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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Sun, 12 Apr 2026 21:37:07 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de Nochebuena | Blogs El Espectador</title>
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        <title>La Navidad de un pobre</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-navidad-de-un-pobre/</link>
        <description><![CDATA[<p>Yo creo que a Dios lo inventaron para los pobres.</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Imagen generada con inteligencia artificial (IA)</em></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-d3be654692322bcf2b338577d05a5dfe"><em>“Aquel niño despertó tiritando una mañana, en un sótano húmedo y frío, abrigado con una especie de batita, vieja y raída. El aliento le salía en forma de vapor blanco: sentado en un rincón, sobre un baúl, distraíase activando de propósito su respiración, divirtiéndose con verla salir. Pero tenía mucha hambre. Desde la madrugada se había acercado ya varias veces a la cama de tablas, cubierta con un delgado jergón, en que estaba acostada la madre enferma, con la cabeza apoyada en un montón de harapos a guisa de almohada”.</em> Del Cuento de Navidad de Fiódor Dostoyevski. </p>



<p>La tristeza y la pobreza se engendran donde a ellas dos se les dé la gana.</p>



<p>Hay una pobreza más allá de la pobreza. Tan allá que nuestra cada vez más empobrecida imaginación no alcanza a imaginarla. Más allá de la montaña que usted ve cuando se desplaza en automóvil hacia la finca o a la casa de descanso. Por detrás de ese mundo, hay otro mundo habitado de seres humanos, aunque no lo parezca. Por allá el progreso no llega, porque aquellos con el poder de repartirlo están demasiado ocupados repartiendo en otro lado.</p>



<p>Penetrar en ese mundo es comprobar la contradicción: la Navidad convirtió un símbolo de humildad -el pesebre- en un motivo de derroche, de ese capitalismo alocado, que año tras año le hace fieros al Niño Dios. Entonces, la Navidad del pobre es más auténtica porque se parece más a esa miseria de dos mil y pico años atrás, según la tradición cristiana.</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-fee44c345ef91ac930e8fa602417fc85"><strong>Un rico y un pobre se diferencian en lo que cada uno hereda, pero se parecen en lo que cada uno se lleva de este mundo: nada. La pobreza es algo que millones heredan desde antes de nacer.</strong></p>



<p>Lo que el pobre quiere no se envuelve ni se compra en un almacén por departamentos. Pero nosotros sí podemos desenvolver nuestra indiferencia y quemarla en la chimenea antes de ofrecerla.</p>



<p>El niño pobre no le escribe cartas al Niño Dios. Porque no sabe leer ni sabe escribir, y se imagina que el Niño Dios, por ser niño, tampoco sepa. La escuela es la vida misma y, por lo tanto, dura toda la vida. En esa escuela de la vida sólo solo hay una lección posible para no dejarse morir de hambre: si no se trabaja no se come, pero aunque trabajen como burros, muchas veces no hay lo suficiente para comer. El sonido de las tripas no son villancicos. </p>



<p>El pobre-pobre no conoce un centro comercial, usted ni siquiera lo verá en la fila de un cajero automático, porque no tiene cuenta en un banco. Trabaja <em>a destajo</em> y lo que recibe ya lo debe. El colchón es el banco de los pobres y recibe monedas. No hay chequera, pero sí el chiquero que adorna sus penurias. </p>



<p>Y luego están las deudas, porque ser pobre es esencialmente no tener nada y estar lleno de <em>culebras</em>, de un hueco que se abre para tapar el otro, y así, en una historia sin fin, hasta que un día ya no hay huecos para abrir ni hueso para echar en la olla.</p>



<p>Los regalos no están debajo del árbol ni bajo la almohada, porque árbol no hay y la almohada son los harapos de lo que habla Dostoyevski  en su cuento que no es tan cuento. Los niños pobres piden carros y las niñas pobres piden muñecas en Navidad, así no sean de pilas. ¡Qué importa que la muñeca esté rota o le falte un ojo, o que el carrito sea de plástico y de halar con pita! </p>



<p>Las compras se hacen en el <em>baratillo </em>del barrio, donde tres pares de medias cuestan $5 mil.</p>



<p>En eso de pedir muñecas y carritos no son distintos los niños pobres de los niños ricos. Pero el único carrito que les espera a los niños y a las niñas pobres, es el de los tintos, desde mucho antes de llegar a la mayoría de edad. Porque lo primero que hace la pobreza es castrar la infancia, desde el momento en que aprenden a amarrarse los cordones de los zapatos, a los que se les mete el agua.  </p>



<p>La Nochebuena es noche a secas. La familia pobre no tendrá pavo en Nochebuena ni en ninguna otra época del año, quizás tampoco le alcance para un arroz con pollo. Con suerte juntarán para comprar menudencias, qué benditas sean, por lo baratas, aunque ni tanto, porque todo cuesta, hasta las vísceras de las aves.</p>



<p>El pobre no aspira a un pavo relleno. Con un agua de panela y pan queda lleno, aunque no sea verdad.</p>



<p>En la mirada del niño pobre está resumida su historia, sus dolores y sus tragedias. Lo que pasa es que poca gente se detiene a leer lo que está escrito en sus ojos, y menos en este tiempo en que los preparativos no dan esperan. Con lo que cuesta la bolsita de regalo, él podría comer algo.</p>



<p>Es casi seguro que la familia pobre no esperará a la medianoche. Cuando el resto celebra y despilfarra como si no hubiera un mañana, sus miembros duermen porque al día siguiente toca recoger los desperdicios que dejó la algarabía. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio.</p>



<p>El pobre no recibirá <em>prima de Navidad</em>.</p>



<p>—¿<em>Prima de Navidad</em>? ¿Qué es eso?</p>



<p>La única prima que conoce es una pariente igual de jodida a él, viviendo <em>a trancas y a mochas.</em></p>



