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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Luis Carlos Galán Archives | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Honrar no es usar: sobre el legado de Miguel Uribe</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-conspiracion-del-olvido/honrar-no-es-usar-sobre-el-legado-de-miguel-uribe/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hoy abrimos la puerta de la conspiración del olvido al pensamiento de nuestro joven e intelectual jurista e internacionalista, Tomás Francisco Flórez Romero, quien, con su exquisita y renovadora pluma, nos lleva al legado de Miguel Uribe y a la manera como las banderas enarboladas tras su muerte pueden ser feriadas por quienes quedamos vivos: [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><em>Hoy abrimos la puerta de la conspiración del olvido al pensamiento de nuestro joven e intelectual  jurista e internacionalista, Tomás Francisco Flórez Romero, quien, con su exquisita y renovadora pluma, nos lleva al legado de Miguel Uribe y a la manera como las banderas enarboladas tras su muerte pueden ser feriadas por quienes quedamos vivos: algunos, con júbilos; otros, con glorias apaciguadas u oportunismo</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>La opinión de Tomás Flórez abre, así, una reflexión sobre la moralidad y apela a la ética en tiempos convulsionados, en los que los magnicidios han vuelto a tocarnos. Pero, sobre todo, apela, con bondad, a la justicia, a la restauración y a la unidad.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>En buena hora, y precisamente en estos momentos, necesitamos escuchar al futuro de Colombia, que, con su opinión, nos devuelve la esperanza y restaura la fe en nuestra amada patria.</em></p>



<div class="wp-block-group is-nowrap is-layout-flex wp-container-core-group-is-layout-f56f613f wp-block-group-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="428" height="571" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/Tomas-Francisoc-Florez-2.jpg?quality=60&amp;w=428" alt="Tomas Francisco Flórez Romero" class="wp-image-133823" style="width:229px;height:auto" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/Tomas-Francisoc-Florez-2.jpg 428w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/Tomas-Francisoc-Florez-2.jpg?resize=225,300 225w" sizes="(max-width: 428px) 100vw, 428px" /></figure>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">Por Tomás F. Flórez Romero</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estudiante de Relaciones Internacionales y Jurisprudencia | Universidad del Rosario</p>
</blockquote>
</div>



<p class="wp-block-paragraph">Un sábado 7 de junio de 2025 se selló y se cerró el destino de una persona. En aquel instante, unos viles y cobardes dispararon en un barrio de Fontibón, se hizo inevitable y universal aquello que, por excelencia, define la vida: un desapacible magnicidio. En ese mismo lugar donde todo se decanta de una manera definitiva, donde incluso lo divino parece perder su arraigo, se cruzó la vida de una esperanza para nuestro país, destinada a acabarse por la cobardía de los grupos criminales o, incluso, por la responsabilidad mezquina del Gobierno complaciente de turno. Ahí, con todo el dolor, estaba Miguel Uribe Turbay.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy, a un año y dos meses de aquel inexorable desenlace, en el marco del Summit de Liderazgo Valiente, tuvimos la oportunidad de honrar, una vez más y de manera pletórica, la vida de Miguel Uribe Turbay y cada uno de los rasgos que nos dejó como ejemplo para la construcción de un país mucho más justo, elevado en valores y principios que no son negociables.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para ninguno de nosotros puede ser indiferente la historia de Miguel ni los percances que tuvo que atravesar a lo largo de su vida: el asesinato de su madre, Diana Turbay, durante un fallido operativo de la Policía Nacional; la persecución que sufrió su padre, el señor Miguel Uribe Londoño; y la permanente pretensión de sus contradictores de reducirlo a la condición de heredero de una tradición política por ser nieto del expresidente Julio César Turbay Ayala. Pero Miguel respondía a esas circunstancias con una convicción propia. En sus palabras: <em>“El servicio público no es un logro heredado, sino una decisión consciente de comprometerse con el destino del país”</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este evento estuvo presente el presidente de la República, Abelardo