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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Londres | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Diana Spencer “Princesa de Gales” (1968-1997)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/diana-spencer-princesa-gales-1968-1997/</link>
        <description><![CDATA[<p>“La Honorable”, título nobiliario de cuna de Diana Spencer, una aristócrata británica que nació muy cerca de la familia real inglesa, y de la cual años más tarde pasaría a ser una pieza fundamental. Tras la muerte de uno de sus hermanos, el matrimonio de sus padres empieza a deteriorarse y para 1967 la pareja [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“La Honorable”, título nobiliario de cuna de Diana Spencer, una aristócrata británica que nació muy cerca de la familia real inglesa, y de la cual años más tarde pasaría a ser una pieza fundamental.</p>
<p>Tras la muerte de uno de sus hermanos, el matrimonio de sus padres empieza a deteriorarse y para 1967 la pareja decide divorciarse. Cada quien encontraría otra pareja y fue así como Diana tendría una infancia en donde a momentos la pasó con su madre y su padrastro, y en otras ocasiones con su padre y su madrastra. Ella misma diría que recuerda su infancia como “muy infeliz”, y “muy inestable, todo.”</p>
<p><em>Lady Di</em>, es así como sería conocida luego de que a su padre se le concedió el título de noble, y de esta misma forma el mundo la conocería después. Sus estudios básicos quedarán a cargo de una institutriz, y a los 9 años sería internada en el instituto femenino Riddlesworth Hall School, y a los 14 años se uniría a sus hermanas en el West Heath Girls’ School.</p>
<p>No se destacó por ser una estudiante ejemplar. De calificaciones promedio, los intereses de Diana estarían más abocados al deporte y al arte, destacándose por sus interpretaciones al piano, sus dotes para el baile y sus buenas condiciones físicas para la natación y el buceo.</p>
<p>Para 1978 la niña acostumbrada a los privilegios se confrontaría ante un mundo más realista, mudándose a la capital inglesa, donde compartiría un departamento con su madre y algunos amigos. Por esta época la noble princesita estaría dedicada a ejercer algunos oficios que no figuraban antes en el prontuario de las reinas, más allá de los cuentos de hadas en donde la princesa, como es el caso, trabajará en labores de limpieza, anfitriona de fiestas, niñera, profesora de piano y asistente de guardería. Un accidente en esquí haría que Diana se alejara de una de sus grandes pasiones que era la de bailar. También tomaría algún curso de cocina, pese a lo cual no solía tomarse el tiempo para poner en práctica lo aprendido.</p>
<p>Para 1979 la madre de Diana premiaría la dedicación de su hija comprándole un departamento en el Coleherne Court en Earls Court con motivo de la celebración de sus 18 años.</p>
<p>Diana y Carlos se conocieron en 1977, cuando ella tenía 16 años y él estaba por cumplir los 30. Para ese momento era a su hermana a quien el príncipe pretendía, pero el destino terminaría por hacerlo mirar de soslayo y reparar en la joven doncella a la que parecía lucirle mejor la corona real.</p>
<p>La invitó a que lo viera jugar al polo, la llevó de paseo en sus yates de lujo, y le presentó sus mansiones y las otras posesiones que esperaban por ella si es que se decidía a darle el sí.</p>
<p>El príncipe la llevó ante sus padres, y los reyes quedarían encantados con aquella cándida rubiecita que llevaba en su sangre la estirpe de lejanos parientes reales de la Casa de los Estuardo por medio de Carlos II de Inglaterra, además que Carlos y Diana descendían de la Casa de los Tudor a través de Enrique VII de Inglaterra.</p>
<p>El noviazgo fue corto. Para comienzos de 1981, en el castillo de Windsor, el príncipe le propuso a Lady Di que fuera su esposa, y dos semanas después el mundo entero conoció a esa joven y simpática aristócrata que había conquistado al príncipe de Gales, legítimo sucesor y heredero al trono de Inglaterra, hijo de Isabel II, y a quien presentaba como a la futura reina de la Corona británica.</p>
<p>Diana abandonó su trabajo como asistente de guardería (siendo así la única novia real que hubiera tenido un trabajo) y se mudó a Clarence House, lugar de residencia de la Reina Madre, pero al poco tiempo se trasladaría al palacio de Buckingham para ponerse al frente con los preparativos de una boda de ensueño, y tras lo cual se convertiría en la primera mujer inglesa en casarse con el próximo sucesor al trono desde que Jacobo II y Anne Hyde contrajeron nupcias unos 300 años atrás.</p>
<p>Ella misma eligió su anillo de compromiso. Lucía esplendorosa, con un vestido de casi 8 metros de largo que hoy estaría valorado en unas 35.000 libras esterlinas. La boda, debido a la gran cantidad de asistentes, se realizó en la catedral de San Pablo de Londres, en cuyas puertas esperaban más de 600.000 espectadores para ver desfilar a los recién casados, y que a través de las pantallas sería presenciada por más de 750.000 televidentes alrededor del mundo. Al momento de los votos, Diana equivocó el orden de los nombres de su futuro marido, pero más revuelo causaría el que no asumiera el acostumbrado “voto de obediencia” que tradicionalmente la reina rinde ante su rey.</p>
<p>Una vez oficiada la boda, y con tan solo 20 años, Lady Di adquiría el título oficial de “Princesa de Gales”, convirtiéndose en la tercera mujer con más poder dentro de la Corona, luego de la Reina Isabel II y de la Reina Madre. Unos años después Isabel mostró la inclusión plena de Diana a su familia legándole la dinástica reliquia conocida como la “Tiara del nudo del amante de la reina María”, o también como la “Tiara de los enamorados de Cambridge”, además de concederle la insignia de la Orden de la Familia Real de la Reina Isabel II.</p>
<p>En 1982 la princesa anuncia que en su vientre anida el segundo en la sucesión al trono después de su padre, un varón al que ella misma eligió el nombre de William de Sussex, y que estuvo a punto de interrumpir esta línea sucesoria luego de que Diana sufriera un accidente al caer por unas escaleras. Para ese entonces ya la princesa comenzaba a mostrar su descontento con ese estilo de vida que parecía haberle sido impuesto. Años más tarde confesó que ella misma había provocado el accidente en un intento por generarse un aborto, ya que se sentía “tan inadecuada” para la responsabilidad de ser hija del futuro rey de los ingleses.</p>
<p>Por aquellos años Diana Spencer comenzaba a ser uno de los focos más apetecidos de los lentes de los paparazis y su vida parecía ser narrada por la prensa mundial como si se tratara de un reality show. Los fotógrafos la asediaban a donde fuera, siendo retratada infraganti en una playa mientras lucía un bikini en estado de gravidez, y por lo cual Isabel se pronunciaría llamándolo “el día más negro en la historia del periodismo británico.”</p>
<p>Antes de que llegara su segundo hijo, Lady Di tuvo que reponerse de una tremenda depresión, para finalmente dar a luz al príncipe Harry, que nacería en 1984, y cuya presencia en la vida de sus padres haría que la pareja fortaleciera sus lazos.</p>
<p>La princesa quiso encargarse con dedicación a la tarea de educar a sus hijos, para lo cual eligió el modelo que creyó lo más conveniente para su formación intelectual, social y cultural: la normalidad. Diana procuró que los privilegiados herederos del trono conocieran de primera mano las necesidades de su pueblo y se confrontaran ante la enfermedad y la vejez, para lo cual solía llevarlos a visitar hospitales, orfanatos, hogares geriátricos y centros de rehabilitación, educándolos en valores humanistas y despertando en ellos una filosofía filantrópica.</p>
<p>Así mismo quiso que su educación académica no gozara de mayores privilegios, por lo cual William y Harry asistieron a escuelas secundarias de Londres, luego de que en su infancia hubieran sido formados por institutrices escogidas por su propia madre. Diana llevaba a sus príncipes al colegio como lo haría cualquier otra madre en todas partes del mundo.</p>
<p>Ella misma se encargaba de vestirlos con las prendas que cualquier niño inglés del común portaba según la moda del momento, los llevaba a comer a restaurantes de comida popular o a pasear por parques públicos, y planeaba salidas y vacaciones a lugares concurridos donde sus hijos pudieran también sentirse como un turista más y llevar la infancia de un niño común y corriente, una vida normal.</p>
<p>La princesa de Gales comenzaría sus labores al interior de la Corona representando a la reina en sus viajes internacionales, visitando los reinos de la Mancomunidad y ganándose el cariño de las personas a las que saludaba, así como el de la prensa que la seguía a donde fuera y sabía contar su historia como si de una princesa encantada se tratara.</p>
<p>Muy pronto sus intereses filantrópicos comenzarían a romper con el molde tradicional de la princesa alejada de la realidad social de su pueblo, y es así como la veríamos emprendiendo campañas de todo tipo y definitivamente poco convencionales al tratarse de tan distinguido personaje.</p>
<p>Es por esto que el mundo la vio abrazando a un paciente con SIDA en un intento por demostrar que no hay una amenaza de contagio de la enfermedad por un simple contacto físico, ayudando de esta forma en la desestigmatización de estos pacientes. Luego de haberse reunido en Sudáfrica con Nelson Mandela diría: “El VIH no hace que sea peligroso conocer a las personas. Puedes estrecharles la mano y darles un abrazo. Dios sabe que lo necesitan.” Así también apoyó a las personas infectadas con lepra y, sin escrúpulos, y pese a que su suegra mostrara su disgusto y le recomendara dedicarse a “algo más placentero”, Lady Di declaró: “Siempre ha sido mi preocupación tocar a las personas con lepra, tratando de mostrar con un simple acto que no se les vilipendia, ni se les repugna.”</p>
<p>La caridad de la princesa era llevada a distintas problemáticas: creó centros de asistencia y rehabilitación para drogadictos y albergues para personas sin hogar, porque “merecen un comienzo decente en la vida”, acusaría. De la misma forma apoyó las causas benéficas para discapacitados físicos y enfermos de cáncer, y prestó un interés particular en la salud mental y en las enfermedades psicológicas: “Se necesita profesionalismo para convencer a un público que duda de que debe aceptar entre ellos a muchos de los diagnosticados como psicóticos, neuróticos y otros enfermos que las comunidades victorianas decidieron que debían mantenerse fuera de la vista en la seguridad de las instituciones mentales.”</p>
<p>Entre sus tantas causas altruistas se le recordará principalmente por haber sido una abanderada en la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas Antipersona, y cuya participación sirvió para la aprobación del Tratado de Ottawa, y así también para que dicho emprendimiento ganara luego de su muerte el Premio Nobel de la Paz. A Diana la vimos con un chaleco antibalas caminando por los territorios minados en Angola, y ante las dificultades que acarreaba la extrema protección de tan aventurada princesa, el Ministerio de Defensa británico declararía que Lady Di se trataba de una “bala perdida”.</p>
<p>En algún momento confesó: “Me resulta difícil hacer frente a las presiones de ser princesa de Gales, pero estoy aprendiendo a sobrellevarlo.” Pero nada de eso. El pueblo creía en su princesa y adoraba como venía encarando su propuesta de renovar la Corona de los ingleses. Diana había cautivado a todo el mundo. Su sencillez, carisma y una timidez que no dejaba de lado, harían que el pueblo inglés estuviera encantado con la futura reina; su popularidad lograba el tope, y para entonces también se había consagrado como una agraciada figura pública internacional.</p>
<p>Sin embargo en su vida personal, al interior de los palacios, en la intimidad de su alma de princesa, las cosas no parecían contar la misma historia de cuento de hadas. Todo el mundo lo sabía: la relación entre Diana y Carlos nunca marchó del todo bien, y las discrepancias y disconformidades irían acentuándose con el pasar de los años.</p>
<p>La diferencia de edad generó un distanciamiento natural, y aparte de que Carlos nunca dejaría de querer a su exnovia, Camilla Parker Bowles. Fue así como después de cinco años de casados la pareja decide distanciarse. El príncipe reanudó su relación con Camilla, a quien en alguna ocasión Diana encararía personalmente para señalarla de haber sido la causante de que su matrimonio se viniera a pique. “Bueno, éramos tres en este matrimonio, así que estaba abarrotado”, diría años más tarde. Por su parte, la princesa se involucraría en una relación amorosa con un antiguo profesor de equitación de quien se sentía enamorada.</p>
<p>En adelante sería pelear por la custodia de los hijos, incriminar al otro de infidencias y deslices, como el que se le achacaba a Diana con uno de sus guardaespaldas, con un jugador de rugby, con un coleccionista de arte, con un inversor privado, y cualquier otra excusa para justificar de parte y parte la inevitable separación.</p>
<p>Las familias intentaron reconciliarlos pero fue inútil. El mundo empezó a conocer los detalles íntimos de la Corona y que serían develados a través de entrevistas. Diana declaró para la BBC que Carlos “me hizo sentir tan inadecuada en todas las formas posibles, que cada vez que salía a tomar aire, él me empujaba hacia debajo de nuevo.” La princesa aprovecharía para denunciar la discordia subrepticia que existía entre ella y la familia real, e incluso se atrevió a manifestar que Carlos no era una persona idónea para encarar un día los asuntos de un rey, proponiendo sin temor una monarquía que intimara más con la gente, por lo que en adelante muchos la conocerían como “La princesa del pueblo”.</p>
<p>Todos conocimos entonces la historia de una princesa solitaria encerrada en su jaula dorada, atormentada por la depresión y la bulimia, realizándose cortes en la piel, por lo que muchos han coincidido en que la princesa sufría un cuadro de trastorno límite de la personalidad.</p>
<p>Para ese momento ya Diana había denunciado el acoso permanente que sentía por parte de la prensa y los paparazzis. Sin embargo sus revelaciones, y el tema que se avecinaba con el complicado divorcio de dos futuros monarcas, harían que su imagen se convirtiera en la comidilla diaria de la prensa nacional e internacional. La princesa se había rebelado y ahora parecía emprender una batalla a solas contra uno de los más poderosos imperios de la historia.</p>
<p>Ya nadie quería insistir, y absolutamente todos recomendaban el definitivo divorcio legal, siendo así que para 1996 la pareja finalmente concreta su separación oficial. Firmaron un acuerdo en el que pactaban no dar a conocer detalles de su divorcio ni hacer públicas sus historias matrimoniales. La princesa recibió lo que hoy representarían unos 33 millones de libras esterlinas, y una dote anual de 400.000.</p>
<p>La princesa conservó sus dominios y siguió viviendo en el Palacio de Kensington. Mantuvo las mejores relaciones con la familia real, tratando de que sus hijos no se distanciaran de sus abuelos ni de las responsabilidades que como príncipes les competían. En todo caso la princesa tendría que regresar la “Tiara de los enamorados de Cambridge” a Isabel, gesto que realizó sin presentar objeción alguna.</p>
<p>Al momento de la separación Diana renuncia a su título de “Su Alteza Real”, quedándose con el que el mundo prefería: “Princesa de Gales”. Ya Diana había sido advertida por el rey consorte, Felipe, el esposo de Isabel, quien la amenazó diciéndole: “Si no te portas, mi niña, te quitaremos el título.” Y a lo que ella respondió: “Mi título es más antiguo que el tuyo, Felipe.” Y es que su hijo seguía conservando su derecho legítimo como aspirante al trono, por lo que la madre pudo seguir disfrutando de las prebendas conferidas a los demás miembros de la familia. Diana comenta que siendo un niño su hijo William le diría respecto a la pérdida de su título: “No te preocupes, mamá, te lo devolveré algún día cuando sea rey.” De esta manera Lady Di se convertía en la primera princesa no real de la historia de la Corona inglesa.</p>
<p>Luego de su divorcio la princesa dejó de lado su participación en más de cien instituciones benéficas, lo que no significaba que abandonara sus tareas filantrópicas. Su figura llena de esplendor era noticia de rutina, toda vez que le veíamos en orfanatos y asilos para ancianos, en hospitales y centros de rehabilitación, en la inauguración de una biblioteca o de una academia artística, y como imagen de decenas de campañas que apoyaran cualquier iniciativa por hacer de este mundo un mundo más llevadero.</p>
<p>Ella por sí misma se había convertido en un referente de la belleza femenina, y así también un ícono de la moda, el glamur, la sofisticación, y una delicada y sencilla elegancia que deslumbraba a cualquiera. Muchos se atreven a destacarla como la mujer más famosa y la más fotografiada en la década que comprende entre 1980 y 1990.</p>
<p>En 1983 el Ejército de Liberación Nacional de Escocia atentó contra su vida por medio de una carta bomba que por fortuna sería descubierta. Para 1987 sería condecorada con la Libertad Honoraria de la Ciudad de Londres, y un año más tarde se convertiría en patrona de la Cruz Roja Británica. Ese mismo año de 1988 la inagotable y enérgica princesa asistió a casi doscientos eventos, superando esa cifra con el doble de compromisos para el año de 1991.</p>
<p>Con Carlos tendría que viajar por los cinco continentes, donde visitaron figuras notables como el Papa, el Dalai Lama y a varios gobernantes, jeques árabes, presidentes y primeros ministros. En 1992, en India, se recuerda el encuentro que tuvo con la monjita de Calcuta que se convertiría también en su amiga, la conocida ya en todo el mundo como la Madre Teresa. Ese mismo año se entrevistó en Francia con François Mitterrand, y un año más tarde, cansada de trasegar, anunció que desistía de tanto ir y venir porque anhelaba “hacer un regreso parcial”. Sin embargo un año después la veríamos saludando al emperador japonés Akihito y a su esposa Michiko mientras inauguraban en Tokio el Hospital Nacional de Niños, y más tarde continuaría su peregrinaje a solas por Rusia, Bélgica, Suiza, Italia, Nepal, Zimbabue, Argentina…</p>
<p>La princesa fue galardonada y condecorada de premios alrededor del mundo. Unos días antes de su fatal accidente, había estado visitando Bosnia y Herzegovina, y así se la hubiera pasado de no haber sido por ese encuentro fatídico.</p>
<p>Hacia 1996 Diana habría estado involucrada en una relación con el británico de origen pakistaní, el cirujano cardiaco Hasnat Khan, con quien tuvo una relación de casi dos años y que supieron ocultar a los medios. Se desconoce el porqué de su final, pero muchos sugieren que este corto romance con quien Diana llamaba <em>“Mr. Wonderful”</em> habría representado para la princesa el “amor de su vida”.</p>
<p>Muy pronto comenzaría un romance con Dodi Al-Fayed, un millonario que la invitaría a visitar a su familia en el sur de Francia, y en donde a través de paseos en su yate Jonikal de 60 metros e invitaciones de todo tipo, no solo sabría ganarse el cariño de la princesa sino también el afecto de sus hijos.</p>
<p>El 31 de agosto de 1997, en París, en la costa norte del río Sena, Dodi Al-Fayed y la Princesa del pueblo atravesaban en coche el túnel del Pont de l’Alma. El conductor conducía a alta velocidad tratando de escabullirse y dejar de largo la multitudinaria y asfixiante caravana de paparazzis, que en un intento por captar alguna fotografía de la pareja acosaban sin tregua persiguiendo al coche. El conductor dejó atrás la caravana pero no pudo esquivar una bifurcación al interior del túnel y el automóvil impactó de frente contra el concreto. Al accidente solamente sobrevivió el guardaespaldas de Diana, quien en esta oportunidad no pudo hacer nada para custodiarla.</p>
<p>Millones de personas en todo el mundo siguieron a través de las pantallas el funeral de una princesa, y el rating de audiencia televisiva alcanzó un pico inédito logrando una cifra récord de espectadores.</p>
<p>En adelante Lady Di cobraría un aura mítica, y su muerte se vería envuelta en una serie de escándalos y controversias que sugerían un asesinato planeado por parte de la Corona, conspiraciones de todo tipo, y toda clase de teorías como la de cortar los frenos del coche para ocasionar el accidente.</p>
<p>La Reina Isabel se tomó un par de días para pronunciarse en público, acompañando de cerca al par de príncipes huérfanos, mientras preparaba un funeral discreto, y que tendría que cambiar por reclamo del pueblo a un verdadero funeral de Estado, celebrado en el Palacio de Buckingham y con todos los honores que merecía cualquier reina. Personalidades de todo el mundo asistieron a su funeral y muchos otros emitieron sus comunicados de pésame a los seres más cercanos a la difunta. Le pusieron entre sus manos un rosario que le había dado la Madre Teresa. Fue velada en la Abadía de Westminster y en todo momento el féretro permaneció cerrado, el cual había sido escoltado por la marcha penosa de sus dos hijos que lo secundaban junto a su padre, el Duque de Edimburgo y el hermano de Diana.</p>
<p>Uno de los momentos más emotivos sería cuando el amigo personal de Diana, el afamado músico británico Elton John, interpretaría por primera vez en vivo la famosa canción que dedicaría a la princesa: <em>Candle in the wind 1997. </em>El éxito de la canción logró un impacto en ventas, y las utilidades fueron destinadas a impulsar las causas benéficas que defendía Diana. Así también muchos de sus vestidos y varias de sus pertenencias serían subastados en Londres y New York, y el dinero recogido de las ganancias tendría el mismo propósito.</p>
<p>Su entierro sería finalmente en privado, y hoy sus restos descansan en alguna isla cercana al continente europeo. La herencia que en su momento dejaría a sus hijos sería un poco más de 20 millones de libras esterlinas. Muchos serían los homenajes, condecoraciones, títulos y distinciones que le serían conferidos de manera póstuma. Son varias las películas, series, libros y documentales que nos cuentan sobre su historia. Su presencia en el mundo parecería aún latente, su cuento de princesa real, del pueblo, una princesa que rompió los cánones y tradiciones milenarios, ha servido como fuente de inspiración para millones de mujeres en el mundo que no nacieron para ser reinas, pero que entienden de gobernarse.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 12 Apr 2024 06:53:26 +0000</pubDate>
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        <title>Uta Hagen (1919-2004)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Se recuerda desde muy pequeña imitando las conductas de los demás, imaginando situaciones y creando personajes, y así sería esa mañana en la que un Mercedes Benz descapotable la llevaría al puerto donde la esperaba el barco con destino a los Estados Unidos: “Al pasar por los pueblos, yo saludaba desde el coche a los [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Se recuerda desde muy pequeña imitando las conductas de los demás, imaginando situaciones y creando personajes, y así sería esa mañana en la que un Mercedes Benz descapotable la llevaría al puerto donde la esperaba el barco con destino a los Estados Unidos: “Al pasar por los pueblos, yo saludaba desde el coche a los paseantes, emulando a una princesa, actuando como si lo hubiera hecho toda mi vida.” Seis años tenía Uta cuando se despidió de Alemania, y lo cierto es que no lloró porque se sintiera triste, sino por esa manía de andar imitando a todos: “Lloré ese día, pero solamente porque los adultos lloraban.”</p>
<p>Su padre era un historiador y su madre una cantante de ópera, por lo que Uta recibió una amplia formación cultural que perfilaría su vocación artística. Comentaba que “en casa, leer era tan importante como comer.” Al llegar a América la familia se estableció en Madison, Wisconsin, y para 1937 Uta se mudaría a New York para dar inicio a su carrera como actriz.</p>
<p>Ese mismo año, integrando la compañía de Eva Gallienne, Uta debutaría con notoriedad interpretando a Ofelia, en la obra de <em>Hamlet, </em>seguida por el papel de Nina en <em>La gaviota, </em>de Antón Chejov, y así también le dio vida a Santa Juana en la obra de George Bernard Shaw. Y sería en las tablas, encarnando a Desdémona, de <em>Otelo,</em> donde conocería al actor José Ferrer, y con él entablaría una relación que los llevaría a los tablados del altar. Y a pesar de reconocer que la maternidad fue un asunto que la angustió hasta la edad de los 40 años, Uta se convertiría en madre de una niña a la que llamó Leticia. “La lucha entre la profesión y la maternidad no me preocupaba. Lo que me preocupaba era mi formación.”</p>
