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    <title>Blogs El Espectador</title>
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	<title>Blogs de Gran Guerra | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Elizabeth Taylor (1932-2011)</title>
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        <description><![CDATA[<p>De una belleza difícil de ignorar, deslumbrante a todos ojos, y en especial por los suyos. Elizabeth nació con una mirada distinta debido a su coloración particular, destinada a ser reconocida por la peculiaridad de sus iris color violeta y por tener una mutación genética que la dotó en sus párpados con dos hileras de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>De una belleza difícil de ignorar, deslumbrante a todos ojos, y en especial por los suyos. Elizabeth nació con una mirada distinta debido a su coloración particular, destinada a ser reconocida por la peculiaridad de sus iris color violeta y por tener una mutación genética que la dotó en sus párpados con dos hileras de pestañas. Una pareja de Arkansas se muda a Londres y es allí donde nace su segunda hija, pero debido a la Gran Guerra la familia decide trasladarse a Estados Unidos, y concretamente en la Meca del Séptimo Arte, donde la madre esperaba prosperar con su iniciativa de montar una galería de arte. Desde los tres años Elizabeth comenzaría su educación para convertirse en estrella, y pese a que la madre, dado su experiencia, no gustaba mucho que su hija se inclinara por las artes escénicas. Se trataba de una actriz retirada que no consiguió nunca alcanzar el estrellato, pero que había sin embargo adquirido la experiencia que le permitía comprender cómo operaba el tejemaneje dentro del mundo del cine y de la actuación. Sabía de primera mano que Hollywood “habitualmente veía una futura película para cada cara bonita”, así lo decía toda vez que los actores y actrices y ejecutivos de la industria que frecuentaban su galería reparaban en los encantos histriónicos de su pequeña hija y en su inevitable mirada color violeta. La madre no terminaba de convencerse ya que sus planes eran regresar a Inglaterra una vez acabara la guerra, negándose a la propuesta de casting que le habían ofrecido a su hija para participar de la mega producción que se consagraría como una leyenda del cine: <em>Lo que el viento se llevó.</em> No obstante, las productoras encontraron potencial en los ojos de esa niña, y en una disputa entre MGM y Universal Pictures Elizabeth acabaría firmando un contrato con la segunda en el que le ofrecían cien dólares semanales durante siete años. A los 9 años tuvo su primera aparición en la única película que finalmente filmaría con Universal Pictures y que sería de poca notoriedad: <em>There’s one born every minute. </em>Un año más tarde figuraría como parte del elenco de la película <em>Lassie Lassie come home, </em>además de participar como préstamo a la productora 20th Century Fox en la adaptación de la novela de Charlotte Brontë, <em>Jane Eyre, </em>y al año siguiente viajaría a Inglaterra para el rodaje de la película producida por MGM, <em>Las rocas blancas de Dover. </em>Pero sería ese mismo año de 1944 con la película <em>Fuego de juventud </em>que Elizabeth enamoraría con su interpretación de Velvet Brown, aquella niña que sería vista como una heroína juvenil luego de que rescatara a un caballo que estaba a punto de ser sacrificado y hasta convertirlo en un competidor de carreras. Durante el rodaje Elizabeth caería de un caballo dejándole secuelas en la espalda y que tuvo que padecer durante el resto de su vida. La niña de 12 años de ojos color violeta estaría acompañada por el también pequeño Mickey Rooney, y la película representaría un éxito tanto en taquilla como en la vida personal de la actriz, que recuerda este film como el “más emocionante” de una carrera que en aquel entonces apenas comenzaba. MGM recaudó una suma superior a los cuatro millones de dólares y le extendió el contrato a la prometedora actriz. En 1946 vendría la película <em>Courage of Lassie, </em>y para aquel momento la ya codiciada adolescente facturaba 750 dólares por semana. La talentosa actriz era conocida como <em>“One shot Liz” </em>por su eficacia al momento de actuar, donde lo más común es que le bastara con rodar una sola vez la escena para convencer a los directores de que no se haría necesario volver a repetir. Para muchos actores fue traumático el cambio del cine mudo al cine sonoro y después el color, pero nada de esto le sucedió a Elizabeth, quien se adaptaría al sonido, y sería gracias al color que los espectadores pudieron por fin enterarse del encanto y la peculiaridad cautivante de su mirada única. Y con esa única exposición de sus ojos color violeta sería ya más que suficiente. En adelante fueron varias las películas exitosas en las que participó Taylor, destacándose en su papel de Mary Skinner en <em>Life with father, </em>de 1947, y de ese mismo año encarnando a Cynthia Bishop en la película <em>Cynthia; </em>al año siguiente en el rol de Susan Prackett en la película <em>Julia Misbehaves </em>y como Carol Pringle en <em>Así son ellas</em>; y para ese mismo año se embarcará con rumbo hacia Inglaterra en el <em>RMS Queen Mary, </em>pretendiendo con la película <em>Conspirator </em>dar ese paso que a tantos actores les resulta imposible cuando comienzan de niños sus carreras. Elizabeth no tuvo mayores inconvenientes en hacer la transición de adolescente a mujer adulta, siendo que para entonces sus atributos físicos eran los de una mujer enteramente desarrollada, y aunque el filme no tuvo una buena aceptación entre el público, la crítica aplaudiría la actuación de una Elizabeth Taylor que mostraba el talento y el profesionalismo de una mujer ya mayor. El papel no le quedó grande y fue así como su última interpretación de jovencita sería en 1949 con la película <em>Little women. </em>Para la próxima década Elizabeth Taylor conseguiría protagonizar varias películas, y así también en su vida personal sería protagonista de cuatro matrimonios. Era sin duda la más pretendida, e incluso el multimillonario y dueño de la productora RKO, Howard Hughes, se atrevió a ofrecerle a la madre de Taylor la jugosa cifra de un millón de dólares si conseguía disuadirla para que se casara con él. Sin embargo Elizabeth nunca fue tentada, y según se dice este comentario solamente le generaría un “ataque de risa”. Para 1950 contrae matrimonio por primera vez con un joven aburguesado conocido como “Nicky”, a quien no soportó su desmedida ambición por el juego y la juerga y sobre todo por una “conducta abusiva” que según confiesa la actriz, y que derivaría en un aborto, por lo que la relación no llegaría a durar ni siquiera un año. Dos años más tarde se casaría de nuevo, esta vez con un actor inglés veinte años menor que ella, y con quien tendría a sus primeros dos hijos. Inicia la década y con esta un sartal de nuevos éxitos, entre los que se destacan su interpretación de Kay Bancos junto a Spencer Tracy en la comedia <em>Father of the bride, </em>y para el año siguiente <em>El padre del abuelo, </em>y junto a Montgomery Clift encarnando a la antipática adinerada Angela Vickers en la película <em>A place in the sun</em><em>. </em>Cuatro décadas después dicha película