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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Nueva España | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Brujas</title>
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        <description><![CDATA[<p>Para consagrase como bruja es preciso un estudio de años donde la iniciada comenzará a una edad temprana, cuando las “maestras” raptan a las niñas mientras sus padres dormitan, llevándolas en vuelo al lugar de celebración del aquelarre. Las niñas serán castigadas en caso de que comunicaran a sus padres su secreta formación, además que [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Para consagrase como bruja es preciso un estudio de años donde la iniciada comenzará a una edad temprana, cuando las “maestras” raptan a las niñas mientras sus padres dormitan, llevándolas en vuelo al lugar de celebración del aquelarre. Las niñas serán castigadas en caso de que comunicaran a sus padres su secreta formación, además que tenían la misión de guardar los sapos con los que las “maestras” preparan los ungüentos que las hacen volar. A los seis años son seducidas con golosinas y promesas para que abjuren de la fe de Cristo, luego de lo cual se realizará una ceremonia que celebrará la apostasía y que será presidida por el demonio en su figura de macho cabrío: un hombre barbado con aspecto de cabra, de ojos saltones color azabache, garras corvas como de ave de rapiña, con cola de asno y coronado con un par de cuernos. La “maestra” presenta a su “novicia” al macho cabrío con el siguiente rezo: “Señor, ésta os traigo y presento.” La niña se hinca de rodillas ante el diablo, acepta a Satán como su Señor Dios y rechaza su antigua fe con la siguiente oración: “Reniego de Dios, de la Virgen, de todos los santos, del bautismo y confirmación, de ambas crismas, de sus padrinos y padres, de la fe y de todos los cristianos.” La nueva bruja besa la mano izquierda del diablo, así como su boca y su pecho, encima del corazón, y a continuación besará sus genitales para rematar con el “ósculo infame”, el acto de besarle puntualmente en el ano. Acto seguido, Satán la marcará con sus uñas del lado izquierdo de su cuerpo con una señal que le dejará una cicatriz imborrable y cuyo dolor perdurará durante mucho tiempo. La conmemoración acabará con un festejo en compañía de otras brujas que bailarán al son del tamborino y la flauta, y finalmente la nueva bruja es ungida por todo su cuerpo con un menjurje hediondo de color verdinegro antes de ser llevada a dar un paseo por los aires. La <em>notchnitsa</em>, que así las llamaban antaño en los Balcanes, eran las brujitas que atormentaban a los niños en sus habitaciones durante las noches, y a quienes bastaba la presencia de un adulto para que se esfumaran mágicamente. Y es así como en adelante la pequeña bruja tendrá que ganarse un prestigio, realizando todo tipo de maldades como atacar a las personas y a los ganados, destruir las cosechas y proferir blasfemias y otra clase de fechorías, hasta el momento en que obtendrá licencia para ser ella misma quien preparará sus propias pócimas, ponzoñas y polvos, podrá volar y también compartir de tú a tú con el mismísimo demonio, a través de una consigna que dice: “Señor, en tu nombre me unto; de aquí en adelante yo he de ser una misma cosa contigo, yo he de ser demonios.” La categoría más alta la adquieren las más ancianas y expertas que gozan de los afectos y cariños de Satanás, y que servirá como un órgano consultivo que actúa en compañía de media docena de diablillos que rodean siempre a su Dios. Adivinas, pitonisas, hechiceras, clarividentes, expertas en la nigromancia y en el arte del ocultismo, la imagen de las brujas varía según la época y la cultura. Las encontramos retratadas y sus historias están descritas en cuentos, novelas, películas, e incluso en quienes testimonian haberse cruzado con una de ellas. Acompañadas de sapos, serpientes, ratas, arañas, búhos y cuervos, liebres y el infaltable gato negro, una cohorte de mujeres se convoca en un aquelarre celebrado en cementerios