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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Massachusetts | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Sylvia Plath (1932-1963)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/sylvia-plath-1932-1963/</link>
        <description><![CDATA[<p>“Morir es un arte, como cualquier otra cosa. Yo lo hago excepcionalmente bien. Lo hago para sentirme hasta las heces. Lo ejecuto para sentirlo real. Podemos decir que poseo el don. Las voces de la soledad, las voces de la tristeza golpean mi espalda inevitablemente. Soy un jardín de agonías rojas y negras. Las bebo, [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Morir es un arte, como cualquier otra cosa. Yo lo hago excepcionalmente bien. Lo hago para sentirme hasta las heces. Lo ejecuto para sentirlo real. Podemos decir que poseo el don. Las voces de la soledad, las voces de la tristeza golpean mi espalda inevitablemente. Soy un jardín de agonías rojas y negras. Las bebo, odiándome a mí misma, odiándome y temiéndome.”</p>
<p>A los 8 años publicó su primer poema. Una niña aventajada, con vocación artística, facilidades para la pintura, el piano y la escritura, estudiante ejemplar con calificaciones sobresalientes. Aquella niña quedaría marcada por la muerte de su padre, un hombre que era experto y autoridad en el asunto de los bichos e insectos, y quien murió luego de padecer una penosa agonía. Lo más destacado de esta muerte no sería propiamente la ausencia paterna, sino la frialdad con la que la esposa asumió la pérdida, dejando una fuerte impresión en la pequeña el hecho de que su madre no hubiera llorado ni siquiera durante el velorio.</p>
<p>Nunca cesó en su actividad de escribir, iniciándose con el hábito de un diario que no pararía de contarnos sus desventuras y logros hasta el día de su muerte. Ya en la adolescencia sabía lo que era un corazón roto debido a una infidelidad, cuestionándose por el rol que como mujer parecía corresponderle, que era el de su misma madre, quien había renunciado a sus sueños para dedicarse a la crianza de los hijos, pero que ciertamente no parecía se tratara del destino poético que esperaba por Sylvia: “Mi gran tragedia es haber nacido mujer.”</p>
<p>De aquella época se destacan el poema <em>Papi, </em>además de un relato corto que publicó en el instituto en la revista <em>Seventeen, </em>y que tituló <em>And summer will not come again, </em>y años después, en la universidad, publicado en la revista <em>Mademoiselle, </em>la historia que bautizó <em>Sunday at the mintons </em>le valdría su primer reconocimiento.</p>
<p>Estudió en la Smith College de Massachusetts, y sus buenos resultados académicos le valieron ganar una Beca Fullbright, beca que permite estudiar en universidades extranjeras, matriculándose finalmente en la Newnham College de Cambridge. Sus trabajos estudiantiles los combinaba con la escritura, interesándose particularmente en la poesía, y publicando algunos de sus escritos en la revista universitaria <em>Varsity.</em></p>
<p>Apenas comenzar la universidad, con tan solo 20 años (diez años antes de su suicidio), Sylvia intentó quitarse la vida por primera vez, episodio que más tarde describiría en su única novela publicada. Ingerir un frasco entero de barbitúricos no fue suficiente para que Plath pudiera quitarse la vida. Como tratamiento, la joven fue internada en el Hospital McLean, institución psiquiátrica que ofrecía como antídoto al estado de permanente congoja aquella revolucionaria terapia electroconvulsiva (TEC) a base de electrochoques.</p>
<p>La depresión maníaca que padecía Sylvia, además de su indudable cuadro clínico de paciente con trastorno bipolar, no era para aquel momento una condición psiquiátrica para la cual se contara aún con medicamentos bien desarrollados, y ni siquiera existía el diagnóstico clínico. Sin embargo la descripción honesta y profunda de lo que sentía ya podía advertirnos de su condición: “Es como si mi vida estuviese mágicamente manejada por dos corrientes eléctricas: alegre, positiva, y desesperadamente negativa; lo que esté corriendo en este momento domina mi vida, la inunda.”</p>
<p>Plath empezó su carrera de profesora dictando clases en su alma mater, y sería allí mismo en Cambridge donde conocería a un poeta que en cuestión de pocos meses lograría convertirla en su esposa. Ted Hughes trabajaba también en Cambridge, y durante casi tres años la pareja sostuvo en el campus universitario su relación y sus empleos, hasta que en 1959 se mudaron a Boston.</p>
<p>La ilusa en el amor, deslumbrada por Ted, escribió en su intimidad los temores que representaban enamorarse: “Aunque el amor llegue un día, me da miedo que tan solo sea esto; y, aunque el amor llegue un día, también me da miedo que sea mucho más.” Para su desgracia, la relación comenzó a deteriorarse muy pronto, toda vez que Sylvia sorprendía a su marido coqueteándole a las alumnas, y desde ese momento los lazos nunca volverían a estrecharse.</p>
<p>En Boston Sylvia tuvo la oportunidad de entablar una breve amistad con la poetisa Anne Sexton, quien no solo compartió su interés literario, sino también sus mismos padecimientos mentales, e incluso la misma manera suicida de acabar con su vida.</p>
<p>La estancia en Boston fue breve, y la pareja decidiría mudarse e iniciar un proyecto familiar en North Twaton, un pequeño pueblo en Devon, cercano a la capital inglesa, y sería allí donde Sylvia daría a luz a su hija llamada Frieda.</p>
<p>Un año más tarde sufrió un aborto que le dejaría secuelas psicológicas pero que finalmente superaría con terapias, y en donde además lograría reconciliarse con su madre. La experiencia del aborto será un tema que aparecerá una y otra vez como recurrente dentro de su poesía.</p>
<p>En 1960 da a conocer su primera recopilación de poesía titulado <em>The colossus (El coloso), </em>un escrito que tuvo el visto bueno de la crítica, pero que entre el público no cobró mayor trascendencia, y un año después le vimos recitar en la BBC el poema en el que tres voces distintas de la feminidad cantan a la maternidad, y que tituló <em>Tres mujeres. </em>A partir de ese momento Plath concibe al poema como a una plegaria, un rezo, una oración que debe declamarse y recitarse siempre en voz alta.</p>
<p>Un año más tarde Sylvia dará a luz a Nicholas, pero esto no consiguió unir a la familia y, todo lo contrario, la pareja terminó por distanciarse a los pocos meses. Ted había comenzado una aventura con la poetisa Assia Wevill, aventura de la que Plath se enteraría, y que acabaría por exacerbar su depresión y su delicada condición psiquiátrica.</p>
<p>Para 1963, cuatro meses antes de su suicidio, Sylvia publicaría su primera y única novela, <em>The bell jar (La campana de cristal)</em>, un relato mitad ficción, mitad autobiografía, y en donde la autora describe su primera confrontación fallida ante la muerte, cuando intentó en vano quitarse la vida a la edad de los 20 años. Por medio del monólogo y de un estilo inevitablemente poético, la novela nos va introduciendo en el vértigo de la locura que padecerá el personaje principal, y sus intentos por sobrevivir a un mundo en el que no encuentra su hábitat y alimento. La primera publicación figuró bajo el seudónimo de “Victoria Lucas”, pero las ediciones póstumas aparecerían ya con el nombre real de la autora.</p>
<p>Sylvia se mudaría con sus dos hijos a Londres, justamente a un departamento que años antes había sido habitado por el poeta y dramaturgo irlandés W.B. Yeats, y por lo que en un comienzo lo consideró como un buen augurio, un símbolo premonitorio de un brillante porvenir como escritora y una mujer decidida a encarar su separación. Sin embargo no sería así, y pese a la determinación de la mujer fuerte que era Sylvia Plath, su estado mental y sus padecimientos psicológicos serían mucho más fuertes, y acabarían por doblegarla. Años antes ya había manifestado su inconformismo ante un destino prefabricado: “Así que empecé a pensar que tal vez fuera cierto que casarse y tener niños equivalía a someterse a un lavado de cerebro, y después una iba por ahí idiotizada como una esclava en un estado totalitario privado.”</p>
<p>Una semana antes de morir, ya Sylvia se notaba confundida, trastornada, deprimida como pocas veces, y así lo testimonia una de sus amigas más cercanas y que estuvo cuidando de ella y de sus hijos durante su última semana de vida.</p>
<p>Sylvia la había llamado para pedirle si podía visitarla y quedarse un par de días en su casa. Al parecer no solo ella sino también sus hijos necesitaban cuidados, por lo que su amiga le brindó posada y se encargó de atender las necesidades de los tres. Dice que por esos días se le veía dormilona, cansada, totalmente descuidada de sus hijos, que para ese momento tenían uno y tres años. “Prefiero no volver a casa”, sería lo que le dijo Sylvia a su amiga luego de haber pasado esa primera noche en el calor de un hogar, y bajo los cuidados de una amiga protectora y de toda su familia. “He intentado no pensar demasiado. He intentado ser natural”, escribió en sus diarios aquella mujer trastornada y que ahora necesitaba reposo.</p>
