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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Sat, 11 Apr 2026 22:07:20 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de Grecia | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Célebre y absurda muerte</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/absurdo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Una reflexión de Albeiro Guiral sobre la idea del destino en la literatura, desde Shakespeare hasta García Márquez.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right"><em>Imagen: Hamlet y Horacio en el cementerio, por Eugène Delacroix.</em></p>



<p></p>



<p class="has-text-align-right">«…muerte,<br>país desconocido de cuyos límites<br>ningún viajero retorna».<br><strong>Shakespeare</strong>, <em>Hamlet</em></p>



<p></p>



<p>Hoy vengo a hablarles del destino. Mejor dicho: a cuestionarlo. Para ello quisiera evocar dos obras entrañables de la literatura y unas cuantas célebres y absurdas muertes. En <em><strong>Edipo Rey</strong></em> de <strong>Sófocles</strong>, su protagonista, como es sabido, en su afán de alejarse del parricidio y del incesto que le ha señalado el oráculo, termina encontrándose con estos cara a cara y consumándolos letra a letra. Para limpiar su culpa, a manera de sacrificio, el rey caído en desgracia les ofrece sus propios ojos a los dioses y se va al destierro.&nbsp;</p>



<p>De un modo similar al protagonista de esta tragedia, <strong>Esquilo</strong>, tal vez el precursor del género o dicho de otro modo uno de los exponentes más altos de la dramaturgia clásica, había visitado el Oráculo de Delfos con intriga por su futuro. Este es implacable: «<strong>Morirás aplastado por una casa</strong>», le dice. El trágico decide entonces, para evitarlo, del mismo modo en que Edipo decide alejarse de sus apócrifos padres para no agraviarlos,&nbsp; irse a vivir al campo, lejos de toda posibilidad de recibir el golpe definitivo del destino. Lo que ignoraba era que la adivinación hablaba en símbolos —como siglos después nos diría <strong>Shakespeare</strong> que <strong>Macbeth</strong> interpretaría mal el designio de ser asesinado cuando los árboles caminaban—, pues un día en que descansaba al aire libre una casa le cayó desde la altura y lo mató. Una casa, sí, la de un animal tan místico como enigmático que a <strong>Zenón</strong> le quitara el sueño: una tortuga que un quebrantahuesos dejó caer sobre la grande y calva cabeza del griego al confundirla con una roca. El ave rapaz buscaba romper el caparazón, como es su costumbre, para alimentarse de la carne profanada y presumo que lo consiguió.</p>



<p>En una versión tropical de la tragedia, en el sentido de postular una idea del destino inexorable, <strong>Gabriel García Márquez</strong> crea un personaje edípico y al mismo tiempo trasgresor. Santiago Nasar, en <em><strong>Crónica de una muerte anunciada</strong></em>, sale de su casa en la mañana al encuentro de una muerte violenta en las manos de matarifes de los gemelos Vicario. Tanto los lectores, impotentes, como el pueblo en general, impasible, desde el título de la novela, pasando por las primeras páginas, lo vemos hacer el recorrido previo al crimen y esperamos el encuentro final. Y allí está la trasgresión de García Márquez: su Edipo no está al tanto de su destino sino hasta minutos antes de que le abran a puñal su vientre y se encuentre en las manos el racimo de sus vísceras.</p>



<p>También sin estar enterado de los pormenores de su final, el 25 de marzo de 1980, <strong>Roland Barthes</strong>, semiólogo francés de inmensa reputación y teórico de la literatura, murió atropellado en París por una camioneta cuyo conductor había hecho caso omiso de la luz roja del semáforo, cuyo conductor, digo, había irrespetado un signo. De haber sobrevivido, tal vez el autor de <em>Análisis estructural del relato</em> se habría reído de este curioso accidente y habría podido interpretar al automóvil como <em>un signo opaco</em> por la poca información que este dejó al huir del lugar.</p>



<p>Con las muertes de Esquilo y Barthes había querido cuestionar la idea del destino como una sentencia divina inevitable, como aparece en la obra de Sófocles, y la idea de este como una confección propia o colectiva que responde a nuestros propios actos, o al azar, como es notorio en la novela del autor colombiano, pero ahora quisiera despedirme evocando estos dos sucesos. El 15 de junio de 2017 una estudiante de enfermería en un hospital de Cali se lanza desde el sexto piso pero su suicidio no es exitoso porque cae sobre una médica que estaba en la cafetería y muere de modo instantáneo. Quizá la estudiante, quien fue investigada por homicidio culposo ahora sea feliz, como Cioran, por haber descubierto que la caída es la mejor opción para curarse del <em>inconveniente de haber nacido</em>, pero que al saberlo es mejor no lanzarse, y que la premisa del autor rumano cobra mucho sentido cuando lo absurdo aparece para interrumpir una vida: «Ser o no ser… ni lo uno, ni lo otro».</p>



<p>El sábado 22 de septiembre de 2019 un joven estudiante colombiano fue asesinado en Palermo, Buenos Aires, cuando su arrendador entró a medianoche a su habitación y lo encontró dormido con su gato y a ambos los molió a palos. Cuando la policía le preguntó por qué lo había hecho, el hombre de mediana edad, que dormía en la habitación contigua con un perro ciego, y a quien nadie le solía ver en la calle, dijo: «Su modo de soñar me resultaba francamente insoportable».</p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=121611</guid>
        <pubDate>Thu, 23 Oct 2025 00:25:10 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Célebre y absurda muerte]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Albeiro Guiral</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>Marguerite Yourcenar (1903-1987) &amp;#8220;El encanto de la pluma francesa&amp;#8221;</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/marguerite-yourcenar-1903-1987/</link>
        <description><![CDATA[<p>&#8220;Todo ser que haya vivido la aventura humana, vive en mí&#8221;, concluyó Marguerite Cleenewerck de Crayencour, una aristócrata belga nacida en un ambiente intelectual, culto, y que le sirvió como un bastión para formarla en el mundo literario y hasta lograr consagrarla como una de las más grandes escritoras de todos los tiempos. &#8220;Mis primeras [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>&#8220;Todo ser que haya vivido la aventura humana, vive en mí&#8221;, concluyó Marguerite Cleenewerck de Crayencour, una aristócrata belga nacida en un ambiente intelectual, culto, y que le sirvió como un bastión para formarla en el mundo literario y hasta lograr consagrarla como una de las más grandes escritoras de todos los tiempos. &#8220;Mis primeras patrias fueron los libros. Y, en menor grado, las escuelas.&#8221;</p>
<p>Su madre murió diez días después del parto, dejando a su esposo de 50 años la crianza exclusiva de su pequeña, y por quien sabría velar para atenderla en todos sus cuidados y, sobre todo, procurar que gozara de la mejor educación. Es así como Marguerite no asiste a la escuela para ser instruida en su educación básica por tutores y así también como por su padre, un tipo descontento y trotamundos que había recorrido toda Europa, y que fuera quien le daría a conocer a su hija algunos escritores que supieron iluminarla en su camino literario, como el dramaturgo Jean Racine, o escritores como Flaubert, Rilke y Maeterlinck, además de algunos clásicos como Aristófanes y Virgilio, este último uno de sus favoritos de siempre. El método consistía en leer en voz alta, alternando entre padre e hija, y fue así como se dice que a los 12 años la pequeña ya casi dominaba el latín y dos años más tarde leía con fluidez el griego.</p>
<p>En 1913 su padre adquiere una propiedad en Ostende, y será entre esta casona burguesa y Lille donde Marguerite llevará una infancia tranquila y no exenta de ciertos privilegios. Sin embargo la propiedad de Ostende sería destruida durante la Gran Guerra, por lo que la familia tuvo que huir a Londres, para más tarde regresar a Francia y establecerse en París. Por aquel entonces, y por recomendación de su padre, Marguerite conoce el pensamiento pacifista de Romain Rolland, Premio Nobel de Literatura en 1915, y que mucha influencia tendría en el pensamiento antibelicista de la futura gran escritora.</p>
<p>Para 1915 padre e hija viajan por Italia y Suiza, para finalmente establecerse en Montecarlo, luego de que a su padre se le diagnosticara un cáncer que al cabo de los años acabaría con su vida.</p>
<p>En 1919 Marguerite deja de lado su nombre de pila, y empieza a firmar con un anagrama de su apellido que había creado junto a su padre, Crayencour (con ausencia de la letra “C”): Yourcenar.</p>
<p>“Mi oficio me pareció inútil, lo que es casi tan absurdo como creerlo sublime”, diría años más tarde la joven que para 1921 estaría dando a conocer las primeras expresiones de su lírica, en un par de poemarios titulados: <em>El jardín de las quimeras</em> y <em>Los dioses no han muerto</em>, y las cuales no serían incluidas en el corpus de sus obras, publicada muchos años después por la Biblioteca de la Pléiade.</p>
<p>Antes de morir, en 1929, el padre de Marguerite alcanza a leer la primera novela de su hija, <em>Alexis o el tratado del inútil combate</em>, a la cual calificaría como una novela “límpida”, y que también la crítica vería con visto bueno, destacando su estilo profundo y decantado, maduro, austero, y con notorias influencias de escritores como el Premio Nobel de Literatura de 1927, André Gide. La trama de la novela se desarrolla por medio de una extensa carta que un músico escribe a su mujer declarándole su homosexualismo y su voluntad de abandonarla para serle fiel a sus más honestos e inevitables sentires.</p>
<p>Para 1931 su amigo André Fraigneau -con quien mantuvo una estrecha relación durante toda su vida y que Yourcenar hubiera querido escalar a otro plano y a pesar de que ambos fueran homosexuales- sería quien le ayudaría por medio de la editorial Grasset para la publicación de su segunda novela: <em>La nueva Eurídice</em>.</p>
<p>Luego de morir su padre, Yourcenar dividirá la herencia con su hermano, permitiéndose con su parte presupuestar sus gatos para los próximos diez años, y cuya tranquilidad económica le posibilitaron dedicarse con pleno propósito a sus tareas como escritora.</p>
<p>Siguiendo los pasos de viajero que heredó de su padre, Marguerite viaja a Roma y a Nápoles, y fruto de este recorrido publicará dos novelas, ambas en 1934, <em>El denario del sueño</em> y <em>La muerte conduce la trama</em>, y para fines de ese año viajará a la tierra que consideró como su patria espiritual, Grecia, y donde conocerá al intelectual Andreas Embirikos, quien se convertirá en uno de sus mejores aliados y amigos, y cuya amistad comenzaría por recorrer en bote las distintas islas del Peloponeso.</p>
<p>Ardorosa, apasionada, literalmente fogosa, la escritora se vale de algunos relatos y mitos para publicar en 1935 una de sus obras más conocidas: <em>Feux</em> <em>(Fuegos)</em>.</p>
<p>En 1936 se encuentra con la obra poética de Constantino Cavafis, y en compañía de su amigo Constantin Dimaras, deciden en conjunto -y a pesar de las discrepancias de interpretación- traducir la obra del escritor griego a la lengua francesa. Por esa misma época Marguerite tendrá una relación sentimental con Lucy Kyriakos, quien estaba casada y tenía un hijo, y era la prima de la esposa de Dimaras.</p>
<p>Un año más tarde, y dado que la venta de sus libros no le representaba mayores ganancias, Yourcenar traduce al francés la novela <em>Las olas</em>, de la escritora británica Virginia Woolf, con quien se reunirá en su casa de Bloomsbury para ajustar detalles y darle vida a la traducción que sería publicada en 1937.</p>
<p>En 1938 la editorial Grasset vuelve a apostarle a Yourcenar, publicando <em>Los sueños y las suertes</em>, donde al estilo de Rilke, y a modo poético, la autora revivirá sus sueños y manifestaciones oníricas. Ese mismo año La Nouvelle Revue Française (NRF) también hará su apuesta por la escritora y sacará a la luz <em>Cuentos</em> <em>orientales</em>, que es un compilado de historias y leyendas provenientes de Japón, China y otras culturas que sedujeron el interés de la escritora y que estuvieron siempre latentes en cada uno de sus escritos. Y ese mismo año, escrito de una sola tirada, <em>Le coup de grâce (El tiro de gracia)</em> fue también publicado por la NRF, y considerada por muchos como una auténtica obra maestra. El relato cuenta la situación bélica que se vivió en la zona de los Balcanes entre los rojos y blancos luego de la Revolución Rusa, y en donde tres personajes tendrán que relacionarse y amarse a partir de sus diferencias étnicas e ideológicas.</p>
<p>En 1939, antes de escapar del conflicto mundial que recién comenzaba, tradujo algunas obras de Yukio Mishima, y así también <em>Lo que Maisie sabía</em>, de Henry James. Sería su amiga Grace Frick quien le ayudaría a establecerse en New York, e incluso le consiguió un trabajo como profesora de Literatura comparada. Junto a Grace, Marguerite viviría una historia de amor que se prolongaría por cuarenta años, hasta la muerte de Frick. Un tiempo después la pareja se mudará a Hartford (Connecticut). “El amor y la locura son los motores que hacen andar la vida.”</p>
<p>Para 1943, habiendo gastado ya su herencia, comienza a dictar clases de francés e italiano en el College Sarah Lawrence, un instituto femenino de corte elitista, y en donde estará durante los próximos años, a excepción de ese año de 1950 en el que se permitió hacer una pausa para encarar la redacción de una de sus novelas más célebres y ambiciosas: <em>Mémoires d&#8217; Hadrien (Memorias de Adriano).</em></p>
<p>En 1951, en París, se dio a conocer la novela histórica para la cual la autora se habría sabido documentar con minucia y en la que estuvo consultando e investigando durante más de una década. Esta novela podría destacarse como una de las pioneras en el género de la novela histórica. Trata la historia de uno de los más venerados emperadores de la antigua Roma, narrado en un tono poético, a través de una extensa carta que el gobernante le escribe a su nieto adoptivo y futuro sucesor, el reconocido Marco Aurelio. El emperador le contará a Marco Aurelio sus aventuras pasadas, sus triunfos y derrotas, y así también como sus filosofías de vida y su amor por Antínoo.</p>
<p>La novela sería un éxito rotundo. Julio Cortázar se encargaría de traducirla al español, y así también otros idiomas gozarían del talento de una escritora que ya era reconocida en medio mundo, razón por la cual Marguerite decide regresar a Francia.</p>
<p>“Tengo varias religiones, como tengo varias patrias, de manera que en cierto sentido no pertenezco quizás a ninguna.” Desde 1947, año en el que le fue concedida la nacionalidad estadounidense, la escritora se había establecido junto a Grace en Mount Desert Island, en la costa de Maine, donde adquirieron una casona a la que bautizaron: <em>Petite Plaisance</em>. “Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.” Pero después de doce años regresarán a Europa, donde recorrerán varios países dictando conferencias y charlas. Viajan por Italia, Suiza, Holanda y territorios escandinavos. Visitan Leningrado, Lisboa, pasan la Semana Santa en Sevilla y también visitan Granada, donde Yourcenar dejará sobre el supuesto lugar donde fue ejecutado Federico García Lorca una carta dirigida a la hermana del poeta, como un gesto que honraba al escritor español.</p>
<p>Teniendo como personaje principal al médico, filósofo y alquimista Zenón, la novela <em>Opus</em> <em>nigrum</em> <em>(La obra en negro)</em> verá la luz en el año de 1965, y tres años después será galardonada con el Premio Femina. En el marco de la Europa del siglo XVI, la escritora logra recrear con majestuosidad ese momento transicional entre la Edad Media y el Renacimiento, y esto a través de un personaje ávido de conocimientos, un sabio con la “rabia del saber”, y quien tendrá que padecer los prejuicios y dogmas religiosos que deniegan de sus descubrimientos científicos.</p>
<p>Durante los años setenta la pareja regresó a <em>Petite</em> <em>Plaisance</em>, donde Yourcenar estuvo atenta a los cuidados de su compañera que padecía cáncer de mama, y donde aprovecharía para escribir los dos primeros volúmenes de su trilogía de memorias familiares: <em>El laberinto del mundo: recordatorios</em>, y <em>Los archivos del Norte</em>. En el primero contará sobre su familia por el lado materno y en el segundo abordará la de su padre.</p>
<p>En 1970 se le hace miembro de la Academia de Lenguas de Bélgica, y un año más tarde publicará <em>Teatro</em>, dos volúmenes que recogen sus obras teatrales.</p>
<p>Comprometida con el cuidado del medio ambiente y la protección animal -causas que estuvieron siempre presentes en sus escritos y que resultaban innovadores para la época-, en 1978 Yourcenar apoya públicamente la Declaración Universal de los Derechos de los Animales.</p>
<p>En 1979 su amada Grace pierde la batalla contra el cáncer. “Cuando lo pierdo todo, me queda Dios. Si pierdo a Dios, vuelvo a encontrarte.”</p>
