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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Sun, 12 Apr 2026 21:37:07 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de La Violencia | Blogs El Espectador</title>
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        <title>El libro que nos pide pasar la página de La Violencia para construir civilidad</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/el-libro-que-nos-pide-pasar-la-pagina-de-la-violencia-para-construir-civilidad/</link>
        <description><![CDATA[<p>¿Sabemos con certeza desde cuándo empezamos a matarnos los colombianos entre nosotros y cuál es el inventario real de la barbarie? ¿Importa más el número de muertos que nuestra voluntad para torcer ese trágico destino? ¿Hasta cuándo vamos a cargar con el luto sin cambiar la historia?</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Carlos Roberto Pombo, autor del libro “Demografía, violencia y urbanización”. Fotografías: cortesía Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá. </em></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-36b27c17a8aa30369be7a8a89915d1ca"><strong><em>&#8220;Cuando se impone la civilidad, emergen la solidaridad y la fraternidad. Y cuando vence el conflicto, se expanden por las calles la agresión y la desesperanza&#8221;:</em> Carlos Roberto Pombo, escritor. </strong></p>



<p>¿Podemos encontrar razones para no seguir matándonos? </p>



<p>Siempre he tenido curiosidad por saber quién escribe y quién valida la Historia oficial de Colombia, la historia verdadera que se les debe contar a los chicos en los colegios y a los muchachos en la universidades.</p>



<p>Un nuevo libro, que se puede descargar gratuitamente desde internet, desvirtúa la fama de pueblo violento que nos persigue desde <em>La Violencia</em> (ese periodo que se alarga entre 1948 y 1964); fama que los propios colombianos hemos alimentado, hay que decirlo, y que hemos dejado crecer por cuenta de nuestra versión muy criolla de las siete plagas de Egipto: guerrillas, narcos, paramilitares, disidencias, bandas criminales, delincuencia común y, últimamente, crimen trasnacional.</p>



<p>Me viene a la mente la frase que pronunció el padre <a href="https://x.com/ComisionVerdadC/status/1301582417011105792?lang=es">Francisco de Roux</a>, siendo presidente de la Comisión de la Verdad: “Si hiciéramos un minuto de silencio por cada una de las víctimas del conflicto armado, el país tendría que estar en silencio durante 17 años”: Esa regla de tres totaliza casi diez millones de seres humanos: Haga de cuenta como si un día desaparecieran todas las personas de Bogotá y de&nbsp;algunos de sus municipios vecinos.&nbsp;</p>



<p>Cuesta creer algo semejante, porque no siempre se tienen cifras oficiales ni confiables sobre nuestra propia Historia, somos más bien esa sociedad que se mueve a sus anchas en el terreno de las especulaciones. La época de <em>La Violencia</em> es el mejor ejemplo. Existe al menos una docena de versiones sobre el saldo final de víctimas que la bronca entre liberales y conservadores arrojó a los cementerios durante esos dieciséis años.</p>



<h2 class="wp-block-heading"></h2>



<p>No obstante, alienta saber que todavía hay en el país un espacio para la esperanza y que, sin negar nuestro pasado luctuoso, podemos abrazarlo con una mirada más optimista que nos permita cambiar el chip de la derrota colectiva. Se lo escuché el otro día al arquitecto bogotano Carlos Roberto Pombo Arquitecto, quien es además experto en el desarrollo histórico, físico y demográfico de Bogotá: “La narrativa de que somos un país violento nos ha nublado la posibilidad de construir una ciudadanía y una civilidad más eficaces. Entendemos la civilidad como ese sentimiento profundo que permite la relación armónica entre ciudadanos&#8221;. </p>



<p>Bajo esas consideraciones, y con paciencia de relojero, este hombre se dio a la tarea de investigar por qué hay tantos datos, y tan contradictorios entre sí, sobre la violencia política; también indagó si aquel fenómeno social llenó a Bogotá de familias de desplazados o qué otras causas alentaron las migraciones del campo a las ciudades. &nbsp;&nbsp;</p>



<p>El primer hallazgo sorprende: las víctimas de la violencia bipartidista no habrían sido 300 mil, ni siquiera 200 mil, que son las cifras más altas que se conocen, sugeridas por los respetadísimos sociólogos Eduardo Umaña Luna, Germán Guzmán Campos y Orlando Fals Borda en su documentada obra “La Violencia en Colombia” (1988).</p>



