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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Literatura Afrocolombiana | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Las estrellas son negras de Arnoldo Palacios, recepción temprana</title>
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        <description><![CDATA[<p>En mayo de 1949 Arnoldo Palacios publicaba su novela “Las estrellas son negras”, anotando que los originales fueron a parar a la nube de cenizas que se levantó el 9 de abril de 1948 en Bogotá, de tal manera que el autor debió recomponerla de memoria y publicarla, para después abandonar el país y radicarse [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>En mayo de 1949 Arnoldo Palacios publicaba su novela “Las estrellas son negras”, anotando que los originales fueron a parar a la nube de cenizas que se levantó el 9 de abril de 1948 en Bogotá, de tal manera que el autor debió recomponerla de memoria y publicarla, para después abandonar el país y radicarse en Francia. Considerada por muchos la primera novela afrocolombiana, no ingresó tan pronto al canon literario nacional, pese a la amistad que Palacios tenía con influyentes personajes de la cultura bogotana, como anota Gustavo Vasco en la edición de 2010, (Palacios, 2010) sin embargo, es de anotar que ésta tuvo una recepción temprana importante, y que el autor fue ampliamente querido por ese pequeño grupo de escritores y escritoras que animaban su reducido círculo en Bogotá, como el mismo Palacios lo reconocerá en posteriores escritos y entrevistas (Zapata, 2006).</p>



<p>La novela encierra una profunda voz de denuncia frente al aislamiento y abandono del Chocó, y en general del Pacífico colombiano, dado un centralismo rampante que no permitió ni ha permitido el reconocimiento real y verdadero de las otras colombias que habitan dentro de un mismo país. Irra, el protagonista, parece encarnar en parte al propio Arnoldo, el deseo de abandonar la ciudad que pareciera enmarcar toda la desigualdad de una nación, el desasosiego al no saber vislumbrar un futuro promisorio para él y para lo suyos, el rio Quito, que es el mismo Atrato, donde van y vienen penumbras en medio de soles candentes que parecieran alumbrar a unos pocos, no sin razón el protagonista cuestiona ese destino, afirmando que los hombres están determinados por las estrellas al momento de nacer, por eso afirma con marcada desesperanza: “<em>Las de ellos titilan eternamente y tienen el precio del diamante. Y la mía, Señor, es una estrella negra… ¡Negra como mi cara, Señor!” </em>(Palacios, 1949). <em>&nbsp;</em></p>



<p>Aunque “Las estrellas son negras” no ingresó pronto al canon literario nacional, es importante resaltar que esos importantes lectores formaban parte del mundo literario colombiano de entonces y que la novela tuvo una acogida temprana por parte de un grupo intelectual, si se quiere, tal y como sucedió con otros autores, cuyas obras quedaron en grupos reducidos. Quizá la primera apreciación critica la hace el maestro José María Restrepo Millán, rector del Externado Camilo Torres, donde Palacios culminó el bachillerato, parte de este texto es incluido en la solapa de la edición príncipe: “<em>Un libro que nos ha dejado temblorosos y anhelantes, por la hondura y la acumulación de su dramatismo; por el galopante interés de su narración; por la inmediatez de su materia prima; por sus terribles implicaciones sociales y políticas; por la modernidad y pungencia de su técnica; por la fuerte libertad expresiva de su idioma. En suma, por una congregación de seis cualidades muy marcadas y no previsibles, a lo menos algunas en grado igual, y mucho menos todas juntas, dentro del repertorio de la novela colombiana</em>.” (en Palacios, 1949).&nbsp;</p>



<p>Poco después de haber publicado la novela, Palacios emprende viaje a París, buscando quizá un futuro promisorio para un afrocolombiano enfermo de poliomielitis. En agosto de 1949, la escritora Elisa Mujica escribe una columna de despedida, anotando lo siguiente: “<em>Arnoldo Palacios se va a París. El hermano de Irra, el chocoano, recibe su oportunidad. Bien por Arnoldo”</em> (Mujica, 1949)<em>, </em>y después de anotar la importancia del viaje a una ciudad eminentemente cosmopolita, y de recordar el drama de la publicación y de la pobreza en que vivió en Bogotá, anota que el libro tuvo un éxito inmediato, que la edición se agotó en las librerías, que<em> “el país la recibía como algo que había estado esperando y que necesitaba para conocerse mejor</em>” (Mujica, 1949), sobre todo porque narra, según la escritora, con crudeza la realidad que habita en Colombia, un país hastiado de formulismos, reconociendo la fuerza de los personajes y de la forma como el autor logra retratar esas pulsiones.</p>



<figure class="wp-block-image size-medium"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="300" height="182" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/13165236/arnoldo-palacios-con-zapata-certegui-choco-300x182.jpg" alt="" class="wp-image-112833" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/13165236/arnoldo-palacios-con-zapata-certegui-choco-300x182.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/13165236/arnoldo-palacios-con-zapata-certegui-choco.jpg 750w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>El 31 de diciembre de 1949, en el Balance Crítico realizado por Interim (seudónimo), se lee: “<em>En la novela nueva debemos registrar el nombre y la obra de Arnoldo Palacios con su admirable “Las estrellas son negras”. Hay en Arnoldo Palacios una sorprendente capacidad de novelista. Movido y variado estilo, cualidades de observación, y sobre todo un poderoso sentido de lo humano, de lo cordialmente vivido, de lo visto y observado en un arduo caminar de dolor y de lucha. Arnoldo Palacios no es un aprendiz de novelista. Es un novelista en pleno dominio de sus capacidades intelectuales, y con una intensa vocación de escritor</em>.” (Interim, 1949).</p>



