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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Mon, 13 Apr 2026 04:23:42 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de Premio Nobel de Literatura | Blogs El Espectador</title>
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        <title>¿Dejaría de leer a la escritora que encubrió a quien abusó de su hija?</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/dejaria-de-leer-a-la-escritora-que-encubrio-a-quien-abuso-de-su-hija/</link>
        <description><![CDATA[<p>¿Es la vida privada de los escritores, por ser figuras públicas, un asunto que nos concierne a todos, incluso a quienes jamás han leído algo de lo que escriben? ¿Cuántos sabían de Alice Munro antes de que su hija revelara un oscuro secreto familiar?</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size">Imagen del libro &#8220;Todo queda en casa&#8221;, del sello Lumen</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-9edb23998755c2f9d4a47664d114b3ea"><strong>&nbsp;“¿La vida trata sobre ser un buen escritor o ser un buen hombre?”: </strong><a href="https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/un-documental-sobre-hemingway-en-tiempos-de-cancelacion-nid10072021/">Ernest Hemingway</a>. </p>



<p></p>



<p>El viernes de aquella semana fui a la librería y pregunté qué libros de Alice Munro tenían. Esa semana (lunes 13 de mayo de 2024) había muerto la escritora, de quien jamás había leído media frase, y en la prensa una de las notas necrológicas informaba lo duro que fue para ella abrirse camino en una época donde la mujer, básicamente, <em>pertenecía a la alcoba y a la cocina</em>: tener aspiraciones propias de hombres casi era un pecado, aunque en otra época lo fue y varias autoras debieron publicar usando seudónimos masculinos.</p>



<p>En una entrevista para la televisión sueca la propia Munro dijo: <em>“… escribía siempre que podía, y mi primer marido me ayudó mucho; para él escribir era una cosa admirable. Él no lo veía como algo que una mujer no pudiera hacer, a diferencia de muchos de los hombres que conocí más tarde”. (</em>Cita del libro <em>“Todo queda en casa”</em>, del sello Lumen).</p>



<p>El dependiente sacó dos libros y entre ellos estaba ese, <em>“Todo queda en casa”</em>, una colección de sus mejores cuentos (24 en total que ocupan 1067 páginas), escogidos por ella misma. Compré el libro por la necesidad de entender en qué consiste la magia de Alice Munro, misma que le mereció el Premio Nobel de Literatura en 2013, como “maestra del cuento contemporáneo”, a la altura de un Anton Chéjov, el célebre escritor ruso, según los críticos.</p>



<p>Menos de dos meses después, mientras devoraba los relatos de la canadiense, estalló el escándalo que puso de cabeza la escena literaria.</p>



<p>Resumiré este cuento de la vida real: La hija de Munro se llama Andrea Robin Skinner, hoy tiene 58 años, y por su boca el mundo supo que sufrió abuso sexual desde los nueve años (año 1976); al cumplir los 25 años se lo contó a su madre, quien decidió guardar silencio y seguir al lado de él, como si tal cosa. El abusador, Gerald Fremlin, segundo esposo de la escritora y padrastro de Andrea, murió en 2013. Tras un acuerdo con la justicia, el tipo recibió una condena a dos años de prisión y una orden para mantener lejos de menores de 14 años.</p>



<p>Nos enfrentamos a un doble caso en la misma persona: el de la mamá acusada por su propia hija de encubridora y el de la escritora juzgada por lectores y no lectores, por lo que hizo o dejó de hacer siendo mamá.</p>



<p>Andrea compartió con el mundo su secreto y el de su familia dos meses después de fallecer la escritora, y a partir de entonces la difunta ha sido sometida al escarnio público, sin derecho obviamente a defenderse. Hay quienes han sugerido que se le deben retirar los premios y cancelarla (no leer sus libros). </p>



<p>Surgen varias preguntas sobre este y tantos otros casos por <em>conductas reprochables</em> de un artista, sea escritor, actor, pintor, director de cine…: ¿Dejo de leer a la escritora por omisión ante el abuso que sufrió su hija? ¿En qué cambian las cosas si ignoramos la obra de Munro o si, siendo más severos, pedimos que se quemen sus libros, como en la Edad Media, para que nadie se sienta tentado a leerlos? ¿Hizo lo correcto la hija al hacer público el secreto familiar? ¿Qué debemos hacer los lectores con las obras de tantos otros escritores, cuyos principios morales han sido cuestionados? </p>



<p><a href="https://www.lavanguardia.com/cultura/culturas/20240818/9858037/charles-dickens-periodista.amp.html">Charles Dickens</a>, autor de <em>Canción de Navidad</em> y <em>Oliver Twist</em>, fue tildado de misógino y criticado por haber escrito sobre su divorcio sin mencionar a su amante. A George Trakl, escritor austriaco, le llovieron rayos y centellas por la relación incestuosa con su hermana y a Ruyard Kipling, autor de <em>El libro de la selva, </em>&nbsp;por sus conductas racistas. Ernest Hemingway, autor de <em>El viejo y el mar</em>, fue catalogado de antisemita, homofóbico y misógino. Sin ir muy lejos, en Colombia conocimos los casos de un cronista y un cineasta acusados de presunto acoso y abuso sexual. La lista sigue. ¿Dejamos de ver las películas del director Woody Allen o del actor Kevin Spacey por las acusaciones de abuso sexual que pesan sobre sus hombros?</p>



<p>Me solidarizo con todas aquellas personas víctimas de cualquier forma de abuso, más tratándose de personitas indefensas que necesitan de nuestra protección permanente antes de que ocurra lo impensable. Es claro que las leyes deben caer con todo su peso sobre quienes las transgreden, pero una cosa es la condena de la opinión pública a la persona por conductas que corresponden a la esfera de lo privado y otra muy distinta la condena social al autor que se mueve en la esfera de lo público. ¿Cuántos llevan una vida santa en un mundo imperfecto por donde vuelan aves pero no ángeles?</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-828efa0593cce0fa0770d806c51f2e13"><blockquote><p><em><strong>«Quiero que mis cuentos conmuevan a las personas; no me importa si son hombres, mujeres o niños&#8230; quisiera que el lector, al terminar un cuento, sintiera que es una persona distinta»</strong></em>: Alice Munro</p></blockquote></figure>



<p>Pienso que toda mujer separada y con hijos tiene derecho a rehacer su vida y del mismo modo esa mujer se hace responsable por la integridad de sus hijos a partir del momento en que permite compartir el mismo techo con el nuevo extraño; igual responsabilidad asume el hombre que rehace su vida cuando involucra a una extraña en la vida de los suyos. Con razón o sin ella, en la vida real padrastros y madrastras siempre han sido y seguirán siendo los malos del cuento… como sucede en la <em>Blancanieves </em>de la ficción.</p>



<p>Atesoro los libros de mis escritores y escritoras favoritos, y solo tengo enorme gratitud por lo feliz que he sido leyéndolos. Han saciado mi hambre intelectual y me han acompañado en el camino de la vida. Están ahí, a la mano, para mí, siempre, incondicionales. Por eso me cuesta entender que haya gente que pueda vivir sin leer. Cuando uno lee literatura está en comunión directa con el narrador, que no es el autor, sino otra invención de él, igual que sus personajes.</p>



<p>No juzgo a los escritores por sus vidas de alcoba, sus vidas humanas. Allá cada quien con lo suyo: Es su problema y <em>que con su pan se lo coman</em>, sabio refrán del siglo XVII.</p>



<p>No dejaré de leer a Alice Munro. Me es imposible dejar de ver las películas de Woody Allen. Dañaron el final de <em>House of Cards</em> cuando mataron a las malas a <em>Frank Underwood</em>, el personaje de Kevin Spacey, y sin embargo, Netflix con la doble moral que nos arropa, mantiene en cartelera varias de sus películas, incluidas todas las temporadas de esa serie donde sale él.</p>



<p>El arte está ahí para quien quiera degustarlo. Una obra literaria, una pintura o una buena película nada tienen que ver con los demonios que habitan a sus creadores. Buscando comentarios sobre la obra de Munro, encontré esta frase de Sara Mesa, escritora española, que podría convencer a otros de leerla por encima de cualquier prejuicio: <em>“¿Cómo lo hará Alice Munro? Lo que consigue parece magia”.</em></p>



<p>¿Qué hacer con tanta gente, alrededor del mundo, que antes y después del escándalo ha profesado su admiración por la obra de la escritora canadiense? ¿Nos unimos para exigir que borren los elogios de la red, mientras siguen matando gente inocente en las guerras?</p>



<p><br>En defensa de la autora, que no tuvo derecho a una defensa pública, cabe pensar que vivió su propio infierno, debatida entre dos amores, el amor por su hija y el amor por un esposo. ¿Quién puede juzgarla por no hacer lo correcto y que era lo correcto de hacer, según nosotros, en ese caso?</p>



<p>Solo podemos hablar (y responder) por nosotros y nuestros actos. Es probable que a Alice Munro la haya enceguecido el amor por Fremlin y, sin saber qué camino coger, se mantuvo refugiada en la escritura, distrayendo a su alma ante semejante desasosiego; su punto de fuga en medio de la confusión. A lo mejor, el título del libro, <em>Todo queda en casa</em>, es una metáfora de esa oscuridad, tan íntima como lícita. &nbsp;</p>



<p>A finales de los años 90 conocí el caso de una mujer, aquí en Bogotá, que abandonó a sus tres hijas y marido por irse detrás de un hombre más joven. Tiene y no tiene que ver con lo que estamos hablando, porque de fondo en esta discusión se debería considerar otro elemento: el derecho de las mujeres a decidir, para bien o para mal, qué sentir, qué pensar, cómo obrar. Nadie, en lo que he leído, ha juzgado al papá de la víctima, es decir, al exesposo de Alice, <a href="https://hjck.com/libros/alice-munro-acuso-a-su-hija-de-mentir-sobre-los-abusos-sexuales-que-sufrio-segun-policia-cb20">Jim Munro</a>, que, una vez enterado del caso por boca de su hija, tampoco hizo nada, dicho por ella.</p>



<p>Lo que hubiéramos hecho cada uno de nosotros de estar en el pellejo de estas personas solo lo sabe cada quien, más eso no es materia suficiente para juzgar las acciones ajenas. La moral es algo más complejo que las normas escritas en un manual. La moral es lo que somos en el momento exacto en que la vida nos pone contra las cuerdas. Nadie sabe de lo que es capaz hasta que la vida le pide decidir.   </p>



<figure class="wp-block-pullquote has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-7773fa1b8cd481d7dd96422912b32166"><blockquote><p><strong>“Todos los seres humanos tienen tres vidas: pública, privada y secreta”: </strong>Gabriel García Márquez. </p></blockquote></figure>



<p>Teniendo -como tenemos todos- derecho a una vida privada, resulta complejo juzgar la de los demás y sobre todo juzgar los problemas que corresponden a ese ámbito. Estamos impedidos para entrar en ciertos terrenos, salvo que se nos otorgue licencia por parte de los involucrados.  O, ¿acaso firmaría usted un papel ante notario autorizando a conocidos y desconocidos para <em>meterse al rancho</em>?</p>



<p>Repito, es lamentable que una verdad tan desgarradora haya salido a la luz con Alice Munro muerta, sin derecho a dar explicaciones. Lo que esta historia enseña (al menos a mi) es que a veces el único camino posible es perdonar y  sanar todo lo que no está bien dentro de las relaciones familiares. Los padres no se las saben todas y se necesita más que humildad para aceptar las equivocaciones. La terapia con el profesional correcto es siempre un recurso adecuado para intentar recomponer lo que se rompió. </p>



<p>Por Alice Munro hablan sus libros, así que invito a los lectores de este blog a leerla sin aprensión; de pronto, entre líneas, cada quien encuentre algo más que un relato extraordinario.  Su obra, quizás, le sobrevivirá cien años o más. Porque la escritora murió, pero sus relatos vivirán mientras haya lectores.</p>



