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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Penélope | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Musas</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Esos espíritus o presencias etéreas a los que acude el poeta en busca de inspiración, esas figuras divinas con las que quiere toparse la mano creativa del pintor, las ninfas por las que espera ser abordado el músico que compone una melodía, esas fuerzas poderosas que como representaciones femeninas asisten a los artistas dotándolos de magia y creatividad, esos son los seres mitológicos a los que se les conoce como musas. La palabra musa significa “canción” o “poema”, y según parece la devoción por estos seres es originaria de Pieria, en Tracia, muy cerca de donde se ubicaba el monte Olimpo. La versión que más prolifera cuenta que fueron engendradas después de nueve noches de amor ininterrumpidas entre Zeus, gran dios del Olimpo, y la titánide Mnemósine, diosa de la memoria, y que solían acompañar al dios de las artes, el mítico Apolo, con quien tendrían casi todas algún amorío y una que otra descendencia divina, además de aprender de él los distintos oficios artísticos. Su primera aparición, luego de su nacimiento, fue cantar en coro el triunfo de los dioses olímpicos sobre los titanes, celebrando la victoria que eternizaría a su padre en el poder de los cielos. Hacia el siglo VIII antes de Cristo la creencia en las musas se extendía por todo el territorio de la Hélade, siendo una creencia que ciertamente inspiraría el arte de la Antigua Grecia, ya que toda suerte de artistas de distintas latitudes estaban convencidos de la existencia de las musas, por lo que el culto y adoración por estas figuras era común entre los poetas, escultores y músicos de la época. Desde Esparta y hasta Roma, y para rendirle tributos a las musas, se erigieron templos, altares, estatuas y toda clase de monumentos donde solían ofrecerse en sacrificio libaciones de agua, leche y miel. En el siglo IV la ya dominante iglesia romana prohibió el culto y la adoración a las musas, considerándoles rituales paganos que eran contrarios a los preceptos cristianos, y durante el Oscurantismo la invocación a estas presencias míticas podría llegar a ser condenado con la pena capital. Unos dicen que al principio fueron tres musas, otros señalan que fueron cuatro, pero la versión más difundida sería la propuesta por Hesíodo y luego respaldada por Plutarco, quienes distinguieron a nueve musas y las catalogaron según las distintas corrientes artísticas: <strong>Calíope </strong>(Καλλιόπη), “la de la bella voz”, musa de la elocuencia, la belleza y la poesía épica, amante de Apolo y con quien tendría al poeta Orfeo, asesinado por el dios Dionisio, y a quien se le representa coronada con un ramillete de laureles, portando una tabla de escritura y sujetando una lira. Es la mayor de todas y según Homero sería ella la que inspiraría sus epopeyas de <em>La ilíada </em>y <em>La odisea</em>; y también sería la encargada de mediar en la disputa entre Afrodita y Perséfone cuando ambas codiciaban al bello Adonis. Tras la muerte de su hijo y su esposo, esta ninfa acabaría parando en los sótanos del Hades.<strong> Clío </strong>(Κλειώ), “la que ofrece la gloria”, madre de Jacinto, el fiel amigo de Apolo, musa de la Historia y que suele ser representada portando un libro abierto o un rollo de pergamino mientras toca la trompeta. Se dice que fue ella quien enseñó en Grecia el alfabeto de los fenicios. <strong>Erató </strong>(Ἐρατώ), “la amorosa”, musa de la poesía lírica, amante de Apolo, y que suele aparecer con una antorcha encendida, acompañada de un arco y de flechas doradas, tal como Eros, dios del amor, con una corona de rosas ceñida a su cabeza y sosteniendo el instrumento de la cítara mientras un par de tórtolas le picotean los pies. <strong>Euterpe </strong>(Εὐτέρπη), “la muy placentera”, musa de la música, inventora del aulos (flauta doble) y que suele estar acompañada junto a otros instrumentos como el laúd y la guitarra, coronada de rosas y hojas de mirto y que funge como representante del buen ánimo. <strong>Melpóneme </strong>(Μελπομένη), “la melodiosa” era la musa de la tragedia, del ingenio y la imaginación. Su cabeza está encumbrada por una corona de pámpanos y alguna joya que la adorna, siempre cubierta de coloridas prendas, calzado alto, llevando una máscara