<p>“Fueron 48 mil los muertos”, dice un categórico Carlos Roberto Pombo ante un atestado auditorio del Parque Museo El Chicó de Bogotá donde presentó su libro <strong>“Demografía, violencia y urbanización”</strong>, que compila los resultados y análisis de sus pesquisas, publicación que cuenta con el respaldo de la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, que hoy preside.</p>



<p>Para llegar a esta conclusión, se basó en los estudios que hicieron para el Banco de la República los economistas Adolfo Meisel y Julio Romero, quienes cuantificaron el número de homicidios entre 1945 y 1969, al reconstruir la demografía (datos de población) del período 1938-1973, valiéndose de técnicas estadísticas con rigor metodológico.</p>



<p>Como soporte el libro aporta 33 gráficas y ocho tablas elaboradas por el autor.</p>



<p>Atravesar las 142 páginas de esta obra permite conocer, entre otras cosas, las razones que llevaron a que la población de Bogotá se multiplicara por cinco en la década de 1960 (época en que, además, <a href="https://www.elespectador.com/bogota/opinion-demografia-de-la-violencia-y-la-urbanizacion">aumentó la esperanza de vida</a><strong> </strong>en el país), y más que nada para entender donde se cruzan la historia de Colombia y la historia de Bogotá, que es la historia de un país que poco a poco se ha ido desprendiendo de su alma rural para abrazar un espíritu más urbano, con lo bueno y lo malo que eso supone. &nbsp;</p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>“La migración a las ciudades obedeció principalmente a la diferencia de ingresos que percibían los trabajadores del campo y los de la ciudad&#8221;: Carlos Roberto Pombo.</strong></h2>



<p>El otro tema central del libro tiene que ver con esta pregunta: ¿Fue <em>La Violencia</em> la causa principal -o la única causa- que disparó el crecimiento demográfico de Bogotá?&nbsp; Otra vez la respuesta de Pombo es un rotundo no. Lo relata así: <em>“La inmigración a la ciudad empezó en 1938, es decir que fue anterior al periodo conocido como La Violencia, y aunque no se excluye este fenómeno, no fue la causa principal de estos flujos migratorios”.</em></p>



<p>Nos acostumbraron a contar los muertos, nos volvimos expertos en inventariar nuestros dolores;&nbsp;al final del día, tal vez las cifras no importen tanto, porque lo que debe importar son las vidas que se pierden para que no se sigan perdiendo. Lo dijo en 2020 el padre de Roux: “No quiero que hablemos de números, cada una de esas personas es básicamente una campesina, un indígena, su sangre quedó en nuestra tierra, cada uno de ellos era la esperanza de sus comunidades”.</p>



<p>Entonces, tal vez sea hora de pasar la página: dejar a los muertos en paz y más bien ponernos a buscar razones mayores para no seguir matándonos, que es lo que propone Carlos Roberto Pombo con su libro: avanzar en la construcción de una nación civilizada. En otro de sus<em> libros, “Bogotá asediada siglo XIX”, </em>afirma lo siguiente: <strong>“La civilidad, que es fraternidad y solidaridad, es el antídoto certero contra la violencia”.  </strong></p>



