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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Plutarco | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Musas</title>
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        <description><![CDATA[<p>Esos espíritus o presencias etéreas a los que acude el poeta en busca de inspiración, esas figuras divinas con las que quiere toparse la mano creativa del pintor, las ninfas por las que espera ser abordado el músico que compone una melodía, esas fuerzas poderosas que como representaciones femeninas asisten a los artistas dotándolos de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Esos espíritus o presencias etéreas a los que acude el poeta en busca de inspiración, esas figuras divinas con las que quiere toparse la mano creativa del pintor, las ninfas por las que espera ser abordado el músico que compone una melodía, esas fuerzas poderosas que como representaciones femeninas asisten a los artistas dotándolos de magia y creatividad, esos son los seres mitológicos a los que se les conoce como musas. La palabra musa significa “canción” o “poema”, y según parece la devoción por estos seres es originaria de Pieria, en Tracia, muy cerca de donde se ubicaba el monte Olimpo. La versión que más prolifera cuenta que fueron engendradas después de nueve noches de amor ininterrumpidas entre Zeus, gran dios del Olimpo, y la titánide Mnemósine, diosa de la memoria, y que solían acompañar al dios de las artes, el mítico Apolo, con quien tendrían casi todas algún amorío y una que otra descendencia divina, además de aprender de él los distintos oficios artísticos. Su primera aparición, luego de su nacimiento, fue cantar en coro el triunfo de los dioses olímpicos sobre los titanes, celebrando la victoria que eternizaría a su padre en el poder de los cielos. Hacia el siglo VIII antes de Cristo la creencia en las musas se extendía por todo el territorio de la Hélade, siendo una creencia que ciertamente inspiraría el arte de la Antigua Grecia, ya que toda suerte de artistas de distintas latitudes estaban convencidos de la existencia de las musas, por lo que el culto y adoración por estas figuras era común entre los poetas, escultores y músicos de la época. Desde Esparta y hasta Roma, y para rendirle tributos a las musas, se erigieron templos, altares, estatuas y toda clase de monumentos donde solían ofrecerse en sacrificio libaciones de agua, leche y miel. En el siglo IV la ya dominante iglesia romana prohibió el culto y la adoración a las musas, considerándoles rituales paganos que eran contrarios a los preceptos cristianos, y durante el Oscurantismo la invocación a estas presencias míticas podría llegar a ser condenado con la pena capital. Unos dicen que al principio fueron tres musas, otros señalan que fueron cuatro, pero la versión más difundida sería la propuesta por Hesíodo y luego respaldada por Plutarco, quienes distinguieron a nueve musas y las catalogaron según las distintas corrientes artísticas: <strong>Calíope </strong>(Καλλιόπη), “la de la bella voz”, musa de la elocuencia, la belleza y la poesía épica, amante de Apolo y con quien tendría al poeta Orfeo, asesinado por el dios Dionisio, y a quien se le representa coronada con un ramillete de laureles, portando una tabla de escritura y sujetando una lira. Es la mayor de todas y según Homero sería ella la que inspiraría sus epopeyas de <em>La ilíada </em>y <em>La odisea</em>; y también sería la encargada de mediar en la disputa entre Afrodita y Perséfone cuando ambas codiciaban al bello Adonis. Tras la muerte de su hijo y su esposo, esta ninfa acabaría parando en los sótanos del Hades.<strong> Clío </strong>(Κλειώ), “la que ofrece la gloria”, madre de Jacinto, el fiel amigo de Apolo, musa de la Historia y que suele ser representada portando un libro abierto o un rollo de pergamino mientras toca la trompeta. Se dice que fue ella quien enseñó en Grecia el alfabeto de los fenicios. <strong>Erató </strong>(Ἐρατώ), “la amorosa”, musa de la poesía lírica, amante de Apolo, y que suele aparecer con una antorcha encendida, acompañada de un arco y de flechas doradas, tal como Eros, dios del amor, con una corona de rosas ceñida a su cabeza y sosteniendo el instrumento de la cítara mientras un par de tórtolas le picotean los pies. <strong>Euterpe </strong>(Εὐτέρπη), “la muy placentera”, musa de la música, inventora del aulos (flauta doble) y que suele estar acompañada junto a otros instrumentos como el laúd y la guitarra, coronada de rosas y hojas de mirto y que funge como representante del buen ánimo. <strong>Melpóneme </strong>(Μελπομένη), “la melodiosa” era la musa de la tragedia, del ingenio y la imaginación. Su cabeza está encumbrada por una corona de pámpanos y alguna joya que la adorna, siempre cubierta de coloridas prendas, calzado alto, llevando una máscara de aspecto triste en una de sus manos, y en la otra un puñal ensangrentado (en otras versiones empuña un cetro), mientras reposa sobre una maza como símbolo de que el oficio del teatro requiere un compromiso para nada sencillo, así como de un gran talento. Triste, solitaria, descontenta a pesar de sus privilegios, y representante consumada del drama. <strong>Talía </strong>(Θάλεια), “la festiva”, musa de la comedia, anfitriona en festejos, sinónimo de abundancia, será la contraparte de su hermana Melpóneme. Con una mirada inquietante, pícara y divertida, Talía es representada con guirnaldas, calzando sandalias o borceguíes, y portando en su mano una máscara con una sonrisa dibujada. También fue amante de Apolo, y es asociada con los campos, los sembrados y la agricultura. <strong>Terpsícore </strong>(Τερψιχόρη), “la que deleita en la danza”, es la musa del baile, también la que vela por la educación, y suele representársele bailando y tocando el arpa. Es además la madre de las sirenas. Siempre vestida con prendas color blanco, <strong>Polimnia </strong>(Πολυμνία), “la de muchos himnos”, es la musa del canto. Es representada en una actitud meditativa, con un semblante muy serio, reposando su brazo sobre una roca en actitud reflexiva, mientras un velo le cubre parte del rostro y su mirada profunda se posa en los cielos. Lleva algunas cadenas sujetas a su cuerpo, y a veces aparece con un dedo en los labios como señal de silencio y prudencia. Es la creadora de la geometría, la gramática y la lira. Finalmente la menor de las musas, <strong>Urania </strong>(Οὐρανία), “la celestial”, musa de las ciencias y especialmente de la astronomía, otra amante de Apolo que figura portando un ramillete de espigas en su mano derecha y