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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de patriarcado | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Me Too Colombia y el viacrucis patriarcal</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/una-habitacion-digital-propia/me-too-colombia-y-el-viacrucis-patriarcal/</link>
        <description><![CDATA[]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>El Me Too Colombia, propio de esta fase feminista en clave digital del siglo XXI, estalló en todas las redes y, a manera de búmeran, visibilizó casos de denuncia de violencia, abuso sexual, abuso de poder y otras formas de acoso en el mundo del periodismo y en otros escenarios. Esto, sin duda, removió y dio oxígeno —no solo de manera simbólica, sino real— al movimiento dedicado a estas causas nobles, a las mujeres víctimas que se atrevieron a denunciar, hoy y siempre, y a las colectivas dedicadas al litigio violeta, muchas de ellas igualmente perseguidas, estigmatizadas e incluso denunciadas por los victimarios.</p>



<p>Pero también cuestionó, entre otras instituciones, al Estado patriarcal y a su justicia lenta, responsable en parte de la impunidad frente a la infinidad de casos que llegan —o que deberían llegar— a su conocimiento. El #MeTooColombia dejó al descubierto “el pacto de silencio” en torno a esta crueldad normalizada por todos y todas, en donde el Estado y la justicia han quedado en cuestión significativa. Ni hablar del silencio del primer gobierno de izquierda ante tantas denuncias, en el que ha preferido premiar a los denunciados, dejándolos en condiciones privilegiadas para la construcción de estrategias de silenciamiento y violencia sistemática.</p>



<p>Gracias a la lucha de siglos y décadas de las colectivas feministas, se han logrado avances en el mundo y en Colombia en la construcción de un marco jurídico de protección. En el caso colombiano, ese marco parte de la propia Constitución Política, de su bloque de constitucionalidad —con instrumentos como la CEDAW y la Convención de Belém do Pará— y de normas como la Ley 1257 de 2008, gran ley contra todas las formas de violencia de género; la Ley 1542 de 2012; la Ley 1761 de 2015, que tipificó el feminicidio y es conocida como la Ley Rosa Elvira Cely; la Ley 2126 de 2021; la Ley 2365 de 2024; el Código Penal, en su componente violeta; y el Código de Procedimiento Penal. A ello se suman las sentencias violetas de la Corte Constitucional, de las demás altas cortes de cierre, los aportes de la justicia transicional impulsada por la JEP y la lenta transformación de la justicia patriarcal colombiana. Aun así, la impunidad ha seguido siendo la regla.</p>



<p>Todo este ordenamiento jurídico —en muchos casos de carácter punitivo— se ha tenido que implementar ante la prevalencia de una cultura que sigue viendo a las mujeres como propiedad, como subordinadas, como cosas, como objetos y hasta como amenaza. Así lo reflejan las cifras, en donde las mujeres constituyen el 75,6 % de las víctimas de violencias basadas en género (VBG), dato que evidencia la feminización de la crueldad en este ámbito, sin desconocer que otros géneros e identidades sexuales también son susceptibles de estas violencias estructurales e históricas.</p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p><code>El tema de la impunidad en la violencia basada en género hace referencia, entre otras cosas, a que más del 90 % de los delitos contra las mujeres no llega a una condena, y en casos como el acoso sexual la impunidad bordea el 99 %. Pero la impunidad va más allá de la ausencia de fallos condenatorios: también está en el imaginario social que impide a las mujeres creer en el Estado y en sus instituciones; en el temor a denunciar por la estigmatización y las consecuencias que ello conlleva; en la dependencia económica, laboral y social frente a los victimarios; y en la falta —o insuficiencia— de formación de quienes deben protegerlas en comisarías de familia, el ICBF, la fuerza pública, Ministerio de Igualdad y Equidad, Ministerio del Interior, Defensoría del Pueblo, Procuraduría y las instituciones de justicia, entre otras.</code></p>
</div>
</div>