<p>En 1980 es condecorada con el prestigioso Premio Erasmus, y ese mismo año, consagrada como una de las plumas más prominentes y respetadas, Marguerite Yourcenar se convierte en la primera mujer que es elegida como miembro de la Academia de la Lengua francesa, y quienes son reconocidos como “los inmortales”. “Los escritores mienten, aun los más sinceros&#8230; Los libros divagan y mienten, igual que los hombres.” Cierra ese año con la publicación de varias entrevistas que fue concediendo y que recopiló bajo el título: <em>Con los ojos abiertos: conversaciones con Marguerite Yourcenar</em>, y en donde nos mostrará algunas facetas de su personalidad y revelará parte de su pensamiento que hasta ese momento se tenía reservado.</p>
<p>En adelante la consumada viajera se dedicará de nuevo a recorrer mundo, y acompañada de un fotógrafo estará de visita por Marruecos, Egipto, India, Japón, experiencias que condensó también a través de las letras en dos libros que serían publicados póstumamente: <em>Peregrina y extranjera </em>y<em> Una vuelta por mi cárcel.</em></p>
<p>Hizo amistades con los más célebres escritores y artistas de la época, destacándose la amistad que tuvo hacia el final de su vida con el presidente francés, el reconocido devorador de libros François Mitterrand.</p>
<p>Por si le faltaran condecoraciones y reconocimientos, y mereciendo cada uno de ellos, en 1986 es galardonada con la Legión de Honor francesa. “A menudo he pensado con tristeza que un alma verdaderamente hermosa no alcanzaría la gloria, porque no la desearía.” Ese mismo año tiene el gusto de conocer en Ginebra a Jorge Luis Borges, y a solo seis días de la muerte del autor de <em>Ficciones</em>, Yourcenar le preguntó: “Borges, ¿cuándo saldrás del laberinto?” A lo que Borges respondió: “Cuando hayan salido todos.” Ese mismo año Marguerite dictará en la Universidad de Harvard una serie de conferencias sobre el recién fallecido escritor argentino.</p>
<p>En 1981 consigue finalizar sus memorias con la publicación del libro titulado <em>Mishima o la visión del vacío</em>. “He llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada.”</p>
<p>Poco antes de morir, en 1987, en su penúltima conferencia, Yourcenar recalcó en su discurso la importancia de que el ser humano atienda al trato indiscriminado que se le ha venido dando al planeta y a los recursos naturales.</p>
<p>“Soledad&#8230; yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos aman&#8230; Moriré como ellos mueren.” Y así fue: sucedió el 17 de diciembre de 1987 en el hospital Bar Harbor, debido un ataque al corazón, cerca a su casona de <em>Petite</em> <em>Plaisance</em>, donde pasaría una buena parte de su vida acompañada de su infaltable Grace, junto a la cual sería enterrada en aquella isla donde prosperó su amor, y sus restos reposan juntos en una modesta tumba en el Brookside Cemetery de Somesville. Su casa es hoy un museo en el que los visitantes pueden apreciar pertenencias y escritos de la reconocida y laureada escritora francesa. “¡Qué insípido hubiera sido ser feliz! Toda felicidad es inocencia&#8230;”</p>
<p>Dejó sus escritos a la Harvard University Cambridge, y así también en Houghton Library se conserva gran parte de su correspondencia, fotografías y manuscritos que pueden ser libremente consultados, a excepción de algunos documentos que solo serán revelados en el año de 2057. También en Bruselas el Centre International Documentation Marguerite Yourcenar (CIDMY) recoge buena parte del material de la autora y ofrece actividades para dar a conocer su vida y obra. “Todos nos transformaríamos si nos atreviéramos a ser lo que somos”.</p>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-89129" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/04/255.-MARGUERITE-YOURCENAR-300x213.jpg" alt="MARGUERITE YOURCENAR" width="300" height="213" /></p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=89128</guid>
        <pubDate>Fri, 22 Dec 2023 08:40:45 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Milanas Baena</media:credit>
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        <title>Yocasta</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/yocasta/</link>
        <description><![CDATA[<p>Esta fue la mujer que un día se sorprendió de que el jovenzuelo con el que andaba encamándose no era nada más, ni nada menos, que su propio hijo. Uno de los casos ejemplares de incesto, y aunque ninguno de los dos conociera el cierto vínculo que los unía, motivo por el cual Yocasta terminaría [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Esta fue la mujer que un día se sorprendió de que el jovenzuelo con el que andaba encamándose no era nada más, ni nada menos, que su propio hijo. Uno de los casos ejemplares de incesto, y aunque ninguno de los dos conociera el cierto vínculo que los unía, motivo por el cual Yocasta terminaría suicidándose y, avergonzado y sintiéndose maldito, su hijo Edipo se arrancaría los ojos.</p>
<p>Yocasta era según la mitología griega la hija de Meneceo y la hermana de Hipónome y Creonte, así como la esposa de Layo, rey de Tebas, con quien habría contraído nupcias siendo apenas una niña. El destino de su hijo le fue leído por el oráculo cuando éste apenas se encontraba en su vientre. El futuro advertía de un niño que asesinaría a su padre, y por lo cual Layo creyó más conveniente alejarlo de ese destino fatal y apartarlo hacia el interior del bosque. La tarea sería encomendada a Citerón, quien sencillamente dejó a Edipo sobre algún lecho, de donde luego sería rescatado providencialmente por un grupo de pastores, que a su manera recordarán la historia de Moisés salvado de las aguas. Y así como en el relato bíblico, el niño sería presentado a la reina de Corinto, quien se encargaría de adoptarlo y de garantizar para este huérfano el próspero porvenir de un rey.</p>
<p>Sería ella quien lo bautizó Edipo, y quien más tarde abandonó sus dominios para emprender un viaje en el que, predestinado, lo llevaría a un encuentro con su padre. Ambos desconocían quién era realmente el otro, y luego de un desventurado impasse la profecía acabaría por cumplirse, y el hijo terminó dándole muerte al padre.</p>
<p>La historia prosigue cuando es Edipo quien consigue vencer la Esfinge que amenazaba a Tebas, suceso tras el cual la viuda Yocasta volvió a casarse, y aunque su marido fuera su propio hijo. Tuvieron supuestamente cuatro hijos: Ismene, Antígona, y Polinices y Eteocles, quienes no pudieron entenderse como hermanos, pero sí como enemigos, ya que terminaron matándose el uno al otro. Varios autores sugieren sin embargo que estos cuatro hijos serían los que luego tendría Edipo con su esposa Euriganía.</p>
<p>La historia de Yocasta y principalmente la del personaje principal de este relato que es Edipo, figura en una cantidad de escritos de tiempos antiguos, destacándose como el más conocido la tragedia narrada por Sófocles: <em>Edipo rey. </em>Y sería de este mito de donde Freud se valdría para explicar mejor lo que llamaría precisamente <em>El complejo de Edipo. </em></p>
<p>El psicoanálisis pretende revisar el concepto tabú del incesto, considerando que la atracción hacia el sexo opuesto empieza a despertar con la presencia del padre o la madre, y a su vez suele ser común el rechazo y la animadversión hacia la madre en el caso de las mujeres, y así mismo le sucede a los hombres con sus padres. Este complejo ahonda mucho más en esta relación que se crea entre el niño y su madre, y Freud se empeñó en analizarlo con esta misma profundidad.</p>
<p>Y aunque este complejo se refiere tanto para hombres como para mujeres, hacia 1920 Raymond de Saussure acuñó el término <em>Complejo de Yocasta, </em>donde igualmente existe esa relación incestuosa que se manifiesta o se reprime, pero en donde la madre se verá dominante y posesiva y celará a su hijo de todas las formas, mantendrá su control y evitará sobre todo que este se aparte de su lado para entregarle su amor a otra mujer. <em>El complejo de Yocasta</em> suele ser más común en las mujeres que por diversos motivos han tenido que criar solas a sus hijos sin la asistencia, presencia y figura masculina.</p>
<p>Nietzsche también se interesó por el mito y en el <em>Nacimiento de la tragedia, </em>en su capítulo nueve, es Edipo el que encarna la figura de quien se opone y se resiste a la norma y transgrede a la misma naturaleza, Edipo el ser rebelado, y que es gracias a su rebelión que conquista un lugar que le es vedado a los conformes. El filósofo alemán sugiere que será el abandonar la inocencia lo que finalmente acabará confrontándolo a un destino aciago y ominoso.</p>
<p>Edipo pudo haberle consultado al mismísimo Sófocles, o que el autor dejara plasmada en su obra la frase que dio a uno de sus discípulos cuando este le consultó si debía o no casarse: “Hagas lo que hagas te arrepentirás, hijo mío”. De esta forma, pues, Edipo no pudo escapar de su destino fatídico, y en la tragedia se cumple la profecía autorrealizada, esa predicción que, una vez hecha, es en sí el motivante de su realización.</p>
<p>Lo tentador de ver el más allá, conocer el destino y el porvenir, saber qué es lo que se viene, pero no poder evitarlo. La profecía, entonces, se cumplió. Pero el pronóstico no habló sino de un parricidio, sin que hiciera mención de un suicidio, del prohibido incesto y, de paso, omitiera sobre un miserable invidente más en este mundo, alguien que ya no quiso ver después de haberlo visto todo.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-90630" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/07/254.-YOCASTA-298x300.jpg" alt="YOCASTA" width="298" height="300" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 15 Dec 2023 18:51:58 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Yocasta]]></media:description>
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        <title>Hestia (Vesta) </title>
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        <description><![CDATA[<p>Para los antiguos la fogata representaba no solamente el calor del fuego y el método de cocinar los alimentos, sino también el punto de encuentro alrededor del cual se convocaban para compartir, orar y realizar sus rituales y sacrificios, siendo la hoguera el entretenimiento cotidiano que hoy podría asemejarse al hábito de ver la televisión. [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Para los antiguos la fogata representaba no solamente el calor del fuego y el método de cocinar los alimentos, sino también el punto de encuentro alrededor del cual se convocaban para compartir, orar y realizar sus rituales y sacrificios, siendo la hoguera el entretenimiento cotidiano que hoy podría asemejarse al hábito de ver la televisión.</p>
<p>De allí la importancia de no dejar apagar la hoguera, avivar permanente el fuego y no dejar morir la llama. Para velar por el fuego era preciso que alguien lo controlara, estuviera vigilante y lo mantuviera encendido, y sin embargo un poco de intervención divina no vendría nada mal. Para ayudar en la custodia del fuego, los griegos invocaban a la deidad olímpica conocida como Vesta, quien tenía a cargo la encomienda divina de velar para que las llamas al interior de los hogares permanecieran encendidas.</p>
<p>El fuego era pues el centro; alrededor del fuego se constituía el hogar, y es así como Vesta será también la diosa protectora del hogar y de la cocina. El fuego era el elemento fundador, siendo así que cuando se quería fundar una ciudad, los antiguos transportaban una antorcha encendida con el fuego que daría inicio a un reciente proyecto de polis. De igual forma a los extranjeros se les daba la bienvenida invitándolos a acercarse al calor de las llamas y de esta manera manifestarles una grata acogida.</p>
<p>Hestia es una de las más antiguas diosas mitológica, hija primogénita de Cronos y Rea, hermana de Zeus, Poseidón, Hades, Hera y Deméter, y la primera que sería devorada por su padre luego de que un vaticinio le advirtiera de que uno de sus hijos acabaría por arrebatarle el trono. Así mismo sería la última en ser vomitada por Cronos, una vez y Zeus consiguió cumplir a la profecía y rescatar a sus hermanos del vientre de su padre.</p>
<p>Y pese a que es una de las diosas principales, su protagonismo es más bien discreto, siendo una deidad que poco trato tendría con los humanos, y por lo que escasean los relatos que narren sobre sus hechos y hazañas. Su personalidad es la de una diosa pacífica, que raras veces abandonaba sus aposentos celestiales para inmiscuirse con los asuntos terrenales o meterse en discusiones con los demás dioses.</p>
<p>Apenas acabó la contienda contra los Titanes, el gran Apolo y Poseidón se presentaron ante ella y le propusieron matrimonio. Aquí pudo haber surgido el primer combate entre dos dioses olímpicos, de no ser porque la diosa se decantaría por la virginidad, y así se lo hizo saber no solo a sus pretendientes sino también a su hermano y dios supremo, el magnánimo Zeus, quien para preservar esta virginidad la convertiría en una abstracción, el fuego, y así podría mantenerse siempre limpia y purificadora.</p>
<p>En adelante los griegos se dedicarían a ofrecerle en sacrificio las primeras presas de sus banquetes, y que eran asadas bajo las llamas ígneas de la diosa protectora del fuego. Y tal es su dedicación a la custodia de este elemento, y tan notorio sus ánimos pacifistas, que cuando Dionisos fue admitido para ocupar un puesto entre los doce dioses del Olimpo, Hestia prefirió hacerse a un costado y ceder su lugar para consagrarse en contante devoción a velar por el fuego.</p>
<p>Pocos referentes se tienen pues sobre esta diosa. En <em>El Fedro, </em>uno de los <em>Diálogos </em>de Platón, el filósofo cuenta de una diosa solitaria que suele pasar a solas en los recintos del Olimpo, distanciada del proceder humano, sin tomar partido entre las divisiones que eran comunes entre los dioses, quienes solían inclinar su voluntad y pasiones inmiscuyéndose en las guerras y en los pleitos humanos. Será por esto que Homero no la presenta en ninguna oportunidad dentro de sus dos obras más importantes, ambas con un prontuario de dioses que intervienen constantemente a favor o en contra de los asuntos humanos. Sin embargo en algunos himnos el poeta griego dedicará algunas palabras, invocándola junto a Hermes o contándonos de cómo la diosa Afrodita nunca lograría seducir a Hestia para que desistiera de su promesa virginal. Así también Homero recalca en la importancia de mantener encendido el fuego sagrado en el templo de Delfos dedicado al dios Apolo. En algún pasaje Diodoro Sículo cuenta que Hestia es quien enseñó a los humanos la manera de construir sus casas, y de allí que sea también la diosa de la arquitectura.</p>
<p>Pero tal vez el suceso más conocido sobre esta diosa lo sabemos gracias a Ovidio, quien cuenta que luego de que Rea celebrara un banquete en el que finalmente todos caerían dormidos, Príapo aprovecharía para acercarse a la diosa y en un estado total de ebriedad intentaría violarla, pero justo antes de que el malhechor se abalanzara sobre su presa el rebuzno del asno de Sileno despertó a Hestia, quien en medio del letargo pudo sorprender a su atacante. Príapo huyó, y desde ese momento el asno se convirtió en el animal preferido de Hestia, y conocedores del mito es por esto que los antiguos solían sacrificar los asnos adornados con guirnaldas y hogazas de pan y así contentar a su diosa.</p>
<p>Su representación antropomórfica se deduce de algunas monedas en las que aparece su supuesta efigie, y la suposición de su representación es debido a que figura al lado de uno de sus templos: se trata de una mujer bellísima que portaba en una de sus manos un cuenco y en la otra enarbolaba una antorcha encendida.</p>
<p>No solo era adorada al interior de las casas, sino también dentro de los recintos sagrados que eran dedicados a otros dioses, siendo pocos los templos que eran consagrados a su exclusiva veneración, como el famoso santuario de Hermíone que describe Pausinas, y otros tantos en Esparta, Ténedos, Naxos y Larisa.</p>
<p>Una vez los romanos se apropiaron de la cultura y el conocimiento griego, la diosa pasó a formar también parte de sus creencias, y a partir de ese momento sería más conocida como “Vesta”, constituyendo una deidad de relevante importancia dado que en su nombre se estableció el sagrado culto de las vírgenes vestales.</p>
<p>Eran conocidas como las vestales aquel séquito de sacerdotisas encargadas de cuidar que el fuego de los templos no se apagara nunca, y cuya peculiaridad sería la de haberse mantenido vírgenes. Es así como desde principios de la formación de Roma Vesta es adorada por colegios sacerdotales dedicados al culto y veneración de la diosa, e incluso se dice que Rea Silva, también conocida como Ilia, madre de Rómulo y Remo (quienes según el mito habrían fundado Roma), era según parece una sacerdotisa vestal.</p>
<p>Se cree que sería el hijo de Rómulo, Numa Pompilio, quien instauraría en Roma las festividades conocidas como la “Vestalia”, y en donde las principales sacerdotisas se reunían en uno de los templos dedicados a la diosa, ofreciéndole como tributo un burro coronado de flores, seguido por una procesión donde alzaban estatuas de la diosa. Y así también el infaltable fuego.</p>