<p>En el Suplemento Literario de El Tiempo, dirigido por Jaime Posada, del 8 de enero de 1950, en la sección el mundo de los libros, se entrevista a varios de estos personajes preguntando acerca de cuáles consideran son los mejores libros publicados en Colombia en 1949, anotando que consideran la mejor novela la de Palacios, nada más ni nada menos que Hernando Téllez, Jorge Rojas, Guillermo Payán Archer, León de Greiff, Eduardo Carranza anota de la novela como “<em>una revelación</em>” (El Tiempo, 1950). Además, el 15 de noviembre de 1950, en la sección de Novedades literarias de El Tiempo, se anota que circulaba el número 39 de la revista Vida, en donde aparece publicado “La piedra del amor” de Arnoldo Palacios, lo que implica que hubo un seguimiento a la producción del autor chocoano.</p>



<p>En el periódico El Tiempo del 26 de junio de 1951 se anota que se está organizando una colecta en beneficio del autor residente en París, iniciativa del jurista Luis Carlos Pérez, esposo de la poeta Matilde Espinosa, amiga y mecenas de Palacios durante su estadía en Bogotá, se leí ahí: “<em>Las Estrellas Son Negras, una de las novelas más originales y vigorosas que últimamente han aparecido en Colombia</em>”, (El Tiempo, 1951) de donde se deduce que la novela tuvo importantes lectores.</p>



<p>Curiosamente, en 1954 se anuncia para octubre la edición de esta novela por parte de la editorial argentina “Nuestra América”, y se anuncia de esta manera: “<em>Una nueva edición. La 3ª de este jugoso libro de juventud. Una novela que pinta la desesperanza de la juventud negra de nuestro rico y ajeno Chocó, y describe en términos de un realismo apasionante el anhelo siempre inalcanzable de una raza que lucha para redimirse de los prejuicios sociales y de la explotación a la que es sometida</em>” (El Tiempo, 1954). Parece que no llegó a concretarse y al anunciar que es la 3ª edición pareciera un error de los editores, las 6 ediciones de la novela son las siguientes: <a>1949, Bogotá, Iqueima; 1971, Bogotá, Revista Colombiana; 1998, Bogotá, Ministerio de Cultura; 2007, Bogotá, Intermedio; 2010, Bogotá, Ministerio de Cultura; 2021, Bogotá, Editorial Planeta.</a></p>



<p>En la Francia de la postguerra, Palacios encontró lo que no encontró en su propia patria, un espacio y un lugar para encontrarse con quienes debatían ya el aporte del África al mundo moderno, de tal manera que inscrito en la Sorbona, tiene la posibilidad de codearse con autores europeos, africanos y antillanos que hacían esa meditación, sin dejar de sentir nunca en su piel, casi que espiritualmente, esa lluvia y esa agua tan propias de su tierra, de ese Chocó biodiverso y rico, en donde las voces viejas le narraban su propia herencia, donde los dioses primigenios negros, disfrazados en mantos de vírgenes y en estatuas de santos, seguían conduciendo su propio destino. Como lo menciona Oscar Collazos (en Palacios, 2010), es en París donde descubre sus raíces latinoamericanas, afroamericanas siendo más específicos.</p>



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<p></p>



<p>De París fue a Polonia, como una coincidencia el barco que lo condujo de Cartagena de Indias a Europa era polaco, ahí en 1950 fue el vocero de Colombia en el Congreso de la Paz, empapándose de las ideas socialistas y siendo un activista, lo cual le costó la beca en la Sorbona. Sin embargo, vuelve a Francia, y con esas coincidencias que marcarían su vida, en una calle lo detiene un hombre que había descendido de un coche, era un médico que dirigía <a>el Instituto de Poliomielitis de París,</a> enfermedad que aquejó al autor desde los dos años, sería sometido a una serie de cirugías que mejorarían en algo su movilidad.</p>



<p>Algunos de sus biógrafos anotan que en Francia se casó con una mujer de la vieja nobleza francesa venida a menos económicamente. Tuvo cuatro hijos. Recorrió gran parte de los países de la entonces llamada Cortina de Hierro. Hizo importantes amistades en Francia, y en 1975, junto con su esposa Beatriz creó la “Fundación Palacios”, que en 1988 entregó el Primer Premio Omar Khayyam a la escritora rusa Katia Kranoff, premio que según nota de prensa de El Tiempo del 8 de octubre de 1988 se entregaba “<em>a una personalidad abierta al mundo, que haya consagrado su vida al arte, al respeto de la naturaleza, a cultivar la amistad</em>”, y del autor chocoano anota: “<em>Arnoldo Palacios es un andariego. Quizá la rápida y vigorosa corriente del río Atrato le abrió los caminos del mundo. Desde sus orillas trepó a la altiplanicie bogotana; fue a las soledades de Islandia; estuvo en el atosigante Nueva York; fue a Roma y Moscú</em>” (El Tiempo, 1988).</p>



