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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Gabo | Blogs El Espectador</title>
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        <title>García Márquez no quería morir un jueves… y murió en Jueves Santo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/garcia-marquez-no-queria-morirse-un-jueves-y-murio-en-jueves-santo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Al igual que uno de los personajes de “Cien años de soledad”, Gabriel García Márquez murió un Jueves Santo, en Ciudad de México. Era un día como hoy, 17 de abril, de 2014.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Gabriel García Márquez. Foto: cortesía The Douglas Brothers.</em></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-7e4dfcbe49944dc6626d96f22cbd4f6a"><strong>&#8220;Yo no entierro a mis amigos&#8221;: </strong>Gabriel García Márquez.</p>



<p>Gabriel García Márquez amaba tanto la vida que siempre refunfuñó sobre la muerte. &nbsp;</p>



<p>Quería vivir cien años y tal vez más, a juzgar por un párrafo que escribió en sus memorias, <em>Vivir para contarla,</em> página 508: <em>“Germán Vargas, que era el guardián del santoral, informó que el 6 de marzo próximo yo iba a cumplir veintisiete años. En medio de los buenos augurios de mis amigos grandes, me sentí dispuesto a comerme crudos los setenta y tres que me faltaban todavía para cumplir los primeros cien”.</em> Pero murió de 87, faltando 13, ese enigmático número de la mala suerte.  </p>



<p>Al cumplir 68, le hizo esta confesión a la periodista Ana Cristina Navarro de la <a href="https://www.rtve.es/noticias/20140418/gabriel-garcia-marquez-maestro-del-realismo-magico-si-tenia-quien-leyera/911160.shtml#:~:text=%22La%20muerte%20es%20una%20trampa,de%20uno%2C%20sino%20cuando%20llega.">RTVE de España</a><strong>:</strong> <em>&#8220;La muerte es una trampa, es una traición,&nbsp;que le sueltan a uno sin ponerle condición. Para mí es muy serio el hecho de que esto se acabe prácticamente sin ninguna participación de uno, sino cuando llega. Creo que es injusto&#8221;.</em></p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-4-3 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe title="Entrevista a Gabriel García Márquez TVE 1995" width="500" height="375" src="https://www.youtube.com/embed/2FW4K2Npjlg?start=24&#038;feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
</div></figure>



<p>La muerte se lo quiso llevar antes pero Gabo le hizo el quite. Las amenazas contra su vida iban en serio. En marzo de 1981&nbsp;<a href="https://elpais.com/diario/1981/03/27/internacional/354495609_850215.html">pidió asilo</a> en la embajada de México en Bogotá, durante el gobierno represivo de Julio Cesar Turbay Ayala. <em>“El escritor colombiano se refugió en la noche del miércoles en la residencia de la embajadora mexicana en Bogotá, María Antonia Santos, a quien solicitó protección por considerar que estaba siendo perseguido por las autoridades militares colombianas”</em>, informó el diario El País de España.</p>



<p>En <em>Una vida</em>, la biografía oficial, escrita por Gerald Martin, se lee lo siguiente: <em>“… empezaba a llegar a oídos de García Márquez que el gobierno trataba de vincularlo al movimiento guerrillero M-19, que a su vez se relacionaba con Cuba, e incluso había rumores de que podían intentar asesinarlo”</em>. Según Martín, en una columna de prensa Gabo reveló que &#8220;estaba en la lista negra del MAS, un escuadrón de la muerte de ideología reaccionaria&#8221;.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="654" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16120944/GABO-UNA-VIDA-654x1024.jpg" alt="" class="wp-image-114553" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16120944/GABO-UNA-VIDA-654x1024.jpg 654w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16120944/GABO-UNA-VIDA-192x300.jpg 192w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16120944/GABO-UNA-VIDA-768x1203.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16120944/GABO-UNA-VIDA.jpg 890w" sizes="(max-width: 654px) 100vw, 654px" /></figure>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size"><strong>Flores amarillas por si las moscas</strong></p>



<p>En la misma biografía hay dos anécdotas relacionadas con aquel día de octubre de 1982 cuando se anunció que García Márquez era el nuevo Premio Nobel de Literatura.</p>



<p><em>“Cuando Alejandro Obregón apareció aquella mañana para quedarse en casa de su viejo amigo y vio el caos que se había desatado, lo primero que pensó fue: ´¡Mierda, Gabo se murió!´”.</em></p>



<p>La otra anécdota se refiere a una declaración de doña Luisa Santiaga, su madre, quien “<em>siempre había albergado la esperanza de que Gabito no ganara nunca el premio porque estaba segura de que su hijo moriría poco después. Su hijo, acostumbrado a esta clase de excentricidades, le dijo que llevaría rosas amarillas a Estocolmo para protegerse de todo mal”.</em></p>



<p>Y así lo hizo.</p>



<p>“…dejó la rosa amarilla que llevaba en el asiento y se dirigió a recoger el galardón, expuesto por unos instantes a una desgracia inimaginable sin la protección de aquella flor totémica mientras atravesaba el inmenso escenario con los puños apretados”. (<em>Una vida</em>, página 485).</p>



<p>El propio Gabo, viendo lo majestuoso de aquel evento, mientras avanzaba por la alfombra roja, habría dicho, según Plinio Apuleyo Mendoza: “Mierda, ¡esto es como asistir uno a su propio entierro!”. (Una vida, página 484).</p>



<p>Esa obsesión con el tema de la muerte, lo mismo que el amor y la soledad, atraviesa toda su obra. “La larguísima vejez de Úrsula Iguarán, ciega y medio loca, exagera la de doña Tranquilina”, escribió Mario Vargas Llosa en <em>Historia de un deicidio</em>.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="674" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16121052/GABO-VIVIR-PARA-CONTARLA-674x1024.jpg" alt="" class="wp-image-114555" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16121052/GABO-VIVIR-PARA-CONTARLA-674x1024.jpg 674w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16121052/GABO-VIVIR-PARA-CONTARLA-197x300.jpg 197w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16121052/GABO-VIVIR-PARA-CONTARLA-768x1168.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16121052/GABO-VIVIR-PARA-CONTARLA-1010x1536.jpg 1010w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16121052/GABO-VIVIR-PARA-CONTARLA.jpg 1347w" sizes="(max-width: 674px) 100vw, 674px" /></figure>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-d03207eb097ef7b00cb3b4f05c2e5cc2"><strong>“La abuela Tranquilina Iguarán había muerto dos meses antes ciega y demente, y en la lucidez de la agonía siguió predicando con su voz radiante y su dicción perfecta los secretos de familia. (…) Mi padre cubrió el cadáver con azabaras preservativas para un pudrimiento apacible”.</strong> (Página 413 de <em>Vivir para contarla</em>, la autobiografía de García Márquez).</p>



<p>Alrededor de la muerte, la realidad y la ficción se juntaron de maneras extrañas. Por ejemplo, el escritor murió un Jueves Santo (17 de abril del 2014), lo mismo que Úrsula Iguarán, matrona de la estirpe Buendía en <em>Cien años de Soledad.</em></p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="542" height="833" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16121226/GABO-CIEN-ANOS-DE-SOLEDAD.jpg" alt="" class="wp-image-114557" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16121226/GABO-CIEN-ANOS-DE-SOLEDAD.jpg 542w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16121226/GABO-CIEN-ANOS-DE-SOLEDAD-195x300.jpg 195w" sizes="auto, (max-width: 542px) 100vw, 542px" /></figure>



<h2 class="wp-block-heading">Gabriel García Márquez alcanzó la inmortalidad, que solo le es concedida a los genios que son capaces de suplantar a Dios a través de la escritura.</h2>



<p>Casi veinte años antes de publicada la novela, García Márquez había escrito: <em>“El jueves no sirve ni siquiera para morir”, </em>que así lo recordó el escritor Gustavo Tatis <a href="https://www.eluniversal.com.co/cultural/2018/04/17/gabo-el-jueves-no-sirve-para-morirse">en este escrito</a><strong>.</strong></p>



<p>“Yo creo que el jueves no sirve ni siquiera para morir. Entregarnos al gozo de la muerte después de haber molido los minutos de tres días fecundos, productivos, es -más que una simplicidad- una tontería”, escribió García Márquez. Y en su desmesura imaginativa sugirió que es más conveniente morir un viernes, un día que él percibía en 1948, como un día que por “su&nbsp;carácter luctuoso, la vulgaridad de morir puede resultar una definitiva manifestación de elegancia”. (Gustavo Tatis, <em>El Universal</em>).</p>



<p>Su hijo Rodrigo García Barcha en el libro &#8220;Gabo y Mercedes: Una despedida&#8221;, relata que aquel 17 de abril un pájaro muerto apareció sobre el sofá el día en que murió, como si hubieran regresado las aves desorientadas que se estrellaron contra las paredes de la casa de los Buendía, en <em>Cien años de Soledad</em>, cuando Úrsula amaneció muerta, precisamente el mismo día en que Jesús oficiaba la última cena, el lavatorio de los pies y la oración en el huerto de Getsemaní.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="552" height="846" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16121303/GABO-Y-MERCEDES.jpg" alt="" class="wp-image-114559" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16121303/GABO-Y-MERCEDES.jpg 552w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/16121303/GABO-Y-MERCEDES-196x300.jpg 196w" sizes="auto, (max-width: 552px) 100vw, 552px" /></figure>



<p>Gabito murió un Jueves Santo pero resucita cada vez que un lector abre cualquiera de sus libros; luego nadie puede negar que la literatura, a su modo, obra milagros, y que Gabriel García Márquez alcanzó la inmortalidad, que solo le es concedida a los genios que son capaces de suplantar a Dios a través de la escritura y al morir se juntan con los demás dioses en el Olimpo.</p>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em><strong>Próximo domingo:</strong> El lado oscuro de Mario Vargas Llosa</em>.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=114550</guid>
        <pubDate>Thu, 17 Apr 2025 13:01:44 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[García Márquez no quería morir un jueves… y murió en Jueves Santo]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>Gabriel García Márquez era Piscis y les tenía terror a los astrólogos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/gabriel-garcia-marquez-era-piscis-y-eso-lo-explicaria-todo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Gabo era un Piscis: nació un día como hoy, 6 de marzo de 1927. Encendamos 98 velas en memoria del escritor que vive eternamente en sus libros. ¿Era García Márquez la encarnación de Melquiades, o viceversa?</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Gabo y su esposa Mercedes Barcha </em>(f<em>otografía del Centro Gabo)  y Melquiades (personaje de la serie &#8220;Cien años de soledad&#8221; de Netflix). </em></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-489d6e611cb325a0e55d781869daea26"><strong><em>“En todo artista anida siempre una disensión esotérica: cuando la vida lo zarandea ferozmente, anhela el sosiego; cuando le es dada la tranquilidad, añora con nostalgia las tensiones”:</em></strong> Stefan Zweig, escritor austriaco. (<em>El mundo de ayer</em>). </p>



