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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Florencia | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Peggy Guggenheim (1898-1979)</title>
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        <description><![CDATA[<p>“Mi lema era: ‘compra un cuadro al día’, y lo seguí al pie de la letra.” Y sería de esta manera como Peggy Guggenheim se haría a la más soñada colección de arte que cualquiera hubiera podido imaginar jamás. Quiso competirle a su tío y a su ya renombrada galería, el coleccionista y dueño de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Mi lema era: ‘compra un cuadro al día’, y lo seguí al pie de la letra.” Y sería de esta manera como Peggy Guggenheim se haría a la más soñada colección de arte que cualquiera hubiera podido imaginar jamás. Quiso competirle a su tío y a su ya renombrada galería, el coleccionista y dueño de la Solomon R. Guggenheim Foundation, a la que despectivamente llamaba “el garaje de mi tío.”</p>
<p>Solomon comenzó su colección personal hacia 1890, más como una pasión propia, eligiendo por manía o instinto pinturas flamencas, paisajes americanos y franceses y manuscritos orientales, y dejándose llevar por el buen gusto de su amigo, el pintor Amadeo Modigliani. Pero sería a partir de 1930 cuando finalmente montaría una nimia colección en el Hotel Plaza, y para 1939 abriría las puertas del primer Museo de Arte No Objetivo, con sede en la Calle 54 Este, y que después se mudaría a la Quinta Avenida. Bautizado por Max Ernst como la Casa Bauer, Peggy se refería a la galería de su tío como a un espacio incómodo y con sus obras mal exhibidas: “Un desastre… el museo era un pequeño edificio muy bello aunque totalmente desaprovechado con aquella colección.”</p>
<p>Neoyorquina, bautizada con el nombre de Marguerite Guggenheim, fue hija de una dinastía de magnates judíos que habrían emigrado un par de generaciones atrás a los Estados Unidos y que llevaban décadas amasando una gran fortuna. Su padre, de origen suizo-alemán, era dueño de siderurgias y poseedor de minas en Colorado, con las que dominaba una de las producciones más grandes de plata, cobre y plomo en todo el mundo; y su madre una aristócrata alemana-holandesa heredera de banqueros.</p>
<p>Peggy recuerda a su familia como una casa de locos. Dice que su madre tenía la costumbre de repetir tres veces todo lo que decía, y que así también solía portar tres relojes al mismo tiempo. Cuando tenía 13 años su padre muere vestido de smoking en el naufragio del <em>Titanic, </em>dejando como herencia una enorme riqueza, la cual correspondió en una mayor parte a sus hermanos, y otro restante pero nada despreciable legado para sus hijos. “Yo siempre tenía ataques de nervios, estaba angustiada todo el tiempo… No creo que hubiera habido buenas madres en esos tiempos. Mi madre tenía muy poco control sobre mí, me volvía loca, siempre montaba escándalos y me aburría mucho, era horrible. Mi padre tenía una fortuna que mi madre perdió. Después de aquello, no me consideré como una auténtica Guggenheim. Era muy pobre comparada con mis tíos, ellos eran enormemente ricos, y yo sólo tenía 450.000 dólares.” Era así como se quejaba la caprichosa millonaria por no considerarse tan enormemente rica, y por no lograr identificarse con el <em>our crowd </em>(“nuestra gente”), aquella sociedad neoyorquina hipócrita, superficial y elitista que la había criado en el seno de la religión judaica. “Siempre me consideré la <em>enfant terrible</em> de la familia, supongo que pensaban que era la oveja negra y que nunca haría nada bien, creo que los sorprendí… En mi vida todo ha sido arte y amor, creo que pasamos por la vida como en una especie de sueño… A mí me interesó el arte moderno en el momento en el que lo conocí, me hice adicta y ya no lo pude evitar.” A la edad de los 21 años Peggy es poseedora de una fortuna estimada en dos millones y medio de dólares, lo que hoy día representaría unos 20 millones de dólares.</p>
<p>Peggy reclamaba una cierta independencia, y fue por esto que recién terminados sus estudios de secundaria se dedicaría a trabajar en una librería, donde por primera vez se empaparía del mundo artístico, conociendo a los protagonistas del arte, tanto en el ramo de la pintura como en el de la literatura, muchos de los cuales hacían parte del círculo intelectual y bohemio que solía congregarse en el barrio marginal de Montparnasse. Sería en este París de inicios de los años veinte donde Peggy se vería sobrecogida por el ambiente cultural que se respiraba, haciéndose una visitante frecuente de museos y exposiciones de vanguardia.</p>
<p>En 1921 conoce en la boda de su hermano a su primer marido, Laurence Vail, de quien quedaría prendada de sólo conocerlo, pero que al poco tiempo dejaría ver el lado más insensible y cruel de la criatura que escondía adentro. Esto dijo la novia del momento en el que conoció a su futuro marido: “Su hermoso, ondulado y dorado cabello se agitaba atrapado por el viento. Yo estaba escandalizada por su libertad y sin embargo también cautivada. Él había vivido en Francia toda su vida, tenía acento francés y arrastraba las erres. Era como una criatura salvaje. No parecía importarle lo que la gente pensaba acerca de él. Sentí, mientras caminaba calle abajo con él, que podía irse en cualquier momento, tenía tan poca conexión con el comportamiento ordinario.”</p>
<p>La pareja se casó a comienzos de marzo de 1922 y tuvo su luna de miel en Roma y en Capri. Durante los próximos dos años la pareja tendría dos hijos: Sindbad y Pegeen, y la madre estaría dedicada a pasearse por las calles del pueblo de Le Trayas en su coche de lujo, un Gaubron descapotable, en cuyos viajes solían acompañarla su séquito de perros de la raza Lhasa Apso. La pareja viajó a New York para después veranear en Suiza, Normandía, Amalfi, y luego de visitar Egipto volver a Europa para pasar por Venecia y Rapallo.</p>
