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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Primera guerra mundial Archives | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Nancy Astor (1879-1964)</title>
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        <description><![CDATA[<p>“Los principales peligros de esta vida son las personas que quieren cambiarlo todo… o nada.” Ella fue de esas que nació para cambiarlo todo. A esta mujer no le temblaba la voz al momento de expresar lo que sentía. Hubiera tenido que nacer para cantante o poeta, pero siendo tan deslenguada e impulsiva lo mejor [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Los principales peligros de esta vida son las personas que quieren cambiarlo todo… o nada.” Ella fue de esas que nació para cambiarlo todo. A esta mujer no le temblaba la voz al momento de expresar lo que sentía. Hubiera tenido que nacer para cantante o poeta, pero siendo tan deslenguada e impulsiva lo mejor fue consagrarse a la política. “Mi vigor, vitalidad y descaro me repelen. Soy la clase de mujer de la que huyo”, diría en su momento.</p>
<p>Nancy nació en Danville, Estados Unidos, en medio de una familia acaudalada que años antes había perdido su fortuna pero que había logrado reponerse de esta bancarrota luego de terminada la Guerra Civil, y que ahora gozaba de latifundios y predios de los cuales sacaba una alta rentabilidad. En una de estas suntuosas mansiones, “El Mirador”, sería donde Nancy llevaría sus años felices de la infancia.</p>
<p>A sus 18 años se mudó a New York para iniciar sus estudios, y casi al llegar conoció a quien sería su primer esposo, Robert Gould Shaw II, con quien no tendría una buena relación, y con quien a la postre acabaría luego de cuatro años y la presencia en el mundo de un niño llamado como su padre. “Me casé por debajo de mis posibilidades. Todas las mujeres lo hacemos.”</p>
<p>En 1903 muere la mamá de Nancy, y es entonces cuando esta decide regresar a la vida campestre de “El Mirador” para hacerse cargo de la hacienda y de los negocios de la familia. Pero su estancia en la casa de su infancia no sería muy productiva, por lo que un año más tarde emprende un viaje por el país que tanto la maravillaría y que acabaría por conquistar: Inglaterra. A su regreso sería su padre quien le recomendaría mudarse, siendo así que para 1905, Nancy, su hijo y una de sus hermanas se trasladarían a la capital londinense.</p>
<p>El amor fue mutuo. Los ingleses se dejaron seducir por el desparpajo de aquella campechana vivaz, irónica, pícara, contestona, repentista, sagaz y hablantinosa, que parecía tener a todo una respuesta. Esta simpatía y sus encantos serían las virtudes con las que luego conseguiría ganarse no solo el aprecio sino también, años más tarde, sus votos en las urnas. Se cuenta la anécdota de una mujer que celaba a su hombre ante la presencia arrolladora de Nancy. La cuestiona: “¿Ha venido usted a llevarse nuestros maridos?” Su respuesta fue: “Si supiera usted los problemas que he tenido para librarme del mío…”</p>
<p>Sin embargo para 1906 vuelve al altar, esta vez con Waldorf Astor, otro “expatriado” como ella, un hombre que se le parecía en casi todo, ya que incluso coincidían en la fecha y año de sus nacimientos. Así también respecto a sus ideologías moralistas y a sus personalidades temperamentales, pero sobre todo a sus crianzas, ya que ambos habían nacido y pasado sus infancias en los Estados Unidos.</p>
<p>La pareja se mudó a una suntuosa mansión en Buckinghamshire, Cliveden, junto al río Támesis, y sus aposentos se convirtieron en el centro de reunión de varios prestigiosos representantes del partido conservador, y donde poco a poco Nancy iría forjando alianzas y aprendiendo el tejemaneje del mundo político, pasando muy pronto a conformar parte del círculo informal conocido como Milner’s Kindergarten.</p>
<p>Lo suyo no era celebrar banquetes donde asistía la crema y nata de la sociedad, ya que su interés parecía estar definitivamente enfocado a abrirse un campo en la arena pública y darse a conocer. “Lo único que me gusta de la gente rica es su dinero.” Fue por esto que la casa de los Astor también sirvió como un precario hospital improvisado donde se prestó servicio médico a los soldados canadienses que habían sido heridos durante los combates de la Gran Guerra.</p>
<p>Un aspecto considerable en su historia tendría que ver cuando se convirtió al cristianismo científico. Comenzó leyendo de manera desinteresada un par de libros que, de manera progresiva, paulatina, gradual, acabarían por convertirla en una férrea creyente y una fanática convencida. Su convicción era tan fuerte, que era común que estuviera intentando convencer a cualquiera de sus creencias y especialmente a sus hijos, y de esta misma forma no desaprovechaba ocasión para criticar con rigor la religión tradicional del cristianismo.</p>
<p>El marido de Nancy gozaba desde hacía años de un puesto como diputado de Plymouth en la Cámara de los Comunes, pero luego de suceder a su padre como segundo Vizconde tendría que abandonar su puesto para formar parte de la Cámara de los Lores, dejando el escaño vacante para que su esposa se aventurara en la carrera política.</p>
<p>En 1918 se llevó a cabo una reforma política que le permitió a las mujeres el poder de postularse para ejercer cargos públicos, y ese mismo año Constance Markiewicz sería la primera mujer en ser elegida por voto popular; pero no sería la primera en oficiar como diputada, ya que este honor histórico le correspondería a Nancy Astor, quien sería ciertamente la primera mujer en integrar el parlamento británico.</p>
<p>Sin embargo la campaña no sería para nada fácil, en especial porque sus supuestas conexiones provenían directamente de la carrera que había forjado su marido, y no propiamente de la esposa desconocida y lenguaraz que aparecía para robarse a gran número de votantes con su destellante simpatía. Se le achacaba además que fuera una oligarca sin mayor contacto ni conocimientos de la realidad social inglesa, y por lo cual sería increpada por alguien que le preguntó qué habían hecho los Astor por él en específico, y a lo que Nancy respondió: “Ya lo sabes, Charlie”, para luego coquetearle y sacarse una foto con él. Y era precisamente este carisma y gracia la que le valdría el aprecio de un público que se divertía con cada una de sus ocurrencias.</p>
<p>Durante su campaña también se cuidó dejando de lado sus posturas fundamentalistas, especialmente las referentes a la prohibición del alcohol, y así mismo consiguió convocar a varias mujeres en mítines y reuniones donde seguramente lograría un importante caudal de votos. “Nosotras, las mujeres, hablamos demasiado, pero ni siquiera así decimos la mitad de lo que sabemos.”</p>