<p>Antes de emprender viaje a Francia, Collazos (en Palacios, 2010) anota que regresó a Quibdó, donde escribió relatos y una obra de teatro sobre Manuel Saturio Valencia, un abogado e intelectual chocoano, el último colombiano condenado a pena de muerte, por lo menos oficialmente, sin embargo, &nbsp;por las amenazas de bomba en el teatro por parte de los “blancos” de la ciudad, la función y la obra fueron suspendidas. Enrique Buenaventura (Mendoza, 1961), recordaría que en la pensión “Gandhi”, donde vivió, entre otros con Palacios, y bautizada así con sorna por las condiciones de pobreza, tuvo extensas y largas charlas con el autor chocoano, hasta el punto que decidió abandonar sus estudios en Bogotá e irse para Istmina, “<em>La Chocó Pacífico lo recibe como aceitero de una draga</em>” (Mendoza, 1961), esta característica de Palacios, de ser tan fluido verbalmente, obedece quizá a la herencia oral existente en el Pacífico, ya que al no haber modelos educativos formales durante tanto tiempo, su propia historia, sus mitos, sus leyendas, se transmitían oralmente, perviviendo aún la “décima cimarrona”, como un claro ejemplo de esa heredad oral.</p>



<p>Parece que pese al distanciamiento de Arnoldo al vivir en Europa, tuvo cercanía con sus amigos intelectuales colombianos, hasta el punto que Carlos Medellín (1961) al describir lo que el considera son los cuatro problemas de la cultura colombiana de entonces -desarticulación, inautenticidad, insularidad e impopularidad -, y al entrar al análisis de la literatura, anota: “<em>Una cultura literaria que los colombianos estimamos apegada a la tradición nacional y parte de nuestra idiosincrasia</em>”, y señala nombres reconocidos de poetas, novelistas y ensayistas, anotando al final: “<em>Ellos son y sus obras representan una cultura literaria, un compromiso actual, ¿respondemos a este?”,</em>&nbsp; y él mismo anota que se respondería que sí, anotando nuevamente nuevos nombres, entre otros: “<em>Osorio Lizarazo, Eduardo Zalamea, Arnoldo Palacios, García Márquez, Elisa Mujica, Delgado Nieto, Zapata Olivella y Eduardo Santa</em>” (Medellín, 1961).</p>



<p><strong>Referencias</strong></p>



<p>El Tiempo (1950, 15 de noviembre). Noticiero Cultural, p. 3.</p>



<p>El Tiempo (1950, 8 de enero). Arte y literatura en 1949. El mundo de los libros, p. 5.</p>



<p>El Tiempo (1951, 26 de julio). Se está organizando colecta en beneficio de Arnoldo Palacios, p. 2.</p>



<p>El Tiempo (1954, 24 de febrero). Editorial Nuestra América (anuncio publicitario).</p>



<p>Interim (1949, 31 de diciembre). Balance crítico. Perspectiva literaria de 1949, p. 3.</p>



<p>Medellín, C. (1961, 21 de mayo). Cuatro problemas actuales de la de la cultura colombiana: desarticulación, inautenticidad, insularidad, impopularidad. <em>El Tiempo, Lectura Dominicales, </em>p. 1-2.</p>



<p>Mendoza, P. (1961, 7 de octubre). El teatro en Colombia tiene un nombre: Enrique Buenaventura. <em>El Tiempo, </em>p. 11.</p>



<p>Mujica, E. (1949, 6 de agosto). El joven novelista. Despedida a Arnoldo Palacios. <em>El Tiempo, </em>p. 17.</p>



<p>Palacios, A. (2016). El señor Ecce Homo. Cali: Litocolor.</p>



<p>Palacios, A. (2010). Las estrellas son negras. Bogotá: Ministerio de Cultura.</p>



<p>Palacios, A. (1949). Las estrellas son negras. Bogotá: Editorial Iqueima.</p>



<p>Zapata, S. (2006, junio). Retrato de Arnoldo Palacios, <em>Revista Arcadia, </em>9.&nbsp;</p>



<p></p>
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        <author>J. Mauricio Chaves Bustos</author>
                    <category>Pazifico, cultura y más</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=112831</guid>
        <pubDate>Thu, 13 Mar 2025 21:59:05 +0000</pubDate>
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                            </item>
        <item>
        <title>Acercamiento a la literatura afronariñense</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/pazifico-cultura-y-mas/acercamiento-a-la-literatura-afronarinense/</link>
        <description><![CDATA[<p>1ª entrega: una posible génesis. El objetivo de estos artículos es hacer un acercamiento a la literatura afronariñense, para lo cual se recurrirá a hacer un paneo general de la manera como ha sido tratada por los cánones tradicionales, teniendo como punto de vista el marco sociopolítico desde el cual se ha hecho. Este trabajo [&hellip;]</p>
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<h2 class="wp-block-heading"><strong>1ª entrega: una posible génesis</strong>. </h2>



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<p>El objetivo de estos artículos es hacer un acercamiento a la literatura afronariñense, para lo cual se recurrirá a hacer un paneo general de la manera como ha sido tratada por los cánones tradicionales, teniendo como punto de vista el marco sociopolítico desde el cual se ha hecho. Este trabajo lo que menos quiere es racializar un tema que a todas luces es universal, sin embargo, se hace necesario enmarcar las concepciones creativas en los territorios desde sus propios hacedores, de tal manera que las cosmogonías pasen de ser un mero ente abstracto especulativo, para comprenderlos desde el puesto del ser humano en el mundo que habita, ya que a todas luces resulta importante la mirada que tiene el afro, el indígena o el mestizo de ese mundo, que no puede ser igual, ya que tras de sí hay una ancestralidad que demarca esos derroteros. La visión de los vencedore jamás será la misma que la de los vencidos, aunque aquí, como en toda dialéctica, el vencedor puede ser mañana un vencido más y el vencido ser mañana un vencedor más. O lo más importante, lograr llegar a consensos para poder reconocer un territorio como algo común, respetando las diferencias y buscando el bien común. Mera utopía, quizá.</p>