sería incluida en la reserva fílmica del National Film Registry de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, y cuyos filmes en custodia son resguardados por considerárseles de alto valor “cultural, histórico, o estéticamente significativos”. Dulce, bonita, agraciada, a Elizabeth no le gustó nunca que la llamaran “Liz”, insistiendo en que esto lo sabían muy bien las personas realmente cercanas a su vida. Para ese momento ya era latente una cierta rivalidad que persistiría a través del tiempo con la gran leyenda del cine, Marilyn Monroe, quien competía con Taylor a través de la 20th Century Fox, y pese a que los papeles que solían representar fueran tan distintos. Marilyn se decantaba por la comedia encarnando a la chica sensual, hilarante y algo estúpida y que a la postre la consagraría como un símbolo sexual, mientras que Taylor prefería los papeles en los que pudiera mostrar la faceta de una mujer angustiada, compleja, abatida por el drama. En 1952 actuaría junto a Joan Fontaine en la película <em>Ivanhoe, </em>y dos años después dos éxitos de taquilla: <em>La senda de los elefantes </em>y <em>La última vez que vi París. </em>En 1956 se da el lujo de compartir plató con una leyenda del cine al que le bastaron tres películas para consagrarse como mito, el galante James Dean, en la memorable película <em>Giant</em>; y para 1957 por su papel en la película rodada bajo un escenario que recordara la Guerra de Secesión, <em>El árbol de la vida, </em>la actriz recibiría una primera nominación a los premios de la Academia en la categoría de Mejor Actriz. Ese mismo año Taylor se divorciará de su segundo marido y en cuestión de un par de meses estará contrayendo nuevas nupcias. Mike Todd era un productor de cine con quien tuvo a su tercera hija, y con quien a pesar de llevar una relación no muy fluida, sería considerado por Elizabeth como uno de sus grandes amores. El productor moriría un año más tarde en un accidente de avión, y tras unos meses de luto, la necesidad de estar en pareja la llevaría a sumar un cuarto marido a su prolífico prontuario conyugal. El cantante Eddie Fisher era el mejor amigo de su exmarido y estaba casado con la reconocida actriz Debbie Reynolds, y quien luego de estar consolando a Elizabeth acabaría involucrándose con ella a nivel sentimental. El cantante dejaría a Debbie y su relación con Elizabeth desataría sin duda toda clase de escándalos, tildando a Taylor de roba maridos y ganándose sin duda el desprecio de Reynolds. Años más tarde las actrices se reconciliarían y para ese momento Debbie declararía que “en los viejos tiempos si Elizabeth veía a un hombre que quería, lo conseguía, no importaba a quien pisara por el camino.” Para cumplir a la religión de su futuro marido la actriz tuvo que convertirse al judaísmo, pero esto no significaría ningún impedimento siempre que lograra consumarse formalmente la unión. Y es que a pesar de que su historial pareciera el de una consumada libidinosa, Taylor aseguraba que su sexualidad era un asunto que compartió exclusivamente con sus esposos: “Sólo me he acostado con hombres con los que me he casado. ¿Cuántas mujeres pueden decir eso?” En 1958 protagoniza junto a Paul Newman la obra teatral de Tennessee Williams adaptada al cine, <em>Cat on a hot tin roof </em>(La gata sobre el tejado de zinc), y cuya actuación le valdría su segunda postulación al Premio Oscar, así como su primera candidatura para los premios BAFTA en la categoría de Mejor Actriz Británica. La década de los sesenta la cerraría con tres filmes que representarían algunos premios y distinciones. <em>Butterfield 8, </em>y después vendría junto a Katharine Hepburn <em>Suddenly, last summer</em>, película que le valdría una tercera postulación a la codiciada estatuilla del Oscar y así como el reconocimiento a su actuación con el Globo de Oro. Para ese momento Taylor igualaba a Marlon Brando en número de nominaciones una tras otra, siendo cuatro años consecutivos postulada para ganar el premio Oscar. Y es así como Elizabeth cerraría la década con broche de oro alzándose finalmente con el premio de la Academia a la Mejor Actriz, y que le sería otorgado luego de encarnar a una prostituta de lujo en la película de 1960, <em>Una mujer marcada.</em> Y una vez más Elizabeth Taylor protagonizará un divorcio, una nueva película y un nuevo amor. El amor y la película vinieron juntos cuando ambos protagonizaron uno de los proyectos más ambiciosos del cine y quizás el más costoso de todos los tiempos: <em>Cleopatra.</em> Taylor firmó un contrato por un millón de dólares pero debido a varios inconvenientes y retrasos la actriz acabaría embolsillándose casi siete. Durante el rodaje tuvo la oportunidad de conocer a su co-protagonista, Richard Burton, y según afirman todos y cada uno de los testigos, el fuego entre la pareja persistía incluso cuando se apagaban las luces, y la química entre los dos resultó siendo más incendiaria que la pasión vivida por Cleopatra y Marco Antonio. El director comentó que era tanto la tensión sexual entre ambos que era como “estar encerrado en una jaula con dos tigres”. A pesar de que al conocerse ambos se encontraban casados, el par de estrellas se las arreglaron para contraer matrimonio, y hasta el mismísimo Vaticano se escandalizaría con la relación tildando el encuentro como un “vagabundeo erótico”; por otro lado la prensa gozaría con la pareja estelar del <em>Jet Set, </em>los bellos y famosos “Rick y Liz” rodeados de lujos y prestigios. La pasión de Elizabeth por las joyas era desmedida, y su esposo conocía de sobra esta debilidad. “Mi madre dice que no abrí los ojos hasta ocho días después de nacer, y que cuando lo hice fue para engancharme a su anillo de casada”, confesaba Taylor. Dos joyas le regaló Burton a su mujer y que destacan por su valor e historia: el <em>Diamante amarillo de Krupp</em> y la <em>Perla Peregrina</em>, pieza esta última que perteneció a Felipe II y que aparece retratada en algunos cuadros de Velásquez. “Las chicas grandes necesitan diamantes grandes”, es lo que solía decir. En 1964 la pareja adoptaría a una niña y pasados diez años de una relación borrascosa, y como era costumbre en Taylor, deciden poner fin a su matrimonio y establecer el divorcio. Sin embargo un año después se reconciliarían y una vez más volverían a casarse, esta vez en Bostwana, y en donde Burton le regalaría a su esposa un diamante de 69 quilates y cuyo costo superó el millón de dólares, a parte de una verdadera proeza que constituyó su adquisición, y que en la década de los ochenta la actriz revendería la joya conocida como Taylor-Burton con la intención de recaudar fondos para fines benéficos en el continente africano. Taylor recuerda a ese hombre con quien compartió el set en once películas como a uno de sus grandes amores, y del cual acabaría separándose una vez más al año siguiente. Tres filmes notables de aquella época:<em> La mujer indomable </em>dirigida por Franco Zeffirelli, <em>Reflejos en un ojo dorado </em>junto a Marlon Brando, y <em>¿Quién le teme a Virgina Woolf? </em>del director Mike Nichols, y cuyo papel es según muchos el mejor de su carrera, representando para ella su segundo galardón del Oscar como Mejor Actriz. Para 1971, y ad portas de los 40 años, Elizabeth ajustaba cinco matrimonios y se había convertido en abuela. Su participación en el cine comenzó a escasear, dedicándose más a la televisión, siendo así que para 1973 la veríamos actuando en la primera película producida para la tele, <em>Divorce his-Divorce hers</em>. Ese mismo año se presentaría en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián para dar a conocer su más reciente film: <em>Una hora en la noche.