en la izquierda un globo terráqueo, y a sus pies distintos instrumentos de medición como la brújula o el compás. El poder principal de las musas consiste en susurrar al poeta las palabras justas, medidas, mezcla de su conocimiento y sus ideas, otorgándole el disparador necesario para relatar sus pensamientos con elegancia y belleza. Así también aconsejaban a los reyes en el arte de gobernar y socorrían a los oradores en el arte de la retórica, como fuera el caso de Aristeo. La profecía era también un atributo por el que eran conocidas dado su cercanía con el dios profético de Delfos, su amado Apolo. Las musas figuran en los distintos mitos como personajes secundarios, compañeras del dios Dionisio en sus banquetes y con entrada disponible al Olimpo, haciendo apariciones eventuales, como cuando sirvieron de juezas en el duelo musical que tuvo Apolo contra su retador Masias, o cuando las nueve hijas del rey Píero, las Piérides, se atrevieron a desafiarlas en una competencia de canto, terminando convertidas en urracas y sus voces transformadas en graznidos. Otras que no salieron bien libradas después de encarar a las musas fueron las temidas sirenas, que recibieron como castigo el ser desplumadas de sus colas, plumas con las que luego se adornarían las musas con el fin de humillar a las ninfas oceánicas. El cantor Tamiris, hijo de Filamón y de la ninfa Argíope, fue otro personaje al que no le fue bien luego de retarlas y de perder en la contienda. Tamiris había propuesto a las musas acostarse con ellas si salía vencedor en un duelo de canto, pero finamente sería castigado con la ceguera por su <em>hibris, </em>que es como se conoce a la ambición desmedida<em>. </em>Al comienzo de una tarea artística es el momento preciso en que es debido evocarlas, nombrándoles y requiriendo de su consuelo, su gracia y profecía, para que acudan en auxilio de la empresa artística. Es así como a lo largo de la Historia han sido varios los filósofos y poetas que han invocado la asistencia inspiradora de las musas. El ilustre Heródoto nombró a cada uno de sus nueve libros de <em>Historias </em>con el nombre de cada musa. Para impulsar la “armonía cívica y el aprendizaje”, Pitágoras recomendó a los habitantes de Crotona que levantaran un templo en honor a las musas. Platón y Hesíodo también se refieren a las musas en algunos pasajes de sus escritos, y de este mundo antiguo nos queda la biblioteca de Alejandría, la cual se construyó alrededor de un <em>mouseîon </em>(museo), que es como se le llama al “altar de las musas”, y que estaba ubicado muy cerca de la tumba de Alejandro Magno. En tiempos modernos Dante clamará el auxilio de las musas en repetidas ocasiones, como en el caso de <em>La divina comedia, </em>cuando canta desde el Infierno: “¡Oh musas, oh altos genios, ayudadme! ¡Oh memoria que apunta lo que vi, ahora se verá tu auténtica nobleza!” O en el caso de Shakespeare con su obra <em>Enrique V, </em>y en cuyo prólogo podemos leer: “Quién me diera una musa de fuego que os transporte al cielo más brillante de la imaginación; príncipes por actores, un reino por teatro, y reyes que contemplen esta escena pomposa.” John Milton, Góngora, e incontables son los artistas que expresaron sus ansias de convocarlas para que alumbraran sus obras. Hicieron presencia en el antiguo arte romano y luego tuvieron que esperar para reaparecer en el Renacimiento y cobrar mayor fuerza con el Neoclásico, siendo notoria la figura de las musas en los relieves de los monumentos, o en las esculturas que suelen adornar las fuentes. En la Ilustración la mítica presencia de la musa se manifiesta en el arte, y hacia el siglo XVIII volverán a ser símbolo de inspiración divina, como el caso de una logia compuesta por intelectuales y célebres de la época como Voltaire, Franklin y Danton, que era conocida como <em>Les neuf sœurs </em>(Las nueve hermanas). A partir de ese momento la palabra “museo” servirá además para nombrar al lugar donde se recoge historia y conocimiento que quiere compartirse con todos. Safo de Lesbos y más tarde otra poetisa, Sor Juana Inés de la Cruz, fueron llamadas como la “Décima Musa”. Los nombres de las musas aparecen bautizando plantas, árboles, ríos y mariposas, y de diferentes formas se les ha representado en los cuentos, películas, animaciones y videojuegos, y en donde seguirán su tarea de alertar el asombro del artista y servir como un gatillo en su quehacer creativo.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 23 Jun 2023 22:58:35 +0000</pubDate>
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        <title>Cleopatra VII Thea Filopátor (69-30 a.C.)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Heredera del poder que siglos antes ostentaron las primeras faraonas como Hatshepsut, Neithotep o la famosa Nefertiti, Cleopatra VII se destacaría como una de las figuras femeninas más reconocidas en el poder. Otras Cleopatras antes y después se suscriben a un largo listado: Cleopatra la Alquimista, Cleopatra Selene II, Cleopatra I de Sira, Cleopatra V, [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Heredera del poder que siglos antes ostentaron las primeras faraonas como Hatshepsut, Neithotep o la famosa Nefertiti, Cleopatra VII se destacaría como una de las figuras femeninas más reconocidas en el poder. Otras Cleopatras antes y después se suscriben a un largo listado: Cleopatra la Alquimista, Cleopatra Selene II, Cleopatra I de Sira, Cleopatra V, Cleopatra VI Trifena, pero sin duda cuando mencionamos su nombre nos referimos a la última gobernante de la Dinastía Ptolemaica de Egipto, Cleopatra VII Thea Filopátor, esa que gobernó a finales del siglo I a.C., y quien resaltó por su belleza y así también por el encanto de su inteligencia. En una época donde los romanos ya habían ganado terreno y los antiguos faraones egipcios venían gobernando como monarcas griegos helenísticos, descartando el aprendizaje del idioma propio, Cleopatra sería la primera de su dinastía en conocer a fondo el lenguaje egipcio, y aunque su lengua materna fuera la koiné griega, también se interesó en hablar el etíope, troglodita, arameo, árabe, sirio, medo, parto, latín, lo que demuestra el interés que tuvo en integrar territorios del norte africano y de Asia occidental que otrora hicieron parte del Reino Ptolemaico. No se conoce quién sería su madre, y se postulan los nombres de Cleopatra V, conocida también como Cleopatra VI Trifena, y sabemos que tuvo una hermana, Arsíone IV, y sus dos hermanos Ptolomeo XIII y Ptolomeo XIV. Era descendiente directa de Ptolomeo I Sóter, fundador de la dinastía, general