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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Lima | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Juliane Köepcke (1954)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/juliane-koepcke-1954/</link>
        <description><![CDATA[<p>“Señores pasajeros, les informamos que la zona de turbulencias que estamos atravesando se debe a una importante tormenta sobre la selva amazónica. Abróchense los cinturones.” Juliane, que tenía el cinturón desabrochado, obedeció las instrucciones de una azafata que, sin saberlo, le estaba salvando la vida. En la víspera de Nochebuena de 1971, en Lima, un [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Señores pasajeros, les informamos que la zona de turbulencias que estamos atravesando se debe a una importante tormenta sobre la selva amazónica. Abróchense los cinturones.” Juliane, que tenía el cinturón desabrochado, obedeció las instrucciones de una azafata que, sin saberlo, le estaba salvando la vida.</p>
<p>En la víspera de Nochebuena de 1971, en Lima, un cuatrimotor Lockheed 188 Electra conocido como <em>Mateo Pamacahua, </em>del vuelo 508 de la empresa de aviación peruana LANSA, esperaba para partir en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, faltando entre los pasajeros el reconocido (y al parecer impuntual) Werner Herzog, director de cine alemán, pero en vista de que este no llegaba decidieron emprender vuelo con destino hacia Pucallpa.</p>
<p>Al interior del <em>Mateo Pamacahua </em>se encontraban 92 personas incluyendo a la tripulación, y entre ellas una chiquilla de 17 años llamada Juliane, que viajaba con su madre y que esperaban reunirse con su padre para festejar la Navidad. Pero el destino no quiso a Herzog volando a esa hora sobre el Amazonas, ni tampoco que la familia entera se reuniera, ya que el avión, sobrevolando la espesura de la selva a unos casi 4.000 metros de altura, tenía otro destino que era el de un rayo que impactaría a uno de sus motores externos a las 12:36, y ante la incapacidad del piloto para maniobrar el imprevisto, la aeronave acabaría precipitándose a tierra.</p>
<p>Así lo narró Juliane años más tarde: “Yo fijaba la vista en el motor derecho como recurso virtual a mi falta de apoyo físico. La fría humedad de la mano de mi madre delataba su consabido sufrimiento. En ese punto, el viaje se tornó en la aventura de mi vida cuando una inmensa y cegadora luz atravesó la hélice que yo contemplaba. El avión se escoró rápidamente y comenzó a caer picado gobernado ahora únicamente por la fuerza de gravedad.”</p>
<p>En ese momento postrero, mirando de cara a la muerte, Juliane recuerda haberse sujetado de la mano de su madre, y que ambas permanecieron mudas ante una situación de pánico generalizado, un caos absoluto de personas que proferían alaridos, y las sacudidas del avión que hacían caer las maletas de sus cubículos. Las últimas palabras de su madre serían: “Esto es el fin, se acabó”.</p>
<p>Lo siguiente fue estar volando adherida a su asiento a una gran velocidad, cayendo entre nubes y esperando estrellarse contra el suelo. Parece que perdió la conciencia, y al despertar unas tres horas más tarde, se dio cuenta que la copa de los árboles y el asiento en el que todavía se encontraba sentada, habían logrado amortiguar la caída hasta el punto de que sus heridas podrían contarse como insignificantes: cortes superficiales en un hombro y otro más profundo en uno de sus brazos, algún par de rasguños en sus piernas y el ligamento de una de sus rodillas ligeramente afectado por el golpe, además de un ojo morado y la clavícula fracturada. Todas estas calamidades menores cuando entendió de que al parecer se trataba de la única sobreviviente de una catástrofe aérea.</p>
<p>Así lo describió ella misma: “Me desperté sentada en el mismo asiento, como iniciando otro viaje pero, esta vez, al infierno. Había tres cuerpos desmembrados a mi alrededor, creía que se trataba de una pesadilla y me volví a dormir por unos instantes. Cuando creí volver en mí me atraganté de realidad. Cuerpos inertes colgaban de los árboles, hierros, asientos, ropas y maletas desparramadas por la selva, humo, mucho humo y crepitar de combustiones desperdigadas hasta donde la espesura de la jungla dejaba distinguir.”</p>