<p><em>“</em>Cien años de soledad<em> es un libro totalmente pisciano, porque Piscis rige la magia y lo trascendente”,</em> sentencia el astrologo bogotano Mauricio Puerta, <em><a href="https://spreaker.onelink.me/A4NZ/dhql1atd">El señor de las cartas astrales</a></em><strong><em>,</em></strong> con quien converso telefónicamente<strong>.</strong></p>



<p>Entonces me pongo a pensar: ¿Habría dejado de ser el genio que fue, si Gabo&nbsp;nace bajo otro signo?</p>



<p>Paciencia, ya podrán sacar conclusiones.</p>



<p>Así como Gabriel García Márquez es un personaje más dentro de su <em>Crónica de una muerte anunciada</em>, lo es también en <em>Cien años de soledad</em>, pero no por la mención que hace de sí mismo casi al final de la obra. <em>“Aquel fatalismo enciclopédico fue el principio de una gran amistad. Aureliano siguió reuniéndose todas las tardes con los cuatro discutidores, que se llamaban Álvaro, Germán, Alfonso y <strong>Gabriel</strong>, los primeros y últimos amigos que tuvo en la vida”.</em></p>



<p>No por esa mención, repito. Desde hace rato venía alimentando la sospecha de que Gabo era el gitano Melquiades. O Melquiades es Gabo, como quieran verlo, y por razones no precisamente literarias, sino más bien esotéricas, por así decirlo, relacionadas con la superchería y su personalidad de hombre tímido e introvertido (que así lo describieron quienes lo conocieron, aunque otros le endilgaron la fama de arrogante); aquel que estaba destinado a convertir la realidad en algo fantástico, y convencernos de lo contrario gracias a su pluma prodigiosa. Con su <em>realismo mágico</em> embrujó a los señores de la academia sueca, que en 1982 lo elevaron al Olimpo de los escritores al concederle el Premio Nobel de las letras.</p>



<p>He venido recogiendo pruebas sobre las que quiero hablarles.</p>



<p>Todo comenzó cuando leí una frase del escritor que llamó mi atención: <strong><em>“Mi signo es Piscis y mi mujer es Mercedes. Esas son las dos cosas más importantes que me han ocurrido en la vida, porque gracias a ellas, al menos hasta ahora, he logrado sobrevivir escribiendo”</em>.</strong> (‘Retratos y autorretratos’, 1973)</p>



<p>Ahí, en el hecho de haber nacido un día como hoy, 6 de marzo, de hace 98 años, bajo el signo Piscis, están las claves de estas pesquisas. De mil formas se ha dicho lo importante que fue para él su esposa, la Gaba (Mercedes Barcha), pero nadie se ha preguntado qué tuvo que ver su signo zodiacal con su consagración literaria y cómo conecta en esta historia el personaje de Melquiades.</p>



<p><em>“Melquiades es de las entrañas del misterio que es Piscis”,</em> añade Mauricio Puerta, que ha sido el astrólogo de cabecera de políticos y celebridades. Lleva más de 50 años haciendo cartas astrales. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="768" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/05155813/A-MAURICIO-PUERTA-768x1024.jpg" alt="" class="wp-image-112479" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/05155813/A-MAURICIO-PUERTA-768x1024.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/05155813/A-MAURICIO-PUERTA-225x300.jpg 225w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/05155813/A-MAURICIO-PUERTA.jpg 960w" sizes="auto, (max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Mauricio Puerta, astrólogo colombiano, en su apartamento de Bogotá. Primero fue antropólogo y en un trabajo de campo conoció Tierradentro, Cauca, se enamoró de este territorio ancestral y lo convirtió en su segundo hogar. Desde allí ha contribuido a impulsar los sueños de la comunidad Nasa. Es su deseo morir en este lugar mágico, donde también fue enterrada su señora madre. </em></p>



<p>Gabo fue un auténtico Piscis. Dice Mauricio Puerta: <em>“Piscis es el signo de las EMES: la <strong>Magia</strong>, el Misterio, los <strong>Milagros</strong>, la Meditación, el <strong>Misticismo</strong>, los Movimientos de solidaridad, la Metafísica que está Más Allá de lo físico&#8230; Es el signo <em>de personas que, como Gabo, viven en otro mundo, como en el País de las Maravillas</em>. Piscis también es el signo de las ESES… <strong>Soledad</strong>, sensibilidad, sexto sentido, si quisimos, sueños…”.</em></p>



<p>Desde la página uno de la novela ya conocemos a Melquíades: <em>”… gitano corpulento de barba montaraz y manos de gorrión” que llega a Macondo cada mes de marzo</em> (mismo mes en que Gabo llegó al mundo en 1927), y sorprende a sus habitantes con <em>“una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia”.</em></p>



<p>Esta descripción puede emparentar a Gabo con el personaje por algo que dijo de sí mismo una vez: <em>“Soy escritor por timidez. <strong>Mi verdadera vocación es la de prestidigitador,</strong> pero me ofusco tanto tratando de hacer un truco que <strong>he tenido que refugiarme en la soledad de la literatura</strong>. Ambas actividades, en todo caso, me conducen a lo único que me ha interesado desde niño: que mis amigos me quieran más”. </em>(‘Retratos y autorretratos’, 1973).</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-f1d5237f638a54442c1ae0f2f0068bbd"><blockquote><p><strong>&nbsp;</strong><em><strong>“El que no tenga Dios, que tenga supersticiones”:</strong> </em>Gabo en <em>El olor de la guayaba</em>.</p></blockquote></figure>



<p>Dice el <a href="https://twitter.com/CentroGabo/status/1765055433180578210">Centro Gabo</a> que <em>“por superstición Gabo no revelaba las ideas de sus libros”</em>, excepción hecha en 1997 con <em>En agosto nos vemos, </em>su novela póstuma que se publicó en 2024, a diez años de su muerte.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-wp-embed is-provider-blogs-el-espectador wp-block-embed-blogs-el-espectador"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<blockquote class="wp-embedded-content" data-secret="ldKNMb9XAq"><a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/no-lean-agosto-nos-vemos/">No lean “En agosto nos vemos”…</a></blockquote><iframe loading="lazy" class="wp-embedded-content" sandbox="allow-scripts" security="restricted" style="position: absolute; visibility: hidden;" title="&#8220;No lean “En agosto nos vemos”…&#8221; &#8212; Blogs El Espectador" src="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/no-lean-agosto-nos-vemos/embed/#?secret=F9Qgp4lbuY#?secret=ldKNMb9XAq" data-secret="ldKNMb9XAq" width="500" height="282" frameborder="0" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no"></iframe>
</div></figure>



<p>Su personalidad de hombre de premoniciones y corazonadas quedó manifiesta en las conversaciones que sostuvo con el periodista Plinio Apuleyo Mendoza y consignadas en el libro <em>El olor de la guayaba</em>. Página 119: <em>“Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme. Para estar seguro necesito tener flores amarillas (de preferencia rosas amarillas) o estar rodeado de mujeres”,</em> le dijo a su amigo.</p>



<p>Curiosamente, el escritor asociaba el oro y el color oro con la mierda y los malos presagios, por lo que según reveló nunca llevaba puestas pulseras, cadenas, anillos o relojes de oro, ni había en su casa objetos con ese metal.</p>



<p>Su hermana Aida, autora del libro <em>Gabito, el niño que soñó a Macondo, </em>confirmó el asunto en un reportaje que le concedió al periodista <a href="https://www.eluniversal.com.co/suplementos/facetas/aida-garcia-marquez-y-el-nino-que-sono-macondo-126670-ITEU214914">Gustavo Tatis</a>, de El Universal de Cartagena. Eso fue en 2013, un año antes de la muerte del escritor en su casa de México.</p>



<p><em>“</em><em>Gabito es muy supersticioso”,</em> dijo ella.</p>



<p>Tatis revela el posible origen de esa personalidad. <em>“Entre los guajiros y los sucreños que conforman sus ancestros maternos y paternos, hay matices de supersticiosos. Mientras entre sus familiares guajiros es común dialogar con los muertos, entre los familiares sucreños, es común reencontrarse con los fantasmas de los muertos”.</em></p>



<p>Lo corrobora el astrólogo Mauricio Puerta: <em>“Los nativos Piscis son quienes tienen la más sincera tendencia religiosa en la más alta acepción del término”.</em></p>



<p><em>Dijo Aída: “Alguien dice que la familia García Márquez es una partida de locos” (…) “</em><em>Pero entre los locos nacen genios como Gabito”.</em></p>



<p>Gabo sentía curiosidad, incluso cierto respeto y hasta temor, por la astrología, los horóscopos y las cartas astrales, por lo que podríamos relacionar esto con otro  hecho: en <em>Cien años de soledad</em>, Melquiades se queda a vivir con la familia Buendía y en casa de ellos escribe los pergaminos en sánscrito donde está se descrito el destino de cada miembro de la familia… de la misma forma que la gente acude a la lectura de la carta astral para conocer su destino, con base en la hora y fecha de su nacimiento. </p>



<p>Podemos decir entonces que <em>Cien años de soledad</em> es una extensa carta astral que anticipa el final de los Buendía. Del mismo modo que Melquiades se adelanta al futuro con sus pergaminos, García Márquez anticipó el futuro, que es este presente, a través del mismo personaje: <strong><em>“´La ciencia ha eliminado las distancias´, pregonaba Melquiades. ´Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de casa´”.</em></strong><em></em></p>



<p>También sabemos que fue Melquiades quien, contrariando a Úrsula, introdujo a José Arcadio Buendía hasta la obsesión en el conocimiento de la alquimia, definida por la Real Academia Española como el <em>“conjunto de especulaciones y experiencias, generalmente de carácter esotérico, relativas a la transmutación de la materia, que influyó en el origen de la materia”,</em> y en las que la astrología desempeña un papel importante.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-bddac0b3ba5968af3a88b010f10f5ca9"><blockquote><p><strong><em>“No hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor”: </em></strong><em>(Página 265 de Vivir para contarla, su autobiografía).</em></p></blockquote></figure>



<p>En una ocasión, Gabo visitó al astrólogo Mauricio Puerta en su apartamento de Bogotá. Sucedió que en la revista <em>Semana</em> del 3 de mayo de 1993, él predijo que ese año matarían al narco Pablo Escobar, lo que efectivamente ocurrió el 2 de diciembre. La anécdota la cuenta Gabo en su libro <em>Noticia de un secuestro. </em>Publicada en 1996, la obra relata un capítulo de horror de la violencia que Pablo Escobar y <em>Los Extraditables</em> desataron en el país a principios de 1991.</p>



<p><em>—<strong>“García Márquez me dijo: sólo vengo a entrevistarlo, no quiero que me diga nada de mi signo porque yo le tengo terror a eso”,</strong></em> recuerda Puerta más de treinta años después.</p>



<p>Y es que la astrología fascinaba y asustaba con la misma intensidad al escritor, tanto que un personaje como <em>Nostradamus</em>, el famoso médico vidente francés, capturó su atención, hasta convertirse en el referente para dar vida a <em>Melquiades</em>.</p>



