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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de navidad | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Música y navidad: Jeremías Quintero, 141 años de su nacimiento</title>
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<p>No es la primera vez que en estas líneas nos detenemos en el trabajo del célebre músico y escritor barbacoano Jeremías Quintero, quien nació un 16 de diciembre de 1884, hace exactamente 141 años, precisamente el día en que para el mundo católico inician las novenas de navidad. Quizá esto marcó su derrotero para toda su vida, allá, en su natal Barbacoas, cuando el río Telembí le traía las tonadas de voces negras que festejaban esta fiesta asimilada durante siglos, cuando en su casa, al amparo de sus padres y nanas, se hacía el Belén y se entonaban los tradicionales villancicos, esos de los cuales él mismo sería uno de sus más grandes componentes a nivel mundial, a tal punto que se dice que llegó a componer más de 3 mil, muchos de los cuales entonamos sin saber que son de su autoría, como Vamos pastores vamos, El duraznero, Venid pastorcillos, A Belén todos, entre muchos, pero muchos otros más.</p>



<p>Hemos dicho también que fue autor de los libros “Cantares de navidad” (1950) e “Himnos patrióticos y cantos para escuelas y colegios” (1951). Incursionó en la TV como arreglista y compositor, estuvo ahí en la primera edición el 13 de junio de 1954. Fue Presidente de la Asamblea Departamental de Nariño, Representante por Nariño en el Congreso de la República. Que compuso también pasillos, tangos, valses, danzas, himnos, entre muchos otros ritmos más.</p>



<p>Siendo secretario de gobierno en la Gobernación de Nariño en 1938 se creó el Conservatorio o Escuela de Música adscrito a la Universidad de Nariño, en donde fue fundamental su papel para que el gobierno nacional, auspiciado por la Dirección Nacional de Bellas Artes, adscrita al ministerio de Educación, era entonces gobernador el médico Max Llorente Ortiz, oriundo también de la histórica ciudad de Barbacoas.</p>



<p>Acompaña este artículo una fotografía de Jeremías Quintero, publicada por la revista Renovación de la ciudad de Pasto el 14 de julio de 1927, la cual aparece con la siguiente leyenda:</p>



<p><em>“Señor don Jeremías Quintero Distinguido e inteligente artista quien actualmente se encuentra en Bogotá ocupando una curul en la Cámara de Representantes. El señor Quintero es un fervoroso cultivador en el arte Beethoven y Mozart. Como compositor lleva escritas por lo menos un centenar de piezas en las que ha reflejado todo el arte y el espíritu nacional. Luis A. Calvo el genial autor de los “Intermezzos”, tuvo frases de elogio muy merecidas y muy justas por composiciones musicales del artista señor Quintero, conceptos que fueron publicados por la prensa de Bogotá. Las bandas del Conservatorio y de la Policía Nacional de Bogotá, como la Militar de Nariño, ejecutado con especial predilección sus composiciones. Entre las últimas producciones se distingue el precioso valse “Alicia”, que hace pocos días estreno la Banda de esta ciudad. RENOVACIÓN envía al inteligente artista sus más cumplidos parabienes y ofrece para una de sus próximas entregas, la publicación de una de sus piezas últimas.”</em></p>



<p>Quiero darle la palabra a Jeremías Quintero, de una conferencia dictada “Desde el altoparlante de la Agencia Internacional” y recogido por la revista Ilustración Nariñense en febrero de 1931, y que constituye una pieza que permite recoger lo que él pensaba acerca de la música nacional por ese entonces, y que quizá sirva como pieza clave en la arqueología del saber en la reconstrucción de la historia de la música del Sur de Colombia:</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="798" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/15072846/la_marimba-barbacoas-798x1024.jpg" alt="" class="wp-image-123644" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/15072846/la_marimba-barbacoas-798x1024.jpg 798w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/15072846/la_marimba-barbacoas-234x300.jpg 234w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/15072846/la_marimba-barbacoas-768x986.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/15072846/la_marimba-barbacoas.jpg 935w" sizes="(max-width: 798px) 100vw, 798px" /></figure>



<p></p>



<p><em>“Señores: Es un significado honor hablar desde este altoparlante, amplificador prodigioso del sonido, a un público abigarrado y comprensivo, como el que colma los ámbitos de nuestra plaza legendaria. El doctor Gerardo Martínez Pérez puede estar orgulloso de haber implantado una tribuna a favor de la cual, hombres de talento han dicho y dirán, con palabra vidente, al admirable y admirado pueblo de Pasto, los tópicos de la hora y las inquietudes que apasionan el alma colectiva. Al escogerme a mí para que fatigue vuestra deferencia con esta opaca causerie, el doctor Martínez Pérez practica uno de los dones con que los dioses tan muníficos fueron con él: su atrayente indulgencia .</em></p>



<p><em>Tema divino el de la música, como que ha sido llamada el arte divino. Talvez antes que en la caverna el sílex esculpiera sobre la roca las grotescas figuras con que el hombre ancestral quiso perennizar o simplemente mostrar por este medio su incipiente concepto de la belleza; talvez antes de que la arena in tocada recibiera el trazo con que en forma tosca quería ese ser plasmar sus ansias de elevación espiritual el primitivo poblador de este mundo sublunar deshizo en burda melodía su pesadumbre de contemplarse, inerme y solo arrojado en la vastedad de la tierra limite. Porque si la vida es un tránsito donde, a lo largo de todos tos días, domina el dolor, el alma que transforma el barro de nuestro ser en un soplo divino, siente nostalgias de transfundirse con el&nbsp; Todopoderoso de donde brotó, y modula, para exteriorizar ese turbativo anhelo, la armonía de su garganta, signo inefable y nebuloso de un sentimiento purificador y purificado en las fibras más hondas. En el bello apólogo de uno de nuestros magnos liridas, el padre Adán, al verse despedido del Edén fascinador, le dice a su Creador: -.¿Qué me das para acordarme de Ti ?, y El, compadecido, le responde: “Te doy la música”.</em></p>



<p><em>De todas las artes, la música es que nos separa de la materia y de la voluntad del vivir: ella expresa, como ninguna manifestación estética pudiera hacerlo, el sacrificio de todo deseo; ella nos ofrece, no la apariencia externa de las cosas, sino el .alma de las mismas, el alma de todo cuanto existe: animae rerum: es la vida misma .</em></p>



<p><em>“El hombre que no tiene en sí música alguna, ni le conmueve el acorde de los sonidos armoniosos, es inclinado a la traición al robo y a las asechanzas culpables: Los movimientos de su alma son lúgubres como la noche y sus afectos, oscuros como el Erebo.” Tal dice, en el Mercader de Venecia, el más grande de los genios ingleses que han contemplado los tiempos. Y ese otro superhombre que infundió aliento a dos creaciones, perdurable trasunto de idealismo y realidad, asevera por boca de Sancho: “donde hay música no puede haber cosa mala.”</em></p>



<p><em>Para qué hablar de la música como factor educativo; para qué subrayar lo que todos sabemos: que ella anula la incompasividad de las fieras y reduce a la impotencia a las alimañas más crueles: para qué señalar que ella apacienta a la ira (recordar a David tañendo su lira para calmar los arrebatos de Saúl), y fugaviza, desarmándolos los instintos salvagizantes. Cuántas veces una ingenua cadencia o la dulce cantinela con que la madre querida meció nuestra cuna, escuchadas o hechas susurro en nuestro corazón, ahuyentan un mal pensamiento, o zahorizan y embrujan una balbuciente emoción, que cobra por ese embeleso la virtud de remontarse como en el mirifico símbolo de la escala migratoria, hasta el cielo inmarcesible! Y cuántas otras, unos eurítmicos compases de nuestra predilección nos transportan a días y momentos bienhadados, aterciopelando, con su intuitiva evocación, la punzada torturante de una pena, e infundiéndonos&nbsp; otra vez, por la gracia de su sedante lenitivo, la certidumbre de que “tras de cada nublado hay un lucero”, y que “por ruda tormenta sacudido florece hasta morir el limonero.”</em></p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="419" height="592" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/15072932/JEREMIAS-QUINTERO-SECRETARIO-DE-GOBERNADOR.jpg" alt="" class="wp-image-123645" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/15072932/JEREMIAS-QUINTERO-SECRETARIO-DE-GOBERNADOR.jpg 419w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/15072932/JEREMIAS-QUINTERO-SECRETARIO-DE-GOBERNADOR-212x300.jpg 212w" sizes="(max-width: 419px) 100vw, 419px" /></figure>



<p></p>



<p><em>Porque cuando convulsionados por el viacrucis de una pérfida congoja, interrogamos, pávidos y trémulos, al pomposo rosedal que perfumó nuestros días venturos, a la madeja de agua que en- salmó nuestro vivir con su leda cantiga, a las abscontas constelaciones que romantizaron la loca fiesta de nuestra fantasía, y el rosedal, las constelaciones y la madeja de agua ya no nos descifran el enigma del ensueño y nada nos dicen para reecender el ánimo desfalleciente, nuestro reino interior seguirá confortándonos con aquello que no muere en nosotros, con lo que pervive al través de éxitos y tribulaciones, con lo que nos hace aptos para, al cabo de una sañuda tragedia de vicisitudes o una etapa de bonanzas, seguir viviendo la vida en belleza y en virtualidad: con la llama que irradia en nuestro corazón, nunca hecha pavesas, en homenaje de los alados sentimientos que embellecen la existencia; con el himnario que, alma adentro, dilata los horizontes de nuestra ruta si ensombrecidos a veces, iluminados perpetuamente por las auroras que rigen la esperanza, eternal y redentora.</em></p>



<p><em>La música refleja, como en un espejo de maravilla, el alma y la índole de un pueblo y una raza. Las razas vencidas transmutan su melancolía y las añoranzas de su perdida libertad en dejos de una tristeza enervante, en sones que culminan en gritos laceradores, humedecidos por recuerdos de crucifixión y lágrimas, y que son la impotente letanía de una impotente redención. Así los trenos de la en otrora esclava casta incaica de la América india. Y cuando a un pueblo lo acicatean próvidas vehemencias, surge, no se sabe cómo, el canto invicto, genitor de avatares y triunfos, que ha de fundir el valor y la abnegación de las multitudes en un hervor de inmortalidad y gloria. La Marsellesa, trofeo musical de una época que partió en dos la historia de la libertad, es la patética demostración de este paradigma.</em></p>



<p><em>Y es que si se quiere diluir el espíritu en un salmo de piedad, cuando él está macerado por el cilicio de una malandanza impiadosa, y allá muy hondo, se entreoyen voces que nos hacen entrever, al través del martirio y del Calvario, la colina de las logradas transfiguraciones; si se quiere aquilatar y dinamizar ansiosamente un estado de alma, edificar un culto fastuoso, encadenar la devoción de las falanges humanas con antenas generadoras de fiera resolución y coraje, enfervorizar las voluntades cuando el vigor tiende a hesitarse y se descoyunta la acometividad para la acción, la música nos ofrece un venero inexhausto de donde podemos ex- traer la aristocracia de los impulsos que ornamentan el ánima, y cristalizar, en el cromatismo de sus figuras, los resortes que señorean nuestras proteicas emotividades: el lazo indestructible, el nepente y el paliativo, el brío ennoblecedor, el amor que redime, el ala que eleva, la excelsitud que diviniza.</em></p>



<p><em>Eminente patrimonio de la condición humana, tanto más si ésta ha alcanzado la sensación de su propio valer, es la de desvelarse por la conquista de preeminencia y honor. Paralela a esta bizarra concepción de la vida, está la de modelar la propia personalidad con rasgos originales y modalidades inconfundibles. Y si el individuo como unidad y mientras sea más alta su alcurnia cerebral, aspira a esa finalidad, los conglomerados que forman nación tienen entre sus deberes-quizá el más urgente- el de definirse y acentuar su fisonomía colectiva . “Ser”: esa es la orientación de cada pueblo. Hay que confesar que nosotros hemos descuidado este indeclinable deber. En el afán de copiar usos exóticos, en el sempiterno empeño de reflejar lo privativo de ultramar, hemos postergado nuestros atributos intrínsecos, arrojando a la vera aquello que nos enaltece. En tanto que otros países relievan su yo íntimo, nosotros como que nos sintiéramos empequeñecidos ante lo que ingenuamente tratamos de imitar.</em></p>



