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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Jorge Eliécer Gaitán Archives | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Honrar no es usar: sobre el legado de Miguel Uribe</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-conspiracion-del-olvido/honrar-no-es-usar-sobre-el-legado-de-miguel-uribe/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hoy abrimos la puerta de la conspiración del olvido al pensamiento de nuestro joven e intelectual jurista e internacionalista, Tomás Francisco Flórez Romero, quien, con su exquisita y renovadora pluma, nos lleva al legado de Miguel Uribe y a la manera como las banderas enarboladas tras su muerte pueden ser feriadas por quienes quedamos vivos: [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><em>Hoy abrimos la puerta de la conspiración del olvido al pensamiento de nuestro joven e intelectual  jurista e internacionalista, Tomás Francisco Flórez Romero, quien, con su exquisita y renovadora pluma, nos lleva al legado de Miguel Uribe y a la manera como las banderas enarboladas tras su muerte pueden ser feriadas por quienes quedamos vivos: algunos, con júbilos; otros, con glorias apaciguadas u oportunismo</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>La opinión de Tomás Flórez abre, así, una reflexión sobre la moralidad y apela a la ética en tiempos convulsionados, en los que los magnicidios han vuelto a tocarnos. Pero, sobre todo, apela, con bondad, a la justicia, a la restauración y a la unidad.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>En buena hora, y precisamente en estos momentos, necesitamos escuchar al futuro de Colombia, que, con su opinión, nos devuelve la esperanza y restaura la fe en nuestra amada patria.</em></p>



<div class="wp-block-group is-nowrap is-layout-flex wp-container-core-group-is-layout-f56f613f wp-block-group-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="428" height="571" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/Tomas-Francisoc-Florez-2.jpg?quality=60&amp;w=428" alt="Tomas Francisco Flórez Romero" class="wp-image-133823" style="width:229px;height:auto" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/Tomas-Francisoc-Florez-2.jpg 428w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/Tomas-Francisoc-Florez-2.jpg?resize=225,300 225w" sizes="(max-width: 428px) 100vw, 428px" /></figure>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">Por Tomás F. Flórez Romero</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estudiante de Relaciones Internacionales y Jurisprudencia | Universidad del Rosario</p>
</blockquote>
</div>



<p class="wp-block-paragraph">Un sábado 7 de junio de 2025 se selló y se cerró el destino de una persona. En aquel instante, unos viles y cobardes dispararon en un barrio de Fontibón, se hizo inevitable y universal aquello que, por excelencia, define la vida: un desapacible magnicidio. En ese mismo lugar donde todo se decanta de una manera definitiva, donde incluso lo divino parece perder su arraigo, se cruzó la vida de una esperanza para nuestro país, destinada a acabarse por la cobardía de los grupos criminales o, incluso, por la responsabilidad mezquina del Gobierno complaciente de turno. Ahí, con todo el dolor, estaba Miguel Uribe Turbay.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy, a un año y dos meses de aquel inexorable desenlace, en el marco del Summit de Liderazgo Valiente, tuvimos la oportunidad de honrar, una vez más y de manera pletórica, la vida de Miguel Uribe Turbay y cada uno de los rasgos que nos dejó como ejemplo para la construcción de un país mucho más justo, elevado en valores y principios que no son negociables.