</em> En 1976, fiel a su costumbre de permanecer casada, Elizabeth vuelve a apostarle al matrimonio, y en esta ocasión será con un político republicano, y a quien elegiría a último momento ya que también tenía un amorío con un abogado mexicano (con quien también estuvo a punto de casarse antes que sufrieran juntos un accidente de coche y decidieran cancelar la boda). En 1976 la veremos junto a Ava Gardner y Jane Fonda en la película dirigida por George Cukor, <em>El pájaro azul, </em>y al siguiente año en la película escrita por Ingmar Bergman, <em>A little night music (Dulce Viena); </em>y finalmente comenzar los años ochenta junto a Tony Curtis y Kim Novak en el film basado en una novela de Agatha Christie, <em>El espejo roto. </em>Los años siguientes la carrera actoral de Elizabeth se volcó más hacia el teatro, destacando su presencia en Broadway a comienzos de la década de los ochenta con dos obras que también produjo: <em>Private lives, </em>y aquella por la que sería nominada al Premio Tony, <em>The Little foxes. </em>En la televisión cosechó un sartal de participaciones en series, destacándose <em>General Hospital</em>, <em>All my children, Between Friends </em>y<em> North and South, </em>y un par de películas como <em>Poker Alice </em>y <em>Malice in Wonderland. </em>En 1988, y luego de ausentarse durante casi ocho años de la gran pantalla, Taylor regresa interpretando a una cantante de ópera con la cinta <em>Young Toscanini, </em>y al año siguiente una película para la televisión,<em> Sweet bird of youth,</em> en donde encarnará a una actriz venida a menos y que padece trastornos a causa del alcoholismo. La historia parecía calcada de la realidad. La carrera de Taylor tampoco andaba muy bien, y la relación con su esposo la afectaría tanto, que años más tarde confesó haberse vuelto por esos años una adicta al alcohol. Vodka, sirope de chocolate y un par de cubos de hielo, ése era el trago que inventó Taylor y que es un conocido como el cóctel “Chocolate Martini”. Y es así como se divorciaría de nuevo y pasado un tiempo ya estaría sumida en otra relación. “Soy una esposa muy comprometida. Y debería ser comprometida, por casarme tantas veces”, decía bromeando, sin sospechar que aún quedarían un par de matrimonios más para sumar al listado. El siguiente era un hombre menor que ella, un obrero al que había conocido años atrás y con quien contrajo nupcias a comienzos de los años noventa en la afamada mansión <em>Neverland, </em>de su amigo el “Rey del Pop”<em>. </em>Taylor sostenía desde hacía mucho tiempo una amistad con Michael Jackson, incluso sería ella misma en una premiación quien le daría el apelativo por el que se le conocerá siempre como la máxima eminencia de la cultura pop, y años más tarde cuando el cantante se vio involucrado en asuntos legales por abuso infantil, Taylor sería una de tantas que saldría a testificar a favor del buen nombre de su amigo, y así mismo no podría haber faltado al entierro de la estrella de la música mundial en el cementerio Forest Lawn. Por su parte Jackson compuso una canción para la actriz titulada <em>Elizabeth I love you, </em>y para la historia quedará una de tantas fotografías memorables en las que aparecen ambos y que fue elegida como portada para el álbum <em>Jackson History. </em>A comienzos de los años noventa Elizabeth participa en un tributo póstumo que se le rinde a Freddie Mercury, quien moriría por causa del sida, emprendiendo una fuerte campaña humanitaria para alertar sobre el contagio y recaudar fondos para la investigación de la enfermedad, labor que ya venía abanderando desde hacía casi diez años, y por lo que en 1992 le fue otorgado el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Llevaba ya seis años sin volver a las salas de cine, y regresa para 1994 compartiendo el set con John Goodman y Rosie O’Donnell en la película infantil, <em>Los Picapiedras, </em>siendo una elección desacertada, luego de que fuera nominada a los premios Golden Raspberry en la categoría Peor Actriz Secundaria. En 1996, ya divorciada, se compromete en matrimonio con el que fuera su octavo marido, pero acaba cancelando la boda puesto que otro pretendiente -que hombres nunca le faltaron- llegó antes y sería, éste sí, su último matrimonio. En 1999 le otorgan el Premio BAFTA a la trayectoria y un año después la Reina Isabel II la nombra Dama Comandante de la Orden del Imperio Británico. La American Film Institute la ubicó en el séptimo puesto entre las actrices más destacadas del siglo XX. Su última aparición sería en la película para la televisión de 2001, <em>These old broads, </em>año que será recordado por el fatídico 11 de septiembre, que según la leyenda sorprendió juntos a Michael Jackson, Marlon Brando y Elizabeth Taylor, y sobre lo cual se han inventado toda clase de anécdotas, en donde las tres grandes estrellas emprendieron una huida por carretera para refugiarse a las afueras de New York, sorprendiendo a su paso a cualquier curioso que no pudiera creer los ocupantes del carro que les pasó por el lado: un tipo andrógino conduciendo, una copiloto de ojos violeta con los pelos revueltos, y ocupando casi por completo la silla de atrás un gordo enorme parecido a un mafioso italiano. En el 2003 Taylor se negó a asistir a la gala de los Oscar manifestando su abierto rechazo a la intervención de tropas estadounidenses en Irak. Los problemas sentimentales que fueron comunes en su vida estuvieron acompañados por dolencias y enfermedades que fueron surgiendo con cada amante. Fue hospitalizada más de setenta veces y tuvo que ser sometida a más de veinte operaciones, y fueron varias las ocasiones en las que la prensa se anticipaba señalando que Taylor tenía las horas contadas. Bajaba de peso hasta alcanzar los 50 kilos y unos meses más tarde recobraba 30; fue tratada por unas manchas que revelaron los rayos X en sus pulmones y que era debido a su adicción al tabaco; se dislocó cinco veces la espalda y tuvo que ser operada en dos ocasiones para remplazar sus caderas; sufría de disentería y flebitis y tuvo que someterse a una histerectomía y a una perforación en el esófago; superó un tumor cerebral y el cáncer de piel, y en dos ocasiones sobreviviría a fuertes ataques de neumonía. Sus últimos años estuvo lidiando contra la adicción al alcohol y a los barbitúricos, y hacia finales de los años ochenta la veríamos usando una silla de ruedas para desplazarse, y esto debido a la enfermedad de la escoliosis (que era su defecto de nacimiento) y a la osteoporosis que ahora la aquejaba en la edad adulta. Debido a una insuficiencia cardiaca tuvo que ser intervenida quirúrgicamente con el fin de incrustarle una válvula en su corazón, y antes de ingresar al hospital quiso advertir a sus seguidores a través de <em>Twitter</em>: “Queridos amigos, me gustaría hacerles saber antes de que esté en los periódicos que me voy al hospital para una