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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Mon, 06 Jul 2026 20:41:39 +0000</lastBuildDate>
    <language>es-CO</language>
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	<title>Blogs de pobreza | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Herederos del Silencio</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-conspiracion-del-olvido/herederos-del-silencio/</link>
        <description><![CDATA[<p>Entre guerras, olvidos y miserias, hubo hombres y mujeres que sostuvieron una nación desde las sombras. Ecos de una Nación no contada rescata la memoria de aquellos artesanos, obreros, religiosos y soñadores anónimos que, con solidaridad y sacrificio, edificaron silenciosamente buena parte del tejido social colombiano. Un recorrido profundamente humano donde la caridad, la resistencia y la fe se convierten en la raíz invisible de nuestra historia.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Por: Ramon Garcia Piment y Claudia Patricia Romero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El activismo en la sociedad florece como una inoculación de generosidad necesaria para alimentar el alma de los individuos y, a su vez, apaciguar o envalentonar el ímpetu de sus pasiones e intereses. No han sido pocos los surgimientos sociales que nos terminaron caracterizando como nación; sin embargo, algunos de los que más hemos olvidado, y que han tenido altas repercusiones sociales y políticas en nuestra herencia y transmisión cultural o incluso memética, son aquellos que conformaron sociedades y agrupaciones en pro de la generación de empleo, del alivio a la miseria y reconocimiento de los excluidos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora bien, descontando el incuestionable e ingente esfuerzo realizado por la Iglesia en la construcción de una sociedad con sustento moral, del cuidado, de la salud, de la educación y del amparo a los desamparados, entre otras, labor que, por su magnitud histórica, no admite comparaciones, emergen también, casi a contraluz, aquellos quijotes sociales que, sin aparato ni reconocimiento, aportaron de manera decisiva a la edificación de esta misma sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A ellos, sin embargo, no les fue concedida una memoria proporcional a su entrega. La sociedad que hoy se erige y en no poca medida se sostiene sobre las estructuras que ayudaron a levantar, parece haber olvidado a sus artífices, relegándolos a un silencio que no corresponde ni a su esfuerzo, ni a su legado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En medio de las guerras civiles partidistas que se vivieron durante el siglo XIX, empezaron a surgir, de manera casi mimetizada, varios tipos de sociedades con fines caritativos, proteccionistas, educativos y gremiales. Muchas de ellas se enfocaban en formas de apoyo mutuo que brindaban planes de protección a sus miembros en casos de invalidez, enfermedad, muerte y demás calamidades de la vida. Es así como aparecen, entre otras, la Sociedad de Caridad de Santafé, la del Señor del Despojo, la de Auxilio Mutuo de Bucaramanga, la de Socorros Mutuos de Manizales y la de Socorros Mutuos de Bogotá.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="611" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/10233311/Sociedad-de-Socorros-mutuos-1024x611.png" alt="" class="wp-image-128947" style="aspect-ratio:1.6759741284114213;width:891px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/10233311/Sociedad-de-Socorros-mutuos-1024x611.png 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/10233311/Sociedad-de-Socorros-mutuos-300x179.png 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/10233311/Sociedad-de-Socorros-mutuos-768x459.png 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/10233311/Sociedad-de-Socorros-mutuos.png 1221w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Estatutos presentados al Ministerio del Interior para la Creación de Personería Jurídica de Sociedades. Archivo General de la Naci{on de Colombia, Sección República.</em></figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">De  estas sociedades citadas y de muchos proyectos llevados a buen termino, sólo podremos traer a nuestro presente una minima muestra, iniciamos con la Sociedad de Socorros Mutuos de Bogotá. En sus estatutos, conocidos gracias a la obligación dictada por la Constitución de 1886, según la cual las sociedades debían ser legalizadas mediante resolución expedida por el Ministerio de Gobierno, se indicaban las condiciones, obligaciones y derechos de los socios. Quienes debían jurar, lo siguiente:</p>