<p>El niño pobre no espera a Papá Noel. El preferiría tener un papá de verdad, uno de carne y hueso y en su casa, no ese que desapareció del mapa cuando aquel ni siquiera había nacido.</p>



<p>Si le pregunta cuál es su deseo de Año Nuevo, dirá que lo único que desea es que su vida sea una pesadilla de la que está demorando en despertar.  </p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-da2e3f4a178c2cc1f68f8536060db092"><strong>Me gusta la literatura de Fernando Vallejo pero me disgusta él cuando falazmente dice que <em>“los pobres son una horda paridora, irresponsable y zángana”.</em></strong></p>



<p>Prefiero la frase de Gabriel García Márquez en <em>El otoño del patriarca</em>: <em><strong>&#8220;El día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo&#8221;</strong></em>. </p>



<p><em>“El pobre es pobre porque quiere”,</em> dicen aquellos que tienen los bolsillos llenos, y no saben lo que es pasar necesidades, pues nunca han tenido el estómago pegado al espinazo, para usar un lenguaje de pobres, cuyo vocabulario es muy rico, porque en entender su pobreza y reírse de ella se les va la vida. La resignación de un pobre debería ser mérito de santidad.</p>



<p>A los pobres les sale esa canción venezolana donde un niño le pregunta a la mamá <em>“¿Dónde están mis juguetes?”,</em> y ella trata de justificar al Niño Dios, porque el suyo se ha portado mal y el Niñito lo supo, aunque no sepamos quién le contó. Entonces, no queda de otra que rezar para esperarlo hasta el año que viene.</p>



<p>Menos mal existe Dios o cómo fuera. Yo creo que a Dios lo inventaron para los pobres. Para tener a quién pedirle. Porque a Dios los ricos le agradecen y los pobres le piden y le piden y le vuelven a pedir, como los peces del villancico que beben y beben y vuelven a beber. Desde que nacen hasta que se mueren viven pidiendo. Sin cansarse, sin chistar, sin renegar, porque si no se les concede el milagro, agradecen igual, pues <em>Dios sabe cómo hace sus cosas.</em> Las cosas pasan cuando tienen que pasar. </p>



<p>El pobre no estrena. Recibe lo que buenamente le mandan, lo que otros ya no usan y regalan cuando necesitan hacer espacio en el ropero. Una bolsa negra de basura contiene la felicidad,  porque esa ropita aguanta otras posturas y los zapaticos están enteritos. </p>



<p>El pobre, tratado por la sociedad como un ciudadano de quinta, no le ve problema a las cosas de segunda. Él no repara en el caballo regalado, que por supuesto es un decir… ¡o cómo sería si alguien le regalara un caballo de los de verdad!</p>