<p><em>Refiriéndose a la tradición de las naciones hispanoamericanas, apunta Rodó: “Asistimos al naufragio de la tradición, y debe preocuparnos el interés social de que él no llegue a consumarse. La persuasión que es necesario difundir, hasta convertirla en sentido común de nuestros pueblos, es que ni la riqueza, ni la intelectualidad, ni la cultura, ni la fuerza de las ar-mas, pueden suplir en el ser de las naciones, como no suplen en el individuo, la ausencia de este valor irreductible y soberano: ser algo propio, tener un carácter personal”.</em></p>



<p><em>Está bien que avancemos cada un día más en la parábola del progreso; que entronicemos los signos de la civilización en este gran país nuestro, asimilándonos las modernas disciplinas del vivir universal; pero equilibremos las cosas del Anima con las grávidas proyecciones del desenvolvimiento material. Y pues nuestra psicología se señala por un apego a la cultura tan amada por ese pueblo -primicia de selección- donde Safo y Praxiteles recibieron el beso de la luz, serán los opulentos ideales que han alumbrado nuestro camino los que, superpuestos a los del maquinismo febricitante, nos salven y rediman al correr del tiempo, porque ellos significan “la hegemonía del espíritu”.</em></p>



<p><em>“Las preocupaciones del espíritu, anota Daniel Samper Ortega, son las únicas que definen y defienden una nacionalidad”. Y es que mientras las primacías de la mente sean estimadas como una fuerza supra terrestre, “podrá decirse que la humanidad no ha perdido la luz de su estrella”.</em></p>



<p><em>Afirmemos el sentido de nuestra nacionalidad. Colombianicemos lo nuestro, lo que nos encumbra y nos autoctoniza. Evangelio seductor éste, para cuyo apostolado todos debemos reclamar un puesto de honor. La nación que ha modelado su estructura anímica, sabe lo que quiere y sabe a dónde va.</em></p>



<p><em>En el camino de fertilizar nuestra idiosincrasia, nada mejor que fomentar nuestra música raizal, en cuyos aires, nutridos por los jugos fortalecedores de los vínculos fraternales, filtra nuestro corazón su amor por esta tierra y su reverencia para sus gestas gloriosas.</em></p>



<p><em>“Los pueblos -exclama ese principesco señor del verso, Rafael Maya- adoran sin reserva aquello que interpreta su índole, que traduce sus esperanzas, que canta su tristeza, que aclara su porvenir, que robustece su fe, como que sólo estos sentimientos constituyen la riqueza espiritual de una raza, y al exaltarlos se ponen de relieve las fuerzas de que dispone, su defensa moral y su posible permanencia en el recuerdo histórico”.</em></p>



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<p></p>



<p><em>La música es hija del paisaje, y como nos subyuga al vaivén de nuestras solicitudes pasionales, el alma arraiga y se confunde con las canciones que nos regocijaron o conturbaron desde niños. De allí el hechizo memorioso de ese arte excelso, que para conmovernos no necesita, como las demás artes, herir nuestra retina, y cuyo sedeño arrullo llevamos en nosotros mismos. Y en tanto que esta edad mecánica imponga entre nosotros su plenitud asfixiante, habrán, en todos los términos del patrio solar, inmotos y silentes espacios donde la flauta campesina, el tiple jubiloso y las voces aldeanas rizarán las propicias solemnidades de las aldeas y campiñas con las tonadas y cantos de nuestro vivificante vivero musical.</em></p>



<p><em>Se propaga ahora, en sentido de restarles originalidad, que el bambuco se encuentra en el scherzo de una sinfonía de Beethoven y el pasillo en un curteto de otro coloso de la música? Qué importa que esos aires típicos estén comprendidos en dos pasajes de dos compositores ilustres, si ellos, entrelazándose con la formación de la nacionalidad, se han incrustado en el alma del pueblo y héchose savia de su savia; si cuando los escuchamos, lo mismo en la pródiga vendimia, en el prolífico plantío, en la verbena bulliciosa, en la serenata galante, en la gloriosa epifanía del crepúsculo o en la eclosión de un tenue hilo de luna, emerge de nuestras reconditeces, como el agua al contacto de la vara milagrosa, un reguero de cautivantes sentires, que inflama nuestra fe y la fe en el porvenir espléndido de esta patria bien amada? ¿Dónde brotó la guabina quejumbrosa, dónde el ondulado bambuco, dónde el pasillo cascabaleante, dónde la canción aldeana que va cantando por el senderito, con honda melancolía, una pareja de campesinos, frescos y lozanos como bendición de Dios? ¿Fue acaso en el bohío perdido entre los oxiacantas y cámbulos del bosque, en la señera casita enmarcada entre dos oquedades de la inhóspite serranía, en el ribazó del río en cuyo glauco misterio parece esconderse un Ofir de magia y sortilegio mientras el ramaje tiembla con una explosión de alas y cadencias; o fue en la penumbrosa hondonada y en el augusto momento de la conjunción del sol con el vaho de la tierra lujuriante? No se sabe; pero esa guabina, ese bambuco y ese pasillo y esa canción compenetrados están en el corazón de las masas, constituyen el folklore donde ellas trasiegan los atavismos y tradiciones de la raza, y prodigan el milagro de prolongar en el tiempo esa música cordial.</em></p>



<p><em>Camilo Mauclair -citado por el Licenciado Vasconcelos en un libro encantador sobre la canción popular mejicana y quizá el crítico de más enjundia de la Francia contemporánea- escribe a propósito de los cantos populares: “Resulta imposible, salvo en casos muy raros, y con grandes reservas, determinar la fecha de la aparición de un lied, ni quién fue el autor de la letra, ni la manera cómo la música hubo de adaptarse al poema. El rastro de una canción en el alma de un pueblo es tan intangible, como el vuelo de un pájaro en el aire”. Y expresa Vasconcelos: “No andaríamos descaminados de la verdad si creyéramos que el momento de la concepción de un canto popular hubiese sido cuando el peón termina su labor y regresa al atardecer a su humilde cabaña, donde lo aguardan la anciana madre y los pequeños hermanitos; en un momento dado siente en su corazón una oscura ansiedad de verla a ella, a la que bajaba con el cántaro al hombro; a la que le sonrió furtivamente en la iglesia en la solemnidad del domingo”.</em></p>



<p><em>Cita luego Vasconcelos estas palabras de un destacado musicólogo de su patria, aplicables a cada pueblo que quiere aprestigiar su arte autóctono: “Soy un devoto de nuestra música propia, porque es el alma de la raza. Quisiera guardarla en un nicho para conservarla virgen y así entregarla a la niñez para que se extienda por todas las capas sociales de la nación entera. Parece una flor nacida del sentimiento estético natural de nuestro pueblo, y comprendo que los músicos no debemos tomar de ella más que aquello que las flores dan sin desvirtuarse: el perfume. Y los que no la sientan, los que no sean capaces de apreciar su aroma &#8230; que no la busquen &#8230; en bien de ellos y de todo”.</em></p>



<p><em>Y es que para el arte y cuando se quiere transformar las efusiones musicales de un pueblo en partituras polifónicas, acaso huérfanas de la frescura primigenia del tema popular, hay que tener presente la austera máxima de Horacio, soberana ley de estética: lo que no puedas hermosear, no toques.</em></p>



<p><em>Está bien que iconoclastas del clasicismo musical pretendan vitalizar nuestras tonadas, afiligranándolas con ropajes refinados. Pero que no se desvirtúe su contextura&nbsp; que arranca de la entraña misma de la multitud. Y&#8230; vestido el bambuco con adventicios oropeles y abrillantado con exotismos sutiles, habría ese aire musical nuestro infundido un hálito de epopeya a los tercios colombianos en la jornada de Ayacucho? Y allí, en esa batalla, que semeja una visión de Apocalipsis y que, como la de Valmy, pudiera también llamarse la batalla de las naciones, en los momentos en que Córdoba, tocado por el aletazo del águila de Júpiter, pronunciaba, retando a la gloria, su épica orden hasta ese instante jamás oída, la banda de su División rompió con un bambuco que, trayendo a las huestes colombianas las saudades de la patria ausente, las fulminó, en fanfarria triunfal, a una orgía de intrepidez y bravura.</em></p>



<p><em>El arte no tiene fronteras, y nada es tan innoble, según la expresión de Wilde, que no pueda ser dignificado por él; pero conviene aceptar -y hablo en sentido raizal- con beneficio depurador, aquella música letárgica y tediosa, cuyos leits motivs carentes de espiritualidad, lejos de estilizarse, estrangulan, con mendicante flebilidad, con monocordismo aplebeyado y con desgarramientos y amargores propios de siervos, nuestras innatas altiveces y nuestras incitaciones generosas. Captemos de esa música lo poco que de su indigenismo merece laudades, y desvinculémonos resueltamente, por este aspecto, de lo que está en disparidad con nuestro distintivo de pueblo, no atado a esclavizantes ligaduras y de un gusto desvaído y zafio.</em></p>



<p><em>Con exultante visión patriótica, mantengamos siempre enhiesto el ideal de la colombianidad; y puesta la mira en el acrecentamiento cultural, procuremos en el pueblo de nuestro altiplano meridional la difusión de la música que nos es común; démosle a escanciar el vino tonificante del arte vernáculo; avivemos su emoción hacia un definido pensamiento artístico, fronteras adentro, y desarraiguemos su inclinación por aquellos “tonos, sobresaturados de temas banales de amodorrante y letal repetición.</em></p>



<p><em>Armoniosas y densas, engarzan bien aquí las siguientes cláusulas de ese ponderado y óptimo escritor, cuya celebridad cabalga en el seudónimo de Maitre Renan:</em></p>



<p><em>“Por qué, si con elementos tan valiosos contamos, la música nacional, tan honda, tan bella, tan inconfundiblemente original, está descuidada, proscrita, por obra y por omisión de los artistas colombianos? Al paso que todos los pueblos tratan de singularizarse, de afirmar su personalidad autónoma, de exaltar las virtudes indígenas con el noble orgullo de ser ellos mismos, nosotros, en todos los órdenes, pero en este de la música principalmente, tratamos de esfumarnos, de pasar inadvertidos, disfrazados en arte con la máscara de la ópera bufa o con el antifaz de complejas sinfonías, dentro de las cuales el alma sencilla y doliente de nuestra raza se agita sin orientación.</em></p>



<p><em>Mientras que los Estados Unidos atruenan los cafés y los teatros del mundo con la monotonía ruda y chillona de sus danzas, hecha música yanqui por la vanidad nacional; en tanto que la Argentina lleva el dejo agreste de sus tangos, impregnados de una lujuria sofocante, a los salones aristocráticos de Viena y de París, nosotros tenemos vergüenza. de nuestra música, tan rica en expresiones, tan humana, tan flexible, capaz de conquistar, como lo ha hecho ya en algunas ocasiones, la admiración de públicos inteligentes, fatigados del colorete, de la falsificación y de la mentira, llevados a las distintas formas del arte y de la vida.</em></p>



<p><em>El pueblo debe tener siquiera el derecho de que se le hagan gustar las melodías que riman con sus anhelos íntimos, y se le deje oír, de vez en cuando, la música cuyas vibraciones está acorde con las del alma colectiva. ¿Cómo exigirles suavidad, valor, abnegación a las muchedumbres, si no hemos querido atarlas con un lazo de armonía, si no ha pasado por sus corazones, estremeciéndolos al mismo tiempo, el grito desesperado de la gaita, o la queja, diluida en lágrimas, de sus flautas rústicas?</em></p>



<p><em>Nuestra necesidad máxima es crear el alma de la nacionalidad; fundir en una todas las aspiraciones vagas y divergentes de las regiones distintas y distantes; y eso, mejor que con discursos y conferencias, que el pueblo no entiende, se conseguiría con el cultivo y desarrollo de la música criolla, vínculo de ternura y de emoción más duradero que todos </em><em>los monumentos, porque es más humano, talvez lo único genuino y sustancialmente humano.</em></p>