<p>Resulta epistémicamente complicado en este caso separar el territorio y la población de un marco geográfico determinado: el Pacífico nariñense. Sin embargo, debe hacerse esta aclaración en razón a dos puntos concretos: el primero, a que este territorio está ocupado mayoritariamente por afros, en un departamento en donde el 66,5 % son mestizos, 17,8 % son afrodescendientes y el 15,7 % son indígenas (Censo Colombia 2018); y el segundo, en razón a que durante buena parte de la historia regional, fueron los blancos quienes impusieron no solamente los procesos educativos, mayoritariamente excluyentes para los no blancos, así mismo como aquellos que difundieron sus obras o la de los suyos, no sin razón una de las primeras imprentas que llegó a la entonces Nueva Granada fue la de Barbacoas, en 1825, creando para entonces el primer periódico del sur-occidente de la actual Colombia, El Pezcador, y de ahí un sinnúmero de publicaciones periódicas, tanto en Barbacoas como en Tumaco, donde lo que se puede apreciar son los escritos de blancos y mestizos, entre estos los migrantes europeos que llegaron al territorio atraídos por la riqueza, tales como italianos, alemanes, franceses, polacos, entre otros, sumándose a una élite blanca excluyente que aprovechó siempre la mano de obra negra o indígena para fomentar y sostener sus fortunas económicas.</p>



<p>De tal manera que por más de 450 años tanto afronariñenses como indígenas no fueron contemplados dentro de los cánones literarios del departamento de Nariño, por lo menos desde el autorreconocimiento a estos dos grupos sociales, ya que si bien se habla de su lugar de origen, en ningún momento se reconoce este importante acento dentro de las concepciones escriturales que de una u otra manera permiten comprender la manera cómo se narra un territorio común con perspectivas diversas. En muchos casos, lo que hay es un “blanqueamiento” de los autores literarios, obedeciendo al canon bogotano -replicado en el pastuso- de que para poder ingresar a ese canon debía seguir demostrándose una pureza de sangre, teóricamente abolida después de la Independencia, es lo que he llamado el “pastocentrismo”, concepto que se desarrollará más adelante.</p>



<p>El ingreso del pastuso a la república fue traumático, ya que una pequeña casta, beneficiada durante más de tres siglos por las prebendas heredadas por los mal llamados conquistadores, y anquilosada en un aislamiento geográfico y social, terminarían por generar un endemismo que buscaba garantizar esa pureza de sangre, por ello no más de 5 familias marcaron el derrotero de una ciudad durante un largo periodo de tiempo. Desde luego que no se puede generalizar, hubo habitantes de la propia ciudad que se sumaron a la causa de la Independencia, movimiento americano que era imparable a inicios del siglo XIX, como aquellos que comprendieron los cambios de una modernidad, incipiente desde luego, que implicaba abrir la ciudad y romper ideológicamente los cercos del Juanambú y del Guáitara.</p>



<p>El territorio de Barbacoas, hoy los 10 municipios que conforman el Pacífico nariñense, perteneció a diferentes entes administrativos durante la colonia: Virreinato del Perú, Virreinato de la Nueva Granada y Presidencia de Quito, dentro de esta última existieron el Partido de Barbacoas y el Partido de Iscuandé, cada uno con teniente de gobernador a cargo. Durante la república, perteneció un breve periodo a Ecuador, luego a la provincia de Popayán, al Estado Soberano del Cauca, al Departamento del Cauca, al Departamento de Nariño, durante un breve periodo al Departamento de Tumaco y finalmente al Departamento de Nariño, sin dejar de mencionar que durante varios periodos fue una Provincia con cierta autonomía política y administrativa. Sin embargo, es también importante reconocer que este territorio ha sentido profundamente el influjo de Quito, Popayán y Pasto, sobre todo por la riqueza aurífera que permitía generar muchas riquezas y enriquecer a las élites de estas ciudades.&nbsp; Esto, que pareciera trivial, es importante demarcarlo, ya que así permite un acercamiento al influjo que ha tenido el territorio ya que el poder económico y político marcarán el derrotero cultural del mismo.</p>



<p>La “Imprenta de Mariano Rodríguez” llegó a Barbacoas en 1825, ahí se publicó “El Pezcador”, del cual no se conocen sino las referencias que hacen tanto Gustavo Arboleda como Sergio Elías Ortiz, de tal manera que se desconoce el contenido del mismo; las imprentas que funcionaron en la ciudad durante el siglo XIX tienen como propietarios a personajes que descollaron tanto en la política como en la economía regionales: Pérez, Díaz del Castillo, Márquez, Hurtado y Ponce, Córdova y Bravo. El contenido de los periódicos y publicaciones era generalmente de carácter comercial y político, ahí se defendían candidaturas y se anunciaban productos, compra y venta de oro, así como uno que otro chisme de corrillo que buscaba hacerse público.&nbsp;</p>



