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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de ilustracion | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Zorrizo-The path of the hedgefox: encuentros y perdón</title>
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        <description><![CDATA[<p>En agosto de este año la ilustradora Cristina León y yo culminamos un proyecto que me tiene muy orgulloso. Se trata de un libro para niños, que me inventé yo, ilustró ella y editó el Colegio Bilingüe José Max León (institución a la que aterricé de manera inevitable desde antes de nacer). Se llama Zorrizo&#8211;The [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="aligncenter size-large wp-image-96119" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/Zorrizo-1-1024x791.jpg" alt="" width="840" height="649" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/Zorrizo-1-1024x791.jpg 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/Zorrizo-1-150x116.jpg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/Zorrizo-1-300x232.jpg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/Zorrizo-1-768x593.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/Zorrizo-1-1200x927.jpg 1200w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/Zorrizo-1.jpg 1650w" sizes="(max-width: 840px) 100vw, 840px" /></p>
<p>En agosto de este año la ilustradora Cristina León y yo culminamos un proyecto que me tiene muy orgulloso. Se trata de un libro para niños, que me inventé yo, ilustró ella y editó el Colegio Bilingüe José Max León (institución a la que aterricé de manera inevitable desde antes de nacer). Se llama <em>Zorrizo</em>&#8211;<em>The path of the hedgefox.</em> Sus páginas, y ramificaciones online, se despliegan en varias direcciones:</p>
<p>En primera instancia esperan contar una historia maravillosa&#8230;y no una exclusiva para los lectores menos experimentados. Esos &#8220;raros lugares encantados&#8221;, como los definía Astrid Lindgren, &#8220;a los que podemos ir y encontrar las más raras de las alegrías&#8221; deben seguir siendo el refugio vigente a lo largo de todas nuestras vidas. Cumplirán su propósito si entregan a los lectores las llaves de la sana picardía de la niñez que a veces perdemos a medida que crecemos. Hemos querido honrar también el humor, la sinceridad y la capacidad de sorpresa, todas virtudes que no deberían perder vigencia en lo que consideramos un espíritu sano.</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter size-large wp-image-96122" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4147-1024x473.png" alt="" width="840" height="388" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4147-1024x473.png 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4147-150x69.png 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4147-300x139.png 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4147-768x355.png 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4147-1200x554.png 1200w" sizes="(max-width: 840px) 100vw, 840px" /></p>
<p>Una mente abierta y un corazón flexible son dos poderes de la mayoría de los niños. De esta capacidad se desprende gran parte del poder humano para una convivencia sana y la generación de una comunidad funcional: el perdón, la solidaridad, la empatía, el diálogo. Por esto también hemos querido generar un libro que juegue con dos idiomas, pero buscando una línea de lectura que ahonde los sentidos de la lectura. Creemos que existen suficientes libros con ejercicios hermosos s de traducción literaria (la maravillosa escuela de Traducción Literaria Antoine Bermann de la Universidad de Antioquia nos ha servido de cómplice en varios proyectos propios) y en cambio pocos malabares con la diversidad de sentidos que esconde el bilingüismo. Recorrer el camino de <em>Zorrizo o The path of the Hedgefox</em> es pasar por entre los mismos árboles, pero concentrarse en diferentes líneas del paisaje: en un idioma se buscan los pájaros, en el otro se cuentan los frutos. O algo así.</p>
<p>Por otro lado, quisimos aprovechar una oportunidad que tiene que ver con la diversidad de formatos, plataformas y canales que ofrecen nuestros días: desde el inicio nos imaginamos un libro impreso que tuviera una extensión en el mundo virtual. Al ser éste un proyecto de la editorial de un Colegio concertamos con docentes y directivos ejercicios y reflexiones que, a través de ese portal multidimensional que puede ser un Código QR, se pudieran ofrecer a niños y adultos. Aún sin haber sido comercializado en librerías, profesores y padres de familia que lo han tenido en sus manos aplauden que los invitemos de manera tan sutil a integrar pantallas y páginas, escritorios de hacer tareas y mesas colonizadas por computadores, en un ejercicio de lectura.</p>