<p>Pero entonces la prometedora carrera de Uta, que esperaba despegar de los tablados para alcanzar la gran pantalla, y en donde ya comenzaba a cosechar sus primeros frutos, tuvo que verse truncada por un asunto que no tendría por qué limitar el arte: la política. Eran los años en que el macartismo se empeñó en su persecución en todos los frentes, y por sus relaciones con algunos colegas Uta sería incluida en la lista negra de Hollywood, y de esta forma se le excluiría para que no pudiera participar de ninguna forma en la industria cinematográfica. “Logré sobrevivir a los teléfonos pinchados, al FBI, a tener que andar de puntillas, a mirar de soslayo en los cafés para comprobar que no me escucharan. Sobreviví en un estado mental más sano que muchos otros. No tuve que luchar contra la culpa ya que no traicioné a nadie. Ni guardé rencor por haber sido ‘acusada’”.</p>
<p>Hagen sorprendió a su marido manteniendo una relación con un actor, lo que en medio de aquella sociedad tan conservadora consolidaría a la pareja como una relación definitivamente digna de figurar en la penosa lista negra de Hollywood. El matrimonio se divorció para el año de 1948, y un año antes ya Uta estaba buscando la forma de no declinar en su sueño de consagrarse como actriz, y se le ocurrió que tal vez su bagaje y su experiencia fueran ya suficientes como para aventurarse en la labor de dar clases y enseñar.</p>
<p>Ante las puertas que se le cerraron en el cine, Uta concentró su talento en sobresalir como una destacada actriz de los tablados, pero en especial por empezar a ser conocida como una mentora de nuevos actores. Fue tal su don para la pedagogía y la formación actoral, que su carrera como profesora de actores y actrices la mantuvo en vigencia hasta el día de su muerte. “No fui a la cárcel, no me suicidé y, en cuanto a la lista negra que me impidió trabajar en televisión y en el cine, en realidad me salvó de la tentación de entrar en el mundo comercial y de tener que transigir respecto a mis ideales más de lo que ya lo había hecho en Broadway.”</p>
<p>Y sería en Broadway donde conoció en 1957 a su segundo marido, el también actor Herbert Berghof, quien sería su compañero hasta la muerte de él en 1990. En adelante Hagen no pararía de deslumbrar en los tablados, destacándose su papel de Blanche De Bois junto a Anthony Quinn y también junto a Marlon Brando, en la obra <em>Un tranvía llamado deseo</em>, y cuya crítica en el <em>New York Times </em>mencionó lo siguiente<em>: </em>“Uta Hagen carga con el peso de la obra.”</p>
<p>En 1951 sería condecorada con el Premio Tony por su interpretación en <em>The country girl, </em>pero el papel con el que conseguiría demostrar al mundo la gran actriz que era Uta Hagen vendría en 1963 cuando interpretó a Martha en la obra teatral presentada también en Broadway: <em>Who’s afraid of Virginia Woolf?</em>, y que luego sería representada en los teatros londinenses. Esta interpretación le sería reconocida nuevamente con el Premio Tony, y casi cuatro décadas después, para 1999, se le reconocería su larga trayectoria y sería también homenajeada con este premio. En el 2002 fue condecorada con la Medalla de las Artes por el presidente George W. Bush en la mismísima Casa Blanca, y así son muchos los honores y títulos que le han sido otorgados por ser durante décadas una verdadera institución y una maestra en el mundo de la actuación.</p>
<p>Son determinantes en la carrera de todo actor enfrentarse en cualquier momento de su formación con la lectura del par de libros que escribió Hagen: <em>Respect for acting </em>y <em>A challenge for the actor</em>, y si de paso se quieren ampliar los conocimientos a otros campos, también leer el libro que escribió sobre cocina. “No estoy de acuerdo con el famoso dicho de Bernard Shaw: ‘Aquel que puede, hace. El que no puede, enseña.’ A esto yo añadiría: ‘¡Sólo el que puede debe enseñar!’”, opinaba quien se convirtió así en la más grande maestra de todos los tiempos.</p>
<p>Basándose principalmente en el método fundamental del ruso Stanislavski, Uta desarrolló su método propio con sus técnicas personales, y aunque en principio partirá de la dificultad que implicaba cómo educar para convertirse en una buena pedagoga: “Nadie nunca aprende realmente cómo se hace. El estudio de la conducta humana es infinito. Nunca lo vas a entender completamente y eso es lo maravilloso.”</p>
<p>“Entendí perfectamente que debía aprender a ampliar el concepto que tenía de mí, y ahondar en la idea de quién era yo en realidad si lo que deseaba era implicar a mi alma y ponerla al alcance de los distintos personajes.<em>”</em> Uta propone un grado de conocimiento supremo de la propia persona, así como del personaje que se pretende encarnar. “No olvides que en tu vida cotidiana, en todas las formas posibles de dramatización espontánea, tu propio ser es siempre el eje central.”</p>
<p>Quiere que el actor indague en la profundidad de su alma, es decir, que interrogue sus emociones, su psique y la conciencia de su aspecto físico: “Los componentes básicos de los personajes que encarnaremos residen en algún lugar de nuestro ser.” Es por esto que insiste en que el actor debe practicar una continua y vigilante “auto-observación”, práctica que llamó “ejercicios de estiramiento de la identidad”, y en donde se pretende almacenar un amplio registro de situaciones y comportamientos que eventualmente pudieran ser útiles para la construcción de un personaje. La idea sin embargo no es copiar estas maneras y comportamientos sino ahondar en las facetas del alma para poder asumir esos mismos comportamientos en el personaje encarnado.</p>
<p>En su método plantea unos cuestionamientos que el actor deberá responderse para afrontar el papel dramático, y esto es principalmente considerar qué quiero conseguir y qué tengo que hacer para conseguirlo, y así también los obstáculos que se lo impiden. El actor se interrogará permanentemente, en primera persona y en tiempo presente: ¿Qué me está sucediendo ahora? ¿Quién soy? ¿En qué circunstancias estoy? ¿Cuáles son mis relaciones? ¿Qué hago para conseguir lo que quiero? El estudiante no debe entonces dejar de percibirse en todo momento y no únicamente en los espacios académicos. Destaca la importancia de que el actor esté comprometido con el latinismo: <em>Hic et nunc</em> (“Aquí y ahora”), siempre presente y acoplándose a lo que ocurre en escena, y así mismo llevar esa consciencia a las calles.</p>
<p>Hagen propone una técnica humana y otra externa, teniendo ésta tres aspectos a considerar: el cuerpo como instrumento del movimiento, que “en el caso de un pianista es el piano, en el caso del actor es él mismo”<em>;</em> la voz que debe expresarse espontánea y natural, haciéndola parte integral del personaje; y la dicción que no puede estar afectada de superficialidades. Respecto a las técnicas humanas la idea es llevar la actuación al mayor grado de realismo: “La realidad es teatral”, dice, entendiendo este realismo como la posibilidad para que el actor capte y asuma los comportamientos ajenos y los haga suyos dándole vida a su personaje.</p>
<p>Le pide al actor flexibilidad, saber reconocer las tonalidades de las emociones cuando viajan de un extremo a otro. Dice: “Si un intolerante expresa sus opiniones racistas, me comporto con arrogancia; puedo comportarme como una snob, aunque me considere la más liberal entra las liberales y la más humanista entre las humanistas. Me considero una persona valiente a pesar de que cuando veo un ratón me pongo histérica.”</p>
<p>Para que el proyecto por entero cobre vida, es necesario que el actor sea consciente de la relación que se establece con los demás actores, así como darle un cambio continuo a sus interpretaciones según la relación con el otro: “Si estás durante un tiempo con otro actor y tu interpretación no varía, eres un mal actor.”</p>
<p>Uta será recordada además por el cuidado y el respeto por los actores, sus instituciones y el gremio en general. Mantuvo un trato cariñoso y no permitía que recibieran abusos de ninguna clase, y así mismo sería reconocida activista en favor de la lucha por los derechos de los actores. “Desesperados por actuar, los actores estaban tan confundidos que se permitieron las atrocidades más indignas. En una ocasión, dos jóvenes me preguntaron qué tenían que haber hecho cuando el director de escena les pidió en una audición que se colocaran en fila para medir la longitud de sus penes.” La maestra instó siempre a sus actores para que no permitieran afectar su propia estima y su dignidad y no ceder ante propuestas de este tipo, y así también no tenía reparos al momento de sugerir otros caminos para quien no tuviera ese potencial artístico, como el caso de aquella chica que estaba dubitativa y no sabía si ingresar a la universidad o dedicarse a la actuación. Luego de una prueba Hagen se sinceró: “Querida, ve a la universidad. Lo que el mundo no necesita es otra actriz estúpida.”</p>
<p>En el caso de las mujeres hablaba de un concepto al que llamó “modelo pedagógico feminista”, donde la mentora se presentará como eso, una compañera en el trayecto del conocimiento propio, y por lo cual no gustaba que le llamaran con términos rimbombantes como “gurú” u otro tipo de superlativos.</p>
<p>También fue directora y productora, y junto a Lee Strasberg y Stella Adler, Uta Hagen es considerada sin duda como una de las maestras de formación actoral estadounidenses más representativas. En el Estudio HB, en Greenwich Village, New York, donde Uta ha tenido su academia, han desfilado los nombres de Lizza Minelli, Robert de Niro, Al Pacino, Sigourney Weaver, Whoopi Goldberg, Jack Lemon, entre muchos otros, y ese Hollywood que empezó a destacar en los 70 y que mucho le debe a esa mujer que dio clases hasta el último de sus días, que sería un día de enero de 2004.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-90556" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/06/279.-UTA-HAGEN.jpg" alt="UTA HAGEN" width="225" height="225" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Sat, 06 Apr 2024 12:18:45 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Uta Hagen (1919-2004)]]></media:description>
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        <item>
        <title>Teresa Billington-Greig (1877-1964)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/teresa-billington-greig-1877-1964/</link>
        <description><![CDATA[<p>Nacida para rebelarse, Teresa mostró desde niña un pensamiento de avanzada, un alma libre y un coraje para hacer valer aquello en lo que creía. Creía, por ejemplo, y a diferencia de la estricta formación católica que recibió, que los dioses eran un asunto que no le competía discutir, por lo que ya en la [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Nacida para rebelarse, Teresa mostró desde niña un pensamiento de avanzada, un alma libre y un coraje para hacer valer aquello en lo que creía. Creía, por ejemplo, y a diferencia de la estricta formación católica que recibió, que los dioses eran un asunto que no le competía discutir, por lo que ya en la adolescencia se identificó sin miramientos con el agnosticismo.</p>
<p>También se rebeló ante la academia, desertando de pequeña de la escuela para dedicarse a conocer el oficio de la sombrerería. Pese a esto, no desistiría de estudiar, decantándose por recibir clases nocturnas y aspirando un día convertirse en maestra. Y así sucedió cuando consiguió emplearse como docente de la escuela católica de Mánchester, y en cuyas instalaciones la avezada Teresa aprovecharía para seguir cultivando sus estudios. Sin embargo las posturas y creencias religiosas de la institución le impidieron a la agnóstica convencida continuar trabajando en una formación que en principio discutía, y así mismo sucedió con quienes trabajaría después en la Escuela de Educación Municipal.</p>
<p>No obstante, su paso por aquella academia significaría para Teresa el encuentro con su causa vocacional, y esa lucha por la que persistiría con encono por el resto de su vida: la defensa por los derechos de la mujer y la igualdad de géneros.</p>
<p>Para 1903 Billington-Greig formó parte del Comité de Educación, y sería allí donde conocería a la líder de la Unión Social y Política de las Mujeres (WSPU), Emmeline Pankhurst, quien le ofrecería convertirse en miembro y organizadora del Partido Laborista Independiente.</p>
<p>En el año de 1904 Teresa funda y oficia como secretaria honoraria de la rama de Mánchester de la Liga de Igualdad Salarial dentro de la Unión Nacional de Mujeres Docentes, y ese mismo año es  nombrada como oradora itinerante de la WSPU.</p>
<p>Es así como Billington-Greig comienza pues su incansable oficio de activista y, contando con muy poco dinero, y en compañía de Annie Kenney -quien decía haberse inspirado en el “mazo de lógica y fría razón” de Teresa-, viajará a Londres con el afán de incentivar el movimiento en dicha ciudad, consiguiendo finalmente una acogida enorme, y siendo cuestión de pocos años para que la capital inglesa pasara a convertirse en el centro sede de la WSPU.</p>
<p>Al año siguiente, y en compañía de Janie Allan, Teresa viajó a Escocia con el mismo propósito de darle alas al movimiento sufragista, y ya para ese momento su compromiso sería pleno, dedicándose por entero a trabajar en el Partido Laborista, oficiando como encargada de hacerle publicidad al movimiento, y así también como de organizar las convocatorias y manifestaciones públicas.</p>
<p>Para 1906 muchas mujeres exhibieron pancartas frente a la Cámara de los Comunes con la consigna: <em>“Votes for women”. </em>Ese mismo año Teresa se convirtió en la primera sufragista en ser detenida en la prisión de Holloway, donde tendría que cumplir un presidio de dos meses o el pago de una fianza que, a la postre, acabaría pagando un lector anónimo del <em>Daily Mirror</em><em>. </em></p>
<p>En 1907 conoce a Frederick Lewis Greig, con quien contrae matrimonio, y de quien adoptará su apellido, y ese mismo año comenzarán las discrepancias con Pankhurst, desistiendo de su cargo de organizadora y finalmente abandonando junto a otras mujeres el WSPU.</p>
<p>Surgiría así un movimiento sufragista que ya no sería tan radical, y que se concentraría en sacar adelante sus iniciativas legales por medios igualmente acordes con la ley, y esto fue la Women’s Freedom League (WFL), cuyo lema era “Atrévete a ser libre”, y en la cual Billington-Greig ocuparía el cargo de Secretaria Nacional Honoraria de la Organización de la Liga.</p>
<p>En 1910 Teresa expuso sus discrepancias con la WFL, y aunque no dejó de ser miembro, se concentró en una militancia por cuenta propia, dando así inicio a una prolífica carrera como escritora y oradora.</p>
<p>Teresa se dedicaría el resto de su vida a documentar el movimiento sufragista, para lo cual se valió de testimonios y biografías que iría compilando, y de cuyo trabajo solía valerse <em>The Guardian</em> para redactar su sección de obituarios.</p>
<p>Varios de sus escritos serían publicados en revistas, destacándose no solo por defender la igualdad de sexos respecto al matrimonio, la educación y el derecho al voto, sino también como una conocedora de leyes y experta en asuntos políticos.</p>
<p>En 1911 publica un artículo crítico hacia el movimiento sufragista, titulado <em>The militant suffrage movement, </em>además de otro reconocido ensayo que sería publicado por la revista <em>Contemporary Review, </em>titulado <em>Feminism and politics. </em>Sería en este ensayo en el que se lee: “No hay ninguna organización feminista ni ningún programa feminista. Y aunque el primero no es esencial, el segundo sí lo es.”</p>
<p>Otro de sus textos más sonados, también muy crítico del movimiento, es <em>The feminist revolt: an alternate policy</em>, donde afirmó que “el movimiento militante se ha mantenido en camino recto y estrecho, y para no tocar la vida se ha cubierto de artificio e hipocresía.”</p>
<p>Billington-Greig proponía una técnica de combate más sutil e inteligente, distanciándose cada vez más de la protesta violenta y el vandalismo al que estaban ya acostumbrados ciertos movimientos sufragistas. Decía: “Por un lado, se podría protestar dentro del Tribunal de Policía, por otro lado, fuera, en reuniones públicas y en la prensa pública… Las huelgas y los boicots podrían emplearse en nuevas líneas feministas.”</p>
<p>En 1915 tuvo a su hija Fiona, enfocándose durante un par de años en su labor de madre, así como en colaborar con su marido en una exitosa empresa de mesas de billar, negocio que duraría más de dos décadas, y en donde Billingnton-Greig no descuidaría su principal empresa, siendo así que acabaría fundando la Asociación Femenina de Billar.</p>
<p>Pasados unos años Teresa se reconcilió con la WFL, pasando a integrar parte del Comité Electoral Femenino, y dictando conferencias en las que lograba sumar cada vez más mujeres a sus causas feminista. Se destaca su participación en la Conferencia Sobre el Punto de Vista Femenino, y su participación hacia el año de 1958 como miembro del Six Point Group.</p>
<p>En 1964 su lucha llegaría a su fin. Son varios los reconocimientos y honores póstumos que se le han conferido, como aquel de ser una de las 58 sufragistas cuya foto reposa en Parliament Square, en el zócalo de la escultura dedicada a la líder del movimiento, Millicent Fawcett.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-91687" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/09/266.-TERESA-BILLINGTON-GREIG-212x300.jpg" alt="TERESA BILLINGTON-GREIG" width="212" height="300" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=91686</guid>
        <pubDate>Sat, 09 Mar 2024 04:28:14 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Teresa Billington-Greig (1877-1964)]]></media:description>
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        <item>
        <title>Margaretha Geertruida Zelle “Mata Hari” (1876-1977)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/margaretha-geertruida-zelle-mata-hari-1876-1977/</link>
        <description><![CDATA[<p>La “femme fatale” por excelencia, tal vez no fue tan fatal, y, aunque sí, muy mujer. Margaretha era hija de un comerciante de sombreros, tenía tres hermanos, y ningún recuerdo tuvo de una madre que murió cuando ella era apenas una niñita. Su padre decide volver a casarse y es cuando su hija se muda [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>La “femme fatale” por excelencia, tal vez no fue tan fatal, y, aunque sí, muy mujer. Margaretha era hija de un comerciante de sombreros, tenía tres hermanos, y ningún recuerdo tuvo de una madre que murió cuando ella era apenas una niñita. Su padre decide volver a casarse y es cuando su hija se muda con su padrino, al tiempo que asiste a una escuela de una estricta formación especializada en instruir a las mujeres para convertirse en docentes, y en donde tendría un corto idilio con el director de la academia. A sus 16 años Margaretha era ya una damisela que destacaba por sus atractivos físicos, y luego de haberse conocido del escandaloso amorío sería despedida del instituto y tendría que mudarse a la casa de un tío.</p>
<p>Para 1895 un militar cuarentón andaba buscando esposa y quiso ir directo al grano. Publicó una nota en un periódico y Margaretha vio en este prestante hombre, 20 años mayor que ella, una oportunidad para garantizar una cierta estabilidad económica en su vida, y por lo que decidió responder al anuncio. La pareja comenzó un breve compartir a través de misivas, para finalmente contraer nupcias a mediados de ese mismo año, cuando la esposa estaba por cumplir 19 años.</p>
<p>El marido sería trasladado a Java, donde se estableció con su joven mujer, y con quien tendría dos hijos. Cuatro años más tarde el mayor de ellos contrajo una enfermedad que nunca llegó a esclarecerse, y que acabaría quitándole la vida. Según parece, los niños de la pareja fueron envenenados por un sirviente vengativo que quiso tomar represalias contra el maltrato del militar. La muerte del hijo haría que el marido se sumergiera en la bebida, descuidara a su familia y precipitara el fin de su matrimonio con Margaretha.</p>
<p>Durante este periodo Margaretha exploraría las danzas de la cultura javanesa, las técnicas amatorias orientales, y especialmente la danza del folklor balinés, y que serían toda su fuente de arte, talento y seducción, conocimientos todos que le servirían años más tarde en su conquista de Europa.</p>
<p>La pareja regresa a Países Bajos y se divorcian legalmente en 1902, y un año más tarde, rebuscándose la vida, Margaretha dictaría lecciones de piano para luego ofrecerse como dama de compañía, y dado su precaria situación económica acabaría posando como modelo de desnudos para pintores, bajo el seudónimo de Lady MacLeod, valiéndose del apellido de su exmarido.</p>
<p>En 1904 se establece en París y decide poner en práctica sus conocimientos brahmánicos, explayar su potencial artístico y deslumbrar con su belleza, y es en medio de una Europa que andaba por aquellos días despertando el interés exótico por las culturas de oriente, la <em>Belle Époque</em>, cuando nace entonces la figura enigmática de una mujer conocida como Mata Hari.</p>
<p>Esta mujer de larga cabellera oscura y de unas facciones heredadas de su madre, decía provenir de una dinastía de Java de la cual era su princesa, y cuyo nombre significaba “Sol”. Margaretha había elegido presentar un espectáculo único de danza erótica, y para eso se había bautizado con ese nombre por el que sería conocida y recordada: <em>Mata </em>(ojo) y <em>Hari </em>(día), el “ojo del día”, que es así como le llaman los malayos al gran astro. El mito de la princesa iría cobrando forma y Margaretha se convencería de su propio engaño, y que ya no se discute, al haberse comprobado que la supuesta princesa no tendría ningún descendiente oriental.</p>
<p>A partir de 1905 Mata Hari se dedicará a presentar su peculiar baile, haciendo su debut en el Museo Guimet, y en adelante el espectáculo en el que se le verá bambolearse presentándose semidesnuda, cautivará a hombres y mujeres por igual. Había creado un personaje enigmático que decía haber aprendido sus tácticas y destrezas entre las cortesanas de islas remotas, y cada vez eran más los espectadores que se dejaban seducir por aquella bailarina exótica que aparecía en escena portando un traje translúcido, y que a medida que se contorneaba se iba despojando de sus prendas, hasta llegar a estar apenas cubierta por joyas. Sin embargo no llegaba a desnudarse de un todo, cubriendo sus pechos con dos copas de metal sujetas con cadenas, siendo quizás este acto uno de los primeros shows de striptease.</p>
<p>Fueron varios sus pretendientes, y muchos de estos lograron convertirse en sus amantes. Políticos, militares, empresarios, destacados miembros de la sociedad, hombres con los que Mata Hari confesó haberse acostado por dinero, y a pesar de haber desarrollado una “enorme aversión por el sexo”, luego de su primera relación matrimonial.</p>
<p>Para 1910 había alcanzado tanto renombre, que eran muchas las imitadoras que se presentaban en distintos bares parisinos prometiendo ser la legítima Mata Hari. Mientras tanto la original, veía cómo su espectáculo ya no tenía tanta acogida, y sintiendo que ya su aspecto físico no la favorecía en el tablado, decidió seguir sacándole provecho a sus encantos y a sus poderes femeninos, siendo así que se convirtió en cortesana.</p>
<p>Por aquellos años Mata Hari intenta recuperar la custodia de su hija. Años atrás el padre alegaba respecto a la vida “libertina” de su exmujer, y tras haber perdido a “mi pequeña, mi casa, mi confort”, la bailarina confesaría haberse planteado la idea del suicidio. La tarea de volver a tener a su hija le resultó imposible, y un día cualquiera, sorpresivamente, el padre la apartaría de su madre y se mudaría con ella a otra ciudad.</p>
<p>En el marco de la Segunda Guerra Mundial, y como ciudadana de un país neutral, Mata Hari aprovechó para viajar por Europa sin tantos contratiempos, moviéndose entre Gran Bretaña, España, Francia y Países bajos, suscitando con este ir y venir ciertas suspicacias entre las fuerzas militares. En estas andanzas conoce al que consideró como el amor de su vida, Vadim Maslov, un piloto ruso al servicio de las tropas francesas que luego de un accidente perdería uno de sus ojos, y a quien Mata Hari podría visitar en el hospital únicamente si aceptaba el chantaje de la Deuxième Bureau (Segunda Oficina del Ministerio de Guerra) de trabajar como una espía a las órdenes del servicio secreto francés.</p>
