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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Mon, 13 Apr 2026 04:23:42 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de Poesía colombiana | Blogs El Espectador</title>
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        <title>El deber de la desobediencia civil</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/desobediencia-civil/</link>
        <description><![CDATA[<p>Reflexiones de Albeiro Guiral sobre el emblemático libro de Thoreau.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right"><em>Imagen: Desobediencia civil de José J. de Olañeta, Editor.</em></p>



<p><strong>Henry D. Thoreau</strong> (1817-1862) inicia su famoso ensayo&nbsp;<strong><em>Sobre el deber de la</em>&nbsp;d<em>esobediencia civil</em></strong>&nbsp;con una cita que le atribuyen por error a Thomas Jefferson, y que al parecer era el lema de la&nbsp;<em>Democratic Review</em>&nbsp;de John L. O&#8217;Sullivan: «<strong>El mejor gobierno es el que menos gobierna</strong>». Palabras que podrían ser terribles si fuesen llevadas a la práctica por un neoliberal, y más en los tiempos que corren. Thoreau la usó, en realidad, como diatriba: el 24, o el 25 de julio de 1846, el recaudador de impuestos de su comarca le instó a ponerse al día con seis años de impuestos atrasados. Él se había resistido a pagar como oposición a la esclavitud y a los intereses expansionistas de su país, y se resistió una vez más, por lo que fue llevado a la cárcel.</p>



<p>Fue liberado al día siguiente. Sólo estuvo preso una noche porque alguien pagó, contra su voluntad, la deuda. El ensayista usó el lema como diatriba, sí, pero, irónicamente, contra la persona que le liberó (se presume que una tía), pues él consideraba que, en un Estado injusto como el suyo, la cárcel era el lugar de las personas honestas. Y ese alguien pasó por encima de sus principios. Esa experiencia causó que, entre enero y febrero de 1848, se diera a la tarea de ser conferencista en el Concord Lyceum sobre&nbsp;<strong><em>Los derechos y deberes del individuo en relación con el gobierno</em></strong>, exponiendo su resistencia tributaria e invitando a la gente de su pueblo a implementarla.</p>



<p>Esas charlas se convertirían en el delgado libro que hoy, en tiempos electorales en Colombia, quisiera evocarles, y ese lema que empecé citando, unas líneas más adelante de ese mismo libro, se iba a volver una paráfrasis poderosa: «<strong>El mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto</strong>»… Y agregaba: «…<strong>la mayoría de los gobiernos son por lo general, y todos lo son alguna vez, un inconveniente</strong>». Se preguntaba, en la época de la esclavitud, que no alcanzó a ver abolida, si no podía haber alguna forma de gobierno donde la mayoría no decidiera entre lo correcto y lo incorrecto, sino que se rigiera por la conciencia individual, y me temo que, aún hoy en día, las cosas no han cambiado: la democracia representativa no es más que el ocultamiento del individuo, pues la masa, esa muchedumbre ciega, escoge —cree escoger— sus mejores tiranos.</p>



<p>El Estado ha tejido la encrucijada a la perfección: con el pago de impuestos, le hemos sostenido económicamente la violencia, inclusive hemos patrocinado así la seguridad vitalicia de los verdugos. A pesar de esto, es incapaz de retribuirnos. Nuestra vida para él no es más que una estadística. ¿Entonces por qué esperar que nos diga qué hacer? ¿Por qué seguirle tributando?</p>



<p>Estas líneas son un llamado a la reflexión. Recordemos nuestra individualidad dotada de consciencia. Thoreau se dio cuenta en su prisión de que se compadecía del Estado, porque le resultaba inferior al individuo; de ahí en adelante iba a defender la vida interior, a «depender tan sólo de sí mismo, siempre arremangado y dispuesto a empezar de nuevo, y no estar metido en muchas cosas».</p>



<p>¿Cómo será nuestra desobediencia civil?</p>



<p></p>



<p class="has-text-align-left"><strong>Albeiro Guiral</strong><a href="https://twitter.com/amguiral"><br></a><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>



<p class="has-text-align-left"></p>



<p></p>



<p><strong>Referencias</strong>:<br>Thoreau, Henry D. <em>Desobediencia civil</em>. Trad. Plácido de Prada. Barcelona: José J. de Olañeta, Editor, 2016.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
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        <pubDate>Wed, 11 Mar 2026 00:57:07 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El deber de la desobediencia civil]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Albeiro Guiral</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>La juventud, esa enfermedad</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/juventud/</link>
        <description><![CDATA[<p>Un relato de Albeiro Guiral sobre las increíbles vicisitudes de los jóvenes poetas de su pueblo.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right">Imagen: <em><a href="https://www.behance.net/gallery/53204295/Antiheroes">Susana Blasco</a></em>.</p>



<p>Entre los años 2001 y 2002 hubo en Santa Rosa de Cabal un grupo de cuatro muchachos enardecidos por la poesía. Todas las tardes, después de salir del colegio, se reunían en el Parque Los Fundadores a leer sus poemas incipientes, a atrofiar los sonidos naturales con los destartalados chillidos de sus guitarras y a tomar vino de caja como si no hubiera mañana.</p>



<p>Y sí que lo hubo, pero no para ellos. </p>



<p>Se quedaban hasta el atardecer; la señal para volver a casa era la misma de los campesinos: cuando las loras regresaban de su faena solar a su árbol-nido y ellos les veían cruzar el cielo sobre la cúpula del templo de La Milagrosa, se despedían y emprendían su solitaria vida de púberes mártires y potenciales suicidas. Las loras que, vaya uno a saber por qué, confundían con gaviotas.</p>



<p>Leían a Silva y a Barba Jacob en las noches, fantaseaban con ser y morir como ellos. Imaginaban a Santa Rosa de Osos y a Bogotá como grandes ciudades y padecían esa extraña forma de la nostalgia que consiste en extrañar lo desconocido. A veces llevaban esos libros malditos a lecturas improvisadas en el mítico —por lo efímero— Café Raíces donde el anfitrión, a su pesar, les invitaba café y chicha, por no llorar y, a veces, tenía que soportar el descaro de escucharles leer sus propios versos. Noches inolvidables aquellas de trascendentales <em>tergiversaciones alrededor de nada</em>.</p>