<p>Son estas mismas instituciones las que conocen de primera mano los hechos aberrantes o reciben las denuncias y, por lo tanto, tienen la enorme responsabilidad de recepcionar, acompañar, investigar y administrar justicia en casos de violencia sexual, violencia intrafamiliar, feminicidio, acoso sexual, trata y toda forma de violencia simbólica. Al final, todo se convierte en un viacrucis —como he denominado esta columna— que culmina en la revictimización o crucifixión de las víctimas: una especie de Semana Santa permanente, pero sin resurrección, sin la más mínima esperanza.</p>



<p>Por fortuna —y lo digo así— las estrellas se alinearon en el caso de #MeTooColombia: algunos agresores fueron removidos de escenarios de poder (ya los veremos en otros escenarios, como si nada), se activaron redes de mujeres y mecanismos de protección, y el tema logró visibilidad gracias a voces femeninas influyentes en el mundo de la comunicación, un asunto impensable para mujeres de otras geografías en Colombia. Sin embargo, esto no puede quedarse en la reacción coyuntural. Se requiere ir más allá de comités de investigación —el show mediático que están haciendo las instituciones ante lo que denominan crisis— y avanzar hacia la creación urgente de culturas organizacionales con enfoque de género e interseccionalidad.</p>



<p>En esa línea, resulta relevante el anuncio de la Fiscal General de la Nación sobre la creación de grupos especializados con enfoque de género, la revisión histórica de casos bajo su conocimiento —¿qué pasó?— y la valoración y el seguimiento del derecho fundamental al escrache, identificado por la Corte Constitucional de Colombia como la libertad de expresión que “permite a las víctimas denunciar vulneraciones graves a sus derechos, especialmente en escenarios de impunidad o falta de acceso a la justicia” (Sentencia T-289 de 2021). Un derecho fundamental que, en el contexto colombiano, culmina con la criminalización de las víctimas y de las colectivas, quienes terminan denunciadas por injuria y calumnia por parte de sus agresores. Lo de la Fiscalía llega tarde, pero es mejor tarde que nunca.</p>



<p>Vuelvo entonces a la metáfora de los lentes: no todos los casos los requieren, pero los de VBG, indudablemente, sí. La Corte Constitucional y la Corte Suprema de Justicia han insistido en la necesidad de juzgar con perspectiva de género cuando los casos clamen dichos enfoques. Sin embargo, estos lentes resultan insuficientes si no se articulan con enfoques de interseccionalidad e interculturalidad. No es lo mismo estar en Bogotá que en las diversas geografías del país. Edad, etnia, condición migratoria, identidad sexual, discapacidad, ruralidad, pobreza y subordinación son variables que deben cruzarse para comprender la complejidad de estos casos, muchos de los cuales terminan en el olvido, mientras el viacrucis continúa.</p>



<pre class="wp-block-code"><code>La crueldad histórica contra las mujeres no ha terminado y no promete hacerlo pronto. Hablamos de siglos de sistema patriarcal, pero también de luchas, resistencias y avances —desde distintas geografías y miradas— que nos recuerdan que este proceso no es lineal ni homogéneo. En Abya Yala, por ejemplo, las luchas no solo son por igualdad, sino por comunidad, reconocimiento y vida digna. Allí, el feminismo comunitario también realiza la tarea.</code></pre>



<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p>El #MeTooColombia, o estallido digital de las mujeres contra la VBG, apenas empieza. Todas las organizaciones e instituciones deben estar revisando, con transparencia y sinceridad, sus estructuras violentas y patriarcales. ¿Qué están haciendo para ponerse a tono con la historia? Y el Estado patriarcal —esa es mucha mole de machismo— no abandonará fácilmente tantos privilegios. El viacrucis no termina, pero la lucha por la dignidad, la equidad y la igualdad tampoco.</p></blockquote></figure>



<p><strong>Nota 1:</strong> Esta columna fue escrita en plena Semana Santa. Que la espiritualidad nos colme de empatía para comprender —y erradicar— tamaña crueldad histórica.</p>