de la Espriella, y su presencia me abrió una inquietud que considero inevitable: ¿estamos realmente entrando en tiempos conscientes, en los que las nuevas figuras políticas asumen un compromiso auténtico con nuestra “<em>patria”</em>? Porque hoy son muchos quienes, desde sus propias posiciones políticas e ideológicas, levantan las banderas de Miguel y reivindican su nombre. Pero honrar su memoria no puede reducirse a pronunciar su nombre, utilizar su imagen o apropiarse de aquello que representó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquella afirmación puede ser bastante cuestionada, y no quiero que se me malinterprete. El Gobierno de Abelardo de la Espriella, en efecto, ha representado un cambio de 180 grados para el país. Se trata de un hombre que ha demostrado un talante decidido para adelantar sus propuestas, dispuesto a romper con el derroche y con la complacencia institucional a la que, en mi opinión, estuvimos acostumbrados durante cuatro años. También ha demostrado una determinación considerable para poner en jaque a los grupos al margen de la ley. Lo recalcó el señor De la Espriella durante su discurso de hoy: hizo referencia a la neutralización de alias «Robinson Gutiérrez», a quien las investigaciones de la Fiscalía y los comunicados oficiales han señalado como una persona presuntamente vinculada con la financiación y la planificación del asesinato de Miguel Uribe. De hecho, me atrevería a decir que el señor De la Espriella lo recalcó, sin exagerar, al menos cuatro veces. ¡Muy pertinente de su parte!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero es precisamente aquí donde quiero abrir el debate sobre la figura del presidente, y es a veces frustrante ver cómo el señor De la Espriella convierte reiteradamente la memoria de Miguel en parte de su propio relato político.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quiero dar un paso atrás y volver a las elecciones presidenciales de las cuales Miguel era precandidato. Quiero citar las palabras de su amigo y mi compañero, Andrés Forero: «<em>No sé si Miguel hubiera ganado las pasadas elecciones, pero tengo la íntima convicción de que, más temprano que tarde, él hubiera sido presidente de Colombia. Ya nunca lo sabremos, y eso ya no importa».</em> Y quizá tenga razón. Lo verdaderamente importante es observar cómo, después de un magnicidio tan menesteroso, se desenvolvieron las elecciones en Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la segunda vuelta —sin ánimo de faltar al respeto— nos encontramos frente a dos posibilidades políticas que, en buena medida, terminaron apelando a las palabras más atractivas y a las emociones más latentes, saltándose de forma olímpica los principios que Miguel tanto resaltó. Eran, en síntesis, ¡dos pusilánimes! El debate se fue perdiendo. Los principios de los líderes, las propuestas y los discursos fueron desplazados por la política del <em>clickbait</em>, el espectáculo mediático y la confrontación desembocando en una honda polarización nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vivimos, quizá, un tiempo de relativismo moral, como advertía el Dr. Álvaro Gómez Hurtado; un tiempo en el que se desdibuja la noción misma del bien y del mal, en el que la política pierde su dimensión ética, en el que prescriben los ideales y mueren los hombres. Ese mismo relativismo moral puede extenderse a cuestiones todavía más profundas: la concepción de Dios, de la vida y de la propia muerte. Y es precisamente frente a la muerte donde la figura de Miguel adquiere hoy una dimensión particular.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy puedo decir, con seguridad, que Miguel está más vivo que nunca en la memoria de quienes lo conocimos, de quienes creyeron en él y de quienes todavía encuentran en sus palabras una razón para pensar el futuro de Colombia. Pero, al mismo tiempo, no puedo dejar de preguntarme si nosotros, como sociedad, nos estamos desvaneciendo en aquello que el Dr. Luis Carlos Galán advertía desde los años ochenta: una profunda crisis moral.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una crisis que se manifiesta en la manera en que socavamos la dignidad humana, en que exponemos la muerte en bolsas blancas —y reconozco, por supuesto, el valor de los resultados militares y estratégicos del Gobierno—, pero esa no es la forma, presidente. No es la forma de darse rédito mediático y resaltar su circo permanente. Apelar a un populismo punitivo. Donde se manifiesta también ser el Gobierno de los «nunca» y terminar con los de «siempre»… Cuando incluso la fe cristiana corre el riesgo de ser reducida a un simple eslogan político. Así que, señores, no lo olviden: ¡viva Cristo Rey!