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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Sun, 31 May 2026 12:13:27 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de Museo de Arte Moderno | Blogs El Espectador</title>
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        <item>
        <title>La memoria petrificada de un pensamiento titánico: Roberto Pizano Restrepo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-conspiracion-del-olvido/la-memoria-petrificada-de-un-pensamiento-titanico-roberto-pizano-restrepo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Entre yesos petrificados, archivos olvidados y travesías transatlánticas, emerge la figura casi mítica de Roberto Pizano Restrepo: el artista que soñó con traer la memoria estética de Europa al corazón de Colombia. Este artículo recorre su vida, su legado y la sorprendente red genealógica que une arte, política, espiritualidad y nación, en una historia donde el pasado se resiste a morir y el arte conspira contra el olvido.</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Por Ramón García Piment y Claudia Patricia Romero</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Cuántas historias pueden contarse?, ¿cuántas merecen la pena ser recordadas?… Creemos que todas poseen valor. La humanidad es como una gigantesca biblioteca en la que cada ser es un libro único, con recorridos, perspectivas y trasegares distintos. Hay quienes pretenden encasillarnos en estigmas regionales, nacionales o culturales; sin embargo, algunos sentimos más cercanía con seres del otro lado del planeta que con aquellos con quienes convivimos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Algunos han logrado trascender su historia, publicar el libro de su vida y conspirar contra el olvido; mientras otros la han perdido en el gabinete del tiempo, hasta que los arqueólogos de la memoria se atreven a contemplar aquello interesante que, por alguna razón, fue desechado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un recorrido por algunos edificios centenarios colombianos podemos encontrar obras de arte de una talla extraordinaria, capaces de llamar la atención de quienes perciben el aura o la “densidad luminosa” que atrae, de manera hipnotizante y sensorial, hacia esos yesos petrificados ante el paso de los años. Con ellos permanece encostrada la historia de su creador: un personaje místico, oculto y extraño, dotado de visión y arrojo; altamente reconocido en el medio artístico, pero casi desconocido para los nacionales: Roberto de las Mercedes Pizano Restrepo.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="800" height="381" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18132339/20260515_035718000_iOS.jpg" alt="" class="wp-image-129275" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18132339/20260515_035718000_iOS.jpg 800w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18132339/20260515_035718000_iOS-300x143.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18132339/20260515_035718000_iOS-768x366.jpg 768w" sizes="(max-width: 800px) 100vw, 800px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Este retratista, pintor y amante de los paisajes logró trascender en su época con paso firme y voluntad avasalladora, superando los estándares del arte incipiente colombiano que se esforzaba por alcanzar frutos de talla mundial. Sin embargo, sus luchas por amar el arte por encima de su propia vida, así como su inclinación por los lujos de la sociedad bogotana de la posguerra del siglo XIX, fueron deteriorándolo hasta extinguirlo prematuramente, antes de alcanzar el culmen de sus sueños. Murió a los 32 años, en 1929, en su casa de campo “Servitá”, al norte de Bogotá. Su tránsito por la vida estuvo guiado por una mirada inovadora con la que escribió un legado indeleble para la historia del arte de un país que, con demasiada frecuencia, parece empeñado en olvidar su pasado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inserción de Pizano en la memoria colectiva se consolidó a partir de un proyecto concebido desde la exploración de la visión artística mundial, su introducción en círculos sociales y políticos determinantes para la toma de decisiones nacionales, y la audacia de proponer ideas al gobierno en un momento crucial. Con tal propósito, viajó a los 21 años a España para estudiar artes en la Academia de San Fernando, y recorrió Francia e Italia en busca del perfeccionamiento de su identidad artística. El hilo que lo mantenía unido al país lo trajo de regreso en 1921: se casó con María de Brigard Ortiz, fue profesor de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional y recopiló como ninguno, su información sobre el artista colonial Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img decoding="async" width="600" height="362" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18132338/20260515_034951000_iOS-1.jpg" alt="" class="wp-image-129274" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18132338/20260515_034951000_iOS-1.jpg 600w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18132338/20260515_034951000_iOS-1-300x181.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">En 1923 regresó a Europa, donde se concentró en concluir y publicar el libro sobre Vásquez de Arce, mientras trabajaba en el taller del director del Museo del Prado en España, Fernando Álvarez de Sotomayor, y fortalecía su enfoque artístico en París, en L’École Nationale Supérieure des Beaux-Arts. Fue precisamente en aquellos recorridos por edificaciones parisinas dedicadas al arte, como el palacio de estudios construido por Félix Duban, conocido como “La Cour vitrée”, &nbsp;donde se produjo un punto de inflexión: una luz que permitió vislumbrar el destino de su trabajo terrenal. Lo expresó él mismo:</p>