<p>Inculcar la lectura profunda es un ejercicio cada vez más importante en la era de la sobreinformación y la sociedad del cansancio. Lo es también porque muchas jóvenes familias colombianas no están dispuestas (o en capacidad) de destinar parte de su presupuesto a libros. Pueden parecerles objetos caducos y obsoletos por su incapacidad de abrirse como cajas de Pandora en links de vértigo y ventanas hipnotizadoras. O demasiado ineficientes porque piden esfuerzos adicionales a mover los pulgares. Pero sobre todo son caros. Y el palo no está para cucharas.</p>
<p>Por lo anterior, también decidimos que nuestro libro sería aprovechable al máximo, a favor del bolsillo de las familias. Con sus ilustraciones llenas de detalles y códigos secretos, sus dos idiomas recorriendo dos senderos de una misma montaña y su capacidad de integrar el objeto impreso y parte de la inmensidad virtual, <em>Zorrizo</em> también sería un libro que se aprovecharía en al menos tres asignaturas diferentes. Primero un libro extenuado por ser bitácora de tres procesos que una guía de estudio caduca, impecable como peso muerto al final de periodo escolar.</p>
<p>Y finalmente, la razón por la cual creemos que sigue valiendo la pena agregar un libro más a las estanterías y los anaqueles: ofrecemos un espacio para reflexionar sobre algo que no preocupa y nos apasiona. Algo que consideramos urgente y profundo. Se trata de nuestra posibilidad y disposición a los encuentros y al perdón.</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter size-large wp-image-96129" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4154-1024x473.png" alt="" width="840" height="388" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4154-1024x473.png 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4154-150x69.png 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4154-300x139.png 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4154-768x355.png 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4154-1200x554.png 1200w" sizes="(max-width: 840px) 100vw, 840px" /></p>
<p>Los humanos tenemos la posibilidad de construir a partir de contrarios. El método filosófico conocido como dialéctica (dialektiké), nos invita a exponer una idea (tesis), contrastarla con su opuesto (antítesis) y de esta fricción ser capaces de generar una nueva manera, otro símbolo, una tercera opción consensuada (síntesis). Tenemos la posibilidad de construir a partir de contrarios, aunque no sea la decisión más frecuente.</p>
<p>La diferencia que separa a dos opuestos contiene el poder de crear algo que no existía antes. Las fuerzas contrarias pueden generar nuevas formas a partir de la fricción. La destreza para compaginar pacíficamente con otros es lo que diferencia a un gestor de ideas y soluciones de un componente pasivo de la realidad, de algo que destruye.</p>
<p>Este poder solo se despliega a través de la paz y la transparencia que exige un intercambio, en vez de un choque. Tratar de convencer al otro, entender sus argumentos, explicarme para que entienda los míos, son algunas acciones propias de la dialéctica. Implican respeto, flexibilidad, paciencia y creatividad, entre otros valores que son cada vez más necesarios en nuestros días de migraciones, radicalizaciones, imposiciones.</p>
<p>El poeta griego Arquíloco escribió “el zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una sola gran cosa”. Retomando esta metáfora, el politólogo y filósofo Isaiah Berlin propone dividir a escritores y pensadores (y quizás a toda la humanidad) en dos categorías generales: están quienes resumen todo a una visión central, a un solo sistema coherente a través del cual piensan y sienten. Aquellos se guían por un principio rector universal. Tienden a ser como los erizos: prudentes, introspectivos, analíticos, mesurados, defensivos…Viven, sienten y crean según lógicas centrípetas: la fuerza de su existencia gira en torno a un centro que nunca deja que sus formas se salgan de los parámetros de lo predecible.</p>
