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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Jesús | Blogs El Espectador</title>
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        <title>La Malinche (1500-1551)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/la-malinche-1500-1551/</link>
        <description><![CDATA[<p>¿Qué camino tomar? Esto se preguntó Hernán Cortés ante la bifurcación que le ofrecían los caminos de su expedición a tierras mesoamericanas. Ante el desconcierto de no saber si quiera cómo manifestar su incógnita a los indígenas, y obligado a hacerse entender más allá de los monigotes y las gesticulaciones, sería primordial valerse de un [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>¿Qué camino tomar? Esto se preguntó Hernán Cortés ante la bifurcación que le ofrecían los caminos de su expedición a tierras mesoamericanas. Ante el desconcierto de no saber si quiera cómo manifestar su incógnita a los indígenas, y obligado a hacerse entender más allá de los monigotes y las gesticulaciones, sería primordial valerse de un traductor que pudiera interpretar ambas lenguas y facilitar su conquista.</p>
<p>Que la pluma vence a la espada, y es cierto. El conocimiento del lenguaje le serviría a Cortés para acometer sus propósitos, mucho más de lo que hubiera representado un arsenal de cañones. Sería por medio de un intérprete que el español pudo enterarse de todo lo concerniente respecto a los lugares que visitaba: políticas, ejércitos, cantidad de población, costumbres, y cada detalle que permitiera conocer mejor a un futuro enemigo o a un posible aliado.</p>
<p>Y este primer encuentro tendría entonces el arma más poderosa: la palabra. Para servirse de este don, Cortés se valió de una indígena nahua llamada Malinalli, que en su lengua náhuatl significa “hierba”, y que sería llamada así en honor a la diosa de los campos.</p>
<p>También conocida como Malintzin, y cuya mala pronunciación por parte de los españoles la llevaría a ser conocida como “Malinche”, esta indígena era oriunda del sureste del Imperio Azteca, una región llamada Oluta, cerca de Coatzacoalcos, antigua capital olmeca, y que hoy sería el estado mexicano de Veracruz.</p>
<p>Debido al sufijo de su nombre (“zin”), es posible que se tratara de una mujer de clase alta, ya que dicha terminación podría emparentarse con el “doña”; y es que según se cree Malintzin habría sido la hija del cacique del pueblo de Copainalá, y su madre llamada Cimatl sería una “joven y preciosa” noble de familia poderosa.</p>
<p>Sus orígenes son inciertos pero se calcula su nacimiento entre el año 1496 y 1501. Como sea, se sabe que su padre murió, y que al poco tiempo ya su madre estaba de nuevo casada, teniendo un hijo varón que acababa desplazando a Malintzin de la línea sucesoria al trono. Algunas versiones cuentan que la niña sería secuestrada, pero todo apunta a que fue su propia madre quien la entregó o la dio en venta como esclava a un grupo de comerciantes mexicas provenientes de Xicalango, al sureste de México.</p>
<p>Los dueños de la pequeña librarían una batalla perdida contra los mayas de Potonchán, dueños de un territorio que colindaba con el Imperio Azteca, y luego Tabscoob, cacique de Tabasco, se quedaría a Malintzin como su esclava. Tan solo unos meses después los mayas habrían sido derrotados por las tropas de Cortés en la Batalla de Centla, y Tabscoob le ofrecería al español diecinueve jóvenes indias, además de otros obsequios de orfebrería, bordados, tejidos, plumas y demás agasajos.</p>
<p>Entre las jóvenes se encontraba Malintzin, quien igual que las demás tuvo que ser bautizada en la fe católica, y desde entonces su nombre sería “Marina”. Al comienzo Cortés no reparó en lo que podría ofrecerle aquella joven, entregándole a su aliado, el capitán expedicionario Alonso Hernández de Puertocarrero, aquella pequeña que ya para ese entonces contaba con un bagaje apreciable de diversas costumbres y dialectos al interior del Imperio Azteca, hablando con fluidez la lengua maya-yucateca de sus captores, y así también como el náhuatl, su idioma materno.</p>
<p>Pero es entonces cuando Cortés decide enviar un emisario a España para que rinda cuentas a Carlos V, considerando a Portocarrero como el más idóneo, y quedándose con esta indígena que en principio no prometía ser distinta de las demás.</p>
<p>Hasta ese momento Cortés se valía de la traducción que Jerónimo de Aguilar hacía del maya al español, ya que este había naufragado, encontrando refugio en una tribu maya con la que pasaría ocho años, y quien después sería encontrado por Cortés en la isla de Cozumel. Sin embargo el inconveniente se presentaría cuando llegaron a San Juan de Ulúa, y el idioma azteca de los emisarios enviados por Moctezuma II resultó incomprensible para el traductor. Fue entonces cuando Malintzin se prestó para hacer la traducción del azteca al maya, y de esta forma Aguilar podría traducirlo al español.</p>
<p>De inmediato Cortés comprendió el valor de su nueva intérprete de cabecera, quien durante un tiempo estaría traduciendo del maya al azteca, pero que pasado unos meses ya estaría hablando con fluidez el idioma castellano. Y aunque en algunas ocasiones -dado la multiplicidad de dialectos- hubieran tenido que valerse de un tercer intérprete, la presencia de Aguilar sería prescindible, y ya no tendría que improvisar gestos y actuaciones para hacerse comprender, ya que contaba con su leal intérprete a la que sus soldados comenzarían a llamar como “Doña”. Doña Marina sería pues el arma decisiva con la que el expedicionario pudo abrir trochas y ampliar la conquista de sus terrenos.</p>
<p>La Malinche era ya vista por todos como una pieza fundamental en los propósitos de Cortés y una aliada confiable del español. Su estatus la elevó de ser una simple esclava, a convertirse en la acompañante imprescindible del expedicionario, y así como su consejera. Portadora del conocimiento, Cortés le consultaba todo lo concerniente a la cultura de una región que estaba por visitar. Era de ella de quien dependía llevar con éxito las expediciones; era su lengua la que iluminaba un camino oscuro que sin su aporte hubieran tenido que trasegar a ciegas.</p>