<p>Entre tanto, podemos agradecer que una generosa Bogotá, con todo y sus problemas, siga abierta de par en par para los extraños de todas partes.</p>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color wp-elements-bd57a05eca499e77394deb1c632542c9"><strong>Descargue gratis <a href="https://www.construyendocivilidad.com/Componente%20poblacional/Conflicto%20-%20civilidad/%20Demograf%C3%ADa:%20violencia%20y%20urbanizaci%C3%B3n">aquí</a> el libro “Demografía, violencia y urbanización”, tercer tomo de la colección<em>&nbsp;</em>“Construyendo civilidad”.&nbsp;</strong></p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=116035</guid>
        <pubDate>Sun, 25 May 2025 13:03:08 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/05/20084753/ZETA-CARLOS-ROBERTO-POMBO.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[El libro que nos pide pasar la página de La Violencia para construir civilidad]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>El relato pavoroso de Daniel Ángel sobre un campo de exterminio en Colombia</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/relato-pavoroso-daniel-angel-campo-exterminio-colombia/</link>
        <description><![CDATA[<p>“… el mundo siempre encuentra una forma de quitarnos las ganas de vivir”: Daniel Ángel, escritor colombiano. Desde la embestida de los conquistadores, Colombia no ha dejado de chorrear sangre, como si mantuviéramos  un pañuelo en una mano y en la otra una pala para enterrar los restos de la barbarie. Tras brevísimos descansos otra [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<blockquote><p><strong>“… el mundo siempre encuentra una forma de quitarnos las ganas de vivir”: Daniel Ángel, escritor colombiano. </strong></p></blockquote>
<p>Desde la embestida de los conquistadores, Colombia no ha dejado de chorrear sangre, como si mantuviéramos  un pañuelo en una mano y en la otra una pala para enterrar los restos de la barbarie. Tras brevísimos descansos otra vez nos arropa la carnicería, de frente o por la espalda: a cuchillo, a machete o a plomo, con motosierra, con fusil, con bombas incendiarias que llueven del cielo “como granizo gigante”. Quedan los muertos que flotan destajados río abajo, los muertos de nadie en las fosas comunes, los muertos colgando de los árboles con sus vientres abiertos, los muertos hechos polvo en hornos crematorios clandestinos…</p>
<p>Si fuéramos una pintura en la galería de la infamia, seríamos un camposanto donde solo hay viudas y huérfanos o un campo de concentración (recordándonos la sevicia de Hitler y su hambre por exterminar judíos), con bombas de napalm, (de las mismas que se lanzaron en 1972 durante la Guerra de Vietnam,  de la cual sobrevive <a href="https://www.nytimes.com/es/2020/02/19/espanol/opinion/fotografia-tragedias.html"><strong>la foto icónica</strong></a> de niños vietnamitas huyendo despavoridos de los bombardeos), porque cualquiera de las dos escenas delatan nuestra propia insensibilidad. Sí, leyó bien: campo de concentración y bombas de napalm, ¡pero en Colombia!</p>
<p>Vamos al principio. Se cumplen setenta años del golpe de Estado del general Gustavo Rojas Pinilla, (13 de junio de 1953), el único dictador militar que tuvo Colombia en el siglo veinte, responsable junto con los militares de los asesinatos y desapariciones de inocentes en lo que se conoció como la guerra de Villarrica, al oriente del Tolima, donde acribillaron y calcinaron a campesinos indefensos, al tiempo que godos y liberales se mataban. Destituido el dictador, los partidos tradicionales se inventaron el Frente Nacional para turnarse el poder mientras la nación continuó -y continúa- desangrándose a través del pellejo de los más débiles.</p>
<blockquote>
<ul>
<li><strong><em>“Fue en ese momento cuando empezamos a encontrar tantos y tantos cuerpos quemados, muchos hombres, mujeres, niños, ancianos quemados, pero vivos, y qué más íbamos a hacer nosotros sino pegarles los tiros de gracia para que no sufrieran más”. </em></strong></li>
</ul>
</blockquote>
<p>Quien mejor cuenta nuestras desgracias es el escritor Daniel Ángel (Bogotá, 1985), que transformó la historia en una novela desgarradora y cinematográfica. Con la pericia de un sabueso, buscó y rebuscó aquí y allá hasta juntar material disperso: manuscritos, fotografías, recortes de prensa, entrevistas, viajes a los escenarios reales y toda clase de mapas. Con todo, narró lo inenarrable en las 624 páginas (dos tomos) que conforman la saga de <a href="https://www.bajalibros.com/CO/Sepultar-tu-nombre-I-Sangre-en-Daniel-Angel-eBook-2179894?frstPGI3R=aHR0cHM6Ly93d3cuZ29vZ2xlLmNvbS8=">“Sepultar tu nombre”</a>, publicada por el sello editorial Seix Barral.</p>