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces pregunto: ¿dónde ha quedado la moral, la coherencia y los principios?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Alfonso López Pumarejo lo dijo hace muchísimo tiempo: «Este rasgo de nuestra democracia se ha ido marchitando con el transcurso del tiempo (&#8230;) El discurso en tono mayor, en la plaza pública o en el Parlamento, se hace cada día más escaso». Y quizá esa advertencia encuentre hoy una nueva resonancia en las palabras de Gaitán, cuando afirmaba que «malaventurados los que en el gobierno ocultan tras sus bondades las palabras de la impiedad». ¿Hasta cuándo, señores lectores, seguiremos profundizando la polarización en lugar de recuperar el tono mayor de la política, aquel en el que el debate público vuelve a estar guiado por principios y no por la confrontación ideológicamente sesgada?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y es precisamente desde esa preocupación que quiero dirigirme al presidente de la República. Sé que es un hombre preparado, un jurista que reconoce y respeta la Constitución. Pero precisamente por eso considero legítimo preguntarnos: ¿su elección fue verdaderamente el resultado de sus virtudes y de la confianza depositada en sus propuestas, o estuvo también atravesada por una estrategia política destinada a dividir al país, a enfrentarnos mediante el miedo y las diferencias ideológicas? No me cabe duda de que Miguel hubiera hecho de verdad una agrupación nacional. ¿Qué pensaría él al ver el país tan dividido ahora por egos y extremismos políticos?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque si algo debiese enseñarnos la historia de Miguel Uribe es que la política tiene que ser una discusión sobre el país que queremos construir y sobre los principios que estamos dispuestos a defender para hacerlo posible. Y quizá esa sea la pregunta que hoy debemos hacernos: después de Miguel, ¿qué clase de país queremos ser?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy vuelvo a sus palabras y con el sentimiento hondo de dolor de su partida: «Si con el porqué uno se lamenta, con él para qué uno se inspira». No sabremos los devenires de nuestra política actual, ni de cómo trabajará este Gobierno, al que también le deseo lo mejor, pero en el que siempre ha faltado, en mi opinión, principios, coherencia y moralidad. Y esa era la mayor certeza de Miguel: que, a pesar de todo, vale la pena creer en este país y trabajar incansablemente por él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como joven, la muerte de Miguel tocó mi puerta, y la muerte y la violencia siguen tocando la puerta de miles de colombianos más ahora. Solo quiero ver su vida como la creación de un símbolo que convoque un movimiento de restauración, como lo hacen unos buenos compañeros de Miguel y agrupaciones políticas y juveniles, pero no reducirlo a las banderas de un líder político.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Terminando con este tema tan abyecto de la muerte, en sus épocas de cuentista, el Dr. Gómez Hurtado afirmó: «No se preocupe por mi sufrimiento, lo que no duele no es la muerte, sino lo que va quedando de vida».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para mí… de vida política, por lo menos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Ramón García Piment</author>
                    <category>La conspiración del olvido</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133820</guid>
        <pubDate>Thu, 08 Oct 2026 13:29:03 +0000</pubDate>
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        <title>«El canto de las moscas» de María Mercedes Carranza: Colombia en la elegía</title>
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        <description><![CDATA[<p>En este libro de la poeta colombiana se mezcla el sonido mustio de las pequeñas alas de la descomposición, el olor de las fosas comunes. Cuando uno compara los tiempos en que vivió María Mercedes Carranza con los nuestros, y la evoca en ese grisáceo 2003 despedirse con un poema donde instaba a tomar el [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><strong>En este libro de la poeta colombiana se mezcla el sonido mustio de las pequeñas alas de la descomposición, el olor de las fosas comunes.</strong></p>