<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p>“Para adquirir un carácter nacional definido y fuerte, es preciso mirar al pasado, enseñar a los jóvenes a estudiar y conocer la obra de sus predecesores, para transmitirles así la energía y el pensamiento de estos, condición indispensable para que pueda proseguirse”.</p></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Así surgió la idea pedagógica de llevar las obras clásicas de Europa a los estudiantes de la incipiente escuela de artes bogotana. Pizano se preguntaba cómo concretar sus aspiraciones en un país que apenas salía de convulsiones y tormentos políticos. Al mismo tiempo, fortalecía una mirada conservadora del arte académico en un mundo que respiraba nuevos aires de vanguardia, revolución social e industrial, negando los cánones clásicos de belleza. Su perspectiva, joven y aguda, lo llevó a inclinarse por lo definido y a no zambullirse en un universo aún inexplorado.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="676" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18005112/La-Cour-Vitree-676x1024.png" alt="" class="wp-image-129250" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18005112/La-Cour-Vitree-676x1024.png 676w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18005112/La-Cour-Vitree-198x300.png 198w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18005112/La-Cour-Vitree.png 745w" sizes="(max-width: 676px) 100vw, 676px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Podemos imaginar las tertulias parisinas de Pizano con amigos como José Medina y el antioqueño Roberto Pinto Valderrama, director de <em>Le Journal des Nations Américaines</em> y jefe de la oficina de información colombiana en Francia, donde se confabularon las estrategias para traer el arte clásico a Colombia. Fue entonces cuando Roberto Pizano lanzó un dardo intelectual a la sociedad capitalina, al publicar un artículo en un diario bogotano denunciando la necesidad de espacios dignos para la enseñanza de las artes, semejantes a los que había conocido en España y Francia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El dardo dio en el blanco. En el Congreso de la República se debatía la precaria y humillante manera en que estudiaban los futuros artistas colombianos, al aire libre, en el Parque de la Independencia. La presión de la élite colombiana ante la publicación de Pizano, miembro de la Academia Colombiana de Historia y artista reconocido, fue tan contundente que el ministro de Instrucción Pública le envió un telegrama ofreciéndole la rectoría de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su intrépida respuesta no se hizo esperar. Puso dos condiciones al gobierno: apoyo irrestricto para adecuar un espacio digno y suficiente para albergar la Escuela de Bellas Artes del país, y la dotación de los “materiales esenciales” para su correcto funcionamiento. Posiblemente los dirigentes vieron con desfachatez la firmeza de sus exigencias y no alcanzaron a dimensionar que aquello significaría la conformación de bienes artísticos de valor centenario para la nación, destinados a convertirse en patrimonio cultural nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El gobierno, encabezado por Miguel Abadía Méndez, plasmó su decisión mediante el Decreto 898 de mayo de 1927, por medio del cual se le asignaban 23.827 pesos para la compra de materiales que Pizano considerara convenientes y 600 pesos de viáticos para su retorno al país. Era dinero proveniente de la indemnización por el canal de Panamá.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los documentos históricos se transforman en experiencias sensoriales que transmiten la pasión desbordada de esta lúcida fábrica del conocimiento orquestada en la mente de Pizano, al solicitarle al Estado colombiano que le permitiera “<em>permanecer en Europa hasta terminar de elegir la totalidad de las obras, haberlas comprado y despachado él mismo para Bogotá con el fin de impedir cualquier demora o error perjudicial</em>”.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="770" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131905/20260515_035826000_iOS-770x1024.jpg" alt="" class="wp-image-129270" style="aspect-ratio:0.7519612450742923;width:454px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131905/20260515_035826000_iOS-770x1024.jpg 770w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131905/20260515_035826000_iOS-226x300.jpg 226w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131905/20260515_035826000_iOS-768x1021.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131905/20260515_035826000_iOS.jpg 828w" sizes="auto, (max-width: 770px) 100vw, 770px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Resulta fácil imaginar la satisfacción y el enorme trabajo que debió representar para este artista la posibilidad real de adquirir réplicas de las obras de arte más representativas y seleccionar la colección que habrían de contemplar sus conciudadanos. Escogió piezas provenientes del Louvre, el Museo Británico, gliptotecas y otras instituciones de Grecia e Italia. Sabemos, gracias a los registros de archivo, que entre mayo y septiembre de 1927 Roberto Pizano seleccionó y compró cuidadosamente 242 yesos de alta calidad y precisión respecto a los originales, relacionados con el arte egipcio, asirio, persa, caldeo, griego y romano; así como con el arte gótico, renacentista, barroco, manierista, neoclásico, romántico y moderno.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="474" height="800" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131908/20260518_170252267_iOS.jpg" alt="" class="wp-image-129272" style="aspect-ratio:0.5925107088572613;width:345px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131908/20260518_170252267_iOS.jpg 474w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131908/20260518_170252267_iOS-178x300.jpg 178w" sizes="auto, (max-width: 474px) 100vw, 474px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Asimismo, reunió una colección de grabados y calcografías provenientes de museos de Berlín, París, Londres y Madrid, conformada por 1.653 piezas de artistas como Jacques Callot, Rembrandt, Giovanni Battista Piranesi, Hyacinthe Rigaud y Alberto Durero.