<p>En el libro <em>“Tras las claves de Melquiades”</em>, su hermano Eligio García Márquez sugiere que quince años antes de publicarse <em>Cien años de soledad</em>, Gabo había retratado <em>“la figura de Melquiades, y sus artes adivinatorias”, </em>en dos columnas de opinión que escribió para el diario El Heraldo, de Barranquilla, una bajo el seudónimo de <em>Septimus </em>(tomado del personaje de “La señora Dolloway”, la novela de Virginia Wolf), y la otra escrita bajo el seudónimo del vidente de Aviñón.</p>



<figure class="wp-block-pullquote has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-41c6fc03ea7ba996bdc4115e02e871a9"><blockquote><p><em>“Nostradamus, el enigmático y cabalístico poeta a quien se le dio nada menos que por hacer profecías versificadas, en grande escala y en tal estado de desorganización, que solo después de realizados los hechos puede conocerse la exactitud de los vaticinios”:</em> Gabo, citado por Eligio García Márquez en <strong>“Las claves de Melquiades”.</strong></p></blockquote></figure>



<p>Así que desde 1950 ya rondaba en su mente Melquiades, <em>“aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus”,</em> como se lee en la novela. &nbsp;</p>



<p>“<em>Más aún:</em> –escribió Eligio- <em>el propio García Márquez reconoció con posterioridad que Melquiades estaba inspirado en este personaje misterioso del siglo XVI. Lo dijo en Cartagena de Indias, en abril de 1992, a bordo del barco francés Melquiades, que había arribado a la ciudad, en una misión cultural…”.</em></p>



<p>Eligio añade que Gabo leyó la vida de aquel hombre mientras estudió en el internado de Zipaquirá, en Cundinamarca.</p>



<p>En algún momento de <em>Cien años de soledad</em> nos enteramos de que Melquiades muere durante una epidemia en Singapur pero regresó luego a la vida y a Macondo, porque no puede soportar la soledad, y de paso prepara una bebida que cura a todos los habitantes de la peste del olvido.&nbsp;</p>



<p>García Márquez, que renegó de la muerte y la convirtió en uno de los temas centrales de su obra, murió por otra peste del olvido que la ciencia conoce con el nombre de <a href="https://www.pares.com.co/post/los-a%C3%B1os-m%C3%A1s-tristes-de-gabo-cuando-ya-no-se-acordaba-ni-de-su-nombre">Alzheimer</a> <em>&#8220;cuando ya no se acordaba ni de su nombre&#8221;.</em> Pero no se equivoquen, porque en realidad nunca murió. Gabo vive en sus libros y seguirá vivo hasta donde la memoria de los vivos alcance para recordarlo y celebrarlo. &nbsp;</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=112470</guid>
        <pubDate>Thu, 06 Mar 2025 12:34:50 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Gabriel García Márquez era Piscis y les tenía terror a los astrólogos]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>La triste crónica de Feliza</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/lineas-de-arena/la-triste-cronica-de-feliza/</link>
        <description><![CDATA[<p>&nbsp; Nota preliminar:&nbsp;Esta reseña fue publicada originalmente en&nbsp;El Correo del Golfo, periódico con base en los Emiratos Árabes Unidos, en donde el autor firma con su nombre de pila (Dixon Moya). Alguna vez escribí que en el documental&nbsp;Gabo, la creación de Gabriel García Márquez&nbsp;(también conocido como&nbsp;Gabo, la magia de lo real, 2015) dirigido por Justin [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p><strong>&nbsp;</strong></p>



<p><strong>Nota preliminar:&nbsp;</strong>Esta reseña fue publicada originalmente en&nbsp;<em>El Correo del Golfo</em>, periódico con base en los Emiratos Árabes Unidos, en donde el autor firma con su nombre de pila (Dixon Moya).</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="726" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/12162949/Gabo-la-magia-de-lo-real-726x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-110287" style="width:509px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/12162949/Gabo-la-magia-de-lo-real-726x1024.jpeg 726w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/12162949/Gabo-la-magia-de-lo-real-213x300.jpeg 213w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/12162949/Gabo-la-magia-de-lo-real-768x1084.jpeg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/12162949/Gabo-la-magia-de-lo-real.jpeg 1063w" sizes="auto, (max-width: 726px) 100vw, 726px" /></figure>



<p>Alguna vez escribí que en el documental&nbsp;<em>Gabo, la creación de Gabriel García Márquez</em>&nbsp;(también conocido como&nbsp;<em>Gabo, la magia de lo real</em>, 2015) dirigido por Justin Webster, era probable que dos Nobeles colombianos de literatura se hubieran reunido en ese proyecto, pues quien hacía las veces de narrador y cicerone en aquella expedición a bordo de la vida del genio literario, era otro autor, siempre en ascenso, Juan Gabriel Vásquez. Cada vez que sale un nuevo libro de Vásquez, me reafirmo en lo escrito, aunque a él no le guste que uno diga ese tipo de cosas.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="724" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13052820/Caricatura-Juan-Gabriel-Vasquez_0001-724x1024.jpg" alt="" class="wp-image-110289" style="width:513px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13052820/Caricatura-Juan-Gabriel-Vasquez_0001-724x1024.jpg 724w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13052820/Caricatura-Juan-Gabriel-Vasquez_0001-212x300.jpg 212w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13052820/Caricatura-Juan-Gabriel-Vasquez_0001-768x1087.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13052820/Caricatura-Juan-Gabriel-Vasquez_0001-1086x1536.jpg 1086w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13052820/Caricatura-Juan-Gabriel-Vasquez_0001-1448x2048.jpg 1448w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13052820/Caricatura-Juan-Gabriel-Vasquez_0001-scaled.jpg 1809w" sizes="auto, (max-width: 724px) 100vw, 724px" /><figcaption class="wp-element-caption">Caricatura de Juan Gabriel Vásquez de 2016 por el autor de la reseña.</figcaption></figure>



<p>Mi primera lectura del año fue la nueva novela de Vásquez titulada&nbsp;<em>Los nombres de Feliza</em>, inspirada en la vida de la escultora colombiana Feliza Bursztyn, artista de origen polaco, cuya familia judía se estableció en Colombia, poniéndose a salvo del régimen nazi. Feliza Bursztyn no sólo fue colombiana, ante todo fue bogotana y este libro narra a la par de la atribulada vida de Feliza, la crónica de una generación intelectual única en Colombia que se reunió en Bogotá. La novela es también, como varias de las obras de Vásquez, un manual de viaje por la ciudad, como el barrio de Teusaquillo, tan elegante en el pasado. Sin embargo, París es la otra protagonista de la novela, la cual, como Bogotá, siempre nos quedará.</p>



<p>En este libro, hay una incidencia directa de Gabriel García Márquez, quien compartió con la artista, el día en que ella falleció en un restaurante de París y días después escribió un artículo, con una contundente frase que daría la pauta a la novela de Juan Gabriel,&nbsp;<em>Feliza se murió de tristeza</em>. Esto pareciera una prueba de atletismo literario, cuando un consumado deportista le pasa el testigo a otro más joven, que viene acelerando, en una prolongada carrera de muchos años. Este libro, es la larga respuesta a la pregunta, ¿por qué Feliza se murió de tristeza? García Márquez como personaje de la novela, no tiene muchos diálogos, pero sí silencios determinantes y su presencia permea cada página del libro.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="731" height="491" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13053551/Feliza-en-su-taller-coleccion-Hernan-Diaz.jpeg" alt="" class="wp-image-110292" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13053551/Feliza-en-su-taller-coleccion-Hernan-Diaz.jpeg 731w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13053551/Feliza-en-su-taller-coleccion-Hernan-Diaz-300x202.jpeg 300w" sizes="auto, (max-width: 731px) 100vw, 731px" /><figcaption class="wp-element-caption">Feliza Burzstyn en su taller. Fotografía de la colección de Hernán Díaz.</figcaption></figure>



<p>Feliza, quien se iba a llamar Fergele, pero sus padres conscientes de los problemas de la pronunciación con su apellido lo cambiaron a Felisa y ella luego lo transformó en Feliza, como muestra de su carácter autónomo y rebelde. Una mujer incómoda para la sociedad paradójica que le tocó, pacata e hipócrita pero que al mismo tiempo, producía una serie de intelectuales y artistas, únicos e imprescindibles en Colombia. Feliza amante del poeta Jorge Gaitán Durán y amiga de la ceramista Beatriz Daza, los dos oriundos de Pamplona, en Norte de Santander, muertos jóvenes en accidentes de aviación y automóvil respectivamente o del inolvidable Álvaro Cepeda Samudio.</p>



<p>El libro muestra las contradicciones de seres humanos como la misma protagonista, pero también de una nación como la colombiana, que se debatía entre la violencia política y la producción intelectual, que no tuvo dictaduras militares en los años setenta y ochenta, a diferencia de otros países latinoamericanos, aunque contaba con un gobierno civil que perseguía artistas. Feliza que utilizaba la chatarra como materia prima, como la que seguramente dejaban esos terribles accidentes, para darles una segunda vida como objetos de arte y reflexión.&nbsp;</p>



<p>Un libro en el cual, como siempre, gracias a la habitual juiciosa investigación de Vásquez uno encuentra datos interesantes, pues no muchos saben que Marta Traba, la legendaria crítica de arte argentina que hizo historia en Colombia, fue secretaria y traductora del poeta y diplomático mexicano Octavio Paz en París. Que Feliza Bursztyn estuviera leyendo&nbsp;<em>Crónica de una muerte anunciada</em>&nbsp;de su amigo García Márquez, el día en que falleció, no deja de ser una coincidencia inquietante. Definitivamente lo del realismo mágico, tiene más de verídico que de fantasioso. Al menos en Colombia o entre colombianos, es moneda de curso frecuente.</p>



<p>Vásquez se permite cameos literarios entre personajes de sus propias obras, pues me voy a aventurar a decir que un joven actor que impresionó a Feliza en una obra de teleteatro en Bogotá, no era otro que Sergio Cabrera, el protagonista de su anterior novela (<em>Volver la vista atrás</em>), así como Jorge Eliécer Gaitán (<em>La forma de las ruinas</em>), saluda en un parque a la pequeña niña Feliza. Es necesaria la referencia a una obra inicial del autor,&nbsp;<em>Los Informantes</em>, en la que detallaba cómo se vivió en la Colombia de medio siglo XX, la Segunda Guerra Mundial, especialmente entre la colonia alemana y judía, así como un caricaturista hace una viñeta de Feliza Bursztyn en&nbsp;<em>Las Reputaciones</em>.</p>



<p></p>



<p>En el plano personal, no pude evitar un sobresalto nostálgico, al leer que el primer esposo de Feliza, Larry Fleischer, ingeniero estadounidense trabajó en&nbsp;<em>Icollantas</em>, en donde mi padre Laurencio Acosta también laboró y fue sindicalista. A propósito de Fleischer, quien se llevó de Colombia a los Estados Unidos a las tres hijas que tuvo con Feliza, Bethina, Jeannette y Michelle, tuve curiosidad de saber qué pasó con ellas y encuentro que Bethina, quien siguió los pasos artísticos de su madre, ya falleció, pero descubrí a Feliza Fleischer, nieta de Feliza, quien tiene un parecido impresionante con la artista bogotana e incluso ha protagonizado un documental titulado&nbsp;<em>Feliza</em>, dirigido por los colombianos Andrés Borda y Manuela Ochoa que se estará estrenando este año, en afortunada coincidencia.</p>