<p>Es así como los códices aztecas como el <em>Lienzo de Tlaxcala </em>suelen representar a Cortés y al lado suyo a su infaltable traductora. La Malinche brindaba datos y la mayor cantidad de información que pudiera aportar al servicio de su señor, quien confiaba en esta carta de la diplomacia americana para que fuera ella quien portara su voz española a los territorios del Nuevo Mundo.</p>
<p>Doña Marina recogería información crucial para que los españoles lograran conquistar la capital del Imperio Azteca, Tenochtitlán, y sirvió para que Moctezuma no opusiera resistencia ante la presencia de los españoles, prometiéndole que se le respetaría su vida si sabía hacerse a un lado de manera pacífica. Otras historias contarán de una Malinche manipuladora que engatusó en Cholula a una anciana, convenciéndola de que se casaría con su hijo, y aprovechándose de que esta contaba con información relevante que sugería una sublevación indígena contra los españoles. Y es que al parecer fue la Malinche quien alertó a Cortés de que sus tropas debían ocuparse de una avanzada de cholultecas que pretendían sorprenderlo, y cuya información sería determinante para seguir abriéndose paso rumbo a la conquista de Tenochtitlán.</p>
<p>Bernal Días del Castillo, un soldado de Cortés, escribiría en la <em>Historia verdadera de la conquista de la Nueva España </em>sobre la “gran mujer” que era Doña Marina, destacando que sin su ayuda “no hubiéramos entendido los idiomas de la Nueva España y de México.” Así también Rodríguez de Ocaña, expedicionario de aquella época, testimonia que después de Dios, el éxito de la conquista es debido en primer término a la asistencia de la Malinche.</p>
<p>Sería determinante cuando anunció a su señor que los tlaxcaltecas estaban divididos en cuatro señoríos que no acordaban una manera de enfrentarse a los españoles, sirviendo como intermediaria para concordar un encuentro pacífico, literalmente dialogado, y en donde los indígenas acabarían por ofrecer a sus nuevos amigos unas 300 mujeres, y a lo cual Cortés quiso negarse y rechazar, pero que acabó aceptándolo cuando su asesora intercultural le recomendaría no ofender el tributo que le ofrecían.</p>
<p>En varias representaciones la Malinche aparece a solas, en una aparente dirección de un grupo, lo que sugiere su potestad como autoridad independiente, y su prestancia y poderío dentro del círculo personal del conquistador. Es así como una crónica la describe “dura” y “mandona”, refiriéndose al momento en que instó a Cuauhtémoc -último de los emperadores aztecas-, para que finalmente revelara el escondite donde mantenía oculto el codiciado oro, luego de que los españoles lo vencieran en la Noche Triste. De igual forma la vieron imponer su valentía animando a las tropas españolas a que no se rindieran durante las batallas, testimoniándose las palabras que le diría a un noble de Cempoala llamado Teuch, y que al parecer estaba por abandonar la lucha, recomendándole no desistir, ya que “el Dios destos cristianos es muy poderoso.”</p>
<p>A Malinche se le reconocerá forzosamente por haber sido, sin proponérselo, una de las primeras catequistas mexicanas. Su labor como intérprete incluía el encuentro de dos religiones, y asistida por fray Bartolomé Olmedo, la indígena tendría que compartir a los suyos con pelos y señales los aventuras y los mandamientos de un dios que había sido clavado en una cruz. Para los cristianos se trataba en definitiva de una conversión que garantizaría la salvación de estas almas irredentas desconocedoras de Jesús.</p>
<p>La conquista de Cortés sería llevada más allá, y en la batalla del corazón el español y la azteca librarían una contienda que acabaría con el nacimiento de uno de los primeros mestizos de América, el criollo llamado Martín, en honor a su abuelo paterno. Una vez establecido su dominio en Tenochtitlán, Cortés mandó a construir una casona cercana al sur de la capital, en la región de Coyoacán, donde instaló a su mujer y a su hijo, y por los que velaría con cariño, consintiendo a la madre con joyas y collares, y obsequiándole ese raro artilugio en el que por primera vez la indígena vería su propio rostro reflejado.</p>
<p>Martín Cortés, primer hijo ilegítimo del conquistador español, sería legitimado en 1527, cuando el Papa Clemente VII así lo declaró mediante una de sus bulas. El niño sería criado en las costumbres españolas y en medio de un mundo de privilegios, querido por su padre por tratarse de su único hijo varón, y al mismo tiempo alejado de su madre y de la cultura y tradiciones de su pueblo. Y pese a sus afectos por el hijo, el encanto por su madre y por esas tierras que ya había conquistado, para Cortés no sería suficiente, motivos por los que regresaría a su país a reunirse con su esposa Catalina de Juárez, de quien luego enviudaría para volver a casarse con una mujer llamada Juana Ramírez, y con quien tendría un hijo al que bautizó también Martín, quien finalmente heredaría el título de marquesado de su padre además de la fortuna de sus conquistas.</p>
<p>Por su parte Malinche volvería a casarse en Huiloapan, esta vez con un hombre llamado Juan de Jaramillo, con quien tendría una hija llamada María, y con quien se establecería en la capital del Imperio Azteca, dejando a Martín al cuidado de Juan Altamirano, primo de Hernán Cortés, y a quien este había legado su protección y cuidados.</p>
<p>Así describe esta situación el Premio Nobel de Literatura Octavio Paz en su libro <em>El laberinto de la soledad: </em>“El símbolo de la entrega es doña Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al conquistador, pero éste, apenas deja de serle útil, la olvida… Y esa es la suerte que corrió la Malinche, a quien en sus textos y memorias Cortés la deja en el olvido.”</p>
<p>Se sabe que hacia 1524 Cortés emprendió una nueva expedición hacia América Central, específicamente en la actual Honduras, y que una vez más contaría con el servicio de su infaltable traductora, quien ayudaría aplacando los ánimos convulsos de los habitantes de la zona.</p>
<p>Poco se sabe de sus últimos años y de su fallecimiento. Unos sugieren que el mismo Cortés pudo haberla asesinado para así evitar su testimonio ante la historia que juzgaría sus abusos y desmanes, pero la teoría más plausible es que moriría alrededor de 1528, debido a la epidemia de viruela que azotó a gran parte de una población indígena vulnerable y para nada preparada a combatir estas luchas.</p>