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para ninguno de nosotros puede ser indiferente la historia de Miguel ni los percances que tuvo que atravesar a lo largo de su vida: el asesinato de su madre, Diana Turbay, durante un fallido operativo de la Policía Nacional; la persecución que sufrió su padre, el señor Miguel Uribe Londoño; y la permanente pretensión de sus contradictores de reducirlo a la condición de heredero de una tradición política por ser nieto del expresidente Julio César Turbay Ayala. Pero Miguel respondía a esas circunstancias con una convicción propia. En sus palabras: <em>“El servicio público no es un logro heredado, sino una decisión consciente de comprometerse con el destino del país”</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este evento estuvo presente el presidente de la República, Abelardo de la Espriella, y su presencia me abrió una inquietud que considero inevitable: ¿estamos realmente entrando en tiempos conscientes, en los que las nuevas figuras políticas asumen un compromiso auténtico con nuestra “<em>patria”</em>? Porque hoy son muchos quienes, desde sus propias posiciones políticas e ideológicas, levantan las banderas de Miguel y reivindican su nombre. Pero honrar su memoria no puede reducirse a pronunciar su nombre, utilizar su imagen o apropiarse de aquello que representó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquella afirmación puede ser bastante cuestionada, y no quiero que se me malinterprete. El Gobierno de Abelardo de la Espriella, en efecto, ha representado un cambio de 180 grados para el país. Se trata de un hombre que ha demostrado un talante decidido para adelantar sus propuestas, dispuesto a romper con el derroche y con la complacencia institucional a la que, en mi opinión, estuvimos acostumbrados durante cuatro años. También ha demostrado una determinación considerable para poner en jaque a los grupos al margen de la ley. Lo recalcó el señor De la Espriella durante su discurso de hoy: hizo referencia a la neutralización de alias «Robinson Gutiérrez», a quien las investigaciones de la Fiscalía y los comunicados oficiales han señalado como una persona presuntamente vinculada con la financiación y la planificación del asesinato de Miguel Uribe. De hecho, me atrevería a decir que el señor De la Espriella lo recalcó, sin exagerar, al menos cuatro veces. ¡Muy pertinente de su parte!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero es precisamente aquí donde quiero abrir el debate sobre la figura del presidente, y es a veces frustrante ver cómo el señor De la Espriella convierte reiteradamente la memoria de Miguel en parte de su propio relato político.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quiero dar un paso atrás y volver a las elecciones presidenciales de las cuales Miguel era precandidato. Quiero citar las palabras de su amigo y mi compañero, Andrés Forero: «<em>No sé si Miguel hubiera ganado las pasadas elecciones, pero tengo la íntima convicción de que, más temprano que tarde, él hubiera sido presidente de Colombia. Ya nunca lo sabremos, y eso ya no importa».</em> Y quizá tenga razón. Lo verdaderamente importante es observar cómo, después de un magnicidio tan menesteroso, se desenvolvieron las elecciones en Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la segunda vuelta —sin ánimo de faltar al respeto— nos encontramos frente a dos posibilidades políticas que, en buena medida, terminaron apelando a las palabras más atractivas y a las emociones más latentes, saltándose de forma olímpica los principios que Miguel tanto resaltó. Eran, en síntesis, ¡dos pusilánimes! El debate se fue perdiendo. Los principios de los líderes, las propuestas y los discursos fueron desplazados por la política del <em>clickbait</em>, el espectáculo mediático y la confrontación desembocando en una honda polarización nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vivimos, quizá, un tiempo de relativismo moral, como advertía el Dr. Álvaro Gómez Hurtado; un tiempo en el que se desdibuja la noción misma del bien y del mal, en el que la política pierde su dimensión ética, en el que prescriben los ideales y mueren los hombres. Ese mismo relativismo moral puede extenderse a cuestiones todavía más profundas: la concepción de Dios, de la vida y de la propia muerte. Y es precisamente frente a la muerte donde la figura de Miguel adquiere hoy una dimensión particular.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy puedo decir, con seguridad, que Miguel está más vivo que nunca en la memoria de quienes lo conocimos, de quienes creyeron en él y de quienes todavía encuentran en sus palabras una razón para pensar el futuro de Colombia. Pero, al mismo tiempo, no puedo dejar de preguntarme si nosotros, como sociedad, nos estamos desvaneciendo en aquello que el Dr. Luis Carlos Galán advertía desde los años ochenta: una profunda crisis moral.