operación en mi corazón. Les haré saber cuando esto esté acabado. Con amor, Elizabeth.” Y fue así como se despidió del mundo la gran estrella del cine hollywoodense, dejando un saludo de amor. Llevaba ya casi cuatro décadas sin que se destacara en ninguna de sus películas, ninguna fue un éxito en taquilla, pese a lo cual sus finanzas nunca se vieron comprometidas y ciertamente se trató de una millonaria. Comenzaría ganando cien dólares y acabaría firmando contratos con más de seis ceros, convirtiéndose en una de las actrices mejor pagas y la primera en ganar un millón de dólares por su actuación en una película. Pero sería debido a su faceta empresarial que Elizabeth Taylor conseguiría amasar una fortuna. Fue una de las primeras estrellas en emplear su propia imagen como el producto principal de lo que ofrecía, vendiendo con éxito ropa y cosméticos que le permitirían consolidarse como una próspera empresaria. Al morir su riqueza estaba valorada en cientos de millones de dólares. “El éxito es un gran desodorante”, remarcó quien tenía sobrada experiencia en el asunto. Nada menos que sus joyas valían ya una fortuna, las cuales junto a sus onerosos vestidos serían subastados después de su muerte, y los fondos recogidos fueron destinados a iniciativas de causas filantrópicas. Al morir dejaría una descendencia compuesta por cuatro hijos, diez nietos y cuatro bisnietos. Su colega Montgomery Cliff confesaría que Elizabeth Taylor fue la única mujer que ciertamente conseguiría atraerlo. La prensa la llamó <em>“Bigger than life”</em>, declarada para muchos como “la más hermosa del mundo”, y desde los años cuarenta la mujer de mirada violeta se inmortalizaría como un ícono indiscutible de la belleza y la sensualidad femenina.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Thu, 23 Nov 2023 23:53:29 +0000</pubDate>
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        <title>Teresa de Lisieux “Santa Teresita del Niño Jesús” (1873-1897)</title>
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        <description><![CDATA[<p>María Francisca Teresa puede considerarse como una megalómana, una niña de gran fervor religioso que a través de sus escritos y oraciones nos convenció de que había nacido para ser santa. Que no importaba que su obra no fuera destacada, que en poco o nada se comparara a los actos heroicos de los más reconocidos [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>María Francisca Teresa puede considerarse como una megalómana, una niña de gran fervor religioso que a través de sus escritos y oraciones nos convenció de que había nacido para ser santa. Que no importaba que su obra no fuera destacada, que en poco o nada se comparara a los actos heroicos de los más reconocidos santos, ella, a base de sencillez, de pasión y de un deseo sincero y febril, podría aspirar a la santidad. Esta actitud, que podría ser considerada de narcisismo o de egolatría, estaba combinada con una destacada humildad, y que podría confundirse también con un complejo de inferioridad, producto de esa simpleza anónima a la que quiso consagrarse. Sea como sea, lo cierto es que, Teresa de Lisieux, es una de las santas más reconocidas y veneradas, y su imagen ha sido idealizada y romantizada como una figura candorosa, virginal, absolutamente entregada a sus creencias religiosas. La familia tuvo nueve hijos, de los cuales apenas cinco mujeres superaron la edad adulta, y todas ellas se consagrarían a la vida religiosa. Siendo Teresita la menor de ellas, fue normal que desde muy temprana edad comenzara una tremenda ansiedad por iniciar su vida religiosa, sintiendo desde niña que su vocación definitivamente estaba en seguir la de sus hermanas, y contemplando este destino como el que Jesús mismo le había prefijado. Se dice que a los dos meses de haber nacido, Teresita estuvo a punto de morir, pero que logró sobreponerse para convertirse en una niña a la que se le describe como inquieta, curiosa, además de muy sensible y propensa al llanto. En sus memorias Teresa nos confiesa que tuvo una infancia feliz, y que creció bajo el influjo y ejemplo de sus hermanas, así como el par de “modelos de santidad” que representaban sus padres. A los cinco años Teresa perdió a su madre, y años después relatará así sus sentimientos: “Desde que mamá murió, mi alegría característica cambió completamente; yo que era tan viva, tan expansiva, me convertí en tímida y dulce, sensible al exceso.” En 1877 el padre se muda con sus hijas a la ciudad de Lisieux. En 1880 Teresita se confiesa por primera vez, y unos años más tarde recibirá el anhelado sacramento de la comunión en el colegio de las Benedictinas. “Fue un beso de amor, me sentí amada, y le dije también: ‘Te amo, me entrego a ti para siempre’.” A partir de este momento comenzará lo que Teresa define como la “segunda etapa” de su vida, marcada por una tendencia a la congoja, la desolación y la pesadumbre, y consolada por la “querida Celina”, la menor de sus hermanas, cuatro años mayor que ella. Teresa se aficiona por la lectura, novelas caballerescas, y especialmente genera una admiración por Juana de Arco, quien para entonces ya estaba en proceso de ser canonizada por la iglesia católica. Se convence que, al igual que su heroína, a ella también le corresponderían grandes batallas y la misma gloria de Juana; anhelaba también su sufrimiento, el ardor de la hoguera. Cuando tenía nueve años, su hermana mayor, María, había abandonado la casa para mudarse al convento de El Carmelo Descalzo, y unos años después la siguió Paulina, y un tiempo después seguirá Leonia, quien se inclinó por la Orden de la Visitación de Caen. Estas deserciones no sólo llenaban de ansiedad a Teresa por querer seguir a sus hermanas, sino que la sumían en una tremenda tristeza al experimentar la ausencia de cada una de ellas. A sus catorce años, un domingo cualquiera, Teresita no se aguantó más las ganas y se presentó ante la Madre Superiora de El Carmelo Descalzo para pedirle que la dejara ingresar, y a pesar de que aún le faltaban dos años para alcanzar la edad mínima de ingreso. La Madre María de Gonzaga le dejó en claro que no sería posible, pero le dijo unas palabras que Teresa recordará como “una delicadeza de mi amado Niño Jesús.” La Superiora le dijo: “Cuando vengas a vivir con nosotras, mi querida hija, os llamaréis Teresa del Niño Jesús.” Debido a esta negativa, y a su capricho obsesivo, la devota adolescente desarrolló algunos trastornos que la llevaban a experimentar fuertes jaquecas, dolores en el pecho, falta de apetito e insomnio. Padece algunos ataques neuróticos y nerviosos, su humor se torna agresivo, experimenta alucinaciones y temblores. Su padre y sus hermanas se preocupan al extremo, incluso la dan por moribunda, pero un día repentinamente la niña se despierta con los ánimos renovados, y con esos nuevos bríos declara que todo se trató de un milagro divino. “La Santísima Virgen me ha sonreído. ¡Qué feliz soy!”, declaró. Pero pasado un tiempo volverá a recaer en esta “terrible enfermedad de los escrúpulos”, achacándoselo a sus culpas, sus tormentos, su sensación de pecado, sus pensamientos “extravagantes.” Teresa se refugia en su hermana y omite a sus confesores su “fea enfermedad”, y también se aferra a rezarle a sus cuatro hermanos muertos. “Me di