<p>Una mañana su profesora de español leyó una efeméride de la prensa sobre Baudelaire. Los muchachos escucharon con atención mística y silencio reverencial. Desde entonces no fueron los mismos: el vino de caja les pareció anodino en comparación con el opio que no habrían de fumar, se melancolizaron tanto que alertaron a sus familias sobre una inminente calamidad, por lo que les llevaron ante el médico Juan Manuel, quien les recetó paciencia: <em>la juventud, por fortuna, es una enfermedad que se cura con el tiempo</em>, dijo. Después de este diagnóstico les recluyeron en grupos de oración muy bien presididos por futuros candidatos a la alcaldía.</p>



<p>Para quienes no saben, la alcaldía de Santa Rosa de Cabal es la mejor escuela de presos ilustres de la región.</p>



<p>Y de verdad que el tiempo no solo curó sus juventudes sino que les curó el mal de la poesía. El mayor de ellos, el fundador del grupo, nunca asistió a las reuniones; uno diría que se trataba de un anarquista nato, pero tan solo prefería salir de clase a dormir y en las noches a comer helado con las muchachas. Un perezoso sensato, digamos. Cuando se graduaron del colegió, ingresó a la universidad a estudiar ingeniería eléctrica. Ahora es <em>bartender</em>, y es feliz.</p>



<p>En orden de edad, el siguiente ingresó al seminario. Al terminar los votos de silencio que demoraron siete años, un compañero controvirtió un argumento de San Agustín, en su presencia, con osadía, y este lo insultó, por lo que no pudo ordenarse como sacerdote pero sí como filósofo. Y como filósofo hoy en día es un buen profesor.</p>



<p>El tercero de los jóvenes enardecidos se dedicó a la música por mucho tiempo. Nadie podía negar, al escucharlo, que era un virtuoso auténtico, uno de esos genios que no aparece sino cada quinientos años y que, desde Amadeus Hoffman, no aparecía uno en la Historia, sobre todo cuando interpretaba los grandes éxitos de Sandro de América. Una noche de octubre, en medio de la algarabía de las Fiestas de las Araucarias, intentó suicidarse lanzándose desde el Palacio Municipal. Fue detenido a tiempo por la policía y condenado por microtráfico de estupefacientes.</p>



<p>El menor de ellos, en cambio, compró una máquina de tejidos y puso un taller de ponchos que se vendían muy bien en las ferias de los municipios vecinos. Al poco tiempo compró una máquina más y así, en lo sucesivo, hasta convertirse en una promesa de la pequeña empresa del municipio. Se enamoró de Juana Ifigenia y ella, quién sabe, también de él. Le propuso matrimonio y ella aceptó o eso dicen, pero días después de la boda, el 15 de marzo de 2006, el verdadero esposo de ella lo amenazó de muerte y tuvo que huir del pueblo. A la fecha, nadie le ha vuelto a ver. </p>



<p>Como verán, ninguno triunfó en la poesía, por fortuna.</p>



<p></p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
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        <pubDate>Wed, 05 Nov 2025 01:58:29 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La juventud, esa enfermedad]]></media:description>
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        <item>
        <title>Regalos del río</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/rio/</link>
        <description><![CDATA[<p>Un relato de Albeiro Guiral que celebra caminar y recuerda la infancia campesina.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p class="has-text-align-right"><em>Foto: detalle de Robert Walser</em>.</p>



<p><strong>Arturo Ríos no amaba hacer nada más en la vida que caminar</strong>. La primera vez que lo vimos en esa montaña donde nacimos nos pareció un niño como nosotros, pero un niño grande con sombrero raído y machete colgado al cinto. Nos trajo, en aquella visita, un balón amarillo que rescató de la corriente del Campoalegre y una pequeña muñeca ultrajada sin una pierna que todos miramos por un largo rato, estupefactos.</p>



<p>No simpatizaba con los perros que lo miraban siempre como a un desconocido y le gruñían en la noche como si no fueran a dejar de hacerlo nunca. Le ladraban e intentaban morderlo a traición, en vano, erizados como ante los espantos. Por más que le sentíamos, en el corredor, susurrando la oración para atraer la mansedumbre, estos animales no dejaban de desconfiar de él en ningún momento.</p>



<p>Una medianoche de Semana Santa despertó a toda la vieja casa con gritos extraños. <strong>Habló en una lengua que nadie entendió</strong>. Excepto el abuelo:</p>



<p>—Dice que vio una luz salir de la tierra, y a un hombre pequeño y verde salir con ella —dijo—. Ya no volverá a hablar lengua de cristianos.</p>



<p>Desde que adquirió, de súbito, esta lengua desconocida, no volvió a visitarnos. Un tío llegó una vez del pueblo a decirnos que lo había visto en un taller de orfebrería:</p>



<p>—Hace unas cosas muy lindas. En Santa Rosa todos hablan de su trabajo.</p>



<p>No le creímos. <strong>Seguíamos esperándolo salir del monte y cruzar el potrero hasta la casa con sus regalos del río</strong>.</p>



<p>Pero fue en vano. Un sábado en la tarde llegó una carta que nos decía que estaba hospitalizado hacía meses. Cuando caminaba por la larga carretera de vuelta al pueblo, una moto lo había atropellado. El motociclista resultó ileso; lloraba mucho, eso sí, según dijeron, desconsolado, por Arturo, quien fue llevado al hospital, pero no fue capaz de identificarse como humano. Intentaba, en su idioma de barro, decir que le dolían todos los huesos pero sólo causaba terror en las enfermeras. Hasta que un visitante fortuito lo reconoció y nos escribió.</p>