<p>Pero no sólo serían viajes. A través de su marido conoció a quien fuera su examante, la escritora Mary Reynolds, quien a su vez le presentaría a Max Ernest. Peggy se dejó envolver por esta atmósfera, haciéndose a un respetado grupo de célebres amigos surrealistas, dadaístas y artistas de diferentes corrientes, entre los que se cuentan a Tristan Tzara, Mina Loy, James Joyce, Ernest Hemingway, Man Ray quien sería el que la fotografió con un peculiar vestido largo y holgado que quedaría para el recuerdo, o la bailarina Isadora Duncan quien esperaba de la mecenas un apoyo para su próximo espectáculo, pero que se encontraría solamente con una fiesta que Guggenheim dedicó en su honor. “Yo sólo pensaba que estaba guapísima… Se respiraba el surrealismo, el arte. También solía jugar tenis con Ezra Pound y cacareaba como un gallo cuando metía un punto.”</p>
<p>Peggy encontraría motivos más que suficientes para alejarse del maltrato y el abuso perpetrado por su pareja, quien solía golpearla en público, y cuyas rabietas llegaban a tal extremo, que en una oportunidad estuvo a punto ahogarla en una bañera. “Cuando nuestras peleas llegaban a su <em>grande finale</em> me untaba mermelada en el pelo. Pero lo que más odiaba era que me tirara al suelo por las calles, o que me lanzara cosas en los restaurantes.” Y para sumarle a sus agresiones, Peggy se lamentaba de que su marido no fuera más que un mantenido: “Él no tenía dinero, y yo controlaba nuestras finanzas… él quería hacerme sentir mal intelectualmente.” Cuenta que una vez la obligó a ingresar vestida al mar y que luego con la ropa mojada tuvo que acompañarlo al cine. La humillaba y violentaba de muchas formas. En alguna oportunidad el marido aprovechó para quemar sus pertenencias, otra vez la aventó por las escaleras, y otra en donde la arrojó al suelo y se le paró insistentemente sobre el estómago, pero la peor parte sería cuando siempre ayudó para respaldar su complejo de inferioridad, ya que Peggy se avergonzaba de su “nariz de patata”, y el trato de su esposo la hacía sentir aún más “fea”. “Me hacía estar plantada desnuda ante la ventana (en diciembre) y me arrojaba whisky a los ojos.”</p>
<p>Finalmente, en 1928, y luego de una tormentosa relación de siete años, Peggy no da más esperas y decide abandonar a Laurence, obteniendo la custodia de su hija, mientras que su padre se quedaría con la del niño. Por esos mismos días Peggy ya había comenzado una relación estrecha con su amigo, el escritor inglés John Holms, con quien acabaría mudándose a Devon, a una cómoda estancia que sus amigos bautizaron con el nombre de <em>Hangover Hall (Salón de la Resaca), </em>y en donde los acompañó durante un tiempo la escritora Djuna Barnes mientras escribía su novela <em>Noche en el bosque</em>. Luego seguirían juntos hasta Londres y allí convivieron hasta la muerte de Holms, debido a un infarto, en el año de 1934. Así se refirió a su relación con el escritor: “Él sabía que yo era mitad trivial y mitad extremadamente pasional, y esperaba poder eliminar mi lado trivial.”</p>
<p>Cercana a la edad de los 40 años, una vocación y un llamado a realizarse, cuestionándose respecto a sus últimos 15 años en donde “no había sido más que una esposa, una hija, una amiga, una madre y una mujer adinerada que sabía rodearse de amigos interesantes”, Peggy tomará una decisión de vida. Por aquellos tiempos su madre había muerto, elevando así la inmensa fortuna de Peggy, que de inmediato pensó en montar un negocio para apoyar fundamentalmente el arte: “Alguien sugirió que pusiera una galería o una casa editorial, y yo pensé que una galería sería menos cara. Por supuesto, nunca pensé en las grandes cantidades de dinero que podría llegar a gastar.”</p>
<p>Para llevar a cabo su tarea, Guggenheim se dejó asesorar por sus amigos artistas, y sería de esta manera como iría comprendiendo el tejemaneje del mundo de las pinturas. “Tomé consejos de los mejores… escuché y ¡cómo escuché! Así fue como finalmente me convertí en mi propia experta.” Sin embargo la pieza fundamental para cumplir su cometido fue la invaluable presencia de su amigo Marcel Duchamp, de quien decía “fue la persona más influyente en mi vida”, y quien le sirvió para ilustrarla en el mundo del arte y sus conexiones. “Duchamp me enseñó las diferencias entre surrealismo y arte abstracto, organizó todas las exposiciones, hizo todo por mí… Le debo mi introducción en el mundo del arte moderno.” Según Peggy, sus “conocimientos de arte llegaban hasta el impresionismo”, pero de la mano de Duchamp, para 1938, ubicada en el número 30 de Cork Street, adjunta a las galerías de Roland Penrose y de E.L.T. Mesens, en Londres, la emprendedora mecenas abriría la galería de arte conocida como Guggenheim Jeune, dedicando para su inauguración una exposición exclusiva del prometedor autor Jean Cocteau.</p>
<p>Sin embargo la acogida no cumplió con las expectativas, y muchos tildaban de insípido este “arte nuevo” al que pocos cuadros le comprarían, siendo Peggy la que en secreto mandó a comprar varias obras de Cocteau para alentarlo en su trabajo artístico e impulsar su carrera. <em>“Para no desilusionar a los artistas que no vendían nada, me acostumbré a comprar una pieza de cada una de las exposiciones que montaba. En aquella época, como yo no tenía la más remota idea de cómo vender y nunca había comprado cuadros, aquella me pareció la mejor solución porque así, por lo menos, los artistas estaban contentos.” L</em>a astuta coleccionista confesaría después que “así fue como comenzó la colección.”</p>
<p>En su búsqueda de nuevos artistas por los recovecos parisinos, Peggy conocería al futuro Premio Nobel de Literatura, el escritor irlandés Samuel Beckett, con quien mantendría un corto romance y que además le serviría para asesorar su trabajo como coleccionista de arte. Gracias a él Peggy descubrió, según sus palabras, que el arte en aquel momento era “un ser vivo.” De Beckett dijo: “Sus idas y venidas eran completamente impredecibles, cosa que yo encontraba muy excitante; se presentaba a media noche con cuatro botellas de champaña y no me dejaba levantarme de la cama por dos días.” Sin embargo, Beckett “sufría de horribles momentos de crisis cuando sentía que se estaba sofocando”; lo asaltaban al parecer “sus terribles recuerdos de su vida en el vientre de su madre.”</p>
<p>Su galería serviría para dar a conocer a nuevos artistas, como en el caso de Yves Tanguy y Wolfgan Paalen, además de incrementar la fama de los ya consagrados, como es el caso de</p>