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una crisis que se manifiesta en la manera en que socavamos la dignidad humana, en que exponemos la muerte en bolsas blancas —y reconozco, por supuesto, el valor de los resultados militares y estratégicos del Gobierno—, pero esa no es la forma, presidente. No es la forma de darse rédito mediático y resaltar su circo permanente. Apelar a un populismo punitivo. Donde se manifiesta también ser el Gobierno de los «nunca» y terminar con los de «siempre»… Cuando incluso la fe cristiana corre el riesgo de ser reducida a un simple eslogan político. Así que, señores, no lo olviden: ¡viva Cristo Rey!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces pregunto: ¿dónde ha quedado la moral, la coherencia y los principios?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Alfonso López Pumarejo lo dijo hace muchísimo tiempo: «Este rasgo de nuestra democracia se ha ido marchitando con el transcurso del tiempo (&#8230;) El discurso en tono mayor, en la plaza pública o en el Parlamento, se hace cada día más escaso». Y quizá esa advertencia encuentre hoy una nueva resonancia en las palabras de Gaitán, cuando afirmaba que «malaventurados los que en el gobierno ocultan tras sus bondades las palabras de la impiedad». ¿Hasta cuándo, señores lectores, seguiremos profundizando la polarización en lugar de recuperar el tono mayor de la política, aquel en el que el debate público vuelve a estar guiado por principios y no por la confrontación ideológicamente sesgada?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y es precisamente desde esa preocupación que quiero dirigirme al presidente de la República. Sé que es un hombre preparado, un jurista que reconoce y respeta la Constitución. Pero precisamente por eso considero legítimo preguntarnos: ¿su elección fue verdaderamente el resultado de sus virtudes y de la confianza depositada en sus propuestas, o estuvo también atravesada por una estrategia política destinada a dividir al país, a enfrentarnos mediante el miedo y las diferencias ideológicas? No me cabe duda de que Miguel hubiera hecho de verdad una agrupación nacional. ¿Qué pensaría él al ver el país tan dividido ahora por egos y extremismos políticos?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque si algo debiese enseñarnos la historia de Miguel Uribe es que la política tiene que ser una discusión sobre el país que queremos construir y sobre los principios que estamos dispuestos a defender para hacerlo posible. Y quizá esa sea la pregunta que hoy debemos hacernos: después de Miguel, ¿qué clase de país queremos ser?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy vuelvo a sus palabras y con el sentimiento hondo de dolor de su partida: «Si con el porqué uno se lamenta, con él para qué uno se inspira». No sabremos los devenires de nuestra política actual, ni de cómo trabajará este Gobierno, al que también le deseo lo mejor, pero en el que siempre ha faltado, en mi opinión, principios, coherencia y moralidad. Y esa era la mayor certeza de Miguel: que, a pesar de todo, vale la pena creer en este país y trabajar incansablemente por él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como joven, la muerte de Miguel tocó mi puerta, y la muerte y la violencia siguen tocando la puerta de miles de colombianos más ahora. Solo quiero ver su vida como la creación de un símbolo que convoque un movimiento de restauración, como lo hacen unos buenos compañeros de Miguel y agrupaciones políticas y juveniles, pero no reducirlo a las banderas de un líder político.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Terminando con este tema tan abyecto de la muerte, en sus épocas de cuentista, el Dr. Gómez Hurtado afirmó: «No se preocupe por mi sufrimiento, lo que no duele no es la muerte, sino lo que va quedando de vida».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para mí… de vida política, por lo menos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Ramón García Piment</author>
                    <category>La conspiración del olvido</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133820</guid>
        <pubDate>Thu, 08 Oct 2026 13:29:03 +0000</pubDate>