<p>Compartamos algo de lo que tenemos, sin pesar, y sin pensar que eso es caridad. Vaciemos los corazones para que otros tengan un motivo para lavar su plato esta Navidad. ¡Ni el Niño Dios ni Papá Noel se pondrán bravos por quitarles trabajo!&nbsp;</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=109207</guid>
        <pubDate>Thu, 12 Dec 2024 13:06:29 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La Navidad de un pobre]]></media:description>
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        <item>
        <title>Juliane Köepcke (1954)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/juliane-koepcke-1954/</link>
        <description><![CDATA[<p>“Señores pasajeros, les informamos que la zona de turbulencias que estamos atravesando se debe a una importante tormenta sobre la selva amazónica. Abróchense los cinturones.” Juliane, que tenía el cinturón desabrochado, obedeció las instrucciones de una azafata que, sin saberlo, le estaba salvando la vida. En la víspera de Nochebuena de 1971, en Lima, un [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Señores pasajeros, les informamos que la zona de turbulencias que estamos atravesando se debe a una importante tormenta sobre la selva amazónica. Abróchense los cinturones.” Juliane, que tenía el cinturón desabrochado, obedeció las instrucciones de una azafata que, sin saberlo, le estaba salvando la vida.</p>
<p>En la víspera de Nochebuena de 1971, en Lima, un cuatrimotor Lockheed 188 Electra conocido como <em>Mateo Pamacahua, </em>del vuelo 508 de la empresa de aviación peruana LANSA, esperaba para partir en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, faltando entre los pasajeros el reconocido (y al parecer impuntual) Werner Herzog, director de cine alemán, pero en vista de que este no llegaba decidieron emprender vuelo con destino hacia Pucallpa.</p>
<p>Al interior del <em>Mateo Pamacahua </em>se encontraban 92 personas incluyendo a la tripulación, y entre ellas una chiquilla de 17 años llamada Juliane, que viajaba con su madre y que esperaban reunirse con su padre para festejar la Navidad. Pero el destino no quiso a Herzog volando a esa hora sobre el Amazonas, ni tampoco que la familia entera se reuniera, ya que el avión, sobrevolando la espesura de la selva a unos casi 4.000 metros de altura, tenía otro destino que era el de un rayo que impactaría a uno de sus motores externos a las 12:36, y ante la incapacidad del piloto para maniobrar el imprevisto, la aeronave acabaría precipitándose a tierra.</p>
<p>Así lo narró Juliane años más tarde: “Yo fijaba la vista en el motor derecho como recurso virtual a mi falta de apoyo físico. La fría humedad de la mano de mi madre delataba su consabido sufrimiento. En ese punto, el viaje se tornó en la aventura de mi vida cuando una inmensa y cegadora luz atravesó la hélice que yo contemplaba. El avión se escoró rápidamente y comenzó a caer picado gobernado ahora únicamente por la fuerza de gravedad.”</p>
<p>En ese momento postrero, mirando de cara a la muerte, Juliane recuerda haberse sujetado de la mano de su madre, y que ambas permanecieron mudas ante una situación de pánico generalizado, un caos absoluto de personas que proferían alaridos, y las sacudidas del avión que hacían caer las maletas de sus cubículos. Las últimas palabras de su madre serían: “Esto es el fin, se acabó”.</p>
<p>Lo siguiente fue estar volando adherida a su asiento a una gran velocidad, cayendo entre nubes y esperando estrellarse contra el suelo. Parece que perdió la conciencia, y al despertar unas tres horas más tarde, se dio cuenta que la copa de los árboles y el asiento en el que todavía se encontraba sentada, habían logrado amortiguar la caída hasta el punto de que sus heridas podrían contarse como insignificantes: cortes superficiales en un hombro y otro más profundo en uno de sus brazos, algún par de rasguños en sus piernas y el ligamento de una de sus rodillas ligeramente afectado por el golpe, además de un ojo morado y la clavícula fracturada. Todas estas calamidades menores cuando entendió de que al parecer se trataba de la única sobreviviente de una catástrofe aérea.</p>
<p>Así lo describió ella misma: “Me desperté sentada en el mismo asiento, como iniciando otro viaje pero, esta vez, al infierno. Había tres cuerpos desmembrados a mi alrededor, creía que se trataba de una pesadilla y me volví a dormir por unos instantes. Cuando creí volver en mí me atraganté de realidad. Cuerpos inertes colgaban de los árboles, hierros, asientos, ropas y maletas desparramadas por la selva, humo, mucho humo y crepitar de combustiones desperdigadas hasta donde la espesura de la jungla dejaba distinguir.”</p>
<p>Juliane llamó a su madre, pero nadie respondió. Solamente los retorcidos destrozos de una tragedia. Luego tuvo las agallas de hurgar entre los vestidos chamuscados de los cuerpos incinerados tratando de identificar entre ellos a su mamá, encontrándose como único consuelo un par de golosinas que endulzarían la larga trayectoria que la esperaba hacia el interior del Amazonas.</p>
<p>En adelante se trataba de una cuestión, literal, de supervivencia. Hablamos de una adolescente que le estaba haciendo frente a la selva más grande este planeta, pero cuya crianza estuvo acompañada de una relación intensa con las plantas y los animales, pasando parte de su tiempo en los bosques tropicales lluviosos de la estación biológica de Panguana, por lo que su contacto con este universo selvático no le sería del todo desconocido.</p>
<p>No quiso sentir que se encontraba en un “infierno verde”, y contrario a esto prefirió sentir el cuidado de la madre naturaleza, que tenía en abundancia todo lo necesario para sobrevivir. Tuvo confianza en los consejos de su padre y en sus conocimientos, e inició una caminata de dos días en la cual se tropezaría eventualmente con alguna pieza de chatarra de los trozos del avión y otros cadáveres desperdigados entre la maleza.</p>
<p>La tupida selva impedía a los aviones de rescate dar con el paradero de los restos del avión, a pesar de que Juliane podía escuchar que pasaban justo por sobre su cabeza, pero de nada servía malgastar energía gritando desde lo profundo de la densa selva. Lo importante era no desistir, y continuar su marcha valiéndose de un único zapato y un vestido minúsculo que escasamente la protegía del clima frío. Tampoco contaba con sus lentes. Pero estaba entonces su instinto, de manera que avanzó persiguiendo el agua de un arroyo en espera de que en algún punto desembocara en un río.</p>