<p>El que quiera leer, que lea.</p>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color wp-elements-1c089bd6050cf8880166cb39e558f578"><strong>Nota: Este autor no utiliza inteligencia artificial (IA) Modestamente, quiero decir que con la mía me basta. Todavía me considero un humano que escribe para humanos. Ejerzo mi derecho a pensar y por lo tanto me niego a dejar que mi cerebro sea remplazado por una máquina.</strong></p>
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        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=105051</guid>
        <pubDate>Wed, 04 Sep 2024 13:04:22 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[¿Dejaría de leer a la escritora que encubrió a quien abusó de su hija?]]></media:description>
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        <title>Marguerite Yourcenar (1903-1987) &amp;#8220;El encanto de la pluma francesa&amp;#8221;</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/marguerite-yourcenar-1903-1987/</link>
        <description><![CDATA[<p>&#8220;Todo ser que haya vivido la aventura humana, vive en mí&#8221;, concluyó Marguerite Cleenewerck de Crayencour, una aristócrata belga nacida en un ambiente intelectual, culto, y que le sirvió como un bastión para formarla en el mundo literario y hasta lograr consagrarla como una de las más grandes escritoras de todos los tiempos. &#8220;Mis primeras [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>&#8220;Todo ser que haya vivido la aventura humana, vive en mí&#8221;, concluyó Marguerite Cleenewerck de Crayencour, una aristócrata belga nacida en un ambiente intelectual, culto, y que le sirvió como un bastión para formarla en el mundo literario y hasta lograr consagrarla como una de las más grandes escritoras de todos los tiempos. &#8220;Mis primeras patrias fueron los libros. Y, en menor grado, las escuelas.&#8221;</p>
<p>Su madre murió diez días después del parto, dejando a su esposo de 50 años la crianza exclusiva de su pequeña, y por quien sabría velar para atenderla en todos sus cuidados y, sobre todo, procurar que gozara de la mejor educación. Es así como Marguerite no asiste a la escuela para ser instruida en su educación básica por tutores y así también como por su padre, un tipo descontento y trotamundos que había recorrido toda Europa, y que fuera quien le daría a conocer a su hija algunos escritores que supieron iluminarla en su camino literario, como el dramaturgo Jean Racine, o escritores como Flaubert, Rilke y Maeterlinck, además de algunos clásicos como Aristófanes y Virgilio, este último uno de sus favoritos de siempre. El método consistía en leer en voz alta, alternando entre padre e hija, y fue así como se dice que a los 12 años la pequeña ya casi dominaba el latín y dos años más tarde leía con fluidez el griego.</p>
<p>En 1913 su padre adquiere una propiedad en Ostende, y será entre esta casona burguesa y Lille donde Marguerite llevará una infancia tranquila y no exenta de ciertos privilegios. Sin embargo la propiedad de Ostende sería destruida durante la Gran Guerra, por lo que la familia tuvo que huir a Londres, para más tarde regresar a Francia y establecerse en París. Por aquel entonces, y por recomendación de su padre, Marguerite conoce el pensamiento pacifista de Romain Rolland, Premio Nobel de Literatura en 1915, y que mucha influencia tendría en el pensamiento antibelicista de la futura gran escritora.</p>
<p>Para 1915 padre e hija viajan por Italia y Suiza, para finalmente establecerse en Montecarlo, luego de que a su padre se le diagnosticara un cáncer que al cabo de los años acabaría con su vida.</p>
<p>En 1919 Marguerite deja de lado su nombre de pila, y empieza a firmar con un anagrama de su apellido que había creado junto a su padre, Crayencour (con ausencia de la letra “C”): Yourcenar.</p>
<p>“Mi oficio me pareció inútil, lo que es casi tan absurdo como creerlo sublime”, diría años más tarde la joven que para 1921 estaría dando a conocer las primeras expresiones de su lírica, en un par de poemarios titulados: <em>El jardín de las quimeras</em> y <em>Los dioses no han muerto</em>, y las cuales no serían incluidas en el corpus de sus obras, publicada muchos años después por la Biblioteca de la Pléiade.</p>
<p>Antes de morir, en 1929, el padre de Marguerite alcanza a leer la primera novela de su hija, <em>Alexis o el tratado del inútil combate</em>, a la cual calificaría como una novela “límpida”, y que también la crítica vería con visto bueno, destacando su estilo profundo y decantado, maduro, austero, y con notorias influencias de escritores como el Premio Nobel de Literatura de 1927, André Gide. La trama de la novela se desarrolla por medio de una extensa carta que un músico escribe a su mujer declarándole su homosexualismo y su voluntad de abandonarla para serle fiel a sus más honestos e inevitables sentires.</p>
<p>Para 1931 su amigo André Fraigneau -con quien mantuvo una estrecha relación durante toda su vida y que Yourcenar hubiera querido escalar a otro plano y a pesar de que ambos fueran homosexuales- sería quien le ayudaría por medio de la editorial Grasset para la publicación de su segunda novela: <em>La nueva Eurídice</em>.</p>
<p>Luego de morir su padre, Yourcenar dividirá la herencia con su hermano, permitiéndose con su parte presupuestar sus gatos para los próximos diez años, y cuya tranquilidad económica le posibilitaron dedicarse con pleno propósito a sus tareas como escritora.</p>
<p>Siguiendo los pasos de viajero que heredó de su padre, Marguerite viaja a Roma y a Nápoles, y fruto de este recorrido publicará dos novelas, ambas en 1934, <em>El denario del sueño</em> y <em>La muerte conduce la trama</em>, y para fines de ese año viajará a la tierra que consideró como su patria espiritual, Grecia, y donde conocerá al intelectual Andreas Embirikos, quien se convertirá en uno de sus mejores aliados y amigos, y cuya amistad comenzaría por recorrer en bote las distintas islas del Peloponeso.</p>
<p>Ardorosa, apasionada, literalmente fogosa, la escritora se vale de algunos relatos y mitos para publicar en 1935 una de sus obras más conocidas: <em>Feux</em> <em>(Fuegos)</em>.</p>
<p>En 1936 se encuentra con la obra poética de Constantino Cavafis, y en compañía de su amigo Constantin Dimaras, deciden en conjunto -y a pesar de las discrepancias de interpretación- traducir la obra del escritor griego a la lengua francesa. Por esa misma época Marguerite tendrá una relación sentimental con Lucy Kyriakos, quien estaba casada y tenía un hijo, y era la prima de la esposa de Dimaras.</p>
<p>Un año más tarde, y dado que la venta de sus libros no le representaba mayores ganancias, Yourcenar traduce al francés la novela <em>Las olas</em>, de la escritora británica Virginia Woolf, con quien se reunirá en su casa de Bloomsbury para ajustar detalles y darle vida a la traducción que sería publicada en 1937.</p>
<p>En 1938 la editorial Grasset vuelve a apostarle a Yourcenar, publicando <em>Los sueños y las suertes</em>, donde al estilo de Rilke, y a modo poético, la autora revivirá sus sueños y manifestaciones oníricas. Ese mismo año La Nouvelle Revue Française (NRF) también hará su apuesta por la escritora y sacará a la luz <em>Cuentos</em> <em>orientales</em>, que es un compilado de historias y leyendas provenientes de Japón, China y otras culturas que sedujeron el interés de la escritora y que estuvieron siempre latentes en cada uno de sus escritos. Y ese mismo año, escrito de una sola tirada, <em>Le coup de grâce (El tiro de gracia)</em> fue también publicado por la NRF, y considerada por muchos como una auténtica obra maestra. El relato cuenta la situación bélica que se vivió en la zona de los Balcanes entre los rojos y blancos luego de la Revolución Rusa, y en donde tres personajes tendrán que relacionarse y amarse a partir de sus diferencias étnicas e ideológicas.</p>
<p>En 1939, antes de escapar del conflicto mundial que recién comenzaba, tradujo algunas obras de Yukio Mishima, y así también <em>Lo que Maisie sabía</em>, de Henry James. Sería su amiga Grace Frick quien le ayudaría a establecerse en New York, e incluso le consiguió un trabajo como profesora de Literatura comparada. Junto a Grace, Marguerite viviría una historia de amor que se prolongaría por cuarenta años, hasta la muerte de Frick. Un tiempo después la pareja se mudará a Hartford (Connecticut). “El amor y la locura son los motores que hacen andar la vida.”</p>
<p>Para 1943, habiendo gastado ya su herencia, comienza a dictar clases de francés e italiano en el College Sarah Lawrence, un instituto femenino de corte elitista, y en donde estará durante los próximos años, a excepción de ese año de 1950 en el que se permitió hacer una pausa para encarar la redacción de una de sus novelas más célebres y ambiciosas: <em>Mémoires d&#8217; Hadrien (Memorias de Adriano).</em></p>
<p>En 1951, en París, se dio a conocer la novela histórica para la cual la autora se habría sabido documentar con minucia y en la que estuvo consultando e investigando durante más de una década. Esta novela podría destacarse como una de las pioneras en el género de la novela histórica. Trata la historia de uno de los más venerados emperadores de la antigua Roma, narrado en un tono poético, a través de una extensa carta que el gobernante le escribe a su nieto adoptivo y futuro sucesor, el reconocido Marco Aurelio. El emperador le contará a Marco Aurelio sus aventuras pasadas, sus triunfos y derrotas, y así también como sus filosofías de vida y su amor por Antínoo.</p>
<p>La novela sería un éxito rotundo. Julio Cortázar se encargaría de traducirla al español, y así también otros idiomas gozarían del talento de una escritora que ya era reconocida en medio mundo, razón por la cual Marguerite decide regresar a Francia.</p>
<p>“Tengo varias religiones, como tengo varias patrias, de manera que en cierto sentido no pertenezco quizás a ninguna.” Desde 1947, año en el que le fue concedida la nacionalidad estadounidense, la escritora se había establecido junto a Grace en Mount Desert Island, en la costa de Maine, donde adquirieron una casona a la que bautizaron: <em>Petite Plaisance</em>. “Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.” Pero después de doce años regresarán a Europa, donde recorrerán varios países dictando conferencias y charlas. Viajan por Italia, Suiza, Holanda y territorios escandinavos. Visitan Leningrado, Lisboa, pasan la Semana Santa en Sevilla y también visitan Granada, donde Yourcenar dejará sobre el supuesto lugar donde fue ejecutado Federico García Lorca una carta dirigida a la hermana del poeta, como un gesto que honraba al escritor español.</p>
<p>Teniendo como personaje principal al médico, filósofo y alquimista Zenón, la novela <em>Opus</em> <em>nigrum</em> <em>(La obra en negro)</em> verá la luz en el año de 1965, y tres años después será galardonada con el Premio Femina. En el marco de la Europa del siglo XVI, la escritora logra recrear con majestuosidad ese momento transicional entre la Edad Media y el Renacimiento, y esto a través de un personaje ávido de conocimientos, un sabio con la “rabia del saber”, y quien tendrá que padecer los prejuicios y dogmas religiosos que deniegan de sus descubrimientos científicos.</p>
<p>Durante los años setenta la pareja regresó a <em>Petite</em> <em>Plaisance</em>, donde Yourcenar estuvo atenta a los cuidados de su compañera que padecía cáncer de mama, y donde aprovecharía para escribir los dos primeros volúmenes de su trilogía de memorias familiares: <em>El laberinto del mundo: recordatorios</em>, y <em>Los archivos del Norte</em>. En el primero contará sobre su familia por el lado materno y en el segundo abordará la de su padre.</p>
<p>En 1970 se le hace miembro de la Academia de Lenguas de Bélgica, y un año más tarde publicará <em>Teatro</em>, dos volúmenes que recogen sus obras teatrales.</p>
<p>Comprometida con el cuidado del medio ambiente y la protección animal -causas que estuvieron siempre presentes en sus escritos y que resultaban innovadores para la época-, en 1978 Yourcenar apoya públicamente la Declaración Universal de los Derechos de los Animales.</p>
<p>En 1979 su amada Grace pierde la batalla contra el cáncer. “Cuando lo pierdo todo, me queda Dios. Si pierdo a Dios, vuelvo a encontrarte.”</p>
<p>En 1980 es condecorada con el prestigioso Premio Erasmus, y ese mismo año, consagrada como una de las plumas más prominentes y respetadas, Marguerite Yourcenar se convierte en la primera mujer que es elegida como miembro de la Academia de la Lengua francesa, y quienes son reconocidos como “los inmortales”. “Los escritores mienten, aun los más sinceros&#8230; Los libros divagan y mienten, igual que los hombres.” Cierra ese año con la publicación de varias entrevistas que fue concediendo y que recopiló bajo el título: <em>Con los ojos abiertos: conversaciones con Marguerite Yourcenar</em>, y en donde nos mostrará algunas facetas de su personalidad y revelará parte de su pensamiento que hasta ese momento se tenía reservado.</p>
