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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>luis a. Calvo Archives | Blogs El Espectador</title>
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        <title>El Silencio de Luis Antonio Calvo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/pletora/el-silencio-de-luis-antonio-calvo/</link>
        <description><![CDATA[<p>El silencio. Curioso nombre para una serie sobre un compositor. Sobre uno de los más grandes compositores de la música clásica en Colombia: Luis Antonio Calvo. ¿Por qué el silencio? No lo sé todavía. O sí. Creo que uno empieza a entenderlo… apenas la serie comienza a moverse. Esta columna, de hecho, la escribí antes [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>El silencio. Curioso nombre para una serie sobre un compositor. Sobre uno de los más grandes compositores de la música clásica en Colombia: Luis Antonio Calvo.</p>
<p>¿Por qué el silencio?</p>
<p>No lo sé todavía. O sí. Creo que uno empieza a entenderlo… apenas la serie comienza a moverse.</p>
<p>Esta columna, de hecho, la escribí antes de ayer. Y no la publiqué. Algo me frenó. Quise ver la serie primero. El primer capítulo. Quería entender, o intuir, por qué ese nombre.</p>
<p>Y empieza raro. O bonito. O impactante. O todo eso junto (jajaja).</p>
<p>Empieza con Calvo, frente al piano. Siempre he imaginado que Luis Antonio tocaba con la insolencia de un genio. Y así se sintió el Luis Antonio de la serie, un pianista que se sienta y toca sin pedir permiso, en un auditorio que se siente contenido, casi suspendido. Esa primera escena, la del auditorio, es el actor Juan Carlos Vargas, interpretando a Calvo en su edad madura, el que nos hace sentir esa insolencia, y, por supuesto, también la interpretación real de esa música, que hace Lezlye Berrío. El silencio empieza magistralmente.</p>
<p>Silencio.</p>
<p>Y luego… un nacimiento. Un niño que no llora.</p>
<p>Silencio.</p>
<p>Desde ahí, el título empieza a insinuarse.</p>
<p>Y en esta plétora voy a hablar (escribir) de lo que suena, de lo que sostiene todo eso sin que uno siempre lo vea: la banda sonora. La escena inicial, esa ejecución impecable al piano, es parte de ella, y viene de un proceso mucho más largo. Eso que suena… tiene historia. Tiene manos, y esas manos llevan años de obsesión y de archivo.</p>
<p>Esa música fue interpretada por uno de los pianistas más rigurosos y, sí, más virtuosos que tiene este país: Lezlye Berrío. Investigador, además, creador de un trabajo que, con un nombre casi sencillo (Historias del Piano Colombiano), ha venido haciendo algo que este país no hace con facilidad: escuchar su propia memoria.</p>
<p>Berrío ha dedicado años a recuperar y grabar obras de los siglos XIX y XX: decenas de compositores y compositoras colombianos, un archivo disperso y silencioso, prácticamente inexistente para el público, que estaba ahí, quieto, esperando a alguien. Ese trabajo, paciente y meticuloso, ha permitido que esa música vuelva a sonar como repertorio vivo y escuchable. Hay años metidos entre partituras olvidadas, y nombres que dejaron de circular, todos empujados hacia un borde raro del olvido. Berrío decidió traerlos de vuelta. Hace diez años Calvo comenzó a sonar para las nuevas generaciones, en las manos del maestro Berrío.</p>
<p>Luis Antonio Calvo es el inicio de todo: podríamos decir que, al resucitar Berrío sus partituras, empezaron a salir de sus tumbas las partituras de los demás compositores colombianos, un proyecto más amplio de rescate del piano colombiano que hoy constituye el archivo más importante del país en este campo. Que una serie que se llama El silencio empiece justamente por alguien que se ha dedicado a que la música deje de estar en silencio es una ironía, ¿no?</p>
<p>Aquí resuena en mí esta pregunta: ¿qué cosas, en este país, solo existen cuando alguien decide escucharlas, y qué pasa cuando nadie lo hace? No sé si pueda responderla en esta columna.</p>
<p>El título de la serie genera ruido: inicialmente suena como una nota mal puesta. Porque la serie narra una vida atravesada por ausencias, enfermedad, aislamiento y contexto histórico. La música que la acompaña viene de un proceso que rompe el silencio. Tal vez ahí está la clave: el silencio, a veces, es ausencia de escucha. Y en Colombia, muchas veces, lo que no se escucha… desaparece.</p>
<p>Hace tiempo dejé de ver producciones colombianas. Me cansé de las historias que giran siempre alrededor de lo mismo: droga, violencia. Este país se ha reducido a sus peores versiones, como si la ficción necesitara insistir, una y otra vez, en la misma herida. Y uno termina sabiendo qué va a pasar antes de que pase, por costumbre. Me cansé también de esos personajes diseñados, de cuerpos perfectos y vidas irreales, como si la ficción necesitara olvidar que aquí la gente tiene cuerpos con panza y vidas con deudas. También por eso dejé de verlas. Porque dejé de reconocerme ahí.</p>