<p>La imprenta en Pasto aparece en 1837, es decir 12 años después que en Barbacoas, el puerto sobre el Telembí donde se asienta una tradición tipográfica importante, en medio de lo descrito en el párrafo anterior, se encuentran también poemas, los más románticos, algunos breves cuentos y algunas descripciones sobre el territorio y las costumbres que ahí se vivencian. La novela aparece tardíamente en lo que es el actual departamento de Nariño, “La expiación de una madre” de Rafael Sañudo, publicada en 1894, quizá el clima de Barbacoas y del territorio del Pacífico nariñense nos privaron de conocer algunas obras literarias, quizá por entregas, como se acostumbraba a hacerla por entonces en los países de habla hispana.</p>



<p>En Tumaco la imprenta aparece en 1878, al igual que en Barbacoas, los apellidos de sus propietarios rememoran a extranjeros que llegaron al territorio y tuvieron buena ventura: Acevedo, Escrucería, Manzi, Ortiz. El contenido igualmente obedece a noticias comerciales, políticas o religiosas. Algunos casos jurídicos son ventilados en sus páginas, y aparecen poemas, cuentos cortos y descripciones del territorio.</p>



<p>Como conclusión de esta primera entrega, en la literatura del periodo no aparecen escritores afronariñenses e indígenas, por lo menos publicados en las páginas de revistas y periódicos de la época, creando así un canon blanqueado, siguiendo los modelos occidentales, que será visibilizado en las primeras décadas del siglo XX en las antologías y estudios de autores publicados en Pasto, Quito, Popayán o Bogotá. Aparecen en este periodo referencias al espacio geográfico, al modo de vida de afros e indígenas, a sus costumbres y algunas tradiciones, inclusive se recogen algunas décimas y cantos que algunos viajeros tuvieron la oportunidad de escuchar, tema en el cual nos detendremos en la siguiente entrega.</p>
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        <author>J. Mauricio Chaves Bustos</author>
                    <category>Pazifico, cultura y más</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=111293</guid>
        <pubDate>Fri, 07 Feb 2025 14:50:45 +0000</pubDate>
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        <item>
        <title>Arnoldo Palacios, Centenario.</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/pazifico-cultura-y-mas/arnoldo-palacios-centenario/</link>
        <description><![CDATA[<p>&nbsp; En 2009 recibí una invitación del maestro Vicente Pérez Silva,  un domingo de un mes que ya no recuerdo, el día anterior me había dicho que asistiera, que era muy importante porque había sorpresas en su apartamento ubicado en los cerros bogotanos. Insistió en que llegara temprano, tipo 11 am, lo cual cumplí a [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><figure id="attachment_97895" aria-describedby="caption-attachment-97895" style="width: 300px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" class="size-medium wp-image-97895" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/ARNOLDO-PALACIOS-300x200.png" alt="Arnoldo Palacios(Foto: Columna Abierta)" width="300" height="200" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/ARNOLDO-PALACIOS-300x200.png 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/ARNOLDO-PALACIOS-150x100.png 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/ARNOLDO-PALACIOS.png 768w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /><figcaption id="caption-attachment-97895" class="wp-caption-text">Arnoldo Palacios (Foto: Columna Abierta)</figcaption></figure></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En 2009 recibí una invitación del maestro Vicente Pérez Silva,  un domingo de un mes que ya no recuerdo, el día anterior me había dicho que asistiera, que era muy importante porque había sorpresas en su apartamento ubicado en los cerros bogotanos. Insistió en que llegara temprano, tipo 11 am, lo cual cumplí a cabalidad. Al entrar, como es costumbre en él, las viandas y los licores estaban servidos a granel, todo listo para recibir a unos invitados muy especiales, según me lo refería. Pasado el mediodía, suena el citófono y anuncian a Héctor Orjuela, profesor de la Universidad de California, uno de los más juiciosos estudiosos de la literatura colombiana, y de quien hace poco había leído su ensayo sobre “El desierto prodigioso y prodigio del desierto” de Pedro Solís y Valenzuela, considerada por él la primera novela hispanoamericana. A punto de ser la una de la tarde, otra vez el citófono, anuncian al maestro Arnoldo Palacios, autor de “Las estrellas son negras”, y no se porque extraña razón hubo una empatía inmediata con él, a tal punto que en una esquina de la sala tuve la fortuna de escuchar de su propia voz lo que ya había dicho de sí mismo y de su vida en escritos y entrevistas.</p>
<p>Hablaba del Chocó como si jamás hubiese salido de ahí, de sus ríos, de sus selvas, pero por sobre todo de la gente que seguía viviendo lo que Irra vivió en día y medio en su novela, la pobreza que se convierte en duda constante frente a un futuro que no se concibe promisorio, aunque debo anotar que no noté en sus palabras un fatalismo inquebrantable, sino todo lo contrario, la posibilidad de que Irra despertara en sus paisanos una conciencia para lograr hacer del Chocó, del Pacífico en general, un escenario posibiltante de dignidad. Cada palabra era acompañada por gestos armoniosos, aunque su cuerpo se notaba desgastado y, aunque las muletas por ese momento reposaban en un rincón, parecía sostenerse difícilmente en el lugar en que se encontraba, y siempre generosa esa riza tan característica en él, reflejo de una inocencia que jamás quiso perder, la del hombre sabio y prudente de sus propios logros.</p>