<p>En adelante la consumada viajera se dedicará de nuevo a recorrer mundo, y acompañada de un fotógrafo estará de visita por Marruecos, Egipto, India, Japón, experiencias que condensó también a través de las letras en dos libros que serían publicados póstumamente: <em>Peregrina y extranjera </em>y<em> Una vuelta por mi cárcel.</em></p>
<p>Hizo amistades con los más célebres escritores y artistas de la época, destacándose la amistad que tuvo hacia el final de su vida con el presidente francés, el reconocido devorador de libros François Mitterrand.</p>
<p>Por si le faltaran condecoraciones y reconocimientos, y mereciendo cada uno de ellos, en 1986 es galardonada con la Legión de Honor francesa. “A menudo he pensado con tristeza que un alma verdaderamente hermosa no alcanzaría la gloria, porque no la desearía.” Ese mismo año tiene el gusto de conocer en Ginebra a Jorge Luis Borges, y a solo seis días de la muerte del autor de <em>Ficciones</em>, Yourcenar le preguntó: “Borges, ¿cuándo saldrás del laberinto?” A lo que Borges respondió: “Cuando hayan salido todos.” Ese mismo año Marguerite dictará en la Universidad de Harvard una serie de conferencias sobre el recién fallecido escritor argentino.</p>
<p>En 1981 consigue finalizar sus memorias con la publicación del libro titulado <em>Mishima o la visión del vacío</em>. “He llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada.”</p>
<p>Poco antes de morir, en 1987, en su penúltima conferencia, Yourcenar recalcó en su discurso la importancia de que el ser humano atienda al trato indiscriminado que se le ha venido dando al planeta y a los recursos naturales.</p>
<p>“Soledad&#8230; yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos aman&#8230; Moriré como ellos mueren.” Y así fue: sucedió el 17 de diciembre de 1987 en el hospital Bar Harbor, debido un ataque al corazón, cerca a su casona de <em>Petite</em> <em>Plaisance</em>, donde pasaría una buena parte de su vida acompañada de su infaltable Grace, junto a la cual sería enterrada en aquella isla donde prosperó su amor, y sus restos reposan juntos en una modesta tumba en el Brookside Cemetery de Somesville. Su casa es hoy un museo en el que los visitantes pueden apreciar pertenencias y escritos de la reconocida y laureada escritora francesa. “¡Qué insípido hubiera sido ser feliz! Toda felicidad es inocencia&#8230;”</p>
<p>Dejó sus escritos a la Harvard University Cambridge, y así también en Houghton Library se conserva gran parte de su correspondencia, fotografías y manuscritos que pueden ser libremente consultados, a excepción de algunos documentos que solo serán revelados en el año de 2057. También en Bruselas el Centre International Documentation Marguerite Yourcenar (CIDMY) recoge buena parte del material de la autora y ofrece actividades para dar a conocer su vida y obra. “Todos nos transformaríamos si nos atreviéramos a ser lo que somos”.</p>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-89129" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/04/255.-MARGUERITE-YOURCENAR-300x213.jpg" alt="MARGUERITE YOURCENAR" width="300" height="213" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 22 Dec 2023 08:40:45 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Marguerite Yourcenar (1903-1987) &#8220;El encanto de la pluma francesa&#8221;]]></media:description>
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        <title>Peggy Guggenheim (1898-1979)</title>
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        <description><![CDATA[<p>“Mi lema era: ‘compra un cuadro al día’, y lo seguí al pie de la letra.” Y sería de esta manera como Peggy Guggenheim se haría a la más soñada colección de arte que cualquiera hubiera podido imaginar jamás. Quiso competirle a su tío y a su ya renombrada galería, el coleccionista y dueño de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Mi lema era: ‘compra un cuadro al día’, y lo seguí al pie de la letra.” Y sería de esta manera como Peggy Guggenheim se haría a la más soñada colección de arte que cualquiera hubiera podido imaginar jamás. Quiso competirle a su tío y a su ya renombrada galería, el coleccionista y dueño de la Solomon R. Guggenheim Foundation, a la que despectivamente llamaba “el garaje de mi tío.”</p>
<p>Solomon comenzó su colección personal hacia 1890, más como una pasión propia, eligiendo por manía o instinto pinturas flamencas, paisajes americanos y franceses y manuscritos orientales, y dejándose llevar por el buen gusto de su amigo, el pintor Amadeo Modigliani. Pero sería a partir de 1930 cuando finalmente montaría una nimia colección en el Hotel Plaza, y para 1939 abriría las puertas del primer Museo de Arte No Objetivo, con sede en la Calle 54 Este, y que después se mudaría a la Quinta Avenida. Bautizado por Max Ernst como la Casa Bauer, Peggy se refería a la galería de su tío como a un espacio incómodo y con sus obras mal exhibidas: “Un desastre… el museo era un pequeño edificio muy bello aunque totalmente desaprovechado con aquella colección.”</p>
<p>Neoyorquina, bautizada con el nombre de Marguerite Guggenheim, fue hija de una dinastía de magnates judíos que habrían emigrado un par de generaciones atrás a los Estados Unidos y que llevaban décadas amasando una gran fortuna. Su padre, de origen suizo-alemán, era dueño de siderurgias y poseedor de minas en Colorado, con las que dominaba una de las producciones más grandes de plata, cobre y plomo en todo el mundo; y su madre una aristócrata alemana-holandesa heredera de banqueros.</p>
<p>Peggy recuerda a su familia como una casa de locos. Dice que su madre tenía la costumbre de repetir tres veces todo lo que decía, y que así también solía portar tres relojes al mismo tiempo. Cuando tenía 13 años su padre muere vestido de smoking en el naufragio del <em>Titanic, </em>dejando como herencia una enorme riqueza, la cual correspondió en una mayor parte a sus hermanos, y otro restante pero nada despreciable legado para sus hijos. “Yo siempre tenía ataques de nervios, estaba angustiada todo el tiempo… No creo que hubiera habido buenas madres en esos tiempos. Mi madre tenía muy poco control sobre mí, me volvía loca, siempre montaba escándalos y me aburría mucho, era horrible. Mi padre tenía una fortuna que mi madre perdió. Después de aquello, no me consideré como una auténtica Guggenheim. Era muy pobre comparada con mis tíos, ellos eran enormemente ricos, y yo sólo tenía 450.000 dólares.” Era así como se quejaba la caprichosa millonaria por no considerarse tan enormemente rica, y por no lograr identificarse con el <em>our crowd </em>(“nuestra gente”), aquella sociedad neoyorquina hipócrita, superficial y elitista que la había criado en el seno de la religión judaica. “Siempre me consideré la <em>enfant terrible</em> de la familia, supongo que pensaban que era la oveja negra y que nunca haría nada bien, creo que los sorprendí… En mi vida todo ha sido arte y amor, creo que pasamos por la vida como en una especie de sueño… A mí me interesó el arte moderno en el momento en el que lo conocí, me hice adicta y ya no lo pude evitar.” A la edad de los 21 años Peggy es poseedora de una fortuna estimada en dos millones y medio de dólares, lo que hoy día representaría unos 20 millones de dólares.</p>
<p>Peggy reclamaba una cierta independencia, y fue por esto que recién terminados sus estudios de secundaria se dedicaría a trabajar en una librería, donde por primera vez se empaparía del mundo artístico, conociendo a los protagonistas del arte, tanto en el ramo de la pintura como en el de la literatura, muchos de los cuales hacían parte del círculo intelectual y bohemio que solía congregarse en el barrio marginal de Montparnasse. Sería en este París de inicios de los años veinte donde Peggy se vería sobrecogida por el ambiente cultural que se respiraba, haciéndose una visitante frecuente de museos y exposiciones de vanguardia.</p>
<p>En 1921 conoce en la boda de su hermano a su primer marido, Laurence Vail, de quien quedaría prendada de sólo conocerlo, pero que al poco tiempo dejaría ver el lado más insensible y cruel de la criatura que escondía adentro. Esto dijo la novia del momento en el que conoció a su futuro marido: “Su hermoso, ondulado y dorado cabello se agitaba atrapado por el viento. Yo estaba escandalizada por su libertad y sin embargo también cautivada. Él había vivido en Francia toda su vida, tenía acento francés y arrastraba las erres. Era como una criatura salvaje. No parecía importarle lo que la gente pensaba acerca de él. Sentí, mientras caminaba calle abajo con él, que podía irse en cualquier momento, tenía tan poca conexión con el comportamiento ordinario.”</p>
<p>La pareja se casó a comienzos de marzo de 1922 y tuvo su luna de miel en Roma y en Capri. Durante los próximos dos años la pareja tendría dos hijos: Sindbad y Pegeen, y la madre estaría dedicada a pasearse por las calles del pueblo de Le Trayas en su coche de lujo, un Gaubron descapotable, en cuyos viajes solían acompañarla su séquito de perros de la raza Lhasa Apso. La pareja viajó a New York para después veranear en Suiza, Normandía, Amalfi, y luego de visitar Egipto volver a Europa para pasar por Venecia y Rapallo.</p>
<p>Pero no sólo serían viajes. A través de su marido conoció a quien fuera su examante, la escritora Mary Reynolds, quien a su vez le presentaría a Max Ernest. Peggy se dejó envolver por esta atmósfera, haciéndose a un respetado grupo de célebres amigos surrealistas, dadaístas y artistas de diferentes corrientes, entre los que se cuentan a Tristan Tzara, Mina Loy, James Joyce, Ernest Hemingway, Man Ray quien sería el que la fotografió con un peculiar vestido largo y holgado que quedaría para el recuerdo, o la bailarina Isadora Duncan quien esperaba de la mecenas un apoyo para su próximo espectáculo, pero que se encontraría solamente con una fiesta que Guggenheim dedicó en su honor. “Yo sólo pensaba que estaba guapísima… Se respiraba el surrealismo, el arte. También solía jugar tenis con Ezra Pound y cacareaba como un gallo cuando metía un punto.”</p>
<p>Peggy encontraría motivos más que suficientes para alejarse del maltrato y el abuso perpetrado por su pareja, quien solía golpearla en público, y cuyas rabietas llegaban a tal extremo, que en una oportunidad estuvo a punto ahogarla en una bañera. “Cuando nuestras peleas llegaban a su <em>grande finale</em> me untaba mermelada en el pelo. Pero lo que más odiaba era que me tirara al suelo por las calles, o que me lanzara cosas en los restaurantes.” Y para sumarle a sus agresiones, Peggy se lamentaba de que su marido no fuera más que un mantenido: “Él no tenía dinero, y yo controlaba nuestras finanzas… él quería hacerme sentir mal intelectualmente.” Cuenta que una vez la obligó a ingresar vestida al mar y que luego con la ropa mojada tuvo que acompañarlo al cine. La humillaba y violentaba de muchas formas. En alguna oportunidad el marido aprovechó para quemar sus pertenencias, otra vez la aventó por las escaleras, y otra en donde la arrojó al suelo y se le paró insistentemente sobre el estómago, pero la peor parte sería cuando siempre ayudó para respaldar su complejo de inferioridad, ya que Peggy se avergonzaba de su “nariz de patata”, y el trato de su esposo la hacía sentir aún más “fea”. “Me hacía estar plantada desnuda ante la ventana (en diciembre) y me arrojaba whisky a los ojos.”</p>
<p>Finalmente, en 1928, y luego de una tormentosa relación de siete años, Peggy no da más esperas y decide abandonar a Laurence, obteniendo la custodia de su hija, mientras que su padre se quedaría con la del niño. Por esos mismos días Peggy ya había comenzado una relación estrecha con su amigo, el escritor inglés John Holms, con quien acabaría mudándose a Devon, a una cómoda estancia que sus amigos bautizaron con el nombre de <em>Hangover Hall (Salón de la Resaca), </em>y en donde los acompañó durante un tiempo la escritora Djuna Barnes mientras escribía su novela <em>Noche en el bosque</em>. Luego seguirían juntos hasta Londres y allí convivieron hasta la muerte de Holms, debido a un infarto, en el año de 1934. Así se refirió a su relación con el escritor: “Él sabía que yo era mitad trivial y mitad extremadamente pasional, y esperaba poder eliminar mi lado trivial.”</p>
<p>Cercana a la edad de los 40 años, una vocación y un llamado a realizarse, cuestionándose respecto a sus últimos 15 años en donde “no había sido más que una esposa, una hija, una amiga, una madre y una mujer adinerada que sabía rodearse de amigos interesantes”, Peggy tomará una decisión de vida. Por aquellos tiempos su madre había muerto, elevando así la inmensa fortuna de Peggy, que de inmediato pensó en montar un negocio para apoyar fundamentalmente el arte: “Alguien sugirió que pusiera una galería o una casa editorial, y yo pensé que una galería sería menos cara. Por supuesto, nunca pensé en las grandes cantidades de dinero que podría llegar a gastar.”</p>