<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p><em>Juro por Dios (o prometo por mi honor), trabajar por el bien de todos y cada uno de mis compañeros de esta Sociedad, protegerlos en la desgracia, en las enfermedades, en la prisión y en el destierro; proporcionarles trabajo de preferencia a cualquiera otra persona, en igualdad de circunstancias; defender su reputación y no perjudicar a ningún miembro de su familia; observar y sostener todas y cada una de las disposiciones de los estatutos y reglamentos de la Sociedad, y cumplir fiel y escuetamente con los deberes que me correspondan.</em></p></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Los miembros debían generar un aporte inicial y otros aportes semanales que permitían sostener su defensa y apoyo. Se estimaba que el número de miembros no podía exceder los 400 socios y que su duración sería de 99 años. El médico Abraham Aparicio Cruz, presidente de la sociedad, fue además uno de los cofundadores de la Sociedad de Medicina y Ciencias Naturales, creada en 1873 en su casa de San Victorino junto con otros destacados galenos, corporación que posteriormente se transformaría en la hoy reconocida Academia Nacional de Medicina.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Sociedad de Socorros Mutuos contaba con personajes como Luis Rivas, Rafael Tapia, Gabriel Garzón, José del Rosario Guerrero, Adonías Gómez, Antonio Calvo, Ricardo Bonilla y José Asunción Silva. Pero entre todos ellos, y en los pliegues de la historia, se alza la figura silenciosa de su hermana, Elvira Silva Gómez.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full is-resized"><img decoding="async" width="677" height="946" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/10231848/Elvira-Silva-Gomez-2.jpg" alt="" class="wp-image-128946" style="aspect-ratio:0.7156594004264021;width:394px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/10231848/Elvira-Silva-Gomez-2.jpg 677w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/10231848/Elvira-Silva-Gomez-2-215x300.jpg 215w" sizes="(max-width: 677px) 100vw, 677px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Elvira Silva Gómez. Ajustada digitalmente</em></figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Ella no solo participó: se consumió en la entrega<em>.</em> Descendió a los barrios obreros, se internó en sus calles densas y húmedas, respiró el aire espeso de la miseria<em>,</em> y en ese contacto íntimo con el dolor ajeno, contrajo la pulmonía que lentamente le arrebató la vida. Su enfermedad no fue un accidente: fue, en cierto modo, el precio de su compasión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así, su juventud, su amor y su salud no se extinguieron en vano, sino que se transformaron en ese eco persistente que resuena en el tiempo, en esa herida íntima que su hermano inmortalizaría en uno de los más hondos lamentos de la poesía colombiana: <em>Nocturno</em>.</p>



<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p><em>“¡Ah, de la noche trágica me acuerdo todavía!</em><br><em>El ataúd heráldico en el salón yacía,</em><br><em>Mi oído fatigado por vigilias y excesos,</em><br><em>¡Sintió como a distancia los monótonos rezos!</em><br><em>Tú, mustia, yerta y pálida entre la negra seda,</em><br><em>La llama de los cirios temblaba y se movía,</em><br><em>Perfumaba la atmósfera un olor de reseda,</em><br><em>Un crucifijo pálido los brazos extendía”</em></p></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Y este dolor fuerte e incólume de todos, se unía a otras necesidades, como la búsqueda para complementar la falta de recursos fiscales de la incipiente nación a través de la unión y la solidaridad con los necesitados, lo que permitió no solo la agrupación de obreros y artesanos, sino el desenvolvimiento y pulimiento de la gema de su bondad y virtudes humanas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sus propósitos se volcaron en parte de su esencia, tanto así que incluyeron en ella sus mayores pasiones, aprovechando sus potencialidades, las