clase, la tuve en el aula de uno de los docentes que con su presencia inspiradora de respeto y de bondad nos hablaba sobre el orden y el poder.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Hace ya varios años recibí la invitación para escribir sobre un docente que me había dado algunas clases. Al escuchar su nombre, comprendí de inmediato que no se trataba de un profesor universitario cualquiera, sino de alguien que deja huella profunda por su conocimiento y, sobre todo, por la forma en que lo transmite.</p>



<p>El profesor <strong>Carlos Niño Murcia</strong> es un maestro en el sentido más pleno de la palabra: uno de esos seres que nacen para enseñar y para encender en sus discípulos la pasión por el arte de la arquitectura. En sus clases, las formas pétreas de los edificios se transformaban en relatos: historia, legado, memoria, identidad.</p>



<p>Acepté gustosamente escribir un artículo, desde la mirada del alumno que fui, sumando mi voz a tantas otras que reconocen lo que significa el oficio de la arquitectura y su ejercicio en Colombia.</p>



<p>El libro en el que aparece este texto lleva su nombre como título —porque su nombre mismo es una marca— y fue editado por la Universidad Nacional de Colombia (Castell, E. et al. (2024). <em>Carlos Niño Murcia</em> (1.ª ed.). Grupo Editorial: Universidad Nacional de Colombia).</p>



<p>Comparto aquí, para <em>La Conspiración del olvido</em>, un abrebocas que invita a dejarse cautivar por este oficio vital, sagrado y pleno que, cuando se ejerce con verdadero sentido, permanece vivo para siempre.</p>



<p class="has-text-align-right">Ramón García Piment</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p>Revolución, es uno de los pensamientos que se me viene a la cabeza cuando traigo al presente mi pasado de estudiante en los corredores del edificio 303 de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia. Revolución de ideales, revolución de pensamiento, revolución de moda, y sin embargo la mayor revolución de una clase, la tuve en el aula de uno de los docentes que con su presencia inspiradora de respeto y de bondad nos hablaba sobre el orden y el poder.</p>



<p>De esa manera conocí a Carlos Niño Murcia, quien andaba con su mirada altiva y risueña, atareado en medio de muchos proyectos que tenía con el distrito para levantar perfiles urbanos e investigar sobre los desarrollos poblacionales de las urbes. Siempre se le veía, rodeado de estudiantes que lo admiraban y lo asediaban en la cafetería cuando salía de sus clases.</p>



<p>Sin embargo, la mejor forma de introducirnos en su pensamiento era a través de sus libros, en particular recuerdo el de “Arquitectura y Estado”. En él, podíamos ver la relación que tuvo el estado insipiente luego de las terribles guerras civiles decimonónicas para poder, no solo administrar una nación heterogénea, sino para poder mostrar la cohesión centralista del poder del Estado a través de la consolidación de edificios municipales a manera de palacios modernos, en donde se ubicarían las instituciones de correos y telégrafos, junto con las alcaldías, aduanas, oficinas de impuestos y otros estamentos propios de la administración del estado. Todos ellos, planeados y diseñados desde el Ministerio de Obras Públicas de Colombia.</p>



<p>Ese panorama lleno de conceptos teóricos sobre poder local, población y ordenamiento territorial, altamente impregnado de modelos estilísticos nos transportaba a un ideario lleno de formas e inspiraciones que se salían de las burguesías y oligarquía, de los poderes políticos para llevarnos a una utópica relación entre forma y control.</p>



<p>Así nos inspirábamos, viendo que no solo los preceptos se daban en la funcionalidad y la estética, sino en la dominancia y el poder, fusionados en un matrimonio indisoluble con una sociedad perturbada entre control social, pobreza y riqueza.</p>



<p>Es así como el profesor Carlos Niño, resultó siendo inspirador de una revolución no actual, sino una revolución pasada, llena de dificultades sociales y estudios etnológicos amañados de ansias de poder. Fue así como el maestro nos permitió ver un aprendizaje que iba más allá de los conceptos, que se encontraban matizados en las formas, en el desarrollo conceptual encriptado.&nbsp; Empecé a ver en los perfiles urbanos, en las fachadas, los mensajes ocultos que permitían decodificarse a cada clase, con cada texto. Fue así como las clases pasaron a tener un matiz de desciframiento de lo oculto.</p>



<p>Como no recordar al maestro que pasó a educar basado en los textos pre- existentes, a ser un investigador que concluía sus apreciaciones casi en el mismo momento que las formulaba a los alumnos. &nbsp;Así captó nuestra atención, así transformó el pensamiento de sus estudiantes, permitiéndonos la motivación que nos llevaba a buscar en nosotros mismos las virtudes que se encontraban adentro y afuera, en los estudios de campo.</p>



<p>Su voz plausible, pausada y a la vez reflectiva, nos llevó a ver que la arquitectura respondía a los valores de una sociedad, a reflexionar de manera crítica sobre una escritura de las formas y del poder. Luego de veinte años de haber estado en las aulas, aún recuerdo como en sus clases en un salón cubierto de cortinas gruesas, a través de un caluroso proyector de acetatos o de un moderno proyector de diapositivas, nos llevaba a recorrer la ciudad, sus tramas, la forma de concepción de barrios y urbanizaciones. &nbsp;Nos presentaba las etapas en las que se formaban las ciudades, con materiales y formas llenas de pensamientos sociales, y como se generalizaba la forma cúbica, el material a la vista que se recubría, y por otro lado el trabajo de las oficinas de planeación que competían en la intervención de los espacios públicos, en donde lo único común era la consecución de hitos urbanos y puntos de encuentro. &nbsp;La pugna de dos miradas, la de la sociedad que busca habitar y la del Estado que imponía el orden en el hábitat.</p>
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        <author>Ramón García Piment</author>
                    <category>La conspiración del olvido</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=115967</guid>
        <pubDate>Mon, 08 Dec 2025 22:12:30 +0000</pubDate>
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