<p>Juliane llamó a su madre, pero nadie respondió. Solamente los retorcidos destrozos de una tragedia. Luego tuvo las agallas de hurgar entre los vestidos chamuscados de los cuerpos incinerados tratando de identificar entre ellos a su mamá, encontrándose como único consuelo un par de golosinas que endulzarían la larga trayectoria que la esperaba hacia el interior del Amazonas.</p>
<p>En adelante se trataba de una cuestión, literal, de supervivencia. Hablamos de una adolescente que le estaba haciendo frente a la selva más grande este planeta, pero cuya crianza estuvo acompañada de una relación intensa con las plantas y los animales, pasando parte de su tiempo en los bosques tropicales lluviosos de la estación biológica de Panguana, por lo que su contacto con este universo selvático no le sería del todo desconocido.</p>
<p>No quiso sentir que se encontraba en un “infierno verde”, y contrario a esto prefirió sentir el cuidado de la madre naturaleza, que tenía en abundancia todo lo necesario para sobrevivir. Tuvo confianza en los consejos de su padre y en sus conocimientos, e inició una caminata de dos días en la cual se tropezaría eventualmente con alguna pieza de chatarra de los trozos del avión y otros cadáveres desperdigados entre la maleza.</p>
<p>La tupida selva impedía a los aviones de rescate dar con el paradero de los restos del avión, a pesar de que Juliane podía escuchar que pasaban justo por sobre su cabeza, pero de nada servía malgastar energía gritando desde lo profundo de la densa selva. Lo importante era no desistir, y continuar su marcha valiéndose de un único zapato y un vestido minúsculo que escasamente la protegía del clima frío. Tampoco contaba con sus lentes. Pero estaba entonces su instinto, de manera que avanzó persiguiendo el agua de un arroyo en espera de que en algún punto desembocara en un río.</p>
<p>Se espantó los incesantes mosquitos que nunca dan tregua. Soportó la humedad y el calor abrasante, y se alimentó de los frutos conocidos, dejando de lado aquellos que por su experiencia podían tratarse de frutas venenosas. Tenía que cuidarse sobre todo de dónde pisar porque sabía que entre la hojarasca se ocultaban serpientes, y así mismo estar precavida de otros animales peligrosos que merodeaban a su alrededor como algunos felinos, e incluso las aguas representaban un riesgo por los tantos buitres acechando, y ni siquiera en el agua podría sentirse segura ante la presencia de los caimanes.</p>
<p>Juliane evadió estas amenazas, y sorteando todos los riesgos consiguió orientarse hasta alcanzar la orilla de un río caudaloso y profundo que atravesó nadando. Aprovecharía la temperatura de las aguas para calentarse y bebería de la fuente más pura de este mundo, sin saber que se encontraba a más de 600 kilómetros de distancia del lugar poblado más cercano. El corte en su brazo se infectaría al punto de tener que estar continuamente retirándose los gusanos que iban dejando sus larvas parasitarias sobre la herida.</p>
<p>Y fue así como después de casi once días, la travesía de Juliane acabó cuando vio a la orilla del río una canoa a motor que flotaba cerca a los manglares, y una choza deshabitada que parecía servir de refugio precario para los ocasionales cazadores de la zona. Finalmente, a la mañana siguiente la despertaron las voces humanas de los trabajadores del sector, los cuales entendieron en un español perfecto la historia de la única sobreviviente del vuelo 508.</p>
<p>Le proporcionaron alimentos y limpiaron sus heridas con gasolina, y un día después viajó diez horas en canoa, para luego tomar desde el pueblo de Tournavista un avión hasta llegar al hospital de Pucallpa, y en donde la esperaba su padre para que contara en detalle cómo fue la historia que en cuestión de horas ya le estaría dando la vuelta al mundo.</p>