<p>La propuesta de espionaje consistía en seducir al hijo del Kaiser Guillermo II, el heredero príncipe de Prusia, quien comandaba el Frente Occidental, y que tal vez podría tener información valiosa que los franceses pudieran aprovechar. La inteligencia francesa le ofreció a Mata Hari un millón de francos si lograba develar secretos del enemigo, pero sus planes se verían frustrados toda vez que fue capturada en Londres incriminándosele del delito de contraespionaje.</p>
<p>En 1916 Mata Hari fue arrestada apenas desembarcó en el puerto británico de Falmouth, y de inmediato sería interrogada por la Scotland Yard, aceptando los cargos que se le achacaban, ya que las pruebas que la confrontaban parecían irrefutables.</p>
<p>La espía sería descubierta gracias a un mensaje de radio que fue interceptado por los franceses, y en donde los alemanes describían en código a una mujer que trabajaba para ellos como espía y a la que llamaban “H-21”. Sin embargo, todo parece indicar que se trató de una trampa, dado que los alemanes emplearon un código obsoleto y que ya los franceses reconocían, y los detalles eran demasiado específicos, como ofrecer datos bancarios, direcciones, e incluso el nombre de la sirvienta de Mata Hari, dejando en evidencia que el agente secreto H-21 se trataba sin dudarlo de la afamada bailarina. En definitiva, serían los mismos alemanes quienes engañarían a los franceses para que acabaran incriminando a su propia espía.</p>
<p>Al final las tareas de espionaje de Mata Hari serían definitivamente infructuosas. Los alemanes se quejaban de que únicamente ofreciera detalles sexuales de políticos y militares parisinos, y por su lado los franceses no obtuvieron una información que fuera más allá de lo que informaban los diarios españoles de la época, pero ciertamente nada revelador, ningún secreto que sirviera para ganar ventaja sobre el enemigo.</p>
<p>Pese a esto, los franceses lograron demostrar que Mata Hari había entablado relaciones con los alemanes, y les habría aportado algún tipo de información, lo que la convertía finalmente en una traidora, sin importar si esta información fuera relevante o comprometedora.</p>
<p>Mata Hari fue arrestada en una habitación de hotel, cerca de los Campos Elíseos. Al momento del allanamiento, pidió permiso a los oficiales parisinos para ir al tocador, y al regresar se presentó completamente desnuda, ofreciendo a sus captores un casco alemán repleto de bombones. La treta no tuvo el resultado que esperaba y dos meses después sería enjuiciada y condenada por espiar en favor del ejército alemán. Los acusadores trataron de incriminarla en pequeños detalles, como el hallazgo de tinta invisible entre las pertenencias de la bailarina, a lo que ella se pretextó indicando que hacía parte de su kit de maquillaje.</p>
<p>La noticia se propagó y suscitó el interés de la prensa internacional. Condenando a Mata Hari, los franceses tendrían un motivo para justificar sus fracasos en la guerra, y qué mejor que inculpar a una celebridad, divorciada y de nacionalidad neutral, y achacarle a esta figura el delito de traición. Mata Hari confesó haber recibido dinero de los alemanes, pero insistió en que su simpatía estaba inclinada del lado de su amada Francia. “¿Una ramera? Sí, pero una traidora, ¡nunca!” Esta sería la sentencia de Mata Hari antes de que fuera condenada a muerte, sirviendo como medida ejemplarizante, y queriendo con esta resolución amedrentar a todo aquel que en adelante se atreviera a traicionar a la patria.</p>
<p>La inculpada intentó defenderse. Envió cartas a los más altos mandatarios de su país para que la socorrieran, alegando que “mis conexiones internacionales se deben a mi trabajo como bailarina, nada más… Debido a que realmente no espié, es terrible que no pueda defenderme.” Quienes la acusaban llegaron incluso a presentar como un argumento el hecho de ser mujer. “Sin escrúpulos, acostumbraba hacer uso de hombres; ella es el tipo de mujer que nació para ser espía”, acusaban los fiscales.</p>
<p>Sin embargo lo más penoso de su proceso judicial sería cuando Maslov, el supuesto amor de su vida, se negó a testificar en favor suyo, diciéndole que le daba lo mismo su futuro y su suerte. Esta noticia sería demoledora para Mata Hari, quien siendo acusada de traición, lo cierto es que se diría que había sido ella la que fue traicionada por la vida misma.</p>
<p>En la madrugada del 15 de octubre de 1917, Mata Hari partió de la cárcel Saint-Lazare en un carro militar color gris, acompañada de un par de monjas y su abogada. Vestía un traje especialmente confeccionado para recibir su última sentencia, y un par de guantes blancos nuevos. Otras fuentes dicen que portaba un vestido escotado que era el único que conservaba y que estaba sucio y maltrecho, y hay quienes añaden un sombrero a su vestimenta. Sea como sea, parece ser que la acusada portaba un broche, y que es el único objeto que se conserva después de la ejecución, y que hoy podemos apreciar en el Museo Fries. La bailarina de 41 años sería traslada a la Fortaleza de Vincennes, donde aguardaba por ella un pelotón de fusilamiento conformado por doce soldados que apuntarían sus rifles de asalto hacia el pecho más famoso de aquella época.</p>
<p>Mata Hari pidió que no la ataran al poste ni le vendaran los ojos, ya que quería mirar de frente a quienes la desafiaban a morir, y a quienes lanzó un beso antes de que dieran la orden de disparar. Un testigo describe la escena: “Lenta, inerte, se acomodó de rodillas, con la cabeza siempre en alto, y sin el menor cambio de expresión en su rostro. Por una fracción de segundo pareció tambalearse allí, de rodillas, mirando directamente a los que le habían quitado la vida. Luego cayó hacia atrás, doblando la cintura, con las piernas dobladas debajo de ella.” Al parecer un oficial se aseguró de que estuviera muerta asestándole de cerca un disparo en la cabeza.</p>
<p>Nadie reclamó sus restos, por lo que la ciencia se valió de ellos para estudios médicos, conservándose embalsamada su cabeza en el Museo de Anatomía de París. Sin embargo un año después cabeza y todo el resto de su cuerpo desaparecería, y hasta el día de hoy se desconoce su paradero. Cien años después de cumplirse el veredicto de la pena capital, el ejército francés desclasificó unos 1.275 folios, esclareciendo el conjunto del proceso, los detalles y la sentencia letal.</p>
<p>Al parecer Mata Hari no sospechaba del problema en el que se estaba involucrando al aceptar su tarea de espionaje. Tal vez lo vivió como una misión excitante, acorde con su personalidad intrépida, como una especie de juego para la que se consideraba la más idónea.</p>
<p>Este personaje mítico es para muchos un ejemplo de la mujer libertina, concupiscente, inmoral, codiciosa y ávida de dinero, etiquetada como la mujer más fatal, la pecaminosa e impúdica, la seductora de peligro, manipuladora de hombres, mientras que para otros no pasará de ser una inocentona que fue víctima de un entrampamiento, una ingenua que fue engañada y que acabó convertida en el chivo expiatorio que necesitaba la guerra. “No sé si en el futuro se me recordará, pero si así fuera, que nadie me vea como una víctima sino como alguien que nunca dejó de luchar con valentía y pagó el precio que le tocó pagar.”</p>
<p>De cualquier forma, Mata Hari es hoy la representación de una mujer desprovista de vergüenza, seductora, independiente y aventurera, una libertina para muchos, pero en ese mismo sentido un ícono para muchas feministas que destacan la personalidad desafiante de una mujer que también sería condenada por los mismos hombres.</p>
<p>Su historia ha sido llevada al cine, le hemos visto en series, canciones, libros, obras teatrales y una cantidad de documentales que nos cuentan sobre la vida convulsa y extraordinaria de la bailarina espía.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-89730" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/05/262.-MATA-HARI-255x300.jpg" alt="MATA HARI" width="255" height="300" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=89729</guid>
        <pubDate>Fri, 09 Feb 2024 06:49:52 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Margaretha Geertruida Zelle “Mata Hari” (1876-1977)]]></media:description>
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        <title>Las Suffragette</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/las-suffragette/</link>
        <description><![CDATA[<p>Las mujeres no eran dignas de ocupar altos puestos políticos, y ni siquiera resultaban idóneas para apoyar alguna ideología o un candidato desde las urnas. Era así como se pensó desde siempre, tratándosele a la mujer finalmente como a una incapaz. Algunos avances y progresos se habían obtenido en el siglo XIX, como el derecho [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Las mujeres no eran dignas de ocupar altos puestos políticos, y ni siquiera resultaban idóneas para apoyar alguna ideología o un candidato desde las urnas. Era así como se pensó desde siempre, tratándosele a la mujer finalmente como a una incapaz. Algunos avances y progresos se habían obtenido en el siglo XIX, como el derecho a que las mujeres casadas dispusieran por sí mismas de sus propios bienes sin la intervención de ningún tutor, y así también el derecho de participar con su voto en elecciones de poca importancia y a poder ser miembros de consejos escolares.</p>
<p>Ya para 1876 Hubert Auclert pretendió incluir a las mujeres para que estas pudieran votar y ser votadas, para lo cual creó The Rights of Women, y que para 1883 sería rebautizada como Women’s Suffrage Society. Y años más tarde, ad portas de culminar el siglo, Millicent Fawcett intentaría impulsar la propuesta del sufragio, para lo cual fundó la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino (NUWSS).</p>
<p>Fawcett argumentaba de forma lógica y convincente, cuestionando cómo era posible que las mujeres tenían que acatar leyes que nunca tuvieron la oportunidad de crear y ni siquiera cuestionar. La idea quería presentarse de manera dialogada y pacífica, pero no tan pacífica sería la propuesta activista y desafiante de Emmeline Pankhurst, quien junto a sus hijas Sylvia y Christabel fundaría desde Inglaterra un movimiento más radical, conocido como la Unión Social y Política de las Mujeres (WSPU).</p>
<p>El WSPU surge como una división al interior del partido de Fawcett, cuando muchas descontentas se cansaron de reuniones y redacciones de misivas, para volcarse a las calles y hacer una presencia pública que en algunos casos llegaría a ser un actuar desmedido y extremo. Surgen así las <em>Suffragette, </em>que es como se les conocería a las mujeres que conformaban esta sociedad un poco más extremista, y quienes estaban decididas a combatir por sus ideales y así tuvieran que poner por el frente su propio pellejo.</p>
<p>Estaba claro que la pelea era la misma, pero la diferencia radicó en la manera de encararla. El método de las <em>Suffragette </em>era, por no decir más, de armas tomar. Habían dejado las manifestaciones pasivas para convertirse en un grupo cada vez más numeroso de mujeres comprometidas con generar un impacto mucho más contundente y así hacerse escuchar. Y la sociedad muy pronto tuvo que hacerles caso y reparar en ellas, toda vez que empezaron las primeras infracciones severas de la ley.</p>
<p>En 1905 dos <em>Suffragettes </em>serían multadas por emitir improperios durante un debate político del Partido Liberal, prefiriendo ser llevadas a prisión antes que tener que pagar la multa. Este gesto que dejaba en ridículo a las autoridades generó simpatía en muchas personas que ya empezaban a congeniar con las estrategias de las <em>Suffragettes</em>, y quienes tenían por lema: <em>“Deeds, not words!” </em>(“Hechos, no palabras”).</p>
<p>A partir de ese momento se hicieron comunes los encarcelamientos, y en un periodo de ocho años más de un millar de mujeres tuvieron su paso por las cárceles inglesas después de haber roto con las leyes, desobedecido normas sociales, y sobre todo por haber participado de revueltas incendiarias y varias conductas vandálicas. En 1906 el <em>Daily Mail </em>acuñó el término de <em>Suffragettes </em>para diferenciarlas del movimiento pacífico que lideraba Emmeline Pankhurst.</p>
<p>Para 1913 los hombres, es decir, quienes decidían por todos, entendieron que ya era demasiado con tanta huelga de hambre, y principalmente porque muchas de estas mujeres estaban empezando a correr riesgos letales al abstenerse de ingerir alimentos. En vano fue tratar de obligarlas a que probaran bocado, y fue entonces cuando se les ocurrió crear una ley en donde el sistema se deshiciera de su responsabilidad de cuidar por la salud de estas detenidas, y ante los primeros síntomas de desnutrición las condenadas serían puestas en libertad, para que una vez recuperadas de su salud tuvieran que ser devueltas a las cárceles. A esta ley un tanto tramposa se le conocería de varias formas, siendo más conocida popularmente como la <em>Ley del gato y el ratón.</em></p>
<p>Un episodio fatídico representó el punto máximo de las medidas extremistas que las <em>Suffragette </em>estuvieron dispuesta a asumir. Sucedió en 1913 durante una corrida de caballos en la que participaba el equino del rey George V, y a Emily Davison no se le ocurrió una mejor manera de protestar, que atravesándosele en el camino a una bestia de doscientos kilos que corría precipitada a más de ochenta kilómetros por hora, queriendo de esta forma tal vez detener su marcha, pero de cualquier forma estropear la carrera del caballo real. Emily moriría a causa de la embestida.</p>
<p>En el marco de la Gran Guerra hubo una especie de tregua, como un alto al fuego, ya que los intereses nacionales se consideraron superiores a otras causas, y la mujer parece que tendría que asumir un destino en pro del país, de la misma forma como los hombres enfrentarían la guerra convirtiéndose en soldados. Fue así como ambos movimientos decidieron dejar de lado estas protestas y reclamos, que de cualquier forma parecían asuntos internos frente a las amenazas nacionales, y las mujeres tendrían que ocuparse de algunas labores agrícolas que desde siempre estuvieron a cargo de los hombres, y muchas volcarse al trabajo en las fábricas que producían toda clase de material bélico, para de esta forma poder mantener el sustento económico nacional.</p>
<p>En 1915 se destacó la labor de las <em>Suffragette </em>cuando dos de ellas, enfermeras de profesión, sirvieron como fundadoras de lo que terminó siendo el Endell Street Military Hospital, ubicado de manera improvisado en una antigua nave industrial cerca al distrito céntrico londinense de Covent Garden, y en donde un grupo notorio de desinteresadas sufragistas preparadas en medicina prestarían su ayuda a soldados y militares heridos. El hospital llegó a contar con casi 600 camas, y dicha labor conseguiría no solo que muchas personas miraran de otra manera a las hasta entonces agitadoras <em>Suffragette, </em>sino además que acabada la guerra, y dado sus logros en Francia, la War Office les ofreció a varias doctoras retornar al Reino Unido para montar un hospital que hiciera parte del cuerpo médico del Ejército Británico, el Royal Army Medical Corps (RAMC).</p>
<p>Una vez terminada la guerra, la Representation of the People Act fijaría la edad de los 21 años para que el varón pudiera votar, y permitió un primer paso respecto al voto femenino, dándole la posibilidad a las mujeres mayores de 30 años que fueran propietarias de algún predio estimado en cierto valor, o que contaran con algún título académico, para que estas pudieran presentarse en las urnas. Un escaño más lo consiguieron en 1928 cuando se le concedió el derecho al sufragio a las mujeres mayores de 21 años que hubieran participado activamente durante la Primera Guerra Mundial.</p>
<p>Algunos consideran que la presencia y el actuar de las <em>Suffragette </em>podría haber sido contraproducente y que incluso llevó a retrasar el proceso. Sea como fuera, de esta forma fue que el Reino Unido se convirtió en el octavo país del mundo en permitirle a sus mujeres ser partícipes de las elecciones en las urnas. Gracias a la labor de Kate Sheppard, Nueva Zelanda sería el primer país en aprobar el sufragio femenino en 1893, seguido de Australia en 1902, y Finlandia en 1906. Notar que Estados Unidos esperaría hasta 1919, y las francesas tendrían que esperar aún más, y apenas acabada la Segunda Guerra Mundial le dejarían a sus mujeres presentarse en las votaciones.</p>
<p>A las <em>Suffragette </em>las estamos viendo recientemente en películas, series, libros y documentales que han querido recordar a estas mujeres y destacar la importancia que tuvieron para la gran conquista que todavía hoy seguimos sin obtener, que es la de conseguir emparentar en todos los espacios de nuestras vidas la condición, indiferente, de haber nacido hombre o haber nacido mujer.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=90633</guid>
        <pubDate>Fri, 26 Jan 2024 18:57:21 +0000</pubDate>
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        <title>Sylvia Plath (1932-1963)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/sylvia-plath-1932-1963/</link>
        <description><![CDATA[<p>“Morir es un arte, como cualquier otra cosa. Yo lo hago excepcionalmente bien. Lo hago para sentirme hasta las heces. Lo ejecuto para sentirlo real. Podemos decir que poseo el don. Las voces de la soledad, las voces de la tristeza golpean mi espalda inevitablemente. Soy un jardín de agonías rojas y negras. Las bebo, [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Morir es un arte, como cualquier otra cosa. Yo lo hago excepcionalmente bien. Lo hago para sentirme hasta las heces. Lo ejecuto para sentirlo real. Podemos decir que poseo el don. Las voces de la soledad, las voces de la tristeza golpean mi espalda inevitablemente. Soy un jardín de agonías rojas y negras. Las bebo, odiándome a mí misma, odiándome y temiéndome.”</p>
<p>A los 8 años publicó su primer poema. Una niña aventajada, con vocación artística, facilidades para la pintura, el piano y la escritura, estudiante ejemplar con calificaciones sobresalientes. Aquella niña quedaría marcada por la muerte de su padre, un hombre que era experto y autoridad en el asunto de los bichos e insectos, y quien murió luego de padecer una penosa agonía. Lo más destacado de esta muerte no sería propiamente la ausencia paterna, sino la frialdad con la que la esposa asumió la pérdida, dejando una fuerte impresión en la pequeña el hecho de que su madre no hubiera llorado ni siquiera durante el velorio.</p>
<p>Nunca cesó en su actividad de escribir, iniciándose con el hábito de un diario que no pararía de contarnos sus desventuras y logros hasta el día de su muerte. Ya en la adolescencia sabía lo que era un corazón roto debido a una infidelidad, cuestionándose por el rol que como mujer parecía corresponderle, que era el de su misma madre, quien había renunciado a sus sueños para dedicarse a la crianza de los hijos, pero que ciertamente no parecía se tratara del destino poético que esperaba por Sylvia: “Mi gran tragedia es haber nacido mujer.”</p>
<p>De aquella época se destacan el poema <em>Papi, </em>además de un relato corto que publicó en el instituto en la revista <em>Seventeen, </em>y que tituló <em>And summer will not come again, </em>y años después, en la universidad, publicado en la revista <em>Mademoiselle, </em>la historia que bautizó <em>Sunday at the mintons </em>le valdría su primer reconocimiento.</p>
<p>Estudió en la Smith College de Massachusetts, y sus buenos resultados académicos le valieron ganar una Beca Fullbright, beca que permite estudiar en universidades extranjeras, matriculándose finalmente en la Newnham College de Cambridge. Sus trabajos estudiantiles los combinaba con la escritura, interesándose particularmente en la poesía, y publicando algunos de sus escritos en la revista universitaria <em>Varsity.</em></p>
<p>Apenas comenzar la universidad, con tan solo 20 años (diez años antes de su suicidio), Sylvia intentó quitarse la vida por primera vez, episodio que más tarde describiría en su única novela publicada. Ingerir un frasco entero de barbitúricos no fue suficiente para que Plath pudiera quitarse la vida. Como tratamiento, la joven fue internada en el Hospital McLean, institución psiquiátrica que ofrecía como antídoto al estado de permanente congoja aquella revolucionaria terapia electroconvulsiva (TEC) a base de electrochoques.</p>
<p>La depresión maníaca que padecía Sylvia, además de su indudable cuadro clínico de paciente con trastorno bipolar, no era para aquel momento una condición psiquiátrica para la cual se contara aún con medicamentos bien desarrollados, y ni siquiera existía el diagnóstico clínico. Sin embargo la descripción honesta y profunda de lo que sentía ya podía advertirnos de su condición: “Es como si mi vida estuviese mágicamente manejada por dos corrientes eléctricas: alegre, positiva, y desesperadamente negativa; lo que esté corriendo en este momento domina mi vida, la inunda.”</p>
<p>Plath empezó su carrera de profesora dictando clases en su alma mater, y sería allí mismo en Cambridge donde conocería a un poeta que en cuestión de pocos meses lograría convertirla en su esposa. Ted Hughes trabajaba también en Cambridge, y durante casi tres años la pareja sostuvo en el campus universitario su relación y sus empleos, hasta que en 1959 se mudaron a Boston.</p>
<p>La ilusa en el amor, deslumbrada por Ted, escribió en su intimidad los temores que representaban enamorarse: “Aunque el amor llegue un día, me da miedo que tan solo sea esto; y, aunque el amor llegue un día, también me da miedo que sea mucho más.” Para su desgracia, la relación comenzó a deteriorarse muy pronto, toda vez que Sylvia sorprendía a su marido coqueteándole a las alumnas, y desde ese momento los lazos nunca volverían a estrecharse.</p>
<p>En Boston Sylvia tuvo la oportunidad de entablar una breve amistad con la poetisa Anne Sexton, quien no solo compartió su interés literario, sino también sus mismos padecimientos mentales, e incluso la misma manera suicida de acabar con su vida.</p>
<p>La estancia en Boston fue breve, y la pareja decidiría mudarse e iniciar un proyecto familiar en North Twaton, un pequeño pueblo en Devon, cercano a la capital inglesa, y sería allí donde Sylvia daría a luz a su hija llamada Frieda.</p>
<p>Un año más tarde sufrió un aborto que le dejaría secuelas psicológicas pero que finalmente superaría con terapias, y en donde además lograría reconciliarse con su madre. La experiencia del aborto será un tema que aparecerá una y otra vez como recurrente dentro de su poesía.</p>
<p>En 1960 da a conocer su primera recopilación de poesía titulado <em>The colossus (El coloso), </em>un escrito que tuvo el visto bueno de la crítica, pero que entre el público no cobró mayor trascendencia, y un año después le vimos recitar en la BBC el poema en el que tres voces distintas de la feminidad cantan a la maternidad, y que tituló <em>Tres mujeres. </em>A partir de ese momento Plath concibe al poema como a una plegaria, un rezo, una oración que debe declamarse y recitarse siempre en voz alta.</p>
<p>Un año más tarde Sylvia dará a luz a Nicholas, pero esto no consiguió unir a la familia y, todo lo contrario, la pareja terminó por distanciarse a los pocos meses. Ted había comenzado una aventura con la poetisa Assia Wevill, aventura de la que Plath se enteraría, y que acabaría por exacerbar su depresión y su delicada condición psiquiátrica.</p>
<p>Para 1963, cuatro meses antes de su suicidio, Sylvia publicaría su primera y única novela, <em>The bell jar (La campana de cristal)</em>, un relato mitad ficción, mitad autobiografía, y en donde la autora describe su primera confrontación fallida ante la muerte, cuando intentó en vano quitarse la vida a la edad de los 20 años. Por medio del monólogo y de un estilo inevitablemente poético, la novela nos va introduciendo en el vértigo de la locura que padecerá el personaje principal, y sus intentos por sobrevivir a un mundo en el que no encuentra su hábitat y alimento. La primera publicación figuró bajo el seudónimo de “Victoria Lucas”, pero las ediciones póstumas aparecerían ya con el nombre real de la autora.</p>
<p>Sylvia se mudaría con sus dos hijos a Londres, justamente a un departamento que años antes había sido habitado por el poeta y dramaturgo irlandés W.B. Yeats, y por lo que en un comienzo lo consideró como un buen augurio, un símbolo premonitorio de un brillante porvenir como escritora y una mujer decidida a encarar su separación. Sin embargo no sería así, y pese a la determinación de la mujer fuerte que era Sylvia Plath, su estado mental y sus padecimientos psicológicos serían mucho más fuertes, y acabarían por doblegarla. Años antes ya había manifestado su inconformismo ante un destino prefabricado: “Así que empecé a pensar que tal vez fuera cierto que casarse y tener niños equivalía a someterse a un lavado de cerebro, y después una iba por ahí idiotizada como una esclava en un estado totalitario privado.”</p>