o en la profundidad de los bosques, junto al fragor de una hoguera, gozando de un festejo pagano por medio de rituales satánicos, reunidas en conciliábulos donde a través de magia negra invocan al maligno. Ancianas decrépitas que viven aisladas junto a pantanos y lagos fangosos, de aspecto cadavérico y con la piel de un color verdoso, con narices prominentes en las que realza una abultada verruga, desdentadas y de risas agudas, burleteras y macabras, vistiendo una toga negra y portando sobre sus cabezas un sombrero puntiagudo, trepadas en sus escobas mientras surcan los cielos durante la luna llena o agregando un par de alas de murciélago a su pócima mágica, conjurando un hechizo maléfico junto a una caldera donde se cocina la medicina siniestra, el encantamiento diabólico, el mal de ojo, el brebaje demoníaco capaz de corromper y pervertir. Se dice que podían volar y que tenían el poder de metamorfosearse en cualquier animal, virtudes que les servirían para ocultarse y llevar a cabo sus propósitos funestos. Quizás por el culto a Artemisa (Diana para los romanos), diosa griega emparentada con la luna, las brujas eran asociadas a la luna llena y se dice que es durante el plenilunio cuando alcanzarían su máximo poder. La palabra en latín para denominar a la bruja es <em>maleficae, </em>término con el que fueron conocidas en Europa durante toda la época del Oscurantismo y hasta entrada la Edad Moderna. En inglés se les conoce <em>“withc”, </em>en italiano <em>“strega”, </em>en alemán <em>“hexe”, </em>en francés <em>“sorcière”, </em>y decir que la palabra en español, “bruja”, es de una etimología incierta y desconocida. En la Biblia la aparición de la bruja será ocasional, condenadas por Moisés y presentes en la historia de Saúl, quien consultó a una bruja en En-Dor para que le ayudara a comunicarse con el difunto Samuel. En la antigua Grecia la mítica diosa <strong>Hécate</strong>, asociada a la brujería, era invocada a través de ceremonias para que auxiliara a sus devotas en todos sus encantamientos. En la mitología Tesalia era el lugar oscuro donde moraban las brujas, destacándose tres como las más reconocidas: la desgarbada y horripilante <strong>Erictho </strong>con cabellos de serpientes, que habita junto a las tumbas y que sólo sale en noches lluviosas para comunicarse con los muertos; <strong>Pamphile </strong>que aparece descrita por Lucio Apuleyo en <em>El asno de Oro, </em>y quien tiene el poder de metamorfosear a los jóvenes en piedras o animales; y la bruja <strong>Canidia</strong> que se entera de todo lo que sucede al interior de los infiernos. Lo cierto es que la brujería ya era temida y condenada desde tiempos lejanos, remontándonos a la <em>Lex Cornelia </em>que prohibía las prácticas brujeriles castigándolas con la muerte. Hacia comienzos del Medioevo, Clodoveo I, rey de los francos del año 481 al 511, promulgaría otra fuerte ley en contra de las brujas y brujos y que sería conocida como <em>Lex Salica, </em>y hacia el 780 el mismo Carlomagno tipificaría en sus códigos de leyes una condena de prisión a quien fuera juzgado de brujería, además de severos castigos físicos. A lo largo de estos siglos el mundo se vería inundado de relatos verbales y cuentos escritos que describían a las brujas como personajes maléficos, ligadas al demonio, y en donde empezaba a detallarse toda clase de conjuros y reuniones, siendo la más común la ceremonia conocida como <em>Sabbat. </em>Dicho ritual consistía en abjurar <em>in totum </em>de los dogmas cristianos para ser rebautizadas en la fe de Satán, quien finalmente las estigmatizaría con su marca, sellando así un pacto en el que ambas partes se prometían y obligaban: el diablo concedería toda clase de riquezas y poderes mientras que la bruja se mantuviera siempre sumisa a cumplir sus órdenes, además de entregarle su alma para que dispusiera de ella después de morir. El <em>Sabbat </em>pudo haberse derivado de las antiguas fiestas dionisiacas consagradas al dios romano Baco, dios cornudo que se asociaba al festejo, a lo orgiástico y a la ebriedad, a todo lo