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="936" height="892" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131901/salida-puerto-1.png" alt="" class="wp-image-129268" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131901/salida-puerto-1.png 936w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131901/salida-puerto-1-300x286.png 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131901/salida-puerto-1-768x732.png 768w" sizes="auto, (max-width: 936px) 100vw, 936px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">La travesía de esta experiencia artística única comenzó en los muelles del Port Autonome du Havre, en la desembocadura del río Sena, en Normandía; también en los puertos de Hamburgo, desde donde partía el vapor <em>Venezuela</em> por el río Elba con cargamentos de la casa E. A. Seemann, desde Leipzig; y en otros muelles de Italia y Liverpool, con el vapor <em>P. de Latouche</em>. Los vapores coincidían en un viaje de tres meses hasta el muelle de Puerto Colombia, en Barranquilla, considerado en 1888 como el segundo más largo del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este punto, el maestro Pizano, quien para ese entonces fungía sin posesionarse, como director de la Escuela de Bellas Artes, enfrentó dificultades administrativas derivadas de los engorrosos trámites impuestos por el Ministerio de Hacienda y Crédito Público a través de la sección de encomiendas postales del exterior, especialmente en lo relativo a la exención de paquetes postales. Otro suplicio surgió con el transporte fluvial por el río Magdalena, donde champanes y vapores como el <em>Atlántico</em>, el <em>Bomboná</em> o el <em>Amazonas</em> trasladaban las enormes cajas de madera hasta Honda, Beltrán y Girardot. Allí eran revisadas nuevamente por inspectores fluviales antes de ser cargadas en los vagones del tren que finalmente las conducirían hasta la Estación de la Sabana, en Bogotá. Los cargamentos arribaron de manera escalonada durante todo 1928, e incluso algunos llegaron tardíamente en 1929.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="800" height="600" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18132342/Rio-magdalena.png" alt="" class="wp-image-129276" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18132342/Rio-magdalena.png 800w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18132342/Rio-magdalena-300x225.png 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18132342/Rio-magdalena-768x576.png 768w" sizes="auto, (max-width: 800px) 100vw, 800px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">En uno de aquellos vapores viajó Pizano junto con su esposa y sus dos hijos, uno de ellos sería años después cofundador de la Universidad de los Andes y gestor del plan urbano de Bogotá ideado por Le Corbusier. Tocaron suelo colombiano el 26 de diciembre de 1927 y siguieron la misma travesía hasta el interior del país, donde logró posesionarse como director el 5 de enero de 1928.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="403" height="800" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131907/20260518_165959782_iOS.jpg" alt="" class="wp-image-129271" style="aspect-ratio:0.5037678131761546;width:354px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131907/20260518_165959782_iOS.jpg 403w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131907/20260518_165959782_iOS-151x300.jpg 151w" sizes="auto, (max-width: 403px) 100vw, 403px" /></figure>



<div class="wp-block-group is-nowrap is-layout-flex wp-container-core-group-is-layout-f56f613f wp-block-group-is-layout-flex">
<p class="wp-block-paragraph">Con el entusiasmo intacto, Roberto Pizano instaló las oficinas y salones de la Escuela de Bellas Artes en la antigua casona de Miguel Antonio Caro, fundador de la Academia Colombiana de la Lengua, ubicada en la estratégica esquina de la carrera séptima con calle 19. La construcción, diseñada por Pietro Cantini y Carlos Camargo Quiñónez, contaba temporalmente con las condiciones espaciales necesarias para el estudio de las bellas artes. Entre tanto, la colección mundial llegaba al Colegio de San Bartolomé, donde era ubicada en el salón de grados para su revisión y restauración, a cargo del español nacionalizado en Colombia Ramón Barba.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
</div>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">Dentro de los propósitos de Roberto Pizano no estaba previsto que el destino, en ocasiones, juega con la fragilidad de la vida. De manera repentina apareció una extraña enfermedad que apagó rápidamente su vigor y, con él, la esperanza de sus discípulos, de los intelectuales y de toda una sociedad que creyó en un palacio inundado de arte y terminó enfrentándose al dolor de un sarcófago aquel 9 de abril.</p>



<figure class="wp-block-image size-full is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="567" height="480" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18130328/Roberto-Pizano-low.jpg" alt="" class="wp-image-129267" style="aspect-ratio:1.185287277112585;width:610px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18130328/Roberto-Pizano-low.jpg 567w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18130328/Roberto-Pizano-low-300x254.jpg 300w" sizes="auto, (max-width: 567px) 100vw, 567px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Fue necesario un año entero para que la nación asimilara la derrota ante su muerte. El 9 de abril de 1930 se abrió finalmente la anhelada sala de exposiciones artísticas en Bogotá. Entretanto, seguían llegando comunicaciones de agentes de aduana reclamando innumerables encomiendas que, al parecer, continuaban arribando desde el Olimpo, resonando como campanas en los deudos oficiales de la titánica labor del maestro. Los años transcurrieron sin que esfuerzo posterior alguno lograra completar el sueño que Roberto Pizano alcanzó apenas a rozar con las manos: su edificación digna aún está por verse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy, casi un siglo después de su partida, los bajorrelieves y esculturas de la “Colección Pizano”, dispersos en espacios prestados, llenan de una pasión casi sacra a quienes hemos tenido el privilegio de contemplarlos en la biblioteca, el Museo de Arte Moderno y la hemeroteca de la Universidad Nacional de Colombia. Cada pieza pétrea, inmóvil pero vibrante, narra no solo la labor de su creador desde una mirada pedagógica e histórica, sino también el pasado estético de la humanidad. Sin embargo, la memoria colectiva parece desvanecerse cuando no conspira contra el olvido. Roberto Pizano lo sabía; por ello escribió lapidariamente en el prólogo de su libro sobre Vásquez de Arce y Ceballos:</p>