de aspecto triste en una de sus manos, y en la otra un puñal ensangrentado (en otras versiones empuña un cetro), mientras reposa sobre una maza como símbolo de que el oficio del teatro requiere un compromiso para nada sencillo, así como de un gran talento. Triste, solitaria, descontenta a pesar de sus privilegios, y representante consumada del drama. <strong>Talía </strong>(Θάλεια), “la festiva”, musa de la comedia, anfitriona en festejos, sinónimo de abundancia, será la contraparte de su hermana Melpóneme. Con una mirada inquietante, pícara y divertida, Talía es representada con guirnaldas, calzando sandalias o borceguíes, y portando en su mano una máscara con una sonrisa dibujada. También fue amante de Apolo, y es asociada con los campos, los sembrados y la agricultura. <strong>Terpsícore </strong>(Τερψιχόρη), “la que deleita en la danza”, es la musa del baile, también la que vela por la educación, y suele representársele bailando y tocando el arpa. Es además la madre de las sirenas. Siempre vestida con prendas color blanco, <strong>Polimnia </strong>(Πολυμνία), “la de muchos himnos”, es la musa del canto. Es representada en una actitud meditativa, con un semblante muy serio, reposando su brazo sobre una roca en actitud reflexiva, mientras un velo le cubre parte del rostro y su mirada profunda se posa en los cielos. Lleva algunas cadenas sujetas a su cuerpo, y a veces aparece con un dedo en los labios como señal de silencio y prudencia. Es la creadora de la geometría, la gramática y la lira. Finalmente la menor de las musas, <strong>Urania </strong>(Οὐρανία), “la celestial”, musa de las ciencias y especialmente de la astronomía, otra amante de Apolo que figura portando un ramillete de espigas en su mano derecha y en la izquierda un globo terráqueo, y a sus pies distintos instrumentos de medición como la brújula o el compás. El poder principal de las musas consiste en susurrar al poeta las palabras justas, medidas, mezcla de su conocimiento y sus ideas, otorgándole el disparador necesario para relatar sus pensamientos con elegancia y belleza. Así también aconsejaban a los reyes en el arte de gobernar y socorrían a los oradores en el arte de la retórica, como fuera el caso de Aristeo. La profecía era también un atributo por el que eran conocidas dado su cercanía con el dios profético de Delfos, su amado Apolo. Las musas figuran en los distintos mitos como personajes secundarios, compañeras del dios Dionisio en sus banquetes y con entrada disponible al Olimpo, haciendo apariciones eventuales, como cuando sirvieron de juezas en el duelo musical que tuvo Apolo contra su retador Masias, o cuando las nueve hijas del rey Píero, las Piérides, se atrevieron a desafiarlas en una competencia de canto, terminando convertidas en urracas y sus voces transformadas en graznidos. Otras que no salieron bien libradas después de encarar a las musas fueron las temidas sirenas, que recibieron como castigo el ser desplumadas de sus colas, plumas con las que luego se adornarían las musas con el fin de humillar a las ninfas oceánicas. El cantor Tamiris, hijo de Filamón y de la ninfa Argíope, fue otro personaje al que no le fue bien luego de retarlas y de perder en la contienda. Tamiris había propuesto a las musas acostarse con ellas si salía vencedor en un duelo de canto, pero finamente sería castigado con la ceguera por su <em>hibris, </em>que es como se conoce a la ambición desmedida<em>. </em>Al comienzo de una tarea artística es el momento preciso en que es debido evocarlas, nombrándoles y requiriendo de su consuelo, su gracia y profecía, para que acudan en auxilio de la empresa artística. Es así como a lo largo de la Historia han sido varios los filósofos y poetas que han invocado la asistencia inspiradora de las musas. El ilustre Heródoto nombró a cada uno de sus nueve libros de <em>Historias </em>con el nombre de cada musa. Para impulsar la “armonía cívica y el aprendizaje”, Pitágoras recomendó a los habitantes de Crotona que levantaran un templo en honor a las musas. Platón y Hesíodo también se refieren a las musas en algunos pasajes de sus escritos, y de este mundo antiguo nos queda la biblioteca de Alejandría, la cual se construyó alrededor de un <em>mouseîon </em>(museo), que es como se le llama al “altar de las musas”, y que estaba ubicado muy cerca de la tumba de Alejandro Magno. En tiempos modernos Dante clamará el auxilio de las musas en repetidas