<p>Pocos días después de recibir la noticia, murió. Todos se pusieron muy serios. Los grandes se peinaron y se vistieron con ropa dominguera para el funeral. Los niños pudieron usar zapatos. Hacía años que nadie iba al pueblo entre semana. Yo me resistí a ir, como pude los convencí para quedarme encerrado con los perros, también tristes. Todo ese largo martes estuve con la mirada puesta en el camino solitario. <strong>No quise asistir al entierro de la infancia</strong>.</p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
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        <pubDate>Sun, 28 Sep 2025 17:05:30 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Regalos del río]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Albeiro Guiral</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>«Un poeta» o de la fragilidad humana</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/un-poeta/</link>
        <description><![CDATA[<p>Una reflexión de Albeiro Guiral sobre la aclamada película de Simón Mesa.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>Aunque pudiera parecer que Simón Mesa en su nueva película se mofa con facilidad de los poetas en general, con sus luces y sus sombras, y con muchos de sus matices, creo que<strong> la película como toda obra de arte resiste múltiples lecturas</strong>, y que quedarse en el humor, y en el argumento mismo, es conformarse con el chiste fácil que es sólo una de sus capas y tal vez la más superficial.</p>



<p>Porque si bien la película nos muestra de entrada a un poeta fracasado de 54 años que vive con su mamá, que abandonó su hija para poder dedicarse a ver pasar las nubes, que se sustenta de andar prestando cinco mil pesos cada tanto, y que según el director en una entrevista para <em>El País</em> del 28 de agosto, es la personificación de sus propios temores, este personaje, Óscar Restrepo, encarnado por Ubeimar Ríos, actor natural, y poeta fuera de la pantalla, podría ser cualquier persona, y siento que <strong>el filme más que satirizar la condición de cierto tipo de artista, o de los artistas caídos en el fracaso y en el alcohol, nos habla con profundidad de la condición humana</strong>, de nuestra innegable fragilidad, y del nefasto inconveniente de nacer en Colombia, en cualquier momento de su historia, y más en la posteridad de los carteles del narcotráfico.</p>



<p>Pues si es indiscutible que en Colombia ha habido todo tipo de poetas, los nadaístas que luego fueron uribistas, por ejemplo, o evangélicos, lo que es peor; los que intentaron sobornar a un juez enviándole un fajo de billetes en una caja llena de libros de poesía… entre otros tristes ejemplos de nuestra fauna nacional, es de conocimiento popular, diríase universal, que <strong>los poetas como tal son inofensivos</strong>. Como queda demostrado en la película, son ellos mismos sus peores enemigos y sólo podrían hacerse daño a sí mismos y su existencia etérea no podría ser uno de los problemas estructurales de Colombia…</p>



<p><strong>Nadie vive de la poesía, pero de los poetas sí se alimenta el desencanto, la depresión y el sinsentido</strong>. Doy fe. Algunos se han dedicado a ser profesores, y por más desprestigio que ellos mismos sientan por este oficio, bastaría recordarles que poetas y profesores de colegio, también lo fueron el ya mítico <strong>César Vallejo</strong>, <strong>Gabriela Mistral</strong>, <strong>Idea Villarino</strong>, <strong>Antonio Machado </strong>y hasta <strong>Nicanor Parra</strong>, dentro de una lista interminable, y que aunque hayan muerto de hambre, literalmente, o en el exilio, con todos sus laureles, <strong>no los mató la poesía, sino la guerra y la precariedad</strong> en que viven los artistas, la impotencia intrínseca de los creadores de no poder subsistir de su arte, impotencia que lleva a Óscar Restrepo al alcoholismo y a la desilusión. Circunstancias que han llevado a millares de personas en general en el país a vivir también en ese desencanto, porque en Colombia la desesperanza no distingue de oficios o profesiones, porque la violencia nos ha castigado por igual.</p>



<p><strong><em>Un poeta</em>, asimismo, cuestiona con elegancia a los burócratas, y creo que los cuestiona más que a los poetas mismos</strong>. Quién que la haya visto no habrá asociado a los gestores del festival de poesía que en ella aparecen con el director de la <strong>Casa de Poesía Silva</strong>, institución fundada por la inmensa <strong>María Mercedes Carranza</strong> en homenaje de <strong>José Asunción Silva</strong>, nada más y nada menos, patrono de la película, y que hoy en día es un nido de corrupción como la peor oficina de cualquier politiquero, donde le han adeudado por años los pagos a sus trabajadores, y donde la poesía dejó de ser hace tiempo el espíritu que se pasea por sus instalaciones sagradas para darle paso al fantasma del dinero, pues su encargado, al parecer, no heredó ni una sola raya del tigre de su padre.</p>



<p>Por otro lado, es de destacar que Medellín en la cinta aparezca sin armas y sin narcos, y que Mesa nos narre otra realidad, aunque también violenta, pero sí alejada de los lugares comunes de nuestro cine. La película fue rodada en formato de 16 milímetros y es un poema visual, nada tan poético como ver a Medellín con el grano de lo analógico. <strong>La película, visualmente hablando, es un poema</strong>. </p>



<p>Una elegía, si se piensa en que Yurlady y Daniela representan a miles de jovencitas de la ciudad abandonadas por sus padres, y por el Estado, que viven en condiciones de hacinamiento deplorables, y que a pesar de todo tienen conciencia de que su salvación nada tiene que ver con la poesía, ni con el sueño de ser grandes poetas, o sea: su salvación nada tiene que ver con la educación, sino con la posibilidad tangible de ver a sus familias en paz, en tranquilidad, obteniendo su mínimo vital y, ojalá, y esto ya es una plegaria mía, aleladas de la terrible exposición al turismo sexual.</p>



<p>En fin, <em>Un poeta</em> narra el drama de los artistas en general en medio del desencanto como consecuencia de las condiciones sociopolíticas de un país de arpías como Colombia, y desvela su humanidad, mostrándonos cuán frágiles son, y nos recuerda que dentro de ellos pueden cohabitar ángeles y demonios, y que algunos son nada más que demonios, por talentosos y reconocidos que sean. Los poetas que organizan recitales para acosar a las jovencitas. Los padres que abandonan a sus hijas o hijos. Su problema no es ser poetas, es ser hombres, u hombres violentos.</p>



<p>En mi caso, pese a todo, prefiero celebrar la vida de todos los anónimos Óscar Restrepo que hay en el país, viviendo de los oficios más disímiles en sus propios pueblos, alejados del asqueroso mundillo literario. Prefiero celebrar la vida de todas las anónimas Yurlady que escriben poemas, en sus pupitres de colegio, sobre las sábanas que se secan en sus patios, y sobre los colores de su habitación de comuna en la loma, sin esperar protagonismo de ningún tipo, y no celebrar nunca a los burócratas que, sean poetas o no, viven de nuestra sangre. A los burócratas que sin acercarse en lo más mínimo a la grandeza de García Márquez sí viven convencidos de ser como él.</p>