<p><strong>Nota 2</strong>: Un análisis más profundo de este tema se encuentra en el artículo escrito junto con Ana Lucía Caldas: <em>La lucha por la inclusión de la perspectiva de género en la aún justicia patriarcal colombiana. Cuatro casos emblemáticos</em>, el cual se puede consultar a texto abierto en el siguiente enlace:<br><a href="https://www.rivistaianus.it/numero_30_2024/flipbook/html/05/05_Ianus_30_Achury_Caldas_117-148.html">https://www.rivistaianus.it/numero_30_2024/flipbook/html/05/05_Ianus_30_Achury_Caldas_117-148.html</a></p>
</blockquote>
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        <author>Liliana Estupiñán Achury</author>
                    <category>Una habitación digital propia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=127666</guid>
        <pubDate>Sat, 04 Apr 2026 22:23:28 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Me Too Colombia y el viacrucis patriarcal]]></media:description>
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                            </item>
        <item>
        <title>Despatriarcalizar la formación jurídica en Colombia</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/una-habitacion-digital-propia/despatriarcalizar-la-formacion-juridica-colombia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Red X: @LiliEstupinanAc Hace apenas unos años, un número significativo de mujeres lideran los programas de Derecho en Colombia, algunas de ellas, no todas, con enfoques feministas, de igualdad, de paridad, de perspectiva de género, diversidad y más. Como debe ser, varias son doctoras y académicas relevantes en el área del mundo jurídico, muy acompañadas [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Red X: @LiliEstupinanAc</p>
<p>Hace apenas unos años, un número significativo de mujeres lideran los programas de Derecho en Colombia, algunas de ellas, no todas, con enfoques feministas, de igualdad, de paridad, de perspectiva de género, diversidad y más. Como debe ser, varias son doctoras y académicas relevantes en el área del mundo jurídico, muy acompañadas de un grupo importante de profesoras e investigadoras que han llegado a los programas de Derecho, con el halo propio del mérito a un escenario masculinizado por siglos; asimismo notable ha sido el incremento e incluso superación del número de estudiantes y egresadas abogadas mujeres, un fenómeno que se ha denominado la “feminización de la profesión jurídica”, a lo que igualmente se suma el ingreso paulatino de docentes y estudiantes feministas &#8212; sin embargo, estos recientes y lentos ingresos, no han sido suficientes para la transformación de la formación jurídica en Colombia.</p>
<p>Aún falta mucho para la despatriarcalización de la formación jurídica y sus ramificaciones en los escenarios de incidencia en Colombia: la administración de justicia, el liderazgo de las grandes políticas públicas, los bufetes, las listas de árbitros/as, las firmas de consultoría, las academias, las escuelas de abogados/as, y la doctrina, que siguen siendo del mundo de los señores. ¿Será que el derecho corresponde al mundo patriarcal? Un simple vistazo de las mallas curriculares, los programas, los <em>syllabus</em>, la bibliografía, los contenidos o una simple indagación a los/as estudiantes sobre los/as doctrinantes relevantes, darán cuenta que el escenario más que machista es eminentemente patriarcal –es estructural. Revisen el <em>syllabus</em> de cualquier asignatura para comprobar los porcentajes mínimos de bibliografías de mujeres consultadas. La excepción, que las hay, nunca será la regla.</p>
<p>¿Pero qué se entiende por despatriarcalizar el mundo de la formación jurídica? Algunos/as dirán que las cifras son generosas para las mujeres en este escenario que antes era exclusivamente dominado por los hombres. Colombia tiene una generosa oferta de educación superior, entre pregrado y posgrado; para el caso de programas de pregrado en derecho, según el informe de la Corporación Excelencia en la Justicia-CEJ, a corte de 2022 se tenía registro de 196 programas, pero solamente el 23% están acreditados, lo que equivale a 46 de ellos. Otro dato importante es la concentración de dichos programas de alta calidad en las seis grandes ciudades principales, lo que equivale al 67% de los programas acreditados. Estas cifras nos hablan de la centralización, de la geografía del abandono regional y poco menos de la patriarcalización del campo jurídico, aunque también podría leerse en ese sentido.</p>