ocasiones, como en el caso de <em>La divina comedia, </em>cuando canta desde el Infierno: “¡Oh musas, oh altos genios, ayudadme! ¡Oh memoria que apunta lo que vi, ahora se verá tu auténtica nobleza!” O en el caso de Shakespeare con su obra <em>Enrique V, </em>y en cuyo prólogo podemos leer: “Quién me diera una musa de fuego que os transporte al cielo más brillante de la imaginación; príncipes por actores, un reino por teatro, y reyes que contemplen esta escena pomposa.” John Milton, Góngora, e incontables son los artistas que expresaron sus ansias de convocarlas para que alumbraran sus obras. Hicieron presencia en el antiguo arte romano y luego tuvieron que esperar para reaparecer en el Renacimiento y cobrar mayor fuerza con el Neoclásico, siendo notoria la figura de las musas en los relieves de los monumentos, o en las esculturas que suelen adornar las fuentes. En la Ilustración la mítica presencia de la musa se manifiesta en el arte, y hacia el siglo XVIII volverán a ser símbolo de inspiración divina, como el caso de una logia compuesta por intelectuales y célebres de la época como Voltaire, Franklin y Danton, que era conocida como <em>Les neuf sœurs </em>(Las nueve hermanas). A partir de ese momento la palabra “museo” servirá además para nombrar al lugar donde se recoge historia y conocimiento que quiere compartirse con todos. Safo de Lesbos y más tarde otra poetisa, Sor Juana Inés de la Cruz, fueron llamadas como la “Décima Musa”. Los nombres de las musas aparecen bautizando plantas, árboles, ríos y mariposas, y de diferentes formas se les ha representado en los cuentos, películas, animaciones y videojuegos, y en donde seguirán su tarea de alertar el asombro del artista y servir como un gatillo en su quehacer creativo.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 23 Jun 2023 22:58:35 +0000</pubDate>
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        <title>Ninfas</title>
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        <description><![CDATA[<p>Escondidas en lo profundo de los bosques, algún desventurado podría llegar a cruzárselas, permitiéndose gozar de su encanto y de su belleza, pero sufriendo la desgracia de padecer algún mal, locura o enamoramiento, ceguera e, incluso, la muerte. No son seres malignos, todo lo contrario. Se tratan de presencias femeninas con potestad divina y que [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Escondidas en lo profundo de los bosques, algún desventurado podría llegar a cruzárselas, permitiéndose gozar de su encanto y de su belleza, pero sufriendo la desgracia de padecer algún mal, locura o enamoramiento, ceguera e, incluso, la muerte. No son seres malignos, todo lo contrario. Se tratan de presencias femeninas con potestad divina y que son las encargadas de dar vida, velar y animar las distintas manifestaciones de la naturaleza: ríos, lagos, mares, montañas, árboles, valles, cavernas… La cuestión es que son ellas quienes acuden en auxilio de animales y humanos, y no gustan ser sorprendidas de improviso por los hombres que, obnubilados por la tanta belleza, no podrán evitar reparar en ellas, mereciendo de esta forma un castigo por su indiscreción. Son representaciones de fertilidad y gracia, encargadas de la crianza de hombres y de la protección de animales, enfermeras solícitas capaces de curar toda suerte de dolencias, y dotadas de una hermosura impactante y divina. Suelen ser caracterizadas como bellas doncellas que aparecen casi siempre desnudas, luciendo una corona perlada sobre una larga cabellera color marina, de cuerpos esbeltos y lívidos que les permiten flotar y fluir con un desenvolvimiento supremo, así como transmutar y adquirir varias formas y figuras. Las ninfas solían estar presentes en las reuniones de los dioses olímpicos, y varias de estas eran incluso las hijas de algunos dioses, por lo que suele conferírseles el grado de deidad. Lo cierto es que si bien estos espíritus divinos gozaban de una prolongada juventud, no se trataba de seres inmortales, y el hecho de que pudieran morir las convierte en personajes que no corresponden ciertamente con los atributos de los dioses sempiternos. La palabra griega νύμφη (ninfa) significa “novia”, y aunque existen otras acepciones distintas, todas hacen referencia a un estado en el que la mujer está en edad de recibirse en matrimonio. Las primeras ninfas fueron concebidas por los primeros dioses, Gea y