<p>La amiga leal instaló a Sylvia y a sus hijos destinando la habitación de una de sus hijas para que todos pudieran acomodarse, y por petición de Sylvia fue hasta su casa para traer algunas cosas de uso cotidiano como cepillos de dientes y prendas, además de un libro que la poetisa había comenzado a leer recientemente.</p>
<p>Unos días estuvo Sylvia con sus hijos en la casa de esta mujer, durante los cuales según testimonia, Sylvia se encontraba como perdida, errabunda, hablantinosa, enérgica… En alguna ocasión le enseñó a su amiga las píldoras que empleaba para dormir, y las otras que le servían para reactivarse, siendo así que su comportamiento fuera errático, como un delirante ir y venir entre el gozo y la desdicha. “Si ser neurótica es decir dos cosas mutuamente excluyentes en el mismo momento, entonces soy endemoniadamente neurótica. Estaré volando de una a otra cosa mutuamente excluyente durante el resto de mi vida”, escribió en su momento.</p>
<p>Una tarde la vieron aparecer vestida con un traje azul plateado, maquillada, peinada, sonriente, expectante, y solamente diría muy emocionada que tenía una cita, pero no dio detalles, y antes de salir le dijo a la pequeña Frieda: “¡Te amo!” Parecía una chiquilla ilusionada con el amor, esa que escribió en sus diarios: “He intentado ser ciega en el amor, como las otras mujeres, ciega en la cama, con mi amante ciego, sin buscar, en la densa oscuridad, un rostro ajeno.”</p>
<p>Al día siguiente decidió regresar a casa con sus hijos, y el marido de su amiga se prestó para acompañarla. Será él quien testimonia sobre la terrible congoja que embargaba a la poetisa, quien no paraba de llorar, y así también lo hacían sus dos hijos. Él le pidió que mejor regresara y se estuviera unos días más con ellos en casa, pero Sylvia se rehusó, y aunque no parecía lo más recomendable. “El suelo parecía maravillosamente sólido. Era consolador saber que me había caído y que no podía caer más bajo”, escribiría años atrás.</p>
<p>Al regresar a casa el marido de su amiga le diría a su esposa que no había quedado tranquilo por el estado en el que se encontraba Sylvia, y que le había prometido regresar mañana temprano para saber cómo se encontraba. No hubo necesidad de eso. Antes de las ocho de la mañana el doctor de Sylvia se comunicó con su amiga para enterarla de que ese 11 de febrero de 1963, después de haber preparado el desayuno para sus dos hijos, la poetisa había metido la cabeza dentro del horno y había girado la perilla del gas hasta morir.</p>
<p>Luego su amiga y el mundo se enterarían de que aquella cita era precisamente con Ted, a quien Sylvia le había escrito un comunicado que durante un tiempo se creyó se trataba de una carta de suicidio, pero que el mismo Ted aclaró en el 2010 en un poema titulado precisamente <em>Última carta, </em>y en donde se permite describir los últimos tres días antes de la muerte de su esposa, aclarando que se trataba más bien de una petición de divorcio oficial, donde ella le expresaba su voluntad de mudarse a París, y que Plath calculaba sería recibida por él el día sábado, pero en realidad el correo llegó el viernes, y por lo que algunos creían se trataba entonces de esa nota de suicidio que no esperaba ser todavía leída o que pedía con urgencia un llamado desesperado de auxilio. Apenas leyó la carta, Ted visitó a Plath, y parece ser que la pareja se enfrascó en una discusión, donde finalmente ella acabaría arrojando al fuego la misteriosa nota.</p>
<p>También parece que la noche previa a su suicidio, Plath llamó a casa de Ted y quien contestó sería su amante, y en los diarios de esta amante quedaron evidenciadas las palabras de Ted cuando le habló a Sylvia: <em>“Take it easy, Sylvia”</em>.</p>
<p>Sylvia Plath admiró siempre a Ted Hughes, y aunque distanciada de su estilo, no puede negarse la influencia que su marido tuvo en su escritura, y así también como en los motivos, razones y sentimientos que la volcaban a escribir. A él dedicaría por ejemplo su poema titulado <em>Pursuit.</em></p>
<p>Luego de su muerte, sería el propio Ted quien confesaría algunos otros detalles con su pareja en el libro <em>Birthday letters (Cartas de cumpleaños)</em>, y sería quien estaría a cargo de los escritos de su difunta esposa, y en la edición de estos textos quedará la duda de si intervendría, censuraría o suprimiría algunos pasajes, tal como lo quiso la madre de Plath con varios de sus escritos que le parecían bastante íntimos, personales y reveladores.</p>
<p>Tal parece que Ted sí destruyo algunas piezas valiosas de los diarios personales de la poetisa. Pese a esto, luego de su muerte fueron publicados algunos libros de poemas como <em>Cruzando el agua,</em> <em>Árboles invernales, </em>y uno de sus libros de poemas más conocidos, <em>Ariel, </em>un poemario visceral donde la poetisa se permite confesarse con desgarro pleno, sin pudor, exhibiéndonos la desnudez de su alma atormentada. Y así también se publicaría un libro de cuentos titulado <em>La caja de los deseos.</em></p>
<p>En 1982, casi 20 años después de su muerte, Sylvia Plath se convierte en la primera poetisa en ser homenajeada con el Premio Pulitzer póstumo por el compendio de su obra recogida en el libro titulado: <em>The collected poems (Poemas completos). </em>Un año más tarde serían publicados sus diarios y un tiempo después aparecería otro libro: <em>Johnny Panic y la biblia de sueños.</em></p>
<p>Hoy los avances en la ciencia podrían diagnosticar a Plath dentro del cuadro de trastorno bipolar, pero en vida Plath no pasó de ser una depresiva incomprendida que se creía había sido principalmente afectada por la muerte de su padre, cuando lo cierto es que esta condición mental es también una enfermedad patológica, y de alguna forma así lo revelan los genes de su descendencia: Frieda es una periodista que padece depresión, anorexia y esclerosis múltiple, y por su parte Nicholas se convertiría en un ermitaño que se refugió en la soledad de Alaska, para acabar colgándose de una soga. Curiosa y trágicamente la amante de Ted también se suicidaría para el año de 1969.</p>
<p>Al final, no la escuchó nadie: “Le hablo a dios, pero el cielo está vacío.” Ella solo quería, como todo poeta, contemplar lo bello: “Para mí es más natural estar tendida. Es entonces cuando el cielo y yo conversamos con libertad, y así seré útil cuando al fin me tienda: entonces los árboles podrán tocarme por una vez, y las flores tendrán tiempo para mí.” Treinta años tenía Sylvia Plath cuando decidió meter la cabeza en el horno. Sus restos reposan en West Yorkshire, en el cementerio de Heptonstall.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 19 Jan 2024 06:12:31 +0000</pubDate>
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        <title>Bette Davis (1908-1989)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Sus padres le llamaban “Betty”, pero a ella no le gustaba. A los 13 años vio a Rodolfo Valentino en la película Los cuatro jinetes del Apocalipsis y a Mary Pickford en Little Lord Fauntleroy, y tuvo muy claro que ella también quería participar de ese mundo del cine como princesa o heroína. Y un [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Sus padres le llamaban “Betty”, pero a ella no le gustaba. A los 13 años vio a Rodolfo Valentino en la película <em>Los cuatro jinetes del Apocalipsis </em>y a Mary Pickford en <em>Little Lord Fauntleroy, </em>y tuvo muy claro que ella también quería participar de ese mundo del cine como princesa o heroína. Y un día Betty lograría su sueño infantil de hacer parte de la constelación de estrellas del cine, pero será más recordada por sus papeles de villana, antipática, malvada. Sus padres se divorciaron y es entonces cuando la madre se muda a New York con su hija, y vendiendo fotografías de paisajes conseguirá apenas lo suficiente para mantener a su pequeña aspirante a vedete. Cursa sus primeros estudios en el internado Cushing Academy, en Asburnham, Massachusetts, pero no hubo otra disciplina que le interesara tanto como las artes. Sintió un segundo despertar cuando presenció la obra de Henrik Ibsen, <em>El pato silvestre</em>, y entonces le quedó muy en claro cuál sería su empeño en esta vida: “Antes de esa actuación, quería ser actriz. Después de la misma, tenía que ser una actriz.” Cambió su apodo por el de “Bette”, esto por la novela de Honoré de Balzac, <em>La prima Bette, </em>y audicionó para integrar el Manhattan Civic Repertory de Eva Le Gallienne, siendo ésta misma quien rechazara a Bette por considerarle “poco sincera y frívola.” Quería fortalecerse en el baile, por lo que toma clases de danza con Martha Graham y se incorpora a la compañía teatral de John Murray Anderson. Por ese entonces tiene la suerte de interpretar a Hedwig, el personaje femenino de la obra de Ibsen que la había cautivado años atrás. Audiciona para la próxima obra del director George Cukor, obteniendo un papel que, aunque secundario, sería la primera vez que le pagaban por hacer lo que más amaba. En 1929 conoce el mundo de Broadway con las obras teatrales <em>Broken dishes </em>y <em>Solid south, </em>continuando