<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p>&#8220;Con razón debería gloriarse nuestra patria de los artistas que han florecido en su suelo, y, sin embargo, no son en general apreciados como lo merecen. Si se trata de los que en antaño vivieron, su historia está aún por escribir, y sus nombres se van desvaneciendo&#8221;</p><cite>Roberto Pizano Restrepo</cite></blockquote></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el destino, y también la gracia divina, suele transitar por caminos insospechados, tejiendo artilugios invisibles para mantener viva la llama del pasado, esa que jamás debería extinguirse. Así, en medio de una búsqueda genealógica que parecía apenas un ejercicio de fechas, nombres y parentescos, las familias Pizano y De Brigard comenzaron a escudriñar los pliegues de un árbol familiar vasto y frondoso, poblado de personajes cuya sola evocación parece recorrer la historia republicana de Colombia: religiosos de hondura espiritual, artistas, políticos, intelectuales y empresarios que dejaron huella en la construcción del país.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="493" height="800" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131908/20260518_170441161_iOS.jpg" alt="" class="wp-image-129273" style="aspect-ratio:0.6162570888468809;width:306px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131908/20260518_170441161_iOS.jpg 493w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18131908/20260518_170441161_iOS-185x300.jpg 185w" sizes="auto, (max-width: 493px) 100vw, 493px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">De esa búsqueda del pasado podemos encontrar que, en los albores de la República, cuando la Sabana de Bogotá aún conservaba el aliento de la colonia y el eco de las guerras de independencia, la estirpe Sordo, de origen peninsular y arraigada entre comerciantes y hacendados, se entrelazó con la sangre de los Girardot, de ascendencia francesa. De aquellas uniones surgirían alianzas destinadas a prolongarse a través de generaciones como un río de memoria que nunca deja de correr. <em>(De la familia Sordo Girardot, hemos escrito el articulo: <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-conspiracion-del-olvido/el-nacimiento-del-sistema-financiero-y-economico-colombiano/">El nacimiento del sistema financiero y económico colombiano</a> )</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue entonces cuando apareció la figura casi novelesca de Juan de Brigard y Dombrowsky, militar nacido en Varsovia, sobreviviente de las guerras napoleónicas, quien llegó a Colombia cargando consigo el polvo de Europa y el espíritu errante de los viejos imperios. Su unión, en 1824, con Benita María Josefa Sordo García, descendiente de una poderosa familia de comerciantes bogotanos, dio origen a la estirpe De Brigard Sordo, una rama familiar en la que se amalgamaron el rigor europeo, la sensibilidad intelectual y el arraigo criollo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De aquella casa solariega nació, entre otros, Luis de Brigard Sordo, quien al unirse con María Josefa Ortiz daría paso a una generación profundamente ligada al destino cultural y espiritual del país. Entre sus hijos estuvieron María de Brigard Ortiz, destinada a cruzar su vida con la del artista Roberto Pizano Restrepo, y Monseñor Emilio de Brigard Ortiz, una de las figuras eclesiásticas más queridas e influyentes de Bogotá.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La unión entre Roberto Pizano Restrepo y María de Brigard Ortiz representó mucho más que un matrimonio: fue el encuentro simbólico entre la sensibilidad artística y una genealogía moldeada por la política, la fe y la educación republicana. De ese cruce nacieron herederos que prolongaron la vocación intelectual de la familia, de quien mencionamos anteriormente, Francisco Pizano de Brigard, arquitecto, político y cofundador de la Universidad de los Andes, institución de la que también fue rector y decano; o Helena Pizano de Brigard, cuya descendencia enlazaría con figuras determinantes de la vida nacional como Daniel Samper Pizano y el expresidente de Colombia Ernesto Samper Pizano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las ramas de este árbol familiar continúan extendiéndose hasta el presente, como raíces antiguas que se niegan a morir bajo la tierra del olvido. Allí aparece Carmen Pizano, heredera contemporánea de este linaje, depositaria no solo de un apellido, sino también de una memoria cultural, arquitectónica y espiritual que atraviesa generaciones enteras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y fue precisamente a través de un encuentro furtivo en este año con Carmen Pizano, casi como si la historia hubiese decidido abrir discretamente una puerta olvidada, que volvió a encender el llamado de la memoria. Aquel diálogo nos permitió comprender que el pasado no desaparece: permanece latente, aguardando a quienes estén dispuestos a escucharlo. Gracias a ese inesperado cruce de caminos, la figura titánica del maestro Roberto Pizano Restrepo volvió a levantarse sobre el pedestal de la memoria pétrea, reclamando el lugar que merece en la historia nacional: una historia que debe ser contada, recordada y profundamente apropiada por quienes aún creemos que el arte también puede salvar del olvido a nuestra nación.</p>
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        <author>Ramón García Piment</author>
                    <category>La conspiración del olvido</category>
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        <pubDate>Mon, 18 May 2026 18:43:28 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La memoria petrificada de un pensamiento titánico: Roberto Pizano Restrepo]]></media:description>
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        <title>Elizabeth &amp;#8220;Lee&amp;#8221; Miller (1907-1977)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Aventurera y desafiante, así podríamos definir a una mujer que no vaciló ante el peligro, y, antes bien, lo encaraba con la ferocidad de un soldado experto, no temiendo entrometerse en el lugar más prohibido. Su fascinación por rebelarse sería según parece una cuestión de temperamento. A los 7 años, embelesada con los trencitos de juguete de su hermano, decidió escapar de la custodia de sus padres para comprobar con sus propios ojos cómo operaban los trenes de verdad, luego de lo cual sus padres tuvieron que rescatar a su extraviada pequeña en la estación ferroviaria. Elizabeth, más conocida como “Lee”, nació a las laderas del río Hudson, a unos 140 kilómetros de New York, en una familia que había heredado el interés por las manualidades y las artesanías. A su abuelo se le recuerda por haber enladrillado el centro educativo de artes, el Antioch College, colocando cada día un promedio de unos siete mil ladrillos. Su tío oficiaba como editor de <em>American Machinist, </em>una revista dedicada a la mecánica, y así también su padre, Theodore, de ascendencia alemana, y quien ostentaba un título en ingeniería mecánica y era un aficionado