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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Grace Kelly | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Katharine Hepburn (1907-2003)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Nació en Connecticut, en una familia prestante, acaudalada, de padres que abogaban por ciertos cambios de la estructura social, de pensamiento reformista. Su madre era una destacada activista feminista que llegó a dirigir la Asociación de Sufragio Femenino de Connecticut, y que lideraba campañas de advertencia respecto al deber de controlar la natalidad. En su infancia Katharine asistiría junto a ella a varias manifestaciones y mítines que despertarían desde niña su visión progresista y liberal. Esta crianza, que Hepburn agradece haber tenido, le inculcaría la libertad de pensamiento y la llevaría desde niña a empaparse de historia, arte y cultura, compartiendo con sus padres las obras de Ibsen o George Bernard Shaw y entablando debates sobre temas políticos y sociales. Le gustaba llevar el pelo corto como los hombres y que le llamaran “Jimmy”, como si fuera un niño; imitaba a los varones vistiendo pantalones de hombre, y sería su padre quien la pondría a la par del macho respecto a las destrezas físicas, enseñándole a nadar, bucear, cabalgar y luchar, y a practicar deportes como el tenis y el golf, este último en el que lograría algunas conquistas menores. Pero gustaba del cine y del teatro, quería ser actriz. Sus primeras tentativas vendrían por iniciativa propia, una vez convocara a algunos vecinos y montara ella misma pequeñas piezas teatrales, por las que cobraba una entrada a los padres por valor de 50 centavos, y cuyo recaudo estaba destinado a la comunidad del Pueblo Navajo. Un suceso marcaría la vida entera de la que un día se convertiría en la estrella más grande de Hollywood de todos los tiempos. Sucedería en abril de 1921, cuando Katharine encontró a Tom, su hermano más querido, colgado de una soga y sin vida, en un episodio que nunca se dilucidó si se trató de un juego fallido o de un ahorcamiento voluntario. La actriz asumiría la fecha del cumpleaños de su hermano como la fecha de su nacimiento, y tendrían que pasar setenta años para que develara el secreto que todos desconocían. La tragedia la llevó a abandonar sus estudios en la Kinswood-Oxford School para tomar clases privadas, y tres años más tarde volvería al claustro académico luego de haber ganado una beca en el Bryn Mawr College. Cuatro años más tarde se graduaría como Licenciada en Historia y Filosofía y, al día siguiente, sin espera, decidida, viajó a Baltimore para realizar su vocación más honesta de convertirse en actriz. De inmediato encontró un papel en la obra teatral, <em>The Czarina</em><em>, </em>y cuya actuación fue tildada por la crítica como “notable”, y a pesar de que su voz un tanto chillona generara descontento en los espectadores. Para solucionar este inconveniente, Hepburn se desplaza a New York y trabaja su fonética con un profesor particular, afianzándose en dicción y pronunciación y encarando cada vez más segura el camino hacia el estrellato. Su temperamento impulsivo y dominante le valdrían desde su debut el apócope de “La Zarina”. En su segunda obra de teatro su actuación no fue para nada convincente y no le permitieron seguir haciendo parte del proyecto. Interpreta a una colegiala en un obra de poco éxito, y un par de semanas después, a sus 21 años, abandonará los tablados para contraer matrimonio con un hombre ocho años mayor, Ludlow Ogden Smith, antiguo compañero universitario y empresario de Filadelfia, y con quien pronto comprendería que lo suyo no era el hogar, los planes de familia, la relación matrimonial, y no vacilaría para regresar a los escenarios, interpretando un personaje en la obra de teatro <em>Holiday,</em> y con la cual estaría comprometida durante los siguientes seis meses. Katharine le daría prioridad a su carrera, y a pesar de que las obras en las que participaría durante los siguientes tres años tuvieran críticas como: “Se ve un espanto, su actitud es inaceptable y no tiene talento”; y aquel director que se excusaría de no contratarla: “Para ser brutalmente sincero, usted no era muy buena”. Poco a poco la relación de pareja comenzó a enfriarse, y luego de cuatro años acabarían por divorciarse, pero esto no fue impedimento para que mantuvieran una estrecha relación de amistad hasta la muerte de Ludlow, en 1979. Hepburn confesaría sentirse siempre apoyada por su primer y único marido, y que incluso sería éste quien precipitaría su decisión de separarse, alentándole a continuar con su deseo más anhelado. “Fue él quien quizás preparó el camino para la ruptura al decirme que con mi talento podría conseguir lo que me propusiera.” En sus memorias, la actriz confiesa haberse aprovechado de alguna forma de este amor, comportándose con Ludlow como “un terrible cerdo.” Desde su divorcio, Katharine Hepburn asumió la tarea única de convertirse en actriz, renunciando a volver a casarse, y mucho menos a concebir hijos. En 1932 la obra <em>The warrior’s husband </em>significó el despegue de su carrera. El personaje requería estar en una condición física óptima, ya que desde el primer acto tendría que saltar de una escalera, llevando al hombro un ciervo y vistiendo una diminuta túnica color plata. La crítica del momento diría acerca de la prometedora actriz: “Han pasado muchas noches desde la última vez que una actuación tan brillante iluminó la escena de Broadway.” La obra se presentó durante tres meses en el Teatro Morosco, en Broadway; y sería en una de sus funciones donde un cazatalentos repararía en ella y la propondría a la famosa productora RKO para la película <em>A bill of divorcement</em><em>. </em>El director, George Cukor, creyó ver en Hepburn a “una extraña figura… no se parecía a nadie que hubiera oído jamás”, confesando que fue el movimiento fluido que hizo la actriz al tomar un vaso ése gesto natural que acabaría por convencerlo: “Pensé que era muy talentosa en ese movimiento.” El productor, el reconocido David O. Selznick diría que fue un “enorme riesgo” el jugársela con una actriz completamente desconocida. Pese a todo esto, y convencida de su talento, la actriz no tendría reparo en pedir en su contrato un salario de U$6.000 mensuales, y decir que venía ganando menos de U$500 mensuales con la compañía teatral. La productora consideró que finalmente su apuesta era por una actriz distinta, un poco salida de lo convencional, desafiante, y no perdería el juego, ya que la película sería un éxito en taquilla y la actriz protagonista, debutante, recibiría el aplauso del público y de la crítica, y por lo que RKO le propondría a Hepburn para que firmara con ellos un contrato a largo plazo. A partir de ese momento el director George Cukor se convertiría también en su amigo, y en su larga trayectoria alcanzarían a compartir el rodaje de una decena de películas. Ese mismo año, con su segunda película,<em> Christopher strong, </em>la actriz sería considerada por la crítica como “una personalidad distinta, firme y auténtica”, y a pesar de que la película no generara mayores ingresos de taquilla. A esta película le siguió <em>Morning glory</em>, de ese mismo año, y en donde la actriz le dio vida a la aspirante a actriz, Eva Lovelace, y cuyo guion vio de casualidad sobre el escritorio de un productor, y al echarle una ojeada pensó que el papel le sentaría como anillo al dedo, por lo que no dejó de insistir para que se lo dieran a ella. No se equivocó, siendo así que, con apenas 26 años, y tras filmar apenas tres cintas, Katharine se alzaba con la codiciada estatuilla del Oscar (ceremonia a la que asistiría solamente en una ocasión). Todo parecía indicar que su carrera, que apenas comenzaba pero en la que ya se había consagrado en lo más alto, prometería en adelante un sinfín de éxitos y por el resto de su vida. Y así parecía luego de encarnar ese mismo año a Jo en la adaptación cinematográfica de <em>Little women</em><em>, </em>que no sólo se convertiría en uno de los grandes éxitos de la industria del cine hasta el momento, sino que le valdría el reconocimiento a la Mejor Actriz en el Festival de Cine de Venecia. Se sintió alcanzar la cumbre con este papel, uno de sus preferidos de toda su carrera, y esto dijo de su interpretación: “Desafío a cualquiera a que sea tan buena ‘Jo’ como yo lo fui.” Y pese a que todo parecía ya un camino de rosas, los siguientes filmes constituyeron un verdadero fracaso en taquilla y la imagen de la gran actriz de Hollywood comenzó a decolorarse. En 1934 filmará con RKO la película <em>Spitfire, </em>en la que será una de sus peores interpretaciones<em>. </em>Respecto a esta película, Hepburn confiesa haber conservado el poster publicitario pegado a las paredes de su cuarto, como un recordatorio de “humildad”. Para ese momento se le ocurrió que podría ponerse a prueba como actriz si regresaba a demostrarlo en vivo y sobre las tablas de un escenario de teatro. Fue así como aceptó el ofrecimiento de un director teatral venido a menos, y por un sueldo irrisorio se comprometió con la obra <em>The lake, </em>que en un comienzo se presentó en Washington, DC, y unas semanas después en New York, y que no resultó para nadie atractiva, deslustrando aún más la carrera actoral de Katharine. No aceptó continuar con una gira de burlas, negándose a llevar la obra a Chicago y prefiriendo pagar al director U$ 14.000 por renunciar a su contrato. RKO le propone protagonizar dos películas que no lograron ningún tipo de trascendencia: <em>The little minister </em>de 1934, y al año siguiente el drama romántico <em>Break of hearts</em><em>. </em>Ese mismo año cobra nuevos bríos luego de interpretar a una mujer codiciosa que aspira escalar en su estatus social en la película <em>Alice Adams, </em>uno de sus roles favoritos, y que le valió su segunda nominación a los Premios de la Academia. A Hepburn se le dio la posibilidad de ser ella quien eligiera su próximo proyecto, y para 1935 comparte por primera vez el plató con Cary Grant en la película <em>Sylvia Scarlett, </em>de su amigo el director George Cukor, y que no gozaría del agrado del público pese a las tantas expectativas. Al año siguiente un par de películas que tampoco tendrían éxito: <em>Mary of Scotland</em><em>, </em>y en donde Hepburn encarnaría a la legendaria María Estuardo, y la película <em>A woman rebels</em><em>. </em>Ese mismo año audicionó para el papel de Scarlett O’Hara en lo que se convertiría en un clásico del Séptimo Arte: <em>Lo que el viento se llevó. </em>El productor David O. Selznick le confesaría más tarde que la descalificó porque le faltaba el poderío sexual de otras actrices, y “no puedo ver a Rhett Butler persiguiéndote durante doce años”. Parecía que en su carrera se avecinaba el debacle. Esto no sólo por la falta de espectadores que antaño colmaban los cines para ir a verla, sino porque su personalidad estaba chocando con el público y quizás esta fuera también la razón de su descontento. Su carácter imponente desafiaba continuamente a la prensa, mostrándose en ocasiones irrespetuosa en