<p>Hay algo más desolador que llamarse Feliza y morirse de tristeza? La gran paradoja de una mujer compleja que se fue demasiado temprano, pues seguramente pudo haber dejado un legado artístico de impacto universal, aunque ya su nombre no será olvidado, así su nombre sea tan contradictorio y su apellido siga siendo un reto. Uno termina admirando a Feliza y sintiendo cariño sincero por Pablo Leyva, su esposo.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="768" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13053224/Homenaje_a_Gandhi_1971-768x1024.jpg" alt="" class="wp-image-110291" style="width:570px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13053224/Homenaje_a_Gandhi_1971-768x1024.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13053224/Homenaje_a_Gandhi_1971-225x300.jpg 225w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/13053224/Homenaje_a_Gandhi_1971.jpg 800w" sizes="auto, (max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>



<p>Gracias a la pluma de Juan Gabriel Vásquez, los transeúntes, pasajeros y automovilistas que eventualmente pasamos por la carrera 7 con calle 100 en Bogotá, ahora sí podemos identificar la escultura allí erigida, el&nbsp;<em>homenaje a Gandhi</em>&nbsp;de Feliza Bursztyn, esa mujer que encarnó toda una época.</p>



<p><strong>Dixon Acosta Medellín&nbsp;</strong></p>



<p>En lo que sigo llamando Twitter a la hora del recreo me encuentran como @dixonmedellin&nbsp;</p>


<figure class="wp-block-post-featured-image"><img loading="lazy" decoding="async" width="1621" height="2560" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/12160304/los-nombres-de-feliza-scaled.jpg" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" style="object-fit:cover;" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/12160304/los-nombres-de-feliza-scaled.jpg 1621w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/12160304/los-nombres-de-feliza-190x300.jpg 190w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/12160304/los-nombres-de-feliza-648x1024.jpg 648w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/12160304/los-nombres-de-feliza-768x1213.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/12160304/los-nombres-de-feliza-972x1536.jpg 972w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/12160304/los-nombres-de-feliza-1297x2048.jpg 1297w" sizes="auto, (max-width: 1621px) 100vw, 1621px" /></figure>]]></content:encoded>
        <author>Dixon Acosta Medellín (@dixonmedellin)</author>
                    <category>Líneas de arena</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=110284</guid>
        <pubDate>Mon, 13 Jan 2025 12:32:41 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La triste crónica de Feliza]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Dixon Acosta Medellín (@dixonmedellin)</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Ver o no ver “Cien años de soledad”: Esa es la cuestión</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/ver-o-no-ver-cien-anos-de-soledad-esa-es-la-cuestion/</link>
        <description><![CDATA[<p>¿Es cierto eso de que los libros siempre son mejores que las películas? ¿Será “Cien años de soledad” la excepción a la regla? El estreno mundial de la serie de Netflix coincide con los 10 años de la muerte de Gabriel García Márquez.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color wp-elements-0ddc5bf2a1cc44fa70f8bba21d6447b6"><strong>“No se le había ocurrido hasta entonces que la literatura fuera el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente”: </strong>Cien años de soledad, página 440.</p>



<p>Esta es una joya que no se presta. Ocupa un sitio especial en la biblioteca y en mi corazón.</p>



<p><em>“Cien años de soledad”</em> es de esas novelas que se dejan leer con agrado. La he leído tres veces con las mismas ganas, y con resaltador en mano. En cada lectura he ido construyendo un Macondo personal, por así decirlo. Con cada lectura descubro detalles que no vi antes y vuelvo a sorprenderme, como si fuera el pequeño Aureliano deslumbrado al conocer el hielo.</p>



<p>Todo colombiano debería leer <em>“Cien años de soledad”</em> siquiera una vez en su vida. Me explico: Gabriel García Márquez es el único Premio Nobel de Literatura que tiene Colombia. Es una pena que haya compatriotas ajenos a esta exquisita radiografía de lo que somos, nuestro realismo trágico. Dicho sea de paso, veo muy lejana la posibilidad de que en los próximos 20 o 30 años tengamos un segundo Nobel de las letras.&nbsp;Los genios nacen una vez cada siglo, digo yo. Así que si el escritor de Aracataca nació en 1927, es posible que hasta ahora esté naciendo o por nacer un futuro genio literario.</p>



<p>Crecí amando a Gabo, que así le decimos confianzudamente sus lectores. Que murió en 2014 es algo que no creo. Lo encuentro muy vivo y vigente cuando abro sus libros, porque los genios son inmortales. Miren a Homero, miren a Cervantes.</p>



<p>No me alegré cuando salieron con el cuento de que harían una serie sobre la familia Buendía. —<em>“Por qué tienen que arruinar las cosas buenas inventándoles una versión paralela”, </em>pensé. Eso puede salir muy mal. O quizás no.</p>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color wp-elements-0f596097d58afbe7c536c94b7b3c3d52"><strong>“Úrsula pasó la tranca en la puerta decidida a no quitarla en el resto de su vida. “Nos pudriremos aquí dentro”, pensó. “Nos volveremos cenizas en esta casa sin hombres, pero no le daremos a este pueblo miserable el gusto de vernos llorar”:</strong> Cien años de soledad, página 205.</p>



<p>Aprovecho mi molestia para darles un consejo: Lean primero el libro y después sí vean la serie de Netflix que se estrena el 11 de diciembre. El libro contiene nada más que 20 capítulos. Un capítulo por día en una sentada y habrá terminado sus 471 páginas antes de acabar el año, empezando hoy. En todo caso, no se necesita un siglo. Los cien años del título aluden al periodo que va de la segunda mitad del siglo diecinueve a la primera mitad del siglo veinte, tiempo en que Colombia (perdón, Macondo) estuvo imbuido en guerras civiles, maldiciones, matanzas y enigmas.</p>



<p>En líneas generales, me gustó la adaptación que hizo Netflix de <em>“Pedro Páramo”,</em> la obra del mexicano Juan Rulfo. Digamos que el guión respetó el texto original y añadió una bella fotografía, además de unos escenarios muy reales donde la muerte se siente cerquita. Comala es un pueblo y en esa medida la película retrata a ese pueblo, pero jamás consigue trasplantar la poética <em>Rulfiana </em>al cerebro del espectador. La belleza del texto se pierde, por más de que pongan a los actores a recitar líneas casi al pie de la letra.</p>



<p>Entonces, no estoy muy seguro de que me vaya a gustar la adaptación de <em>“Cien años de soledad”.</em>&nbsp; Me asusta que hagan de una gran novela una telenovela. Macondo es un universo, una versión literaria de la Creación con C mayúscula, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, pero en lugar del patriarca Abraham y su esposa Sara, aquí la historia nos habla del amor entre dos primos: el patriarca José Arcadio Buendía y la matriarca Úrsula Iguarán, y las sietes generaciones que les precedieron, entre ellos el coronel Aureliano Buendía (segunda generación) y los diecisiete Aurelianos, ((tercera generación), que tuvo con distintas mujeres, y así hasta el fin de la estirpe.</p>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color wp-elements-95e89f11630548106f06639b0af2f0ca"><strong>“Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra”:</strong> Cien años de soledad, página 23.</p>



<p>Quiero y no quiero ver <em>“Cien años de soledad”</em>. No quiero para no presenciar cómo descuartizan una obra maravillosa y desdibujan a los personajes que parí en mi imaginación. Pero sí quiero verla precisamente para darme la razón. Lo anticipó Gabo, un año antes de ganarse el Nobel, refiriéndose a otra cuestión en uno de sus <em>Doce cuentos peregrinos</em> (La Santa, 1981): <em>“Lástima que haya que filmarlo”, decía. Pues pensaba que en la pantalla perdería mucho de su magia original”. &nbsp;</em></p>



<p>No quiero saber qué rostro le pusieron Melquiades, el gitano que regresó de la muerte <em>“porque no pudo soportar la soledad”,</em> ni a los <em>“cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer”</em> que vivían más allá de la ciénaga grande.</p>



<p>No quiero ver a José Arcadio hablando solo, mientras Úrsula y los niños se parten el espinazo en la huerta de la casa, y luego a la misma Úrsula abochornada viendo por primera vez a un hombre desnudo, <em>“tan bien equipado para la vida, que le pareció anormal”.</em></p>



<p>No quiero ver a la bisabuela de Úrsula sentada en un fogón encendido y con quemaduras que <em>“la dejaron convertida en una esposa inútil para toda la vida”</em>, por los tiempos en que el pirata Francis Drake asaltó a Riohacha. </p>



<p>He recreado en mi mente a Pilar Ternera, la iniciadora sexual de dos de los hombres de la segunda generación, a cada uno de los cuales le da un hijo; a la india Visitación, a Rebeca, que comía tierra por vicio, a Fernanda del Carpio, <em>“seleccionada como la más hermosa entre las cinco mil mujeres más hermosas del país”</em>; a Petra Cotes y Mauricio Babilonia con las mariposas amarillas revoloteando a su paso.</p>



<p>Me emociono incluso al escuchar la canción que compuso en 1969 el peruano Daniel Camino Díez Canseco, en boca del mexicano Oscar Chávez.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-4-3 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe loading="lazy" title="Oscar Chavez ¬ Macondo (En vivo)" width="500" height="375" src="https://www.youtube.com/embed/GXdv44TpDQw?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
</div></figure>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>Lean primero el libro y después sí vean la serie que estrena Netflix el 11 de diciembre. </strong></h2>



<p>No quiero matar en mi imaginación &nbsp;a las hermanas Amaranta y Rebeca —enamoradas del mismo hombre, el italiano Pietro Crespi—; a Santa Sofía de la Piedad, que <em>“degolló con un cuchillo de cocina el cadáver de José Arcadio Segundo para asegurarse de que no lo enterraran vivo”</em>, o a José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo, que <em>“despertaban al mismo tiempo, sentían deseos de ir al baño a la misma hora, sufrían los mismos trastornos de salud y hasta soñaban las mismas cosas”</em>.</p>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color wp-elements-ff9eef683d92f8a3d9cc68995a912de9"><strong>“Si no volvemos a dormir, mejor (…) Así nos rendirá más la vida”: </strong>Cien años de soledad, página 56.</p>



<p>Me pregunto cómo hicieron creíble la peste del insomnio en que <em>“los unos veían las imágenes soñadas por los otros”</em>, hasta que <em>“nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir”, </em>o el nacimiento del hijo de Amaranta Úrsula y Aureliano Babilonia, cuya cola de cerdo <em>“cartilaginosa y en forma de tirabuzón con una escobilla de pelos en la punta”</em>, confirma la maldición que pesa sobre los Buendía a causa del incesto, o los tres mil muertos echados al mar como constancia de que la <em>Masacre de las bananeras</em> (1928) no fue cuento, aunque los muertos en la vida real fueron menos.</p>