<p>Para llevar a cabo su tarea, Guggenheim se dejó asesorar por sus amigos artistas, y sería de esta manera como iría comprendiendo el tejemaneje del mundo de las pinturas. “Tomé consejos de los mejores… escuché y ¡cómo escuché! Así fue como finalmente me convertí en mi propia experta.” Sin embargo la pieza fundamental para cumplir su cometido fue la invaluable presencia de su amigo Marcel Duchamp, de quien decía “fue la persona más influyente en mi vida”, y quien le sirvió para ilustrarla en el mundo del arte y sus conexiones. “Duchamp me enseñó las diferencias entre surrealismo y arte abstracto, organizó todas las exposiciones, hizo todo por mí… Le debo mi introducción en el mundo del arte moderno.” Según Peggy, sus “conocimientos de arte llegaban hasta el impresionismo”, pero de la mano de Duchamp, para 1938, ubicada en el número 30 de Cork Street, adjunta a las galerías de Roland Penrose y de E.L.T. Mesens, en Londres, la emprendedora mecenas abriría la galería de arte conocida como Guggenheim Jeune, dedicando para su inauguración una exposición exclusiva del prometedor autor Jean Cocteau.</p>
<p>Sin embargo la acogida no cumplió con las expectativas, y muchos tildaban de insípido este “arte nuevo” al que pocos cuadros le comprarían, siendo Peggy la que en secreto mandó a comprar varias obras de Cocteau para alentarlo en su trabajo artístico e impulsar su carrera. <em>“Para no desilusionar a los artistas que no vendían nada, me acostumbré a comprar una pieza de cada una de las exposiciones que montaba. En aquella época, como yo no tenía la más remota idea de cómo vender y nunca había comprado cuadros, aquella me pareció la mejor solución porque así, por lo menos, los artistas estaban contentos.” L</em>a astuta coleccionista confesaría después que “así fue como comenzó la colección.”</p>
<p>En su búsqueda de nuevos artistas por los recovecos parisinos, Peggy conocería al futuro Premio Nobel de Literatura, el escritor irlandés Samuel Beckett, con quien mantendría un corto romance y que además le serviría para asesorar su trabajo como coleccionista de arte. Gracias a él Peggy descubrió, según sus palabras, que el arte en aquel momento era “un ser vivo.” De Beckett dijo: “Sus idas y venidas eran completamente impredecibles, cosa que yo encontraba muy excitante; se presentaba a media noche con cuatro botellas de champaña y no me dejaba levantarme de la cama por dos días.” Sin embargo, Beckett “sufría de horribles momentos de crisis cuando sentía que se estaba sofocando”; lo asaltaban al parecer “sus terribles recuerdos de su vida en el vientre de su madre.”</p>
<p>Su galería serviría para dar a conocer a nuevos artistas, como en el caso de Yves Tanguy y Wolfgan Paalen, además de incrementar la fama de los ya consagrados, como es el caso de</p>
<p>Wassily Kandinsky o de Pablo Picasso. Sin embargo, un año después de inaugurada la galería, la mala administración la llevaría a desistir de su proyecto, para mudarse a la capital francesa con la misma intención de montar su negocio de venta y promoción de arte en plena Plaza Vendôme. “Todos sabían que yo estaba en el mercado comprando lo que fuera.” Asesorada por quien dirigió siempre la Guggenheim Jeune, el filósofo Herbert Read, Peggy recorrería cada rincón en busca de las esculturas, fotografías y cuadros que su amigo experto le recomendaría para su colección. Pero ocurrió que en medio de esta búsqueda estallaría la Segunda Guerra Mundial, y ante la amenaza latente la ávida empresaria del arte no buscaría refugiarse en Norteamérica, y en cambio rentaría un apartamento en París, donde se dedicaría a comprar y a almacenar un mirífico arsenal artístico. “Me pareció imposible abrir un museo en Londres, podía ser bombardeado en cualquier momento. Me fui a París a recoger los cuadros que había confeccionado para mí Herbert. Durante el primer invierno de la guerra intenté comprar un cuadro al día. La gente me llamaba por teléfono a todas horas e incluso venía a mi casa por la mañana y me traían los cuadros a la recámara. El único que compré desde la cama fue un Dalí.” Se cuenta que a Constantin Brâncusi le ofrecería apenas mil dólares por <em>Pájaro en el espacio</em>, y a lo cual el artista tendría que acabar cediendo, y de esta forma vender su obra para terminar de conseguir recursos que lo llevaran lejos de la guerra.</p>
<p>Peggy aprovechó la escasa demanda e incluso la carencia de oferta para hacerse a una colección invaluable a precio de huevo. Las obras de creación artística parecían estar en rebaja. “No había que negociar porque todo era muy barato. Pagué por mi colección de arte la ridícula cantidad de 40.000 dólares. Con ese dinero no hubiera podido comprar hoy ni siquiera uno de mis cuadros, es una locura. Luego quise salvar mis obras, así que fui a hablar con la gente del Louvre con la idea de que salvaran mis obras en conjunto con las suyas, y me dijeron que no merecía la pena, eran ‘demasiado modernas’. Al final tuve suerte, el hombre que preparaba y enviaba los cuadros en los tiempos en que tuve la galería de arte en Londres trasladó todos sus cuadros a Norteamérica, escondidos entre sábanas y colchas.” Entre “lo que no consideraron digno de guardar” había obras de Paul Klee, Georges Braque, Juan Gris, René Magritte, Joan Miró.</p>
<p>Sin embargo no podríamos tildarla de simple oportunista, sabiendo su faceta de mecenas, y que se dice traspasaba el ámbito laboral, convirtiéndose en amiga, madre y enfermera de los artistas a los que representaba. Guggenheim comprendió que lo suyo no era sólo coleccionar cuadros sino también personas, y reconocía finalmente en lo que se había convertido: “No soy coleccionista, soy un museo.”</p>
<p>Pensó también en instaurar una colonia de refugio para artistas, pero no concretó el proyecto porque temió que el conjunto de egos pudiera acabar en una guerra peor que la que se peleaba afuera, y es así como en 1940 se muda al sur del país galo, a la región de Grenoble, dejando a la merced gran parte de su colección, y que sería custodiada en el granero de un amigo.</p>
<p>En 1941 se muda a Marsella y allí se reúne de nuevo con Max Ernst, quien recientemente había escapado de un campo de concentración, y con quien iniciará un amorío que los llevará al otro lado del océano. Peggy ayudó a gestionar los gastos y trámites para que Ernst pudiera viajar a New York, y en su travesía también los acompañaría André Breton, a quien Guggenheim le había extendido su auxilio.</p>
<p>Ya la Wehrmacht estaba por invadir la capital y Peggy todavía andaba de un lado a otro como la “adicta” confesa, tratando de hacerse a <em>Mujer degollada </em>de Alberto Giacometti, y así nutrir aún más su siguiente proyecto norteamericano. Sería así como con la colaboración de Ernst y Breton, la ya experimentada coleccionista inauguraría una nueva galería en la Calle 57 de Manhattan, conocida como Art of this Century. El espacio destinado para la exposición desafiaba lo innovador. Dividida por cuartos temáticos o por autor, las pinturas no estaban fijas a las paredes curvas sino que pendían sujetas por unos ganchos, permitiéndole al espectador la experiencia de intimar con la pintura al tomarla con sus propias manos. Las luces al interior de la galería iban y venían, intermitentes, y cada cinco minutos se proyectaba la grabación del sonido de un tren que parecía estarse paseando alrededor de los salones. La galería contaba con una sala especial de negociación y ventas, y así cada rincón había sido calculado por la mirada detallista de la consagrada coleccionista.</p>
<p>Además de promocionar las viejas corrientes expresionistas e impresionistas, Peggy representó el auge de exhibición para los artistas surrealistas, dadaístas, cubistas, y especialmente el naciente movimiento del expresionismo abstracto. Su nueva galería sería otra vez el trampolín para que muchos artistas emergentes pudieran presentar sus obras y conectar con el público.</p>
<p>Cazatalentos, en 1943 convocó a través de la revista <em>Art Digest </em>a nuevos artistas norteamericanos menores de 35 años, para que presentaran su obra en la exposición del Salón de Primavera que se exhibiría en su nueva galería. Un jurado conformado por ella, Marcel Duchamp, Piet Mondrian y otros renombrados artistas, decidieron que el más notable sería ese “genio” desconocido hasta entonces, llamado Jackson Pollock.</p>
<p>Al comienzo Guggenheim no estaba muy convencida de haber dado con el genial artista que otros vislumbraban, discutiendo en particular con Piet Mondrian sobre la obra presentada por Pollock, <em>Stenographic Figure. </em>“Bastante fea, ¿no es así? Eso no es una pintura, ¿o sí?”, fueron las primeras apreciaciones de Guggenheim, luego de que ambos estuvieran contemplando la pintura durante varios minutos. “Hay una absoluta falta de disciplina en esto”, remató Peggy con este comentario. “Tengo el sentimiento de que esta puede ser la pintura más emocionante que he visto desde hace mucho, mucho tiempo, aquí o en Europa… Yo no sé lo suficiente acerca de este autor como para calificarlo de ‘grande’, pero sé que me obligó a detenerme y observar. Dónde tú ves ‘falta de disciplina’ yo tengo la impresión de percibir una energía tremenda”, estas serían las apreciaciones de Mondrian, quien pese a ser cuestionado por Peggy (por no corresponder al estilo del pintor), no se equivocaría al valorar a un artista que en nada se pareciera a su tipo de arte, y en este caso no se equivocaría.</p>
<p><em>Stenographic Figure </em>sería incluida en la exhibición y de inmediato se robaría todas las miradas. La prensa sugirió que “por primera vez el futuro revela un brillo de esperanza”, y algún crítico comentó que “hay un gran Jackson Pollock que, me dijeron, hizo que el jurado entornara las pestañas.” Tiempo después Peggy tendría que reconocer que “el descubrimiento de Pollock fue, por mucho, mi más notable logro individual.” Sin embargo años más tarde tendría que volver en defensa de sus obras, considerándolo subestimado como artista: “Todo lo que hice por Pollock fue minimizado o completamente olvidado.” Y, no obstante, Pollock nunca cayó en el olvido, y las pinturas que en sus comienzos ofrecía por mil dólares hoy están avaluadas por más de cien millones. A la postre, Jackson Pollock se convertiría en una de las más destacadas figuras del movimiento fundador del Expresionismo Abstracto, conocido como la Escuela de Nueva York.</p>
<p>Agradecido con su mecenas, Pollock pintó en cuestión de una tarde la pared que adornaba el vestíbulo de la casa de Peggy, bautizando su obra como <em>Mural. </em>No obstante Peggy trató en lo personal de mantener las distancias con el artista, ya que “tomaba demasiado y, cuando lo hacía podía llegar a ser incómodo por no decir diabólico.” Se cuenta que en una ocasión, luego de haberse bebido todas las botellas del mini-bar, el autor de aquellos trazos infantiles que pasaría por ello a la historia, acabaría en esta ocasión impregnando su estilo toda vez que se orinara en la chimenea de su mecenas.</p>
<p>Tras dos años de relación, Peggy decide separarse de Max, luego de que este le hubiera sido infiel con una de las treinta y un artistas que integraron una muestra colectiva en su propia galería, y a lo que Peggy comentaría con ironía: “Habrían tenido que ser sólo treinta.”</p>
<p>En 1947 cerró la galería Art of this Century, pretextándose en lo agobiante de sus labores: “Estaba exhausta por mi trabajo en la galería, de la cual me había convertido en una especie de esclava.” Sería así como decide mudarse a Italia, donde permanecería por más de tres décadas y hasta el día de su muerte.</p>
<p>En Venecia Peggy retomaría su carrera hasta llegar a consolidarse como una de las más reconocidas en el gremio. Para 1948 participó de la XXIV Bienal de Venecia, y luego comenzaría una gira por Florencia, Roma y Milán, dando a conocer la cantidad de obras que la acompañaban y que deslumbraban a los espectadores por la riqueza de su contenido, resaltando siempre la mejor carta que tenía para compartir, y que se viera representada en los seis cuadros de Pollock, entre los que se destacan<em> Eyes in the heat, The moon woman </em>y<em> Two</em><em>. </em>Luego de la gira Guggenheim escribiría a una colega: “Aquí en la Bienal, Pollock fue considerado con mucho, el mejor de los pintores americanos.”</p>