grecomacedonio y amigo de Alejandro Magno. Su nombre significaría algo como “la gloria de su padre” o “la diosa que ama a su padre”, y quien se sabe se trató de Ptolomeo XII Auletes, el faraón que por aquellos días gobernaba un Egipto que desde hacía mucho tiempo venía sirviendo como vasallo y de manera voluntaria al creciente dominio de los romanos, y a quienes servía con sumisión, siendo así que cuando su pueblo se levantó en una revuelta, Ptolomeo XII, en compañía de su pequeña Cleopatra de 11 años, eligió la ciudad de Roma para exiliarse. El trono sería reclamado por Berenice IV, hermana mayor de Ptolomeo XII, y quien sería asesinada después de gobernar tres años, momento en el que Ptolomeo XII retomaría el poder con la ayuda de las fuerzas romanas. Hacia el 51 a.C. muere Ptolomeo XII, no sin antes legar su herencia en el trono a sus hijos Cleopatra y Ptolomeo XIII, quienes tendrían que gobernar como si se tratara de una pareja de esposos corregentes, pero siendo Ptolomeo XIII un imberbe sería Cleopatra quien trataría de sobreponerse a su hermano. La pareja de faraones heredó el mando de una sociedad revoltosa y descontenta, territorios que estaban siendo anegados por el río Nilo y que tenían inundados los sembradíos, una hambruna generalizada y una cuantiosa deuda de millones de dracmas que su padre había contraído con los romanos. Los documentos reales eran firmados únicamente por Cleopatra, mostrándose así como la gobernante oficial, y sin embargo Ptolomeo XIII gozó de la asistencia de algunos personajes influyentes dentro del gobierno, quienes evitarían que los poderes oficiales del púber desaparecieran, y es por esto que algunos otros documentos empezarían a ser emitidos con la firma de Ptolomeo XIII. Cleopatra intentó una alianza con su otro hermano, Ptolomeo XIV, pero éste ya se encontraba del lado de su hermano, y es por esto que hacia el 49 a.C. Cleopatra entendió que había perdido la batalla, por lo que decidió escapar de Alejandría y refugiarse en la región de Tebas. Por aquella época en Grecia se estaba desatando una de las confrontaciones más recordadas entre las fuerzas de Julio César contra las de su antiguo aliado, Pompeyo el Grande, en un enfrentamiento bélico en el marco de la segunda guerra civil de la República romana, el 9 de agosto del año 48 a.C., conocida como la Batalla de Farsalia. Los ejércitos de Pompeyo salieron diezmados y su líder, viejo amigo de los ptolemaicos, quiso encontrar su exilio en la tierra de los faraones, pero tan solo desembarcar, Pompeyo sería apuñalado varias veces, y su cabeza embalsamada sería enviada a Julio César por órdenes de Ptolomeo XIII, autor intelectual del crimen, y que pretendía de esta forma agraciarse con Julio César además de exponer el poder que ostentaba en Egipto. Días más tarde Julio César llegaría a Alejandría y se aposentaría nada menos que en el palacio real, mostrando su descontento por el trato innoble de haber asesinado a Pompeyo, además del gesto grotesco de decapitarlo, ya que a pesar de considerarlo su enemigo tenía pensado perdonarlo, e incluso le tenía reservado un puesto de oficio dentro de su gobierno. El faraón y la faraona en disputa de su reino quisieron presentársele a Julio César en Alejandría, llevando la delantera Cleopatra, quien no sólo aventajó en tiempo a Ptolomeo XIII sino que aprovecharía la ventaja de sus encantos para ganarse los afectos del romano. El romano no podría resistirse a la tentación, pero lo cierto es que Julio César no quería que en Egipto se desataran más guerras, y pretendía poner fin a la discordia entre ambos hermanos sin la intención de favorecer a alguno en particular, y por lo que procuró la reconciliación por medio de un acuerdo en el que además le destinaba la regencia de importantes territorios a los otros dos hermanos, Arsíone IV y Ptolomeo XIV. Pero Ptolomeo XIII desconfió de este pacto por considerarlo poco conveniente para él, por lo que decidió atacar a las tropas de Julio César y sitiar Alejandría. La pareja y las fuerzas romanas resistieron hasta que meses más tarde llegaron los refuerzos de Roma, y a comienzos del año 47 a.C. Ptolomeo XIII sería derrotado en la Batalla del Nilo, y se cree que moriría ahogado luego de intentar escapar en un bote que acabaría por naufragar. Arsíone IV, la hermana menor, y quien había estado del lado de Ptolomeo XIII liderando el sitio contra Alejandría, encontró exilio en Éfeso, siendo así que Julio César, con la potestad que le otorgaba su cargo reciente de dictador, designó al pequeño hermano menor de Cleopatra, Ptolomeo XIV, como cogobernante de Egipto, realizando una boda que los oficializaba como la pareja real. Para este momento Cleopatra ya estaba embarazada de Cesarión (“El pequeño César”), el niño que fue fruto de la unión con su amante Julio César. Al nacer, el hijo de la pareja recibió el título real de “Faraón César”, tal cual puede leerse en una estela encontrada en el serapeum de Menfis. Julio César trató de mantener oculta y distante su relación con Cleopatra, además de su hijo Cesarión, queriendo no generar descontentos en la sociedad romana, y por otra parte Cleopatra no dejaría de hacer pública la filiación que unía a las dos figuras más representativas de Roma y Egipto. Gozando del título que les sería conferido por Ptolomeo XII, <em>Socius et amicus populi Romani </em>(“Amigo y aliado del pueblo romano”), a finales del año 46 a.C. Cleopatra y su hermano Ptolomeo XIV visitaron Roma y fueron hospedados con todo lujo en el Hortis Caesaris, la villa de descanso que pertenecía a Julio César. Allí permanecieron casi dos años hasta el asesinato de Julio César, tras lo cual Cleopatra intentaría posesionar a Cesarión como heredero de su padre, pero en su herencia el dictador reconocía como sucesor legítimo a su sobrino Octavio (primer emperador romano en el año 27 a.C. y que fuera conocido como Augusto, “El venerado”), por lo cual Cleopatra tomaría la decisión de regresar a Egipto. Una vez en Egipto, y como pareciera costumbre en estas tramas dinásticas, Cleopatra envenenó a su hermano Ptolomeo XIV y nombró a su hijo Cesarión, ahora conocido como Ptolomeo XV, como corregente de Egipto. En el año 43 a.C. se desataba la tercera guerra civil de la República romana, y Cleopatra se inclinó por el triunvirato encabezado por Octavio, Marco Antonio y Lépido. Con el segundo de estos su relación iría más allá, luego de que éste quedara impactado por esa mujer que era Cleopatra, y tras una visita a Alejandría el triunviro no podría resistirse a los encantos de la faraona, y así también con un pueblo que lo recibía