<p>Al atravesar con sigilo la siguiente página, con la piel de gallina y sin haber superado el impacto de las imágenes anteriores, lo peor siempre está por suceder. La parábola del sufrimiento incesante.</p>
<blockquote>
<ul>
<li><strong><em>“Las cabezas las encontraban arrojadas en riachuelos o en medio de los potreros y sin orejas, por eso se les prohibió a los niños jugar en las riberas y a las mujeres usar su agua para cocinar”.</em></strong></li>
</ul>
</blockquote>
<p>Una vez bautizado por la pluma de Daniel Ángel, el lector no querrá escabullirse: El relato estremece y amilana; se contiene el aliento, dan ganas de llorar de impotencia, de atajar a los criminales o beber con la misma sed de venganza de los otros, mientras el horizonte se tiñe con un rojo sangre <em>“como si durante la noche hubieran masacrado a cientos de ángeles en el cielo”. </em></p>
<p>Allá donde vaya, Daniel Ángel llega con su sombrero de fieltro y una sonrisa tranquila, su pinta de profesor de literatura -que lo es-, a veces  con cigarrillo en la mano y algún poema en la maleta; parece otro  personaje de sus novelas. Sin haber cumplido los 40 años, ya es un escritor de La Violencia: “Montes de María”, “Rifles bajo la lluvia” y, la más reciente, “Sepultar tu nombre”, aparte de otra obra, “Silva”, que cuenta el último día del poeta José Asunción Silva, aquel 24 de mayo de 1896, cuando quemó su corazón de un tiro.</p>
<p>Volvamos al monte y a la ciudad, escenarios de “Sepultar tu nombre”. Cual fantasma, atravesando toda la obra, aparece Erasmo Soler, que es a la vez el Teniente <em>Sombralarga</em> y a la vez León Villa Paz. ¿Por qué? Es el misterio a desentrañar. “Sepultar tu nombre” también es la novela de amor de Ulises Villa (¿o, más bien, de sus amoríos difíciles?). —<em>“Isabel es bella, es buena y no quiero dañarla, ya suficiente tengo conmigo, con esta pulsión por autodestruirme”.</em> Es la novela sobre la búsqueda de Carlos León, su hermano que desapareció siendo niño; Carlitos pudo ser cualquiera de los más de tres mil niños que fueron separados a la fuerza de sus padres y luego desplazados, (que así lo documentó  Gabo, siendo corresponsal de guerra de <a href="https://www.elespectador.com/colombia/mas-regiones/el-drama-de-3000-ninos-desplazados-article-382272/"><strong>El Espectador</strong></a> en su propio país) pero Carlos León creció siendo víctima y victimario, como si esa dualidad explicara una identidad nacional irracional, ¿acaso congénita?, sin que podamos despojarnos de ella.</p>
<p>Todo trascurre mientras el horror anda desatado: aviones como aves metálicas que escupen salivazos de fuego, mujeres violadas a la vista de los demás, la matazón en una parroquia, muertos atravesados sobre mulas, “unos encima de otros, todos decapitados”, hombres lanzados vivos desde un puente para que se los trague el río Sumapaz, la matanza de una familia el mismo día en que la esposa daba a luz, policías envueltos en llamas a los que dejan <em>“morir abrasados para ahorrar balas”,  </em>el hombre con esquirlas de una bomba que, retorciéndose de dolor dentro de una fosa, muere al cabo de dos días <em>“porque ninguno estuvo dispuesto a darle el tiro de conmiseración”,</em> las ochos líneas de la  “Oración del odio”, las casas incineradas con gente viva en su interior, <em>“como si a esa tierra hubiera llegado el fin del mundo” </em>o caminos con “<em>cadáveres de liberales sin orejas o con el pene dentro de la boca”. </em></p>
<p>En resumidas cuentas, todas las manifestaciones posibles de la maldad y la vileza. Una lectura para los vivos y para los que todavía no han nacido. Una novela histórica que reivindica lo efímero del periodismo, llevándolo a la categoría de literatura.  Usando las palabras de Gabo, Daniel Ángel ha cumplido la misión del escritor en la tierra: <em>“ponerles los pelos de punta a sus semejantes”. </em> Pero una cosa es decirlo y otra cosa es leerlo. Leerlo para no olvidar que esto sí pasó y no debería pasar más, a ver si algún día por fin  la vida y las personas tienen un valor y se nos permite morir pero de muerte natural.</p>
<blockquote>
<ul>
<li>“La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas”: <em>Gabriel García Márquez, (“Dos o tres cosas sobre la novela de La Violencia”, octubre de 1959).</em></li>