<p>Su figura ha sido controversial, polémica, y ha venido modificándose a través de los años, pareciendo contradictoria, y suscitando en unos la imagen de una prócer fundadora del país mexicano, mientras que para otros constituye la personificación misma de la traición.</p>
<p>Algunos se atreven a endilgarle la muerte de miles de indígenas que serían derrotados gracias a la información que Malinche le habría proporcionado a Cortés, pero bien es cierto que sin su asistencia a la causa española la conquista expansionista podría haber sido más violenta. Evitando complicaciones e inexactitudes y facilitando el diálogo real, contar con la herramienta de “Tenepal” (como también sería conocida, y cuyo significado es “quien habla con vivacidad”), constituyó para Cortés uno de sus más fuertes bastiones y así lograr sus cometidos.</p>
<p>Algunos la defenderán considerándola una víctima entre dos culturas, alguien que se vio forzada a prestar sus servicios de políglota, permitiéndose así una mejor condición de vida para ella, y que acabaría transformada como en un agente doble o en una maestra del contraespionaje, alguien que prestaba sus labores de inteligencia para favorecer a ambas partes, o finalmente una pacifista que pretendía poner orden a través del diálogo.</p>
<p>Unos dirán que la Malinche inclinó la balanza a favor de los españoles, y que fue debido a ella que la derrota de los pueblos indígenas se habría precipitado, permitiendo a los españoles conocer estrategias, métodos y tecnologías que les darían ventaja sobre sus rivales. Otros saldrán en defensa suya advirtiendo de una intérprete que supo aconsejar a su señor para entablar tratos cordiales y pacíficos en cada región a la que lograba acceder.</p>
<p>En su defensa también podría decirse que el llamado “malinchismo” podría ser otra forma de misoginia, un término machista, fruto de una sociedad patriarcal. La palabra “malinchismo” se emplea vulgarmente en México para referirse de forma peyorativa a los mexicanos que padecen de un exotismo cultural y pretenden imitar un estilo de vida distinto de su cultura, y a los traidores suele llamárseles como “malinches”. El Diccionario de Mexicanismo de la Academia Mexicana de la Lengua ofrece el siguiente significado: “que tiene complejo de apego a lo extranjero”. Y la RAE tiene una acepción parecida para definir este término: “apego a lo extranjero con menosprecio a lo propio”.</p>
<p>Hacia 1960 el feminismo empezó a cuestionar la figura de la Malinche como mujer, abocando en su mayoría por una mujer entre la encrucijada de un choque cultural, madre de la nueva raza y víctima de los propósitos de los colonizadores.</p>
<p>Se le ha comparado con la Virgen María, se le emparenta con la leyenda de La Llorona, y las soldaderas de la Revolución mexicana que destacaban por su valentía serían conocidas como “malinches”. Son varios los poemas, novelas, libros, canciones, pinturas, documentales y películas que han contado la vida y las hazañas de la Malinche, siendo sin duda una imagen representativa del folklor y la cultura nacional mexicanas, que pasados cinco siglos todavía se presenta como contradictoria y polémica.</p>
<p>Una reflexión más de Octavio Paz nos cuestiona respecto al rol que por destino debió vivir la Malinche: “Si la chingada es una representación de la madre violada, no me parece forzado asociarla a la conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias.”</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 29 Dec 2023 05:43:51 +0000</pubDate>
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        <title>Teresa de Lisieux “Santa Teresita del Niño Jesús” (1873-1897)</title>
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        <description><![CDATA[<p>María Francisca Teresa puede considerarse como una megalómana, una niña de gran fervor religioso que a través de sus escritos y oraciones nos convenció de que había nacido para ser santa. Que no importaba que su obra no fuera destacada, que en poco o nada se comparara a los actos heroicos de los más reconocidos [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>María Francisca Teresa puede considerarse como una megalómana, una niña de gran fervor religioso que a través de sus escritos y oraciones nos convenció de que había nacido para ser santa. Que no importaba que su obra no fuera destacada, que en poco o nada se comparara a los actos heroicos de los más reconocidos santos, ella, a base de sencillez, de pasión y de un deseo sincero y febril, podría aspirar a la santidad. Esta actitud, que podría ser considerada de narcisismo o de egolatría, estaba combinada con una destacada humildad, y que podría confundirse también con un complejo de inferioridad, producto de esa simpleza anónima a la que quiso consagrarse. Sea como sea, lo cierto es que, Teresa de Lisieux, es una de las santas más reconocidas y veneradas, y su imagen ha sido idealizada y romantizada como una figura candorosa, virginal, absolutamente entregada a sus creencias religiosas. La familia tuvo nueve hijos, de los cuales apenas cinco mujeres superaron la edad adulta, y todas ellas se consagrarían a la vida religiosa. Siendo Teresita la menor de ellas, fue normal que desde muy temprana edad comenzara una tremenda ansiedad por iniciar su vida religiosa, sintiendo desde niña que su vocación definitivamente estaba en seguir la de sus hermanas, y contemplando este destino como el que Jesús mismo le había prefijado. Se dice que a los dos meses de haber nacido, Teresita estuvo a punto de morir, pero que logró sobreponerse para convertirse en una niña a la que se le describe como inquieta, curiosa, además de muy sensible y propensa al llanto. En sus memorias Teresa nos confiesa que tuvo una infancia feliz, y que creció bajo el influjo y ejemplo de sus hermanas, así como el par de “modelos de santidad” que representaban sus padres. A los cinco años Teresa perdió a su madre, y años después relatará así sus sentimientos: “Desde que mamá murió, mi alegría característica cambió completamente; yo que era tan viva, tan expansiva, me convertí en tímida y dulce, sensible al exceso.” En 1877 el padre se muda con sus hijas a la ciudad de Lisieux. En 1880 Teresita se confiesa por primera vez, y unos años más tarde recibirá el anhelado sacramento de la comunión en el colegio de las Benedictinas. “Fue un beso de amor, me sentí amada, y le dije también: ‘Te amo, me entrego a ti para siempre’.” A partir de este momento comenzará lo que Teresa define como la “segunda etapa” de su