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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Sun, 05 Apr 2026 16:43:54 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de Octavio Escobar | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Cassiani: acción, suspenso y terror sobre las ruinas bogotanas</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/hundiendo-teclas/cassiani-accion-suspenso-terror-las-ruinas-bogotanas/</link>
        <description><![CDATA[<p>Saber que estamos ante una novela distópica podría originar repelús entre cierto tipo de lectores, ante el temor de que la recreación de atmósferas y personajes alienantes pueda distraer la intención de que los personajes tengan profundidad y sean complejos, o que el personaje A siempre sea tacaño, el personaje B siempre franco y nadie [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Saber que estamos ante una novela distópica podría originar repelús entre cierto tipo de lectores, ante el temor de que la recreación de atmósferas y personajes alienantes pueda distraer la intención de que los personajes tengan profundidad y sean complejos, o que el personaje A siempre sea tacaño, el personaje B siempre franco y nadie sea un cúmulo de contradicciones, como las personas reales.</p>
<p>Pero pueden perder cuidado. En Cassiani todo está en la justa medida. Perfilación precisa de personajes, descripciones efectivas, diálogos verosímiles, sugestión, rapidez, suspenso, y una dosis de balaceras más generosa que en otras novelas de Octavio Escobar, no sin por ello abaratar el tenor sugestivo.</p>
<p>“Esquirlas de cemento y metal volaron en todas direcciones. Cassiani apuntó sin prisas y lo remató. Sin perder tiempo, recargó y descerrajó un proveedor contra el parabrisas de la camioneta negra”.</p>
<p>Todo en medio del empuje de la correine narrativa en la que seguimos la huida de Kike, el discreto narrador de la historia, quien en compañía de Cassiani, una suerte de Kill Bill morena y colombiana, lectora y de metralleta en ristre a toda hora, quienes deben emprender la fuga ante la arremetida del bando de los Conciliares, el grupo paramilitar que se enfrenta a los Bibliotequeros por el control del territorio, en una Bogotá – y se colige que una Colombia- al borde del colapso por efecto un virus apocalíptico.</p>
<p>“No había una amenaza real pero la apariencia de paz que nos rodeaba era artificial, pasajera. Muy pasajera…Segundos después escuchamos los helicópteros y el amenazante rugido de los aviones de guerra. Desde algún lugar cercano las ametralladoras reaccionaron”.</p>
<p>La generación que vio la serie Los X-Men o los que supieron de esta serie animada tangencialmente, podrán comparar a sus sexis mutantes con el papel de las insondables niñas sepia, un séquito de jovencitas unas, otras con más edad, que, inoculadas con una vacuna fallida, adquirieron, entre otras secuelas desafortunadas, el don de la mimetización. Ellas se han convertido en un mito en el distópico territorio nacional. Estas chicas jugarán un papel clave en los intereses de Kike, Cassiani y su círculo más cercano. Así lo cuenta Kike: “Me sentía en una película con heroína sexi y colaboradoras mutantes, que además corrían desnudas de un lado para otro, dispuestas a sacrificarse. Una de esas producciones cinematográficas de bajo presupuesto que apenas sirven para distraer el insomnio y masturbarse”.</p>
<p>Huelga decir que la rareza de estas mujeres no es óbice para la sensualidad.  “Mientras Selene permanecía integrada al mosaico de la pared, mirando con gesto de burla hacia donde yo me encontraba, Yahaira se movía alrededor de Cassiani, cambiando constantemente de aspecto, pasando breves momentos por algo que yo me atrevería a llamar desnudez. Su cuerpo era delgado y, para mi turbación, de senos firmes y caderas provocativas. El pudor que ella no parecía sentir lo sentía yo, así que evité mirar el nacimiento de los muslos”.</p>