<p>Hace poco vi (o intenté ver) una de esas series nuevas. Empieza con una mujer masturbándose en un yate. Y luego lo de siempre: desapariciones y policías, con una tensión prefabricada… Ya sabe uno el tono, hasta el tipo de personaje. Uno siente que ya vio esa trama, aunque nunca la haya terminado.</p>
<p>Y de pronto aparece una historia que se queda en otra parte: <a href="https://canaltro.com/estreno-el-silencio-canal-tro/">El silencio</a>, que se siente distinto (no sé si «distinto» alcanza… pero bueno).</p>
<p>Una historia difícil, en una vida, la de Luis Antonio Calvo, llena de matices y de decisiones que no se explican en una línea de esta columna. Y ahí pasa algo extraordinario: uno ve una vida que respiró distinto, una vida con todos sus bordes, con lo que duele y con lo que persiste, con un corazón que sana con música aunque el cuerpo siga enfermo.</p>
<p>Y entonces la pregunta cambia. ¿Qué historia están contando? ¿Por qué estas vidas aparecen tan poco en las pantallas colombianas y qué lugar ocupan, si es que ocupan alguno, en lo que decidimos recordar como país?</p>
<p>La serie se queda, y en ese quedarse… algo empieza a moverse (paradójico, ¿no? Quedarse para hacer que todo alrededor se mueva).</p>
<p>La televisión en Colombia ha contado muchas veces la música. Ha construido historias alrededor de cantantes y de géneros que ya hacen parte de la memoria colectiva, como el vallenato y la salsa. Hemos visto esas vidas narradas una y otra vez. Hemos aprendido a reconocerlas. Pero esta historia se detiene en otro lugar: en una tradición que fue escrita aquí y que forma parte de lo que somos. La música clásica hecha en Colombia. Y, sin embargo, esa parte ha tenido nula presencia en lo que vemos.</p>
<p>Importa que esa historia aparezca, que alguien pueda verse ahí: un niño que estudia piano o una niña que se sienta horas frente a un instrumento, que insiste y que duda, y que de pronto encuentra una vida que dialoga con la suya. Una vida de aquí.</p>
<p>El silencio cambia la idea de lo que entendemos por música colombiana, una idea que durante mucho tiempo ha venido con formas muy precisas, con ritmos que reconocemos de inmediato y territorios claros. Vallenato, carrilera, salsa, porro…</p>
<p>Durante años, cuando se habla de música clásica, la referencia viaja lejos, a Europa, a nombres que todos reconocen. Beethoven, por ejemplo. Ese tipo de grandeza que parece tener un lugar fijo en la memoria. Pero muy lejos de este territorio tricolor. Aquí también se escribió música con esa misma vocación de permanencia. También hubo quienes pensaron el sonido con disciplina y con una relación íntima con el tiempo. Compositores que construyeron obra y dejaron lenguaje.</p>
<p>Colombia suena de muchas formas: a tambor y a fiesta abierta, a Caribe y a montaña. Y también suena a piano, a vals y a pasillo, a formas escritas y pensadas desde el instrumento. Todo eso también es Colombia, esperando, quizá, a que alguien vuelva a escucharlo. Y a escribirlo para televisión.</p>
<p>Ver una serie que se detiene en esa historia, y que la deja sonar, amplía el mapa. Hace visible una zona que siempre estuvo ahí. También está el territorio: Santander y Cundinamarca, una sensibilidad que nace en un lugar específico y que lleva consigo una cultura y una forma de habitar el tiempo.</p>
<p>Y en medio de todo eso hay una continuidad que viene de antes. Durante años, Lezlye Berrío ha hecho ese trabajo silencioso: volver a tocar la obra de Luis Antonio Calvo y ponerla a circular en las plataformas. Un archivo que existía en silencio. Alguien decidió que esa música tenía que volver a sonar. Ese alguien fue el maestro Berrío.</p>
<p>Ahora esa misma música entra en otro espacio, el de la imagen y la narración. Y algo se conecta, como si lo que llevaba tiempo sonando por un lado… encontrara otra forma de existir, ahora en televisión.</p>
<p>Posdata:</p>
<p>Todos a verla: sábados y domingos a las 8:30 de la noche por Canal TRO.</p>
<p>Ahhh… Por ahí en redes sociales ya circulan los comentarios de los musicólogos y los investigadores musicales eruditos… que no sonaba Beethoven en esa época, que Calvo no usaba bastón… Vayan al Museo Calvo, salgan de los libros, que su erudición no se convierta en una tóxica criticadera para destruir. Por cierto, ahí les dejo la fotico… Calvo sí usó bastón.</p>
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        <author>Diana Patricia Pinto</author>
                    <category>Plétora</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=127857</guid>
        <pubDate>Sun, 12 Apr 2026 23:42:10 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diana Patricia Pinto</media:credit>
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