<p>Por aquellos días Peggy consiguió encontrar ese lugar en el que planeaba exponer todas sus obras, para lo cual adquirió el Palazzo Venier dei Leoni, en el Gran Canal, recogiendo en su interior un cúmulo de afamadas obras que hasta ese momento no se habían conocido en Italia. Adecuó su palacio y lo convirtió en un genuino museo, destinando tres tardes a la semana en las que abriría sus puertas al público para que las personas pudieran disfrutar de las paredes abarrotadas de obras, que se extendían incluso por los baños, y en cuyo interior se veían desfilar los sirvientes de la matrona y dueña, así como sus once perros Lhasa Apso que no dejaban de perseguir a su ama. La bodega fue remodelada para servir como un estudio en el que los artistas pudieran trabajar, y entre las muchas excentricidades del lugar destacaría la obra del escultor Marino Marini, instalada en las afueras de la galería, y cuya figura representaba a un caballo y un jinete con su pene erecto, y cuyo falo enorme contaba con la peculiaridad de poder ser desmontado toda vez que así lo quisieran, y en especial lo “retiraba cuando sabía que podían pasar monjas por delante”, decía Guggenheim.</p>
<p>Los años cincuenta fue el auge de las subastas, tomándose a partir de ese momento el comerciar obras de arte como un negocio rentable, una inversión placentera, a donde cada vez más personas querían acceder, y por esa mirada utilitarista es que pasó de considerarse la belleza de una pintura para cuestionar simplemente su valor comercial. Las obras más complejas de falsificar serían también las más apetecidas y costosas de los mercados.</p>
<p>En los años sesenta la figura de Peggy Guggenheim es ya reconocida en todo el planeta, y para 1962 es nombrada como ciudadana honoraria de Venecia, además de haber viajado por el mundo exponiendo su colección en los lugares de mayor prestigio, como es el caso del Tate Modern de Londres, el Museo de Estocolmo y el Museo de L’Orangerie. Sin embargo para ese entonces ya Peggy había dejado de lado su adicción, interrumpiendo su costumbre de comprar compulsivamente cuadros, y en adelante únicamente prestaría su colección para que fuera exhibida.</p>
<p>En 1967 Peggy se encontraba en México cuando recibió un telegrama. La notificación la llevará a padecer el más duro golpe de su vida, cuando le comentan que su hija Pegeen -quien se había dedicado a la pintura así como al alcohol, y que dependía desde hacía años del Valium y del consumo de barbitúricos-, sería encontrada sin vida en su habitación, en lo que se cree habría sido un suicidio.</p>
<p>A finales de los años sesenta ya poco le importaba el mundo del arte, y tanto era así que cuando le presentaron al creador de la famosa <em>Lata de sopa Campbell</em><em>, </em>el ya afamado artista pop Andy Warhol, la que en otro momento fuera reconocida como la más conocedora en el rubro, tuvo que confesar su ignorancia y preguntar: “¿Quién es este hombre?”</p>
<p>Los últimos años, la que fuera bautizada como <em>L’ultima doghessa </em>(“la última duquesa”), dedicaría su tiempo a pasearse en su góndola privada, luciendo sus característicos lentes con forma de mariposa &#8211; diseño exclusivo que la identificaban de lejos como el personaje que era-, llevando consigo la infaltable compañía de una corte de perros, y encamándose de cuando en cuando con algún amante de turno que pasaría una noche de lujo en la cama de Peggy, adornada con un estrafalario candelabro de plata diseñado por Alexander Calder. “Adoro flotar hasta tal punto que no puedo pensar en nada más hermoso desde que dejé el sexo, o mejor dicho, desde que el sexo me dejó”, le escribiría por aquel entonces a algún amigo.</p>
<p>De Peggy podríamos decir muchas cosas, decir que era promiscua, que era una vividora. En alguna ocasión una periodista le pregunta: “¿Cuántos maridos ha tenido?” A lo que ella respondería: “¿Se refiere a los míos o a los de otras?”</p>
<p>Fiestera desde siempre, confiesa que durante más de cinco años no recuerda haber ido a dormir sin haberse puesto borracha. Los festines que brindaba llegaban a un descontrol del que ya no disfrutaba, y sus invitados no tendrían escrúpulos en tomarse la casona museo como un antro digno de las más orgiásticas juergas, y en más de una ocasión alguna que otra pareja tomó la fantasiosa habitación de la dueña de la casa para cumplir sobre su cama con las urgencias del amor. En los carnavales que ofrecía veíamos desfilar a toda suerte de celebridades dispares como Yoko Ono y Truman Capote; y aunque pudiera invertir miles de dólares en una pintura, en sus festejos solía comprar alcohol de garrafa para hacerlo rendir, y mantenía a sus sirvientes controlados respecto a la comida que ofrecían. No obstante también la veríamos regatear por unos dólares a algún artista que intentaba venderle su obra, y era común verla a ella misma atendiendo la taquilla a la entrada de su galería.</p>
<p>Para 1979 publica el que fuera su tercer libro de memorias, ya que en 1946 había publicado <em>Out of this century</em> y para 1960 <em>Confessions of an art addict</em>, y que para ese momento unió en un solo libro titulado <em>Una vida para el arte. </em>En sus palabras nos describe a la multimillonaria, bohemia, rebelde, lujuriosa, la mecenas y adoradora del arte en todas sus formas, la incansable viajera sobre la cual han llovido notas y libros y documentales, y en el año 2000 la película <em>Ed Harris Pollock </em>es también una historia sobre su vida.</p>
<p>Guggenheim valoró la obra de varios pintores cuando nadie más reparaba en ellos, apoyando sus carreras para que estos pudieran seguir dibujando, y así mismo dándolos a conocer al mundo para que todos pudiéramos disfrutar de su arte. Fue así como supo impulsar los principales movimientos y corrientes artísticas del siglo XX, y sus galerías hoy se extienden por New York, Bilbao, Berlín.</p>
<p><strong>Marguerite “Peggy” Guggenheim murió como una reina, en su palacio veneciano, cuando corría el año de 1979, y antes de morir pidió que sus obras más queridas se mantuvieran dentro de la colección de Italia: “</strong>Que se queden en Venecia. A no ser que se hunda Venecia.” Fue enterrada en el jardín de su casa, junto a los restos de catorce perros Lhasa Apso, entre los que se destaca uno de los primeros, <em>Twinkle</em>, al que vemos en 1919 acompañando a una joven Peggy, luego de haber salido victorioso en una gala de exposición canina.</p>
<p>Días antes de morir declararía a una amiga a través de una carta: “Veo hacia atrás en mi vida con gran alegría. Creo que fue una vida muy exitosa. Siempre hice lo que quise y nunca me importó lo que los demás pensaran. ‘¿Liberación de la mujer?’ Yo era una mujer liberada antes de que hubiera un nombre para eso.”</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-89134" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/04/251.-PEGGY-GUGGENHEIM.jpg" alt="PEGGY GUGGENHEIM" width="193" height="261" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 24 Nov 2023 08:49:04 +0000</pubDate>
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        <title>Juana de Ibarbourou (1892-1979)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Se quitaba tres años, y decía haber nacido en 1895, pero eso sí, uruguaya. Juana Fernández Morales fue hija de un español nacido en Lorenzana, provincia de Lugo, y cuya biblioteca municipal hoy lleva el nombre de su hija. Por otro lado, su madre era una mujer perteneciente a una de las familias españolas con [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Se quitaba tres años, y decía haber nacido en 1895, pero eso sí, uruguaya. Juana Fernández Morales fue hija de un español nacido en Lorenzana, provincia de Lugo, y cuya biblioteca municipal hoy lleva el nombre de su hija. Por otro lado, su madre era una mujer perteneciente a una de las familias españolas con mayor historia en el país oriental. Juana vivió en Melo hasta la edad de los 18 años, y recuerda esos parajes y su infancia feliz a donde no quiso volver jamás: “Fue mi Paraíso al que no he querido volver nunca más para no perderlo, pues no hay cielo que se recupere de Edén que se respira. Va conmigo, confortándome en las horas negras, tan frecuentes… Allí volará mi alma cuando me toque dormir el sueño más largo y pacificado que Dios me conceda a mí, la eterna insomne.” Expulsada del Edén, Juana arriba a la capital, que en un comienzo sería como un infierno, pero luego de un tiempo lograría adaptarse hasta el punto de considerar a Montevideo como “su ciudad”. A los 20 años contrae matrimonio con un capitán llamado Lucas Ibarbourou, y cuyo apellido seguirá empleando en sus escritos, después de que sus primeras producciones fueran firmadas bajo el seudónimo de Jeannette d’Ibar. En 1919 publica su primer libro, <em>Las lenguas del diamante, </em>que tiene como inspiración a su propio esposo, y que ya develaba un canto cargado de sensualidad, erotismo y pasión que serían propios en sus demás escritos. Una prestigiosa escritora de la época tras recibir un ejemplar comentó: “Yo no leo indecencias”. Gabriela Mistral, con una visión más profunda del sentimiento humano, diría que el libro de Juana era un “modelo de feminidad”. Un año más tarde vendría <em>El cántaro fresco </em>y para 1922 la publicación de <em>Raíz salvaje, </em>un escrito peculiar donde los elementos cotidianos interactúan constantemente, como el caso de un plumero, un tranvía, el agua. Estas tres primeras composiciones podrían suscribirse al movimiento modernista, donde se recurre constantemente a las imágenes sensoriales, referencias bíblicas y míticas y una continua exaltación por la naturaleza y sus cuatro elementos. Los versos de Juana hablan de la belleza física, la maternidad, la devoción a la pareja, el sentimiento del amor, y que se transmite por medio de un lenguaje descomplicado, carente de florituras y menos de dificultades conceptuales, expresando optimismo y vitalismo, y una visión de la juventud que iría cambiando a medida que pasaran los años y con ellos la vejez, el insomnio, la noche y la soledad y el advenimiento de la muerte, la pérdida definitiva de esa juventud a la que antaño le cantaba. No tuvo reparos para hacerle llegar una copia de este libro a Miguel de Unamuno, pidiéndole además, como si fuera poco, que le hiciera llegar un par de ejemplares a los hermanos Antonio y Manuel Machado, así también como al señor Juan Ramón Jiménez. Unamuno se sorprendió por la ligereza de su lírica y esa falta de pudor o vergüenza al momento de expresar su sentir: “Una mujer, una novia, aquí, no escribiría versos como los de usted aunque se le vinieran a las mientes y si los escribiera no los publicaría y menos después de haberse casado con el que los inspiró… Por eso me ha sorprendido gratísimamente la castísima desnudez espiritual de las poesías de usted, tan frescas y tan ardorosas a la vez.” Luego de estos tres primeros libros la figura de Juana Ibarbourou comenzaba a cobrar prestancia, siendo así que el gobierno le propuso dictar cátedra de Lengua y Literatura en el Instituto Normal, empleando su libro <em>Páginas de literatura </em>como texto escolar. En 1929, en una ceremonia que ella describe con lujo de detalle y que sería como de ensueño, la poetisa es homenajeada en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, donde asisten poetas célebres y otras personalidades destacadas del mundo intelectual, sorprendiéndole a Juana la presencia grande del mexicano Alfonso Reyes, y sería el renombrado Juan Zorrilla quien la condecorara con un anillo de oro como gesto simbólico, además de bautizarle “Juana de América”. Para 1930 Juana sorprende de nuevo con la publicación de <em>La rosa de los vientos, </em>y en donde se permite explorar las corrientes de vanguardia e inmiscuirse en los pasajes oníricos del naciente movimiento surrealista. Para 1938 el Ministerio de Educación de Uruguay realiza el Curso Sudamericano de Vacaciones en la Universidad de Montevideo, donde compartiría un espacio junto a Gabriela Mistral y Alfonsina Storni para comentar sus experiencias en la aventura poética. En dicho conversatorio dictaría su conferencia titulada <em>Casi en pantuflas, </em>donde al estilo de Virginia Woolf con su famoso discurso <em>Una habitación propia, </em>la poetisa uruguaya sugiere que el acto de creación poética sucede en un espacio solitario, además de desmitificar la figura de santidad que se le confiere a ciertos poetas. En 1942 muere su esposo, y de aquellos días surgirán algunos escritos que apenas verán la luz casi una década después. En 1947 es elegida como miembro de la Academia Nacional de Letras, y se recuerdan sus palabras al momento de celebrar tan grata distinción: “Nunca conocí fiesta mayor que cuando mi padre recitaba, bajo el rico dosel del emparrado, versos de Rosalía. De ahí mi vocación.” En 1949 muere su madre, pero nada detendrá a Juana, y para 1950 la escritora tendría otras cinco publicaciones: <em>Loores de Nuestra Señora, Estampas de la Biblia, Chico Carlo </em>(libro que consideraba su preferido por tratarse de un escrito en el que evocaba su infancia), un libro de teatro infantil titulado <em>Los sueños de Natacha, </em>y un intento más con la