vida, marcada por una tendencia a la congoja, la desolación y la pesadumbre, y consolada por la “querida Celina”, la menor de sus hermanas, cuatro años mayor que ella. Teresa se aficiona por la lectura, novelas caballerescas, y especialmente genera una admiración por Juana de Arco, quien para entonces ya estaba en proceso de ser canonizada por la iglesia católica. Se convence que, al igual que su heroína, a ella también le corresponderían grandes batallas y la misma gloria de Juana; anhelaba también su sufrimiento, el ardor de la hoguera. Cuando tenía nueve años, su hermana mayor, María, había abandonado la casa para mudarse al convento de El Carmelo Descalzo, y unos años después la siguió Paulina, y un tiempo después seguirá Leonia, quien se inclinó por la Orden de la Visitación de Caen. Estas deserciones no sólo llenaban de ansiedad a Teresa por querer seguir a sus hermanas, sino que la sumían en una tremenda tristeza al experimentar la ausencia de cada una de ellas. A sus catorce años, un domingo cualquiera, Teresita no se aguantó más las ganas y se presentó ante la Madre Superiora de El Carmelo Descalzo para pedirle que la dejara ingresar, y a pesar de que aún le faltaban dos años para alcanzar la edad mínima de ingreso. La Madre María de Gonzaga le dejó en claro que no sería posible, pero le dijo unas palabras que Teresa recordará como “una delicadeza de mi amado Niño Jesús.” La Superiora le dijo: “Cuando vengas a vivir con nosotras, mi querida hija, os llamaréis Teresa del Niño Jesús.” Debido a esta negativa, y a su capricho obsesivo, la devota adolescente desarrolló algunos trastornos que la llevaban a experimentar fuertes jaquecas, dolores en el pecho, falta de apetito e insomnio. Padece algunos ataques neuróticos y nerviosos, su humor se torna agresivo, experimenta alucinaciones y temblores. Su padre y sus hermanas se preocupan al extremo, incluso la dan por moribunda, pero un día repentinamente la niña se despierta con los ánimos renovados, y con esos nuevos bríos declara que todo se trató de un milagro divino. “La Santísima Virgen me ha sonreído. ¡Qué feliz soy!”, declaró. Pero pasado un tiempo volverá a recaer en esta “terrible enfermedad de los escrúpulos”, achacándoselo a sus culpas, sus tormentos, su sensación de pecado, sus pensamientos “extravagantes.” Teresa se refugia en su hermana y omite a sus confesores su “fea enfermedad”, y también se aferra a rezarle a sus cuatro hermanos muertos. “Me di cuenta de que si era amada en la tierra, también lo era en el cielo”, escribió respecto a estas plegarias celestiales. En 1886 comenzará lo que sería su “tercera etapa”, la que destacaría como “la más bella”, y empezaría el día de Nochebuena, a la que llamaría la “Noche de mi conversión”, cuando recibió el regalo de Navidad y sintió repentinamente que recibía la gracia del Niño Jesús, recuperando “la fortaleza que había perdido” luego de que muriera su madre. “Desde esa noche bendita, ya no fui derrotada en ningún combate, en lugar de eso fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, una carrera de gigantes.” Pasado poco tiempo de haber recibido lo que también llamó en sus diarios como la “gran gracia de la Navidad”, Teresita se interesó por un asesino que había sido condenado a muerte, y se acercó a él, queriendo iniciar su apostolado con la conversión de un hombre al que le quedaban los días contados. Ofreció en su nombre varias misas e hizo sacrificios, esperando que el asesino se arrepintiera de sus crímenes antes de ser ejecutado. El condenado se negó a confesarse antes de su cita con el verdugo, pero según le contaron a Teresa, el desdichado besó un crucifijo que llevaba en su mano antes de perder la cabeza. Esto sería suficiente para que Teresa sintiera que su labor había sido cumplida, y es entonces cuando decide compartir con su padre su vocación religiosa, quien se mostró agradecido con el destino de su descendencia, ya que Dios le había hecho “el honor de llamar a todas sus hijas.” Sin embargo Teresa todavía no contaba con la edad requerida, y ante el afán de esta monja precoz el padre tuvo que solicitar una cita con el obispo. La petición no pudo ser aprobada por este, ya que semejante concesión solamente podría otorgarla el mismísimo Papa. Y fue así como el padre se enteró de una peregrinación con destino a Roma, con ocasión del Jubileo sacerdotal del Papa León XIII, y que estaba a punto de partir, y sin vacilar se unió a la caravana llevándose a sus dos hijas menores. Teresa sería la más pequeña entre una cantidad de peregrinos que antes de llegar a la capital italiana darían un recorrido por varias ciudades del país. Durante el trayecto, Teresa tendrá contacto por vez primera con varios sacerdotes, experimentando cierta decepción al encontrarlos tan imperfectos como cualquiera, y en adelante los clérigos harán parte de sus oraciones: “En esta peregrinación comprendí que mi vocación era orar y sacrificarme por la santificación de los sacerdotes.” Celina y su hermana desobedecen las restricciones de ingreso al Coliseo, ya que la devota niña ansiaba besar la arena en donde tantos mártires derramaron su sangre, pidiéndole a Jesús padecer ese hermoso y sufrido destino del martirio. “Sentí profundamente en el alma que mi oración fue contestada”, confesaba en sus memorias. Finalmente tienen la oportunidad de estar frente a frente con el Sumo Pontífice de la iglesia, quien celebró una misa para luego permitir que los fieles le contemplaran de lejos, ya que debido a su avanzada edad el viejo monarca podría sufrir un letal agotamiento. Sin embargo Teresita fue impelida por su hermana para que se acercara a León XIII, y en un acto de rebeldía o heroicidad le confesara el motivo de su peregrinación. Teresita se animó y rompiendo el protocolo llegó hasta su Santidad para expresarle: “Santísimo Padre, tengo que pedirle una gracia muy grande.” La futura santa de la iglesia explicó en dos minutos sus motivos, a lo que el Papa respondió con una frase lacónica y que no convencería a Teresita: “Vamos a ver… ¡Entrarás si Dios lo quiere!” Esa noche le escribió la anécdota a su hermana Paulina, confesándole: “Tengo el corazón pesado.” El evento no pasó desapercibido por los demás, e incluso llegó a convertirse en noticia, publicándose un artículo en el diario <em>El Universo </em>que detallaba el particular episodio de la osada adolescente. La nota contaba que