carnavalesco y especialmente al vino, y también encarnado en otras figuras míticas como Pan o Mithra. Fue a comienzos de la Edad Media que el dios cornudo sería considerado como el propio diablo y sería conocido como Satanás o Lucifer. Tiempo después el ritual pagano del <em>Sabbat </em>pasaría a ser como una especie de “misa negra”, versión renovada del <em>Sabbat</em> y cuyo culto era consagrado a la devoción de demonios como Diane o Hérodiade. En un principio las mujeres acusadas de brujería serían conminadas a confesar sus culpas bajo torturas, logrando que de esta manera la sociedad se convenciera cada vez más de la existencia real de las brujas, y haciendo que su temida fama se difundiera por toda Europa. Para el siglo XIII el papa Inocencio VIII en contubernio con los sacerdotes dominicos daría inicio a una naciente persecución inquisitorial contra las brujas, castigándolas por el cargo específico de herejía. Sin embargo la persecución acérrima contra las brujas, y que se prolongaría durante cuatro siglos, empezaría en 1326 cuando el papa Juan XXIII promulgara una bula pontificia. La cacería se concentraría principalmente en mujeres, ya que la iglesia consideraba al hombre como un servidor elegido por Cristo, siendo así que la mujer, más débil e inferior que el hombre, estaría más propensa a inclinarse por el adversario maligno, y por lo cual en su momento se calculaba un millar de condenadas por cada hombre castigado por el cargo de brujería. El estereotipo de la bruja se reafirmó después de los juicios de la década de los veinte del siglo XV, y ese mismo año con los tantos tratados demonológicos como el escrito por un par de dominicos y conocido como el <em>Malleus maleficarum </em>(Martillo de las brujas), y del cual se imprimirían más de treinta mil ejemplares a lo largo de los siguientes dos siglos. También los predicamentos teológicos de San Bernardino de Siena y las aseveraciones de varios tribunales de justicia acabarían formando una imagen más definida de la bruja, todos estos consolidando su existencia y describiendo con detalle los rituales satánicos que solían celebrarse en lugares alejados del centro urbano o en cementerios donde profanarían las tumbas. Para 1484 la Iglesia Católica reconoce la existencia de la brujería por medio de la bula apostólica <em>Summis desiderantes affectibus. </em>la asociación de la brujería como un crimen de carácter sexual cobraría rigor hacia el siglo XVI, momento en el que ya eran comunes los distintos suplicios a los que eran sometidas las condenadas, y que puede apreciarse en varios grabados alemanes de comienzos de siglo en los que se representan ahorcamientos y decapitaciones, mutilaciones de miembros y brujas ardiendo en las hogueras. En todo tiempo también se contaría con un puñado de personas racionales que se atrevieron a pronunciarse en contra de semejante delirio colectivo, como el caso del valiente y muy cuerdo barón Michel de Montaigne, quien para 1563 escribiría que muchas de estas mujeres pudieran tratarse de mujeres afectadas de “locura”. Para 1571 el Santo Oficio establece por decreto real un tribunal inquisitorial en la Nueva España que le permitiera proceder con legalidad en su persecución de brujas por territorios americanos. En un comienzo los procesos eran dirigidos por el clero, pero tiempo después cualquier laico podía encargarse de llevar a cabo una persecución propia. En 1599 el rey Jacobo I de Inglaterra estableció la vil práctica de pinchar en el ojo a la mujer sindicada de brujería, y en caso de que sangrara quedaría comprobada su indiscutida culpabilidad. Los siglos XVI y XVII las brujas sufrieron la más intensa, terrorífica y sanguinaria persecución, en lo que muchos calculan cobró la vida de unas cien mil almas. La mayoría de víctimas de la Inquisición eran provenientes de familias rurales de bajos recursos. No sólo las mujeres eran condenadas a muerte, ya que era común el castigar con la misma pena a sus hijos, y en especial si se trataba de niñas. Se empleaban jugarretas innobles para determinar la culpabilidad de las