poesía con su libro titulado <em>Perdida. </em>Ese mismo año es nombrada presidenta de la Sociedad Uruguaya de Escritores, consagrándola de esta manera como una de las figuras más importantes de las letras uruguayas de todos los tiempos. De allí en adelante fueron una lluvia de tributos y honores para la gran poetisa del Río de la Plata. En 1953 la Unión de Mujeres Americanas en New York la nombra “Mujer de las Américas”; en 1955 es galardonada por el conjunto de su obra por el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid; y para 1959 se le concede el Gran Premio Nacional de Literatura en su primera versión. Sobrándole reconocimientos, Juana sería postulada por aquel entonces para alzarse con el codiciado Nobel. Respecto a su vida personal, al parecer vivió una vida tormentosa al lado de quien fuera también su fuente de inspiración poética, padeciendo abusos y maltratos tanto físicos como psicológicos. Y según parece tampoco tendría muy buenos tratos con su hijo, y a todo esto su refugio fue la adicción permanente a la morfina y que acabaría menoscabando su salud. Era así como temía abandonar su casa, su zona de confort, y por lo cual fueron muchas las invitaciones que rechazó para que visitara varios países que esperaban por ella. Así le confesaba a un amigo y periodista excusándose el por qué prefería resguardarse en la comodidad de su hogar: “Tú sabes que hasta la esquina de mi casa resulta lejana e inaccesible para mí. Ya sabes mi lucha y la atención tensa y constante por mi casa. He vivido siempre dulcemente prisionera de ella y con un continuo ofrecimiento de alas para levantar vuelo inútilmente… Mi destino será el mundo a través de los vidrios de mi ventana.” Sin embargo Juana no tendría que moverse de su casa, ya que la misma se convertiría en un lugar donde solían confluir figuras destacadas de la época y que la frecuentaban, como es el caso de Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez. Murió en Montevideo, casi abandonada, cuidada por su hijo, ya vieja, en plena dictadura militar, y sin embargo sus exequias contaron con toda la gala y distinción que se le rinde a las grandes figuras, y fue velada en el mismo salón donde cincuenta años antes los grandes poetas le habían regalado aquel simbólico anillo de oro. El gobierno decretó un día de duelo nacional en memoria de “Juana de América” y el entierro en el panteón de su familia, en el Cementerio del Buceo, contó con todos los honores de Ministro de Estado, siendo la primera mujer a la que se le concedían tales honores. Un barrio de la capital uruguaya fue bautizado con su nombre, y pasado un tiempo comenzó a circular su rostro en el billete de 1.000 pesos uruguayos, siendo la única mujer en hacer presencia dentro de la numismática de este país. Juana Ibarbourou será recordada como una de las voces principales de la lírica hispanoamericana, abriendo un camino que hasta entonces parecía vedado para las mujeres y que ella supo transitar sin temor a fallar, y aunque pudiera pesarle su naturaleza femenina que en todo caso la privaba de las libertades de las cuales goza el hombre, y así lo expresa en estos versos de su poema <em>Mujer: </em>“Si yo fuera hombre, ¡qué hartazgo de luna, de sombra y silencio, me había de dar! ¡Cómo, noche a noche, solo ambularía por los campos quietos y por frente al mar! Si yo fuera hombre, ¡qué extraño, qué loco, tenaz vagabundo que había de ser! ¡Amigo de todos los largos caminos que invitan a ir lejos para no volver! Cuando así me acosan ansias andariegas, ¡qué pena tan honda me da ser mujer!” Mujer de gran belleza física y espiritual, de un alma definitivamente apasionada, como lo exige la poesía, y que quedará en la memoria y el recuerdo de unos versos candorosos, efusivos, fogosos, como estos que hacen parte de su poema <em>El afilador</em>: “Este dolor heroico de hacerse para cada noche un nuevo par de alas… ¿Dónde estarán las que ayer puso sobre mis hombros el insomnio de la primera hora del alba? Día, afilador de tijeras de oro y puñales de acero y espadas de hierro: anoche yo tenía dos alas y estuve cerca del cielo. Pero esta mañana llegaste tú con tu flauta, tu piedra, tus doce cuchillos de plata. ¡Y lentamente me fuiste cortando las alas!”</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-85469" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/08/222.-JUANA-IBARBOUROU-300x169.jpg" alt="JUANA DE IBARBOUROU" width="300" height="169" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 28 Apr 2023 21:37:34 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Juana de Ibarbourou (1892-1979)]]></media:description>
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        <title>Totó la Momposina (1940)</title>
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        <description><![CDATA[<p>En la aldea de Talaigua existe un pueblito ubicado al interior de una isla situada en el descomunal río Magdalena, ese río que nace en los Andes y desemboca en el Mar Caribe. El pueblito tiene el nombre de Mompox, y de allí que Sonia Bazanta Vides haya elegido el seudónimo de “Momposina”. Ella es [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>En la aldea de Talaigua existe un pueblito ubicado al interior de una isla situada en el descomunal río Magdalena, ese río que nace en los Andes y desemboca en el Mar Caribe. El pueblito tiene el nombre de Mompox, y de allí que Sonia Bazanta Vides haya elegido el seudónimo de “Momposina”. Ella es una mezcla racial de aborígenes y españoles, cuando en el siglo XVI los indígenas rehuyeran a los conquistadores refugiándose en lo más profundo de los bosques, pero en años posteriores conseguirían mezclarse, comenzando de esta manera una nueva cultura sincrética, nutrida de dos mundos. Esta identidad pudo reconocerla siempre la cantautora colombiana: “La música que yo hago tiene sus raíces en una raza mixta; siendo africana e india, el corazón de la música es completamente percutiva.” Y es que estos ritmos de los tambores no sólo se alojaban en sus genes ancestrales, ya que los encontraría en la primera línea sanguínea junto al par de músicos que fueron sus padres. Así mismo la música en su familia tanto por vía materna como por vía paterna se remonta a varias generaciones. El abuelo Bazanta era un experto en el clarinete y director de una banda en Magangué, su padre era percusionista y su madre cantante y bailarina. De esta forma toda su familia vivía en torno a los ritmos de la música de la costa Caribe, siendo ella el fruto más fino de una dinastía que alcanzaría su fulgor toda vez que fuera la receta perfecta, el conjunto y el bagaje de un conocimiento legendario, y que desde muy joven quiso explayar al permitirse recorrer los distintos parajes de la costa Atlántica, indagando y conociendo de los pueblos caribeños las distintas formas de hacer música, así como sus tradiciones y costumbres propias. Momposina era ya una prometedora cantante y bailarina, contaba con la belleza, la fuerza y el talento, y ahora lo único que quedaba era pulir ese diamante en bruto hasta lograr sacarle todo el brillo. En Talaigua tendría a Ramona Ruíz como su mentora. Se trataba de una cantadora y voz líder del Chande, que eran las fiestas de la comunidad, y cuyos bailes interpretaría años más tarde Totó la Momposina sobre los escenarios de todo el mundo. Siendo todavía una adolescente, Totó integra una banda familiar que cobró cierta notoriedad a nivel local, ya que solían hacer apariciones frecuentes en <em>Acuarelas, </em>un conocido programa televisivo que se emitía cada sábado y en el que la familia bailaba al son del mapalé, el bullerengue y la cumbia. Por esos años Colombia estaba viviendo un conflicto que luego sería conocido como el período de La Violencia, donde liberales y conservadores se asesinaban por montones, y sería debido a este conflicto que la familia de los Bazanta Vides tuvo que mudarse a Barrancabermeja. Era un ambiente de terror, y en su infancia era común que Totó se topara en las calles con los muertos que habían dejado los tiroteos recientes, por lo que la familia tuvo que trasladarse a Villavicencio y un tiempo después instalarse finalmente en la capital. Su madre quiso mantener encendida la llama de la música, por lo que llevaría consigo todo el arsenal de instrumentos autóctonos del Caribe, e hizo de su casa en el barrio Restrepo un espacio de encuentro donde acudían los más prestantes músicos del folklor Caribe y que residenciaban en Bogotá. Tal es el caso de Pacho Galán, Lucho Bermúdez, Aníbal Vásquez, Los Gaiteros de San Jacinto, entre otros. Su hogar también sirvió de hogar para estudiantes que provenían de la costa y que no tenían dónde alojarse o a quién acudir. Totó estudió en el conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia y luego de su graduación comenzaría a darle forma a su producto propio. Combinó sus raíces y revitalizó los ritmos de la gaita, el porro, el sexteto y la chalupa. Supo integrar a sus espectáculos el sensual y cadente baile de la cumbia con el colorido de sus trajes, mezcla de la cultura indígena y española. La danza sugiere un cortejo en donde las mujeres sostienen una vela encendida en una de sus manos mientras los hombres esperan por su encuentro cercándolas en un corrillo. Sería así como su propuesta permitió que su país y el mundo entero se enterara de una pieza de arte que hasta el momento parecía desconocida. Fue ella quien hizo conocer la cumbia en todo el mundo, y su música estuvo acompañada por las letras tradicionales que expresaban las costumbres y el repertorio oral de los pueblos caribeños, acabando de darle forma a un producto genuino y digno de ser reconocido en todo el mundo. Su música se fue a recorrer los distintos países y junto a su grupo musical se iría de gira por Polonia, Suecia, Yugoslavia, Inglaterra, la Unión Soviética, la República Democrática Alemana y también en Alemania Occidental. En 1982 Gabriel García Márquez la invitó junto a una comitiva cultural para que lo acompañara durante la premiación del Premio Nobel en la ciudad de Estocolmo. Muchos creían que la comitiva pudiera resultar ridiculizada, pero contrario a esto gozó de la aceptación del público que disfrutó con un espectáculo que les ofrecía la música decantada de los pueblos del Caribe colombiano. Ese mismo año grabó un disco en Francia, <em>Totó la Momposina y sus tambores, La Colombie,</em> y se matriculó en la Universidad de La Sorbona, en París, para luego viajar a Centroamérica y profundizar sus estudios en Santiago de Cuba. En 1989 lanza un álbum patrocinado por el colectivo boliviano <em>Boliviamante, </em>y en 1991 participa de varios festivales en diversos países tales como Japón, Canadá, España, Finlandia y también en México, donde se presentó en los festivales de Cervantino de Guanajuato y en el de La Música del Caribe en Cancún. Pero sería en 1993 por medio de la fundación Peter Gabriel y el sello discográfico Real World Records cuando el álbum <em>La Candela Viva </em>vería la luz, y con este gran éxito el pleno reconocimiento mundial de la música que mejor sabía interpretar el folklor colombiano. En 1992 viaja a Sevilla para representar a Colombia en la Feria Mundial, y de la mano de MTM Colombia publicará dos álbumes de gran éxito: <em>Carmelina </em>de 1995 y <em>Pacantó </em>de 1998. En 1999 es galardonada con los Congos de Oro del Festival de Barranquilla en la categoría “Lo nuestro”, premio con el que volvería a alzarse una década después. Para 2002 es nominada al Premio Grammy Latino en la categoría Mejor Álbum Tropical Tradicional por <em>Gaitas y Tambores. </em>En el 2006 se le distinguió con el premio a la trayectoria del Festival Womex, que “rinde homenaje a los artistas que han desarrollado un trabajo destacado de influencia en la vida cultural de su país y con proyección al mundo entero.” Para el 2009, con el apoyo de Astar Artes, lanza su álbum <em>La bodega, </em>y al año siguiente sería invitada a participar de la conmemoración del Bicentenario de Argentina, donde se reunirá con un selecto grupo de músicos latinos. En 2013 se le otorgó el Premio Grammy Latino Especial a la Excelencia Musical, y que le concedieron como un reconocimiento a su trayectoria excepcional y a su importante contribución artística. Dos álbumes más recientes: <em>Tamborero </em>con Real World Records, y del 2014 <em>El asunto, </em>con la producción de Sony Colombia. A lo largo de su carrera se ha reunido con personajes notables y con quienes ha compartido canciones y espectáculos: Gilberto Gil, Calle 13, Pablo Milanés, Jorge Celedón, Manu Chau, Carlos Vives y León Gieco, por citar algunos. En el 2017 la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia le concede el título de Doctora Honoris Causa. Totó la Momposina es reconocida, sin dudarlo, como una de las figuras más importantes y representativas de Colombia.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 31 Mar 2023 21:42:29 +0000</pubDate>