Teresita alcanzó a posar sus manos sobre las rodillas del Papa antes de que dos guardias la levantaran con delicadeza y la sacaran del recinto. Antes de regresar tendrán la oportunidad de explorar nuevas rutas y conocer distintas ciudades, y sin embargo en Teresa quedaría la sensación de que la aventura había sido un verdadero “fiasco.” A los 15 años, luego de tanto insistir, aprueban su entrada a la Orden religiosa, pero una de sus hermanas le recomienda esperar hasta la Cuaresma, tiempo que la futura monja se tomará para acabar su preparación, y a pesar de su tanta ansiedad se llegaría el día de la Anunciación, y ese 9 de abril de 1888 Teresa ingresará al monasterio de las carmelitas descalzas de Lisieux, donde ya se encontraban sus dos hermanas mayores, María y Paulina. La Madre Superiora quiso forjar el carácter de la jovencita sometiéndola a trabajos complicados, a veces humillándola y manteniendo al comienzo un distanciamiento y cierta frialdad en la relación; quería poner a prueba su vocación y, en caso de ser sincera, labrar un espíritu combativo, recio, digno de las aspiraciones que ya expresaba la joven novicia. La Madre Superiora no tuvo queja alguna, y se refería a ella como el modelo ejemplar de la religiosa más devota y entregada. Para 1889 tomó formalmente los hábitos en la capilla del monasterio y en presencia de su familia, y durante la ceremonia anunció que en adelante se rebautizaría con el nombre de “Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz (sagrado rostro).” Para 1890 se interesa por las escrituras de San Juan de la Cruz, a quien considerará como un maestro de la espiritualidad, y reafirma la intención de sus oraciones: “Yo he venido para salvar almas y, especialmente, para orar por los sacerdotes.” En 1892 verá por última vez a su padre, ya que este moriría dos años más tarde. Ese mismo año de 1892 una epidemia de gripe asola al país, y al interior del convento se desataría la enfermedad infectando a todas sus habitantes, a excepción de Teresa y otras dos novicias que no se contagiaron del virus. Teresa cuidó de las enfermas, ganándose el cariño y el respeto de sus compañeras, y pese a lo cual cuatro novicias no lograron superar la enfermedad y acabarían muriendo. En 1894 Celina también ingresará a El Carmelo Descalzo, y Leonia se cambiará a la Orden de las carmelitas, siendo así que todas las hermanas estaban llevando su vida de religiosas bajo el mismo convento. Durante los años siguientes Teresita se consagra a la caridad y a la oración, a las actuaciones filantrópicas y a las ayudas desinteresadas en favor de los más necesitados. Se dedica a la lectura intensa de La Biblia, y en especial de los Evangelios, siendo esta una práctica poco común, ya que la mayoría de las religiosas preferían lecturas comentadas de los textos bíblicos, pero Teresa prefería consultar directamente con “la palabra de Jesús.” Su hermana Paulina, conocida en adelante como “Inés de Jesús”, es nombrada priora del convento y elige a Teresa como vicemaestra de novicias, para que sea esta quien esté a cargo de instruir a las recién ingresadas. En un intento por entretener a las nuevas novicias, Teresita redactará una pieza teatral dedicada a su idolatrada Juana de Arco, su “querida hermana”, como solía llamarla cuando se refería a ella, y que será interpretada por las novicias durante alguna festividad. Ante el tanto éxito de la función, a la “poeta de la comunidad”, como le llamaban algunas, se le encomendaría la tarea de continuar su producción dramatúrgica, y al final serían ocho las obras de teatro escritas por Teresa, y que tiempo después serían compendiadas bajo el título de <em>Recreaciones piadosas. </em>La segunda obra con seis personajes y que también estaría dedicada a Juana de Arco, titulada <em>Juana de Arco cumpliendo su misión</em>, y en la cual la misma Teresita se permitiría encarnar el rol de la heroína, y cuyo pequeño espectáculo sería inmortalizado con una foto de Teresita disfrazada de guerrera y posando junto a su hermana Celina, siendo quizás la foto más hilarante de las cuarenta y siete fotos que se conservan de la santa de Lisieux (cuatro antes de ingresar al monasterio y un par de ellas recién fallecida). Como dato curioso, a Teresita se le permitió conservar su cámara fotográfica, lo que constituía un particular privilegio. A pedido de otras religiosas, Teresita compone algunos “poemas espirituales”, además de dar inicio a sus memorias, inspirándose en El Cantar de los Cantares y dejándose llevar por su amor a Jesús, manifestando sus temores y sueños y sin “preocuparse por el estilo.” Pasados seis años en el convento Teresa sentía que estaba muy lejos de alcanzar los logros obtenidos por Teresa de Ávila o Pablo de Tarso, que sus desafíos habían sido mínimos y que tal vez no merecieran ni fueran suficientes para alcanzar la santidad. “Cuando me he parangonado a los santos, que entre ellos y yo hay la misma diferencia que hay entre una montaña, cuya cima se pierde en el cielo, y el grano de arena pisoteado por los pies de los que pasan.” Sin embargo sospechaba que la humildad y la sencillez podrían bastar para ocupar un puesto privilegiado dentro del reino celestial: “Siempre siento la misma confianza audaz para convertirme en una gran santa, porque no dependo de mis méritos, ya que no tengo ninguno…” Se considera imperfecta, pequeña, y sin embargo es en esa pequeñez, y luego de leer algunos pasajes bíblicos, en donde fundamentará su doctrina y tras la cual alcanzará el propósito de la santidad. “El ascensor que me debe elevar al cielo son tus brazos, ¡Oh Jesús! Por esto yo necesito creer, por el contrario, tengo que seguir siendo pequeña, cada vez más y más.” Esta nueva búsqueda de la espiritualidad enfocada en el trabajo anónimo, discreto y sencillo, sería descrito en sus memorias como el “caminito”, siendo las carmelitas descalzas quienes luego incorporaron y difundieron estas lecciones espirituales. “Mi caminito es el camino de la infancia espiritual, el camino de la confianza y de la entrega absoluta”, relata Teresita, y agrega: “¡El Buen Dios me hizo comprender que si mi gloria no aparece a los ojos mortales, podría llegar a ser una gran Santa!” A partir de ese momento firmará con el apelativo de “pequeña” para no olvidar su propósito de humildad. “Deseo ser santa, pero conozco mi impotencia y mi debilidad, y te pido Dios mío, que tú