cuales se transformaron en cimientos de grandes proyectos, como la red de cajas de crédito, círculos de obreros, agremiaciones de artesanos y la conformación de cooperativas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No obstante, estas semillas pasaron por un oscuro periodo que inicialmente cercenó su crecimiento. Así<em>,</em> a finales del siglo XIX se ordenó la clausura de la sociedad, acusada de incitación a revueltas de artesanos, movidas por la polarización bipartidista. A ello se sumó la muerte prematura de uno de sus fieles miembros, José Asunción Silva, que llenó de tristeza y desaliento a la sociedad. Posteriormente, la Guerra de los Mil Días y la separación del istmo de Panamá cubrieron con un manto de desesperanza a los nacionales, diezmando sus impulsos casi hasta el apaciguamiento. En medio de ese abatimiento, su tránsito parece encontrar eco en aquellas palabras de la Escritura:</p>



<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p><em>“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros; que estamos atribulados en todo, más no angustiados; en apuros, más no desesperados; perseguidos, más no desamparados; derribados, pero no destruidos”</em></p><cite><em>(</em>Corintios 4:7-9<em>).</em></cite></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá en esa tensión, entre la fragilidad y la persistencia, se sostuvo su empeño, como si cada golpe no hiciera más que templar la convicción de quienes, aun en la adversidad, se negaban a desaparecer, inoculando en el tiempo una semilla que otros habrían de hacer germinar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Algunos intrépidos retomaron las banderas quemadas y enlodadas, a través de ideas influenciaron la creación de asociaciones rurales retomadas en 1950 por Orlando Fals Borda en sus proyectos agrarios y en la conformación de las juntas de acción comunal, así como iniciativas del padre jesuita José María Campoamor, quien en 1911 conformó el Círculo de Obreros, unido a un proyecto urbano-social que hoy se conoce como el barrio Villa Javier y la Caja Social de Ahorros.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full is-resized"><img decoding="async" width="631" height="800" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/24174059/Maria-Berenice-Duque.png" alt="" class="wp-image-129528" style="aspect-ratio:0.7887646890226426;width:366px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/24174059/Maria-Berenice-Duque.png 631w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/24174059/Maria-Berenice-Duque-237x300.png 237w" sizes="(max-width: 631px) 100vw, 631px" /><figcaption class="wp-element-caption">Sor María Berenice Duque.Ajustada Digitalmente</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Otro esfuerzo que ha florecido es el de María Berenice Duque Hencker, quien, sin dejar huella visible, como si su paso no buscara ser recordado sino multiplicado, con sigilo sembró presencias. Allí donde la pobreza parecía un destino irrevocable, aparecían, casi sin anuncio, pequeñas casas habitadas por mujeres que se llamaban a sí mismas “hermanitas”, como si en la diminución residiera su fuerza; y en esas casas, la infancia encontraba abrigo, la enfermedad, compañía, y la familia, un hilo tenue pero firme que la sostenía. &nbsp;Así, fundo en 1957 la comunidad de las Hermanas Franciscanas Misioneras de Jesús y María, donde tejieron redes fortísimas bajo un lema oculto en sus venas “Calla, y que tus obras confirmen tu misión”. En la repetición de gestos mínimos, en la pedagogía del cuidado, en el pacto de “amar, sufrir, callar y sonreír”. Y así, sin ruido ni proclama, su obra se extendió como una raíz bajo la tierra invisible, paciente sosteniendo continentes enteros con la discreta virtud &nbsp;de la caridad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Cúcuta, entre tanto, en 1912, una escuela nocturna apoyada por el párroco de San Antonio del Táchira, Elías Daniel Calderón, se transmutaba en la Asociación de Artesanos y el Colegio Gremios Unidos, que en 1922 se convertiría en un claustro de libres pensadores encargado de la educación de los desamparados. Pero aquella obra no fue fruto de una sola voluntad: fue la conjunción de nombres que la historia ha pronunciado con menor fuerza de la que merece. Así, se reconoce el impulso decidido de Teodoro