<p>Y, como esta reseña sólo la leen poetas, porque <strong>en Colombia a nadie le importan los poetas</strong>, salvo a ellos mismos, me despido con estos versos de <strong>José Emilio Pacheco</strong> que, creo, encierran bien lo que les he querido decir hasta ahora: “Dijo Cernuda que ningún país/ ha soportado a sus poetas vivos./ Pero está bien así:/ ¿No es peor destino/ ser el Poeta Nacional/ a quien saludan todos en la calle?”</p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
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        <pubDate>Thu, 04 Sep 2025 15:25:55 +0000</pubDate>
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                            </item>
        <item>
        <title>El poema y el árbol</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/lineas-de-arena/el-poema-y-el-arbol/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hoy 21 de marzo, se celebra el día mundial de la poesía y el día internacional de los bosques. En 1992, mientras era estudiante de la Universidad Nacional de Colombia,  tuve oportunidad de participar en un concurso de poesía titulado &#8220;El árbol y el agua&#8221;. Uno de los jurados, fue el inolvidable profesor y poeta David Jiménez Panesso, quien falleció el 3 de agosto del 2024, Descanse en paz y en poesía. Sea el momento para rescatar el poema que logró el segundo lugar en aquel concurso, el cual fue uno de los mejores resultados de los semestres de ingeniería forestal que cursé en la Universidad Distrital. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="816" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/21124804/Acta-jurado-concurso-de-poesia-el-arbol-y-el-agua-2-816x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-113214" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/21124804/Acta-jurado-concurso-de-poesia-el-arbol-y-el-agua-2-816x1024.jpeg 816w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/21124804/Acta-jurado-concurso-de-poesia-el-arbol-y-el-agua-2-239x300.jpeg 239w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/21124804/Acta-jurado-concurso-de-poesia-el-arbol-y-el-agua-2-768x964.jpeg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/21124804/Acta-jurado-concurso-de-poesia-el-arbol-y-el-agua-2-1223x1536.jpeg 1223w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/21124804/Acta-jurado-concurso-de-poesia-el-arbol-y-el-agua-2.jpeg 1631w" sizes="(max-width: 816px) 100vw, 816px" /></figure>



<p><strong>Nota preliminar</strong>: Hoy 21 de marzo, se celebra el día mundial de la poesía y el día internacional de los bosques. En 1992, mientras era estudiante de la Universidad Nacional de Colombia,  tuve oportunidad de participar en un concurso de poesía titulado &#8220;El árbol y el agua&#8221;. Uno de los jurados, fue el inolvidable profesor y poeta David Jiménez Panesso, quien falleció el 3 de agosto del 2024, Descanse en paz y en poesía. Sea el momento para rescatar el poema que logró el segundo lugar en aquel concurso, el cual fue uno de los mejores resultados de los semestres de ingeniería forestal que cursé en la Universidad Distrital. </p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="412" height="629" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/21124815/David-Jimenez-Panesso-2.png" alt="" class="wp-image-113215" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/21124815/David-Jimenez-Panesso-2.png 412w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/21124815/David-Jimenez-Panesso-2-197x300.png 197w" sizes="(max-width: 412px) 100vw, 412px" /><figcaption class="wp-element-caption">David Jiménez Panesso, imagen ubicada en el Blog de la escritora Elsy Rosas Crespo.</figcaption></figure>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>XXXIII</strong></h1>



<p>El nonato se hallaba en la mitad</p>



<p>de un bosque de tocones.</p>



<p></p>



<p>Empezó a deslizarse –gateando-</p>



<p>a través de los muñones de madera,</p>



<p>buscaba algo para asirse y empinarse.</p>



<p></p>



<p>Lo halló al final de XXXIII vueltas:</p>



<p>Sus dedos acariciaron</p>



<p>la piel áspera y arrugada.</p>



<p></p>



<p>Aferrado al fuste, comenzó a subir</p>



<p>más que a subir, a crecer, a expandirse</p>



<p>sus brazos volaron hasta las ramas altas</p>



<p>confundiéndose con el tejido vegetal,</p>



<p>los dos cuerpos se fundieron en uno solo</p>



<p>mezclándose sangre y savia.</p>



<p></p>



<p>Los pies hurgaron en lo profundo de la tierra</p>



<p>como el ancla busca en la mar.</p>



<p></p>



<p>Al atardecer (hora nona) aparecieron tres clavos:</p>



<p>Uno en los pies, dos en los brazos.</p>



<p></p>



<p><strong>Dixon Acosta Medellín</strong></p>



<p>En lo que sigo llamando Twitter me encuentran como @dixonmedellin y exploro el cielo azul en Bluesky como @dixonacostamed.bsky.social</p>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img decoding="async" width="412" height="629" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/21124715/David-Jimenez-Panesso-1.png" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/21124715/David-Jimenez-Panesso-1.png 412w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/21124715/David-Jimenez-Panesso-1-197x300.png 197w" sizes="(max-width: 412px) 100vw, 412px" /></figure>