<p>En el otro grupo están quienes siguen la pista de muchos y variados centros, que no necesariamente están relacionados entre sí ni parecen conectados a simple vista. No temen la contradicción. Su pensamiento suele ser disperso, sus movimientos impulsivos. Son dados a la frescura de la improvisación y no al minucioso camino de la planificación. Primero son irresponsables antes de caer en la adoctrinación. Creen que la esencia de las cosas está condicionada por la multiplicidad y el cambio. Su lógica es más centrífuga, usualmente lejos de lo perfecto y lo predecible.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter size-large wp-image-96124" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4146-1024x473.png" alt="" width="840" height="388" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4146-1024x473.png 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4146-150x69.png 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4146-300x139.png 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4146-768x355.png 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4146-1200x554.png 1200w" sizes="auto, (max-width: 840px) 100vw, 840px" /></p>
<p>Una metáfora siempre deja el aire para los matices. No se debe insistir en una clasificación absolutista de la naturaleza, menos de la humana. Es tan compleja y hermosa que escapa a las aspiraciones de un lenguaje determinista (de ahí el valor de la poesía, pero eso es materia de otro escrito). Esta dicotomía nos debe servir apenas como punto de partida para observar y comparar.</p>
<p>Escribir un libro para niños es un reto fascinante: las ideas deben ser sencillas y contundentes. Es necesario modelar con precisión el texto y ser exacto en la escogencia de las palabras. Es falso que uno “vuelva” a la sencillez y a la claridad de los niños. La mejor manera de escribir un libro de estos es aceptar que los mejores lectores son aquellos que, a pesar del paso del tiempo, siguen siendo directos, honestos y exigentes con sus autores y sus ilustradores. La mejor forma de interactuar con niños que leen es aceptar que ellos son los mejores críticos y la mejor influencia. No se vuelve a la sencillez de nadie, se evoluciona hasta volver a lograr algo tan benéfico.</p>
<p>El uso del bilingüismo en una historia sobre dos personajes que chocan y construyen desde sus diferencias me pareció un componente apenas natural en un libro sobre el poder de la dialéctica. Si para construir con el otro debo respetarlo, estudiarlo y tratar de entenderlo, la capacidad de incorporar otro idioma a mi universo es la una habilidad que me lo facilitará.</p>
<p>Trabajar con Cristina León ha convertido la elaboración de este libro en un reto de alegría. Me sentí muy orgulloso por haber encontrado una madriguera que haya resultado inspiradora para una artista de su talla. Cada forma y cada trazo fue un momento que afirmó nuestra amistad. Fue un gusto encontrar de nuevo centros y periferias que nos reciben.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter size-large wp-image-96132" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4150-1024x473.png" alt="" width="840" height="388" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4150-1024x473.png 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4150-150x69.png 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4150-300x139.png 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4150-768x355.png 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_4150-1200x554.png 1200w" sizes="auto, (max-width: 840px) 100vw, 840px" /></p>
<p>Un nuevo libro de ambos que habla sobre el poder de los contrarios sale buscando a sus lectores. Enfrenta un mundo que renueva su vocación tóxica de partirse entre bandos que prefieren el facilismo de la sangre derramada al esfuerzo de la construcción. Las aulas, las bibliotecas, las librerías, los hogares con espacio para la lectura son nuevamente el lugar donde se conservan las tercas formas de la esperanza.</p>
<p><a href="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/IMG_3648.mov">IMG_3648</a></p>
<p>Espero que dentro de poco se ofrezca en las mejores librerías y portales de compra de libros por Internet.</p>
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        <author>Robert Max Steenkist</author>
                    <category>DELOGA BRUSTO</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=96020</guid>
        <pubDate>Fri, 01 Sep 2023 15:26:28 +0000</pubDate>