<p>Gabo lo explicó a su manera a la televisión británica en 1990: </p>



<p><em>“Lo que pasa es que 3 ó 5 muertos en las circunstancias de ese país, en ese momento debió ser realmente una gran catástrofe y para mí fue un problema porque cuando me encontré que no era realmente una matanza espectacular en un libro donde todo era tan descomunal como en&nbsp;</em>Cien años de soledad<em>, donde quería llenar un ferrocarril completo de muertos, no podía ajustarme a la realidad histórica. Decir que todo aquello sucedió para 3 ó 7 muertos, o 17 muertos… no alcanzaba a llenar ni un vagón. Entonces decidí que fueran 3.000 muertos, porque era más o menos lo que entraba dentro de las proporciones del libro que estaba escribiendo. Es decir, la leyenda llegó a quedar ya establecida como historia”. </em>El testimonio está en el sitio web <em><a href="https://www.colombiainforma.info/la-masacre-de-las-bananeras-en-cien-anos-de-soledad-cuando-el-realismo-magico-le-gano-a-la-historia-oficial">Colombia Informa.</a></em></p>



<p>No quiero presenciar el duelo a muerte entre José Arcadio Buendía y Prudencio Aguilar y tampoco es necesario entrar a la tienda de Catarino, que <em>“aprovechaba la ocasión para acercarse a los hombres y ponerles la mano donde no debía”,</em> ni saber cómo se ve <em>Francisco el Hombre</em>, que <em>“derrotó al diablo en un duelo de improvisación de cantos”.</em></p>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color wp-elements-ea677c66e99094ccf1021c3a46633a08"><strong>“Tenemos seis hijas más… y Aurelito pone sus ojos precisamente en la única que todavía se orina en la cama”:</strong> Cien años de soledad, página 87.</p>



<p>Pero tal vez sí quiero ver <em>“Cien años de soledad”,</em> la serie, para salir de dudas. ¿Cómo hicieron, por ejemplo, las escenas de cama (es decir, de hamaca), con José Arcadio y Rebeca? Cómo llevaron a la pantalla este tremendo párrafo: <em><strong>“Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no morirse, cuando una potencia ciclónica asombrosamente regulada la levantó por la cintura y la despojó de su intimidad con tres zarpazos, y la descuartizó como a un pajarito”.</strong></em></p>



<p>En el tráiler apenas hemos visto al pelotón de fusilamiento con que empieza la novela, la imagen de José Arcadio, amarrado al árbol de castaño con signos de evidente locura o al padre Nicanor Reyna levitando tras beber una taza de chocolate, pero ese fugaz Macondo no me pareció colombiano, ni por las voces, mucho menos por la apariencia de los personajes. Tal vez estoy pidiendo más de lo que el cine pueda dar, o tal vez, por un par de segundos, estoy juzgando a las&nbsp;carreras una producción de 16 capítulos.</p>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color wp-elements-0f8230e36dc94cff734b7196794b2a42"><strong>“Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas”</strong>: Cien años soledad, página 166.</p>



<p>Sí quiero ver “Cien años de soledad” para ver cómo el cine interpretó lo que pensaba el escritor sobre las penas de amor o la muerte, ambas cuestiones retratadas en la persona de Remedios, <em>“la criatura más bella que se había visto en Macondo”</em>, a quien hasta la pubertad tocaba <em>“vigilarla para que no pintara animalitos en las paredes con una varita embadurnada de su propia caca” </em>y, además,la prueba garciamarquiana de que de amor si se muere, pues ella además <em>“seguía torturando a los hombres más allá de la muerte”,</em> la cual ocurrió al elevarse al cielo <em>“entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella”.</em></p>



<p>Fue una de las escenas que más canas&nbsp;le sacó a García Márquez, según <a href="https://www.facebook.com/CentroGaboOficial/videos/as%C3%AD-cuenta-gabriel-garc%C3%ADa-m%C3%A1rquez-el-ascenso-de-remedios-la-bella/2182491401994073">contó alguna vez</a>. <em>“Me sentía fracasado tratando de que Remedios, la Bella subiera al cielo y que fuera creíble. Entonces, salí al jardín a respirar y estaba corriendo un gran viento. Había una chica que lavaba en la casa, (…) tratando de prender las sábanas en el alambre y no lo lograba, (…) la encontré enredada en aquellas sábanas mojadas que estaba tratando de tender a secar… regresé y esa fue la solución. La puse a doblar una sábana y la sábana se la llevó. Lo creí yo y lo creyeron ellos (los lectores)”.</em></p>



<p>Empiezo hoy mismo la cuarta lectura de <em>“Cien años de soledad”, </em>a lo mejor así se me abra el apetito para darle una oportunidad a la serie. ¡Y, entonces, que Gabito perdone a todos desde el más allá por profanar el realismo mágico!</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe loading="lazy" title="Cien años de soledad | Avance oficial | Netflix" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/mPCN1irKfkc?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
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        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=109062</guid>
        <pubDate>Sun, 08 Dec 2024 13:11:32 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Ver o no ver “Cien años de soledad”: Esa es la cuestión]]></media:description>
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            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>La letra con sangre ya no entra</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-letra-con-sangre-ya-no-entra/</link>
        <description><![CDATA[<p>Los profes me odiarán por lo que voy a escribir. Suplico que el castigo no sea tan severo. Me encomiendo a Flaubert, Zweig, Capote y Gabo.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p>Tengo un sueño recurrente: estoy en clase de matemáticas, veo a la profesora Margoth y mi terror aumenta… &nbsp;Viene directo hacía mí. Me siento pegado al pupitre. Quiero escapar y no puedo. Quiero despertar y tampoco.</p>



<p>(…)</p>



<p>Siempre es lo mismo: una pesadilla sin final conocido. ¿Qué significa? &nbsp;</p>



<p>Nos referirnos con nostalgia a la escuela. La más maravillosa de todas las etapas, solemos decir, pero de seguro lo decimos por aquello del relajo, los compinches, las papas chorreadas a la hora del descanso y las vacaciones; no necesariamente por el quebradero de cabeza que nos causó el señor Aurelio Baldor y mucho menos por el inventario de castigos acumulados por nuestras faltas disciplinarias.</p>



<p>De las lágrimas en primaria, donde se nos amenazaba con la monja sin cabeza, pasamos al terror del bachillerato, donde el principal monstruo era la citación al acudiente o la matricula condicional. Nos defendíamos diciendo que ese profe mala leche <em>nos la tenía montada</em>. A veces sí, pero la mayoría de veces no era cierto. En mi curso angelitos&nbsp;propiamente no había. &nbsp;</p>



<p>Bueno, también se notaba cuando un maestro no preparaba la clase, pero, por lo general, nadie chistaba&#8230; y menos los vagos.&nbsp;</p>



<p>El primer castigo fue en tercero de primaria. Tenía deseos de orinar y la profesora no me dejó ir hasta cuando vio, en mis ojos casi llorosos y las piernas en junta extraordinaria, que la cosa era en serio. La <em>teacher</em> decía que uno debía aprender a aguantar. Que no había que malacostumbrar al cuerpo. ¡La odié con toda mi vejiga infantil!</p>



<p>De adulto sigo sin entender por qué tocaba pedir permiso para cumplir con las necesidades biológicas. ¿Acaso aquella maestra era un cuerpo glorioso? No fue divertido ver el suelo encharcado: Varios compañeros se hicieron en los pantalones.</p>



<p>Yo era entonces un inocente chiquillo (no he cambiado mucho, la verdad), de pelo lacio y arisco, al que había que domar con agua de panela. El pelo quedaba como el de un puercoespín. Que cuento de gomina ni que nada.</p>



<p>No fui un alumno problemático pero tampoco un modelo a seguir, ni el que mejores notas sacaba, porque sinceramente estudiar no me gustaba mucho que digamos. Salvo <em>Español </em>que era mi materia favorita. Eso sí, preguntaba de todo y opinaba de todo, hasta de lo que no sabía. Descubrí que los profesores aprecian más a los que participan en clase. Me hice querer. Procuraba ir dos pasos adelante. Esa sigue siendo una clave del éxito en la vida, reforzada por una frase que le repetía la abuela a las visitas los domingos por la tarde. —<em>Prefiero atajar a tener que arriar.</em> Y no hablaba de ganado.</p>



<p>Nunca fui <em>el sapo </em>y nunca me tuvieron sobrenombre. Odié los apodos y no los colocaba para que me llamaran por ni nombre que para eso tengo dos. Dos nombres. También.</p>



<p>Si no le llevé manzanas a la profe, fue porque en mi casa había calor de hogar pero no manzanas de sobra. </p>



<p>Para los tímidos como yo los libros fueron y siguen siendo un refugio seguro; en esos momentos de soledad dichosa nacieron mis ganas de escribir. Luego di mis primeros pasos como periodista en el periódico escolar, al igual que Gustave Flaubert, el autor de la celebrada novela <em>Madame Bovary</em>.</p>



<p>Azriel Bibliowicz hace la siguiente afirmación sobre el escritor francés en “Historia de una cama”, página 53: <em>“En el colegio trabaja en un periódico satírico y en él maltrata a todos los que le desagradan: alumnos, profesores y las personas de Rouen que lo incomodaban. Lo expulsan por pendenciero y desobediente”.</em></p>



<p>Recuerdo que al director del periódico estudiantil, donde yo colaboré, lo expulsaron del colegio por escribir un editorial dirigido a la rectora: <em>“Si no vives para servir, no sirves para vivir”. </em>Entendí muy temprano que a veces se usa la prensa para pequeñas venganzas, desquites. El periódico dejó de circular. ¿Les parece una amenaza a la libertad de expresión? También creo que al compañero se le fue la mano.</p>



<p>Otro que causó dolores de cabeza al profesorado fue Truman Capote, el autor de <em>A sangre fría</em>. Gerald Clarke dice lo siguiente en “La biografía definitiva” (página 66): <em>“Sus profesores solo veían una parte de sus berrinches. El profesor de biología casi perdía los estribos con Truman porque se pasaba toda la clase peinándose. (…) Truman no le hacía caso y seguía peinándose como si tal cosa. Sus notas reflejaban su descreída actitud (…) aprobó muy justo todas sus asignaturas. Ninguna de aquellas asignaturas, se decía él, le ayudaría a prepararse para su papel en la vida. Porque ya había decidido lo que quiera ser: sería escritor”.</em></p>



<p>Se cumplen 100 años del natalicio de Capote. Nació en 1924. Un día les hablaré sobre él. Su vida fue una novela.</p>



<p>En séptimo supe que quería ser periodista. Como Truman. Agradezco al colegio que ayudó a descubrir tempranamente mi vocación. </p>



<p>En quinto de primaria tuve una profesora con aspecto de bruja: Blanca era tan blanca como su nombre, coloradita, siempre vestía pantalón y blusa escotada; tenía pecas y un genio de los mil demonios. Creo que me lo contagió. No me acuerdo si tenía verrugas en la cara. El primer reglazo con regla de madera me lo gané por no saber el resultado de una multiplicación. Reprimenda que se combinaba con cien cuclillas delante de los otros.</p>