<p>Vamos a las cifras en clave de mujeres. Para ellas, es necesario recordar que siempre se disputan el escenario, y con serias dificultades. Las lógicas del cuidado les generan cargas adicionales desproporcionadas en comparación con el rol ganador histórico de los hombres. No obstante, ellas tienen un incremento significativo en el acceso a las tarjetas profesionales de abogados/as expedidas entre 2016 y 2021: de las 108.063 expedidas en este periodo, entre el 52 y el 56%  más de la mitad, correspondieron a mujeres, según la CEJ.</p>
<p>Ahora bien, el tema de la empleabilidad es relevante a la hora de analizar la denominada feminización del mundo jurídico. Para el caso de la Rama Judicial, según las estadísticas presentadas por la Comisión Nacional de Género de la Rama Judicial, de 35.021 servidores judiciales, 15.931 eran hombres (45.49%) y 19.090 mujeres (54.51%). Sin embargo, tal como lo señaló la magistrada Fajardo, en un evento dedicado al análisis de la violencia de género en Colombia, dichos números no se compadecen con la masculinización de la cúpula del poder de la Rama Judicial: “En ese sentido, en la base de la pirámide de trabajadoras judiciales, las mujeres son mayoría con 16.335 empleadas frente a 12.796 empleados; en el rango medio hay más hombres como jueces del circuito que mujeres, con una diferencia de 1.182 a 1.100; en los puestos magistrados del tribunal, hay 514 hombres frente a 286 mujeres” (El Tiempo, 2023).</p>
<p>La teoría del “techo de cristal” se hace aún más evidente en la cúspide de la pirámide, con 64 magistrados de altas cortes frente a solo 28 magistradas. La diferencia, en clave de paridad, presenta un buen ejemplo en la integración de la Corte Constitucional, el Consejo Superior de la Judicatura y la Justicia Especial para la Paz &#8211; JEP, que además hace gala de interculturalidad y de integración ancestral. Pero como lo dice la magistrada Fajardo, las cifras son apenas parte del ejercicio por mejorar. Eso del género debe irradiar a la administración de justicia desde afuera y desde adentro y en todos los niveles. En la hermenéutica, la argumentación y en toda la administración de justicia.</p>
<p>¿Y la doctrina? Esa sigue marcada por el mundo masculino. ¿Y la investigación jurídica y socio jurídica? También. Un último estudio titulado “Las élites del pensamiento jurídico en Colombia, rupturas en el saber del derecho” (Diana Maite Bayona Aristizábal y Antonio Milla), además de reflejar la concentración de la producción jurídica en universidades élites en unas pocas ciudades, nuevamente reitera que esto del campo jurídico sigue siendo un escenario de hombres. Retoman el ranking AD de autores investigadores de derecho en Colombia, de manera particular el denominado índice H (correspondiente a la cifra H de publicaciones que son citadas un número H de veces) en donde relacionan, “20 mejores autores” de los cuales apenas tres son mujeres: Gloria Amparo Rodríguez (2o lugar), Julieta Lemaitre (6o lugar), y Beatriz Londoño (12o lugar), todas magníficas académicas. Asimismo, elaboran una segunda tabla titulada <em>Ranking Scopus</em> de investigadores/autores de derecho, el cual arroja un listado de 20 en donde nuevamente aparecen los mismo tres nombres de mujeres, ubicadas en los puestos 9o (Beatriz) , 11 (Gloria) y 19 (Julieta). Estos datos y cifras hablan nuevamente del campo patriarcal de formación y práctica en el mundo del Derecho.</p>
<p>¿Machismo o patriarcado en la formación jurídica? ¡Sí! Sin duda, el machismo es apenas un síntoma del gran sistema patriarcal. Las cifras dadas hablan de un tema estructural más profundo, más allá de “usos y costumbres”. Todo un sistema o un orden que ha acumulado violencias de todo tipo, muy a tono con la gran pretensión de controlar todos los escenarios sociales, económicos, jurídicos y políticos. En ese gran sistema, el Derecho ha sido un instrumento fundamental para potenciar la violencia y la discriminación por siglos en contra de las mujeres, niños/as y disidencias sexuales. La religión, la ideología, la familia, el Estado, el Derecho y más han contribuido en conjunto a esa historia de injusticia, la cual sigue teniendo un capítulo doloroso y por superar en el mundo de la formación jurídica y de la práctica de los/as abogados/as.</p>