<p>Wassily Kandinsky o de Pablo Picasso. Sin embargo, un año después de inaugurada la galería, la mala administración la llevaría a desistir de su proyecto, para mudarse a la capital francesa con la misma intención de montar su negocio de venta y promoción de arte en plena Plaza Vendôme. “Todos sabían que yo estaba en el mercado comprando lo que fuera.” Asesorada por quien dirigió siempre la Guggenheim Jeune, el filósofo Herbert Read, Peggy recorrería cada rincón en busca de las esculturas, fotografías y cuadros que su amigo experto le recomendaría para su colección. Pero ocurrió que en medio de esta búsqueda estallaría la Segunda Guerra Mundial, y ante la amenaza latente la ávida empresaria del arte no buscaría refugiarse en Norteamérica, y en cambio rentaría un apartamento en París, donde se dedicaría a comprar y a almacenar un mirífico arsenal artístico. “Me pareció imposible abrir un museo en Londres, podía ser bombardeado en cualquier momento. Me fui a París a recoger los cuadros que había confeccionado para mí Herbert. Durante el primer invierno de la guerra intenté comprar un cuadro al día. La gente me llamaba por teléfono a todas horas e incluso venía a mi casa por la mañana y me traían los cuadros a la recámara. El único que compré desde la cama fue un Dalí.” Se cuenta que a Constantin Brâncusi le ofrecería apenas mil dólares por <em>Pájaro en el espacio</em>, y a lo cual el artista tendría que acabar cediendo, y de esta forma vender su obra para terminar de conseguir recursos que lo llevaran lejos de la guerra.</p>
<p>Peggy aprovechó la escasa demanda e incluso la carencia de oferta para hacerse a una colección invaluable a precio de huevo. Las obras de creación artística parecían estar en rebaja. “No había que negociar porque todo era muy barato. Pagué por mi colección de arte la ridícula cantidad de 40.000 dólares. Con ese dinero no hubiera podido comprar hoy ni siquiera uno de mis cuadros, es una locura. Luego quise salvar mis obras, así que fui a hablar con la gente del Louvre con la idea de que salvaran mis obras en conjunto con las suyas, y me dijeron que no merecía la pena, eran ‘demasiado modernas’. Al final tuve suerte, el hombre que preparaba y enviaba los cuadros en los tiempos en que tuve la galería de arte en Londres trasladó todos sus cuadros a Norteamérica, escondidos entre sábanas y colchas.” Entre “lo que no consideraron digno de guardar” había obras de Paul Klee, Georges Braque, Juan Gris, René Magritte, Joan Miró.</p>
<p>Sin embargo no podríamos tildarla de simple oportunista, sabiendo su faceta de mecenas, y que se dice traspasaba el ámbito laboral, convirtiéndose en amiga, madre y enfermera de los artistas a los que representaba. Guggenheim comprendió que lo suyo no era sólo coleccionar cuadros sino también personas, y reconocía finalmente en lo que se había convertido: “No soy coleccionista, soy un museo.”</p>
<p>Pensó también en instaurar una colonia de refugio para artistas, pero no concretó el proyecto porque temió que el conjunto de egos pudiera acabar en una guerra peor que la que se peleaba afuera, y es así como en 1940 se muda al sur del país galo, a la región de Grenoble, dejando a la merced gran parte de su colección, y que sería custodiada en el granero de un amigo.</p>
<p>En 1941 se muda a Marsella y allí se reúne de nuevo con Max Ernst, quien recientemente había escapado de un campo de concentración, y con quien iniciará un amorío que los llevará al otro lado del océano. Peggy ayudó a gestionar los gastos y trámites para que Ernst pudiera viajar a New York, y en su travesía también los acompañaría André Breton, a quien Guggenheim le había extendido su auxilio.</p>
<p>Ya la Wehrmacht estaba por invadir la capital y Peggy todavía andaba de un lado a otro como la “adicta” confesa, tratando de hacerse a <em>Mujer degollada </em>de Alberto Giacometti, y así nutrir aún más su siguiente proyecto norteamericano. Sería así como con la colaboración de Ernst y Breton, la ya experimentada coleccionista inauguraría una nueva galería en la Calle 57 de Manhattan, conocida como Art of this Century. El espacio destinado para la exposición desafiaba lo innovador. Dividida por cuartos temáticos o por autor, las pinturas no estaban fijas a las paredes curvas sino que pendían sujetas por unos ganchos, permitiéndole al espectador la experiencia de intimar con la pintura al tomarla con sus propias manos. Las luces al interior de la galería iban y venían, intermitentes, y cada cinco minutos se proyectaba la grabación del sonido de un tren que parecía estarse paseando alrededor de los salones. La galería contaba con una sala especial de negociación y ventas, y así cada rincón había sido calculado por la mirada detallista de la consagrada coleccionista.</p>
<p>Además de promocionar las viejas corrientes expresionistas e impresionistas, Peggy representó el auge de exhibición para los artistas surrealistas, dadaístas, cubistas, y especialmente el naciente movimiento del expresionismo abstracto. Su nueva galería sería otra vez el trampolín para que muchos artistas emergentes pudieran presentar sus obras y conectar con el público.</p>
<p>Cazatalentos, en 1943 convocó a través de la revista <em>Art Digest </em>a nuevos artistas norteamericanos menores de 35 años, para que presentaran su obra en la exposición del Salón de Primavera que se exhibiría en su nueva galería. Un jurado conformado por ella, Marcel Duchamp, Piet Mondrian y otros renombrados artistas, decidieron que el más notable sería ese “genio” desconocido hasta entonces, llamado Jackson Pollock.</p>
<p>Al comienzo Guggenheim no estaba muy convencida de haber dado con el genial artista que otros vislumbraban, discutiendo en particular con Piet Mondrian sobre la obra presentada por Pollock, <em>Stenographic Figure. </em>“Bastante fea, ¿no es así? Eso no es una pintura, ¿o sí?”, fueron las primeras apreciaciones de Guggenheim, luego de que ambos estuvieran contemplando la pintura durante varios minutos. “Hay una absoluta falta de disciplina en esto”, remató Peggy con este comentario. “Tengo el sentimiento de que esta puede ser la pintura más emocionante que he visto desde hace mucho, mucho tiempo, aquí o en Europa… Yo no sé lo suficiente acerca de este autor como para calificarlo de ‘grande’, pero sé que me obligó a detenerme y observar. Dónde tú ves ‘falta de disciplina’ yo tengo la impresión de percibir una energía tremenda”, estas serían las apreciaciones de Mondrian, quien pese a ser cuestionado por Peggy (por no corresponder al estilo del pintor), no se equivocaría al valorar a un artista que en nada se pareciera a su tipo de arte, y en este caso no se equivocaría.</p>