<p>Es por esto que Vesta iría convirtiéndose en una deidad importante en toda Roma, considerándosele también como una protectora indiscutida del Imperio. Hestia es a veces emparentada o confundida o entremezclada con otras deidades de otras latitudes y territorios, comparándosele a veces con Tabiti y también con la diosa Fornax.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-89837" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/05/244.-HESTIA-VESTA-160x300.jpg" alt="HESTIA VESTA" width="160" height="300" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 06 Oct 2023 08:54:54 +0000</pubDate>
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        <title>Perséfone (Proserpina)</title>
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        <description><![CDATA[<p>El padre de Perséfone no era ni más ni menos que el gran dios Zeus, y a cuya hija Hesíodo describe en su Teogonía como una doncella de brazos blancos, ojos cristalinos y cabellos dorados, dotada de una increíble belleza, capaz de enloquecer hasta el mismísimo demonio. También conocida como Core (Proserpina para los romanos), [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>El padre de Perséfone no era ni más ni menos que el gran dios Zeus, y a cuya hija Hesíodo describe en su <em>Teogonía </em>como una doncella de brazos blancos, ojos cristalinos y cabellos dorados, dotada de una increíble belleza, capaz de enloquecer hasta el mismísimo demonio. También conocida como Core (Proserpina para los romanos), Perséfone fue esa doncella que en la mitología griega sería raptada por Hades, rey del inframundo, y a quien su madre Deméter, diosa de la agricultura, se pasaría buscando con desconsuelo y hasta finalmente hallarla. Sucedió que un día Perséfone se paseaba recolectando flores por los campos de Enna o posiblemente recorriendo las llanuras de Nisa, rodeada de un séquito de ninfas y acompañada por Atenea y Artemisa, cuando de repente en un descuido un boquete en el suelo se abrió y de las profundidades brotó la figura seductora del demonio. Hades, su tío, estaba prendado de la belleza de Perséfone, y decidió que lo más fácil antes que convencerla sería secuestrarla, convirtiéndola sin más ni más en su esposa y por ende en la reina de los avernos. Perséfone descendió a las profundidades a bordo de un carruaje tirado por un par de yeguas. Enterada de la pérdida de su hija, Deméter bajó del Olimpo y buscó a Perséfone por todos los confines de la Tierra, hasta que Hécate, o quizás la Osa Mayor, le propusieron visitar a Helios, el dios sol, quien apostado en lo alto de las nubes seguramente habría sido testigo del rapto. Helios le contó a la diosa que en efecto su hija había sido trasportada al submundo, y así lo confirmarían algunos testigos que habitaban Hermíone y también la ninfa Cíane, quien acompañaba a Perséfone cuando fue asaltada por Hades y que sería castigada por Deméter convirtiéndola en sirena, luego de que ésta no hubiera hecho nada para evitar el secuestro. Deméter no soportaba la angustia generada por la pérdida de su hija, y fue por esto que la tierra fue devastada por una fuerte sequía y las plantas y animales comenzaron a morir, hasta que finalmente fuera Zeus quien tuviera que intervenir para planear el rescate de su hija. Le pidió a Hermes que se encargara de la tarea, que descendiera al infierno y reclamara a Hades por la presencia de Perséfone en la Tierra. Hermes cumplió con el cometido y logró liberar a Perséfone de las presas del Hades, pero justo cuando emprendían juntos la huida, la ingenua Perséfone caería en una trampa que su esposo le había tendido. Sea por inocencia o por engaño, Perséfone comió seis semillas de granada que Hades había preparado y que tenían el poder de retenerla en el infierno durante la mitad del año. Es así como se explica el tránsito de las estaciones, morando Perséfone en la Tierra mientras sea verano y primavera, y ocultándose en la oscuridad del infierno durante el invierno y el otoño que es cuando visitará a su marido. Y a pesar de que Perséfone fue llevada a la fuerza, Hades le tenía destinado su puesto de honor como la “Reina de Hierro”, apelativo que usaría Odiseo cuando estuvo de visita en el inframundo, según el relato de Homero en <em>La Odisea. </em>Fueron un matrimonio que pocas infidelidades tuvo, siendo tan comunes las infidencias entre las relaciones del Panteón griego. El relato más sonado es que la pareja no tuvo hijos, pero en algunas versiones aparecerán como los padres de las Euménides que habitaban el inframundo. Perséfone fue seducida por su padre Zeus quien se transformó en serpiente, y con él tuvo un hijo que fue asesinado por los titanes bajo órdenes de Hera, y que se conoce como Zagreo. En otra ocasión Zeus suplantaría la figura de Hades para acostarse de nuevo con su hija, y de donde nacería Melínoe. Perséfone aparecerá en otros relatos mitológicos. A la ninfa Minte la convirtió en la planta de menta, conocida también como “Hedyosmos”, luego de que ésta anduviera jugándoselas con su marido, y la misma suerte tendría Leuce y a quien transformaría en un álamo blanco. También tuvo que vérselas con la mismísima Afrodita, cuando la diosa le encomendara la tarea de cuidar del precioso Adonis, tras lo cual Perséfone quedaría prendada de tanta belleza y entró en disputa por la custodia del mancebo. El asunto lo resolvió Zeus, o hay quienes dicen que fue Calíope, y la solución fue concederle a cada una la custodia de Adonis durante seis meses al año. Al interior del Hades conspiró con Psique ayudándole a encontrar el cofre que Afrodita le había encomendado hallar en el infierno; y será deslumbrada por la música de Orfeo cuando éste viajó al Hades para rescatar a su difunta esposa, Eurídice, y a quien le permitió huir con ella con la única condición de no mirar a su amada a la cara hasta tanto no abandonaran los avernos. Orfeo violó la regla y jamás recuperaría a su amada Eurídice. Perséfone también sería el objeto de deseo de Pirítoo, quien en compañía de Teseo descenderían al inframundo con la intención de raptar a la esposa de Hades, quien simularía darles la bienvenida pero que acabaría atrapándolos bajo el yugo de unas serpientes anudadas. El mito de Deméter y Perséfone es el que da origen a los conocidos “misterios eleusinos”, un ritual de iniciación que se llevó a cabo durante siglos en todos los territorios que comprenden el mar Mediterráneo, ceremonia dedicada a “las dos diosas” que prometían el resurgir y la inmortalidad, y cuyos secretos debían ser custodiados por sacerdotisas que se encontraban a cargo de festividades como la de las Tesmoforias o la de las Antesforias. Varios templos fueron erigidos para venerarlas y rendirles culto, siendo uno de los más conocidos el de Locros Epicefirios, ubicado al sur de Italia. Las diosas eran invocadas para el cuidado de los campos, y así como para la protección del hogar, el cuidado de los niños y del matrimonio. La leyenda de Perséfone y su madre sugiere una cantidad de símbolos que son empleados por la psicología moderna para explicar la inocencia robada, el abandono del hogar de un hijo, el dolor de la madre por esta pérdida y así también como su eventual regreso.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-86447" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/240.-PERSÉFONE-1-226x300.jpg" alt="PERSÉFONE" width="226" height="300" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 01 Sep 2023 11:21:54 +0000</pubDate>
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        <title>Mary Shelley (1757-1851)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Rodeada de celebridades, Mary asumió la tarea de ser grande no como un suplicio, y aceptó la responsabilidad de peso que significaba tener unos padres ilustres y famosos, y luego casarse con un poeta de renombre que también pasaría a la historia. No fue algo que la presionara por lograr el exitismo; para ella fue [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Rodeada de celebridades, Mary asumió la tarea de ser grande no como un suplicio, y aceptó la responsabilidad de peso que significaba tener unos padres ilustres y famosos, y luego casarse con un poeta de renombre que también pasaría a la historia. No fue algo que la presionara por lograr el exitismo; para ella fue un destino fijado que le correspondía cumplir: “No es extraño que siendo la hija de dos personas que han alcanzado la celebridad literaria, haya tenido desde muy pequeña deseos de escribir.”</p>
<p>En plena época victoriana, en medio de la revolucionada Londres, con su afán por explotar el desarrollo industrial, nacería la hija del novelista y filósofo político, William Godwin, y de Mary Wollstonecraft, reconocida filósofa y escritora de uno de los baluartes del feminismo, <em>La vindicación de los Derechos de la Mujer</em><em>, </em>y que moriría después de dar a luz a Mary luego de que no pudiera expulsar la placenta, y debido a los problemas de asepsia acabaría contrayendo una letal infección. La pareja gozaba de cierta estabilidad emocional, Wollstonecraft decía haber encontrado en Godwin “la verdadera felicidad… la amistad e intimidad que nace entre dos seres iguales.”</p>
<p>La niña conoció de fondo el pensamiento de su madre, inspirando muchas de sus propias ideas respecto a ser una mujer independiente, intelectualmente preparada, además de una artista. “El recuerdo de mi madre ha sido el orgullo de mi vida”, diría, y al parecer nunca podría superar una rara culpa por sentir que su nacimiento fue precisamente lo que le ocasionó la muerte. Fue por esto que Mary sería criada por su padre, por quien siempre mostró un “cariño excesivo”; un hombre de letras que animó a su hija para que escribiera cartas, a lo que siguieron las primeras historias de una futura gran escritora.</p>
<p>La biblioteca de su padre sirvió como bastión de su conocimiento, que sería afianzado luego de que éste le contratara una institutriz y un tutor, y que él mismo dedicara parte de su tiempo para instruir personalmente a su hija. Su método de enseñanza, clásico, riguroso, incluía lecturas en griego y latín de las antiguas obras de Grecia y Roma. A todo este bagaje educativo se sumarían las amistades que solían frecuentar a su padre, y en cuyas tertulias participaba Mary, despertando de esta forma su interés político y filosófico y sus ideas liberales.</p>
<p>Tuvo una infancia feliz, pese a no sentir nunca un especial afecto por su madrastra, Mary Jane Clairmont, con quien su padre contraería nupcias cuando Mary contaba con tres años de edad. Se trataba de una vecina que tenía un par de hijos y que no contaba con muy buena reputación, a parte que no le agradaba mucho a los amigos de William. Sin embargo su presencia serviría para alentarlo a emprender una editorial, que al comienzo conseguiría despegar pero que finalmente acabaría llevándolo a la bancarrota. Desesperado por las deudas, el reconocido filósofo estuvo a punto de pagar cárcel por moroso.</p>
<p>En 1811 Mary pasó seis meses en un internado en Ramgsten, y para ese entonces su padre la describía como una joven “singularmente valiente, un tanto impetuosa y de mente abierta. Sus ansias de conocimiento son enormes, y su perseverancia en todo lo que hace es casi invencible.” Y un año después, cuando su padre la envió a vivir a casa de William Baxter, cerca a Dundee, en Escocia, escribió a su amigo respecto a las prometedoras expectativas que ya albergaba sobre la grandeza de su hija: “Estoy ansioso de que ella crezca, como filósofa, o incluso como escéptica.”</p>
<p>Dos años después regresó a la casa de Baxter para pasar una temporada de diez meses, y sería allí donde por primera vez tuvo la ocurrencia de una suerte de monstruo creado por el hombre, y que el mundo recordará un día como Frankestein. “Imaginé este libro allí. Fue bajo los árboles que rodean la casa, o en las desiertas laderas de las montañas cercanas, donde tuvieron lugar las primeras ideas genuinas y los primeros vuelos de mi imaginación”, es así como describe su epifanía en la introducción del libro editado en 1831.</p>
<p>Alrededor de 1814 Mary conoció al idealista Percy Bysshe Shelley, quien fuera ferviente admirador de Godwin y en especial de su obra <em>Justicia política</em><em>. </em>De condición burgués, Percy había renunciado a una vida cómoda y había donado parte de su herencia anticipada para iniciativas filantrópicas y causas benéficas. En su momento prometió a Godwin ayudarlo económicamente, pero jamás concretaría su asistencia, por lo que Godwin, decepcionado y sintiéndose traicionado, se opondría a que Percy cortejara a su hija. Percy se encontraba casado pero esto no fue impedimento para que comenzara una relación furtiva con Mary, con quien solía reunirse a hurtadillas en el cementerio de St. Pancras Churchyard, sobre la tumba de Mary Wollstonecraft, la madre de Mary. Él tenía 22 años y ella 17.</p>
<p>Ese mismo año de 1814 huirían juntos a Francia, convenciendo a la hermanastra de Mary, Claire Clairmont, para que los acompañara en su aventura que finalmente los llevaría hasta Suiza. Mary describe la situación de aquellos días con excitación: “Estaba actuando en una novela, encarnando un romance.” Durante el viaje la pareja aprovecharía para conocer más a fondo los escritos de Mary Wollstonecraft, y así también aprovecharían para relatar sus experiencias de viaje.</p>
<p>Finalmente se agotarían los recursos y estando en Lucerna decidieron navegar el Rin y viajar hasta el puerto neerlandés de Marsluys, cerca a Gravesend, Kent, y a finales de año se instalarán en la capital inglesa. En aquel entonces Mary se encontraba embarazada​, y por esa época también la esposa de Percy, de la cual no se había separado, estaría también esperando a una criatura. Percy solía coquetear con la hermanastra de Mary, fiel a sus ideales de llevar una relación libre, y sin embargo Mary no jugaba sus cartas y mantuvo su fidelidad hacia el hombre que ciertamente amaba, y apenas flirteó de soslayo con un amigo que la pareja tenía en común, un tipo apellidado Hogg. Era frecuente que Percy viajara fuera de Londres tratando de evadir a los acreedores, lo que sumía a Mary en un estado de depresión que afectaba su embarazo y su salud mental. Sin embargo Mary sabía cómo distraerse en sus tareas intelectuales y en su compromiso como escritora, por lo que su casa sirvió como lugar de encuentro para convocar a intelectuales que solían frecuentarla para celebrar de la tertulia. “Nada contribuye a tranquilizar la mente como un propósito firme, un punto en el que pueda el alma fijar sus ojos intelectuales”, esto decía<strong> la mujer ejemplar que vivía para escribir, y que vivió para escribir. </strong></p>
<p>En 1815 Mary dio a luz a una niña sietemesina que no gozó de muy buena salud y que moriría unos días después. La escritora redactó de inmediato una carta para su amigo Hogg en la cual le relataba del espantoso, lamentable y triste suceso: “Mi querido Hogg: Mi bebé está muerto. Ven a verme tan pronto como puedas, deseo verte. Estaba perfectamente bien cuando me fui a dormir; desperté en la noche para alimentarla y parecía estar ‘durmiendo’ tan profundamente que no quise despertarla. Entonces ya había muerto, pero no me di cuenta de ello hasta la mañana siguiente. Por su apariencia seguramente murió de convulsiones. Ven, eres una criatura tan buena, y Shelley tiene miedo de que el bebé haya sufrido fiebre por la leche. Por el momento ya he dejado de ser madre.”</p>
<p>En 1816 la pareja pasó un verano invernal en Ginebra acompañados de un grupo de amigos intelectuales, entre los que se esperaba a Lord Byron, quien por aquel entonces había comenzado un amorío con Claire, la cual los acompañó en su viaje a Suiza y quien se encontraba embarazada del poeta. A partir de ese entonces Mary adoptó el apellido de Percy y comenzó a hacerse llamar como la conocería el mundo: “Sra. Shelley”.</p>
<p>El verano resultó ser, en palabras de Shelley, “húmedo y poco amable en lo que respecta al clima, ya que la lluvia incesante nos obligó a encerrarnos durante días en la casa.” Cuando el clima se los permitía, el grupo de intelectuales navegaba en el lago, pero principalmente aprovecharían el encierro para compartir ideas y entregarse a la lectura grupal en torno a la chimenea. Discutían respecto a los experimentos del filósofo del siglo XVIII, Erasmus Darwin, quien estuvo obsesionado con la idea de animar la materia sin vida, con la posibilidad de crear un cuerpo y darle un ánima, y así también se interesaban por la lectura de novelas clásicas alemanas sobre apariciones y fantasmas, todo lo cual llevaría a que Shelley tuviera sus primeros destellos y fuera ella quien le diera vida a una nueva idea. Definió este primer destello como un “siniestro terror”. “Vi, con los ojos cerrados pero con una nítida imagen mental, al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al objeto que había armado. Vi al horrible fantasma de un hombre extendido y que luego, tras la obra de algún motor poderoso, éste cobraba vida, y se ponía de pie con un movimiento tenso y poco natural. Debía ser terrible; dado que sería inmensamente espantoso el efecto de cualquier esfuerzo humano para simular el extraordinario mecanismo del Creador del mundo.”​ Esta fue la idea que pondría en marcha toda vez que Byron propuso a sus amigos que escribiera cada uno un relato de tinte terrorífico, siendo Mary y John William Polidori los únicos que cumplieron con la tarea y le dieron “remate”, según palabras de la escritora. Polidori le daría vida a otro personaje de leyenda, el vampiro, mientras que Shelley concibió al también legendario Frankestein. “Me dediqué a pensar en una historia, una historia que rivalizara con las que nos habían entusiasmado con esta tarea. Una que hablara sobre los miedos misteriosos de nuestra naturaleza y despertara un horror emocionante, una que hiciera que el lector temiera mirar a su alrededor, que helara la sangre y acelerara los latidos del corazón. Si no lograba esto, mi historia de fantasmas sería indigna de su nombre.” Es así como describe la escritora el proceso creativo de su aclamada ficción y, lo que comenzó como un relato corto, acabaría en la aclamada novela de <em>Frankenstein o el moderno Prometeo. </em>Fue tanta la emoción que revelaba la artista, que lo definió como “el momento en que por primera vez salté de la infancia a la vida real.”</p>