<p>Nota 1: Un buen ejemplo del escenario patriarcal está dado en el mal recibo que ha tenido la terna de mujeres para la Fiscalía General de la Nación, por lo demás, constitucional y legal. Siempre nos falta tela pal moño, como dice el dicho popular. Y es la hora que no han leído y estudiado las hojas de vida y que no pueden escoger entre tremendas penalistas. Creo que la Corte Suprema de Justicia ha dado gala del título de esta columna en este momento histórico.</p>
<p>Nota 2. Agradezco a mis lectoras y amigas: Margarita Suárez Mantilla y Nicole Anzola Virgüez.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Liliana Estupiñán Achury</author>
                    <category>Una habitación digital propia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=98018</guid>
        <pubDate>Sun, 28 Jan 2024 00:45:06 +0000</pubDate>
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                            </item>
        <item>
        <title>Menopausia: estigma y tabú</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/una-habitacion-digital-propia/menopausia-estigma-tabu/</link>
        <description><![CDATA[<p>Red X: @LiliEstupinanAc Antes de escribir esta columna consulté e indagué por los libros, películas, series, lo que fuera, sobre la menopausia: mucho secretismo sobre este asunto, ¿por qué? Patético identificar que dicho tema  se ha puesto de moda en tiktok e Instagram &#8211;será porque el algoritmo ha detectado mi inconsciente. Eso de la inteligencia [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Red X: @LiliEstupinanAc</p>
<p>Antes de escribir esta columna consulté e indagué por los libros, películas, series, lo que fuera, sobre la menopausia: mucho secretismo sobre este asunto, ¿por qué? Patético identificar que dicho tema  se ha puesto de moda en <em>tiktok </em>e <em>Instagram</em> &#8211;será porque el algoritmo ha detectado mi inconsciente.</p>
<p>Eso de la inteligencia artificial ya es preocupante, pensamos en helados y aparecen helados, invocamos la masa muscular y aparecen los programas para generarla, pensamos en menopausia y aparece la propaganda del rejuvenecimiento vaginal, los calores, del cómo verse como Jennifer López a los 50 años o los movimientos juveniles de la gran Madonna, últimamente criticada por los consabidos y sabios años. El patriarcado no perdona.</p>
<p>Lo complejo del asunto es que la menopausia está de moda en el mundo de los <em>influencers</em>, eso es ya más que irónico. La quisiera ver de moda en la ciencia, la literatura, las películas, las series y más. Un tabú o secretismo que termina invisibilizando, estigmatizando y discriminando aún más a las mujeres. Invisibles, inoloras y supuestamente poco apetecibles.  Listas para la vida privada y monacal.</p>
<p>Algunas escritoras, sin hablar directamente de la menopausia, han relatado amores y pasiones en la tercera edad. Saltan de los calores a la cama, nada mal. Recuerdo las letras de Isabel Allende o de la poeta y cuentista colombiana: Carmen Cecilia Suárez Mantilla. Estas dos, dignas de mi admiración, escriben con pluma de amor y sexualidad más allá de los 60. Abuelas, dirían algunos/as.</p>
<p>Leamos esto de Carmen Cecilia Suárez Mantilla:</p>
<p><em>“Las camisas de dormir </em></p>
<p><em>para mujeres maduras son de algodón, </em></p>
<p><em>con bordaditos, </em></p>
<p><em>como hechas por las monjas </em></p>
<p><em>del sagrado Corazón.</em></p>
<p><em>Me miran extrañados </em></p>
<p><em>cuando digo que quiero algo sensual,</em></p>
<p><em>en satín,</em></p>
<p><em>con encajes.</em></p>
<p><em>“De esas sólo hay para niñas de 20, </em></p>
<p><em>o en sex shops”,</em></p>
<p><em>me responden.</em></p>
<p><em>Me pregunto</em></p>
<p><em>si esto no refleja </em></p>
<p><em>el inerte “aburrimiento”</em></p>
<p><em>de la institución </em></p>
<p><em>matrimonial.</em></p>
<p><em>(Carmen Cecilia Suárez en su libro Poemas para leerte antes de morir)</em></p>