una gira de presentaciones que la llevaría a los teatros de Filadelfia, Washington, DC. y Boston. Entre los tantos espectadores, un cazatalentos reparó en ella y la invitó para que presentara una prueba de cámara en los estudios de la prestigiosa productora Universal Studios. Había viajado en tren junto a su madre, esperanzada en que alguien estuviera esperándola en la estación, siendo esta una primera desilusión de la aspirante a estrella. Lo cierto es que la productora sí había enviado a uno de sus empleados, quien regresaría después de unas horas pretextándose no haber visto a una mujer que “pareciese una actriz”. Su primera prueba ante la cámara no fue destacable, y antes bien constituyó un tormento por el que tendrían que pasar muchas de las que aspiraban brillar en las pantallas. Así recuerda ese día: “Yo era la más yanqui del este, la virgen más modesta que haya pisado la tierra. Me pusieron en un sofá, y ensayé con quince hombres… Todos ellos tenían que echarse sobre mí y darme un beso apasionado. ¡Oh!, pensé que iba a morir. Sólo pensé que moriría.” Pese a no lucir desde el comienzo, la productora le permitiría figurar en algunas producciones de bajo presupuesto y que no tendrían mayor relevancia en el público. En 1931 se presenta para un papel en la película del director William Wylder, que considerando inapropiado el traje de la actriz, comentó al resto del equipo: “¿Qué piensan ustedes de estas damas que creen que pueden conseguir trabajo mostrando sus pechos?” Su carrera parecía haberse frustrado desde su primer paso, pero sería el director de fotografía quien le pediría una oportunidad a la Universal Studios, por considerar que sus “ojos encantadores” podrían funcionar muy bien en la película <em>Mala hermana. </em>En su debut, Davis incrementaría su desconfianza en sí misma cuando escuchó por desgracia el comentario de un ejecutivo, resaltando que su atractivo sexual era comparable al de un actor del reparto. A este filme le sobreviene una catarata de malas producciones como <em>Semilla, El puente de Waterloo, </em>y luego las dos que rodaría con Columbia Pictures y Capital Films: <em>La amenaza </em>y <em>La casa del infierno, </em>respectivamente. Después de esta cosecha infructuosa, uno de los principales ejecutivos había decidido no renovarle su contrato con la Universal Studios, y sin embargo le dieron una oportunidad más para que formara parte del reparto en la película de 1932, <em>La oculta providencia, </em>siendo éste el papel con el que lograría demostrar su talento y talante, y dar por vez primera unos ligeros visos de estrellita. La crítica la elogió comparándola con otras actrices ya consagradas por aquella época, y <em>The Saturday Evening Post </em>se refirió a ella diciendo que “no sólo es hermosa, sino que bulle de encanto.” Ante los tantos halagos, la Warner Bros. se adelantaría a las demás productoras y firmaría con Bette un contrato por siete años. En 1932 contrae matrimonio con Harmon O. Nelson, conocido en la industria como “Ham”, y que no soportaría el hecho de que su esposa recibiera un sueldo mensual diez veces superior al suyo. La misma suerte tendrían que gozar o padecer la mayoría de las parejas de las actrices, pero Ham consideraba humillante estas diferencias económicas, e incluso le prohibió a su mujer comprar una casa mientras él mismo no pudiera permitírselo con su propio dinero. La pareja no fue una pareja feliz, y durante años Bette sufriría varios abortos espontáneos, por lo que pensó que nunca podría convertirse en madre. Ante la negativa de cederla en contrato a la Warner Bros. para que filmara con ellos la película dirigida por Frank Capra, <em>Sucedió una noche, </em>Davis tuvo que respetar su contrato haciendo parte del melodrama titulado <em>Ama de casa. </em>Para 1934 llegará la película con la que Bette Davis lograría consagrarse como una estrella de la galaxia hollywoodense. Después de haber rodado una veintena de películas, su actuación en <em>Cautivo del deseo</em> de la productora RKO Radio Pictures consiguió deslumbrar a la industria, al público y a la crítica. El papel requería de una mujer que no temiera dejar de lado a un personaje carismático, noble, para en cambio mostrar la faceta de una mujer antipática, fastidiosa, y por lo que ya varias actrices habían rechazado el ofrecimiento. Sin embargo sería Davis la que vería en ese personaje la oportunidad perfecta para sacar a relucir toda su capacidad actoral, y sin importar que un público pudiera llegar a emparentarla con la actitud insoportable del personaje que encarnaba. Poco a poco fue ganándose el respeto de los integrantes del equipo. El director, captando desde un inicio el temperamento desafiante de la actriz, quiso que fuera ella misma quien con toda libertad le diera vida al personaje: “Dejé que Bette fuera su propia guía. Confié en sus instintos.” Davis quería desafiarse a sí misma y mostrar una impronta única, lucir finalmente: “Las últimas escenas de tuberculosis, pobreza y abandono no son bonitas e intenté ofrecer una imagen convincente”, comentó sobre su interpretación. La revista <em>Life </em>señalaba que su actuación “fue probablemente la mejor jamás registrada en la pantalla por una actriz de Estados Unidos.” No fue una sorpresa su nominación a los premios de la Academia, pero sí resultó una sorpresa el que Claudette Colbert se la hubiera quedado siendo que todos le apostaban a Davis. La premiación había tenido algunas irregularidades años atrás, y este episodio hizo que la Academia modificara su sistema de elección para que ya no estuviera en manos de un pequeño grupo de personas, y en adelante el proceso gozaría de la auditoría de la Price Waterhouse. En 1935 vuelve a deslumbrar en la película <em>Peligrosa, </em>que le valdría el Premio Oscar a la Mejor Actriz, y tras el cual no pudo ocultar un poco su decepción, considerando que se trataba de un “premio consuelo” por el que le fue negado un año antes. La prensa sin embargo la colmaría de elogios: “Me da la curiosa sensación de que está cargada de un poder que no puede encontrar una salida común.”. Y <em>The New York Times </em>afirmaba que Bette Davis estaba “convirtiéndose en una de nuestras actrices de cine más interesantes.” Por esos días surgió el mito de que sería ella la encargada de darle el nombre de “Oscar” a la estatuilla de los premios de la Academia, ya que el trasero de la figurita se le parecía a la de su marido. La Academia le da crédito a la versión de que sería una de sus bibliotecarias la que le habría dado el nombre al encontrarle su parecido con su tío Oscar. Antes de embarcarse en algunos problemas legales que casi acabarían con su carrera, con su prestigio y fortuna, Davis rodó junto a Humphrey Bogart la película <em>El bosque petrificado, </em>y cuya interpretación sería opacada por el debut del actor que a la postre se robaría todos los elogios. Parecía que su carrera estaba en declive y que tenía que hacer una nueva apuesta, tal vez tomar la decisión de alejarse de una productora que estaba explotándola, no dándole el protagonismo que la actriz andaba persiguiendo. “Supe que, si seguía apareciendo en filmes mediocres, no tendría nunca una carrera por la que valiera la pena luchar.” Cansada de grabar películas en las que no conseguía volver a lucirse, decide aceptar dos propuestas británicas y se traslada a Londres para sus rodajes, luego de lo cual se dirige a Canadá, y así eludir los compromisos contractuales que por ese entonces tenía con la Warner Bros. Fue entonces cuando la productora le entabló una demanda legal. El caso fue llevado a juicio en un tribunal del Reino Unido. Davis en su alegato empleó la palabra “esclavitud”, refiriéndose al trato que consideraba abusivo por parte de la productora. El abogado de la Warner Bros. no vaciló en chistar con que él se sometería a ese tipo de “esclavitud”, devengando un salario como el de la actriz. La prensa también se puso en contra suya, avivando esa imagen que había logrado pintar el abogado: la de una mujer “cuyo único propósito es el de conseguir más dinero”. Decían todos que la actriz estaba sobrevalorada y que su sueldo era excesivo, y por su parte Davis se defendía con un listado de obligaciones a las que era sometida por contrato y con las que se encontraba en desacuerdo: la actriz podía ser llamada para representar cualquier tipo de papel así estuviera en contra de su ideología, creencias o preferencias de cualquier tipo; tenía la obligación de asistir a campañas políticas que la productora decidiera apoyar e independientemente de que la actriz no conviniera con el partido; y así mismo la productor podía valerse de su imagen para explotarla en cuanta publicidad o evento lo considerara conveniente. Un periodista quiso confirmar las declaraciones de Davis, insistiéndole a los ejecutivos de la productora si el contrato de Bette la obligaba a actuar en un papel que ella considerara “desagradable o humillante”, a lo que el ejecutivo afirmó: “Sí, debe interpretarlo.” Bette había perdido el juicio, regresaba a Los Ángeles con su imagen deslustrada, obligada por un juez a cumplir con su contrato