<p>Me contó como su padre debió llevarlo casi que cargado hasta la lancha que lo conduciría de su natal Cértegui, esto porque una poliomielitis lo había afectado desde los dos años, hasta Quibdó, donde continuó sus estudios, tenía entonces 15 años. Pero sabía que su destino no estaba ahí, de tal manera que su familia hizo todo lo posible para que viajara a Bogotá, en donde pudo continuar sus estudios en el Externado Nacional Camilo Torres, donde se graduó de bachiller. Inquieto por el mundo literario, había encontrado en el colegio un rector que prácticamente lo adoptó, el filólogo y humanista José María Restrepo Millán, quizá uno de los primeros lectores de sus obras. Luego de graduarse, intentó estudiar derecho en la Universidad Libre, pero abandonó los estudios por las letras, y en una estrecha pensión, donde campeaba la pobreza, hasta el punto de bautizarla jocosamente “Gandhi”, compartió charlas y lecturas con Manuel Zapata Olivella, Héctor Rojas Herazo, Enrique Buenaventura y Manuel Mejía Vallejo, todos reconocidos escritores y artistas colombianos.</p>
<p>El 8 de abril de 1948 puso punto final a su primera novela, tenía entonces 24 años de edad, ignoraba por completo que un día después sería incendiada media ciudad y que su obra se convertiría en cenizas; pero aparece aquí la fuerza de su espíritu, y animado por sus amigos, se impele a reescribirla, lo cual logra en tres semanas de absoluto encierro. En mayo de 1949 se publicaría la primera edición de “Las estrellas son negras”, hoy hay 6 ediciones de la misma, y aunque publicada modestamente por editorial Iqueima, según notas de prensa y referencias, ésta tuvo una importante recepción, sobre todo porque narraba de manera sencilla, en un lenguaje coloquial en algunos apartes y profundo y detenido en otros, la vida de un habitante de su propia tierra, con un estilo realista que rompía con el molde costumbrista de entonces.</p>
<p>Pero el mundo lo llamaba, y finalmente opta por una beca para estudiar en la Sorbona de París, abandonando Bogotá, siendo recibido en Cartagena por el propio García Márquez, a quien había conocido un año antes, para emprender el viaje que lo conduciría a su propio destino. Se emocionaba cuando contaba que casi un año después, un carro se detuvo y descendió de él una persona que le preguntó por su condición física, ya que las muletas le dificultaban la movilidad. Se trataba nada más ni nada menos que del director del Instituto de Poliomielitis, quien lo sometió a unas cirugías, auspiciadas por el Instituto y por algunos de sus amigos que hicieron una colecta en Bogotá para cubrir los gastos de hospitalización.</p>
<p>En Francia conoció los movimientos reivindicatorios de las colonias europeas en África que buscaban su independencia, así mismo los movimientos antillanos de afros que defendían su tradición y su cultura, sumándose a ellos, el espectro cultural y social se le amplió, hasta el punto de representar a Colombia en el Congreso de La Paz llevado a cabo en Polonia en 1950. Para entonces existía la llamada Cortina de Hierro, auspiciada por Rusia, teniendo la oportunidad de recorrer varios de estos países, lo que le granjeó problemas y perdió la beca en la Sorbona.</p>
<p>En esa tarde dominical, como diría Aurelio Arturo, “hablamos con cordiales palabras / y tomamos, tal vez en exceso, copas de alegres vinos”, en un momento me coge del brazo y me dice que en 1988 lo condecoraron con la Cruz de Boyacá, y casi que susurrando me dice: “Pero esa medalla no viene con cheque, es solo el latón”, una metáfora del trato que en el país se le da a sus artistas y escritores. Ese día y en otras oportunidades estaba acompañado siempre de su sobrina, la profesora Sayly Duque Palacios, quien amorosamente le prodigaba toda serie de cuidados y atenciones.</p>
<p><figure id="attachment_97896" aria-describedby="caption-attachment-97896" style="width: 200px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-medium wp-image-97896" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/LAS-ESTRELLAS-SON-NEGRAS-200x300.jpg" alt="Primera edición (1949)" width="200" height="300" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/LAS-ESTRELLAS-SON-NEGRAS-200x300.jpg 200w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/LAS-ESTRELLAS-SON-NEGRAS-100x150.jpg 100w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/LAS-ESTRELLAS-SON-NEGRAS-768x1152.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/LAS-ESTRELLAS-SON-NEGRAS-683x1024.jpg 683w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/LAS-ESTRELLAS-SON-NEGRAS.jpg 945w" sizes="auto, (max-width: 200px) 100vw, 200px" /><figcaption id="caption-attachment-97896" class="wp-caption-text">Primera edición (1949)</figcaption></figure></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nos volvimos a ver en otra ocasión en la Biblioteca Nacional de Colombia, ahí junto con el profesor Andrés Torres Guerrero, tuvimos otra interesante charla al son de los vinos que se ofrecen en los eventos culturales, con una memoria prodigiosa nos narraba las lecturas que hacía de escritores en varios idiomas, de sus escrituras que estaban inéditas, de sus  proyectos y de su amado Chocó, al cual jamás olvidó.</p>