<p>Y es que ni los ginecólogos/as manejan el asunto, a menos que tengan una interesante formación feminista; abordan el tema como una simple cuestión de hormonas y riesgos cardiovasculares, recomiendan exámenes de calcio, vitamina D, fármacos ansiolíticos, incluso hablan de artrosis vaginal, y de rejuvenecimientos para que el marido las busque más, cosas así. Tremenda ignorancia en el mundo de la ginecología, de la ciencia, de la psiquiatría, de la sicología y más. Nos deben y mucho.</p>
<p>Pero los cuerpos y los cerebros de las mujeres enfrentados a la nueva etapa están convulsionados a manera de torbellino. Celebro que muchas de ellas dicen que esta parte de su historia pasó como si nada. ¡Maravilla esto! Pero para muchas otras, el costo es altísimo, y a veces interminable. Siempre el costo de crecer, sangrar, perder la sangre y luego de envejecer.</p>
<p>Muchas historias vienen a mi mente cuando pienso en menopausia.  La de mi madre fue fatal, luego de esa etapa, la opción de ser mujer se fue diluyendo y los males físicos aparecieron hasta quedar en una silla de ruedas; la menopausia no fue la causa directa de su discapacidad, pero su creciente vulnerabilidad en medio de los silencios impuestos por los tabús, demuestra que los tiempos coinciden; la artrosis de una conocida se fue metiendo en sus dedos, generándole un terror inimaginable. Otras se han afectado mentalmente de forma contundente, cayendo en depresión, pastillas, aislamiento en sus relaciones sociales, divorcios y más. Por cierto, lo de los divorcios va más allá de la menopausia, e incluso por muchas otras razones eso del derecho fundamental al divorcio debería consagrarse y sin más enredos.</p>
<p>Pero sigamos con la memoria. Una gran mujer, tuvo un amante durante los diez años de la fase menopaúsica, y así la cosa pasó sin más altibajos que los deseos acrecentados con la libido altísima característica de la premenopausia. Sin embargo, hoy esa misma amiga presenta problemas óseos y más, los normales de la edad que se enganchan contra las mujeres post menopaúsicas, más susceptibles de padecer Alzheimer, artritis, artrosis, presión alta y problemas cardíacos, osteoporosis, diabetes, y más.</p>
<p>Eso de las hormonas, hoy reemplazables pero no de forma confiable, es como el control de un automóvil, que se descontrola en esta etapa de forma sorprendente, y la solución propuesta es pintarlo para que siga por lo menos pareciendo como nuevo. NO. Solamente un entendimiento veraz actualizado y aplicado por la medicina, una aceptación social y el amor propio de su cuerpo con valoración de la sexualidad servirán como apoyo real para sobrellevar este nuevo y complejo proceso, que en el silencio y estigmatización aislantes de los tabús existentes para muchas hoy en día se torna inaguantable.</p>
<p>Pues en medio de las preguntas por el tema tabú, llegó a mi mano un libro de la Premio Nobel Annie Ernaux que relata un amor en plena menopausia, a eso de los 54 y con un joven 30 años menor que ella. Esta mujer que siempre habla de temas herejes, en la misma obra se refiere al aborto, la sexualidad y el erotismo, estos dos últimos en plena menopausia. ¡Por fin encuentro una obra sobre el tema! Sumen títulos, ¡por favor!</p>
<p>Algunas frases de Annie Ernaux, en su libro: El hombre joven, hablan de lo que puede hacer el cerebro mientras las hormonas hacen la mala labor:  “…sentía por mi un fervor que ningún amante, a mis cincuenta y cuatro años, me había profesado jamás.”, “…con él recorría todas las edades de la vida, de mi vida”, “…nuestra relación podía contemplarse a la luz del provecho. Él me daba placer y me hacía revivir lo que yo nunca habría imaginado poder revivir. Que le pagara viajes, que le evitara buscar un trabajo que le había impedido estar tan disponible para mí, me parecía un acuerdo equitativo, un buen trato, sobre todo cuando era yo la que fijaba las reglas.”, “…la razón principal por la que quería continuar con esa historia era que ésta, en cierto modo, ya había sucedido, que yo era un personaje de ficción.”, “…mi cuerpo ya no tenía edad. Hacía falta la mirada abiertamente reprobadora de unos clientes en nuestro lado en un restaurante para demostrármelo.”, “Íbamos a ver las películas cuyo tema era la relación entre un hombre joven y una mujer madura. Salíamos decepcionados, enfadados por un guion en el que no encontrábamos lo que vivíamos, donde la mujer era una implorante que terminaba abandonada y destruida.”. Dejaron de necesitarse, ella siempre lo apoyó y él estuvo ahí para ella, pero ella hizo todo para la salida.  Quizás la frase más importante de todo el libro está al final:</p>