<p><em>No finjamos llorar con las falsas romanzas italianas, cuyos pequeños gemidos, reglamentados por las exigencias escenográficas, dejan fría nuestra desbordante sensibilidad tropical; no hagamos la comedia del entusiasmo ante las complicaciones de los músicos alemanes, cuyas producciones inmensas les hacen gritar a los sinceros, cuando la ejecución culmina: Música! No continuemos derrochando esnobismos y tontería. Tengamos el valor, el decoro y el orgullo de nuestros bambucos melancólicos, de los alegres pasillos, de toda la espontánea y maravillosa orquestación de nuestros sentimientos, realizada por el genio omnipotente de la raza”.</em></p>



<p><em>He aquí pues un objetivo merecedor de infatigable consagración: amasar en un solo y caudaloso ideal las ansias inconexas y heterogéneas que acaloran las mentes de uno a otro horizonte del territorio patrio: acendrar el elixir que corre por los pletóricos cauces del sentimiento colectivo: erigir una conciencia que palpite en un solo ritmo y en una sola afinidad; rescatar, para sublimar con ellos el alma de la patria, los comunes ritos ante los cuales quemamos la mirra de nuestra devoción. Entre ellos está, en grado proficuo, la música, nuestra música propia, que nos habla de la nieve inviolada de nuestras enaltecidas cimas, del ímpetu de nuestros ríos, del frú-frú de nuestros platanales ubérrimos, de las fragancias paganas del trópico, de los rumores jocundos de nuestras selvas, de nuestras tardes rutilantes, estremecidas por los incendios del ocaso, del vuelo, alucinante y grave de los cóndores, ebrios de sol y de cumbres.</em></p>



<p><em>Estimulemos nuestra música como una fórmula de salnd, como un siempre remozado y pujante renuevo que fecundice el hogar mancomún, como una preclara advocación a los recuerdos glorificantes y una irrevocable afirmación al futuro indeficiente.</em></p>



<p><em>Magnificaremos así, con sangre del espíritu, una premiosa obligación del imperativo nacional.”</em></p>



<p><em>Acompaña este artículo una fotografía de Jeremías Quintero, publicada por la revista Renovación de la ciudad de Pasto el 14 de julio de 1927, la cual aparece con la siguiente leyenda: “Señor don Jeremías Quintero Distinguido e inteligente artista quien actualmente se encuentra en Bogotá ocupando una curul en la Cámara de Representantes. El señor Quintero es un fervoroso cultivador en el arte Beethoven y Mozart. Como compositor lleva escritas por lo menos un centenar de piezas en las que ha reflejado todo el arte y el espíritu nacional. Luis A. Calvo el genial autor de los “Intermezzos”, tuvo frases de elogio muy merecidas y muy justas por composiciones musicales del artista señor Quintero, conceptos que fueron publicados por la prensa de Bogotá. Las bandas del Conservatorio y de la Policía Nacional de Bogotá, como la Militar de Nariño, ejecutado con especial predilección sus composiciones. Entre las últimas producciones se distingue el precioso valse “Alicia”, que hace pocos días estreno la Banda de esta ciudad. RENOVACIÓN envía al inteligente artista sus más cumplidos parabienes y ofrece para una de sus próximas entregas, la publicación de una de sus piezas últimas.”</em></p>



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<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>J. Mauricio Chaves Bustos</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>Pazifico, cultura y más</category>
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        <pubDate>Mon, 15 Dec 2025 12:38:25 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Música y navidad: Jeremías Quintero, 141 años de su nacimiento]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">J. Mauricio Chaves Bustos</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>La carne deletrea</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/carnedeletrea/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cuento navideño</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Si me permiten, quiero examinar el odio, o mejor, la aversión que le tengo a las navidades pasadas. Además de la tontería que se percibe por todos lados, y que las canciones pregonan con: <em>“Año nuevo vida nueva”, “Son para gozarlas estas navidades, que el año que viene se acaban los pesares” </em>y las lucecitas monótonas que intentan abstraernos de la realidad con sus movimientos que acortan la vida de los ojos, puedo decir que mi antipatía se debe a tres acontecimientos que, aunque similares, sucedieron en diferentes momentos de mi vida</p>



<p>Recuerdo cuando, aún niño, bailaba con mi tía. Quizá la canción que intentábamos seguir sea la misma que suena ahora. La bailábamos y sonaron disparos. <em>Vampiro, vampiro, te chupa el vampiro.</em> Todos los que bailaban se metieron como hormiguitas oliendo lluvia. Sonó otro disparo y, mientras yo pretendía abrir la puerta, un cuerpo cayó a mis pies. Me fije en el hombre, era verde. <em>Para aquellos que nos contaminan, ¡buá!</em> Intentó subir por mi cuerpo, y cuando se dio cuenta de que no podía, me pidió ayuda. Yo sólo lo miraba. Tosió, y su boca arrojó una sanguinolenta bola de carne que, supongo ahora, era parte de su garganta. Poco después supimos que había sido una equivocación. No era él quien debía morir&nbsp;</p>



<p>¿Para quién iba la bala entonces? Las mujeres de mi familia lloraban pensando que podría haber sido para nosotros.</p>



<p>Algunos recordarán la fiesta de diciembre de 2003, con tamales, arbolito de navidad <em>que me vas a dar, </em>buñuelos y pesebre. Bailábamos frente a la casa, como siempre. Estábamos felices. Había trago, podíamos cambiar de parejas y quería bailar con la vecina nueva. Esta vez, no se escuchó ningún disparo, pero me di cuenta de que las mujeres abrían la boca aterrorizadas. Creo que gritaban, pero no pude escucharlas, era muy alto el volumen de la música. Todas miraban algo detrás de mí y, <em>al que se duerma lo motilamos</em>, volteé y vi la espalda de un hombre acercándose, su dueño intentaba detener a otro hombre con cuchillo. <em>Las campanas de la iglesia están sonando.</em> La espalda cayó y el cuchillo me cercó. Uno, dos, tres tajos en el hombro izquierdo me derribaron y<em> </em>en el suelo recibí miles, millones de patadas. Yo apretaba la boca para franquearle el paso a la carne de mi garganta.&nbsp;</p>



<p>Tardé tres semanas en recuperarme y, aunque me visitó la vecina, fue lo más doloroso que me ha pasado. Nunca me he lastimado, o me han lastimado, de esta manera; no me había roto ni un hueso cuando era niño.&nbsp;</p>



<p>El último evento fue hace poco. Aún recuerdo con pavor el arma apuntándome a la cabeza, el volumen de la música al extremo y yo esperando que el tiempo se termine. Vaya que fue larga la espera. A veces pienso que fui afortunado al no ser atacado con chuchillo. Conozco el dolor que produce. La bala entra y sale del cuerpo dejando solamente un pequeño orificio. No dudo de que cause dolor; pero imagino que no es tan traumático como recibir un millar de puñaladas en el mismo sitio.&nbsp;</p>



<p>Cuando el hombre apretó el gatillo, juro que vi, en cámara lenta, el trayecto de la bala. La imaginé desde todos los ángulos e intenté suponer cómo sería el dolor al entrar a mi cuerpo. No lo logré. La bala entró por el ojo y salió por la oreja. Mientras viajaba por mi cerebro comprendí, o quise comprender, que mi muerte había sido postergada inútilmente. Yo tenía que haber sido el hombre sin garganta que cayó a mis pies cuando era niño. Pienso que viví de más. Y por eso este odio. Siempre en estas fechas me entrego a reflexionar sobre el tema de mi muerte y me hago un desastre.&nbsp;</p>



<p>No si ustedes lo notan, pero a los lejos escucho música; no veo a la gente, pero escucho música. El volumen está más bajo pero las canciones decembrinas son reconocibles. ¿Por qué parar la fiesta? Me pregunto. Son tonterías mías. Dejen que me amargue sólo. Un muerto es un muerto. Que lo llore la familia, si le queda. Ella es quien debe llorarlo. El resto debe celebrar, o ¿Creen que todos los días se tiene la oportunidad de iniciar un nuevo año?&nbsp;</p>



<p>Publicado originalmente el El magazín de El Espectador el 24 de enero de 2012.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>El Magazín</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=120992</guid>
        <pubDate>Mon, 08 Dec 2025 12:51:57 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La carne deletrea]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>La Navidad de un pobre</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-navidad-de-un-pobre/</link>
        <description><![CDATA[<p>Yo creo que a Dios lo inventaron para los pobres.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Imagen generada con inteligencia artificial (IA)</em></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-d3be654692322bcf2b338577d05a5dfe"><em>“Aquel niño despertó tiritando una mañana, en un sótano húmedo y frío, abrigado con una especie de batita, vieja y raída. El aliento le salía en forma de vapor blanco: sentado en un rincón, sobre un baúl, distraíase activando de propósito su respiración, divirtiéndose con verla salir. Pero tenía mucha hambre. Desde la madrugada se había acercado ya varias veces a la cama de tablas, cubierta con un delgado jergón, en que estaba acostada la madre enferma, con la cabeza apoyada en un montón de harapos a guisa de almohada”.</em> Del Cuento de Navidad de Fiódor Dostoyevski. </p>



<p>La tristeza y la pobreza se engendran donde a ellas dos se les dé la gana.</p>



<p>Hay una pobreza más allá de la pobreza. Tan allá que nuestra cada vez más empobrecida imaginación no alcanza a imaginarla. Más allá de la montaña que usted ve cuando se desplaza en automóvil hacia la finca o a la casa de descanso. Por detrás de ese mundo, hay otro mundo habitado de seres humanos, aunque no lo parezca. Por allá el progreso no llega, porque aquellos con el poder de repartirlo están demasiado ocupados repartiendo en otro lado.</p>



<p>Penetrar en ese mundo es comprobar la contradicción: la Navidad convirtió un símbolo de humildad -el pesebre- en un motivo de derroche, de ese capitalismo alocado, que año tras año le hace fieros al Niño Dios. Entonces, la Navidad del pobre es más auténtica porque se parece más a esa miseria de dos mil y pico años atrás, según la tradición cristiana.</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-fee44c345ef91ac930e8fa602417fc85"><strong>Un rico y un pobre se diferencian en lo que cada uno hereda, pero se parecen en lo que cada uno se lleva de este mundo: nada. La pobreza es algo que millones heredan desde antes de nacer.</strong></p>



<p>Lo que el pobre quiere no se envuelve ni se compra en un almacén por departamentos. Pero nosotros sí podemos desenvolver nuestra indiferencia y quemarla en la chimenea antes de ofrecerla.</p>



<p>El niño pobre no le escribe cartas al Niño Dios. Porque no sabe leer ni sabe escribir, y se imagina que el Niño Dios, por ser niño, tampoco sepa. La escuela es la vida misma y, por lo tanto, dura toda la vida. En esa escuela de la vida sólo solo hay una lección posible para no dejarse morir de hambre: si no se trabaja no se come, pero aunque trabajen como burros, muchas veces no hay lo suficiente para comer. El sonido de las tripas no son villancicos. </p>



<p>El pobre-pobre no conoce un centro comercial, usted ni siquiera lo verá en la fila de un cajero automático, porque no tiene cuenta en un banco. Trabaja <em>a destajo</em> y lo que recibe ya lo debe. El colchón es el banco de los pobres y recibe monedas. No hay chequera, pero sí el chiquero que adorna sus penurias. </p>



<p>Y luego están las deudas, porque ser pobre es esencialmente no tener nada y estar lleno de <em>culebras</em>, de un hueco que se abre para tapar el otro, y así, en una historia sin fin, hasta que un día ya no hay huecos para abrir ni hueso para echar en la olla.</p>



<p>Los regalos no están debajo del árbol ni bajo la almohada, porque árbol no hay y la almohada son los harapos de lo que habla Dostoyevski  en su cuento que no es tan cuento. Los niños pobres piden carros y las niñas pobres piden muñecas en Navidad, así no sean de pilas. ¡Qué importa que la muñeca esté rota o le falte un ojo, o que el carrito sea de plástico y de halar con pita! </p>



<p>Las compras se hacen en el <em>baratillo </em>del barrio, donde tres pares de medias cuestan $5 mil.</p>



<p>En eso de pedir muñecas y carritos no son distintos los niños pobres de los niños ricos. Pero el único carrito que les espera a los niños y a las niñas pobres, es el de los tintos, desde mucho antes de llegar a la mayoría de edad. Porque lo primero que hace la pobreza es castrar la infancia, desde el momento en que aprenden a amarrarse los cordones de los zapatos, a los que se les mete el agua.  </p>