<p><em>Stenographic Figure </em>sería incluida en la exhibición y de inmediato se robaría todas las miradas. La prensa sugirió que “por primera vez el futuro revela un brillo de esperanza”, y algún crítico comentó que “hay un gran Jackson Pollock que, me dijeron, hizo que el jurado entornara las pestañas.” Tiempo después Peggy tendría que reconocer que “el descubrimiento de Pollock fue, por mucho, mi más notable logro individual.” Sin embargo años más tarde tendría que volver en defensa de sus obras, considerándolo subestimado como artista: “Todo lo que hice por Pollock fue minimizado o completamente olvidado.” Y, no obstante, Pollock nunca cayó en el olvido, y las pinturas que en sus comienzos ofrecía por mil dólares hoy están avaluadas por más de cien millones. A la postre, Jackson Pollock se convertiría en una de las más destacadas figuras del movimiento fundador del Expresionismo Abstracto, conocido como la Escuela de Nueva York.</p>
<p>Agradecido con su mecenas, Pollock pintó en cuestión de una tarde la pared que adornaba el vestíbulo de la casa de Peggy, bautizando su obra como <em>Mural. </em>No obstante Peggy trató en lo personal de mantener las distancias con el artista, ya que “tomaba demasiado y, cuando lo hacía podía llegar a ser incómodo por no decir diabólico.” Se cuenta que en una ocasión, luego de haberse bebido todas las botellas del mini-bar, el autor de aquellos trazos infantiles que pasaría por ello a la historia, acabaría en esta ocasión impregnando su estilo toda vez que se orinara en la chimenea de su mecenas.</p>
<p>Tras dos años de relación, Peggy decide separarse de Max, luego de que este le hubiera sido infiel con una de las treinta y un artistas que integraron una muestra colectiva en su propia galería, y a lo que Peggy comentaría con ironía: “Habrían tenido que ser sólo treinta.”</p>
<p>En 1947 cerró la galería Art of this Century, pretextándose en lo agobiante de sus labores: “Estaba exhausta por mi trabajo en la galería, de la cual me había convertido en una especie de esclava.” Sería así como decide mudarse a Italia, donde permanecería por más de tres décadas y hasta el día de su muerte.</p>
<p>En Venecia Peggy retomaría su carrera hasta llegar a consolidarse como una de las más reconocidas en el gremio. Para 1948 participó de la XXIV Bienal de Venecia, y luego comenzaría una gira por Florencia, Roma y Milán, dando a conocer la cantidad de obras que la acompañaban y que deslumbraban a los espectadores por la riqueza de su contenido, resaltando siempre la mejor carta que tenía para compartir, y que se viera representada en los seis cuadros de Pollock, entre los que se destacan<em> Eyes in the heat, The moon woman </em>y<em> Two</em><em>. </em>Luego de la gira Guggenheim escribiría a una colega: “Aquí en la Bienal, Pollock fue considerado con mucho, el mejor de los pintores americanos.”</p>
<p>Por aquellos días Peggy consiguió encontrar ese lugar en el que planeaba exponer todas sus obras, para lo cual adquirió el Palazzo Venier dei Leoni, en el Gran Canal, recogiendo en su interior un cúmulo de afamadas obras que hasta ese momento no se habían conocido en Italia. Adecuó su palacio y lo convirtió en un genuino museo, destinando tres tardes a la semana en las que abriría sus puertas al público para que las personas pudieran disfrutar de las paredes abarrotadas de obras, que se extendían incluso por los baños, y en cuyo interior se veían desfilar los sirvientes de la matrona y dueña, así como sus once perros Lhasa Apso que no dejaban de perseguir a su ama. La bodega fue remodelada para servir como un estudio en el que los artistas pudieran trabajar, y entre las muchas excentricidades del lugar destacaría la obra del escultor Marino Marini, instalada en las afueras de la galería, y cuya figura representaba a un caballo y un jinete con su pene erecto, y cuyo falo enorme contaba con la peculiaridad de poder ser desmontado toda vez que así lo quisieran, y en especial lo “retiraba cuando sabía que podían pasar monjas por delante”, decía Guggenheim.</p>
<p>Los años cincuenta fue el auge de las subastas, tomándose a partir de ese momento el comerciar obras de arte como un negocio rentable, una inversión placentera, a donde cada vez más personas querían acceder, y por esa mirada utilitarista es que pasó de considerarse la belleza de una pintura para cuestionar simplemente su valor comercial. Las obras más complejas de falsificar serían también las más apetecidas y costosas de los mercados.</p>
<p>En los años sesenta la figura de Peggy Guggenheim es ya reconocida en todo el planeta, y para 1962 es nombrada como ciudadana honoraria de Venecia, además de haber viajado por el mundo exponiendo su colección en los lugares de mayor prestigio, como es el caso del Tate Modern de Londres, el Museo de Estocolmo y el Museo de L’Orangerie. Sin embargo para ese entonces ya Peggy había dejado de lado su adicción, interrumpiendo su costumbre de comprar compulsivamente cuadros, y en adelante únicamente prestaría su colección para que fuera exhibida.</p>
<p>En 1967 Peggy se encontraba en México cuando recibió un telegrama. La notificación la llevará a padecer el más duro golpe de su vida, cuando le comentan que su hija Pegeen -quien se había dedicado a la pintura así como al alcohol, y que dependía desde hacía años del Valium y del consumo de barbitúricos-, sería encontrada sin vida en su habitación, en lo que se cree habría sido un suicidio.</p>
<p>A finales de los años sesenta ya poco le importaba el mundo del arte, y tanto era así que cuando le presentaron al creador de la famosa <em>Lata de sopa Campbell</em><em>, </em>el ya afamado artista pop Andy Warhol, la que en otro momento fuera reconocida como la más conocedora en el rubro, tuvo que confesar su ignorancia y preguntar: “¿Quién es este hombre?”</p>