<p>“Era otoño, el último del siglo XX. Me sentía feliz de entrar sola y libre en el tercer milenio.”</p>
<p>Esa frase lo dice todo, y sin más termino esta entrada de blog.</p>
<p>Nota: Sobre esto, una gran reflexión con las feministas y mujeres: Ana Patricia Pabón Mantilla y Margarita Suárez Mantilla.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Liliana Estupiñán Achury</author>
                    <category>Una habitación digital propia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=97204</guid>
        <pubDate>Sun, 12 Nov 2023 03:59:13 +0000</pubDate>
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                            </item>
        <item>
        <title>“No por ser mujeres se merecen el espacio”. 50/50 o 100</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/una-habitacion-digital-propia/no-mujeres-se-merecen-espacio-50-50-100/</link>
        <description><![CDATA[<p>Red X: @LiliEstupinanAc “No por ser mujeres se merecen el espacio’’, tremenda frase que refleja la vacua introyección de las lógicas de igualdad, equidad y paridad en aquellos/as que tienen en sus manos la posibilidad de construir escenarios justos y diversos. Al parecer, ellos cuentan con un espacio histórico natural e incuestionable, algo así como [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Red X: @LiliEstupinanAc</p>
<p>“No por ser mujeres se merecen el espacio’’, tremenda frase que refleja la vacua introyección de las lógicas de igualdad, equidad y paridad en aquellos/as que tienen en sus manos la posibilidad de construir escenarios justos y diversos.</p>
<p>Al parecer, ellos cuentan con un espacio histórico natural e incuestionable, algo así como una presunción de mérito; pero para ellas, la presunción va en contra, es de insuficiencia, lo que las lleva a probar hasta la saciedad lo obvio. Por todo esto, hablemos de listas, ternas y otros demonios en el mundo de la justicia.</p>
<p>¿Por qué priman los hombres en la integración de las altas cortes en Colombia: Corte Suprema de Justicia, Consejo de Estado y Comisión Nacional de Disciplina Judicial?, ¿por qué no pueden construir listas paritarias para ser sometidas a consideración de los altos tribunales y sus consabidos procesos de cooptación?, ¿qué falla en el diseño de la integración paritaria de los altos tribunales?, ¿por qué se presentan mayoritariamente hombres?, ¿por qué las mujeres se sustraen de estos procesos?, ¿tienen el espíritu de la paridad, aquellos/as que integran las listas y las ternas?, ¿por qué necesitan de normas y sanciones para hacer la tarea moral de la paridad?, ¿por qué repiten los mismos nombres y de los mismos señores en las listas, una y otra vez?, ¿son tan buenos para ser listados infinitamente?  Y siguen más preguntas que no se resolverán en este escrito, ni más faltaba.</p>
<p>¿Por qué siguen construyendo ternas en donde las mujeres apenas son un relleno, o mejor, ternas de uno?, ¿por qué la construcción de una terna de mujeres los asusta tanto hasta llevarlos a invocar violación de sus derechos fundamentales a seguir disfrutando del patriarcado eternamente?, ¿Por qué otros tribunales como la JEP (Justicia Especial para la Paz) o la Corte Constitucional han podido iniciar el proceso de transformación en clave de paridad?, ¿por qué el proyecto de ley estatutaria de reforma a la administración de Justicia, ya revisado por la Corte Constitucional, habló en tono bajo sobre el tema de paridad?, ¿por qué no aplican un compromiso moral y ético con el desarrollo del artículo 6º de Ley 581 de 2000, el cual señala sin titubeos que: “Para el nombramiento en los cargos que deban proveerse por el sistema de ternas, se deberá incluir, en su integración, por lo menos el nombre de una mujer” -ese por lo menos, no impide las ternas integradas por tres mujeres o un hombre y dos mujeres-; y además señala que: “Para la designación en los cargos en que deban proveerse por el sistema de listas, quien las elabore incluirá hombres y mujeres en igual proporción”.</p>