con afecto después de que llegara acompañado de pocas tropas y en son de paz. El historiador Suetonio Tranquilo detalla un viaje por el río Nilo a bordo de un suntuoso crucero parecido a un “palacio flotante”, y en donde el general romano acabaría por ser conquistado por el ingenio y la inteligencia de la faraona egipcia. También se dice que al momento de conocerlo Cleopatra lucía un traje que evocaba a la diosa Afrodita, lo que acabaría por deslumbrar al fascinado general. Marco Antonio permaneció durante un tiempo en Egipto disfrutando de la compañía de Cleopatra, con quien tendría dos hijos: los gemelos Alejandro Helios y Cleopatra Selene II, quienes llevan como segundo nombre el de los dioses del sol y la luna. Cleopatra convenció a su marido para que ejerciera su autoridad y ejecutara sin reparos a su hermana Arsíone IV, porque es que según se comenta Cleopatra ejercía sobre Marco Antonio como una especie de embrujo o hechizo, o así lo consideraba la sociedad romana, que emparentaba la figura de la faraona con la imagen destructiva para la civilización de Roma, como lo fuera la leyenda de Helena de Troya. En el año 39 a.C. Marco Antonio creyó conveniente dejar sus asuntos resueltos en Egipto, instituyendo plenamente a Cleopatra como la faraona única y oficial, para mudar su cuartel general a Atenas, donde se casó con Octavia la Menor, hermana de Octavio, y con quien tendría dos hijas: Antonia la Mayor y tres años más tarde a Antonia la Menor. Por aquel tiempo Octavio empezó una propaganda en contra de Marco Antonio, señalándolo de favorecer los intereses de los ptolemaicos y descuidando de esta forma sus cargos como triunviro. A manera de publicidad, Octavio mandó a construir una estatua de su esposa Livia Drusila y de su hermana y esposa de Marco Antonio, Octavia la Menor, haciéndole competencia a la estatua que años antes Julio César había erigido para Cleopatra, así también como a Cornelia, hija de Escipión el Africano, y quien medio siglo antes hubiera sido la primera mujer romana en ser distinguida inmortalizándola en una estatua. En al año 36 a.C. Marco Antonio y Cleopatra se reunieron durante una campaña militar que trataba de sofocar las invasiones del Imperio Parto, y por aquellos días la faraona daría a luz a su tercer hijo con el triunviro, niño a quien llamaron Ptolomeo Filadeldo. Además aprovecharían para formalizar sus nupcias en un evento, en el que Dion Casio relata que la faraona se vistió y se peinó y se emperifolló con todo su arsenal estético, y que sus atuendos emulaban la figura de la diosa Isis, y fue así como se proclamaría “Reina de Reyes”, y a su hijo Cesarión y corregente lo declararía con la misma distinción de “Rey de Reyes”. La faraona dejaría una constancia clara de sus propósitos por medio de decretos aprobados por su esposo y remitidos a Roma, concesiones territoriales ratificados por el triunviro y conocidos como las “Donaciones de Alejandría”, donde declararía a sus dos hijos gemelos como reyes oficiales de varios importantes territorios. Egipto le sirvió de mucho a Marco Antonio para poder emprender sus batallas, como en el año 32 a.C. cuando Cleopatra asistió a su esposo con unos doscientos barcos, lo que representaba una cuarta parte de la flota naval egipcia. Para ese momento Cleopatra pidió a Marco Antonio disolver formalmente su unión con Octavia la Menor por medio de una declaración oficial, y luego de que esta se hiciera pública ya Octavio tendría los motivos suficientes para dar inicio a la cuarta guerra civil de la República romana. La guerra estaría declarada concretamente a Cleopatra, el triunvirato ya había expirado y los pocos aliados con los que Marco Antonio contaba al interior del senado habían sido disuadidos para que apoyaran a Octavio, siendo así que para el año 31 a.C. se llevó a cabo una serie de enfrentamientos navales en los que, a pesar de contar con una fuerza superior en número, Marco Antonio y Cleopatra no pudieron contra las tropas profesionales de la armada comandada por Octavio. La batalla decisiva, acaecida en Accio, tuvo como triunfador al general encargado por Octavio, Marco Vispanio Agripa, y nada pudo hacer Cleopatra a borde de su buque conocido como el <em>Antonias, </em>ni mucho menos Marco Antonio, que esperaba en su navío de velas púrpuras en compañía de una flota de sesenta barcos apostados en la desembocadura del golfo de Ambracia, y que prefirieron darse a la huida al enterarse de que ya sus embarcaciones habían sido diezmadas. Ambos emprendieron una travesía de tres días hasta llegar a Egipto, y allí cada quien tomaría un rumbo que cada vez más lo distanciaría del otro. Los ejércitos de Octavio avanzaron en su conquista de Egipto, y viéndose acorralado, el legendario Marco Aurelio terminaría por suicidarse a sus 53 años clavándose un puñal en el estómago. Plutarco sugiere que Marco Antonio pudo ser llevado ante Cleopatra antes de morir para confesar que su muerte era un asunto de “honor”. Los restos del romano fueron embalsamados y exhumados al interior de una tumba. Cleopatra permaneció en Egipto y negoció con Octavio, mientras empezaba los preparativos para que Cesarión la sucediera como gobernante oficial de su dinastía. Pero Octavio no estaba dispuesto a aceptar las condiciones de la faraona, por lo que ésta amenazaría con quemar todo su tesoro y consumirse también a sí misma entre las llamas. Octavio pudo evitar que así fuera, y alcanzaría a reunirse con ella para insistir en que respetaría su vida y la de sus tres hijos menores, pero la faraona había escuchado que los planes de Octavio eran llevarla a Roma para exponerla junto a sus hijos en una procesión de humillación pública, a lo cual Livio menciona que la faraona diría: “<em>ou thriambéusomai</em>” (“no seré exhibida en un triunfo”). La leyenda cuenta que meses atrás venía probando distintos venenos con algunos prisioneros e incluso con sus sirvientes, pero el relato de su médico Olimpo, y el más común, es que la faraona eligió la mordida de un áspid o una cobra. Estrabón sugiere que usó algún tipo de ungüento para suicidarse, Plutarco propone que se introdujo el veneno empleando una espina, y Dion asegura que se trató de una aguja, y en cualquier caso decir que su cadáver sí tenía al parecer un pequeño pinchazo causado probablemente por una púa. Sea como fuera, en el mes de agosto del año 30 a.C., a sus 39 años de edad, la mítica Cleopatra VII Thea Filopátor se quitaba la vida al interior de una tumba que ella misma había mandado a construir. La acompañaron en su viaje al más allá sus fieles servidores Eiras (Iras) y Carmión (Charmión), así como otro número de sirvientes que se suicidaron junto a ella, para poder tener el honor de seguirla asistiéndola en el más allá. El suicidio de Cleopatra tomó por sorpresa a Octavio, quien a pesar de todo le rindió una ceremonia fúnebre que estaba a la altura de una faraona, preservando las pinturas y monedas que contenían su imagen, y así también como la estatua de bronce que mandó a erigirle Julio César al interior del templo de Venus Genetrix, en Roma, emulando la figura de la mismísima Isis, siendo la primera persona que en vida gozó de una réplica de su imagen construida en el templo de una deidad romana, y que se mantuvo en pie durante casi tres siglos. Octavio también mandó a que se hiciera una pintura que retratara a la faraona siendo picada por una serpiente, retrato que expuso en un lugar privilegiado durante su desfile triunfal en Roma. La misma suerte no tendrían las imágenes que evocaban a Marco Antonio y que Octavio, convertido ya en Augusto, mandaría a desaparecer del territorio de Egipto. Antes de caer en manos de los romanos, Cleopatra envió a su hijo Cesarión al Alto Egipto, esperanzada en que luego pudiera viajar a Nubia, Etiopía y hasta llegar a la India, para finalmente escapar a la persecución de Octavio. Pero tres semanas después Cesarión sería invitado por el mismo Octavio para que retomara su lugar como Ptolomeo XV, faraón de Egipto, pero fiel a la consigna de que “en el mundo sólo hay lugar para un César”, el primer emperador de Egipto traicionaría su promesa y acabaría asesinando al hijo que Cleopatra había tenido con Julio César. Los otros tres hijos de la faraona serían llevados a Roma y su crianza fue encomendada a su madrastra, Octavia la Menor. Años más tarde Cleopatra Selene II se casaría con el rey Juba, con quien tendría a Ptolomeo de Mauritania, y quien sería asesinado por su primo Calígula sin que éste dejara sucesor alguno, dándose así por concluida la larga dinastía ptolemaica que empezó tres siglos atrás durante el período helenístico de Alejandro Magno, y dando inicio al Principado del Imperio Romano en donde Egipto pasaría a convertirse en una suerte de provincia del Imperio. Tanto en el estilo romano como en el helenístico y por supuesto en el egipcio, la imagen de Cleopatra ha sido perpetrada a través de todo tipo de obras, pinturas, estatuas, esculturas, bustos, relieves, jarrones, vasijas de cristal y camafeos tallados, y en donde suele representársele portando sobre su cabeza la clásica diadema con una cobra enroscada y que se conoce como el “ureus”. Es característico su peculiar peinado estilo “melón” y con un moño trenzado en la parte de atrás, y que tras su llegada a Roma se popularizaría entre las mujeres, dejando claro la influencia que la faraona tendría en la moda de la época. Se le ha dibujado con el pelo de color rojizo, castaño y también negro, recogido en moño con horquillas perladas, y luciendo pendientes colgantes en forma de candongas. Su piel de un color marfil, cara redondeada, nariz aguileña, mentón prominente y ojos lanceolados que recuerdan a los dioses y a la figura masculina de su padre. Cleopatra fue la única en su dinastía que acuñó monedas con su nombre y su efigie, gesto que fue imitado por Julio César, convirtiéndose éste en el primer romano vivo en figurar en una moneda, y así también mandaría a acuñar algunas con la figura de la faraona, que sería la primera extranjera en aparecer en una moneda romana. En las monedas Cleopatra aparecerá a veces representada como la diosa Afrodita (Venus para los romanos), acentuando esos marcados rasgos masculinos, tal vez idealizada por el estilo helenístico. En la actualidad podemos apreciar en el Museo Real de Ontario el “Busto de Cleopatra”, y también son famosos la “Cleopatra de Berlín” cuyo busto conserva intacto su nariz, cosa que no le sucede al expuesto en el Museo del Vaticano y al que se le conoce como la “Cleopatra Vaticana”, todos estos hallazgos encontrados en villas romanas y que se calcula datan de una época en la que la faraona podría estar todavía con vida. En Egipto, el complejo funerario cerca de Dendera alberga el templo de Hathor, y cuyas paredes de estilo egipcio contienen imágenes talladas en relieve representando a la faraona con su hijo Cesarión. Más de cincuenta obras de la historiografía romana dan cuenta de la vida de Cleopatra. Virgilio romantizó la idea de una Cleopatra épica y melodramática, Horacio resaltaba su suicidio como un suceso positivo para los romanos, y Ovidio fue el encargado de darle forma a una faraona licenciosa, llena de codicia, y que manipuló a través de sus encantos femeninos y de su agudeza mental. La visión de estos poetas latinos persistió en la literatura del Medioevo y todavía entrado el Renacimiento. Una visión negativa de la faraona y que fue casi confirmada por varios historiadores como Plutarco, que en su libro <em>Vida de Antonio </em>se referirá a Cleopatra como una mujer encantadora por sus atributos físicos y de un carácter fuerte e ingenioso. También la describen en sus textos autores como Valero Máximo, Plinio el Viejo, Apiano y Cicerón, este último conocedor en persona de la faraona, y quien no se referirá a ella en los mejores términos. Y es que a pesar de que hoy todavía se asocie a Cleopatra con la mujer engatusadora, promiscua y libidinosa, y que sabía cómo aprovecharse de sus atractivos para seducir a los hombres, lo cierto es que solamente podemos contar entre sus amantes a dos de los más grandes del momento, con quienes además mantuvo una relación, y de quienes se aseguró una descendencia que pudiera perpetuar el poder de su dinastía. Entrado el Renacimiento la figura de la faraona egipcia empezaría a cobrar nuevos tintes, siendo así que para el siglo XIV el poeta inglés, Geoffrey Chaucer, actualizaría la historia de Cleopatra a la luz de la cristiandad medieval, con su obra <em>The legend of good women, </em>y para ese mismo período el poeta italiano Giovanni Boccacio haría lo mismo a través de su lengua. La dibujaron Rafael y Miguel Ángel, y durante el barroco fue representada a través de esculturas, pinturas, grabados, xilografías y poemas. En 1608 William Shakespeare, en la tragedia <em>Antonio y Cleopatra, </em>retrataría la figura de una faraona fogosa y apasionada que contrastaba con la imagen virginal de la reina Elizabeth, y en la música Georg Friedrich Händel le dedicaría en 1724 la ópera titulada <em>Julio César en Egipto. </em>Durante la época victoriana la imagen de Cleopatra se asociaba directamente con Egipto, una representación de la opulencia y el lujo que ciertamente