<p>Siendo una de las más votadas, el 1 de diciembre de 1919 Nancy pasaba a ocupar su curul en la Cámara de los Comunes como representante del Partido Conservador, conocidos también como <em>“Tories”. </em>Y era como si Nancy adivinara su postrero porvenir y a pesar de que el camino en un principio parecía tan prometedor, y así fue: “Los pioneros pueden ser figuras destacadas, pero a menudo están solos.”</p>
<p>Una mujer en medio de un conglomerado de señores resultaba ya de por sí pintoresco. La polémica y controvertida parlamentaria procuró ser discreta en su vestir, discreta en ocupar otros espacios distintos de su escaño para codearse con los hombres en la cafetería y en fumaderos, y aunque dicha discreción no lograría explayarla al momento de contener su lengua. Según se cuenta el primer día en el parlamento la diputada tendría su primer llamado de atención luego de que la sesión se viera perturbada por no parar de hablarle a su compañero del lado.</p>
<p>Muchos fueron los contradictores que se oponían a sus propuestas, como aquella de hacer algunas reformas a las leyes de divorcio, y por lo que se le llamó hipócrita siendo que ella se había divorciado en Estados Unidos, gozando de las prebendas legales que ahora pretendía derogar. Sea como sea, lo cierto es que su paso por el órgano legislativo no tuvo mayor trascendencia. Defensora de la igualdad de sexos, propuso crear un partido especial para las mujeres, pero jamás se concretó, como sí logró cumplir con la creación de parvularios, e incluso donaría de su propio bolsillo para la financiación de proyectos educativos para menores. Estaba comprometida con la educación, y aunque sus comentarios siguieran la misma línea de la imprudencia. Decía: “La verdadera educación debería educarnos para ser algo mejor; en un egoísmo que nos una a la humanidad.”</p>
<p>Mostró siempre su simpatía por la unidad de los anglófonos y nunca ocultó su orgullo por el imperio británico. Y en donde sí que fue constante y no dio su brazo a torcer, sería en las iniciativas legales que restringieran el consumo de alcohol, y que a la postre consiguió con la ley que incrementó a los 18 años la edad en la que se permitía su consumo.</p>
<p>Durante los años veinte Nancy mantuvo una buena popularidad, inspirando a muchas mujeres a que tomaran también la iniciativa de lanzarse al ruedo político, e invitándolas además para que se enlistaran a formar parte del servicio civil y de la fuerza policial. Y pese a que también en Estados Unidos era célebre y querida, los años siguientes su imagen y aprecio comenzarían a decaer con notoriedad.</p>
<p>A finales de esta década logró mantener su curul luego de unas elecciones bastante apretadas contra el candidato laborista. El comienzo de la década de los treinta no pintaba nada bien. Incriminado por una acusación de homosexualismo, en 1931 su hijo Robert es llevado a prisión, y por esos mismos días Nancy daría un discurso bastante desacertado que acabaría por opacar todavía más su ya desgastada figura. Sucedió luego de que la selección nacional de críquet fuera derrotada, y a Nancy no se le ocurrió un mejor culpable del fracaso que el propio alcohol. Los jugadores y la gente en general no gustó mucho de que los llamaran borrachos, y su popularidad continuó decreciendo.</p>
<p>“La pena del éxito es que la gente que te asombra ahora te aburre”, decía, pero no así sucedió cuando conoció a un personaje que marcó su vida, el escritor George Bernard Shaw, con quien mantenía arraigadas e irreconciliables discrepancias, y pese a esto ambos disfrutaban de la compañía contradictoria del otro. Con Shaw viajó a la Unión Soviética cuando este le sugirió que lo acompañara y así pudiera despejarse de sus problemas. Y a pesar de que Astor se manifestaba contradictora del comunismo, su imagen se vería nuevamente deslustrada cuando su amigo se pronunció públicamente mostrándose partidario de la Rusia de Josef Stalin.</p>
<p>La verdad es que Astor tuvo incluso la valentía de cuestionar al dictador durante una entrevista a la que sería invitada, preguntándole por la muerte injusta de una buena parte de su pueblo. Según parece los traductores prefirieron cambiar el discurso y evitando molestar al mandatario dentro de sus propios dominios. Sea como sea, de regreso a Inglaterra su partido empezó a verla con cierto recelo y desconfianza, como una especie de traicionera que ahora congeniaba con las ideas del comunismo.</p>
<p>Nancy tampoco dejó una buena imagen mostrándose a favor de una nueva guerra mundial, y aunque se hubiera opuesto al nazismo por su postura contra las mujeres, sí que se parecía una simpatizante encubierta del régimen. Sería por esto que en Gran Bretaña la llamaban la mujer del <em>Führer</em>, y así mismo era conocida como la “Honorable Parlamentaria por Berlín”.</p>
<p>De lo que sí no cabrá duda es de su ideología antisemita, la misma que compartía Joseph P. Kennedy, y con quien mantuvo una copiosa correspondencia en donde al parecer ambos sugieren que Adolf Hitler podría convertirse en una solución para dos odios compartidos: los judíos y el comunismo. Sin embargo en una entrevista declaró que Hitler era muy parecido a Charlie Chaplin como para que pudieran tomarle en serio.</p>
<p>Los comentarios salidos de tono y sus tantas ocurrencias empezarían a jugarle en contra, y si antes deleitaba a las audiencias con sus dichos sardónicos, ahora Nancy se estaba convirtiendo en una señora molesta que solía perturbar y polemizar cada vez que abría la boca. Se exacerbó su odio por el comunismo y se profundizó su fanatismo religioso, logrando así que fuera su imagen la que cada vez estuviera más empañada.</p>
<p>La gente ya no le creía mucho, y esto porque su decadencia también empezó a ser notoria en su condición mental. En sus discursos se veía errante, en ocasiones perdida, incapaz de hilvanar algunas ideas, y por lo que poco a poco fue convirtiéndose más en una especie de burla que en una política útil. Ante la imposibilidad de debatir con alguien tan poco cuerdo, un parlamentario de la oposición comentó que es como “jugar al squash con un plato de huevos revueltos.”</p>
<p>Durante la Segunda Guerra su mansión volvería a ser una cede improvisada para atender otra vez a los soldados canadienses, y esto pese a que también con los ejércitos tendría sus desencuentros, y en especial cuando llamó “desertores” a aquellos soldados que se habían negado viajar a Francia. En respuesta a sus declaraciones las tropas compusieron una canción que acabaría haciéndose popular, y a la que titularon <em>La balada de los desertores del Día D: </em>“Querida Lady Astor, creemos que usted sabe mucho de la guerra. De pie en su escaño y contando mierda, usted es el bombón y el orgullo de Inglaterra. Creemos que su boca también está llorando por nosotros. Se lo dedicamos sus “Desertores del Día D” desde la soleada Italia.” Otros regimientos se atrevieron a decir que la animadversión de Astor a los ejércitos era debido a que un soldado había contagiado a su hija de una enfermedad venérea y que incluso la había embarazado.</p>