<p>El 12 de noviembre de 2015 me enteré de su fallecimiento en Bogotá, realmente yo pensaba que estaba en París, y me dolió profundamente no haberlo contactado más para seguir hablando de su vida, de sus trabajos. Ahora, cuando viajo al Pacífico , encuentro a amigos afrocolombianos, noto el interés por leer a Arnoldo Palacios, por conocer más de su vida y de su obra, hay un interés creciente que debe permitir alimentar ese canon literario colombiano, tan lleno de vacíos, propios de momentos históricos donde la cultura y la literatura eran peculio de unos pocos, de tal manera que esperamos que este Centenario llene ese vacío frente a la obra de uno de los más grandes escritores afrocolombianos, que las obras publicadas en otros idiomas sean vertidas al español, que las obras inéditas por fin vean la luz, y que estén lejos los Bogotazos que vuelven cenizas las obras, y que se prodiguen los escritores como Palacios que vencieron al mundo en su lucha constante por crear.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Obras publicadas en español:</p>
<p><em>Las estrellas son negras</em>: 1949, Bogotá, Iqueima; 1971, Bogotá, Revista Colombiana; 1998, Bogotá, Ministerio de Cultura; 2007, Bogotá, Intermedio; 2010, Bogotá, Ministerio de Cultura; 2021, Bogotá, Editorial Planeta.</p>
<p><em>La Selva y la Lluvia</em>: 1958, Moscú, Editorial Progreso; 2010, Bogotá, Intermedio Editores.</p>
<p><em>Buscando mi madredediós</em>: 2009, Cali, Universidad del Valle; 2019, Bogotá, Editorial Planeta.</p>
<p><em>Cuando yo empezaba</em>: 2009, Bogotá, San Librario; 2014, Bogotá, IDARTES y Ministerio de Cultura; 2022, Bogotá, Isla de Libros.</p>
<p><em>El señor Ecce Homo</em> (cuento) 2016, Cali, Litocolor.</p>
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        <author>J. Mauricio Chaves Bustos</author>
                    <category>Pazifico, cultura y más</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=97894</guid>
        <pubDate>Sat, 20 Jan 2024 13:53:46 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Arnoldo Palacios, Centenario.]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">J. Mauricio Chaves Bustos</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>Homenaje a Laurence Prescott, con los recuerdos de Carmen Millán</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/republica-de-colores/homenaje-laurence-prescott-los-recuerdos-carmen-millan/</link>
        <description><![CDATA[<p>Prescott (1943-2016), académico afroamericano pionero en estudios literarios sobre autores afrocolombianos, especialmente de Candelario Obeso y Jorge Artel, fue evocado en la FILBo por Carmen Millán de Benavides, su alumna de doctorado, traductora y amiga. El homenaje hizo parte de la agenda de afrocolombianidad organizada entre Fundación Color de Colombia y El Espectador en la [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><strong>Prescott</strong> (1943-2016), académico afroamericano pionero en estudios literarios sobre autores afrocolombianos, especialmente de <em>Candelario Obeso</em> y <em>Jorge Artel</em>, fue evocado en la FILBo por <strong>Carmen Millán de Benavides</strong>, su alumna de doctorado, traductora y amiga.<span id="more-94706"></span></p>
<p>El homenaje hizo parte de la agenda de afrocolombianidad organizada entre Fundación Color de Colombia y El Espectador en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2023.</p>
<p><em>Por Isabella Ramírez Valderrama*, @isabellarv_23</em></p>
<p><strong>Carmen Millán de Benavides</strong>, exdirectora del Instituto Caro y Cuervo, alumna, traductora y amiga de Prescott, compartió en la FILBo recuerdos del académico homenajeado en conversación con <strong>Daniel Mera Villamizar</strong>, director de la Fundación Color de Colombia.</p>
<p>Contó que Laurence, siendo profesor, tuvo la oportunidad de escuchar en la Universidad de Indiana al médico, escritor y antropólogo colombiano <strong>Manuel Zapata Olivella</strong>, quien lo deslumbró.</p>
<p>Y, a partir de ahí, inició un amor casi instantáneo hacia la literatura afrocolombiana. Eso motivó al norteamericano a viajar en los años 70’s a Colombia y empaparse más de la cultura afro.</p>
<p><strong>Le puede interesar:</strong> <a href="https://blogs.eltiempo.com/afrocolombianidad/2010/08/29/laurence-prescott-erudito-en-poesia-afrocolombiana-hablo-en-bogota-de-la-importancia-de-viajar/" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Laurence Prescott, erudito en poesía afrocolombiana, habló en Bogotá de la importancia de viajar</a></p>
<p>Prescott formó una amistad estrecha con Zapata Olivella, quien le recomendó la obra de Jorge Artel. “Inmediatamente después de leerlo, comenzó a enseñarlo en Estados Unidos e incluirlo en el currículo debido a que la voz de Artel le pareció arraigada y necesaria para entender las costumbres afrocolombianas”, dijo Carmen Millán.</p>
<p><figure id="attachment_94709" aria-describedby="caption-attachment-94709" style="width: 840px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-large wp-image-94709" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/05/Carmen-Millán-de-Benavides-sobre-Laurence-Prescott-1024x787.jpg" alt="" width="840" height="646" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/05/Carmen-Millán-de-Benavides-sobre-Laurence-Prescott-1024x787.jpg 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/05/Carmen-Millán-de-Benavides-sobre-Laurence-Prescott-150x115.jpg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/05/Carmen-Millán-de-Benavides-sobre-Laurence-Prescott-300x231.jpg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/05/Carmen-Millán-de-Benavides-sobre-Laurence-Prescott-768x591.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/05/Carmen-Millán-de-Benavides-sobre-Laurence-Prescott.jpg 1125w" sizes="auto, (max-width: 840px) 100vw, 840px" /><figcaption id="caption-attachment-94709" class="wp-caption-text">Daniel Mera Villamizar, director de Fundación Color de Colombia, entrevistó a la académica Carmen Millán de Benavides.</figcaption></figure></p>