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        <title>De chicha y enchichados: La historia de los odios políticos en Colombia</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/de-chicha-y-enchichados-la-historia-de-lo-odios-politicos-en-colombia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Un nuevo libro cuenta que la chicha y las chicherías, herencia indígena del periodo colonial, ayudaron a escribir la historia de la violencia política durante el siglo pasado. La radio y la oratoria hicieron su parte. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-1 wp-block-paragraph"><strong><em>“Colombia ha sido un país desangrado por una violencia alentada por líderes políticos, religiosos y sociales”:</em> Carlos Roberto Pombo, historiador.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Este libro debería leerse en colegios y universidades.&nbsp;Aparece en un momento clave en que los odios políticos andan desatados no solo en Colombia, sino en el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ubíquese en los años 30 del siglo XX. Imagine que Colombia es una persona. Piense en una criatura que, chicha&nbsp;o aguardiente en mano, se tambalea de la borrachera, mientras en la otra mano sostiene un arma; un machete, por decir algo. Esa persona departe con otras en una chichería de cualquier pueblo o ciudad, pongamos Bogotá. Todas escuchan a través de la radio los feroces discursos de unos políticos también feroces. En la mente de los radioescuchas hay sed de venganza. Los azules quieren comerse vivos a los rojos: conservadores y liberales son el agua y el aceite. Hay que hacerse matar. &nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">El libro&nbsp;<em>“Discordia y progreso: La primera mitad del siglo XX en Colombia”&nbsp;</em>recorre los acontecimientos, buenos y malos, que van desde la Guerra de los Mil Días hasta el Frente Nacional. Su autor, el historiador Carlos Roberto Pombo, actual presidente de la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, propone una tesis novedosa, según la cual tres elementos contribuyeron a la sinrazón: el consumo de licor, la oratoria política cargada de sectarismo y la radio que llegó para amplificar esos discursos y alborotar a las masas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue&nbsp;“la guerra civil no declarada entre el Partido Liberal y el Partido Conservador”, anota en el prólogo el escritor Juan Esteban Constain.&nbsp;<em>“No todos las muertes tuvieron una motivación política”</em>, aclara el historiador.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El Frente Nacional viene siendo el&nbsp;<em>mea culpa</em>&nbsp;de los dos partidos políticos tradicionales por los desmanes que ocasionaron, aunque al final lo que hicieron fue alternarse el poder. &nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Incluso se ejercía violencia contra los propios copartidarios. <em>“En algunos casos la filiación política de las víctimas no interesaba a los victimarios. Eso explica por qué hubo numerosas masacres llevadas a cabo por liberales donde los muertos eran liberales, y lo mismo ocurrió con aquellas perpetradas por conservadores donde los muertos eran conservadores”, </em>escribe el autor:</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-2 wp-block-paragraph"><strong><em>“La venganza alimentó, en gran medida, las masacres registradas durante la Violencia. La mayoría de ellas (…) para vengan la muerte de parientes ocurridas en hechos anteriores”: Carlos Roberto Pombo, autor del libro “Discordia y progreso”.</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Dicha confrontación tiene su génesis en la Guerra de los Mil Días, por cuenta del malestar que produjo en los liberales el gobierno conservador de Rafael Núñez, y en el que fue clave la intromisión de la iglesia y la fuerza pública. <em>“El ejército y la policía (…) intervinieron en política, tomaron partido más de una vez, intentaron usurpar el poder, e incluso dieron el golpe de Estado del 13 de junio de 1953”,</em> explica el historiador.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se necesitaron tres tratados para poner fin, en 1902, a la Guerra de los Mil Días que dejó a Colombia “sumida en la ruina económica”. Se habla de entre 80 mil y 300 mil muertos en una Colombia con apenas tres y medio millones de habitantes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay quienes piensan que la Violencia comenzó en las elecciones de 1930&nbsp;<em>“cuando el clero descalificó al candidato Olaya Herrera”,</em>&nbsp;que las ganó, lo&nbsp;que <em>“desató la persecución de los liberales triunfantes contra los conservadores vencidos”.