<p>Una semana antes de morir, ya Sylvia se notaba confundida, trastornada, deprimida como pocas veces, y así lo testimonia una de sus amigas más cercanas y que estuvo cuidando de ella y de sus hijos durante su última semana de vida.</p>
<p>Sylvia la había llamado para pedirle si podía visitarla y quedarse un par de días en su casa. Al parecer no solo ella sino también sus hijos necesitaban cuidados, por lo que su amiga le brindó posada y se encargó de atender las necesidades de los tres. Dice que por esos días se le veía dormilona, cansada, totalmente descuidada de sus hijos, que para ese momento tenían uno y tres años. “Prefiero no volver a casa”, sería lo que le dijo Sylvia a su amiga luego de haber pasado esa primera noche en el calor de un hogar, y bajo los cuidados de una amiga protectora y de toda su familia. “He intentado no pensar demasiado. He intentado ser natural”, escribió en sus diarios aquella mujer trastornada y que ahora necesitaba reposo.</p>
<p>La amiga leal instaló a Sylvia y a sus hijos destinando la habitación de una de sus hijas para que todos pudieran acomodarse, y por petición de Sylvia fue hasta su casa para traer algunas cosas de uso cotidiano como cepillos de dientes y prendas, además de un libro que la poetisa había comenzado a leer recientemente.</p>
<p>Unos días estuvo Sylvia con sus hijos en la casa de esta mujer, durante los cuales según testimonia, Sylvia se encontraba como perdida, errabunda, hablantinosa, enérgica… En alguna ocasión le enseñó a su amiga las píldoras que empleaba para dormir, y las otras que le servían para reactivarse, siendo así que su comportamiento fuera errático, como un delirante ir y venir entre el gozo y la desdicha. “Si ser neurótica es decir dos cosas mutuamente excluyentes en el mismo momento, entonces soy endemoniadamente neurótica. Estaré volando de una a otra cosa mutuamente excluyente durante el resto de mi vida”, escribió en su momento.</p>
<p>Una tarde la vieron aparecer vestida con un traje azul plateado, maquillada, peinada, sonriente, expectante, y solamente diría muy emocionada que tenía una cita, pero no dio detalles, y antes de salir le dijo a la pequeña Frieda: “¡Te amo!” Parecía una chiquilla ilusionada con el amor, esa que escribió en sus diarios: “He intentado ser ciega en el amor, como las otras mujeres, ciega en la cama, con mi amante ciego, sin buscar, en la densa oscuridad, un rostro ajeno.”</p>
<p>Al día siguiente decidió regresar a casa con sus hijos, y el marido de su amiga se prestó para acompañarla. Será él quien testimonia sobre la terrible congoja que embargaba a la poetisa, quien no paraba de llorar, y así también lo hacían sus dos hijos. Él le pidió que mejor regresara y se estuviera unos días más con ellos en casa, pero Sylvia se rehusó, y aunque no parecía lo más recomendable. “El suelo parecía maravillosamente sólido. Era consolador saber que me había caído y que no podía caer más bajo”, escribiría años atrás.</p>
<p>Al regresar a casa el marido de su amiga le diría a su esposa que no había quedado tranquilo por el estado en el que se encontraba Sylvia, y que le había prometido regresar mañana temprano para saber cómo se encontraba. No hubo necesidad de eso. Antes de las ocho de la mañana el doctor de Sylvia se comunicó con su amiga para enterarla de que ese 11 de febrero de 1963, después de haber preparado el desayuno para sus dos hijos, la poetisa había metido la cabeza dentro del horno y había girado la perilla del gas hasta morir.</p>
<p>Luego su amiga y el mundo se enterarían de que aquella cita era precisamente con Ted, a quien Sylvia le había escrito un comunicado que durante un tiempo se creyó se trataba de una carta de suicidio, pero que el mismo Ted aclaró en el 2010 en un poema titulado precisamente <em>Última carta, </em>y en donde se permite describir los últimos tres días antes de la muerte de su esposa, aclarando que se trataba más bien de una petición de divorcio oficial, donde ella le expresaba su voluntad de mudarse a París, y que Plath calculaba sería recibida por él el día sábado, pero en realidad el correo llegó el viernes, y por lo que algunos creían se trataba entonces de esa nota de suicidio que no esperaba ser todavía leída o que pedía con urgencia un llamado desesperado de auxilio. Apenas leyó la carta, Ted visitó a Plath, y parece ser que la pareja se enfrascó en una discusión, donde finalmente ella acabaría arrojando al fuego la misteriosa nota.</p>
<p>También parece que la noche previa a su suicidio, Plath llamó a casa de Ted y quien contestó sería su amante, y en los diarios de esta amante quedaron evidenciadas las palabras de Ted cuando le habló a Sylvia: <em>“Take it easy, Sylvia”</em>.</p>
<p>Sylvia Plath admiró siempre a Ted Hughes, y aunque distanciada de su estilo, no puede negarse la influencia que su marido tuvo en su escritura, y así también como en los motivos, razones y sentimientos que la volcaban a escribir. A él dedicaría por ejemplo su poema titulado <em>Pursuit.</em></p>
<p>Luego de su muerte, sería el propio Ted quien confesaría algunos otros detalles con su pareja en el libro <em>Birthday letters (Cartas de cumpleaños)</em>, y sería quien estaría a cargo de los escritos de su difunta esposa, y en la edición de estos textos quedará la duda de si intervendría, censuraría o suprimiría algunos pasajes, tal como lo quiso la madre de Plath con varios de sus escritos que le parecían bastante íntimos, personales y reveladores.</p>
<p>Tal parece que Ted sí destruyo algunas piezas valiosas de los diarios personales de la poetisa. Pese a esto, luego de su muerte fueron publicados algunos libros de poemas como <em>Cruzando el agua,</em> <em>Árboles invernales, </em>y uno de sus libros de poemas más conocidos, <em>Ariel, </em>un poemario visceral donde la poetisa se permite confesarse con desgarro pleno, sin pudor, exhibiéndonos la desnudez de su alma atormentada. Y así también se publicaría un libro de cuentos titulado <em>La caja de los deseos.</em></p>
<p>En 1982, casi 20 años después de su muerte, Sylvia Plath se convierte en la primera poetisa en ser homenajeada con el Premio Pulitzer póstumo por el compendio de su obra recogida en el libro titulado: <em>The collected poems (Poemas completos). </em>Un año más tarde serían publicados sus diarios y un tiempo después aparecería otro libro: <em>Johnny Panic y la biblia de sueños.</em></p>
<p>Hoy los avances en la ciencia podrían diagnosticar a Plath dentro del cuadro de trastorno bipolar, pero en vida Plath no pasó de ser una depresiva incomprendida que se creía había sido principalmente afectada por la muerte de su padre, cuando lo cierto es que esta condición mental es también una enfermedad patológica, y de alguna forma así lo revelan los genes de su descendencia: Frieda es una periodista que padece depresión, anorexia y esclerosis múltiple, y por su parte Nicholas se convertiría en un ermitaño que se refugió en la soledad de Alaska, para acabar colgándose de una soga. Curiosa y trágicamente la amante de Ted también se suicidaría para el año de 1969.</p>
<p>Al final, no la escuchó nadie: “Le hablo a dios, pero el cielo está vacío.” Ella solo quería, como todo poeta, contemplar lo bello: “Para mí es más natural estar tendida. Es entonces cuando el cielo y yo conversamos con libertad, y así seré útil cuando al fin me tienda: entonces los árboles podrán tocarme por una vez, y las flores tendrán tiempo para mí.” Treinta años tenía Sylvia Plath cuando decidió meter la cabeza en el horno. Sus restos reposan en West Yorkshire, en el cementerio de Heptonstall.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-90370" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/06/259.-SYLVIA-PLATH-300x144.jpg" alt="SYLVIA PLATH" width="300" height="144" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 19 Jan 2024 06:12:31 +0000</pubDate>
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        <title>Rosalind Elsie Franklin (1920-1958) “Descubridora del ADN”</title>
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        <description><![CDATA[<p>Se dice que padece el Síndrome de Matilda aquella mujer que ha destacado en alguna disciplina científica, artística o cultural, pero que ha sido eclipsada por los hombres, y el producto de su estudio ha quedado relegado al olvido o sencillamente le ha sido hurtado, sin concedérsele ningún reconocimiento. Las ninguneadas, aquellas cuyos trabajos no [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Se dice que padece el <em>Síndrome de Matilda </em>aquella mujer que ha destacado en alguna disciplina científica, artística o cultural, pero que ha sido eclipsada por los hombres, y el producto de su estudio ha quedado relegado al olvido o sencillamente le ha sido hurtado, sin concedérsele ningún reconocimiento. Las ninguneadas, aquellas cuyos trabajos no fueron reconocidos y que sirvieron para inspirar la obra de otros, o que incluso fueron plagiadas y sus ideas robadas, hasta el punto de no enterarnos nunca de la verdadera autora detrás del hallazgo.</p>
<p>Esta fue la suerte que correría Rosalind Franklin, a quien nunca se le daría el crédito que mereciera por sus investigaciones y descubrimientos, como sí le sería reconocido su trabajo a sus colegas masculinos, siendo así que para el año de 1962 ella también hubiera merecido hacer parte del comité ganador del Premio Nobel de Fisiología o Medicina que le fue otorgado a sus compañeros de laboratorio.</p>
<p>El camino escabroso empezaría con su padre, quien se oponía a que su hija se enrutara en el campo de la ciencia, creyendo que esta ruta no le depararía un próspero porvenir, simplemente por tratarse de una mujer. Sería entonces una tía suya la que se encargaría de costear sus estudios, convencida del potencial intelectual que desde muy niña caracterizó a su avezada sobrina. Esto dijo de ella: “Rosalind es inteligente de manera alarmante. Pasa todo el tiempo estudiando aritmética por gusto e invariablemente obtiene los resultados correctos de las sumas.” Sobresalía en todas las materias y así también en los deportes, especialmente en el críquet y el hockey, y desde muy joven comenzó a integrar movimientos sindicales y a involucrarse en la lucha por el reconocimiento del sufragio femenino.</p>
<p>Respecto a su pensamiento y sus ideologías, ella misma se definía como una agnóstica que se reconoce como tal, no por una influencia de otros sino por sus conclusiones propias, meditadas, reflexivas. Siendo muy niña quiso desvirtuar la falacia de un dios increpando a su madre con el siguiente análisis: “Bueno, pues de cualquier manera, cómo sabes que ‘Él’, ¿no es ‘Ella’?” Pese a su escepticismo, Rosalind cultivó a solas las tradiciones judías, y aunque no asistía a la sinagoga aprendería hebreo por su propia cuenta, además de pertenecer a la Sociedad Judía. Pero su interpretación del mundo con una mirada científica le impedía convencerse de cualquier religión o creencia, y es así como se lo reclamaba a su padre: “La ciencia y la vida diaria no pueden y no deberían ser separadas. La ciencia, para mí, otorga una explicación parcial de la vida… No acepto tu definición de fe, es decir, en la vida después de la muerte… Tu fe se basa en tu futuro y el de otros individuos; la mía, en mi futuro y en el de mis sucesores. Me parece que la tuya es más egoísta… Refiriéndome a la pregunta de un Creador. ¿Creador de qué? No veo razón para creer que el creador del protoplasma o de la materia primigenia tenga alguna razón para sentir interés por nuestra insignificante raza en un pequeño rincón del universo.”</p>
<p>A los 9 años Rosalind comienza su formación académica en la Escuela Lindores para señoritas en Sussex, y dos años más tarde se traslada a la Escuela St. Paul’s, donde destacará como una alumna aventajada en todas las materias, y especialmente en la práctica de deportes, así como en sus estudios de alemán, francés y latín, siendo la primera en su clase y haciéndose acreedora de varios premios académicos. Y tan calificado fue su desempeño, que a la edad de los 18 años obtiene la beca universitaria School Leaving Exhibition, que le otorgaría 30 libras anuales durante tres años, dinero que por petición de su padre acabó donando para la asistencia de estudiantes refugiados de la Segunda Guerra Mundial.</p>
<p>Viajera de toda la vida, en 1938 viaja a Francia y queda prendida de una cultura y un estilo de vida, y así como de su lengua, considerando el modo de vida francés “muy superior al estilo” inglés, refiriéndose a estos como a seres a quienes consideraba que “poseían caras ausentes y estúpidas y una complacencia infantil.”</p>
<p>En 1939, a comienzos de la guerra, la familia tendrá dificultades para abandonar Noruega y regresar a Inglaterra, y dos años después la precoz estudiante ya se habría graduado en Ciencias Naturales en el Newnham College de Cambridge, a lo que continuó un doctorado en Química Física en la Universidad de Cambridge, obteniendo un reconocimiento de honor por haber logrado la segunda mejor calificación en el examen final, y pese a lo cual su título académico sólo sería conferido hacia 1947, cuando entonces Cambridge comenzó a otorgar títulos retroactivos de licenciatura y maestría a las mujeres.</p>
<p>Sus títulos y distinciones honoríficos como estudiante la llevaron a ganar un puesto en el laboratorio de investigación de fisioquímica de la universidad, donde trabajó de la mano y supervisión de quien fuera su mentor, Ronald George Wreyford Norrish, quien para 1967 ganaría el Premio Nobel de Química, y con quien no sostuvo las mejores relaciones. Franklin se refirió a Norrish como a un tipo “bebedor” y “prepotente” y al que llegó inclusive a despreciar. Por fortuna para 1942 le ofrecen trabajar como asistente en la Asociación Británica para la Investigación del Uso del Carbón (BCURA), y cuyo trabajo le permitiría en 1945 obtener su doctorado en Cambridge con la tesis: <em>La fisioquímica de coloides orgánicos sólidos con referencia especial al carbón</em><em>. </em>Rosalind auscultó en la porosidad del carbón, descubriendo un fino espacio permeable, aportando respecto a la clasificación de los carbones y permitiendo ponderar con exactitud su idoneidad para el uso de combustibles.</p>
<p>Otra de sus aventuras como viajera la llevó a los Alpes franceses, donde caería por un precipicio y que por poco le cuesta la vida, y pese a lo cual insistía en el embelesamiento que le causaba el territorio francés, y así se lo manifestó a su madre por esos días a través de una misiva: “Estoy segura de que podría merodear felizmente en Francia por siempre. Amo la gente, el país y la comida.”</p>
<p>Sería por ese amor a Francia que para 1947 acepta trabajar en París como <em>chercheur </em>(investigadora), al lado de Jacques Mering en el Laboratoire Central des Services Chimiques de l’Etat, y con quien desarrollará todo tipo de nuevas teorías respecto a la cristalografía, que es la ciencia encargada de estudiar las estructuras cristalinas adoptadas por minerales y otros compuestos y materiales orgánicos cuando se presentan las condiciones óptimas. Por medio de rayos X, Mering había estudiado durante años miles de cristales, pero sería Franklin quien pusiera la lupa sobre el carbón, y en particular respecto a los cambios en la disposición de los átomos cuando se convierten en grafito. Sus descubrimientos serían publicados en distintos artículos, constituyendo la base del campo de la física y la química del carbón.</p>
<p>En 1950 es merecedora de la beca Turner and Newall, la cual ofrece un puesto como asociada de investigación en la Unidad de Biofísica del Consejo de Investigación Médica (CIM) en el King’s College de Londres, dirigido por John Randall, y en donde descubriría las propiedades primordiales del ADN (Ácido Desoxirribonucleico), dando pie a una lectura detallada de su estructura de doble hélice. Para identificar estas formas la científica se valió de una microcámara y un tubo de enfoque fino que ella misma refinó y ajustó, y por medio de la difracción de rayos X sería como conseguiría captar las más detalladas imágenes de dicha molécula.</p>
<p>En el King’s College trabajaban apenas un puñado reducido de mujeres, a las que incluso se les destinaba el espacio del vestíbulo para las horas de almuerzo, mientras que los caballeros disponían de un comedor amplio. En una carta enviada a un amigo Rosalind hace una triste alusión, resaltando el trabajo de una de sus colegas, e insistiendo en que era “muy buena, pero era mujer.” No estaba criticando sin duda su género sino más bien sus posibilidades para abrirse camino en el campo científico. Y es que esta sería la historia que Rosalind Franklin tendría que vivir, cuando sus descubrimientos interpelaban y contradecían el trabajo y las supuestas conclusiones que otros investigadores habían dado como por verídicas. Su manera sustanciosa de expresarse y la forma determinada como solía encarar a las personas consiguieron intimidar a más de un científico y hasta el punto de ganarse su enemistad. Es así como Franklin tendría que pelear insistentemente por dar validez a sus descubrimientos, y aunque esto significara desmontar los antiguos modelos propuestos por un hombre. “Es muy bonito, pero, ¿cómo van a comprobarlo?”, increpó en su momento a sus compañeros de laboratorio, arguyendo que sus supuestos descubrimientos no habían sido corroborados con la rigurosidad de sus propios trabajos, y que contrariaban las antiguas posturas.</p>
<p>El resultado y las conclusiones de sus trabajos serían publicados en varias revistas científicas, y en especial la revista <em>Nature, </em>donde algunos de sus colegas acabarían dándole la razón a Franklin, ya que estos descubrimientos de Franklin les servirían a ellos mismos para acabar de dar forma y finiquitar los estudios relacionados con la estructura del ADN, llegando a ganar incluso el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1962. James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins fueron condecorados con dicha distinción, y aunque para aquel momento ya Rosalind Franklin hubiera fallecido, al mundo le queda el sinsabor de que no hubiera sido incluida entre los ganadores y ni siquiera hubiera tenido su merecido reconocimiento póstumo. Años más tarde el Premio Nobel habilitaría la posibilidad de ser otorgado a personas difuntas.</p>
<p>Sin embargo, hoy Rosalind Franklin es reconocida por haber dado a conocer la “Fotografía 51”, una imagen de difracción de rayos X del ADN con su estructura de doble hélice, y que más adelante el propio Crick aceptaría como una clave para sus estudios posteriores, y que años después sería confirmado por Watson, dándole de esta manera un justo reconocimiento en las investigaciones que les valdría el haber ganado el Premio Nobel.</p>
<p>Luego de dos años trabajando en los laboratorios del King’s College, en 1953, y no consiguiendo adaptarse al equipo, y en especial a su director John Randall, Franklin logra ser reclutada como investigadora y científica sénior por John Desmond Bernal, director del Departamento de Física del laboratorio de Birkbeck College, quien destacó las imágenes tomadas por Franklin como “las más hermosas que se han tomado alguna vez de una sustancia.” John Desmond Bernal era conocido por brindar oportunidades a las mujeres dentro de sus instalaciones, y fue por esto que Franklin consiguió desplegar con libertad sus conocimientos en cristalografía y publicar varios artículos en los que daría a conocer sus descubrimientos. Pasar del King’s College para trabajar en estos laboratorios fue según ella como “mudarse de un palacio a los barrios bajos… pero más agradable al mismo tiempo.”</p>
<p>Financiada por el Consejo de Investigación de Agricultura, Franklin se dedicó a investigar sobre las estructuras moleculares de los virus, y en especial del mosaico de la polio y del tabaco (TMV). Por aquel entonces Aaron Klug era un recién doctorado que trabajó de la mano de Franklin, y que dando continuidad a estas investigaciones sería galardonado en 1982 con el Premio Nobel de Química, “por su desarrollo de la microscopía cristalográfica de electrones y su elucidación estructural de complejos ácido nucleico-proteína biológicamente importantes.” Franklin ya habría muerto décadas atrás, pero no cabe duda de que en esta ocasión también hubiera merecido compartir el codiciado premio.</p>
<p>Rosalind continúa desafiando conceptos científicos prestablecidos a través de la publicación de artículos en distintas revistas científicas, y en donde conseguía demostrar con veracidad cada uno de sus postulados, y es así como en 1956 publicará seis artículos y otros seis más al año siguiente. Para ese año de 1957 sus descubrimientos respecto al virus de la polio consiguen un financiamiento por parte del Servicio Público de Salud y del Instituto Nacional de Salud, en los Estados Unidos, logrando avanzar en las investigaciones respecto al virus.</p>
<p>Su beca de investigación expira pero se le concede una extensión por un año, solicitando una nueva beca que le fue concedida en 1958, y que incluía una asistencia económica de 10.000 libras anuales durante tres años.</p>
<p>Se dice que Rosalind era de temperamento fuerte, y es que de cualquier otra forma no hubiera sido posible abrirse paso entre el patriarcado. No le gustaba el apodo que le tenían en el laboratorio, y así como con todo lo demás que pensaba, no tuvo reparos para recalcar cómo quería ser llamada cuando se lo consultaron: “Me temo que Rosalind… No ‘Rosy’.” En asuntos políticos no calló la boca para denostar a Winston Churchill en su aspecto bélico y así también para elogiarlo respecto al valor de sus discursos.</p>
<p>No se le conoció una pareja, y apenas expresó haber sentido un cariño particular por alguno de sus asistentes, a quien consideraba como un buen partido, y de quien confiesa pudo haberse enamorado, y hasta llegar a establecer una familia. También parece haber estado interesada en su mentor francés, Jacques Mering, quien se encontraba casado, y el cual confesó no ser indiferente y haberse dejado seducir por la “inteligencia y belleza” de Franklin. Sin embargo la vida de Franklin no sería la de una mujer de hogar, y sus esfuerzos estarían dedicados a consagrarse en sus estudios e investigaciones y en dar con nuevos descubrimientos que pudieran significar un aporte para toda la humanidad.</p>
<p>Para mediados de la década de los años cincuenta se le descubrió un tumor en el abdomen y tuvo que convalecer hospitalizada en New York durante un largo período, luego de lo cual regresaría a su trabajo, y para 1958 fue nombrada como Asociada de Investigación Biofísica, la cual le encomendaría la tarea de presentar sus recientes descubrimientos respecto a la estructura del virus del mosaico del tabaco (TMV), en el marco del primer evento internacional científico que fuera celebrado luego de acabada la Segunda Guerra Mundial, el Expo 58, en Bruselas, y que tendría su lugar en el Pabellón Internacional de Ciencia.</p>
<p>Franklin pretendía representar un modelo a escala de la estructura del virus, que contaba con cinco pies de altura y que estaba compuesto por pelotas de ping-pong entrelazadas con agarraderas plásticas de manubrios de bicicleta. Pero justamente un día antes de inaugurarse la feria Rosalind Franklin moriría en Chelsea debido a un cáncer de ovario. También se le había diagnosticado carcinomatosis secundaria y una bronconeumonía que finalmente acabaría ocasionándole la muerte. Escrito en hebreo, en su epitafio se lee: “Científica. Su investigación y sus descubrimientos en materia de virus quedan como un beneficio para la humanidad.” Varios miembros de su familia y algunos de sus colegas murieron de cáncer, y se especula que esto pueda derivarse como una consecuencia de la continua exposición a los rayos X.</p>
<p>Luego de la muerte de quien hubiera encontrado “el secreto de la vida”, como lo expresó algún investigador, Rosalind Franklin recibiría un sinfín de reconocimientos y honores póstumos. En 1982 fue nombrada como Miembro Honorario Nacional por la Iota Sigma Pi. Son varios los laboratorios, edificios, escuelas, bibliotecas, y todo tipo de fundaciones que conceden becas y premios en su nombre, como es el caso de la Sociedad Rosalind Franklin, que desde el 2014 y en sociedad con la Organización de la Industria Biotecnológica otorga el Premio BIO Rosalind Franklin, destinado al apoyo de aquellas mujeres que sobresalen en el campo de la biotecnología industrial y bioprocesos.</p>