<p>Juliane aportó las pistas para desandar sus pasos y conducir a los rescatistas al lugar del siniestro. No había indicios de ningún otro sobreviviente, y aunque luego se supo de al menos unas trece personas que consiguieron sobrevivir al impacto, pero que no lograrían sobreponerse a las heridas o vencer a la impenetrable selva. Y así ocurrió con la madre de Juliane, cuyo cadáver fue hallado casi veinte días después de sucedido el accidente.</p>
<p>Años después Juliane Köepcke relatará su historia inverosímil en un libro que sería también llevado al cine y que tituló: <em>Cuando caí del cielo. </em>Confiesa que las pesadillas la persiguieron durante años, las imágenes últimas de su madre aferrada a su mano, y la pregunta que no la dejará descansar nunca: “¿Fui yo la única sobreviviente?” resuena todavía en su cabeza, y lo hará para siempre.</p>
<p>“Esto es el fin, se acabó”, esa fue la sentencia lapidaria de su madre, pero no sucedió así para ella. Su vida siguió. Juliane se instaló en Munich y durante años los periodistas, reporteros y cronistas la acecharon más que las fieras de la selva. Ella quiso mantenerse reservada, estudió zoología y biología, especializándose en mamología y en murciélagos, y en la actualidad se desempeña como bibliotecaria de la Colección zoológica del Estado de Baviera. También busca financiación para la protección de la reserva natural y las investigaciones de la Fundación Panguana.</p>
<p>En el año 2000 Werner Herzog realizó una película inspirada en estos sucesos, y que tituló <em>Wings of hope, </em>película que no hubiera existido o al menos no hubiera sido contada por él, de no haber sido por esa costumbre de llegarle siempre impuntual a su cita con la muerte.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 08 Dec 2023 13:41:35 +0000</pubDate>
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        <title>Quispe Sisa (1518-1559)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Cuando Francisco Pizarro desembarcó en las costas de América, el imperio inca ya había logrado ensanchar sus dominios hasta la actual Bolivia, así como abarcar el norte de lo que es hoy Chile y también de Argentina. Para ese momento lideraba el sapa Huayna Capac, que a su vez continuaría la campaña expansionista de su [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Cuando Francisco Pizarro desembarcó en las costas de América, el imperio inca ya había logrado ensanchar sus dominios hasta la actual Bolivia, así como abarcar el norte de lo que es hoy Chile y también de Argentina. Para ese momento lideraba el <em>sapa</em> Huayna Capac, que a su vez continuaría la campaña expansionista de su imperio, anexándole parte de los territorios que hoy comprenden los países de Ecuador y Colombia. Huayna Capac tenía dos hijos, Huáscar y Atahualpa (éste último quien lo sucedería al trono y que sería también el último del imperio) cuando visitó la zona dominada por la poderosa etnia de los <em>huaylas,</em> y en donde el <em>sapa </em>inca se entrevistaría con el <em>curaca </em>(señor del lugar), y quien decide dar a su hija Contarhuacho en matrimonio para así estrechar los vínculos de amistad con los incas. Los incas no tenían reparos para permitirse la poligamia, y fue así como Quispe Sisa nacería para ostentar el título de <em>ñusca </em>(noble del imperio), producto de la unión de un rey poderoso y de una distinguida princesa. La cortesana pasó su infancia en Cuzco, sede principal del imperio, para luego mudarse con su madre a Tocash, en la región de los <em>huaylas, </em>ya que Contarhuancho no se encontraba del todo conforme con ser tratada como la segunda esposa. Pero a la muerte del <em>sapa, </em>Quispe prefiere retornar a la corte, para reunir un grupo de nobles incas que la acompañen al norte de Perú, a la ciudad de Cajamarca, donde los españoles mantenían cautivo a su hermano, el legendario guerrero Atahualpa. Pese a su condición de recluso, el líder inca mantenía una relación cordial con sus enemigos, quienes le tenían permitido ser visitado por familiares y hasta por sus propios generales. En una de