<p>Los últimos años, la que fuera bautizada como <em>L’ultima doghessa </em>(“la última duquesa”), dedicaría su tiempo a pasearse en su góndola privada, luciendo sus característicos lentes con forma de mariposa &#8211; diseño exclusivo que la identificaban de lejos como el personaje que era-, llevando consigo la infaltable compañía de una corte de perros, y encamándose de cuando en cuando con algún amante de turno que pasaría una noche de lujo en la cama de Peggy, adornada con un estrafalario candelabro de plata diseñado por Alexander Calder. “Adoro flotar hasta tal punto que no puedo pensar en nada más hermoso desde que dejé el sexo, o mejor dicho, desde que el sexo me dejó”, le escribiría por aquel entonces a algún amigo.</p>
<p>De Peggy podríamos decir muchas cosas, decir que era promiscua, que era una vividora. En alguna ocasión una periodista le pregunta: “¿Cuántos maridos ha tenido?” A lo que ella respondería: “¿Se refiere a los míos o a los de otras?”</p>
<p>Fiestera desde siempre, confiesa que durante más de cinco años no recuerda haber ido a dormir sin haberse puesto borracha. Los festines que brindaba llegaban a un descontrol del que ya no disfrutaba, y sus invitados no tendrían escrúpulos en tomarse la casona museo como un antro digno de las más orgiásticas juergas, y en más de una ocasión alguna que otra pareja tomó la fantasiosa habitación de la dueña de la casa para cumplir sobre su cama con las urgencias del amor. En los carnavales que ofrecía veíamos desfilar a toda suerte de celebridades dispares como Yoko Ono y Truman Capote; y aunque pudiera invertir miles de dólares en una pintura, en sus festejos solía comprar alcohol de garrafa para hacerlo rendir, y mantenía a sus sirvientes controlados respecto a la comida que ofrecían. No obstante también la veríamos regatear por unos dólares a algún artista que intentaba venderle su obra, y era común verla a ella misma atendiendo la taquilla a la entrada de su galería.</p>
<p>Para 1979 publica el que fuera su tercer libro de memorias, ya que en 1946 había publicado <em>Out of this century</em> y para 1960 <em>Confessions of an art addict</em>, y que para ese momento unió en un solo libro titulado <em>Una vida para el arte. </em>En sus palabras nos describe a la multimillonaria, bohemia, rebelde, lujuriosa, la mecenas y adoradora del arte en todas sus formas, la incansable viajera sobre la cual han llovido notas y libros y documentales, y en el año 2000 la película <em>Ed Harris Pollock </em>es también una historia sobre su vida.</p>
<p>Guggenheim valoró la obra de varios pintores cuando nadie más reparaba en ellos, apoyando sus carreras para que estos pudieran seguir dibujando, y así mismo dándolos a conocer al mundo para que todos pudiéramos disfrutar de su arte. Fue así como supo impulsar los principales movimientos y corrientes artísticas del siglo XX, y sus galerías hoy se extienden por New York, Bilbao, Berlín.</p>
<p><strong>Marguerite “Peggy” Guggenheim murió como una reina, en su palacio veneciano, cuando corría el año de 1979, y antes de morir pidió que sus obras más queridas se mantuvieran dentro de la colección de Italia: “</strong>Que se queden en Venecia. A no ser que se hunda Venecia.” Fue enterrada en el jardín de su casa, junto a los restos de catorce perros Lhasa Apso, entre los que se destaca uno de los primeros, <em>Twinkle</em>, al que vemos en 1919 acompañando a una joven Peggy, luego de haber salido victorioso en una gala de exposición canina.</p>
<p>Días antes de morir declararía a una amiga a través de una carta: “Veo hacia atrás en mi vida con gran alegría. Creo que fue una vida muy exitosa. Siempre hice lo que quise y nunca me importó lo que los demás pensaran. ‘¿Liberación de la mujer?’ Yo era una mujer liberada antes de que hubiera un nombre para eso.”</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 24 Nov 2023 08:49:04 +0000</pubDate>
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        <title>Santa Clara de Asís (1194-1253) </title>
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        <description><![CDATA[<p>Chiara Scifi se inspiró en la figura de un tal Francisco que por aquel entonces andaba fundando su propia orden, y cuyos preceptos religiosos la inquietarían al punto de acabar desprendiéndose de todo en su vida para perseguir su causa apostólica. Fue tal la devoción y el interés que manifestaba por su amigo, que solía [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Chiara Scifi se inspiró en la figura de un tal Francisco que por aquel entonces andaba fundando su propia orden, y cuyos preceptos religiosos la inquietarían al punto de acabar desprendiéndose de todo en su vida para perseguir su causa apostólica. Fue tal la devoción y el interés que manifestaba por su amigo, que solía llamarse a sí misma como la “la humilde planta del bienaventurado Francisco.”</p>
<p>Clara nació en una familia rica. Su padre era un conde y su madre una aristócrata a la que caracterizaba su férrea creencia cristiana, por lo que era común que emprendiera peregrinaciones a Bari, Santiago de Compostela y a Tierra Santa. Supuestamente durante el embarazo la madre había tenido una revelación que le prometía el alumbramiento de una niña que habría de iluminar el mundo, y de allí que le escogiera el nombre de “Clara”.</p>
<p>La pequeña se criaría pues en un contexto bastante piadoso, alejada de los demás niños y al interior de un palacio que raras veces abandonaba, y desde muy niña empezaría a mostrar un fervor religioso que la llevaba a largas rutinas diarias de oraciones, las cuales solía contar por medio de piedritas, y así también manifestaba una devoción extrema a través de castigos, mortificándose con el uso de cilicios.</p>
<p>Esta niña no prometía la vida tradicional de la mujer de hogar, por lo que se negaría a contraer nupcias con el marido que sus padres le habían elegido, y puesto que lo suyo más parecía seguir a un tipo andrajoso que andaba de visita en Roma, fortaleciendo su propio movimiento religioso.</p>
<p>Clara se quedó prendada de la figura carismática de Francisco de Pietro de Bernardone, humilde revolucionario con autoridad pontificia para predicar a su manera y estilo la palabra de Cristo, y escuchándole sus filosofías desde un asiento en la iglesia de San Rufino la pequeña mística decidiría que su más sincera vocación sería la entrega absoluta a la voluntad de su Dios, comandada por el orador que tenía al frente.</p>