sus declaraciones, y negándose muchas veces al cariño de los fanáticos que se acercaban a ella para pedirle un autógrafo. No gustaba de dar entrevistas, y por estos motivos era conocida en el gremio como “Katharine de Arrogancia”. La caracterizó siempre el hacer las cosas a su manera, saltándose protocolos y riñendo con el sistema que regía en el Hollywood de aquel entonces, confrontando a periodistas y rechazándolos para que no estuvieran entrometiéndose en sus intimidades, y siguiendo unas costumbres que poco contrastaban con la clásica y superficial estrella de cine. No le gustaba asistir a galas y en pocas ocasiones visitaba un restaurante, y sin embargo confesaría que siempre disfrutó secretamente el que los medios no la hubieran olvidado nunca. Nadie podría negar que se trataba de toda una celebridad, pero no por ello gozaba del aprecio de todos. A muchos les parecía escandalosa sus maneras un poco masculinas, que reflejaba en un estilo de vida en donde conducía camionetas, solía prescindir de maquillaje y vestía ropa informal, poco glamurosa, descomplicada y de un estilo más bien varonil, y que siempre acababa imponiéndose como una moda entre las tantas mujeres que veían en Hepburn el vivo ejemplo de la mujer empoderada y reconocida en un mundo timoneado por hombres. De hecho, el Consejo de Diseñadores de Moda de Estados Unidos le otorgó un premio en reconocimiento a su destacada influencia dentro del ámbito de la moda femenina. Siempre dijo abiertamente lo que opinaba con respecto a cualquier asunto, y esto le valdría más de un contradictor y enemigo: “Soy una personalidad como así también soy una actriz. Muéstrame a una actriz que no sea una personalidad y me mostrarás a una mujer que no es una estrella.” Apoyaba las ideologías de políticos socialistas -aunque nunca se confesara partidaria de los ideales comunistas-, y desde inicios de la década de los cuarenta sería incluida en el listado del Comité de Actividades Antiestadounidenses por mostrar su oposición al brote fanático de anticomunismo. No se andaba con medias tintas, defendía abiertamente a las minorías y a todo tipo de pensamiento liberal. Se mostraba a favor del derecho al aborto, y se preocupaba, como su madre, por el control de la natalidad y por el sufragio femenino. “Yo soy atea y eso es todo. Creo que no hay nada que podamos saber excepto que debemos ser amables con los demás y hacer lo que podamos por otras personas”, dijo en una entrevista. Era practicante de los principios de <em>Reverencia por la vida</em> descritos por el Nobel de Paz Albert Schweitzer, pero no promulgaba ninguna doctrina ni creía en el “más allá”, y por su firmeza en estas declaraciones contestatarias, la Asociación Humanista Estadounidense la premiaría con el Humanist Arts Award. Una dama notablemente elegante, espigada, cuello fino y pómulos angulosos, un poco ajeno a la belleza impactante de otras actrices coetáneas, y sin embargo su plus estaría siempre en su espíritu imponente y en el poderío que desplegaba con su talento. Su voz sería uno de sus mayores distintivos, una voz como de emperatriz, afianzada en sus textos, convencida de lo que debía decir y a pesar de que hiciera de tímida, y siempre verosímil. Sus movimientos medidos, inteligentes y enérgicos, ya fueran pausados o ágiles. Te hacía reír. Era cómica, chistosa cuando tenía que serlo, dramática todo el tiempo. Diferente, femenina, muy mujer, a la que se le notaba eso que llamamos pasión. Se mezclaba al extremo en cada uno de los proyectos en los que participaba, y en ocasiones se pasaba de entrometida sugiriendo a los guionistas o proponiéndole al director cómo debía dirigir y al vestuarista cómo vestirla. Escenografía, iluminación, fotografía, tenía que ver con todo y en especial con lo suyo: actuar. Calculadora, ensayaba cada uno de sus gestos y desplazamientos; no olvidaba jamás sus textos, e incluso se le reconocía porque solía memorizar también las líneas de sus compañeros de reparto, de los cuales alguno diría: “Trabajo, trabajo, trabajo. Puede trabajar hasta que todos caigan rendidos.” Se hacía controladora y muchos de sus compañeros se quejaban de su talante de “mandona”, y una de sus amigas la comparaba con una “maestra”. “Choco con gente tan peculiar de alguna manera, aunque no termino de entender por qué. Por supuesto, tengo un rostro angular, un cuerpo angular y, supongo, una personalidad angular que golpea a la gente.” Para ese entonces la actriz se definía como una “persona yo, yo y yo.” Pese a todo esto, nadie dijo nunca que no mantuvo siempre un sentido de cordialidad y compostura, culta, irónica y controvertida, humana y humilde. Debido a su creciente impopularidad, Katharine abandona Hollywood y el cine para probarse nuevamente en las tablas, esta vez en la adaptación teatral de la novela <em>Jane Eyre</em>, con la que realizaría una exitosa gira por el país, pero la cual no se presentaría nunca en Broadway. Para ese momento Howard Hughes, el dueño de RKO -productora con la que la actriz había realizado la mayoría de sus filmes-, puso los ojos en la estrella más incandescente de la industria, y fue entonces cuando comenzaron un intenso amorío. El magnate llegaría incluso a proponerle matrimonio, pero la actriz había tomado la determinación de enfocarse únicamente en sus proyectos laborales y no ceder nunca más a la tentación de casarse, y así lo cumplió. Pese a su determinación, las siguientes cuatro películas serían nuevamente un fracaso en taquilla: en 1937 <em>Quality Street </em>y <em>Damas del teatro </em>(esta última coprotagonizada por Ginger Rogers), y para 1938 de nuevo junto a Cary Grant en la comedia <em>Bringing up baby (La fiera de mi niña), </em>y <em>Vivir para gozar, </em>de ese mismo año<em>.</em> Luego de esta seguidilla de tropiezos el público no la perdonaría y sería incluida por la crítica como una de las actrices consideradas por la industria como “veneno de taquilla”. Para ese momento también se romperá la relación que venía manteniendo con Hughes, y así mismo no quiso involucrarse en una quinta decepción, rechazando la próxima película con RKO y pagando U$75.000 como sanción por incumplimiento de contrato. Esta jugada solamente podía permitírsela quien tuviera el poder y la fortuna de Katharine Hepburn, que para 1938 ya Columbia Pictures le habría ofrecido protagonizar por tercera vez junto a Cary Grant, esta vez en la película basada en la obra teatral <em>Holiday</em>, una comedia que la crítica calificaría de forma benévola, pero que alcanzó un buen número en taquilla. El siguiente proyecto que le ofrecían empezaba a mostrar una reducción considerable de su salario, por lo que prefirió ausentarse de momento de los estudios de cine para batirse otra vez de cara al público. En 1940, con la obra teatral <em>The Philadelphia story</em><em>, </em>Katharine regresará victoriosa para demostrar la gran actriz que parecía haberse perdido en los años anteriores. Junto a James Stewart, la obra se iría de gira por varios Estados logrando más de 400 funciones, y un tiempo después una segunda gira lograría presentarse cientos de veces más, convirtiéndose en una de las obras más exitosas de la década que recién comenzaba, y logrando batir récord de taquilla en el emblemático Radio City Music Hall. Tanto fue el éxito de la obra, que la RKO se animó a llevarla al cine al año siguiente, valiéndole a Hepburn una tercera nominación al Oscar, así como el New York Film Critics Circle Award en la categoría de Mejor Actriz. La crítica del momento consagraba así su redención: “Volvamos hacia atrás, Katie, todo está perdonado.” Esta apuesta representó para Hepburn un verdadero resurgimiento: “Le di vida y ella me dio de nuevo mi carrera”, diría respecto a su personaje, para luego seguir apostándole al mundo teatral con la exitosa obra <em>Sin amor</em>, un guion escrito para ella y que fue por dieciséis semanas consecutivas un contundente éxito taquillero. En 1942 Hepburn se da el lujo de elegir su siguiente proyecto, esta vez con la Metro Goldwyn-Mayer, sin sospechar que más allá del éxito que le valdría su cuarta nominación al Oscar, la gran conquista tras el filme <em>La mujer del año </em>sería la aparición de quien sería su coprotagonista en otras tantas películas, y así también como en la vida real, en una extraña relación amorosa que se prolongó por más de 25 años, hasta la muerte del actor. Spencer Tracy tenía 41 años cuando conoció en el plató a su compañera de reparto, una actriz siete años menor que ella, de talante lésbico y con sus uñas sucias, diría tiempo después. Por otro lado, a la coprotagonista le pareció enseguida un tipo “irresistible”. Sea como fuera, la pareja congenió, y en adelante la vida de ambos estaría estrechamente ligada. Hepburn parecía querer de un hombre en su vida, como alguien a quién cuidar, y quizás lo más conveniente sería un colega, un hombre casado, y con quien tuviera un compartir que, muchos cuestionan, no trascendió nunca a los asuntos carnales. La carrera actoral de Hepburn durante la década de los cuarenta declinó considerablemente, en gran parte por entregarse a los cuidados de su compañero sentimental, un tipo ansioso que no podía dormir y que tenía problemas con la bebida. La pareja evitaba ser vista en público, queriendo en lo posible preservar su intimidad. Y a pesar de que la relación era conocida por todos, y año tras año un motivo diferente de escándalo, Tracy permaneció casado, y por su parte Katharine jamás intervendría en su matrimonio, manteniéndose alejada de la esposa de Tracy y respetando siempre un distanciamiento, que incluso mantendría al no asistir al entierro de quien también fuera el amor de su vida. A pesar de que no convivieron juntos, la pareja parece haber llevado una historia de amor de la que igual quedará el registro fílmico que los unió en nueve películas. El amorío serviría como una excusa para que los hombres se mantuvieran al margen y no anduvieran codiciando a la actriz, y a ambos serviría para desmentir en parte lo que tanto se especuló siempre sobre sus inclinaciones sexuales: que ambos eran homosexuales. Lo cierto es que Katharine estaba “ciegamente enamorada” del actor, tal cual lo diría una de sus más íntimas amigas, y así también lo confesaría ella, luego de que se atreviera a tocar en público el tema de su amor con Tracy, y toda vez que la esposa de éste falleciera. Ella lo consentía como a un hijo depresivo, desdibujando esa actitud de mujer independiente y empoderada que todos conocían, y siguiendo los caprichos de un ser al que Katharine definió como a un hombre “torturado”, pero al que nunca dejó de amar. “Fue un sentimiento único el que tuve por Spencer. Habría hecho cualquier cosa por él”, confesó. Decía no saber por qué su tanto amor por este hombre, y que no supo ciertamente cuáles eran los sentimientos de Tracy hacia ella: “Sólo puedo decir que nunca podría haberlo dejado… pasamos 27 años juntos que fueron para mí la felicidad absoluta”. Por haber trascendido las pantallas, esta larga aventura es recordada como una de las más legendarias del cine. La evidente química desprendida entre Tracy y Hepburn parecía