supo patentar en vida con sus gastos desmesurados, y su figura se explotó para comercializar productos de hogar, lámparas de aceite, postales, litografías e incluso cigarrillos, y así también como cosméticos, popularizándose el mito de que la antigua faraona egipcia había descubierto los anhelados secretos del rejuvenecimiento. En la modernidad, y luego de un siglo XIX donde afloró la “egiptomanía”, Cleopatra se ha convertido en un ícono de la cultura popular. La literatura contemporánea la retrata a través de renombrados autores como George Bernard Shaw, Aleksandr Pushkin, o el erudito chino de la Dinastía Qing, Yan Fu, quien escribiría una extensa biografía sobre la faraona. En el cine Georges Méliès con su película <em>Cléopâtre </em>dio inicio en 1899 a una cantidad de películas dedicadas a la faraona, destacándose la de 1917, la de 1934 protagonizada por Claudette Colbert y la de 1963 con el dúo de Elizabeth Taylor y Richard Burton en el papel de Marco Antonio, siendo así que para finales del siglo XX se contaban más de cuarenta películas sobre Cleopatra, unas doscientas novelas y obras teatrales y casi medio centenar de óperas y ballets. Cleopatra fue muchas cosas. Fue una erudita en todos los campos: lingüista y escritora de varios tratados médicos, algunos de ellos conservados por Galeno y en donde estudió remedios para enfermedades capilares como la caspa y la calvicie, con una detallada medida de los pesos y medidas que debían emplearse de los distintos elementos farmacológicos. Aecio de Amida se atreve a postular a la faraona como aquella que descubrió cómo perfumar los jabones, y Pablo de Egina conservó sus recetas para teñir y rizar el cabello. Cleopatra es la figura de la mujer imperante, monarca absoluta de muchos territorios y de una gran civilización egipcia, diplomática y comandante naval, máxima potestad en asuntos económicos y administrativos como el control de precios y aranceles o los tipos de cambios para las divisas extranjeras, autoridad religiosa, constructora de varios templos dedicados a los dioses griegos y egipcios, como el Cesáreo de Alejandría en honor a Julio César e incluso de una sinagoga destinada para los judíos, legisladora y regente única y un símbolo femenino de la gobernante de todos los tiempos.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Sat, 11 Mar 2023 01:32:25 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Cleopatra VII Thea Filopátor (69-30 a.C.)]]></media:description>
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        <title>Ninfas</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Escondidas en lo profundo de los bosques, algún desventurado podría llegar a cruzárselas, permitiéndose gozar de su encanto y de su belleza, pero sufriendo la desgracia de padecer algún mal, locura o enamoramiento, ceguera e, incluso, la muerte. No son seres malignos, todo lo contrario. Se tratan de presencias femeninas con potestad divina y que son las encargadas de dar vida, velar y animar las distintas manifestaciones de la naturaleza: ríos, lagos, mares, montañas, árboles, valles, cavernas… La cuestión es que son ellas quienes acuden en auxilio de animales y humanos, y no gustan ser sorprendidas de improviso por los hombres que, obnubilados por la tanta belleza, no podrán evitar reparar en ellas, mereciendo de esta forma un castigo por su indiscreción. Son representaciones de fertilidad y gracia, encargadas de la crianza de hombres y de la protección de animales, enfermeras solícitas capaces de curar toda suerte de dolencias, y dotadas de una hermosura impactante y divina. Suelen ser caracterizadas como bellas doncellas que aparecen casi siempre desnudas, luciendo una corona perlada sobre una larga cabellera color marina, de cuerpos esbeltos y lívidos que les permiten flotar y fluir con un desenvolvimiento supremo, así como transmutar y adquirir varias formas y figuras. Las ninfas solían estar presentes en las reuniones de los dioses olímpicos, y varias de estas eran incluso las hijas de algunos dioses, por lo que suele conferírseles el grado de deidad. Lo cierto es que si bien estos espíritus divinos gozaban de una prolongada juventud, no se trataba de seres inmortales, y el hecho de que pudieran morir las convierte en personajes que no corresponden ciertamente con los atributos de los dioses sempiternos. La palabra griega νύμφη (ninfa) significa “novia”, y aunque existen otras acepciones distintas, todas hacen referencia a un estado en el que la mujer está en edad de recibirse en matrimonio. Las primeras ninfas fueron concebidas por los primeros dioses, Gea y Urano, son hermanas de Afrodita, de las Furias y de los Gigantes, y a éstas se les conoce como las <em>melias</em> o <em>melíades</em>. Con ellas nace la Edad de Bronce, y a partir de allí las ninfas adquieren distintos nombres según el lugar del que se ocupan. Tenemos así en los cielos a las <em>auras, </em>las aladas hijas del viento; las <em>néfelas, </em>las nubes de las lluvias; las <em>auriae, </em>las encargadas de las brisas y también las <em>asteriae </em>que eran las ninfas de las estrellas. Las ninfas marinas son muchísimas, destacándose las <em>oceánides</em>, hijas de Océano y Tetis, las <em>náyades </em>y las <em>hidríades </em>que estaban presentes en las aguas dulces, y además de las cincuenta <em>nereidas </em>que habitaban en el Mar Mediterráneo<em>, </em>hijas de Nereo y de la oceánide Doris, y que se reconocen por portar un tridente y acompañar en sus empresas al dios de los mares, Poseidón. En los océanos también encontramos a las <em>sirenas</em>, únicas de las ninfas que tienen propósitos siniestros, ya que suelen encantar a los marineros con su melodioso canto, atrayéndolos al agua y en donde finalmente acabarán ahogándolos. Es por esto que algunos expertos toman medidas al respecto taponándose los oídos con cera caliente. En tierra encontramos a las <em>oréades, </em>guardianas de grutas y montañas; las <em>dríades, </em>protectoras de los árboles, las <em>atlántides </em>o <em>hespérides, </em>hijas del titán Atlas y custodias de la cordillera del Atlas, en África de norte; también son hijas de Atlas y de Pléyone las siete <em>pléyades</em>, famosas por ser parte de la corte de ninfas que acompañaban a la diosa Artemisa en todas sus empresas. En el inframundo nos encontramos con decenas de ninfas, destacándose las <em>lampadas </em>que portan antorchas y acompañan a Hécate, diosa de la brujería, y a quien Zeus le obsequiaría este séquito de ninfas por tratarse de una fiel aliada del Olimpo. Por último resaltar la presencia de las <em>musas</em>, que según las categorías de Hesíodo y Plutarco se trataban de nueve ninfas dotadas del poder de la profecía, y que eran quienes inspiraban la creatividad artística en sus distintas vertientes: la danza, el teatro, la música, la poesía. Las ninfas no aparecen como protagonistas de los mitos griegos, y sin embargo suelen rodear algunos de los principales seres olímpicos o emparentarse con reyes y dioses. Artemisa por ejemplo tenía por costumbre salir a cazar en compañía de unas sesenta oceánides; Poseidón se ve siempre rodeado de las nereidas<em>;</em> las <em>ménades</em> eran aquellas ninfas que solían servir a Dioniso en sus festejos; las hidríades asistían a la diosa Deméter y las <em>lamusideas</em> aparecen frecuentemente en los relatos del sátiro dios Pan; una ninfa llamada <strong>Maya</strong> tendría con Zeus al dios mensajero Hermes y también la nereide <strong>Tetis</strong> sería la madre de Aquiles y Temries, e incluso fueron las <em>thías </em>(ninfas abejas) quienes se ocuparon de la crianza del gran Apolo. En uno de los relatos de Herácles las náyades se manifiestan para frustrar los intereses del héroe, quien padeció la muerte de su amante Hylas, luego de que éste fuera engañado por las ninfas y acabara ahogándose en una fuente. <strong>Anfitrite</strong> es una nereida de las más antiguas, reconocida por sus celos desmesurados y acechada por el dios Poseidón, quien se enamoraría de ella cuando la vio bailando en Naxos junto a otras ninfas, y no vaciló para raptarla y procrear con ella al famoso dios Tritón, mensajero de los océanos. <strong>Galatea</strong> era otra nereida que habitaba en Sicilia, hija de Nereo y de la ninfa Toosa, y que debido a su encantadora belleza dejaría al cíclope Polifemo perdidamente enloquecido. Sin embargo Galatea no correspondía al cíclope ya que su corazón estaba con un pastor llamado Acis, hijo también de una ninfa y del dios Pan. El cíclope descubriría a estos amantes a orillas del mar y le daría muerte a Acis propinándole un golpe en la cabeza con una enorme piedra. Los dioses se apiadaron del dolor de la ninfa y convirtieron la sangre derramada de su amante en un río que hasta el día de hoy conserva el nombre de Acis. Otra ninfa reconocida por su historia con el dios del sol y de las artes, Apolo, es la dríade llamada <strong>Dafne</strong>, hija de la diosa Gea y del dios del río Ladón, de Arcadia. La leyenda cuenta que Eros, siendo burlado por Apolo, decidió vengarse de éste clavándole una de sus flechas de oro y enamorándolo de esta manera de Dafne, quien a su vez recibiría su herida con una flecha de plomo, lo que ocasionaba en la víctima el total desprecio por el amor. Apolo intentó de mil formas seducir a Dafne, y ante el acoso la dríade pidió el auxilio de los dioses, quienes la convertirían en un laurel para así evitar una acechanza continua del dios de las artes. Apolo arrancó algunas hojas del árbol y se fabricó una corona como un homenaje de su amor eterno, y de allí que la corona de laurel sea un símbolo del triunfo. <strong>Eco</strong> sería una oréade que fue criada por las musas, distinguida por su retórica y que se ensoberbecía de oír su melodiosa voz, y quien tendría la desventura de enamorarse del más apático y egoísta de los hombres, Narciso, un tipo vanidoso en exceso y que solía despreciar a cada una de sus pretendientes. Eco entretenía con su charla a Hera mientras Zeus se escapaba con sus amantes, y tras enterarse del engaño la diosa castigaría a la ninfa privándola de hablar, y limitándola a repetir únicamente la última palabra de su interlocutor. Eco logró encarar a su amado Narciso y éste le preguntó si era mujer, a lo que la ninfa solamente pudo replicar la palabra “mujer”. El pretensioso Narciso se burlaría de ella, y fue así como, desdichada, Eco se refugió en una cueva donde sería finalmente olvidada. <strong>Calipso </strong>fue la ninfa que hospedó en su isla a Odiseo luego de que el barco que lo llevara a casa naufragara, agasajándolo con todo tipo de banquetes y ropajes de lujo, esperando que éste desistiera de su campaña de retorno y se quedara a su lado. Fue así como consiguió que Odiseo retrasara su periplo y durante este tiempo tuvo con él dos hijos: Nausítoo y Nausínoo. Odiseo comenzó a extrañar a Penélope, su esposa, pero no conseguía desprenderse de las mieles de su amante, por lo que tendría que intervenir la diosa Afrodita quien le ofrecería a Odiseo la dotación de madera para que construyera una barca, así como los víveres suficientes para lanzarse de nuevo a la aventura marina. Se cree que la ninfa Calipso moriría de pena y desolación cuando fue abandonada por el héroe. <strong>Oenone </strong>era la ninfa que estaba casada con Paris, príncipe de Troya, y que vaticinó un desenlace fatal para su reino si Paris emprendía su viaje hacia Grecia, donde efectivamente conocería a Helena y, después de escaparse con ella, se desataría la mítica guerra contra los espartanos. Otra famosa ninfa es la dríade <strong>Eurídice</strong>, de quien el músico y poeta Orfeo se enamoró, siendo éste uno de los hombres más perseguidos y apetecidos por todas las ninfas. Eurídice muere luego de ser mordida por una serpiente, y Orfeo descenderá al Hades en su búsqueda, logrando rescatarla pero perdiéndola para siempre durante la huida, luego de que el poeta desacatara la instrucción de no mirar a su amada al rostro hasta tanto no abandonaran los infiernos, y tras lo cual Eurídice sería nuevamente arrebatada por los avernos. La palabra “ninfomanía” deriva de este mito, dado que Orfeo enloquecía a las ninfas con su canto, y en psicología hace referencia al desenfreno incontenible del apetito sexual, y aunque en la actualidad a dicha condición se le quiera cambiar el nombre por el de “hipersexualidad”. La palabra “nínfula” hace referencia a la niña precoz y avezada, tomando como referente a la <em>Lolita </em>de Nabokov, y en cuya novela el personaje mayor de Humbert Humbert suele llamar de esta manera a su amante adolescente. El encanto de las ninfas contrasta con el de la mujer sumisa, sirviendo como un modelo de libertad femenina que ejerció una grande influencia en el pensamiento del mundo antiguo. El culto de adoración incluía sacrificios de cabras y corderos, así como leche, vino y aceite. Su tributo se difundió a lo largo y ancho del territorio griego, y son decenas de estatuas y esculturas que pueden apreciarse casi siempre decorando las fuentes de las plazas. Incluso hoy día las ninfas hacen parte del folklor mitológico griego, y hay quienes aseguran haber sido testigos de un encuentro cara a cara con una de ellas. Por último mencionar que la palabra “nenúfar” proviene de la palabra “ninfa”.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 20 Jan 2023 22:54:35 +0000</pubDate>