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        <title>Gabriela Mistral (1889-1957)</title>
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        <description><![CDATA[<p>De maestra de escuela a Premio Nobel de Literatura, ese fue el recorrido de Lucila María Godoy Alcayaga, conocida en todo el mundo por su seudónimo de Gabriela Mistral. Nació en una familia de clase media, “entre treinta cerros”, como ella misma mencionó en más de una ocasión. Su padre abandonó el hogar cuando Lucila [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>De maestra de escuela a Premio Nobel de Literatura, ese fue el recorrido de Lucila María Godoy Alcayaga, conocida en todo el mundo por su seudónimo de Gabriela Mistral. Nació en una familia de clase media, “entre treinta cerros”, como ella misma mencionó en más de una ocasión. Su padre abandonó el hogar cuando Lucila tenía tres años, pese a lo cual la escritora dice no guardar mayores resentimientos, e incluso confiesa que “revolviendo papeles” hallaría unos versos “muy bonitos” escritos por su padre, y que fueron cruciales para su aventura literaria: “Esos versos de mi padre, los primeros que leí, despertaron mi pasión poética.” Precoz, autodidacta, aprendía de lo que veía, y fue así como a los 15 años ya servía como ayudante de profesora en la Escuela de la Compañía Baja, en La Serena, donde aprovecharía para aportar con notas que fueron publicadas por el periódico <em>El Coquimbo, </em>y un año más tarde colaboraría con algunas columnas para <em>La voz de Elqui, </em>de Vicuña. De estos años se recuerdan escritos como <em>El perdón de una víctima, La muerte del poeta, Las lágrimas de la huérfana, Amor imposible </em>y <em>Horas sombrías. </em>En 1908 fue profesora en La Cantera y luego en Los Cerrillos, camino a Ovalle, y fue ese año con la publicación del poema <em>Del pasado </em>donde Lucila asumiría el seudónimo con el que firmaría en adelante sus escritos y con el que sería reconocida en el mundo entero: “Gabriela Mistral”, el nombre que eligió por sus dos poetas predilectos: Gabriele D’Annunzio y Frédéric Mistral. Sus notas y apuntes ya mostraban una preocupación política, interesada por las obras y proyectos sociales que pudieran lograr una equidad económica para Chile. Siempre se mostró curiosa por aprender, y a pesar de que siempre se le impidió cursar formalmente estudios académicos, fuera por motivos económicos, o como aquella vez que fue discriminada para estudiar en la Escuela Normal por la ideología religiosa que profesaba. Para 1910 convalidó sus estudios y obtuvo el título de Profesora de Estado en la Escuela Normal No. 1 de Santiago, por lo que ya podría ejercer como profesora, y aunque siempre fuera subvalorada por muchos de sus colegas egresados del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Ese mismo año se traslada a Traiguén, en la Araucanía, y con apenas 21 años es encargada de remplazar a la directora del Liceo de Niñas, además de oficiar como maestra interina de labores, dibujo, higiene y economía doméstica. Para ese momento de su vida Gabriela empezará a descubrir las comunidades indígenas de los <em>mapuches</em>, interesándose en su cultura y así también como en sus problemáticas, “estos saben amar sus tierras”, diría años más tarde. Gabriela continúa explorando la poesía y en 1911 publica en el diario <em>El Colono </em>su poema titulado <em>Tristeza, </em>en el que decanta los sentimientos generados a partir de quien fue su amante y que se habría suicidado un año antes. Semejante a este poema surge ese mismo año el que tituló <em>Rimas, </em>donde se puede apreciar la impotencia y angustia que se experimenta después del adiós. Y será a finales de ese año en Los Andes cuando empieza a dar vida a lo que después sería compendiado bajo el título de <em>Sonetos de la muerte, </em>obra que le valió su primer reconocimiento, luego de alzarse con el primer premio en los Juegos Florales. “Ignoraba yo por aquellos años lo que llaman los franceses el <em>metier de côté</em>, o sea, el oficio lateral; pero un buen día él saltó de mí misma, pues me puse a escribir prosa mala, y hasta pésima, saltando, casi en seguida, desde ella a la poesía, quien, por la sangre paterna, no era jugo ajeno a mi cuerpo. En el descubrimiento del segundo oficio había comenzado la fiesta de mi vida”, confesaba así la mujer que se había descubierto en el arrobo poético y, plenamente identificada con la poesía, se empeñaría en consagrarse a ella. De aquellos años se destacan poemas como <em>Ensoñaciones, Junto al mar </em>y <em>Carta íntima. </em>Para 1917 se publicó una de las más representativas y estudiadas antologías poéticas chilenas, y en donde figuraba Gabriela como una de las más destacadas figuras, y aunque sus poemas conservaran todavía su nombre de pila. Gabriela se muda a Antofagasta, al norte del país, y un tiempo después viajará hasta el sur, a Punta Arenas, donde estará encargada de la dirección del Liceo de Niñas Sara Brown, y especialmente de la encomienda personal del Ministro de Justicia e Instrucción Pública: “La chilenización de un territorio donde el extranjero superabundaba.” Gabriela lamentaba sin embargo el exterminio de poblaciones indígenas que estaban siendo víctimas de estas políticas, como el caso de los <em>selknam </em>que casi fueron exterminados por completo. Continúa recorriendo el territorio chileno y es así como llega a Temuco para dirigir el Liceo de Niñas, y en donde permaneció poco tiempo debido al insoportable clima polar que afectaba su salud, por lo que un año después regresará a Santiago. En Temuco tuvo la oportunidad de conocer y compartir con un joven poeta llamado Neftalí Reyes, y que años más tarde sería reconocido por todos como Pablo Neruda. El poeta comentó años después la importancia de esos encuentros con Mistral en sus inicios poéticos: “Ella me hizo leer los primeros grandes nombres de la literatura rusa que tanta influencia tuvieron sobre mí.” Ya en la capital Gabriela aplica para el cargo de directora en el prestigioso Liceo No. 6 de Santiago. Contaba con una carrera en la que ya se había desempeñado como directora en otros liceos, y pese a no contar con los créditos académicos que los profesores del instituto le reclamaban, la hábil poetisa conseguiría ganarse el puesto y encargarse en adelante del liceo. En 1922 publica en New York lo que es considerada su primera obra maestra, <em>Desolación, </em>un poemario compuesto por escritos que había acumulado desde hacía diez años y que apenas ahora verían la luz. Durante la década de los veinte Mistral se desempeñaría en cargos diplomáticos y como representante de organismos internacionales en América y Europa. Invitada por el Ministro de Educación, comienza su periplo abordo del <em>Orcoma </em>con destino a México, donde haría parte de la Reforma Educacional, presentando un novedoso sistema educativo que se mantiene hasta hoy, y apoyando la educación popular y los lineamientos de la Educación Nueva y la Escuela Activa, que luego compartiría en la Liga de las Naciones Unidas. Sugería una educación lúdica, práctica, creativa y activa, creyendo posible convertir la escuela en “el corazón de la sociedad.” Dos años permanece en México sirviendo como profesora en distintas escuelas y relacionándose con los más célebres intelectuales del momento, y sería allí mismo donde se publicaría su libro <em>Lectura para mujeres. </em>En Chile aparece también su poemario <em>Desolación </em>con una tirada de veinte mil ejemplares<em>, </em>y en España se publica una primera antología de la poetisa, titulada <em>Las mejores poesías</em>; y también en Madrid para 1924 verá la luz el libro titulado <em>Ternura, </em>el cual se compone de una “poesía escolar”, una renovada poesía infantil compuesta de canciones de cuna, rondas y arrullos con un estilo escueto y depurado<em>. </em>Antes de regresar a Chile Mistral pasará por Estados Unidos, donde será invitada en algunas universidades para dictar conferencias respecto al sistema educativo que proponía, y con los mismos propósitos realizó un corto viaje por Europa. Sin embargo, de regreso a su país, Gabriela encontró un ambiente de agitación política del que quiso evadirse, y para 1926 se mudaría a Ginebra asumiendo el cargo de secretaria del Instituto de Cooperación Internacional de la Liga de Naciones. A comienzos de la década de los treinta viajará por Puerto Rico, Cuba y otros países del Caribe, y en Nicaragua el general Augusto Sandino la nombraría “Benemérita del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional”. Los próximos veinte años ejercerá una carrera de cónsul que la llevará a recorrer distintos países de Europa, y donde no desaprovechará para continuar su prolífica colección de poemas que serían traducidos al inglés, francés, alemán, italiano, sueco, entre otros. En 1942, residiendo en Petrópolis, Brasil, Gabriela quedó devastada al enterarse del suicidio de una pareja de amigos judíos que huían de la persecución de los nazis, y un año más tarde cuando su amado sobrino que había criado con el afecto y cariño de una madre, Juan Miguel (al que llamaba “Yin-Yin”), y con tan solo 17 años, tomaría la misma fatídica decisión de la pareja judía. Al año siguiente, todavía morando en Brasil, Gabriela Mistral recibiría la noticia por parte de la Academia Sueca de que se había convertido en la primera mujer iberoamericana y el segundo latinoamericano en ser galardonado con el prestigioso Premio Nobel de Literatura. Se le reconoce “su obra lírica que, inspirada en poderosas emociones, ha convertido su nombre en un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano”. En su discurso pronunció: “Por una venturanza que me sobrepasa, soy en este momento la voz directa de los poetas de mi raza.” Ese mismo año regresa por cuarta vez a Estados Unidos, en esta ocasión para oficiar como cónsul en Los Ángeles, donde invertiría el dinero del premio en la compra de una hacienda en Santa Bárbara, California. En 1946 conocerá a Doris Dana, una mujer que se convertirá en una figura fundamental en su vida, y que aportará en la historia de la consagrada escritora a un nivel más que profesional, y cuya relación persistiría hasta la muerte de Mistral. Doris Dana era una joven escritora estadounidense de 28 años que había despertado una cierta admiración por la escritora chilena, y por lo que un día quiso enviarle una misiva. Expresándole sus respetos y compartiéndole un texto que había escrito sobre Thomas Mann, valiéndose de algunos textos que Mistral había publicado años atrás, le escribió: “En la profunda ternura contemplativa y la fuerza de sus obras, el mundo ha encontrado en usted una maestra de sentido y una llama viva del arte más puro.” Las palabras con las que Gabriela había conquistado al mundo, serían las mismas con las que fuera seducida por una mujer treinta años menor, y teniendo el efecto previsto la escritora chilena se puso en contacto con Dana. La estadounidense sugerirá sin embargo un encuentro: “De haber sido posible hubiera preferido, desde luego, gozar del privilegio de poner este libro personalmente en sus propias manos.” En adelante y durante nueve años sería un ir y venir de cartas, que décadas más tarde serán una pieza fundamental en el estudio de la vida personal de Gabriela Mistral y que se recogieron bajo el título de <em>Niña errante. </em>El compendio se compone de una veintena de cartas de Doris Dana, y más de doscientas misivas que Mistral le habría enviado a quien, al parecer, sería mucho más que una amiga, una colega y, a la postre, su albacea. En las misivas se entrevé una discreta atracción que se va pronunciando con el paso del tiempo y de las palabras, y a momentos Mistral parece obsesionada con Doris, identificándose a sí misma como una figura más bien masculina dentro de la relación. A menos de un año empieza a llamarla “amor”, y le escribe: “Tú no me conoces todavía bien, amor. Tú ignoras la profundidad de mi vínculo contigo. Dame tiempo, dámelo, para hacerte un poco feliz… Duerme, mi amor, descansa. Yo procuraré ser menos brutal y necio. Yo te debo el lavarme de estos defectos. Yo te debo felicidad por cuanto he recibido de ti.” En algunos pasajes puede leerse el apego que sentía Gabriela por Doris y cómo extrañaba su presencia en su vida: “Desde que te fuiste yo no río y se me acumula en la sangre no sé qué materia densa y oscura. Yo no puedo saber aún, amor mío, lo que ocurra conmigo a lo largo de los sesenta días de nuestra separación.” Las cartas permiten revelar desilusiones, pasión, reproches, todo como si se tratara de una auténtica relación de pareja. “Yo me pongo en el viento y en la lluvia tierna, para que estos, viento y lluvia, puedan abrazarte y besarte para mí”, le contesta Doris en una de sus pocas