<p>La futura santa se le presentó a Francisco, quien ya había oído acerca de la devoción de Clara, y a quien aceptaría como a su compañera de batalla, señalando que era preciso “quitar del mundo malvado tan precioso botín para enriquecer con él a su divino Maestro.” Fue así como Francisco se convertiría para Clara en su mentor y guía y espiritual, a lo que el Papa Benedicto XVI comentaría años más tarde: “Para Clara, sobre todo al principio de su experiencia religiosa, Francisco de Asís no solo fue un maestro cuyas enseñanzas seguir, sino también un amigo fraterno.” Junto a su amigo, Clara expresaba libremente sus sentimientos, sus dolencias, temores y debilidades, y sin embargo ante sus novicias presentaba una actitud en firme, renovada, convencida, fortalecida por las palabras y la compañía de Francisco.</p>
<p>Después de pasado el Domingo de Ramos de 1212, la intrépida y decidida Clara emprendía un viaje clandestino con rumbo hacia la Porciúncula, que era una pequeña capilla que Francisco había adaptado en la parte trasera de Nuestra Señora de los Ángeles, y en donde un grupo de frailes con antorchas en mano esperaba por ella para celebrar el ritual de iniciación a la Orden franciscana. Clara había huido de su palacio para postrarse de rodillas ante el Cristo de San Damián y declarar un voto de renuncia al mundo y sus placeres, “por amor hacia el santísimo y amadísimo Niño envuelto en pañales y recostado sobre el pesebre.”</p>
<p>La recién iniciada prometió lealtad absoluta a su amigo Francisco. A continuación se despojó de sus prendas de niña rica y se vistió con un rústico sayal tejido de retazos, cambió su cinturón de joyas por un sencillo cordón, y una vez Francisco cortó su pelo rubio Clara pasaría a ser oficialmente una miembro de la Orden de los Hermanos Menores, siendo transferida al convento de las benedictinas de San Pablo para que desde allí comenzara su vida de apostolado. Sin embargo su estancia en dicho convento resultaría siendo pasajera, ya que al enterarse sus padres del paradero de su hija, la rebelde novicia emprendería un nuevo escape, esta vez con destino a la iglesia de San Ángel de Panzo.</p>
<p>Pese al descontento de su padre, su decisión de entregarse a una vida monástica sería muy pronto seguida por su hermana Inés, quien apenas seis días después también escaparía de casa para reunirse con Clara. Luego la seguiría su otra hermana, Beatriz, y años más tarde también su madre, Ortolana, entregaría los últimos años de su vida a la devoción cristiana recluyéndose en el convento de San Damián.</p>
<p>Francisco logró por medio de los camaldulenses del monte Subasio que no solo le donaran la Porciúncula sino que además le confirieran la iglesia de San Damián y su casa contigua, delegando en Clara la tarea de crear una pequeña comunidad y darle vida a su propio convento. Como abadesa del recinto, Clara de Asís pasaría los próximos 41 años de su vida al frente de este hogar, y hasta el día de su muerte.</p>
<p>La casa sirvió para acoger a cuatro mujeres que se hacían llamar Damas Pobres, y que luego serían conocidas como la segunda Orden franciscana o de las Hermanas Clarisas, constituida en rigor para acoger la vida monacal femenina en concordancia con las tareas y preceptos de sus hermanos franciscanos.</p>
<p>El convento de oración abrió sus puertas para que cada vez fueran más las interesadas en las labores de predicar la palabra del Señor, entregarse a tareas de caridad y oración, de trabajo desinteresado y alegre por los pobres y por la persecución espiritual de los valores cristianos. La única condición de aceptación era que la interesada a postulante tomara su decisión voluntaria de ceder todos sus bienes y posesiones a los pobres para entregarse de lleno a la causa franciscana.</p>
<p>Dado las reglas, Clara no podía recibir ayudas ni donaciones, valiéndose de las limosnas que las monjas mendigaban de puerta en puerta, y a quienes según se cuenta su abadesa daba la bienvenida besándoles los pies como un gesto de gratitud. Su empeño en despojarse de lo material llegó al punto de que el mismo Papa se molestaría cuando Clara se negó a recibir algunos bienes que el Santo Oficio quería conferirle a las Hermanas Clarisas. En un comunicado en el que Inocencio IV otorgaba a Clara y a su orden religiosa el “Privilegio de la pobreza”, y que según se dice firmaría <em>cum hilarite magna </em>(“riéndose de buena gana”), el Sumo Pontífice diría casi a regañadientes, rendido ante la terquedad de la monja: “Habéis renunciado a toda ambición de los bienes de este mundo… Las privaciones no os dan miedo… y os concedemos que nadie pueda forzaros a recibir bienes de este mundo…”</p>
<p>Una situación semejante había vivido unos años antes con el Papa Gregorio IX, quien de ninguna manera consiguió convencerla para que aceptara algunos bienes que tenía para ofrecerle, e incluso se atrevió a conminarla de que él como autoridad tenía la potestad de retirarle el voto de pobreza, a lo que Clara contestó: “Santísimo Padre, desatadme de mis pecados, mas no de la obligación de seguir a Nuestro Señor Jesucristo.”</p>
<p>Nunca abandonaría su estilo de visa austero, casi miserable. Dormía en un incómodo tablado con una almohada, pero luego le pareció que esto sería un lujo y se decantó por dormir sobre un jergón de paja, cubrirse con un pedazo de cuero y apoyar su cabeza en un cojín rústico.</p>
<p>Su modo de vida frugal lo patentaba en la mesura y templanza de su dieta, siendo común la práctica del ayuno, en donde durante tres días se alimentaba únicamente a base de pan y agua, y en cuanto al vestir asumió como su atuendo un camisón de cuero de cerdo.</p>
<p>Sus votos de obediencia y pobreza se evidenciaban en cada gesto cotidiano, como aquella de ser ella misma quien disponía de la mesa para servir a sus novicias, y era la encargada de ofrecer agua a estas para lavarles las manos, además de otros cuidados como velar sus sueños y arroparlas durante las noches.</p>
<p>Al interior de su convento los enfermos que Francisco le enviaba no solo encontraban regocijo sino que acababan por curarse de sus padecimientos, enfermedades y dolencias. La monja era un ejemplo vivo del latinismo que reza: <em>Ora et labura. </em>Incansable, Clara solía tener el trabajo manual como parte de sus responsabilidades de rutina, bordando generalmente prendas que eran enviadas a las iglesias de los resquicios más pobres de las regiones aledañas.</p>