Gutiérrez Calderón, Miguel A. Pizani, Leopoldo Piment, Ramón B. Álvarez y Víctor Ocariz, artífices de una empresa silenciosa que encontró en la educación su forma más honda de resistencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hacia 1926, entre aquellos “niños sin alpargatas”, se gestaba, sin que nadie pudiera anticiparlo, uno de los que años después se convertiría en figura determinante de la historia venezolana: Marcos Pérez Jiménez. Quien, aun habiendo ascendido al poder por la vía de las armas, proyectó una idea de nación fundada en la transformación material y el orden, bajo el llamado “Nuevo Ideal Nacional”.Una visión que, entre el impulso modernizador y la sombra de la represión, dejó una huella tan profunda como contradictoria, recordándonos que incluso las semillas más tempranas pueden florecer en direcciones imprevisibles<em>.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Los personajes nombrados, unos inscritos en la historia, otros apenas sostenidos por evidencias dispersas y muchos más disueltos en el anonimato, lograron transformar las circunstancias naturales, hasta convertirlas en instrumentos que, con el tiempo, incidieron silenciosamente en la sociedad entera. Pero ese influjo, profundo y casi invisible, no fue gratuito: se pagó con deshonras injustificadas y con juicios dictados por valores o antivalores asumidos por las masas. Ni siquiera todos fueron maltratados: a muchos les bastó el olvido<em>,</em> o un reconocimiento insuficiente frente a la magnitud de sus obras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A pesar de que la estrategia pudo percibirse como fallida, en el sentido de permitir el sacrificio de sus propios derechos, la fuerza de sus ideas resultó superior a su instinto de supervivencia y dignidad. Fue allí donde su verdadero legado se consolidó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y sin embargo, lograron el influjo de sus postulados. Inocularon, en efecto ideas diversas en su origen, hoy ampliamente aceptadas. Son ellos quienes han gestado buena parte de la estructura social que hoy vemos, aunque no siempre los reconozcamos. Nunca tuvieron el reconocimiento debido. Se convirtieron en forjadores anónimos de nuestra identidad. Se permitieron pasar al libro del olvido; sin embargo, como escribió José Ortega y Gasset<em>: en tanto haya alguien que crea en una idea, la idea vive.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">En el lento y convulso proceso de conformación de naciones como la nuestra, aún hoy inconcluso, late una tensión primordial: la del poder que se impone y la de la sociedad que se rehúsa a ceder del todo, y que, en su resistencia, inventa formas de sostenerse.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Homo homini lupus est:</em> el hombre es el lobo del hombre; pero es también, en ese mismo abismo, donde aprende a oponerse a sí mismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es precisamente en esa tensión donde estas sociedades encontraron su razón de ser; surgieron como mecanismos para aliviar, contener y dinamizar los conflictos, evitando tragedias previsibles o, al menos, mitigando sus efectos<em>. </em>Es allí donde los hechos del pasado recobran su sentido: al erigirse como faros que iluminan el presente, evocando en sus destellos las acciones originarias que aún pueden orientarnos frente a los conflictos de hoy, como bien lo recordaba recientemente una voz pastoral cercana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta situación no ha desaparecido; apenas ha mudado de forma. Persiste en nuestra actualidad con rostros distintos, pero con mecanismos similares, como si el tiempo no hubiera hecho más que transformar sus superficies. Y, sin embargo, algo permanece inalterable: la decisión de florecer obras germinadas a través de las virtudes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá en ello radique su enseñanza más honda: la fe, callada, persistente, casi invisible, pero potente como la roca, como antesala de la realidad; como ese impulso primero que, aun en medio de la adversidad, insiste en abrir camino: </p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p>LA FE ES LA ANTESALA DE LA REALIDAD</p></blockquote></figure>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Ramón García Piment</author>