<p>—Para que escarmiente, vociferaba ella.</p>



<p>Pero uno no escarmentaba, porque ni siquiera conocía el significado de la palabra.</p>



<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p>&#8220;Desde niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela&#8221;: Bernard Shaw. (Citado por Gabriel García Márquez en <em>Vivir para contarla</em>).</p></blockquote></figure>



<p>No recuerdo castigos severos en bachillerato. Tal vez en sexto grado, imberbe, debí permanecer de pie mirando hacia la pared por media hora, de espaldas a los demás, mientras el profesor dictaba la clase, y lo ponía a uno como el ejemplo del mal ejemplo. Ese día me confié. Por ser de apellido Velásquez por lo general era el último al que le revisaban las tareas o le tomaban la lección. Muchas veces empezaron de atrás hacia adelante.&nbsp;Ni por esas llegué a odiar el colegio con el odio visceral que debió experimentar Stefan Zweig, el escritor austriaco, para escribir lo que escribió:</p>



<p><em>“… si he de ser sincero</em> –afirma en <em>El mundo de ayer</em>, página 54- <em>todos mis años de colegio no fueron si no un constante fastidio, un aburrimiento que aumentaba año tras año la impaciencia por librarme de aquella tarea fatigosa (…) que nos amargó de una manera consciente la época más hermosa y libre de nuestras existencia”.</em></p>



<p>Cuenta que maestros y alumnos se sentían felices <em>“cuando al mediodía sonaba la campana del colegio, que les devolvía la libertad a ellos y a nosotros”.</em></p>



<p>Y, para que no quede duda de su aversión, añade una frase lapidaria. <em>“…el único momento dichoso, verdaderamente alado, que debo a la escuela, fue el día en que sus puertas se cerraron para siempre detrás de mí”.</em></p>



<p>¿Saben? <em>&#8220;El mundo de ayer&#8221; </em>es un libro que toda persona debería leer al menos una vez en su vida. </p>



<p>Lo más tenaz del cuento que les cuento es que los castigos del aula tenían su continuación en el<em> hogar dulce hogar.</em></p>



<p>¿Les suena esta frase?: —¡En la casa arreglamos! Pónganle tono dramático, labios apretados y un rostro que parecía trasfigurado. Puro suspenso en vivo y en directo. Para qué Netflix. Aquella frase, y la famosa <em>&#8220;a la salida nos vemos&#8221; </em>del buscapleitos del salón, parecía un adelanto del juicio final. Nunca fui de peleas. </p>



<p><em>En la casa arreglamos</em> significaba que tocaba enderezarlo a uno. En mi caso la de esos arreglos fue la abuela materna, alma bendita. Me salvé de muchas<em> pelas </em>por ser el nieto favorito, aunque algunas veces terminé debajo de alguna cama -hasta donde no llegaba la chancla pero sí el palo de la escoba- o agarrado de las enaguas de la tía Lucila.</p>



<p>El mismo trato benévolo debió experimentar Gabriel García Márquez, cuya madre fue bastante comprensiva por su mala ortografía, que <em>“…sigue asustando a los correctores de mis originales”,</em> como contó en <em>Vivir para contarla</em>. En la página 193 de la biografía confesó que doña Luisa Santiaga escondía de su papá Gabriel Eligio <em>“algunas de mis cartas para mantenerlo vivo, y otras me las devolvía corregidas y a veces con sus parabienes por mis progresos gramaticales y el buen uso de las palabras”.</em></p>



<p>Lo anterior demuestra que hasta las personas con faltas ortográficas pueden aspirar al Premio Nobel de Literatura. Pero primero póngase a escribir con el juicio que lo hizo Gabo. </p>



<p>Siempre he dicho que la buena ortografía es cuestión de sentido estético. Hay palabras que se ven feas, como una persona con los zapatos sucios, cuando están mal escritas. Comparto lo que se dice por ahí: nadie debería graduarse sin haber aprobado un examen de ortografía. ¿Están de acuerdo? </p>



<p>Como eslogan <em>&#8220;la letra con sangre entra&#8221;</em> quedó desterrado. Menos mal porque de violencia ya está bueno en este país. Sin embargo, hay quienes lamentan tanta permisividad ahora. Yo en cambio lamento que la pitonisa no haya dado con el chiste del sueño recurrente con mi profesora de matemáticas.</p>