<p>La Escuela St. Paul’s, donde estudió de niña, fundó el Centro de Tecnología Rosalind Franklin, y la Real Academia de Química declaró al King’s College de Londres como “Sitio Histórico Nacional de Química”. En la Universidad de Nottingham Trent se llevó a cabo un proyecto millonario que acabó convertido en el prestigioso centro de investigación Rosalind Franklin, y así podemos encontrar su nombre en placas y reseñas que se han colocado en los muros de varios institutos y academias, y que recuerdan los logros de la destacada científica. Su vida y logros ha inspirado películas, obras teatrales, documentales, libros y biografías, e incluso la NASA ha querido recordarla entre los astros, bautizando un asteroide descubierto en 1997 con el nombre de <em>Rosfranklin, </em>y así también <em>Google </em>dedicó en el 2013 uno de sus <em>doodle</em>, en donde contemplamos a Rosalind Franklin reparando la estructura helicoidal del ADN frente a la famosa “Fotografía 51”.</p>
<p>Conocida como “heroína agraviada”, “heroína olvidada”, “dama oscura del ADN”, o la “Sylvia Plath de la biología molecular”, lo cierto es que hoy Rosalind Franklin está cobrando protagonismo y ganándose su justo y merecido lugar en el mundo de los avances científicos, y hoy mejor le corresponde otro de los apelativos con el que es nombrada, el de “icono feminista”.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-89132" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/04/257.-ROSALIND-FRANKLIN-234x300.jpg" alt="ROSALIND FRANKLIN" width="234" height="300" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 05 Jan 2024 08:46:40 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Rosalind Elsie Franklin (1920-1958) “Descubridora del ADN”]]></media:description>
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        <title>Peggy Guggenheim (1898-1979)</title>
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        <description><![CDATA[<p>“Mi lema era: ‘compra un cuadro al día’, y lo seguí al pie de la letra.” Y sería de esta manera como Peggy Guggenheim se haría a la más soñada colección de arte que cualquiera hubiera podido imaginar jamás. Quiso competirle a su tío y a su ya renombrada galería, el coleccionista y dueño de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Mi lema era: ‘compra un cuadro al día’, y lo seguí al pie de la letra.” Y sería de esta manera como Peggy Guggenheim se haría a la más soñada colección de arte que cualquiera hubiera podido imaginar jamás. Quiso competirle a su tío y a su ya renombrada galería, el coleccionista y dueño de la Solomon R. Guggenheim Foundation, a la que despectivamente llamaba “el garaje de mi tío.”</p>
<p>Solomon comenzó su colección personal hacia 1890, más como una pasión propia, eligiendo por manía o instinto pinturas flamencas, paisajes americanos y franceses y manuscritos orientales, y dejándose llevar por el buen gusto de su amigo, el pintor Amadeo Modigliani. Pero sería a partir de 1930 cuando finalmente montaría una nimia colección en el Hotel Plaza, y para 1939 abriría las puertas del primer Museo de Arte No Objetivo, con sede en la Calle 54 Este, y que después se mudaría a la Quinta Avenida. Bautizado por Max Ernst como la Casa Bauer, Peggy se refería a la galería de su tío como a un espacio incómodo y con sus obras mal exhibidas: “Un desastre… el museo era un pequeño edificio muy bello aunque totalmente desaprovechado con aquella colección.”</p>
<p>Neoyorquina, bautizada con el nombre de Marguerite Guggenheim, fue hija de una dinastía de magnates judíos que habrían emigrado un par de generaciones atrás a los Estados Unidos y que llevaban décadas amasando una gran fortuna. Su padre, de origen suizo-alemán, era dueño de siderurgias y poseedor de minas en Colorado, con las que dominaba una de las producciones más grandes de plata, cobre y plomo en todo el mundo; y su madre una aristócrata alemana-holandesa heredera de banqueros.</p>
<p>Peggy recuerda a su familia como una casa de locos. Dice que su madre tenía la costumbre de repetir tres veces todo lo que decía, y que así también solía portar tres relojes al mismo tiempo. Cuando tenía 13 años su padre muere vestido de smoking en el naufragio del <em>Titanic, </em>dejando como herencia una enorme riqueza, la cual correspondió en una mayor parte a sus hermanos, y otro restante pero nada despreciable legado para sus hijos. “Yo siempre tenía ataques de nervios, estaba angustiada todo el tiempo… No creo que hubiera habido buenas madres en esos tiempos. Mi madre tenía muy poco control sobre mí, me volvía loca, siempre montaba escándalos y me aburría mucho, era horrible. Mi padre tenía una fortuna que mi madre perdió. Después de aquello, no me consideré como una auténtica Guggenheim. Era muy pobre comparada con mis tíos, ellos eran enormemente ricos, y yo sólo tenía 450.000 dólares.” Era así como se quejaba la caprichosa millonaria por no considerarse tan enormemente rica, y por no lograr identificarse con el <em>our crowd </em>(“nuestra gente”), aquella sociedad neoyorquina hipócrita, superficial y elitista que la había criado en el seno de la religión judaica. “Siempre me consideré la <em>enfant terrible</em> de la familia, supongo que pensaban que era la oveja negra y que nunca haría nada bien, creo que los sorprendí… En mi vida todo ha sido arte y amor, creo que pasamos por la vida como en una especie de sueño… A mí me interesó el arte moderno en el momento en el que lo conocí, me hice adicta y ya no lo pude evitar.” A la edad de los 21 años Peggy es poseedora de una fortuna estimada en dos millones y medio de dólares, lo que hoy día representaría unos 20 millones de dólares.</p>
<p>Peggy reclamaba una cierta independencia, y fue por esto que recién terminados sus estudios de secundaria se dedicaría a trabajar en una librería, donde por primera vez se empaparía del mundo artístico, conociendo a los protagonistas del arte, tanto en el ramo de la pintura como en el de la literatura, muchos de los cuales hacían parte del círculo intelectual y bohemio que solía congregarse en el barrio marginal de Montparnasse. Sería en este París de inicios de los años veinte donde Peggy se vería sobrecogida por el ambiente cultural que se respiraba, haciéndose una visitante frecuente de museos y exposiciones de vanguardia.</p>
<p>En 1921 conoce en la boda de su hermano a su primer marido, Laurence Vail, de quien quedaría prendada de sólo conocerlo, pero que al poco tiempo dejaría ver el lado más insensible y cruel de la criatura que escondía adentro. Esto dijo la novia del momento en el que conoció a su futuro marido: “Su hermoso, ondulado y dorado cabello se agitaba atrapado por el viento. Yo estaba escandalizada por su libertad y sin embargo también cautivada. Él había vivido en Francia toda su vida, tenía acento francés y arrastraba las erres. Era como una criatura salvaje. No parecía importarle lo que la gente pensaba acerca de él. Sentí, mientras caminaba calle abajo con él, que podía irse en cualquier momento, tenía tan poca conexión con el comportamiento ordinario.”</p>
<p>La pareja se casó a comienzos de marzo de 1922 y tuvo su luna de miel en Roma y en Capri. Durante los próximos dos años la pareja tendría dos hijos: Sindbad y Pegeen, y la madre estaría dedicada a pasearse por las calles del pueblo de Le Trayas en su coche de lujo, un Gaubron descapotable, en cuyos viajes solían acompañarla su séquito de perros de la raza Lhasa Apso. La pareja viajó a New York para después veranear en Suiza, Normandía, Amalfi, y luego de visitar Egipto volver a Europa para pasar por Venecia y Rapallo.</p>
<p>Pero no sólo serían viajes. A través de su marido conoció a quien fuera su examante, la escritora Mary Reynolds, quien a su vez le presentaría a Max Ernest. Peggy se dejó envolver por esta atmósfera, haciéndose a un respetado grupo de célebres amigos surrealistas, dadaístas y artistas de diferentes corrientes, entre los que se cuentan a Tristan Tzara, Mina Loy, James Joyce, Ernest Hemingway, Man Ray quien sería el que la fotografió con un peculiar vestido largo y holgado que quedaría para el recuerdo, o la bailarina Isadora Duncan quien esperaba de la mecenas un apoyo para su próximo espectáculo, pero que se encontraría solamente con una fiesta que Guggenheim dedicó en su honor. “Yo sólo pensaba que estaba guapísima… Se respiraba el surrealismo, el arte. También solía jugar tenis con Ezra Pound y cacareaba como un gallo cuando metía un punto.”</p>
<p>Peggy encontraría motivos más que suficientes para alejarse del maltrato y el abuso perpetrado por su pareja, quien solía golpearla en público, y cuyas rabietas llegaban a tal extremo, que en una oportunidad estuvo a punto ahogarla en una bañera. “Cuando nuestras peleas llegaban a su <em>grande finale</em> me untaba mermelada en el pelo. Pero lo que más odiaba era que me tirara al suelo por las calles, o que me lanzara cosas en los restaurantes.” Y para sumarle a sus agresiones, Peggy se lamentaba de que su marido no fuera más que un mantenido: “Él no tenía dinero, y yo controlaba nuestras finanzas… él quería hacerme sentir mal intelectualmente.” Cuenta que una vez la obligó a ingresar vestida al mar y que luego con la ropa mojada tuvo que acompañarlo al cine. La humillaba y violentaba de muchas formas. En alguna oportunidad el marido aprovechó para quemar sus pertenencias, otra vez la aventó por las escaleras, y otra en donde la arrojó al suelo y se le paró insistentemente sobre el estómago, pero la peor parte sería cuando siempre ayudó para respaldar su complejo de inferioridad, ya que Peggy se avergonzaba de su “nariz de patata”, y el trato de su esposo la hacía sentir aún más “fea”. “Me hacía estar plantada desnuda ante la ventana (en diciembre) y me arrojaba whisky a los ojos.”</p>
<p>Finalmente, en 1928, y luego de una tormentosa relación de siete años, Peggy no da más esperas y decide abandonar a Laurence, obteniendo la custodia de su hija, mientras que su padre se quedaría con la del niño. Por esos mismos días Peggy ya había comenzado una relación estrecha con su amigo, el escritor inglés John Holms, con quien acabaría mudándose a Devon, a una cómoda estancia que sus amigos bautizaron con el nombre de <em>Hangover Hall (Salón de la Resaca), </em>y en donde los acompañó durante un tiempo la escritora Djuna Barnes mientras escribía su novela <em>Noche en el bosque</em>. Luego seguirían juntos hasta Londres y allí convivieron hasta la muerte de Holms, debido a un infarto, en el año de 1934. Así se refirió a su relación con el escritor: “Él sabía que yo era mitad trivial y mitad extremadamente pasional, y esperaba poder eliminar mi lado trivial.”</p>
<p>Cercana a la edad de los 40 años, una vocación y un llamado a realizarse, cuestionándose respecto a sus últimos 15 años en donde “no había sido más que una esposa, una hija, una amiga, una madre y una mujer adinerada que sabía rodearse de amigos interesantes”, Peggy tomará una decisión de vida. Por aquellos tiempos su madre había muerto, elevando así la inmensa fortuna de Peggy, que de inmediato pensó en montar un negocio para apoyar fundamentalmente el arte: “Alguien sugirió que pusiera una galería o una casa editorial, y yo pensé que una galería sería menos cara. Por supuesto, nunca pensé en las grandes cantidades de dinero que podría llegar a gastar.”</p>
<p>Para llevar a cabo su tarea, Guggenheim se dejó asesorar por sus amigos artistas, y sería de esta manera como iría comprendiendo el tejemaneje del mundo de las pinturas. “Tomé consejos de los mejores… escuché y ¡cómo escuché! Así fue como finalmente me convertí en mi propia experta.” Sin embargo la pieza fundamental para cumplir su cometido fue la invaluable presencia de su amigo Marcel Duchamp, de quien decía “fue la persona más influyente en mi vida”, y quien le sirvió para ilustrarla en el mundo del arte y sus conexiones. “Duchamp me enseñó las diferencias entre surrealismo y arte abstracto, organizó todas las exposiciones, hizo todo por mí… Le debo mi introducción en el mundo del arte moderno.” Según Peggy, sus “conocimientos de arte llegaban hasta el impresionismo”, pero de la mano de Duchamp, para 1938, ubicada en el número 30 de Cork Street, adjunta a las galerías de Roland Penrose y de E.L.T. Mesens, en Londres, la emprendedora mecenas abriría la galería de arte conocida como Guggenheim Jeune, dedicando para su inauguración una exposición exclusiva del prometedor autor Jean Cocteau.</p>
<p>Sin embargo la acogida no cumplió con las expectativas, y muchos tildaban de insípido este “arte nuevo” al que pocos cuadros le comprarían, siendo Peggy la que en secreto mandó a comprar varias obras de Cocteau para alentarlo en su trabajo artístico e impulsar su carrera. <em>“Para no desilusionar a los artistas que no vendían nada, me acostumbré a comprar una pieza de cada una de las exposiciones que montaba. En aquella época, como yo no tenía la más remota idea de cómo vender y nunca había comprado cuadros, aquella me pareció la mejor solución porque así, por lo menos, los artistas estaban contentos.” L</em>a astuta coleccionista confesaría después que “así fue como comenzó la colección.”</p>
<p>En su búsqueda de nuevos artistas por los recovecos parisinos, Peggy conocería al futuro Premio Nobel de Literatura, el escritor irlandés Samuel Beckett, con quien mantendría un corto romance y que además le serviría para asesorar su trabajo como coleccionista de arte. Gracias a él Peggy descubrió, según sus palabras, que el arte en aquel momento era “un ser vivo.” De Beckett dijo: “Sus idas y venidas eran completamente impredecibles, cosa que yo encontraba muy excitante; se presentaba a media noche con cuatro botellas de champaña y no me dejaba levantarme de la cama por dos días.” Sin embargo, Beckett “sufría de horribles momentos de crisis cuando sentía que se estaba sofocando”; lo asaltaban al parecer “sus terribles recuerdos de su vida en el vientre de su madre.”</p>
<p>Su galería serviría para dar a conocer a nuevos artistas, como en el caso de Yves Tanguy y Wolfgan Paalen, además de incrementar la fama de los ya consagrados, como es el caso de</p>
<p>Wassily Kandinsky o de Pablo Picasso. Sin embargo, un año después de inaugurada la galería, la mala administración la llevaría a desistir de su proyecto, para mudarse a la capital francesa con la misma intención de montar su negocio de venta y promoción de arte en plena Plaza Vendôme. “Todos sabían que yo estaba en el mercado comprando lo que fuera.” Asesorada por quien dirigió siempre la Guggenheim Jeune, el filósofo Herbert Read, Peggy recorrería cada rincón en busca de las esculturas, fotografías y cuadros que su amigo experto le recomendaría para su colección. Pero ocurrió que en medio de esta búsqueda estallaría la Segunda Guerra Mundial, y ante la amenaza latente la ávida empresaria del arte no buscaría refugiarse en Norteamérica, y en cambio rentaría un apartamento en París, donde se dedicaría a comprar y a almacenar un mirífico arsenal artístico. “Me pareció imposible abrir un museo en Londres, podía ser bombardeado en cualquier momento. Me fui a París a recoger los cuadros que había confeccionado para mí Herbert. Durante el primer invierno de la guerra intenté comprar un cuadro al día. La gente me llamaba por teléfono a todas horas e incluso venía a mi casa por la mañana y me traían los cuadros a la recámara. El único que compré desde la cama fue un Dalí.” Se cuenta que a Constantin Brâncusi le ofrecería apenas mil dólares por <em>Pájaro en el espacio</em>, y a lo cual el artista tendría que acabar cediendo, y de esta forma vender su obra para terminar de conseguir recursos que lo llevaran lejos de la guerra.</p>
<p>Peggy aprovechó la escasa demanda e incluso la carencia de oferta para hacerse a una colección invaluable a precio de huevo. Las obras de creación artística parecían estar en rebaja. “No había que negociar porque todo era muy barato. Pagué por mi colección de arte la ridícula cantidad de 40.000 dólares. Con ese dinero no hubiera podido comprar hoy ni siquiera uno de mis cuadros, es una locura. Luego quise salvar mis obras, así que fui a hablar con la gente del Louvre con la idea de que salvaran mis obras en conjunto con las suyas, y me dijeron que no merecía la pena, eran ‘demasiado modernas’. Al final tuve suerte, el hombre que preparaba y enviaba los cuadros en los tiempos en que tuve la galería de arte en Londres trasladó todos sus cuadros a Norteamérica, escondidos entre sábanas y colchas.” Entre “lo que no consideraron digno de guardar” había obras de Paul Klee, Georges Braque, Juan Gris, René Magritte, Joan Miró.</p>
<p>Sin embargo no podríamos tildarla de simple oportunista, sabiendo su faceta de mecenas, y que se dice traspasaba el ámbito laboral, convirtiéndose en amiga, madre y enfermera de los artistas a los que representaba. Guggenheim comprendió que lo suyo no era sólo coleccionar cuadros sino también personas, y reconocía finalmente en lo que se había convertido: “No soy coleccionista, soy un museo.”</p>
<p>Pensó también en instaurar una colonia de refugio para artistas, pero no concretó el proyecto porque temió que el conjunto de egos pudiera acabar en una guerra peor que la que se peleaba afuera, y es así como en 1940 se muda al sur del país galo, a la región de Grenoble, dejando a la merced gran parte de su colección, y que sería custodiada en el granero de un amigo.</p>
<p>En 1941 se muda a Marsella y allí se reúne de nuevo con Max Ernst, quien recientemente había escapado de un campo de concentración, y con quien iniciará un amorío que los llevará al otro lado del océano. Peggy ayudó a gestionar los gastos y trámites para que Ernst pudiera viajar a New York, y en su travesía también los acompañaría André Breton, a quien Guggenheim le había extendido su auxilio.</p>
<p>Ya la Wehrmacht estaba por invadir la capital y Peggy todavía andaba de un lado a otro como la “adicta” confesa, tratando de hacerse a <em>Mujer degollada </em>de Alberto Giacometti, y así nutrir aún más su siguiente proyecto norteamericano. Sería así como con la colaboración de Ernst y Breton, la ya experimentada coleccionista inauguraría una nueva galería en la Calle 57 de Manhattan, conocida como Art of this Century. El espacio destinado para la exposición desafiaba lo innovador. Dividida por cuartos temáticos o por autor, las pinturas no estaban fijas a las paredes curvas sino que pendían sujetas por unos ganchos, permitiéndole al espectador la experiencia de intimar con la pintura al tomarla con sus propias manos. Las luces al interior de la galería iban y venían, intermitentes, y cada cinco minutos se proyectaba la grabación del sonido de un tren que parecía estarse paseando alrededor de los salones. La galería contaba con una sala especial de negociación y ventas, y así cada rincón había sido calculado por la mirada detallista de la consagrada coleccionista.</p>
<p>Además de promocionar las viejas corrientes expresionistas e impresionistas, Peggy representó el auge de exhibición para los artistas surrealistas, dadaístas, cubistas, y especialmente el naciente movimiento del expresionismo abstracto. Su nueva galería sería otra vez el trampolín para que muchos artistas emergentes pudieran presentar sus obras y conectar con el público.</p>
<p>Cazatalentos, en 1943 convocó a través de la revista <em>Art Digest </em>a nuevos artistas norteamericanos menores de 35 años, para que presentaran su obra en la exposición del Salón de Primavera que se exhibiría en su nueva galería. Un jurado conformado por ella, Marcel Duchamp, Piet Mondrian y otros renombrados artistas, decidieron que el más notable sería ese “genio” desconocido hasta entonces, llamado Jackson Pollock.</p>
<p>Al comienzo Guggenheim no estaba muy convencida de haber dado con el genial artista que otros vislumbraban, discutiendo en particular con Piet Mondrian sobre la obra presentada por Pollock, <em>Stenographic Figure. </em>“Bastante fea, ¿no es así? Eso no es una pintura, ¿o sí?”, fueron las primeras apreciaciones de Guggenheim, luego de que ambos estuvieran contemplando la pintura durante varios minutos. “Hay una absoluta falta de disciplina en esto”, remató Peggy con este comentario. “Tengo el sentimiento de que esta puede ser la pintura más emocionante que he visto desde hace mucho, mucho tiempo, aquí o en Europa… Yo no sé lo suficiente acerca de este autor como para calificarlo de ‘grande’, pero sé que me obligó a detenerme y observar. Dónde tú ves ‘falta de disciplina’ yo tengo la impresión de percibir una energía tremenda”, estas serían las apreciaciones de Mondrian, quien pese a ser cuestionado por Peggy (por no corresponder al estilo del pintor), no se equivocaría al valorar a un artista que en nada se pareciera a su tipo de arte, y en este caso no se equivocaría.</p>
<p><em>Stenographic Figure </em>sería incluida en la exhibición y de inmediato se robaría todas las miradas. La prensa sugirió que “por primera vez el futuro revela un brillo de esperanza”, y algún crítico comentó que “hay un gran Jackson Pollock que, me dijeron, hizo que el jurado entornara las pestañas.” Tiempo después Peggy tendría que reconocer que “el descubrimiento de Pollock fue, por mucho, mi más notable logro individual.” Sin embargo años más tarde tendría que volver en defensa de sus obras, considerándolo subestimado como artista: “Todo lo que hice por Pollock fue minimizado o completamente olvidado.” Y, no obstante, Pollock nunca cayó en el olvido, y las pinturas que en sus comienzos ofrecía por mil dólares hoy están avaluadas por más de cien millones. A la postre, Jackson Pollock se convertiría en una de las más destacadas figuras del movimiento fundador del Expresionismo Abstracto, conocido como la Escuela de Nueva York.</p>
<p>Agradecido con su mecenas, Pollock pintó en cuestión de una tarde la pared que adornaba el vestíbulo de la casa de Peggy, bautizando su obra como <em>Mural. </em>No obstante Peggy trató en lo personal de mantener las distancias con el artista, ya que “tomaba demasiado y, cuando lo hacía podía llegar a ser incómodo por no decir diabólico.” Se cuenta que en una ocasión, luego de haberse bebido todas las botellas del mini-bar, el autor de aquellos trazos infantiles que pasaría por ello a la historia, acabaría en esta ocasión impregnando su estilo toda vez que se orinara en la chimenea de su mecenas.</p>
<p>Tras dos años de relación, Peggy decide separarse de Max, luego de que este le hubiera sido infiel con una de las treinta y un artistas que integraron una muestra colectiva en su propia galería, y a lo que Peggy comentaría con ironía: “Habrían tenido que ser sólo treinta.”</p>
<p>En 1947 cerró la galería Art of this Century, pretextándose en lo agobiante de sus labores: “Estaba exhausta por mi trabajo en la galería, de la cual me había convertido en una especie de esclava.” Sería así como decide mudarse a Italia, donde permanecería por más de tres décadas y hasta el día de su muerte.</p>
<p>En Venecia Peggy retomaría su carrera hasta llegar a consolidarse como una de las más reconocidas en el gremio. Para 1948 participó de la XXIV Bienal de Venecia, y luego comenzaría una gira por Florencia, Roma y Milán, dando a conocer la cantidad de obras que la acompañaban y que deslumbraban a los espectadores por la riqueza de su contenido, resaltando siempre la mejor carta que tenía para compartir, y que se viera representada en los seis cuadros de Pollock, entre los que se destacan<em> Eyes in the heat, The moon woman </em>y<em> Two</em><em>. </em>Luego de la gira Guggenheim escribiría a una colega: “Aquí en la Bienal, Pollock fue considerado con mucho, el mejor de los pintores americanos.”</p>
<p>Por aquellos días Peggy consiguió encontrar ese lugar en el que planeaba exponer todas sus obras, para lo cual adquirió el Palazzo Venier dei Leoni, en el Gran Canal, recogiendo en su interior un cúmulo de afamadas obras que hasta ese momento no se habían conocido en Italia. Adecuó su palacio y lo convirtió en un genuino museo, destinando tres tardes a la semana en las que abriría sus puertas al público para que las personas pudieran disfrutar de las paredes abarrotadas de obras, que se extendían incluso por los baños, y en cuyo interior se veían desfilar los sirvientes de la matrona y dueña, así como sus once perros Lhasa Apso que no dejaban de perseguir a su ama. La bodega fue remodelada para servir como un estudio en el que los artistas pudieran trabajar, y entre las muchas excentricidades del lugar destacaría la obra del escultor Marino Marini, instalada en las afueras de la galería, y cuya figura representaba a un caballo y un jinete con su pene erecto, y cuyo falo enorme contaba con la peculiaridad de poder ser desmontado toda vez que así lo quisieran, y en especial lo “retiraba cuando sabía que podían pasar monjas por delante”, decía Guggenheim.</p>