desbordarse a todas luces desde el telón de la pantalla. El público lo notó desde el primer encuentro y así mismo la industria, por lo que sería la Metro Goldwyn-Mayer la que tomó ventaja reuniéndolos en 1942 para la película <em>La llama sagrada. </em>Un año más tarde Hepburn figuró en un simple cameo en la película <em>Stage door canteen</em><em>. </em>Un año más tarde protagonizó el filme de alto presupuesto, <em>Dragon seed, </em>y para 1945 vuelve a reencontrarse con Tracy en la exitosa película basada en la obra teatral <em>Sin amor. </em>En 1946 grabó <em>Undercurrent</em><em>, </em>y un año después se desplaza al Viejo Oeste estadounidense para rodar su cuarta película con Tracy: <em>The sea of grass, </em>y que al igual que las otras películas donde aparecían juntos, ésta también sería un éxito en taquilla tanto a nivel nacional como internacional. Ese mismo año, luego de exigirse en el piano para interpretar a Clara Schuman en el filme <em>Song of love, </em>Hepburn empezaría a destacarse como una figura progresista, al declararse opositora del creciente movimiento anticomunista que estaba gestándose en Hollywood. Estas declaraciones la alejaron de las salas de cine por nueve meses, hasta que se le ofreció remplazar a Claudette Colbert en la película <em>State of the Union</em><em>, </em>de la cual ya estaba enterada dado que el coprotagonista sería su adorado Spencer Tracy. El éxito estaba garantizado, y para 1949 reaparecerían juntos y por tercer año consecutivo en una película que Katharine definió “perfecta para Tracy y para mí”: <em>La costilla de Adán. </em>Por ese entonces la actriz se mudaría a California, y allí daría inicio a una relación sentimental con el que fuera su representante, Leland Hayward, quien pese a estar casado le propondría a Hepburn que se divorciaría de su mujer si ella accedía a casarse con él. La relación duró cerca de cuatro años, tiempo en el cual la actriz, convencida de empeñar sus esfuerzos vitales para consagrarse en su carrera, no declinó en su promesa de permanecer alejada de los compromisos matrimoniales: “Me agradaba la idea de ser una personalidad autónoma”, manifestó años más tarde, consciente de que la maternidad implicaba dedicar un tiempo con el que ella, sencillamente, no contaba en esta vida que eligió: “Habría sido una madre terrible… básicamente porque soy un ser humano muy egoísta.” En enero de 1950 encarna al personaje de Rosalind en la obra de Shakespeare, <em>As you like it, </em>queriendo demostrarse a sí misma que podía batirse con lo más clásico de la dramaturgia: “Es mejor probar algo difícil y fracasar que actuar segura todo el tiempo”, decía luego de haber celebrado casi 150 funciones en el Teatro Cort de New York. Y pese a esto de probar nuevas cosas, a partir de entonces se dedicará a interpretar, casi con exclusividad, personajes que le sentarán perfectamente ya que parecieran retratarla a ella misma. En 1951 se desplazará al Congo y rodará junto a Humphrey Bogart su primera película en Technicolor, <em>The African Queen, </em>experiencia de la cual luego publicaría unas breves memorias, con anécdotas como aquella de que estuvo a punto de abandonar el rodaje por haber enfermado de disentería. Por esta interpretación Hepburn sería nominada por quinta vez a los Premios Oscar, y representó su primer éxito de taquilla desde la vez que se vio con su coprotagonista predilecto en <em>The Philadelphia story. </em>En 1952 volverá la fórmula ganadora Hepburn-Tracy con el filme <em>Pat and Mike</em>, que sería como todas las demás en las que estarían juntos un gran éxito de taquilla y una de las más recordadas del dúo ganador. Esta actuación le significaría a Katharine una nominación al Globo de Oro a la Mejor Actriz Comedia-Musical. Ese mismo año se trasladará a West End, Londres, y estará durante las próximas diez semanas participando de la obra escrita por George Bernard Shaw, <em>The millionairess. </em>Pese a confesarse nerviosa al comienzo de cada función, la obra sería un éxito en taquilla, e incluso la actriz intentó de forma infructuosa que la propuesta fuera llevada al cine. En ese momento se tomará dos años de descanso antes de retomar para 1955 con la película <em>Summertime, </em>un film grabado en Venecia y cuyo personaje ya parecía la apuesta reiterada de Hepburn, la de una mujer solterona y solitaria que encontrará su aventura de amor, y pese a lo cual recibiría una vez más la postulación para el Premio de la Academia, y para muchos la mejor interpretación de su carrera. Yendo y viniendo entre el teatro y el cine, al año siguiente se embarca en otro proyecto sobre las tablas, realizando una exitosa gira por Australia con la compañía teatral Old Vic, encarnando a Portia en <em>The merchant of Venice, </em>a Kate en <em>The taming of the shrew </em>y a Isabella en <em>Measure for measure. </em>Al año siguiente volverá a ser nominada al Oscar por la película que protagonizaría junto a Burt Lancaster, <em>The rainmaker</em>, y en donde nuevamente hacía de una “solterona necesitada de amor” y a la que ya el público reconocía con facilidad. Se estaba dejando encasillar en el mismo y repetido papel y ella lo sabía de sobra: “Me estaba interpretando a mí misma. No fue difícil para mí recrear a esas mujeres porque yo soy la tía soltera.” A Katharine se le criticó muchas veces su falta de versatilidad al momento de elegir sus papeles, por lo mucho que se parecían y contrastaban con su personalidad y hasta con su vida. Pocas veces se alejó de la mujer refinada, adinerada, a veces antipática, fuerte, segura de sí misma, inteligente, y sin embargo vulnerable en cierto grado y hasta el punto de ser humillada, en lo que algunos decían se trataba de “la fórmula para el éxito de Hepburn.” Ella misma admitiría que en su momento empezó a sentirse cómoda con cada uno de estos personajes y así lo reconoce en una entrevista: “Creo que soy siempre la misma. Tenía una personalidad muy definida y me gustaba el material que mostrara esa personalidad.” Ese mismo año de 1956 rodaría la que fuera considera por ella misma como la peor película de su vida, la inmemorable adaptación de la comedia <em>Ninotchka, </em>y que se titularía <em>The Iron Petticoat</em>, y un año después volvería al refugio seguro de Tracy protagonizando otra película juntos después de cinco años sin compartir el set: <em>Desk set. </em>Se distanciará dos años de las pantallas para reaparecer en la adaptación al cine de la novela de Tennessee Williams, <em>Suddenly, last summer, </em>y en donde compartiría el protagónico junto a la también legendaria Elizabeth Taylor, y que Hepburn describió como una “experiencia completamente amarga”. Filmada en Londres, la actriz no supo entenderse con el director Joseph L. Mankiewicz, y acabaría escupiéndole el rostro como una forma de manifestar su descontento en medio de una pelea. A pesar de la amarga experiencia, el filme sería aplaudido por el público y la crítica, y una vez más Katharine sorprendía al ser nominada al Premio Oscar por su interpretación de la siniestra Violet Venable. Este momento representó el momento de maduración de la actriz, que según su biógrafo describirá como “el período en el que realmente fue hacia sí misma”. “Se creo a sí misma para sobrevivir y prosperar en Hollywood. Y para ello tuvo que reinventarse no una, sino varias veces”, comentaría algún crítico, resaltando la capacidad de Hepburn para caer y ponerse de pie, soñar y frustrarse, sobreponerse, reinventarse y volver a triunfar una y otra vez, ser todas las mujeres en el cine y en la vida misma. “Ese terrible personaje que yo inventé”, sería como se describió. Vuelve al teatro presentándose con éxito en el American Shakespeare Theatre de Stratford, Connnecticut, encarnando a Beatrice en la obra teatral <em>Much ado about nothing, </em>a Viola en <em>Twelfth night </em>y a Cleopatra en <em>Antony and Cleopatra. </em>En 1961 Tennessee Williams escribió el guion de <em>The night of the iguana </em>pensando en que la actriz podría darle vida a su personaje, pero a pesar de sentirse alagada, Katharine fue honesta al rechazar la propuesta por no sentirse identificada con un papel que a la postre acabaría interpretando Bette Davis. Para 1962 Hepburn decidió aceptar un salario muy por debajo de lo que acostumbraba, queriendo desafiarse en la versión cinematográfica de <em>Long day’s journey into night, </em>basada en la obra teatral de Eugene O’Neil. Este papel sería uno de los que más le costaría interpretar, así como uno de sus preferidos y para varios el mejor de su carrera. El filme tuvo gran éxito y de nuevo sería nominada a la codiciada estatuilla de la Academia, y así mismo sería candidata en la categoría de Mejor Actriz en el Festival de Cine de Cannes. Hepburn dijo que esta película era “la más grande obra que este país haya producido jamás”. Katharine se confesaba orgullosa por haberle dado vida a Mary Tyrone, una adicta a la morfina y que ella describiría como “el papel femenino más desafiante en el drama estadounidense.” En la década de los sesenta Katharine ya no estaría tan activa como hasta entonces, y esto no porque le faltaran los alientos ni menos las ganas de continuar rodando películas y presentándose en los más destacados escenarios de todo el mundo, sino para cuidar la frágil salud de su inseparable amigo, quien debido a una enfermedad cardiaca se notaba cada vez más cercano a la muerte. Katharine se mudó a casa de Tracy ya que éste vivía solo desde hacía varios años, y a pesar de que nunca se divorciaría. Rodarían una última película juntos y la que fuera también la más exitosa de todas, <em>Guess who’s coming to dinner</em><em>, </em>y a cuya grabación Spencer Tracy sobreviviría apenas dos semanas. Hepburn tuvo que esperar 34 años para que esta vez se alzara con su segunda estatuilla del codiciado premio, dedicándolo por supuesto a la memoria de Tracy, cuyo nombre no dejó de figurar nunca arriba en la pantalla, por debajo del nombre de Katharine Hepburn y porque así mismo ella lo deseaba. Katharine confesaría después de sus ochenta años que aún no se había atrevido a ver la película. Luego de hacer una pausa durante meses, la actriz retoma su vida y elige uno de los tantos guiones que le ofrecieron durante su ausencia, y es así como la veremos en la Abadía de Montmajour, al sur de Francia, junto a Peter O’ Toole en la película <em>The lion of Winter, </em>encarnando a la legendaria Leonor de Aquitania y en un rol que consideró como “fascinante”, y que para muchos superaba todos sus trabajos anteriores. El filme estuvo opcionado a ganar el Oscar en casi todas las categorías, incluyendo a la Mejor Actriz, siendo ésta la tercera vez que Hepburn se alzaba con el premio, y esta vez por segunda vez consecutiva. Antes de terminada la década la veremos en <em>The madwoman of Chaillot</em><em>, </em>para luego retomar las tablas de Broadway en un musical sobre la vida de Coco Chanel, un reto en el que tendría que cantar, siendo que no era ése su fuerte. Sin embargo la obra tuvo una gran acogida y la crítica sería benévola con ella: “Lo que carecía en eufonía lo compensaba en