<p>Percy no dejará de instarla para que mantenga en firme su deseo de consagrarse como una gran novelista. Todos esperaban mucho de ella: “Mi esposo estaba, al principio, muy ansioso de que yo pudiese mostrar orgullosamente mi origen, y escribir mi propia página en el libro de la fama. Siempre me incitó a obtener reputación en el ámbito literario.” Y así Mary pareció haber estado siempre dispuesta y comprometida a cumplir a tan alta demanda.</p>
<p>De regreso a Inglaterra, Mary busca mantener en secreto el embarazo de Claire, al tiempo que recibe un par de comunicados de su media hermana, Fanny Imlay, quien le relata su descontento con la vida y que por aquel entonces decidirá ponerle un fin a este desengaño bebiendo una botella de láudano y dejando apenas una desesperada nota. Así también sucedió con Harriet, la esposa de Percy, quien se arrojó al lago Serpentine de Hyde Park de Londres, siendo ambos suicidios encubiertos por la pareja y por sus familias. Los padres de Harriet se negaban a conceder la custodia de los hijos a Percy, por lo que se le recomendó formalizar su relación con Mary, quien se encontraba en embarazo, siendo así que ese mismo año de 1816 la pareja legalizaría su estado contrayendo matrimonio.</p>
<p>Un año antes de su publicación, Mary dio a conocer <em>Historia de una excursión en seis semanas, </em>un libro en el que recoge los escritos de viaje que escribió junto a su pareja durante su travesía por Francia y posteriormente en Suiza, y en donde incluyó el poema de Percy, <em>Mont Blanc. </em>A la manera como lo harían otros escritores, como era el caso de la misma madre de Shelley, la pareja combinó sus experiencias personales con su oficio de escribir, y en sus relatos se puede apreciar la relación de una pareja idealista y comprometida con su vocación política e intelectual.</p>
<p>A comienzos de 1817 nació la hija de Lord Byron y Claire Clairmont, a la que le dieron el nombre de Alba, pero quien sería luego reconocida como Allegra Byron. Ese mismo año, dando las últimas puntadas a su obra maestra, Mary daría a luz a su tercer hijo, una niña, pudiendo en parte superar la pérdida de su otra hija, a quien solía presenciar a través de tormentosas visiones que tal vez nunca superaría.</p>
<p>Finalmente para 1818 Mary Shelley dará a conocer, y aunque de manera anónima, la obra de terror que con el paso de los años acabaría por convertirse en uno de los grandes clásicos de la literatura universal. Su libro sería valorado por la crítica, y aunque en un comienzo no gozaría de un gran éxito entre el público. Así también el padre de Shelley valoraría enormemente el trabajo creativo de su hija: “<em>Frankestein </em>es el trabajo más maravilloso que se haya escrito en veinte años. Y, más afortunadamente para ti, has seguido un curso de lectura y cultivado tu mente en una manera tan admirable que te ha convertido en una gran exitosa autora. Si tú no puedes ser independiente, quién puede serlo.” Y es que ella misma se sentía orgullosa y sorprendida de su logro, y es así como lo expresaría años más tarde: “¿Cómo pude yo, entonces una muchacha joven, idear y explayarme en una idea tan horrible?”</p>
<p>Por aquellos días la pareja se vio asediada por la precaria situación económica, y asediado por las deudas el marido tendría que abandonar constantemente la ciudad, y esto sumado a sus deslices con otras mujeres, lo cual no resultaba conveniente para la salud de su esposa, quien tuvo siempre como prioridad el velar por sus hijos, sin desistir en ningún momento a su empresa como escritora.</p>
<p>Shelley se convenció de que su oficio como escritora podría brindarle no sólo el bienestar espiritual y su realización en la vida, sino además un modo de ganar el sustento para velar por sus hijos. Sus ambiciones como escritora las dejó claras en alguno de sus diarios: “Creo que puedo mantenerme a mí misma, y hay algo inspirador en la idea.” Finalmente la solución a sus percances financieros lograrían llegar a su fin cuando muere el abuelo de Percy, heredando este una pequeña fortuna que le permitiría a la familia un desahogo e incluso brindarse algunas comodidades.</p>
<p>La familia deja Londres con intenciones de no regresar, realizando un viaje vacacional en Torquay, antes de mudarse a Venecia. En su nueva travesía los acompaña Claire y Alba, esperanzadas de que la cercanía con Lord Byron sirva de pretexto para que este pueda por fin reconocer a su hija. Shelley describiría a Italia como un remanso del que conserva sus mejores memorias, “un país cuyo recuerdo está pintado como un paraíso.” Sin embargo no se entiende muy bien por qué Mary recordará con tanto agrado esta época en Italia, siendo que en los próximos dos años tendría que padecer nuevamente la pérdida de su hija, y unos meses más tarde también la de su hijo.</p>
<p>La pareja llevaría una vida un tanto nómada, yendo de un lado a otro, y estableciéndose durante cortas temporadas en ciertos lugares, entablando amistades y no desaprovechando ocasión para escribir, siendo significativa su estancia de tres meses en Nápoles, donde apenas si eran visitados por un médico. Las infidelidades de Percy, sumado a la depresión generada por la pérdida de sus hijos, sumirían a la escritora en un estado delicado de salud, del que lograría en parte recuperarse toda vez que en 1819 alumbrara nuevamente a un niño.</p>
<p>En adelante escribir será el único refugio y el sentido de vida de la escritora. Mary escribía además con el propósito de alivianar las deudas de su padre, ya que su marido siguió empeñado en no brindarle la ayuda prometida. En corto tiempo la prolífica novelista redactó la novela autobiográfica <em>Mathilda, </em>a la que le siguió una novela histórica titulada <em>Valperga, </em>y las obras teatrales <em>Prosperine </em>y<em> Midas</em>. En <em>Valperga </em>la aparición de mujeres dentro de un contexto político fue una aparición inédita. Shelley redime la figura femenina permitiéndose a través de sus personajes cuestionar las costumbres y los credos establecidos. Sus mujeres representan la ecuanimidad, la paciencia y la razón, el aspecto sensible, mientras que el hombre figura como una presencia irascible, básico, violento. “No deseo que las mujeres tengan más poder que los hombres, sino que tengan más poder sobre sí mismas.”</p>
<p>En la ciudad que Shelley describió como “un paraíso habitado por demonios”, Nápoles, la pareja tuvo que encarar acusaciones y sobornos de quienes querían achacar a Percy la paternidad de una niña, y cuyo caso jamás se esclarecería, sin saberse si se trataba de una hija extramatrimonial, una niña adoptiva u otra hija que Claire Clairmont pretendía ocultar.</p>
<p>En 1822 la pareja se muda a la apacible Villa Magni, junto a las costas de San Terezo, en la bahía de Lerici, y que tal vez por sus malas experiencias Mary recuerda como un “calabozo”, pues sería allí donde recibiría la noticia de que Allegra había muerto por causa de tifus, y donde sufriría un aborto espontáneo que por poco le ocasiona la muerte. Ante la incontrolable hemorragia, Percy sumergió a su mujer en una bañera con hielo, acto que según los médicos salvaría sin saberlo la vida de su esposa. Y sin embargo sería su vida la que no lograría salvar, y una vez más la fatídica muerte tocaba a las puertas de Mary Shelley, luego de que Percy saliera a navegar y una tormenta acabara hundiendo su navío. “Pero tenemos la obligación de esconder nuestro dolor para no aumentar el de los que nos rodean”, dice alguno de sus personajes.</p>
<p>Diez días después de haber zarpado, la marea arrojó hacia las costas de Viareggio el cuerpo sin vida de Percy Shelley. A partir de su muerte la viuda decide escribir la historia de su marido como una estrategia para la pena y el olvido: “Debo escribir sobre su vida; y así mantenerme ocupada en la única manera en que podré hallar consuelo.” Antes de que sus restos fueran incinerados, Mary pidió le extrajeran su corazón, el cual depositó en una reliquia y mantuvo envuelto en una página con un poema hasta el día de su muerte, un cuarto de siglo después.</p>
<p>Durante un año más permaneció en Italia, esta vez en Génova, en la casa de un amigo, donde aprovecharía para reunirse ocasionalmente con Lord Byron y ayudarle con la transcripción de sus poemas. Sin embargo la situación económica era apremiante, por lo que decide regresar a Inglaterra e instalarse con su hijo en la casa de su padre.</p>
<p>Durante la década de los años veinte Mary se ganó la vida redactando relatos breves para libros de regalo o anuarios. Su preocupación sería siempre la de velar por su hijo y por su padre. Una de las antologías más exitosas, <em>The keepsake </em>(El recuerdo), reúne dieciséis de los treinta y un relatos que escribió, en un volumen que tenía una envoltura de seda, y cuyas páginas de bordes dorados tenían como destinatarias a las mujeres de clase media.</p>
<p>Pese a sus tantos relatos escritos, Mary se concebía en principio como una novelista, y fue así como se lo manifestaba a un amigo por medio de correspondencia: “Escribo malos artículos que me ayudan a sentirme mal: pronto voy a escribir una novela buena y espero que su calidad limpie la mala prensa de las revistas.”</p>
<p>Después de mucho insistir, Mary consigue que su suegro le dé una pensión para su hijo, pese a lo cual no se verán nunca y tendrán que comunicarse siempre por medio de abogados. Sin embargo le impuso la condición de que no publicara ninguna biografía respecto a su hijo Percy, lo que no incluía propiamente su obra literaria. Fue por esto que durante años Mary se dedicó a editar los poemas de su marido, sobrellevando los gastos de su hijo y ayudando a su padre para cumplir a sus acreedores. Y pese a que las circunstancias económicas solían serle adversas, la escritora insistía en que “es justicia, no caridad, lo que está deseando el mundo.”</p>
<p>En 1824 Mary publica una selección de la poesía de Percy bajo el título, <em>Poemas póstumos,</em> en un intento por presentar a un artista más que a un político, ya que para ella “Percy identifica el espíritu de la poesía en sí misma”, y así mismo se reconocía como su “musa.” Quiso dar a conocer el trabajo de su marido de la forma “más popular posible”, y ya que le tenían vedado escribir acerca del autor, aprovechó muchos de los poemas para agregar algunos comentarios que contextualizan en parte sobre la vida del poeta.</p>
<p>Para 1826 Mary Shelley publica la novela de terror que muchos años después será llevada al cine y luego reencauchada, adaptación de <em>El último hombre</em> (en donde también aparecerá la ficción de una máquina voladora), y que protagonizaría Will Smith con el título de <em>Soy leyenda.</em> Un año más tarde publica su segunda novela histórica, <em>Perkin Warbeck</em>, y en la cual pretende valorar una vez más la presencia poderosa de la mujer como un agente determinante en la trama.</p>
<p>En 1828 contrae viruela mientras visitaba París, y pese a que pudo superar la enfermedad, su aspecto físico y su salud se verían severamente deteriorados. En 1830 vendió por 60 libras los derechos de autor de su <em>Frankestein, </em>y un año después vendría la segunda edición de su obra más grande.</p>
<p>De carácter gótico, considerada como la primera novela de ciencia ficción, <em>Frankestein </em>abre el camino para un género literario que a partir del momento cobrará un tremendo impulso. Shelley no expone argumentos propiamente científicos, y también sugiere que no esconde un sentido “filosófico”, que la novela surge como una simple “distracción” que acabó en un relato de terror con un tinte existencial.</p>
<p>Muchos críticos han querido ver en los relatos de Shelley y en sus personajes un reflejo de su propia vida y una transcripción de sus historias propias. El personaje fabricado por miembros humanos y que cobrará vida, es una criatura que carece de nombre, sugiriendo la orfandad que también padeció su creadora. Son múltiples las asociaciones que podríamos ingeniar, y especular una cantidad de interpretaciones respecto al carácter y la filosofía de sus personajes. Godwin defendió los personajes de su hija, argumentando que se trata de “estereotipos, no retratos.” Por su parte la autora señala que no daba crédito a que los artistas “se copiasen meramente de sus propios corazones.” Shelley dijo de su personaje monstruoso que “reconocía la división de la propiedad, las inmensas riquezas y la pobreza mísera.” Un ser sin embargo temible por no tener nada que perder: “Ten cuidado, porque no tengo miedo y eso me hace poderoso.”</p>
<p>Se trata así de un relato de terror que entremezcla el debate moral y político, encarnado en la figura protagónica del estudiante de medicina Victor Frankestein. “Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme la felicidad, y volveré a ser virtuoso”, dice el confundido creador del esperpento. “Una nueva especie que me bendecirá como su origen y creador”, augura Victor. Algún crítico percibe en Frankestein una especie de Satanás salido de <em>El paraíso perdido </em>de John Milton, así como del mito griego del Prometeo encadenado, un hombre que se ha revelado a los dioses para encarar su propio destino de dios creador. “Yo, como el archidemonio, llevaba un infierno en mis entrañas; y, no encontrando a nadie que me comprendiera, quería arrancar los árboles, sembrar el caos y la destrucción a mi alrededor, y sentarme después a disfrutar de los destrozos”, dirá alguno de sus personajes. Visto así, la novela se opone al sentido progresista de un individualismo egocéntrico, cuestionando el pensamiento antropocentrista que entiende al ser humano como el centro del universo, y desafiándolo a encontrar su lugar en la naturaleza para que por fin asuma el control de su propia historia.</p>
<p>En 1835 escribe <em>Lodore, </em>una novela basada en ideologías políticas, y que cuestiona el papel de la mujer en la sociedad, en medio de una cultura patriarcal y divisoria, y en donde a la mujer, sin acceso a la educación, no le queda más que ocupar el sumiso y obediente rol de un ser dependiente del hombre. La historia de la novela plantea un sistema educativo en igualdad de condiciones sin distinción de género, apoyando la idea de que esto significaría una mejora respecto a la justicia social, además del aporte intelectual y espiritual que la mujer tiene para ofrecer en el contexto histórico.</p>
<p>En 1837 publicó <em>Falkner, </em>novela singular dado que es la única en la que finalmente su heroína conquista su objetivo, sobreponiendo su coraje por encima de la agresión masculina, y cuestionando a los hombres por su falta de “compasión, comprensión y generosidad.” Por esos mismos días William Godwin morirá siendo ya un octogenario, y a partir de su muerte -y tal cual lo había pedido en su testamento- la incansable Mary, en su tarea editorial, empezó a reunir las cartas de su padre y todo tipo de documentos, para presentar una obra que diera razón de otros aspectos desconocidos del renombrado filósofo y político; pero unos años después renunciaría a este proyecto que nunca llegaría a concretarse. Sin embargo sí concretaría su tarea de reunir la biografía de algunos personajes notables de Italia, España, Portugal y Francia, contribuyendo con cinco tomos de lo que bautizó como <em>Dionysius Lardner: vidas de los científicos y escritores más eminentes</em><em>, </em>y que serían integrados a la exitosa obra de difusión enciclopédica para la clase media, <em>Cabinet Cyclopaedia</em>.</p>
<p>Mary no descansaría en su labor de dar a conocer a su admirado esposo, siendo así que para 1838 publica una nueva selección de sus poemas, cartas y ensayos en un libro titulado <em>Obras poéticas</em><em>, </em>y manteniendo en firme la promesa que hizo a su suegro de no publicar sobre la vida del autor, Mary se valdría nuevamente de la inclusión de disimuladas notas biográficas que juntaba a los poemas, dando cuenta de su personalidad y de algunas de sus experiencias. Para ese entonces la editora de Percy Shelley había cumplido su cometido y el nombre de su marido había cobrado importancia y admiración entre el público y la crítica, y más impulso cobraría luego de que durante años estuviera publicando varios de sus mejores poemas en el anuario <em>El recuerdo</em>.</p>