                    <category>La conspiración del olvido</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=128732</guid>
        <pubDate>Sat, 06 Jun 2026 22:03:21 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ramón García Piment</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>Urabá: la reserva natural más grande de futbolistas en Colombia</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/deportes/tenis-al-reves/uraba-la-reserva-natural-mas-grande-de-futbolistas-en-colombia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Por el fervor de las victorias, solemos olvidar los orígenes de nuestros ídolos de la Selección. Ignoramos que la mayoría proviene de lugares insospechados, casi inaccesibles. Y que el fútbol colombiano ha vivido de tierras como Pescaito, Tumaco, Buenaventura, Chocó y, en especial, el Urabá, una zona rica pero de gente pobre en su mayoría, [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p align="JUSTIFY">Por el fervor de las victorias, solemos olvidar los orígenes de nuestros ídolos de la Selección. Ignoramos que la mayoría proviene de lugares insospechados, casi inaccesibles. Y que el fútbol colombiano ha vivido de tierras como Pescaito, Tumaco, Buenaventura, Chocó y, en especial, el Urabá, una zona rica pero de gente pobre en su mayoría, reconocida por la producción bananera y las masacres de los 90. Pero a pesar de tanta escasez, en este rincón de Antioquia, a nueve horas de Medellín por una carretera de huecos y tierra desprendida, nacieron siete jugadores que ya disputaron un Mundial de fútbol.</p>
<p align="JUSTIFY"><img loading="lazy" decoding="async" class="alignleft size-large wp-image-130" alt="CuadradoShock" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2014/11/CuadradoShock-1024x682.jpg" width="1024" height="682" /></a></p>
<p align="JUSTIFY"><span id="more-16986"></span></p>
<p align="JUSTIFY">Es tanta la demanda de futbolistas de esta región de indígenas, mulatos, zambos y mestizos, que en los últimos tres mundiales a los que Colombia acudió, Urabá, con cerca de 600.000 habitantes, tuvo más representantes que Bogotá, con casi 9 millones. ¿Por qué? En parte porque ellos nacen aptos para competir gracias a la elasticidad que adquieren con el baile, pues vivir en el Urabá es como ir bailando por la vida. Cuando viajamos a esta tierra para encontrar respuestas, vimos a un niño de 10 años en la playa de Necoclí que mientras jugaba fútbol, al mismo tiempo bailaba y cantaba por una champeta que sonaba desde una tienda de enfrente. La destreza de ese niño con el balón, como la de sus compañeros, se relaciona con el estilo de vida, con la cultura y con la música que interpretan sus cuerpos. Y esa lírica de sus movimientos se suma al biotipo común en los habitantes de esta zona: espontáneas figuras atléticas, piernas largas y una fortaleza física que se explica por la ascendencia afro.</p>
<p align="JUSTIFY">Y todas esas gracias naturales las ejercitan a diario. El joven futbolista que vimos cavar en la playa de Turbo, el alumno de un profesor que corta plátanos en la vereda Guapa de Chigorodó y el niño que le ayuda a su abuela a coger gallinas en Necoclí. Todos en su infancia se entrenaron sin pretenderlo para el fútbol: <strong>Juan Guillermo Cuadrado</strong> en un lodazal cerca de la represa La Guitarrita, donde jugaba con sus amigos a pie limpio; <strong>Camilo Zúñiga</strong> en el río Chigorodó, donde nadaba todos los días con su primo Nicolás; y <strong>Luis Amaranto Perea</strong> en alguna bananera de Currulao (corregimiento de Turbo), donde les llevaba comida a los trabajadores.</p>
<p align="JUSTIFY">En pocas palabras, en esta tierra podrán existir una cantidad de personalidades y acentos como el costeño de Córdoba, el pacífico del Chocó y el paisa de Medellín. Pero sólo hay dos clases de hombres: los que tienen biotipo de futbolistas y los que no. Y los segundos son una minoría casi clandestina. Lo frustrante es que esas habilidades no les garantiza el profesionalismo. Todo lo contrario: son sólo el punto de partida de un camino muy largo. Y quienes lo logran superar se lo deben en gran parte a unos mártires olvidados que alguna vez los guiaron, a unas personas de mirada noble que fueron sus entrenadores y al mismo tiempo sus padres de la vida.</p>