agallas.” Katharine confiesa con su ironía particular que esta sería la primera vez que se sintió amada y apoyada por el público, y su actuación le valió una nominación al Premio Tony en la categoría a la Mejor Actriz de Musical. Reacia en un principio a participar en filmes para la televisión, la mayoría de sus proyectos en adelante se concentrarían en este género. En 1973 la veremos debutando en la pantalla chica con una producción de Tennessee Williams, <em>The glass Menagerie. </em>Todos querían verla desde sus casas, el rating registró lo más alto en audiencia y su papel de la trastornada Amanda Wingfield le valdría la nominación al Premio Emmy. Un año después, y ya más cordial y abierta con el mundo, Hepburn sorprende a todos presentándose a la gala de los Premios Oscar por vez primera en su vida. Lo haría para entregar a Lawrence Weingarten el premio en memoria de Irving Thalberg. El público se puso de pie tan solo verla, y ella aprovechó para bromear: “Estoy muy contenta de no haber escuchado a nadie gritar: ‘ya era hora’”. Dos años más tarde probaría de nuevo en esta modalidad con la película <em>Love among the ruins, </em>y esta vez sí se alzaría con el Premio Emmy. Antes de regresar al tablado con la obra <em>A matter of gravity, </em>Hepburn rodará junto a John Wayne la película de vaqueros <em>Rooster Cogburn. </em>Durante su gira sufriría una fractura de cadera, pero siguió presentándose en vivo en una silla de ruedas, y para ese mismo año es condecorada con el People’s Choice Award. En 1978, luego de tres años de ausencia, regresa al cine para filmar el fracaso que representó la película <em>Olly olly oxen free, </em>y en la cual Hepburn confesó haber participado ya que en una de las escenas su personaje tendría que montar en globo. Porque uno podría imaginar que esto era lo único que le faltaba a Katharine Hepburn en la vida, pero no, porque todavía quedaría un sinnúmero de triunfos y homenajes. En 1979 regresa a la televisión con la última película que rodaría con el director George Cukor, <em>The corn is green</em>, esta vez en Gales, y por la que sería nominada por tercera ocasión en los Premios Emmy. Ese año, indiscutible para cualquiera, la gran estrella es incluida en el Salón de la Fama del American Theatre, además de haber sido laureada por el Sindicato de Actores con un premio por su Trayectoria. Por aquellos días Katharine comenzaría a mostrar indicios de Parkinson, pero esto no la detendría para seguir cosechando éxitos, y la enfermedad no logró afectarla más que si acaso al final de sus días con un ligero cabeceo continuo, más no así sus capacidades mentales y cognitivas. La actriz decide tomarse un tiempo, y por esos días presenciará una obra teatral presentada en Broadway y de la cual quedaría prendida. Se propuso llevar al cine la producción <em>On golden pond </em>por la intensidad de sus personajes, una pareja de ancianos haciendo hasta lo imposible por sobrellevar sus días, y cuyo personaje femenino parecía ideal para ella. La actriz Jane Fonda era quien tenía los derechos de la obra, y sería ella misma quien le ofrecería el papel a Hepburn para que compartiera el protagonismo con su padre, el ya veterano y aclamado Henry Fonda. A los 74 años vemos a Katharine sumergiéndose en Squam lake y cantando a todo pulmón, exigiéndose a todo nivel, y su actuación destacaría nuevamente como una de las mejores de su carrera, representando para ella su cuarto Premio Oscar, y hasta el día de hoy la única en conseguir tal hazaña. Recibió su segunda nominación al premio BAFTA y en taquilla la película sería también un éxito, convirtiéndose en la segunda película con más espectadores del año de 1981. Inagotable, ese mismo año interpreta sobre el escenario a una alentada anciana en la obra teatral <em>The west side waltz, </em>y por la que sería nominada por segunda vez al Premio Tony. El <em>The New York Times </em>comentaba por esos días: “Una cosa misteriosa que incuestionablemente ha aprendido a hacer es a respirar vida en líneas que no la tienen.” La estrella que era Katharine brillaba con más luz que todas las demás de esa constelación hollywoodense, y así lo demostró una encuesta llevada a cabo por la revista <em>People, </em>que una vez más y por elección del público la homenajeaba con el People’s Choice Award. En 1984, junto a Nick Nolte, protagonizará una comedia negra que parecía prometer pero que en realidad quedaría para el olvido, y un año después se propone producir un documental sobre la vida de su querido Spencer Tracy. “He tenido suerte, he amado y he sido amada. ¿Verdad, Spencer?”, decía delante de las cámaras a un busto de arcilla del actor. Los años siguientes estaría dedicada a películas para la televisión que tuvieron poca trascendencia pero que mantuvo siempre activa a la actriz, que luego de culminar un proyecto amenazaba una y otra vez con que esta vez sí que sería el último. Y sin embargo regresaba una y otra, y otra vez. Su papel en <em>Mrs. Delafield wants to marry </em>de 1986 le valdría otra postulación al Emmy, y para 1988, ya casi octogenaria, compartirá el plató con su sobrina nieta en la comedia <em>Laura Lansing slept here</em><em>. </em>Para 1991 el mundo se enterará de sus más secretas revelaciones luego de la publicación de sus memorias, y que durante ese año encabezaría el listado de los <em>best-seller</em>: <em>Me: stories of my life. </em>Allí nos contaría sobre una relación furtiva con el realizador John Ford, un hombre casado, alcohólico y depresivo por el que cambiaría toda vez conociera al tipo casado, alcohólico y depresivo que era Spencer Tracy. En 1992 regresa a la televisión compartiendo el set de grabación con Ryan O’Neal en <em>The man upstairs</em><em>, </em>actuación que le valdría la nominación al Globo de Oro. Ya pasados los ochenta años la leyenda viva continuaba todavía muy viva, y así lo muestra en el documental que realizaron sobre ella en 1993, <em>All about me</em>, y en donde aún se le notaba enérgica practicando el tenis y nadando, desenvolviéndose con encanto en una nueva pasión que la tenía obsesionada, la de pintar, y mostrando una faceta más reposada para darse finalmente a conocer sin las obsesiones del pasado. Para ese momento comenzarían los achaques de la vejez, y sin embargo en 1994 la veríamos en su última aparición televisiva en la película <em>One Christmas</em><em>, </em>por el que recibiría una nominación al Premio del Sindicato de Actores, para despedirse de las cámaras ese mismo año, a sus 87, con <em>This can’t be loved</em>, y en donde junto a la compañía de Anthony Quinn, Katharine interpretaría a un personaje poco exigente que para muchos volvería a tratarse de sí misma, y que incluso estaría inspirada en su propia vida. Ese mismo año, seis décadas después de haber ganado su primera estatuilla del Oscar, aparecerá por última vez en <em>Love affair</em><em>, </em>siendo esta la única vez que participará en una película con un rol secundario, aparte de aquel cameo de la película<em> Stage door canteen. </em>No descansó hasta el día de su retiro, luego del cual se trasladó a Old Saybrook, Connecticut, y durante sus últimos años estaría en compañía de su biógrafo de cabecera, Scott Berg, a quien le estaría contando durante casi dos décadas los pormenores de su vida con todas sus principales anécdotas, y que sería recogido en un libro publicado, según lo convenido por Hepburn, una vez ya estuviera ella muerta: <em>Kate remembered</em><em>. </em>En 1996 una neumonía la llevaría a ser hospitalizada, y para el año siguiente se vio en un estado que a muchos le pareció crítico, mostrando unos primeros indicios de demencia senil. Sin embargo viviría más de un lustro para gozar de los tantos honores que el mundo le tenía reservado por sus tantos méritos. En 1999 el American Film Institute reconoce en esta actriz a la “mayor estrella femenina de todos los tiempos en la historia de Hollywood.” Abrazaba un final glorioso: “No le temo a la muerte. Debe de ser maravillosa, como un largo sueño.” Y resulta difícil imaginar que algún día moriría, que, si no era ella, nadie más podría alcanzar la eternidad. Cuesta creer que así fue, que a mediados de 2003, a los 96 años, Katharine Hepburn muere en Fenwick, Connecticut, debido a un tumor maligno en su garganta. Conforme a lo que había manifestado, no se llevó a cabo ninguna clase de ceremonia religiosa, y según lo dispuesto por su voluntad sus restos serían inhumados en el Cedar Hill Cemetery, en Hatford, junto a los de su hermano Tom. También había dicho que sus pertenencias fueran subastadas y tras lo cual la familia recaudaría casi seis millones de dólares. Después de su muerte el presidente George W. Bush dijo que Hepburn “será recordada como uno de los tesoros artísticos de la nación”. Y de ella se dijo ya todo: que su estilo de vida “rompió el molde” de lo convencional en la industria de Hollywood, aportándole “una nueva visión de las mujeres”, representando de cualquier forma a la “mujer moderna” del siglo XX. “Hay mujeres, y además está Kate. Hay actrices, y además está Hepburn”, apuntaban los periódicos. “Una mujer asertiva de la que las mujeres puedan aprender y observar”, diría la prensa; y un director comentaba así sobre su legado principal: “Lo que nos trajo fue un nuevo tipo de heroína -moderna e independiente-. Era hermosa, pero no se fio de eso.” Finalmente destacar esta otra nota: “Más que una estrella de cine, Katharine Hepburn fue la santa patrona de las mujeres estadounidenses independientes.” La consagración la obtendría luego de 66 años de carrera, tras la cual aparecería en 52 películas (8 de ellas para la televisión) y en más de una treintena de obras teatrales. Se permitió explorar distintos géneros y representar las más exigentes piezas de los principales dramaturgos estadounidense de su época y de los clásicos de todos los tiempos. Doce veces candidata al Premio de la Academia, Katharine Hepburn con sus cuatro estatuillas es la más ganadora de todos los tiempos. Insuperable, la número uno, sobran los motivos para reconocer en Katharine Hepburn a la más grande estrella del cine. Ícono cultural, ejemplo de feminidad, Hepburn es sin dudarlo una de aquellas mujeres que cambiaron al mundo debido a su influencia ejemplar dentro de su género. Y así se lo hizo sentir el mundo cuando estaba viva y también después de muerta. Unos días después de su muerte, y durante toda una noche de julio, las calles y los teatros de Broadway apagarían sus luces como un tributo que le rendían a la reina de las actrices. Parques y avenidas que llevan su nombre, monumentos que la recuerdan, instituciones en pro del movimiento feminista, la Medalla Katharine Hepburn que es otorgada cada año a las “mujeres cuyas vidas, trabajo y contribuciones encarnen la inteligencia, el manejo y la independencia de la actriz ganadora de cuatro premios Oscar”. Libros, artículos, reseñas, películas, obras teatrales, documentales y biografías sobre ella. Su obra está expuesta en galerías y exhibiciones, como ocurre permanentemente en el Centro de Artes Culturales Katharine Hepburn, lugar de formación actoral y un museo que recuerda a la actriz, o en la Biblioteca de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Biblioteca Pública de New York en donde se mantiene la principal colección de pertenencias de la mítica actriz. Su imagen aparece en un sello postal que homenajeaba a las “Leyendas de Hollywood”, y en el 2015 el British Film Institute compiló el enorme material completo de todo su inmenso legado. ¿Premios? Los ganó todos, y en todas partes, y repitió muchas veces, dejándonos también las mejores películas de todos los tiempos. Colmada de todos los honores, decía satisfecha de una vida envidiable por cualquier mortal: “Me gusta la vida y he sido muy afortunada, ¿por qué no habría de ser feliz?”</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 22 Sep 2023 19:34:00 +0000</pubDate>