sindicadas, como aquella conocida como <em>Hekseenwag </em>(“balanza de las brujas”), y que consistía en echar a la sindicada a un río con los pies y manos atados, y si flotaba es porque ciertamente se trataba de una bruja (ya que estas desalmadas poseían un peso liviano como un pájaro), y en cuyo caso sería rescatada para quemarla viva en una hoguera. Difícil demostrar su inocencia, ya que de igual manera, y en caso de no flotar, la condenada acabaría ahogándose, demostrándose de esta forma su lamentada y tardía inocencia comprobada. Pero no sería sino hasta fines del siglo XVII cuando comenzó a cuestionarse a nivel de sociedad esta práctica que cada vez perdía más su sentido. Para 1602 el pastor reformista Anton Praetorius saldría en defensa de las brujas condenando la tortura a través de un texto titulado <em>Sobre el estudio en profundidad de la brujería y de las brujas. </em>En Francia Louis XVI derogó la condena de pena de muerte y dejó como máximo castigo por brujería el destierro o el exilio; en 1692 en Estados Unidos un jurado de Massachusetts pidió perdón por los Juicios de Salem firmando un arrepentimiento público y comprometiéndose a nunca volver a repetir tan deleznables sucesos; Inglaterra abolió la legislación respecto a la brujería en el año de 1736 y aunque en 1808 se reportaría el último ahorcamiento de una bruja en territorio inglés. Jules Michelet, en 1862, tendría la iniciativa de redimir la figura de la bruja por medio de un libro donde pretendía componer un “himno a la mujer benefactora y a la vez víctima”, una rebelde y una revolucionaria de todos los tiempos, atreviéndose a señalar a la Iglesia Católica como la promotora de la “caza de brujas”, y defendiendo su obra como un escrito de contenido histórico y no un producto de la ciencia ficción. Un verdadero genocidio, una histeria o esquizofrenia colectiva, un feminicidio masivo, un machismo exacerbado que se prolongaría durante siglos, un crimen contra la humanidad que costó la vida de figuras notables como la de <strong>Juana de Arco</strong>. Y así también destacar otras brujas que han tenido un amplio reconocimiento a lo largo de la historia. En 1324 encontramos a <strong>Alice Kyteler, </strong>quien poco pudo hacer para defenderse ante el obispo de Ossory, convirtiéndose en la primera irlandesa en ser condenada por brujería. Una de sus sirvientas atestiguó que Alice solía sacrificar animales vivos en una suerte de ritual demoniaco. Se le inculpaba luego de haber enviudado en cuatro ocasiones bajo sospecha de envenenamiento, pero finalmente conseguiría escapar de su país. En 1593<strong> Maria Holl</strong>, conocida como la “Bruja de Nördlingen”, fue una de las primeras mujeres en lograr defenderse y hasta conseguir ser absuelta de sus acusaciones de brujería. En 1657, en Escocia, <strong>Maggie Wall</strong> sería quemada en una hoguera sobre la que hoy se impone un monumento de roca de más de seis metros coronado de una cruz, y que es un lugar de alto atractivo turístico, pese a que poco se sabe de la vida de Maggie y menos de su juicio, y por lo que muchos la consideran como una simple leyenda. Para 1751 <strong>Anna Schindenwind </strong>sería una de las últimas en ser ajusticiada en la hoguera en una plaza pública alemana. <strong>Joan Wytte, </strong>conocida como el “Hada de Bodmin”, nació en Inglaterra en 1775, y se decía que era vidente y curandera, de una fuerza descomunal, y que estaba poseída por el maligno. Se le recuerda por fea, desdentada y agresiva, y precisamente por revoltosa pararía en la cárcel donde moriría a la edad de los 38 años. Su cadáver fue disecado y años después sus restos fueron profanados para una sesión de espiritismo, tras lo cual dice la leyenda la bruja se manifestaría desde el más allá. <strong>Anna Göldin </strong>será una de las últimas mujeres ejecutadas en Europa, sucedió en Suiza durante el verano de 1782. Hacia finales del siglo XVIII <strong>Marie Catherine Laveau</strong>, una viuda negra que trabajaba como peluquera de las mujeres blancas y adineradas de New Orleans, conocida como la “Bruja