<p>¡Feliz Dia del Maestro a los buenos educadores por tanta paciencia! </p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=100852</guid>
        <pubDate>Thu, 16 May 2024 04:44:44 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La letra con sangre ya no entra]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Si ven a Carolina Sanín, díganle…</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/ven-carolina-sanin-diganle/</link>
        <description><![CDATA[<p>“Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos –ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros- quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar –tramposamente- ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<p style="text-align: right"><span style="color: #0000ff">“Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos </span><span style="color: #0000ff">–ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros- quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar –tramposamente- ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener”: </span>Mario Vargas Llosa (<em>La verdad de las mentiras</em>)</p>
</blockquote>
<p>No conozco a Carolina Sanín; he leído algunas vainas suyas por ahí, casi siempre atraído por la polvareda que levanta cuando opina sobre algo. Tenía la corazonada de que se metería con la obra póstuma de Gabriel García Márquez, <em>&#8220;En Agosto nos vemos&#8221;</em>. Y lo hizo en una <a href="https://youtu.be/z9ooo60uRio?si=dUcBv4URvbQsOvgq">columna virtual </a>para la revista <em>Cambio</em>.</p>
<p>La llama &#8220;novela cursi&#8221; y patéticos a quienes llamamos Gabo a Gabo sin haberlo conocido, y me incluyo, porque cada vez que escribo sobre Gabo le digo Gabo. No utilizó la palabra “igualados” pero lo insinuó.</p>
<p>A él lo describe como &#8220;la mente iluminada del país&#8221;, cuestión con la que sí estoy de acuerdo. Pero al mismo tiempo casi que trata de estúpidos a los lectores por querer leer esta última obra sin saber de literatura, como si tocara pedir permiso. No leyó lo que dijo Mario Vargas Llosa sobre el anhelo compartido por hombres y mujeres de <em>“una vida artificial, hecha de lenguaje e imaginación, que coexiste con la otra, la real (…) porque la vida que tienen no les basta, no es capaz de ofrecerles todo lo quisieran…”,</em> justificando así el poder que confiere la literatura, quizás el único poder al que podemos acceder los seres humanos con entera libertad.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: right"><span style="color: #0000ff">“Cuando más se juzga, menos se ama”: Honoré de Balzac</span></p>
</blockquote>
<p>Define esta novela como: <em>&#8220;No romántica, sino amorosa-cursi, esa simplificación de los sentimientos&#8221;,</em> como si ser cursi fuera pecado. Debe ser que, a lo mejor, no ha tenido la dicha de los enamorados que caen en ridiculeces, como Ana Magdalena Bach, sin tener que ofrecer explicaciones ¿acaso epistemológicas? de sus emociones o sus deseos; la gente con sus sensiblerías es feliz, así sea de manera fugaz, ¿o quién no quiere unas  mariposas (amarillas o no), revoloteando en sus estómagos? Con más cursilería, en el mundo habría menos tiempo para ver cómo fastidiamos al otro.</p>
<p>Dos cursilerías de la adúltera señora Bach:</p>
<blockquote>
<p style="text-align: right"><span style="color: #800080">“Nunca había imaginado un hombre tan bello en un empaque tan anticuado”.</span></p>
</blockquote>
<blockquote>
<p style="text-align: right"><span style="color: #800080">“… la fulminó la conciencia brutal de que había fornicado y dormido por la primera vez en su vida con un hombre que no era el suyo”.</span></p>
</blockquote>
<p>Obvio: al usar el calificativo “cursi”, Carolina Sanín nos hace creer que pertenece a la estratosfera de la existencia, más allá de lo terrenal, a esa inmortalidad reservada para quienes, según le entendí, ya escribieron un libro. Bueno, pues yo escribí uno y confío en aprender a levitar antes de terminar el segundo.</p>
<p>Se molesta porque nos hemos apropiado de Gabo y lo llamamos así, con esas cuatro letras; aunque se enfade, lo sentimos cercano a nuestros afectos y, al contrario de lo que dice con <em>sobradez</em>, sí lo hemos conocido a través de sus textos, sus cuentos, sus reportajes, sus columnas, las entrevistas que dio a voluntad y en contra de su voluntad (¡porque detestaba a los periodistas, qué curioso!) y nunca terminamos por conocerlo del todo. Es posible que Carolina Sanín se desencaje si se enterase de que algunos, como el escritor Harold Alvarado Tenorio, lo llamamos Gabito. Forzar al encéfalo a razonar sobre semejantes banalidades me parece una soberana pérdida de tiempo.</p>
<p>Entonces, se pregunta cuál es la relación filial entre los ciudadanos (no los lectores, aclara) que llaman Gabo a Gabo y aquella mente iluminada que fue él.</p>
<p>Según Sanín, hay un Gabo fetiche y otro Gabo pastiche. Y para mí, en eso radica uno de los serios problemas de este país: creer que la literatura está hecha para unos pocos, (¿quién eligió a esos elegidos?, no sabemos) en vez de atacar el problema de fondo: en qué se ha fallado (¿El sistema? ¿Las editoriales? ¿Los autores? ¿Los ministerios de Educación y Cultura? ¿Las librerías? ¿El profesorado?&#8230;) para que la literatura siga siendo el privilegio de quienes, además de poseer el gusto por la lectura, han tenido los recursos para comprar libros.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: right"><span style="color: #0000ff"><strong> </strong>“Si nosotros somos tan dados a juzgar a los demás, es debido a que temblamos por nosotros mismos”: Oscar Wilde</span></p>
</blockquote>
<p>Llama <em>aspiracionales</em> a quienes incluyen la palabra Gabo en su vocabulario por querer tener acceso a la intimidad del autor, &#8220;que es la intimidad –dice- del anciano que con alzhéimer trata de escribir algo cómo el mismo&#8221;. Todos tenemos el deseo de progresar y es nuestro derecho: a superarnos, a ser mejores personas o vivir mejor. ¡Vaya forma clasista de etiquetar, ¡también!, los sueños ajenos!</p>
<p>Ella, que conoce muy bien el tejemaneje de las redes sociales (sabe que toca estar ahí polemizando para figurar), habla de &#8220;una sensibilidad lastimera de Instagram&#8221;, ofendida porque la gente común y silvestre (¿estaría bien si decimos vulgo?) se refiere al pobre viejito que escribió una novela mala “<em>en vez del genio insondable, casi espeluznante de lo genial, que escribió Cien años de soledad&#8221;. </em>Es una pena que otros no estén a su altura intelectual, a pesar de habitar ese mismo espacio virtual-vital de la modernidad, donde cabe tanta gente como criaturas humanas hay en el mundo.</p>
<p>Quiere saber la relación entre la identidad y la edad al comparar al Gabo de veintitantos años que escribió “Ojos de perro azul” y el viejo que escribió <em>“En agosto nos vemos”.</em></p>
<p>—¿A qué edad uno es más uno y a qué edades uno es más un espíritu que lo ocupa?, se pregunta.  Una vida no alcanza para asimilar el trasfondo filosófico de esa cuestión; alcanza, si acaso, para medio vivirla, y eso con enorme esfuerzo. Solo diría, de manera atrevida, que el espíritu de Gabo se me aparece juguetón entre los párrafos cuando leo algo suyo, incluyendo esta <em>novelita ridícula</em>.</p>
<p>Dejó el interrogante como preludio de su siguiente andanada: <em>“A medida que envejeció la obra de Gabo fue más fácil y más pobre”.</em> Más adelante se pregunta de qué manera el estilo de un escritor se ve afectado por la pérdida de memoria. No sé, pero sería maravilloso que un hombre sin piernas ganara la 10K o morir a los 120 años pareciendo de 20, ¿no? Más bien, valdría la pena indagar con un especialista (el médico que trata los desbarajustes de la cabeza) si con el tiempo el cerebro pierde capacidad neuronal y si esa pérdida de neuronas limita las capacidades intelectuales del individuo y, ante todo, cómo influye en quienes, como Gabriel García Márquez, padecieron demencia. La ciencia aportaría luces sobre cómo el deterioro cognitivo o el alzhéimer interfieren en la creación artística. Si algún día descubren la cura contra esa enfermedad, es posible que los genios escriban solo genialidades, y no novelas cursis al final de sus vidas.</p>
<p>Se lamenta de que los nuevos lectores de esta novela (<em>&#8220;con escenas cinematográficas que a veces parecen instrucciones para un guión&#8221;</em>), se relacionen con el autor a través de aquella y no de las obras que la anteceden. Un escritor que se precie de amar los libros debería celebrar que la gente lea, así sea empezando con obras malas o regulares, porque no nacimos aprendidos. Algo es algo en un país donde, en promedio, los que sí leen leen menos de cuatro libros al año, según la última <a href="https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/mejoraron-los-habitos-de-lectura-camara-colombiana-del-libro-noticias-hoy/">encuesta</a> de la Cámara Colombiana del Libro e Invamer.</p>
<p>A partir del minuto 12, Carolina Sanín quiso hacer lo que todo mal reseñador de libros haría: tirarse la obra, haciendo <em>spoiler</em>, contando de qué va pero se contuvo a tiempo. Recordé que así trataban la literatura en el colegio y que así fue como nos enseñaron a aborrecerla. Porque la lectura impuesta para hacer informes (planteamiento, nudo y desenlace), privó a los de mi generación del placer de leer lo que se nos diera la gana. Hubiéramos preferido tener a la mano muchos libros, del tema que fuese, para leer a nuestro antojo, y no al antojo de un sistema que castra la imaginación para justificar una nota. Salí del colegio en el 89, ojalá eso haya cambiado.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: right"><span style="color: #0000ff">Alguna vez Ernest Hemingway sugirió &#8220;hablar sobre lo que hay en vez de lo que no hay&#8221;.</span></p>
</blockquote>
<p>Obsesionada, Carolina Sanín repite y repite hasta el cansancio (a veces jugando con su pelo negro) que la novela es mala como si creyera que la escucha gente tarada, incapaz de comprender lo que quiso decir la primera vez. Si, Carolina, ya nos dijiste que &#8220;el estilo de esta novela es malo&#8221; y que “desdibuja el realismo mágico, lo real maravilloso”, etcétera, etcétera. No somos trogloditas habitando tu misma época.</p>
<p>Entre los seguidores del canal de <em>Cambio</em> un usuario (@tutebas10) comentó algo que suscribo: <em>“Este comentario que tú haces diciendo que la estructura de la novela es similar a las instrucciones de un guión cinematográfico, me recordó la opinión del escritor y director de cine Paolo Pasolini, cuando se burló del calificativo de ´obra maestra´ del libro Cien años de soledad. Yo creo que todo el mundo proyecta una imagen muy personal en su mente de lo que lee”.</em></p>
<p>Estoy de acuerdo con ese lector. Por eso mismo respeto que a Carolina Sanín le disguste la expresión “glande de seda” (página 29), o que Gabo repita frases de otros libros suyos y que, en cambio, le guste la frase &#8220;trilla de fuego&#8221; (página 72), que, aclara, aparece también en “<em>Crónica de una muerte anunciada”</em>, en referencia a Bayardo San Román.</p>
<p style="text-align: right"><em><span style="color: #993366">“Una madrugada de vientos, por el año décimo, la despertó la certidumbre de que él estaba desnudo en su cama. Le escribió entonces una carta febril de veinte pliegos en la que soltó sin pudor las verdades amargas que llevaba podridas en el corazón desde su noche funesta. Le habló de las lacras eternas que él había dejado en su cuerpo, de la sal de su lengua, de la trilla de fuego de su verga africana”.</span></em></p>
<p>¡Y qué importa que Gabo se repita, si al fin y al cabo la vida no es más que repetición! La repetidera en dosis de 24 horas, que van desyerbando el camino hacia la muerte. La mamá de un amigo del alma tiene alzhéimer y él, con infinita paciencia, aprendió a convivir amorosamente con el casete rayado de su viejita.</p>
<p>En contraste, el argumento de <a href="https://www.revistalternativa.com/noticias-arte-y-cultura/formas-de-leer-una-novela-postuma-68830?fbclid=IwAR36oRa5wMsy5ycA4CLYDHKB3emHYO0EqyCufsepRy_uoD2gNNkUg3u9YbA">Juan Gabriel Vásquez</a>, publicado por Alternativa, me pareció lógico y sin pretensiones: <em>“… </em><em>podemos sentirnos como en casa o preguntarnos si García Márquez,<strong> </strong>que ya había comenzado a perder la memoria cuando abandonó este libro, se habrá acordado de esos ecos familiares. (…) </em><em>“</em><em>Por caminos muy extraños, la historia de este libro puede tener una consecuencia secundaria que no me parece negativa: poner en evidencia para los lectores el trabajo inhumano que es escribir una buena página de ficción”. </em>Si bien no es una revista de mi agrado, me gustó que hayan puesto en portada a Gabo, porque es reconocer la trascendencia de la literatura en general y del autor en particular.</p>
<p>Llama lagartos a los que quieren estar cerca de la marca Gabo (porque para ella es eso, una marca que los hijos explotan) y lo que ello implica en términos de ascenso social. (¡Que queee!) Ignorante estuve yo de que la literatura <em>per se</em> mejora el status.</p>
<p>Si el interés por García Márquez es puramente anecdótico, como sugiere, no es mera culpa de la gente por no cultivarse en la buena literatura. Creo que nuestra condición de país tercermundista limita sobremanera ese ideal de nación culta y llena de intelectuales (o de <em>intelectualoides),</em> que nos gustaría ser. Eso sí sería aspiracional, pero no depende ni de la literatura, ni de las editoriales, mucho menos de las buenas intenciones de los autores.</p>
<p>Al final de su improvisado soliloquio, Carolina Sanín hace algo admirable: leer el cuento “<em>Eva está dentro de su gato”,</em> escrito por Gabo a sus 20 años, <em>&#8220;con verdadero esfuerzo espiritual sobre la condición de las mujeres&#8221;, “sobre el envejecer de las mujeres y la pérdida de la belleza”, “el ser deseadas”. </em>Visto así, <em>“En Agosto nos vemos” e</em>s una especie de regreso de Gabo a sus orígenes por el tratamiento de temáticas pares.</p>
<p>Los cuentos, más cortos que las novelas, son un buen pretexto de iniciación ¡Bravo! Leamos y dejemos leer. ¡Celebremos sin moralismos a las mujeres infieles de la literatura, llámese <em>Ana Magdalena Bach</em>, llámese <em>Madame Bovary! </em></p>