<p>La Nochebuena es noche a secas. La familia pobre no tendrá pavo en Nochebuena ni en ninguna otra época del año, quizás tampoco le alcance para un arroz con pollo. Con suerte juntarán para comprar menudencias, qué benditas sean, por lo baratas, aunque ni tanto, porque todo cuesta, hasta las vísceras de las aves.</p>



<p>El pobre no aspira a un pavo relleno. Con un agua de panela y pan queda lleno, aunque no sea verdad.</p>



<p>En la mirada del niño pobre está resumida su historia, sus dolores y sus tragedias. Lo que pasa es que poca gente se detiene a leer lo que está escrito en sus ojos, y menos en este tiempo en que los preparativos no dan esperan. Con lo que cuesta la bolsita de regalo, él podría comer algo.</p>



<p>Es casi seguro que la familia pobre no esperará a la medianoche. Cuando el resto celebra y despilfarra como si no hubiera un mañana, sus miembros duermen porque al día siguiente toca recoger los desperdicios que dejó la algarabía. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio.</p>



<p>El pobre no recibirá <em>prima de Navidad</em>.</p>



<p>—¿<em>Prima de Navidad</em>? ¿Qué es eso?</p>



<p>La única prima que conoce es una pariente igual de jodida a él, viviendo <em>a trancas y a mochas.</em></p>



<p>El niño pobre no espera a Papá Noel. El preferiría tener un papá de verdad, uno de carne y hueso y en su casa, no ese que desapareció del mapa cuando aquel ni siquiera había nacido.</p>



<p>Si le pregunta cuál es su deseo de Año Nuevo, dirá que lo único que desea es que su vida sea una pesadilla de la que está demorando en despertar.  </p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-da2e3f4a178c2cc1f68f8536060db092"><strong>Me gusta la literatura de Fernando Vallejo pero me disgusta él cuando falazmente dice que <em>“los pobres son una horda paridora, irresponsable y zángana”.</em></strong></p>



<p>Prefiero la frase de Gabriel García Márquez en <em>El otoño del patriarca</em>: <em><strong>&#8220;El día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo&#8221;</strong></em>. </p>



<p><em>“El pobre es pobre porque quiere”,</em> dicen aquellos que tienen los bolsillos llenos, y no saben lo que es pasar necesidades, pues nunca han tenido el estómago pegado al espinazo, para usar un lenguaje de pobres, cuyo vocabulario es muy rico, porque en entender su pobreza y reírse de ella se les va la vida. La resignación de un pobre debería ser mérito de santidad.</p>



<p>A los pobres les sale esa canción venezolana donde un niño le pregunta a la mamá <em>“¿Dónde están mis juguetes?”,</em> y ella trata de justificar al Niño Dios, porque el suyo se ha portado mal y el Niñito lo supo, aunque no sepamos quién le contó. Entonces, no queda de otra que rezar para esperarlo hasta el año que viene.</p>



<p>Menos mal existe Dios o cómo fuera. Yo creo que a Dios lo inventaron para los pobres. Para tener a quién pedirle. Porque a Dios los ricos le agradecen y los pobres le piden y le piden y le vuelven a pedir, como los peces del villancico que beben y beben y vuelven a beber. Desde que nacen hasta que se mueren viven pidiendo. Sin cansarse, sin chistar, sin renegar, porque si no se les concede el milagro, agradecen igual, pues <em>Dios sabe cómo hace sus cosas.</em> Las cosas pasan cuando tienen que pasar. </p>



<p>El pobre no estrena. Recibe lo que buenamente le mandan, lo que otros ya no usan y regalan cuando necesitan hacer espacio en el ropero. Una bolsa negra de basura contiene la felicidad,  porque esa ropita aguanta otras posturas y los zapaticos están enteritos. </p>



<p>El pobre, tratado por la sociedad como un ciudadano de quinta, no le ve problema a las cosas de segunda. Él no repara en el caballo regalado, que por supuesto es un decir… ¡o cómo sería si alguien le regalara un caballo de los de verdad!</p>



<p>Compartamos algo de lo que tenemos, sin pesar, y sin pensar que eso es caridad. Vaciemos los corazones para que otros tengan un motivo para lavar su plato esta Navidad. ¡Ni el Niño Dios ni Papá Noel se pondrán bravos por quitarles trabajo!&nbsp;</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=109207</guid>
        <pubDate>Thu, 12 Dec 2024 13:06:29 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La Navidad de un pobre]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>¡El Niño Dios ha nacido en Colombia!</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/el-nino-dios-ha-nacido-en-colombia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Dulce Jesús mío, mi niño adorado, mejor procura no nacer por estos lados. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size">Imágenes generadas por IA (inteligencia artificial).</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ba1ecf6d76e3bb920e95ff5a98f251f7"><strong>Advertencia: </strong>Estos relatos pueden herir la sensibilidad de creyentes católicos o cristianos.  </p>



<p class="has-large-font-size"><strong>I</strong></p>



<p><strong>Reyes sin cinco</strong></p>



<p>Desde el Medio Oriente, María y José llegaron a Colombia como refugiados para poner a salvo al Niño Dios, tras huir de los ataques crueles de Israel contra Palestina. La Virgen rompió fuente al ver lo cochina que estaba la capital, sin contar que el miedo a volar en avión aceleró sus contracciones, por lo que no fue necesario aplicarle <em>Pitocin. </em></p>



<p>Los reyes magos realizaron un largo trayecto a pie para ver a la criatura, pues los taxistas amarillos andaban en paro, como cosa rara, para exigir prima navideña anticipada. La contaminación de la ciudad ocultó la estrella que los guaría esa noche y por tal razón se les hizo tarde. Contrario a lo que todos pensábamos, los tres reyes magos se presentaron al <em>baby shower</em> con las manos vacías.</p>



<p>—Nos perdimos las ofertas del <em>Black Friday</em>, se lamentó Baltasar, a quien por el tono de su piel no se le notó que estaba colorado hasta las orejas.</p>



<p>En esas, Gaspar cuchicheó con Melchor, sin disimular la preocupación. —¡También ha nacido Judas! La noticia ya se hizo viral en Twitter, susurró. </p>



<p>—Querrás decir en X, lo corrigió José.</p>



<p>—Querrán decir en <em>Bluesky</em>, que es la red social de moda, pues todo el mundo está abandonando la plataforma X por tóxica desde que la compró Elon Musk, interrumpió Baltasar. </p>



<p>María, con un sexto sentido celestial, indagó intrigada: —¿Y quién ese niño Judas, por qué es tan importante?</p>



<p>Apesadumbrados, los reyes magos pusieron caras largas; luego de un silencio eterno, por fin Melchor tranquilizó a la Virgen con una palmadita en el hombro: —No tienes de qué preocuparte, María, le mintió piadosamente.</p>



<p>—No por ahora, añadió Gaspar dulcemente, mientras le hacia el primer TikTok a al divino baby para informar al mundo la buena nueva: &#8220;¡El Niño Dios ha nacido en Colomba!&#8221;. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="585" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30193049/A-JESUS-3-1024x585.jpg" alt="" class="wp-image-108783" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30193049/A-JESUS-3-1024x585.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30193049/A-JESUS-3-300x171.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30193049/A-JESUS-3-768x439.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30193049/A-JESUS-3-1536x877.jpg 1536w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30193049/A-JESUS-3.jpg 1600w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="has-large-font-size"><strong>II</strong></p>



<p><strong>Generación Alfa</strong></p>



<p>José estaba solo en la carpintería. María apareció vistiendo una gruesa ruana y cargando en tiestos las onces, justo a las 11:00 de la mañana, según observó en su reloj inteligente. Le llevaba agua de panela caliente con almojábana y queso, pues eran días de aguaceros bíblicos en Bogotá y hacía un frío de los mil demonios.    </p>



<p>Después de saludarla de beso en la frente, le preguntó enfadado:</p>



<p>—¿Por qué viniste sola? Aquí hay mucho qué hacer. ¿Dónde está Jesús?</p>



<p>—¡Ese muchacho está muy rebelde, José! Se la pasa escuchando reggaetón. ¡Ya ni para hacer los mandados quiere servir! ¡No sé qué vamos a hacer con él!</p>



<p>—Lo que necesita es un par de fuetazos, ripostó José. ¡Y nada de teléfono celular durante dos semanas!</p>



<p>—No hay que ser extremistas, porque después nos echan la policía, hay que llenarse de paciencia con esta <em>generación Alfa</em>, intercedió María en favor de su hijo, como lo haría cualquier madre amorosa y alcahueta. </p>



<p>Y prosiguió, queriendo abstraerlo de su furia:   </p>



<p>—Más bien dime para qué soy buena, esposo mío. </p>



<p>José soltó un largo y resignado suspiro, acomodando la madera al lado del serrucho. —Debo terminar estas tres cruces, es un pedido que hicieron los romanos para Semana Santa.</p>



<p class="has-large-font-size"><strong>III</strong></p>



<p><strong>El Niño Dios entre leguleyos</strong></p>



<p>Jesús, que tenía 12 años, llevaba tres días perdido en Bogotá y por las redes sociales circularon anuncios para dar con su paradero. Resulta que el Niño entró al templo más antiguo de Bogotá para conversar con los doctores de la Ley; es decir, los maestros expertos en burlar las leyes colombianas.</p>



<p>Haciendo coquitos, vio que los doctores hablaban precisamente sobre cómo salvar a sus apoderados de la cárcel por la vía del vencimiento de términos. Jesús se mezcló entre aquellos y los sorprendió tanto con su sabiduría que hasta llegaron a pensar que se trataba del mismísimo Mesías, pero no porque para ellos el verdadero Mesías era un expresidente en líos con la justicia, acusado de soborno y fraude procesal, al que le gustaba <em>trabajar, trabajar y trabajar,</em> mientras a ellos, los leguleyos, les encantaba dilatar, dilatar y dilatar los procesos.  </p>



<p>Entonces, Jesús contó la parábola del hombre asaltado por bandidos y le preguntó a un doctor de la Ley quién era el prójimo del hombre. El abogado respondió que era el que tuvo compasión del hombre, y Jesús le dijo que debía hacer lo mismo.  </p>



<p>—El hombre es la sociedad y ustedes son los bandidos, les recriminó con severidad.</p>



<p>Nos abstenemos de revelar los nombres de los abogados para evitarnos una demanda de sus respectivos bufetes.</p>



<p>En ese momento, apenadísimos, aparecieron José y María, que llevaban tres días buscando a su pequeño.</p>



<p>—Perdonen los doctorcitos las impertinencias de mi muchacho, dijo una humilde María, sacando al Niño a empellones del templo, y exponiéndose a una demanda ante el ICBF por maltrato infantil, porque en Colombia la ley es para los de ruana&#8230; y recuerden que María ya había comprado la suya de lana virgen.  </p>



<p class="has-large-font-size"><strong>IV</strong></p>



<p><strong>¡Milagro en las encuestas! </strong></p>



<p>Jesús demostró su poder divino haciendo milagros ante los incrédulos, como caminar sobre las aguas de la ciudad inundada, multiplicar los peces del río Bogotá después de descontaminarlo, sanar a los enfermos antes de que las EPS los dejaran morir, e incluso revivir a Sergio Fajardo en las encuestas presidenciales, como hizo una vez con Lázaro.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="647" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30224512/Z-ENCUESTA-1-1024x647.jpg" alt="" class="wp-image-108828" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30224512/Z-ENCUESTA-1-1024x647.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30224512/Z-ENCUESTA-1-300x190.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30224512/Z-ENCUESTA-1-768x485.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30224512/Z-ENCUESTA-1.jpg 1220w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Encuesta <a href="https://www.bluradio.com/politica/fajardo-lopez-vargas-y-bolivar-para-donde-va-el-pais-en-2026-primera-foto-de-invamer-so35">Colombia Opina </a>elaborada por Invamer para Blu Radio y Noticias Caracol.</em></p>



<p>Cuando los médicos tocaron a Fajardo en la frente, se dieron cuenta de que seguía tibio. ¡Milagro! ¡Había resucitado de entre los muertos&#8230; políticos! </p>