<p>Se espantó los incesantes mosquitos que nunca dan tregua. Soportó la humedad y el calor abrasante, y se alimentó de los frutos conocidos, dejando de lado aquellos que por su experiencia podían tratarse de frutas venenosas. Tenía que cuidarse sobre todo de dónde pisar porque sabía que entre la hojarasca se ocultaban serpientes, y así mismo estar precavida de otros animales peligrosos que merodeaban a su alrededor como algunos felinos, e incluso las aguas representaban un riesgo por los tantos buitres acechando, y ni siquiera en el agua podría sentirse segura ante la presencia de los caimanes.</p>
<p>Juliane evadió estas amenazas, y sorteando todos los riesgos consiguió orientarse hasta alcanzar la orilla de un río caudaloso y profundo que atravesó nadando. Aprovecharía la temperatura de las aguas para calentarse y bebería de la fuente más pura de este mundo, sin saber que se encontraba a más de 600 kilómetros de distancia del lugar poblado más cercano. El corte en su brazo se infectaría al punto de tener que estar continuamente retirándose los gusanos que iban dejando sus larvas parasitarias sobre la herida.</p>
<p>Y fue así como después de casi once días, la travesía de Juliane acabó cuando vio a la orilla del río una canoa a motor que flotaba cerca a los manglares, y una choza deshabitada que parecía servir de refugio precario para los ocasionales cazadores de la zona. Finalmente, a la mañana siguiente la despertaron las voces humanas de los trabajadores del sector, los cuales entendieron en un español perfecto la historia de la única sobreviviente del vuelo 508.</p>
<p>Le proporcionaron alimentos y limpiaron sus heridas con gasolina, y un día después viajó diez horas en canoa, para luego tomar desde el pueblo de Tournavista un avión hasta llegar al hospital de Pucallpa, y en donde la esperaba su padre para que contara en detalle cómo fue la historia que en cuestión de horas ya le estaría dando la vuelta al mundo.</p>
<p>Juliane aportó las pistas para desandar sus pasos y conducir a los rescatistas al lugar del siniestro. No había indicios de ningún otro sobreviviente, y aunque luego se supo de al menos unas trece personas que consiguieron sobrevivir al impacto, pero que no lograrían sobreponerse a las heridas o vencer a la impenetrable selva. Y así ocurrió con la madre de Juliane, cuyo cadáver fue hallado casi veinte días después de sucedido el accidente.</p>
<p>Años después Juliane Köepcke relatará su historia inverosímil en un libro que sería también llevado al cine y que tituló: <em>Cuando caí del cielo. </em>Confiesa que las pesadillas la persiguieron durante años, las imágenes últimas de su madre aferrada a su mano, y la pregunta que no la dejará descansar nunca: “¿Fui yo la única sobreviviente?” resuena todavía en su cabeza, y lo hará para siempre.</p>
<p>“Esto es el fin, se acabó”, esa fue la sentencia lapidaria de su madre, pero no sucedió así para ella. Su vida siguió. Juliane se instaló en Munich y durante años los periodistas, reporteros y cronistas la acecharon más que las fieras de la selva. Ella quiso mantenerse reservada, estudió zoología y biología, especializándose en mamología y en murciélagos, y en la actualidad se desempeña como bibliotecaria de la Colección zoológica del Estado de Baviera. También busca financiación para la protección de la reserva natural y las investigaciones de la Fundación Panguana.</p>
<p>En el año 2000 Werner Herzog realizó una película inspirada en estos sucesos, y que tituló <em>Wings of hope, </em>película que no hubiera existido o al menos no hubiera sido contada por él, de no haber sido por esa costumbre de llegarle siempre impuntual a su cita con la muerte.</p>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-90803" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/07/253.-JULIANE-KOEPCKE.jpg" alt="JULIANE KOEPCKE" width="267" height="189" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=90802</guid>
        <pubDate>Fri, 08 Dec 2023 13:41:35 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Juliane Köepcke (1954)]]></media:description>
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        <title>Teresa de Lisieux “Santa Teresita del Niño Jesús” (1873-1897)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/teresa-lisieux-santa-teresita-del-nino-jesus-1873-1897/</link>
        <description><![CDATA[<p>María Francisca Teresa puede considerarse como una megalómana, una niña de gran fervor religioso que a través de sus escritos y oraciones nos convenció de que había nacido para ser santa. Que no importaba que su obra no fuera destacada, que en poco o nada se comparara a los actos heroicos de los más reconocidos [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>María Francisca Teresa puede considerarse como una megalómana, una niña de gran fervor religioso que a través de sus escritos y oraciones nos convenció de que había nacido para ser santa. Que no importaba que su obra no fuera destacada, que en poco o nada se comparara a los actos heroicos de los más reconocidos santos, ella, a base de sencillez, de pasión y de un deseo sincero y febril, podría aspirar a la santidad. Esta actitud, que podría ser considerada de narcisismo o de egolatría, estaba combinada con una destacada humildad, y que podría confundirse también con un complejo de inferioridad, producto de esa simpleza anónima a la que quiso consagrarse. Sea como sea, lo cierto es que, Teresa de Lisieux, es una de las santas más reconocidas y veneradas, y su imagen ha sido idealizada y romantizada como una figura candorosa, virginal, absolutamente entregada a sus creencias religiosas. La familia tuvo nueve hijos, de los cuales apenas cinco mujeres superaron la edad adulta, y todas ellas se consagrarían a la vida religiosa. Siendo Teresita la menor de ellas, fue normal que desde muy temprana edad comenzara una tremenda ansiedad por iniciar su vida religiosa, sintiendo desde niña que su vocación definitivamente estaba en seguir la de sus hermanas, y contemplando este destino como el que Jesús mismo le había prefijado. Se dice que a los dos meses de