estas visitas Pizarro conocería a la agraciada media hermana de Atahualpa, y en un gesto de amistad, queriendo revertir su suerte de condenado y establecer un parentesco que disuadiera a Pizarro de mantenerlo encadenado, el prisionero, tal cual rezaba la costumbre, le ofrecería a Quispe para que la desposara. Estas fueron sus palabras: “Cata ay mi hermana, hija de mi padre, que la quiero mucho.” Quispe tenía 18 años cuando pasó a convertirse en la esposa de un español aventurero, un conquistador de tierras que aprovechó el paso por este nuevo mundo para colonizar el corazón de una nativa. Para consumar una boda formal que avalara la iglesia cristiana, era preciso que la indígena fuera bautizada por medio del ritual católico, en una ceremonia luego de la cual adoptaría el nombre de Inés, como una manera de honrar el nombre de la hermana de su esposo. Según se dice la <em>ñusta </em>gozaba de un encanto y una belleza que destacaba entre las demás mujeres. El español no la tenía avasallada como cualquiera podría esperar, y antes bien, la presentaba como a su esposa acompañándolo en los distintos espacios, fuera en la mesa o en el cuartel general. De cariño le llamaba “Pizpita”, por lo simpática y coqueta que le resultaba su feminidad. Con ella tendría una niña llamada Francisca, y un niño llamado Gonzalo y que moriría antes de cumplir los 11 años. Ambos hijos fueron reconocidos años más tarde como legítimos por parte del rey Carlos I en Real Cédula expedida en Monzón, Huesca. Pero en 1536 la relación se vería atacada, cuando Manco Inca Yupanqui se rebela contra los españoles y asedia la ciudad de Lima. Algunas versiones dicen que Quispe envió un comunicado a su madre pidiéndole el apoyo de los ejércitos para auxiliar a Pizarro, y otra versión asegura que la Pizpita haría parte de la conspiración y que incluso tenía planes de fugarse con un cargamento repleto de tesoros. Sea cual sea la versión que corresponde a la realidad, su esposo sospechaba de la lealtad de su mujer, y de esta forma se inclinaba más por la segunda. Aludiendo a estos motivos, el conquistador se separa de Quispe y muy pronto se une en matrimonio a Angelina Yupanqui (hermana de Huáscar y Atahualpa), con quien tendría un tercer hijo americano llamado Francisco. Así mismo, en 1538 la indígena encontraría a un nuevo marido con quien se casó por la iglesia cristiana, también español y tocayo de su exesposo, un joven siete años menor que ella de apellido de Ampuero, y con quien tendría tres hijos. En 1541 muere el mítico conquistador Francisco Pizarro, y aunque deja parte de su herencia a su hija Francisca, se olvida de mencionar a su madre, y es así como omite legar algo a su antigua mujer, y la que en un principio le robaría su corazón aventurero. Para 1547 su relación matrimonial estaba yéndose a pique, y más cuando fuera sindicada por su esposo de estar perpetrando rituales de hechicería y celebrando conjuros para perjudicar su salud. Sin embargo Quispe morirá antes de que se iniciara algún juicio en contra suya o de que sus maleficios tuvieran algún efecto sobre el esposo que bien le sobreviviría. Fue el propio padre de sus hijos quien colaboró en gran parte a la extinción de una civilización milenaria, dejando un mundo distinto, perturbado por las ideologías del progreso europeo. Álvaro Vargas Llosa, hijo del Premio Nobel de Literatura, dedicó un libro a Quispe Sisa publicado en el 2003, y que tituló <em>La mestiza de Pizarro: una mestiza entre dos mundos. </em>Sus hijos, los criollos, gozarían de riquezas y de alto prestigio; en su línea sanguínea se cuentan reyes y mandatarios y figuras notables de las noblezas argentinas y bolivianas, así también como dominicanas y españolas, y desde luego peruanas.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-83202" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/04/178.-QUISPE-SISA-180x300.jpg" alt="QUISPE SISA" width="180" height="300" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 01 Jul 2022 09:49:16 +0000</pubDate>
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