a la fotografía, además de un experto apasionado en el diseño de curiosos artilugios. De pensamiento liberal, el padre inculcó a sus hijos una vida sin mayores principios, siendo su ejemplo el de un hombre infiel y poco creyente en las religiones. Les decía: “Pueden hacer lo que les apetezca, siempre que no hagan daño a nadie.” Elizabeth creció en un entorno campestre, disfrutando con sus dos hermanos de la casita del árbol que su padre les había diseñado, imitando las técnicas de fotografía e intentando ella misma inventar nuevos e ingeniosos adminículos. Y aunque se confesara poco hábil para las manualidades, lo cierto es que Lee desde muy pequeña desestimaría las muñecas y el bordado y se vería cautivada y familiarizada con las cámaras y la fotografía. “No soy muy hábil con las manos. Soy buena con un destornillador, puedo desmontar una cámara. Pero, ¿coser un botón? Podría ponerme a gritar”, comentaría años más tarde. Su madre, Florence, temía que su hija era un poco “masculina” y que pudiera convertirse en un “chicazo”, siendo que ella quería precisamente a una muñeca, a una niña ejemplar, e incluso sería por ello que cortó el pelo de uno de sus hijos con el estilo de peinado clásico de mujer. Por su parte el padre respondió cortándole el cabello a Lee con un corte varonil. Aproximadamente a los 8 años, Lee quedó una tarde bajo el cuidado de un tipo cercano a la familia y que acabaría abusando sexualmente de la pequeña, contagiándola de gonorrea, y generándole un trauma del que según parece no se pudo reponer nunca. Desde entonces no dejó de sentirse sucia y solía bañarse varias veces al día, se convirtió en una niña irritable, avergonzada, temerosa, solitaria. Padecía ataques de ira en los que destrozaba sus pertenencias, y debido a su conducta rebelde, sería varias veces expulsada de la escuela. Lee recibió tratamiento psicológico, pero sería tal vez la práctica inusual de su padre lo que logró mitigar un poco la vergüenza de su hija, y explorar con libertad su propio cuerpo. Tan liberal era su padre, que utilizó a Lee como modelo para fotografiarla desnuda empleando la técnica estereoscópica, conservándose una de tantas fotos en la que podemos apreciar a la pequeña Lee posando sobre la nieve y vistiendo apenas su par de botas, mientras recoge sus brazos en un intento por apaciguar el frío. Tal vez estas experiencias de exposición lograron destrabar en parte los complejos de Lee, ayudarla a superar sus traumas, desnudar sus temores, y de paso revelar en ella su vocación predestinada: la de fotógrafa. Pese a lo inquietante que pueda parecer esta práctica con su hija, Theodore sería siempre para ella “el hombre más querido y en el que más confiaba”, confesó muchos años después. En adelante comenzaría un proceso de recuperación. Empezó a interactuar con otras niñas, se interesó por la cocina, el piano, la danza, y en general por el mundo de las artes escénicas. La fotografía pudo haberla salvado. A sus 10 años visitó el teatro con su madre, y fue entonces cuando entendió que lo suyo era el protagonismo, destacarse, ser reconocida, consagrarse como el centro de atención. A los 17 años mostraba un cierto descontento por su vida y confiesa haber tenido algunos pensamientos suicidas, pero justo coincidió con un viaje que la familia decide realizar por Europa. Sería en París donde Lee podría respirar el ambiente bohemio que tanto la sedujo por sentirse identificada. Disfrutó ver la cotidianidad de las prostitutas y quedó impregnada del ambiente artístico de la capital francesa, por lo que sus padres decidieron matricularla en una escuela de teatro, ya que lo de ella no parecía ser la academia formal. Pero poco tiempo después de iniciado el curso teatral, la joven Lee se dejó conquistar por el consumado mujeriego que era el director de la escuela, y una vez enterado del amorío, el padre mandaría traer de regreso a la díscola de su hija. Para 1927, a sus 20 años, ya Lee se había convertido en un mujerón de esas que impactan por su belleza. Alta y alargada, de un pelo rubio y abundante, de ojos vibrantes, claros y saltones, nariz ancha, arquetipo del ideal de los años veinte, y con ese rostro expresivo que cautivaría cualquier día a un hombre que, según la leyenda, la salvaría de sufrir un accidente de tránsito. “¿Te interesaría trabajar como modelo?” Fue lo que atinó a preguntar aquel ángel guardián, Condé Nast, y quien también fuera editor de <em>Vanity Fair </em>y de <em>New Yorker, </em>además del fundador de la prestigiosa revista <em>Vogue. </em>Ese mismo año Elizabeth Lee Miller aparecería en la portada de la revista <em>Vogue, </em>y durante los siguientes dos años su imagen sería una de las más cotizadas y requeridas por fotógrafos, publicistas y por todo el entorno del modelaje, trabajando junto a los más prestantes y reconocidos del gremio. Pero su carrera como modelo llegaría a su fin luego de que se valieran de su imagen para publicitar unas compresas para la higiene menstrual, lo cual era inédito en los medios propagandísticos, y por lo cual la modelo sería condenada como una desvergonzada. De cualquier forma Lee supo reponerse y emprender un nuevo rumbo, y esos caminos la llevarían de nuevo a mudarse a territorios galos, con el firme interés de hacerse conocer entre los artistas de vanguardia y especialmente dentro del movimiento surrealista. “Prefiero tomar una foto que ser fotografiada”, decía Lee, convencida de su propósito de convertirse en fotógrafa profesional. Corría el año de 1929 cuando la intrépida Lee se le presentó al afamado Man Ray en el cafetín <em>Le bateau ivre. </em>Así lo recuerda su protagonista: “En aquel tiempo estaba en París, así que me acerqué a él y le dije: ‘Hola, soy tu nueva alumna y aprendiz.’ Él respondió: ‘Yo no tengo alumnos ni aprendices.’ Y yo le dije: ‘Ahora sí.’” Ella tenía 24 años y él 40, y a partir de ese saludo el pintor haría parte de su vida a esa joven mujer por la que entonces abandonaría a su esposa. “Me marcho de vacaciones a Biarritz”, le dijo Man Ray. “Yo también”, le respondió su amante. Fue entonces cuando comenzó una relación en la que Miller serviría como fuente de inspiración artística: musa y pupila, el cuerpo y la imagen toda de Lee quedaría retratada en pinturas y en fotografías que hicieron parte de una obra de tinte surrealista. Se recuerda la foto que captura el <em>derriere </em>desnudo de la modelo y que tituló <em>La prière </em>(La que reza). Debido a una casualidad, Miller descubrió la técnica conocida como “solarización”, donde las zonas oscuras se revelan como zonas iluminadas y viceversa, con un borde luminoso que define las zonas de contraste, y que el afamado artista ayudaría a desarrollar, y aunque poco crédito le haya dado a su compañera. Lo cierto es que parte de la producción fotográfica atribuida a Ray, fue realmente el trabajo clandestino de Miller, y quien estaba más interesada en aprender de su mentor y darle un espacio para que éste pudiera dedicarse más tiempo a la pintura. Una vez logrado cierto renombre, Miller abre su propio estudio, y es a partir de entonces cuando empezará a codearse con los más célebres del momento, como es el caso de Dora Maar, Salvador Dalí, Joan Miró, Max Ernst, Pablo Picasso (quien la retrataría por lo menos siete veces), y también Jean Cocteau, quien apenas la conoció le propuso interpretara a una estatua que cobra vida en su película de 1930 titulada <em>La sangre de un poeta</em>. Lee pasa a formar parte del movimiento surrealista, y su propuesta es la fotografía de imágenes simbólicas e hilarantes y en donde solía valerse de la técnica de la “solarización”. En 1932 pone un punto final a su relación con Man Ray y regresa a New York para establecer un estudio junto a su hermano Erik. Para ese año la veremos exponiendo en la Galería Julien Levy de New York, y un año después realizará otra exposición en la misma galería, pero esta vez con una presentación en solitario. En 1934 contrajo matrimonio con el ingeniero egipcio Aziz Eloui Bey, a quien conoció cuando éste realizaba un viaje de negocios a New York, y por quien acabó dejando todas sus empresas y proyectos personales para mudarse junto a él a la ciudad de El Cairo. La consumada fotógrafa no desaprovecharía su tiempo para tirar una que otra fotografía del contexto social cairota, o para captar la esencia de un paisaje, como es el caso de la fotografía que sacó desde lo alto de una pirámide, y que pareciera una composición cubista a base de sombras; u otra foto que tomó cerca al desierto de Siwa, a la que tituló <em>Portraits of space, </em>y que inspiraría a René Magritte para su pintura <em>Le baiser. </em>Y aunque tendría la oportunidad de escandalizar un poco a la sociedad musulmana, siendo la única mujer que se permitía pasearse en las playas vistiendo diminutos trajes de baño, la vida apaciguada y cómoda que le brindaba Egipto acabaría por aburrirla, y necesitada de aventura, desafío y adrenalina, volvería a París, y para 1937 comenzaría un idilio con el coleccionista de arte, Roland Penrose. “Siempre he buscado una combinación utópica de libertad y seguridad y emocionalmente necesito estar completamente absorta en algún trabajo o en el hombre que amo”, diría Lee en su momento. En 1939 Miller intentó trabajar como fotógrafa de <em>Vogue, </em>pero apenas logró conseguir un puesto como asistente; sin embargo con el inicio de la Segunda Guerra Mundial algunos fotógrafos dedicados al oficio de la moda serían reclutados para disparar sus lentes hacia el frente de batalla, y en cuestión de pocos meses Elizabeth quedaría ocupando el cargo al que en un principio aspiraba. “Me parece que las mujeres tienen más probabilidades de éxito en la fotografía que los hombres… Las mujeres son más rápidas y más adaptables. Y creo que tienen una intuición que les ayuda a comprender las personalidades más rápido que los hombres”, dijo en su momento; y sí que sabría demostrar su punto, consagrándose como uno de los ojos más especiales del mundo de la fotografía. Sin embargo para 1942, y pese a la insistente desaprobación de sus familiares y amigos, contrariando a quienes se le oponían y en un desafío mortal, Lee acepta formar parte del London War Correspondents Corps y alistarse como fotoperiodista y corresponsal de guerra de la revista <em>Vogue, </em>en un cubrimiento del escenario bélico que la llevaría a batallar en distintos frentes. Se hizo a un uniforme diseñado a su medida en Savile Row y navegó el océano hasta dar con el Canal de la Mancha, para luego internarse en Francia y testimoniar con su cámara todo el horror de la guerra. Así, pues, la modelo se vistió de soldado y ofició durante años los estragos de la guerra, siendo una de las cuatro fotógrafas acreditadas por las fuerzas armadas estadounidenses. Si es cierto que para captar buenas fotografías el fotógrafo debería acercarse a su objetivo lo máximo posible, Lee conseguiría las mejores imágenes, ya que ubicaría su lente justo al frente de los cañones. Así sucedió en un episodio en el que la intrépida fotorreportera quedaría a merced de una confrontación armada, siendo ella la única en el terreno que contaba con el armamento peculiar de una simple cámara fotográfica. Así recuerda dicho suceso: “Era la única fotógrafa en kilómetros a la redonda y tenía una guerra para mí sola. Fue un impacto letal… Luego todo se lo tragó el humo… Me refugié en un puesto alemán, en cuclillas bajo las murallas. Mi talón pisó una mano inerte y arrancada y maldije a los alemanes por la sórdida y terrible destrucción que habían provocado en esta hermosa ciudad.” Al comienzo se le encomendó la discreta misión de fotografiar la cotidianidad de las mujeres abocadas al servicio de la guerra, pero con el paso de los días su interés se vio volcado hacia el lado más excitante del conflicto, testimoniando con sus fotografías la devastación luego de la Batalla de Alsacia, así como los destrozos provocados por el ataque <em>Blitz </em>de los alemanes. “Ser una buena fotorreportera es cuestión de arriesgarse y cortarlo detrás de ti”, decía. No se resistía ante el peligro, e incluso iba tras él, persiguiéndolo con sevicia. Y fue así como un mes después de que los aliados consiguieran reconquistar las playas de Normandía, Miller llegaría con la intensión de cubrir el trabajo de las enfermeras en el hospital de campaña en Omaha. Entonces no desaprovecharía el momento, y aunque le estuviera prohibido, la atrevida fotorreportera sería la única en conseguir hacer presencia en la liberación de Saint Melo, para dejar un registro de los horrores perpetrados por el uso indiscriminado de napalm, y por lo que sería enviada a prisión durante un par de días, para luego ser expulsada del primer frente de batalla. A pesar de esto, la escurridiza reportera se escabulliría de todo impedimento y acompañaría a los soldados aliados que acabarían retomando sus territorios en la Liberación de París, y de la cual