haber nacido, Teresita estuvo a punto de morir, pero que logró sobreponerse para convertirse en una niña a la que se le describe como inquieta, curiosa, además de muy sensible y propensa al llanto. En sus memorias Teresa nos confiesa que tuvo una infancia feliz, y que creció bajo el influjo y ejemplo de sus hermanas, así como el par de “modelos de santidad” que representaban sus padres. A los cinco años Teresa perdió a su madre, y años después relatará así sus sentimientos: “Desde que mamá murió, mi alegría característica cambió completamente; yo que era tan viva, tan expansiva, me convertí en tímida y dulce, sensible al exceso.” En 1877 el padre se muda con sus hijas a la ciudad de Lisieux. En 1880 Teresita se confiesa por primera vez, y unos años más tarde recibirá el anhelado sacramento de la comunión en el colegio de las Benedictinas. “Fue un beso de amor, me sentí amada, y le dije también: ‘Te amo, me entrego a ti para siempre’.” A partir de este momento comenzará lo que Teresa define como la “segunda etapa” de su vida, marcada por una tendencia a la congoja, la desolación y la pesadumbre, y consolada por la “querida Celina”, la menor de sus hermanas, cuatro años mayor que ella. Teresa se aficiona por la lectura, novelas caballerescas, y especialmente genera una admiración por Juana de Arco, quien para entonces ya estaba en proceso de ser canonizada por la iglesia católica. Se convence que, al igual que su heroína, a ella también le corresponderían grandes batallas y la misma gloria de Juana; anhelaba también su sufrimiento, el ardor de la hoguera. Cuando tenía nueve años, su hermana mayor, María, había abandonado la casa para mudarse al convento de El Carmelo Descalzo, y unos años después la siguió Paulina, y un tiempo después seguirá Leonia, quien se inclinó por la Orden de la Visitación de Caen. Estas deserciones no sólo llenaban de ansiedad a Teresa por querer seguir a sus hermanas, sino que la sumían en una tremenda tristeza al experimentar la ausencia de cada una de ellas. A sus catorce años, un domingo cualquiera, Teresita no se aguantó más las ganas y se presentó ante la Madre Superiora de El Carmelo Descalzo para pedirle que la dejara ingresar, y a pesar de que aún le faltaban dos años para alcanzar la edad mínima de ingreso. La Madre María de Gonzaga le dejó en claro que no sería posible, pero le dijo unas palabras que Teresa recordará como “una delicadeza de mi amado Niño Jesús.” La Superiora le dijo: “Cuando vengas a vivir con nosotras, mi querida hija, os llamaréis Teresa del Niño Jesús.” Debido a esta negativa, y a su capricho obsesivo, la devota adolescente desarrolló algunos trastornos que la llevaban a experimentar fuertes jaquecas, dolores en el pecho, falta de apetito e insomnio. Padece algunos ataques neuróticos y nerviosos, su humor se torna agresivo, experimenta alucinaciones y temblores. Su padre y sus hermanas se preocupan al extremo, incluso la dan por moribunda, pero un día repentinamente la niña se despierta con los ánimos renovados, y con esos nuevos bríos declara que todo se trató de un milagro divino. “La Santísima Virgen me ha sonreído. ¡Qué feliz soy!”, declaró. Pero pasado un tiempo volverá a recaer en esta “terrible enfermedad de los escrúpulos”, achacándoselo a sus culpas, sus tormentos, su sensación de pecado, sus pensamientos “extravagantes.” Teresa se refugia en su hermana y omite a sus confesores su “fea enfermedad”, y también se aferra a rezarle a sus cuatro hermanos muertos. “Me di cuenta de que si era amada en la tierra, también lo era en el cielo”, escribió respecto a estas plegarias celestiales. En 1886 comenzará lo que sería su “tercera etapa”, la que destacaría como “la más bella”, y empezaría el día de Nochebuena, a la que llamaría la “Noche de mi conversión”, cuando recibió el regalo de Navidad y sintió repentinamente que recibía la gracia del Niño Jesús, recuperando “la fortaleza que había perdido” luego de que muriera su madre. “Desde esa noche bendita, ya no fui derrotada en ningún combate, en lugar de eso fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, una carrera de gigantes.” Pasado poco tiempo de haber recibido lo que también llamó en sus diarios como la “gran gracia de la Navidad”, Teresita se interesó por un asesino que había sido condenado a muerte, y se acercó a él, queriendo iniciar su apostolado con la conversión de un hombre al que le quedaban los días contados. Ofreció en su nombre varias misas e hizo sacrificios, esperando que el asesino se arrepintiera de sus crímenes antes de ser ejecutado. El condenado se negó a confesarse antes de su cita con el verdugo, pero según le contaron a Teresa, el desdichado besó un crucifijo que llevaba en su mano antes de perder la cabeza. Esto sería suficiente para que Teresa sintiera que su labor había sido cumplida, y es entonces cuando decide compartir con su padre su vocación religiosa, quien se mostró agradecido con el destino de su descendencia, ya que Dios le había hecho “el honor de llamar a todas sus hijas.” Sin embargo Teresa todavía no contaba con la edad requerida, y ante el afán de esta monja precoz el padre tuvo que solicitar una cita con el obispo. La petición no pudo ser aprobada por este, ya que semejante concesión solamente podría otorgarla el mismísimo Papa. Y fue así como el padre se enteró de una peregrinación con destino a Roma, con ocasión del Jubileo sacerdotal del Papa León XIII, y que estaba a punto de partir, y sin vacilar se unió a la caravana llevándose a sus dos hijas menores. Teresa sería la más pequeña entre una cantidad de peregrinos que antes de llegar a la capital italiana darían un recorrido por varias ciudades del país. Durante el trayecto, Teresa tendrá contacto por vez primera con varios sacerdotes, experimentando cierta decepción al encontrarlos tan imperfectos como cualquiera, y en adelante los clérigos harán parte de sus oraciones: “En esta peregrinación comprendí que mi vocación era orar y sacrificarme por la santificación de los sacerdotes.” Celina y su hermana desobedecen las restricciones de ingreso al Coliseo, ya que la devota niña ansiaba besar la arena en donde tantos mártires derramaron su sangre, pidiéndole a Jesús padecer ese hermoso y sufrido destino del martirio. “Sentí profundamente en el alma que mi oración fue contestada”, confesaba