cuenta de que si era amada en la tierra, también lo era en el cielo”, escribió respecto a estas plegarias celestiales. En 1886 comenzará lo que sería su “tercera etapa”, la que destacaría como “la más bella”, y empezaría el día de Nochebuena, a la que llamaría la “Noche de mi conversión”, cuando recibió el regalo de Navidad y sintió repentinamente que recibía la gracia del Niño Jesús, recuperando “la fortaleza que había perdido” luego de que muriera su madre. “Desde esa noche bendita, ya no fui derrotada en ningún combate, en lugar de eso fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, una carrera de gigantes.” Pasado poco tiempo de haber recibido lo que también llamó en sus diarios como la “gran gracia de la Navidad”, Teresita se interesó por un asesino que había sido condenado a muerte, y se acercó a él, queriendo iniciar su apostolado con la conversión de un hombre al que le quedaban los días contados. Ofreció en su nombre varias misas e hizo sacrificios, esperando que el asesino se arrepintiera de sus crímenes antes de ser ejecutado. El condenado se negó a confesarse antes de su cita con el verdugo, pero según le contaron a Teresa, el desdichado besó un crucifijo que llevaba en su mano antes de perder la cabeza. Esto sería suficiente para que Teresa sintiera que su labor había sido cumplida, y es entonces cuando decide compartir con su padre su vocación religiosa, quien se mostró agradecido con el destino de su descendencia, ya que Dios le había hecho “el honor de llamar a todas sus hijas.” Sin embargo Teresa todavía no contaba con la edad requerida, y ante el afán de esta monja precoz el padre tuvo que solicitar una cita con el obispo. La petición no pudo ser aprobada por este, ya que semejante concesión solamente podría otorgarla el mismísimo Papa. Y fue así como el padre se enteró de una peregrinación con destino a Roma, con ocasión del Jubileo sacerdotal del Papa León XIII, y que estaba a punto de partir, y sin vacilar se unió a la caravana llevándose a sus dos hijas menores. Teresa sería la más pequeña entre una cantidad de peregrinos que antes de llegar a la capital italiana darían un recorrido por varias ciudades del país. Durante el trayecto, Teresa tendrá contacto por vez primera con varios sacerdotes, experimentando cierta decepción al encontrarlos tan imperfectos como cualquiera, y en adelante los clérigos harán parte de sus oraciones: “En esta peregrinación comprendí que mi vocación era orar y sacrificarme por la santificación de los sacerdotes.” Celina y su hermana desobedecen las restricciones de ingreso al Coliseo, ya que la devota niña ansiaba besar la arena en donde tantos mártires derramaron su sangre, pidiéndole a Jesús padecer ese hermoso y sufrido destino del martirio. “Sentí profundamente en el alma que mi oración fue contestada”, confesaba en sus memorias. Finalmente tienen la oportunidad de estar frente a frente con el Sumo Pontífice de la iglesia, quien celebró una misa para luego permitir que los fieles le contemplaran de lejos, ya que debido a su avanzada edad el viejo monarca podría sufrir un letal agotamiento. Sin embargo Teresita fue impelida por su hermana para que se acercara a León XIII, y en un acto de rebeldía o heroicidad le confesara el motivo de su peregrinación. Teresita se animó y rompiendo el protocolo llegó hasta su Santidad para expresarle: “Santísimo Padre, tengo que pedirle una gracia muy grande.” La futura santa de la iglesia explicó en dos minutos sus motivos, a lo que el Papa respondió con una frase lacónica y que no convencería a Teresita: “Vamos a ver… ¡Entrarás si Dios lo quiere!” Esa noche le escribió la anécdota a su hermana Paulina, confesándole: “Tengo el corazón pesado.” El evento no pasó desapercibido por los demás, e incluso llegó a convertirse en noticia, publicándose un artículo en el diario <em>El Universo </em>que detallaba el particular episodio de la osada adolescente. La nota contaba que Teresita alcanzó a posar sus manos sobre las rodillas del Papa antes de que dos guardias la levantaran con delicadeza y la sacaran del recinto. Antes de regresar tendrán la oportunidad de explorar nuevas rutas y conocer distintas ciudades, y sin embargo en Teresa quedaría la sensación de que la aventura había sido un verdadero “fiasco.” A los 15 años, luego de tanto insistir, aprueban su entrada a la Orden religiosa, pero una de sus hermanas le recomienda esperar hasta la Cuaresma, tiempo que la futura monja se tomará para acabar su preparación, y a pesar de su tanta ansiedad se llegaría el día de la Anunciación, y ese 9 de abril de 1888 Teresa ingresará al monasterio de las carmelitas descalzas de Lisieux, donde ya se encontraban sus dos hermanas mayores, María y Paulina. La Madre Superiora quiso forjar el carácter de la jovencita sometiéndola a trabajos complicados, a veces humillándola y manteniendo al comienzo un distanciamiento y cierta frialdad en la relación; quería poner a prueba su vocación y, en caso de ser sincera, labrar un espíritu combativo, recio, digno de las aspiraciones que ya expresaba la joven novicia. La Madre Superiora no tuvo queja alguna, y se refería a ella como el modelo ejemplar de la religiosa más devota y entregada. Para 1889 tomó formalmente los hábitos en la capilla del monasterio y en presencia de su familia, y durante la ceremonia anunció que en adelante se rebautizaría con el nombre de “Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz (sagrado rostro).” Para 1890 se interesa por las escrituras de San Juan de la Cruz, a quien considerará como un maestro de la espiritualidad, y reafirma la intención de sus oraciones: “Yo he venido para salvar almas y, especialmente, para orar por los sacerdotes.” En 1892 verá por última vez a su padre, ya que este moriría dos años más tarde. Ese mismo año de 1892 una epidemia de gripe asola al país, y al interior del convento se desataría la enfermedad infectando a todas sus habitantes, a excepción de Teresa y otras dos novicias que no se contagiaron del virus. Teresa cuidó de las enfermas, ganándose el cariño y el respeto de sus compañeras, y pese a lo cual cuatro novicias no lograron superar la enfermedad y acabarían muriendo. En 1894 Celina también ingresará a El Carmelo Descalzo, y Leonia se cambiará a la Orden de las carmelitas, siendo así que todas las hermanas estaban llevando su vida de religiosas bajo el mismo convento. Durante los años siguientes Teresita se consagra a la caridad y a la oración, a las actuaciones filantrópicas y a las ayudas desinteresadas en favor de los más necesitados. Se dedica a la lectura intensa de La Biblia, y en especial de los Evangelios, siendo esta una práctica poco común, ya que la mayoría de las religiosas preferían lecturas comentadas de los textos bíblicos, pero Teresa prefería consultar directamente con “la palabra de Jesús.” Su hermana Paulina, conocida en adelante como “Inés de Jesús”, es nombrada priora del convento y elige a Teresa como vicemaestra de novicias, para que sea esta quien esté a cargo de instruir a las recién ingresadas. En un intento por entretener a las nuevas novicias, Teresita redactará una pieza teatral dedicada a su idolatrada Juana de Arco, su “querida hermana”, como solía llamarla cuando se refería a ella, y que será interpretada por las novicias durante alguna