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        <title>Herrada de Landsberg (1130-1194)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Las religiosas medievales cumplieron de manera subrepticia, disimulada, y pese a todo con licencia, ese rol que a la mujer le venía siendo negado durante siglos y que siguió prolongándose durante todo el Oscurantismo: el de ser pensante. Los monasterios podrían considerarse una suerte de centro de conocimiento para las mujeres que de todas maneras [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Las religiosas medievales cumplieron de manera subrepticia, disimulada, y pese a todo con licencia, ese rol que a la mujer le venía siendo negado durante siglos y que siguió prolongándose durante todo el Oscurantismo: el de ser pensante. Los monasterios podrían considerarse una suerte de centro de conocimiento para las mujeres que de todas maneras no podían aspirar a cursar estudios académicos. Fue así como algunas monjas se consagraron al interior de sus conventos a desarrollar algunas piezas de arte, a cultivar la filosofía y a explorar la ciencia. Perdidas entre los claustros, del Medioevo queda algún que otro testimonio sobre la vida y obra de filósofas, poetas, músicas y científicas, mujeres dedicadas a la investigación y al estudio, todas ellas religiosas. Ese fue el caso de Herrada, una noble que nació en Alsacia, en el castillo de Landsberg, en la región del Bajo Rin, y que apareció para anticiparse tres siglos al Renacimiento. Desde muy joven ingresó a la congregación religiosa de la abadía de Hohenburg, también conocida como Mont Sainte-Odile Abbey, en los montes Vosgos, a pocos kilómetros de Estrasburgo. El monasterio estaba encabezado desde su fundación por la abadesa Relinda de Hohenburg, quien años atrás había sido enviada desde el monasterio de Bergen, en Baviera, con la iniciativa de erigir un monasterio, y que acabaría concretando en una realidad. La abadesa contaba con el apoyo del emperador Francisco I Barbarroja, por lo que siempre gozó de una condición de abundancia y del resguardo casi sagrado que un rey pudiera brindar. En el convento, Herrada, joven novicia, comenzaría a educarse en distintas disciplinas, convirtiéndose con el pasar de los años en una mentora, y más adelante en quien fuera la elegida para remplazar a Relinda después de su muerte en el año de 1167. En su cargo de líder del monasterio, la abadesa Herrada es mencionada por las reformas de reconstrucción del recinto, así como por la expansión de los terrenos circundantes que acabarían siendo propiedad de Hohenburg. Pero si por algo será recordada Herrada, esto es por el precioso compendio enciclopédico que comenzaría toda vez se posesionara como abadesa. Se trató de una obra construida con el máximo esmero, detallada y de largo aliento, y en la cual también trabajarían varias monjas que durante todo este tiempo acompañaron una labor que sería un destello de ilustración en un medio de un mundo tan oscurecido. Escrito en latín y glosas en alemán, el <em>Hortus Deliciarum (El jardín de las delicias) </em>pretendía ser el bastión pedagógico para la enseñanza de las novicias, y en cuya introducción se patenta su propósito: <em>“Herrada, por la gracia de Dios, abadesa, aunque indigna, de la iglesia de Hohenburg, a las dulces vírgenes de Cristo que trabajan en Hohenburg… Le hago de su conocimiento Santidad, que, como una pequeña abeja inspirada por Dios, coseché de diferentes flores de las Sagradas Escrituras y textos filosóficos este libro, a lo que llamé Hortus Deliciarum y lo he compilado en honra y alabanza de Cristo y de la Iglesia y en vuestro nombre y amor, como única y dulce colmena.” Gozoso de erudición, el Hortus Deliciarum es una obra pictórica compuesta de 366 ilustraciones simbólicas que compendian el estudio y los avances respecto a algunas ciencias como la literatura, la poesía, la filosofía, la historia, la música y la teología. Sus técnicas de pintura resultan bastante innovadoras para la época, permitiéndose consagrar además algunas</em> vivencias propias, en representaciones que retratan a las demás religiosas en su infatigable <em>Ora et labora </em>(reza y trabaja), y que finalmente concluyó en uno de los textos más célebres y valiosos elaborado por mujeres de la Edad Media. Un trabajo clandestino que Herrada y sus hermanas religiosas labraron desde el interior de los muros de un monasterio, siendo también las primeras en