Urano, son hermanas de Afrodita, de las Furias y de los Gigantes, y a éstas se les conoce como las <em>melias</em> o <em>melíades</em>. Con ellas nace la Edad de Bronce, y a partir de allí las ninfas adquieren distintos nombres según el lugar del que se ocupan. Tenemos así en los cielos a las <em>auras, </em>las aladas hijas del viento; las <em>néfelas, </em>las nubes de las lluvias; las <em>auriae, </em>las encargadas de las brisas y también las <em>asteriae </em>que eran las ninfas de las estrellas. Las ninfas marinas son muchísimas, destacándose las <em>oceánides</em>, hijas de Océano y Tetis, las <em>náyades </em>y las <em>hidríades </em>que estaban presentes en las aguas dulces, y además de las cincuenta <em>nereidas </em>que habitaban en el Mar Mediterráneo<em>, </em>hijas de Nereo y de la oceánide Doris, y que se reconocen por portar un tridente y acompañar en sus empresas al dios de los mares, Poseidón. En los océanos también encontramos a las <em>sirenas</em>, únicas de las ninfas que tienen propósitos siniestros, ya que suelen encantar a los marineros con su melodioso canto, atrayéndolos al agua y en donde finalmente acabarán ahogándolos. Es por esto que algunos expertos toman medidas al respecto taponándose los oídos con cera caliente. En tierra encontramos a las <em>oréades, </em>guardianas de grutas y montañas; las <em>dríades, </em>protectoras de los árboles, las <em>atlántides </em>o <em>hespérides, </em>hijas del titán Atlas y custodias de la cordillera del Atlas, en África de norte; también son hijas de Atlas y de Pléyone las siete <em>pléyades</em>, famosas por ser parte de la corte de ninfas que acompañaban a la diosa Artemisa en todas sus empresas. En el inframundo nos encontramos con decenas de ninfas, destacándose las <em>lampadas </em>que portan antorchas y acompañan a Hécate, diosa de la brujería, y a quien Zeus le obsequiaría este séquito de ninfas por tratarse de una fiel aliada del Olimpo. Por último resaltar la presencia de las <em>musas</em>, que según las categorías de Hesíodo y Plutarco se trataban de nueve ninfas dotadas del poder de la profecía, y que eran quienes inspiraban la creatividad artística en sus distintas vertientes: la danza, el teatro, la música, la poesía. Las ninfas no aparecen como protagonistas de los mitos griegos, y sin embargo suelen rodear algunos de los principales seres olímpicos o emparentarse con reyes y dioses. Artemisa por ejemplo tenía por costumbre salir a cazar en compañía de unas sesenta oceánides; Poseidón se ve siempre rodeado de las nereidas<em>;</em> las <em>ménades</em> eran aquellas ninfas que solían servir a Dioniso en sus festejos; las hidríades asistían a la diosa Deméter y las <em>lamusideas</em> aparecen frecuentemente en los relatos del sátiro dios Pan; una ninfa llamada <strong>Maya</strong> tendría con Zeus al dios mensajero Hermes y también la nereide <strong>Tetis</strong> sería la madre de Aquiles y Temries, e incluso fueron las <em>thías </em>(ninfas abejas) quienes se ocuparon de la crianza del gran Apolo. En uno de los relatos de Herácles las náyades se manifiestan para frustrar los intereses del héroe, quien padeció la muerte de su amante Hylas, luego de que éste fuera engañado por las ninfas y acabara ahogándose en una fuente. <strong>Anfitrite</strong> es una nereida de las más antiguas, reconocida por sus celos desmesurados y acechada por el dios Poseidón, quien se enamoraría de ella cuando la vio bailando en Naxos junto a otras ninfas, y no vaciló para raptarla y procrear con ella al famoso dios Tritón, mensajero de los océanos. <strong>Galatea</strong> era otra nereida que habitaba en Sicilia, hija de Nereo y de la ninfa Toosa, y que debido a su encantadora belleza dejaría al cíclope Polifemo perdidamente enloquecido. Sin embargo Galatea no correspondía al cíclope ya que su corazón estaba con un pastor llamado Acis, hijo también de una ninfa y del dios Pan. El cíclope descubriría a estos amantes a orillas del mar y le daría muerte a Acis propinándole un golpe en la cabeza con una enorme piedra. Los dioses se apiadaron del dolor de la ninfa y convirtieron la sangre derramada de su amante en un río que hasta el día de hoy conserva el nombre de Acis. Otra ninfa reconocida por su historia con el dios del sol y de las artes, Apolo, es la dríade llamada <strong>Dafne</strong>, hija de la diosa Gea y del dios del río Ladón, de Arcadia. La leyenda cuenta que