<p>Los años cincuenta fue el auge de las subastas, tomándose a partir de ese momento el comerciar obras de arte como un negocio rentable, una inversión placentera, a donde cada vez más personas querían acceder, y por esa mirada utilitarista es que pasó de considerarse la belleza de una pintura para cuestionar simplemente su valor comercial. Las obras más complejas de falsificar serían también las más apetecidas y costosas de los mercados.</p>
<p>En los años sesenta la figura de Peggy Guggenheim es ya reconocida en todo el planeta, y para 1962 es nombrada como ciudadana honoraria de Venecia, además de haber viajado por el mundo exponiendo su colección en los lugares de mayor prestigio, como es el caso del Tate Modern de Londres, el Museo de Estocolmo y el Museo de L’Orangerie. Sin embargo para ese entonces ya Peggy había dejado de lado su adicción, interrumpiendo su costumbre de comprar compulsivamente cuadros, y en adelante únicamente prestaría su colección para que fuera exhibida.</p>
<p>En 1967 Peggy se encontraba en México cuando recibió un telegrama. La notificación la llevará a padecer el más duro golpe de su vida, cuando le comentan que su hija Pegeen -quien se había dedicado a la pintura así como al alcohol, y que dependía desde hacía años del Valium y del consumo de barbitúricos-, sería encontrada sin vida en su habitación, en lo que se cree habría sido un suicidio.</p>
<p>A finales de los años sesenta ya poco le importaba el mundo del arte, y tanto era así que cuando le presentaron al creador de la famosa <em>Lata de sopa Campbell</em><em>, </em>el ya afamado artista pop Andy Warhol, la que en otro momento fuera reconocida como la más conocedora en el rubro, tuvo que confesar su ignorancia y preguntar: “¿Quién es este hombre?”</p>
<p>Los últimos años, la que fuera bautizada como <em>L’ultima doghessa </em>(“la última duquesa”), dedicaría su tiempo a pasearse en su góndola privada, luciendo sus característicos lentes con forma de mariposa &#8211; diseño exclusivo que la identificaban de lejos como el personaje que era-, llevando consigo la infaltable compañía de una corte de perros, y encamándose de cuando en cuando con algún amante de turno que pasaría una noche de lujo en la cama de Peggy, adornada con un estrafalario candelabro de plata diseñado por Alexander Calder. “Adoro flotar hasta tal punto que no puedo pensar en nada más hermoso desde que dejé el sexo, o mejor dicho, desde que el sexo me dejó”, le escribiría por aquel entonces a algún amigo.</p>
<p>De Peggy podríamos decir muchas cosas, decir que era promiscua, que era una vividora. En alguna ocasión una periodista le pregunta: “¿Cuántos maridos ha tenido?” A lo que ella respondería: “¿Se refiere a los míos o a los de otras?”</p>
<p>Fiestera desde siempre, confiesa que durante más de cinco años no recuerda haber ido a dormir sin haberse puesto borracha. Los festines que brindaba llegaban a un descontrol del que ya no disfrutaba, y sus invitados no tendrían escrúpulos en tomarse la casona museo como un antro digno de las más orgiásticas juergas, y en más de una ocasión alguna que otra pareja tomó la fantasiosa habitación de la dueña de la casa para cumplir sobre su cama con las urgencias del amor. En los carnavales que ofrecía veíamos desfilar a toda suerte de celebridades dispares como Yoko Ono y Truman Capote; y aunque pudiera invertir miles de dólares en una pintura, en sus festejos solía comprar alcohol de garrafa para hacerlo rendir, y mantenía a sus sirvientes controlados respecto a la comida que ofrecían. No obstante también la veríamos regatear por unos dólares a algún artista que intentaba venderle su obra, y era común verla a ella misma atendiendo la taquilla a la entrada de su galería.</p>
<p>Para 1979 publica el que fuera su tercer libro de memorias, ya que en 1946 había publicado <em>Out of this century</em> y para 1960 <em>Confessions of an art addict</em>, y que para ese momento unió en un solo libro titulado <em>Una vida para el arte. </em>En sus palabras nos describe a la multimillonaria, bohemia, rebelde, lujuriosa, la mecenas y adoradora del arte en todas sus formas, la incansable viajera sobre la cual han llovido notas y libros y documentales, y en el año 2000 la película <em>Ed Harris Pollock </em>es también una historia sobre su vida.</p>
<p>Guggenheim valoró la obra de varios pintores cuando nadie más reparaba en ellos, apoyando sus carreras para que estos pudieran seguir dibujando, y así mismo dándolos a conocer al mundo para que todos pudiéramos disfrutar de su arte. Fue así como supo impulsar los principales movimientos y corrientes artísticas del siglo XX, y sus galerías hoy se extienden por New York, Bilbao, Berlín.</p>
<p><strong>Marguerite “Peggy” Guggenheim murió como una reina, en su palacio veneciano, cuando corría el año de 1979, y antes de morir pidió que sus obras más queridas se mantuvieran dentro de la colección de Italia: “</strong>Que se queden en Venecia. A no ser que se hunda Venecia.” Fue enterrada en el jardín de su casa, junto a los restos de catorce perros Lhasa Apso, entre los que se destaca uno de los primeros, <em>Twinkle</em>, al que vemos en 1919 acompañando a una joven Peggy, luego de haber salido victorioso en una gala de exposición canina.</p>
<p>Días antes de morir declararía a una amiga a través de una carta: “Veo hacia atrás en mi vida con gran alegría. Creo que fue una vida muy exitosa. Siempre hice lo que quise y nunca me importó lo que los demás pensaran. ‘¿Liberación de la mujer?’ Yo era una mujer liberada antes de que hubiera un nombre para eso.”</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-89134" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/04/251.-PEGGY-GUGGENHEIM.jpg" alt="PEGGY GUGGENHEIM" width="193" height="261" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 24 Nov 2023 08:49:04 +0000</pubDate>
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        <title>Elizabeth Taylor (1932-2011)</title>
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        <description><![CDATA[<p>De una belleza difícil de ignorar, deslumbrante a todos ojos, y en especial por los suyos. Elizabeth nació con una mirada distinta debido a su coloración particular, destinada a ser reconocida por la peculiaridad de sus iris color violeta y por tener una mutación genética que la dotó en sus párpados con dos hileras de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>De una belleza difícil de ignorar, deslumbrante a todos ojos, y en especial por los suyos. Elizabeth nació con una mirada distinta debido a su coloración particular, destinada a ser reconocida por la peculiaridad de sus iris color violeta y por tener una mutación genética que la dotó en sus párpados con dos hileras de pestañas. Una pareja de Arkansas se muda a Londres y es allí donde nace su segunda hija, pero debido a la Gran Guerra la familia decide trasladarse a Estados Unidos, y concretamente en la Meca del Séptimo Arte, donde la madre esperaba prosperar con su iniciativa de montar una galería de arte. Desde los tres años Elizabeth comenzaría su educación para convertirse en estrella, y pese a que la madre, dado su experiencia, no gustaba mucho que su hija se inclinara por las artes escénicas. Se trataba de una actriz retirada que no consiguió nunca alcanzar el estrellato, pero que había sin embargo adquirido la experiencia que le permitía comprender cómo operaba el tejemaneje dentro del mundo del cine y de la actuación. Sabía de primera mano que Hollywood “habitualmente veía una futura película para cada cara bonita”, así lo decía toda vez que los actores y actrices y ejecutivos de la industria que frecuentaban su galería reparaban en los encantos histriónicos de su pequeña hija y en su inevitable mirada color violeta. La madre no terminaba de convencerse ya que sus planes eran regresar a Inglaterra una vez acabara la guerra, negándose a la propuesta de casting que le habían ofrecido a su hija para participar de la mega producción que se consagraría como una leyenda del cine: <em>Lo que el viento se llevó.</em> No obstante, las productoras encontraron potencial en los ojos de esa niña, y en una disputa entre MGM y Universal Pictures Elizabeth acabaría firmando un contrato con la segunda en el que le ofrecían cien dólares semanales durante siete años. A los 9 años tuvo su primera aparición en la única película que finalmente filmaría con Universal Pictures y que sería de poca notoriedad: <em>There’s one born every minute. </em>Un año más tarde figuraría como parte del elenco de la película <em>Lassie Lassie come home, </em>además de participar como préstamo a la productora 20th Century Fox en la adaptación de la novela de Charlotte Brontë, <em>Jane Eyre, </em>y al año siguiente viajaría a Inglaterra para el rodaje de la película producida por MGM, <em>Las rocas blancas de Dover. </em>Pero sería ese mismo año de 1944 con la película <em>Fuego de juventud </em>que Elizabeth enamoraría con su interpretación de Velvet Brown, aquella niña que sería vista como una heroína juvenil luego de que rescatara a un caballo que estaba a punto de ser sacrificado y hasta convertirlo en un competidor de carreras. Durante el rodaje Elizabeth caería de un caballo dejándole secuelas en la espalda y que tuvo que padecer durante el resto de su vida. La niña de 12 años de ojos color violeta estaría acompañada por el también pequeño Mickey Rooney, y la película representaría un éxito tanto en taquilla como en la vida personal de la actriz, que recuerda este film como el “más emocionante” de una carrera que en aquel entonces apenas comenzaba. MGM recaudó una suma superior a los cuatro millones de dólares y le extendió el contrato a la prometedora actriz. En 1946 vendría la película <em>Courage of Lassie, </em>y para aquel momento la ya codiciada adolescente facturaba 750 dólares por semana. La talentosa actriz era conocida como <em>“One shot Liz” </em>por su eficacia al momento de actuar, donde lo más común es que le bastara con rodar una sola vez la escena para convencer a los directores de que no se haría necesario volver a repetir. Para muchos actores fue traumático el cambio del cine mudo al cine sonoro y después el color, pero nada de esto le sucedió a Elizabeth, quien se adaptaría al sonido, y sería gracias al color que los espectadores pudieron por fin enterarse del encanto y la peculiaridad cautivante de su mirada única. Y con esa única exposición de sus ojos color violeta sería ya más que suficiente. En adelante fueron varias las películas exitosas en las que participó Taylor, destacándose en su papel de Mary Skinner en <em>Life with father, </em>de 1947, y de ese mismo año encarnando a Cynthia Bishop en la película <em>Cynthia; </em>al año siguiente en el rol de Susan Prackett en la película <em>Julia Misbehaves </em>y como Carol Pringle en <em>Así son ellas</em>; y para ese mismo año se embarcará con rumbo hacia Inglaterra en el <em>RMS Queen Mary, </em>pretendiendo con la película <em>Conspirator </em>dar ese paso que a tantos actores les resulta imposible cuando comienzan de niños sus carreras. Elizabeth no tuvo mayores inconvenientes en hacer la transición de adolescente a mujer adulta, siendo que para entonces sus atributos físicos eran los de una mujer enteramente desarrollada, y aunque el filme no tuvo una buena aceptación entre el público, la crítica aplaudiría la actuación de una Elizabeth Taylor que mostraba el talento y el profesionalismo de una mujer ya mayor. El papel no le quedó grande y fue así como su última interpretación de jovencita sería en 1949 con la película <em>Little women. </em>Para la próxima década Elizabeth Taylor conseguiría protagonizar varias películas, y así también en su vida personal sería protagonista de cuatro matrimonios. Era sin duda la más pretendida, e incluso el multimillonario y dueño de la productora RKO, Howard Hughes, se atrevió a ofrecerle a la madre de Taylor la jugosa cifra de un millón de dólares si conseguía disuadirla para que se casara con él. Sin embargo Elizabeth nunca fue tentada, y según se dice este comentario solamente le generaría un “ataque de risa”. Para 1950 contrae matrimonio por primera vez con un joven aburguesado conocido como “Nicky”, a quien no soportó su desmedida ambición por el juego y la juerga y sobre todo por una “conducta abusiva” que según confiesa la actriz, y que derivaría en un aborto, por lo que la relación no llegaría a durar ni siquiera un año. Dos años más tarde se casaría de nuevo, esta vez con un actor inglés veinte años menor que ella, y con quien tendría a sus primeros dos hijos. Inicia la década y con esta un sartal de nuevos éxitos, entre los que se destacan su interpretación de Kay Bancos junto a Spencer Tracy en la comedia <em>Father of the bride, </em>y para el año siguiente <em>El padre del abuelo, </em>y junto a Montgomery Clift encarnando a la antipática adinerada Angela Vickers en la película <em>A place in the sun</em><em>. </em>Cuatro décadas después dicha película sería incluida en la reserva fílmica del National Film Registry de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, y cuyos filmes en custodia son resguardados por considerárseles de alto valor “cultural, histórico, o estéticamente significativos”. Dulce, bonita, agraciada, a Elizabeth no le gustó nunca que la llamaran “Liz”, insistiendo en que esto lo sabían muy bien las personas realmente cercanas a su vida. Para ese momento ya era latente una cierta rivalidad que persistiría a través del tiempo con la gran leyenda del cine, Marilyn Monroe, quien competía con Taylor a través de la 20th Century Fox, y pese a que los papeles que solían representar fueran tan distintos. Marilyn se decantaba por la comedia encarnando a la chica sensual, hilarante y algo estúpida y que a la postre la consagraría como un símbolo sexual, mientras que Taylor prefería los papeles en los que pudiera mostrar la faceta de una mujer angustiada, compleja, abatida por el drama. En 1952 actuaría junto a Joan Fontaine en la película <em>Ivanhoe, </em>y dos años después dos éxitos de taquilla: <em>La senda de los elefantes </em>y <em>La última vez que vi París. </em>En 1956 se da el lujo de compartir plató con una leyenda del cine al que le bastaron tres películas para consagrarse como mito, el galante James Dean, en la memorable película <em>Giant</em>; y para 1957 por su papel en la película rodada bajo un escenario que recordara la Guerra de Secesión, <em>El árbol de la vida, </em>la actriz recibiría una primera nominación a los premios de la Academia en la categoría de Mejor Actriz. Ese mismo año Taylor se divorciará de su segundo marido y en cuestión de un par de meses estará contrayendo nuevas nupcias. Mike Todd era un productor de cine con quien tuvo a su tercera hija, y con quien a pesar de llevar una relación no muy fluida, sería considerado por Elizabeth como uno de sus grandes amores. El productor moriría un año más tarde en un accidente de avión, y tras unos meses de luto, la necesidad de estar en pareja la llevaría a sumar un cuarto marido a su prolífico prontuario conyugal. El cantante Eddie Fisher era el mejor amigo de su exmarido y estaba casado con la reconocida actriz Debbie Reynolds, y quien luego de estar consolando a Elizabeth acabaría involucrándose con ella a nivel sentimental. El cantante dejaría a Debbie y su relación con Elizabeth desataría sin duda toda clase de escándalos, tildando a Taylor de roba maridos y ganándose sin duda el desprecio de Reynolds. Años más tarde las actrices se reconciliarían y para ese momento Debbie declararía que “en los viejos tiempos si Elizabeth veía a un hombre que quería, lo conseguía, no importaba a quien pisara por el camino.” Para cumplir a la religión de su futuro marido la actriz tuvo que convertirse al judaísmo, pero esto no significaría ningún impedimento siempre que lograra consumarse formalmente la unión. Y es que a pesar de que su historial pareciera el de una consumada libidinosa, Taylor aseguraba que su sexualidad era un asunto que compartió exclusivamente con sus esposos: “Sólo me he acostado con hombres con los que me he casado. ¿Cuántas mujeres pueden decir eso?” En 1958 protagoniza junto a Paul Newman la obra teatral de Tennessee Williams adaptada al cine, <em>Cat on a hot tin roof </em>(La gata sobre el tejado de zinc), y cuya actuación le valdría su segunda postulación al Premio Oscar, así como su primera candidatura para los premios BAFTA en la categoría de Mejor Actriz Británica. La década de los sesenta la cerraría con tres filmes que representarían algunos premios y distinciones. <em>Butterfield 8, </em>y después vendría junto a Katharine Hepburn <em>Suddenly, last summer</em>, película que le valdría una tercera postulación a la codiciada estatuilla del Oscar y así como el reconocimiento a su actuación con el Globo de Oro. Para ese momento Taylor igualaba a Marlon Brando en número de nominaciones una tras otra, siendo cuatro años consecutivos postulada para ganar el premio Oscar. Y es así como Elizabeth cerraría la década con broche de oro alzándose finalmente con el premio de la Academia a la Mejor Actriz, y que le sería otorgado luego de encarnar a una prostituta de lujo en la película de 1960, <em>Una mujer marcada.</em> Y una vez más Elizabeth Taylor protagonizará un divorcio, una nueva película y un nuevo amor. El amor y la película vinieron juntos cuando ambos protagonizaron uno de los proyectos más ambiciosos del cine y quizás el más costoso de todos los tiempos: <em>Cleopatra.</em> Taylor firmó un contrato por un millón de dólares pero debido a varios inconvenientes y retrasos la actriz acabaría embolsillándose casi siete. Durante el rodaje tuvo la oportunidad de conocer a su co-protagonista, Richard Burton, y según afirman todos y cada uno de los testigos, el fuego entre la pareja persistía incluso cuando se apagaban las luces, y la química entre los dos resultó siendo más incendiaria que la pasión vivida por Cleopatra y Marco Antonio. El director comentó que era tanto la tensión sexual entre ambos que era como “estar encerrado en una jaula con dos tigres”. A pesar de que al conocerse ambos se encontraban casados, el par de estrellas se las arreglaron para contraer matrimonio, y hasta el mismísimo Vaticano se escandalizaría con la relación tildando el encuentro como un “vagabundeo erótico”; por otro lado la prensa gozaría con la pareja estelar del <em>Jet Set, </em>los bellos y famosos “Rick y Liz” rodeados de lujos y prestigios. La pasión de Elizabeth por las joyas era desmedida, y su esposo conocía de sobra esta debilidad. “Mi madre dice que no abrí los ojos hasta ocho días después de nacer, y que cuando lo hice fue para engancharme a su anillo de casada”, confesaba Taylor. Dos joyas le regaló Burton a su mujer y que destacan por su valor e historia: el <em>Diamante amarillo de Krupp</em> y la <em>Perla Peregrina</em>, pieza esta última que perteneció a Felipe II y que aparece retratada en algunos cuadros de Velásquez. “Las chicas grandes necesitan diamantes grandes”, es lo que solía decir. En 1964 la pareja adoptaría a una niña y pasados diez años de una relación borrascosa, y como era costumbre en Taylor, deciden poner fin a su matrimonio y establecer el divorcio. Sin embargo un año después se reconciliarían y una vez más volverían a casarse, esta vez en Bostwana, y en donde Burton le regalaría a su esposa un diamante de 69 quilates y cuyo costo superó el millón de dólares, a parte de una verdadera proeza que constituyó su adquisición, y que en la década de los ochenta la actriz revendería la joya conocida como Taylor-Burton con la intención de recaudar fondos para fines benéficos en el continente africano. Taylor recuerda a ese hombre con quien compartió el set en once películas como a uno de sus grandes amores, y del cual acabaría separándose una vez más al año siguiente. Tres filmes notables de aquella época:<em> La mujer indomable </em>dirigida por Franco Zeffirelli, <em>Reflejos en un ojo dorado </em>junto a Marlon Brando, y <em>¿Quién le teme a Virgina Woolf? </em>del director Mike Nichols, y cuyo papel es según muchos el mejor de su carrera, representando para ella su segundo galardón del Oscar como Mejor Actriz. Para 1971, y ad portas de los 40 años, Elizabeth ajustaba cinco matrimonios y se había convertido en abuela. Su participación en el cine comenzó a escasear, dedicándose más a la televisión, siendo así que para 1973 la veríamos actuando en la primera película producida para la tele, <em>Divorce his-Divorce hers</em>. Ese mismo año se presentaría en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián para dar a conocer su más reciente film: <em>Una hora en la noche.</em> En 1976, fiel a su costumbre de permanecer casada, Elizabeth vuelve a apostarle al matrimonio, y en esta ocasión será con un político republicano, y a quien elegiría a último momento ya que también tenía un amorío con un abogado mexicano (con quien también estuvo a punto de casarse antes que sufrieran juntos un accidente de coche y decidieran cancelar la boda). En 1976 la veremos junto a Ava Gardner y Jane Fonda en la película dirigida por George Cukor, <em>El pájaro azul, </em>y al siguiente año en la película escrita por Ingmar Bergman, <em>A little night music (Dulce Viena); </em>y finalmente comenzar los años ochenta junto a Tony Curtis y Kim Novak en el film basado en una novela de Agatha Christie, <em>El espejo roto. </em>Los años siguientes la carrera actoral de Elizabeth se volcó más hacia el teatro, destacando su presencia en Broadway a comienzos de la década de los ochenta con dos obras que también produjo: <em>Private lives, </em>y aquella por la que sería nominada al Premio Tony, <em>The Little foxes. </em>En la televisión cosechó un sartal de participaciones en series, destacándose <em>General Hospital</em>, <em>All my children, Between Friends </em>y<em> North and South, </em>y un par de películas como <em>Poker Alice </em>y <em>Malice in Wonderland. </em>En 1988, y luego de ausentarse durante casi ocho años de la gran pantalla, Taylor regresa interpretando a una cantante de ópera con la cinta <em>Young Toscanini, </em>y al año siguiente una película para la televisión,<em> Sweet bird of youth,</em> en donde encarnará a una actriz venida a menos y que padece trastornos a causa del alcoholismo. La historia parecía calcada de la realidad. La carrera de Taylor tampoco andaba muy bien, y la relación con su esposo la afectaría tanto, que años más tarde confesó haberse vuelto por esos años una adicta al alcohol. Vodka, sirope de chocolate y un par de cubos de hielo, ése era el trago que inventó Taylor y que es un conocido como el cóctel “Chocolate Martini”. Y es así como se divorciaría de nuevo y pasado un tiempo ya estaría sumida en otra relación. “Soy una esposa muy comprometida. Y debería ser comprometida, por casarme tantas veces”, decía bromeando, sin sospechar que aún quedarían un par de matrimonios más para sumar al listado. El siguiente era un hombre menor que ella, un obrero al que había conocido años atrás y con quien contrajo nupcias a comienzos de los años noventa en la afamada mansión <em>Neverland, </em>de su amigo el “Rey del Pop”<em>. </em>Taylor sostenía desde hacía mucho tiempo una amistad con Michael Jackson, incluso sería ella misma en una premiación quien le daría el apelativo por el que se le conocerá siempre como la máxima eminencia de la cultura pop, y años más tarde cuando el cantante se vio involucrado en asuntos legales por abuso infantil, Taylor sería una de tantas que saldría a testificar a favor del buen nombre de su amigo, y así mismo no podría haber faltado al entierro de la estrella de la música mundial en el cementerio Forest Lawn. Por su parte Jackson compuso una canción para la actriz titulada <em>Elizabeth I love you, </em>y para la historia quedará una de tantas fotografías memorables en las que aparecen ambos y que fue elegida como portada para el álbum <em>Jackson History. </em>A comienzos de los años noventa Elizabeth participa en un tributo póstumo que se le rinde a Freddie Mercury, quien moriría por causa del sida, emprendiendo una fuerte campaña humanitaria para alertar sobre el contagio y recaudar fondos para la investigación de la enfermedad, labor que ya venía abanderando desde hacía casi diez años, y por lo que en 1992 le fue otorgado el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Llevaba ya seis años sin volver a las salas de cine, y regresa para 1994 compartiendo el set con John Goodman y Rosie O’Donnell en la película infantil, <em>Los Picapiedras, </em>siendo una elección desacertada, luego de que fuera nominada a los premios Golden Raspberry en la categoría Peor Actriz Secundaria. En 1996, ya divorciada, se compromete en matrimonio con el que fuera su octavo marido, pero acaba cancelando la boda puesto que otro pretendiente -que hombres nunca le faltaron- llegó antes y sería, éste sí, su último matrimonio. En 1999 le otorgan el Premio BAFTA a la trayectoria y un año después