<p>No se perdía misa, por más enferma que se encontrara, e incluso en ocasiones tuvieron que transportarla en una camilla y así mismo la acercarían al atrio para que recibiera la comunión. Tenía por costumbre rezar el “Oficio de la cruz”, que era el ruego famoso compuesto por Francisco. Se destacaba por invertir varias horas al día a la oración, hincada de rodillas ante el Crucifijo que años antes le había hablado a Francisco, y ante el cual solía reunirse una vez celebrado el último oficio del día y antes de irse a dormir. A la mañana siguiente, muy temprano, la monjita ya estaría con los preparativos de la jornada, encendiendo las luces y tocando las campanas de la iglesia para anunciar a las novicias la llegada del nuevo día.</p>
<p>En 1215 Francisco otorga oficialmente el título de abadesa a su fiel amiga, y ese mismo año la consagrada monja da a conocer el primer reglamento de vida religiosa para mujeres, un escrito que lograba apartarse de las reglas canónicas monásticas y que sería conocido como <em>Norma de vida para las hermanas, </em>contando con la aprobación del mismísimo Papa Inocencio III. Luego del nombramiento Francisco se desligó de la dirección general de ambas órdenes, cediéndole paso a Clara para que fuera ella quien se ocupara de lleno en la dirección general de su propia orden religiosa.</p>
<p>Son varias las anécdotas milagrosas que Clara se permitió en vida, como aquella de multiplicar al igual que Jesús la cantidad de los panes durante una cena, o aquella en la que el Papa visitó las instalaciones del convento de San Damián y antes de cenar le pidió a la religiosa que hiciera el favor de bendecir los alimentos, luego de lo cual en cada mendrugo de pan aparecería mágicamente la señal de la cruz.</p>
<p>Otra de sus leyendas cuenta de la invasión sarracena de 1240 que amenazaba la toma del convento de San Damián. Clara, quien se encontraba guardando reposo por sus múltiples enfermedades, pidió la llevaran a las puertas del monasterio y le alcanzaran el cáliz de plata en el que se reservaba el Santísimo Sacramento, y siendo esta su única arma, combatiría a los musulmanes a punta de plegarias y rezos. Se cuenta que del cáliz provino una voz aniñada que dijo: “Yo os guardaré siempre.” La defensa divina tuvo su efecto y los mahometanos se disuadieron incomprensiblemente de saquear el convento. Un año más tarde un evento similar volvería a repetirse, y en donde a la abadesa le bastaron los ruegos para que su convento quedara transformado en una especie de milagroso fortín ineluctable, y cuyo día se ha constituido para los asisienses como fiesta nacional.</p>
<p>Para 1253 el estado de salud de la abadesa se había deteriorado considerablemente. El Papa Inocencio IV se presentó en el convento de San Damián para conferir a Clara el sagrado sacramento de la unción de los enfermos, así como para reafirmar, y a “perpetuidad”, el derecho de ser y permanecer siempre pobre. Clara le pidió la absolviera de sus culpas y pecados, a lo que el Papa contestó: “Quiera yo, hija mía, que tenga yo tanta necesidad como tú de la indulgencia de Dios.” Al marcharse el Papa, Clara comentaría al grupo de monjas que la acompañaban: “Hijas mías, ahora más que nunca debemos dar gracias a Dios, porque, sobre recibirle a Él mismo en la sagrada hostia, he sido hallada digna de recibir la visita de su Vicario en la tierra.” En otra oportunidad el Papa la visitó de nuevo y su comentario al despedirla fue parecido: “Ojalá yo tuviera tan poquita necesidad de ser perdonado como la que tiene esta santa monjita.”</p>
<p>Serían casi 30 años de padecimientos los que estuvo soportando la adolorida monja, y a todo esto no le escuchaban quejarse, y se mantuvo bordando y orando hasta que le alcanzó el aliento. La futura santa solía insistir el lugar donde encontraba su valía para seguir persistiendo con alegría: “Desde que me dediqué a pensar y meditar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, ya los dolores y sufrimientos no me desaniman sino que me consuelan.” Nunca dejaría de recibir a obispos, cardenales y toda clase de religiosos y religiosas que acudían al convento de San Damián para pedirle su auxilio.</p>
<p>Inés se trasladó desde Florencia para velar por los cuidados que requería su hermana durante sus últimos días. Varias monjas se turnaban para hacerle compañía de manera permanente, en una agonía que la llevaría a dejar de comer durante dos semanas. Para ese momento ya su amigo Francisco había muerto, y serían tres de sus principales frailes, Junípero, Angel y León, quienes acompañarían a Clara leyéndole la Pasión de Jesús en sus últimos momentos.</p>
<p>Pese a encontrarse en las últimas, Clara parecía mantener un cierto vigor, hasta esa tarde en la que fijó la vista en la puerta de la habitación, por donde vio entrar un séquito de mujeres vestidas de blanco que escoltaban la figura luminosa de la Virgen María portando una corona. La Bienaventurada Madre de Dios se apartaría del coro de ángeles y abrazaría a la futura santa. Murió acompañada de sus hermanas, algunos frailes y monjas, y se comenta que alguien dijo: “Clara de nombre, clara en la vida y clarísima en la muerte.”</p>
<p>La voz corrió por todos los rincones de Asís. Acudieron peregrinos en masa, e incluso las tropas armadas asistieron para hacerle guardia a sus restos, y a la mañana siguiente el Papa en persona se había presentado con un par de cardenales. Todos ya discutían sobre los milagros de la santa, y el Papa no supo si celebrar una misa especial o si convenía seguir los requisitos de rigor, ya que parecía dispuesto a canonizar de inmediato a la religiosa porque así el pueblo lo proclamaba. Uno de sus obispos convenció al Sumo Pontífice que actuara con prudencia y no se precipitara en adelantar un proceso, que igual y dos años después lograría concretarse cuando el Papa Alejandro IV la declarara Santa oficial de la iglesia católica. Son muchos los monasterios e iglesias que llevan su nombre no solo en Italia sino alrededor del mundo, siendo venerada también por las iglesias anglicana y luterana.</p>
<p>Los restos mortales de Clara reposan en la cripta de la Basílica de Santa Clara de Asís, donde sería enterrada sujetando entre sus manos un lirio de metal. Como dato anecdótico, su hermana Inés no solo la siguió en su camino apostólico, sino que además moriría unos días después de la muerte de Clara.</p>