</em>&nbsp;Un dirigente liberal ofreció&nbsp;<em>“generosas dosis de aguardiente y de cocaína”</em>&nbsp;a los campesinos, que gritaban:&nbsp;<em>¡”Godos miserables, somos nosotros los que ahora estamos en el poder!”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">La iglesia era la niña díscola metiendo la cucharada cuando todavía se le permitía.&nbsp;Los curas católicos hacían política con la sotana puesta.&nbsp;<em>“Monseñor Miguel Ángel Builes (…) llegó a afirmar desde el púlpito (…) que ser liberal era pecado”. “…el liberalismo es esencialmente malo”, </em>dijo en la pastoral de 1931.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuenta el autor que el mismo sacerdote publicó una proclama en el diario El Siglo, de filiación conservadora:&nbsp;<em>“Si sois cristianos y católicos, A VOTAR POR LOS CANDIDATOS QUE DEN GARANTIAS A VUESTRA RELIGIÓN, a vuestras creencias, y aún más, que no entreguen después la patria misma a los poderes extraños, a la Rusia soviética, al comunismo internacional”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1936, la reforma a la&nbsp;Constitución&nbsp;del 86 separó&nbsp;Iglesia y Estado,&nbsp;y trajo la libertad de cultos.&nbsp;<em>“Los conservadores, defensores a ultranza de la iglesia católica, llegaron a afirmar que la Reforma había remplazado una Constitución cristiana por una atea”.</em></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-3 wp-block-paragraph"><strong><em>&nbsp;“No volvió a oírse un disparo. Solamente el ruido seco de las hojas de acero contra los huesos. Y el rodar de cabezas por el suelo y de troncos decapitados”:&nbsp;</em></strong><strong>Del libro “Discordia y progreso”.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La obra abunda en detalles sobre uno de los capítulos más sangrientos de nuestra historia: la huelga de las bananeras (1928), que terminó en matanza: cien muertos y 238 heridos. El general Cortés Vargas, borracho lo mismo que su tropa, ordenó abrir fuego contra los trabajadores de la United Fruit Intenational.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Jorge Eliécer Gaitán pronunció un discurso en defensa de las víctimas.&nbsp;<em>“El señor Cortés Vargas con los de la United, sus amigos, se encerró en el cuartel a emborracharse. (…) cientos de vidas caen bajo la metralla asesina. La orden la había dado un hombre ebrio”.</em></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" height="1024" width="640" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2025/10/PORTADA-LIBRO-DISCORDIA-Y-PROGRESO-640x1024.jpg" alt="" class="wp-image-121253" /></figure>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size wp-block-paragraph"><strong>Una tragedia alimentada por el licor</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Según el autor, otro factor determinante de la violencia fue la dieta de los trabajadores colombianos, que<em>&nbsp;“a principios del siglo XX era completamente inadecuada. Deficiente en nutrientes esenciales, calorías y proteínas, estaba sobrecargada de carbohidratos, en especial el alcohol contenido en la chicha” (…) con lo cual no solo estaban desnutridos, sino frecuentemente alcoholizados”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">A casusa de las borracheras, en el combate fluvial de Los Obispos (1899) perdieron la vida 500 soldados, entre ellos cinco generales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con tal grado de irresponsabilidad, el general Benjamín Herrera ordenó que los soldados&nbsp;<em>“derramaran el aguardiente y demás licores en los estancos y las tiendas”,</em>&nbsp;al entrar a una plaza, antes o después de una victoria. Luego, para atajar el consumo, el presidente Pedro Nel Ospina subió el precio del alcohol, pero esto trajo más disturbios, como ocurrió la Bogotá de 1923:&nbsp;<em>“más de doscientas personas envalentonadas se dirigieron a varias chicherías, especialmente a la conocida como El Nuevo Ventorrillo, le arrojaron piedras, rompieron sus vidrios y cometieron otros desmanes”.</em></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-4 wp-block-paragraph"><strong><em>&nbsp;(…) a machetazos murieron varios miles de colombianos”: </em>Carlos Roberto Pombo, historiador.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El licor también se usó para motivar a la gente a votar en elecciones.Yasí, en 1904 en Riohacha, tuvo lugar un fraude histórico: “El chocorazo de Padilla”.