y un poco endeudada por el costoso proceso que no pudo ganar. Pese a esto, fue este el momento en el que su carrera tomaría un impulso meteórico, y los años siguientes fueron una cosecha prolífica de triunfos. Para 1937 rueda con la Warner Bros. la película <em>La mujer marcada, </em>donde interpreta a una prostituta, en un relato que tiene por protagonista la historia del afamado mafioso italoestadounidense, Lucky Luciano, y cuya actuación le valió el reconocimiento de la Copa Volpi en el Festival de Cine de Venecia. Un año más tarde se involucrará sentimentalmente con William Wyler, director de su siguiente filme, <em>Jezabel, </em>y a quien Bette recuerda como “el amor de mi vida”, y a estos días de rodaje como “el momento de mi vida de mayor felicidad”. Su memorable actuación representaría un segundo premio de la Academia, y sería elegida por el público como la actriz que preferían para protagonizar el gran proyecto de la década, la película <em>Lo que el viento se llevó. </em>Sin embargo, y pese al favoritismo de los espectadores, el productor David O. Selznick decidió no apostarle a Bette por no considerarla la adecuada para ese papel. A partir de entonces y por varios años Davis sería una de las estrellas de Hollywood que más ganancias generaba a la industria, dado que sus películas representaron éxitos contundentes en taquilla. Era conocida como “el quinto hermano Warner”, y la misma productora quiso mantenerla de su lado, cumpliéndole a sus caprichos y otorgándole un mayor protagonismo; por ejemplo a la hora de detenerse más tiempo en el detalle de su mirada expresiva empleando los primeros planos. Por otro lado, la carrera de Ham parecía haberse estancado, y así también la relación con Bette, quien también se dejaría seducir por los encantos del multimillonario y dueño de la productora RKO, el excéntrico Howard Hughes. Para su siguiente proyecto de 1939, <em>Amarga victoria, </em>la actriz emplearía el desánimo de aquellos días, para plasmarlo en el personaje de Judith Traherne, y por el cual nuevamente sería nominada a los premios Oscar. A este éxito se sumarían <em>La solterona </em>y <em>La vida privada de Elizabeth y Essex, </em>esta última filmada a color, y que actoralmente representaba un reto para cualquier actriz, ya que Davis tenía que interpretar a una Isabel I ya casi septuagenaria, y para lo cual se cortó gran parte de su cabellera aparte de afeitarse las cejas. Uno de sus compañeros de rodaje, Charles Laughton, le daría un consejo que, según Davis, había influenciado toda su carrera: “Nunca tengas miedo de atreverte a salirte de ti misma. Es la única manera de crecer en tu profesión. Debes intentar cosas que estén más allá de ti o te estancarás en una rutina interminable.” Para finales de la década de los treinta Bette ya era una garantía de éxito en taquilla, y para inicios de los años cuarenta sería elogiada por sus siguientes dos películas: <em>El cielo y tú </em>y <em>La carta, </em>esta última considerada por <em>The Hollywood Reporter </em>como “una de las mejores películas del año”, y en donde la actriz interpretó el rol exigente de una asesina de vida licenciosa. En 1941 la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas le ofrece presidir la institución, convirtiéndose en la primera mujer en oficiar dicho cargo. A la cabeza de la Academia, Davis presentaría algunas propuestas que no tuvieron el aval del resto del comité, por lo que acabaría renunciando al poco tiempo, y a pesar de que quien la remplazara en el cargo directivo acabara por aprobar casi todas sus iniciativas. Ese mismo año protagonizó <em>La gran mentira</em>, en un papel que la alejó un poco de la mujer frívola que había venido interpretando y que era su impronta, y el público pudo ver una faceta más risueña y carismática de la actriz. Unos meses después vuelve a trabajar por tercera vez con el director William Wyler en la película de la productora RKO, <em>La loba</em>, en la cual mantendría una continua tensión con Wyler, luego de que cada uno tenía una manera muy personal y diferente de entender el papel de Davis. A pesar de las desavenencias, la película tuvo una buena acogida y Bette sería nuevamente postulada para alzarse con la estatuilla del Oscar. Para reunir fondos de guerra -y según lo acordaba su contrato-, la imagen de Davis sería explotada como medio propagandístico, además de obligarla a vender bonos de guerra, y de asistir a fábricas o regimientos de militares para arengar la lucha (en un par de días de campaña la afamada e influyente actriz lograría reunir más de dos millones de dólares para el ejército). En 1942, junto a Cary Grant y algunos colegas, convierte un discreto café nocturno en un club para militares, un espacio frecuentado también por estrellas de la época y que era conocido como <em>La cantina de Hollywood</em>, y que dos años después serviría como inspiración y locación de la película que lleva su nombre y en la que Davis figuraría haciendo de sí misma. Casi cuatro décadas después el Departamento de Defensa de Estados Unidos la homenajearía con la Medalla al Servicio Civil del Ejército, en gratitud por ese salón que en los años cuarenta se encargó de alegrar las noches de los militares. “Hay pocos logros en mi vida de los que estoy sinceramente orgullosa”, dijo Bette refiriéndose a esta experiencia. En 1942 es elogiada por la naturalidad de su actuación en la película romántica <em>La extraña pasajera, </em>coprotagonizada por Claude Rains, con quien rodaría un total de cuatro películas y a quien recordaba como su compañero favorito sobre el plató. Para 1943 grabará <em>Vieja amistad </em>y participará en dos filmes de contexto bélico: <em>Vigilancia en el Rhin </em>y <em>Adorables estrellas</em>. Ese mismo año su esposo sufre un desmayo y dos días después muere a causa de una complicación cerebral, que al parecer se derivó de un golpe en la cabeza que había sufrido unas semanas atrás. La actriz se alejaría unos meses de las pantallas y regresaría al año siguiente con <em>El señor Skeffington</em>, y una vez más sería nominada al Premio Oscar. En 1945 se casó con William Grant Sherry, un tipo que la sedujo porque no sabía quién era Bette Davis, y por lo que la actriz creyó conocer a un hombre que se acercaba a ella distanciado de cualquier interés o prejuicio. Ese mismo año acepta el papel en la película <em>El trigo está verde, </em>dejando de lado la propuesta de la película <em>Alma en suplicio</em>, que acabaría protagonizando su peor enemiga en la industria con la cual ganaría la codiciada estatuilla. Joan Crawford (nacida como Joan de Havilland y hermana de Olivia, también actriz de Hollywood) fue durante años la piedra en el zapato de Davis, y la enemistad entre ambas no era para nadie un secreto, ya que ellas mismas se encargaron de azuzarse mutuamente en cada oportunidad. Joan Crawford y Bette Davis encarnaron a un par de hermanas en un filme y de inmediato se notó la tensión entre ambas. El director diría después que “realmente se detestaban entre sí, pero se comportaron perfectamente.” En adelante, sería un ir y venir de improperios y burlas, y sin pelos en la lengua cada una diría lo que pensaba de la otra. “No la orinaría ni aunque estuviera ardiendo en llamas”, decía Davis respecto a su archienemiga. La rivalidad entre ambas fue a lo largo de sus vidas la mejor película que protagonizaron en la vida real. Es famoso el comentario de Davis respecto a la vida sexual de Joan Crawford: “Se ha acostado con todas las estrellas de la Metro, menos con la perra Lassie”. Joan, por su parte, agradecía el aporte que su enemiga había hecho en muchos de sus papeles: “Adoro interpretar a perras, y ella me ayudó en eso.” En una ocasión, cuando Davis fue nominada al Oscar, Crawford se prestó para recibir la estatuilla en caso de que la ganadora se encontrara ausente, y cuyo suceso se dio tal cual lo planeó, cuando tuvo que subir al escenario y reclamar un premio que tampoco era suyo pero que no se lo quedaría su detestada rival. La prensa gozaba de estos encontronazos que servirían cada tanto para llenar las revistas de artículos y reseñas que comentaran su más reciente desacuerdo. Cuando Crawford contrajo nupcias con el dueño de la compañía <em>Pepsi-Cola, </em>Davis mandó comprar un dispensador de <em>Coca-Cola </em>que instaló en los pasillos de los estudios de grabación. Ambas compartieron un romance con el productor Howard Hughes, suceso que avivó la enemistad. Ante las malas experiencias amorosas de Bette, Joan la humillaba diciéndole que ella había “nacido para estar sola”, e incluso le recomendó que se deshiciera de todo lo que rodeara su vida. Para 1977, a la muerte de Joan Crawford, su rival de toda la vida declaró triunfal: “Uno nunca debe decir cosas malas sobre los muertos, sólo se deben decir cosas buenas: Joan Crawford está muerta, ¡qué bien!” En 1946, con la película <em>Una vida robada, </em>producida por ella misma, Davis no recibiría muy buenas críticas, pese a lo cual el filme sería un éxito en taquilla, y siendo así que para 1947 la Tesorería de Estados Unidos declaraba que Bette Davis era la mujer con