<p>Y si se creía que no era posible ganarse aún más el desprecio por buena parte de la sociedad, decir que en los últimos años también se incrementó su odio racial y su discriminación étnica. En Estados Unidos humilló a los estudiantes afroamericanos diciéndoles que su aspiración en la vida debería ser la de convertirse en los sirvientes que la atendían cuando era niña, y a los negros cristianos les recomendó agradecieran por la época esclavista ya que gracias a esta vivencia es que los negros se permitieron conocer el cristianismo.</p>
<p>Luego de haber sido reelegida siete veces consecutivas y después de veintisiete años como parlamentaria, Nancy Astor no se presentará nuevamente a las elecciones. “Ya de paso también me gustaría decir que la primera vez que Adán tuvo la oportunidad le echó la culpa a Eva.” Los <em>Tories </em>la consideraban ya un ser vetusto y ni siquiera su marido se prestó para apoyarla a una nueva candidatura, siendo así que en su discurso de despedida dejó en claro que su retiro no era del todo deseado por ella, y que tras su partida los hombres ya podían sentirse tranquilos. En su momento le escuchamos decir que “las mujeres tienen que hacer el mundo más seguro para los hombres ya que los hombres lo han hecho tan inseguro para las mujeres.”</p>
<p>Un enemigo acérrimo con quien protagonizaría sonados debates en el parlamento sería nada menos que el mismísimo Winston Churchill, a quien en una ocasión le diría: “Si usted fuese mi marido, le envenenaría el té.” Y en respuesta Churchill le contestó: “Señora, si usted fuera mi esposa, ¡me lo bebería!” Churchill diría que tener una parlamentaria como ella era tan desagradable como tener a un intruso toqueteándole en el baño, a lo que Astor respondió: “Usted no es tan atractivo como para tener que preocuparse por eso.” Para una fiesta de disfraces que estaba por celebrarse Churchill pidió alguna sugerencia para su disfraz, a lo que Astor le propuso: “¿Y por qué no viene sobrio, Primer Ministro?” Y es que desde siempre Nancy se confesaría abstemia: “Una razón por la que no bebo es porque deseo saber cuándo me lo estoy pasando bien.”</p>
<p>Los años venideros tuvo que padecer la muerte de los dos últimos hermanos que le quedaban, así como la de su mentor espiritual, además de un paro cardiaco que tuvo su marido luego de una discusión con ella, y que acabaría por distanciar a la pareja. Algunos ideales izquierdistas contagiaron la ideología del marido, por lo que la pareja se distanciaría para volver a reconciliarse un tiempo después, y hasta la muerte de Waldorf Astor en 1952, el hombre con quien compartió tantos años y con quien tendría cinco hijos. “Me niego a admitir que tengo más de 52 años, aunque eso haga a mis hijos ilegítimos”, decía, como siempre, en broma.</p>
<p>“¿Me estoy muriendo o es mi cumpleaños?”, dijo Nancy Astor, a quien se le irían yendo los suyos, sus más queridos. Ya habría muerto su amigo Shaw, y fue así como Nancy se iría perdiendo cada vez más en el olvido y en la soledad, hasta ese día del año de 1964 en el que moriría en casa de su hija, en Grimsthorpe, Lincolnshire, y sus restos descansan en Buckinghamshire.</p>
<p>Luego de un siglo de haberse convertido en parlamentaria, la ex primera ministra Theresa May inauguró en Plymouth una estatua de bronce junto a la que hubiera sido la casa de Astor, refiriéndose a ella con las siguientes palabras: “Hace cien años, Nancy Astor cambió la democracia británica para siempre y para mejor. Además de ser un monumento a una mujer valiente, espero que esta estatua inspire a personas de todos los orígenes a dar un paso al frente y participar de lleno en la vida pública.”</p>
<p>Cómica, cínica, explosiva, ingeniosa, delirante, se le recordará por sus tantas citas que no pudieron pasar desapercibidas. De carácter firme, sin pelos en la lengua al momento de defender sus ideas que bien sabía argumentar, convencida de sí misma, grotesca y vulgar, brillante, y de quien se decía incluso que tenía poderes hipnóticos, una mujer definitivamente particular y que, por lo mismo, consiguió abrirse paso en un mundo donde la única y primera mujer tendría que ser así, así como era Nancy Astor.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Thu, 30 May 2024 12:14:40 +0000</pubDate>
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        <title>Las Suffragette</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/las-suffragette/</link>
        <description><![CDATA[<p>Las mujeres no eran dignas de ocupar altos puestos políticos, y ni siquiera resultaban idóneas para apoyar alguna ideología o un candidato desde las urnas. Era así como se pensó desde siempre, tratándosele a la mujer finalmente como a una incapaz. Algunos avances y progresos se habían obtenido en el siglo XIX, como el derecho [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Las mujeres no eran dignas de ocupar altos puestos políticos, y ni siquiera resultaban idóneas para apoyar alguna ideología o un candidato desde las urnas. Era así como se pensó desde siempre, tratándosele a la mujer finalmente como a una incapaz. Algunos avances y progresos se habían obtenido en el siglo XIX, como el derecho a que las mujeres casadas dispusieran por sí mismas de sus propios bienes sin la intervención de ningún tutor, y así también el derecho de participar con su voto en elecciones de poca importancia y a poder ser miembros de consejos escolares.</p>
<p>Ya para 1876 Hubert Auclert pretendió incluir a las mujeres para que estas pudieran votar y ser votadas, para lo cual creó The Rights of Women, y que para 1883 sería rebautizada como Women’s Suffrage Society. Y años más tarde, ad portas de culminar el siglo, Millicent Fawcett intentaría impulsar la propuesta del sufragio, para lo cual fundó la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino (NUWSS).</p>
<p>Fawcett argumentaba de forma lógica y convincente, cuestionando cómo era posible que las mujeres tenían que acatar leyes que nunca tuvieron la oportunidad de crear y ni siquiera cuestionar. La idea quería presentarse de manera dialogada y pacífica, pero no tan pacífica sería la propuesta activista y desafiante de Emmeline Pankhurst, quien junto a sus hijas Sylvia y Christabel fundaría desde Inglaterra un movimiento más radical, conocido como la Unión Social y Política de las Mujeres (WSPU).</p>