<p>Pero no, Octavio Escobar dice no haber sido fanático de esta serie. Habrá que buscar, y quien bucee en este libro podrá sentir las aguas del género negro de las que ha bebido el autor: H. P. Lovecraft, Conrad y Poe (sobre el final hay apartes terroríficos que recuerdan a El Cuervo y demás lobregueces de Edgar Allan, el primer amor literario de Escobar). Pero también Proust, Tomás González, la Librería Leo, reciben generosos guiños; además: uno de los personajes es un donjuán de mujeres lectoras.</p>
<p>En esta obra vemos reflejado el aserto de que sólo el estudio exhaustivo de las grandes obras de la literatura, da al escritor una idea clara de la altura emotiva e intelectual que se puede alcanzar.</p>
<p>“Alto y robusto, sus manos, muy gruesas, siempre estaban apartando mechones de su cara de nariz grande y mentón partido”.</p>
<p>Es de subrayar la destreza del escritor del género negro para recrear las situaciones que permiten respirar la trama, como en el episodio en que un potencial antagonista, el enigmático señor Bosch-López, podría convertirse en ayudante, en momentos en que la acechanza de los perseguidores adscritos a los Conciliares amenaza liquidar a nuestros protagonistas.</p>
<p>“…rápidamente (las niñas sepia) se mimetizaron con los paneles crema del interior. La fugacidad de su paso llenó de turbación al guardia, que comenzaba a entender con quiénes estaba tratando”.</p>
<p>Desde luego que por más distópica que sea la historia, ni en ese futuro aparece el metro de Bogotá ni sus ruinas, de lo que se burlan mordazmente los personajes en una escena. Por lo demás, la atmósfera tétrica del ambiente capitalino no deja salir al lector sin una espeluznante nube de humo sobre su cabeza.</p>
<p>“A lado y lado había ventanas que miraban hacia centro de Santa Fe de Bogotá. Por una de ellas comenzaba subir una columna de humo que juntaba sus tonos grises con los de las nubes… Muchas calles estaban bloqueadas por rejas, neumáticos amontonados y montañas de escombros en las que siempre temí descubrir restos humanos…El centro nos recibió con un intenso olor a humo. En medio de la Avenida Caracas, una pequeña multitud rodeaba los restos de un bus…Cubiertos de manera improvisada, varios cuerpos humanos yacían sobre el asfalto…A lo lejos se escuchaban las sirenas. Unas pocas voces daban instrucciones, apuraban, mientras las personas que no participaban en la acción miraban atónitas, rezaban unas, lloraban otras, encogidas por el horror”.</p>
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        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=99010</guid>
        <pubDate>Fri, 12 Apr 2024 03:14:24 +0000</pubDate>
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        <title>Cada oscura tumba, no tanto el qué sino el cómo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/hundiendo-teclas/oscura-tumba-no-tanto-sino/</link>
        <description><![CDATA[<p>Es habitual que los lectores despistados comulguen con la idea de que el tema es lo más importante en la ficción literaria. Los verdaderos literatos tienen siempre presente el tema, que en esta novela aborda uno de los miles de casos de asesinatos de jovencitos a manos del ejército para hacerlos pasar por guerrilleros. Pero [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Es habitual que los lectores despistados comulguen con la idea de que el tema es lo más importante en la ficción literaria. Los verdaderos literatos tienen siempre<br />
presente el tema, que en esta novela aborda uno de los miles de casos de asesinatos de jovencitos a manos del ejército para hacerlos pasar por guerrilleros. Pero esto no basta para garantizar que se escriba bien, que es para mí la sencilla solvencia de Octavio Escobar (qué difícil es hacer ver sencillo lo que no lo es: la buena prosa). Privilegiar el cómo sobre el qué.</p>