<p>En 1844 publica un trabajo que viene elaborando desde hace unos cuatro años, <em>Caminatas en Alemania e Italia</em>, un libro que recoge sus experiencias de viaje al lado de su hijo, y que saldría a la luz por la misma época en la que muere su suegro, ya casi nonagenario, “abandonando el mundo como una flor marchita”, en palabras de la misma Mary, y dejando para su nieto una pequeña fortuna con la cual finalmente la escritora y su hijo lograrían una cierta comodidad financiera.</p>
<p>A lo largo de su vida mantuvo romances e idilios breves con actores, políticos y escritores, y tuvo que enfrentar cartas de amenaza, sobornos en los que le reclamaban la paternidad de su exesposo por ciertos hijos ilegítimos, o demandas por la autoría en entredicho de algunos poemas publicados, pero a todo esto le haría frente la combativa escritora, perdiendo sin embargo su lucha en el terreno de la salud.</p>
<p>Sus últimos años tendría que lidiar con las dolencias y padecimientos que la llevaron a una parálisis de distintas extremidades, impidiéndole escribir e inclusive leer. Finalmente en 1851, a sus 53 años de edad, en Chester Square, la madre del monstruo sensible de la novela de <em>Frankestein </em>se despedía de este mundo debido a un tumor cerebral. “Amo la vida, pese a que no es más que un cúmulo de angustias, y la defenderé.”</p>
<p>Después de su muerte su hijo encontró entre los objetos de valor de su madre aquel corazón de Percy envuelto en un poema, además de un cuaderno escrito por ambos amantes y varios mechones de pelo de sus hijos difuntos. También estaba entre sus pertenencias una copia del poema escrito por Percy y que fuera titulado <em>Adonäis. </em>La mayor parte de la producción literaria que escribió en su juventud se ha perdido, y se habla de una obra que hubiera sido su primer poema y que se conoce como <em>Mounseer Nongtongpaw</em><em>, </em>y que contendría algunos versos cómicos que la prometedora escritora de 10 años redactó para el agrado de su padre.</p>
<p>Varias de sus obras ubican a la mujer como el centro de la trama y la solución al conflicto y el bastión de la familia, y así también se permite explorar sin tabúes el reprimido deseo sexual femenino, convirtiéndose sin que se lo hubiera propuesto en una pionera de la literatura feminista. Hacia 1970, con el auge de la revelación feminista, el mundo literario prestó mayor interés en la obra de Mary Shelley, y especialmente por la obra que le dio un lugar notable entre los grandes clásicos de la literatura universal, <em>Frankestein. </em>Hasta entonces solamente había sido apreciada como editora de las obras de su marido, aparte de ser la hija de aquellas figuras notables, pero una vez se redescubre su novela, el nombre de Mary Shelley cobrará un distintivo único.</p>
<p>Los últimos años sus otros relatos y novelas han ido siendo también desempolvadas y han ido despertando el interés de un público cada vez mayor. Pasados más de doscientos años de su primera publicación, el monstruo que se convirtió en un mito ha sido traducido a decenas de distintos idiomas. De su afamada historia se han hecho más de ciento cincuenta versiones distintas y su personaje ha sido producto de un sinfín de adaptaciones.</p>
<p>Escritora, dramaturga, ensayista, biógrafa, de esta prolífica autora y figura primordial del romanticismo se han hecho documentales, pinturas, obras teatrales, cómics y más recientemente su historia fue llevada al cine en la película <em>Mary Shelley. </em>En 1989 salió a luz la más esmerada biografía de Shelley, escrita por Emily Sunstein y titulada <em>Mary Shelley: romance y realidad.</em></p>
<p>La historia que escribió no sólo ha inspirado a otros escritores que le sucedieron como Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne y Herman Melville, sino que su propia historia ha servido para inspirar a otras mujeres que, como ella, reclaman independencia y se han forjado una carrera como destacadas escritoras. Su esfuerzo y dedicación a la disciplina que amaba, su esmero por engrandecer sus conocimientos y el empeño que sostuvo para mantener su propósito de convertirse en una gran escritora han tenido su recompensa.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-89136" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/04/231.-MARY-SHELLEY.jpg" alt="" width="200" height="252" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 30 Jun 2023 08:51:17 +0000</pubDate>
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        <title>Musas</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Esos espíritus o presencias etéreas a los que acude el poeta en busca de inspiración, esas figuras divinas con las que quiere toparse la mano creativa del pintor, las ninfas por las que espera ser abordado el músico que compone una melodía, esas fuerzas poderosas que como representaciones femeninas asisten a los artistas dotándolos de magia y creatividad, esos son los seres mitológicos a los que se les conoce como musas. La palabra musa significa “canción” o “poema”, y según parece la devoción por estos seres es originaria de Pieria, en Tracia, muy cerca de donde se ubicaba el monte Olimpo. La versión que más prolifera cuenta que fueron engendradas después de nueve noches de amor ininterrumpidas entre Zeus, gran dios del Olimpo, y la titánide Mnemósine, diosa de la memoria, y que solían acompañar al dios de las artes, el mítico Apolo, con quien tendrían casi todas algún amorío y una que otra descendencia divina, además de aprender de él los distintos oficios artísticos. Su primera aparición, luego de su nacimiento, fue cantar en coro el triunfo de los dioses olímpicos sobre los titanes, celebrando la victoria que eternizaría a su padre en el poder de los cielos. Hacia el siglo VIII antes de Cristo la creencia en las musas se extendía por todo el territorio de la Hélade, siendo una creencia que ciertamente inspiraría el arte de la Antigua Grecia, ya que toda suerte de artistas de distintas latitudes estaban convencidos de la existencia de las musas, por lo que el culto y adoración por estas figuras era común entre los poetas, escultores y músicos de la época. Desde Esparta y hasta Roma, y para rendirle tributos a las musas, se erigieron templos, altares, estatuas y toda clase de monumentos donde solían ofrecerse en sacrificio libaciones de agua, leche y miel. En el siglo IV la ya dominante iglesia romana prohibió el culto y la adoración a las musas, considerándoles rituales paganos que eran contrarios a los preceptos cristianos, y durante el Oscurantismo la invocación a estas presencias míticas podría llegar a ser condenado con la pena capital. Unos dicen que al principio fueron tres musas, otros señalan que fueron cuatro, pero la versión más difundida sería la propuesta por Hesíodo y luego respaldada por Plutarco, quienes distinguieron a nueve musas y las catalogaron según las distintas corrientes artísticas: <strong>Calíope </strong>(Καλλιόπη), “la de la bella voz”, musa de la elocuencia, la belleza y la poesía épica, amante de Apolo y con quien tendría al poeta Orfeo, asesinado por el dios Dionisio, y a quien se le representa coronada con un ramillete de laureles, portando una tabla de escritura y sujetando una lira. Es la mayor de todas y según Homero sería ella la que inspiraría sus epopeyas de <em>La ilíada </em>y <em>La odisea</em>; y también sería la encargada de mediar en la disputa entre Afrodita y Perséfone cuando ambas codiciaban al bello Adonis. Tras la muerte de su hijo y su esposo, esta ninfa acabaría parando en los sótanos del Hades.<strong> Clío </strong>(Κλειώ), “la que ofrece la gloria”, madre de Jacinto, el fiel amigo de Apolo, musa de la Historia y que suele ser representada portando un libro abierto o un rollo de pergamino mientras toca la trompeta. Se dice que fue ella quien enseñó en Grecia el alfabeto de los fenicios. <strong>Erató </strong>(Ἐρατώ), “la amorosa”, musa de la poesía lírica, amante de Apolo, y que suele aparecer con una antorcha encendida, acompañada de un arco y de flechas doradas, tal como Eros, dios del amor, con una corona de rosas ceñida a su cabeza y sosteniendo el instrumento de la cítara mientras un par de tórtolas le picotean los pies. <strong>Euterpe </strong>(Εὐτέρπη), “la muy placentera”, musa de la música, inventora del aulos (flauta doble) y que suele estar acompañada junto a otros instrumentos como el laúd y la guitarra, coronada de rosas y hojas de mirto y que funge como representante del buen ánimo. <strong>Melpóneme </strong>(Μελπομένη), “la melodiosa” era la musa de la tragedia, del ingenio y la imaginación. Su cabeza está encumbrada por una corona de pámpanos y alguna joya que la adorna, siempre cubierta de coloridas prendas, calzado alto, llevando una máscara de aspecto triste en una de sus manos, y en la otra un puñal ensangrentado (en otras versiones empuña un cetro), mientras reposa sobre una maza como símbolo de que el oficio del teatro requiere un compromiso para nada sencillo, así como de un gran talento. Triste, solitaria, descontenta a pesar de sus privilegios, y representante consumada del drama. <strong>Talía </strong>(Θάλεια), “la festiva”, musa de la comedia, anfitriona en festejos, sinónimo de abundancia, será la contraparte de su hermana Melpóneme. Con una mirada inquietante, pícara y divertida, Talía es representada con guirnaldas, calzando sandalias o borceguíes, y portando en su mano una máscara con una sonrisa dibujada. También fue amante de Apolo, y es asociada con los campos, los sembrados y la agricultura. <strong>Terpsícore </strong>(Τερψιχόρη), “la que deleita en la danza”, es la musa del baile, también la que vela por la educación, y suele representársele bailando y tocando el arpa. Es además la madre de las sirenas. Siempre vestida con prendas color blanco, <strong>Polimnia </strong>(Πολυμνία), “la de muchos himnos”, es la musa del canto. Es representada en una actitud meditativa, con un semblante muy serio, reposando su brazo sobre una roca en actitud reflexiva, mientras un velo le cubre parte del rostro y su mirada profunda se posa en los cielos. Lleva algunas cadenas sujetas a su cuerpo, y a veces aparece con un dedo en los labios como señal de silencio y prudencia. Es la creadora de la geometría, la gramática y la lira. Finalmente la menor de las musas, <strong>Urania </strong>(Οὐρανία), “la celestial”, musa de las ciencias y especialmente de la astronomía, otra amante de Apolo que figura portando un ramillete de espigas en su mano derecha y en la izquierda un globo terráqueo, y a sus pies distintos instrumentos de medición como la brújula o el compás. El poder principal de las musas consiste en susurrar al poeta las palabras justas, medidas, mezcla de su conocimiento y sus ideas, otorgándole el disparador necesario para relatar sus pensamientos con elegancia y belleza. Así también aconsejaban a los reyes en el arte de gobernar y socorrían a los oradores en el arte de la retórica, como fuera el caso de Aristeo. La profecía era también un atributo por el que eran conocidas dado su cercanía con el dios profético de Delfos, su amado Apolo. Las musas figuran en los distintos mitos como personajes secundarios, compañeras del dios Dionisio en sus banquetes y con entrada disponible al Olimpo, haciendo apariciones eventuales, como cuando sirvieron de juezas en el duelo musical que tuvo Apolo contra su retador Masias, o cuando las nueve hijas del rey Píero, las Piérides, se atrevieron a desafiarlas en una competencia de canto, terminando convertidas en urracas y sus voces transformadas en graznidos. Otras que no salieron bien libradas después de encarar a las musas fueron las temidas sirenas, que recibieron como castigo el ser desplumadas de sus colas, plumas con las que luego se adornarían las musas con el fin de humillar a las ninfas oceánicas. El cantor Tamiris, hijo de Filamón y de la ninfa Argíope, fue otro personaje al que no le fue bien luego de retarlas y de perder en la contienda. Tamiris había propuesto a las musas acostarse con ellas si salía vencedor en un duelo de canto, pero finamente sería castigado con la ceguera por su <em>hibris, </em>que es como se conoce a la ambición desmedida<em>. </em>Al comienzo de una tarea artística es el momento preciso en que es debido evocarlas, nombrándoles y requiriendo de su consuelo, su gracia y profecía, para que acudan en auxilio de la empresa artística. Es así como a lo largo de la Historia han sido varios los filósofos y poetas que han invocado la asistencia inspiradora de las musas. El ilustre Heródoto nombró a cada uno de sus nueve libros de <em>Historias </em>con el nombre de cada musa. Para impulsar la “armonía cívica y el aprendizaje”, Pitágoras recomendó a los habitantes de Crotona que levantaran un templo en honor a las musas. Platón y Hesíodo también se refieren a las musas en algunos pasajes de sus escritos, y de este mundo antiguo nos queda la biblioteca de Alejandría, la cual se construyó alrededor de un <em>mouseîon </em>(museo), que es como se le llama al “altar de las musas”, y que estaba ubicado muy cerca de la tumba de Alejandro Magno. En tiempos modernos Dante clamará el auxilio de las musas en repetidas ocasiones, como en el caso de <em>La divina comedia, </em>cuando canta desde el Infierno: “¡Oh musas, oh altos genios, ayudadme! ¡Oh memoria que apunta lo que vi, ahora se verá tu auténtica nobleza!” O en el caso de Shakespeare con su obra <em>Enrique V, </em>y en cuyo prólogo podemos leer: “Quién me diera una musa de fuego que os transporte al cielo más brillante de la imaginación; príncipes por actores, un reino por teatro, y reyes que contemplen esta escena pomposa.” John Milton, Góngora, e incontables son los artistas que expresaron sus ansias de convocarlas para que alumbraran sus obras. Hicieron presencia en el antiguo arte romano y luego tuvieron que esperar para reaparecer en el Renacimiento y cobrar mayor fuerza con el Neoclásico, siendo notoria la figura de las musas en los relieves de los monumentos, o en las esculturas que suelen adornar las fuentes. En la Ilustración la mítica presencia de la musa se manifiesta en el arte, y hacia el siglo XVIII volverán a ser símbolo de inspiración divina, como el caso de una logia compuesta por intelectuales y célebres de la época como Voltaire, Franklin y Danton, que era conocida como <em>Les neuf sœurs </em>(Las nueve hermanas). A partir de ese momento la palabra “museo” servirá además para nombrar al lugar donde se recoge historia y conocimiento que quiere compartirse con todos. Safo de Lesbos y más tarde otra poetisa, Sor Juana Inés de la Cruz, fueron llamadas como la “Décima Musa”. Los nombres de las musas aparecen bautizando plantas, árboles, ríos y mariposas, y de diferentes formas se les ha representado en los cuentos, películas, animaciones y videojuegos, y en donde seguirán su tarea de alertar el asombro del artista y servir como un gatillo en su quehacer creativo.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 23 Jun 2023 22:58:35 +0000</pubDate>
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        <title>Brujas</title>