<p>El WSPU surge como una división al interior del partido de Fawcett, cuando muchas descontentas se cansaron de reuniones y redacciones de misivas, para volcarse a las calles y hacer una presencia pública que en algunos casos llegaría a ser un actuar desmedido y extremo. Surgen así las <em>Suffragette, </em>que es como se les conocería a las mujeres que conformaban esta sociedad un poco más extremista, y quienes estaban decididas a combatir por sus ideales y así tuvieran que poner por el frente su propio pellejo.</p>
<p>Estaba claro que la pelea era la misma, pero la diferencia radicó en la manera de encararla. El método de las <em>Suffragette </em>era, por no decir más, de armas tomar. Habían dejado las manifestaciones pasivas para convertirse en un grupo cada vez más numeroso de mujeres comprometidas con generar un impacto mucho más contundente y así hacerse escuchar. Y la sociedad muy pronto tuvo que hacerles caso y reparar en ellas, toda vez que empezaron las primeras infracciones severas de la ley.</p>
<p>En 1905 dos <em>Suffragettes </em>serían multadas por emitir improperios durante un debate político del Partido Liberal, prefiriendo ser llevadas a prisión antes que tener que pagar la multa. Este gesto que dejaba en ridículo a las autoridades generó simpatía en muchas personas que ya empezaban a congeniar con las estrategias de las <em>Suffragettes</em>, y quienes tenían por lema: <em>“Deeds, not words!” </em>(“Hechos, no palabras”).</p>
<p>A partir de ese momento se hicieron comunes los encarcelamientos, y en un periodo de ocho años más de un millar de mujeres tuvieron su paso por las cárceles inglesas después de haber roto con las leyes, desobedecido normas sociales, y sobre todo por haber participado de revueltas incendiarias y varias conductas vandálicas. En 1906 el <em>Daily Mail </em>acuñó el término de <em>Suffragettes </em>para diferenciarlas del movimiento pacífico que lideraba Emmeline Pankhurst.</p>
<p>Para 1913 los hombres, es decir, quienes decidían por todos, entendieron que ya era demasiado con tanta huelga de hambre, y principalmente porque muchas de estas mujeres estaban empezando a correr riesgos letales al abstenerse de ingerir alimentos. En vano fue tratar de obligarlas a que probaran bocado, y fue entonces cuando se les ocurrió crear una ley en donde el sistema se deshiciera de su responsabilidad de cuidar por la salud de estas detenidas, y ante los primeros síntomas de desnutrición las condenadas serían puestas en libertad, para que una vez recuperadas de su salud tuvieran que ser devueltas a las cárceles. A esta ley un tanto tramposa se le conocería de varias formas, siendo más conocida popularmente como la <em>Ley del gato y el ratón.</em></p>
<p>Un episodio fatídico representó el punto máximo de las medidas extremistas que las <em>Suffragette </em>estuvieron dispuesta a asumir. Sucedió en 1913 durante una corrida de caballos en la que participaba el equino del rey George V, y a Emily Davison no se le ocurrió una mejor manera de protestar, que atravesándosele en el camino a una bestia de doscientos kilos que corría precipitada a más de ochenta kilómetros por hora, queriendo de esta forma tal vez detener su marcha, pero de cualquier forma estropear la carrera del caballo real. Emily moriría a causa de la embestida.</p>
<p>En el marco de la Gran Guerra hubo una especie de tregua, como un alto al fuego, ya que los intereses nacionales se consideraron superiores a otras causas, y la mujer parece que tendría que asumir un destino en pro del país, de la misma forma como los hombres enfrentarían la guerra convirtiéndose en soldados. Fue así como ambos movimientos decidieron dejar de lado estas protestas y reclamos, que de cualquier forma parecían asuntos internos frente a las amenazas nacionales, y las mujeres tendrían que ocuparse de algunas labores agrícolas que desde siempre estuvieron a cargo de los hombres, y muchas volcarse al trabajo en las fábricas que producían toda clase de material bélico, para de esta forma poder mantener el sustento económico nacional.</p>
<p>En 1915 se destacó la labor de las <em>Suffragette </em>cuando dos de ellas, enfermeras de profesión, sirvieron como fundadoras de lo que terminó siendo el Endell Street Military Hospital, ubicado de manera improvisado en una antigua nave industrial cerca al distrito céntrico londinense de Covent Garden, y en donde un grupo notorio de desinteresadas sufragistas preparadas en medicina prestarían su ayuda a soldados y militares heridos. El hospital llegó a contar con casi 600 camas, y dicha labor conseguiría no solo que muchas personas miraran de otra manera a las hasta entonces agitadoras <em>Suffragette, </em>sino además que acabada la guerra, y dado sus logros en Francia, la War Office les ofreció a varias doctoras retornar al Reino Unido para montar un hospital que hiciera parte del cuerpo médico del Ejército Británico, el Royal Army Medical Corps (RAMC).</p>
<p>Una vez terminada la guerra, la Representation of the People Act fijaría la edad de los 21 años para que el varón pudiera votar, y permitió un primer paso respecto al voto femenino, dándole la posibilidad a las mujeres mayores de 30 años que fueran propietarias de algún predio estimado en cierto valor, o que contaran con algún título académico, para que estas pudieran presentarse en las urnas. Un escaño más lo consiguieron en 1928 cuando se le concedió el derecho al sufragio a las mujeres mayores de 21 años que hubieran participado activamente durante la Primera Guerra Mundial.</p>
<p>Algunos consideran que la presencia y el actuar de las <em>Suffragette </em>podría haber sido contraproducente y que incluso llevó a retrasar el proceso. Sea como fuera, de esta forma fue que el Reino Unido se convirtió en el octavo país del mundo en permitirle a sus mujeres ser partícipes de las elecciones en las urnas. Gracias a la labor de Kate Sheppard, Nueva Zelanda sería el primer país en aprobar el sufragio femenino en 1893, seguido de Australia en 1902, y Finlandia en 1906. Notar que Estados Unidos esperaría hasta 1919, y las francesas tendrían que esperar aún más, y apenas acabada la Segunda Guerra Mundial le dejarían a sus mujeres presentarse en las votaciones.</p>
<p>A las <em>Suffragette </em>las estamos viendo recientemente en películas, series, libros y documentales que han querido recordar a estas mujeres y destacar la importancia que tuvieron para la gran conquista que todavía hoy seguimos sin obtener, que es la de conseguir emparentar en todos los espacios de nuestras vidas la condición, indiferente, de haber nacido hombre o haber nacido mujer.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-90634" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/07/260.-LAS-SUFFRAGETTES-300x158.jpg" alt="LAS SUFFRAGETTES" width="300" height="158" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 26 Jan 2024 18:57:21 +0000</pubDate>