<p>A lo mejor, la literatura nos enseña que la nostalgia o el tedio se sobrellevan mejor con algo de imaginación, sin importar lo bien o mal escrita que esté a ojos de los sabiondos. En ese caso, hagamos del libro un lugar democrático para coexistir sin complicar más las cosas. Al mundo le  sobran criticones  y le faltan lectores&#8230;  gente que, tumbada en un parque, lea extasiada, por ejemplo, las últimas cursilerías que escribió Gabito.</p>
<p><iframe loading="lazy" title="Sobre la novela póstuma de García Márquez, por Carolina Sanín | CAMBIO" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/z9ooo60uRio?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe></p>
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        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=98757</guid>
        <pubDate>Sun, 24 Mar 2024 11:02:40 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/03/BLOG-SANIN.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Si ven a Carolina Sanín, díganle…]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>El día que García Márquez me avergonzó (Y Festival Gabo 2023 en Bogotá)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/dia-garcia-marquez-me-avergonzo-festival-gabo-2023-bogota/</link>
        <description><![CDATA[<p>&#8220;Yo aprendí a escribir cuentos, escribiendo noticias; es decir, escribiendo crónicas y reportajes&#8221;: Gabo. Los artesanos del centro de Bogotá están agradecidísimos con Netflix. Me cuentan que desde que comenzó el rodaje de “Cien años de soledad” se dispararon las ventas en el Pasaje Paul (más antiguo que el Pasaje Rivas y funciona al lado [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<ul>
<li><em>&#8220;Yo aprendí a escribir cuentos, escribiendo noticias; es decir, escribiendo crónicas y reportajes&#8221;: Gabo.</em></li>
</ul>
</blockquote>
<p>Los artesanos del centro de Bogotá están agradecidísimos con Netflix. Me cuentan que desde que comenzó el rodaje de “Cien años de soledad” se dispararon las ventas en el Pasaje Paul (más antiguo que el Pasaje Rivas y funciona al lado de este desde 1860). La lista de artesanías​ ​ y chucherías para ambientar Macondo es larga: totumas, calabazos, cestería, esteras, reatas de fique, sopladoras, chorotes de barro, lazos, cabuyas, cucharones y cucharas de madera, bateas, pilones, cobijas de lana virgen…</p>
<p>Quisiera saber si consiguieron las sábanas de bramante para hacer que Remedios, la bella, se eleve por los cielos, <em>“transparentada por una palidez intensa”</em>. No es una escena fácil de lograr; de hecho, llevar el libro a la pantalla me sigue pareciendo el suicidio del realismo mágico. Sabemos que <a href="https://www.infobae.com/america/cultura-america/2019/03/11/gabriel-garcia-marquez-vs-netflix-por-que-gabo-se-negaba-a-que-se-filme-cien-anos-de-soledad/"><strong>Gabo se opuso a la idea </strong></a>en vida con un argumento simple pero contundente: <em>“…literatura es literatura y cine es cine”.</em><em> (…) En literatura, por mucho que se describa, el lector siempre tiene la posibilidad de llenar un margen de imaginación que queda&#8221;.</em></p>
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<ul>
<li><em>“Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerones y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”.</em> (Página 271).</li>
</ul>
</blockquote>
<p>Si logran hacer algo decente con la ascensión de la bella Remedios, -tan bella que volvía locos a los hombres- a lo mejor Gabito no se revolcará en sus cenizas, allá en el Claustro de La Merced, de la Universidad de Cartagena, donde reposan junto con las de su esposa, Mercedes Barcha, “La Gaba”. Preferiré siempre el realismo mágico del papel al realismo sorpresa de Netflix con personajes carnudos y huesudos que cercenarán para siempre la imagen que cada lector formó en su cabeza sobre los Buendía. Un consejo: lean la novela antes del estreno de la adaptación cinematográfica.</p>
<p>Leí “Cien años de soledad” ya viejo –¡gracias pandemia bendita!-  pero conocí a Gabo siendo bachiller, cuando nos tocó leer “El otoño del patriarca”. Escribí una sinopsis para la clase de Español y obtuve 4.5 sobre cinco, a pesar de que no entendí un carajo. Mis compañeros de grupo entendieron menos, porque ni siquiera leyeron medio párrafo. Hicimos trueque: mi nombre en la maqueta de la clase de Electricidad por sus nombres en mi ensayo literario. Todos quedamos felices, pero más feliz quedé yo que desde entonces le declaré mi amor a los libros; nos volvimos inseparables.</p>
<p>Al pasar los años, entendí que el sistema educativo ha sido en parte responsable de tantas generaciones que crecieron odiando la lectura. Obligar a otro a leer es amputar la imaginación. La lectura debe ser un acto gozoso. Los libros deben estar al alcance de las personas, a la espera de que cada cual reciba el llamado, sin imposiciones.</p>
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<ul>
<li>Dijo <strong>Jorge </strong><strong>Luis Borges: </strong>“La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz”:</li>
</ul>
</blockquote>
<p>Luego vi al Gabo de verdad en 1988 por una visita escolar al periódico <strong>El Espectador.</strong> Hacía décimo grado. Fue una grata coincidencia, de la que quedó una foto en blanco y negro, (recuperada por don Rodrigo Dueñas, entonces jefe de Fotografía), donde aparece el escritor firmando autógrafos a quienes nos acercamos a saludarlo junto a aquel muro que franqueaba la entrada a la redacción del periódico, en la Avenida 68 con Calle 23.  Gabo ingresó como reportero  en enero de 1954, (cuando las oficinas estaban en la Avenida Jiménez con 4ª) con un sueldo de 900 pesos mensuales, que le alcanzaban <em>“para vivir a sus anchas”</em> y ayudar a sus padres, según cuenta Jacques Gilard en el prólogo del libro “Ente cachacos”, uno de los dos volúmenes que reúnen su obra periodística.</p>
<p><em>“El Espectador era un modesto vespertino de dieciséis páginas apretujadas, pero sus cinco mil ejemplares mal contados se los arrebataban a los voceadores casi en las puertas de los talleres, y se leían en media hora en los cafés taciturnos de la ciudad vieja”,</em> cuenta Gabo en “Vivir para contarla”.</p>
<p>En su inconclusa autobiografía relata además su primera lección de reportero <em>“una tarde en que cayó sobre Bogotá un aguacero que la mantuvo en estado de diluvio universal durante tres horas sin tregua”. </em></p>
<p><em>“De pronto, Guillermo Cano pareció despertar de un sueño sin fondo, se volvió hacia la redacción paralizada y gritó: —Este aguacero es noticia”.</em></p>
<p>Quienes vivimos en la capital sabemos que Gabito no se equivocó con el asunto del diluvio bogotano: cíclico, noticioso, capaz de avinagrar el genio al más paciente, como si fuera la antesala del apocalipsis, si se me permite la exageración.</p>
<p>Debo decir con modestia que <strong>El Espectador</strong> se convirtió también en el diario de mis amores, allá me crie periodísticamente –fui redactor en los años 90, con un sueldo inicial de $50 mil- y donde tuve los mejores maestros, incluyendo a Gabo, que ya que retirado del oficio me dio una lección que todavía recuerdo con cierta vergüenza.</p>
<p>En enero de 1992 conversamos por teléfono. Todavía no existían los celulares. Conseguí su número privado con ayuda de la <em>secre</em> de los directores del periódico, Fernando y Juan Guillermo Cano, quienes asumieron la dirección después de que Pablo Escobar ordenó asesinar a don Guillermo Cano.</p>
<p>No se imaginan cuántas veces ensayé el encabezamiento del saludo:</p>
<p>—¿Maestro?</p>
<p>—¿Premio Nobel?</p>
<p>—¿Señor escritor?</p>
<p>—¿Eminencia?</p>
<p>Yo tenía 21 años, él 64. Me volví un ocho, no sabía cómo dirigirme a alguien que había bajado desde el Olimpo de los grandes escritores. Se me ocurrió una solución rápida: a la persona que contestara (ya fuera su esposa o de pronto alguna empleada) le preguntaría qué calificativo usar antes de pronunciar su nombre, con tan mala suerte que al terminar de marcar los siete números de su apartamento en Bogotá, desde el teléfono verde de disco de la redacción, me contestó el mismísimo Gabriel García Márquez.</p>
<p>—¿A la orden?, dijo él.</p>
<p>Su voz inconfundible me infundió un miedo que vuelvo a revivir al escribir estas líneas.</p>
<p>—Don Gabriel, le habla Alex Velásquez​,​ de​ ​ El Espectador. Me siento honrado de escuchar su voz. (Ni siquiera recuerdo si dije mi nombre; ¡para lo que importaba…!).</p>
<p>Solía responder según el interlocutor.  A sus amigos entrañables normalmente les preguntaba <em>&#8220;¿cómo está la vaina?&#8221;</em>, me cuenta su primo Óscar Alarcón, escritor y periodista.</p>
<p>—Otras veces saludaba con un  <em>&#8220;Quiubo compadre&#8221;. </em></p>
<p>Mi saludo debió sonarle a pura lambonería, me sentí ​​​enjuagado por un sudor frío, mientras revisaba la conexión de la grabadora al teléfono para registrar sus respuestas y después transcribirlas. Fui al grano cuando preguntó  en qué me podía servir.</p>
<p>—Queremos entrevistarlo para que nos cuente los recuerdos y anécdotas de sus épocas de colegio y lo que piensa hoy acerca de la educación.</p>
<p>—No​ es necesaria la entrevista​​. Lea las columnas que escribí en el periódico. Ahí está todo lo que quiere saber —respondió un poco irritado.</p>
<p>Regañado, apenado y abrumado, pedí que la Tierra me tragara; me puse  como un tomate, agradecí no tenerlo de frente, mientras fijaba con desazón la mirada en la hoja tamaño carta con la lista de preguntas que él jamás conoció… menos mal. Pagué la novatada y todavía no me lo perdono, de la misma manera que no se le perdona a un redactor una falta ortográfica. (Confieso haber escrito en mis inicios el nombre del aeropuerto Olaya Herrera con h en el primer apellido y sin h en el segundo, por la época en que los enviados especiales dictaban sus notas por teléfono, y yo era auxiliar en la sala de redacción).</p>
<p>Tenía la obligación de prepararme. No es suficiente con inventar una lista de preguntas. El buen reportero se documenta para no preguntar pendejadas o cuestiones que el personaje haya dicho de antemano. En una frase: me sentí decepcionado de mí mismo. ¡Pero la lección la recibí de un Premio Nobel de Literatura… y ese oso nadie me lo quita!</p>
<p>Me despedí con un lánguido: <em>“Gracias, maestro, así lo haré. Ha sido usted muy amable”.</em> Y de una corrí al centro de documentación, pedí las notas de archivo y me puse a leer al autor más importante de Colombia; desde entonces no he dejado de leerlo. Lo leo y lo releo con la emoción de la primera vez, y en cada lectura descubro algo que no vi antes. Asumo que Gabito sigue escribiendo desde el más allá, pues ya anunciaron que su nuevo libro,<a href="https://hjck.com/libros/es-garcia-marquez-en-estado-puro-sobre-en-agosto-nos-vemos-la-obra-postuma-del-escritor-cb20"> <strong><em>“En agosto nos vemos</em></strong></a><em>”, </em>se publicará en abril del 2024, año en que se conmemoran ochenta  desde cuando atravesó las puertas de <strong>El Espectador</strong> y don Luis Gabriel Cano dijo, atemorizado: <em>“Está tan flaquito y pálido que se nos puede morir en la oficina”.</em> (“Vivir para contarla”)</p>
<p>Con el tiempo supe que detestaba las entrevistas y las grabadoras; prefería <em>&#8220;la pobre libretita de notas para que el periodista vaya editando con su inteligencia a medida que escucha, y le deje a la grabadora su verdadera categoría de testigo invaluable&#8221;.  </em>Leyéndolo a él me enamoré más del periodismo. Quien quiera ser buen periodista debería leer <a href="https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/cronica-de-una-historia-inconclusa-sobre-cronica-de-una-muerte-anunciada/">Crónica de una muerte anunciada</a>, <em>Noticia de un secuestro</em> o <em>Relato de un náufrago</em>, uno de los reportajes que escribió a su paso por la capital.</p>
<p>Bogotá está en deuda con Gabo. Su nombre no brilla como debiera en esta ciudad. Le debemos, por ejemplo, un gran monumento; ya que no se nos ocurrió ponerle su nombre a una de las estaciones de TransMilenio, ¿qué tal si las estaciones del Metro llevan por nombre los títulos de sus novelas? Imagínense: ¡Estación La hojarasca! ¿No les parece poético? Ahora bien: fue todo un acierto haber trasladado el <a href="//festivalgabo.com/"><strong>Festival Gabo</strong></a> a Bogotá. No se pierdan la décimo primera edición del 30 de junio al 2 de julio, donde además se reconocerá lo mejor del periodismo iberoamericano con el <strong><a href="https://premioggm.org/">Premio Gabo 2023</a>.</strong></p>
<p>A propósito de mi fallida entrevista, recordé que Gabo hizo parte de la llamada “Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo”, integrada por diez intelectuales y científicos colombianos; de dicha experiencia nos legó un texto maravilloso titulado “Por un país al alcance de los niños”, que al parecer ningún presidente de la República ni ministro de Educación ha leído, porque nada ha cambiado después de tres décadas.</p>
<blockquote>
<ul>
<li><em>“…nuestra educación conformista y represiva parece concebida para que los niños se adapten por la fuerza a un país que no fue pensado para ellos, en lugar de poner el país al alcance de ellos para que lo transformen y engrandezcan. Semejante despropósito restringe la creatividad y la intuición congénitas, y contraría la imaginación, la clarividencia precoz y la sabiduría del corazón, hasta que los niños olviden lo que sin duda saben de nacimiento: que la realidad no termina donde dicen los textos, que su concepción del mundo es más acorde con la naturaleza que la de los adultos, y que la vida sería más larga y feliz si cada quien pudiera trabajar en lo que le gusta, y solo en eso”.</em></li>
</ul>
</blockquote>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=95239</guid>
        <pubDate>Sun, 25 Jun 2023 18:24:13 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/06/FOTO-CON-GABO-EN-EL-ESPECTADOR.png" type="image/png">
                <media:description type="plain"><![CDATA[El día que García Márquez me avergonzó (Y Festival Gabo 2023 en Bogotá)]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
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