mismo seas mi santidad.” En 1895, durante la fiesta de la Santísima Trinidad, Teresa se ofrecerá en sacrificio a Jesús como un acto de “amor misericordioso”, y días después experimentará una suerte de epifanía que describe de la siguiente forma: “Yo estaba quemándome de amor y sentí en un minuto, ni un segundo más, que no podría aguantar más esto sin morir.” Y sin embargo a partir de ese momento Teresita comenzará a sentir una especie de vacío espiritual, y durante la Semana Santa de 1896 entrará en una época de oscuridad interior y que llamará en sus memorias como la “noche de la fe.” “Mi cielo es sonreír al Dios que adoro cuando él trata de ocultarse a mi fe.” Siente no una decepción de sus creencias, que nunca pondrá en duda, pero sí se siente como burlada por el destino, decepcionada quizás de sí misma, anhelando la muerte tempranera, y todo porque deseaba más que nada “morir por Jesús.” Pero leyendo las cartas de San Pablo, concretamente en la Primera Epístola a los Corintios, Teresa se convence de cuál es finalmente su misión en este mundo: “Por fin he encontrado mi vocación, mi vocación es el amor… Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que el amor abarca todos los tiempos y todos los lugares, en una palabra, que el amor es eterno.” En 1897, a sus 24 años, Teresa siente la proximidad de la “noche de la nada”, y escribe en su diario: “Yo creo que mi carrera no durará mucho tiempo.” Teresita empieza a padecer una enfermedad que intenta ocultar en su comunidad. Tose sangre, vomita repentinamente, le duele el pecho. La Madre Superiora y su hermana Paulina le insisten en que acabe de redactar las memorias que había comenzado en un cuadernito hacia el año de 1894, y que en sus últimos días no parará de redactar desde una silla de ruedas que perteneció a su padre. Sus memorias, conocidas como <em>L’histoire d’une âme</em> (Historia de un alma), está compuesto por una serie de manuscritos divididos en tres pequeños tomos bautizados con las primeras letras del abecedario. Compuesto de seis cuadernos, el manuscrito A habla de sus recuerdos de infancia, pero más que proponerse narrar sus anécdotas de vida, Teresita pretende hacer una biografía de su alma, y en principio bautiza sus memorias como <em>Historia de primavera de una pequeña flor blanca. </em>El manuscrito B, compuesto de epístolas y misivas que se escribió con sus familiares, amigos y miembros del clérigo, son el corazón de esta obra, y es allí donde expondrá con claridad su “pequeña doctrina” espiritual. En el manuscrito C Teresa detalla las gracias divinas que experimentó y sus conclusiones respecto a los caminos de la espiritualidad, destacándose el ya mencionado “caminito”. Sus memorias nos permiten ver el enorme conocimiento que Teresa tenía respecto a La Biblia, citando unos cuatrocientos artículos del Antiguo Testamento y alrededor de seiscientos del Nuevo Testamento. Finalmente se verá afectada por una fiebre severa que le impedirá terminar de escribir el relato de su alma. Uno de sus pulmones está obstruido y una tuberculosis en su estado más avanzado la sumirá en una penosa agonía. “Nada me produce tantas ‘pequeñas’ alegrías como las ‘pequeñas’ penas”, declaró ya moribunda. Tanto su dolor, que según alcanza a escribir, “alcanza a perder la razón.” Las novicias que le acompañaron en sus últimos días quisieron tomar apuntes de sus charlas con Teresita, recogiendo estas pláticas en un librito que luego titularon <em>Últimas conversaciones. </em>Ya Teresita tenía calculado que desde el más allá también estaría intercediendo por la salvación de las almas: “Quiero pasar mi cielo haciendo el bien sobre la tierra.” Le preguntan cómo quisiera ser nombrada cuando la invoquen a través de la oración, a lo que ella responde que, sencillamente, se le conozca como “Teresita”. Le preguntan qué le dice a Jesús cuando conversa con él, y a lo que ella responde: “No le digo nada, ¡lo amo!” El dolor se intensifica y antes de claudicar pasará dos días de una infernal y dolorosa agonía: <em>“</em>Todo es pura agonía sin mezcla de consuelo.” La futura santa está preparada ya para abandonar este mundo y abrazar a su Dios: “Nunca he dado a Dios más que amor, y Él me pagará con amor. Después de mi muerte dejaré caer una lluvia de rosas.” Entrada la tarde del 30 de septiembre de 1897, Teresita dirá sus últimas palabras mientras sujeta un crucifijo entre sus manos: “Oh!, ¡le amo!&#8230; Dios mío… te amo.” Declina su cabeza sobre la almohada y cierra los ojos, pero unos instantes después recobra un último aliento, delira, entra en un éxtasis y unos minutos más tarde morirá con su mirada fija en una imagen de la Virgen María que la había acompañado siempre y que sus hermanas colgaron en la pared de la enfermería. En una de sus últimas misivas escribió: “Yo no muero, yo entro en la vida.” Fue sepultada con todos los honores en medio de un cortejo fúnebre multitudinario. Las religiosas frotaban sus pertenencias contra el ataúd, y se dice que después de cuatro días de velación su cuerpo todavía conservaba la lozanía, el color y la flexibilidad de los vivos. Fue la primera de su comunidad en ser enterrada en un cementerio que habían adquirido recientemente las carmelitas descalzas. Una vez murió, Teresita cobró una fama descomunal, y para el año siguiente <em>Historia de un alma </em>sería publicada, convirtiéndose en pocos años en uno de los clásicos espirituales más famosos, y llegando a ser traducido a más de cuarenta idiomas para inspirar la vida de miles de creyentes en todo el mundo. Cientos de peregrinos empiezan a acudir en masa para visitar el monasterio donde vivió la religiosa y orar sobre su tumba, convirtiéndose en el segundo lugar con mayor afluencia de turismo religioso en Francia, apenas superado por el Santuario de la Virgen de Lourdes, y seguido en un tercer lugar por la Basílica de Santa Teresa, edificada en su honor y que sería finalizada en 1954. Durante la Primera Guerra varios soldados franceses llevaban una versión reducida de la autobiografía de Teresita, llamada <em>Una rosa deshojada</em>, y en sus bolsillos la estampa de la religiosa como si de un escudo protector se tratara, y así la estampa con la imagen de Teresita se popularizaría por otorgarle poderes curativos y sanaciones imposibles. Durante los años que duró la Gran Guerra se reunieron casi seiscientas páginas que daban testimonios de enfermos