<p> </p>
]]></content:encoded>
        <author>Dixon Acosta Medellín (@dixonmedellin)</author>
                    <category>Líneas de arena</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=113205</guid>
        <pubDate>Fri, 21 Mar 2025 17:50:35 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El poema y el árbol]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Dixon Acosta Medellín (@dixonmedellin)</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Un aullido desde la urbe viscosa: Peces de leche de Ringo Cruz</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/aullido-desde-la-urbe-viscosa-peces-leche-ringo-cruz/</link>
        <description><![CDATA[<p>Peces de leche Casa Bukowski Santiago de Chile, 2023 Ringo Cruz Gamba La inmersión del poema en el collage, como en un juego imaginista donde convergen súcubos y paisajes, resulta prolífica cuando se quiere que la poesía hable desde otros lenguajes y sobreviva a su propio adoctrinamiento. Salir de las fauces del poema como lugar [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 40px"><strong><em>Peces de leche<br />
</em></strong>Casa Bukowski<br />
Santiago de Chile, 2023<br />
Ringo Cruz Gamba</p>
<p>La inmersión del poema en el collage, como en un juego imaginista donde convergen súcubos y paisajes, resulta prolífica cuando se quiere que la poesía hable desde otros lenguajes y sobreviva a su propio adoctrinamiento. Salir de las fauces del poema como lugar de finas especias y versos asépticos, significa —en este nuevo poemario de Ringo Cruz Gamba— dar vida a un monstruo de Cronemberg, una suerte de artefacto crítico de la sociedad, en donde el recuerdo, las postales familiares y la corrección son puestos bajo el catalejo de una máquina demoledora. Se trata de la urbe como viscosidad, como herida abierta y purulenta. Bien vale encontrar en este volumen un largo aullido hecho un poco a la manera del vertiginoso poema de Allen Ginsberg y otro poco como visión catastrófica de lo que significa la mortalidad con todos los fluidos que en ella corren, casi como crear una cartografía propia, personalísima, desde la animalidad sexual como la que el autor dibujara en su libro <em>Culebrilla y otros relatos</em> (polifonía de imágenes que visitan los sacrosantos estamentos del amor, el mito y la familia para pulverizarlos),<em> </em>o que cruza rauda desde un subjetivismo colmado de abstracciones y virulencias como la que puede verse al revisar su trabajo como artista plástico, digamos que como sinestesia en diálogo con su poesía.</p>
<p>Y es que la necesidad de construir un lenguaje transversal a su ejercicio desde la pintura, el cuento y la escritura revelan un mapa bastante claro de una estética que siempre ha de funcionar como en la mesa de un cirujano, solo que aquí lo que late o se descuartiza es la condición humana como problema. Su puesta en escena es la ciudad y sus habitantes, el <em>eros</em> y el <em>thanatos</em> que la cruzan como quien husmea en un sistema de alcantarillas para saber de lo que está hecho el mundo. Se trata en esencia de un grito interno que busca desmitificar lugares comunes, caso de la maternidad, las construcciones sociales, los días soleados de ese poeta antiguo o abstruso que cantara sobre la dulce aldea, las buenas costumbres, el decoro, las desvencijadas taras patriarcales y el abismo de una vida aplacada por santos y etiquetas.</p>
<p>Así, por ejemplo, su poema “El derviche de la montaña”, donde sentencia: “Ella cosió estampitas de santos a la boca de su útero, / puso calzones viejos bajo la puerta / para que nunca entrara la luz ni el amor”. Un poco para contrarrestar su escaramuza escatológica, Ringo Cruz hace algo que ya en su momento constaté al leer Culebrilla y otros relatos. De los rezagos del realismo sucio y la crítica directa, su búsqueda llega a ratos a la construcción metaficcional, quizá para equilibrar las cargas y, al tiempo que se corta la boca como Maldoror, el poeta místico propone una lectura opuesta, como en un canon en el que un loco y un santo comparten un largo diálogo con las sombras mientras liban de un licor desastroso o bosquejan ficciones sobre el firmamento. Este derviche cruza por el anacronismo para poner en situación las cuestiones humanas, cualquiera que sea su génesis o su tiempo, “donde los hombres creyeron que, con pesas de cemento y revistas de fisicoculturismo / llegarían a la ciudad de los ángeles caídos, allá en la USA, beberían del sueño americano”.</p>
<p>Tal es la naturaleza de <em>Peces de leche,</em> poemario publicado por la editorial chilena Casa Bukowsky dentro de su colección Panhispánica de poesía, y que llega ahora a Colombia con tres títulos inaugurales presentados el pasado 14 de julio en la Librería La Valija de Fuego en Bogotá.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter wp-image-95543" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/WhatsApp-Image-2023-07-07-at-13.19.52.jpeg" alt="" width="453" height="566" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/WhatsApp-Image-2023-07-07-at-13.19.52.jpeg 1080w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/WhatsApp-Image-2023-07-07-at-13.19.52-120x150.jpeg 120w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/WhatsApp-Image-2023-07-07-at-13.19.52-240x300.jpeg 240w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/WhatsApp-Image-2023-07-07-at-13.19.52-768x960.jpeg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/WhatsApp-Image-2023-07-07-at-13.19.52-819x1024.jpeg 819w" sizes="auto, (max-width: 453px) 100vw, 453px" /></p>
<p>Sigue a este poema, “El hacedor de cosas”, especie de declaración de intenciones que, dividido en cuatro grandes apartados, quiere desmitificar la idea del creador, ángel que se esfuma de su reflejo hasta vivir un éxodo de resinas y evangelios marchitos como si la materia que los creara no fuera otra cosa que viento, viento que remueve las arenas del desierto. En este sentido, este aullido que cruza sus <em>Peces de leche</em> hace de Ringo un eremita que ha renunciado a cualquier credo. Ringo destruye símbolos, caso de su “The mexican’s pink” en el que surgen estatuas, próceres e imaginarios de nuestra cultura, como en una lista de pruebas para renunciar a la rúbrica que este siglo y el anterior han querido grabar sobre la piedra. En este punto, Ringo Cruz antepone la primera persona para confesarse:</p>
<h1>“En mis sueños, los arrecifes de mi niñez mueren. / Y estos versos de profeta gordo no hacen magia. / La enfermera me mira con su cara dura. / En su sesera, los pescadores con hipodérmicas brillantes”.</h1>