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        <description><![CDATA[<p>Para consagrase como bruja es preciso un estudio de años donde la iniciada comenzará a una edad temprana, cuando las “maestras” raptan a las niñas mientras sus padres dormitan, llevándolas en vuelo al lugar de celebración del aquelarre. Las niñas serán castigadas en caso de que comunicaran a sus padres su secreta formación, además que [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Para consagrase como bruja es preciso un estudio de años donde la iniciada comenzará a una edad temprana, cuando las “maestras” raptan a las niñas mientras sus padres dormitan, llevándolas en vuelo al lugar de celebración del aquelarre. Las niñas serán castigadas en caso de que comunicaran a sus padres su secreta formación, además que tenían la misión de guardar los sapos con los que las “maestras” preparan los ungüentos que las hacen volar. A los seis años son seducidas con golosinas y promesas para que abjuren de la fe de Cristo, luego de lo cual se realizará una ceremonia que celebrará la apostasía y que será presidida por el demonio en su figura de macho cabrío: un hombre barbado con aspecto de cabra, de ojos saltones color azabache, garras corvas como de ave de rapiña, con cola de asno y coronado con un par de cuernos. La “maestra” presenta a su “novicia” al macho cabrío con el siguiente rezo: “Señor, ésta os traigo y presento.” La niña se hinca de rodillas ante el diablo, acepta a Satán como su Señor Dios y rechaza su antigua fe con la siguiente oración: “Reniego de Dios, de la Virgen, de todos los santos, del bautismo y confirmación, de ambas crismas, de sus padrinos y padres, de la fe y de todos los cristianos.” La nueva bruja besa la mano izquierda del diablo, así como su boca y su pecho, encima del corazón, y a continuación besará sus genitales para rematar con el “ósculo infame”, el acto de besarle puntualmente en el ano. Acto seguido, Satán la marcará con sus uñas del lado izquierdo de su cuerpo con una señal que le dejará una cicatriz imborrable y cuyo dolor perdurará durante mucho tiempo. La conmemoración acabará con un festejo en compañía de otras brujas que bailarán al son del tamborino y la flauta, y finalmente la nueva bruja es ungida por todo su cuerpo con un menjurje hediondo de color verdinegro antes de ser llevada a dar un paseo por los aires. La <em>notchnitsa</em>, que así las llamaban antaño en los Balcanes, eran las brujitas que atormentaban a los niños en sus habitaciones durante las noches, y a quienes bastaba la presencia de un adulto para que se esfumaran mágicamente. Y es así como en adelante la pequeña bruja tendrá que ganarse un prestigio, realizando todo tipo de maldades como atacar a las personas y a los ganados, destruir las cosechas y proferir blasfemias y otra clase de fechorías, hasta el momento en que obtendrá licencia para ser ella misma quien preparará sus propias pócimas, ponzoñas y polvos, podrá volar y también compartir de tú a tú con el mismísimo demonio, a través de una consigna que dice: “Señor, en tu nombre me unto; de aquí en adelante yo he de ser una misma cosa contigo, yo he de ser demonios.” La categoría más alta la adquieren las más ancianas y expertas que gozan de los afectos y cariños de Satanás, y que servirá como un órgano consultivo que actúa en compañía de media docena de diablillos que rodean siempre a su Dios. Adivinas, pitonisas, hechiceras, clarividentes, expertas en la nigromancia y en el arte del ocultismo, la imagen de las brujas varía según la época y la cultura. Las encontramos retratadas y sus historias están descritas en cuentos, novelas, películas, e incluso en quienes testimonian haberse cruzado con una de ellas. Acompañadas de sapos, serpientes, ratas, arañas, búhos y cuervos, liebres y el infaltable gato negro, una cohorte de mujeres se convoca en un aquelarre celebrado en cementerios o en la profundidad de los bosques, junto al fragor de una hoguera, gozando de un festejo pagano por medio de rituales satánicos, reunidas en conciliábulos donde a través de magia negra invocan al maligno. Ancianas decrépitas que viven aisladas junto a pantanos y lagos fangosos, de aspecto cadavérico y con la piel de un color verdoso, con narices prominentes en las que realza una abultada verruga, desdentadas y de risas agudas, burleteras y macabras, vistiendo una toga negra y portando sobre sus cabezas un sombrero puntiagudo, trepadas en sus escobas mientras surcan los cielos durante la luna llena o agregando un par de alas de murciélago a su pócima mágica, conjurando un hechizo maléfico junto a una caldera donde se cocina la medicina siniestra, el encantamiento diabólico, el mal de ojo, el brebaje demoníaco capaz de corromper y pervertir. Se dice que podían volar y que tenían el poder de metamorfosearse en cualquier animal, virtudes que les servirían para ocultarse y llevar a cabo sus propósitos funestos. Quizás por el culto a Artemisa (Diana para los romanos), diosa griega emparentada con la luna, las brujas eran asociadas a la luna llena y se dice que es durante el plenilunio cuando alcanzarían su máximo poder. La palabra en latín para denominar a la bruja es <em>maleficae, </em>término con el que fueron conocidas en Europa durante toda la época del Oscurantismo y hasta entrada la Edad Moderna. En inglés se les conoce <em>“withc”, </em>en italiano <em>“strega”, </em>en alemán <em>“hexe”, </em>en francés <em>“sorcière”, </em>y decir que la palabra en español, “bruja”, es de una etimología incierta y desconocida. En la Biblia la aparición de la bruja será ocasional, condenadas por Moisés y presentes en la historia de Saúl, quien consultó a una bruja en En-Dor para que le ayudara a comunicarse con el difunto Samuel. En la antigua Grecia la mítica diosa <strong>Hécate</strong>, asociada a la brujería, era invocada a través de ceremonias para que auxiliara a sus devotas en todos sus encantamientos. En la mitología Tesalia era el lugar oscuro donde moraban las brujas, destacándose tres como las más reconocidas: la desgarbada y horripilante <strong>Erictho </strong>con cabellos de serpientes, que habita junto a las tumbas y que sólo sale en noches lluviosas para comunicarse con los muertos; <strong>Pamphile </strong>que aparece descrita por Lucio Apuleyo en <em>El asno de Oro, </em>y quien tiene el poder de metamorfosear a los jóvenes en piedras o animales; y la bruja <strong>Canidia</strong> que se entera de todo lo que sucede al interior de los infiernos. Lo cierto es que la brujería ya era temida y condenada desde tiempos lejanos, remontándonos a la <em>Lex Cornelia </em>que prohibía las prácticas brujeriles castigándolas con la muerte. Hacia comienzos del Medioevo, Clodoveo I, rey de los francos del año 481 al 511, promulgaría otra fuerte ley en contra de las brujas y brujos y que sería conocida como <em>Lex Salica, </em>y hacia el 780 el mismo Carlomagno tipificaría en sus códigos de leyes una condena de prisión a quien fuera juzgado de brujería, además de severos castigos físicos. A lo largo de estos siglos el mundo se vería inundado de relatos verbales y cuentos escritos que describían a las brujas como personajes maléficos, ligadas al demonio, y en donde empezaba a detallarse toda clase de conjuros y reuniones, siendo la más común la ceremonia conocida como <em>Sabbat. </em>Dicho ritual consistía en abjurar <em>in totum </em>de los dogmas cristianos para ser rebautizadas en la fe de Satán, quien finalmente las estigmatizaría con su marca, sellando así un pacto en el que ambas partes se prometían y obligaban: el diablo concedería toda clase de riquezas y poderes mientras que la bruja se mantuviera siempre sumisa a cumplir sus órdenes, además de entregarle su alma para que dispusiera de ella después de morir. El <em>Sabbat </em>pudo haberse derivado de las antiguas fiestas dionisiacas consagradas al dios romano Baco, dios cornudo que se asociaba al festejo, a lo orgiástico y a la ebriedad, a todo lo carnavalesco y especialmente al vino, y también encarnado en otras figuras míticas como Pan o Mithra. Fue a comienzos de la Edad Media que el dios cornudo sería considerado como el propio diablo y sería conocido como Satanás o Lucifer. Tiempo después el ritual pagano del <em>Sabbat </em>pasaría a ser como una especie de “misa negra”, versión renovada del <em>Sabbat</em> y cuyo culto era consagrado a la devoción de demonios como Diane o Hérodiade. En un principio las mujeres acusadas de brujería serían conminadas a confesar sus culpas bajo torturas, logrando que de esta manera la sociedad se convenciera cada vez más de la existencia real de las brujas, y haciendo que su temida fama se difundiera por toda Europa. Para el siglo XIII el papa Inocencio VIII en contubernio con los sacerdotes dominicos daría inicio a una naciente persecución inquisitorial contra las brujas, castigándolas por el cargo específico de herejía. Sin embargo la persecución acérrima contra las brujas, y que se prolongaría durante cuatro siglos, empezaría en 1326 cuando el papa Juan XXIII promulgara una bula pontificia. La cacería se concentraría principalmente en mujeres, ya que la iglesia consideraba al hombre como un servidor elegido por Cristo, siendo así que la mujer, más débil e inferior que el hombre, estaría más propensa a inclinarse por el adversario maligno, y por lo cual en su momento se calculaba un millar de condenadas por cada hombre castigado por el cargo de brujería. El estereotipo de la bruja se reafirmó después de los juicios de la década de los veinte del siglo XV, y ese mismo año con los tantos tratados demonológicos como el escrito por un par de dominicos y conocido como el <em>Malleus maleficarum </em>(Martillo de las brujas), y del cual se imprimirían más de treinta mil ejemplares a lo largo de los siguientes dos siglos. También los predicamentos teológicos de San Bernardino de Siena y las aseveraciones de varios tribunales de justicia acabarían formando una imagen más definida de la bruja, todos estos consolidando su existencia y describiendo con detalle los rituales satánicos que solían celebrarse en lugares alejados del centro urbano o en cementerios donde profanarían las tumbas. Para 1484 la Iglesia Católica reconoce la existencia de la brujería por medio de la bula apostólica <em>Summis desiderantes affectibus. </em>la asociación de la brujería como un crimen de carácter sexual cobraría rigor hacia el siglo XVI, momento en el que ya eran comunes los distintos suplicios a los que eran sometidas las condenadas, y que puede apreciarse en varios grabados alemanes de comienzos de siglo en los que se representan ahorcamientos y decapitaciones, mutilaciones de miembros y brujas ardiendo en las hogueras. En todo tiempo también se contaría con un puñado de personas racionales que se atrevieron a pronunciarse en contra de semejante delirio colectivo, como el caso del valiente y muy cuerdo barón Michel de Montaigne, quien para 1563 escribiría que muchas de estas mujeres pudieran tratarse de mujeres afectadas de “locura”. Para 1571 el Santo Oficio establece por decreto real un tribunal inquisitorial en la Nueva España que le permitiera proceder con legalidad en su persecución de brujas por territorios americanos. En un comienzo los procesos eran dirigidos por el clero, pero tiempo después cualquier laico podía encargarse de llevar a cabo una persecución propia. En 1599 el rey Jacobo I de Inglaterra estableció la vil práctica de pinchar en el ojo a la mujer sindicada de brujería, y en caso de que sangrara quedaría comprobada su indiscutida culpabilidad. Los siglos XVI y XVII las brujas sufrieron la más intensa, terrorífica y sanguinaria persecución, en lo que muchos calculan cobró la vida de unas cien mil almas. La mayoría de víctimas de la Inquisición eran provenientes de familias rurales de bajos recursos. No sólo las mujeres eran condenadas a muerte, ya que era común el castigar con la misma pena a sus hijos, y en especial si se trataba de niñas. Se empleaban jugarretas innobles para determinar la culpabilidad de las sindicadas, como aquella conocida como <em>Hekseenwag </em>(“balanza de las brujas”), y que consistía en echar a la sindicada a un río con los pies y manos atados, y si flotaba es porque ciertamente se trataba de una bruja (ya que estas desalmadas poseían un peso liviano como un pájaro), y en cuyo caso sería rescatada para quemarla viva en una hoguera. Difícil demostrar su inocencia, ya que de igual manera, y en caso de no flotar, la condenada acabaría ahogándose, demostrándose de esta forma su lamentada y tardía inocencia comprobada. Pero no sería sino hasta fines del siglo XVII cuando comenzó a cuestionarse a nivel de sociedad esta práctica que cada vez perdía más su sentido. Para 1602 el pastor reformista Anton Praetorius saldría en defensa de las brujas condenando la tortura a través de un texto titulado <em>Sobre el estudio en profundidad de la brujería y de las brujas. </em>En Francia Louis XVI derogó la condena de pena de muerte y dejó como máximo castigo por brujería el destierro o el exilio; en 1692 en Estados Unidos un jurado de Massachusetts pidió perdón por los Juicios de Salem firmando un arrepentimiento público y comprometiéndose a nunca volver a repetir tan deleznables sucesos; Inglaterra abolió la legislación respecto a la brujería en el año de 1736 y aunque en 1808 se reportaría el último ahorcamiento de una bruja en territorio inglés. Jules Michelet, en 1862, tendría la iniciativa de redimir la figura de la bruja por medio de un libro donde pretendía componer un “himno a la mujer benefactora y a la vez víctima”, una rebelde y una revolucionaria de todos los tiempos, atreviéndose a señalar a la Iglesia Católica como la promotora de la “caza de brujas”, y defendiendo su obra como un escrito de contenido histórico y no un producto de la ciencia ficción. Un verdadero genocidio, una histeria o esquizofrenia colectiva, un feminicidio masivo, un machismo exacerbado que se prolongaría durante siglos, un crimen contra la humanidad que costó la vida de figuras notables como la de <strong>Juana de Arco</strong>. Y así también destacar otras brujas que han tenido un amplio reconocimiento a lo largo de la historia. En 1324 encontramos a <strong>Alice Kyteler, </strong>quien poco pudo hacer para defenderse ante el obispo de Ossory, convirtiéndose en la primera irlandesa en ser condenada por brujería. Una de sus sirvientas atestiguó que Alice solía sacrificar animales vivos en una suerte de ritual demoniaco. Se le inculpaba luego de haber enviudado en cuatro ocasiones bajo sospecha de envenenamiento, pero finalmente conseguiría escapar de su país. En 1593<strong> Maria Holl</strong>, conocida como la “Bruja de Nördlingen”, fue una de las primeras mujeres en lograr defenderse y hasta conseguir ser absuelta de sus acusaciones de brujería. En 1657, en Escocia, <strong>Maggie Wall</strong> sería quemada en una hoguera sobre la que hoy se impone un monumento de roca de más de seis metros coronado de una cruz, y que es un lugar de alto atractivo turístico, pese a que poco se sabe de la vida de Maggie y menos de su juicio, y por lo que muchos la consideran como una simple leyenda. Para 1751 <strong>Anna Schindenwind </strong>sería una de las últimas en ser ajusticiada en la hoguera en una plaza pública alemana. <strong>Joan Wytte, </strong>conocida como el “Hada de Bodmin”, nació en Inglaterra en 1775, y se decía que era vidente y curandera, de una fuerza descomunal, y que estaba poseída por el maligno. Se le recuerda por fea, desdentada y agresiva, y precisamente por revoltosa pararía en la cárcel donde moriría a la edad de los 38 años. Su cadáver fue disecado y años después sus restos fueron profanados para una sesión de espiritismo, tras lo cual dice la leyenda la bruja se manifestaría desde el más allá. <strong>Anna Göldin </strong>será una de las últimas mujeres ejecutadas en Europa, sucedió en Suiza durante el verano de 1782. Hacia finales del siglo XVIII <strong>Marie Catherine Laveau</strong>, una viuda negra que trabajaba como peluquera de las mujeres blancas y adineradas de New Orleans, conocida como la “Bruja peluquera” o la “Reina bruja”, era famosa por sus prácticas de vudú que solía realizar en compañía de su serpiente de nombre “zombi”. Finalmente <strong>Violet Mary Firth Evans</strong><strong>, </strong>nacida hacia finales del siglo XIX, y quien fuera una de las brujas más reconocidas de su tiempo por haberse interesado desde temprana edad en el arte del ocultismo y hasta llegar a convertirse en una experta. Se hacía llamar “Dion Fortune”, y junto a su esposo fundó “Fraternidad de la luz interior”. También se le recuerda por haber apoyado fuertemente a Inglaterra durante los intentos de la ocupación alemana. Sería ya entrado el siglo XX, hacia la década de los setenta, cuando los movimientos feministas se apropiaron de la imagen de la bruja como un emblema de culto y un símbolo de la resistencia femenina. Surge la revista <em>Brujas, </em>de Xavière Gauthier, que exponía en detalle “las prácticas subversivas de los movimientos feministas”, y surgen también los cultos y rituales modernos como la <em>Wicca, </em>que es como hoy se conoce al encuentro de varias mujeres que se reúnen a manera de un antiguo aquelarre. Lo cierto es que gran número de estas mujeres que fueron asesinadas por considerárseles brujas no eran otra cosa que mujeres de ciencia, estudiosas, investigadoras. Muchas de ellas eran parteras y curanderas, cocineras o consejeras, sabias en el conocimiento de plantas e hierbas con los que solían preparar brebajes y remedios, conocedoras de enfermedades que lograban tratar de manera precaria por medio de pócimas basadas en la farmacopea tradicional, y que muchos citadinos y médicos señalaron como prácticas paganas o brujeriles. Les prohibieron legar sus nuevos conocimientos y sus enseñanzas ancestrales y prefirieron silenciarlas en medio de una pira encendida. La escoba sigue siendo hoy símbolo que nos remite a la bruja voladora, así también como a un objeto ligado a la mujer consagrada a las labores del hogar. Tanzania, República Democrática del Congo, Kenia, Ghana, Angola, Nigeria, Papúa Nueva Guinea, Arabia Saudita, Nepal e India son algunos de los más de cincuenta países donde la brujería sigue siendo perseguida y penalizada con castigos de tortura y muerte. Se calcula que en la última década más de veinte mil mujeres han sido condenadas por el cargo de brujería, y en el 2020, por motivos de la pandemia, el creciente número de rezanderas de todas las especies se ha venido multiplicando, por lo que también aumentó la persecución y una nueva cacería.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Sat, 18 Mar 2023 00:35:49 +0000</pubDate>