la Reina Isabel II la nombra Dama Comandante de la Orden del Imperio Británico. La American Film Institute la ubicó en el séptimo puesto entre las actrices más destacadas del siglo XX. Su última aparición sería en la película para la televisión de 2001, <em>These old broads, </em>año que será recordado por el fatídico 11 de septiembre, que según la leyenda sorprendió juntos a Michael Jackson, Marlon Brando y Elizabeth Taylor, y sobre lo cual se han inventado toda clase de anécdotas, en donde las tres grandes estrellas emprendieron una huida por carretera para refugiarse a las afueras de New York, sorprendiendo a su paso a cualquier curioso que no pudiera creer los ocupantes del carro que les pasó por el lado: un tipo andrógino conduciendo, una copiloto de ojos violeta con los pelos revueltos, y ocupando casi por completo la silla de atrás un gordo enorme parecido a un mafioso italiano. En el 2003 Taylor se negó a asistir a la gala de los Oscar manifestando su abierto rechazo a la intervención de tropas estadounidenses en Irak. Los problemas sentimentales que fueron comunes en su vida estuvieron acompañados por dolencias y enfermedades que fueron surgiendo con cada amante. Fue hospitalizada más de setenta veces y tuvo que ser sometida a más de veinte operaciones, y fueron varias las ocasiones en las que la prensa se anticipaba señalando que Taylor tenía las horas contadas. Bajaba de peso hasta alcanzar los 50 kilos y unos meses más tarde recobraba 30; fue tratada por unas manchas que revelaron los rayos X en sus pulmones y que era debido a su adicción al tabaco; se dislocó cinco veces la espalda y tuvo que ser operada en dos ocasiones para remplazar sus caderas; sufría de disentería y flebitis y tuvo que someterse a una histerectomía y a una perforación en el esófago; superó un tumor cerebral y el cáncer de piel, y en dos ocasiones sobreviviría a fuertes ataques de neumonía. Sus últimos años estuvo lidiando contra la adicción al alcohol y a los barbitúricos, y hacia finales de los años ochenta la veríamos usando una silla de ruedas para desplazarse, y esto debido a la enfermedad de la escoliosis (que era su defecto de nacimiento) y a la osteoporosis que ahora la aquejaba en la edad adulta. Debido a una insuficiencia cardiaca tuvo que ser intervenida quirúrgicamente con el fin de incrustarle una válvula en su corazón, y antes de ingresar al hospital quiso advertir a sus seguidores a través de <em>Twitter</em>: “Queridos amigos, me gustaría hacerles saber antes de que esté en los periódicos que me voy al hospital para una operación en mi corazón. Les haré saber cuando esto esté acabado. Con amor, Elizabeth.” Y fue así como se despidió del mundo la gran estrella del cine hollywoodense, dejando un saludo de amor. Llevaba ya casi cuatro décadas sin que se destacara en ninguna de sus películas, ninguna fue un éxito en taquilla, pese a lo cual sus finanzas nunca se vieron comprometidas y ciertamente se trató de una millonaria. Comenzaría ganando cien dólares y acabaría firmando contratos con más de seis ceros, convirtiéndose en una de las actrices mejor pagas y la primera en ganar un millón de dólares por su actuación en una película. Pero sería debido a su faceta empresarial que Elizabeth Taylor conseguiría amasar una fortuna. Fue una de las primeras estrellas en emplear su propia imagen como el producto principal de lo que ofrecía, vendiendo con éxito ropa y cosméticos que le permitirían consolidarse como una próspera empresaria. Al morir su riqueza estaba valorada en cientos de millones de dólares. “El éxito es un gran desodorante”, remarcó quien tenía sobrada experiencia en el asunto. Nada menos que sus joyas valían ya una fortuna, las cuales junto a sus onerosos vestidos serían subastados después de su muerte, y los fondos recogidos fueron destinados a iniciativas de causas filantrópicas. Al morir dejaría una descendencia compuesta por cuatro hijos, diez nietos y cuatro bisnietos. Su colega Montgomery Cliff confesaría que Elizabeth Taylor fue la única mujer que ciertamente conseguiría atraerlo. La prensa la llamó <em>“Bigger than life”</em>, declarada para muchos como “la más hermosa del mundo”, y desde los años cuarenta la mujer de mirada violeta se inmortalizaría como un ícono indiscutible de la belleza y la sensualidad femenina.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Thu, 23 Nov 2023 23:53:29 +0000</pubDate>
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        <title>Katharine Hepburn (1907-2003)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Nació en Connecticut, en una familia prestante, acaudalada, de padres que abogaban por ciertos cambios de la estructura social, de pensamiento reformista. Su madre era una destacada activista feminista que llegó a dirigir la Asociación de Sufragio Femenino de Connecticut, y que lideraba campañas de advertencia respecto al deber de controlar la natalidad. En su infancia Katharine asistiría junto a ella a varias manifestaciones y mítines que despertarían desde niña su visión progresista y liberal. Esta crianza, que Hepburn agradece haber tenido, le inculcaría la libertad de pensamiento y la llevaría desde niña a empaparse de historia, arte y cultura, compartiendo con sus padres las obras de Ibsen o George Bernard Shaw y entablando debates sobre temas políticos y sociales. Le gustaba llevar el pelo corto como los hombres y que le llamaran “Jimmy”, como si fuera un niño; imitaba a los varones vistiendo pantalones de hombre, y sería su padre quien la pondría a la par del macho respecto a las destrezas físicas, enseñándole a nadar, bucear, cabalgar y luchar, y a practicar deportes como el tenis y el golf, este último en el que lograría algunas conquistas menores. Pero gustaba del cine y del teatro, quería ser actriz. Sus primeras tentativas vendrían por iniciativa propia, una vez convocara a algunos vecinos y montara ella misma pequeñas piezas teatrales, por las que cobraba una entrada a los padres por valor de 50 centavos, y cuyo recaudo estaba destinado a la comunidad del Pueblo Navajo. Un suceso marcaría la vida entera de la que un día se convertiría en la estrella más grande de Hollywood de todos los tiempos. Sucedería en abril de 1921, cuando Katharine encontró a Tom, su hermano más querido, colgado de una soga y sin vida, en un episodio que nunca se dilucidó si se trató de un juego fallido o de un ahorcamiento voluntario. La actriz asumiría la fecha del cumpleaños de su hermano como la fecha de su nacimiento, y tendrían que pasar setenta años para que develara el secreto que todos desconocían. La tragedia la llevó a abandonar sus estudios en la Kinswood-Oxford School para tomar clases privadas, y tres años más tarde volvería al claustro académico luego de haber ganado una beca en el Bryn Mawr College. Cuatro años más tarde se graduaría como Licenciada en Historia y Filosofía y, al día siguiente, sin espera, decidida, viajó a Baltimore para realizar su vocación más honesta de convertirse en actriz. De inmediato encontró un papel en la obra teatral, <em>The Czarina</em><em>, </em>y cuya actuación fue tildada por la crítica como “notable”, y a pesar de que su voz un tanto chillona generara descontento en los espectadores. Para solucionar este inconveniente, Hepburn se desplaza a New York y trabaja su fonética con un profesor particular, afianzándose en dicción y pronunciación y encarando cada vez más segura el camino hacia el estrellato. Su temperamento impulsivo y dominante le valdrían desde su debut el apócope de “La Zarina”. En su segunda obra de teatro su actuación no fue para nada convincente y no le permitieron seguir haciendo parte del proyecto. Interpreta a una colegiala en un obra de poco éxito, y un par de semanas después, a sus 21 años, abandonará los tablados para contraer matrimonio con un hombre ocho años mayor, Ludlow Ogden Smith, antiguo compañero universitario y empresario de Filadelfia, y con quien pronto comprendería que lo suyo no era el hogar, los planes de familia, la relación matrimonial, y no vacilaría para regresar a los escenarios, interpretando un personaje en la obra de teatro <em>Holiday,</em> y con la cual estaría comprometida durante los siguientes seis meses. Katharine le daría prioridad a su carrera, y a pesar de que las obras en las que participaría durante los siguientes tres años tuvieran críticas como: “Se ve un espanto, su actitud es inaceptable y no tiene talento”; y aquel director que se excusaría de no contratarla: “Para ser brutalmente sincero, usted no era muy buena”. Poco a poco la relación de pareja comenzó a enfriarse, y luego de cuatro años acabarían por divorciarse, pero esto no fue impedimento para que mantuvieran una estrecha relación de amistad hasta la muerte de Ludlow, en 1979. Hepburn confesaría sentirse siempre apoyada por su primer y único marido, y que incluso sería éste quien precipitaría su decisión de separarse, alentándole a continuar con su deseo más anhelado. “Fue él quien quizás preparó el camino para la ruptura al decirme que con mi talento podría conseguir lo que me propusiera.” En sus memorias, la actriz confiesa haberse aprovechado de alguna forma de este amor, comportándose con Ludlow como “un terrible cerdo.” Desde su divorcio, Katharine Hepburn asumió la tarea única de convertirse en actriz, renunciando a volver a casarse, y mucho menos a concebir hijos. En 1932 la obra <em>The warrior’s husband </em>significó el despegue de su carrera. El personaje requería estar en una condición física óptima, ya que desde el primer acto tendría que saltar de una escalera, llevando al hombro un ciervo y vistiendo una diminuta túnica color plata. La crítica del momento diría acerca de la prometedora actriz: “Han pasado muchas noches desde la última vez que una actuación tan brillante iluminó la escena de Broadway.” La obra se presentó durante tres meses en el Teatro Morosco, en Broadway; y sería en una de sus funciones donde un cazatalentos repararía en ella y la propondría a la famosa productora RKO para la película <em>A bill of divorcement</em><em>. </em>El director, George Cukor, creyó ver en Hepburn a “una extraña figura… no se parecía a nadie que hubiera oído jamás”, confesando que fue el movimiento fluido que hizo la actriz al tomar un vaso ése gesto natural que acabaría por convencerlo: “Pensé que era muy talentosa en ese movimiento.” El productor, el reconocido David O. Selznick diría que fue un “enorme riesgo” el jugársela con una actriz completamente desconocida. Pese a todo esto, y convencida de su talento, la actriz no tendría reparo en pedir en su contrato un salario de U$6.000 mensuales, y decir que venía ganando menos de U$500 mensuales con la compañía teatral. La productora consideró que finalmente su apuesta era por una actriz distinta, un poco salida de lo convencional, desafiante, y no perdería el juego, ya que la película sería un éxito en taquilla y la actriz protagonista, debutante, recibiría el aplauso del público y de la crítica, y por lo que RKO le propondría a Hepburn para que firmara con ellos un contrato a largo plazo. A partir de ese momento el director George Cukor se convertiría también en su amigo, y en su larga trayectoria alcanzarían a compartir el rodaje de una decena de películas. Ese mismo año, con su segunda película,<em> Christopher strong, </em>la actriz sería considerada por la crítica como “una personalidad distinta, firme y auténtica”, y a pesar de que la película no generara mayores ingresos de taquilla. A esta película le siguió <em>Morning glory</em>, de ese mismo año, y en donde la actriz le dio vida a la aspirante a actriz, Eva Lovelace, y cuyo guion vio de casualidad sobre el escritorio de un productor, y al echarle una ojeada pensó que el papel le sentaría como anillo al dedo, por lo que no dejó de insistir para que se lo dieran a ella. No se equivocó, siendo así que, con apenas 26 años, y tras filmar apenas tres cintas, Katharine se alzaba con la codiciada estatuilla del Oscar (ceremonia a la que asistiría solamente en una ocasión). Todo parecía indicar que su carrera, que apenas comenzaba pero en la que ya se había consagrado en lo más alto, prometería en adelante un sinfín de éxitos y por el resto de su vida. Y así parecía luego de encarnar ese mismo año a Jo en la adaptación cinematográfica de <em>Little women</em><em>, </em>que no sólo se convertiría en uno de los grandes éxitos de la industria del cine hasta el momento, sino que le valdría el reconocimiento a la Mejor Actriz en el Festival de Cine de Venecia. Se sintió alcanzar la cumbre con este papel, uno de sus preferidos de toda su carrera, y esto dijo de su interpretación: “Desafío a cualquiera a que sea tan buena ‘Jo’ como yo lo fui.” Y pese a que todo parecía ya un camino de rosas, los siguientes filmes constituyeron un verdadero fracaso en taquilla y la imagen de la gran actriz de Hollywood comenzó a decolorarse. En 1934 filmará con RKO la película <em>Spitfire, </em>en la que será una de sus peores interpretaciones<em>. </em>Respecto a esta película, Hepburn confiesa haber conservado el poster publicitario pegado a las paredes de su cuarto, como un recordatorio de “humildad”. Para ese momento se le ocurrió que podría ponerse a prueba como actriz si regresaba a demostrarlo en vivo y sobre las tablas de un escenario de teatro. Fue así como aceptó el ofrecimiento de un director teatral venido a menos, y por un sueldo irrisorio se comprometió con la obra <em>The lake, </em>que en un comienzo se presentó en Washington, DC, y unas semanas después en New York, y que no resultó para nadie atractiva, deslustrando aún más la carrera actoral de Katharine. No aceptó continuar con una gira de burlas, negándose a llevar la obra a Chicago y prefiriendo pagar al director U$ 14.000 por renunciar a su contrato. RKO le propone protagonizar dos películas que no lograron ningún tipo de trascendencia: <em>The little minister </em>de 1934, y al año siguiente el drama romántico <em>Break of hearts</em><em>. </em>Ese mismo año cobra nuevos bríos luego de interpretar a una mujer codiciosa que aspira escalar en su estatus social en la película <em>Alice Adams, </em>uno de sus roles favoritos, y que le valió su segunda nominación a los Premios de la Academia. A Hepburn se le dio la posibilidad de ser ella quien eligiera su próximo proyecto, y para 1935 comparte por primera vez el plató con Cary Grant en la película <em>Sylvia Scarlett, </em>de su amigo el director George Cukor, y que no gozaría del agrado del público pese a las tantas expectativas. Al año siguiente un par de películas que tampoco tendrían éxito: <em>Mary of Scotland</em><em>, </em>y en donde Hepburn encarnaría a la legendaria María Estuardo, y la película <em>A woman rebels</em><em>. </em>Ese mismo año audicionó para el papel de Scarlett O’Hara en lo que se convertiría en un clásico del Séptimo Arte: <em>Lo que el viento se llevó. </em>El productor David O. Selznick le confesaría más tarde que la descalificó porque le faltaba el poderío sexual de otras actrices, y “no puedo ver a Rhett Butler persiguiéndote durante doce años”. Parecía que en su carrera se avecinaba el debacle. Esto no sólo por la falta de espectadores que antaño colmaban los cines para ir a verla, sino porque su personalidad estaba chocando con el público y quizás esta fuera también la razón de su descontento. Su carácter imponente desafiaba continuamente a la prensa, mostrándose en ocasiones irrespetuosa en sus declaraciones, y negándose muchas veces al cariño de los fanáticos que se acercaban a ella para pedirle un autógrafo. No gustaba de dar entrevistas, y por estos motivos era conocida en el gremio como “Katharine de Arrogancia”. La caracterizó siempre el hacer las cosas a su manera, saltándose protocolos y riñendo con el sistema que regía en el Hollywood de aquel entonces, confrontando a periodistas y rechazándolos para que no estuvieran entrometiéndose en sus intimidades, y siguiendo unas costumbres que poco contrastaban con la clásica y superficial estrella de cine. No le gustaba asistir a galas y en pocas ocasiones visitaba un restaurante, y sin embargo confesaría que siempre disfrutó secretamente el que los medios no la hubieran olvidado nunca. Nadie podría negar que se trataba de toda una celebridad, pero no por ello gozaba del aprecio de todos. A muchos les parecía escandalosa sus maneras un poco masculinas, que reflejaba en un estilo de vida en donde conducía camionetas, solía prescindir de maquillaje y vestía ropa informal, poco glamurosa, descomplicada y de un estilo más bien varonil, y que siempre acababa imponiéndose como una moda entre las tantas mujeres que veían en Hepburn el vivo ejemplo de la mujer empoderada y reconocida en un mundo timoneado por hombres. De hecho, el Consejo de Diseñadores de Moda de Estados Unidos le otorgó un premio en reconocimiento a su destacada influencia dentro del ámbito de la moda femenina. Siempre dijo abiertamente lo que opinaba con respecto a cualquier asunto, y esto le valdría más de un contradictor y enemigo: “Soy una personalidad como así también soy una actriz. Muéstrame a una actriz que no sea una personalidad y me mostrarás a una mujer que no es una estrella.” Apoyaba las ideologías de políticos socialistas -aunque nunca se confesara partidaria de los ideales comunistas-, y desde inicios de la década de los cuarenta sería incluida en el listado del Comité de Actividades Antiestadounidenses por mostrar su oposición al brote fanático de anticomunismo. No se andaba con medias tintas, defendía abiertamente a las minorías y a todo tipo de pensamiento liberal. Se mostraba a favor del derecho al aborto, y se preocupaba, como su madre, por el control de la natalidad y por el sufragio femenino. “Yo soy atea y eso es todo. Creo que no hay nada que podamos saber excepto que debemos ser amables con los demás y hacer lo que podamos por otras personas”, dijo en una entrevista. Era practicante de los principios de <em>Reverencia por la vida</em> descritos por el Nobel de Paz Albert Schweitzer, pero no promulgaba ninguna doctrina ni creía en el “más allá”, y por su firmeza en estas declaraciones contestatarias, la Asociación Humanista Estadounidense la premiaría con el Humanist Arts Award. Una dama notablemente elegante, espigada, cuello fino y pómulos angulosos, un poco ajeno a la belleza impactante de otras actrices coetáneas, y sin embargo su plus estaría siempre en su espíritu imponente y en el poderío que desplegaba con su talento. Su voz sería uno de sus mayores distintivos, una voz como de emperatriz, afianzada en sus textos, convencida de lo que debía decir y a pesar de que hiciera de tímida, y siempre verosímil. Sus movimientos medidos, inteligentes y enérgicos, ya fueran pausados o ágiles. Te hacía reír. Era cómica, chistosa cuando tenía que serlo, dramática todo el tiempo. Diferente, femenina, muy mujer, a la que se le notaba eso que llamamos pasión. Se mezclaba al extremo en cada uno de los proyectos en los que participaba, y en ocasiones se pasaba de entrometida sugiriendo a los guionistas o proponiéndole al director cómo debía dirigir y al vestuarista cómo vestirla. Escenografía, iluminación, fotografía, tenía que ver con todo y en especial con lo suyo: actuar. Calculadora, ensayaba cada uno de sus gestos y desplazamientos; no olvidaba jamás sus textos, e incluso se le reconocía porque solía memorizar también las líneas de sus compañeros de reparto, de los cuales alguno diría: “Trabajo, trabajo, trabajo. Puede trabajar hasta que todos caigan rendidos.” Se hacía controladora y muchos de sus compañeros se quejaban de su talante de “mandona”, y una de sus amigas la comparaba con una “maestra”. “Choco con gente tan peculiar de alguna manera, aunque no termino de entender por qué. Por supuesto, tengo un rostro angular, un cuerpo angular y, supongo, una personalidad angular que golpea a la gente.” Para ese entonces la actriz se definía como una “persona yo, yo y yo.” Pese a todo esto, nadie dijo nunca que no mantuvo siempre un sentido de cordialidad y compostura, culta, irónica y controvertida, humana y humilde. Debido a su creciente impopularidad, Katharine abandona Hollywood y el cine para probarse nuevamente en las tablas, esta vez en la adaptación teatral de la novela <em>Jane Eyre</em>, con la que realizaría una exitosa gira por el país, pero la cual no se presentaría nunca en Broadway. Para ese momento Howard Hughes, el dueño de RKO -productora con la que la actriz había realizado la mayoría de sus filmes-, puso los ojos en la estrella más incandescente de la industria, y fue entonces cuando comenzaron un intenso amorío. El magnate llegaría incluso a proponerle matrimonio, pero la actriz había tomado la determinación de enfocarse únicamente en sus proyectos laborales y no ceder nunca más a la tentación de casarse, y así lo cumplió. Pese a su determinación, las siguientes cuatro películas serían nuevamente un fracaso en taquilla: en 1937 <em>Quality Street </em>y <em>Damas del teatro </em>(esta última coprotagonizada por Ginger Rogers), y para 1938 de nuevo junto a Cary Grant en la comedia <em>Bringing up baby (La fiera de mi niña), </em>y <em>Vivir para gozar, </em>de ese mismo año<em>.