<p>La anterior confesión pertenece a su poema “Callejones de Jehová”, como si el gemido de la renuncia y la antropofagia —donde el hombre es el lobo del hombre y para purificarse debe darle muerte a su prójimo­— lo obligará a caer en picada desde lo fragmentario, desde la imagen como pesadilla dividida en un millón de esquirlas diminutas. De allí imágenes suyas como la que contiene el poema “Acuchillando el cielo” y que, al igual que el texto que le sigue, “Sal masculina”, resultan fundamentales para comprender su ejercicio de automutilación a través de la idea de los espejos, de la simiente como fuente y como condena, la <em>estrella materna</em> como condena y lugar de retorno o redención. Aparece así la idea de la infancia con su luminosidad perdida, “El niño se cansa de jugar; / se desborda por la calle / la fuga de la tubería” (“Moléculas luminosas”); o su idea maternal diluida entre las hormigas que invaden el poema “La sensación final” a partir de la sexualidad desbordada y grotesca, símil de la existencia como humedad y vergüenza.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter wp-image-95544" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/WhatsApp-Image-2023-07-18-at-20.09.28.jpeg" alt="" width="356" height="791" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/WhatsApp-Image-2023-07-18-at-20.09.28.jpeg 720w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/WhatsApp-Image-2023-07-18-at-20.09.28-68x150.jpeg 68w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/WhatsApp-Image-2023-07-18-at-20.09.28-135x300.jpeg 135w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/WhatsApp-Image-2023-07-18-at-20.09.28-461x1024.jpeg 461w" sizes="auto, (max-width: 356px) 100vw, 356px" /></p>
<p>Como tema transversal a la obra de Ringo Cruz aparece la <em>manteca</em> a manera de representación contingente de la realidad. Los líquidos resultan inherentes al todo y toda su poesía lo recuerda al permanecer sumergida en ellos como metáfora, como lenguaje: “Se diluye el colágeno / en el químico del papel fotográfico. / Ya nos hemos fumado los salmos. / El presente es odio y resentimiento. / ¡Oh, señor!” (“Hemos perdido el contacto”). Las venas, los parásitos, los hongos, toda materia o recipiente mantienen una conversación en <em>Peces de leche</em> por su naturaleza viva, por fluir a través de los tejidos y escribirse en su propia lengua, lágrimas de plata, líquido, amniótico, botellitas de agua con colonia de bebé. Otra naturaleza puede hallarse en su poema “Zero” y esto es habitual en Ringo Cruz cuando va a la orilla para descansar y escudarse de nuevo en lo místico, como quien utiliza un sextante para no perderse en las mareas altas de su viaje por el Hades:</p>
<h1>La arena roía el esqueleto metálico de la motocicleta. Algunos trapos, mal amarrados, sujetaban las ruedas y el manubrio para formar un círculo (…) —Jamás supe decir adiós. —Es un reloj oracular el desierto —. Se zampó mil pastillas para dormir, mientras subía lentamente a lo eterno…</h1>
<p>“Peces de leche”, poema que da título a la selección, resulta más osado en su ir hacia el centro de la animalidad como genitalidad, como tema perpendicular a cada uno de los poemas que componen el libro. Y le da paso a “Carne de iguana” que a la luz del poema anterior resulta ser su conclusión, como orgasmo fulminante bañado por el ritual extinto de una tribu, la luna que vigila la condición humana hasta llegada la muerte como catarsis.</p>
<p>Cierra esta selección un poema en seis partes, “Papelitos en los bolsillos” donde convergen todos los elementos naturales a Peces de leche. Aparece el animal sexual y su poder fálico, aparece la madre, el planeta y el cosmos como puesta en escena, aparecen los símbolos, los héroes destronados, aparece el rito indígena/urbano como sincretismo, lo anacrónico como juego premeditado, aparecen los bichos de la selva, los animales profanos, el fuego, la metahistoria/ficción llena de vericuetos y parajes míticos vigilados por un firmamento de sangre y savia. Al final, <em>Peces de leche</em> parece querer instruirnos sobre su propia salmodia. Una suerte de evangelio en prosa para llegar a la ciudad donde algún dios permanece escondido, casi a solas, mientras el telón de la existencia lo pone en ridícula evidencia.</p>
<p>_______________</p>
<p>El libro está disponible en <a href="https://www.amazon.com/dp/9942442219?ref_=cm_sw_r_mwn_dp_JZKHG2PY62G07B3DP2G4">Amazon</a>, así como en las redes sociales <a href="https://www.facebook.com/bobby.cruz.5682">del autor.</a></p>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=95542</guid>
        <pubDate>Wed, 19 Jul 2023 01:55:32 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Un aullido desde la urbe viscosa: Peces de leche de Ringo Cruz]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Andrés Almeyda Gómez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Para recordar a Paul Celan</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/recordar-paul-celan/</link>
        <description><![CDATA[<p>Es el lenguaje la espada y la pared del poeta. Lo persigue y lo espera a la vez, animal enloquecido, y antes de que regrese la luz, lo hiere de muerte. La agonía puede tener la duración de la paloma o de la piedra; el aire, lo sabemos bien, lo intuimos como si nos perteneciera [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><figure id="attachment_93248" aria-describedby="caption-attachment-93248" style="width: 1200px" class="wp-caption aligncenter"><a href="https://www.instagram.com/amguiral/"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-full wp-image-93248" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/Paul-Celan-Albeiro-Guiral.jpg" alt="Un retrato del poeta rumano Paul Celan." width="1200" height="675" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/Paul-Celan-Albeiro-Guiral.jpg 1200w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/Paul-Celan-Albeiro-Guiral-150x84.jpg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/Paul-Celan-Albeiro-Guiral-300x169.jpg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/Paul-Celan-Albeiro-Guiral-768x432.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/Paul-Celan-Albeiro-Guiral-1024x576.jpg 1024w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /></a><figcaption id="caption-attachment-93248" class="wp-caption-text">El poeta rumano Paul Celan. Foto: Editorial Herder.</figcaption></figure></p>
<p style="text-align: justify"><strong>Es el lenguaje la espada y la pared del poeta</strong>. Lo persigue y lo espera a la vez, animal enloquecido, y antes de que regrese la luz, lo hiere de muerte. La agonía puede tener la duración de la paloma o de la piedra; el aire, lo sabemos bien, lo intuimos como si nos perteneciera aquel desasosiego, se ofrece como tumba. Y el humo sube: la reducción del día. Todo se ha acabado sin dejar líquenes en los naranjos.</p>
<p style="text-align: justify">Aunque quisiera mezclar su ceniza con la de su padre, la sequedad de la tierra lamida por el viento se lo impediría. ¿Hay una esperanza para quien vio la muerte a sus ojos azules? ¿Hay algún consuelo para quien aborrece entrar a la tierra que lo escupió a la existencia?</p>
<p style="text-align: justify">Una amapola florece en la boca de su madre.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>Se fugó de la muerte</strong>, se fugó del lenguaje. Lo arrastra lejos de nuestros ojos miserables la corriente del sueño.</p>