<p>Desde su velación empezó a popularizarse una oración que todavía hoy día se le dedica: “Verdaderamente santa, verdaderamente gloriosa, reina con los ángeles la que tanto honor recibe de hombres en la tierra. Intercede por nosotros ante Cristo, tú, que a tantos guiaste a la penitencia, a tantos a la vida.”</p>
<p>A la santa suele representársele en las pinturas con el hábito particular de las Hermanas clarisas: un velo negro y un sayal color marrón sujetado por un cinturón de tres nudos del que cuelga un rosario. A veces le hemos visto portando una mitra sobre su cabeza, y se le ha dibujado sosteniendo en la mano un báculo, o también el Santísimo con el que defendió sus dominios del ataque de los sarracenos. La flor del lirio, símbolo de pureza y virginidad, suele también asociarse con su figura, y aparece en el escudo de las clarisas combinándose con un báculo y formando juntos una cruz.</p>
<p>Popularmente se le considera patrona de los orfebres y de los clarividentes, y así también como del buen tiempo, por lo que existía la costumbre medieval de las novias que ofrecían un huevo a Santa Clara para que no lloviera el día de sus bodas.</p>
<p>Sin embargo su título oficial de patronaje por parte de la iglesia sería otro. En 1958 el Papa Pío XII nombró a Santa Clara de Asís como patrona de la televisión y de las telecomunicaciones. En la Carta Apostólica manifestó el apoyo de la iglesia a esta nueva tecnología moderna, recomendando su empleo para la divulgación del Evangelio, y declarando la necesidad de una patrona que sepa velar por su buen uso. La decisión de elegir a Clara obedece a la anécdota de aquella vez en que la religiosa, debido a sus dolencias, no pudo asistir a una misa con un motivo navideño. Se dice que Clara tuvo desde su cama una especie de visión en la que pudo estar como presente durante la celebración, sugiriendo una suerte de “televisión espiritual”, explicó el pontífice.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-89833" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2022/05/242.-SANTA-CLARA-DE-ASÍS-189x300.jpg" alt="" width="189" height="300" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 15 Sep 2023 05:45:32 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Santa Clara de Asís (1194-1253) ]]></media:description>
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        <title>IRI-Colombia desarrolla una campaña de sensibilización mediante vallas informativas</title>
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        <description><![CDATA[<p>Una imagen con el impacto de la deforestación y otra de un incendio forestal protagonizan las dos vallas instaladas por IRI-Colombia en el aeropuerto Gustavo Artunduaga Paredes, de Florencia (Caquetá), el pasado 21 de enero. “La selva amazónica agoniza. ¡Ayúdenos a salvarla!”, señalan las piezas informativas, con las cuales la Iniciativa hace un llamado de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-weight: 300;">Una imagen con el impacto de la deforestación y otra de un incendio forestal protagonizan las dos vallas instaladas por IRI-Colombia en el aeropuerto Gustavo Artunduaga Paredes, de Florencia (Caquetá), el pasado 21 de enero. “La selva amazónica agoniza. ¡Ayúdenos a salvarla!”, señalan las piezas informativas, con las cuales la Iniciativa hace un llamado de urgencia para proteger la Amazonia colombiana. </span></p>
<p>Así mismo, en el municipio de San Vicente del Caguán en Caquetá, donde la Iniciativa hace presencia desde hace tres años, en uno de sus más importantes corredores viales que cuenta con el paso promedio de 12.000 vehículos, se instaló otra valla con un mensaje a cerca de la importancia de salvar la Amazonia.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone  wp-image-93681" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-01-21-at-11.47.04-1-300x169.jpeg" alt="Valla IRI" width="588" height="331" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-01-21-at-11.47.04-1-300x169.jpeg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-01-21-at-11.47.04-1-150x84.jpeg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-01-21-at-11.47.04-1-768x432.jpeg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-01-21-at-11.47.04-1-1024x577.jpeg 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-01-21-at-11.47.04-1-1200x676.jpeg 1200w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-01-21-at-11.47.04-1.jpeg 1600w" sizes="(max-width: 588px) 100vw, 588px" /></p>
<p><span style="font-weight: 300;">Estas vallas forman parte de la estrategia de comunicaciones de IRI Colombia y buscan sensibilizar a la población sobre la gravedad de la deforestación y la urgencia de detener la pérdida de bosques en esta región. </span></p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone  wp-image-93684" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-02-10-at-17.53.54-300x169.jpeg" alt="Valla IRI 4" width="588" height="331" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-02-10-at-17.53.54-300x169.jpeg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-02-10-at-17.53.54-150x84.jpeg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-02-10-at-17.53.54-768x432.jpeg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-02-10-at-17.53.54-1024x576.jpeg 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-02-10-at-17.53.54-1200x675.jpeg 1200w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/02/WhatsApp-Image-2023-02-10-at-17.53.54.jpeg 1600w" sizes="auto, (max-width: 588px) 100vw, 588px" /></p>
<p><span style="font-weight: 300;">El año pasado IRI-Colombia instaló dos vallas en el aeropuerto Jorge Enrique González de San José del Guaviare y otras tres en lugares estratégicos de esta ciudad.  Este año, se propone instalar vallas similares en  los cuatro departamentos donde IRI Colombia presencia a través de sus capítulos locales. </span></p>
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        <author>IRI Colombia</author>
                    <category>El bosque es vida- IRI Colombia</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=93680</guid>
        <pubDate>Thu, 23 Feb 2023 21:12:57 +0000</pubDate>
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