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        <title>Teresa de Lisieux “Santa Teresita del Niño Jesús” (1873-1897)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/teresa-lisieux-santa-teresita-del-nino-jesus-1873-1897/</link>
        <description><![CDATA[<p>María Francisca Teresa puede considerarse como una megalómana, una niña de gran fervor religioso que a través de sus escritos y oraciones nos convenció de que había nacido para ser santa. Que no importaba que su obra no fuera destacada, que en poco o nada se comparara a los actos heroicos de los más reconocidos [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>María Francisca Teresa puede considerarse como una megalómana, una niña de gran fervor religioso que a través de sus escritos y oraciones nos convenció de que había nacido para ser santa. Que no importaba que su obra no fuera destacada, que en poco o nada se comparara a los actos heroicos de los más reconocidos santos, ella, a base de sencillez, de pasión y de un deseo sincero y febril, podría aspirar a la santidad. Esta actitud, que podría ser considerada de narcisismo o de egolatría, estaba combinada con una destacada humildad, y que podría confundirse también con un complejo de inferioridad, producto de esa simpleza anónima a la que quiso consagrarse. Sea como sea, lo cierto es que, Teresa de Lisieux, es una de las santas más reconocidas y veneradas, y su imagen ha sido idealizada y romantizada como una figura candorosa, virginal, absolutamente entregada a sus creencias religiosas. La familia tuvo nueve hijos, de los cuales apenas cinco mujeres superaron la edad adulta, y todas ellas se consagrarían a la vida religiosa. Siendo Teresita la menor de ellas, fue normal que desde muy temprana edad comenzara una tremenda ansiedad por iniciar su vida religiosa, sintiendo desde niña que su vocación definitivamente estaba en seguir la de sus hermanas, y contemplando este destino como el que Jesús mismo le había prefijado. Se dice que a los dos meses de haber nacido, Teresita estuvo a punto de morir, pero que logró sobreponerse para convertirse en una niña a la que se le describe como inquieta, curiosa, además de muy sensible y propensa al llanto. En sus memorias Teresa nos confiesa que tuvo una infancia feliz, y que creció bajo el influjo y ejemplo de sus hermanas, así como el par de “modelos de santidad” que representaban sus padres. A los cinco años Teresa perdió a su madre, y años después relatará así sus sentimientos: “Desde que mamá murió, mi alegría característica cambió completamente; yo que era tan viva, tan expansiva, me convertí en tímida y dulce, sensible al exceso.” En 1877 el padre se muda con sus hijas a la ciudad de Lisieux. En 1880 Teresita se confiesa por primera vez, y unos años más tarde recibirá el anhelado sacramento de la comunión en el colegio de las Benedictinas. “Fue un beso de amor, me sentí amada, y le dije también: ‘Te amo, me entrego a ti para siempre’.” A partir de este momento comenzará lo que Teresa define como la “segunda etapa” de su vida, marcada por una tendencia a la congoja, la desolación y la pesadumbre, y consolada por la “querida Celina”, la menor de sus hermanas, cuatro años mayor que ella. Teresa se aficiona por la lectura, novelas caballerescas, y especialmente genera una admiración por Juana de Arco, quien para entonces ya estaba en proceso de ser canonizada por la iglesia católica. Se convence que, al igual que su heroína, a ella también le corresponderían grandes batallas y la misma gloria de Juana; anhelaba también su sufrimiento, el ardor de la hoguera. Cuando tenía nueve años, su hermana mayor, María, había abandonado la casa para mudarse al convento de El Carmelo Descalzo, y unos años después la siguió Paulina, y un tiempo después seguirá Leonia, quien se inclinó por la Orden de la Visitación de Caen. Estas deserciones no sólo llenaban de ansiedad a Teresa por querer seguir a sus hermanas, sino que la sumían en una tremenda tristeza al experimentar la ausencia de cada una de ellas. A sus catorce años, un domingo cualquiera, Teresita no se aguantó más las ganas y se presentó ante la Madre Superiora de El Carmelo Descalzo para pedirle que la dejara ingresar, y a pesar de que aún le faltaban dos años para alcanzar la edad mínima de ingreso. La Madre María de Gonzaga le dejó en claro que no sería posible, pero le dijo unas palabras que Teresa recordará como “una delicadeza de mi amado Niño Jesús.” La Superiora le dijo: “Cuando vengas a vivir con nosotras, mi querida hija, os llamaréis Teresa del Niño Jesús.” Debido a esta negativa, y a su capricho obsesivo, la devota adolescente desarrolló algunos trastornos que la llevaban a experimentar fuertes jaquecas, dolores en el pecho, falta de apetito e insomnio. Padece algunos ataques neuróticos y nerviosos, su humor se torna agresivo, experimenta alucinaciones y temblores. Su padre y sus hermanas se preocupan al extremo, incluso la dan por moribunda, pero un día repentinamente la niña se despierta con los ánimos renovados, y con esos nuevos bríos declara que todo se trató de un milagro divino. “La Santísima Virgen me ha sonreído. ¡Qué feliz soy!”, declaró. Pero pasado un tiempo volverá a recaer en esta “terrible enfermedad de los escrúpulos”, achacándoselo a sus culpas, sus tormentos, su sensación de pecado, sus pensamientos “extravagantes.” Teresa se refugia en su hermana y omite a sus confesores su “fea enfermedad”, y también se aferra a rezarle a sus cuatro hermanos muertos. “Me di cuenta de que si era amada en la tierra, también lo era en el cielo”, escribió respecto a estas plegarias celestiales. En 1886 comenzará lo que sería su “tercera etapa”, la que destacaría como “la más bella”, y empezaría el día de Nochebuena, a la que llamaría la “Noche de mi conversión”, cuando recibió el regalo de Navidad y sintió repentinamente que recibía la gracia del Niño Jesús, recuperando “la fortaleza que había perdido” luego de que muriera su madre. “Desde esa noche bendita, ya no fui derrotada en ningún combate, en lugar de eso fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, una carrera de gigantes.” Pasado poco tiempo de haber recibido lo que también llamó en sus diarios como la “gran gracia de la Navidad”, Teresita se interesó por un asesino que había sido condenado a muerte, y se acercó a él, queriendo iniciar su apostolado con la conversión de un hombre al que le quedaban los días contados. Ofreció en su nombre varias misas e hizo sacrificios, esperando que el asesino se arrepintiera de sus crímenes antes de ser ejecutado. El condenado se negó a confesarse antes de su cita con el verdugo, pero según le contaron a Teresa, el desdichado besó un crucifijo que llevaba en su mano antes de perder la cabeza. Esto sería suficiente para que Teresa sintiera que su labor había sido cumplida, y es entonces cuando decide compartir con su padre