<div class="entry-content">
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        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=93247</guid>
        <pubDate>Sat, 14 Jan 2023 19:45:10 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/Paul-Celan-Albeiro-Guiral-1200x675.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Para recordar a Paul Celan]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Albeiro Guiral</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>«El canto de las moscas» de María Mercedes Carranza: Colombia en la elegía</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/canto-las-moscas-maria-mercedes-carranza-colombia-la-elegia/</link>
        <description><![CDATA[<p>En este libro de la poeta colombiana se mezcla el sonido mustio de las pequeñas alas de la descomposición, el olor de las fosas comunes. Cuando uno compara los tiempos en que vivió María Mercedes Carranza con los nuestros, y la evoca en ese grisáceo 2003 despedirse con un poema donde instaba a tomar el [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><strong>En este libro de la poeta colombiana se mezcla el sonido mustio de las pequeñas alas de la descomposición, el olor de las fosas comunes.</strong></p>
<p><figure id="attachment_80432" aria-describedby="caption-attachment-80432" style="width: 800px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-full wp-image-80432" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2020/11/Carranza-1.jpg" alt="" width="800" height="498" /><figcaption id="caption-attachment-80432" class="wp-caption-text">María Mercedes Carranza en su juventud.</figcaption></figure></p>
<p style="text-align: justify">Cuando uno compara los tiempos en que vivió <strong>María Mercedes Carranza</strong> con los nuestros, y la evoca en ese grisáceo 2003 despedirse con un poema donde instaba a tomar el suicidio como la única decisión política respetable, como la única decisión que uno puede verdaderamente tomar en Colombia, y luego lanzarse al vacío, entiende que cada vez más el tiempo le da la razón a la poeta. Entiende que cuando uno se dedica a la piromanía de la cultura, no son las sensibilidades de quienes tocamos las que se incendian, sino uno mismo, colgado de un árbol seco en el patio de la noche.</p>
<p style="text-align: justify">Y entiende, del mismo modo, que si hay un libro que ataque a la barbarie con su brevedad en nuestro país, se trata de <strong><em>El canto de las moscas</em></strong>. Allí las palabras pintan, y en su color se mezcla el sonido mustio de las pequeñas alas de la descomposición, el olor de las fosas comunes, el humo de los cilindros después de un ataque de la brutalidad. Un libro compuesto por pequeños cuadros de pueblos donde ocurrieron masacres a lo largo de esta república de palomas. Un recorrido por la elegía; un álbum de las muertes más injustas del momento, retratos de los caídos que llevamos los colombianos aún en el pecho.</p>
<p style="text-align: justify">El sufrimiento de la poeta iba a empezar del siguiente modo, aunque en el libro no lo iba a plasmar cronológicamente: el 18 de agosto de 1989 el país iba a quedar aturdido por las balas que mataban a <strong>Luis Carlos Galán</strong>. Los radios transmitían la noticia con pesadumbre, y los seguidores del precandidato lo lloraban interminablemente, como si atendieran al desagradable axioma borgeano sobre Colombia: por <em>un acto de fe</em>, pues nada aseguraba que él pudiera quedarse, de ganar la consulta del Nuevo Liberalismo, con la presidencia, pero como a <strong>Jorge Eliécer Gaitán</strong>, por la fuerza de su palabra y por su insobornable cuestionamiento incesante a la podredumbre social, lo veían como la más fuerte promesa de recomponer al país. La poeta había apoyado la campaña del político caído, de su amigo. Y así registra su desesperanza en el último canto del libro, que está incluso dedicado <em>a Luis Carlos: siempre</em>, y que lleva el nombre del municipio en cuya plaza lo arrebataran del mundo:</p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><strong><i>Canto 18: Soacha</i></strong></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>Un pájaro</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i> negro husmea</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>las sobras de</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>la vida.</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>Puede ser Dios</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>                 o el asesino:</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>da lo mismo ya.</i></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify">Siguiendo este hilo, a pocos meses de que cesaran las funciones de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, donde María Mercedes Carranza participaba, el poeta y periodista <strong>Julio Daniel Chaparro Hurtado</strong> arribaría a Segovia, Antioquia, con el fotógrafo <strong>Jorge Enrique Torres</strong>, a quien había convencido de que lo acompañara a último minuto para hacer una crónica del impacto de la violencia que pensaba publicar en El Espectador dentro de una serie sobre los pueblos más amedrantados. Aquel miércoles 24 de abril, cuando iban a ser las siete de la noche, los asesinaron en la calle de La Reina de ese municipio. En su libro <em>Y éramos como soles</em>, publicado en 1986, Chaparro Hurtado había sido implacable con su destino: <em>Si una noche cualquiera me encuentran muerto en una calle/ y ven mi boca repleta de insectos rabiosos/ trabajando en mi lengua,/ no me sufran:/ habrá sucedido que caí antes de escuchar el balbuceo de mi hijo/ hecho una lluvia de madres desnudas sobre mi corazón</em>… La vida, (¿o la muerte?) se burló del poeta, y Carranza lo siente y deja constancia de esta coincidencia fatal en su <em>versión de los acontecimientos</em>, como subtitularía al libro:</p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 40px"><strong><i>Canto 5: Segovia</i></strong></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>    Los versos</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>de Julio Daniel</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>              son la risa</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>              del Gato de Cheshire</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>              en el aire de Segovia.</i></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify">Hasta morir, la poeta bogotana lideró una campaña por la paz de Colombia, con la premisa central de lograr la liberación de los secuestrados, ello porque su hermano, Ramiro Carranza, había sido raptado por las FARC en el año 2001. Cuatro años después la familia recibiría la confirmación oficial de su muerte en cautiverio, pero se resistiría a creerlo hasta cuando, ya en el 2008, su propio carcelero aseverara que habría muerto, «enfermo del alma», en abril del mismo año en que su hermana frenara su resquebrajado corazón.</p>