<p>Sin embargo, esa mañana fue diferente y las cosas salieron al revés. Los discípulos imploraban desde muy temprano para que Jesús multiplicara los panes, porque en la panadería de la esquina no quisieron fiarles más mogollas ni <em>liberales</em>.  </p>



<p class="has-large-font-size"><strong>V</strong></p>



<p><strong>Cueva de ladrones</strong></p>



<p>Jesús merodeaba por las oficinas de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, UNGRD. Entró y echó del lugar a todos los que compraban (conciencias) y vendían carrotanques para llevar agua a La Guajira. Volcó las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los que vendían palomas de la paz total. Cuando apresaban a unos hombres por orden de la Fiscalía, antes de retirarse, hecho un tití, pronunció estas palabras: <em>“Escrito está —dijo—: “Mi casa será llamada casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones”.</em></p>



<p class="has-large-font-size"><strong>VI</strong></p>



<p><strong>Un traidor en la última cena</strong></p>



<p>Desde la noche anterior Jesús se había mostrado, ansioso, incómodo, disgustado, tanto que prefirió alejarse para meditar. Durante la última cena soltó una verdad que se le había atragantado: Tomó un trozo de pan y haciendo de tripas corazón, soltó la bomba: <em>“Uno de ustedes va a traicionarme”.</em></p>



<p>—¡Es Judas, maestro!, se apresuró a responder Juan.</p>



<p>Jesús se quedó mirando al discípulo amado y lo reprendió delante de todos: —¡Por qué haces spoiler, Juan!</p>



<p class="has-large-font-size"><strong>VII</strong></p>



<p><strong>Las manos sucias </strong></p>



<p>Poncio Pilatos no quería que la Historia lo tratara como el villano que ordenó crucificar a Jesús, así que corrió de prisa a lavarse las manos. Pero fue muy de malas, porque ese día el alcalde de Bogotá había decretado racionamiento de agua en la localidad de Mártires, donde los ciudadanos debían escoger a quién indultarían entre el “Rey de los judíos” y Barrabás.</p>



<p class="has-large-font-size"><strong>VIII</strong></p>



<p><strong>Día de inocentes macabro</strong></p>



<p>El rey Herodes el Grande ordenó matar a todo niño menor de dos años que habitare en Bogotá y sus alrededores, con el único fin de quitar del camino al enviado de Dios. &nbsp;&nbsp;</p>



<p>Pero un ángel se le apareció en sueños a José y le ordenó<em>:&nbsp;</em><em>“</em><em>Levántate, toma al niño y a su madre, y huye al barrio Egipto; quédate allí hasta que te avise, porque los esbirros de Herodes van a buscar al niño para matarlo”.</em></p>



<p>Muchos años atrás, habían asesinado a 6.402 jóvenes inocentes, haciéndolos pasar por guerrilleros. Los mal llamado falsos positivos fueron ejecuciones extrajudiciales, una macabra inocentada del ejército colombiano en tiempos de Herodes el Pequeño, a cambio de recompensas para los militares que cometieron tales crímenes, sin que hasta la fecha se sepa quién dio la orden desde arriba (y por arriba no nos referimos al cielo). </p>



<p>José hizo caso. Los tres abordaron la ruta F23 de <em>Transmilenio </em>que los dejó en la estación Museo del Oro. De ahí echaron quimba hasta el barrio Egipto. Se hizo de noche. Las calles estaban desoladas por la inseguridad. Nadie quiso abrirles la puerta. Ignoraban que aquel Niño era el Salvador del mundo. Bogotá seguiría siendo una ciudad indolente con los menesterosos y todavía más con los forasteros, a no ser que trajeran dinero en sus bolsillos.</p>



<p>Tullidos de frío, con hambre y sed, derrotados por la apatía de los que se hacían llamar cristianos, turnándose para cargar al Niño siguieron caminando a tientas por la Avenida Circunvalar hasta el Parque Nacional, creyendo vanamente que ahí podrían acampar. No sabían que el burgomaestre, hijo del mártir Luis Carlos Galán, había cerrado el parque para impedir que unos dos mil indígenas de la comunidad Emberá de Risaralda levantaran sus albergues allí, como lo habían hecho meses atrás otras familias indígenas para reclamar sus derechos. Vinieron a denunciar la presencia de grupos armados en sus territorios ancestrales y otras violaciones a los derechos humanos. El gobierno los escuchó y prometió solucionar sus demandas. </p>



<p>El Niño Dios comparte el mismo destino trágico de miles de niños colombianos: todos son víctimas del desplazamiento forzado por culpa de la violencia. </p>