festividad. Ante el tanto éxito de la función, a la “poeta de la comunidad”, como le llamaban algunas, se le encomendaría la tarea de continuar su producción dramatúrgica, y al final serían ocho las obras de teatro escritas por Teresa, y que tiempo después serían compendiadas bajo el título de <em>Recreaciones piadosas. </em>La segunda obra con seis personajes y que también estaría dedicada a Juana de Arco, titulada <em>Juana de Arco cumpliendo su misión</em>, y en la cual la misma Teresita se permitiría encarnar el rol de la heroína, y cuyo pequeño espectáculo sería inmortalizado con una foto de Teresita disfrazada de guerrera y posando junto a su hermana Celina, siendo quizás la foto más hilarante de las cuarenta y siete fotos que se conservan de la santa de Lisieux (cuatro antes de ingresar al monasterio y un par de ellas recién fallecida). Como dato curioso, a Teresita se le permitió conservar su cámara fotográfica, lo que constituía un particular privilegio. A pedido de otras religiosas, Teresita compone algunos “poemas espirituales”, además de dar inicio a sus memorias, inspirándose en El Cantar de los Cantares y dejándose llevar por su amor a Jesús, manifestando sus temores y sueños y sin “preocuparse por el estilo.” Pasados seis años en el convento Teresa sentía que estaba muy lejos de alcanzar los logros obtenidos por Teresa de Ávila o Pablo de Tarso, que sus desafíos habían sido mínimos y que tal vez no merecieran ni fueran suficientes para alcanzar la santidad. “Cuando me he parangonado a los santos, que entre ellos y yo hay la misma diferencia que hay entre una montaña, cuya cima se pierde en el cielo, y el grano de arena pisoteado por los pies de los que pasan.” Sin embargo sospechaba que la humildad y la sencillez podrían bastar para ocupar un puesto privilegiado dentro del reino celestial: “Siempre siento la misma confianza audaz para convertirme en una gran santa, porque no dependo de mis méritos, ya que no tengo ninguno…” Se considera imperfecta, pequeña, y sin embargo es en esa pequeñez, y luego de leer algunos pasajes bíblicos, en donde fundamentará su doctrina y tras la cual alcanzará el propósito de la santidad. “El ascensor que me debe elevar al cielo son tus brazos, ¡Oh Jesús! Por esto yo necesito creer, por el contrario, tengo que seguir siendo pequeña, cada vez más y más.” Esta nueva búsqueda de la espiritualidad enfocada en el trabajo anónimo, discreto y sencillo, sería descrito en sus memorias como el “caminito”, siendo las carmelitas descalzas quienes luego incorporaron y difundieron estas lecciones espirituales. “Mi caminito es el camino de la infancia espiritual, el camino de la confianza y de la entrega absoluta”, relata Teresita, y agrega: “¡El Buen Dios me hizo comprender que si mi gloria no aparece a los ojos mortales, podría llegar a ser una gran Santa!” A partir de ese momento firmará con el apelativo de “pequeña” para no olvidar su propósito de humildad. “Deseo ser santa, pero conozco mi impotencia y mi debilidad, y te pido Dios mío, que tú mismo seas mi santidad.” En 1895, durante la fiesta de la Santísima Trinidad, Teresa se ofrecerá en sacrificio a Jesús como un acto de “amor misericordioso”, y días después experimentará una suerte de epifanía que describe de la siguiente forma: “Yo estaba quemándome de amor y sentí en un minuto, ni un segundo más, que no podría aguantar más esto sin morir.” Y sin embargo a partir de ese momento Teresita comenzará a sentir una especie de vacío espiritual, y durante la Semana Santa de 1896 entrará en una época de oscuridad interior y que llamará en sus memorias como la “noche de la fe.” “Mi cielo es sonreír al Dios que adoro cuando él trata de ocultarse a mi fe.” Siente no una decepción de sus creencias, que nunca pondrá en duda, pero sí se siente como burlada por el destino, decepcionada quizás de sí misma, anhelando la muerte tempranera, y todo porque deseaba más que nada “morir por Jesús.” Pero leyendo las cartas de San Pablo, concretamente en la Primera Epístola a los Corintios, Teresa se convence de cuál es finalmente su misión en este mundo: “Por fin he encontrado mi vocación, mi vocación es el amor… Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que el amor abarca todos los tiempos y todos los lugares, en una palabra, que el amor es eterno.” En 1897, a sus 24 años, Teresa siente la proximidad de la “noche de la nada”, y escribe en su diario: “Yo creo que mi carrera no durará mucho tiempo.” Teresita empieza a padecer una enfermedad que intenta ocultar en su comunidad. Tose sangre, vomita repentinamente, le duele el pecho. La Madre Superiora y su hermana Paulina le insisten en que acabe de redactar las memorias que había comenzado en un cuadernito hacia el año de 1894, y que en sus últimos días no parará de redactar desde una silla de ruedas que perteneció a su padre. Sus memorias, conocidas como <em>L’histoire d’une âme</em> (Historia de un alma), está compuesto por una serie de manuscritos divididos en tres pequeños tomos bautizados con las primeras letras del abecedario. Compuesto de seis cuadernos, el manuscrito A habla de sus recuerdos de infancia, pero más que proponerse narrar sus anécdotas de vida, Teresita pretende hacer una biografía de su alma, y en principio bautiza sus memorias como <em>Historia de primavera de una pequeña flor blanca. </em>El manuscrito B, compuesto de epístolas y misivas que se escribió con sus familiares, amigos y miembros del clérigo, son el corazón de esta obra, y es allí donde expondrá con claridad su “pequeña doctrina” espiritual. En el manuscrito C Teresa detalla las gracias divinas que experimentó y sus conclusiones respecto a los caminos de la espiritualidad, destacándose el ya mencionado “caminito”. Sus memorias nos permiten ver el enorme conocimiento que Teresa tenía respecto a La Biblia, citando unos cuatrocientos artículos del Antiguo Testamento y alrededor de seiscientos del Nuevo Testamento. Finalmente se verá afectada por una fiebre severa que le impedirá terminar de escribir el relato de su alma. Uno de sus pulmones está obstruido y una tuberculosis en su estado más avanzado la sumirá en una penosa agonía. “Nada me produce tantas ‘pequeñas’ alegrías como las ‘pequeñas’ penas”, declaró ya moribunda. Tanto su dolor, que según alcanza a escribir, “alcanza a perder la razón.” Las novicias que le acompañaron en sus últimos días quisieron tomar apuntes de sus charlas con Teresita, recogiendo estas pláticas en un librito que luego titularon <em>Últimas conversaciones. </em>Ya Teresita tenía calculado que desde el más allá también estaría intercediendo por la salvación de las almas: “Quiero pasar mi cielo haciendo el bien sobre la tierra.” Le preguntan cómo quisiera ser nombrada cuando la invoquen a través de la oración, a lo que ella responde que, sencillamente, se le conozca como “Teresita”. Le preguntan qué le dice a Jesús cuando conversa con él, y a lo que ella responde: “No le digo nada, ¡lo amo!” El dolor se intensifica y antes de claudicar pasará dos días de una infernal y dolorosa agonía: <em>“</em>Todo es pura agonía sin mezcla de consuelo.” La futura santa está preparada ya para abandonar este mundo y abrazar a su Dios: “Nunca he dado a Dios más que amor, y Él me pagará con amor. Después de mi muerte dejaré caer una lluvia de rosas.” Entrada la tarde del 30 de septiembre de 1897, Teresita dirá sus últimas palabras mientras sujeta un crucifijo entre sus manos: “Oh!, ¡le amo!