&nbsp;<em>“Políticos de todas las tendencias repartían gratuitamente chicha y otras bebidas embriagantes durante los comicios, para motivar a los electores”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Laureano Gómez, conservador él, decía que&nbsp;<em>“el fraude electoral desencadenaba la violencia política</em>”, y López Pumarejo, liberal él, aducía que la violencia electoral&nbsp;<em>“era inherente a la naturaleza misma de los partidos”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">En el crimen del General Rafael Uribe Uribe el licor hizo su festín, el 13 de octubre de 1914, a manos de dos artesanos después de emborracharse en&nbsp;<em>“dos oscuras chicherías del centro”</em>&nbsp;de Bogotá.&nbsp;<em>“A la una y media de la tarde, sobre la acera oriental del Capitolio, los carpinteros tasajearon con cólera y sevicia al líder liberal”.&nbsp;</em>Por aquella época se consumían unos 35.000 litros de chicha al día y&nbsp;<em>“las chicherías eran los sitios de esparcimiento más populares en Bogotá”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>“Chicha va y chicha viene, hasta que al amanecer, ya muy enchichados, los carpinteros Galarza y Carvajal fueron a comprar unas hachuelas y a la entrada del Capitolio mataron a hachazos al general. El asesinato del líder liberal generó un impacto muy grande en Bogotá, que no llegaba a los 120 mil habitantes”,</em>&nbsp;rememora el investigador durante una charla. &nbsp;</p>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size wp-block-paragraph"><strong>Radio y alcohol: mezcla explosiva</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El libro contiene un detallado inventario de hechos de sangre atribuibles alcohol, incluidos los llamados “duelos de honor”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sobre&nbsp;<em>El Bogotazo</em>&nbsp;dice el autor:&nbsp;<em>“La mezcla explosiva de la violencia con el alcohol y las alocuciones políticas desafortunadas, transmitidas por radio durante toda la jornada”,</em>&nbsp;fueron elementos fatales.&nbsp;La gente, armada de fusiles, pistolas, machetes y garrotes,&nbsp;<em>“se dedicó al saqueo y al pillaje en el centro de la ciudad”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">A su manera, Manuel Marulanda, el guerrillero conocido con el alias de Tirofijo, para entonces vendedor de quesos, contó que supieron la noticia por la radio. “… todo el mundo se echó a la plaza a oír el único radio que había y que era del otro jefe liberal…&nbsp;<em>“…sacó la radio para que todo el mundo oyera la algarabía que las emisoras formaron. (…) los vivas al partido y los mueras a Laureano salían de más adentro, traían las tripas prendidas. Los vivas y los mueras fueron creciendo y andando solos: nombrando alcalde y destituyendo policías, pidiendo armas y asaltando almacenes para tomar aguardiente. Tres días, los reglamentarios de todo duelo, se estuvo bebiendo y gobernando”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Tras el asesinato de Gaitán, por decreto el gobierno prohibió&nbsp;<em>“la fabricación y el expendio de la chicha y productos similares”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Por fortuna, en medio de estos tragos amargos, el país pudo avanzar de manera admirable.&nbsp;<em>“La sociedad colombiana fue capaz (…) de crear la civilidad necesaria para contrarrestar esa violencia”.&nbsp;</em>La obra habla ampliamente de esa otra cara amable.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al aterrizar en la página 270 de este magnífico libro, me quedo preguntando si hoy, pleno siglo veintiuno, las redes sociales y ciertos políticos en campaña están repitiendo la historia con su violencia verbal: ayer se hablaba se sectarismo, hoy se habla de polarización. Aunque es una obra sobre el pasado, se convierte en un espejo para el presente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nos queda&nbsp;la ilusión de que el encono de los odios pueda extinguirse para seguir avanzando como nación. &nbsp;</p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=121249</guid>
        <pubDate>Sun, 12 Oct 2025 12:45:40 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[De chicha y enchichados: La historia de los odios políticos en Colombia]]></media:description>
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