<p>(Otra historia sin <strong>FIN</strong>)   </p>



<p>(&#8230;) </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="585" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30193153/A-JESUS-2-1024x585.jpg" alt="" class="wp-image-108784" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30193153/A-JESUS-2-1024x585.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30193153/A-JESUS-2-300x171.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30193153/A-JESUS-2-768x439.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30193153/A-JESUS-2-1536x877.jpg 1536w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/11/30193153/A-JESUS-2.jpg 1600w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color wp-elements-fda148102c8ced83ee0edf4e3fa439f9"><strong>Feliz inicio de la Navidad a todos los lectores de este blog.</strong></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=108745</guid>
        <pubDate>Sun, 01 Dec 2024 13:11:49 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[¡El Niño Dios ha nacido en Colombia!]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Juliane Köepcke (1954)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/juliane-koepcke-1954/</link>
        <description><![CDATA[<p>“Señores pasajeros, les informamos que la zona de turbulencias que estamos atravesando se debe a una importante tormenta sobre la selva amazónica. Abróchense los cinturones.” Juliane, que tenía el cinturón desabrochado, obedeció las instrucciones de una azafata que, sin saberlo, le estaba salvando la vida. En la víspera de Nochebuena de 1971, en Lima, un [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Señores pasajeros, les informamos que la zona de turbulencias que estamos atravesando se debe a una importante tormenta sobre la selva amazónica. Abróchense los cinturones.” Juliane, que tenía el cinturón desabrochado, obedeció las instrucciones de una azafata que, sin saberlo, le estaba salvando la vida.</p>
<p>En la víspera de Nochebuena de 1971, en Lima, un cuatrimotor Lockheed 188 Electra conocido como <em>Mateo Pamacahua, </em>del vuelo 508 de la empresa de aviación peruana LANSA, esperaba para partir en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, faltando entre los pasajeros el reconocido (y al parecer impuntual) Werner Herzog, director de cine alemán, pero en vista de que este no llegaba decidieron emprender vuelo con destino hacia Pucallpa.</p>
<p>Al interior del <em>Mateo Pamacahua </em>se encontraban 92 personas incluyendo a la tripulación, y entre ellas una chiquilla de 17 años llamada Juliane, que viajaba con su madre y que esperaban reunirse con su padre para festejar la Navidad. Pero el destino no quiso a Herzog volando a esa hora sobre el Amazonas, ni tampoco que la familia entera se reuniera, ya que el avión, sobrevolando la espesura de la selva a unos casi 4.000 metros de altura, tenía otro destino que era el de un rayo que impactaría a uno de sus motores externos a las 12:36, y ante la incapacidad del piloto para maniobrar el imprevisto, la aeronave acabaría precipitándose a tierra.</p>
<p>Así lo narró Juliane años más tarde: “Yo fijaba la vista en el motor derecho como recurso virtual a mi falta de apoyo físico. La fría humedad de la mano de mi madre delataba su consabido sufrimiento. En ese punto, el viaje se tornó en la aventura de mi vida cuando una inmensa y cegadora luz atravesó la hélice que yo contemplaba. El avión se escoró rápidamente y comenzó a caer picado gobernado ahora únicamente por la fuerza de gravedad.”</p>
<p>En ese momento postrero, mirando de cara a la muerte, Juliane recuerda haberse sujetado de la mano de su madre, y que ambas permanecieron mudas ante una situación de pánico generalizado, un caos absoluto de personas que proferían alaridos, y las sacudidas del avión que hacían caer las maletas de sus cubículos. Las últimas palabras de su madre serían: “Esto es el fin, se acabó”.</p>
<p>Lo siguiente fue estar volando adherida a su asiento a una gran velocidad, cayendo entre nubes y esperando estrellarse contra el suelo. Parece que perdió la conciencia, y al despertar unas tres horas más tarde, se dio cuenta que la copa de los árboles y el asiento en el que todavía se encontraba sentada, habían logrado amortiguar la caída hasta el punto de que sus heridas podrían contarse como insignificantes: cortes superficiales en un hombro y otro más profundo en uno de sus brazos, algún par de rasguños en sus piernas y el ligamento de una de sus rodillas ligeramente afectado por el golpe, además de un ojo morado y la clavícula fracturada. Todas estas calamidades menores cuando entendió de que al parecer se trataba de la única sobreviviente de una catástrofe aérea.</p>
<p>Así lo describió ella misma: “Me desperté sentada en el mismo asiento, como iniciando otro viaje pero, esta vez, al infierno. Había tres cuerpos desmembrados a mi alrededor, creía que se trataba de una pesadilla y me volví a dormir por unos instantes. Cuando creí volver en mí me atraganté de realidad. Cuerpos inertes colgaban de los árboles, hierros, asientos, ropas y maletas desparramadas por la selva, humo, mucho humo y crepitar de combustiones desperdigadas hasta donde la espesura de la jungla dejaba distinguir.”</p>
<p>Juliane llamó a su madre, pero nadie respondió. Solamente los retorcidos destrozos de una tragedia. Luego tuvo las agallas de hurgar entre los vestidos chamuscados de los cuerpos incinerados tratando de identificar entre ellos a su mamá, encontrándose como único consuelo un par de golosinas que endulzarían la larga trayectoria que la esperaba hacia el interior del Amazonas.</p>
<p>En adelante se trataba de una cuestión, literal, de supervivencia. Hablamos de una adolescente que le estaba haciendo frente a la selva más grande este planeta, pero cuya crianza estuvo acompañada de una relación intensa con las plantas y los animales, pasando parte de su tiempo en los bosques tropicales lluviosos de la estación biológica de Panguana, por lo que su contacto con este universo selvático no le sería del todo desconocido.</p>
<p>No quiso sentir que se encontraba en un “infierno verde”, y contrario a esto prefirió sentir el cuidado de la madre naturaleza, que tenía en abundancia todo lo necesario para sobrevivir. Tuvo confianza en los consejos de su padre y en sus conocimientos, e inició una caminata de dos días en la cual se tropezaría eventualmente con alguna pieza de chatarra de los trozos del avión y otros cadáveres desperdigados entre la maleza.</p>
<p>La tupida selva impedía a los aviones de rescate dar con el paradero de los restos del avión, a pesar de que Juliane podía escuchar que pasaban justo por sobre su cabeza, pero de nada servía malgastar energía gritando desde lo profundo de la densa selva. Lo importante era no desistir, y continuar su marcha valiéndose de un único zapato y un vestido minúsculo que escasamente la protegía del clima frío. Tampoco contaba con sus lentes. Pero estaba entonces su instinto, de manera que avanzó persiguiendo el agua de un arroyo en espera de que en algún punto desembocara en un río.</p>
<p>Se espantó los incesantes mosquitos que nunca dan tregua. Soportó la humedad y el calor abrasante, y se alimentó de los frutos conocidos, dejando de lado aquellos que por su experiencia podían tratarse de frutas venenosas. Tenía que cuidarse sobre todo de dónde pisar porque sabía que entre la hojarasca se ocultaban serpientes, y así mismo estar precavida de otros animales peligrosos que merodeaban a su alrededor como algunos felinos, e incluso las aguas representaban un riesgo por los tantos buitres acechando, y ni siquiera en el agua podría sentirse segura ante la presencia de los caimanes.</p>
<p>Juliane evadió estas amenazas, y sorteando todos los riesgos consiguió orientarse hasta alcanzar la orilla de un río caudaloso y profundo que atravesó nadando. Aprovecharía la temperatura de las aguas para calentarse y bebería de la fuente más pura de este mundo, sin saber que se encontraba a más de 600 kilómetros de distancia del lugar poblado más cercano. El corte en su brazo se infectaría al punto de tener que estar continuamente retirándose los gusanos que iban dejando sus larvas parasitarias sobre la herida.</p>
<p>Y fue así como después de casi once días, la travesía de Juliane acabó cuando vio a la orilla del río una canoa a motor que flotaba cerca a los manglares, y una choza deshabitada que parecía servir de refugio precario para los ocasionales cazadores de la zona. Finalmente, a la mañana siguiente la despertaron las voces humanas de los trabajadores del sector, los cuales entendieron en un español perfecto la historia de la única sobreviviente del vuelo 508.</p>
<p>Le proporcionaron alimentos y limpiaron sus heridas con gasolina, y un día después viajó diez horas en canoa, para luego tomar desde el pueblo de Tournavista un avión hasta llegar al hospital de Pucallpa, y en donde la esperaba su padre para que contara en detalle cómo fue la historia que en cuestión de horas ya le estaría dando la vuelta al mundo.</p>
<p>Juliane aportó las pistas para desandar sus pasos y conducir a los rescatistas al lugar del siniestro. No había indicios de ningún otro sobreviviente, y aunque luego se supo de al menos unas trece personas que consiguieron sobrevivir al impacto, pero que no lograrían sobreponerse a las heridas o vencer a la impenetrable selva. Y así ocurrió con la madre de Juliane, cuyo cadáver fue hallado casi veinte días después de sucedido el accidente.</p>
<p>Años después Juliane Köepcke relatará su historia inverosímil en un libro que sería también llevado al cine y que tituló: <em>Cuando caí del cielo. </em>Confiesa que las pesadillas la persiguieron durante años, las imágenes últimas de su madre aferrada a su mano, y la pregunta que no la dejará descansar nunca: “¿Fui yo la única sobreviviente?” resuena todavía en su cabeza, y lo hará para siempre.</p>
<p>“Esto es el fin, se acabó”, esa fue la sentencia lapidaria de su madre, pero no sucedió así para ella. Su vida siguió. Juliane se instaló en Munich y durante años los periodistas, reporteros y cronistas la acecharon más que las fieras de la selva. Ella quiso mantenerse reservada, estudió zoología y biología, especializándose en mamología y en murciélagos, y en la actualidad se desempeña como bibliotecaria de la Colección zoológica del Estado de Baviera. También busca financiación para la protección de la reserva natural y las investigaciones de la Fundación Panguana.</p>
<p>En el año 2000 Werner Herzog realizó una película inspirada en estos sucesos, y que tituló <em>Wings of hope, </em>película que no hubiera existido o al menos no hubiera sido contada por él, de no haber sido por esa costumbre de llegarle siempre impuntual a su cita con la muerte.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-90803" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/07/253.-JULIANE-KOEPCKE.jpg" alt="JULIANE KOEPCKE" width="267" height="189" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=90802</guid>
        <pubDate>Fri, 08 Dec 2023 13:41:35 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Juliane Köepcke (1954)]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Milanas Baena</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>¿Dónde pasará Navidad este hombre?</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/donde-pasara-navidad-este-hombre/</link>
        <description><![CDATA[<p>Si tiene nombre no lo sabemos. Pero es seguro que lo tiene y también apellido. El hombre que mira al cielo, sin mirarlo, no ve ese mundo insensible que pasa por su lado. Observa el cielo, quizás entre sueños y entre comillas, como si invocara a Dios, porque de los hombres ya no espera nada, [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Si tiene nombre no lo sabemos. Pero es seguro que lo tiene y también apellido. El hombre que mira al cielo, sin mirarlo, no ve ese mundo insensible que pasa por su lado. Observa el cielo, quizás entre sueños y entre comillas, como si invocara a Dios, porque de los hombres ya no espera nada, ni siquiera que le miren con una pizca de compasión. O desdén… cualquier sentimiento que justifique su existencia.</p>
<p>Los que cruzan no lo determinan, ni siquiera ven que allí está él, tendido sobre esa cama de cemento, en medio de un <em>palo</em> de sol, como si no fuera de carne y hueso. <em>De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera</em>, como dice la ranchera de José del Refugio Sánchez Saldaña o Cuco Sánchez para abreviar.</p>
<p>La gente ni siquiera mira hacia el pavimento porque solemos pensar que allí solo hay basura. Otros saben que ahí está ese arrume de huesos con vida y harapos: dan un brinquito para no tropezarse, y se encogen de hombros como cuando se le hace el feo a un plato de sopa que es mazacote, como fingiendo que no vieron a la criatura, a lo mejor porque en el fondo somos buenos fingiendo y, además, no queremos alimentar nuestros ojos con las tragedias ajenas. De la tragedia de este hombre es testigo cada noche un cielo gélido sin estrellas.</p>
<p>¿Cómo supo el hombre de las intemperies que debía dormir ahí y no en otro lado? ¿Cuándo empezó a vivir en la calle? ¿Tendrá novia o tuvo esposa e hijos? ¿Cuál fue la última vez que durmió sobre un colchón confortable? ¿A qué categoría de pobreza pertenecen los y las habitantes de calle? ¿Hay acaso una pobreza más extrema por debajo de lo que llaman extrema pobreza? Dudo mucho que la indigencia esté clasificada como un tipo de pobreza. Y, sin embargo, no dejo de preguntarme cuántas monedas acompañan a este hombre.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: right"><span style="color: #0000ff">Según cifras del DANE, a diciembre de 2021 había alrededor de 34 mil colombianos viviendo en la calle, unos 9.500 en Bogotá; nueve de cada diez son hombres y por edad el mayor grupo se encuentra entre los 25 y 40 años. El mismo censo encontró que  846 venezolanos habitan la calle.</span></p>
</blockquote>
<p>O a lo mejor me equivoco por pensar así. Felices ellos,  los verdaderos dueños del mundo. Infelices nosotros que tenemos que protegernos de la noche y eso suma muchos billetes al mes. Felices ellos, porque  no se les va la vida reuniendo lo de los recibos. Infelices nosotros que vinimos a tapar huecos y espantar <em>culebras</em>. El hombre de las intemperies goza de una rara libertad que no gozamos los demás, los que –digamos- disfrutamos del calor de un hogar, así para muchos ellos o ellas ese hogar no pase de ser como un témpano de hielo. Se me ocurre que de un “hogar” así, envuelto en comillas, debió salir el hombre que mira el cielo.</p>
<p>Los transeúntes siguen su camino, tan modernos, tan olorosos, tan bien vestidos, llevando un celular en la mano (otros de cabeza en las pantallas, olvidando que están en Bogotá, la misma que Claudia López entregará más insegura de lo que la encontró, y no les achaquemos culpa a los mendigos), y en sus mentes silba el huracán de los afanes y las preocupaciones.</p>
<p>La señora del perrito, que no es la señora del perrito del cuento aquel de Antón Chéjov, camina alegremente con otra mujer, conduciendo al animal, que tiene puestos unos  zapatitos de lana,  jalándolo de un cordón elegante atado a su cuello, al del animal. Es una perrita, alcanzo a ver el moño rosa, y eso que veo bastante mal de lejos.</p>