&#8230; Dios mío… te amo.” Declina su cabeza sobre la almohada y cierra los ojos, pero unos instantes después recobra un último aliento, delira, entra en un éxtasis y unos minutos más tarde morirá con su mirada fija en una imagen de la Virgen María que la había acompañado siempre y que sus hermanas colgaron en la pared de la enfermería. En una de sus últimas misivas escribió: “Yo no muero, yo entro en la vida.” Fue sepultada con todos los honores en medio de un cortejo fúnebre multitudinario. Las religiosas frotaban sus pertenencias contra el ataúd, y se dice que después de cuatro días de velación su cuerpo todavía conservaba la lozanía, el color y la flexibilidad de los vivos. Fue la primera de su comunidad en ser enterrada en un cementerio que habían adquirido recientemente las carmelitas descalzas. Una vez murió, Teresita cobró una fama descomunal, y para el año siguiente <em>Historia de un alma </em>sería publicada, convirtiéndose en pocos años en uno de los clásicos espirituales más famosos, y llegando a ser traducido a más de cuarenta idiomas para inspirar la vida de miles de creyentes en todo el mundo. Cientos de peregrinos empiezan a acudir en masa para visitar el monasterio donde vivió la religiosa y orar sobre su tumba, convirtiéndose en el segundo lugar con mayor afluencia de turismo religioso en Francia, apenas superado por el Santuario de la Virgen de Lourdes, y seguido en un tercer lugar por la Basílica de Santa Teresa, edificada en su honor y que sería finalizada en 1954. Durante la Primera Guerra varios soldados franceses llevaban una versión reducida de la autobiografía de Teresita, llamada <em>Una rosa deshojada</em>, y en sus bolsillos la estampa de la religiosa como si de un escudo protector se tratara, y así la estampa con la imagen de Teresita se popularizaría por otorgarle poderes curativos y sanaciones imposibles. Durante los años que duró la Gran Guerra se reunieron casi seiscientas páginas que daban testimonios de enfermos incurables que habían recibido la sanación por medio de plegarias invocadas a Teresita. En 1914 llegaban alrededor de quinientas cartas diarias al convento, y es tanto el fanatismo que las carmelitas descalzas se vieron obligadas a instalar un rejado que protegiera la tumba de la religiosa. Para comenzar el proceso de beatificación no sólo era necesario que se patentaran dos milagros y que fueran comprobados por la iglesia, sino que además debía esperarse medio siglo; pero ante la tanta presión de los fieles el Papa San Pío X agilizó el proceso, y para 1914 ya se había introducido la causa de Sor Teresa del Niño Jesús, y en 1921 Benedicto XV promulgaría el decreto sobre sus “virtudes heroicas”. Dos casos milagrosos se presentan y son ratificados por los peritos dispuestos para la tarea de verificación. Por medio de oraciones y novenas consagradas a Teresita, un tuberculoso que estaba en las últimas y una monja que padecía una grave afección estomacal se habrían curado repentinamente, y de la noche a la mañana. Es así como Teresita será beatificada en 1923 por el Papa Pío XI, y dos años más tarde ya habrán sido corroborados otros dos milagros, y en tiempo récord Teresita de Lisieux será declarada como santa. Ante una multitud de más de medio millón de personas (suceso que no se vivía desde hacía 20 años con la coronación de Pío X), El Papa Pío XI, devoto declarado de Teresita, celebra la canonización en la Basílica de San Pedro, retomando una vieja costumbre que se había perdido hacía más de cincuenta años, al cubrir la fachada de la enorme catedral con un sinnúmero de velas de sebo. Pío X la llamaba “La Florecita”, señalando que Teresita era “la santa más grande de todos los tiempos modernos”, y también la llamó “un huracán de gloria.” Pío XI por su parte la bautizó “La estrella de mi pontificado.”<em> The New York Times </em>anuncia la esperada canonización: “Toda Roma admira la Basílica de San Pedro iluminada por una nueva santa.” En 1927 se levanta una estatua con su figura en los jardines vaticanos, y ese mismo año es proclamada patrona de los misioneros, junto a San Francisco Javier, y esto a pesar de que Teresita nunca abandonaría el convento para aventurarse a la labor del misionero. Sin embargo siempre dejó claras sus intenciones respecto al apostolado evangelizador: “Quisiera ser misionera ahora y siempre y en todas las misiones.” Para 1944 Teresita recibirá el gran honor de ser declarada como patrona de Francia junto a su “querida hermana”, Santa Juana de Arco. Y parecía que ya no podía llegar más lejos dentro del santoral católico, hasta que en 1997, y con motivo del centenario de su muerte, el Papa Juan Pablo II la declararía, junto a Santa Catalina de Siena y Santa Teresa de Ávila, como Doctora de la Iglesia Universal. El título que le concedió Juan Pablo II fue el de <em>“Doctor Amoris” </em>(“Doctora del Amor”). Años más tarde, para el 2012, se sumaría Hildegarda von Bingen como una cuarta doctora de la iglesia católica. Teresita escribió más de doscientas cincuenta cartas, más de veinte oraciones entre las que se destacan <em>La ofrenda como holocausto misericordioso, El billete de su profesión </em>y <em>La oración para alcanzar la humildad; </em>y también se probó en la poesía, dejándonos más de sesenta poemas, destacando <em>El rocío divino o la leche virginal, Vivir de amor, Mi canto de hoy, Arrojar flores, Mis armas </em>y <em>Mis deseos junto a Jesús escondido.</em> La doctrina expuesta por Santa Teresita ha servido para motivar a muchos. La humildad, el abandono o la entrega total a su Dios, tal cual lo sugiere Mateo cuando invita a negarse a sí mismo para ofrecerse a su Padre: “Me alegra ser pequeña porque sólo los niños, y los que son como ellos, serán admitidos al banquete celestial.” El modelo de Teresa fue un referente durante el Concilio Vaticano II, donde se aclaró que, al igual que Teresita, cualquier cristiano estaba llamado para aspirar a la santidad. “El amor en sí se demuestra con hechos, así que ¿cómo yo hago para mostrar mi amor?, las grandes obras me son imposibles. La única manera en que puedo demostrar mi amor es por la dispersión de flores y estas flores son cada pequeño sacrificio, cada mirada, cada palabra, y el hacer por amor hasta los actos más pequeños.” Santa Teresita del Niño Jesús, junto a San Francisco de Asís, es hoy día una de las figuras más notables y famosas dentro del santoral cristiano, y son varias las personas a través de los años que han profesado su devoción por esta santa, siendo conocido el caso de Teresa de Calcuta, quien precisamente adoptaría ese nombre en honor a la santa que tanto admiraba, o el caso de Édith Piaf, a quien nunca le faltaba la compañía de una estampita con la efigie de Teresa. La vida de Santa Teresita ha sido contada a través de libros, películas, obras teatrales y series de televisión. La iglesia celebra su fiesta el 1 de octubre.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 04 Nov 2022 17:53:31 +0000</pubDate>