<p>El qué: la víctima del ejército, Anderson, es un joven con retraso mental, cuyo breve retrato es conmovedor sin caer en el patetismo. Profunda herida para su tía Melva Lucy, la protagonista justiciera que se va a topar con la oportunidad de hacer justicia por mano propia. Acá el autor, como no se le ha visto en otras ficciones, salda una deuda con la Historia nacional, a guisa de los vengadores de Tarantino ametrallando nazis en Bastardos sin gloria, en el sentido de la reivindicación que el arte puede hacer de las injusticias sociales.</p>
<blockquote><p>“Ánderson entrecierra los ojos porque no sabe qué tan duro van a sonar los disparos de mentira y piensa en cómo se va a dejar caer para ser un muerto convincente”.</p>
<p>“Trata de colgar su camisa a un clavo que sobresale de la pared de tablones, pero se cae una y otra vez”.</p>
<p>“Se queda en pantaloncillos. Son rojos y le quedan anchos en los muslos, y se pone el uniforme que le entregaron”.</p></blockquote>
<p>Así que el escritor le hace citar a Cuadrado, abogado defensor de derechos humanos, la frase que quedó para la Historia universal de la infamia: “(Con los falsos positivos) ganaban los soldados que los capturaban y los mataban, ganaban los oficiales que se hacían los de la vista gorda. Y el presidente mostraba resultados, y su ministro de defensa… ‘De seguro esos muchachos no estaban recogiendo café’, fue la frase de Uribe cuando el escándalo comenzó”.</p>
<p>Pero en Escobar, y ahí vamos al cómo, la sangre y el fuego ocupan apenas algunos párrafos: lo suyo es la sugestión, la descripción sin recargas, la acotación vivaz en los diálogos.</p>
<p>“Tanto el tema como el mensaje (es decir, el asunto y la manera concreta de exponerlo), probablemente destacan más en una novela corriente del Oeste que en En busca del tiempo perdido de Proust”, escribía Jhon Gardner en Para ser novelista. Quien se detenga en la prosa de Escobar percibirá ese tipo de inteligencia del narrador que se compone de varias cualidades, la mayoría de las cuales son, en la gente normal, señal de inmadurez o frivolidad.</p>
<p>La otra vez, al reseñar Mar de leva, comparé el estilo de Raymond Carver con el de Octavio Escobar y recibí una amable reprimenda en un audio vía Messenger del profesor Alejandro Agudelo, doctor en letras, quien alegó que, si bien no negaba las altas cualidades del colombiano, del que es lector y estudiosos, el parangón resultaba desproporcionado. (Ahora sabemos que parte del éxito de Carver se lo debe a Gordon Lish, el editor que le capaba cientos y miles de palabras). Con los libros de Escobar sus lectores creemos que todo está en la extensión que corresponde. Creo que he de mantener mi parangón, pues las descripciones del colombiano y su perfil de los personajes, abandonan toda aspiración heroica o excepcional, como en el norteamericano, para dedicarse a la pesquisa de las situaciones cotidianas que, pacientemente esperadas, nos sumergen en el asombro literario cuando aparecen.</p>
<blockquote><p>“Cuadrado tenía que hallar la manera de regalarle un par de vestidos sin humillarlo, y unas corbatas discretas, diferentes de los rezagos chillones de su época dorada, que entonces, y acompañados de pañuelos del mismo color, parecían audaces y cosmopolitas, pero que ahora solo empayasaban su pobreza”.</p>
<p>“Madrugaba con la cocinera a vender desayunos y preparar albóndigas y empanadas, y se quedaba allí, tomando café sin azúcar, maldiciendo la rutina que amaba”.</p>
<p>“Los clientes del final de la tarde ya se habían acostumbrado a que limpiara por encima de ellos, obligándolos a que levantara los pies cuando pasaba la trapeadora. En su mayoría mecánicos, pequeños comerciantes y jubilados, desde un principio se sintieron atraídos por la madura exuberancia de sus formas, por los ojos grandes con fondo de tristeza y la boca muy pintada”.</p>
<p>“El portero del edificio Alcázar, que siempre le coqueteaba, sostenía la aparatosa caja del televisor nuevo de una de las residentes, así que solo le pudo dedicar su sonrisa seductora, reprimiendo el piropo. Melba Lucy correspondió levantando la mano. Consciente de su retraso, dedicó apenas unos instantes a los futbolistas que perseguían un balón amarillo en la cancha múltiple, el aquero con el uniforme del Santa Fe, que empujaba a su equipo a punta de gritos, los muslos muy delgados para la corpulencia del tórax”.</p>