en sus memorias. Finalmente tienen la oportunidad de estar frente a frente con el Sumo Pontífice de la iglesia, quien celebró una misa para luego permitir que los fieles le contemplaran de lejos, ya que debido a su avanzada edad el viejo monarca podría sufrir un letal agotamiento. Sin embargo Teresita fue impelida por su hermana para que se acercara a León XIII, y en un acto de rebeldía o heroicidad le confesara el motivo de su peregrinación. Teresita se animó y rompiendo el protocolo llegó hasta su Santidad para expresarle: “Santísimo Padre, tengo que pedirle una gracia muy grande.” La futura santa de la iglesia explicó en dos minutos sus motivos, a lo que el Papa respondió con una frase lacónica y que no convencería a Teresita: “Vamos a ver… ¡Entrarás si Dios lo quiere!” Esa noche le escribió la anécdota a su hermana Paulina, confesándole: “Tengo el corazón pesado.” El evento no pasó desapercibido por los demás, e incluso llegó a convertirse en noticia, publicándose un artículo en el diario <em>El Universo </em>que detallaba el particular episodio de la osada adolescente. La nota contaba que Teresita alcanzó a posar sus manos sobre las rodillas del Papa antes de que dos guardias la levantaran con delicadeza y la sacaran del recinto. Antes de regresar tendrán la oportunidad de explorar nuevas rutas y conocer distintas ciudades, y sin embargo en Teresa quedaría la sensación de que la aventura había sido un verdadero “fiasco.” A los 15 años, luego de tanto insistir, aprueban su entrada a la Orden religiosa, pero una de sus hermanas le recomienda esperar hasta la Cuaresma, tiempo que la futura monja se tomará para acabar su preparación, y a pesar de su tanta ansiedad se llegaría el día de la Anunciación, y ese 9 de abril de 1888 Teresa ingresará al monasterio de las carmelitas descalzas de Lisieux, donde ya se encontraban sus dos hermanas mayores, María y Paulina. La Madre Superiora quiso forjar el carácter de la jovencita sometiéndola a trabajos complicados, a veces humillándola y manteniendo al comienzo un distanciamiento y cierta frialdad en la relación; quería poner a prueba su vocación y, en caso de ser sincera, labrar un espíritu combativo, recio, digno de las aspiraciones que ya expresaba la joven novicia. La Madre Superiora no tuvo queja alguna, y se refería a ella como el modelo ejemplar de la religiosa más devota y entregada. Para 1889 tomó formalmente los hábitos en la capilla del monasterio y en presencia de su familia, y durante la ceremonia anunció que en adelante se rebautizaría con el nombre de “Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz (sagrado rostro).” Para 1890 se interesa por las escrituras de San Juan de la Cruz, a quien considerará como un maestro de la espiritualidad, y reafirma la intención de sus oraciones: “Yo he venido para salvar almas y, especialmente, para orar por los sacerdotes.” En 1892 verá por última vez a su padre, ya que este moriría dos años más tarde. Ese mismo año de 1892 una epidemia de gripe asola al país, y al interior del convento se desataría la enfermedad infectando a todas sus habitantes, a excepción de Teresa y otras dos novicias que no se contagiaron del virus. Teresa cuidó de las enfermas, ganándose el cariño y el respeto de sus compañeras, y pese a lo cual cuatro novicias no lograron superar la enfermedad y acabarían muriendo. En 1894 Celina también ingresará a El Carmelo Descalzo, y Leonia se cambiará a la Orden de las carmelitas, siendo así que todas las hermanas estaban llevando su vida de religiosas bajo el mismo convento. Durante los años siguientes Teresita se consagra a la caridad y a la oración, a las actuaciones filantrópicas y a las ayudas desinteresadas en favor de los más necesitados. Se dedica a la lectura intensa de La Biblia, y en especial de los Evangelios, siendo esta una práctica poco común, ya que la mayoría de las religiosas preferían lecturas comentadas de los textos bíblicos, pero Teresa prefería consultar directamente con “la palabra de Jesús.” Su hermana Paulina, conocida en adelante como “Inés de Jesús”, es nombrada priora del convento y elige a Teresa como vicemaestra de novicias, para que sea esta quien esté a cargo de instruir a las recién ingresadas. En un intento por entretener a las nuevas novicias, Teresita redactará una pieza teatral dedicada a su idolatrada Juana de Arco, su “querida hermana”, como solía llamarla cuando se refería a ella, y que será interpretada por las novicias durante alguna festividad. Ante el tanto éxito de la función, a la “poeta de la comunidad”, como le llamaban algunas, se le encomendaría la tarea de continuar su producción dramatúrgica, y al final serían ocho las obras de teatro escritas por Teresa, y que tiempo después serían compendiadas bajo el título de <em>Recreaciones piadosas. </em>La segunda obra con seis personajes y que también estaría dedicada a Juana de Arco, titulada <em>Juana de Arco cumpliendo su misión</em>, y en la cual la misma Teresita se permitiría encarnar el rol de la heroína, y cuyo pequeño espectáculo sería inmortalizado con una foto de Teresita disfrazada de guerrera y posando junto a su hermana Celina, siendo quizás la foto más hilarante de las cuarenta y siete fotos que se conservan de la santa de Lisieux (cuatro antes de ingresar al monasterio y un par de ellas recién fallecida). Como dato curioso, a Teresita se le permitió conservar su cámara fotográfica, lo que constituía un particular privilegio. A pedido de otras religiosas, Teresita compone algunos “poemas espirituales”, además de dar inicio a sus memorias, inspirándose en El Cantar de los Cantares y dejándose llevar por su amor a Jesús, manifestando sus temores y sueños y sin “preocuparse por el estilo.” Pasados seis años en el convento Teresa sentía que estaba muy lejos de alcanzar los logros obtenidos por Teresa de Ávila o Pablo de Tarso, que sus desafíos habían sido mínimos y que tal vez no merecieran ni fueran suficientes para alcanzar la santidad. “Cuando me he parangonado a los santos, que entre ellos y yo hay la misma diferencia que hay entre una montaña, cuya cima se pierde en el cielo, y el grano de arena pisoteado por los pies de los que pasan.” Sin embargo sospechaba que la humildad y la sencillez podrían bastar para ocupar un puesto privilegiado dentro del reino celestial: “Siempre