<p style="text-align: justify">Quien fuera la directora de la Casa de Poesía Silva decidiría morir como el poeta que un siglo antes se habría disparado en ese recinto en una madrugada silenciosa, abatida por su dolor personal, por su dolor de país, como puede verse en su libro desde el título hasta el punto final. Los dieciocho poemas parecieran tener el nombre de un pueblo, pero tienen el nombre de una masacre. La tierra, como el ser humano, adopta el nombre de su devastación. Sin embargo, Mapiripán, Caldono, Ituango… tuvieron la oportunidad de ser un poema. En cada uno se ve la muerte desde la mirada de la niña que se resiste a dejar de creer en el ser humano –la niña María Mercedes que residía en el pecho de la dama con tacones también un día iba a cerrar los ojos para siempre como los miles y miles de personas que cayeron en esas tierras que cantó–, cada uno refracta, frágil prisma, uno de los peores fragmentos de la historia colombiana con la dignidad que solo podría darle la poesía.</p>
<p style="text-align: justify">Hacen falta poetas como <strong>María Mercedes Carranza</strong>. Nos urgen en Colombia poetas que no se dejen manipular por los sistemas editoriales ni políticos, ni mucho menos por su propio sistema ni el sistema natural de la escritura. Necesitamos poetas que reinventen la historia, porque, de lo contrario, vamos a asistir a un suicidio mental colectivo. No solo eso, necesitamos un hombre o una mujer por cada familia en Colombia que adquiera el arte sencillo de matar la esperanza.  Hay que demoler la esperanza para edificar lo tangible: el futuro es apenas un espectáculo de nubes que cambian de forma constantemente y sin ritmo alguno, el ayer es un cerco de fuego devorante; y el presente es el antro donde hierven como gusanos de la muerte los cobardes.</p>
<p style="text-align: justify">Podemos seguir muriéndonos de rencor, se puede aprobar la tristeza en la mirada como un símbolo de la discriminación. Los medios de comunicación se pueden ahogar en especulaciones, los enemigos de la paz cabestreados por su innombrable y despreciable arriero pueden seguir moviendo los hilos desde su retablo oscuro, dándonos a comer de nuestras propias excrecencias. Podemos recurrir al canibalismo para que no digan que morimos de hambre sino de antropofagia desesperada, pero tiene que dejar de ser la indiferencia, de una vez por todas, la brújula que guíe a Colombia. Los colombianos no podemos seguir siendo indiferentes al <em>canto de las moscas</em>.</p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>Mañana</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify"><i>será tierra y olvido</i>.</p>
<p style="text-align: justify"><em>   </em><i></i></p>
<div class="entry-content">
<p style="text-align: center"><em>Este texto fue publicado originalmente en la revista de poesía <a href="https://www.otroparamo.com/web/#&amp;slider1=2" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Otro páramo</a>.</em></p>
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</div>
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<hr />
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i><strong>Referencias</strong>:</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>El canto de las moscas: (versión de los acontecimientos). </i>María Mercedes Carranza.<i> </i>Bogotá, Arango Editores. 1998.<i></i></p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=80430</guid>
        <pubDate>Sat, 07 Nov 2020 23:59:03 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-2.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[«El canto de las moscas» de María Mercedes Carranza: Colombia en la elegía]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Albeiro Guiral</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Descarga: «Un animal enamorado», un libro de Albeiro Montoya Guiral</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/descarga-animal-enamorado-libro-albeiro-montoya-guiral/</link>
        <description><![CDATA[<p>El Grupo Rostros libera la antología que contiene poemas publicados e inéditos del poeta colombiano &nbsp; La antología que acaba de publicar el Grupo Rostros Latinoamérica contiene poemas de la obra publicada e inédita de Albeiro Montoya Guiral. Se puede descagar en el siguiente enlace: Descarga: Un animal enamorado, o haciendo clic en la portada. [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><strong>El Grupo Rostros libera la antología que contiene poemas publicados e inéditos del poeta colombiano</strong></p>
<p><figure id="attachment_76189" aria-describedby="caption-attachment-76189" style="width: 1064px" class="wp-caption aligncenter"><a href="https://a388bf13-85a7-464b-ba57-7e40edf6f3b3.filesusr.com/ugd/8b597e_d82f23685a644f4ab25d5136caec95db.pdf"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-full wp-image-76189" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2020/06/Un-animal-enamorado.jpg" alt="" width="1064" height="1576" /></a><figcaption id="caption-attachment-76189" class="wp-caption-text"><em><strong>Un animal enamorado</strong></em>, de <strong>Albeiro Montoya Guiral</strong> (<a href="https://a388bf13-85a7-464b-ba57-7e40edf6f3b3.filesusr.com/ugd/8b597e_d82f23685a644f4ab25d5136caec95db.pdf">descárgalo aquí</a> o haciendo clic en la imagen)</figcaption></figure></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La antología que acaba de publicar el <a href="https://gruporostros.wixsite.com/inicio/trozos"><em>Grupo Rostros Latinoamérica</em></a> contiene poemas de la obra publicada e inédita de <strong>Albeiro Montoya Guiral</strong>. Se puede descagar en el siguiente enlace: <a href="https://a388bf13-85a7-464b-ba57-7e40edf6f3b3.filesusr.com/ugd/8b597e_d82f23685a644f4ab25d5136caec95db.pdf">Descarga: <em>Un animal enamorado</em></a>, o haciendo clic en la portada.</p>
<p>A continuación, un fragmento del prólogo:</p>
<p style="padding-left: 40px"><em>&#8230;intuyo en sus versos (y en su prosa, aunque aquí no se recoja) el anuncio de lo verdadero, de lo que nace limpio y sin prisas del hoy y para el hoy. Por lo que espero que, así como lo conté, de manera fortuita, llegue hoy a las manos de quien no haya sido tocado por su hálito indómito. Sean bienvenidos a la poesía de alguien que, como el mar, siempre regresará para quedarse en nosotros. Y acariciará nuestro lomo milenario.</em></p>
<p style="padding-left: 80px"><strong>Clímaco Borges</strong>, Buenos Aires, junio de 2020</p>
<p>&nbsp;</p>
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]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=76188</guid>
        <pubDate>Sat, 13 Jun 2020 17:27:58 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Descarga: «Un animal enamorado», un libro de Albeiro Montoya Guiral]]></media:description>
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