respuestas. Doris siempre negó que entre las dos se hubiera dado un encuentro íntimo, y que a pesar del afecto evidente que las unía nunca hubo un trato que excediera el límite de la amistad. La sociedad conservadora de Chile tildó a Gabriela de “lesbiana de armario”, por lo que no se le conoció tampoco una relación sentimental con ningún hombre. Poco le preocupó lo que pudiera pensarse respecto a su sexualidad. “De Chile, ni decir. Si hasta me han colgado ese tono lesbianismo, y que me hiere de un cauterio que no sé decir. ¿Han visto tamaña falsedad? Yo soy una mujer como cualquier otra chilena.” Lo cierto es que se mantuvo soltera a lo largo de toda su vida y, sin importar si era heterosexual o no, tal parece que no sólo se consagró a sus escritos y a su trabajo pedagógico sino también al celibato. Sus amoríos parecieron ser todos epistolares, platónicos, casi prohibidos, y en donde raras veces se concretó un encuentro. Era mujer, una gran mujer, no exenta de pasiones, y de allí que sus versos no solamente fueran las rondas infantiles por las que se le conoce, ya que podemos encontrar a lo largo de su obra muchos versos cargados de erotismo. Lo cierto es que Gabriela no gozaba de una gran autoestima, se consideraba a sí misma una mujer de rasgos indígenas, más alta de lo normal, fea, algo deforme, y que se acentuaba con una personalidad desafiante y conflictiva. Solía vestir trajes de dos piezas y sujetar su pelo recogido en moño, además de llevar el ceño fruncido y los labios apretados. “Yo nací mala, dura de carácter, egoísta enormemente y la vida exacerbó esos vicios y me hizo diez veces dura y cruel”, confesaba en alguna de sus cartas. A su amada Doris le escribía: “Tú no me pudiste querer mi vejez, mi fealdad… Tu orgullo, muy visible, te alejó de mí.” En 1949 muere su madre y ese mismo año publicará uno de sus libros más conocidos y admirados: <em>Tala. </em>En 1953, ejerciendo aún como cónsul, se trasladará a New York, acompañada en muchas ocasiones por Doris, quien sería reconocida como su asistente, y con quien un año más tarde viajaría a Chile para recibir varios homenajes y condecoraciones que esperaban desde hacia años para celebrar su vida y conmemorar su obra. En Santiago se declaró día festivo. Las calles fueron bloqueadas para que la poetisa pudiera saludar desde una carroza jalada por caballos a una multitud de personas que anhelaban conocerla mientras le arrojaba flores y besos. Al día siguiente el presidente Ibáñez la recibió en el palacio de La Moneda y en la tarde la Universidad de Chile le concedió el Doctor Honoris Causa. Sería la última vez que saludaría a su patria. Regresa a Estados Unidos, “país sin nombre”, así se refería a este país, donde confesaba no sentirse del todo a gusto con el clima frío de New York, y por lo que estuvo buscando su sitio en Florida o New Orleans y mudarse junto a su amiga, para finalmente irse a vivir a la mansión heredada por Doris en Long Island. “Pero si tú no quieres dejar tu casa, cómprame, repito, un calentador y quedamos aquí”, le escribía Gabriela en torno burlesco. Por esos años Doris fue consciente de la presencia grande que había hallado en su camino, y lo mucho que ella como su amiga más cercana podría aportar para quienes querían conocer de fondo la historia de la gran escritora chilena, y por lo que iniciaría un registro detallado de las conversaciones y experiencias que mantenía con Mistral, además de miles de ensayos literarios que consiguió conservar y que luego legó a su propia sobrina, Doris Atkinson. En 1954 da a conocer el poemario <em>Lagar I, </em>poemas que había redactado una década atrás con toda la carga emocional provocada a partir de la Segunda Guerra Mundial. Gabriela padecía diabetes desde hacía varios años y había sufrido un par de complicaciones cardiacas, y sin embargo sería un cáncer de páncreas lo que le daría un final a su vida. En 1957, a sus 67 años, en el Hospital de Hempstead de New York, Lucila María Godoy Alcayaga se despedía de este mundo acompañada de su infaltable Doris, quien se convertiría en delante en la guardiana de sus escritos y en la encargada de hacer cumplir de manera póstuma la voluntad de la difunta. Sus restos fueron trasladados a su país y su cuerpo velado en la Casa Central de la Universidad de Chile, para después ser inhumada en Montegrande, como fuera su deseo, por ser ese el lugar que le recordaba su infancia feliz, y en donde años después, y cumpliéndole también a uno de sus deseos, el cerro conocido como Fraile pasaría a llamarse Gabriela Mistral. Además en su testamento Gabriela dejó estipulado que los fondos recaudados por la venta de sus libros en Suramérica fueran destinados a los niños pobres de Montegrande. En vida recibió toda clase de halagos y homenajes, premios, condecoraciones y títulos, y tras su muerte y para perpetuar su memoria y honrar su nombre, son varias las calles y avenidas, museos y academias, estaciones, parques y plazas, bibliotecas y centros culturales que han sido bautizados “Gabriela Mistral”. Sobre ella se han escrito cantidad de libros y biografías. Años más tarde se darían a conocer algunos textos inéditos que recogen su legado de cantos, rondas y prosas en <em>Motivos de San Francisco, </em>publicado en 1965, y en 1967 <em>Poema de Chile </em>y <em>Lagar II. </em>Traducida a más de veinte idiomas, “La divina”, “La santa”, como fue llamada, Gabriela Mistral constituye una de las poetisas más relevantes de la literatura española, así como un referente de la poesía femenina y una puerta para que las mujeres se aventuraran por estos caminos, y así su obra serviría para inspirar a otros grandes poetas que le sucedieron, como el caso de su compatriota Pablo Neruda o del mexicano Octavio Paz. Durante algunos años Doris conservó los manuscritos de Mistral y no los haría llegar a Chile hasta pasados cincuenta años, cuando sería su sobrina Doris Atkinson quien donaría al gobierno chileno una herencia poética compuesta de más de 40.000 documentos y 563 piezas que incluyen fotografías, elementos personales, documentos privados y epistolarios, y que hoy permanecen en el Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional de Chile. La figura de Mistral aparece desde 1981 en el billete de 5.000 pesos chilenos, y para 2015 se recuerda la intervención de la presidenta Michelle Bachelet al momento de promulgar la ley que posibilita a parejas del mismo sexo formalizar la unión civil, y donde se refirió a Gabriela Mistral como un apoyo a dicha ley: “Nuestra Gabriela mistral escribió a su querida Doris Dana; ‘Hay que cuidar esto, Doris, es una cosa delicada el amor’”. Recordamos por último un par de líneas de su poema <em>Yo no tengo soledad: </em>“Es la noche desamparo de las sierras hasta el mar. Pero yo, la que te mece, ¡yo no tengo soledad! Es el cielo desamparo si la luna cae al mar. Pero yo, la que te estrecha, ¡yo no tengo soledad! Es el mundo desamparo y la carne triste va. Pero yo, la que te oprime, ¡yo no tengo soledad!”</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 03 Feb 2023 23:51:12 +0000</pubDate>
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        <title>Quispe Sisa (1518-1559)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Cuando Francisco Pizarro desembarcó en las costas de América, el imperio inca ya había logrado ensanchar sus dominios hasta la actual Bolivia, así como abarcar el norte de lo que es hoy Chile y también de Argentina. Para ese momento lideraba el <em>sapa</em> Huayna Capac, que a su vez continuaría la campaña expansionista de su imperio, anexándole parte de los territorios que hoy comprenden los países de Ecuador y Colombia. Huayna Capac tenía dos hijos, Huáscar y Atahualpa (éste último quien lo sucedería al trono y que sería también el último del imperio) cuando visitó la zona dominada por la poderosa etnia de los <em>huaylas,</em> y en donde el <em>sapa </em>inca se entrevistaría con el <em>curaca </em>(señor del lugar), y quien decide dar a su hija Contarhuacho en matrimonio para así estrechar los vínculos de amistad con los incas. Los incas no tenían reparos para permitirse la poligamia, y fue así como Quispe Sisa nacería para ostentar el título de <em>ñusca </em>(noble del imperio), producto de la unión de un rey poderoso y de una distinguida princesa. La cortesana pasó su infancia en Cuzco, sede principal del imperio, para luego mudarse con su madre a Tocash, en la región de los <em>huaylas, </em>ya que Contarhuancho no se encontraba del todo conforme con ser tratada como la segunda esposa. Pero a la muerte del <em>sapa, </em>Quispe prefiere retornar a la corte, para reunir un grupo de nobles incas que la acompañen al norte de Perú, a la ciudad de Cajamarca, donde los españoles mantenían cautivo a su hermano, el legendario guerrero Atahualpa. Pese a su condición de recluso, el líder inca mantenía una relación cordial con sus enemigos, quienes le tenían permitido ser visitado por familiares y hasta por sus propios generales. En una de estas visitas Pizarro conocería a la agraciada media hermana de Atahualpa, y en un gesto de amistad, queriendo revertir su suerte de condenado y establecer un parentesco que disuadiera a Pizarro de mantenerlo encadenado, el prisionero, tal cual rezaba la costumbre, le ofrecería a Quispe para que la desposara. Estas fueron sus palabras: “Cata ay mi hermana, hija de mi padre, que la quiero mucho.” Quispe tenía 18 años cuando pasó a convertirse en la esposa de un español aventurero, un conquistador de tierras que aprovechó el paso por este nuevo mundo para colonizar el corazón de una nativa. Para consumar una boda formal que avalara la iglesia cristiana, era preciso que la indígena fuera bautizada por medio del ritual católico, en una ceremonia luego de la cual adoptaría el nombre de Inés, como una manera de honrar el nombre de la hermana de su esposo. Según se dice la <em>ñusta </em>gozaba de un encanto y una belleza que destacaba entre las demás mujeres. El español no la tenía avasallada como cualquiera podría esperar, y antes bien, la presentaba como a su esposa acompañándolo en los distintos espacios, fuera en la mesa o en el cuartel general. De cariño le llamaba “Pizpita”, por lo simpática y coqueta que le resultaba su feminidad. Con ella tendría una niña llamada Francisca, y un niño llamado Gonzalo y que moriría antes de cumplir los 11 años. Ambos hijos fueron reconocidos años más tarde como legítimos por parte del rey Carlos I en Real Cédula expedida en Monzón, Huesca. Pero en 1536 la relación se vería atacada, cuando Manco Inca Yupanqui se rebela contra los españoles y asedia la ciudad de Lima. Algunas versiones dicen que Quispe envió un comunicado a su madre pidiéndole el apoyo de los ejércitos para auxiliar a Pizarro, y otra versión asegura que la Pizpita haría parte de la conspiración y que incluso tenía planes de fugarse con un cargamento repleto de tesoros. Sea cual sea la versión que corresponde a la realidad, su esposo sospechaba de la lealtad de su mujer, y de esta forma se inclinaba más por la segunda. Aludiendo a estos motivos, el conquistador se separa de Quispe y muy pronto se une en matrimonio a Angelina Yupanqui (hermana de Huáscar y Atahualpa), con quien tendría un tercer hijo americano llamado Francisco. Así mismo, en 1538 la indígena encontraría a un nuevo marido con quien se casó por la iglesia cristiana, también español y tocayo de su exesposo, un joven siete años menor que ella de apellido de Ampuero, y con quien tendría tres hijos. En 1541 muere el mítico conquistador Francisco Pizarro, y aunque deja parte de su herencia a su hija Francisca, se olvida de mencionar a su madre, y es así como omite legar algo a su antigua mujer, y la que en un principio le robaría su corazón aventurero. Para 1547 su relación matrimonial estaba yéndose a pique, y más cuando fuera sindicada por su esposo de estar perpetrando rituales de hechicería y celebrando conjuros para perjudicar su salud. Sin embargo Quispe morirá antes de que se iniciara algún juicio en contra suya o de que sus maleficios tuvieran algún efecto sobre el esposo que bien le sobreviviría. Fue el propio padre de sus hijos quien colaboró en gran parte a la extinción de una civilización milenaria, dejando un mundo distinto, perturbado por las ideologías del progreso europeo. Álvaro Vargas Llosa, hijo del Premio Nobel de Literatura, dedicó un libro a Quispe Sisa publicado en el 2003, y que tituló <em>La mestiza de Pizarro: una mestiza entre dos mundos. </em>Sus hijos, los criollos, gozarían de riquezas y de alto prestigio; en su línea sanguínea se cuentan reyes y mandatarios y figuras notables de las noblezas argentinas y bolivianas, así también como dominicanas y españolas, y desde luego peruanas.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 01 Jul 2022 09:49:16 +0000</pubDate>
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