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        <title>Olimpia de Epiro (375 a. C-315 a. C.)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Tuvo su historia propia, pero se le recordará principalmente por haber dado a luz a Alejandro Magno. Es más, sería ella quien haría de su hijo un grande. Bruja, mística, supersticiosa, el día antes de su boda tuvo el sueño premonitorio de que un poderoso rayo le atravesaba el vientre y le encendía con fuego sus entrañas. Su esposo Filipo II dice también haber soñado con que le grababa a su esposa en el vientre la figura monárquica del león. El oráculo no tendría mayores inconvenientes al momento de interpretar estos sueños como un augurio del nacimiento premonitorio de un rey jamás visto. Alentó a su hijo para que desde muy niño se convenciera de que los dioses mismos lo habían señalado para que su porvenir fuera la grandeza. Encargó su formación intelectual a los más avezados maestros de la época, como es el caso de Aristóteles, y sería su padre quien se hiciera cargo de su instrucción física y militar, haciendo de su hijo un guerrero formado en todas las disciplinas de la lucha y del intelecto. De esta forma el niño crecería como creyéndose de que se trataba de una especie de semidios, y su voluntad y disciplina lograrían formar un carácter que estuviera acorde con este destino. Olimpia era hija del rey de Molosia, en la región balcánica de Epiro, al noroeste de la actual Grecia, y antes de contraer matrimonio llevaba el nombre de Políxena en honor a la hija de Príamo que había sido sacrificada sobre la tumbad de Aquiles. Pero muy pronto quedó huérfana y sería su tío quien estaría a cargo de velar por su sobrina, y lo primordial era conseguirle un esposo que resultara conveniente a los intereses de la familia. Fue así como la mejor alianza sería con Felipe II de Macedonia, quien a lo largo de su vida tendría otras seis esposas, pero cuya unión con Políxena resultaba conveniente para su nación, ya que Macedonia no contaba con el acceso al mar que los griegos podrían ofrecerle. A los 19 años no había salido todavía de los dominios de su familia, y su primer viaje sería con destino a Macedonia para contraer matrimonio con el rey y engendrar a su grande sucesor. Al casarse volvió a rebautizarse, esta vez con el nombre de Myrtale, y años más tarde se decidiría por Olimpia, toda vez que su marido hubiera vencido en las olimpiadas justo el día en que nació Alejandro. Todo parecía predispuesto para que el heredero gozara de un prolífero futuro; por esos tiempos fueron varias las batallas y conquistas alcanzadas por los ejércitos macedonios, y la nación se encontraba en un esplendor nunca antes visto. Alejandro tuvo a su hermana, Cleopatra, y juntos recibieron clases y fueron formados con otros hijos y sobrinos de Filipo II. Por su ambición y sagacidad política, por sus mañas arteras y su capacidad de seducir, Olimpia se diferenciaría de las esposas pasadas del rey, a quien además acabaría por hechizar a través de sus conocidos rituales celebrados en honor a la deidad tracia llamado Sabazio, dios de la fertilidad y la vida eterna. Se decía que era de un temperamento violento, que su comportamiento era el de una persona bastante neurótica, y que su vida estaba ambientada en las alucinaciones místicas generadas por su tanta superstición. Dicen que sus aposentos estaban plagados de serpientes domesticadas que simbolizaban una continua ofrenda a Sabazio. Y a pesar de que su comportamiento con el rey fue leal, las tantas blasfemias y rumores que hablaban mal de la reina, llevaron a Filipo II a tomar la decisión de expulsarla y despojarla plenamente de sus títulos de monarca. Para el año 337 a.C. la madre del futuro conquistador de medio mundo se exilia en su ciudad natal, pero tendrá la oportunidad de regresar al año siguiente apenas muera Filipo II, y a punto de cumplir los 40 años la reina retomará su trono y se posesionará en su silla sin la estorbosa compañía de un rey. En adelante se trataría de engrandecer la figura de su hijo, quien hacia el 334 a.C. parte con destino a Asia y ya nunca más se volverán a ver. Sin embargo la relación se mantuvo con insistencia por medio de misivas que venían desde rincones remotos a donde llegaban los ejércitos macedonios, y luego viajaban con una respuesta materna a otro resquicio insospechado de este mundo. Común en la política de aquel momento, los opositores solían quitarse del camino de la manera más práctica, y fue así como Olimpia mandaría a asesinar a una exesposa de Filipo II, la inocente Eurídice, dando un motivo para que Casandro, su más acérrimo enemigo, se alzara en su contra y consiguiera que una buena parte del pueblo se uniera a él en su empeño por destronar a Olimpia. Finalmente Alejandro no sería inmortal, ni tampoco invencible y, una vez asesinado, Olimpia perderá el respaldo y la protección que la mantenían viva en este mundo. Encomendó a su hija el cuidado de Alejandro VI, el hijo que su gran Alejandro había tenido con una mujer llamada Roxana. Depuesto el rey, Casandro intentaría empañar la imagen del grande conquistador macedonio, e incluso mandó a los ejércitos a que ejecutaran a Olimpia, pero nada de esto consiguió, ya que los soldados se mantenían fieles a la gran figura que fue su grande general. De haberse tratado de un hombre, la historia la hubiera juzgado distinto. Para el macho es una virtud eliminar a sus rivales sea cual sea el método que empleara, pero a la mujer se le condena por utilizar las mismas armas masculinas, siendo que en aquella época era corriente valerse de asesinatos y traiciones para abrirse campo en la vida política. Eran las reglas del juego de quien quisiera gobernar, y Olimpia jugó sus cartas como más le convino. Al final Casandro consigue que sean los familiares de Eurídice quienes se encarguen de ajusticiar a la culpable, y en el año 315 a.C. la que fuera una de las más influyentes reinas políticas del mundo helenístico, la madre del más grande conquistador de todos los tiempos, recibiría la condena de la lapidación y moriría apedreada. Logró concretar el material onírico de sus visiones, logró hacer de su hijo un rey, y un grande, y definitivamente una de las leyendas más épicas de la historia humana.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 09 Apr 2021 07:58:50 +0000</pubDate>
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