mayores ingresos del país. Sin embargo ese mismo año tendría un primer tropiezo después de una larga lista de triunfos. La película <em>El engaño </em>pasaría al olvido, y un año después tendría la oportunidad de protagonizar <em>Possessed</em>, pero al quedar embarazada tuvo que dejar vacante su papel, que sería ofrecido a su detestada enemiga, Joan Crawford, y quien a la postre acabaría alzándose de nuevo con la estatuilla del Oscar como Mejor Actriz. En 1948, durante el rodaje de <em>Reunión en invierno</em>, Bette se enteró que la producción acondicionaba la iluminación de las tomas de su rostro para ocultar las señales de una mujer que ya estaba entrando en los cuarenta. Davis sabía muy bien que esto representaba el comienzo del fin, y en efecto la película constituyó un fracaso en taquilla, y su próxima película, de 1948, la comedia <em>La novia de junio, </em>correría una suerte parecida generando pérdidas millonarias. En 1949 rodaría <em>Más allá del bosque, </em>para luego llegar a un acuerdo con la Warner Bros. y finiquitar por mutuo acuerdo su contrato, y muchos se atrevieron a vaticinar esta película como la última, y “un final desafortunado para su brillante carrera”, señalaba la prensa. Para ese entonces Bette Davis ya era un ícono cultural, su actitud de mujer empoderada era imitada por las demás, y sus gestos satirizados por comediantes, ya que resultaba un personaje peculiar, con una identidad única. En una de sus películas dirá “¡Qué basura!”, popularizando la expresión y convirtiéndose en un estribillo con el que a veces saludaba en sus presentaciones públicas. Sus actuaciones a veces histriónicas, teatrales y sobreactuadas hacían de ella un personaje muy propio, y que era sencillo de imitar precisamente por su peculiaridad. De allí que la cultura gay gozara de sus interpretaciones y que fuera frecuente que en los bares nocturnos se presentaran imitaciones realizadas por transformistas. Las personas la querían por su atrevimiento al momento de perfilarse como una personalidad distante de la diva clásica, la heroína bondadosa, la princesa inmaculada, y se le recuerda en cambio por su destreza y dominio con el cigarrillo, por sus risitas picaronas y sus miradas cargadas de lascivia y esa voz como entrecortada, mimosa pero firme a un mismo tiempo. De su carácter dominante, uno de sus compañeros de reparto comentó: “Demuestra los horrores del egocentrismo en una escala maratónica.” Por un tiempo tendría un idilio con el actor George Brent, quien le propondría matrimonio pero que sería rechazado luego de inclinarse por otro amor, Arthur Farnsworth, y con quien contraería nupcias a finales de 1949 en Lake Montezuma, Arizona. Rechazó un papel para una película coprotagonizada con Crawford, pero para 1950 la veríamos de nuevo en la película <em>Sin remisión, </em>luego de la cual propondría a las productoras un par de ideas para llevarlas a la pantalla y que finalmente nunca se concretaron. Ese mismo año remplazó a Claudette Colbert encarnando a Margo Channing, una actriz de teatro que ha comenzado a padecer los estragos de la vejez, en la película <em>Eva al desnudo. </em>Durante el rodaje conocería a Gary Merrill, que sería su coprotagonista y después de un tiempo se convertiría en su cuarto marido. Este filme la reivindicaba de sus últimos fiascos, ya que sus compañeros de equipo y en especial el director, hablaron muy bien de ella y de su trabajo, y de la misma forma el público y la crítica elogiaron su actuación, popularizándose una línea que le oímos decir en algún momento de la historia: “Abróchense los cinturones, va a ser una noche movida.” Para algunos esta sería la mejor interpretación de su carrera y una de las mejores de todos los tiempos, y por la cual sería nuevamente nominada al Oscar. “Hace que todo cobre vida”, comentaría uno de los críticos. Su papel destacó y fue premiada como Mejor Actriz en el Festival de Cine de Cannes, en el New York Film Critcs Circle y en el San Francisco Film Critics Circle, siendo este último reconocimiento peculiar, ya que un año antes había sido elegida como la Peor Actriz por su papel en <em>Más allá del bosque. </em>Pero con esta actuación Bette reparaba su mala interpretación, y para aquel entonces se le homenajeó grabando las huellas de sus manos a la entrada del Grauman’s Chinese Theatre. A mediados de 1950 se divorcia legalmente y en menos de un mes ya estará casada con Gary Merrill, quien decidió hacerse cargo de la custodia legal de su hija, y con quien adoptaría a una niña y tiempo después a un niño. Davis y su marido viajan a Inglaterra, donde la actriz actuó en una película que fracasó en todos los niveles, <em>Veneno para tus labios, </em>y ese mismo año de 1951 rechaza viajar al Congo para rodar <em>La reina de África </em>(que a la larga contaría con la destacada actuación de Katharine Hepburn y cuya actuación le valdría la nominación al Oscar), aceptando un papel en la película de la productora RKO, <em>La egoísta. </em>Esta película tampoco gozaría del agrado del público ni de la crítica, y a pesar de que su siguiente trabajo en <em>La estrella </em>le valiera nuevamente la candidatura al gran premio, parecía que su carrera actoral venía decayendo ya que sus películas no recaudaban las cifras millonarias de antaño. Queriendo recuperar su estatus de actriz consagrada, Davis le apuesta a los tablados, después de 20 años de no pisar los escenarios y en esta ocasión como parte de un musical presentado en Broadway. Durante la década de los cincuenta el declive en su carrera fue notorio. Se destacan películas como<em> The virgin queen </em>de 1955, y dos películas de 1956: <em>Storm center </em>y <em>Banquete de bodas. </em>La crítica ya no estaba siendo benévola con ella. Y en la prensa se leían reseñas tales como: “Sólo las películas malas son lo suficientemente buenas para ella.” <em>The Hollywood Reporter </em>comentaba que la actuación de Davis parecía una mala imitación de sí misma, que bien podría encontrarse en un espectáculo de varieté nocturno. En su intimidad las cosas no parecían ir mejor. El matrimonio acostumbraba violentarse y cada uno abusaba del alcohol, y esto sumado a un trastorno cerebral con el que fue diagnosticada su hija natural. La salud de Bette también se vio comprometida, y por esos días tendría que ser operada de osteomielitis de la mandíbula. Luego de cuatro matrimonios, Bette Davis se divorció tres veces y enviudó una vez. En 1960 se divorcia de su marido, y un año más tarde vivirá la muerte de su madre. Corría el año de 1961 y Davis le apuesta al género de la televisión, apareciendo en tres episodios de la famosa serie de NBC, <em>Caravana, </em>y ese mismo año volverá al teatro, encarnando un personaje que en principio había sido concebido para Katharine Hepburn en la obra teatral de Tennessee Williams, <em>La noche de la iguana, </em>y tras la cual no gozaría de muy buenas críticas. Luego de cuatro meses Davis tuvo que abandonar la obra justificando problemas de salud, para reaparecer ese mismo año en la película del director Frank Capra, <em>Un gánster para un milagro. </em>En 1962 Bette Davis le da un nuevo impulso a su carrera, luego de que su actuación se destacara en la exitosa película de terror, <em>¿Qué fue de Baby Jane?, </em>valiéndole una décima nominación al Premio Oscar, igualando en número a Laurence Olivier y apenas superada por Jack Nicholson y Katharine Hepburn (ambos con doce nominaciones) y Meryl Streep (con el insuperable registro de veintiún nominaciones). Por su papel en esta película, Davis sería nominada por primera vez a los premios BAFTA, y sería invitada al Festival de Cine de Cannes, a donde asistiría en compañía de su hija, conocida como B.D., quien había desempeñado un rol secundario en la película. Durante esta visita a Francia, B.D. se enamoraría de un productor y meses más tarde, con 16 años y el beneplácito de su madre, contraería matrimonio con él. Para 1962, sintiéndose desahuciada, y en un arrebato de sarcasmo, publicó en la revista <em>Variety </em>un anuncio controversial y que ella calificaría como irónico: “Madre de tres hijos. Divorciada. Norteamericana. Treinta años de experiencia como actriz de cine. Capaz aun de moverse; más amable de lo que dicen los chismes. Se ofrece para trabajo en Hollywood (ya estuvo en Broadway.)” En 1963 rodó <em>The case of Constant Doyle </em>y para 1964 se destacan tres películas: <em>Su propia víctima, ¿A dónde fue el amor?, </em>y la película en la que todos esperaban ver de nuevo reunidas a Davis y a Crawford, <em>Canción de cuna para un cadáver, </em>y que al final sería la hermana y también enemiga de Crawford, Olivia de Havilland, quien se quedara con el coprotagónico. La película fue un éxito y sirvió para levantar la carrera de un elenco que parecía venir decayendo. Al año siguiente participa de un proyecto piloto que no logra ser emitido, así como de la película <em>A merced del odio, y </em>para finalizar la década se destaca en dos películas: <em>El aniversario </em>de 1968 y <em>Connecting rooms </em>de 1970. En la década de los setenta la actriz estará activa en el cine y el