Eros, siendo burlado por Apolo, decidió vengarse de éste clavándole una de sus flechas de oro y enamorándolo de esta manera de Dafne, quien a su vez recibiría su herida con una flecha de plomo, lo que ocasionaba en la víctima el total desprecio por el amor. Apolo intentó de mil formas seducir a Dafne, y ante el acoso la dríade pidió el auxilio de los dioses, quienes la convertirían en un laurel para así evitar una acechanza continua del dios de las artes. Apolo arrancó algunas hojas del árbol y se fabricó una corona como un homenaje de su amor eterno, y de allí que la corona de laurel sea un símbolo del triunfo. <strong>Eco</strong> sería una oréade que fue criada por las musas, distinguida por su retórica y que se ensoberbecía de oír su melodiosa voz, y quien tendría la desventura de enamorarse del más apático y egoísta de los hombres, Narciso, un tipo vanidoso en exceso y que solía despreciar a cada una de sus pretendientes. Eco entretenía con su charla a Hera mientras Zeus se escapaba con sus amantes, y tras enterarse del engaño la diosa castigaría a la ninfa privándola de hablar, y limitándola a repetir únicamente la última palabra de su interlocutor. Eco logró encarar a su amado Narciso y éste le preguntó si era mujer, a lo que la ninfa solamente pudo replicar la palabra “mujer”. El pretensioso Narciso se burlaría de ella, y fue así como, desdichada, Eco se refugió en una cueva donde sería finalmente olvidada. <strong>Calipso </strong>fue la ninfa que hospedó en su isla a Odiseo luego de que el barco que lo llevara a casa naufragara, agasajándolo con todo tipo de banquetes y ropajes de lujo, esperando que éste desistiera de su campaña de retorno y se quedara a su lado. Fue así como consiguió que Odiseo retrasara su periplo y durante este tiempo tuvo con él dos hijos: Nausítoo y Nausínoo. Odiseo comenzó a extrañar a Penélope, su esposa, pero no conseguía desprenderse de las mieles de su amante, por lo que tendría que intervenir la diosa Afrodita quien le ofrecería a Odiseo la dotación de madera para que construyera una barca, así como los víveres suficientes para lanzarse de nuevo a la aventura marina. Se cree que la ninfa Calipso moriría de pena y desolación cuando fue abandonada por el héroe. <strong>Oenone </strong>era la ninfa que estaba casada con Paris, príncipe de Troya, y que vaticinó un desenlace fatal para su reino si Paris emprendía su viaje hacia Grecia, donde efectivamente conocería a Helena y, después de escaparse con ella, se desataría la mítica guerra contra los espartanos. Otra famosa ninfa es la dríade <strong>Eurídice</strong>, de quien el músico y poeta Orfeo se enamoró, siendo éste uno de los hombres más perseguidos y apetecidos por todas las ninfas. Eurídice muere luego de ser mordida por una serpiente, y Orfeo descenderá al Hades en su búsqueda, logrando rescatarla pero perdiéndola para siempre durante la huida, luego de que el poeta desacatara la instrucción de no mirar a su amada al rostro hasta tanto no abandonaran los infiernos, y tras lo cual Eurídice sería nuevamente arrebatada por los avernos. La palabra “ninfomanía” deriva de este mito, dado que Orfeo enloquecía a las ninfas con su canto, y en psicología hace referencia al desenfreno incontenible del apetito sexual, y aunque en la actualidad a dicha condición se le quiera cambiar el nombre por el de “hipersexualidad”. La palabra “nínfula” hace referencia a la niña precoz y avezada, tomando como referente a la <em>Lolita </em>de Nabokov, y en cuya novela el personaje mayor de Humbert Humbert suele llamar de esta manera a su amante adolescente. El encanto de las ninfas contrasta con el de la mujer sumisa, sirviendo como un modelo de libertad femenina que ejerció una grande influencia en el pensamiento del mundo antiguo. El culto de adoración incluía sacrificios de cabras y corderos, así como leche, vino y aceite. Su tributo se difundió a lo largo y ancho del territorio griego, y son decenas de estatuas y esculturas que pueden apreciarse casi siempre decorando las fuentes de las plazas. Incluso hoy día las ninfas hacen parte del folklor mitológico griego, y hay quienes aseguran haber sido testigos de un encuentro cara a cara con una de ellas. Por último mencionar que la palabra “nenúfar” proviene de la palabra “ninfa”.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 20 Jan 2023 22:54:35 +0000</pubDate>
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