<p>La perrita voltea dos veces a mirar a esa criatura que duerme en dirección al cielo. Me parece que tiene cara de llamarse Lassie, el animalito, porque su pelaje es negro brillante, parecido a la Lassie de mi infancia, a la que una vecina loca envenenó por allá a finales de los años 80; me dieron la noticia al regresar del colegio. ¿Quién no tiene una historia con alguna loca de barrio? Aquella era una mujer cuerda pero mala.</p>
<p>Si esta Lassie hablara, a lo mejor le diría muy enojada a su ama que se detenga, que no se haga la loca. La perrita gira su cabecita para ver por tercera vez a aquel ser que es humano ante los ojos de Dios pero ante los ojos de sus hijos apenas una piltrafa humana, casi invisible, incierto, inerte, incompleto. Un pobre infeliz o un pobre diablo, dirán algunos.</p>
<p>Abro comillas.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: right"><span style="color: #0000ff"><em>¡”Hay seres que no tienen ninguna fortuna y, de repente, como si un velo grueso se hubiera rasgado perciben la miseria, la infinita y monótona miseria de sus existencias: la miseria pasada, la miseria presente, la miseria futura: los últimos días iguales a los primeros, sin nada enfrente, sin nada detrás, sin nada alrededor, sin nada en el corazón, sin nada en ninguna parte”, escribió Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893), en su cuento “Paseo”. </em></span></p>
</blockquote>
<p>Cierro comillas.</p>
<p>Sí, la vida es un paseo y para muchos es un paseo lleno de dolor y de soledad. Unos pasean contentos, y otros simplemente viven para no perder la costumbre.</p>
<p>De vez en cuando el hombre se rasca allá abajo, sí sí… en las partes nobles que llaman, porque los miserables por más miserables que sean, vienen al mundo con sus partes nobles, aunque no tengo muy claro desde cuando se le otorga nobleza a los genitales masculinos; se rasca allá y entonces me doy cuenta de que está vivo. ¡Se mueve: El man está vivo!  Porque siempre tiene uno la impresión de que un día el hombre de las intemperies morirá en su ley: tirado en cualquier andén. Nadie lo echará de menos, como nadie lo extrañará cuando se levante y se vaya Dios sabe adónde.</p>
<p>¡El man está vivo! En cambio, el otro es un vivo que le hizo pistola a Dios y probó mujer, porque vida no hay sino esta y bobo no es. Perdón por salirme del cuento. Es que todo lo que tenga que ver con curas me interesa. Por farsantes. Como Ernesto, el de la novela Satanás (la de Mario Mendoza, ¿la leyeron?), que abandonó el sacerdocio (y se levantó literalmente la sotana) para gozar el resto de sus días con Irene, su asistente personal, pero sus días concluyeron cuando Campo Elías Delgado masacró a un poco de gente en la vida real, en el restaurante Pozzetto,  y ahí, en la vida de mentiras, estaba Ernesto con su amada, y ambos se fueron derechito para la nada; o no sé si para el cielo, porque el padre Ernesto también le hizo pistola a Dios (o morcillas al diablo, como le guste más al lector) y una vez <em>encendió a pata</em> a un pobre pordiosero que ninguna culpa tenía de haber nacido. ¿Cuántas veces habrán levantado <em>a pata</em> al hombre de las intemperies? (A propósito, este 4 de diciembre se cumplen 37 años de la famosa tragedia de Pozzetto, en Bogotá).</p>
<p>Un carro del acueducto se estaciona cerca a la acera donde está el hombre que mira al cielo. Me parece que vienen a bañarlo. Demasiado hermoso para ser cierto. No pasó ni pasará. No puedo dejar de pensar en qué enfermedad (en singular o en plural) tendrá él. Me intriga saber cuáles son las enfermedades que una persona puede atrapar en la calle, por voluntad propia o por voluntad ajena.</p>
<p>Entre una rutina y la siguiente, me asomo a la ventana del tercer piso, para constatar si el hombre yace o ya se ha ido, como <em>Remedios, la bella</em>, entre sábanas al cielo. Demasiado bello para ser cierto, porque en estos tiempos perdimos el asombro, pasamos del realismo mágico al realismo trágico, y las sábanas como todo lo demás, están por las nubes, costosísimas. Lo que quiero decir es que la literatura es un refugio seguro contra este mundo cruel. Lean, y regalen libros en esta Navidad, así sea de segunda.</p>
<p>¿Dónde pasará Nochebuena este hombre? ¿Acaso importa? ¿Acaso nos importa? ¿Habrá un regalo para él así sea debajo de cualquier árbol bogotano antes de que el nuevo alcalde lo mande talar para construir modernidad? ¿Sabrá cómo se llama nuestro presidente? ¿Cargará una cédula como los demás para tener el derecho a ser “ciudadanos del mundo”, aunque él ya es más ciudadano del mundo que cualquiera de nosotros?</p>
<p>Me pregunto si el hombre que mira al cielo siente miedo. Si sabe que la gente anda como loca hablando del fin del mundo. Si ya le contaron que este año hay dos guerras con miles de muertos, que un ciclón con nombre bíblico, Daniel, mató a más de cinco mil criaturas en Libia y un terremoto, magnitud 6.8, a tres mil más en Marruecos, también al norte del África, como si estuvieran pagando los platos que entre todos rompemos. Me pregunto si el hombre de las intemperies, tumbado en esa calle, a tres cuadras de mi casa, sabe dónde quedan Gaza, Israel, Libia o Marruecos. Yo creo que siente miedo como todos nosotros pero es más valiente que cualquiera de nosotros.</p>
<p>Me pregunto si cree o no en Dios. Yo creo en diciembre, el mes más bonito, porque nos da la oportunidad de ponernos generosos. De eso se trata este cuento. La vida debería consistir en ser mejores seres humanos, conforme nos hacemos viejos, con los que no conocen de dichas; al menos ser buenas personas en esta época en que unos comen pavo y otros ven comer. Por eso es que me encanta el <em>Cuento de Navidad</em>, de Charles Dickens. La oportunidad para que los <em>Ebenezer Scrooge</em> se rediman y den con desprendimiento.</p>
<p>¡Qué no ven mis ojos! Mientras limpio el sudor de la frente, observo a través del ventanal que el hombre ya no está. Se ha ido​. ​Despertó y no vi si alguien le dijo <em>“Hola, buenos días”.</em> Tampoco debieron darle las buenas noches anoche. ¿A dónde fue? Pues ¿a dónde va a ser? A dónde van las personas de la calle: a ninguna parte.</p>
<p>Feliz Navidad al ilustre desconocido, y ​a todos los vagabundos del mundo, donde quiera que los alumbre la Estrella de Belén.</p>
<p><strong>FIN</strong></p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=97422</guid>
        <pubDate>Sun, 03 Dec 2023 11:54:45 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[¿Dónde pasará Navidad este hombre?]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>Santa Clara de Asís (1194-1253) </title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/santa-clara-asis-1194-1253/</link>
        <description><![CDATA[<p>Chiara Scifi se inspiró en la figura de un tal Francisco que por aquel entonces andaba fundando su propia orden, y cuyos preceptos religiosos la inquietarían al punto de acabar desprendiéndose de todo en su vida para perseguir su causa apostólica. Fue tal la devoción y el interés que manifestaba por su amigo, que solía [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Chiara Scifi se inspiró en la figura de un tal Francisco que por aquel entonces andaba fundando su propia orden, y cuyos preceptos religiosos la inquietarían al punto de acabar desprendiéndose de todo en su vida para perseguir su causa apostólica. Fue tal la devoción y el interés que manifestaba por su amigo, que solía llamarse a sí misma como la “la humilde planta del bienaventurado Francisco.”</p>
<p>Clara nació en una familia rica. Su padre era un conde y su madre una aristócrata a la que caracterizaba su férrea creencia cristiana, por lo que era común que emprendiera peregrinaciones a Bari, Santiago de Compostela y a Tierra Santa. Supuestamente durante el embarazo la madre había tenido una revelación que le prometía el alumbramiento de una niña que habría de iluminar el mundo, y de allí que le escogiera el nombre de “Clara”.</p>
<p>La pequeña se criaría pues en un contexto bastante piadoso, alejada de los demás niños y al interior de un palacio que raras veces abandonaba, y desde muy niña empezaría a mostrar un fervor religioso que la llevaba a largas rutinas diarias de oraciones, las cuales solía contar por medio de piedritas, y así también manifestaba una devoción extrema a través de castigos, mortificándose con el uso de cilicios.</p>
<p>Esta niña no prometía la vida tradicional de la mujer de hogar, por lo que se negaría a contraer nupcias con el marido que sus padres le habían elegido, y puesto que lo suyo más parecía seguir a un tipo andrajoso que andaba de visita en Roma, fortaleciendo su propio movimiento religioso.</p>
<p>Clara se quedó prendada de la figura carismática de Francisco de Pietro de Bernardone, humilde revolucionario con autoridad pontificia para predicar a su manera y estilo la palabra de Cristo, y escuchándole sus filosofías desde un asiento en la iglesia de San Rufino la pequeña mística decidiría que su más sincera vocación sería la entrega absoluta a la voluntad de su Dios, comandada por el orador que tenía al frente.</p>
<p>La futura santa se le presentó a Francisco, quien ya había oído acerca de la devoción de Clara, y a quien aceptaría como a su compañera de batalla, señalando que era preciso “quitar del mundo malvado tan precioso botín para enriquecer con él a su divino Maestro.” Fue así como Francisco se convertiría para Clara en su mentor y guía y espiritual, a lo que el Papa Benedicto XVI comentaría años más tarde: “Para Clara, sobre todo al principio de su experiencia religiosa, Francisco de Asís no solo fue un maestro cuyas enseñanzas seguir, sino también un amigo fraterno.” Junto a su amigo, Clara expresaba libremente sus sentimientos, sus dolencias, temores y debilidades, y sin embargo ante sus novicias presentaba una actitud en firme, renovada, convencida, fortalecida por las palabras y la compañía de Francisco.</p>
<p>Después de pasado el Domingo de Ramos de 1212, la intrépida y decidida Clara emprendía un viaje clandestino con rumbo hacia la Porciúncula, que era una pequeña capilla que Francisco había adaptado en la parte trasera de Nuestra Señora de los Ángeles, y en donde un grupo de frailes con antorchas en mano esperaba por ella para celebrar el ritual de iniciación a la Orden franciscana. Clara había huido de su palacio para postrarse de rodillas ante el Cristo de San Damián y declarar un voto de renuncia al mundo y sus placeres, “por amor hacia el santísimo y amadísimo Niño envuelto en pañales y recostado sobre el pesebre.”</p>
<p>La recién iniciada prometió lealtad absoluta a su amigo Francisco. A continuación se despojó de sus prendas de niña rica y se vistió con un rústico sayal tejido de retazos, cambió su cinturón de joyas por un sencillo cordón, y una vez Francisco cortó su pelo rubio Clara pasaría a ser oficialmente una miembro de la Orden de los Hermanos Menores, siendo transferida al convento de las benedictinas de San Pablo para que desde allí comenzara su vida de apostolado. Sin embargo su estancia en dicho convento resultaría siendo pasajera, ya que al enterarse sus padres del paradero de su hija, la rebelde novicia emprendería un nuevo escape, esta vez con destino a la iglesia de San Ángel de Panzo.</p>
<p>Pese al descontento de su padre, su decisión de entregarse a una vida monástica sería muy pronto seguida por su hermana Inés, quien apenas seis días después también escaparía de casa para reunirse con Clara. Luego la seguiría su otra hermana, Beatriz, y años más tarde también su madre, Ortolana, entregaría los últimos años de su vida a la devoción cristiana recluyéndose en el convento de San Damián.</p>
<p>Francisco logró por medio de los camaldulenses del monte Subasio que no solo le donaran la Porciúncula sino que además le confirieran la iglesia de San Damián y su casa contigua, delegando en Clara la tarea de crear una pequeña comunidad y darle vida a su propio convento. Como abadesa del recinto, Clara de Asís pasaría los próximos 41 años de su vida al frente de este hogar, y hasta el día de su muerte.</p>
<p>La casa sirvió para acoger a cuatro mujeres que se hacían llamar Damas Pobres, y que luego serían conocidas como la segunda Orden franciscana o de las Hermanas Clarisas, constituida en rigor para acoger la vida monacal femenina en concordancia con las tareas y preceptos de sus hermanos franciscanos.</p>
<p>El convento de oración abrió sus puertas para que cada vez fueran más las interesadas en las labores de predicar la palabra del Señor, entregarse a tareas de caridad y oración, de trabajo desinteresado y alegre por los pobres y por la persecución espiritual de los valores cristianos. La única condición de aceptación era que la interesada a postulante tomara su decisión voluntaria de ceder todos sus bienes y posesiones a los pobres para entregarse de lleno a la causa franciscana.</p>
<p>Dado las reglas, Clara no podía recibir ayudas ni donaciones, valiéndose de las limosnas que las monjas mendigaban de puerta en puerta, y a quienes según se cuenta su abadesa daba la bienvenida besándoles los pies como un gesto de gratitud. Su empeño en despojarse de lo material llegó al punto de que el mismo Papa se molestaría cuando Clara se negó a recibir algunos bienes que el Santo Oficio quería conferirle a las Hermanas Clarisas. En un comunicado en el que Inocencio IV otorgaba a Clara y a su orden religiosa el “Privilegio de la pobreza”, y que según se dice firmaría <em>cum hilarite magna </em>(“riéndose de buena gana”), el Sumo Pontífice diría casi a regañadientes, rendido ante la terquedad de la monja: “Habéis renunciado a toda ambición de los bienes de este mundo… Las privaciones no os dan miedo… y os concedemos que nadie pueda forzaros a recibir bienes de este mundo…”</p>
<p>Una situación semejante había vivido unos años antes con el Papa Gregorio IX, quien de ninguna manera consiguió convencerla para que aceptara algunos bienes que tenía para ofrecerle, e incluso se atrevió a conminarla de que él como autoridad tenía la potestad de retirarle el voto de pobreza, a lo que Clara contestó: “Santísimo Padre, desatadme de mis pecados, mas no de la obligación de seguir a Nuestro Señor Jesucristo.”</p>
<p>Nunca abandonaría su estilo de visa austero, casi miserable. Dormía en un incómodo tablado con una almohada, pero luego le pareció que esto sería un lujo y se decantó por dormir sobre un jergón de paja, cubrirse con un pedazo de cuero y apoyar su cabeza en un cojín rústico.</p>
<p>Su modo de vida frugal lo patentaba en la mesura y templanza de su dieta, siendo común la práctica del ayuno, en donde durante tres días se alimentaba únicamente a base de pan y agua, y en cuanto al vestir asumió como su atuendo un camisón de cuero de cerdo.</p>
<p>Sus votos de obediencia y pobreza se evidenciaban en cada gesto cotidiano, como aquella de ser ella misma quien disponía de la mesa para servir a sus novicias, y era la encargada de ofrecer agua a estas para lavarles las manos, además de otros cuidados como velar sus sueños y arroparlas durante las noches.</p>