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        <title>Suzanne Valadon (1865-1938)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Muchos artistas de la época se vieron seducidos por frecuentar el mítico barrio bohemio de Montmartre para contagiarse del ambiente artístico que pululaba en lo que parecía ser el epicentro de la cultura parisina. Sin embargo a Suzanne el barrio de los poetas, pintores y músicos le sería conferido por destino. Fue una niña que creció rodeada del entorno artístico, ya que su madre al enviudar se trasladaría a Montmartre para ejercer los oficios de costurera, criada y lavandera. Poco era el tiempo que podía disponer para velar de su hija, quien a pesar de encontrarse inscrita en un colegio de monjas, solía pasar sus jornadas de estudio dedicada a la pintura o a departir en los espacios donde se respiraba el aroma circense del espectáculo, de lo festivo y lo acrobático. Fue por esto que a los 15 años Suzanne ya se había convertido en una diestra tramoyista, sin embargo un accidente en medio de un ensayo frustró para siempre sus anhelos de saltimbanqui. Criada en el contexto de las tabernas, los bares y cabarets, los teatros de variedades y los salones de baile, Suzanne crecería contagiada de la más auténtica <em>Belle Epoque</em>, contando con la fortuna de no haber nacido bajo el yugo burgués, y permitiéndose una vida callejera, libre, nocturna y bohemia, alejada del estilo consentido y obsecuente de las mujeres de hogar. Así mismo tuvo la posibilidad de codearse con el género masculino en una relación más o menos pareja, sin que le importara obedecer a los compromisos que hubiera tenido que aceptar de haber nacido en una cuna de privilegios. Suzanne empezó a involucrarse en el mundo de la pintura, toda vez que su belleza física y su amistad con sobresalientes pintores de la época, la llevaran al frente de sus lienzos en blanco, sirviendo como una modelo solicitada por lo más ilustres, como es el caso de Edgar Degas, Henri Toulouse-Lautrec y Pierre-Auguste Renoir. Su mirada encantadora de ojos azules supo cautivar más allá de la pintura, y fueron varios los amoríos furtivos que sostuvo con algunos de los pintores. Debido a sus tantos deslices fugaces, a los 18 años Suzanne tendría a su hijo Maurice, quien a la postre se convertiría en uno de los pintores más recordados de la época. A Valadon se le conocía en los bares y cafés por tratarse de esa mujer indomable y contestaria, desafiante y libertina, a la que no por cualquier cosa Toulouse-Lautrec dedicaría un retrato llamado <em>La buveuse </em>(La bebedora). Mientras posaba, aprovechaba para aprender las distintas técnicas y los métodos empleados por los artistas, y con el tiempo fue abandonando la estática posición de modelo para involucrarse de lleno como pintora. Su exposición ante la mirada masculina, hizo de su propia percepción una figura peculiar, y ahora será ella quien nos revele una mirada propia, femenina, sobre esos mismos asuntos que fueron tema central de muchos pintores de su admiración, como es el caso de Cézanne, Manet y Gauguin. Dejaría de ser la musa de otros para convertirse en su propia inspiración. Toulouse-Lautrec se sorprendió enormemente al descubrir algunas pinturas de Suzanne, más aún cuando la avezada pintora no había recibido jamás una instrucción formal. Ambos comenzarían una relación que se prolongaría durante un período en el que el pintor impulsaría la carrera artística de Suzanne, presentándola dentro del circuito de artistas e incluso relacionándola con el afamado Edgar Degas, quien maravillado por el talento de Valadon la convertiría en su alumna, comparándola en sus trazos con el maestro Paul Cézanne y animándole para que no abandonara su arte. Fue entonces cuando lograría consagrarse como pintora. Contrario a la vida de penurias que suele acompañar a los artistas, Suzanne Valadon logró ganar en vida una reputación dentro de los más notables de su época, alcanzando el renombre que le permitió exponer y vender sus cuadros y sacar adelante a su hijo viviendo de su propia pasión. De 1883 a 1893 se conservan varios dibujos de la artista, pero sería a inicios de la década de los noventas cuando la pintora comienza a explorar la vivacidad del color, introduciéndose en las técnicas del óleo y el pastel, y de la mano de su amante Toulouse-Lautrec descubrirá el potencial del color, para luego emplear el método del aguafuerte que le enseñaría su maestro Degas. Sin embargo Valadon nunca quiso imitar a ninguno, consiguiendo desarrollar un estilo genuino, auténtico, único. Pinta naturaleza muerta, paisajes, desnudos y retratos, destacándose en especial el que le hizo a Erik Satie, un hombre con el que tan solo estuvo una noche, y quien según la leyenda le propuso matrimonio y le juró esperar una respuesta afirmativa para toda la vida, juramento que según se dice sostuvo hasta sus últimos días. En 1894 Valadon se convierte en la primera mujer en dirigir la Société Nationale des Beaux-Arts. Una perfeccionista a la que rara vez le convencían sus propias obras, y que se hacía notar por su estilo estrafalario y por sus tantas extravagancias, como aquella de mantener siempre a la mano un racimo de zanahorias, o la de invitar todos los viernes a sus gatos a una cena con caviar, o la de tener por mascota a una cabra para que “se comiera sus malos dibujos”, según testimoniaba. En 1896 se casó con un agente de bolsa con quien conviviría durante trece años, y para 1909, a sus 44 años, inicia una tormentosa relación con André Utter, un electricista de 23 años con aspiraciones de convertirse en pintor y fiel admirador de la obra de Suzanne. Al lado de su mancebo, la artista descubriría una sensualidad hasta ahora inexplorada, que la llevaría a pintar desnudos en los que André servía como modelo, y en el que a su vez ella se retrataba desnuda, como en su obra titulada <em>Adam et Éve</em>, en donde cada uno representa la desnudez de los primeros humanos. Para 1912 Suzanne comienza una serie de pinturas dedicadas a retratar a su familia y a sus amistades, su entorno cotidiano, objetos y animales que la acompañan. Para 1914, en vísperas de la Gran Guerra, la pareja decide contraer matrimonio, y al terminar la guerra se instalan en una vida plagada de comodidades, mudándose a una casona inmensa que es atendida por sirvientes, e incluso dándose un lujo escaso para la época, como lo fue la adquisición de un automóvil. Después de veinticuatro años de convivencia, y ante los múltiples engaños de su marido, Valadon se separa de André, y un año más tarde conocerá a un personaje misterioso con el que pasará los últimos cuatro años de su vida. Se trata de un músico que al parecer conoció en un bar y al que se llevaría a casa para cuidar de él, y no queda muy claro la relación que mantenían, si se trataba de su amante, su amigo o su protegido. Un año antes de su muerte, Suzanne se sorprende al encontrar una de sus pinturas en una exposición de obras realizadas por mujeres notables. Muere a causa de una hemorragia cerebral a la edad de 72 años. En su lecho de muerte la acompañaron nada menos que los pintores Pablo Picasso y Georges Braque. Sus obras se pueden encontrar hoy día en los salones del Centro Georges-Pompidou de París, y así también en el Metropolitan Museum of Art de New York.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 15 Jan 2021 23:56:55 +0000</pubDate>
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