<p><figure id="attachment_80432" aria-describedby="caption-attachment-80432" style="width: 800px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" class="size-full wp-image-80432" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2020/11/Carranza-1.jpg" alt="" width="800" height="498" /><figcaption id="caption-attachment-80432" class="wp-caption-text">María Mercedes Carranza en su juventud.</figcaption></figure></p>
<p style="text-align: justify">Cuando uno compara los tiempos en que vivió <strong>María Mercedes Carranza</strong> con los nuestros, y la evoca en ese grisáceo 2003 despedirse con un poema donde instaba a tomar el suicidio como la única decisión política respetable, como la única decisión que uno puede verdaderamente tomar en Colombia, y luego lanzarse al vacío, entiende que cada vez más el tiempo le da la razón a la poeta. Entiende que cuando uno se dedica a la piromanía de la cultura, no son las sensibilidades de quienes tocamos las que se incendian, sino uno mismo, colgado de un árbol seco en el patio de la noche.</p>
<p style="text-align: justify">Y entiende, del mismo modo, que si hay un libro que ataque a la barbarie con su brevedad en nuestro país, se trata de <strong><em>El canto de las moscas</em></strong>. Allí las palabras pintan, y en su color se mezcla el sonido mustio de las pequeñas alas de la descomposición, el olor de las fosas comunes, el humo de los cilindros después de un ataque de la brutalidad. Un libro compuesto por pequeños cuadros de pueblos donde ocurrieron masacres a lo largo de esta república de palomas. Un recorrido por la elegía; un álbum de las muertes más injustas del momento, retratos de los caídos que llevamos los colombianos aún en el pecho.</p>
<p style="text-align: justify">El sufrimiento de la poeta iba a empezar del siguiente modo, aunque en el libro no lo iba a plasmar cronológicamente: el 18 de agosto de 1989 el país iba a quedar aturdido por las balas que mataban a <strong>Luis Carlos Galán</strong>. Los radios transmitían la noticia con pesadumbre, y los seguidores del precandidato lo lloraban interminablemente, como si atendieran al desagradable axioma borgeano sobre Colombia: por <em>un acto de fe</em>, pues nada aseguraba que él pudiera quedarse, de ganar la consulta del Nuevo Liberalismo, con la presidencia, pero como a <strong>Jorge Eliécer Gaitán</strong>, por la fuerza de su palabra y por su insobornable cuestionamiento incesante a la podredumbre social, lo veían como la más fuerte promesa de recomponer al país. La poeta había apoyado la campaña del político caído, de su amigo. Y así registra su desesperanza en el último canto del libro, que está incluso dedicado <em>a Luis Carlos: siempre</em>, y que lleva el nombre del municipio en cuya plaza lo arrebataran del mundo:</p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><strong><i>Canto 18: Soacha</i></strong></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>Un pájaro</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i> negro husmea</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>las sobras de</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>la vida.</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>Puede ser Dios</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>                 o el asesino:</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>da lo mismo ya.</i></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify">Siguiendo este hilo, a pocos meses de que cesaran las funciones de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, donde María Mercedes Carranza participaba, el poeta y periodista <strong>Julio Daniel Chaparro Hurtado</strong> arribaría a Segovia, Antioquia, con el fotógrafo <strong>Jorge Enrique Torres</strong>, a quien había convencido de que lo acompañara a último minuto para hacer una crónica del impacto de la violencia que pensaba publicar en El Espectador dentro de una serie sobre los pueblos más amedrantados. Aquel miércoles 24 de abril, cuando iban a ser las siete de la noche, los asesinaron en la calle de La Reina de ese municipio. En su libro <em>Y éramos como soles</em>, publicado en 1986, Chaparro Hurtado había sido implacable con su destino: <em>Si una noche cualquiera me encuentran muerto en una calle/ y ven mi boca repleta de insectos rabiosos/ trabajando en mi lengua,/ no me sufran:/ habrá sucedido que caí antes de escuchar el balbuceo de mi hijo/ hecho una lluvia de madres desnudas sobre mi corazón</em>… La vida, (¿o la muerte?) se burló del poeta, y Carranza lo siente y deja constancia de esta coincidencia fatal en su <em>versión de los acontecimientos</em>, como subtitularía al libro:</p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 40px"><strong><i>Canto 5: Segovia</i></strong></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>    Los versos</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>de Julio Daniel</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>              son la risa</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>              del Gato de Cheshire</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>              en el aire de Segovia.