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        <title>Cleopatra VII Thea Filopátor (69-30 a.C.)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Heredera del poder que siglos antes ostentaron las primeras faraonas como Hatshepsut, Neithotep o la famosa Nefertiti, Cleopatra VII se destacaría como una de las figuras femeninas más reconocidas en el poder. Otras Cleopatras antes y después se suscriben a un largo listado: Cleopatra la Alquimista, Cleopatra Selene II, Cleopatra I de Sira, Cleopatra V, [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Heredera del poder que siglos antes ostentaron las primeras faraonas como Hatshepsut, Neithotep o la famosa Nefertiti, Cleopatra VII se destacaría como una de las figuras femeninas más reconocidas en el poder. Otras Cleopatras antes y después se suscriben a un largo listado: Cleopatra la Alquimista, Cleopatra Selene II, Cleopatra I de Sira, Cleopatra V, Cleopatra VI Trifena, pero sin duda cuando mencionamos su nombre nos referimos a la última gobernante de la Dinastía Ptolemaica de Egipto, Cleopatra VII Thea Filopátor, esa que gobernó a finales del siglo I a.C., y quien resaltó por su belleza y así también por el encanto de su inteligencia. En una época donde los romanos ya habían ganado terreno y los antiguos faraones egipcios venían gobernando como monarcas griegos helenísticos, descartando el aprendizaje del idioma propio, Cleopatra sería la primera de su dinastía en conocer a fondo el lenguaje egipcio, y aunque su lengua materna fuera la koiné griega, también se interesó en hablar el etíope, troglodita, arameo, árabe, sirio, medo, parto, latín, lo que demuestra el interés que tuvo en integrar territorios del norte africano y de Asia occidental que otrora hicieron parte del Reino Ptolemaico. No se conoce quién sería su madre, y se postulan los nombres de Cleopatra V, conocida también como Cleopatra VI Trifena, y sabemos que tuvo una hermana, Arsíone IV, y sus dos hermanos Ptolomeo XIII y Ptolomeo XIV. Era descendiente directa de Ptolomeo I Sóter, fundador de la dinastía, general grecomacedonio y amigo de Alejandro Magno. Su nombre significaría algo como “la gloria de su padre” o “la diosa que ama a su padre”, y quien se sabe se trató de Ptolomeo XII Auletes, el faraón que por aquellos días gobernaba un Egipto que desde hacía mucho tiempo venía sirviendo como vasallo y de manera voluntaria al creciente dominio de los romanos, y a quienes servía con sumisión, siendo así que cuando su pueblo se levantó en una revuelta, Ptolomeo XII, en compañía de su pequeña Cleopatra de 11 años, eligió la ciudad de Roma para exiliarse. El trono sería reclamado por Berenice IV, hermana mayor de Ptolomeo XII, y quien sería asesinada después de gobernar tres años, momento en el que Ptolomeo XII retomaría el poder con la ayuda de las fuerzas romanas. Hacia el 51 a.C. muere Ptolomeo XII, no sin antes legar su herencia en el trono a sus hijos Cleopatra y Ptolomeo XIII, quienes tendrían que gobernar como si se tratara de una pareja de esposos corregentes, pero siendo Ptolomeo XIII un imberbe sería Cleopatra quien trataría de sobreponerse a su hermano. La pareja de faraones heredó el mando de una sociedad revoltosa y descontenta, territorios que estaban siendo anegados por el río Nilo y que tenían inundados los sembradíos, una hambruna generalizada y una cuantiosa deuda de millones de dracmas que su padre había contraído con los romanos. Los documentos reales eran firmados únicamente por Cleopatra, mostrándose así como la gobernante oficial, y sin embargo Ptolomeo XIII gozó de la asistencia de algunos personajes influyentes dentro del gobierno, quienes evitarían que los poderes oficiales del púber desaparecieran, y es por esto que algunos otros documentos empezarían a ser emitidos con la firma de Ptolomeo XIII. Cleopatra intentó una alianza con su otro hermano, Ptolomeo XIV, pero éste ya se encontraba del lado de su hermano, y es por esto que hacia el 49 a.C. Cleopatra entendió que había perdido la batalla, por lo que decidió escapar de Alejandría y refugiarse en la región de Tebas. Por aquella época en Grecia se estaba desatando una de las confrontaciones más recordadas entre las fuerzas de Julio César contra las de su antiguo aliado, Pompeyo el Grande, en un enfrentamiento bélico en el marco de la segunda guerra civil de la República romana, el 9 de agosto del año 48 a.C., conocida como la Batalla de Farsalia. Los ejércitos de Pompeyo salieron diezmados y su líder, viejo amigo de los ptolemaicos, quiso encontrar su exilio en la tierra de los faraones, pero tan solo desembarcar, Pompeyo sería apuñalado varias veces, y su cabeza embalsamada sería enviada a Julio César por órdenes de Ptolomeo XIII, autor intelectual del crimen, y que pretendía de esta forma agraciarse con Julio César además de exponer el poder que ostentaba en Egipto. Días más tarde Julio César llegaría a Alejandría y se aposentaría nada menos que en el palacio real, mostrando su descontento por el trato innoble de haber asesinado a Pompeyo, además del gesto grotesco de decapitarlo, ya que a pesar de considerarlo su enemigo tenía pensado perdonarlo, e incluso le tenía reservado un puesto de oficio dentro de su gobierno. El faraón y la faraona en disputa de su reino quisieron presentársele a Julio César en Alejandría, llevando la delantera Cleopatra, quien no sólo aventajó en tiempo a Ptolomeo XIII sino que aprovecharía la ventaja de sus encantos para ganarse los afectos del romano. El romano no podría resistirse a la tentación, pero lo cierto es que Julio César no quería que en Egipto se desataran más guerras, y pretendía poner fin a la discordia entre ambos hermanos sin la intención de favorecer a alguno en particular, y por lo que procuró la reconciliación por medio de un acuerdo en el que además le destinaba la regencia de importantes territorios a los otros dos hermanos, Arsíone IV y Ptolomeo XIV. Pero Ptolomeo XIII desconfió de este pacto por considerarlo poco conveniente para él, por lo que decidió atacar a las tropas de Julio César y sitiar Alejandría. La pareja y las fuerzas romanas resistieron hasta que meses más tarde llegaron los refuerzos de Roma, y a comienzos del año 47 a.C. Ptolomeo XIII sería derrotado en la Batalla del Nilo, y se cree que moriría ahogado luego de intentar escapar en un bote que acabaría por naufragar. Arsíone IV, la hermana menor, y quien había estado del lado de Ptolomeo XIII liderando el sitio contra Alejandría, encontró exilio en Éfeso, siendo así que Julio César, con la potestad que le otorgaba su cargo reciente de dictador, designó al pequeño hermano menor de Cleopatra, Ptolomeo XIV, como cogobernante de Egipto, realizando una boda que los oficializaba como la pareja real. Para este momento Cleopatra ya estaba embarazada de Cesarión (“El pequeño César”), el niño que fue fruto de la unión con su amante Julio César. Al nacer, el hijo de la pareja recibió el título real de “Faraón César”, tal cual puede leerse en una estela encontrada en el serapeum de Menfis. Julio César trató de mantener oculta y distante su relación con Cleopatra, además de su hijo Cesarión, queriendo no generar descontentos en la sociedad romana, y por otra parte Cleopatra no dejaría de hacer pública la filiación que unía a las dos figuras más representativas de Roma y Egipto. Gozando del título que les sería conferido por Ptolomeo XII, <em>Socius et amicus populi Romani </em>(“Amigo y aliado del pueblo romano”), a finales del año 46 a.C. Cleopatra y su hermano Ptolomeo XIV visitaron Roma y fueron hospedados con todo lujo en el Hortis Caesaris, la villa de descanso que pertenecía a Julio César. Allí permanecieron casi dos años hasta el asesinato de Julio César, tras lo cual Cleopatra intentaría posesionar a Cesarión como heredero de su padre, pero en su herencia el dictador reconocía como sucesor legítimo a su sobrino Octavio (primer emperador romano en el año 27 a.C. y que fuera conocido como Augusto, “El venerado”), por lo cual Cleopatra tomaría la decisión de regresar a Egipto. Una vez en Egipto, y como pareciera costumbre en estas tramas dinásticas, Cleopatra envenenó a su hermano Ptolomeo XIV y nombró a su hijo Cesarión, ahora conocido como Ptolomeo XV, como corregente de Egipto. En el año 43 a.C. se desataba la tercera guerra civil de la República romana, y Cleopatra se inclinó por el triunvirato encabezado por Octavio, Marco Antonio y Lépido. Con el segundo de estos su relación iría más allá, luego de que éste quedara impactado por esa mujer que era Cleopatra, y tras una visita a Alejandría el triunviro no podría resistirse a los encantos de la faraona, y así también con un pueblo que lo recibía con afecto después de que llegara acompañado de pocas tropas y en son de paz. El historiador Suetonio Tranquilo detalla un viaje por el río Nilo a bordo de un suntuoso crucero parecido a un “palacio flotante”, y en donde el general romano acabaría por ser conquistado por el ingenio y la inteligencia de la faraona egipcia. También se dice que al momento de conocerlo Cleopatra lucía un traje que evocaba a la diosa Afrodita, lo que acabaría por deslumbrar al fascinado general. Marco Antonio permaneció durante un tiempo en Egipto disfrutando de la compañía de Cleopatra, con quien tendría dos hijos: los gemelos Alejandro Helios y Cleopatra Selene II, quienes llevan como segundo nombre el de los dioses del sol y la luna. Cleopatra convenció a su marido para que ejerciera su autoridad y ejecutara sin reparos a su hermana Arsíone IV, porque es que según se comenta Cleopatra ejercía sobre Marco Antonio como una especie de embrujo o hechizo, o así lo consideraba la sociedad romana, que emparentaba la figura de la faraona con la imagen destructiva para la civilización de Roma, como lo fuera la leyenda de Helena de Troya. En el año 39 a.C. Marco Antonio creyó conveniente dejar sus asuntos resueltos en Egipto, instituyendo plenamente a Cleopatra como la faraona única y oficial, para mudar su cuartel general a Atenas, donde se casó con Octavia la Menor, hermana de Octavio, y con quien tendría dos hijas: Antonia la Mayor y tres años más tarde a Antonia la Menor. Por aquel tiempo Octavio empezó una propaganda en contra de Marco Antonio, señalándolo de favorecer los intereses de los ptolemaicos y descuidando de esta forma sus cargos como triunviro. A manera de publicidad, Octavio mandó a construir una estatua de su esposa Livia Drusila y de su hermana y esposa de Marco Antonio, Octavia la Menor, haciéndole competencia a la estatua que años antes Julio César había erigido para Cleopatra, así también como a Cornelia, hija de Escipión el Africano, y quien medio siglo antes hubiera sido la primera mujer romana en ser distinguida inmortalizándola en una estatua. En al año 36 a.C. Marco Antonio y Cleopatra se reunieron durante una campaña militar que trataba de sofocar las invasiones del Imperio Parto, y por aquellos días la faraona daría a luz a su tercer hijo con el triunviro, niño a quien llamaron Ptolomeo Filadeldo. Además aprovecharían para formalizar sus nupcias en un evento, en el que Dion Casio relata que la faraona se vistió y se peinó y se emperifolló con todo su arsenal estético, y que sus atuendos emulaban la figura de la diosa Isis, y fue así como se proclamaría “Reina de Reyes”, y a su hijo Cesarión y corregente lo declararía con la misma distinción de “Rey de Reyes”. La faraona dejaría una constancia clara de sus propósitos por medio de decretos aprobados por su esposo y remitidos a Roma, concesiones territoriales ratificados por el triunviro y conocidos como las “Donaciones de Alejandría”, donde declararía a sus dos hijos gemelos como reyes oficiales de varios importantes territorios. Egipto le sirvió de mucho a Marco Antonio para poder emprender sus batallas, como en el año 32 a.C. cuando Cleopatra asistió a su esposo con unos doscientos barcos, lo que representaba una cuarta parte de la flota naval egipcia. Para ese momento Cleopatra pidió a Marco Antonio disolver formalmente su unión con Octavia la Menor por medio de una declaración oficial, y luego de que esta se hiciera pública ya Octavio tendría los motivos suficientes para dar inicio a la cuarta guerra civil de la República romana. La guerra estaría declarada concretamente a Cleopatra, el triunvirato ya había expirado y los pocos aliados con los que Marco Antonio contaba al interior del senado habían sido disuadidos para que apoyaran a Octavio, siendo así que para el año 31 a.C. se llevó a cabo una serie de enfrentamientos navales en los que, a pesar de contar con una fuerza superior en número, Marco Antonio y Cleopatra no pudieron contra las tropas profesionales de la armada comandada por Octavio. La batalla decisiva, acaecida en Accio, tuvo como triunfador al general encargado por Octavio, Marco Vispanio Agripa, y nada pudo hacer Cleopatra a borde de su buque conocido como el <em>Antonias, </em>ni mucho menos Marco Antonio, que esperaba en su navío de velas púrpuras en compañía de una flota de sesenta barcos apostados en la desembocadura del golfo de Ambracia, y que prefirieron darse a la huida al enterarse de que ya sus embarcaciones habían sido diezmadas. Ambos emprendieron una travesía de tres días hasta llegar a Egipto, y allí cada quien tomaría un rumbo que cada vez más lo distanciaría del otro. Los ejércitos de Octavio avanzaron en su conquista de Egipto, y viéndose acorralado, el legendario Marco Aurelio terminaría por suicidarse a sus 53 años clavándose un puñal en el estómago. Plutarco sugiere que Marco Antonio pudo ser llevado ante Cleopatra antes de morir para confesar que su muerte era un asunto de “honor”. Los restos del romano fueron embalsamados y exhumados al interior de una tumba. Cleopatra permaneció en Egipto y negoció con Octavio, mientras empezaba los preparativos para que Cesarión la sucediera como gobernante oficial de su dinastía. Pero Octavio no estaba dispuesto a aceptar las condiciones de la faraona, por lo que ésta amenazaría con quemar todo su tesoro y consumirse también a sí misma entre las llamas. Octavio pudo evitar que así fuera, y alcanzaría a reunirse con ella para insistir en que respetaría su vida y la de sus tres hijos menores, pero la faraona había escuchado que los planes de Octavio eran llevarla a Roma para exponerla junto a sus hijos en una procesión de humillación pública, a lo cual Livio menciona que la faraona diría: “<em>ou thriambéusomai</em>” (“no seré exhibida en un triunfo”). La leyenda cuenta que meses atrás venía probando distintos venenos con algunos prisioneros e incluso con sus sirvientes, pero el relato de su médico Olimpo, y el más común, es que la faraona eligió la mordida de un áspid o una cobra. Estrabón sugiere que usó algún tipo de ungüento para suicidarse, Plutarco propone que se introdujo el veneno empleando una espina, y Dion asegura que se trató de una aguja, y en cualquier caso decir que su cadáver sí tenía al parecer un pequeño pinchazo causado probablemente por una púa. Sea como fuera, en el mes de agosto del año 30 a.C., a sus 39 años de edad, la mítica Cleopatra VII Thea Filopátor se quitaba la vida al interior de una tumba que ella misma había mandado a construir. La acompañaron en su viaje al más allá sus fieles servidores Eiras (Iras) y Carmión (Charmión), así como otro número de sirvientes que se suicidaron junto a ella, para poder tener el honor de seguirla asistiéndola en el más allá. El suicidio de Cleopatra tomó por sorpresa a Octavio, quien a pesar de todo le rindió una ceremonia fúnebre que estaba a la altura de una faraona, preservando las pinturas y monedas que contenían su imagen, y así también como la estatua de bronce que mandó a erigirle Julio César al interior del templo de Venus Genetrix, en Roma, emulando la figura de la mismísima Isis, siendo la primera persona que en vida gozó de una réplica de su imagen construida en el templo de una deidad romana, y que se mantuvo en pie durante casi tres siglos. Octavio también mandó a que se hiciera una pintura que retratara a la faraona siendo picada por una serpiente, retrato que expuso en un lugar privilegiado durante su desfile triunfal en Roma. La misma suerte no tendrían las imágenes que evocaban a Marco Antonio y que Octavio, convertido ya en Augusto, mandaría a desaparecer del territorio de Egipto. Antes de caer en manos de los romanos, Cleopatra envió a su hijo Cesarión al Alto Egipto, esperanzada en que luego pudiera viajar a Nubia, Etiopía y hasta llegar a la India, para finalmente escapar a la persecución de Octavio. Pero tres semanas después Cesarión sería invitado por el mismo Octavio para que retomara su lugar como Ptolomeo XV, faraón de Egipto, pero fiel a la consigna de que “en el mundo sólo hay lugar para un César”, el primer emperador de Egipto traicionaría su promesa y acabaría asesinando al hijo que Cleopatra había tenido con Julio César. Los otros tres hijos de la faraona serían llevados a Roma y su crianza fue encomendada a su madrastra, Octavia la Menor. Años más tarde Cleopatra Selene II se casaría con el rey Juba, con quien tendría a Ptolomeo de Mauritania, y quien sería asesinado por su primo Calígula sin que éste dejara sucesor alguno, dándose así por concluida la larga dinastía ptolemaica que empezó tres siglos atrás durante el período helenístico de Alejandro Magno, y dando inicio al Principado del Imperio Romano en donde Egipto pasaría a convertirse en una suerte de provincia del Imperio. Tanto en el estilo romano como en el helenístico y por supuesto en el egipcio, la imagen de Cleopatra ha sido perpetrada a través de todo tipo de obras, pinturas, estatuas, esculturas, bustos, relieves, jarrones, vasijas de cristal y camafeos tallados, y en donde suele representársele portando sobre su cabeza la clásica diadema con una cobra enroscada y que se conoce como el “ureus”. Es característico su peculiar peinado estilo “melón” y con un moño trenzado en la parte