<p align="JUSTIFY"><img loading="lazy" decoding="async" class="alignleft size-large wp-image-147" alt="EstaVA" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2014/11/EstaVA-682x1024.jpg" width="682" height="1024" /></a></p>
<p align="JUSTIFY">Con el ánimo de encontrar a esos sujetos de intención altruista, el fotógrafo Luis Bernardo y yo viajamos a nuestro primer destino, la Unidad Deportiva Jaime Ortiz Betancur de Chigorodó: un complejo de tres canchas peladas, donde unos 1.100 niños de 13 escuelas se turnan los espacios para entrenar cada semana. En este lugar rodeado por plantaciones, el olor a banano nunca desaparece, pero los nativos ya no lo perciben por costumbre. A 200 pasos de la cancha principal, se ven unos adolescentes haciendo fila junto a una bodega abandonada. Todos sujetan sus botellas vacías y las van llenando con el agua de un tubo que lleva años siendo la fuente de hidratación de todos los prospectos de este pueblo. Martha Bedoya conoce bien ese grifo porque a pesar de nacer en Medellín, lleva 44 años viviendo del fútbol aquí: un tiempo como arquera aficionada y la mayoría como entrenadora de su escuela Linares. <strong>“Siempre tuve el estigma de lesbiana”</strong>, dice con una voz gruesa. “Pero así le gusté a mi esposo”, agrega con una sonrisa y enseguida con un gesto de lamento por su asesinato en el 99.</p>
<p align="JUSTIFY">La violencia fue la peor contrincante del fútbol en esos tiempos de masacres y disparos a dedo. “Los niños no entrenaban porque sus padres se los prohibían”, añade Martha. “Para venir a esta cancha había que pasar por el puente (sobre el río Chigorodó) y ahí <strong>se oía mucha bala</strong>, se hablaba de mucha muerte”. Pero sin tanta paranoia de metralla como antes, este deporte pasó a ser en este siglo una tendencia. Por eso, luego, cuando recorramos las calles, veremos tantos locales llenos de jóvenes jugando fútbol en Play Station y tantas tiendas deportivas que exhiben camisetas de la Selección y de Nacional, en su mayoría. Y además de volverse una moda, el fútbol se convirtió en una salvación después de la guerra. Aquí todos esperan a que algún cazatalentos los descubra jugando, los mire justo en el segundo en el que hacen una gambeta y les prometa que esta actividad los sacará de pobres.</p>
<p align="JUSTIFY">–¿Son buscadores?–, le preguntan unos futbolistas a Édgar González, quien nos acompaña en el recorrido por esta ciudad.</p>
<p align="JUSTIFY">–No, son periodistas–, responde ante la cara de decepción de todos.</p>
<p align="JUSTIFY">La ilusión de que ese cazatalentos aparezca (como ocurre ocasionalmente) es la razón de que los entrenadores continúen en sus escuelas a pesar de recibir poco o nada de dinero. Álvaro Milton Cano, en su caso, no puede sólo vivir del fútbol, como trató de hacerlo en un principio, hace 24 años. Además de entrenar a 92 niños, también trabaja en la emisora <i>Banana Stéreo, 88.5 f.m., </i>que funciona en una casa adecuada junto al terminal de transportes y a la que Álvaro llega justo después de los entrenamientos para producir su programa diario de vallenatos.</p>
<p align="JUSTIFY"><i>¡Bueeenaj tardeh, son lah 6:25 de la tarde, hora del Cacique de la juntaaa! Recuerden: ¡Hoy e’ vierne de locuraaaa!</i></p>
<p align="JUSTIFY">Esa voz también se escucha al mediodía a la hora de ‘Banadeportes’, el otro programa que conduce él solo en esta cabinita abrasante que te empaña los lentes. Y con esa misma voz grita y regaña en los entrenamientos por los que han pasado Zúñiga, Luis Amaranto Perea y <strong>Aquivaldo Mosquera</strong>, quien integró la Selección durante la eliminatoria a Brasil. Esta parte de su vida, la de formar prospectos, continúa entre satisfacciones y lamentos.</p>
<p align="JUSTIFY">“Es un poco injusto que uno les enseñe todo, les dé para los pasajes y a veces para unos zapatos, y que ellos se lucren después y no le retribuyan a uno cuando se vuelven profesionales. Pero yo sigo entrenándolos porque me gusta, nada más”, dice Álvaro Milton, que con 44 años está cursando el último semestre de licenciatura en educación física en la Universidad Católica del Oriente.</p>