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        <title>Grace Kelly (1929-1982)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Derrapó en la curva “envenenada”, le fallaron los frenos, perdió el control sobre el volante, sufrió un ligero desmayo, todas estas hipótesis, pero lo cierto es que el <em>Rover P6 B-3500 S </em>modelo 72, que conducía Su Alteza la Serenísima Princesa de Mónaco, se estrelló contra la barricada y se precipitó casi cuarenta metros hasta el fondo del barranco. Sucedió antes del mediodía. Aquel día la princesa había insistido en prescindir de su chofer. Y a pesar de no ser una diestra al volante, conducía por una carretera rutinaria del principado, de regreso de su residencia veraniega de La Turbie, en Roc Agel. La acompañaba su hija de 17 años, Estefanía, y ninguna de las dos llevaba puesto su cinturón de seguridad. La banca de atrás iba repleta de prendas, las mismas que salieron disparadas por las ventanas, igual que ocurrió con Estefanía, antes de que el carro diera varias vueltas de campana y terminara volcado sobre el techo. El carro comenzó a arder, y sería un horticultor que presenció el accidente quien apagaría el fuego con un extintor. Estefanía sufrió un fuerte choque emocional, pero ninguna herida considerable, mientras que su madre, la princesa de un cuento, padecía la fractura del fémur derecho, de la clavícula y de varias costillas, aparte de una fuerte contusión cerebral. Nunca recobró el conocimiento. Esa misma noche sería trasladada al Centro Hospitalario Princesa, donde sufriría una hemorragia cerebral que, junto a sus irreparables heridas en la médula, la condenaban a una vida vegetativa. Su esposo y sus tres hijos tomaron la decisión de desconectarla, siendo así que el martes 14 de septiembre, a sus 52 años, terminaba el cuento fatídico de la Princesa de Mónaco. Mezcla de sangre alemana e irlandesa, Grace Kelly nació en Filadelfia. Su madre, una exatleta y profesora de gimnasia, mujer estricta, rigurosa, disciplinada. Su padre ganador olímpico de remo, con dos medallas doradas en los juegos de Amberes y otra más en los de París. Un hombre levantado a pulso, el genuino <em>self-made man </em>que a base de esfuerzo y constancia había edificado un emporio dentro de la industria ladrillera, y por lo que la familia gozaba de cierta prestancia, teniendo como cabeza del hogar al varias veces campeón olímpico y ahora el reconocido “rey del ladrillo”. En 1934 asiste a la Academy of the Assumption, en Ravenhill, donde recibirá una crianza basada en los estrictos deberes católicos, además de empaparse del mundo actoral y del ballet, interpretando algunos personajes en piezas teatrales, entre las que se recuerda su rol de la Virgen María en una obra navideña. Su gracia y su belleza, a pesar de su miopía y su timidez y de su contextura enclenque, prometían un diamante por relucir, y para pulir su brillante talento sería determinante la figura de su tío, George Kelly, escritor ganador del Premio Pulitzer en 1926 por su obra teatral <em>Craig’s wife. </em>En 1943 estudia en la Old Academy Players, donde se interesará particularmente en el baile y en la actuación, decidiendo ya a la edad de los 14 años que eran esos los oficios a los que le gustaría dedicar su vida entera. Grace integra el grupo de teatro de la escuela y realiza algunas presentaciones para fundaciones benéficas, y cuatro años más tarde concluirá sus estudios de secundaria en la Stevens School. Quiso continuar con su formación en el Academy of Dramatic Arts de New York, y pese a no presentar a tiempo su solicitud de ingreso, la futura estrella sería aceptada por una recomendación de su prestigioso tío. Una vez instalada en New York, Grace conseguiría trabajar como modelo para distintas marcas publicitarias de cervezas y cigarrillos, productos de limpieza, lencería e incluso máquinas de escribir. En 1948 da inicio a su carrera como actriz profesional, haciendo parte del reparto en la obra teatral escrita por su propio tío, <em>The torch bearers, </em>y estrenada en New Hope, Pensilvania. Un año más tarde actuaría finalmente en Broadway con la obra titulada <em>The father, </em>luego de la cual su nombre y su imagen cobrarían cierta prestancia entre la crítica y el público, presentándosele un sinfín de propuestas para actuar en teatro y televisión. Los dos años siguientes Grace no pararía de actuar, llegando a interpretar más de sesenta papeles en las tablas y en los sets de televisión, pero no sería sino hasta el año de 1951 cuando finalmente logró dar el salto a la gran pantalla. En un papel de poca importancia, Grace Kelly figurará como integrante del reparto de su primera película, <em>Fourteen hours. </em>Ese mismo año trabaja por vez primera con el reconocido actor Gary Cooper en la película <em>Solo ante el peligro, </em>y sería tras este film que el célebre director John Ford se interesaría en ella para que junto a Clark Gable y Ava Gardner protagonizara su próximo film, <em>Mogambo</em>, y que a la postre le valdría su primera nominación al Premio Oscar, así como el Globo de Oro a mejor actriz secundaria. Grace firma un contrato por siete años con la prestigiosa empresa MGM, pidiendo como única condición el que se le permitiera residenciarse en New York, y que sólo rodaría tres películas por año. Para 1953 la Warner Bros. le ofrece trabajar en la película del ya consagrado director Alfred Hitchcock, <em>El crimen perfecto, </em>y cuya interpretación la consagraría en lo más alto de la industria cinematográfica. Un año después Paramount Pictures la contrata para un nuevo film del rey del suspenso, <em>La ventana indiscreta, </em>protagonizada por James Stewart. Ese mismo año participó en una película que no tuvo gran resonancia, <em>Los puentes de Toko-Ri, </em>seguida de una película notable y por la que Kelly sería nuevamente postulada a los premios de la Academia, <em>Country girl (La angustia de vivir). </em>En esta ocasión se alzaría con la codiciada estatuilla y nuevamente sería ganadora de un Globo de Oro, esta vez como actriz principal. A MGM le preocupaba que los grandes éxitos de su actriz hubieran sido a través de otras compañías, por lo que obligó a Grace a filmar <em>Green fire, </em>una película rodada en Colombia y que pasó sin pena ni gloria por este mundo. En cuestión de ocho meses Grace filmó ocho películas, antes de que Hitchcock, quien ya la tenía como a una de sus “rubias” predilectas, le propusiera trabajara con él en un tercer filme consecutivo, <em>To catch a thief, </em>donde compartiría el plató con Gary Grant, y donde tendría la oportunidad de conocer el principado francés de Mónaco, lugar que cambiaría su vida. Kelly permaneció en la Costa Azul francesa para el rodaje de la película <em>El cisne</em>, y más adelante para la cinta titulada <em>Alta sociedad. </em>Sería durante estos días que Grace Kelly conocería al príncipe Raniero III, quien deslumbrado por la belleza de la actriz, la invitaría a que pasearan juntos por los jardines de su palacio. Rainiero III, de 32 años, llevaba ya casi cinco como príncipe, ostentando 24 títulos nobiliarios y deseoso de un heredero que pudiera garantizar la independencia de su pequeña república. Fue así como sin demoras comenzaría un amorío que desde el principio dejó muy claras sus intenciones: Raniero III viajaría de inmediato a Filadelfia para reunirse con los padres de Grace y pedir formalmente su mano. Así describió Grace aquel encuentro: “De pronto, el príncipe era uno más del clan Kelly. Él y mi padre tenían el mismo apretón de manos. Compartían los mismos gustos deportivos. Durante cuatro años, el príncipe había luchado porque su pequeño reino fuera algo más que un casino. Ambos luchamos por nuestra cuenta y eso es lo que nos unió.” Grace Kelly tenía fama de ser una mujer recorrida no sólo en los estudios de grabación sino también en el interior de las alcobas, e incluso su madre se atrevió a comentar respecto a este listado que contaba con actores, directores, productores y guionistas. Gary Cooper, indelicado, diría respecto a su intimidad con la futura princesa: “Da la impresión de que se va a comportar con un hombre como un témpano de hielo hasta que le bajas las bragas, entonces es un volcán en erupción.” Y el mismo Hitchcock comentaría: “¡Esa Grace! ¡Se acuesta con todos!” Muchos no creían que esta unión pudiera pelechar. Estas fueron las palabras de Hitchcock al sentirse rechazado por su diva: “Casarse con un príncipe está en el camino de éxito de Grace. Lo ha hecho con la facilidad de un trapecista. Pero no sé si la plataforma donde debe aterrizar será demasiado estrecha.” Y el primer novio de Kelly tampoco vacilaría al expresarle con recelo: “Una de las razones por las que creo que te estás casando con este hombre es porque este es el mejor guion que hayas recibido en tu vida.” Pero Grace estaba decidida a cambiar las tribunas del cine de Hollywood por los tronos de la alta realeza europea, y a pesar de que pocos dieran crédito a la estabilidad del matrimonio, Grace dejó atrás su vida licenciosa para entregarse en cuerpo y alma a ser la princesa consorte de Mónaco, así como una madre abnegada y esposa fiel. “De joven siempre me estaba enamorando de hombres que me daban mucho más de lo que yo les daba a cambio”, declaró en su momento. Renunció a su contrato con la productora y rechazó una cantidad de propuestas para regresar al cine, ya que la Corona quería su exclusividad, y para nada estaba bien visto que la princesa de su pueblo anduviera besuqueándose con otros a la vista de cualquiera y aparte en pantalla gigante. Es así como en el pico de su carrera Grace Kelly abandona el plató para oficiar en adelante como princesa real. Hasta entonces había realizado once películas, ganado dos Globos de Oro y un Premio Oscar. La celebración de la boda, un cuento de hadas, acapararía la atención internacional. El matrimonio se llevó a cabo en el Salón del Trono del Palacio de Mónaco, y posteriormente una liturgia religiosa celebrada en la catedral principal. La novia lucía, literalmente, de película. Para rematar, la princesa consorte recibiría una dote de dos millones de dólares luego del casamiento. Para conmemorar su luna de miel, la pareja se embarcó en un viaje de ocho días por los distintos paraísos de la Riviera francesa, acompañados por docenas de periodistas que no querían