</ul>
</blockquote>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=95108</guid>
        <pubDate>Sun, 18 Jun 2023 02:50:39 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El relato pavoroso de Daniel Ángel sobre un campo de exterminio en Colombia]]></media:description>
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        <item>
        <title>Totó la Momposina (1940)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/toto-la-momposina-1940/</link>
        <description><![CDATA[<p>En la aldea de Talaigua existe un pueblito ubicado al interior de una isla situada en el descomunal río Magdalena, ese río que nace en los Andes y desemboca en el Mar Caribe. El pueblito tiene el nombre de Mompox, y de allí que Sonia Bazanta Vides haya elegido el seudónimo de “Momposina”. Ella es [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En la aldea de Talaigua existe un pueblito ubicado al interior de una isla situada en el descomunal río Magdalena, ese río que nace en los Andes y desemboca en el Mar Caribe. El pueblito tiene el nombre de Mompox, y de allí que Sonia Bazanta Vides haya elegido el seudónimo de “Momposina”. Ella es una mezcla racial de aborígenes y españoles, cuando en el siglo XVI los indígenas rehuyeran a los conquistadores refugiándose en lo más profundo de los bosques, pero en años posteriores conseguirían mezclarse, comenzando de esta manera una nueva cultura sincrética, nutrida de dos mundos. Esta identidad pudo reconocerla siempre la cantautora colombiana: “La música que yo hago tiene sus raíces en una raza mixta; siendo africana e india, el corazón de la música es completamente percutiva.” Y es que estos ritmos de los tambores no sólo se alojaban en sus genes ancestrales, ya que los encontraría en la primera línea sanguínea junto al par de músicos que fueron sus padres. Así mismo la música en su familia tanto por vía materna como por vía paterna se remonta a varias generaciones. El abuelo Bazanta era un experto en el clarinete y director de una banda en Magangué, su padre era percusionista y su madre cantante y bailarina. De esta forma toda su familia vivía en torno a los ritmos de la música de la costa Caribe, siendo ella el fruto más fino de una dinastía que alcanzaría su fulgor toda vez que fuera la receta perfecta, el conjunto y el bagaje de un conocimiento legendario, y que desde muy joven quiso explayar al permitirse recorrer los distintos parajes de la costa Atlántica, indagando y conociendo de los pueblos caribeños las distintas formas de hacer música, así como sus tradiciones y costumbres propias. Momposina era ya una prometedora cantante y bailarina, contaba con la belleza, la fuerza y el talento, y ahora lo único que quedaba era pulir ese diamante en bruto hasta lograr sacarle todo el brillo. En Talaigua tendría a Ramona Ruíz como su mentora. Se trataba de una cantadora y voz líder del Chande, que eran las fiestas de la comunidad, y cuyos bailes interpretaría años más tarde Totó la Momposina sobre los escenarios de todo el mundo. Siendo todavía una adolescente, Totó integra una banda familiar que cobró cierta notoriedad a nivel local, ya que solían hacer apariciones frecuentes en <em>Acuarelas, </em>un conocido programa televisivo que se emitía cada sábado y en el que la familia bailaba al son del mapalé, el bullerengue y la cumbia. Por esos años Colombia estaba viviendo un conflicto que luego sería conocido como el período de La Violencia, donde liberales y conservadores se asesinaban por montones, y sería debido a este conflicto que la familia de los Bazanta Vides tuvo que mudarse a Barrancabermeja. Era un ambiente de terror, y en su infancia era común que Totó se topara en las calles con los muertos que habían dejado los tiroteos recientes, por lo que la familia tuvo que trasladarse a Villavicencio y un tiempo después instalarse finalmente en la capital. Su madre quiso mantener encendida la llama de la música, por lo que llevaría consigo todo el arsenal de instrumentos autóctonos del Caribe, e hizo de su casa en el barrio Restrepo un espacio de encuentro donde acudían los más prestantes músicos del folklor Caribe y que residenciaban en Bogotá. Tal es el caso de Pacho Galán, Lucho Bermúdez, Aníbal Vásquez, Los Gaiteros de San Jacinto, entre otros. Su hogar también sirvió de hogar para estudiantes que provenían de la costa y que no tenían dónde alojarse o a quién acudir. Totó estudió en el conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia y luego de su graduación comenzaría a darle forma a su producto propio. Combinó sus raíces y revitalizó los ritmos de la gaita, el porro, el sexteto y la chalupa. Supo integrar a sus espectáculos el sensual y cadente baile de la cumbia con el colorido de sus trajes, mezcla de la cultura indígena y española. La danza sugiere un cortejo en donde las mujeres sostienen una vela encendida en una de sus manos mientras los hombres esperan por su encuentro cercándolas en un corrillo. Sería así como su propuesta permitió que su país y el mundo entero se enterara de una pieza de arte que hasta el momento parecía desconocida. Fue ella quien hizo conocer la cumbia en todo el mundo, y su música estuvo acompañada por las letras tradicionales que expresaban las costumbres y el repertorio oral de los pueblos caribeños, acabando de darle forma a un producto genuino y digno de ser reconocido en todo el mundo. Su música se fue a recorrer los distintos países y junto a su grupo musical se iría de gira por Polonia, Suecia, Yugoslavia, Inglaterra, la Unión Soviética, la República Democrática Alemana y también en Alemania Occidental. En 1982 Gabriel García Márquez la invitó junto a una comitiva cultural para que lo acompañara durante la premiación del Premio Nobel en la ciudad de Estocolmo. Muchos creían que la comitiva pudiera resultar ridiculizada, pero contrario a esto gozó de la aceptación del público que disfrutó con un espectáculo que les ofrecía la música decantada de los pueblos del Caribe colombiano. Ese mismo año grabó un disco en Francia, <em>Totó la Momposina y sus tambores, La Colombie,</em> y se matriculó en la Universidad de La Sorbona, en París, para luego viajar a Centroamérica y profundizar sus estudios en Santiago de Cuba. En 1989 lanza un álbum patrocinado por el colectivo boliviano <em>Boliviamante, </em>y en 1991 participa de varios festivales en diversos países tales como Japón, Canadá, España, Finlandia y también en México, donde se presentó en los festivales de Cervantino de Guanajuato y en el de La Música del Caribe en Cancún. Pero sería en 1993 por medio de la fundación Peter Gabriel y el sello discográfico Real World Records cuando el álbum <em>La Candela Viva </em>vería la luz, y con este gran éxito el pleno reconocimiento mundial de la música que mejor sabía interpretar el folklor colombiano. En 1992 viaja a Sevilla para representar a Colombia en la Feria Mundial, y de la mano de MTM Colombia publicará dos álbumes de gran éxito: <em>Carmelina </em>de 1995 y <em>Pacantó </em>de 1998. En 1999 es galardonada con los Congos de Oro del Festival de Barranquilla en la categoría “Lo nuestro”, premio con el que volvería a alzarse una década después. Para 2002 es nominada al Premio Grammy Latino en la categoría Mejor Álbum Tropical Tradicional por <em>Gaitas y Tambores. </em>En el 2006 se le distinguió con el premio a la trayectoria del Festival Womex, que “rinde homenaje a los artistas que han desarrollado un trabajo destacado de influencia en la vida cultural de su país y con proyección al mundo entero.” Para el 2009, con el apoyo de Astar Artes, lanza su álbum <em>La bodega, </em>y al año siguiente sería invitada a participar de la conmemoración del Bicentenario de Argentina, donde se reunirá con un selecto grupo de músicos latinos. En 2013 se le otorgó el Premio Grammy Latino Especial a la Excelencia Musical, y que le concedieron como un reconocimiento a su trayectoria excepcional y a su importante contribución artística. Dos álbumes más recientes: <em>Tamborero </em>con Real World Records, y del 2014 <em>El asunto, </em>con la producción de Sony Colombia. A lo largo de su carrera se ha reunido con personajes notables y con quienes ha compartido canciones y espectáculos: Gilberto Gil, Calle 13, Pablo Milanés, Jorge Celedón, Manu Chau, Carlos Vives y León Gieco, por citar algunos. En el 2017 la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia le concede el título de Doctora Honoris Causa. Totó la Momposina es reconocida, sin dudarlo, como una de las figuras más importantes y representativas de Colombia.</p>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-85473" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/08/218.-TOTÓ-LA-MOMPOSINA.jpg" alt="TOTÓ LA MOMPOSINA" width="259" height="194" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=85472</guid>
        <pubDate>Fri, 31 Mar 2023 21:42:29 +0000</pubDate>
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