<p align="JUSTIFY">El fútbol, como dice el exjugador argentino Jorge Valdano, “es el arte del pobre”; es, como dice Álvaro Milton, “agua-masa en ayunas”. Y ambos, con sus respectivas formas, se refieren al escenario común que nos encontramos en este viaje: guayos pelados o pies descalzos, ropa desgastada o pechos descubiertos, canchas de polvo o improvisadas con palos. Algunos jugadores superan esta rusticidad, pero lo llamativo es que los entrenadores permanecen allí por siempre, porque para ellos no hay ascenso ni un club que los fiche. Ellos sólo forman para luego ver triunfos ajenos.</p>
<p align="JUSTIFY">Continúan con esa labor porque se aferran a un sueño remoto: adquirir los derechos deportivos de un joven y convencer a los clubes profesionales de que les entregue un porcentaje por cada venta futura de ese futbolista. A la ilusión de esos pesos también se agarra el entrenador José Leonel Rengifo, de 66 años, nacido en Cañasgordas (Antioquia) y residente en Necoclí, nuestra segunda parada del viaje.</p>
<p align="JUSTIFY"><img loading="lazy" decoding="async" class="alignleft size-large wp-image-146" alt="EstaSí" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2014/11/EstaSí-1024x682.jpg" width="1024" height="682" /></a></p>
<p align="JUSTIFY">A pesar de la cercanía entre ambas ciudades, el paisaje se transforma con rapidez durante el recorrido de dos horas en bus: de plantaciones de banano a las de plátano hartón, del pasto para ganado a la teca, de un río disminuido al caribe del Golfo. Aquí todo cambia en comparación con Chigorodó: los acentos son más costeños por la influencia de Córdoba, la tierra es más árida y las oportunidades para ser futbolista se reducen. ¡Aún más!</p>
<p align="JUSTIFY">La cancha de La Batea es la única y es el lugar de entrenamiento de las tres escuelas del pueblo. Los niños que juegan allí se encuentran con el caballo de un vecino del sector que se come el poco pasto y a veces deben abrirse camino entre las plumas que salen de la gallera de enfrente. Además, en ese campo esquivan motos y transeúntes que para llegar a sus destinos, prefieren atravesar la cancha que rodearla. Por eso las marcas de llanta sobre la arena amarillenta.</p>
<p align="JUSTIFY">Allí, o a veces en la playa, José Leonel Rengifo entrena niños desde hace 19 años. Llegó al pueblo con dos amigos para montar la Droguería San Sebastián, en el 2000 la vendió y desde entonces se dedicó a formar. Ahora entrena a 65 niños de entre 7 y 13 años, no les cobra mensualidad y depende de un contrato con el municipio que a veces dura meses sin renovación. “Yo vivo apretado, pero espero que vendan al ‘Pato’”, dice mientras se toma un jugo contra el calor más calcinante de esta travesía. ‘El Pato’ es como le dice a Yairo Yesid Moreno, el zurdo que formó en su escuela, que debutó este año con Medellín y que en caso de ser vendido le representaría dividendos a él. “Y ahí tengo otros cuatro niños que van a llegar. Póngale cuidado”, asegura mientras los señala con su índice tembloroso.</p>
<p align="JUSTIFY">Uno de ellos, con apenas 10 años, agarra el balón y evade a un rival de su edad con una bicicleta, como sólo lo haría <strong>Ronaldinho</strong> en un comercial de Nike. Su nombre es Sebastián Murillo y viste una camiseta del <strong>Real Madrid</strong>. La humedad lo disminuye al igual que a sus compañeros y no quiere correr más. Ningún humano querría con esta temperatura de mediodía.</p>
<p align="JUSTIFY"> –Meta pues un gol–, le digo para animarlo.</p>
<p align="JUSTIFY">–Neeee… Qué caloh–, responde con un gesto de insolencia.</p>
<p align="JUSTIFY">–Si mete uno le doy una Coca-Cola–, le replico.</p>
<p align="JUSTIFY">–¡¡Va pueh!!–, dice con una sonrisa socarrona.</p>
<p align="JUSTIFY">A la primera que agarró, se sacó a todos sus compañeros, le amagó al arquero y anotó. Volvió hacia mí para cobrarme y se marchó a hidratarse. José Leonel lo regañará después, le pedirá seriedad y me dirá que ese niño necesita mano dura, como la que él mismo aprendió en el Batallón Colombia de Melgar, a finales de los 60. En los 23 meses y ocho días que prestó servicio militar, se enfrentó en tres encuentros con grupos insurgentes y salió ileso de una granada durante un combate en el Quindío. Ese carácter que adquirió por esos días, lo sigue demostrando en las canchas y en el trato con sus alumnos. Una vez le dio un correazo en lo oscuro a un niño que no dejaba dormir al equipo en unos escolares de San Juan de Urabá. Y durante las prácticas actuales, carga dos tarjetas de árbitros para expulsar pendencieros y perezosos porque inculcarles orden en la cancha (y en especial en sus vidas) es la prioridad.</p>