componer piezas musicales polifónicas e himnos. Cabe destacar el espacio para la poesía, donde la enciclopedista medieval se permitió consignar algunos pasajes poéticos de escritores de la antigüedad, algunos de ellos de un corte pagano, y así también como de textos árabes. Tiempo después, algunos de estos poemas serían adaptados para convertirlos en música. Y aunque el rigor literario no permite incorporar la producción poética de Herrada dentro de la antología medieval, pecando su escritura de una carencia ortográfica y cuyo estilo transgrede a la escuela clásica latina, ningún crítico de la actualidad dejará de apreciar la honestidad de sus poemas, el ritmo y la musicalidad, y sus sinceros propósitos de iluminar. Finalmente, algunos señalan que varias de las imágenes pintadas por Herrada configuran la eterna batalla entre las fuerzas del Vicio contra las de la Virtud, y que conforman el compendio de una obra que la misma abadesa se encargó de editar para dar por finiquitada. Durante varios siglos el <em>Hortus Deliciarum </em>fue conservado en la abadía de Hohenburg, y una vez acabada la Revolución Francesa el manuscrito quedó en custodia de la biblioteca municipal de Estrasburgo. Se conservan dos piezas musicales de su autoría: <em>Primus parens hominum </em>y <em>Sol oritur occasus. </em>En 1818 tuvimos la suerte de que Christian Moritz Engelhardt se interesara en copiar los textos de la genial abadesa, ya que la obra original terminaría siendo incinerada, luego de que la ciudad de Estrasburgo fuera asediada en 1870 durante la guerra franco-prusiana, y la biblioteca municipal acabara colapsando por un incendio. El <em>Hortus Deliciarum </em>sería publicado en 1879, muchos siglos después de que su autora desapareciera de este mundo. Esto ocurrió en el 1195, luego de haber estado durante 28 años al frente de su monasterio, un verdadero templo del saber.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-88394" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/02/237.-HERRADA-DE-LANDSBERG.jpg" alt="HERRADA DE LANDSBERG" width="189" height="266" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=88393</guid>
        <pubDate>Fri, 11 Aug 2023 07:17:27 +0000</pubDate>
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        <title>Musas</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/musas/</link>
        <description><![CDATA[<p>Esos espíritus o presencias etéreas a los que acude el poeta en busca de inspiración, esas figuras divinas con las que quiere toparse la mano creativa del pintor, las ninfas por las que espera ser abordado el músico que compone una melodía, esas fuerzas poderosas que como representaciones femeninas asisten a los artistas dotándolos de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Esos espíritus o presencias etéreas a los que acude el poeta en busca de inspiración, esas figuras divinas con las que quiere toparse la mano creativa del pintor, las ninfas por las que espera ser abordado el músico que compone una melodía, esas fuerzas poderosas que como representaciones femeninas asisten a los artistas dotándolos de magia y creatividad, esos son los seres mitológicos a los que se les conoce como musas. La palabra musa significa “canción” o “poema”, y según parece la devoción por estos seres es originaria de Pieria, en Tracia, muy cerca de donde se ubicaba el monte Olimpo. La versión que más prolifera cuenta que fueron engendradas después de nueve noches de amor ininterrumpidas entre Zeus, gran dios del Olimpo, y la titánide Mnemósine, diosa de la memoria, y que solían acompañar al dios de las artes, el mítico Apolo, con quien tendrían casi todas algún amorío y una que otra descendencia divina, además de aprender de él los distintos oficios artísticos. Su primera aparición, luego de su nacimiento, fue cantar en coro el triunfo de los dioses olímpicos sobre los titanes, celebrando la victoria que eternizaría a su padre en el poder de los cielos. Hacia el siglo VIII antes de Cristo la creencia en las musas se extendía por todo el territorio de la Hélade, siendo una creencia que ciertamente inspiraría el arte de la Antigua Grecia, ya que toda suerte de artistas de distintas latitudes estaban convencidos de la existencia de las musas, por lo que el culto y adoración por estas figuras era común entre los poetas, escultores y músicos de la época. Desde Esparta y hasta Roma, y para rendirle tributos a las musas, se