</em> Luego de esta seguidilla de tropiezos el público no la perdonaría y sería incluida por la crítica como una de las actrices consideradas por la industria como “veneno de taquilla”. Para ese momento también se romperá la relación que venía manteniendo con Hughes, y así mismo no quiso involucrarse en una quinta decepción, rechazando la próxima película con RKO y pagando U$75.000 como sanción por incumplimiento de contrato. Esta jugada solamente podía permitírsela quien tuviera el poder y la fortuna de Katharine Hepburn, que para 1938 ya Columbia Pictures le habría ofrecido protagonizar por tercera vez junto a Cary Grant, esta vez en la película basada en la obra teatral <em>Holiday</em>, una comedia que la crítica calificaría de forma benévola, pero que alcanzó un buen número en taquilla. El siguiente proyecto que le ofrecían empezaba a mostrar una reducción considerable de su salario, por lo que prefirió ausentarse de momento de los estudios de cine para batirse otra vez de cara al público. En 1940, con la obra teatral <em>The Philadelphia story</em><em>, </em>Katharine regresará victoriosa para demostrar la gran actriz que parecía haberse perdido en los años anteriores. Junto a James Stewart, la obra se iría de gira por varios Estados logrando más de 400 funciones, y un tiempo después una segunda gira lograría presentarse cientos de veces más, convirtiéndose en una de las obras más exitosas de la década que recién comenzaba, y logrando batir récord de taquilla en el emblemático Radio City Music Hall. Tanto fue el éxito de la obra, que la RKO se animó a llevarla al cine al año siguiente, valiéndole a Hepburn una tercera nominación al Oscar, así como el New York Film Critics Circle Award en la categoría de Mejor Actriz. La crítica del momento consagraba así su redención: “Volvamos hacia atrás, Katie, todo está perdonado.” Esta apuesta representó para Hepburn un verdadero resurgimiento: “Le di vida y ella me dio de nuevo mi carrera”, diría respecto a su personaje, para luego seguir apostándole al mundo teatral con la exitosa obra <em>Sin amor</em>, un guion escrito para ella y que fue por dieciséis semanas consecutivas un contundente éxito taquillero. En 1942 Hepburn se da el lujo de elegir su siguiente proyecto, esta vez con la Metro Goldwyn-Mayer, sin sospechar que más allá del éxito que le valdría su cuarta nominación al Oscar, la gran conquista tras el filme <em>La mujer del año </em>sería la aparición de quien sería su coprotagonista en otras tantas películas, y así también como en la vida real, en una extraña relación amorosa que se prolongó por más de 25 años, hasta la muerte del actor. Spencer Tracy tenía 41 años cuando conoció en el plató a su compañera de reparto, una actriz siete años menor que ella, de talante lésbico y con sus uñas sucias, diría tiempo después. Por otro lado, a la coprotagonista le pareció enseguida un tipo “irresistible”. Sea como fuera, la pareja congenió, y en adelante la vida de ambos estaría estrechamente ligada. Hepburn parecía querer de un hombre en su vida, como alguien a quién cuidar, y quizás lo más conveniente sería un colega, un hombre casado, y con quien tuviera un compartir que, muchos cuestionan, no trascendió nunca a los asuntos carnales. La carrera actoral de Hepburn durante la década de los cuarenta declinó considerablemente, en gran parte por entregarse a los cuidados de su compañero sentimental, un tipo ansioso que no podía dormir y que tenía problemas con la bebida. La pareja evitaba ser vista en público, queriendo en lo posible preservar su intimidad. Y a pesar de que la relación era conocida por todos, y año tras año un motivo diferente de escándalo, Tracy permaneció casado, y por su parte Katharine jamás intervendría en su matrimonio, manteniéndose alejada de la esposa de Tracy y respetando siempre un distanciamiento, que incluso mantendría al no asistir al entierro de quien también fuera el amor de su vida. A pesar de que no convivieron juntos, la pareja parece haber llevado una historia de amor de la que igual quedará el registro fílmico que los unió en nueve películas. El amorío serviría como una excusa para que los hombres se mantuvieran al margen y no anduvieran codiciando a la actriz, y a ambos serviría para desmentir en parte lo que tanto se especuló siempre sobre sus inclinaciones sexuales: que ambos eran homosexuales. Lo cierto es que Katharine estaba “ciegamente enamorada” del actor, tal cual lo diría una de sus más íntimas amigas, y así también lo confesaría ella, luego de que se atreviera a tocar en público el tema de su amor con Tracy, y toda vez que la esposa de éste falleciera. Ella lo consentía como a un hijo depresivo, desdibujando esa actitud de mujer independiente y empoderada que todos conocían, y siguiendo los caprichos de un ser al que Katharine definió como a un hombre “torturado”, pero al que nunca dejó de amar. “Fue un sentimiento único el que tuve por Spencer. Habría hecho cualquier cosa por él”, confesó. Decía no saber por qué su tanto amor por este hombre, y que no supo ciertamente cuáles eran los sentimientos de Tracy hacia ella: “Sólo puedo decir que nunca podría haberlo dejado… pasamos 27 años juntos que fueron para mí la felicidad absoluta”. Por haber trascendido las pantallas, esta larga aventura es recordada como una de las más legendarias del cine. La evidente química desprendida entre Tracy y Hepburn parecía desbordarse a todas luces desde el telón de la pantalla. El público lo notó desde el primer encuentro y así mismo la industria, por lo que sería la Metro Goldwyn-Mayer la que tomó ventaja reuniéndolos en 1942 para la película <em>La llama sagrada. </em>Un año más tarde Hepburn figuró en un simple cameo en la película <em>Stage door canteen</em><em>. </em>Un año más tarde protagonizó el filme de alto presupuesto, <em>Dragon seed, </em>y para 1945 vuelve a reencontrarse con Tracy en la exitosa película basada en la obra teatral <em>Sin amor. </em>En 1946 grabó <em>Undercurrent</em><em>, </em>y un año después se desplaza al Viejo Oeste estadounidense para rodar su cuarta película con Tracy: <em>The sea of grass, </em>y que al igual que las otras películas donde aparecían juntos, ésta también sería un éxito en taquilla tanto a nivel nacional como internacional. Ese mismo año, luego de exigirse en el piano para interpretar a Clara Schuman en el filme <em>Song of love, </em>Hepburn empezaría a destacarse como una figura progresista, al declararse opositora del creciente movimiento anticomunista que estaba gestándose en Hollywood. Estas declaraciones la alejaron de las salas de cine por nueve meses, hasta que se le ofreció remplazar a Claudette Colbert en la película <em>State of the Union</em><em>, </em>de la cual ya estaba enterada dado que el coprotagonista sería su adorado Spencer Tracy. El éxito estaba garantizado, y para 1949 reaparecerían juntos y por tercer año consecutivo en una película que Katharine definió “perfecta para Tracy y para mí”: <em>La costilla de Adán. </em>Por ese entonces la actriz se mudaría a California, y allí daría inicio a una relación sentimental con el que fuera su representante, Leland Hayward, quien pese a estar casado le propondría a Hepburn que se divorciaría de su mujer si ella accedía a casarse con él. La relación duró cerca de cuatro años, tiempo en el cual la actriz, convencida de empeñar sus esfuerzos vitales para consagrarse en su carrera, no declinó en su promesa de permanecer alejada de los compromisos matrimoniales: “Me agradaba la idea de ser una personalidad autónoma”, manifestó años más tarde, consciente de que la maternidad implicaba dedicar un tiempo con el que ella, sencillamente, no contaba en esta vida que eligió: “Habría sido una madre terrible… básicamente porque soy un ser humano muy egoísta.” En enero de 1950 encarna al personaje de Rosalind en la obra de Shakespeare, <em>As you like it, </em>queriendo demostrarse a sí misma que podía batirse con lo más clásico de la dramaturgia: “Es mejor probar algo difícil y fracasar que actuar segura todo el tiempo”, decía luego de haber celebrado casi 150 funciones en el Teatro Cort de New York. Y pese a esto de probar nuevas cosas, a partir de entonces se dedicará a interpretar, casi con exclusividad, personajes que le sentarán perfectamente ya que parecieran retratarla a ella misma. En 1951 se desplazará al Congo y rodará junto a Humphrey Bogart su primera película en Technicolor, <em>The African Queen, </em>experiencia de la cual luego publicaría unas breves memorias, con anécdotas como aquella de que estuvo a punto de abandonar el rodaje por haber enfermado de disentería. Por esta interpretación Hepburn sería nominada por quinta vez a los Premios Oscar, y representó su primer éxito de taquilla desde la vez que se vio con su coprotagonista predilecto en <em>The Philadelphia story. </em>En 1952 volverá la fórmula ganadora Hepburn-Tracy con el filme <em>Pat and Mike</em>, que sería como todas las demás en las que estarían juntos un gran éxito de taquilla y una de las más recordadas del dúo ganador. Esta actuación le significaría a Katharine una nominación al Globo de Oro a la Mejor Actriz Comedia-Musical. Ese mismo año se trasladará a West End, Londres, y estará durante las próximas diez semanas participando de la obra escrita por George Bernard Shaw, <em>The millionairess. </em>Pese a confesarse nerviosa al comienzo de cada función, la obra sería un éxito en taquilla, e incluso la actriz intentó de forma infructuosa que la propuesta fuera llevada al cine. En ese momento se tomará dos años de descanso antes de retomar para 1955 con la película <em>Summertime, </em>un film grabado en Venecia y cuyo personaje ya parecía la apuesta reiterada de Hepburn, la de una mujer solterona y solitaria que encontrará su aventura de amor, y pese a lo cual recibiría una vez más la postulación para el Premio de la Academia, y para muchos la mejor interpretación de su carrera. Yendo y viniendo entre el teatro y el cine, al año siguiente se embarca en otro proyecto sobre las tablas, realizando una exitosa gira por Australia con la compañía teatral Old Vic, encarnando a Portia en <em>The merchant of Venice, </em>a Kate en <em>The taming of the shrew </em>y a Isabella en <em>Measure for measure. </em>Al año siguiente volverá a ser nominada al Oscar por la película que protagonizaría junto a Burt Lancaster, <em>The rainmaker</em>, y en donde nuevamente hacía de una “solterona necesitada de amor” y a la que ya el público reconocía con facilidad. Se estaba dejando encasillar en el mismo y repetido papel y ella lo sabía de sobra: “Me estaba interpretando a mí misma. No fue difícil para mí recrear a esas mujeres porque yo soy la tía soltera.” A Katharine se le criticó muchas veces su falta de versatilidad al momento de elegir sus papeles, por lo mucho que se parecían y contrastaban con su personalidad y hasta con su vida. Pocas veces se alejó de la mujer refinada, adinerada, a veces antipática, fuerte, segura de sí misma, inteligente, y sin embargo vulnerable en cierto grado y hasta el punto de ser humillada, en lo que algunos decían se trataba de “la fórmula para el éxito de Hepburn.” Ella misma admitiría que en su momento empezó a sentirse cómoda con cada uno de estos personajes y así lo reconoce en una entrevista: “Creo que soy siempre la misma. Tenía una personalidad muy definida y me gustaba el material que mostrara esa personalidad.” Ese mismo año de 1956 rodaría la que fuera considera por ella misma como la peor película de su vida, la inmemorable adaptación de la comedia <em>Ninotchka, </em>y que se titularía <em>The Iron Petticoat</em>, y un año después volvería al refugio seguro de Tracy protagonizando otra película juntos después de cinco años sin compartir el set: <em>Desk set. </em>Se distanciará dos años de las pantallas para reaparecer en la adaptación al cine de la novela de Tennessee Williams, <em>Suddenly, last summer, </em>y en donde compartiría el protagónico junto a la también legendaria Elizabeth Taylor, y que Hepburn describió como una “experiencia completamente amarga”. Filmada en Londres, la actriz no supo entenderse con el director Joseph L. Mankiewicz, y acabaría escupiéndole el rostro como una forma de manifestar su descontento en medio de una pelea. A pesar de la amarga experiencia, el filme sería aplaudido por el público y la crítica, y una vez más Katharine sorprendía al ser nominada al Premio Oscar por su interpretación de la siniestra Violet Venable. Este momento representó el momento de maduración de la actriz, que según su biógrafo describirá como “el período en el que realmente fue hacia sí misma”. “Se creo a sí misma para sobrevivir y prosperar en Hollywood. Y para ello tuvo que reinventarse no una, sino varias veces”, comentaría algún crítico, resaltando la capacidad de Hepburn para caer y ponerse de pie, soñar y frustrarse, sobreponerse, reinventarse y volver a triunfar una y otra vez, ser todas las mujeres en el cine y en la vida misma. “Ese terrible personaje que yo inventé”, sería como se describió. Vuelve al teatro presentándose con éxito en el American Shakespeare Theatre de Stratford, Connnecticut, encarnando a Beatrice en la obra teatral <em>Much ado about nothing, </em>a Viola en <em>Twelfth night </em>y a Cleopatra en <em>Antony and Cleopatra. </em>En 1961 Tennessee Williams escribió el guion de <em>The night of the iguana </em>pensando en que la actriz podría darle vida a su personaje, pero a pesar de sentirse alagada, Katharine fue honesta al rechazar la propuesta por no sentirse identificada con un papel que a la postre acabaría interpretando Bette Davis. Para 1962 Hepburn decidió aceptar un salario muy por debajo de lo que acostumbraba, queriendo desafiarse en la versión cinematográfica de <em>Long day’s journey into night, </em>basada en la obra teatral de Eugene O’Neil. Este papel sería uno de los que más le costaría interpretar, así como uno de sus preferidos y para varios el mejor de su carrera. El filme tuvo gran éxito y de nuevo sería nominada a la codiciada estatuilla de la Academia, y así mismo sería candidata en la categoría de Mejor Actriz en el Festival de Cine de Cannes. Hepburn dijo que esta película era “la más grande obra que este país haya producido jamás”. Katharine se confesaba orgullosa por haberle dado vida a Mary Tyrone, una adicta a la morfina y que ella describiría como “el papel femenino más desafiante en el drama estadounidense.” En la década de los sesenta Katharine ya no estaría tan activa como hasta entonces, y esto no porque le faltaran los alientos ni menos las ganas de continuar rodando películas y presentándose en los más destacados escenarios de todo el mundo, sino para cuidar la frágil salud de su inseparable amigo, quien debido a una enfermedad cardiaca se notaba cada vez más cercano a la muerte. Katharine se mudó a casa de Tracy ya que éste vivía solo desde hacía varios años, y a pesar de que nunca se divorciaría. Rodarían una última película juntos y la que fuera también la más exitosa de todas, <em>Guess who’s coming to dinner</em><em>, </em>y a cuya grabación Spencer Tracy sobreviviría apenas dos semanas. Hepburn tuvo que esperar 34 años para que esta vez se alzara con su segunda estatuilla del codiciado premio, dedicándolo por supuesto a la memoria de Tracy, cuyo nombre no dejó de figurar nunca arriba en la pantalla, por debajo del nombre de Katharine Hepburn y porque así mismo ella lo deseaba. Katharine confesaría después de sus ochenta años que aún no se había atrevido a ver la película. Luego de hacer una pausa durante meses, la actriz retoma su vida y elige uno de los tantos guiones que le ofrecieron durante su ausencia, y es así como la veremos en la Abadía de Montmajour, al sur de Francia, junto a Peter O’ Toole en la película <em>The lion of Winter, </em>encarnando a la legendaria Leonor de Aquitania y en un rol que consideró como “fascinante”, y que para muchos superaba todos sus trabajos anteriores. El filme estuvo opcionado a ganar el Oscar en casi todas las categorías, incluyendo a la Mejor Actriz, siendo ésta la tercera vez que Hepburn se alzaba con el premio, y esta vez por segunda vez consecutiva. Antes de terminada la década la veremos en <em>The madwoman of Chaillot</em><em>, </em>para luego retomar las tablas de Broadway en un musical sobre la vida de Coco Chanel, un reto en el que tendría que cantar, siendo que no era ése su fuerte. Sin embargo la obra tuvo una gran acogida y la crítica sería benévola con ella: “Lo que carecía en eufonía lo compensaba en agallas.” Katharine confiesa con su ironía particular que esta sería la primera vez que se sintió amada y apoyada por el público, y su actuación le valió una nominación al Premio Tony en la categoría a la Mejor Actriz de Musical. Reacia en un principio a participar en filmes para la televisión, la mayoría de sus proyectos en adelante se concentrarían en este género. En 1973 la veremos debutando en la pantalla chica con una producción de Tennessee Williams, <em>The glass Menagerie. </em>Todos querían verla desde sus casas, el rating registró lo más alto en audiencia y su papel de la trastornada Amanda Wingfield le valdría la nominación al Premio Emmy. Un año después, y ya más cordial y abierta con el mundo, Hepburn sorprende a todos presentándose a la gala de los Premios Oscar por vez primera en su vida. Lo haría para entregar a Lawrence Weingarten el premio en memoria de Irving Thalberg. El público se puso de pie tan solo verla, y ella aprovechó para bromear: “Estoy muy contenta de no haber escuchado a nadie gritar: ‘ya era hora’”. Dos años más tarde probaría de nuevo en esta modalidad con la película <em>Love among the ruins, </em>y esta vez sí se alzaría con el Premio Emmy. Antes de regresar al tablado con la obra <em>A matter of gravity, </em>Hepburn rodará junto a John Wayne la película de vaqueros <em>Rooster Cogburn. </em>Durante su gira sufriría una fractura de cadera, pero siguió presentándose en vivo en una silla de ruedas, y para ese mismo año es condecorada con el People’s Choice Award. En 1978, luego de tres años de ausencia, regresa al cine para filmar el fracaso que representó la película <em>Olly olly oxen free, </em>y en la cual Hepburn confesó haber participado ya que en una de las escenas su personaje tendría que montar en globo. Porque uno podría imaginar que esto era lo único que le faltaba a Katharine Hepburn en la vida, pero no, porque todavía quedaría un sinnúmero de triunfos y homenajes. En 1979 regresa a la televisión con la última película que rodaría con el director George Cukor, <em>The corn is green</em>, esta vez en Gales, y por la que sería nominada por tercera ocasión en los Premios Emmy. Ese año, indiscutible para cualquiera, la gran estrella es incluida en el Salón de la Fama del American Theatre, además de haber sido laureada por el Sindicato de Actores con un premio por su Trayectoria. Por aquellos días Katharine comenzaría a mostrar indicios de Parkinson, pero esto no la detendría para seguir cosechando éxitos, y la enfermedad no logró afectarla más que si acaso al final de sus días con un ligero cabeceo continuo, más no así sus capacidades mentales y cognitivas. La actriz decide tomarse un tiempo, y por esos días presenciará una obra teatral presentada en Broadway y de la cual quedaría prendida. Se propuso llevar al cine la producción <em>On golden pond </em>por la intensidad de sus personajes, una pareja de ancianos haciendo hasta lo imposible por sobrellevar sus días, y cuyo personaje femenino parecía ideal para ella. La actriz Jane Fonda era quien tenía los derechos de la obra, y sería ella misma quien le ofrecería el papel a Hepburn para que compartiera el protagonismo con su padre, el ya veterano y aclamado Henry Fonda. A los 74 años vemos a Katharine sumergiéndose en Squam lake y cantando a todo pulmón, exigiéndose a todo nivel, y su actuación destacaría nuevamente como una de las mejores de su carrera, representando para ella su cuarto Premio Oscar, y hasta el día de hoy la única en conseguir tal hazaña. Recibió su segunda nominación al premio BAFTA y en taquilla la película sería también un éxito, convirtiéndose en la segunda película con más espectadores del año de 1981. Inagotable, ese mismo año interpreta sobre el escenario a una alentada anciana en la obra teatral <em>The west side waltz, </em>y por la que sería nominada por segunda vez al Premio Tony. El <em>The New York Times </em>comentaba por esos días: “Una cosa misteriosa que incuestionablemente ha aprendido a hacer es a respirar vida en líneas que no la tienen.” La estrella que era Katharine brillaba con más luz que todas las demás de esa constelación hollywoodense, y así lo demostró una encuesta llevada a cabo por la revista <em>People, </em>que una vez más y por elección del público la homenajeaba con el People’s Choice Award. En 1984, junto a Nick Nolte, protagonizará una comedia negra que parecía prometer pero que en realidad quedaría para el olvido, y un año después se propone producir un documental sobre la vida de su querido Spencer Tracy. “He tenido suerte, he amado y he sido amada. ¿Verdad, Spencer?”, decía delante de las cámaras a un busto de arcilla del actor. Los años siguientes estaría dedicada a películas para la televisión que tuvieron poca trascendencia pero que mantuvo siempre activa a la actriz, que luego de culminar un proyecto amenazaba una y otra vez con que esta vez sí que sería el último. Y sin embargo regresaba una y otra, y otra vez. Su papel en <em>Mrs. Delafield wants to marry </em>de 1986 le valdría otra postulación al Emmy, y para 1988, ya casi octogenaria, compartirá el plató con su sobrina nieta en la comedia <em>Laura Lansing slept here</em><em>. </em>Para 1991 el mundo se enterará de sus más secretas revelaciones luego de la publicación de sus memorias, y que durante ese año encabezaría el listado de los <em>best-seller</em>: <em>Me: stories of my life. </em>Allí nos contaría sobre una relación furtiva con el realizador John Ford, un hombre casado, alcohólico y depresivo por el que cambiaría toda vez conociera al tipo casado, alcohólico y depresivo que era Spencer Tracy. En 1992 regresa a la televisión compartiendo el set de grabación con Ryan O’Neal en <em>The man upstairs</em><em>, </em>actuación que le valdría la nominación al Globo de Oro. Ya pasados los ochenta años la leyenda viva continuaba todavía muy viva, y así lo muestra en el documental que realizaron sobre ella en 1993, <em>All about me</em>, y en donde aún se le notaba enérgica practicando el tenis y nadando, desenvolviéndose con encanto en una nueva pasión que la tenía obsesionada, la de pintar, y mostrando una faceta más reposada para darse finalmente a conocer sin las obsesiones del pasado. Para ese momento comenzarían los achaques de la vejez, y sin embargo en 1994 la veríamos en su última aparición televisiva en la película <em>One Christmas</em><em>, </em>por el que recibiría una nominación al Premio del Sindicato de Actores, para despedirse de las cámaras ese mismo año, a sus 87, con <em>This can’t be loved</em>, y en donde junto a la compañía de Anthony Quinn, Katharine interpretaría a un personaje poco exigente que para muchos volvería a tratarse de sí misma, y que incluso estaría inspirada en su propia vida. Ese mismo año, seis décadas después de haber ganado su primera estatuilla del Oscar, aparecerá por última vez en <em>Love affair</em><em>, </em>siendo esta la única vez que participará en una película con un rol secundario, aparte de aquel cameo de la película<em> Stage door canteen. </em>No descansó hasta el día de su retiro, luego del cual se trasladó a Old Saybrook, Connecticut, y durante sus últimos años estaría en compañía de su biógrafo de cabecera, Scott Berg, a quien le estaría contando durante casi dos décadas los pormenores de su vida con todas sus principales anécdotas, y que sería recogido en un libro publicado, según lo convenido por Hepburn, una vez ya estuviera ella muerta: <em>Kate remembered</em><em>. </em>En 1996 una neumonía la llevaría a ser hospitalizada, y para el año siguiente se vio en un estado que a muchos le pareció crítico, mostrando unos primeros indicios de demencia senil. Sin embargo viviría más de un lustro para gozar de los tantos honores que el mundo le tenía reservado por sus tantos méritos. En 1999 el American Film Institute reconoce en esta actriz a la “mayor estrella femenina de todos los tiempos en la historia de Hollywood.” Abrazaba un final glorioso: “No le temo a la muerte. Debe de ser maravillosa, como un largo sueño.” Y resulta difícil imaginar que algún día moriría, que, si no era ella, nadie más podría alcanzar la eternidad. Cuesta creer que así fue, que a mediados de 2003, a los 96 años, Katharine Hepburn muere en Fenwick, Connecticut, debido a un tumor maligno en su garganta. Conforme a lo que había manifestado, no se llevó a cabo ninguna clase de ceremonia religiosa, y según lo dispuesto por su voluntad sus restos serían inhumados en el Cedar Hill Cemetery, en Hatford, junto a los de su hermano Tom. También había dicho que sus pertenencias fueran subastadas y tras lo cual la familia recaudaría casi seis millones de dólares. Después de su muerte el presidente George W. Bush dijo que Hepburn “será recordada como uno de los tesoros artísticos de la nación”. Y de ella se dijo ya todo: que su estilo de vida “rompió el molde” de lo convencional en la industria de Hollywood, aportándole “una nueva visión de las mujeres”, representando de cualquier forma a la “mujer moderna” del siglo XX. “Hay mujeres, y además está Kate. Hay actrices, y además está Hepburn”, apuntaban los periódicos. “Una mujer asertiva de la que las mujeres puedan aprender y observar”, diría la prensa; y un director comentaba así sobre su legado principal: “Lo que nos trajo fue un nuevo tipo de heroína -moderna e independiente-. Era hermosa, pero no se fio de eso.” Finalmente destacar esta otra nota: “Más que una estrella de cine, Katharine Hepburn fue la santa patrona de las mujeres estadounidenses independientes.” La consagración la obtendría luego de 66 años de carrera, tras la cual aparecería en 52 películas (8 de ellas para la televisión) y en más de una treintena de obras teatrales. Se permitió explorar distintos géneros y representar las más exigentes piezas de los principales dramaturgos estadounidense de su época y de los clásicos de todos los tiempos. Doce veces candidata al Premio de la Academia, Katharine Hepburn con sus cuatro estatuillas es la más ganadora de todos los tiempos. Insuperable, la número uno, sobran los motivos para reconocer en Katharine Hepburn a la más grande estrella del cine. Ícono cultural, ejemplo de feminidad, Hepburn es sin dudarlo una de aquellas mujeres que cambiaron al mundo debido a su influencia ejemplar dentro de su género. Y así se lo hizo sentir el mundo cuando estaba viva y también después de muerta. Unos días después de su muerte, y durante toda una noche de julio, las calles y los teatros de Broadway apagarían sus luces como un tributo que le rendían a la reina de las actrices. Parques y avenidas que llevan su nombre, monumentos que la recuerdan, instituciones en pro del movimiento feminista, la Medalla Katharine Hepburn que es otorgada cada año a las “mujeres cuyas vidas, trabajo y contribuciones encarnen la inteligencia, el manejo y la independencia de la actriz ganadora de cuatro premios Oscar”. Libros, artículos, reseñas, películas, obras teatrales, documentales y biografías sobre ella. Su obra está expuesta en galerías y exhibiciones, como ocurre permanentemente en el Centro de Artes Culturales Katharine Hepburn, lugar de formación actoral y un museo que recuerda a la actriz, o en la Biblioteca de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Biblioteca Pública de New York en donde se mantiene la principal colección de pertenencias de la mítica actriz. Su imagen aparece en un sello postal que homenajeaba a las “Leyendas de Hollywood”, y en el 2015 el British Film Institute compiló el enorme material completo de todo su inmenso legado. ¿Premios? Los ganó todos, y en todas partes, y repitió muchas veces, dejándonos también las mejores películas de todos los tiempos. Colmada de todos los honores, decía satisfecha de una vida envidiable por cualquier mortal: “Me gusta la vida y he sido muy afortunada, ¿por qué no habría de ser feliz?”</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 22 Sep 2023 19:34:00 +0000</pubDate>
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