nos dejó un registro icónico, gracias a la foto que capturó de una Torre Eiffel cubierta por el manto de la niebla, otorgándole un aspecto de dramatismo que bien podría simbolizar el emblema de una ciudad fantasmal. Para darle mayor profundidad a su trabajo, las fotografías de Lee vendrían acompañadas de la palabra, redactando ella misma los textos que explicaban el contexto de la imagen, ganando prestigio y reputación por la agudeza de sus descripciones y la manera sensible como lograba interrogar a los espectadores. Uno de los momentos que más parece haberla signado sería cuando fotografió a un soldado que había sido casi incinerado, y que estaba cubierto de cuerpo entero por los vendajes. El malherido le pidió en un gesto cómico y esperanzador que le tomara un retrato para ver “qué pinta tan graciosa tengo”, imponiendo el humor al dolor, y muriendo unas horas después. Sin embargo, Lee también se dio a la tarea de retratar imágenes más ligeras y que también daban cuenta del contexto social, como aquella foto que tituló <em>The way things are in Paris, </em>y en la que vemos a una joven aparcada junto a los escombros de un cafetín destrozado por los bombardeos; o las fotos de los secadores de una peluquería y que acompañaría con el siguiente texto: “De muchos reportajes publicados en Reino Unido podrías pensar que las parisinas han tenido todo lo que las inglesas anhelan, excepto pequeños detalles como la libertad y la seguridad.” La mirada con ese toque de experta en asuntos de moda estuvo siempre presente en sus composiciones, y a pesar de lo escabrosas que pudieran ser. El ojo artístico de Miller no se ausentó nunca al momento de captar lo más terrible del ser humano. Se decantaba más por destacar lo simbólico de cada imagen para dejar de lado el sensacionalismo amarillista, y de allí que sus fotos no sean una composición vacía, evidentemente cruel, para en cambio aportar una estética más representativa, y así mismo cruda, real, sujeta a la interpretación de un ojo periodístico y documental, o a la de un incauto espectador que quedará seducido por tratarse de una inconfundible pieza de arte. Varias de sus fotografías fueron expuestas en 1940 en la exhibición <em>Surrealismo hoy,</em> en la Galería Zwemmer de Londres, y un año más tarde sus fotografías participarían de la exposición <em>Gran Bretaña en guerra</em> en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de New York. Se recuerdan fotografías como la del soldado caído que flota sobre las aguas marinas, o la que titularía <em>La capilla inconformista </em>y en la que se aprecia la imagen surrealista de una inverosímil iglesia consumida absolutamente por los impactos de las bombas. Una de sus fotos más celebradas sería la serie que tituló <em>Máscaras de fuego, </em>en la que se contemplan varios rostros cubiertos por máscaras antigás, y en ocasiones acompañadas por algunas muñecas que se vislumbran entre los escombros. Lee Miller también sería la primera en llegar a los campos de concentración de Buchenwald y Dasau en el momento en que fueran liberados por las tropas aliadas, dejando para la memoria histórica el registro del escenario siniestro que los nazis habían perpetrado al interior de estos macabros recintos. Miller asegura que el pueblo alemán no desconocía el horror que se vivía en los campos de concentración, y su denuncia tal cual lo temía fue también desconocida por la revista para la que trabajaba. “No suelo sacar fotografías de horrores. Pero no creo que aquí haya una ciudad o una zona que no estén repletas de ellos. Espero que en <em>Vogue </em>piensen que estas fotografías son publicables”, le confesaba la fotógrafa a uno de sus colegas por medio de un telegrama. Y en efecto <em>Vogue </em>no quiso comprometerse a publicar las fotos, pero no así sucedió con la revista <em>Vogue </em>americana, que no vaciló ante el escándalo que las fuertes imágenes pudieran ocasionar, y se limitó a publicarlas. “¡Créanselo!” Ese fue el texto que Miller redactó para acompañar las imágenes que aparecieron con el título de <em>Fotografías en los campos de concentración de Buchenwald y Dasau. </em>Pero por lo que sin duda será más recordada es por la mítica y retadora fotografía que <em>Vogue </em>publicaría con el siguiente texto:<em> El apartamento de Múnich de Hitler: Lee Miller, que recoge la historia, disfruta del baño de Hitler. </em>Como solía hacerlo, Miller consiguió salirse con la suya y disuadir a los soldados para que le permitieran acceder al interior de la vivienda donde moraba el líder máximo y protagonista de este lado de la guerra. “Durante años he llevado la dirección de Hitler en Múnich en el bolsillo y por fin he tenido la oportunidad de usarla. <em>Mein host was not home </em>(Pero mi anfitrión no estaba en casa). Tomé algunas fotos del lugar y dormí bastante bien en la cama de Hitler. Incluso me quité el polvo de Dachau en su bañera.” Estas fueron las confesiones de Miller luego de haber sido fotografiada tomando un baño en la bañera de Adolf Hitler, ubicada en el 16 de Prinzregentenplatz de Múnich. El encargado de fotografiarla fue su aliado y colega, el corresponsal de la revista <em>Life</em>, David E. Sherman, componiendo un cuadro sugestivo y de cualquier manera provocador. Ensuciando la alfombra, bajo la bañera, descansan un par de botas enlodadas, y que recogen el terruño de su paso reciente por Dachau. A un costado de la bañera, junto a la pasta de jabón, un retrato del <em>Führer </em>contempla el desafío de una mujer que nunca temió a nada y que gozó de ese baño como si se tratara de una venganza de limpieza. “Naturalmente, tomé fotos. ¿Qué se supone que debe hacer una chica cuando una batalla aterriza en su regazo?”, decía emocionada luego de su acto de rebeldía, y que curiosamente ocurrió ese mismo 30 de abril en el que Hitler se suicidaría en compañía de su esposa Eva Braun entre las cobardes paredes de un decadente búnker. En definitiva, tras sus experiencias de guerra, evidenciar que sus fotos permiten revelarnos lo que la autora tuvo que presenciar también con sus propios ojos. Miller sería testigo de los presos que rogaban cesaran las torturas, de las pilas de cadáveres que se amontonaban en los campos de concentración, niños famélicos, soldados con heridas de muerte, y todo tipo de ejecuciones que acabarían por hacer mella en su espíritu. Durante su estancia en Francia, Miller estuvo realizando una serie de autorretratos, y en los que paulatinamente