erigieron templos, altares, estatuas y toda clase de monumentos donde solían ofrecerse en sacrificio libaciones de agua, leche y miel. En el siglo IV la ya dominante iglesia romana prohibió el culto y la adoración a las musas, considerándoles rituales paganos que eran contrarios a los preceptos cristianos, y durante el Oscurantismo la invocación a estas presencias míticas podría llegar a ser condenado con la pena capital. Unos dicen que al principio fueron tres musas, otros señalan que fueron cuatro, pero la versión más difundida sería la propuesta por Hesíodo y luego respaldada por Plutarco, quienes distinguieron a nueve musas y las catalogaron según las distintas corrientes artísticas: <strong>Calíope </strong>(Καλλιόπη), “la de la bella voz”, musa de la elocuencia, la belleza y la poesía épica, amante de Apolo y con quien tendría al poeta Orfeo, asesinado por el dios Dionisio, y a quien se le representa coronada con un ramillete de laureles, portando una tabla de escritura y sujetando una lira. Es la mayor de todas y según Homero sería ella la que inspiraría sus epopeyas de <em>La ilíada </em>y <em>La odisea</em>; y también sería la encargada de mediar en la disputa entre Afrodita y Perséfone cuando ambas codiciaban al bello Adonis. Tras la muerte de su hijo y su esposo, esta ninfa acabaría parando en los sótanos del Hades.<strong> Clío </strong>(Κλειώ), “la que ofrece la gloria”, madre de Jacinto, el fiel amigo de Apolo, musa de la Historia y que suele ser representada portando un libro abierto o un rollo de pergamino mientras toca la trompeta. Se dice que fue ella quien enseñó en Grecia el alfabeto de los fenicios. <strong>Erató </strong>(Ἐρατώ), “la amorosa”, musa de la poesía lírica, amante de Apolo, y que suele aparecer con una antorcha encendida, acompañada de un arco y de flechas doradas, tal como Eros, dios del amor, con una corona de rosas ceñida a su cabeza y sosteniendo el instrumento de la cítara mientras un par de tórtolas le picotean los pies. <strong>Euterpe </strong>(Εὐτέρπη), “la muy placentera”, musa de la música, inventora del aulos (flauta doble) y que suele estar acompañada junto a otros instrumentos como el laúd y la guitarra, coronada de rosas y hojas de mirto y que funge como representante del buen ánimo. <strong>Melpóneme </strong>(Μελπομένη), “la melodiosa” era la musa de la tragedia, del ingenio y la imaginación. Su cabeza está encumbrada por una corona de pámpanos y alguna joya que la adorna, siempre cubierta de coloridas prendas, calzado alto, llevando una máscara de aspecto triste en una de sus manos, y en la otra un puñal ensangrentado (en otras versiones empuña un cetro), mientras reposa sobre una maza como símbolo de que el oficio del teatro requiere un compromiso para nada sencillo, así como de un gran talento. Triste, solitaria, descontenta a pesar de sus privilegios, y representante consumada del drama. <strong>Talía </strong>(Θάλεια), “la festiva”, musa de la comedia, anfitriona en festejos, sinónimo de abundancia, será la contraparte de su hermana Melpóneme. Con una mirada inquietante, pícara y divertida, Talía es representada con guirnaldas, calzando sandalias o borceguíes, y portando en su mano una máscara con una sonrisa dibujada. También fue amante de Apolo, y es asociada con los campos, los sembrados y la agricultura. <strong>Terpsícore </strong>(Τερψιχόρη), “la que deleita en la danza”, es la musa del baile, también la que vela por la educación, y suele representársele bailando y tocando el arpa. Es además la madre de las sirenas. Siempre vestida con prendas color blanco, <strong>Polimnia </strong>(Πολυμνία), “la de muchos himnos”, es la musa del canto. Es representada en una actitud meditativa, con un semblante muy serio, reposando su brazo sobre una roca en actitud reflexiva, mientras un velo le cubre parte del rostro y su mirada profunda se posa en los cielos. Lleva algunas cadenas sujetas a su cuerpo, y a veces aparece con un dedo en los labios como señal de silencio y prudencia. Es la creadora de la geometría, la gramática y la lira. Finalmente la menor de las musas, <strong>Urania </strong>(Οὐρανία), “la celestial”, musa de las ciencias y especialmente de la astronomía, otra amante de Apolo que figura portando un ramillete de espigas en su mano derecha y en la izquierda un globo terráqueo, y a sus pies distintos instrumentos de medición como la brújula o el compás. El poder principal de las