incurables que habían recibido la sanación por medio de plegarias invocadas a Teresita. En 1914 llegaban alrededor de quinientas cartas diarias al convento, y es tanto el fanatismo que las carmelitas descalzas se vieron obligadas a instalar un rejado que protegiera la tumba de la religiosa. Para comenzar el proceso de beatificación no sólo era necesario que se patentaran dos milagros y que fueran comprobados por la iglesia, sino que además debía esperarse medio siglo; pero ante la tanta presión de los fieles el Papa San Pío X agilizó el proceso, y para 1914 ya se había introducido la causa de Sor Teresa del Niño Jesús, y en 1921 Benedicto XV promulgaría el decreto sobre sus “virtudes heroicas”. Dos casos milagrosos se presentan y son ratificados por los peritos dispuestos para la tarea de verificación. Por medio de oraciones y novenas consagradas a Teresita, un tuberculoso que estaba en las últimas y una monja que padecía una grave afección estomacal se habrían curado repentinamente, y de la noche a la mañana. Es así como Teresita será beatificada en 1923 por el Papa Pío XI, y dos años más tarde ya habrán sido corroborados otros dos milagros, y en tiempo récord Teresita de Lisieux será declarada como santa. Ante una multitud de más de medio millón de personas (suceso que no se vivía desde hacía 20 años con la coronación de Pío X), El Papa Pío XI, devoto declarado de Teresita, celebra la canonización en la Basílica de San Pedro, retomando una vieja costumbre que se había perdido hacía más de cincuenta años, al cubrir la fachada de la enorme catedral con un sinnúmero de velas de sebo. Pío X la llamaba “La Florecita”, señalando que Teresita era “la santa más grande de todos los tiempos modernos”, y también la llamó “un huracán de gloria.” Pío XI por su parte la bautizó “La estrella de mi pontificado.”<em> The New York Times </em>anuncia la esperada canonización: “Toda Roma admira la Basílica de San Pedro iluminada por una nueva santa.” En 1927 se levanta una estatua con su figura en los jardines vaticanos, y ese mismo año es proclamada patrona de los misioneros, junto a San Francisco Javier, y esto a pesar de que Teresita nunca abandonaría el convento para aventurarse a la labor del misionero. Sin embargo siempre dejó claras sus intenciones respecto al apostolado evangelizador: “Quisiera ser misionera ahora y siempre y en todas las misiones.” Para 1944 Teresita recibirá el gran honor de ser declarada como patrona de Francia junto a su “querida hermana”, Santa Juana de Arco. Y parecía que ya no podía llegar más lejos dentro del santoral católico, hasta que en 1997, y con motivo del centenario de su muerte, el Papa Juan Pablo II la declararía, junto a Santa Catalina de Siena y Santa Teresa de Ávila, como Doctora de la Iglesia Universal. El título que le concedió Juan Pablo II fue el de <em>“Doctor Amoris” </em>(“Doctora del Amor”). Años más tarde, para el 2012, se sumaría Hildegarda von Bingen como una cuarta doctora de la iglesia católica. Teresita escribió más de doscientas cincuenta cartas, más de veinte oraciones entre las que se destacan <em>La ofrenda como holocausto misericordioso, El billete de su profesión </em>y <em>La oración para alcanzar la humildad; </em>y también se probó en la poesía, dejándonos más de sesenta poemas, destacando <em>El rocío divino o la leche virginal, Vivir de amor, Mi canto de hoy, Arrojar flores, Mis armas </em>y <em>Mis deseos junto a Jesús escondido.</em> La doctrina expuesta por Santa Teresita ha servido para motivar a muchos. La humildad, el abandono o la entrega total a su Dios, tal cual lo sugiere Mateo cuando invita a negarse a sí mismo para ofrecerse a su Padre: “Me alegra ser pequeña porque sólo los niños, y los que son como ellos, serán admitidos al banquete celestial.” El modelo de Teresa fue un referente durante el Concilio Vaticano II, donde se aclaró que, al igual que Teresita, cualquier cristiano estaba llamado para aspirar a la santidad. “El amor en sí se demuestra con hechos, así que ¿cómo yo hago para mostrar mi amor?, las grandes obras me son imposibles. La única manera en que puedo demostrar mi amor es por la dispersión de flores y estas flores son cada pequeño sacrificio, cada mirada, cada palabra, y el hacer por amor hasta los actos más pequeños.” Santa Teresita del Niño Jesús, junto a San Francisco de Asís, es hoy día una de las figuras más notables y famosas dentro del santoral cristiano, y son varias las personas a través de los años que han profesado su devoción por esta santa, siendo conocido el caso de Teresa de Calcuta, quien precisamente adoptaría ese nombre en honor a la santa que tanto admiraba, o el caso de Édith Piaf, a quien nunca le faltaba la compañía de una estampita con la efigie de Teresa. La vida de Santa Teresita ha sido contada a través de libros, películas, obras teatrales y series de televisión. La iglesia celebra su fiesta el 1 de octubre.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-87296" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/11/196.-TERESA-DE-LISEUX-SANTA-TERESITA-DEL-NIÑO-JESÚS-216x300.gif" alt="SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS" width="216" height="300" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 04 Nov 2022 17:53:31 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Teresa de Lisieux “Santa Teresita del Niño Jesús” (1873-1897)]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Milanas Baena</media:credit>
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        <title>AQUEL JESÚS EN BLANCO Y NEGRO</title>
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        <description><![CDATA[<p>El cine ha intentado proyectar la historia de Jesús de Nazaret, en diversas interpretaciones, decenas de actores han encarnado a quien partió en dos la historia del mundo, pues independiente de la filiación religiosa, nuestro calendario es uno antes y otro después de su nacimiento. Una vida fascinante y dramática que ni siquiera la trágica [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_864" aria-describedby="caption-attachment-864" style="width: 428px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" class=" wp-image-864" alt="" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2015/04/foto-el-martir-del-calvario-enrique-rambal-miguel-morayta-52-7787-MLM5276623085_102013-F1.jpg" width="428" height="318" /></a><figcaption id="caption-attachment-864" class="wp-caption-text">El Mártir del Calvario (1952)</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify">El cine ha intentado proyectar la historia de Jesús de Nazaret, en diversas interpretaciones, decenas de actores han encarnado a quien partió en dos la historia del mundo, pues independiente de la filiación religiosa, nuestro calendario es uno antes y otro después de su nacimiento. Una vida fascinante y dramática que ni siquiera la trágica muerte interrumpe. Dios se constituye en el mejor guionista cinematográfico.<span id="more-25956"></span></p>