podemos apreciar un deterioro en su rostro, en sus ojos cansinos, en su boca apagada y en sus labios resquebrajados, en su piel desgastada y en esa expresión atónita, desconcertada, ausente, sin brillo y melancólica, reflejo de un alma que pareciera desengañada del mundo. “Yo lucía como un ángel, pero por dentro era un demonio”, decía. Es así como después de la guerra la aventurera fotógrafa nunca más podría reponerse, y como si se tratara de un soldado a quien le costara retomar su condición de civil, Miller se refugió en el alcohol, y ya nunca más volvería a ser la misma. Una vez acabada la guerra viajaría a Viena para capturar las imágenes de huérfanos moribundos, y luego en Hungría retrató la vida campestre, y así también tomó fotografías de las ejecuciones de algunos integrantes del nazismo que habían sido castigados con la pena capital, siendo el más recordado el del líder del gobierno húngaro, el primer ministro Laszlo Bardossy. Pero es que lo que Lee parecía disfrutar y lo que la hacía sentir viva era creer que estaba siendo parte de una película de acción. Y es que ciertamente durante unos años así fue su cotidianidad, y era ella la protagonista de una trama acelerada y cargada de adrenalina y que no dejaría de extrañar. Nostálgica de guerra, Lee se recordaría a sí misma infundiendo respeto entre las tropas, hablando el mismo lenguaje soez del soldado, y experimentando un cambio en una voz que pasó de ser acaramelada para convertirse en el vozarrón autoritario de un general. La antigua modelo se había convertido en un soldado consumado. Convencida de su potencial e interesada en que todos se enteraran de sus capacidades artísticas, Miller continuó un tiempo más como fotógrafa, y a pesar de interesarse cada vez menos por el oficio y declinar de algunas propuestas de trabajo, la famosa fotorreportera no tenía reparos en reconocerse como un espécimen único en su especie: “No seré la única reportera en París, pero sí la única dama fotógrafa, a no ser que llegue otra en paracaídas.” En 1947 se divorcia de Aziz Eloui Bey y se casa con Roland Penrose, estableciéndose de nuevo en Inglaterra, y convirtiéndose a la edad de los 40 años en madre de un niño llamado Anthony, experimentando un estrés posparto que acabaría sumiéndola en episodios depresivos, así como ataques de ira provocados principalmente por las infidelidades de su marido. Lee confesaría que jamás pudo superar en definitiva el trastorno producido por la violación de la que fue víctima en su infancia, y esto sumado a su estrés de posguerra, a sus tendencias suicidas y al consumo excesivo de alcohol, y que sería lo que le impediría sobrellevar con tranquilidad sus restantes años de vida. “Perdida es una buena forma de describirla”, fue como lo expresó su nieta, Ami Bouhassane. Por su parte, su hijo la recuerda como a una ebria a la que poco veía, deslenguada, y desentendida en todo momento de su labor de madre, y a quien incluso miraba con cierta vergüenza. “Lee tenía problemas a la hora de querer a alguien”, comentó su hijo a <em>The New York Times. </em>En 1949 la familia se muda a Farley Farm House, en Sussex, y a partir de entonces la reconocida fotógrafa casi abandonará el oficio por el que será siempre recordada. Sus últimas fotografías profesionales datan de 1953, y para 1955 elige una selección de su trabajo que exhibe en el MOMA de New York con el título de <em>The family of man. </em>Con el pasar de los años sería su esposo quien iría cobrando prestancia y reconocimiento como artista de vanguardia, siendo incluso nombrado como caballero en 1966, lo que oficialmente convirtió a Elizabeth en Lady Penrose, y a lo cual ella se burlaba con su característica mordacidad, bautizándose a sí misma como “Lady Lee”. Sus últimos años los pasó en el mismo hogar, donde solía recibir a conocidos y amigos para celebrar tertulias en las que además participaba su esposo. En la cocina también encontraría un refugio. Tomó clases de gastronomía en el Cordon Bleu de París y compiló sus propias recetas en un libro que pretendió publicar, y que cien años después de su natalicio su nieta daría a conocer bajo el título de <em>Lee Miller: a life with food, friends, and recipes. </em>Finalmente, Elizabeth Lee Miller muere a la edad de los 70 años. Después de su muerte su hijo Anthony descubrió en el ático de su casa un material fotográfico que su madre quiso mantener siempre oculto, permitiéndole comprender mucho mejor quién fue esa madre de la que apenas si sabía un par de anécdotas, y hasta el punto de comenzar un estudio de su vida y obra, y que acabó siendo la más completa biografía sobre la fotorreportera: <em>Las vidas de Lee Miller</em><em>. </em>Un año antes de su muerte asiste como invitada de honor a los Encuentros Internacionales de Fotografía celebrados en Árles. <em>The New York Times </em>anunció su muerte y eligió nombrarla con el apodo que no merecía: “Lady Penrose”. Anthony, quien confiesa no haber llorado cuando murió su madre, dice haberse conmovido toda vez se enteraba de las andanzas de mamá, derivando en ese relato de vida que un diario neoyorquino reseñó como “una especie de canto de amor a la mujer que nunca llegó a conocer”, y entonces por fin lloró. “Me di cuenta de todo lo que me había perdido, tantas cosas que querría haber sabido de ella y haber entendido”, comenta Anthony, quien desde hace años transformó la antigua casa de sus padres (y en la cual él se crio) en un museo consagrado a la memoria de sus progenitores. Además de dictar toda clase de talleres, en la actualidad el museo mantiene una exposición permanente de algunas pinturas de Roland Penrose, un par de valijas que abandonaría Man Ray en algún descuido, azulejos pintados por la mano de Picasso, y algunas fotografías de nuestra protagonista. En 1989 se llevó a cabo una exposición ambulante que dio una gira por Estados Unidos y en la que se presentaba una colección de fotos de la aclamada Lee. En el 2012 varias de sus fotografías fueron incluidas en la décimo tercera edición de la Documenta de Kassel. La vida y obra de esta mujer de muchas vidas ha sido narrada a través de libros y relatos, y en los próximos meses se espera el estreno de la película <em>Lee, </em>protagonizada por Kate Winslet en el papel de Elizabeth, y acompañada por Jude Law y Marion Cottilard.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Mon, 24 Jul 2023 07:22:21 +0000</pubDate>
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