su vocación religiosa, quien se mostró agradecido con el destino de su descendencia, ya que Dios le había hecho “el honor de llamar a todas sus hijas.” Sin embargo Teresa todavía no contaba con la edad requerida, y ante el afán de esta monja precoz el padre tuvo que solicitar una cita con el obispo. La petición no pudo ser aprobada por este, ya que semejante concesión solamente podría otorgarla el mismísimo Papa. Y fue así como el padre se enteró de una peregrinación con destino a Roma, con ocasión del Jubileo sacerdotal del Papa León XIII, y que estaba a punto de partir, y sin vacilar se unió a la caravana llevándose a sus dos hijas menores. Teresa sería la más pequeña entre una cantidad de peregrinos que antes de llegar a la capital italiana darían un recorrido por varias ciudades del país. Durante el trayecto, Teresa tendrá contacto por vez primera con varios sacerdotes, experimentando cierta decepción al encontrarlos tan imperfectos como cualquiera, y en adelante los clérigos harán parte de sus oraciones: “En esta peregrinación comprendí que mi vocación era orar y sacrificarme por la santificación de los sacerdotes.” Celina y su hermana desobedecen las restricciones de ingreso al Coliseo, ya que la devota niña ansiaba besar la arena en donde tantos mártires derramaron su sangre, pidiéndole a Jesús padecer ese hermoso y sufrido destino del martirio. “Sentí profundamente en el alma que mi oración fue contestada”, confesaba en sus memorias. Finalmente tienen la oportunidad de estar frente a frente con el Sumo Pontífice de la iglesia, quien celebró una misa para luego permitir que los fieles le contemplaran de lejos, ya que debido a su avanzada edad el viejo monarca podría sufrir un letal agotamiento. Sin embargo Teresita fue impelida por su hermana para que se acercara a León XIII, y en un acto de rebeldía o heroicidad le confesara el motivo de su peregrinación. Teresita se animó y rompiendo el protocolo llegó hasta su Santidad para expresarle: “Santísimo Padre, tengo que pedirle una gracia muy grande.” La futura santa de la iglesia explicó en dos minutos sus motivos, a lo que el Papa respondió con una frase lacónica y que no convencería a Teresita: “Vamos a ver… ¡Entrarás si Dios lo quiere!” Esa noche le escribió la anécdota a su hermana Paulina, confesándole: “Tengo el corazón pesado.” El evento no pasó desapercibido por los demás, e incluso llegó a convertirse en noticia, publicándose un artículo en el diario <em>El Universo </em>que detallaba el particular episodio de la osada adolescente. La nota contaba que Teresita alcanzó a posar sus manos sobre las rodillas del Papa antes de que dos guardias la levantaran con delicadeza y la sacaran del recinto. Antes de regresar tendrán la oportunidad de explorar nuevas rutas y conocer distintas ciudades, y sin embargo en Teresa quedaría la sensación de que la aventura había sido un verdadero “fiasco.” A los 15 años, luego de tanto insistir, aprueban su entrada a la Orden religiosa, pero una de sus hermanas le recomienda esperar hasta la Cuaresma, tiempo que la futura monja se tomará para acabar su preparación, y a pesar de su tanta ansiedad se llegaría el día de la Anunciación, y ese 9 de abril de 1888 Teresa ingresará al monasterio de las carmelitas descalzas de Lisieux, donde ya se encontraban sus dos hermanas mayores, María y Paulina. La Madre Superiora quiso forjar el carácter de la jovencita sometiéndola a trabajos complicados, a veces humillándola y manteniendo al comienzo un distanciamiento y cierta frialdad en la relación; quería poner a prueba su vocación y, en caso de ser sincera, labrar un espíritu combativo, recio, digno de las aspiraciones que ya expresaba la joven novicia. La Madre Superiora no tuvo queja alguna, y se refería a ella como el modelo ejemplar de la religiosa más devota y entregada. Para 1889 tomó formalmente los hábitos en la capilla del monasterio y en presencia de su familia, y durante la ceremonia anunció que en adelante se rebautizaría con el nombre de “Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz (sagrado rostro).” Para 1890 se interesa por las escrituras de San Juan de la Cruz, a quien considerará como un maestro de la espiritualidad, y reafirma la intención de sus oraciones: “Yo he venido para salvar almas y, especialmente, para orar por los sacerdotes.” En 1892 verá por última vez a su padre, ya que este moriría dos años más tarde. Ese mismo año de 1892 una epidemia de gripe asola al país, y al interior del convento se desataría la enfermedad infectando a todas sus habitantes, a excepción de Teresa y otras dos novicias que no se contagiaron del virus. Teresa cuidó de las enfermas, ganándose el cariño y el respeto de sus compañeras, y pese a lo cual cuatro novicias no lograron superar la enfermedad y acabarían muriendo. En 1894 Celina también ingresará a El Carmelo Descalzo, y Leonia se cambiará a la Orden de las carmelitas, siendo así que todas las hermanas estaban llevando su vida de religiosas bajo el mismo convento. Durante los años siguientes Teresita se consagra a la caridad y a la oración, a las actuaciones filantrópicas y a las ayudas desinteresadas en favor de los más necesitados. Se dedica a la lectura intensa de La Biblia, y en especial de los Evangelios, siendo esta una práctica poco común, ya que la mayoría de las religiosas preferían lecturas comentadas de los textos bíblicos, pero Teresa prefería consultar directamente con “la palabra de Jesús.” Su hermana Paulina, conocida en adelante como “Inés de Jesús”, es nombrada priora del convento y elige a Teresa como vicemaestra de novicias, para que sea esta quien esté a cargo de instruir a las recién ingresadas. En un intento por entretener a las nuevas novicias, Teresita redactará una pieza teatral dedicada a su idolatrada Juana de Arco, su “querida hermana”, como solía llamarla cuando se refería a ella, y que será interpretada por las novicias durante alguna festividad. Ante el tanto éxito de la función, a la “poeta de la comunidad”, como le llamaban algunas, se le encomendaría la tarea de continuar su producción dramatúrgica, y al final serían ocho las obras de teatro escritas por Teresa, y que tiempo después serían compendiadas bajo el título de <em>Recreaciones piadosas. </em>La segunda obra con seis personajes y que también estaría dedicada a Juana de Arco, titulada <em>Juana de Arco cumpliendo su misión</em>, y en la cual la misma Teresita se permitiría encarnar el rol de la heroína, y cuyo pequeño espectáculo sería inmortalizado con una foto de Teresita disfrazada de guerrera y posando junto a su hermana Celina, siendo quizás la foto más hilarante de las cuarenta y siete fotos que se conservan de la santa de Lisieux (cuatro antes de ingresar al monasterio y un par de ellas recién fallecida). Como dato curioso, a