peluquera” o la “Reina bruja”, era famosa por sus prácticas de vudú que solía realizar en compañía de su serpiente de nombre “zombi”. Finalmente <strong>Violet Mary Firth Evans</strong><strong>, </strong>nacida hacia finales del siglo XIX, y quien fuera una de las brujas más reconocidas de su tiempo por haberse interesado desde temprana edad en el arte del ocultismo y hasta llegar a convertirse en una experta. Se hacía llamar “Dion Fortune”, y junto a su esposo fundó “Fraternidad de la luz interior”. También se le recuerda por haber apoyado fuertemente a Inglaterra durante los intentos de la ocupación alemana. Sería ya entrado el siglo XX, hacia la década de los setenta, cuando los movimientos feministas se apropiaron de la imagen de la bruja como un emblema de culto y un símbolo de la resistencia femenina. Surge la revista <em>Brujas, </em>de Xavière Gauthier, que exponía en detalle “las prácticas subversivas de los movimientos feministas”, y surgen también los cultos y rituales modernos como la <em>Wicca, </em>que es como hoy se conoce al encuentro de varias mujeres que se reúnen a manera de un antiguo aquelarre. Lo cierto es que gran número de estas mujeres que fueron asesinadas por considerárseles brujas no eran otra cosa que mujeres de ciencia, estudiosas, investigadoras. Muchas de ellas eran parteras y curanderas, cocineras o consejeras, sabias en el conocimiento de plantas e hierbas con los que solían preparar brebajes y remedios, conocedoras de enfermedades que lograban tratar de manera precaria por medio de pócimas basadas en la farmacopea tradicional, y que muchos citadinos y médicos señalaron como prácticas paganas o brujeriles. Les prohibieron legar sus nuevos conocimientos y sus enseñanzas ancestrales y prefirieron silenciarlas en medio de una pira encendida. La escoba sigue siendo hoy símbolo que nos remite a la bruja voladora, así también como a un objeto ligado a la mujer consagrada a las labores del hogar. Tanzania, República Democrática del Congo, Kenia, Ghana, Angola, Nigeria, Papúa Nueva Guinea, Arabia Saudita, Nepal e India son algunos de los más de cincuenta países donde la brujería sigue siendo perseguida y penalizada con castigos de tortura y muerte. Se calcula que en la última década más de veinte mil mujeres han sido condenadas por el cargo de brujería, y en el 2020, por motivos de la pandemia, el creciente número de rezanderas de todas las especies se ha venido multiplicando, por lo que también aumentó la persecución y una nueva cacería.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Sat, 18 Mar 2023 00:35:49 +0000</pubDate>
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        <title>Josefa Ortiz de Domínguez (1768-1829)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Lo de Doña Josefa sí que sería un golpe literal de independencia. A ella le bastó con dar un par de taconazos, o un zapateo, algunos sugieren que unos golpecitos en la pared, pero, como fuera, a la Corregidora le sería suficiente con haber dado la señal de aviso que desataría el inicio de la independencia de su país, y por lo que se le recordará como <em>La</em> <em>madre de la patria mexicana</em>. Sucedía que para 1808, luego de los embates napoleónicos, el debilitamiento de los españoles era notable, y sus dominios en el continente americano comenzaban a tambalear. Los criollos estaban cansados de ser tratados por el régimen colonial como ciudadanos de segunda, lo que dio motivo al inicio de discusiones políticas que poco a poco irían tornándose en grupos y asociaciones independentistas. Doña Josefa, criolla, y que simpatizaba con los ideales separatistas, destinó un espacio en su propia casa para que se celebraran dichas tertulias, e incluso acabaría convenciendo a su esposo, nada menos que el corregidor, Miguel Domínguez, para que le acompañara a los debates en los que se ponía en jaque su oficio y las vidas de ambos. Entre la espada y la pared, teniendo que cumplir a sus funciones de corregidor, al tiempo que tenía por esposa a una agitadora, independentista y revoltosa, el corregidor acompañaba