siento la misma confianza audaz para convertirme en una gran santa, porque no dependo de mis méritos, ya que no tengo ninguno…” Se considera imperfecta, pequeña, y sin embargo es en esa pequeñez, y luego de leer algunos pasajes bíblicos, en donde fundamentará su doctrina y tras la cual alcanzará el propósito de la santidad. “El ascensor que me debe elevar al cielo son tus brazos, ¡Oh Jesús! Por esto yo necesito creer, por el contrario, tengo que seguir siendo pequeña, cada vez más y más.” Esta nueva búsqueda de la espiritualidad enfocada en el trabajo anónimo, discreto y sencillo, sería descrito en sus memorias como el “caminito”, siendo las carmelitas descalzas quienes luego incorporaron y difundieron estas lecciones espirituales. “Mi caminito es el camino de la infancia espiritual, el camino de la confianza y de la entrega absoluta”, relata Teresita, y agrega: “¡El Buen Dios me hizo comprender que si mi gloria no aparece a los ojos mortales, podría llegar a ser una gran Santa!” A partir de ese momento firmará con el apelativo de “pequeña” para no olvidar su propósito de humildad. “Deseo ser santa, pero conozco mi impotencia y mi debilidad, y te pido Dios mío, que tú mismo seas mi santidad.” En 1895, durante la fiesta de la Santísima Trinidad, Teresa se ofrecerá en sacrificio a Jesús como un acto de “amor misericordioso”, y días después experimentará una suerte de epifanía que describe de la siguiente forma: “Yo estaba quemándome de amor y sentí en un minuto, ni un segundo más, que no podría aguantar más esto sin morir.” Y sin embargo a partir de ese momento Teresita comenzará a sentir una especie de vacío espiritual, y durante la Semana Santa de 1896 entrará en una época de oscuridad interior y que llamará en sus memorias como la “noche de la fe.” “Mi cielo es sonreír al Dios que adoro cuando él trata de ocultarse a mi fe.” Siente no una decepción de sus creencias, que nunca pondrá en duda, pero sí se siente como burlada por el destino, decepcionada quizás de sí misma, anhelando la muerte tempranera, y todo porque deseaba más que nada “morir por Jesús.” Pero leyendo las cartas de San Pablo, concretamente en la Primera Epístola a los Corintios, Teresa se convence de cuál es finalmente su misión en este mundo: “Por fin he encontrado mi vocación, mi vocación es el amor… Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que el amor abarca todos los tiempos y todos los lugares, en una palabra, que el amor es eterno.” En 1897, a sus 24 años, Teresa siente la proximidad de la “noche de la nada”, y escribe en su diario: “Yo creo que mi carrera no durará mucho tiempo.” Teresita empieza a padecer una enfermedad que intenta ocultar en su comunidad. Tose sangre, vomita repentinamente, le duele el pecho. La Madre Superiora y su hermana Paulina le insisten en que acabe de redactar las memorias que había comenzado en un cuadernito hacia el año de 1894, y que en sus últimos días no parará de redactar desde una silla de ruedas que perteneció a su padre. Sus memorias, conocidas como <em>L’histoire d’une âme</em> (Historia de un alma), está compuesto por una serie de manuscritos divididos en tres pequeños tomos bautizados con las primeras letras del abecedario. Compuesto de seis cuadernos, el manuscrito A habla de sus recuerdos de infancia, pero más que proponerse narrar sus anécdotas de vida, Teresita pretende hacer una biografía de su alma, y en principio bautiza sus memorias como <em>Historia de primavera de una pequeña flor blanca. </em>El manuscrito B, compuesto de epístolas y misivas que se escribió con sus familiares, amigos y miembros del clérigo, son el corazón de esta obra, y es allí donde expondrá con claridad su “pequeña doctrina” espiritual. En el manuscrito C Teresa detalla las gracias divinas que experimentó y sus conclusiones respecto a los caminos de la espiritualidad, destacándose el ya mencionado “caminito”. Sus memorias nos permiten ver el enorme conocimiento que Teresa tenía respecto a La Biblia, citando unos cuatrocientos artículos del Antiguo Testamento y alrededor de seiscientos del Nuevo Testamento. Finalmente se verá afectada por una fiebre severa que le impedirá terminar de escribir el relato de su alma. Uno de sus pulmones está obstruido y una tuberculosis en su estado más avanzado la sumirá en una penosa agonía. “Nada me produce tantas ‘pequeñas’ alegrías como las ‘pequeñas’ penas”, declaró ya moribunda. Tanto su dolor, que según alcanza a escribir, “alcanza a perder la razón.” Las novicias que le acompañaron en sus últimos días quisieron tomar apuntes de sus charlas con Teresita, recogiendo estas pláticas en un librito que luego titularon <em>Últimas conversaciones. </em>Ya Teresita tenía calculado que desde el más allá también estaría intercediendo por la salvación de las almas: “Quiero pasar mi cielo haciendo el bien sobre la tierra.” Le preguntan cómo quisiera ser nombrada cuando la invoquen a través de la oración, a lo que ella responde que, sencillamente, se le conozca como “Teresita”. Le preguntan qué le dice a Jesús cuando conversa con él, y a lo que ella responde: “No le digo nada, ¡lo amo!” El dolor se intensifica y antes de claudicar pasará dos días de una infernal y dolorosa agonía: <em>“</em>Todo es pura agonía sin mezcla de consuelo.” La futura santa está preparada ya para abandonar este mundo y abrazar a su Dios: “Nunca he dado a Dios más que amor, y Él me pagará con amor. Después de mi muerte dejaré caer una lluvia de rosas.” Entrada la tarde del 30 de septiembre de 1897, Teresita dirá sus últimas palabras mientras sujeta un crucifijo entre sus manos: “Oh!, ¡le amo!