musas consiste en susurrar al poeta las palabras justas, medidas, mezcla de su conocimiento y sus ideas, otorgándole el disparador necesario para relatar sus pensamientos con elegancia y belleza. Así también aconsejaban a los reyes en el arte de gobernar y socorrían a los oradores en el arte de la retórica, como fuera el caso de Aristeo. La profecía era también un atributo por el que eran conocidas dado su cercanía con el dios profético de Delfos, su amado Apolo. Las musas figuran en los distintos mitos como personajes secundarios, compañeras del dios Dionisio en sus banquetes y con entrada disponible al Olimpo, haciendo apariciones eventuales, como cuando sirvieron de juezas en el duelo musical que tuvo Apolo contra su retador Masias, o cuando las nueve hijas del rey Píero, las Piérides, se atrevieron a desafiarlas en una competencia de canto, terminando convertidas en urracas y sus voces transformadas en graznidos. Otras que no salieron bien libradas después de encarar a las musas fueron las temidas sirenas, que recibieron como castigo el ser desplumadas de sus colas, plumas con las que luego se adornarían las musas con el fin de humillar a las ninfas oceánicas. El cantor Tamiris, hijo de Filamón y de la ninfa Argíope, fue otro personaje al que no le fue bien luego de retarlas y de perder en la contienda. Tamiris había propuesto a las musas acostarse con ellas si salía vencedor en un duelo de canto, pero finamente sería castigado con la ceguera por su <em>hibris, </em>que es como se conoce a la ambición desmedida<em>. </em>Al comienzo de una tarea artística es el momento preciso en que es debido evocarlas, nombrándoles y requiriendo de su consuelo, su gracia y profecía, para que acudan en auxilio de la empresa artística. Es así como a lo largo de la Historia han sido varios los filósofos y poetas que han invocado la asistencia inspiradora de las musas. El ilustre Heródoto nombró a cada uno de sus nueve libros de <em>Historias </em>con el nombre de cada musa. Para impulsar la “armonía cívica y el aprendizaje”, Pitágoras recomendó a los habitantes de Crotona que levantaran un templo en honor a las musas. Platón y Hesíodo también se refieren a las musas en algunos pasajes de sus escritos, y de este mundo antiguo nos queda la biblioteca de Alejandría, la cual se construyó alrededor de un <em>mouseîon </em>(museo), que es como se le llama al “altar de las musas”, y que estaba ubicado muy cerca de la tumba de Alejandro Magno. En tiempos modernos Dante clamará el auxilio de las musas en repetidas ocasiones, como en el caso de <em>La divina comedia, </em>cuando canta desde el Infierno: “¡Oh musas, oh altos genios, ayudadme! ¡Oh memoria que apunta lo que vi, ahora se verá tu auténtica nobleza!” O en el caso de Shakespeare con su obra <em>Enrique V, </em>y en cuyo prólogo podemos leer: “Quién me diera una musa de fuego que os transporte al cielo más brillante de la imaginación; príncipes por actores, un reino por teatro, y reyes que contemplen esta escena pomposa.” John Milton, Góngora, e incontables son los artistas que expresaron sus ansias de convocarlas para que alumbraran sus obras. Hicieron presencia en el antiguo arte romano y luego tuvieron que esperar para reaparecer en el Renacimiento y cobrar mayor fuerza con el Neoclásico, siendo notoria la figura de las musas en los relieves de los monumentos, o en las esculturas que suelen adornar las fuentes. En la Ilustración la mítica presencia de la musa se manifiesta en el arte, y hacia el siglo XVIII volverán a ser símbolo de inspiración divina, como el caso de una logia compuesta por intelectuales y célebres de la época como Voltaire, Franklin y Danton, que era conocida como <em>Les neuf sœurs </em>(Las nueve hermanas). A partir de ese momento la palabra “museo” servirá además para nombrar al lugar donde se recoge historia y conocimiento que quiere compartirse con todos. Safo de Lesbos y más tarde otra poetisa, Sor Juana Inés de la Cruz, fueron llamadas como la “Décima Musa”. Los nombres de las musas aparecen bautizando plantas, árboles, ríos y mariposas, y de diferentes formas se les ha representado en los cuentos, películas, animaciones y videojuegos, y en donde seguirán su tarea de alertar el asombro del artista y servir como un gatillo en su quehacer creativo.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 23 Jun 2023 22:58:35 +0000</pubDate>
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