<p>Después ‘Loro’ Prescott -llamado así por Manuel Zapata- realizó un profundo estudio analítico sobre esta misma obra y la presentó en la Universidad de Cartagena, cautivando  al  público universitario.</p>
<p>Prescott conoció y aprovechó el legado de otros autores pilares de la literatura afrocolombiana como Helcías Martán Góngora, Manuel Baena o Francisco Botero, considerados “Negristas”, debido a que defendían la belleza externa y la participación de la raza negra en la construcción de la nación colombiana.</p>
<p>“Gracias a Zapata Olivella, Prescott se convirtió en colombianista  y las comunidades le decían el señor Lorenzo”, anotó Carmen.</p>
<p>Para Millán, Laurence logró convertirse en una obligatoria referencia bibliográfica. Dos de sus libros son considerados pilares de estudio: ‘Sin odios ni temores: el legado cultural y literario de Jorge Artel’ y ‘Candelario Obeso y la iniciación de la poesía negra en Colombia’.</p>
<p>“El libro sobre Candelario Obeso, publicado en 1985, significó mucho para los estudios literarios en el país, ya que Candelario fue quien pudo recuperar la voz de los Bogas en Magdalena,  el dolor y la alegría de los navegantes de aquel río”.</p>
<p>De esta manera, señala Carmen, “toda persona que esté trabajando en literatura afrocolombiana, debe citar a Prescott. Si no lo citan, ese libro está mal”.</p>
<p><iframe loading="lazy" title="Homenaje a Laurence Prescott con poesía de C. Obeso y J. Artel | El Espectador" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/NBltNI-HbD4?list=PLiupuggSxf-cETMl3dSfGF8C0mb38cHkn" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe></p>
<p>La académica  y amiga de Prescott comentó que en Vanderbilt se encuentran los archivos de estudios y demás de Manuel Zapata Olivella, así que, cuando ‘Loro’ Prescott falleció, sus archivos fueron entregados y guardados junto a los saberes de Manuel, para que ellos siempre estuvieran juntos.</p>
<p>“Manuel y Laurence Prescott eran hermanos. De manera que al mencionar a Manuel hablamos de su hermano ‘Loro’ y al mencionar a Lorenzo, hablamos de Manuel Zapata Olivella’.</p>
<p>Prescott – recuerda Carmen- tenía un poema favorito, ‘La cumbia’, de Jorge Artel, que reproducimos a continuación:</p>
<p>La Cumbia<br />
Hay un llanto de gaitas<br />
diluido en la noche.<br />
Y la noche, metida en ron costeño,<br />
bate sus alas frías<br />
sobre la playa en penumbra,<br />
que estremece el rumor de los vientos porteños.</p>
<p>Amalgama de sombras y de luces de esperma,<br />
la cumbia frenética,<br />
la diabólica cumbia,<br />
pone a cabalgar su ritmo oscuro<br />
sobre las caderas ágiles<br />
de las sensuales hembras.<br />
Y la tierra,<br />
como una axila cálida de negra,<br />
su agrio vaho levanta, denso de temblor,<br />
bajo los pies furiosos<br />
que amasan golpes de tambor.</p>
<p>El humano anillo apretado<br />
es un carrusel de carne y hueso,<br />
confuso de gritos ebrios<br />
y sudor de marineros,<br />
de mujeres que saben<br />
a la tibia brea del puerto,<br />
al yodo fresco del mar<br />
y al aire de los astilleros.</p>
<p>Se mueve como una sierpe<br />
sonora de cascabeles,<br />
al compás de los chasquidos<br />
que las maracas alegres<br />
salpican sobre las horas<br />
desmelenadas de ruidos.</p>
<p>Es un dragón enroscado<br />
brotado de cien cabezas,<br />
que muerde su propia cola<br />
con sus fauces gigantescas.<br />
¡Cumbia! —¡danza negra, danza de mi tierra!—<br />
¡Toda una raza grita<br />
en esos gestos eléctricos,<br />
por la contorsionada pirueta<br />
de los muslos epilépticos!<br />
Trota una añoranza de selvas<br />
y de hogueras encendidas,<br />
que trae de los tiempos muertos<br />
un coro de voces vivas.</p>
<p>Late un recuerdo aborigen,<br />
una africana aspereza,<br />
sobre el cuero curtido donde los tamborileros,<br />
—sonámbulos dioses nuevos que repican alegría—<br />
aprendieron a hacer el trueno<br />
con sus manos nudosas,<br />
todopoderosas para la algarabía.</p>
<p>¡Cumbia! Mis abuelos bailaron<br />
la música sensual. Viejos vagabundos<br />
que eran negros, terror de pendencieros<br />
y de cumbiamberos<br />
en otras cumbias lejanas,<br />
a la orilla del mar…</p>
<p>*<em>Estudiante de la Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Santiago de Cali, en acuerdo de prácticas de Redacción con Fundación Color de Colombia.</em></p>
]]></content:encoded>
        <author>Fundación Color de Colombia</author>
                    <category>República de colores</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=94706</guid>
        <pubDate>Sun, 21 May 2023 00:22:05 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Homenaje a Laurence Prescott, con los recuerdos de Carmen Millán]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Fundación Color de Colombia</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
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