a su mujer limitándose a escuchar sin musitar palabra. Para 1810 Doña Josefa conoció al sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla y al capitán Ignacio Allende, con quienes comenzaría a tramar un golpe contundente contra las fuerzas españolas, en lo que se conocería después como “La conspiración de Querétaro”, y que culminaría luego de once años con la anhelada independencia del país azteca. Los conspiradores habían convenido en que si un día se presentaba alguna emergencia, la Corregidora advertiría de la situación y alarmaría a su vecino, ubicado en la planta baja, y el código serían tres puntapiés que se escucharían impactando contra el suelo. Y así ocurrió el día en que el complot para levantarse contra los españoles fue descubierto por un traidor, quien alertó a las autoridades del virreinato para que estas emprendieran un cateo en búsqueda de las armas que ocultaban los insurgentes que pretendían sublevarse. Al comienzo se delató a dos hermanos que escondían armas y pólvora, y se le encomendó nada menos que al corregidor para que fuera él quien inspeccionara casa por casa tratando encontrar a los conspiradores. Fue así como Miguel encerró a su mujer en un cuarto para que nadie pudiera encontrarla, y sería desde allí donde Doña Josefa diera ese taconeo en clave que alertaba sobre el inminente peligro de una captura. El vecino se enteró de que habían sido descubiertos y tuvo tiempo para trasladar las armas, además de llevar una misiva que la misma Doña Josefa redactaría valiéndose de letras extraídas de los periódicos para evitar que identificaran su caligrafía, y con la que pretendía advertir al capitán Ignacio Allende para que tomara medidas en el asunto. El vecino no pudo encontrar al capitán en la región de San Miguel, por lo que se desplazó a Guanajuato, al pueblo de Dolores, donde entonces pudo notificar al cura Hidalgo y Costilla de que la conspiración había sido descubierta. El párroco congregó en una misa a los aldeanos, indígenas y gente de condición humilde, que no vaciló en obedecer a la enardecida proclama del cura, quien llamó al pueblo a levantarse en armas en un discurso que se conocería más tarde como <em>El grito de dolores, </em>y tras el cual se daría inicio a una larga lucha que finalizaría por fin en 1921 con la independencia del país. María Josefa Crescencia Ortiz Téllez-Girón, conocida entonces como “La Corregidora de Querétaro”, era una morisca (hija de mulato y de española), nacida en Valladolid, hoy Morelia, Michoacán. Su padre, José, fue un capitán de los ejércitos de Los Morados que moriría en batalla cuando Josefa era apenas una niña, y así también su madre, la noble española Manuela Téllez-Girón y Calderón, quedando la niña huérfana y al cuidado de su hermana mayor, María Sotero. Sería ésta quien se preocuparía por brindarle a su hermana una buena educación, por lo que la apoyaría haciendo llegar una carta escrita por el puño de la misma Josefa, pidiendo ser admitida para ocupar un puesto académico y estudiar en el colegio San Ignacio de Loyola, específicamente en el anexo femenino conocido como el Colegio de las Vizcaínas, ubicado en la capital. En la escuela enseñaban a las señoritas las tareas típicas que encasillaban a la mujer: costura, cocina, cuidados del hogar. Sin embargo Josefa se mostraba más interesada por las matemáticas y la lectura, siendo esto una extrañeza para una mujer de su época. Sucedió un día que el colegio ofreció una gala para homenajear a ciertos funcionarios, entre los cuales se encontraba Miguel Domínguez, quien había perdido a su esposa y quien tenía dos hijas, y que vio en la joven Josefa a una prometedora compañera a la que no vaciló en conquistar. La relación comenzó de manera clandestina, y luego de tener una hija y quedar nuevamente embarazada, Josefa y Miguel decidieron formalizar su relación, y en 1791 contrajeron matrimonio en el Sagrario Metropolitano de la Ciudad de México. Para ese entonces ella tenía 19 años y él 37. En 1802 Miguel fue designado por el virrey de Nueva España para que sirviera como corregidor de