<p style="text-align: justify">La más reciente versión sobre Jesús es protagonizada por Ewan McGregor en una película dirigida por el cineasta colombiano Rodrigo García Barcha quien imagina y recrea uno de los episodios más significativos del hombre signado por su destino divino. Se trata de “Últimos días en el Desierto” (2015), la cual fue estrenada en el reciente Festival Internacional de Cartagena de Indias.</p>
<figure id="attachment_866" aria-describedby="caption-attachment-866" style="width: 454px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class=" wp-image-866 " alt="" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2015/04/last-days-in-the-desert.jpg" width="454" height="214" /></a><figcaption id="caption-attachment-866" class="wp-caption-text">Ewan McGregor en &#8220;Últimos días en el Desierto&#8221;</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify">Algunos de los más famosos filmes inspirados en la figura de Jesús, que llegan a la memoria, van desde las versiones fieles a la Biblia como “Rey de Reyes” (1961) de Nicholas Ray ó “Jesús de Nazaret” (1977) del director Franco Zeffirelli, las musicales como “Jesucristo Superstar” (1973), las controversiales como “La última tentación de Cristo” (1988), o “La pasión de Cristo” (2004), humorísticas como “La vida de Brian” (1979), reinterpretaciones como “El Evangelio según San Mateo” (1964) de Pier Paolo Pasolini. Algunas en donde Jesús es protagonista subyacente, las vemos de manera cumplida en televisión durante Semana Santa como  es el caso de “Ben Hur” ó “La Túnica Sagrada”.</p>
<figure id="attachment_870" aria-describedby="caption-attachment-870" style="width: 302px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class=" wp-image-870 " alt="Jesús de Nazaret con Robert Powell" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2015/04/Jesús-de-Nazaret-con-Robert-Powell.png" width="302" height="242" /></a><figcaption id="caption-attachment-870" class="wp-caption-text">&#8220;Jesús de Nazaret&#8221; con Robert Powell</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify">Recuerdo la primera película que presencié siendo niño, en aquella Bogotá, que se me antojaba como ese filme, un escenario en blanco y negro, cuando mi ciudad era fría en todo sentido.</p>
<p style="text-align: justify">La Semana Santa se revivía con ecos de tiempos idos, tan propensos al pecado. Bañarse en Viernes Santo podría acarrear una cola de pescado; todo era quieto y callado, invariablemente caía un aguacero en la hora nona. Era tradicional, por lo menos antes del calentamiento global, que en Bogotá lloviera a mares en marzo y abril (“abril, aguas mil”, reza el refrán). Las procesiones, en las incontables parroquias bogotanas, repetían las estaciones del vía crucis.</p>
<p style="text-align: justify">Rememoro cuando al terminar la procesión, el sacerdote invitó a su feligresía al salón comunal, para presenciar “El Mártir del Calvario”. Fue mi primera película vista en algo semejante a un cine, la pantalla improvisada con una sábana blanca, le iba muy bien a la deteriorada imagen, lo cual no restaba emotividad a la presentación. Los fieles y silentes espectadores, al final lloramos luego de atestiguar la pasión de Nuestro Señor.</p>
<p style="text-align: justify">“El Mártir del Calvario” (1952), protagonizada por Enrique Rambal Jr., corresponde a una interesante etapa del cine mexicano. Gracias a la influencia de la Iglesia, que percibía en la cinematografía una herramienta de catequización moderna, se produjeron varios filmes, dedicados a la vida del Mesías. Aparte del “Mártir&#8230;”, “Jesús de Nazaret” (1942), interpretado por José Cibrián y “Maria Magdalena” (1946), con Luis Alcoriza (a Alcoriza y su esposa Janet, García Márquez dedicó “Cien años de Soledad”).</p>
<p style="text-align: justify"><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone  wp-image-867" alt="" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2015/04/el-martir-del-calvario.jpg" width="403" height="302" /></a></p>
<p style="text-align: justify">Tres películas mexicanas con actores españoles rubios en el rol de Cristo, no creo que fuera casualidad. Para nuestro imaginario religioso, no es creíble ver un Jesús de rasgos latinoamericanos, pues la iconografía determinó que el rostro de Cristo correspondía al de un hombre europeo, aunque los judíos de aquella época tuvieran más semejanza con los latinos del presente.</p>
<p style="text-align: justify">Muchos de los cincuenta millones de colombianos, hemos visto “El Mártir del Calvario”, fenómeno que seguro se repite en otros países latinoamericanos, tornando esta cinta en un singular éxito de taquilla, que competiría con cualquier superproducción de Hollywood, si fuera posible sumar el número de espectadores que durante más de 60 años han visto la película.</p>
<p style="text-align: justify">Seguirán llegando nuevas versiones de “la historia más grande jamás contada” (título de la película protagonizada por Max Von Sydow en 1965). Sin embargo, siempre queda espacio para añorar, cuando el mundo se reducía a un pequeño espacio en blanco y negro.</p>
<p style="text-align: justify"><b>Dixon Acosta Medellín</b></p>
<p style="text-align: justify">En Twitter de vez en cuando: @dixonmedellin</p>
<p style="text-align: justify">P.D.: <i>Una versión preliminar del presente artículo fue publicada por su autor hace algunos años en la revista Magazine del periódico La Prensa de Nicaragua.</i></p>
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        <author>Dixon Acosta Medellín (@dixonmedellin)</author>
                    <category>Líneas de arena</category>
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        <pubDate>Wed, 01 Apr 2015 11:35:06 +0000</pubDate>
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