</i></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify">Hasta morir, la poeta bogotana lideró una campaña por la paz de Colombia, con la premisa central de lograr la liberación de los secuestrados, ello porque su hermano, Ramiro Carranza, había sido raptado por las FARC en el año 2001. Cuatro años después la familia recibiría la confirmación oficial de su muerte en cautiverio, pero se resistiría a creerlo hasta cuando, ya en el 2008, su propio carcelero aseverara que habría muerto, «enfermo del alma», en abril del mismo año en que su hermana frenara su resquebrajado corazón.</p>
<p style="text-align: justify">Quien fuera la directora de la Casa de Poesía Silva decidiría morir como el poeta que un siglo antes se habría disparado en ese recinto en una madrugada silenciosa, abatida por su dolor personal, por su dolor de país, como puede verse en su libro desde el título hasta el punto final. Los dieciocho poemas parecieran tener el nombre de un pueblo, pero tienen el nombre de una masacre. La tierra, como el ser humano, adopta el nombre de su devastación. Sin embargo, Mapiripán, Caldono, Ituango… tuvieron la oportunidad de ser un poema. En cada uno se ve la muerte desde la mirada de la niña que se resiste a dejar de creer en el ser humano –la niña María Mercedes que residía en el pecho de la dama con tacones también un día iba a cerrar los ojos para siempre como los miles y miles de personas que cayeron en esas tierras que cantó–, cada uno refracta, frágil prisma, uno de los peores fragmentos de la historia colombiana con la dignidad que solo podría darle la poesía.</p>
<p style="text-align: justify">Hacen falta poetas como <strong>María Mercedes Carranza</strong>. Nos urgen en Colombia poetas que no se dejen manipular por los sistemas editoriales ni políticos, ni mucho menos por su propio sistema ni el sistema natural de la escritura. Necesitamos poetas que reinventen la historia, porque, de lo contrario, vamos a asistir a un suicidio mental colectivo. No solo eso, necesitamos un hombre o una mujer por cada familia en Colombia que adquiera el arte sencillo de matar la esperanza.  Hay que demoler la esperanza para edificar lo tangible: el futuro es apenas un espectáculo de nubes que cambian de forma constantemente y sin ritmo alguno, el ayer es un cerco de fuego devorante; y el presente es el antro donde hierven como gusanos de la muerte los cobardes.</p>
<p style="text-align: justify">Podemos seguir muriéndonos de rencor, se puede aprobar la tristeza en la mirada como un símbolo de la discriminación. Los medios de comunicación se pueden ahogar en especulaciones, los enemigos de la paz cabestreados por su innombrable y despreciable arriero pueden seguir moviendo los hilos desde su retablo oscuro, dándonos a comer de nuestras propias excrecencias. Podemos recurrir al canibalismo para que no digan que morimos de hambre sino de antropofagia desesperada, pero tiene que dejar de ser la indiferencia, de una vez por todas, la brújula que guíe a Colombia. Los colombianos no podemos seguir siendo indiferentes al <em>canto de las moscas</em>.</p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>Mañana</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify"><i>será tierra y olvido</i>.</p>
<p style="text-align: justify"><em>   </em><i></i></p>
<div class="entry-content">
<p style="text-align: center"><em>Este texto fue publicado originalmente en la revista de poesía <a href="https://www.otroparamo.com/web/#&amp;slider1=2" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Otro páramo</a>.</em></p>
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</div>
<p>&nbsp;</p>
<hr />
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i><strong>Referencias</strong>:</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>El canto de las moscas: (versión de los acontecimientos). </i>María Mercedes Carranza.<i> </i>Bogotá, Arango Editores. 1998.<i></i></p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=80430</guid>
        <pubDate>Sat, 07 Nov 2020 23:59:03 +0000</pubDate>
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