Querétaro, y Doña Josefa se dedicaría a la crianza de los hijos de su marido, y a la de los doce hijos que la pareja tendría a lo largo de una relación que terminó en 1830 con la muerte del esposo. Pero luego vendría la Josefa Ortiz revolucionaria y valiente que pasaría a la historia. “Tantos soldados para custodiar a una pobre mujer, pero yo con mi sangre les formaré un patrimonio a mis hijos”, diría después de haber sido detenida el mismo día de<em> El grito de dolores, cuando la pareja de conspiradores fuera delatada y ambos fueran apresados de inmediato. A Doña Josefa la encarcelaron en el convento de Santa Clara, mientras que su marido fue llevado al de Santa Cruz, ambos situados en Querétaro. Miguel lograría su libertad luego de haber recibido un apoyo popular, y en adelante continúo una oposición directa al virreinato, además de servir como abogado defensor de su mujer. En 1814 Doña Josefa sería traslada al convento de Santa Teresa, ubicado en la capital, y más adelante, luego de haber quedado embarazada, sería llevada al convento de Santa Catalina de Siena, donde pasaría sus últimos años de cautiverio. Finalmente, luego de tres años de presidio en el convento, Doña Josefa sería puesta en libertad, y al día siguiente la enardecida Corregidora ya estaría de nuevo en el frente de batalla, haciendo tareas de proselitismo y propaganda y anexionando a la causa a cualquiera que estuviera descontento con el imperante régimen español.</em> Doña Josefa fue varias veces homenajeada con títulos y condecoraciones que supo rechazar, como aquel que el autoproclamado emperador de México, Agustín Iturbide, quiso rendirle en un intento por otorgarle el mérito de Dama de Honor de su esposa, Ana Duarte de Iturbide, y a lo cual la Corregidora declinaría, ya que desde siempre se mostraría contradictoria del Imperio y este homenaje más parecía una ofensa. Sería así como se afiliaría al movimiento radical de las logias yorkinas, y aunque la situación económica de la familia estuviera pasando por las peores, la pareja se empeñó siempre en mantener a sus hijos, así como a su causa. El virrey Juan Ruiz de Apocada, el mismo que para 1817 intercedió para la liberación de Doña Josefa, también se las arreglaría para que el gobierno pagara un sueldo por los servicios prestados al distinguido corregidor Miguel Domínguez. Doña Josefa se negó a recibir lisonjas y halagos; lo de ella fue dar el aviso de alerta sin el cual no hubiera podido llegar a buen puerto la lucha por la independencia, y saberse poseedora de este mérito le sería más que suficiente para cumplir, según lo expresó, con su “deber patriótico.” Murió a los 61 años de edad debido a una pleuresía, y sus restos fueron enterrados en el convento de Santa Catalina de Siena, para luego ser trasladados a su ciudad de Santiago de Querétaro, donde ahora descansan junto a los de su esposo en un mausoleo dedicado al Panteón de Queretanos Ilustres. Heroína de los mexicanos, a la llamada Benemérita de la Patria y Fundadora de México se le recuerda en letras de oro que están inscritas en el Muro de Honor del Palacio Legislativo de San Lázaro, así también como en el Monumento a la Independencia, y su efigie ha sido empleada varias veces para acuñar billetes y monedas en distintas épocas. Dos estatuas representativas la recuerdan: una ubicada en la Plaza de Santo Domingo en la Ciudad de México, y la otra en la Plaza Corregidora, en Santiago de Querétaro, donde el estadio de fútbol también fue bautizado con su nombre. Varias calles, escuelas y hospitales han sido bautizados a lo largo y ancho del país azteca con el apodo con el que sería conocida Doña Josefa Ortiz de Domínguez, la que llegó para corregir, la conocida Corregidora.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-88215" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/02/185.-DOÑA-JOSEFA-ORTIZ-DE-DOMÍNGUEZ-209x300.jpg" alt="JOSEFA ORTIZ DE DOMÍNGUEZ" width="209" height="300" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Sat, 20 Aug 2022 01:07:55 +0000</pubDate>
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