de atrás, y que tras su llegada a Roma se popularizaría entre las mujeres, dejando claro la influencia que la faraona tendría en la moda de la época. Se le ha dibujado con el pelo de color rojizo, castaño y también negro, recogido en moño con horquillas perladas, y luciendo pendientes colgantes en forma de candongas. Su piel de un color marfil, cara redondeada, nariz aguileña, mentón prominente y ojos lanceolados que recuerdan a los dioses y a la figura masculina de su padre. Cleopatra fue la única en su dinastía que acuñó monedas con su nombre y su efigie, gesto que fue imitado por Julio César, convirtiéndose éste en el primer romano vivo en figurar en una moneda, y así también mandaría a acuñar algunas con la figura de la faraona, que sería la primera extranjera en aparecer en una moneda romana. En las monedas Cleopatra aparecerá a veces representada como la diosa Afrodita (Venus para los romanos), acentuando esos marcados rasgos masculinos, tal vez idealizada por el estilo helenístico. En la actualidad podemos apreciar en el Museo Real de Ontario el “Busto de Cleopatra”, y también son famosos la “Cleopatra de Berlín” cuyo busto conserva intacto su nariz, cosa que no le sucede al expuesto en el Museo del Vaticano y al que se le conoce como la “Cleopatra Vaticana”, todos estos hallazgos encontrados en villas romanas y que se calcula datan de una época en la que la faraona podría estar todavía con vida. En Egipto, el complejo funerario cerca de Dendera alberga el templo de Hathor, y cuyas paredes de estilo egipcio contienen imágenes talladas en relieve representando a la faraona con su hijo Cesarión. Más de cincuenta obras de la historiografía romana dan cuenta de la vida de Cleopatra. Virgilio romantizó la idea de una Cleopatra épica y melodramática, Horacio resaltaba su suicidio como un suceso positivo para los romanos, y Ovidio fue el encargado de darle forma a una faraona licenciosa, llena de codicia, y que manipuló a través de sus encantos femeninos y de su agudeza mental. La visión de estos poetas latinos persistió en la literatura del Medioevo y todavía entrado el Renacimiento. Una visión negativa de la faraona y que fue casi confirmada por varios historiadores como Plutarco, que en su libro <em>Vida de Antonio </em>se referirá a Cleopatra como una mujer encantadora por sus atributos físicos y de un carácter fuerte e ingenioso. También la describen en sus textos autores como Valero Máximo, Plinio el Viejo, Apiano y Cicerón, este último conocedor en persona de la faraona, y quien no se referirá a ella en los mejores términos. Y es que a pesar de que hoy todavía se asocie a Cleopatra con la mujer engatusadora, promiscua y libidinosa, y que sabía cómo aprovecharse de sus atractivos para seducir a los hombres, lo cierto es que solamente podemos contar entre sus amantes a dos de los más grandes del momento, con quienes además mantuvo una relación, y de quienes se aseguró una descendencia que pudiera perpetuar el poder de su dinastía. Entrado el Renacimiento la figura de la faraona egipcia empezaría a cobrar nuevos tintes, siendo así que para el siglo XIV el poeta inglés, Geoffrey Chaucer, actualizaría la historia de Cleopatra a la luz de la cristiandad medieval, con su obra <em>The legend of good women, </em>y para ese mismo período el poeta italiano Giovanni Boccacio haría lo mismo a través de su lengua. La dibujaron Rafael y Miguel Ángel, y durante el barroco fue representada a través de esculturas, pinturas, grabados, xilografías y poemas. En 1608 William Shakespeare, en la tragedia <em>Antonio y Cleopatra, </em>retrataría la figura de una faraona fogosa y apasionada que contrastaba con la imagen virginal de la reina Elizabeth, y en la música Georg Friedrich Händel le dedicaría en 1724 la ópera titulada <em>Julio César en Egipto. </em>Durante la época victoriana la imagen de Cleopatra se asociaba directamente con Egipto, una representación de la opulencia y el lujo que ciertamente supo patentar en vida con sus gastos desmesurados, y su figura se explotó para comercializar productos de hogar, lámparas de aceite, postales, litografías e incluso cigarrillos, y así también como cosméticos, popularizándose el mito de que la antigua faraona egipcia había descubierto los anhelados secretos del rejuvenecimiento. En la modernidad, y luego de un siglo XIX donde afloró la “egiptomanía”, Cleopatra se ha convertido en un ícono de la cultura popular. La literatura contemporánea la retrata a través de renombrados autores como George Bernard Shaw, Aleksandr Pushkin, o el erudito chino de la Dinastía Qing, Yan Fu, quien escribiría una extensa biografía sobre la faraona. En el cine Georges Méliès con su película <em>Cléopâtre </em>dio inicio en 1899 a una cantidad de películas dedicadas a la faraona, destacándose la de 1917, la de 1934 protagonizada por Claudette Colbert y la de 1963 con el dúo de Elizabeth Taylor y Richard Burton en el papel de Marco Antonio, siendo así que para finales del siglo XX se contaban más de cuarenta películas sobre Cleopatra, unas doscientas novelas y obras teatrales y casi medio centenar de óperas y ballets. Cleopatra fue muchas cosas. Fue una erudita en todos los campos: lingüista y escritora de varios tratados médicos, algunos de ellos conservados por Galeno y en donde estudió remedios para enfermedades capilares como la caspa y la calvicie, con una detallada medida de los pesos y medidas que debían emplearse de los distintos elementos farmacológicos. Aecio de Amida se atreve a postular a la faraona como aquella que descubrió cómo perfumar los jabones, y Pablo de Egina conservó sus recetas para teñir y rizar el cabello. Cleopatra es la figura de la mujer imperante, monarca absoluta de muchos territorios y de una gran civilización egipcia, diplomática y comandante naval, máxima potestad en asuntos económicos y administrativos como el control de precios y aranceles o los tipos de cambios para las divisas extranjeras, autoridad religiosa, constructora de varios templos dedicados a los dioses griegos y egipcios, como el Cesáreo de Alejandría en honor a Julio César e incluso de una sinagoga destinada para los judíos, legisladora y regente única y un símbolo femenino de la gobernante de todos los tiempos.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Sat, 11 Mar 2023 01:32:25 +0000</pubDate>
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        <title>Ninfas</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Escondidas en lo profundo de los bosques, algún desventurado podría llegar a cruzárselas, permitiéndose gozar de su encanto y de su belleza, pero sufriendo la desgracia de padecer algún mal, locura o enamoramiento, ceguera e, incluso, la muerte. No son seres malignos, todo lo contrario. Se tratan de presencias femeninas con potestad divina y que son las encargadas de dar vida, velar y animar las distintas manifestaciones de la naturaleza: ríos, lagos, mares, montañas, árboles, valles, cavernas… La cuestión es que son ellas quienes acuden en auxilio de animales y humanos, y no gustan ser sorprendidas de improviso por los hombres que, obnubilados por la tanta belleza, no podrán evitar reparar en ellas, mereciendo de esta forma un castigo por su indiscreción. Son representaciones de fertilidad y gracia, encargadas de la crianza de hombres y de la protección de animales, enfermeras solícitas capaces de curar toda suerte de dolencias, y dotadas de una hermosura impactante y divina. Suelen ser caracterizadas como bellas doncellas que aparecen casi siempre desnudas, luciendo una corona perlada sobre una larga cabellera color marina, de cuerpos esbeltos y lívidos que les permiten flotar y fluir con un desenvolvimiento supremo, así como transmutar y adquirir varias formas y figuras. Las ninfas solían estar presentes en las reuniones de los dioses olímpicos, y varias de estas eran incluso las hijas de algunos dioses, por lo que suele conferírseles el grado de deidad. Lo cierto es que si bien estos espíritus divinos gozaban de una prolongada juventud, no se trataba de seres inmortales, y el hecho de que pudieran morir las convierte en personajes que no corresponden ciertamente con los atributos de los dioses sempiternos. La palabra griega νύμφη (ninfa) significa “novia”, y aunque existen otras acepciones distintas, todas hacen referencia a un estado en el que la mujer está en edad de recibirse en matrimonio. Las primeras ninfas fueron concebidas por los primeros dioses, Gea y Urano, son hermanas de Afrodita, de las Furias y de los Gigantes, y a éstas se les conoce como las <em>melias</em> o <em>melíades</em>. Con ellas nace la Edad de Bronce, y a partir de allí las ninfas adquieren distintos nombres según el lugar del que se ocupan. Tenemos así en los cielos a las <em>auras, </em>las aladas hijas del viento; las <em>néfelas, </em>las nubes de las lluvias; las <em>auriae, </em>las encargadas de las brisas y también las <em>asteriae </em>que eran las ninfas de las estrellas. Las ninfas marinas son muchísimas, destacándose las <em>oceánides</em>, hijas de Océano y Tetis, las <em>náyades </em>y las <em>hidríades </em>que estaban presentes en las aguas dulces, y además de las cincuenta <em>nereidas </em>que habitaban en el Mar Mediterráneo<em>, </em>hijas de Nereo y de la oceánide Doris, y que se reconocen por portar un tridente y acompañar en sus empresas al dios de los mares, Poseidón. En los océanos también encontramos a las <em>sirenas</em>, únicas de las ninfas que tienen propósitos siniestros, ya que suelen encantar a los marineros con su melodioso canto, atrayéndolos al agua y en donde finalmente acabarán ahogándolos. Es por esto que algunos expertos toman medidas al respecto taponándose los oídos con cera caliente. En tierra encontramos a las <em>oréades, </em>guardianas de grutas y montañas; las <em>dríades, </em>protectoras de los árboles, las <em>atlántides </em>o <em>hespérides, </em>hijas del titán Atlas y custodias de la cordillera del Atlas, en África de norte; también son hijas de Atlas y de Pléyone las siete <em>pléyades</em>, famosas por ser parte de la corte de ninfas que acompañaban a la diosa Artemisa en todas sus empresas. En el inframundo nos encontramos con decenas de ninfas, destacándose las <em>lampadas </em>que portan antorchas y acompañan a Hécate, diosa de la brujería, y a quien Zeus le obsequiaría este séquito de ninfas por tratarse de una fiel aliada del Olimpo. Por último resaltar la presencia de las <em>musas</em>, que según las categorías de Hesíodo y Plutarco se trataban de nueve ninfas dotadas del poder de la profecía, y que eran quienes inspiraban la creatividad artística en sus distintas vertientes: la danza, el teatro, la música, la poesía. Las ninfas no aparecen como protagonistas de los mitos griegos, y sin embargo suelen rodear algunos de los principales seres olímpicos o emparentarse con reyes y dioses. Artemisa por ejemplo tenía por costumbre salir a cazar en compañía de unas sesenta oceánides; Poseidón se ve siempre rodeado de las nereidas<em>;</em> las <em>ménades</em> eran aquellas ninfas que solían servir a Dioniso en sus festejos; las hidríades asistían a la diosa Deméter y las <em>lamusideas</em> aparecen frecuentemente en los relatos del sátiro dios Pan; una ninfa llamada <strong>Maya</strong> tendría con Zeus al dios mensajero Hermes y también la nereide <strong>Tetis</strong> sería la madre de Aquiles y Temries, e incluso fueron las <em>thías </em>(ninfas abejas) quienes se ocuparon de la crianza del gran Apolo. En uno de los relatos de Herácles las náyades se manifiestan para frustrar los intereses del héroe, quien padeció la muerte de su amante Hylas, luego de que éste fuera engañado por las ninfas y acabara ahogándose en una fuente. <strong>Anfitrite</strong> es una nereida de las más antiguas, reconocida por sus celos desmesurados y acechada por el dios Poseidón, quien se enamoraría de ella cuando la vio bailando en Naxos junto a otras ninfas, y no vaciló para raptarla y procrear con ella al famoso dios Tritón, mensajero de los océanos. <strong>Galatea</strong> era otra nereida que habitaba en Sicilia, hija de Nereo y de la ninfa Toosa, y que debido a su encantadora belleza dejaría al cíclope Polifemo perdidamente enloquecido. Sin embargo Galatea no correspondía al cíclope ya que su corazón estaba con un pastor llamado Acis, hijo también de una ninfa y del dios Pan. El cíclope descubriría a estos amantes a orillas del mar y le daría muerte a Acis propinándole un golpe en la cabeza con una enorme piedra. Los dioses se apiadaron del dolor de la ninfa y convirtieron la sangre derramada de su amante en un río que hasta el día de hoy conserva el nombre de Acis. Otra ninfa reconocida por su historia con el dios del sol y de las artes, Apolo, es la dríade llamada <strong>Dafne</strong>, hija de la diosa Gea y del dios del río Ladón, de Arcadia. La leyenda cuenta que Eros, siendo burlado por Apolo, decidió vengarse de éste clavándole una de sus flechas de oro y enamorándolo de esta manera de Dafne, quien a su vez recibiría su herida con una flecha de plomo, lo que ocasionaba en la víctima el total desprecio por el amor. Apolo intentó de mil formas seducir a Dafne, y ante el acoso la dríade pidió el auxilio de los dioses, quienes la convertirían en un laurel para así evitar una acechanza continua del dios de las artes. Apolo arrancó algunas hojas del árbol y se fabricó una corona como un homenaje de su amor eterno, y de allí que la corona de laurel sea un símbolo del triunfo. <strong>Eco</strong> sería una oréade que fue criada por las musas, distinguida por su retórica y que se ensoberbecía de oír su melodiosa voz, y quien tendría la desventura de enamorarse del más apático y egoísta de los hombres, Narciso, un tipo vanidoso en exceso y que solía despreciar a cada una de sus pretendientes. Eco entretenía con su charla a Hera mientras Zeus se escapaba con sus amantes, y tras enterarse del engaño la diosa castigaría a la ninfa privándola de hablar, y limitándola a repetir únicamente la última palabra de su interlocutor. Eco logró encarar a su amado Narciso y éste le preguntó si era mujer, a lo que la ninfa solamente pudo replicar la palabra “mujer”. El pretensioso Narciso se burlaría de ella, y fue así como, desdichada, Eco se refugió en una cueva donde sería finalmente olvidada. <strong>Calipso </strong>fue la ninfa que hospedó en su isla a Odiseo luego de que el barco que lo llevara a casa naufragara, agasajándolo con todo tipo de banquetes y ropajes de lujo, esperando que éste desistiera de su campaña de retorno y se quedara a su lado. Fue así como consiguió que Odiseo retrasara su periplo y durante este tiempo tuvo con él dos hijos: Nausítoo y Nausínoo. Odiseo comenzó a extrañar a Penélope, su esposa, pero no conseguía desprenderse de las mieles de su amante, por lo que tendría que intervenir la diosa Afrodita quien le ofrecería a Odiseo la dotación de madera para que construyera una barca, así como los víveres suficientes para lanzarse de nuevo a la aventura marina. Se cree que la ninfa Calipso moriría de pena y desolación cuando fue abandonada por el héroe. <strong>Oenone </strong>era la ninfa que estaba casada con Paris, príncipe de Troya, y que vaticinó un desenlace fatal para su reino si Paris emprendía su viaje hacia Grecia, donde efectivamente conocería a Helena y, después de escaparse con ella, se desataría la mítica guerra contra los espartanos. Otra famosa ninfa es la dríade <strong>Eurídice</strong>, de quien el músico y poeta Orfeo se enamoró, siendo éste uno de los hombres más perseguidos y apetecidos por todas las ninfas. Eurídice muere luego de ser mordida por una serpiente, y Orfeo descenderá al Hades en su búsqueda, logrando rescatarla pero perdiéndola para siempre durante la huida, luego de que el poeta desacatara la instrucción de no mirar a su amada al rostro hasta tanto no abandonaran los infiernos, y tras lo cual Eurídice sería nuevamente arrebatada por los avernos. La palabra “ninfomanía” deriva de este mito, dado que Orfeo enloquecía a las ninfas con su canto, y en psicología hace referencia al desenfreno incontenible del apetito sexual, y aunque en la actualidad a dicha condición se le quiera cambiar el nombre por el de “hipersexualidad”. La palabra “nínfula” hace referencia a la niña precoz y avezada, tomando como referente a la <em>Lolita </em>de Nabokov, y en cuya novela el personaje mayor de Humbert Humbert suele llamar de esta manera a su amante adolescente. El encanto de las ninfas contrasta con el de la mujer sumisa, sirviendo como un modelo de libertad femenina que ejerció una grande influencia en el pensamiento del mundo antiguo. El culto de adoración incluía sacrificios de cabras y corderos, así como leche, vino y aceite. Su tributo se difundió a lo largo y ancho del territorio griego, y son decenas de estatuas y esculturas que pueden apreciarse casi siempre decorando las fuentes de las plazas. Incluso hoy día las ninfas hacen parte del folklor mitológico griego, y hay quienes aseguran haber sido testigos de un encuentro cara a cara con una de ellas. Por último mencionar que la palabra “nenúfar” proviene de la palabra “ninfa”.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 20 Jan 2023 22:54:35 +0000</pubDate>
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