perder ningún detalle de los recién casados, asaltando de puerto en puerto y en donde eran bien recibidos por multitudinarias comitivas. En una entrevista para <em>The Philadelphia Princess </em>la princesa respondió sentenciosa a la pregunta respecto a lo que le deparaba a la pareja: “Les puedo decir que tendremos muchos hijos.” La primera sería Carolina, y más adelante vendrían Alberto y Estefanía. El más exquisito glamur de Hollywood se mudaba a las costas francesas para hacer gala de un estilo estelar, sofisticado, brillante. La princesa se destacó de inmediato, ganándose el cariño de los moganeses a través de obras de caridad, como el baile anual de la Cruz Roja, a donde cada año asisten cientos de actores, empresarios y políticos reunidos con el ánimo de recaudar fondos para causas benéficas. Promovió reformas hospitalarias y revitalizó el emporio económico de los casinos de Montecarlo, atrayendo con su sola presencia a millares de turistas que se dejaban seducir por los encantos del reino y de su princesa. Embajadora de su imperio, celebraba constantes eventos sociales en los que la filantropía se confundía con la farándula, como es el caso del Baile de la Rosa, y cuyo evento arroja anualmente fortunas de dinero que son hoy destinadas a la Fundación Princesa Grace. Esta presencia monárquica que conquistó al mundo por entero, sumado a las políticas fiscales y a las prebendas tributarias determinadas por Raniero III, hicieron que a Mónaco acudieran inversionistas extranjeros y se instalaran multinacionales, representando para la Corona su consolidación y permanencia. La familia real había conseguido establecerse en su principado, y a los ojos del mundo la historia de Grace Kelly, hasta entonces, parecía el cuento verídico de una princesa de carne y hueso, y sin embargo de cuento. Mucho se especuló con respecto al accidente: se dice que la mafia pudo haberla envenenado y que debido a esto sufrió un desmayo durante el trayecto; que era su hija Estefanía quien conducía al momento del accidente (versión que ella misma ha desmentido en repetidas oportunidades); que todo se trató de una conspiración contra el principado y que alguien habría intervenido el sistema de frenos del carro. Curiosamente aquella curva endiablada sería la misma en la que se sentaría a compartir un picnic con Cary Grant, años antes, durante una escena de la película <em>Atrapa al ladrón. </em>Sea como sea, su vida y su muerte es hoy una leyenda. Su muerte causó conmoción mundial. Su funeral fue seguido palmo a palmo por los medios, y la transmisión televisiva se calcula que tuvo una acogida de más de cien millones de curiosos. A despedirla asistieron reyes, jefes de gobierno y lo más prestante de la política, el <em>jet-set</em> y la realeza europea. Raniero III no pudo reponerse de su pérdida. Murió en el 2005, y pidió que fuera enterrado junto a su esposa en la Catedral de San Nicolás. Referente de la moda y el glamur, su influencia artística llega hasta nuestros días. Ícono de la elegancia, con su melena rubia y brillante, su carita delicada y sus ojos claros, carita picarona, portando un estilo propio con sus vestidos diseñados exclusivamente por las marcas más prestigiosas como <em>Dior, Balenciaga </em>e <em>Yves Saint Laurent, </em>Grace Kelly es eterna<em>. </em>Son muchos los artistas que se han visto seducidos por su imagen y su talento, rescatando su historia o rindiéndole algún tipo de homenaje: Madonna la nombra en su famosa canción <em>Vogue, </em>y mucho antes Andy Warhol ya le había rendido un tributo retratando su rostro en una serigrafía; uno de los bolsos más famosos de la colección diseñada por <em>Gucci </em>lleva su nombre: <em>Kelly de Hermès</em>; y Nicole Kidman le dio vida en el cine en la película del 2004, <em>Grace de Mónaco. </em>A pesar de su corta carrera, es considerada por muchos como uno de los rostros más emblemáticos, bellos y reconocidos de la industria cinematográfica de todos los tiempos. Es por esto que su nombre figura grabado para el recuerdo en una de las estrellas del Paseo de la Fama, en el 6329 de Hollywood Boulevard.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 28 Jul 2023 09:41:26 +0000</pubDate>
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        <title>Joan Fontaine (1917-2013)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Relatar su historia es tener que referirnos también a la de su hermana Olivia, como si hubieran nacido siamesas pero el destino las hubiera separado para convertirlas en rivales y enemigas. Joan de Beauvoir de Havilland fue la hija menor de un abogado y una actriz que andaban por esos días instalados en Tokio debido al trabajo del padre. Allí nacieron sus dos hijas, en un país asiático del que no conservarán tampoco ningún recuerdo. Joan no gozó de buena salud, padeció de una infección de estreptococos y de anemia infantil, pero estas afecciones fueron viéndose atenuadas por el tiempo. La familia regresa a Estados Unidos, la pareja se divorcia, y es entonces cuando la madre se mudará a Saratoga, California, en compañía de sus dos pequeñas de dos y tres años. Joan y su hermana asistirán a la escuela en Los Gatos High School y más adelante concluirán en el Notre Dame Convent Roman Catholic, en Belmont, California. Ambas hermanas comenzaron a tomar clases de dicción, interesándose las dos por el mundo de la actuación y del espectáculo, y alentados sus sueños por una madre quien, tal vez, sin proponérselo, también promovería una descarnada competencia entre las hermanas. Años más tarde, ya conocida la historia de rivalidad entre ambas, Joan explicaría en un reportaje: “El odio, lo agotamos siendo jovencitas. Ahora nos ignoramos.” Ambas eran estudiantes destacadas, siendo un poco más aventajada la hermana mayor, quien ya mostraba su particular interés por el mundo actoral dando inicio a sus estudios de arte dramático. A los 15 años Joan viaja a Japón para reunirse con su padre, y luego de pasar dos años entre la cultura nipona, retorna a California para seguir los pasos de su hermana mayor. Su madre no estaba del todo contenta con la decisión de Joan de convertirse, como su hermana, en actriz, y le propuso a su hija que al menos cambiara su nombre para que el público no las relacionara. En cierto modo esto pudo representar una ruptura simbólica, como una división espiritual de estas siamesas separadas, y desde entonces Joan desistió de su apellido y asumió el de su padrastro. Su primera aparición en el mundo cinematográfico fue en 1935 en las producciones <em>Call it a day </em>y <em>No más mujeres</em>, a lo que luego vendría la firma de un contrato con la productora RKO, de la que era dueño el excéntrico millonario Howard Hughes. Dos años más tarde grabará junto a Fred Astaire la primera película en la que el afamado bailarín no contará con su emblemática pareja, la actriz Ginger Rogers, titulada <em>Señorita en desgracia</em>. La película no tuvo una buena aceptación por parte del público, sin embargo la actuación de Joan fue notable y la crítica empezaría a interesarse en su talento. En los años siguientes Fontaine rodaría una docena de películas, destacándose en 1939 por su papel en <em>Gunga Din. </em>Ese mismo año se vencería su contrato con RKO, así como también contrajo matrimonio por vez primera, en un prontuario que la llevaría a acumular cuatro casamientos durante toda su vida. Por esos días Joan asistió a una fiesta de gala donde tuvo la oportunidad de conocer al afamado productor David O. Selznick, reconocido por su reciente éxito, <em>Lo que el viento se llevó</em>, película en la que su hermana Olivia interpretó el papel de Melania, desestimando el protagónico, el de la ingenua Scalett O’Hara, y ante lo cual la actriz expresaría: “Para hacer el papel de tonta llamen a mi hermana”. Olivia logró ser nominada al Oscar con este rol, y en adelante empezó la carrera de las hermanas por ver quién lograba primero la consagración actoral, el reconocimiento y la fama internacional, los máximos premios y galardones. La pelea era bien conocida en el ámbito del cine y la prensa gozaba de sus encontronazos, sus declaraciones abyectas, la revelación de los secretos familiares, las blasfemias. No había nada que ocultar: las hermanas se odiaban a muerte y su enemistad era una guerra pública. Joan decía que el marido de su hermana, escritor, tenía un inventario largo de mujeres y apenas un solo libro escrito. Años atrás Olivia había sido abandonada por su amante, nada menos que el multimillonario Howard Hughes, y todo porque el magnate había comenzado a coquetearle a su hermanita. Y eran este tipo de comentarios los que resonaban una y otra vez en cada entrevista que Olivia o Joan concedían para los medios. Joan y Selznick departieron en aquella fiesta sobre la novela <em>Rebecca</em>, de la escritora Daphne du Maurier, y que Alfred Hitchcock tenía planeado llevar a la gran pantalla. Era esta la oportunidad que Joan estaba esperando para destacarse por encima de su hermana mayor; el director inglés estaba preparando su debut cinematográfico en el universo estadounidense, y haría lo imposible por ser ella quien consiguiera quedarse con el anhelado papel. Audicionó varias veces y durante más de seis meses estuvo persiguiendo el protagónico, hasta que finalmente Hitchcock la elegiría entre las más de cien postuladas. Olivia había logrado renombre y notoriedad con su nominación al Oscar, pero en esa carrera profesional Joan quería ser la primera en trabajar para el reconocido director inglés, y darle así ese disgusto a su hermana, quien jamás podría arrebatarle tan destacada primicia. La película no sólo fue un éxito sino que además representó para Joan su primera nominación a la codiciada estatuilla, por la que nuevamente competiría un año más tarde, cuando Hitchcock volvió a elegirla para que protagonizara su film <em>Sospecha, </em>pasando a convertirse en la primera de las “rubias” del director, listado al que se sumarían después las actrices Ingrid Bergman, Grace Kelly y Kim Novak. Hitchcock, según diría años después Fontaine, la elegiría a ella para profundizar su desencuentro con Olivia, comentando que el lema celoso del director era el mismo de Julio César: “<em>Divide et impera</em>” <em>(Divide y vencerás)</em>, queriendo también que la actriz que había elegido como su musa fuera exclusiva y no figurara en los trabajos de otro director. La legendaria disputa entre ambas hermanas se vería exacerbada cuando Olivia fuera también nominada como Mejor Actriz por su interpretación en la película <em>Si no amaneciera. </em>Olivia había conseguido ser la primera en obtener una nominación en el año de 1937, y años más tarde con su segunda postulación competiría nada menos que con su odiada hermana, quien a la postre se alzaría con el premio, siendo la primera persona de un elenco dirigido por Hitchcock al que le reconocían con el premio de la Academia. Joan le había ganado a su hermana y peor enemiga en la carrera por obtener el máximo título, y ser la primera de las dos en consagrase en la historia de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. La ganadora subió a