Teresita se le permitió conservar su cámara fotográfica, lo que constituía un particular privilegio. A pedido de otras religiosas, Teresita compone algunos “poemas espirituales”, además de dar inicio a sus memorias, inspirándose en El Cantar de los Cantares y dejándose llevar por su amor a Jesús, manifestando sus temores y sueños y sin “preocuparse por el estilo.” Pasados seis años en el convento Teresa sentía que estaba muy lejos de alcanzar los logros obtenidos por Teresa de Ávila o Pablo de Tarso, que sus desafíos habían sido mínimos y que tal vez no merecieran ni fueran suficientes para alcanzar la santidad. “Cuando me he parangonado a los santos, que entre ellos y yo hay la misma diferencia que hay entre una montaña, cuya cima se pierde en el cielo, y el grano de arena pisoteado por los pies de los que pasan.” Sin embargo sospechaba que la humildad y la sencillez podrían bastar para ocupar un puesto privilegiado dentro del reino celestial: “Siempre siento la misma confianza audaz para convertirme en una gran santa, porque no dependo de mis méritos, ya que no tengo ninguno…” Se considera imperfecta, pequeña, y sin embargo es en esa pequeñez, y luego de leer algunos pasajes bíblicos, en donde fundamentará su doctrina y tras la cual alcanzará el propósito de la santidad. “El ascensor que me debe elevar al cielo son tus brazos, ¡Oh Jesús! Por esto yo necesito creer, por el contrario, tengo que seguir siendo pequeña, cada vez más y más.” Esta nueva búsqueda de la espiritualidad enfocada en el trabajo anónimo, discreto y sencillo, sería descrito en sus memorias como el “caminito”, siendo las carmelitas descalzas quienes luego incorporaron y difundieron estas lecciones espirituales. “Mi caminito es el camino de la infancia espiritual, el camino de la confianza y de la entrega absoluta”, relata Teresita, y agrega: “¡El Buen Dios me hizo comprender que si mi gloria no aparece a los ojos mortales, podría llegar a ser una gran Santa!” A partir de ese momento firmará con el apelativo de “pequeña” para no olvidar su propósito de humildad. “Deseo ser santa, pero conozco mi impotencia y mi debilidad, y te pido Dios mío, que tú mismo seas mi santidad.” En 1895, durante la fiesta de la Santísima Trinidad, Teresa se ofrecerá en sacrificio a Jesús como un acto de “amor misericordioso”, y días después experimentará una suerte de epifanía que describe de la siguiente forma: “Yo estaba quemándome de amor y sentí en un minuto, ni un segundo más, que no podría aguantar más esto sin morir.” Y sin embargo a partir de ese momento Teresita comenzará a sentir una especie de vacío espiritual, y durante la Semana Santa de 1896 entrará en una época de oscuridad interior y que llamará en sus memorias como la “noche de la fe.” “Mi cielo es sonreír al Dios que adoro cuando él trata de ocultarse a mi fe.” Siente no una decepción de sus creencias, que nunca pondrá en duda, pero sí se siente como burlada por el destino, decepcionada quizás de sí misma, anhelando la muerte tempranera, y todo porque deseaba más que nada “morir por Jesús.” Pero leyendo las cartas de San Pablo, concretamente en la Primera Epístola a los Corintios, Teresa se convence de cuál es finalmente su misión en este mundo: “Por fin he encontrado mi vocación, mi vocación es el amor… Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que el amor abarca todos los tiempos y todos los lugares, en una palabra, que el amor es eterno.” En 1897, a sus 24 años, Teresa siente la proximidad de la “noche de la nada”, y escribe en su diario: “Yo creo que mi carrera no durará mucho tiempo.” Teresita empieza a padecer una enfermedad que intenta ocultar en su comunidad. Tose sangre, vomita repentinamente, le duele el pecho. La Madre Superiora y su hermana Paulina le insisten en que acabe de redactar las memorias que había comenzado en un cuadernito hacia el año de 1894, y que en sus últimos días no parará de redactar desde una silla de ruedas que perteneció a su padre. Sus memorias, conocidas como <em>L’histoire d’une âme</em> (Historia de un alma), está compuesto por una serie de manuscritos divididos en tres pequeños tomos bautizados con las primeras letras del abecedario. Compuesto de seis cuadernos, el manuscrito A habla de sus recuerdos de infancia, pero más que proponerse narrar sus anécdotas de vida, Teresita pretende hacer una biografía de su alma, y en principio bautiza sus memorias como <em>Historia de primavera de una pequeña flor blanca. </em>El manuscrito B, compuesto de epístolas y misivas que se escribió con sus familiares, amigos y miembros del clérigo, son el corazón de esta obra, y es allí donde expondrá con claridad su “pequeña doctrina” espiritual. En el manuscrito C Teresa detalla las gracias divinas que experimentó y sus conclusiones respecto a los caminos de la espiritualidad, destacándose el ya mencionado “caminito”. Sus memorias nos permiten ver el enorme conocimiento que Teresa tenía respecto a La Biblia, citando unos cuatrocientos artículos del Antiguo Testamento y alrededor de seiscientos del Nuevo Testamento. Finalmente se verá afectada por una fiebre severa que le impedirá terminar de escribir el relato de su alma. Uno de sus pulmones está obstruido y una tuberculosis en su estado más avanzado la sumirá en una penosa agonía. “Nada me produce tantas ‘pequeñas’ alegrías como las ‘pequeñas’ penas”, declaró ya moribunda. Tanto su dolor, que según alcanza a escribir, “alcanza a perder la razón.” Las novicias que le acompañaron en sus últimos días quisieron tomar apuntes de sus charlas con Teresita, recogiendo estas pláticas en un librito que luego titularon <em>Últimas conversaciones. </em>Ya Teresita tenía calculado que desde el más allá también estaría intercediendo por la salvación de las almas: “Quiero pasar mi cielo haciendo el bien sobre la tierra.” Le preguntan cómo quisiera ser nombrada cuando la invoquen a través de la oración, a lo que ella responde que, sencillamente, se le conozca como “Teresita”. Le preguntan qué le dice a Jesús cuando conversa con él, y a lo que ella responde: “No le digo nada, ¡lo amo!” El dolor se intensifica y antes de claudicar pasará dos días de una infernal y dolorosa agonía: <em>“</em>Todo es pura agonía sin mezcla de consuelo.” La futura santa está preparada ya para abandonar este mundo y abrazar a su Dios: “Nunca he dado a Dios más que amor, y Él me pagará con amor. Después de mi muerte dejaré caer una lluvia de rosas.” Entrada la tarde del 30 de septiembre de 1897, Teresita dirá sus últimas palabras mientras sujeta un crucifijo entre sus manos: “Oh!, ¡le amo!