teatro, participando de algunas series televisivas y apareciendo en programas de entrevistas, y para 1977 el American Film Institute (AFI) le reconoce su trayectoria concediéndole el premio a los logros de una vida, siendo la primera mujer en recibir dicha distinción. La hermana de su enemiga acérrima, Olivia de Havilland, diría para entonces que Davis “consiguió los papeles que yo siempre he querido.” Al año siguiente la veremos en películas para la televisión tales como <em>The dark secret of home harvest </em>y <em>Muerte en el Nilo, </em>y para 1979, bajo el mismo formato, Davis es premiada con el Emmy por su interpretación en la película <em>Extrañas: madre e hija. </em>Cerrará la década participando en papeles secundarios de dos producciones de Disney, <em>Los pequeños extraterrestres </em>y <em>Los ojos del bosque. </em>A comienzos de la década de los ochenta, y como si hubiera necesidad de explicar quién era la afamada Bette Davis, su nombre se haría mundialmente conocido, cuando el encanto de sus ojos hubiera servido como inspiración de la canción <em>Bette Davis eyes, </em>de Jackie DeShannon, y que luego de ser interpretada por Kim Carnes se convertiría en un éxito a nivel mundial. En adelante Bette se dedicó principalmente a trabajar para producciones cinematográficas en formato televisivo, destacándose en las actuaciones de películas como: <em>White Mama </em>de 1980, <em>Family reunion </em>de 1981, y en 1982 <em>La pequeña gloria, Derecho a elegir </em>y <em>A piano for Mrs. Cimino. </em>Actuó junto a su hija y también junto a su nieto, fue nominada a varios premios y en muchos de ellos se quedaría con la estatuilla, y para 1983 es homenajeada con el premio Women Film Crystal, momento en el que ya su salud comenzaba a flaquear. Ese año se le diagnosticó cáncer de mama y fue intervenida quirúrgicamente con una mastectomía, y unas semanas más tarde sufriría cuatro accidentes cerebrovasculares que acabarían por paralizar el lado izquierdo de su rostro. Con terapia y tiempo Davis logró reponerse y recuperarse al punto de viajar a Inglaterra para el rodaje de <em>Murder with mirrors, </em>para regresar y tener que afrontar uno de los más duros golpes de su vida. Desde hacía un par de años Bette se había alejado de su hija, ya que ésta se había convertido en una “cristiana renacida” e intentó de varias maneras hacer proselitismo con su madre. Al regresar de Inglaterra, Davis se enteró de que su hija había publicado un libro en el que enteraba a todos de su relación íntima, y que tituló <em>El guardián de mi madre. </em>En el libro B.D. se permite describir la situación conflictiva que mantuvo siempre con su mamá, y que para muchos allegados a la familia resultaba exagerada y sensacionalista, queriendo manchar la imagen de Davis confesando episodios que la retratarían como una alcohólica, y que contradicen algunas declaraciones que años atrás B.D. daría respecto a la madre ejemplar que era Bette Davis. Según parece Davis nunca descuidó financieramente a su hija y siempre la estuvo asistiendo, y a pesar de que B.D. estuviera casada y fuera una mujer adulta. En 1987 ella misma lo explicará en sus memorias, <em>This’ N that, </em>y refiriéndose al dinero, al título del libro de B.D. y a su tanto éxito, la actriz comenta<em>: </em>“Si se refiere al dinero, si mi memoria no falla, he sido tu guardián todos estos años. Sigo siéndolo, ya que mi nombre ha hecho de tu libro un éxito.” Allí mismo confiesa su dolor y decepción: “Todavía me estoy recuperando del hecho de que una hija mía escribe sobre mí a mis espaldas, no diré nada sobre el tipo de libro que es. Nunca me recuperaré completamente del libro de B.D. como lo hice con el accidente cerebrovascular. Ambas fueron experiencias demoledoras.” Su autobiografía termina con una carta a su hija, en la que señala “una notoria falta de lealtad y agradecimiento por la vida privilegiada que creo te he dado”. El hijo adoptivo de Bette le mostró su apoyo y nunca más volvió a contactarse con B.D., y en gran parte la actriz se sintió apoyada por un público que entendió este asunto como una oportunidad que su hija quiso aprovechar para explotar el nombre de su madre. B.D. sería vista como una codiciosa y jamás volvería a hablarse con Bette, quien finalmente acabaría desheredándola. De 1986 resaltar la película para televisión <em>As summers die </em>y un año más tarde <em>Las ballenas de agosto</em>, para finalmente despedirse con un último filme de 1989, <em>La bruja de mi madre, </em>proyecto que dejaría a medias luego de tener desacuerdos con el director, y de que su estado de salud se viera comprometido. Los meses que le quedarían de vida estuvo activa concediendo entrevistas para las cadenas más famosas y recibiendo invitaciones a programas conducidos por prestigiosos conductores como Johnny Carson, Larry King y David Letterman. Y como si el mundo intuyera su muerte, en el año de 1989 le llovieron toda clase de reconocimientos y condecoraciones: el premio por su trayectoria otorgado por el Centro John F. Kennedy, la Legión de Honor de Francia, el Campione d’Italia, el premio de la Sociedad Fílmica de Lincoln Center, y luego de tantos agasajos caería rendida en medio de la gala de los premios American Cinema. El cáncer regresaba, pero aun así tuvo fuerzas para viajar a Europa a seguir recibiendo premios. En el Festival Internacional de Cine de San Sebastián le conceden el Premio Donostia, pero ya las fuerzas no le dieron para acabar su recorrido, y ni siquiera para regresar a New York. Finalmente, y en un delicado estado de salud, Bette Davis viaja a Francia, y es allí donde morirá el 6 de octubre de 1989 en el Hospital Americano Neuilly-sur-Seine, a sus 81 años. Sus restos fueron sepultados junto a los de su madre y a los de su hermana en el Forest Lawn-Hollywood Hills Cemetery de los Ángeles. Pero antes de morir todavía le alcanzaría para ser la portada de la revista <em>Life, </em>y nada menos que para un especial en el que se elaboraba un recuento de los últimos cincuenta años del cine de Hollywood, considerándola como la actriz más representativa de su época. El AFI en su listado de las “50 mayores leyendas estadounidenses de la pantalla” la situó en el segundo lugar, después de que el número uno fuera para la mítica Katharine Hepburn. En 1997 sus herederos crearon la Fundación Bette Davis, y cuyo propósito es becar a futuras promesas actorales. En el año 2000 Steven Spielberg compró las dos estatuillas del Oscar que habían sido otorgadas a Davis, luego de que ganara la pugna en una subasta por valor de más de ochocientos mil dólares, y que finalmente donaría a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. En 2008 el Servicio Postal de los Estados Unidos diseñó una postal con su imagen conmemorando un siglo de su natalicio. Algunas de sus pertenencias y un detallado archivo que nos recuerda su nombre y obra se encuentra principalmente en la Universidad de Boston. Fueron más de cien películas en las que trabajó, decenas de obras teatrales y múltiples apariciones en series televisivas. Desafiaba el glamur y a la mujer obsecuente y sumisa, y este carácter podía imprimirlo en sus personajes, y cuyas personalidades solían ser desafiantes, combativas, deslenguadas. De igual forma sucedía en la vida real, y los directores y el resto del equipo tendrían que lidiar con una actriz que se comprometía a interpretar a una mujer difícil, precisamente porque era ella la primera. Dado su pasión y perfeccionismo, fueron varios los inconvenientes que tuvo a lo largo de su carrera con algunos de sus colegas, y sería quizás esta manera de hacer las cosas siempre a su manera lo que le valdría el cariño de un público que la admiraba. Una actriz del momento diría que la gente disfrutaba la forma “tan perra” como se comportaba. No temió interpretar emociones desagradables, gestos de amargura, asesinas y mujeres neuróticas, y siendo una de las primeras en atreverse a encarnar papeles de mujeres mayores, no tuvo los inconvenientes de otras estrellas a medida que envejecía. Medía escasamente un metro y medio y muchas veces no brilló tampoco por su talento, y sin embargo así nadie dudaba de que se trataba de una gran estrella. Ella misma se enorgullecía de que no hubiera resaltado precisamente por sus atributos físicos sino por la fuerza de sus interpretaciones. Declaró la necesidad de forjarse como toda una personalidad antes que intentar destacar por su sensualidad. “En mi profesión hasta que no tienes fama de monstruo, no eres una estrella”. Lo que remarcaba el distintivo de Bette Davis, dentro y fuera del cine, era, sin duda, su personalidad. Un crítico lo expresaría de esta manera: “La cualidad mágica que transformaba a esta muchachita a veces sosa y poco hermosa en una gran actriz.” Su epitafio resume su desafío a la vida misma: “Lo hizo a la manera difícil.”</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Sat, 10 Jun 2023 04:23:31 +0000</pubDate>