recibir su premio (el único Oscar que ganaría), y al bajar del estrado le pasó por el lado a su hermana, la perdedora, en un gesto que despertaría la envidia de Olivia, así como el morbo por parte de unos medios interesados desde hacía años por la llegada de este momento. Años más tarde, para 1947, Olivia tendría la oportunidad de ganar el primero de los dos premios Oscar en su carrera, con la película <em>La vida íntima de Julia Norris </em>(su segundo premio vendría dos años después con <em>La heredera, </em>película dirigida por William Wyler), y al bajar de ese podio repitió la escena que años antes había protagonizado junto a Joan, devolviéndole el gesto de desprecio cuando su hermana menor se dignó a estirarle la mano para felicitarla y, esta vez, ganadora, Olivia se empeñaría en despreciarla. Para aliviar este menosprecio y humillación público, la también rencorosa Joan diría: “Yo me casé primero, gané el Oscar antes que Olivia y, si muero antes que ella, seguramente se indignará porque le he ganado también en eso.” En 1942 protagoniza <em>Sé fiel a ti mismo, </em>y un año más tarde obtiene su ciudadanía estadounidense, para empezar a gozar de toda una década en la que sería amada por el público, y en donde tendría la posibilidad de codearse con las principales figuras del medio y ser dirigida por los más prestigiosos. Para 1943 rodará <em>La ninfa constante, </em>película por la cual será nominada por segunda vez al Oscar, y un año más tarde participa de películas como <em>El pirata y la dama, Alma rebelde</em>, y <em>Jane Eyre</em>, esta última basada en la novela de la escritora Charlotte Brönte, y cuya actuación sería aclamada por el público y la crítica. En 1948 se destaca la película <em>Abismos, </em>y un año después <em>Carta a una desconocida</em>, inspirada en el relato del escritor austriaco Stefan Zweig. A comienzos de los años cincuenta será dirigida por el prestigioso Orson Wells en la película <em>Otelo. </em>Dos años más tarde filmará la película de aventuras medievales <em>Ivanhoe, </em>y un año después se destacan <em>El bígamo </em>y <em>Noches del Decamerón</em>, esta última producción que sería rodada en España<em>. </em>Fontaine regresa a Estados Unidos para filmar <em>La gran noche de Casanova</em>, y comenzar a partir de allí una carrera actoral que decreció en el cine pero que tomó un nuevo impulso a través del teatro y la televisión. En 1948 tuvo a su única hija, y unos años más tarde adoptaría a otra niña la cual no sabría adaptarse, y que siendo una adolescente abandonó a su madre adoptiva, perdiéndose de la escena familiar sin dejar ningún rastro. Joan nunca más la volvió a ver ni a saber nada de ella. En 1954 la vemos protagonizar en Broadway, junto a Antonhy Perkins, la exitosa obra teatral <em>Tea and sympathy. </em>Regresa al cine en 1956 con el musical <em>Serenade, </em>y con la película <em>Más allá de la duda</em>, dirigida por el austriaco Fritz Lang. Un año más tarde el director Robert Rossen tuvo la arriesgada iniciativa de reunirla junto al galán de raza negra, Harry Belafonte, en la película <em>Una isla en el sol, </em>y que no agradó a un público generalmente racista, pasando casi desapercibida para todos. A comienzos de los sesenta vuelve al teatro en producciones como <em>Vidas privadas, Cactus flower </em>y <em>El león en invierno, </em>y un año más tarde la veremos en la película <em>Viaje al fondo del mar. </em>Durante cinco años Joan Fontaine se ausentará del escenario cinematográfico y retomará con lo que sería su última película (y en la cual también participó como coproductora), <em>The witches. </em>En 1975 las hermanas tuvieron una corta tregua mientras su madre padeció un cáncer, y tras su muerte bien pudieron haberse reconciliado, pero la historia que desde siempre las entrelazó preparaba otro final fatídico y la sentencia definitiva de divorcio entre ambas. Joan se molestó cuando su madre murió en el quirófano y Olivia se lo comunicaría en un telegrama que recibió tres días después, al otro lado del mundo. Olivia se quejaba de haberle compartido la noticia y justificó su ausencia: “No vino al funeral porque tendría otra cosa mejor que hacer.” Las hermanas dejarían de hablarse para siempre, e incluso cuando tenían que coincidir en celebraciones y banquetes, los organizadores sabían que debían distanciarlas lo más lejos posible una de la otra. En una ocasión se cruzarían al ser hospedadas en un mismo hotel, para lo cual Joan exigió estar separada de su hermana por lo menos diez plantas. Eran dos potencias que no podían coincidir juntas en un mismo espacio, en un mismo mundo. “Olivia es un león, y yo un tigre; y la ley de la selva dice que no podemos llevarnos bien”, diría Joan en su momento. En 1979 saca a la luz sus anécdotas y todos sus pormenores con la publicación de su autobiografía, <em>Bed of roses. </em>Durante los años siguientes continuó su carrera actoral participando ocasionalmente en series de televisión, siendo nominada al Premio Emmy en 1980 por su actuación en la telenovela <em>Ryan’s hope</em>. Casi tres décadas después, cuando ya la creíamos retirada de la industria del séptimo arte, la veríamos reaparecer en el filme <em>Good King Wenceslas</em>. Le gustaba pilotear aviones, pescar y jugar al golf, y a estos placeres y a muchos más se dedicó durante sus últimos años, casi recluida en su condominio de Carmel Highlands, en California. Actriz versátil, Joan Fontaine podía parecer una chica ingenua, torpe y estúpida, o convencernos de que se trataba de una dama desafiante y portentosa, confiada, segura de sí misma. Murió a los 96 años de causas naturales y sin reconciliarse con su hermana Olivia. Joan había acertado así en su vaticinio de que también sería la primera en morir. Tal vez el mejor guion que interpretaron juntas, fuera del plató, se trató de un trabajo inspirado en la obra de Sun-Tzu, <em>El arte de la guerra. </em>Toda una vida de una enemistad legendaria llegaba a su final con la muerte de uno de los rivales. Allí acabaría la vida de Joan, pero no su historia, ya que para esto tendríamos que narrar el desenlace de su hermana, la cual le sobreviviría algunos años más. En 1982 Olivia tendría una actuación notable al darle vida a la reina Isabel II en la producción televisiva <em>The royal romance of Charles and Diana, </em>y al cumplir un siglo de vida la misma reina Isabel II la nombraría Dama del Imperio Británico, convirtiéndose en la persona más longeva a la que se le otorga tal distinción. En su recorrido actoral grabaría más de un centenar de películas. Desde mediados de los años cincuenta la cinco veces nominada a los premios de la Academia se trasladaría a París, donde moriría a la edad de los 104, convirtiéndose en la última celebridad de aquel cine conocido como el “Hollywood dorado” y que dejaba este mundo, y dándole un final a una historia que nunca pudo desligarse de la de su hermana. Ambas fueron un par de ganadoras consagradas, y hoy la historia las recuerda como figuras legendarias del cine de mediados del siglo XX. Ambas poseen su propia estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, ambas alcanzaron el firmamento.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-83194" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/04/214.-JOAN-FONTAINE-300x200.jpg" alt="JOAN FONTAINE" width="300" height="200" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 03 Mar 2023 09:37:51 +0000</pubDate>
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        <title>Audrey Kathleen Ruston-Hepburn (1929-1993)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Si en el cielo existen los ángeles, estoy convencido de que deben tener los ojos, las manos, el rostro y la voz de Audrey Hepburn”, es lo que diría alguno que tuvo la oportunidad de conocerla. Indiscutible, cualquiera puede notar que estamos ante una presencia angelical. Pulida como un cisne, con carita de inocentona, pero culpable sin duda alguna. La delatan sus ojitos. ¡Qué bonita! Parecía ingenua, asustadiza, vulnerable, como un ser tierno al que vale la pena cuidar. Así mismo su personalidad nos engatusó a todos, y su sonrisa quiso ser imitada por toda una generación de mujeres que querían parecérsele. Nació en Bruselas, en el seno de la aristocracia, descendiente del rey Eduardo III de Inglaterra, que también sería pariente de la actriz Katherine Hepburn. Hija única, mimada y consentida, privilegiada, viajó por Bélgica, Inglaterra y Holanda, y aprendió desde niña a hablar con soltura el francés, inglés, neerlandés, italiano, español y alemán. En 1935 su padre, adepto a las ideologías del nazismo, abandona a su esposa y a su hija, por lo que en adelante la madre tendrá que cuidar sola a su pequeña. Años más tarde Audrey, en colaboración con la Cruz Roja, consigue dar con el paradero de su padre, y a partir de su reencuentro mantuvieron la cercanía y la actriz lo asistió económicamente hasta el día de su muerte. Años más tarde Audrey confesaría que el abandono de su padre, y el que fuera un seguidor del Partido Nazi, representaría “el momento más traumático de mi vida.” De niña estudió en un instituto privado en Kent, Inglaterra, y para 1939, <em>ad portas</em> de la Segunda Guerra Mundial, se traslada con su madre a casa de su abuela, en Arnhem, Países Bajos, tratando de alejarse lo más posible de las zonas de conflicto. Durante los años de la guerra Audrey aprovechará para terminar su formación básica, para dedicarse a pintar cuadros que todavía hoy se conservan, además de recibir lecciones de piano y de ballet clásico. Su deseo era convertirse en bailarina, pero su constitución extremadamente delgada no seducía a directores y coreógrafos, y pese a ser una bailarina que destacaba por su técnica y su estilo. Las condiciones dentro del ámbito de guerra fueron casi de penuria, y es así como la historia de Ana Frank será un referente de vida para la historia personal de Audrey Hepburn: “Tenía exactamente la misma edad que Ana Frank. Ambas teníamos diez años cuando empezó la guerra y quince cuando acabó. Un amigo me dio el libro de Ana en neerlandés en 1947. Lo leí y me destruyó. El libro tiene ese efecto sobre muchos lectores, pero yo no lo veía así, no sólo como páginas impresas; era mi vida. No sabía lo que iba a leer. No he vuelto a ser la misma, me afectó profundamente.” Luego de que Arnhem sufriera continuos bombardeos, la escasez de alimentos hizo que Hepburn y su familia fabricaran harina a partir de tulipanes, lo que pronunciaría aún más la delgada figura de la aspirante a bailarina. “Nos manteníamos con una rebanada de pan hecho con cualquier cereal y un plato de sopa aguada elaborada con una sola patata.” Fue testigo de fusilamientos, y algunos parientes suyos serían encarcelados y otros ejecutados. “Me convertí en una criatura melancólica, reservada y callada. Me gustaba mucho estar sola… Tengo recuerdos. Recuerdo estar en la estación de tren viendo cómo se llevaban a los judíos, y recuerdo en particular un niño con sus padres, muy pálido, muy rubio, usando un abrigo que le quedaba muy grande, entrando en el tren. Yo era una niña observando a un niño.” Termina la guerra y Audrey se muda a Ámsterdam para continuar con su formación de bailarina, y tres años después se traslada a Londres para seguir con sus estudios de ballet clásico. Sin embargo su flacura casi anoréxica seguiría siendo el óbice principal para dedicarse al baile como una profesional. Hepburn siempre mantuvo una dieta rigurosa, cuyos almuerzos solían ser un ala de pollo y una lechuga, y sería su hijo quien revelaría que en ocasiones comía galletas de perro para sobreponerse a los estragos del hambre. Y en vista de que su carrera como bailarina no despegaba, Audrey le apostó a la actuación, haciendo una primera aparición frente a las cámaras en una cinta educativa, <em>Holandés en siete lecciones.