&#8230; Dios mío… te amo.” Declina su cabeza sobre la almohada y cierra los ojos, pero unos instantes después recobra un último aliento, delira, entra en un éxtasis y unos minutos más tarde morirá con su mirada fija en una imagen de la Virgen María que la había acompañado siempre y que sus hermanas colgaron en la pared de la enfermería. En una de sus últimas misivas escribió: “Yo no muero, yo entro en la vida.” Fue sepultada con todos los honores en medio de un cortejo fúnebre multitudinario. Las religiosas frotaban sus pertenencias contra el ataúd, y se dice que después de cuatro días de velación su cuerpo todavía conservaba la lozanía, el color y la flexibilidad de los vivos. Fue la primera de su comunidad en ser enterrada en un cementerio que habían adquirido recientemente las carmelitas descalzas. Una vez murió, Teresita cobró una fama descomunal, y para el año siguiente <em>Historia de un alma </em>sería publicada, convirtiéndose en pocos años en uno de los clásicos espirituales más famosos, y llegando a ser traducido a más de cuarenta idiomas para inspirar la vida de miles de creyentes en todo el mundo. Cientos de peregrinos empiezan a acudir en masa para visitar el monasterio donde vivió la religiosa y orar sobre su tumba, convirtiéndose en el segundo lugar con mayor afluencia de turismo religioso en Francia, apenas superado por el Santuario de la Virgen de Lourdes, y seguido en un tercer lugar por la Basílica de Santa Teresa, edificada en su honor y que sería finalizada en 1954. Durante la Primera Guerra varios soldados franceses llevaban una versión reducida de la autobiografía de Teresita, llamada <em>Una rosa deshojada</em>, y en sus bolsillos la estampa de la religiosa como si de un escudo protector se tratara, y así la estampa con la imagen de Teresita se popularizaría por otorgarle poderes curativos y sanaciones imposibles. Durante los años que duró la Gran Guerra se reunieron casi seiscientas páginas que daban testimonios de enfermos incurables que habían recibido la sanación por medio de plegarias invocadas a Teresita. En 1914 llegaban alrededor de quinientas cartas diarias al convento, y es tanto el fanatismo que las carmelitas descalzas se vieron obligadas a instalar un rejado que protegiera la tumba de la religiosa. Para comenzar el proceso de beatificación no sólo era necesario que se patentaran dos milagros y que fueran comprobados por la iglesia, sino que además debía esperarse medio siglo; pero ante la tanta presión de los fieles el Papa San Pío X agilizó el proceso, y para 1914 ya se había introducido la causa de Sor Teresa del Niño Jesús, y en 1921 Benedicto XV promulgaría el decreto sobre sus “virtudes heroicas”. Dos casos milagrosos se presentan y son ratificados por los peritos dispuestos para la tarea de verificación. Por medio de oraciones y novenas consagradas a Teresita, un tuberculoso que estaba en las últimas y una monja que padecía una grave afección estomacal se habrían curado repentinamente, y de la noche a la mañana. Es así como Teresita será beatificada en 1923 por el Papa Pío XI, y dos años más tarde ya habrán sido corroborados otros dos milagros, y en tiempo récord Teresita de Lisieux será declarada como santa. Ante una multitud de más de medio millón de personas (suceso que no se vivía desde hacía 20 años con la coronación de Pío X), El Papa Pío XI, devoto declarado de Teresita, celebra la canonización en la Basílica de San Pedro, retomando una vieja costumbre que se había perdido hacía más de cincuenta años, al cubrir la fachada de la enorme catedral con un sinnúmero de velas de sebo. Pío X la llamaba “La Florecita”, señalando que Teresita era “la santa más grande de todos los tiempos modernos”, y también la llamó “un huracán de gloria.” Pío XI por su parte la bautizó “La estrella de mi pontificado.”<em> The New York Times </em>anuncia la esperada canonización: “Toda Roma admira la Basílica de San Pedro iluminada por una nueva santa.” En 1927 se levanta una estatua con su figura en los jardines vaticanos, y ese mismo año es proclamada patrona de los misioneros, junto a San Francisco Javier, y esto a pesar de que Teresita nunca abandonaría el convento para aventurarse a la labor del misionero. Sin embargo siempre dejó claras sus intenciones respecto al apostolado evangelizador: “Quisiera ser misionera ahora y siempre y en todas las misiones.” Para 1944 Teresita recibirá el gran honor de ser declarada como patrona de Francia junto a su “querida hermana”, Santa Juana de Arco. Y parecía que ya no podía llegar más lejos dentro del santoral católico, hasta que en 1997, y con motivo del centenario de su muerte, el Papa Juan Pablo II la declararía, junto a Santa Catalina de Siena y Santa Teresa de Ávila, como Doctora de la Iglesia Universal. El título que le concedió Juan Pablo II fue el de <em>“Doctor Amoris” </em>(“Doctora del Amor”). Años más tarde, para el 2012, se sumaría Hildegarda von Bingen como una cuarta doctora de la iglesia católica. Teresita escribió más de doscientas cincuenta cartas, más de veinte oraciones entre las que se destacan <em>La ofrenda como holocausto misericordioso, El billete de su profesión </em>y <em>La oración para alcanzar la humildad; </em>y también se probó en la poesía, dejándonos más de sesenta poemas, destacando <em>El rocío divino o la leche virginal, Vivir de amor, Mi canto de hoy, Arrojar flores, Mis armas </em>y <em>Mis deseos junto a Jesús escondido.</em> La doctrina expuesta por Santa Teresita ha servido para motivar a muchos. La humildad, el abandono o la entrega total a su Dios, tal cual lo sugiere Mateo cuando invita a negarse a sí mismo para ofrecerse a su Padre: “Me alegra ser pequeña porque sólo los niños, y los que son como ellos, serán admitidos al banquete celestial.” El modelo de Teresa fue un referente durante el Concilio Vaticano II, donde se aclaró que, al igual que Teresita, cualquier cristiano estaba llamado para aspirar a la santidad. “El amor en sí se demuestra con hechos, así que ¿cómo yo hago para mostrar mi amor?, las grandes obras me son imposibles. La única manera en que puedo demostrar mi amor es por la dispersión de flores y estas flores son cada pequeño sacrificio, cada mirada, cada palabra, y el hacer por amor hasta los actos más pequeños.” Santa Teresita del Niño Jesús, junto a San Francisco de Asís, es hoy día una de las figuras más notables y famosas dentro del santoral cristiano, y son varias las personas a través de los años que han profesado su devoción por esta santa, siendo conocido el caso de Teresa de Calcuta, quien precisamente adoptaría ese nombre en honor a la santa que tanto admiraba, o el caso de Édith Piaf, a quien nunca le faltaba la compañía de una estampita con la efigie de Teresa. La vida de Santa Teresita ha sido contada a través de libros, películas, obras teatrales y series de televisión. La iglesia celebra su fiesta el 1 de octubre.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 04 Nov 2022 17:53:31 +0000</pubDate>
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