<p>“La mirada femenina combinaba el reproche y la coquetería”.</p></blockquote>
<p>***</p>
<p>Como es usual en la escritura de Escobar, las descripciones y la inmersión en la psicología y la proxémica femeniles, puntean en un refinado baremo, como quiera que desde Saide, su primera novela, el protagonismo en su novelística se lo llevan ellas. El lector se sorprenderá con la aparición de Paula Cristina, la protagonista de Destinos intermedios, que aparece en esta historia, logrando zurcir algunos hilos en el entramado del universo literario del autor, recreación de algunos lugares entre Bogotá y el Magdalena medio.</p>
<blockquote><p>“Pequeña pero proporcionada, la ‘seño’ Amalia legó a su hijo una consistente formación ética y la miopía. Todo lo demás en Cuadrado procedía del padre: la cabeza grande y chata, los huesos fuertes y anchos, estatura mediana y mandíbula de borde horizontal”.</p></blockquote>
<p>Las escenas que pinta Escobar de Bogotá, ora del Parkway de Teusaquillo, ora del Transmilenio, ora de la Caracas, o de los vientos llegados de los Cerros orientales, demuestran que, si bien el autor es visitante consuetudinario de esa ciudad, caminante de la calle, el <em>flâneur</em> baudeleriano, no pierde su capacidad de asombro, no permite que el derredor se le vuelva paisaje de tan caminado. Balzac describió la <em>flâniere</em> como gastronomía para los ojos. Lo mismo sucede con Manizales, Buenaventura, España, Aguasblancas (La Dorada), escenarios recurrentes en su obra, y con los espacios interiores en que actúan los personajes.</p>
<blockquote><p>“Un sol efímero, muy de tierra fría, enfatizó el contraste entre Belalcázar y Galerías”.</p>
<p>“Simulando prisas, saludó a los vendedores del negocio vecino –materiales para la construcción, eléctricos y de fontanería–, y entró decidida, percutiendo la baldosa del piso con sus tacones”.</p>
<p>“El ulular de una sirena se metió a la habitación, la recorrió, y salió con la misma rapidez con la que había llegado”.</p>
<p>“Por alguna razón le había quitado los bolsillos a su camisa, por lo que dos zonas rectangulares más oscuras marcaban sus senos, de proporciones considerables”.</p>
<p>“Subió los peldaños y se quedó mirando la virgen con ropas doradas, las bellas manos unidas sobre el pecho, bandas azul desvaído en los bordes del manto. La aureola la formaban las palabras: “Yo soy la inmaculada concepción”. A sus pies, el sagrario proyectaba rayos metálicos en todas direcciones. Se sentó en una de las bancas de atrás y elevó la mirada hacia la bóveda estrellada, sostenida por nervaduras de filigrana, Y oró con una concentración que pocas veces había tenido…”.</p></blockquote>
<p>Esta prosa se transparenta con el anhelo de Milán Kundera en el sentido de que “la ambición de mi vida ha sido unir la máxima seriedad del contenido –las ejecuciones extrajudiciales– con la máxima ligereza de la forma”.</p>
<p>En la página final de cada oscura tumba, vendedor de comercio “hablaba en exceso, indeclinable su sonrisa, mientras trataba de que un niño, en apariencia su hijo, no importunara mucho con su pistola de plástico verde. Los disparos, una onomatopeya que incluía el silenciador, los dirigía contra su propia silueta, repetida por los espejos del almacén&#8230; Después de algunas dificultades, la cajera consiguió que el datafono funcionara. Gabriel Álvarez Cuadrado firmó el recibo y contempló con desconsuelo al hijo del vendedor, que prorrumpía en una nueva ráfaga de disparos asordinados”.</p>
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        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=95908</guid>
        <pubDate>Sat, 12 Aug 2023 17:10:10 +0000</pubDate>
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