</em> Más tarde sería contratada para que actuara en dos obras musicales: <em>High button shoes </em>y <em>Sauce piquante</em>, y entonces llegaría su debut en una película, la producción inglesa <em>One wild Oat</em>, seguido de un papel más importante en la película <em>Secret people, </em>donde encarnó a una bailarina. En adelante aparecería interpretando papeles secundarios en producciones también de segunda, hasta que le ofrecieron el papel en el musical de Broadway, <em>Gigi, </em>luego de ver su discreta interpretación en la película <em>Monte Carlo Baby. </em>Tanto la obra como su actuación fue un éxito rotundo. Durante seis meses no pararon las funciones, y a la prometedora actriz le fue otorgado el Theatre World Award, por lo que Hollywood se interesaría en ella para que protagonizara junto a Gregory Peck la próxima producción del cineasta William Wyler, el film <em>Roman holiday (Vacaciones en Roma)</em>, y para la cual tenían como primera opción a la ya consagrada Elizabeth Taylor. Sin embargo el director quedaría prendado de la seductora Hepburn, y le bastaría con una sola entrevista: “Tiene todas las cosas que busco: encanto, inocencia y talento. Además es muy divertida. Es absolutamente encantadora. No dudamos en decir que es nuestra chica”, dijo Wyler respecto a la escogencia del personaje. Y no se equivocó al darle esta oportunidad, ya que la cinta gozaría del agrado de todos y la actriz destacaría por su personaje, convirtiéndose en la única en recibir los tres grandes premios del cine por un mismo papel y en la misma categoría: ganó el Oscar, el Globo de Oro y el BAFTA. El mismo Gregory Peck, vaticinando que ganaría el premio de la Academia, pidió que su nombre en el póster de la película no resaltara por encima del de la desconocida Audrey Hepburn, y que ambos nombres figuraran con el mismo tamaño de letra, tal cual correspondía a su destacada actuación. Para ese entonces Audrey se perfila como una fulgurante estrella del Séptimo Arte, y su cara angelical será portada de revistas de fama, entre las que se destaca la prestigiosa <em>Times. </em>El contrato que tenía con la productora Paramount le permitía tomar recesos para dedicarse al teatro, y fue así como durante el rodaje de <em>Vacaciones en Roma </em>se daría un espacio para continuar de nuevo en New York con el musical de <em>Gigi, </em>e incluso se iría de gira presentándose en Los Ángeles y en San Francisco. Imparable, actuará en la película <em>Sabrina, </em>que le valdría al año siguiente una nueva postulación al Oscar, pero que finalmente se lo quedaría Grace Kelly. Ese mismo año de 1954 encarnará otro personaje exitoso en la obra <em>Ondine</em>, y esta experiencia le valdría ganarse el Premio Tony, y así también como un esposo. Mel Ferrer fue el actor con el que compartió el protagónico de la obra, la cual tendría un éxito rotundo, y que siguieron presentando hasta finalizar el año, cuando entonces decidirían seguir juntos, pero esta vez en los tablados de la vida. Para finales de 1954 la pareja decide casarse. En 1956, y junto a su marido, Hepburn rodará <em>Guerra y paz, </em>y al año siguiente la veremos bailando junto a Fred Astaire en la película <em>Una cara con ángel, </em>en una de las interpretaciones que más disfrutaría, ya que compartió escenas de baile con el gran bailarín del cine hollywoodense. Pero sin duda la película que la consagró como una actriz virtuosa sería <em>The nun’s story</em>, de 1959, y cuya interpretación de la hermana Lucas le significó una nominación más al premio de la Academia. En 1960 tiene a su primer hijo, pero un año más tarde volverá al cine para representar a Holly Golightly en la película por la que tal vez más se la recuerda, <em>Breakfast at Tiffany’s. </em>Este personaje representó un reto actoral, además de haberla consagrado como un símbolo de la moda estadounidense: “Soy introvertida. Actuar para ser una persona extrovertida es la cosa más difícil que he hecho en mi vida.” Un papel que el mismo autor de la obra, Truman Capote, había pensado para la rubia del momento, la legendaria Marilyn Monroe, pero que ésta dejaría de lado por no querer insistir en el mismo papel de rubia tonta que le había valido su tanta fama. Audrey se tiñó el pelo de rubio y su personaje tuvo algunos cambios de fondo, camuflando a la prostituta de lujo y quitándole el componente lésbico que había sido pensado para Marilyn. Una vez más sería nominada al Premio Oscar, pero esta vez sería Sophia Loren quien se quedaría con la estatuilla. En 1961 la veremos en la polémica película de William Wyler, <em>La calumnia, </em>y cuya trama en torno al lesbianismo suscitaría varios escándalos. Para 1963 protagonizará junto a Cary Grant una parodia de las películas de suspenso de Alfred Hitchcock, <em>Charada</em>, y ese mismo año le cantaría el <em>Feliz cumpleaños </em>al presidente Kennedy, sin la melosería y el desparpajo que un año atrás había desplegado Marilyn en dicho evento. Un año más tarde volverá a actuar junto a su marido en <em>Encuentro en París, </em>y también participará del exitoso musical <em>My fair lady, </em>de George Cukor, y que se esperaba pudiera convertirse en una cinta legendaria. En versión teatral de Broadway, era la por ese entonces desconocida Julie Andrews quien interpretaba al personaje principal, pero en la adaptación cinematográfica se prefirió contar con la actuación de Audrey Hepburn. Ésta consideraba que el papel debía ser interpretado por Andrews, pero la segunda opción de la productora sería Elizabeth Taylor, por lo que Hepburn acabó aceptando lo que sería uno de los papeles más importantes de su vida. A la postre, y ese mismo año, Julie Andrews fue elegida para el papel que la inmortalizaría en el mundo del cine, <em>Mary Poppins, </em>y que incluso le valdría el reconocimiento de la Academia al concederle la codiciada estatuilla del Oscar. En los años siguiente Hepburn aparecerá en algunas cintas, entre las que se destacan <em>Cómo robar un millón, </em>de 1966, y tres películas del año siguiente: <em>Dos en la carretera, Hidrofobia </em>y <em>Wait until dark. </em>Para ese momento ya Audrey había comenzado a dejar relegada su carrera actoral, y se le vería más comprometida abanderando proyectos filantrópicos, así como a dedicar más parte del tiempo a su familia. Para 1968, luego de cinco embarazos infructuosos, Audrey se divorcia de su marido, y al año siguiente ya estará contrayendo nuevas nupcias con un psiquiatra italiano, con el cual tendría otro hijo, pero que tras una serie de infidelidades por parte de éste, acabaría finalmente divorciándose para el año de 1976. Ese mismo año protagoniza junto a Sean Connery la película <em>Robin y Marian. </em>Para 1979 la veremos junto a Omar Sharif en la película filmada en New York, <em>Lazos de sangre, </em>y por esos mismos días conocería a un actor holandés que se convertiría en su próximo amor, y con quien finalmente consolidaría una relación: “Él me hizo vivir de nuevo, darme cuenta de que no todo se había terminado para mí”, declaraba Hepburn respecto a su pareja. Finalmente, para 1988, actuará por última vez en la película <em>Always</em>, de Steven Spielberg, y en adelante consagrará sus esfuerzos en sacar adelante las iniciativas promovidas por la Unicef, la cual la nombró su embajadora de buena voluntad. Audrey viaja por Salvador, Guatemala, Honduras, Sudán, Somalia y Vietnam, participando en proyectos educativos respecto a la enfermedad del sida y otras problemáticas de salud, y asistiendo con ayudas alimentarias que pudieran combatir la desnutrición de los países más desfavorecidos. En 1991 es condecorada por la Sociedad Cinematográfica del Lincoln Center, y un año más tarde se le reconoce su trabajo como embajadora de buena voluntad, otorgándole la Medalla Presidencial de la Libertad. Y a pesar de que fumaba más de cincuenta cigarrillos al día, sería el cáncer de colon lo que acabaría con su vida, el día 20 de enero de 1993, en su casa en Tolochenaz, Suiza, a la edad de 63 años. Al morir, varios premios póstumos le serían otorgados, entre ellos el Premio Humanitario Jean Hersholt. En vida ganó también el Emmy y el Grammy, y es quien más veces ha otorgado el premio a Mejor Película en la gala de los Oscar, con cuatro en total. Actúo con Humphrey Bogart, Gary Cooper y Peter O’Tolle, aparte de los ya mencionados. No llevaba una vida ostentosa como muchas de las estrellas de Hollywood; cultivaba su propio huerto y jamás vivió en una mansión de lujo, manteniéndose alejada del derroche y la desfachatez, muy propio de una época y de su entorno. Y a pesar de que en su vida personal se decantara por ese estilo sencillo y descomplicado, los personajes glamurosos por los que se hizo célebre, conseguirían influenciar a toda una época y hasta el punto de convertirse en símbolo y referente de la moda. Las mujeres querían imitar sus trajes y sombreros marca <em>Givenchy. </em>No solía usar joyas y rechazó ser la imagen publicitaria de la joyería <em>Tiffany, </em>pese a lo cual la empresa destinó un escaparate para exhibir las preciosidades que había portado la afamada Audrey Hepburn. Así también se crearía un perfume que contenía su fragancia y que fue conocido como <em>L’Interdit. </em>El American Film Institute la ubicó en el puesto número tres dentro del ranking de las actrices más importantes del siglo XX, luego de Katherine Hepburn y Bette Davis. Su nombre hace parte de la International Best Dressed List Hall of Fame, y en el año 2000 la Unicef inauguró una estatua en su honor a las afueras de su sede en New York. En el 2007, mucho después de haber muerto, Audrey seguiría recaudando dinero para fondos humanitarios, luego de que se subastara uno de los trajes que la actriz había lucido en la película <em>Breakfast at Tiffany’s</em>, y el casi millón de dólares que pagaron por el traje se destinó para impulsar la creación de dos escuelas en Bengala. Su vida ha sido llevada al cine y al teatro y son muchas las biografías que pretenden narrar, como si de un relato bíblico se tratara, la vida de un ángel caído. Pese a una supuesta rivalidad que mantuvieron siempre, Elizabeth Taylor comentó luego de enterarse de que su frecuente competidora muriera: “Dios estará contento de tener un ángel como Audrey con Él”.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 27 Jan 2023 14:03:51 +0000</pubDate>
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