&#8230; Dios mío… te amo.” Declina su cabeza sobre la almohada y cierra los ojos, pero unos instantes después recobra un último aliento, delira, entra en un éxtasis y unos minutos más tarde morirá con su mirada fija en una imagen de la Virgen María que la había acompañado siempre y que sus hermanas colgaron en la pared de la enfermería. En una de sus últimas misivas escribió: “Yo no muero, yo entro en la vida.” Fue sepultada con todos los honores en medio de un cortejo fúnebre multitudinario. Las religiosas frotaban sus pertenencias contra el ataúd, y se dice que después de cuatro días de velación su cuerpo todavía conservaba la lozanía, el color y la flexibilidad de los vivos. Fue la primera de su comunidad en ser enterrada en un cementerio que habían adquirido recientemente las carmelitas descalzas. Una vez murió, Teresita cobró una fama descomunal, y para el año siguiente <em>Historia de un alma </em>sería publicada, convirtiéndose en pocos años en uno de los clásicos espirituales más famosos, y llegando a ser traducido a más de cuarenta idiomas para inspirar la vida de miles de creyentes en todo el mundo. Cientos de peregrinos empiezan a acudir en masa para visitar el monasterio donde vivió la religiosa y orar sobre su tumba, convirtiéndose en el segundo lugar con mayor afluencia de turismo religioso en Francia, apenas superado por el Santuario de la Virgen de Lourdes, y seguido en un tercer lugar por la Basílica de Santa Teresa, edificada en su honor y que sería finalizada en 1954. Durante la Primera Guerra varios soldados franceses llevaban una versión reducida de la autobiografía de Teresita, llamada <em>Una rosa deshojada</em>, y en sus bolsillos la estampa de la religiosa como si de un escudo protector se tratara, y así la estampa con la imagen de Teresita se popularizaría por otorgarle poderes curativos y sanaciones imposibles. Durante los años que duró la Gran Guerra se reunieron casi seiscientas páginas que daban testimonios de enfermos incurables que habían recibido la sanación por medio de plegarias invocadas a Teresita. En 1914 llegaban alrededor de quinientas cartas diarias al convento, y es tanto el fanatismo que las carmelitas descalzas se vieron obligadas a instalar un rejado que protegiera la tumba de la religiosa. Para comenzar el proceso de beatificación no sólo era necesario que se patentaran dos milagros y que fueran comprobados por la iglesia, sino que además debía esperarse medio siglo; pero ante la tanta presión de los fieles el Papa San Pío X agilizó el proceso, y para 1914 ya se había introducido la causa de Sor Teresa del Niño Jesús, y en 1921 Benedicto XV promulgaría el decreto sobre sus “virtudes heroicas”. Dos casos milagrosos se presentan y son ratificados por los peritos dispuestos para la tarea de verificación. Por medio de oraciones y novenas consagradas a Teresita, un tuberculoso que estaba en las últimas y una monja que padecía una grave afección estomacal se habrían curado repentinamente, y de la noche a la mañana. Es así como Teresita será beatificada en 1923 por el Papa Pío XI, y dos años más tarde ya habrán sido corroborados otros dos milagros, y en tiempo récord Teresita de Lisieux será declarada como santa. Ante una multitud de más de medio millón de personas (suceso que no se vivía desde hacía 20 años con la coronación de Pío X), El Papa Pío XI, devoto declarado de Teresita, celebra la canonización en la Basílica de San Pedro, retomando una vieja costumbre que se había perdido hacía más de cincuenta años, al cubrir la fachada de la enorme catedral con un sinnúmero de velas de sebo. Pío X la llamaba “La Florecita”, señalando que Teresita era “la santa más grande de todos los tiempos modernos”, y también la llamó “un huracán de gloria.” Pío XI por su parte la bautizó “La estrella de mi pontificado.”<em> The New York Times </em>anuncia la esperada canonización: “Toda Roma admira la Basílica de San Pedro iluminada por una nueva santa.” En 1927 se levanta una estatua con su figura en los jardines vaticanos, y ese mismo año es proclamada patrona de los misioneros, junto a San Francisco Javier, y esto a pesar de que Teresita nunca abandonaría el convento para aventurarse a la labor del misionero. Sin embargo siempre dejó claras sus intenciones respecto al apostolado evangelizador: “Quisiera ser misionera ahora y siempre y en todas las misiones.” Para 1944 Teresita recibirá el gran honor de ser declarada como patrona de Francia junto a su “querida hermana”, Santa Juana de Arco. Y parecía que ya no podía llegar más lejos dentro del santoral católico, hasta que en 1997, y con motivo del centenario de su muerte, el Papa Juan Pablo II la declararía, junto a Santa Catalina de Siena y Santa Teresa de Ávila, como Doctora de la Iglesia Universal. El título que le concedió Juan Pablo II fue el de <em>“Doctor Amoris” </em>(“Doctora del Amor”). Años más tarde, para el 2012, se sumaría Hildegarda von Bingen como una cuarta doctora de la iglesia católica. Teresita escribió más de doscientas cincuenta cartas, más de veinte oraciones entre las que se destacan <em>La ofrenda como holocausto misericordioso, El billete de su profesión </em>y <em>La oración para alcanzar la humildad; </em>y también se probó en la poesía, dejándonos más de sesenta poemas, destacando <em>El rocío divino o la leche virginal, Vivir de amor, Mi canto de hoy, Arrojar flores, Mis armas </em>y <em>Mis deseos junto a Jesús escondido.</em> La doctrina expuesta por Santa Teresita ha servido para motivar a muchos. La humildad, el abandono o la entrega total a su Dios, tal cual lo sugiere Mateo cuando invita a negarse a sí mismo para ofrecerse a su Padre: “Me alegra ser pequeña porque sólo los niños, y los que son como ellos, serán admitidos al banquete celestial.” El modelo de Teresa fue un referente durante el Concilio Vaticano II, donde se aclaró que, al igual que Teresita, cualquier cristiano estaba llamado para aspirar a la santidad. “El amor en sí se demuestra con hechos, así que ¿cómo yo hago para mostrar mi amor?, las grandes obras me son imposibles. La única manera en que puedo demostrar mi amor es por la dispersión de flores y estas flores son cada pequeño sacrificio, cada mirada, cada palabra, y el hacer por amor hasta los actos más pequeños.” Santa Teresita del Niño Jesús, junto a San Francisco de Asís, es hoy día una de las figuras más notables y famosas dentro del santoral cristiano, y son varias las personas a través de los años que han profesado su devoción por esta santa, siendo conocido el caso de Teresa de Calcuta, quien precisamente adoptaría ese nombre en honor a la santa que tanto admiraba, o el caso de Édith Piaf, a quien nunca le faltaba la compañía de una estampita con la efigie de Teresa. La vida de Santa Teresita ha sido contada a través de libros, películas, obras teatrales y series de televisión. La iglesia celebra su fiesta el 1 de octubre.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 04 Nov 2022 17:53:31 +0000</pubDate>
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