<p>Al interior de su convento los enfermos que Francisco le enviaba no solo encontraban regocijo sino que acababan por curarse de sus padecimientos, enfermedades y dolencias. La monja era un ejemplo vivo del latinismo que reza: <em>Ora et labura. </em>Incansable, Clara solía tener el trabajo manual como parte de sus responsabilidades de rutina, bordando generalmente prendas que eran enviadas a las iglesias de los resquicios más pobres de las regiones aledañas.</p>
<p>No se perdía misa, por más enferma que se encontrara, e incluso en ocasiones tuvieron que transportarla en una camilla y así mismo la acercarían al atrio para que recibiera la comunión. Tenía por costumbre rezar el “Oficio de la cruz”, que era el ruego famoso compuesto por Francisco. Se destacaba por invertir varias horas al día a la oración, hincada de rodillas ante el Crucifijo que años antes le había hablado a Francisco, y ante el cual solía reunirse una vez celebrado el último oficio del día y antes de irse a dormir. A la mañana siguiente, muy temprano, la monjita ya estaría con los preparativos de la jornada, encendiendo las luces y tocando las campanas de la iglesia para anunciar a las novicias la llegada del nuevo día.</p>
<p>En 1215 Francisco otorga oficialmente el título de abadesa a su fiel amiga, y ese mismo año la consagrada monja da a conocer el primer reglamento de vida religiosa para mujeres, un escrito que lograba apartarse de las reglas canónicas monásticas y que sería conocido como <em>Norma de vida para las hermanas, </em>contando con la aprobación del mismísimo Papa Inocencio III. Luego del nombramiento Francisco se desligó de la dirección general de ambas órdenes, cediéndole paso a Clara para que fuera ella quien se ocupara de lleno en la dirección general de su propia orden religiosa.</p>
<p>Son varias las anécdotas milagrosas que Clara se permitió en vida, como aquella de multiplicar al igual que Jesús la cantidad de los panes durante una cena, o aquella en la que el Papa visitó las instalaciones del convento de San Damián y antes de cenar le pidió a la religiosa que hiciera el favor de bendecir los alimentos, luego de lo cual en cada mendrugo de pan aparecería mágicamente la señal de la cruz.</p>
<p>Otra de sus leyendas cuenta de la invasión sarracena de 1240 que amenazaba la toma del convento de San Damián. Clara, quien se encontraba guardando reposo por sus múltiples enfermedades, pidió la llevaran a las puertas del monasterio y le alcanzaran el cáliz de plata en el que se reservaba el Santísimo Sacramento, y siendo esta su única arma, combatiría a los musulmanes a punta de plegarias y rezos. Se cuenta que del cáliz provino una voz aniñada que dijo: “Yo os guardaré siempre.” La defensa divina tuvo su efecto y los mahometanos se disuadieron incomprensiblemente de saquear el convento. Un año más tarde un evento similar volvería a repetirse, y en donde a la abadesa le bastaron los ruegos para que su convento quedara transformado en una especie de milagroso fortín ineluctable, y cuyo día se ha constituido para los asisienses como fiesta nacional.</p>
<p>Para 1253 el estado de salud de la abadesa se había deteriorado considerablemente. El Papa Inocencio IV se presentó en el convento de San Damián para conferir a Clara el sagrado sacramento de la unción de los enfermos, así como para reafirmar, y a “perpetuidad”, el derecho de ser y permanecer siempre pobre. Clara le pidió la absolviera de sus culpas y pecados, a lo que el Papa contestó: “Quiera yo, hija mía, que tenga yo tanta necesidad como tú de la indulgencia de Dios.” Al marcharse el Papa, Clara comentaría al grupo de monjas que la acompañaban: “Hijas mías, ahora más que nunca debemos dar gracias a Dios, porque, sobre recibirle a Él mismo en la sagrada hostia, he sido hallada digna de recibir la visita de su Vicario en la tierra.” En otra oportunidad el Papa la visitó de nuevo y su comentario al despedirla fue parecido: “Ojalá yo tuviera tan poquita necesidad de ser perdonado como la que tiene esta santa monjita.”</p>
<p>Serían casi 30 años de padecimientos los que estuvo soportando la adolorida monja, y a todo esto no le escuchaban quejarse, y se mantuvo bordando y orando hasta que le alcanzó el aliento. La futura santa solía insistir el lugar donde encontraba su valía para seguir persistiendo con alegría: “Desde que me dediqué a pensar y meditar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, ya los dolores y sufrimientos no me desaniman sino que me consuelan.” Nunca dejaría de recibir a obispos, cardenales y toda clase de religiosos y religiosas que acudían al convento de San Damián para pedirle su auxilio.</p>
<p>Inés se trasladó desde Florencia para velar por los cuidados que requería su hermana durante sus últimos días. Varias monjas se turnaban para hacerle compañía de manera permanente, en una agonía que la llevaría a dejar de comer durante dos semanas. Para ese momento ya su amigo Francisco había muerto, y serían tres de sus principales frailes, Junípero, Angel y León, quienes acompañarían a Clara leyéndole la Pasión de Jesús en sus últimos momentos.</p>
<p>Pese a encontrarse en las últimas, Clara parecía mantener un cierto vigor, hasta esa tarde en la que fijó la vista en la puerta de la habitación, por donde vio entrar un séquito de mujeres vestidas de blanco que escoltaban la figura luminosa de la Virgen María portando una corona. La Bienaventurada Madre de Dios se apartaría del coro de ángeles y abrazaría a la futura santa. Murió acompañada de sus hermanas, algunos frailes y monjas, y se comenta que alguien dijo: “Clara de nombre, clara en la vida y clarísima en la muerte.”</p>
<p>La voz corrió por todos los rincones de Asís. Acudieron peregrinos en masa, e incluso las tropas armadas asistieron para hacerle guardia a sus restos, y a la mañana siguiente el Papa en persona se había presentado con un par de cardenales. Todos ya discutían sobre los milagros de la santa, y el Papa no supo si celebrar una misa especial o si convenía seguir los requisitos de rigor, ya que parecía dispuesto a canonizar de inmediato a la religiosa porque así el pueblo lo proclamaba. Uno de sus obispos convenció al Sumo Pontífice que actuara con prudencia y no se precipitara en adelantar un proceso, que igual y dos años después lograría concretarse cuando el Papa Alejandro IV la declarara Santa oficial de la iglesia católica. Son muchos los monasterios e iglesias que llevan su nombre no solo en Italia sino alrededor del mundo, siendo venerada también por las iglesias anglicana y luterana.</p>
<p>Los restos mortales de Clara reposan en la cripta de la Basílica de Santa Clara de Asís, donde sería enterrada sujetando entre sus manos un lirio de metal. Como dato anecdótico, su hermana Inés no solo la siguió en su camino apostólico, sino que además moriría unos días después de la muerte de Clara.</p>
<p>Desde su velación empezó a popularizarse una oración que todavía hoy día se le dedica: “Verdaderamente santa, verdaderamente gloriosa, reina con los ángeles la que tanto honor recibe de hombres en la tierra. Intercede por nosotros ante Cristo, tú, que a tantos guiaste a la penitencia, a tantos a la vida.”</p>
<p>A la santa suele representársele en las pinturas con el hábito particular de las Hermanas clarisas: un velo negro y un sayal color marrón sujetado por un cinturón de tres nudos del que cuelga un rosario. A veces le hemos visto portando una mitra sobre su cabeza, y se le ha dibujado sosteniendo en la mano un báculo, o también el Santísimo con el que defendió sus dominios del ataque de los sarracenos. La flor del lirio, símbolo de pureza y virginidad, suele también asociarse con su figura, y aparece en el escudo de las clarisas combinándose con un báculo y formando juntos una cruz.</p>
<p>Popularmente se le considera patrona de los orfebres y de los clarividentes, y así también como del buen tiempo, por lo que existía la costumbre medieval de las novias que ofrecían un huevo a Santa Clara para que no lloviera el día de sus bodas.</p>
<p>Sin embargo su título oficial de patronaje por parte de la iglesia sería otro. En 1958 el Papa Pío XII nombró a Santa Clara de Asís como patrona de la televisión y de las telecomunicaciones. En la Carta Apostólica manifestó el apoyo de la iglesia a esta nueva tecnología moderna, recomendando su empleo para la divulgación del Evangelio, y declarando la necesidad de una patrona que sepa velar por su buen uso. La decisión de elegir a Clara obedece a la anécdota de aquella vez en que la religiosa, debido a sus dolencias, no pudo asistir a una misa con un motivo navideño. Se dice que Clara tuvo desde su cama una especie de visión en la que pudo estar como presente durante la celebración, sugiriendo una suerte de “televisión espiritual”, explicó el pontífice.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 15 Sep 2023 05:45:32 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Santa Clara de Asís (1194-1253) ]]></media:description>
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        <title>Lolita (1955)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Es todavía una niña, pero ya despierta el encanto, la fascinación y el poderío atrayente de toda una mujer. Será la ingenuidad de su mirada pícara, o sus senos ya desarrollados, o tal vez la agudeza de su intelecto, pero todo en ella la hace parecer una mujer íntegra, adulta… Sin embargo no es así, [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Es todavía una niña, pero ya despierta el encanto, la fascinación y el poderío atrayente de toda una mujer. Será la ingenuidad de su mirada pícara, o sus senos ya desarrollados, o tal vez la agudeza de su intelecto, pero todo en ella la hace parecer una mujer íntegra, adulta… Sin embargo no es así, y de muchas formas Lolita no dejará tampoco de ser una niñita, y es quizás esta mezcla genuina de inocencia y sensualidad la que enloquece a algunos hombres mayores que no pueden resistirse a su embrujo. Es el caso de Humbert Humbert, seudónimo empleado por un profesor inglés de literatura francesa de 40 años, que desde la prisión redacta sus memorias para explicar cómo fue que llegó a estar en esa cárcel, y antes de morir de una trombosis coronaria le compartirá a su psicólogo John Ray, Jr. aquel escrito que detalla sus tribulaciones y que tituló <em>Lolita o la confesión de un viudo blanco. </em>Humbert alquila una habitación a la viuda Charlotte Haze, quien vive de rentar algunos cuartos disponibles en su casa, y que vela por la crianza de su hija Dolores, una mujercita exultante de gracia y belleza que apenas llega a la edad de los 12 años. Humbert es proclive por naturaleza a desatar una pasión sexual por las menores, una pedofilia a la que no podrá evadirse toda vez conozca a la intrépida y coqueta muchachita que será entonces su perdición, su obsesión y delirio. Tanto es así que el profesor se las arreglará para enamorar a la madre y hasta casarse con ella, únicamente con el afán de permanecer lo más cerca posible de aquello que fuera su verdadero deseo: poseer a Dolores. Durante un paseo de campo Lolita conocerá a Clare Quilty, con quien tendrá su primer encuentro sexual, y que luego reaparecerá en su vida cuando más lo necesite. Al regresar a casa su madre ha muerto, y en adelante será el profesor quien se hará cargo de la menor, emprendiendo un largo peregrinar por distintos rincones de Estados Unidos, pasando las noches en albergues de mala muerte y sin permitirle a la joven la posibilidad de ingresar a una escuela. En una situación de extrema necesidad, Lolita no tendrá más remedio que obedecerle a ese hombre mayor que no sólo parece su padre sino también su amante, como en una especie de relación incestuosa de la que no puede escapar. Durante dos años Humbert mantendrá un vínculo emocional con su Lolita, y así también llevarán una intensa vida sexual a la que Lolita no encuentra cómo negársele. Cada vez que ella intenta dejar a Humbert, éste la amenaza con enviarla a una correccional en donde según él pasará hasta el último de sus días. Finalmente Clare Quilty regresará para ayudarla a escapar, y juntos se mudarán a Alaska, para establecerse en una nueva vida donde nadie conozca de su pasado. La joven Dolores comienza a trabajar como mesera de un restaurante, y es allí en donde conoce a quien se convertirá en su esposo, el señor Richard Schiller. A sus 17 años Lolita tendrá un reencuentro con Humbert. Éste venía buscándola desde hacía un tiempo porque tenía planes de recuperarla en su vida, reiniciar su aventura de amor, pero ella se encuentra embarazada y lo que menos le interesa es volver a su vida pasada al lado de ese hombre. Humbert desea saber de todas formas quién fue la persona con la que huyó años atrás, y Lolita no tiene reparos en afirmarle que en efecto se trató de Clare Quilty. Cegado por los celos, Humbert asesina al amante de su idílica musa, y es así como acabará confinado tras las rejas. La historia de Lolita acabará en tragedia cuando ésta dé a luz un niño que no pudo alumbrar, el día en que celebramos la Navidad, y unas horas después también a ella se le apagará la vida. Para 1953, tras cinco años de estar escribiendo las desventuras de la joven seductora, Vladimir Nabokov presentó su novela bajo un seudónimo, pero sus manuscritos serían rechazados una y otra vez. Después de varias negativas el autor consigue que en 1955 una casa editorial parisina de literatura erótica le publicara su novela. La editorial tenía una reputación de publicar contenidos pornográficos, y la novela <em>Lolita </em>sería calificada como la relación sexual de un “depravado” con su hijastra. El mismo Nabokov describe a su personaje principal como “una persona odiosa”. El nombre del autor apareció en la portada, y el libro contaría con la censura de ingleses y franceses que prohibieron su difusión y venta. Para 1958 aparece por primera vez en Estados Unidos, y nueve años más tarde el propio autor traduce su obra al ruso para publicarla en el idioma de su país de origen. Nacionalizado estadounidense, Nabokov describió una trama que para muchos se trata de una obra maestra de la literatura universal contemporánea, atreviéndose a encarnar el romanticismo y el erotismo en medio de una relación pecaminosa, indagando en los valores morales de la sociedad y en las patologías humanas de todos los tiempos. A pesar de que <em>Lolita </em>es su obra más conocida, Nabokov publicó diecinueve novelas, en las cuales seis de ellas tendrán cierta relación con el asunto de la sexualidad manifestada a temprana edad. Podría ser que esta historia de Dolores Haze se vio influenciada por el secuestro de una niña de unos 11 años, de la cual el escritor habría tenido noticia; un hombre de mediana edad que se enamoró de esta niña hasta el punto de llegar a secuestrarla. Fuera como sea, Lolita empezaría a tomar protagonismo en la cultura universal como aquella niña imposible de evadir. En 1962 la novela fue adaptada al cine por el propio Nabokov, y su realizador Stanley Kubrick tendría que rodar su película eligiendo a una niña un poco mayor que la sugerida por el libro, evitando así los esperados escándalos. Así mismo fue y sigue siendo escandalosa la novela de este autor, que por medio de las palabras construyó un personaje que existe en cada sitio, una niña que, sin dejar de serlo, cuenta desde su adolescencia con las facultades propias de una mujer letal.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 16 Jul 2021 08:03:00 +0000</pubDate>
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