<p align="JUSTIFY"><img loading="lazy" decoding="async" class="alignleft size-large wp-image-149" alt="carajo" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2014/11/carajo-1024x682.jpg" width="1024" height="682" /></a></p>
<p align="JUSTIFY">La función de estos entrenadores en la sociedad es más importante que fabricar súper-campeones: gracias a ellos muchos niños y jóvenes reducen las posibilidades de ser reclutados por cualquier guerra, por la delincuencia o las drogas. Eso lo comprendimos con más claridad en Turbo, nuestra última parada del viaje después de 40 minutos de recorrido desde Necoclí. Uno entiende, apenas con ver el letrero de bienvenida, por qué la consideran capital de esta región: calles anchas, supermercados de cadena y mucho tráfico.</p>
<p align="JUSTIFY">Esta ciudad es convulsionada a cualquier hora, pues limita con Córdoba, Chocó y nueve ciudades de Antioquia, tiene 18 corregimientos incluido el que vio nacer a Luis Amaranto Perea (Currulao), ubicado en la costa oriental del Golfo y al frente del río Atrato. El dinero que produce el puerto, justamente, aumenta los contrastes: por eso hay un estadio de 38 mil millones de pesos y barrios de palafitos donde el mar es alcantarillado. Aquí pude ver camionetas lujosas, pero también a un niño sobre un icopor que remaba en el río con las manos.</p>
<p align="JUSTIFY">En esta ciudad de más de 110.000 habitantes, nos encontramos a John Bernardo Ochoa, entrenador y administrador del estadio J.J. Tréllez, por eso carga 190 llaves en su mochila. Nació hace 49 años en Andes, Antioquia, y llegó en 1970 a Turbo con su familia porque su padre encontró una tierra para cultivar tomates. Pero la guerra siempre lo cercó. De hecho, uno de sus cinco hermanos fue asesinado y enterrado en una fosa común en el 96, cerca de Necoclí. O eso dice que dicen los desmovilizados.</p>
<p align="JUSTIFY">Los años 90 intimidaron a muchos por la guerra que alimentaban paramilitares y guerrilleros. Entre 1993 y 2004, la tasa de homicidio del Urabá antioqueño fue superior a la tasa nacional y se presentaron cerca de 65 masacres que produjeron 449 muertos, 120 de ellos en Turbo, 35 en Chigorodó y 22 en Necoclí.</p>
<p align="JUSTIFY">“A mí a veces me pedían los jóvenes que pasaban por mi escuela que si los dejaba meterse en la cancha un momento. Si los veían jugando, tal vez así los paramilitares no los creían guerrilleros y no los mataban. Por eso siempre he creído que a través del fútbol nosotros salvamos vidas”, reflexiona John Bernardo, que antes de que inauguraran el estadio en el 2012, entrenaba a los niños de la escuela Estrellas 2000 Urabá muy cerca de allí, en un Complejo Deportivo que entre 1997 y el 2001, sirvió como refugio para desplazados de las comunidades chocoanas de la Cuenca del Cacarica y el Bajo Atrato.</p>
<p align="JUSTIFY">El fútbol, un deporte tan simple y juzgado por intelectuales, se convirtió hace mucho en el escape de la violencia, la pobreza y demás angustias. “Y entonces en este punto se origina otra virtud del jugador del Urabá”, agrega John Bernardo. “Quieren superar todo eso que encuentran en las zonas marginales donde viven y lo transforman en coraje. Aquí el jugador no busca un sueño, sino un futuro”. Aquí, diría <strong>Simón Bolívar</strong>, la vocación es hija legítima de la necesidad y por eso juegan con el alma, porque es la única forma de vencer tantos obstáculos.</p>
<p align="JUSTIFY">Y lo triste es que, a veces, esa virtud o ese coraje tampoco es suficiente. En realidad, en esta reserva natural de futbolistas la causa que más incide en sus caminos al profesionalismo es la más intangible de todas: sin suerte, por más talento en los pies, motricidad en los troncos y lírica en los movimientos, los sueños se pueden diluir porque aquí lo justo no siempre prospera.</p>
<p align="JUSTIFY"><em>*Reportaje publicado en 2014 en la revista <a href="http://www.shock.co/">Shock.</a></em></p>
<p align="JUSTIFY"><em>Fotos: Luis Bernardo Cano. </em></p>
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        <author>@JuanDiegoR</author>
                    <category>Tenis al revés</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/tenisalreves/?p=121</guid>
        <pubDate>Wed, 19 Nov 2014 23:20:58 +0000</pubDate>
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