<p>¿Por qué no se ha publicado la Sentencia C-134 de 2023 que estudió la constitucionalidad de la reforma a la Ley Estatutaria de la Administración de Justicia –Ley 270 de 1996?, ¿por qué el comunicado de prensa de la Corte Constitucional -relativo a esta sentencia- es débil a la hora de hablar de la paridad y la equidad? Ojalá sea una simple impresión, y que la versión final de la sentencia realmente interprete con contundencia eso del principio de la paridad.</p>
<p>Esta reforma, de naturaleza estatutaria, ya fue revisada de forma automática por la Corte Constitucional y está pendiente de la publicación de la sentencia, y de la correspondiente sanción presidencial. La misma reforma, en su artículo 19 plantea que para integrar las listas y ternas de candidatos/as a magistrados/as de la Corte Suprema de Justicia, el Consejo de Estado o la Comisión Nacional de Disciplina Judicial, aplicará, entre otros principios, el de la equidad con miras a garantizar la paridad, alternancia y universalidad de las mujeres dentro de las listas y ternas.  ¿Qué esperan para actuar con tratamiento paritario y de integración 50/50 o más?, ¿por qué no avanzan con la igualdad? Siempre ven a los hombres más aptos para la alta judicatura. A ellas siempre les falta tela p’al moño. Y así para todos los sectores de Colombia (público, privado y más).</p>
<p>Asimismo, la reforma -tímida a mi entender-, dejó por fuera el criterio de la paridad para la selección de magistrados/as, conforme se lee en su artículo 20. A tal punto, que la Corte señaló en su comunicado de prensa sobre la constitucionalidad de dicho artículo: “siempre y cuando se aplique también la equidad de género y el desarrollo pleno del principio de igualdad”.</p>
<p>Por esto, se hace necesario reiterar que las reglas de paridad deben quedar claras y hasta la saciedad. Así el albur y el machismo podrán controlarse -un mal histórico que también está introyectado en nosotras, ¡por supuesto! Todo lo que esté sujeto a interpretación quedará para beneficio del sistema patriarcal.</p>
<p>De hecho, en escenarios de mérito/concursos ciegos y objetivos, las mujeres logran los espacios negados por décadas. Así no sorprende que en los niveles civiles y del circuito primen las juezas mujeres. Esto a pesar de que el mérito también tiene su toque patriarcal, porque la educación también los favorece a ellos.</p>
<p>De nada sirve que revisemos cifras de discriminación histórica, estadísticas, datos o que realicen cursos y cursos de enfoque de género, diversidad y más, porque al final, seguimos haciendo lo mismo. Y hablamos de “techo de cristal”, “de piso pegajoso”, eso sí, se nos pegan mil teorías, pero en la práctica no tenemos códigos morales y éticos feministas para pensar en escenarios cremalleras (50/50), de mérito y de aplicación de medidas en clave de discriminación positiva.</p>
<p>Y así, eso de la equidad, la paridad y el uso de los lentes violetas para todo seguirá siendo una lucha de nunca acabar.</p>
<p>Cierro esta entrada de blog, con una mujer del Norte Global, que a pesar de sus privilegios, también sufrió de lo mismo: un mundo hecho a medida de los hombres, en donde todo lo de ellas se debe probar hasta la saciedad. Decía Ruth Bader Ginsburg: “Cuando en ocasiones me preguntan cuándo habrá suficientes magistradas en la Corte Suprema de los Estados Unidos y yo digo: `cuando haya nueve’, las personas quedan impactadas. Pero ha habido nueve hombres y nunca nadie lo ha cuestionado”.</p>
<p>“No por ser mujeres se merecen el espacio”&#8230;</p>
<p>Nota 1. : Lo siento, esta columna adolece de cifras. ¿Cuántas han visto para seguir haciendo lo mismo?</p>
<p>Nota 2: Agradezco los comentarios críticos sobre esta columna a Margarita Suárez Mantilla, Nicole Anzola Virgüez y al que me acompaña todos los días.</p>
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        <author>Liliana Estupiñán Achury</author>
                    <category>Una habitación digital propia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=97014</guid>
        <pubDate>Sun, 29 Oct 2023 14:47:27 +0000</pubDate>
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