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        <title>Brujas</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Para consagrase como bruja es preciso un estudio de años donde la iniciada comenzará a una edad temprana, cuando las “maestras” raptan a las niñas mientras sus padres dormitan, llevándolas en vuelo al lugar de celebración del aquelarre. Las niñas serán castigadas en caso de que comunicaran a sus padres su secreta formación, además que tenían la misión de guardar los sapos con los que las “maestras” preparan los ungüentos que las hacen volar. A los seis años son seducidas con golosinas y promesas para que abjuren de la fe de Cristo, luego de lo cual se realizará una ceremonia que celebrará la apostasía y que será presidida por el demonio en su figura de macho cabrío: un hombre barbado con aspecto de cabra, de ojos saltones color azabache, garras corvas como de ave de rapiña, con cola de asno y coronado con un par de cuernos. La “maestra” presenta a su “novicia” al macho cabrío con el siguiente rezo: “Señor, ésta os traigo y presento.” La niña se hinca de rodillas ante el diablo, acepta a Satán como su Señor Dios y rechaza su antigua fe con la siguiente oración: “Reniego de Dios, de la Virgen, de todos los santos, del bautismo y confirmación, de ambas crismas, de sus padrinos y padres, de la fe y de todos los cristianos.” La nueva bruja besa la mano izquierda del diablo, así como su boca y su pecho, encima del corazón, y a continuación besará sus genitales para rematar con el “ósculo infame”, el acto de besarle puntualmente en el ano. Acto seguido, Satán la marcará con sus uñas del lado izquierdo de su cuerpo con una señal que le dejará una cicatriz imborrable y cuyo dolor perdurará durante mucho tiempo. La conmemoración acabará con un festejo en compañía de otras brujas que bailarán al son del tamborino y la flauta, y finalmente la nueva bruja es ungida por todo su cuerpo con un menjurje hediondo de color verdinegro antes de ser llevada a dar un paseo por los aires. La <em>notchnitsa</em>, que así las llamaban antaño en los Balcanes, eran las brujitas que atormentaban a los niños en sus habitaciones durante las noches, y a quienes bastaba la presencia de un adulto para que se esfumaran mágicamente. Y es así como en adelante la pequeña bruja tendrá que ganarse un prestigio, realizando todo tipo de maldades como atacar a las personas y a los ganados, destruir las cosechas y proferir blasfemias y otra clase de fechorías, hasta el momento en que obtendrá licencia para ser ella misma quien preparará sus propias pócimas, ponzoñas y polvos, podrá volar y también compartir de tú a tú con el mismísimo demonio, a través de una consigna que dice: “Señor, en tu nombre me unto; de aquí en adelante yo he de ser una misma cosa contigo, yo he de ser demonios.” La categoría más alta la adquieren las más ancianas y expertas que gozan de los afectos y cariños de Satanás, y que servirá como un órgano consultivo que actúa en compañía de media docena de diablillos que rodean siempre a su Dios. Adivinas, pitonisas, hechiceras, clarividentes, expertas en la nigromancia y en el arte del ocultismo, la imagen de las brujas varía según la época y la cultura. Las encontramos retratadas y sus historias están descritas en cuentos, novelas, películas, e incluso en quienes testimonian haberse cruzado con una de ellas. Acompañadas de sapos, serpientes, ratas, arañas, búhos y cuervos, liebres y el infaltable gato negro, una cohorte de mujeres se convoca en un aquelarre celebrado en cementerios o en la profundidad de los bosques, junto al fragor de una hoguera, gozando de un festejo pagano por medio de rituales satánicos, reunidas en conciliábulos donde a través de magia negra invocan al maligno. Ancianas decrépitas que viven aisladas junto a pantanos y lagos fangosos, de aspecto cadavérico y con la piel de un color verdoso, con narices prominentes en las que realza una abultada verruga, desdentadas y de risas agudas, burleteras y macabras, vistiendo una toga negra y portando sobre sus cabezas un sombrero puntiagudo, trepadas en sus escobas mientras surcan los cielos durante la luna llena o agregando un par de alas de murciélago a su pócima mágica, conjurando un hechizo maléfico junto a una caldera donde se cocina la medicina siniestra, el encantamiento diabólico, el mal de ojo, el brebaje demoníaco capaz de corromper y pervertir. Se dice que podían volar y que tenían el poder de metamorfosearse en cualquier animal, virtudes que les servirían para ocultarse y llevar a cabo sus propósitos funestos. Quizás por el culto a Artemisa (Diana para los romanos), diosa griega emparentada con la luna, las brujas eran asociadas a la luna llena y se dice que es durante el plenilunio cuando alcanzarían su máximo poder. La palabra en latín para denominar a la bruja es <em>maleficae, </em>término con el que fueron conocidas en Europa durante toda la época del Oscurantismo y hasta entrada la Edad Moderna. En inglés se les conoce <em>“withc”, </em>en italiano <em>“strega”, </em>en alemán <em>“hexe”, </em>en francés <em>“sorcière”, </em>y decir que la palabra en español, “bruja”, es de una etimología incierta y desconocida. En la Biblia la aparición de la bruja será ocasional, condenadas por Moisés y presentes en la historia de Saúl, quien consultó a una bruja en En-Dor para que le ayudara a comunicarse con el difunto Samuel. En la antigua Grecia la mítica diosa <strong>Hécate</strong>, asociada a la brujería, era invocada a través de ceremonias para que auxiliara a sus devotas en todos sus encantamientos. En la mitología Tesalia era el lugar oscuro donde moraban las brujas, destacándose tres como las más reconocidas: la desgarbada y horripilante <strong>Erictho </strong>con cabellos de serpientes, que habita junto a las tumbas y que sólo sale en noches lluviosas para comunicarse con los muertos; <strong>Pamphile </strong>que aparece descrita por Lucio Apuleyo en <em>El asno de Oro, </em>y quien tiene el poder de metamorfosear a los jóvenes en piedras o animales; y la bruja <strong>Canidia</strong> que se entera de todo lo que sucede al interior de los infiernos. Lo cierto es que la brujería ya era temida y condenada desde tiempos lejanos, remontándonos a la <em>Lex Cornelia </em>que prohibía las prácticas brujeriles castigándolas con la muerte. Hacia comienzos del Medioevo, Clodoveo I, rey de los francos del año 481 al 511, promulgaría otra fuerte ley en contra de las brujas y brujos y que sería conocida como <em>Lex Salica, </em>y hacia el 780 el mismo Carlomagno tipificaría en sus códigos de leyes una condena de prisión a quien fuera juzgado de brujería, además de severos castigos físicos. A lo largo de estos siglos el mundo se vería inundado de relatos verbales y cuentos escritos que describían a las brujas como personajes maléficos, ligadas al demonio, y en donde empezaba a detallarse toda clase de conjuros y reuniones, siendo la más común la ceremonia conocida como <em>Sabbat. </em>Dicho ritual consistía en abjurar <em>in totum </em>de los dogmas cristianos para ser rebautizadas en la fe de Satán, quien finalmente las estigmatizaría con su marca, sellando así un pacto en el que ambas partes se prometían y obligaban: el diablo concedería toda clase de riquezas y poderes mientras que la bruja se mantuviera siempre sumisa a cumplir sus órdenes, además de entregarle su alma para que dispusiera de ella después de morir. El <em>Sabbat </em>pudo haberse derivado de las antiguas fiestas dionisiacas consagradas al dios romano Baco, dios cornudo que se asociaba al festejo, a lo orgiástico y a la ebriedad, a todo lo carnavalesco y especialmente al vino, y también encarnado en otras figuras míticas como Pan o Mithra. Fue a comienzos de la Edad Media que el dios cornudo sería considerado como el propio diablo y sería conocido como Satanás o Lucifer. Tiempo después el ritual pagano del <em>Sabbat </em>pasaría a ser como una especie de “misa negra”, versión renovada del <em>Sabbat</em> y cuyo culto era consagrado a la devoción de demonios como Diane o Hérodiade. En un principio las mujeres acusadas de brujería serían conminadas a confesar sus culpas bajo torturas, logrando que de esta manera la sociedad se convenciera cada vez más de la existencia real de las brujas, y haciendo que su temida fama se difundiera por toda Europa. Para el siglo XIII el papa Inocencio VIII en contubernio con los sacerdotes dominicos daría inicio a una naciente persecución inquisitorial contra las brujas, castigándolas por el cargo específico de herejía. Sin embargo la persecución acérrima contra las brujas, y que se prolongaría durante cuatro siglos, empezaría en 1326 cuando el papa Juan XXIII promulgara una bula pontificia. La cacería se concentraría principalmente en mujeres, ya que la iglesia consideraba al hombre como un servidor elegido por Cristo, siendo así que la mujer, más débil e inferior que el hombre, estaría más propensa a inclinarse por el adversario maligno, y por lo cual en su momento se calculaba un millar de condenadas por cada hombre castigado por el cargo de brujería. El estereotipo de la bruja se reafirmó después de los juicios de la década de los veinte del siglo XV, y ese mismo año con los tantos tratados demonológicos como el escrito por un par de dominicos y conocido como el <em>Malleus maleficarum </em>(Martillo de las brujas), y del cual se imprimirían más de treinta mil ejemplares a lo largo de los siguientes dos siglos. También los predicamentos teológicos de San Bernardino de Siena y las aseveraciones de varios tribunales de justicia acabarían formando una imagen más definida de la bruja, todos estos consolidando su existencia y describiendo con detalle los rituales satánicos que solían celebrarse en lugares alejados del centro urbano o en cementerios donde profanarían las tumbas. Para 1484 la Iglesia Católica reconoce la existencia de la brujería por medio de la bula apostólica <em>Summis desiderantes affectibus. </em>la asociación de la brujería como un crimen de carácter sexual cobraría rigor hacia el siglo XVI, momento en el que ya eran comunes los distintos suplicios a los que eran sometidas las condenadas, y que puede apreciarse en varios grabados alemanes de comienzos de siglo en los que se representan ahorcamientos y decapitaciones, mutilaciones de miembros y brujas ardiendo en las hogueras. En todo tiempo también se contaría con un puñado de personas racionales que se atrevieron a pronunciarse en contra de semejante delirio colectivo, como el caso del valiente y muy cuerdo barón Michel de Montaigne, quien para 1563 escribiría que muchas de estas mujeres pudieran tratarse de mujeres afectadas de “locura”. Para 1571 el Santo Oficio establece por decreto real un tribunal inquisitorial en la Nueva España que le permitiera proceder con legalidad en su persecución de brujas por territorios americanos. En un comienzo los procesos eran dirigidos por el clero, pero tiempo después cualquier laico podía encargarse de llevar a cabo una persecución propia. En 1599 el rey Jacobo I de Inglaterra estableció la vil práctica de pinchar en el ojo a la mujer sindicada de brujería, y en caso de que sangrara quedaría comprobada su indiscutida culpabilidad. Los siglos XVI y XVII las brujas sufrieron la más intensa, terrorífica y sanguinaria persecución, en lo que muchos calculan cobró la vida de unas cien mil almas. La mayoría de víctimas de la Inquisición eran provenientes de familias rurales de bajos recursos. No sólo las mujeres eran condenadas a muerte, ya que era común el castigar con la misma pena a sus hijos, y en especial si se trataba de niñas. Se empleaban jugarretas innobles para determinar la culpabilidad de las sindicadas, como aquella conocida como <em>Hekseenwag </em>(“balanza de las brujas”), y que consistía en echar a la sindicada a un río con los pies y manos atados, y si flotaba es porque ciertamente se trataba de una bruja (ya que estas desalmadas poseían un peso liviano como un pájaro), y en cuyo caso sería rescatada para quemarla viva en una hoguera. Difícil demostrar su inocencia, ya que de igual manera, y en caso de no flotar, la condenada acabaría ahogándose, demostrándose de esta forma su lamentada y tardía inocencia comprobada. Pero no sería sino hasta fines del siglo XVII cuando comenzó a cuestionarse a nivel de sociedad esta práctica que cada vez perdía más su sentido. Para 1602 el pastor reformista Anton Praetorius saldría en defensa de las brujas condenando la tortura a través de un texto titulado <em>Sobre el estudio en profundidad de la brujería y de las brujas. </em>En Francia Louis XVI derogó la condena de pena de muerte y dejó como máximo castigo por brujería el destierro o el exilio; en 1692 en Estados Unidos un jurado de Massachusetts pidió perdón por los Juicios de Salem firmando un arrepentimiento público y comprometiéndose a nunca volver a repetir tan deleznables sucesos; Inglaterra abolió la legislación respecto a la brujería en el año de 1736 y aunque en 1808 se reportaría el último ahorcamiento de una bruja en territorio inglés. Jules Michelet, en 1862, tendría la iniciativa de redimir la figura de la bruja por medio de un libro donde pretendía componer un “himno a la mujer benefactora y a la vez víctima”, una rebelde y una revolucionaria de todos los tiempos, atreviéndose a señalar a la Iglesia Católica como la promotora de la “caza de brujas”, y defendiendo su obra como un escrito de contenido histórico y no un producto de la ciencia ficción. Un verdadero genocidio, una histeria o esquizofrenia colectiva, un feminicidio masivo, un machismo exacerbado que se prolongaría durante siglos, un crimen contra la humanidad que costó la vida de figuras notables como la de <strong>Juana de Arco</strong>. Y así también destacar otras brujas que han tenido un amplio reconocimiento a lo largo de la historia. En 1324 encontramos a <strong>Alice Kyteler, </strong>quien poco pudo hacer para defenderse ante el obispo de Ossory, convirtiéndose en la primera irlandesa en ser condenada por brujería. Una de sus sirvientas atestiguó que Alice solía sacrificar animales vivos en una suerte de ritual demoniaco. Se le inculpaba luego de haber enviudado en cuatro ocasiones bajo sospecha de envenenamiento, pero finalmente conseguiría escapar de su país. En 1593<strong> Maria Holl</strong>, conocida como la “Bruja de Nördlingen”, fue una de las primeras mujeres en lograr defenderse y hasta conseguir ser absuelta de sus acusaciones de brujería. En 1657, en Escocia, <strong>Maggie Wall</strong> sería quemada en una hoguera sobre la que hoy se impone un monumento de roca de más de seis metros coronado de una cruz, y que es un lugar de alto atractivo turístico, pese a que poco se sabe de la vida de Maggie y menos de su juicio, y por lo que muchos la consideran como una simple leyenda. Para 1751 <strong>Anna Schindenwind </strong>sería una de las últimas en ser ajusticiada en la hoguera en una plaza pública alemana. <strong>Joan Wytte, </strong>conocida como el “Hada de Bodmin”, nació en Inglaterra en 1775, y se decía que era vidente y curandera, de una fuerza descomunal, y que estaba poseída por el maligno. Se le recuerda por fea, desdentada y agresiva, y precisamente por revoltosa pararía en la cárcel donde moriría a la edad de los 38 años. Su cadáver fue disecado y años después sus restos fueron profanados para una sesión de espiritismo, tras lo cual dice la leyenda la bruja se manifestaría desde el más allá. <strong>Anna Göldin </strong>será una de las últimas mujeres ejecutadas en Europa, sucedió en Suiza durante el verano de 1782. Hacia finales del siglo XVIII <strong>Marie Catherine Laveau</strong>, una viuda negra que trabajaba como peluquera de las mujeres blancas y adineradas de New Orleans, conocida como la “Bruja peluquera” o la “Reina bruja”, era famosa por sus prácticas de vudú que solía realizar en compañía de su serpiente de nombre “zombi”. Finalmente <strong>Violet Mary Firth Evans</strong><strong>, </strong>nacida hacia finales del siglo XIX, y quien fuera una de las brujas más reconocidas de su tiempo por haberse interesado desde temprana edad en el arte del ocultismo y hasta llegar a convertirse en una experta. Se hacía llamar “Dion Fortune”, y junto a su esposo fundó “Fraternidad de la luz interior”. También se le recuerda por haber apoyado fuertemente a Inglaterra durante los intentos de la ocupación alemana. Sería ya entrado el siglo XX, hacia la década de los setenta, cuando los movimientos feministas se apropiaron de la imagen de la bruja como un emblema de culto y un símbolo de la resistencia femenina. Surge la revista <em>Brujas, </em>de Xavière Gauthier, que exponía en detalle “las prácticas subversivas de los movimientos feministas”, y surgen también los cultos y rituales modernos como la <em>Wicca, </em>que es como hoy se conoce al encuentro de varias mujeres que se reúnen a manera de un antiguo aquelarre. Lo cierto es que gran número de estas mujeres que fueron asesinadas por considerárseles brujas no eran otra cosa que mujeres de ciencia, estudiosas, investigadoras. Muchas de ellas eran parteras y curanderas, cocineras o consejeras, sabias en el conocimiento de plantas e hierbas con los que solían preparar brebajes y remedios, conocedoras de enfermedades que lograban tratar de manera precaria por medio de pócimas basadas en la farmacopea tradicional, y que muchos citadinos y médicos señalaron como prácticas paganas o brujeriles. Les prohibieron legar sus nuevos conocimientos y sus enseñanzas ancestrales y prefirieron silenciarlas en medio de una pira encendida. La escoba sigue siendo hoy símbolo que nos remite a la bruja voladora, así también como a un objeto ligado a la mujer consagrada a las labores del hogar. Tanzania, República Democrática del Congo, Kenia, Ghana, Angola, Nigeria, Papúa Nueva Guinea, Arabia Saudita, Nepal e India son algunos de los más de cincuenta países donde la brujería sigue siendo perseguida y penalizada con castigos de tortura y muerte. Se calcula que en la última década más de veinte mil mujeres han sido condenadas por el cargo de brujería, y en el 2020, por motivos de la pandemia, el creciente número de rezanderas de todas las especies se ha venido multiplicando, por lo que también aumentó la persecución y una nueva cacería.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Sat, 18 Mar 2023 00:35:49 +0000</pubDate>
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